viernes, 14 de junio de 2013

Carles Casajuana, Inercias sin corregir y problemas sin resolver lo vienen todo a joder

Carles Casajuana, "Inercias y reformas largamente aplazadas. Sin una mejora institucional será difícil que volvamos a la prosperidad", El País, 14-VI-2013:

Había alguna persona medianamente informada en España, hace 10 años, que no supiera que la educación en nuestro país era deficiente, que la lentitud y la politización de la justicia eran un escándalo, que los partidos políticos gastaban más de lo que ingresaban legalmente, que muchos Ayuntamientos se estaban endeudando hasta las cejas para financiar proyectos faraónicos a costa de las generaciones futuras y que la gentileza de los notarios al señalar a los compradores de viviendas la cantidad que debía figurar en la escritura y la que se podía pagar aparte, en efectivo, era poco acorde con nuestra aspiración a ser considerados un país europeo serio?

En su Weekend de verano en Nueva York en 1954, ese Josep Pla que se calza una boina para hacerse el inocente y sorprendernos con su socarronería contempla el soberbio skyline de Manhattan con las luces de los rascacielos encendidas y se pregunta: “Y todo esto, ¿quién lo paga?”. La pregunta nos hace sonreír, pero a la vez nos mete de lleno en el meollo de la cuestión. Aquí debimos hacernos la misma pregunta. Esos aeropuertos, esas autopistas, esas campañas electorales, ¿quién los pagaba?

De repente, con la crisis económica mutando en crisis política, parece como si nos cayéramos del guindo y las implicaciones políticas y económicas de tanto derroche y de tantas ineficiencias y corruptelas fueran nuevas. Pero ahí estaban los informes Pisa, señalando tozudamente un año tras otro las carencias de nuestro sistema educativo. No era difícil sacar conclusiones sobre nuestro futuro. Ahí estaban esas antipáticas listas de las 100 mejores universidades del mundo en las que —¿cómo era posible?, qué desvergüenza, tenían que estar amañadas a la fuerza— no aparecía nunca ninguna española.

Muchas recalificaciones de terrenos olían mal. Todos lo sabíamos. Saltaba a la vista que los partidos políticos gastaban mucho dinero, igual que tantos Ayuntamientos y Gobiernos autónomos. Pero todos gastábamos más de lo que teníamos, de modo que no les íbamos a reprochar que hicieran lo mismo. Nos asombraba leer que los jueces dictaban sentencias sobre asuntos acaecidos 10 o 12 años antes. Nos preguntábamos por qué en los países de nuestro entorno un político corrupto o un estafador de altos vuelos podía ser enviado a la cárcel con una sentencia firme en cuestión de meses y aquí los procesos se eternizaban. Pero nos decíamos que lo mejor que se podía hacer con nuestra justicia era evitarla y no pensábamos más en ello.

Los cambios para modernizar España se enfrentan a intereses poderosos.

Éramos conscientes de que un mercado laboral dual con contratos fijos sobreprotegidos y contratos basura sin protección de ningún tipo era, además de injusto, muy ineficiente. Sabíamos que un tsunamidemográfico amenazaba nuestro sistema de pensiones. Había que tener los ojos cerrados para no ver cómo la Administración creaba organismos, agencias, fundaciones y todo tipo de entes con el objeto de desarrollar actividades de naturaleza pública en régimen de derecho privado, para zafarse de las rigideces propias del derecho administrativo y para poder contratar a personas afines sin obstáculos legales. Sabíamos que el omnipresente ¿con IVA o sin IVA? era un cachondeo.

Pero un curioso velo nos impedía sacar las conclusiones lógicas de todo ello. Bastaba con hojear algún periódico con regularidad para comprender que la suma de todos estos factores hacía nuestra prosperidad insostenible. Ahora, cuando leemos Todo lo que era sólido, el esclarecedor ensayo de Muñoz Molina, o Qué hacer con España, con el agudo diagnóstico y las atrevidas propuestas de César Molina, o releemos los artículos de Javier Marías, que también nos lo advirtió, nos llevamos las manos a la cabeza. Pero en realidad, si lo pensamos bien, todos sabíamos lo que estaba ocurriendo.

Y, sin embargo, por una extraña razón —probablemente la misma que entonces nos impidió calibrar el alcance de lo que veíamos—, todavía nos resistimos a admitir que la mayoría de estas ineficiencias persisten y que, a menos que concentremos todas nuestras energías en corregirlas, nuestro futuro se presenta muy problemático. Parece como si todos estos cheques que nos presentan al cobro a la vez los hubiera firmado otro. Seguimos pensando que tiene que haber un error.

Si lo pensamos bien, todos sabíamos lo que estaba ocurriendo
No queremos ver que no es únicamente un problema de deuda, de falta de crédito, de una errada política europea de austeridad, y que es mucho lo que podemos hacer si no queremos estar a merced de los vaivenes de la economía mundial. Que no es una cuestión de cifras y de recortes, sino de reformas largamente aplazadas. Que sin un esfuerzo masivo para mejorar nuestro capital humano mediante un sistema educativo que favorezca la innovación y sin un fomento decidido de la investigación, nos será muy difícil competir en el actual mercado globalizado. Que la exasperante lentitud de nuestra justicia es un pesado lastre, además de una lacra decimonónica. Que las disfuncionalidades del mercado de trabajo son poco compatibles con una economía próspera y competitiva. Que, a menos que reformemos muy en serio nuestras Administraciones —la central, las autónomas y las locales—, no le faltará una parte de razón al gracioso que decía que la única diferencia entre los funcionarios y los que no lo son es que los que no lo son trabajan para la Administración sin pasar examen de ingreso. Que la grave crisis de confianza en la clase política exige medidas para incrementar la democracia y la transparencia de nuestros partidos políticos —como están reclamando varios movimientos de la sociedad civil— y, en definitiva, que sin una mejora del funcionamiento de nuestras instituciones va a ser muy difícil que regresemos a la senda del crecimiento y de la prosperidad.

Soy de los que creen que tenemos reservas para hacer frente al descubierto, que nuestro activo en términos de creatividad, de dinamismo y de capacidad de superación compensa con creces el pesado lastre de este pasivo. Se trata de no dejarnos vencer por el fatalismo, de no resignarnos a la idea de que, en realidad, siempre fuimos un país cutre —ese viejo país ineficiente del conocido poema de Jaime Gil de Biedma— y que el esplendor del largo periodo expansivo anterior a la crisis fue un espejismo. Si hoy es posible obtener un pasaporte en media hora, ¿por qué no ha de ser posible crear una empresa y comenzar a contratar gente en menos de una semana? Si tenemos algunas de las mejores escuelas privadas de negocios, del mundo, ¿por qué no podemos tener una universidad pública del mismo nivel?

Es cierto: la suma de estas inercias supone una carga muy onerosa y su superación no es fácil. Hay que enfrentarse a poderosos intereses creados, vencer resistencias muy tenaces. Las reformas necesarias son complejas y los resultados pueden tardar años. Pero cuanto antes nos pongamos, sin engañarnos ni hacernos trampas en el solitario, más fácil será salir a flote. Todas las crisis pasan. Esta también pasará. Sería bueno que saliéramos de ella un poco mejor que como entramos.

