sábado, 3 de marzo de 2007

El Chaflán

En El País se ha publicado una noticia con una idea que yo tengo y que Juan José Millás ha expresado sin duda mejor que yo. Habrá que señalar, como contexto necesario para apreciar la noticia, que por estos días se discute el despido de una profesora de religión divorciada por "no dar ejemplo". Dar ejemplo, para una persona tan cateta como Kant, es a lo que se reduce toda moral. Pues ahí va:
El chaflán


JUAN JOSÉ MILLÁS 02/03/2007

La esquina es tanto un concepto arquitectónico como moral. Por eso llamamos esquinado a un tipo de trato difícil. Por eso no hay, en el imaginario colectivo, una esquina sin bar. Voy al bar de la esquina. Espérame en el bar de la esquina. He encontrado al abuelo en el bar de la esquina, etcétera. La esquina es también el sitio de trabajo de las putas. De ahí quizá el invento del chaflán, donde, al menos según los hábitos lingüísticos, parece que no hay bares ni putas. Tampoco el término achaflanado posee connotaciones peyorativas. Achaflanar significa, simplemente, dar a una esquina forma de chaflán. Ergo el chaflán es moralmente hablando superior a la esquina.

Las autoridades pidieron hace ya una semana a los periódicos que renunciaran a publicar anuncios relacionados con la prostitución. Que cerraran esa esquina tan rentable. Lo hicieron a propósito del debate sobre si reconocer o no el oficio más antiguo del mundo. Una vez tomada la decisión de no legalizarlo, solicitaron la ayuda voluntaria de las empresas periodísticas, pues parece que se puede prohibir la prostitución, pero no su publicidad. Incluso se puede prohibir la prostitución, pero no su práctica. De hecho, la prostitución, si lo hemos entendido bien, continuará siendo legal, aunque no estará regulada. Lo que quiere decir que la única ley a la que se plegará será la del mercado (y quizá la de las mafias). Si esta esquina es rentable, tendrá un nivel de ocupación alto. Si no, se quedará desierta (a menos que pongamos un bar).


Hasta ahora sólo el gratuito 20 Minutos ha atendido el ruego de las autoridades. Ni siquiera aquellos que en sus editoriales condenan el comercio del sexo han renunciado a los beneficios de la prostitución. Tampoco los que editan suplementos religiosos y cuyos columnistas hablan de Dios con la confianza con la que usted y yo hablamos de nuestro cuñado. Todos los editores continúan en la esquina, con su bolso de piel marrón, meneando el abanico. Ello me sume en un desconcierto a ratos moral y a ratos urbanístico. Me declaro, en lo urbanístico, partidario del chaflán. En los temas de conciencia, en cambio, prefiero la esquina. Pero yo soy un particular desorientado. Las instituciones deberían estar más achaflanadas.

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