El asunto 'Jot Down', culebrón del periodismo español, en El Mundo, Antonio Lucas, sábado, 13 junio 2026:
Su fundadora, fallecida en 2022, logró impulsar un buen producto aunque tirando de una técnica de cebo: enredar al personal masculino con fotos 'robadas' a una amiga peluquera para alcanzar su propósito. Malas artes
Cómo no leer La bola, libro donde Daniel Verdú, compañero de El País, da cuenta de las peripecias delirantes (y diletantes) de la revista Jot Down. La publicación encontró el sitio en el periodismo español por un rato, casi convence a algunos de que venía a refundar el km 0 del oficio y algo después desapareció de la primera línea de playa de los quioscos. Aún sobrevive en versión digital, como nació. Cómo olvidar los días en que empezó a sonar la marca y multiplicamos la expectación en mil conversaciones por la extraña manera de irrumpir. Nadie vio llegar el artefacto y fugazmente hizo dudar al respetable de si el periodismo sería ahora otro o no sería nunca más como estaba siendo entonces. Jot Down ensanchó su capacidad de generar asombro dejando correr en todas direcciones la leyenda de su fundadora, María Jesús Marhuenda Irastorza, vecina de Santa Pola (Alicante), habitual de las primeras comunidades foreras del internet ibérico.
En aquel tiempo no queríamos saber, pero ahora hemos sabido que María Jesús Marhuenda encontró el botón nuclear de una parte del periodismo español, el que activa nuestra incalculable vanidad. Le bastó desarrollar una técnica de cebo sonrojante en la misma onda que OnlyFans, hechizar al personal masculino enviando fotos robadas a una amiga peluquera de su pueblo fingiendo ser ella, jugar al escondite para incrementar la expectación sobre la identidad que ocultaba su pseudónimo (Mar de Marchis), inventar una vida suntuosa de aviones y aeropuertos y Londres y restaurantes y futbolistas representados, y entender que esto va, fue e irá de tensar el deseo de algunos sujetos llamando su atención vía escroto.
Jot Down fue un producto certero, incluso sugerente, pero incubado con algunas malas artes. Descubierto el pastel de que Marhuenda no era quien prometía, la gracia quedó en una performance disparatada y pronto acabó la algarabía. Jot Down acumuló excelentes colaboradores a quienes no pagaba (al parecer, eso excitaba también a algunas víctimas). O les bonificaba con una chuminada. A los VIP, en el mejor de los casos, les echaba una caja de puros, fumes o no. Todo cutrísimo. Esto que algunos narraban como una excentricidad genialoide de la fundadora era otro síntoma del dislate y deja al aire la indigencia que acumula esta profesión. Si esa desatención total de pagos la tuviese de igual manera este periódico o cualquier otro, los damnificados infestarían (como debe ser) las redes sociales de querellas. Jot Down, donde disfruté como lector (no escribí), hizo del enredo una manera de distinguirse y le salió bien. Este fenómeno dice más del estado de nuestra profesión que de la revista y sus fantasías. Fue el mejor mérito de Marhuenda (María Jesús, Chus de Santa Pola): desnudar el alma pueril de una parte chiquita pero ruidosa del periodismo español. Aseguran quienes jugaron a conocerla que fue generosa y atenta y de buen corazón. Rápida, espontánea, fresca. Hizo de la invisibilidad, como del impago, parte de su industria.
En su escalada delirante -todo el mérito para ella, sin duda- burló a los directivos de El País después de intentar camelar a los de otras cabeceras, sin ir más lejos la que nos convoca. Juan Luis Cebrián le hizo sitio en Prisa y todos a una perdieron la toma de tierra. Fue cuando sonó con más insistencia eso del New Yorker español. El humor es el humor. Aquel acuerdo entre el periódico y la revista fue empresarialmente malo. Cuenta Verdú en su excelente crónica que Marhuenda acumuló influencia y ejercía el poder. Ahí te da un pasmo. Llamaba a todo dios del staff, opinaba sobre las cosas del periódico, sugería la contratación de periodistas y apuntalaba en la sombra una leyenda muy Mr. Ripley, sin crimen pero con trampa.
Las consideraciones sobre la empresa de Marhuenda son ricas en chismes y aminoácidos y pasan de la astucia al trile. El asunto acumula un poco de todo: unas gotas de osadía descará y otro tanto de cubilete fullero. Aprovechó la inercia testosterónica de un par de generaciones con voz de clavel varonil dispuestas a excitarse con unas fotos dispersadas en sus móviles donde una mujer asoma medio muslo y escribe "Hola: soy Mar". Un Eyes Wide Shut mediopensionista, de Nokia a Nokia. Mundo macho en el que se apoyó la confección de 'Jot Down'. Más que leyenda, gominola.
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