Carles Casajuana, exembajador de España en Reino Unido, es diplomático y escritor.

sábado, 8 de junio de 2013

Política porcina

Mirar al futuro es algo que deberían hacer los políticos y las gitanas, no yo. Es más fácil explicar las causas de las cosas que figurarse sus consecuencias. Por eso un político acertado vale más que un historiador acertado. Por eso el político malo resulta mucho más dañino que un historiador mendaz. El político lo tiene más difícil. Al padre preocupado, si un hijo le dice que quiere gobernarnos a todos, como el anillo de Sauron, debería enviarlo al médico. Aquí los enviamos al Congreso de los Imputados.

El político debería de disimular sus torpezas a los demás, no a sí mismo, si realmente quiere conducirnos a un futuro mejor; pero el peligro es que puede terminar creyéndose sus propias mentiras y asumir que no es responsable de ese futuro que nunca, en realidad, ha visto, y eso es lo que ocurre casi siempre. Tenemos la costumbre de llamar "sabios" a los que nos gobiernan, cuando en realidad son casi todos unos gilipollas, ya sea con primogenitura o de forma vicaria. Ejemplos los hay a montones; algo muy parecido sufren los artistas o deportistas endiosados por la gilipollez. Por demás, como la mayoría de los políticos prefiere ignorar la historia, esto es, las causas de los hechos, buenos o malos, e ignorar otro futuro que el suyo propio, son de hecho no malos, sino peores. Porque los hechos demuestran que solo hay dos tipos de políticos: los malos y los peores.

Defino como gilipollas al tonto que, encima, está orgulloso de serlo, porque es incapaz de asumir su necedad (asumirla exige humildad, voluntad, trabajo, ayuda, hombría, nobleza y modestia, palabras que no aparecen en los periódicos). Son también gilipolláceos los que asumen vicariamente la tontería de otro sin rechazarla o (que es lo que debería hacerse y jamás se hace) enmendarla. Un político malo honesto puede reconocerse porque está sucio por fuera, pero no por dentro, ya que dedica mucha parte de su tiempo a mantener la casa limpia. Si usted quiere saber si un político vale la pena, pregúntele quién saca la basura en su casa. Si no es él, no le vote, porque será un narcisista, un corrupto y un gilipollas en potencia, envuelto en una inocente placenta de traje inmaculado y corbata umbilical; es un bonito. Un político honesto está siempre rodeado de inmundicia, como Cristo de ladrones, y termina atacado de los nervios o con el corazón encogido, como Julio Anguita.

Churchill tenía un secretario de su edad pero con una salud perfecta y una estampa envidiable, y el famoso mandatario le preguntó qué hacía para estar tan bien. "Yo camino diez kilómetros al día" dijo, "no bebo, no fumo, me acuesto siempre a las once y procuro comer lo justo". Entonces Churchill le dijo: "Yo tomo seis tipos distintos de pastillas; no duermo; me acuesto cuando puedo; fumo muchísimo; no puedo perder el tiempo en caminar; trabajo sin parar; bebo demasiado, como como un animal, no sé nunca a qué hora voy a volver a casa... y, además, soy su jefe".

Muchos políticos españoles han escrito autobiografías; yo me he leído algunas. Casi todas defraudan por su falta de chicha humana: son obras de arte de la difamación, la traición y la elipsis; algunas, de hecho, son auténticas obras de ficción, como Cabos sueltos, de Tierno Galván, que se inventó a sí mismo y sabía cómo hacerlo; su prosa vale la pena. No tanto la de Herrero de Miñón en sus Memorias de estío, de las que sin embargo me quedé con aquello de "una juventud monclovita más estudiante que estudiosa"; para ser alguien que nunca tuvo idea de derecho constitucional, aunque lo enseñara y ayudara a escribir una despreciando olímpicamente la teoría pura del derecho de Kelsen, no es mala frase y creo que incluso habría podido llegar a saber algo, como indica el final de su libro, donde insinúa que una impersonalidad sin sujeto recuperable gobierna la vida política. Una de las mejores escritas es la de Leopoldo Calvo Sotelo, algo insólito, porque se trata de un ingeniero con dotes literarias; él hablaba del "complejo de la Moncloa" en sentido recto y figurado; decía que cualquier presidente que se instalara allí terminaba sufriendo una transformación que lo convertía en un fantasma insomne, malhumorado y quejica. Los pasajes más divertidos son aquellos en los que se pone a comentar el distraído arte ornamental que Pío Cabanillas esbozaba en las cuartillas de los consejos de ministros. Ese tiempo ya no es de los nuestros.

Uno suele desconfiar de los políticos bien planchados, aseados, delgados y bonitos, que siempre se mantienen flotando sobre la mierda a causa de su blanquísima aura de optimismo, y prefiere a los políticos negros, sucios, pesimistas, porcinos y gruñones, amantes de las cuentas, pero no de los cuentos. Los primeros siempre andan rodeados de espejos que les impiden ver la verdad; en realidad no quieren saber la verdad y si pasaran a su lado no la reconocerían; no es que la rechacen, es que, como Pilatos, no saben qué es; no la han visto nunca. Los segundos preferirían no haberla visto, una vez, ocasionalmente, hace años, y han hecho una costumbre de tragar sapos y arrojar fuego y veneno. Oyéndolos parece uno escuchar los lamentos en el desierto de Isaías y ya anda buscando algo para protegerse de los siete ángeles y las siete trompetas. A estos políticos los llamo porcinos porque para ellos no hay futuro, y, si lo hay, lo ven negro como el consolador de un negro marica, y perdón por el racismo involuntario; al final a todos ellos les llega su San Martín. Son políticos malos, pero los otros son peores. 

Sin embargo, los políticos que disfrutamos los españoles son muy parecidos a los de la corrompida Kansas que describió Ambrose Bierce en una de sus fábulas:

Un miembro del parlamento de Kansas se cruzó con una pastilla de jabón y pasó junto a ella sin reconocerla; pero el jabón insistió en que detuviera su marcha para estrecharle la mano. Pensando que se encontraba en el goce de su inmunidad parlamentaria, el legislador le dio un intenso y cordial apretón. Al seguir su camino, se percató de que una parte del jabón había quedado adherida a su palma. Así que corrió muy alarmado hacia un arroyo y procedió a lavarse la mano. Para hacerlo se vio obligado a frotarse ambas manos hasta el punto de que, habiendo quedado muy blancas, se metió en la cama y mandó llamar a un médico. 

Funcionario significa servidor; si algo no funciona no sirve; un funcionario resuelve problemas, no los causa; a un político cabe pedirle lo mismo, que parece demasiado. El único aceptable y deseable es el que sirve como servidor público; no complica los problemas, sino que los arregla o pone en vías de solución. De estos no ha aparecido ninguno hasta ahora en ese Congreso que dice representar a los españoles con una Constitución de hace cuarenta años.

miércoles, 5 de junio de 2013

El clima ya ha cambiado. España no tendrá veranos.

