Uno de esos necios de ahora, un tal Craig Mod, autotitulado gurú del libro internético, ha escrito con tinta eléctrica que "los libros del futuro no serán un ladrillo inmutable”, y ha avivado mi seso y hecho despabilar mi dormida inteligencia. Porque la denominación de lo que odia es luminosa, incluso literaria en su precisión: los libros de orgánica celulosa y que devoran los xilófagos son "inmutables" y "ladrillos". Pues sí, lo son. Es la ventaja que tienen contra lo inorgánico y artificial más que artístico: concentran los valores de la voluntad, el trabajo y el esfuerzo, son fieles porque no cambian y no traicionan, están siempre ahí, como los padres que quieren a sus hijos, y te cogen la mano. Como los ladrillos, sirven para construir algo; como el verdadero saber, son eternos y no cambian. Tienen cuerpo físico, existencia real, fe y erratas de verdad, no de mentira ni de silencio. No son objetos de lujo, no son dinero ni referencias que se trasiegan de una a otra parte; algunos incluso poseen piel, como los animales domésticos y los seres humanos, y como ellos se fatigan, se gastan y empalidecen el color de sus mejillas ilustradas, sufren heridas, cortes y costurones causados por la vida y los viajes, guardan flores secas, "monumenos de una tarde", como escribe Borges, o custodian con probidad, como el Herodoto de El Paciente Inglés, fotografías, cartas, recordatorios, entradas, billetes de metro, sellos, borradores de poemas y cartas, glosas y correcciones, y siempre se mantienen íntegros, honrados, dando testimonio fiel de lo que quiso vivir / decir un hombre o mujer, no un "ser humano". Son amigos, mejor, son familiares: cuando los compramos o los heredamos -lo que, por lo visto, no puede hacerse con los libros electrónicos- adquirimos una relación humana, no contractual ni de consumo. No se puede pasar la mano sobre un libro electrónico, no se puede individuar, corregir, subrayar: no te ofrece abstracta e imposible libertad, sino pasión, concentración, esfuerzo, compromiso, compañía y ayuda para llevarte de un sitio a otro como si fuera una aventura: con un libro electrónico, por el contrario, andas perdido y desorientado por el desierto y no sabes adónde vas a llegar al final, o bueno, sí, hasta donde lleguen las pilas; es una invitación al abandono, a la deserción, a la derrota en la batalla. Se ha leído, se lee por soledad: uno necesita una voz que le hable, detrás de la cual vaya apareciendo poco a poco dibujado un rostro, un cuerpo, una vida, una historia y, por último, un aprecio, una amistad filial generada con nuestra propia mente por la convivencia y el tacto, una sombra como la nuestra. Por eso los libros de papel son amigos y, los electrónicos, solamente conocidos.
domingo, 16 de septiembre de 2012
jueves, 13 de septiembre de 2012
Una teoría sobre la mediocridad institucional en España
César Molinas, "Las elites extractivas. Una teoría de la clase política española. Los partidos han generado burbujas compulsivamente", El País, 10 sep. 2012
En este artículo propongo una teoría de la clase política española para argumentar la necesidad imperiosa y urgente de cambiar nuestro sistema electoral para adoptar un sistema mayoritario. La teoría se refiere al comportamiento de un colectivo y, por tanto, no admite interpretaciones en términos de comportamientos individuales. ¿Por qué una teoría? Por dos razones. En primer lugar porque una teoría, si es buena, permite conectar sucesos aparentemente inconexos y explicar sucesos aparentemente inexplicables. Es decir, dar sentido a cosas que antes no lo tenían. Y, en segundo lugar, porque de una buena teoría pueden extraerse predicciones útiles sobre lo que ocurrirá en el futuro. Empezando por lo primero, una buena teoría de la clase política española debería explicar, por lo menos, los siguientes puntos:
1. ¿Cómo es posible que, tras cinco años de iniciada la crisis, ningún partido político tenga un diagnóstico coherente de lo que le está pasando a España?
2. ¿Cómo es posible que ningún partido político tenga una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar a España de la crisis? ¿Cómo es posible que la clase política española parezca genéticamente incapaz de planificar?
3. ¿Cómo es posible que la clase política española sea incapaz de ser ejemplar? ¿Cómo es posible que nadie-salvo el Rey y por motivos propios- haya pedido disculpas?
4. ¿Cómo es posible que la estrategia de futuro más obvia para España -la mejora de la educación, el fomento de la innovación, el desarrollo y el emprendimiento y el apoyo a la investigación- sea no ya ignorada, sino masacrada con recortes por los partidos políticos mayoritarios?
En lo que sigue, argumento que la clase política española ha desarrollado en las últimas décadas un interés particular, sostenido por un sistema de captura de rentas, que se sitúa por encima del interés general de la nación. En este sentido forma una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias. Estos procesos han llevado a España a los rescates europeos, resistidos de forma numantina por nuestra clase política porque obligan a hacer reformas que erosionan su interés particular. Una reforma legal que implantase un sistema electoral mayoritario provocaría que los cargos electos fuesen responsables ante sus votantes en vez de serlo ante la cúpula de su partido, daría un vuelco muy positivo a la democracia española y facilitaría el proceso de reforma estructural. Empezaré haciendo una breve historia de nuestra clase política. A continuación la caracterizaré como una generadora compulsiva de burbujas. En tercer lugar explicitaré una teoría de la clase política española. En cuarto lugar usaré esta teoría para predecir que nuestros políticos pueden preferir salir del euro antes que hacer las reformas necesarias para permanecer en él. Por último propondré cambiar nuestro sistema electoral proporcional por uno mayoritario, del tipo first-past-the-post, como medio de cambiar nuestra clase política.
La historia
Los políticos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo, otros del exilio y otros estaban en la oposición ilegal del interior. No tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo. Muchos de ellos no se veían a sí mismos como políticos profesionales y, de hecho, muchos no lo fueron nunca. Estos políticos tomaron dos decisiones trascendentales que dieron forma a la clase política que les sucedió. La primera fue adoptar un sistema electoral proporcional corregido, con listas electorales cerradas y bloqueadas. El objetivo era consolidar el sistema de partidos políticos fortaleciendo el poder interno de sus dirigentes, algo que entonces, en el marco de una democracia incipiente y dubitativa, parecía razonable. La segunda decisión, cuyo éxito se condicionaba al de la primera, fue descentralizar fuertemente el Estado, adoptando la versión café para todos del Estado de las autonomías. Los peligros de una descentralización excesiva, que eran evidentes, se debían conjurar a partir del papel vertebrador que tendrían los grandes partidos políticos nacionales, cohesionados por el fuerte poder de sus cúpulas. El plan, por aquel entonces, parecía sensato.
Pero, tal y como le ocurrió al Dr. Frankenstein, lo que creó al monstruo no fue el plan, que no era malo, sino su implementación. Por una serie de infortunios, a la criatura de Frankenstein se le acabó implantando el cerebro equivocado. Por una serie de imponderables, a la joven democracia española se le acabó implantando una clase política profesional que rápidamente devino disfuncional y monstruosa. Matt Taibbi, en su célebre artículo de 2009 en Rolling Stone sobre Goldman Sachs “La gran máquina americana de hacer burbujas” comparaba al banco de inversión con un gran calamar vampiro abrazado a la cara de la humanidad que va creando una burbuja tras otra para succionar de ellas todo el dinero posible. Más adelante propondré un símil parecido para la actual clase política española, pero antes conviene analizar cuáles han sido los cuatro imponderables que han acabado generando a nuestro monstruo.
En primer lugar, el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas, ha creado una clase política profesional muy distinta de la que protagonizó la Transición. Desde hace ya tiempo, los cachorros de las juventudes de los diversos partidos políticos acceden a las listas electorales y a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. Este sistema ha terminado por convertir a los partidos en estancias cerradas llenas de gente en las que, a pesar de lo cargado de la atmósfera, nadie se atreve a abrir las ventanas. No pasa el aire, no fluyen las ideas, y casi nadie en la habitación tiene un conocimiento personal directo de la sociedad civil o de la economía real. La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar.
En segundo lugar, la descentralización del Estado, que comenzó a principios de los 80, fue mucho más allá de lo que era imaginable cuando se aprobó la Constitución. Como señala Enric Juliana en su reciente libro Modesta España, el Estado de las autonomías inicialmente previsto, que presumía una descentralización controlada de “arriba a abajo”, se vio rápidamente desbordado por un movimiento de “abajo a arriba” liderado por élites locales que, al grito de “¡no vamos a ser menos!”, acabó imponiendo la versión de café para todos del Estado autonómico. ¿Quiénes eran y qué querían estas élites locales? A pesar de ser muy lampedusiano, Juliana se limita a señalar a “un democratismo pequeñoburgués que surge desde abajo”. Eso es, sin duda, verdad. Pero, adicionalmente, es fácil imaginar que los beneficiarios de los sistemas clientelares y caciquiles implantados en la España de provincias desde 1833, miraban al nuevo régimen democrático con preocupación e incertidumbre, lo que les pudo llevar, en muchos casos, a apuntarse a “cambiarlo todo para que todo siga igual” y a ponerse en cabeza de la manifestación descentralizadora. Como resultante de estas fuerzas, se produjo un crecimiento vertiginoso de las Administraciones Públicas: 17 administraciones y gobiernos autonómicos, 17 parlamentos y miles -literalmente miles- de nuevas empresas y organismos públicos territoriales cuyo objetivo último en muchos casos, era generar nóminas y dietas. En ausencia de procedimientos establecidos para seleccionar plantillas, los políticos colocaron en las nuevas administraciones y organismos a deudos, familiares, nepotes y camaradas, lo que llevó a una estructura clientelar y politizada de las administraciones territoriales que era inimaginable cuando se diseñó la Constitución. A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.
