La ortografía no es solo una cuestión estética, en El País, Álex Grijelmo, 24 jun 2026:
Las normas de acentuación y escritura se aprenden sin querer: leyendo. Quien comete faltas muestra que no ha leído
Las pruebas de Selectividad de este año han seguido en general la estela de una menor penalización de las faltas de ortografía. En los exámenes de lengua (tanto la castellana como la catalana, la eusquérica o la gallega) no se podrán reducir más de dos puntos por ese concepto; en las demás disciplinas, no más de uno; y en las de matemáticas ni siquiera influirán en la nota. Para que se vea el derrotero que llevamos, baste recordar que hace 29 años se podían descontar hasta cuatro puntos. Y hace 30, con cuatro faltas se propinaba un suspenso.
Una vez más, estos criterios (con ligeras variaciones por comunidades autónomas) parecen basarse en el entendimiento de la ortografía como una mera cuestión estética que además depende de la materia sobre la que se escriba. Es decir: si los estudiantes escriben de matemáticas, no queda feo; y si escriben sobre lengua, sí; pero no tanto como antes. Y si escriben sobre geografía, queda más o menos.
Sin embargo, la ortografía no se reduce a que nos parezca horroroso un vocablo mal reproducido, aunque también eso importa. Si alguien escribe “ambre” en vez de “hambre”, realmente queda poco estético, pero con ello deduciremos que el autor no ha prestado atención a sus escasísimas lecturas y no ha aprendido ortografía sin querer, que es como la aprende todo el mundo: leyendo. Por supuesto, un error solitario puede deberse a un despiste, y todos incurrimos en alguno, sobre todo los despistados; pero las faltas de ortografía y puntuación que se repiten en una persona nos transmiten un mensaje de fondo acerca de lo que ha sucedido en su formación.
El novelista Pedro Sorela, que fue profesor de Periodismo y redactor de Cultura en este periódico, a cuya memoria se dedicó el 29 del mes pasado un acto en el pabellón Europa de la Feria del Libro de Madrid, señalaba en un artículo el 19 de mayo de 1997 que es muy raro que alguien cometa faltas ”si se ha leído lo que los planes de estudio dan por supuesto que los chicos han leído”.
Aquel artículo recogía que en la Selectividad de Madrid se había abolido entonces la norma de que el examen se suspendiera con tres errores de ortografía en Lengua y Comentario de Texto. Como se ve, cada retoque ha ido añadiendo magnanimidad ante el desconocimiento.
Así que hace falta señalar una vez más que la ortografía constituye un termómetro que permite descubrir la fiebre de alguien, y que no por tirar a la papelera el termómetro dejará de existir la calentura. Relajar las exigencias equivale a depositar en la universidad a unos alumnos que empezarán sus estudios superiores con carencias notables de las que ni siquiera son conscientes. Si después los profesores no corrigen eso –y no parece algunos que se dediquen mucho a ello, a lo mejor porque tampoco son conscientes– la consecuencia de todo conduce a lanzar a la sociedad a unos graduados menos cultos (menos leídos), y por tanto con menor capacidad de reflexión y de abstracción, con más dificultad para concentrarse en algo y, lo peor, fácilmente manipulables. Así que la ortografía importa más de lo que parece.
Las normas de nuestras tildes son muy sencillas, y cabrían en el espacio de esta columna. Habrían servido por ejemplo para que una periodista a la que acabo de oír en un boletín de radio no llamase “Cerundolo” a un tenista argentino sino que leyese el apellido correcto “Cerúndolo”. Así nos habría evitado percibir que no tenía ni idea del asunto acerca del cual estaba informando.
Esas reglas, tan útiles, tan sencillas, se incorporan con la lectura de libros y periódicos, pero, en su defecto, también con el estudio. Un alumno que ni lea ni sea capaz de aprendérselas estará capacitado difícilmente para esfuerzos intelectuales superiores. No hay que olvidar que la ortografía del español es el eje de la unidad de la lengua y que sobre él giran sus ricas variedades. Escribimos con respeto a los acentos de todos para que cada cual lea las palabras con su acento propio.
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