Para verlo con diagramas, aquí.

Queridos lectores,

Hace pocos días tuve la ocasión de encontrarme con varios investigadores españoles con ocasión de la lectura de una tesis en la que, ellos y yo, formábamos parte del tribunal de evaluación. Durante la cena del día anterior a la lectura tuve una curiosa conversación.

- La probabilidad de que este año sea un año sin verano es ahora mismo del 75%

Quien así hablaba no era un bocazas desinformado, sino uno de los responsables de un servicio meteorológico autonómico de España.

- MétéoFrance y MetOffice dan esta previsión; los americanos aún no lo ven claro, sus modelos están indecisos. El caso es que el Jet Stream está cambiando.

Efectivamente, parece que la Corriente de Chorro polar está cambiando. Esta corriente es responsable de mantener un clima templado y relativamente húmedo en Europa, y también tiene otros efectos en los EE.UU. Algunas de las figuras que usaré más abajo, así como una excelente explicación de qué está pasando, puede encontrarse en la web de Skeptical Science, concretamente en el artículo “A Rough Guide to the Jet Stream: what it is, how it works and how it is responding to enhanced Arctic warming“.

Normalmente esta corriente atmosférica desarrolla unos meandros ondulantes moderados. Sin embargo, los meandros que se están desarrollando son más grandes: se internan mucho más hacia el sur, y su velocidad de fase (a qué velocidad se desplazan estas ondas a lo largo de la corriente de chorro) es mucho menor. La siguiente figura muestra las dos posibles situaciones: la normal (línea roja, marcada como “zonal flow”) y la que se está desarrollando ahora (línea naranja, etiquetada como “meridional flow”).

Parece que la razón por la que pasa esto es por la disminución del gradiente meridional de temperaturas, es decir, que la diferencia de temperaturas entre el Ecuador y el Polo Norte ha disminuido, fruto del rápido calentamiento de éste último. Hasta ahora el Ecuador era mucho más caliente que el Polo Norte y la corriente de chorro era vigorosa y con meandros pequeños. En la actualidad el Ecuador se ha calentado un poco pero el Polo Norte se ha calentado mucho. Por supuesto el Polo Norte sigue siendo mucho más frío que el Ecuador, pero por menos grados centígrados que antes; como consecuencia, la corriente de chorro se hace más perezosa, con divagaciones amplias y propagándose más lentamente. En ocasiones, incluso, el progreso de las ondas se detiene, y según si estamos en un valle o en una cresta de la ondulación tenemos un influjo continuado y durante días de aire tropical o de aire polar. Eso es lo que estaría causando la situación actual.

Cuando los meteorólogos dicen que hay un 75% de probabilidades de que este año no haya verano lo que dicen es que, de acuerdo con sus modelos, el 75% de las configuraciones que prueban llevan a una situación donde el verano es fresco, con frecuentes bloqueos de aire frío alternados con otros bloqueos de aire caliente. Los modelos tienen muchas aproximaciones y tampoco conocemos todos los datos de entrada para alimentarlos, con lo cual la incertidumbre está servida y por eso se prueban diferentes configuraciones. En todo caso, lo que sí que se está observando es que la corriente de chorro va mucho más al sur ahora mismo.

¿Y cuánto más va a durar esto? Como saben, en el Ártico el deshielo avanza rápido e imparable.

Y en Groenlandia en Julio pasado la práctica totalidad de la capa superficial de hielo (unos pocos centímetros) se fundió durante 4 días:

Por tanto la cuestión ya no es si este año tendrá verano o no; la cuestión es que el riesgo de no tener verano en Europa será permanente desde ahora hasta que el hielo del Ártico se funda por completo, y quizá durante unos años más, hasta que se estabilice una nueva situación que no tiene por qué ser igual que la anterior. En definitiva, que no es el que el clima vaya a cambiar: es que ya ha cambiado, y no sabemos lo que nos espera. Y si se preguntan cuándo se acabará de fundir el hielo ártico, las estimaciones actuales apuntan a que será en algún verano de aquí a 2020… El futuro fue ayer: hemos llegado a la era de las consecuencias.

A cambio de su información sobre este nuevo problema climático yo le expliqué a mi interlocutor lo que es el Peak Oil y sus consecuencias, de las que nada sabía el pobre. En suma: que le di la cena.

- Eso es mucho peor que el cambio climático – me dijo al final- ¿para qué preocuparnos por el cambio climático si podemos acabar antes en Mad Max?

- ¿Antes? – contesté yo- Qué va: al tiempo. El gran problema que tenemos es que tendremos que hacer frente a una grave disrupción climática justo en el momento en que tendremos menos recursos. La gente cree que vamos hacia una guerra, y quizá tienen razón, pero no han identificado correctamente el objetivo. No vamos a la guerra contra otros humanos, sino contra el clima.

Por si acaso se lo preguntan, el cuadro con el que abro el post tiene bastante conexión con el tema que se discute hoy. La última vez que hubo un año sin verano fue en 1816. En aquel entonces, la causa de esa falta de verano fue la reducción de las temperaturas globales debido a la proyección de cenizas volcánicas a gran altura que apantallaron la radiación solar en todo el globo (un efecto similar a un invierno nuclearpero a menor escala). Se ve que varias erupciones volcánicas de importancia tuvieron lugar durante los años anteriores a 1816, y fueron culminadas por la erupción del monte Tambora en 1815, en una explosión devastadora. La presencia de cenizas volcánicas por toda la atmósfera terrestre causó unos atardeceres mortecinos de característico color ámbar, como los que ilustra el cuadro de Turner. Sólo que ahora el mecanismo es diferente: la luz de Sol no está siendo apantallada, sino que la circulación general de la atmósfera está cambiando. Y el cambio está entrando en una fase de aceleración.

¿Qué impacto tendrá los nuevos años sin verano? Con frío y sin Sol el trigo y demás cereales no pueden crecer; incluso, algunas cosechas se pueden arruinar por la alternancia entre semanas secas y cálidas y semanas frías y lluviosas. En 1816 el fracaso de las cosechas en Europa causó hambrunas y revueltas. En cuanto a los EE.UU., se cree que el desvío de la corriente de chorro hacia el Sur en torno a 1930 fue una de las causas de la Dust Bowl (“tazón de polvo”), la sequía extrema que arrasó las llanuras centrales. Recuerden que el verano pasado fue justamente muy árido en los EE.UU., lo que invita a pensar que está volviendo a pasar.

Estamos acostumbrados a pensar que en el opulento Occidente no nos va a faltar comida; quizá tendremos que esperar a dos o tres años sin verano en Europa y con sequía en los EE.UU. para ver qué equivocados estamos, a ver si podemos pagar con iPhones los camiones de grano que necesitaremos. Si al final las peores previsiones se cumplen las Guerras del Hambre estarán a la vuelta de la esquina. Incluso algunos de los pocos que comprenden la magnitud del problema creen que estamos destruyendo el planeta. Ilusos y soberbios: en realidad, estamos destruyendo nuestro hábitat, solamente.

martes, 4 de junio de 2013

Por qué fracasan los países

Joseba Elola, El País, 4 junio 2013: "James A. Robinson: “Tanta desigualdad es corrosiva para la sociedad” 

En medio de la confusión de la crisis surgió este profesor de Harvard con un discurso discordante: en el origen de la recesión se hallan unas élites que extraen los recursos de la población.