En tercer lugar, llegó la gran sorpresa. El poder dentro de los partidos políticos se descentralizó a un ritmo todavía más rápido que las Administraciones Públicas. La idea de que la España autonómica podía ser vertebrada por los dos grandes partidos mayoritarios saltó hecha añicos cuando los llamados barones territoriales adquirieron bases de poder de “abajo a arriba” y se convirtieron, en la mejor tradición del conde de Warwick, en los hacedores de reyes de sus respectivos partidos. En este imprevisto contexto, se aceleró la descentralización del control y la supervisión de las Cajas de Ahorro. Las comunidades autónomas se apresuraron a aprobar sus propias leyes de Cajas y, una vez asegurado su control, poblaron los consejos de administración y cargos directivos con políticos, sindicalistas, amigos y compinches. Por si esto fuera poco, las Cajas tuteladas por los gobiernos autonómicos hicieron proliferar empresas, organismos y fundaciones filiales, en muchas ocasiones sin objetivos claros aparte del de generar más dietas y más nóminas.
Y en cuarto lugar, aunque la lista podría prolongarse, la clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, la CNMV, los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia… El sistema democrático y el Estado de derecho necesitan que estos organismos, que son los encargados de aplicar la Ley, sean independientes. La politización a la que han sido sometidos ha terminado con su independencia, provocando una profunda deslegitimación de estas instituciones y un severo deterioro de nuestro sistema político. Pero es que hay más. Al tiempo que invadía ámbitos ajenos, la política española abandonaba el ámbito que le es propio: el Parlamento. El Congreso de los Diputados no es solo el lugar donde se elaboran las leyes; es también la institución que debe exigir la rendición de cuentas. Esta función del Parlamento, esencial en cualquier democracia, ha desaparecido por completo de la vida política española desde hace muchos años. La quiebra de Bankia, escenificada en la pantomima grotesca de las comparecencias parlamentarias del pasado mes de julio, es sólo el último de una larga serie de casos que el Congreso de los Diputados ha decidido tratar como si fuesen catástrofes naturales, como un terremoto, por ejemplo, en el que aunque haya víctimas no hay responsables. No debería sorprender, desde esta perspectiva, que los diputados no frecuenten la Carrera de San Jerónimo: hay allí muy poco que hacer.
Las burbujas
Los cuatro procesos descritos en los párrafos anteriores han conformado un sistema político en el que las instituciones están, en el mal sentido de la palabra, excesivamente politizadas y en el que nadie acaba siendo responsable de sus actos porque nunca se exige en serio rendición de cuentas. Nadie dentro del sistema pone en cuestión los mecanismos de capturas de rentas que constituyen el interés particular de la clase política española. Este es el contexto en el que se desarrollaron no sólo la burbuja inmobiliaria y el saqueo y quiebra de la gran mayoría de las Cajas de Ahorro, sino también otras “catástrofes naturales”, otros “actos de Dios”, a cuya generación tan adictos son nuestros políticos. Porque, como el gran calamar de Taibbi, la clase política española genera burbujas de manera compulsiva. Y lo hace no tanto por ignorancia o por incompetencia como porque en todas ellas captura rentas. Hagamos, sin pretensión alguna de exhaustividad, un brevísimo repaso de las principales tropelías impunes de las últimas dos décadas: la burbuja inmobiliaria, las Cajas de Ahorro, las energías renovables y las nuevas autopistas de peaje.
La burbuja inmobiliaria española fue, en términos relativos, la mayor de las tres que estuvieron en el origen de la actual crisis global, siendo las otras dos la estadounidense y la irlandesa. No hay duda de que, como las demás, estuvo alimentada por los bajos tipos de interés y por los desequilibrios macroeconómicos a escala mundial. Pero, dicho esto, al contrario de lo que sucede en EE UU, las decisiones sobre qué se construye y dónde se construye en España se toman en el ámbito político. Aquí no se puede hablar de pecados por omisión, de olvido del principio de que los gestores públicos deben gestionar como diligentes padres de familia. No. En España la clase política ha inflado la burbuja inmobiliaria por acción directa, no por omisión ni por olvido. Los planes urbanísticos se fraguan en complejas y opacas negociaciones de las que, además de nuevas construcciones, surgen la financiación de los partidos políticos y numerosas fortunas personales, tanto entre los recalificados como entre los recalificadores. Por si el poder de los políticos –decidir el qué y el dónde- no fuese suficiente, la transmisión del control de las Cajas de Ahorro a las comunidades autónomas añadió a los dos anteriores el poder de decisión sobre el quién, es decir, el poder de decisión sobre quién tenía financiación de la Caja de turno para ponerse a construir. Esto supuso un salto cualitativo en la capacidad de captura de rentas de la clase política española, acercándola todavía más a la estrategia del calamar vampiro de Taibbi. Primero se infla la burbuja, a continuación se capturan todas las rentas posibles y, por último, a la que la burbuja pincha… ¡ahí queda eso! El panorama, cinco años después del pinchazo de la burbuja, no puede ser más desolador. La economía española no crecerá durante muchos años más. Y las Cajas de Ahorro han desaparecido, la gran mayoría por insolvencia o quiebra técnica. ¡Ahí queda eso!
Las otras dos burbujas que mencionaré son resultado de la peculiar simbiosis de nuestra clase política con el “capitalismo castizo”, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del Boletín Oficial del Estado. En una reunión reciente, un conocido inversor extranjero lo llamó “relación incestuosa”; otro, nacional, habló de “colusión contra consumidores y contribuyentes”. Sea lo que sea, recordemos en primer lugar la burbuja de las energías renovables. España representa un 2% del PIB mundial y está pagando el 15% del total global de las primas a las energías renovables. Este dislate, presentado en su día como una apuesta por situarse en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático, es un sinsentido que España no se puede permitir. Pero estas primas generan muchas rentas y prebendas capturadas por la clase política y, también hay que decirlo, mucho fraude y mucha corrupción a todos los niveles de la política y de la Administración. Para financiar las primas, las empresas y familias españolas pagan la electricidad más cara de Europa, lo que supone una grave merma de competitividad para nuestra economía. A pesar de esos precios exagerados, y de que la generación eléctrica tiene un exceso de capacidad de más del 30%, el sistema eléctrico español ostenta un déficit tarifario de varios miles de millones de euros al año y más de 24.000 millones de deuda acumulada que nadie sabe cómo pagar. La burbuja de las renovables ha pinchado y… ¡ahí queda eso!
La última burbuja que traeré a colación, aunque la lista es más larga (fútbol, televisiones…), es la formada por las innumerables infraestructuras innecesarias construidas en las últimas dos décadas a costes astronómicos para beneficio de constructores y perjuicio de contribuyentes. Uno de los casos más chirriantes es el de las autopistas radiales de Madrid, pero hay muchísimos más. Las radiales, que pretendían descongestionar los accesos a Madrid, se diseñaron y construyeron haciendo dejación de principios muy importantes de prudencia y buena administración. Para empezar, se hicieron unas previsiones temerarias del tráfico que dichas autopistas iban a tener. En la actualidad el tráfico no supera el 30% de lo previsto. Y no es por la crisis: en los años del boom tampoco había tráfico. A continuación ¿incomprensiblemente? el Gobierno permitió que los constructores y los concesionarios fuesen, esencialmente, los mismos. Esto es un disparate, porque al disfrazarse los constructores de concesionarios mediante unas sociedades con muy poco capital y mucha deuda, se facilitaba que pasara lo que acabó pasando: los constructores cobraron de las concesionarias por construir las autopistas y, al constatarse que no había tráfico, amenazaron con dejarlas quebrar. Los principales acreedores eran ¡oh sorpresa! las Cajas de Ahorro. Los más de 3.000 millones de deuda nadie sabe cómo pagarlos y acabarán recayendo sobre el contribuyente pero, en cualquier caso, ¡ahí queda eso!
La teoría
Termino aquí la parte descriptiva de este artículo en la que he resumido unos pocos “hechos estilizados” que considero representativos del comportamiento colectivo, no necesariamente individual, y esto es importante recordarlo, de los políticos españoles. Paso ahora a formular una teoría de la clase política española como grupo de interés.
El enunciado de la teoría es muy simple. La clase política española no sólo se ha constituido en un grupo de interés particular, como los controladores aéreos, por poner un ejemplo, sino que ha dado un paso más, consolidándose como una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones. Una élite extractiva se caracteriza por:
"Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio".
"Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch".
"Abominar la 'destrucción creativa', que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter "la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo". Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político".
Con la navaja de Occam en la mano, si esta sencilla teoría tiene poder explicativo, será imbatible. ¿Qué tiene que decir sobre las cuatro preguntas que se le han planteado al principio del artículo? Veamos:
La clase política española, como élite extractiva, no puede tener un diagnóstico razonable de la crisis. Han sido sus mecanismos de captura de rentas los que la han provocado y eso, claro está, no lo pueden decir. Cierto, hay una crisis económica y financiera global, pero eso no explica seis millones de parados, un sistema financiero parcialmente quebrado y un sector público que no puede hacer frente a sus compromisos de pago. La clase política española tiene que defender, como está haciendo de manera unánime, que la crisis es un acto de Dios, algo que viene de fuera, imprevisible por naturaleza y ante lo cual sólo cabe la resignación.