Cuando la crisis griega estalló en toda su crudeza, enseguida surgieron voces diciendo que la culpa era de los griegos. Ean unos vagos. No trabajaban duro. Se tomaban demasiadas vacaciones. Y de repente empezó a emerger un relato alternativo que aplicaba las teorías desarrolladas por Daron Acemo­glu, profesor de Economía en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), y por James A. Robinson, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard. Este relato aplicaba el concepto de las élites extractivas, aquellas que mantienen o promueven sistemas que extraen los recursos de la población. Fue entonces cuando James A. Robinson comprendió el alcance y el impacto de la obra que ha firmado junto a su compañero Acemoglu.

James A. Robinson, de 53 años, es un investigador sonriente. Sí, le gusta tanto su trabajo, le gusta tanto intentar explicar cómo funciona el mundo, que responde a las preguntas durante la entrevista con una sonrisa en la boca casi permanente. Nos encontramos en una sala del hotel Krasnapolsky de Ámsterdam. El prestigioso politólogo y economista de Harvard está de paso por Holanda para impartir una serie de conferencias.

PREGUNTA: ¿La crisis actual es una crisis del capitalismo?

RESPUESTA: No, no lo creo. El capitalismo tiene crisis recurrentes. Hubo una en los setenta, otra en los treinta, una a finales del XIX… Las crisis son periódicas.

Robinson es un economista precoz. Empezó a interesarse por la economía a la temprana edad de 14 años. Su padre trabajaba en los programas de descolonización en África, con lo que su infancia transcurrió en lugares como Barbados, Trinidad y varios países de África occidental. El contraste con su Inglaterra natal era notable. Estudió Economía y Ciencia Política en la prestigiosa London School of Economics, se doctoró en la Universidad de Yale (Estados Unidos), y su primer trabajo como profesor lo consiguió en la de Melbourne (Australia).

Las cosas no seguirán como hasta ahora. Habrá una reacción violenta”
Por qué fracasan los países (Deusto), el libro que firma junto a Acemoglu, es continuamente citado por economistas de todo pelaje –algunos, como George Akerlof, premio Nobel en 2011, han llegado a comparar su contribución con una de las obras cumbre de la historia del pensamiento económico, La riqueza de las naciones, de Adam Smith–.El tratado hace un exhaustivo análisis histórico para intentar explicar por qué unos países se desarrollan más que otros. Llega a la conclusión de que aquellos países que gozan de instituciones políticas inclusivas, que hacen partícipe al ciudadano de las decisiones, tienen más opciones de progresar. Cuando el poder está repartido, cuando todos los ciudadanos son tratados con justicia, cuando hay pluralismo y Estado de derecho, se generan “círculos virtuosos” que conducen a un mayor desarrollo.

P: La geografía, el clima y los aspectos culturales son factores que han sido utilizados para explicar el desarrollo de los países. Adam Smith sostenía que la di­ferencia entre riqueza y pobreza resultaba de la libertad de los mercados; Malthus atribuía la pobreza a la superpoblación. Keynes, Sachs, cada economista ha buscado una explicación. Pero su enfoque es diferente.

R: Nuestra teoría está muy en el espíritu de lo que Adam Smith intentaba decir: los países que consiguen el éxito económico son los que tienen instituciones económicas inclusivas, instituciones que crean incentivos y oportunidades para la mayoría de la gente, mientras que los países pobres tienen instituciones extractivas. Creo que la originalidad está en preguntarse por qué esos países tienen ese tipo de instituciones. Eso no fue teorizado por Smith. Todo es una cuestión política, el proceso político es el que crea la estructura económica de las sociedades. Utilizamos estas ideas para explicar la enorme desigualdad del mundo moderno. Las grandes diferencias entre países ricos y pobres tienen que ver con la historia de cómo las instituciones de distintos puntos del mundo divergieron.

P: Es usted un reputado economista, lleva años recorriendo el mundo, ¿nos podría explicar qué demonios está pasando con la economía mundial? ¿Cómo explica usted la crisis?

R: Bueno, la crisis es muy heterogénea. La de España es distinta de la de EE UU. Incluso dentro de Europa, las crisis de Grecia o Irlanda son muy distintas entre sí. En el caso europeo, bajo la crisis está la decisión de Kohl y Mitterrand de impulsar una integración monetaria sin que fuera acompañada de una integración fiscal. ¿Por qué lo hicieron así? Bueno, su proyecto era sobre todo político, más que económico, y no consiguieron todo lo que querían. Pensaron que la integración económica era una forma de forzar la integración política. Y se podría decir que eso crea una situación insostenible: si tienes unión monetaria, pero con grandes diferencias entre países, y no hay armonización fiscal, eso crea una dinámica inestable. A ello hay que sumar esa emisión de deuda sin precedentes, una acumulación de déficits en tiempos de paz y un cambio en la estructura demográfica. En la posguerra, los países europeos pusieron en marcha sistemas de pensiones, seguridad social, y no calcularon las consecuencias a largo plazo. Al envejecer la población, las bases financieras del sistema se desestabilizan. Como elevar los impuestos resulta difícil políticamente, los políticos eligen la salida fácil: emitir deuda.

La conexión con el mundo hispano

James A. Robinson es un gran conocedor de Latinoamérica. Todos los veranos imparte clases en cursos que organiza la Universidad de los Andes de Bogotá (Colombia). Su interés por la cultura iberoamericana viene de lejos. Cuando tenía nueve años quedó fascinado tras hacer un estudio sobre los aztecas y los conquistadores españoles. Pero no fue hasta 1987, año en que cursaba estudios de doctorado en la Universidad de Yale, cuando consiguió reunir unos ahorrillos para recorrer las ruinas precoloniales durante un mes (en la imagen aparece en la ciudad maya de Palenque, México).

“El colonialismo español creó sociedades muy desiguales y extractivas en Latinoamérica que han persistido y que dieron forma a lo que son hoy”, dice. “Pero no es que los ingleses fueran más altruistas en Estados Unidos. Envidiaban el modelo español, pero la explotación de los indígenas no les funcionó en Norteamérica”.

P: ¿Y cuál es su visión de la crisis en el caso de España?

R: El mayor problema en España es que tienen ustedes esa enorme burbuja especulativa en la construcción. ¿De dónde viene? Supongo que de un sector bancario que relajó las condiciones por las que presta dinero; la gente se endeuda, compra casas, los precios suben, se construye cada vez más, la gente migra de otros sectores al de la construcción para trabajar… Todo eso ge­nera una especie de burbuja inestable, de algún modo. Y cuando estalla, ¿qué pasa? Desempleo, gente que pierde su casa, enormes sufrimientos… ¿Cuál es la causa? ¿Es culpa de la Unión Europea? Sí, tal vez la UE debería haber frenado esa burbuja, o el Banco de España, no sé.

P: Ha hecho usted un análisis de los factores que han conducido a la crisis, pero ¿cuáles serían las soluciones?

R: Para mí, en términos generales, los países europeos, incluido España, tienen instituciones económicas y políticas inclusivas. Esto es una depresión, el capitalismo es inestable, incluso aquellos países que tienen instituciones inclusivas sufren recesiones. Hay algo que no se está haciendo muy bien: hay que separar el problema de la deuda, que es un problema a largo plazo, de los problemas que se plantean a corto.

P: ¿Y cómo se resuelve el problema de la deuda?

R: Bueno, llevará tiempo. Hay que reestructurar la deuda, como se está haciendo en Grecia. Tiene que ser aplazada en el tiempo. Si la UE muestra una solidaridad creíble y suficiente con España, el Gobierno podrá acceder al dinero a intereses muy bajos. Pagar la deuda puede llevar 30 años o 40, así que hay que aplazarla para utilizar la política fiscal para que la gente vuelva a trabajar y que la economía funcione.

P: Hay un economista y matemático catalán, César Molinas, que el año pasado escribió uno de los artículos más leídos en EL PAÍS. Aplicó la teoría que ustedes desarrollaron sobre las élites extractivas a la élite política española para decir que los políticos españoles ayudaron a impulsar muchas burbujas para extraer todo el dinero posible, dinero que se destina a financiar los partidos políticos o a llenar los bolsillos de algunos políticos corruptos.

R: Me gustaría leer ese artículo…

P: Molinas pide reformas en el sistema político para fortalecer la democracia. La teoría de las élites extractivas sirve para explicar la desigualdad en el mundo, pero ¿considera que se puede utilizar para explicar cómo funcionan las élites en el mundo occidental?

R: Hay escalas de grises. Las élites siempre se quieren perpetuar y mantener en el poder. Y tal vez yo no esté tan bien informado sobre la política española y lo que pasa allí para entender cómo funciona el sistema político. Se oye hablar más de las élites de Grecia que de las de España.

P: Imaginemos que usted no sabe nada acerca de España y le digo que entre las personas que están siendo investigadas por la justicia están la hija del Rey y su marido; que el tesorero del partido en el poder está siendo procesado por evadir dinero a Suiza y que, presuntamente, repartió sobres entre la cúpula del partido; que el presidente del Tribunal Supremo tuvo que renunciar debido a un uso inadecuado de los fondos; que el expresidente de la patronal está en la cárcel por presuntos delitos de ocultación de activos y lavado de dinero. ¿Qué diría?

R: Esto sugiere que la transición a la democracia en los setenta fue menos exitosa en la creación de un sistema político inclusivo de lo que mucha gente pensó. España siempre ha sido vista como una fantástica historia de éxito democrático. En el libro utilizamos el concepto de instituciones políticas inclusivas en vez del de democracia porque lo cierto es que muchos sistemas democráticos son disfuncionales. Para tener instituciones políticas inclusivas necesitas dos cosas: una amplia distribución del poder político y lo que llamamos centralización política. Parte de ello supone no tener un sentido patrimonial del Estado. La corrupción es robar dinero, pero también es un asunto político que depende de cómo está organizado el poder; es como el clientelismo. Para mí, eso es moneda corriente en Grecia o en el sur de Italia. Pero no sé lo suficiente acerca de España.

P: Su libro recibió alguna que otra crítica negativa, como la de Bill Gates, que dijo: “En última instancia, el libro es una gran decepción. Me pareció que el análisis de los autores era vago y simplista”.

R: Creo que en realidad no comprendió el libro. Argumentó que era simplista, pero no lo entendió, supongo que no lo leyó con demasiado cuidado. Dijo algo así como que el libro le presentaba como a uno de los buenos, pero es que esa no es la cuestión; no es un libro sobre la gente, sobre buenos y malos, es un libro sobre las estructuras. Bill Gates ha hecho grandes cosas, y admiro a la gente que tiene ese compromiso para ayudar a países pobres. No quiero criticarlo, y lo admiro por esas cosas, pero creo que no entiende de ciencias sociales, no sabe cómo abordar el estudio de problemas fundamentales como la pobreza: para él es como un problema de ingeniería, pero el subdesarrollo y la pobreza no son un problema de ingeniería, son un problema político.

P: Volviendo a la economía, en un artículo que escribió usted junto a su compañero Acemoglu en The Huffington Post decían que hoy día el dinero pesa mucho más en política que en los años setenta.

Alguien tiene que pagar la deuda: ¿quién sino esa gente que se hizo rica?”
R: El dinero tiene ahora más importancia y eso distorsiona la política. El hecho de que cada vez tenga más peso, unido a este enorme aumento de la desigualdad en la sociedad de Estados Unidos, puede ser una combinación letal.

P: ¿Hacia dónde cree que vamos en este sentido? ¿Pesará cada vez más el dinero o disminuirá su influencia?

R: Lo que la historia sugiere es que las cosas no continuarán como hasta ahora. Habrá una reacción violenta contra la desigualdad. Como la que hubo a finales del siglo XIX en Estados Unidos. En el libro no abordamos este tema, tal vez lo deberíamos haber hecho. La situación era mucho más grave entonces, de todos modos. En cualquier caso, las sociedades inclusivas son mucho más igualitarias que las extractivas. La desigualdad ha podido crecer mucho en los últimos 20 años en EE UU, pero hay mucha más igualdad que en Colombia o Guatemala. Existe un desequilibrio, pero creo que el sistema político volverá a colocar las cosas en su sitio con cambios en las instituciones del mercado laboral y en el sistema impositivo. Se le va a dar la vuelta a ese vigoroso recorte de los impuestos para la gente rica que los republicanos han implementado en los últimos 20 años. No sé si esto ocurrirá en cinco años, en diez o…

P: ¿Qué le conduce a pensar que eso podría ocurrir?

R: Tener tanta desigualdad es corrosivo para las instituciones y para la sociedad. Y esta es una cuestión de poder también. Hay muchos problemas en EE UU, no quiero decir que todo sea perfecto allí; pero resultará atractivo elevar los impuestos para mejorar las escuelas, las infraestructuras o la seguridad social, para pagar la deuda…

P: François Hollande intentó subir impuestos a los que más ganan, pero el Consejo Constitucional de su país se lo tumbó y gente como Gérard Depardieu abandonó el país.

R: No comprendí por qué se dijo que aquello no era legal.

P: Por eso le pregunto por qué piensa que esa desigualdad puede desaparecer. Si se suben los impuestos, los que más ganan siempre tendrán un lugar al que llevarse ese dinero para que se lo cuiden.