La clase política española, como élite extractiva, no puede tener otra estrategia de salida de la crisis distinta a la de esperar que escampe la tormenta. Cualquier plan a largo plazo, para ser creíble, tiene que incluir el desmantelamiento, por lo menos en parte, de los mecanismos de captura de rentas de los que se beneficia. Y eso, por supuesto, no se plantea.
¿Pidieron perdón los controladores aéreos por sus desmanes? No, porque consideran que defendían su interés particular. ¿Alguien ha oído alguna disculpa de algún político por la situación en la que está España? No, ni la oirá, por la misma razón que los controladores. ¿Cómo es que, como medida ejemplarizante, no se ha planteado en serio la abolición del Senado, de las diputaciones, la reducción del número de ayuntamientos…? Pues porque, caídas las Cajas de Ahorro -y ante las dificultades presentes para generar nuevas burbujas- la defensa de las rentas capturadas restantes se lleva a ultranza.
Tal y como establece la teoría de las élites extractivas, los partidos políticos españoles comparten un gran desprecio por la educación, una fuerte animadversión por la innovación y el emprendimiento y una hostilidad total hacia la ciencia y la investigación. De la educación sólo parece interesarles el adoctrinamiento: las estridentes peleas sobre la Educación para la Ciudadanía contrastan con el silencio espeso que envuelve las cuestiones verdaderamente relevantes como, por ejemplo, el elevadísimo fracaso escolar o los lamentables resultados en los informes PISA. La innovación y el emprendimiento languidecen en el marco de regulaciones disuasorias y fiscalidades punitivas sin que ningún partido se tome en serio la necesidad de cambiarlas. Y el gasto en investigación científica, concebido como suntuario de manera casi unánime, se ha recortado con especial saña sin que ni un solo político relevante haya protestado por un disparate que compromete más que ningún otro el futuro de los españoles.
La teoría de las élites extractivas, por lo visto hasta aquí, parece dar sentido a bastantes rasgos llamativos del comportamiento de la clase política española. Veamos qué nos dice sobre el futuro.
La predicción
La crisis ha acentuado el conflicto entre el interés particular de la clase política española y el interés general de España. Las reformas necesarias para permanecer en el euro chocan frontalmente con los mecanismos de captura de rentas que sostienen dicho interés particular. Por una parte, la estabilidad presupuestaria va a requerir una reducción estructural del gasto de las Administraciones públicas superior a los 50 millardos de euros, un 5% del PIB. Esto no puede conseguirse con más recortes coyunturales: hacen falta reformas en profundidad que, de momento, están inéditas. Se tiene que reducir drásticamente el sector público empresarial, esa zona gris entre la Administración y el sector privado, que, con sus muchos miles de empresas, organismos y fundaciones, constituye una de las principales fuentes de rentas capturadas por la clase política. Por otra parte, para volver a crecer, la economía española tiene que ganar competitividad. Para eso hacen falta muchas más reformas para abrir más sectores a la competencia, especialmente en el mencionado sector público empresarial y en sectores regulados. Esto debería hacer más difícil seguir creando burbujas en la economía española.
La infinita desgana con la que nuestra clase política está abordando el proceso reformista ilustra bien que, colectivamente al menos, barrunta las consecuencias que las reformas pueden tener sobre su interés particular. La única reforma llevada a término por iniciativa propia, la del mercado de trabajo, no afecta directamente a los mecanismos de captura de rentas. Las que sí lo hacen, exigidas por la UE como, por ejemplo, la consolidación fiscal, no se han aplicado. Deliberadamente, el Gobierno confunde reformas con recortes y subidas de impuestos y ofrece los segundos en vez de las primeras, con la esperanza de que la tempestad amaine por sí misma y, al final, no haya que cambiar nada esencial. Como eso no va a ocurrir, en algún momento la clase política española se tendrá que plantear el dilema de aplicar las reformas en serio o abandonar el euro. Y esto, creo yo, ocurrirá más pronto que tarde.
La teoría de las élites extractivas predice que el interés particular tenderá a prevalecer sobre el interés general. Yo veo probable que en los dos partidos mayoritarios españoles crezca muy deprisa el sentimiento “pro peseta”. De hecho, ya hay en ambos partidos cabezas de fila visibles de esta corriente. La confusión inducida entre recortes y reformas tiene la consecuencia perversa de que la población no percibe las ventajas a largo plazo de las reformas y sí experimenta el dolor a corto plazo de los recortes que, invariablemente, se presentan como una imposición extranjera. De este modo se crea el caldo de cultivo necesario para, cuando las circunstancias sean propicias, presentar una salida del euro como una defensa de la soberanía nacional ante la agresión exterior que impone recortes insufribles al Estado de bienestar. También, por poner un ejemplo, los controladores aéreos presentaban la defensa de su interés particular como una defensa de la seguridad del tráfico aéreo. La situación actual recuerda mucho a lo ocurrido hace casi dos siglos cuando, en 1814, Fernando VII – El Deseado- aplastó la posibilidad de modernización de España surgida de la Constitución de 1812 mientras el pueblo español le jaleaba al grito de ¡vivan las “caenas”! Por supuesto que al Deseado actual –llámese Mariano, Alfredo u otra cosa- habría que jalearle incorporando la vigente sensibilidad autonómica, utilizando gritos del tipo ¡viva Gürtel! ¡vivan los ERE de Andalucía! ¡visca el Palau de la Música Catalana! Pero, en cualquier caso, las diferencias serían más de forma que de fondo.
Una salida del euro, tanto si es por iniciativa propia como si es porque los países del norte se hartan de convivir con los del sur, sería desastrosa para España. Implicaría, como acertadamente señalaron Jesús Fernández-Villaverde, Luis Garicano y Tano Santos en EL PAÍS el pasado mes de junio, no sólo una vuelta a la España de los 50 en lo económico, sino un retorno al caciquismo y a la corrupción en lo político y en lo social que llevaría a fechas muy anteriores y que superaría con mucho a la situación actual, que ya es muy mala. El calamar vampiro, reducido a chipirón, sería cabeza de ratón en vez de cola de león, pero eso nuestra clase política lo ve como un mal menor frente a la alternativa del harakiri que suponen las reformas. Los liberales, como en 1814, serían masacrados –de hecho, en los dos partidos mayoritarios, ya se observan movimientos en esa dirección.
El peligro de que todo esto acabe ocurriendo en un plazo relativamente corto es, en mi opinión, muy significativo. ¿Se puede hacer algo por evitarlo? Lamentablemente, no mucho, aparte de seguir publicando artículos como éste. Como muestran todos los sondeos, el desprestigio de la clase política española es inmenso, pero no tiene alternativa a corto plazo. A más largo plazo, como explico a continuación, sí la tiene.
Cambiar el sistema electoral
La clase política española, como hemos visto en este artículo, es producto de varios factores entre los que destaca el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos. Este sistema da un poder inmenso a los dirigentes de los partidos y ha acabado produciendo una clase política disfuncional. No existe un sistema electoral perfecto -todos tienen ventajas e inconvenientes- pero, por todo lo expuesto hasta aquí, en España se tendría que cambiar de sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional. Los sistemas mayoritarios producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que dan de las urnas está menos mediatizada. Hasta aquí todo son ventajas. También hay inconvenientes. Un sistema proporcional acaba dando escaños a partidos minoritarios que podrían no obtener ninguno con un sistema mayoritario. Esto perjudicaría a partidos minoritarios de base estatal, pero beneficiaría a partidos minoritarios de base regional. En cualquier caso, el rasgo relevante de un sistema mayoritario es que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas y eso, en España, es ahora una necesidad perentoria que compensa con creces los inconvenientes que el sistema pueda tener.
Un sistema mayoritario no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida. Pero es muy probable que generase una clase política diferente, más adecuada a las necesidades de España. En Italia es inminente una propuesta de ley para cambiar el actual sistema proporcional por uno mayoritario corregido: dos tercios de los escaños se votarían en colegios uninominales y el tercio restante en listas cerradas en las que los escaños se distribuirían proporcionalmente a los votos obtenidos. Parece ser que el Gobierno “técnico” de Monti ha llegado a conclusiones similares a las que defiendo yo aquí: sin cambiar a una clase política disfuncional no puede abordarse un programa reformista ambicioso. Y es que, como le oí decir una vez a Carlos Solchaga, un “técnico” es un político que, además, sabe de algo. ¿Para cuándo una reforma electoral en España? ¿Habrá que esperar a que lleguen los “técnicos”?
César Molinas publicará en 2013 un libro titulado “¿Qué hacer con España?”. Este artículo corresponde a uno de sus capítulos.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Se dispara en España el número de Ninis
La crisis económica ha disparado el número de jóvenes en España que ni estudian ni trabajan, englobados bajo el apelativo de Generación nini. El 23,7% de los españoles de entre 15 y 29 años se encontraban en esta situación en 2010, según recoge el informe Panorama de la Educación 2012 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) publicado hoy. Se trata del país europeo con el porcentaje más alto, casi ocho puntos por encima de la media de los países desarrollados (15,8%) y siete puntos más alto que en 2008. Si nos fijamos solo en la franja de 25 a 29 años, la cifra llega al 29%.