R: No sé si eso es así. Uno de los motivos del auge de la desigualdad en Estados Unidos es ese enorme aumento de las retribuciones a ejecutivos. ¿Y qué es lo que nos condujo a eso? Está claro que es algo que empezó en los ochenta. Las direcciones de las empresas no hacen un buen trabajo a la hora de disciplinar a los ejecutivos. Los accionistas están muy dispersos, es difícil para ellos actuar colectivamente, controlar a los directivos generales, a los ejecutivos. ¿Por qué se fueron de las manos los pa­­gos a los ejecutivos? Porque los me­­ca­­nismos de dirección corporativa no los frenaron y un cierto tipo de norma social se rompió. Está la idea de que esas retribuciones fueron efecto de la llamada Reaganomics: cuando Reagan llegó al poder con esa ideología del libre mercado y de desregulación, algunos pensaron: “¿Por qué no? Hagámoslo a ver qué pasa”. Habrá que cambiar los mecanismos de gobierno de las empresas, las instituciones del mercado de trabajo, los impuestos…

P :¿Y cómo se generará ese cambio?

R: La democracia lo hará, la inclusión política lo generará. Alguien tiene que pagar la deuda, ¿quién debería pagarla sino esa gente que se hizo enormemente rica en los últimos 20 años?

P: O sea, que es usted realmente optimista…

R: Para mí, Estados Unidos es, a pesar de todo, una sociedad inclusiva y democrática. Tiene esa cultura antiimpuestos que es contraproducente para la sociedad. Pero nosotros enfatizamos que las sociedades inclusivas generan mecanismos que hacen que la inclusividad prosiga. Sí, soy optimista.

P: Ustedes utilizan a Estados Unidos como referencia, pero es un país en el que hay mucha gente que vive por debajo del nivel de la pobreza…

R: Sí. Es un país líder en términos de innovación, pero, es cierto, hay mucha pobreza, guetos en las ciudades, discriminación… ¿Y por qué una nación tan rica no puede solventar esos problemas? Creo que se debe en parte a esa ideología de la autosuficiencia y esa cultura de que la gente tiene la culpa de los problemas que tiene, en vez de decir: “Esa gente necesita ayuda, no tuvieron suerte, son víctimas del sistema”.

sábado, 1 de junio de 2013

Dos frikis

Siendo como soy veterano lector de anticipación o ficción científica (lo que los anglófilos denominan ciencia-ficción o sci-fy), debería tratar algo sobre quienes la escriben. Podría empezar por una de las grandes figuras del género en España, el físico ciudarrealeño Carlos Saiz Cidoncha, a quien conozco en persona, pero lo dejaré para otra vez. Los creadores de historias raras suelen ser raros ellos mismos, y si no lo son, terminan siéndolo; porque la ficción se nutre de realidad (incluso, a veces, de forma literal: se la traga). Es lo que voy a probar. Podríamos empezar por poca cosa, Lester del Rey, por ejemplo; poca cosa porque era canijo y bajito: eso lo acomplejó y no paró de inventarse infundios magnificentes sobre sus antepasados, como que huyeron a América tras colgar a tres inquisidores españoles, cuando en realidad su nombre era pobrecillo y anglosajón: Leonard Knapp. Tenía mucho carácter, tanto que, más que sentirse marginado, marginaba él a la crítica literaria, a la que no dejaba entrar en su ghetto, y no dejaba de forjar boutades contra ella; consiguió equilibrarse con su cuarta mujer (se murió antes de conocer a la quinta), freak como él y hasta un poco más (o menos), porque padecía enanismo: la también editora y escritora Judy Lynn del Rey. El siguiente es un genio, Philip K. Dick, un Jim Morrison muerto de hambre y con problemas para pagar el alquiler, único ante el que se quitaban el sombrero eminencias como Stanislaw Lem o Robert Heinlein. La mente de Dick, como la de Olaf Stapledon o  la de Swedenborg, ambos escritores muy venerados por Borges, es la de un visionario o un profeta antiguo; estaba fuera de este mundo, literalmente. Para él la realidad era un desierto romano de dolor, cristianismo, apocalipsis y paranoia tecnológica; se liberaba de ese agobio escribiendo sus profecías, algunas de las cuales se cumplían, curiosamente. No es fácil imaginar lo que el ácido lisérgico podría hacer con una imaginación como la suya, pero lo hizo y el resultado es que disfrutamos hoy: así como Poe, también de mente calenturienta y adicto no al LSD sino a la fée verte, más conocida como absenta o ajenjo (una bebida alucinógena a causa de su contenido abundante en artemisia y tuyona), dio argumentos, temas, especulación y géneros a la literatura para más de cien años. Ahora mismo hay escritores y directores de cine viviendo de él, como los había a finales del siglo XIX viviendo de las contribuciones literarias de Poe. ¿Qué sería del cine de ciencia ficción sin sus metadiscursos paralelos, sus ovejas eléctricas, sus replicantes y sus identidades fracturadas o disueltas?

Un inédito de Cervantes

Hay una pieza teatral de Cervantes, recientemente descubierta, que no ha sido debidamente valorada. A mi juicio se trata de una de sus obras maestras, y sin duda entre las mejores de nuestro teatro clásico. Hablo de La conquista de Jerusalén. 

Hace tiempo que esta tragedia perdida fue encontrada al revisar los catálogos de la Biblioteca Real. No cabía esperar menos, habida cuenta del desastre de catálogo que hizo Juan Gualberto López de QuesadaConde de las Navas, a comienzos del siglo XX. Allí hay muchas otras cosas de interés. El título completo es La conquista de Jerusalén por Godofre de Buillón y su tema fundamental son las Cruzadas. Eso exaltaba a un antiguo preso y combatiente contra el Islam como Cervantes. Se le atribuye, pero para mí es indudable que es de él: tiene el estilo y métrica de su teatro, las figuras morales que tanto gustaba de haber introducido y el pensamiento liberal y universal que tanto lo caracterizaba. Un gran poeta posee siempre la virtud de la síntesis, de la concisión, que habla a los ojos en ejemplos cual estos:  

¡Oh, griegos, hombres no, sino mujeres!
¡Codiçiossos, lascivos y habladores,
inconstantes de vanos pareceres!

En sólo tres versos vemos a los griegos motejados de desunidos, heterodoxos sexualmente obrando, charlatanes, veletas, comerciantes y materialistas. ¡Eso es caracterizar! Y aparecen también hermosas hipérboles poéticas:

¡Revienta ya, corazón!
¡Pon tu dolor en la lengua, 
que tanto silencio es mengua
que acomete la pasión! (629-632).

Su pie por la senda ruin
de Mahoma va muy listo,
el tuyo por la de Cristo:
¡mira si es contrario al fin
de amar, ser los dos, Señor,
de tan diferentes greyes!
Mas lo que apartan las leyes
suele juntar el Amor. (645-652)

¿No será cosa excusada
pretender o esperar cosa? 
Sí, será; mas ¿qué haré?
¡Que en mi muerte no hay tardanza
si no fundo la esperanza
aunque sea en nosequé! (659-664)

Y enfáticos pleonasmos como este:

En un mismo momento, en un instante,
a un punto mismo todas las gargantas
de todas las personas que allí estaban
formaron una voz clara y sonora
y a una misma razón todos dijeron:
"¡Así lo quiere Dios, así lo quiere!
¡Así lo quiere Dios!". Y una voz y otra
y otros y otras muchas repitieron
esta misma razón, señal notoria
que el Espíritu Santo la infundía
en los cristianos tiernos corazones.
Y este apellido, "Dios ansí lo quiere",
mandó el Papa quedase entre nosotros
y que fuese contino apellidado
en todas nuestras obras y que fuese
puesto en nuestras banderas por empresa

Otras frases vigorosas:

No nos lleva el vacío del deseo,
los anchos reinos, ni los montes de oro... 225-226.

Conforme a la verdad, Clorinda amada,
dame en señal esa divina mano,
y en hora venturosa, afortunada
a tu cielo levanta este cristiano.

¡Ay, cuitada! ¿Qué rumor
es éste que agora siento?
¿Si es mi bien? ¿Si es mi contento?
¿Si es mi gloria? ¿Si es mi amor? (475-478)

Si llevas, Erminia, al cabo,
con la razón mi dolor,
verás que no soy señor,
sino humilde y mudo esclavo,
y que no tengo poder
para mirar lo que es mío,
porque todo mi albedrío
está en ajeno querer.
Juzga por tu corazón
el mío cuál debe estar
y vendrás a disculpar
por la tuya mi afición,
y verás cuán poco valgo
para librarte de aprieto,
y que soy nada, en efeto,
aunque parezca ser algo.

¿Cuál vas y cuál quedo yo?
¿Tú qué viste o yo qué vi?
Que yo muero por un sí
y tú acabas por un no;
tales son, Amor, tus mañas,
en este aprieto nos pones;
devoras las intenciones
y consumes las entrañas.

Soy el que sin vos no puedo
vivir, porque sois mi vida,
soy la sombra dolorida
del miserable Tancredo...

Aquí y allá aparecen por el teatro de Cervantes, tan denso de humanidad y bellezas generalmente ignoradas por el esplendor de sus otras obras, huellas de un genio que, por mucho que la ignorancia se extienda, nadie podrá apagar.

miércoles, 22 de mayo de 2013

La voluntad

En España los mendigos piden "la voluntad", no precisamente la novela de Azorín, sino algo que escasea más que el dinero en el país de vuelva usted mañana. Estamos volviendo al pasado una y otra vez, y la abulia o irresolución es algo típico y cantado como propio de los españoles desde Séneca, ese vicioso de la virtud. La voluntad, o digamos mejor su cara beneficiosa y opuesta a la contumacia, la constancia, siempre ha escaseado en la disgregada, discontinua y disolvente España, donde solo es posible evolucionar con un cambio axiológico o de valores, poniendo por encima bienes morales tan ignorados y ninguneados en Aquí, que es la patria de todo el mundo, como el trabajo, la honestidad y la justicia. España fue por ello, ha sido, es todavía y quizá será un proyecto que no marchó demasiado bien y hasta el más optimista convendrá en que por lo menos no a gusto de todos. Quedó más o menos regular, esto es, irregular, asimétrica, dirían hoy, y, además, incompleta, sin Portugal y, ¡carajo!, casi hasta sin Europa, sin Mundo y sin Universo.

Siempre fue muy difícil constituir una nación de la geografía y la variedad de pueblos y culturas que tenemos; por eso siempre ha sido fácil hacer una metáfora de España como laberinto, cual quiso Gerald Brenan, pues la piel de toro no fue un cruce de caminos como Francia, tan centrada en Europa, tan hexagonal, tan articulada de ríos comunicativos y caudalosos, donde hasta las cordilleras tuvieron la decencia de situarse donde no podían molestar, al contrario que las nuestras, emperradas en trocearnos. Tampoco ha sido una Inglaterra hecha de estuarios y reconcentrada en el cuenco de su insularidad. Porque la gente que llegó hasta aquí arrastrada o huyendo siempre fue la más irresoluta e inconformista, la más abúlica, la que sintió que todas las puertas le estaban cerradas y el destino le estaba marcado por un Finisterre contra la pared del Atlántico. Los que lograron sobreponerse a esa tristeza tan peculiar del español, tan opuesta a la alegría que dicen nos caracteriza, saltaron el muro allende la mar para ser otra cosa, y lo fueron, pues ya escribió el criticón aragonés que el español, trasplantado, mejora:. O sea, se vuelve no español, más o menos como el africano y el chino, desafricanizados y desachinados, convertidos en lo que únicamente son: trabajadores por cuenta propia en tierra sin destino ni presuposiciones de marca. El emigrante es de marca blanca, aunque sea ictérico o negroide. Ello es porque o se mejora o se muere, y eso de morirse no peta cuando todo lo que descubres al levantarte es nuevo, "como Adán desnudo en la mañana", que decía Whitman. Españoles por el mundo, los nuestros encontraron una esperanza que aquí se les negaba contra la pared atlántica. Y en Aquí, que es la patria de todo el mundo, no pueden negar que son españoles en desesperación ni siquiera los catalanes, ya que no pueden ser otra cosa que catalanes. Ya lo dijo Quevedo:

Harto de ser español
desde el día en que nací,
quisiera ser otra cosa
por remudar de país.

La cita "es español el que no puede ser otra cosa" se encuentra en Galdós, quien la atribuye a Cánovas; pero los que hemos leído otras cosas sabemos que Cánovas era amigo del editor de Quevedo, Aureliano Fernández Guerra, y Cánovas, un Mefistófeles con gafas de pinza, citaba a Quevedo, tan parecido a él, incluso en las lentes. No en vano consiguió meter en fajín a los militares, acuartelados mal que les pesara, lo menosísimo malo para España entonces, aunque a costa de replantar y abonar la semilla siempre feraz de la corrupción.

Pero no hay que ser duro con él: hizo lo posible, esto es, hizo política. Y nadie está obligado a lo imposible, como dice el derecho común. En la formación de España, al contrario de lo que se suele pensar, no culminó la unión de 1492, pues quedó fuera del proyecto Portugal. Entonces esa unión se sintió como pasajera, o la sintieron esos ancestros nuestros (y perdón por la rima) más dinástica que nacionalera, aunque otros, opuestamente, pensaron que mejoraba a ambas partes; en el XVI llegó la oportunidad con la unión efectiva en la persona de Felipe II, malograda para desgracia común, y todavía en el XIX y en el XX no hubo pocos que sostuvieran que España pudo haber sido y podría ser más si se hubiera integrado o se integrase efectivamente en un estado superior, una Iberia peninsular, una especie de Alemania reunificada. Esa aún más fracasada parte de Hispania que es Portugal lo puede testimoniar aun ahora, entre fados, saudades y guitarras de cinco cuerdas. El quinto imperio, como profetizó el bandarra de Bandarra y repitió Pessoa, que no era político, sino poeta, y estaba partido en muchos, como España y Osiris / Baco en nomos y autonomías. El quinto imperio, pero sin hispanidad, sin lusitanidad y sin nación. Esto es, una Suiza ibérica donde no hubiera más autoridad que la ciudad o cantón, reunidas todas en confederación ibérica. ¡Qué bonito! ¡Qué utópico! ¡Qué poético! Lo quiero, lo quiero..