Cada uno de esos jóvenes a los que se les ha colgado la etiqueta de nini, unos 1,9 millones de personas, son la encarnación de un cúmulo de defectos en el sistema productivo y educativo. Por un lado, se trata de un sector productivo muy dependiente de los servicios y la construcción en la última década, con poca oferta para titulados superiores y mucho empleo no cualificado. Y, por otro, de una escuela que no pudo retener a un alto porcentaje de jóvenes en época de bonanza (el abandono temprano ha rondado el 30% la última década, aunque bajó en 2011 al 26,5%) y ahora no es capaz de recuperarlos cuando esos jóvenes han pasado masivamente a las listas del paro.
“En este momento el acceso al mercado laboral es muy complicado y, además, el reenganche en el sistema educativo tampoco es fácil, bien porque aquellos que lo abandonaron prematuramente no desean volver a él, o bien por la escasa relevancia de los programas de segunda oportunidad”, dice el profesor de la Universidad de Vigo Alberto Vaquero. Las escuelas de adultos están saturadas en muchos puntos de España y la oferta de FP no da más de sí: ha crecido en 127.000 alumnos en los últimos tres cursos y “unos 80.000 jóvenes se van a quedar sin la plaza solicitada”, dijo ayer el responsable de Educación de CC OO, José Campos.
Y con un paro general del 25% y uno juvenil de más del 50%, también se pueden encontrar entre los nini, aunque en menor medida, muchos universitarios. España es también el país con mayor tasa de desempleados entre los titulados superiores, y el segundo entre los que tienen bachillerato o FP de grado medio.
Pero, a pesar de todo, la actual edición del compendio estadístico de la OCDE (probablemente el más completo que se publica en el mundo) refleja de nuevo que, a mayor formación, más posibilidades de tener trabajo y ganar más dinero: mientras el paro de los adultos que solo estudiaron la enseñanza obligatoria ha pasado del 9% en 2007 al 24,7% en 2010; para los que tienen título universitario o de FP de grado superior ha pasado del 4,8% al 10,4%. Entre los titulados en bachillerato y FP de grado medio, del 7,16% al 17,4%. Hoy, a finales de 2012, con un desempleo que no se frena, probablemente las cifras sean otras, pero esas enormes diferencias entre tener y no tener formación serán muy parecidas.
Un mayor nivel de educación permite también reducir la brecha salarial entre géneros. Así, las mujeres que solo estudiaron la ESO ganan un 66% de los ingresos de los hombres con el mismo nivel educativo; el porcentaje sube al 68% si se ha cursado secundaria superior y alcanza el 83% entre las mujeres con educación universitaria. El sociólogo de la Universidad de Salamanca Jaime Riviere matiza en este punto que “las mujeres sin cualificación tienen empleos de muy baja calidad y muy mal pagados, por lo que es normal que cuando estudian, al entrar en mercado de trabajo menos segmentados por sexo, se encuentren en una gran situación de ventaja con respecto a las que no estudian; es decir, hay mucha más desigualdad entre las mujeres que entre los hombres”.
En todo caso, si individualmente la formación en muy rentable, también lo es socialmente: la OCDE calcula que cada euro invertido en que alguien curse educación superior revierte multiplicado por cuatro en la sociedad. Así, en un contexto de crisis internacional como el actual, el director general del organismo pidió a todos los países que no recorten y mantengan una financiación adecuada, sobre todo, al principio y al final de la cadena, en la educación infantil y en la universidad, manteniendo los precios de las matrículas en niveles razonables. “Los países necesitan una sociedad cada vez más formada para salir adelante en la economía del conocimiento. Invertir desde edades tempranas es crucial para poner las bases de un éxito posterior. Una educación y formación de gran calidad tiene que estar entre las prioridades de los Gobiernos”, ha dicho el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría.
En España, las matrículas universitarias están subiendo mientras las becas se reducen al endurecer los requisitos de acceso. “Creo que es muy importante el logro en infantil [la OCDE destaca que en España la mayoría de los alumnos empieza la escuela a los tres años], que ahora podría verse cuestionado por el recorte en los servicios de comedor y otros, y la supresión del programa Educa3 [para crear guarderías]”, dice el catedrático de Sociología Mariano Fernández Enguita. “Hay una evidencia contundente de que un año o un euro de diferencia en infantil producen efectos mucho más amplios que en niveles superiores, y esto es especialmente cierto para familias, comunidades y entornos en desventaja”.
La secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, insistió en que los problemas de la educación en España no son de recursos, utilizan para sostener su argumento que España gastó por alumno casi 8.000 euros en 2009, por encima de la media de la OCDE y de la UE (unos 6.500). Y cree que esa diferencia era tan gran grande, que los importantes recortes que se iniciaron en 2010 y que significarán entre 10.000 y 11.000 millones de euros menos en 2015, no provocarán, el rezago de España en esa estadística. Lo mismo dice con los sueldos docentes por encima de la media en 2010 (que también se han sufrido importantes recortes en estos años) y las ratios de alumnos y profesor: también entonces por encima de la media, antes de le reducción de docentes con el aumento de alumnos.
Los sindicatos educativos Stes, Anpe, Csif, FETE-UGT y CC OO, que hoy se han reunido para anunciar movilizaciones contra la reducción de maestros este curso (unos 80.000 profesionales en la escuela pública, calcula UGT), respondieron que Gomendio no tiene credibilidad cuando dice eso. Tampoco cuando asegura que los recortes no afectarán a la calidad, afirmó José Campos.
El agujero está en la FP
El diagnóstico que hace la OCDE está meridianamente claro una vez más: España ha avanzado mucho, pero le falta el último salto cualitativo para superar el altísimo abandono escolar temprano y los flojos resultados de los alumnos en exámenes internacionales como Pisa. Entre los avances, el informe destaca que España es uno de los siete países donde el nivel educativo de su población ha crecido más: el 53% tiene al menos bachillerato o FP de grado medio; en 1997 era el 31%. También destacan la igualdad de oportunidades que presta el sistema y la movilidad educativa: el 45% de los jóvenes ha estudiado más que sus padres, frente a un 6% que tiene menos formación. "Eso que llaman 'movilidad educativa' es lógico si se piensa que la distribución de los niveles educativos ha cambiado muy rápidamente en España. Desde este punto de vista, no es que seamos una sociedad más abierta que otras, es que hemos cambiado mucho más deprisa", matiza Riviere.
Sin embargo, aunque mejora, la estadística sigue apuntando al mismo problema: pocos titulados en FP de grado medio (28% de los jóvenes sacan este título frente al 44% de la media de la UE-21), una cifra que debería engordar atrayendo a esos jóvenes que abandonan demasiado temprano el sistema. "La OCDE nos llama la atención, también, sobre el 'bajo rendimiento en secundaria', y lo hace con dos indicadores. El primero, bien conocido, es la baja proporción de títulos postobligatorios (el abandono escolar prematuro, dicho al revés), pero me parece más interesante el otro: en España se titulan en el plazo previsto el 57% de los estudiantes de secundaria superior, frente al 77% de media en la OCE; con dos años más se llega al 82%, frente al 92% en la OCDE. El problema sólo puede estar en los estudiantes, en el plan de estudios o en los docentes-evaluadores, y yo creo que para esas diferencias podemos descartar el primer factor y debemos concentrarnos en los otros dos", añade el sociólogo Fernández Enguita, quien coincide con Gomendio en que, al menos en los sueldos y las condiciones de los docentes, los actuales recortes no van a hundir la estadística comparativa con otros países en en este punto.
En todo caso, la pregunta es si la reforma que propone el Ministerio de Educación, en el actual contexto de recortes y conflictividad social, puede por fin encontrar la manera de mejorar el sistema. Justo cuando la anterior reforma, la de 2006, y la inversión sostenida de la última década estaba dando resultados, según algunos especialistas como el profesor de Granada Antonio Bolívar: “Fruto de la inversión en educación de la última década, algunas mejoras en determinados niveles educativos son altamente positivas”, asegura.
La secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio insiste en que el de España no es un problema de recursos, sino de eficiencia: todo el dinero invertido, que ha sido mucho y ha costado mucho esfuerzo, no se ha traducido en mejoras equivalentes de la calidad. A esto volvió a responder José Campos señalando que una cosa es decir que hay que buscar la eficiencia para resolver problemas que pueda haber de calidad, y otra muy distinta justificar que los enormes recortes que se están produciendo no afectarán a la calidad.
En todo caso, Gomendio sostiene que “lo que ha fallado es un sistema que ha entendido que la equidad y la igualdad de oportunidades signifique que los estudiantes tengan que seguir una misma trayectoria hasta los 16 años”, y con ellos defiende su propuesta de adelantar los itinerarios hacia la FP y hacer exámenes de reválida al final de cada etapa. Gomendio ha justificado esas reválidas porque el informe de la OCDE señala que los países que tienen exámenes externos estandarizados tiene de media 16 puntos más en el informe Pisa (llegó a hacer una simulación de dónde estaría España en Pisa con 16 puntos más). Sin embargo, lo cierto es que la afirmación de la OCDE se refiere a todo tipo de exámenes estandarizados, independientemente de que tengan o no consecuencias para que los alumnos pasen de curso, es decir, como las evaluaciones nacionales de diagnóstico que ya estaban instauradas en España desde hace años.
“No veo cómo a base de reválidas se puedan incrementar los índices de secundaria superior, pues más bien se dirigen a impedir que accedan, a menos que la FP se convierta en el saco donde meter a toda la población excluida”, insiste Bolívar.
“La FP no debe ser una opción de segunda y para eso requiere recursos y personal muy cualificado”, señala por correo electrónico el director del Informe Pisa de la OCDE, Andreas Schleicher, que aboga por una formación más práctica. Aunque ayer no lo mencionó Gomendio, el Gobierno quiere poner en marcha un programa piloto de FP dual, a mitad de camino entre la escuela y la empresa.
“Todos los Gobiernos tienen en su agenda la mejora de la FP, cosa que está muy bien. El problema es que nunca vemos cómo ello se concreta”, espetó el director de la Fundación Jaume Bofill, Ismael Palacín, la semana pasada, durante la presentación de un estudio sobre la educación en Cataluña, informa Ivanna Vallespín.
Bolívar cita precisamente aquel informe para señalar: "Nuestras elevadas tasas de abandono prematuro no tienen que ver con déficits de rendimiento escolar sino con la “debilidad de las transiciones educativas”, como las tasas de fracaso escolar en la ESO". Y concluye su análisis asegurando que los datos sobre profesorado (ingresos superiores a la media, menor número de alumnos y horas semanales de clase) tal vez podrían en su día apoyar las recortes, pero en todo caso hoy los datos "ya no serían esos". "Lo único que se me ocurre es una mirada retrospectiva para preguntarse por qué con esos niveles de inversión en educación, de apoyo al profesorado, etcétera. España no logró unos mejores indicadores de resultados educativos. El modo cómo se gestiona el sistema tiene alguna respuesta en ello: la falta de autonomía a nivel de centro escolar y de liderazgo de los equipos directivos", concluye.
martes, 11 de septiembre de 2012
Tálant, el Bárbaro
"Estoy harto de estos arbitrajes y, si queréis, echadme del país", dice Tálant Duisebáev, el entrenador mongol del antaño Ciudad Real y actual Atlético de Madrid. Y va de que a nuestro insti se ha venido un balonmaniaco de elenco, Rafa López León, muchas veces internacional de la selección. Quien haya jugado balonmano recordará el sabor salado de la sangre en la boca, el corazón desbocado y correteante y los pelotazos que hay que dar y tener para brillar en este neurológico juego de reflejos y kamikaces, donde a veces te dejas plantados los dientes de un codazo, como Jasón en el campo de Eetes. El baloncesto es igual de violento, pero menos puñeterón y transversal; la única diferencia con el hockey es que los leñazos se dan con cualquier parte de la pelota o el cuerpo y no hay protecciones. Como el juego de esos hijos de la tierra, el Rugby, pero sin barro ni melées ni gigantes con espaldas de armario ni zagueros como camiones desenfrenados que caen sobre ti con todo lo que tienen y, además, zapatos como cajas de violín, acabando tú, pobre, peor que terminó Eleazar. Si sobrevive, uno sale del campo (no de juego, de batalla) cárdeno, lila, violeta, morado, añil, con todos los matices violentos del rosa y, por lo general, con una caja en el costado para recoger los huesos astillados o perdidos, si no en camilla.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Bullying homófobo
Olga R. Sanmartín "Casi la mitad de los jóvenes que sufre 'bullying' homófobo piensa en suicidarse", El Mundo, 10/09/2012:
Cuando estaba en el colegio, a X. le orinaron encima varios chicos por ser homosexual. A Y. sus compañeros de clase no le dejaban entrar en el vestuario. Su profesor se encogió de hombros y le dijo: "Si tú eres gay, total, cámbiate en el de las chicas". Z. recuerda que su familia le maltrataba por su orientación sexual, hasta el punto de echarle de casa con lo puesto.
Son algunos de los 653 testimonios de adolescentes y jóvenes que han sufrido bullying homofóbico en 129 municipio de toda España durante los últimos 10 años. Los ha recogido la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) en un estudio pionero en nuestro país en el que se establece la relación entre acoso escolar y suicidio.
¿Tienden más a quitarse la vida los adolescentes a quien sus compañeros les hacen la vida imposible por ser gays, lesbianas o transexuales? La conclusión del trabajo es que sí.
Lo explica Jesús Generelo, secretario general de la FELGTB: "Nadie es más propenso al suicidio por tener una cierta identidad de género, pero sí por las condiciones de violencia en las que vive".
Los profesores, a veces culpables
Por ejemplo, según este informe, el 43% de los adolescentes y jóvenes que pasaron por el infierno escolar del acoso llegaron a plantearse el suicidio. De ellos, el 81% incluso lo planificó al detalle.
De todos los que sufrieron acoso escolar homofóbico, el 17% llegó a intentar quitarse la vida.
Hay otros datos igualmente escalofriantes, como el que identifica a los culpables: en el 90% de los casos, los acosadores eran los compañeros (casi siempre varones), pero en el 11%, los agresores eran los propios profesores. Los responsables del estudio creen que, en algunas ocasiones, el profesorado no contribuye a erradicar el problema, sino a agravarlo.
"Hay un gravísimo problema de acoso homofóbico en las escuelas", denuncia Jesús Generelo. "Es una cuestión estructural que está instalada en todas y cada una de las escuelas, desde la de un pueblo de Huesca hasta un colegio de Chueca".
Sufrir en silencio
Y lo peor es que los críos, en vez de denunciarlo, lo silencian. Dice la FELGTB que el 82% de los jóvenes no informó a su familia de que estaba sufriendo acoso escolar homofóbico. Y que un 42% no recibió ninguna ayuda en su centro escolar frente a estas agresiones.
Humillación, impotencia, rabia, tristeza, incomprensión, soledad y aislamiento son algunos de los sentimientos que provoca en los acosados –fundamentalmente, varones– este tipo de bullying. Y, así, hasta llegar a la desesperanza total. Pensamientos del tipo "el futuro aparece oscuro para mí", "yo no creo que haya solución", "abandonarlo todo sería una buena salida"...
En el último extremo, el suicidio como vía de escape. 124 jóvenes de entre 12 y 25 años han llegado hasta el punto de intentar quitarse la vida.
Triple riesgo
Estudios internacionales apuntan que los jóvenes LGTB tienen tres veces más riesgo de suicidio que sus compañeros heterosexuales. Aquí no se ha analizado este asunto profundidad, pero los investigadores de la FELGTB piensan que este mismo nivel de riesgo podría extrapolarse a España.
Por eso, en el Día Internacional para la Prevención del Suicidio, hacen un llamamiento a las instituciones para que se impliquen más activamente en la cuestión.
Según ha explicado en rueda de prensa José Luis Ferrándiz, uno de los autores del estudio, el 23% del bullying homofóbico se produce antes de que las víctimas lleguen a la ESO. Es decir, muchas veces los insultos y el aislamiento tienen lugar incluso antes de que los críos descubran su orientación de género. Más de la mitad del acoso se inicia entre los 12 y los 15 años.
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Lengua
J. A. Aunión, "Todo empieza con las palabras. La lectura es el primer paso para aprender cualquier materia. El Gobierno quiere dar más horas de Lengua, pero los expertos reclaman otra manera de enseñarla", El País, 9 Sep. 2012:
El Gobierno quiere aumentar las horas de clase que reciben los alumnos de primaria y secundaria de asignaturas instrumentales: matemáticas, ciencias y, sobre todo, lengua. La mayoría de expertos están de acuerdo en la importancia capital de la lectura y la escritura, no solo en sí misma, sino como llave para acceder al resto de habilidades que trata de transmitir la escuela. Sin embargo, muchos insisten en que más importante e imperioso que el cuánto es fijarse en el qué y el cómo, es decir, revisar unos contenidos que empujan hacia enseñanzas demasiado centradas en la repetición de estructuras descontextualizadas o en la memorización de teorías gramaticales.
“Se piensa con frecuencia que leer es una técnica que se aprende en uno o dos cursos; se actúa como si el gusto por leer fuera una característica que forma parte del equipo de serie de los individuos; se cree que el aprendizaje de la lectura es cuestión del área de lenguaje, o que leer es un hábito”, escribe la profesora de la Universidad de Barcelona Isabel Solé en el último número de la Revista Iberoamericana de Educación, presentado la semana pasada en Salamanca durante el Congreso Iberoamericano de las Lenguas / Leer.es. Y añade Solé que son esas creencias las que conducen a una enseñanza que ayuda a alcanzar unos niveles mínimos de lectura, pero que no son suficientes.
Si de lo que se trata es de que los jóvenes comprendan y puedan utilizar con habilidad lo que leen, que sean capaces de expresarse muy bien oralmente y por escrito en contextos diversos, ¿para qué tanta gramática y tanta sintaxis?, ¿para qué tanto sintagma nominal y tanto suplemento?, se preguntan muchos especialistas desde hace años. “Estamos formando un ejército de pequeños filólogos analfabetos, que distinguen la estructura morfológica de una frase pero no comprenden su significado”, decía en este periódico, tras la publicación del Informe Pisa de 2006, el escritor Luis Landero.
Sin embargo, muchos estudiosos defienden que la reflexión sobre el idioma —lo que implicaría entre otras cosas la gramática—, es fundamental para adquirir un uso muy avanzado de la lengua. Tal vez la solución pasa por “la elaboración de una gramática pedagógica”, como propone Solé. Se trataría de un texto unificado que acabara con la dispersión actual (las diferentes teorías resultan en un caos de materiales didácticos) y eligiera los puntos básicos para hacer posible esa reflexión. Pero rechazando “la enseñanza centrada en la memorización de definiciones y en ejercicios de identificación de categorías gramaticales aisladas y de análisis sintáctico”, y llevando esas gramáticas escolares mucho más hacia los análisis del discurso, sus funciones, sus categorías, escribe la docente de la Universidad de Valencia Carmen Rodríguez Gonzalo.
De hecho, otra clave insistentemente señalada es la de enseñar los diferentes niveles de lectura: no es lo mismo hacer una búsqueda por Internet; leer un texto de física para estudiar; las instrucciones del horno para encenderlo o una obra literaria por placer. Ello, además de utilizar textos reales desde los primeros pasos, con ideas que tengan que ver con la vida del niño, “con un sentido, un propósito y una intención”, aseguraba el viernes la orientadora escolar Pilar Pérez Esteve. Junta a ella, durante el congreso, la profesora de la Universidad Nacional de la Plata Mirta Castedo insistía en que quizá muchas de las dificultades de los niños de entornos desfavorecidas a la hora de aprender lengua se resolverían teniendo en cuenta sus contextos a la hora de proponerles ideas y textos para el aprendizaje.
¿Y esto lo tienen que hacer solos los profesores de Lengua y Literatura? Para muchos expertos, es una misión que compete a los docentes de todas las áreas, y por eso defienden que reforzarla va más allá de aumentar las horas. En el congreso de Salamanca se abordó este tema en la mesa redonda titulada Leer para aprender en ciencias. En ella, el profesor de secundaria Luis Balbuena mostró cómo aprender matemáticas a partir del Quijote, y el también profesor del mismo ciclo Mariano Martínez Gordillo defendió el uso de textos periodísticos para aprender ciencia, por su interdisciplinariedad, capacidad para plantear debates controvertidos, entretener y divulgar con sencillez y metáforas.
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sábado, 8 de septiembre de 2012
¿Cuánto es suficiente?
Carlos Fresneda, "¿Cuánto es suficiente?", El Mundo, 08/09/2012 05:28 horas
Mientras buscamos la respuesta a la pregunta del millón ('¿Cómo salir de la crisis?'), Robert y Edward Skidelsky ponen sobre el tapete otra cuestión menos apremiante, pero sin duda más profunda: '¿Cuánto es suficiente?'. Así se titula el libro que publicará próximamente la editorial Crítica, después de una gestación tan larga como la propia crisis...
Robert Skidelsky biógrafo por excelencia de John Maynard Keynes, ha querido rescatar a tiempo uno de los legajos más olvidados del 'maestro': 'Posibilidades económicas para nuestros nietos'. En plena Gran Depresión, sin dejarse amilanar por los nubarrones, Keynes vaticinó que en el 2030 los países desarrollados tendrían lo 'suficiente' como para permitirnos trabajar 15 horas semanales y redefinir nuestras prioridades.
Se equivocó Keynes, está claro. El apetito insaciable por la acumulación material ha seguido alimentando la máquina hasta llegar donde estamos. Pero Robert Skidelsky y su hijo Edward (filósofo) se proponen resucitar la premisa del 'maestro' y poner al día su visión de 'la buena vida' para cuando llegue, si es que llega, la salida del túnel.
'Un futuro distinto y mejor'
"Por supuesto que Keynes admitía la urgencia de cómo recuperarse de la Gran Depresión", admite Skidelsky. "De hecho, muchos países usaron sus principios de un papel más activo del Estado para lograr la recuperación económica. Pero Keynes intentaba al mismo tiempo mirar a largo plazo y vislumbrar un futuro distinto y mejor. Consideraba que la Gran Depresión era el síntoma doloroso del paso de un período económico a otro, algo parecido a lo que está ocurriendo ahora".
Desde su oficina en Westminster, Lord Skidelsky nos invita a imaginar la sociedad a la que aspiramos en diez o veinte años, aunque por el camino haya que volver (temporalmente) por la vía del crecimiento en el sentido más ortodoxo... "Tenemos que volver al menos al nivel de empleo que existía antes de la recesión. Y tal y como está organizada hoy en día la economía, la única manera de lograr ese objetivo es aumentando la demanda... Si Europa quiere salir de la crisis, va a tener que cancelar los programas de austeridad que están estrangulando aún más la demanda. No se puede combatir exclusivamente la deuda hasta el punto de destruir la economía".
Skidelsky quiere trazar una línea muy gruesa entre "las políticas a corto plazo para la recuperación económica" y "la visión a largo plazo para la buena vida". Una vez recuperada la 'normalidad', sostiene, llegará el momento de explorar nuevas vías como la 'renta básica' (que no es lo mismo que el salario mínimo), el impuesto progresivo sobre el consumo y otras propuestas esbozadas en su libro. "Lo que está claro es que no podemos reincidir en el error y continuar por el camino que hemos llevado los últimos treinta años, cabalgando al galope de una crisis a otra".
Sin objetivo claro ni fin posible
"El capitalismo ha conseguido un progreso incomparable en la creación de riqueza, pero nos ha dejado incapaces de dar a esa riqueza un uso civilizado", escriben Robert y Edward Skidelsky en uno de los capítulos más críticos del libro. "Está claro que el capitalismo no tiene una tendencia espontánea a convertirse en algo más noble. Si dejamos que la maquinaria funcione por sí misma, siempre querrá más, sin un objetivo claro y sin fin posible".
El propio Keynes expresó en vida su ambivalencia hacia el capitalismo. "El 'maestro' pensaba que cuando se hubiera alcanzado el objetivo de la abundancia colectiva, el capitalismo se aboliría por sí mismo", asegura Skidelsky. "En los años cincuenta y sesenta, cuando muchos gobiernos pusieron en marcha una mayor intervención en la economía siguiendo los principios de Keynes, se hablaba de la economía mixta o de un sistema socialdemocrático. La palabra 'capitalismo' cayó de hecho en desuso hasta el giro que volvió a producirse en los años ochenta".
¿La codicia, ADN del capitalismo?
"¿Acaso la codicia está en el ADN del capitalismo?", le preguntamos al coautor de '¿Cuánto es suficiente?'. "La codicia ha estado presente en todas las sociedades humanas", reconoce Skidelsky. "Uno empieza con la idea de llegar a un nivel que considera 'suficiente', pero llegado a ese punto resulta que quiere más... Forma parte del deseo humano de mejorar, es algo propio de nuestra especie. Y luego, ese afán de comparar nuestros logros con los de los demás".
Llegamos así al consumismo, "el gran placebo del capitalismo moderno". Según Skidelsky, tan necesaria como la 'tasa Tobin' para las trasacciones financieras debería ser la introducción de un impuesto progresivo sobre el consumo (gravando los artículos de lujo). En su opinión, el hiperconsumismo y el 'sobretrabajo' son las dos caras de la misma moneda, con la que seguimos pagando a duras penas los excesos de las tres últimas décadas.
Las 15 horas semanales que vaticinaba Keynes pasaron pues a la historia de las utopías. "Pero está claro que tendremos que trabajar menos si queremos trabajar todos", apunta Skidelsky, "y ése es un debate que tendremos que afrontar necesariamente a la hora de combatir el desempleo".
'Las posibilidades económicas de nuestros nietos'
En cualquier caso, la ansiedad y la inseguridad están aquí para quedarse una larga temporada. Con la mitad de población joven condenada al paro, las posibilidades económicas de nuestros nietos' parecen más bien funestas. Le preguntamos finalmente a Skidelsky cómo afrontar el hecho de la primera generación que vivirá por debajo del nivel económico de sus padres...
"Nuestros hijos y nietos van a estar posiblemente peor que nosotros en términos de consumo y de PIB, pero pueden estar mejor en muchos otros sentidos, en términos de salud, felicidad, amistad, contacto con la naturaleza y todos los elementos que queramos incluir en eso que llamamos la 'buena vida'. Las nuevas generaciones han sido testigos de hasta dónde nos han llevado nuestros errores, y seguramente serán menos insaciables de lo que hemos sido nosotros".
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Tirar la toalla
Decir que el estado del bienestar es insostenible es negar que lo esté siendo, para bien común, en Francia y Escandinavia. Es afirmar también que el estado del malestar es el único posible (aquí o en Escandinavia) y asegurar que el Infierno no sólo es recomendable, sino lo único que hay. Por otra parte, un estado que permite que se instale en él Eurovegas está enfermo (de ludopatía o, como decían en el XIX, de "corrupción" frente a "regeneración"); peor: en fase terminal. Es un estado que no puede quitarse la mierda de encima, porque él mismo es mierda y ya no la puede distinguir de sí mismo. Se empezó metiendo tragaperras en los bares y se terminó así; los Estados Unidos, Filipinas y España son los únicos países dónde el juego es una industria, y los tres donde el juego es legal. Eurovegas estará en Alcorcón, a un tiro de piedra de los Montes de Toledo y de Toledo mismo, aunque en la provincia de Madrid. ¿Será bueno para la comarca tener un cáncer cordial, un cáncer en el mismo corazón de la Península? He perdido la esperanza. ¿Quién puede con estas cosas?
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jueves, 6 de septiembre de 2012
Mapa del poder informativo en España
Se ve com más detalle
Algunos detalles sobre manipulaciones informativas manchegas pueden leerse en
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Novedades científicas trascendentales
Empieza una nueva época para la ciencia y acaso incluso un cambio de paradigma. Averiguamos hace poco que el espacio no está vacío, sino lleno de rasposos y gordos bosones. Ahora han descubierto la primera prueba directa de la existencia de materia oscura: una radiación sincrotónica del centro de la Galaxia, donde esta materia es más abundante y, por tanto, puede interactuar con más facilidad, ya que no se casa con casi nada. Por lo visto está compuesta de partículas superpesadas y tan nobles que ni siquiera interactúan entre ellas, cuanto más con la materia corriente a la que empapa y traspasa formando campos extensísimos. La radiación está formada por los electrones y positrones que provocan sus difíciles y rugosos roces en el multiverso. Otra novedad tremenda es el desvelamiento de la estructura íntima del genoma humano: ya no se conocen sólo los genes actores de la película, sino también la mayoría del equipo técnico y su función. Por otra parte, el cáncer está contra las cuerdas y la Espintrónica hará más eficiente el almacenamiento de información en dispositivos y dará más velocidad a las computadoras; puede incluso que reduzca a la mitad el consumo eléctrico, si es cierto lo que promete el premio Nobel Albert Fert. Nuevos materiales como el grafeno, el siliceno y otros aún más sorprendentes prometen un futuro tecnológico difícil de imaginar y la investigación de las células madre y la medicina reconstructiva empezarán a dar sus primeros frutos en años que seguirán.
Notas
Me es cada vez más inútil escribir. Nadie lee, y los que leen pueden tener ideas y sentimientos muy mejores que los tuyos, saber incluso cómo expresarlas mejor. Si sigo es porque me impone la disciplina de sintetizar o pensar regularmente, un desahogo para la presión de un hombre callado por fuera pero no por dentro. Empecé a leer de niño porque me autocastigué con no poder hablar, y a escribir porque quería leer más de lo poco que me gustaba: quería concentrar en un pastiche lo que me hacía reír y soñar. Dos cosas difíciles para mí.
Corrijo exámenes. Hay de todo: gente que ha mejorado y se ha esforzado, gente que prueba suerte o continúa igual que antes, otros que incluso están peor. De los primeros hay menos en estos días primerizos de septiembre. He recibido la nota media de mis correcciones de Selectividad; por lo general soy muy regular, siempre es un 7'27 o un 7'35. Este año ha sido peor: un 6'81. De 97 exámenes he puesto 23 sobresalientes (notas superiores o iguales a 8'5) y he suspendido más que nunca: 14. Aun así, resulta que he puntuado por encima de la media de los demás correctores, que ha sido 6,05. Creo que eso indica que las cosas, en la enseñanza media, empeoran. Y que miro lo mejor de los alumnos, no lo peor.
Me ha escrito desde la cárcel Eisenberg. Se publicó en ABC la historia de la primera edición, pirata, de los Sonetos del amor oscuro, cuyo texto consiguió él y publicó Víctor Infantes, ese bibliógrafo de palabra juguetona al que vi una vez en Madrid disparar vaporosos poemas al aire. Le conseguí esa información a Isabel Martínez Reverte, la periodista; me cuenta que le escribió dos veces a la dirección que le suministré. Es un hombre muy especial Eisenberg; me cuenta muchos detalles de su vida, y yo le cuento los de la mía. Es fora exitus en su propio y meapilista país; debería vivir en California, donde hay más gente como él.
Corrijo exámenes. Hay de todo: gente que ha mejorado y se ha esforzado, gente que prueba suerte o continúa igual que antes, otros que incluso están peor. De los primeros hay menos en estos días primerizos de septiembre. He recibido la nota media de mis correcciones de Selectividad; por lo general soy muy regular, siempre es un 7'27 o un 7'35. Este año ha sido peor: un 6'81. De 97 exámenes he puesto 23 sobresalientes (notas superiores o iguales a 8'5) y he suspendido más que nunca: 14. Aun así, resulta que he puntuado por encima de la media de los demás correctores, que ha sido 6,05. Creo que eso indica que las cosas, en la enseñanza media, empeoran. Y que miro lo mejor de los alumnos, no lo peor.
Me ha escrito desde la cárcel Eisenberg. Se publicó en ABC la historia de la primera edición, pirata, de los Sonetos del amor oscuro, cuyo texto consiguió él y publicó Víctor Infantes, ese bibliógrafo de palabra juguetona al que vi una vez en Madrid disparar vaporosos poemas al aire. Le conseguí esa información a Isabel Martínez Reverte, la periodista; me cuenta que le escribió dos veces a la dirección que le suministré. Es un hombre muy especial Eisenberg; me cuenta muchos detalles de su vida, y yo le cuento los de la mía. Es fora exitus en su propio y meapilista país; debería vivir en California, donde hay más gente como él.
martes, 4 de septiembre de 2012
Cristiano está triste
Cristiano está triste ¿qué tendrá Cristiano?
al echarse gomina se le ha ido la mano.
Que ha perdido la risa, que ha perdido su gol;
Cristiano está pálido en su Ferrari de oro,
está mudo el rugido de su carro sonoro
y en un rincón, olvidado, se desinfla un balón.
El Bernabéu aclama a los jugadores blancos
y Butragueño dice que están llenos los bancos.
Cristiano está triste ¿qué tendrá Cristiano?
¿No será que Hacienda le quiere meter mano?
Que ha perdido la risa, cambian la retención
y el Madrid pone límite a su renovación.
Sólo doce millones al año netos gana,
y le parece poco por el fin de semana.
Cristiano está triste ¿qué tendrá Cristiano
que no sufre la crisis como cualquier humano?
lunes, 3 de septiembre de 2012
La motivación moral en educación
Adela Cortina, "¿El fracaso de la educación?", El País, 1 de sept. de 2012:
¿No hay más salida que las intervenciones biológicas para lograr una humanidad moral?
La educación es el clavo ardiendo al que se coge cualquier conferenciante que trate de sugerir soluciones para la crisis financiera, política y social que venimos padeciendo. Cuando sus recursos académicos no le dan para más, sugiere que trabajemos conjuntamente los distintos sectores sociales, incluida la sociedad civil, porque sacaremos más provecho de la cooperación que de la búsqueda egoísta del beneficio individual. Pero, claro, como en la vida corriente esas declaraciones sobre las excelencias de la cooperación y de la ayuda mutua se quedan en eso, en declaraciones, y las realizaciones van por otros derroteros, el conferenciante acaba afirmando, para alivio del público, que todavía nos queda una salida, la de la educación, para salvar el cotidiano abismo entre los dichos y los hechos.
Decía Ortega que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, pero la verdad es que sí lo sabemos, que lleva toda la razón el célebre chiste de un encuestador que pregunta a un transeúnte si se dejaría corromper, y el interpelado contesta: si es una encuesta, rotundamente no; si es una proposición, hablemos. ¿Cómo conseguir adecuar las actuaciones a las encuestas?
No parece que nuestras sociedades crean de verdad que los seres humanos tienen dignidad, y no un simple precio, ni que la libertad, la igualdad y el apoyo mutuo sean superiores a sus contrarios. No parecen creerlo porque no lo hacen, las realizaciones no concuerdan con las declaraciones, del dicho al hecho hay un inmenso trecho.
Tan patente es la contradicción entre el decir y el hacer que algunos neuroéticos, es decir, algunos autores que trabajan sobre las bases cerebrales de la moralidad, han señalado como el gran problema de nuestra época la falta de motivación moral. Las gentes obedecen mal que bien las leyes legales, porque obligan mediante coacción. Y este “mal que bien” no precisa muchas explicaciones en un periodo como el actual. Pero la debilidad y la fuerza de la moral vienen de que son las personas mismas las que han de estar convencidas de que los seres humanos son dignos de una vida buena, de que hay valores que es necesario encarnar en la vida cotidiana. Ése es el precio que hay que pagar por la autonomía moral, y ésa es también su grandeza.
Pero como la motivación moral no parece estar en sus mejores momentos, más bien, según los autores mencionados, ni está ni se le espera, sugieren ir pensando en un camino que no se puede recorrer en el corto plazo, ni tal vez siquiera en el medio, pero a lo mejor sí en el largo: mejorar moralmente la especie humana interviniendo en el cerebro.
Si es verdad —prosiguen estos autores— que la moralidad humana tiene al menos una base biológica, entonces un tratamiento neurológico o genético permitiría fomentar las emociones que apoyan nuestro sentido de la justicia y nuestra capacidad para el altruismo. De hecho, sustancias como la oxitocina parecen aumentar la confianza en las personas, los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, incrementar la cooperación y reducir la agresión, y también el ritalín parece reducir las agresiones violentas. ¿Podríamos con todo ello organizar por fin el soñado mundo feliz, en el que todos los seres humanos alcanzan sus metas ayudando a los demás a perseguir las suyas?
Sería algo similar a lo que el norteamericano Arthur Caplan aseguraba, entusiasmado con la posibilidad de mejora: “Si tuviera la posibilidad de insertarme un chip en el cerebro con el que pudiera ya hablar francés, sin tener que pasar por academias, cursos, audición de cintas y todo ese calvario que implica el aprendizaje de un idioma, no lo dudaría ni un segundo”. ¿Podría hacerse algo análogo en relación con la moral?
La verdad es que éste es un proyecto recurrente en la historia, en las ciencias, y no sólo en ellas. El Frankenstein de Shelley, La isla del doctor Moreau de Wells, El mundo feliz de Huxley, La naranja mecánica de Kubrik, son una minúscula muestra de ese afán de mejorar moralmente a los seres humanos interviniendo ya, sin confiar para esta mejora en la educación que debería venir de una sociedad que dice mucho, pero no parece interesada en hacerlo.
Ciertamente, proyectos como éste pertenecen todavía a la tecnociencia ficción, pero las ficciones pueden convertirse en realidad en el medio y largo plazo, y conviene que la ciudadanía las conozca para formarse una opinión y debatirla. En este debate una cuestión sería clave, a mi juicio: ¿no hay más salida que las intervenciones biológicas para conseguir una humanidad convencida de los mejores valores de palabra y obra? ¿O más bien sucede que no existe el chip moral, no hay fármaco ni implante que sustituya a la paciente formación voluntaria del carácter de las personas, de las instituciones y de los pueblos? En tal caso, en este 2012, declarado Año de las Neurociencias, seguiría siendo cierto que sólo la libertad es el camino hacia la libertad.
Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y Directora de la Fundación ÉTNOR.
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domingo, 2 de septiembre de 2012
Los únicos bancos buenos
De Isabel F. Lantigua "Microcréditos salvavidas", El Mundo, 2/09/2012:
"En la década de los 70, un grupo de expertos en Desarrollo Económico y en Finanzas, en Asia y en América Latina, rompieron con los axiomas establecidos hasta esos momentos y pusieron en marcha un nuevo paradigma de financiación para el desarrollo: los programas de microcréditos. Mientras los bancos comerciales prestaban dinero a las personas más pudientes, las instituciones microfinancieras (IMF) comenzaron a prestar a los más desfavorecidos. Y mientras los primeros se concentraban en las grandes urbes y tenían como clientes principales a hombres poderosos, las IMF se instalaron en zonas rurales y apostaron por las mujeres.
La finalidad de los microcréditos era romper el circulo vicioso de la pobreza, una teoría enunciada por el economista Ragnar Nurkse (1907-1959). Afirma que las personas más pobres están sumidas en un camino sin salida -círculo vicioso- porque destinan sus pequeños ingresos enteramente al consumo, por lo que no tienen ninguna capacidad de ahorro ni de inversión, lo que limita sus posibilidades de incrementar su renta en un futuro. La única forma de romper este círculo es con una inyección externa de capital. Pero había un problema, que aún perdura. Estas personas están excluidas de los bancos."
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Las desaparecidas bellísimas personas
Pedro J. Bosch, "Nostalgia de las bellísimas personas", El País, 31-VIII-2012:
Volver a identificar y desenmascarar al Mal es hoy tan crucial como cuadrar las cuentas públicas.
Viendo uno de los últimos capítulos de Boardwalk Empire,la magnífica serie de Martin Scorsese, cuando uno de los gángsteres protagonistas asesina a hachazos a su padre y se acuesta con su madre (a instancias de ésta, quien le asegura que no están haciendo “nada malo”), uno se pregunta qué extraño ensamblaje neuronal nos mantiene ante la pantalla para contemplar un espectáculo que contraviene todos nuestros esquemas culturales, éticos y morales.
Puede que sea la fascinación que el Mal nos provoca a quienes nos movemos simplemente entre lo correcto y lo incorrecto, la perplejidad estuporosa con la que observamos actitudes humanas que van mucho más allá, debatiéndose entre lo apocalíptico y lo integrado, que nos diría Umberto Eco, para no utilizar términos que incursionan en el terreno sobrenatural, como los de salvación o condenación. Lo cierto es que quedamos enganchados ante este tipo de relatos, preguntándonos siempre si realmente esos seres perversos nacen así o se hacen por condicionantes sociales, debate que apunta al corazón de la controversia entre conservadores y progresistas sobre la naturaleza humana.
Aunque también podría ser nostalgia subliminal por un mundo en que el bien y el mal estaban identificados en una sociedad jerárquicamente estructurada, sólida como el granito. Hoy, por el contrario, en plena sociedad en red, líquida o claramente gaseosa, sin más categorías que las del éxito o el fracaso, el mal se hace poroso, inaprensible y no acertamos a enmarcarlo: ¿quién es hoy capaz de definir al gángster en una sociedad en que los mafiosos, más o menos presuntos, son indistinguibles de los aparentemente inocuos pícaros, tan entrañablemente españoles, y por si fuera poco, son jaleados… y votados masivamente en las urnas?
Escribía hace unos meses Vicente Verdú en estas páginas que a la inmoralidad esencial del sistema económico se añade la carga de la débil moral cívica o personal, una pérdida de consistencia de las personas que puede llevar a una auténtica crisis de una civilización, organizada en buena parte en torno a la confianza interpersonal y a la solidez de las instituciones… Y tiene razón: ¿quién puede fiarse hoy de un prójimo lanzado por el tobogán del sálvese quien pueda, que no vacila a la hora de encaramarse sobre la espalda de los demás, incumplir la palabra dada, alardear de camuflaje tributario o deshacerse de su pareja como si fuera un kleenex usado? ¿Y qué decir de unas instituciones trufadas de corruptelas?
Quienes nos educamos en los años de postguerra, bajo los más rancios parámetros del nacionalcatolicismo, nos empeñamos luego en una cruzada higiénica contra todo lo que se moviera en la onda del antiguo orden jerárquico, elitista y casposo, desde la autoridad paterna a los asuntos de cama, pasando por los métodos de enseñanza (¡la pérfida memorización de reyes godos y otros floridos pensiles!), a aspectos elitistas del ocio, como la ópera, el golf ¡o incluso el tenis! Luego vendrían las sucesivas caídas del caballo de los progres instalados en el poder, hasta la apoteosis del “gatos negros o blancos, lo importante es que cacen ratones”, pero esa sería otra.
¿Quién puede fiarse hoy de un prójimo lanzado por el tobogán del sálvese quien pueda? Naturalmente, en aquel ambiente contestatario, las denominadas bellísimas personas, propias de épocas anteriores empezaron a ser motivo de befa y escarnio y relegadas al museo antropológico. Aquellos extraños seres fieles a sus principios y compromisos, honestos, formales, solidarios, compasivos, prestos siempre a ayudar y socorrer si era preciso, hombres de una pieza (antes de los tiempos del todos y todas, las mujeres sólo podían y debían ser honestas y piadosas), fueron sufriendo la implacable erosión de las diferentes sedimentaciones posmodernas hasta desaparecer por el sumidero de la pequeña historia.
Pero es que con ellos, como el agua de la bañera que se lleva al niño, también han desaparecido los malos de la serie negra, identificados en el cine en los rostros de Edward G. Robinson o James Cagney. Con la difuminación del mal en mil vericuetos indistinguibles también acaba de desdibujarse el entramado social que entretejía la confianza mutua. El malo deja de mostrar las torvas muecas de aquellos actores y adquiere la faz neutra del vecino afable “que siempre saludaba”, ¿quién iba a decir que metía la mano en el dinero de todos o que pegaba a su mujer o que metía el dedo en el ojo de sus competidores?
La bellísima persona que se había ganado su reputación (otro concepto tristemente irrelevante hoy día) trabajando honradamente y que ostentaba un lenguaje pulcramente educado, que era la antítesis de la ostentación, ese extraño personaje ha sido sustituido en el ránking de los admirados, primero por los simplemente majos, personajes tan desinhibidos como leves, y finalmente por los famosillos o vivales o simplemente desvergonzados que han sabido dar con la tecla adecuada para ascender sin contemplaciones en la escala social y que sólo son capaces de balbucear latiguillos universales.
Volver a identificar y desenmascarar al Mal es hoy tan crucial como cuadrar las cuentas públicas. Rescatar la necesidad de admirar la excelencia, entendida como el trabajo bien hecho, la honestidad, la fidelidad a la palabra dada, la prudencia, la generosidad, es saltar la valla de espinos que nos mantiene en el imperio de la normalidad, esa pretendida y falaz igualdad de todas las opiniones y la supremacía de cualquier actitud que logre el triunfo. Esa entronización del ciudadano de a pie, que habla claro, sin complicaciones intelectualoides, esa apoteosis de la mediocridad, esa condescendencia con los pícaros y desvergonzados son algunas de las causas de la gran caída de nuestra civilización.
Es preciso rescatar si no a aquellas venerables bellísimas personas, sí a ciudadanos capaces de desplegar virtudes cívicas, esas que deberían enseñarse a todos los niños en la escuela (la burda desnaturalización de “Educación para la ciudadanía” pone la guinda a otro intento abortado), personas susceptibles de ser emuladas, capaces de generar una reputación de honestidad y solidez, doblemente exigible (un elemental plus de ejemplaridad) en quienes ejercen altas responsabilidades. Los últimos episodios de exóticas cacerías, semanas caribeñas, jubilados de oro y declaraciones de políticos nada compasivas con los que peor lo están pasando en la crisis, no son precisamente estimulantes.
Pedro J. Bosch es médico-oftalmólogo, periodista y escritor
Paradojas terribles
La gran trampa de esta que se dice democracia occidental es que se trata de una ilusión teórica deshecha por la praxis legal o, reformuladamente, que los pobres tienen más obligaciones que derechos y los ricos más derechos que obligaciones. Véase así en esto que copio tomado de por ahí:
Los bancos (y también los fondos, como Bain) trabajan con una materia prima y un producto que es dinero. El problema es que ese dinero no es suyo. Cuando pierden ese dinero, es dinero de los demás. O sea, de sus clientes. Entonces, debe intervenir el Estado. La socialización de las pérdidas y la privatización de los beneficios es una constante en la industria financiera.
Los bancos (y también los fondos, como Bain) trabajan con una materia prima y un producto que es dinero. El problema es que ese dinero no es suyo. Cuando pierden ese dinero, es dinero de los demás. O sea, de sus clientes. Entonces, debe intervenir el Estado. La socialización de las pérdidas y la privatización de los beneficios es una constante en la industria financiera.
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