Suiza, que es como un Bolaños metahistórico, siempre va a lo suyo, que es lo de los ciudadanos. El mal de la política europea es que siempre da menos de lo que puede, y, sembrando ilusiones, siempre recoge decepciones y saca el traje corto, como el sastre al vecino del corregidor de Almagro, o como los espectantes almagreños ante la faena de Cagancho. Tan malos pájaros como somos nos importa una berenjena lo poco logrado, siempre esperaremos más, porque somos insaciables. Nos falta paciencia, constancia... voluntad. Trabajamos más con utopías que con hechos. Porque los hechos hacen sudar, son tozudos, exigen esfuerzo. Qué peligrosas son las utopías reduccionistas, que terminan todas en campos de concentración, como la utopía de la raza perfecta aria, del proletario perfecto o del militar perfecto. La única utopía realmente perseguible es la de la realización del ser humano en toda su variedad individual. Y eso no exige ningún reduccionismo, sino un esfuerzo suplementario, sobre todo en el caso de la múltiple España, que en su estoicismo senequista posee sin embargo el valor esencial y común, si bien pasivo, de la entereza, de la hidalguía de bien. Por eso el techo de lo que el español aguanta es muy alto; por eso los millones de parados no se manifiestan ni salen a la calle. Pero, cuando lo hagan, si llegan a hacerlo, esto se parecerá al infierno. No ocurrirá, porque sabemos con quiénes nos andamos. Lo sabemos porque España se hizo de forma muy impolítica, no sumando, sino restando esfuerzos: se intentó unir/deshacer a España empobreciéndola, disminuyendo su complejidad, echando a los judíos, como hicieron Sisebuto y los Reyes Católicos; ahuyentando protestantes, como hizo Carlos I; expulsando a los moriscos, como hizo Felipe III; persiguiendo a los gitanos, como hizo el propio Carlos III; incluso echando a los franceses, como hizo Fernando VII, aunque era él mismo un afrancesado malo; reduciendo la clase media al enanismo, como hizo Mendizábal, sembrando en 1836 una semilla que brotaría en las tres guerras civiles carlistas del XIX y en la de cien años justos después (1936). Y Mendizábal pertenecía al partido progresista. ¡Cuánta mierda hay en el progresismo español! Tanta como en el conservadurismo. Los conservadores españoles siempre han sido unos conserva-duros. Pero a España le beneficia más un honesto que cien militantes políticos, precisamente porque lo que necesita es un cambio axiológico, de valores, no un cambio económico. Más voluntad, más trabajo, y menos cambio superficial y mezquino.

Que los cambios axiológicos provocan concecuencias económicas lo sabemos muy bien: China tenía la imprenta, la pólvora, la brújula, el hierro y el carbón mucho antes que nosotros, pero no desarrollaron la revolución industrial porque no poseían los valores oportunos. Esos mismos elementos en Europa causaron una transformación capital que llegó incluso a transformar la propia China. Ahora, sin embargo, nos encaminamos a terminar trabajando como chinos.

Todavía hoy muchos pretenden encontrar nuevas causas y caras  en el fracaso de España, cuando las causas tienen cara de viejas. Ya aparecen bosquejadas en los escritos de los arbitristas, renovadas en los de los proyectistas, repetidas en los regeneracionistas y deprimidas en los noventaiochistas. La voluntad entre nosotros no termina lo que acaba, o aparece desviada en forma de españolada: mi definición de este término es la de "un esfuerzo y dispendio mayúsculo de energías desperdiciadas para solventar una nimiedad de problema que se resolvía con mucho menos". Es propio de nuestra sensibilidad barroca. Construir aeropuertos donde no son necesarios es, por ejemplo, una españolada. Y todas las españoladas tienen su raíz en la corrupción de la voluntad: solo estamos dispuestos a gastar la voluntad en enriquecernos no honestamente, sino de la manera más sucia: no hay necesidad de hacer aeropuertos con pasajeros, por ejemplo, si lo que queremos es vender los terrenos a buen precio. Esa es la mala voluntad española: una españolada o voluntad mal dirigida, el empecinamiento, contumacia o testarudez, que a veces es una testaridez. Me parece fabuloso que se cree una asignatura de emprendedores, si no fuera porque aquí los que hacen falta son conclusores y en la buena dirección ética de dar ejemplo, no en la dirección que dicten los corruptos de siempre, que siempre termina en el bolsillo de unos pocos, no en el beneficio colectivo. Para todo existe una pastilla, menos para esa voluntad legítima que es la constancia, la tenacidad. Y la falta de voluntad, la abulia de Ganivet, la noluntad de Unamuno, la ataraxia Barojiana, etcétera, es lo que enferma a España: un mal sin otra solución que la negación de la negación. Sólo José Antonio Marina se ha dado cuenta del hecho, mientras que los demás intentan buscar una explicación meramente material, económica o política: nuestro mal es un mal de valores, axiológico, y la única fuente de valores que puede cambiarla es la educación, la ética laica, incluso la moral cristiana, por qué no, bien entendida. 

En España se intentó tres veces empujar al estado por el camino correcto; primero se intentó una Reforma protestante, cuya ética del trabajo podría haber transformado nuestros valores; pero los Austrias echaron abajo ese esfuerzo. Luego se intentó  una reforma desde el poder político, durante la Ilustración, y también se vino abajo con ese rey nefasto, Fernando VII. A fines del XIX, muy zurrados, los institucionistas de la ILE intentaron separarse de esos malos ejemplos anteriores con la Iglesia y del Estado e intentaron una reforma independiente separándose de esos dos poderes, que habían traicionado la verdadera causa de la reforma popular. Para ello se dieron muchos años de paciencia y voluntad: casi lo lograron, pero en su última fase hubo una alianza con el poder político y un distanciamiento con el poder religioso y todo se fue al garete cuando surgió un tercer poder, el militar, que refundía a los dos anteriores, presto a jorobarlo todo. Pero algo hemos aprendido: la única reforma que es posible en España ha de tener un suelo pedagógico y ético, como la ILE, y debe separarse estrictamente de toda religiosidad facturada con denominación origen: espiritualidad, no religión; trabajo, no política; democracia, no fanatismo. Y veo muy poco espíritu institucionista en estos tiempos: lo único que veo es banqueros, iracundos y sinvergüenzas. Veo a poca gente trabajando humildemente y con constancia por hacer las cosas mejor. Y veo a mucha gente que no puede ser constante porque está en paro, remunerado o no. Gente que no hace nada, ni siquiera defender sus derechos en una manifestación o escribir en un periódico. El remedio de España es cada uno de sus individuos. La única actitud moral para Kant era dar ejemplo, no sermonear. La heroicidad de lo humilde. Goethe decía: si cada cual limpia su camino, la calle estará limpia. Don Quijote fracasó porque era uno. Pero si hay diez mil, arrea, la que van a armar. Eso quiso hacer Unamuno, una orden de caballería para revolver España. El remedio, la utopía de lo posible, nace del ejemplo; su enemnigo mayor lo identificó el propio Unamuno con el nombre de nicodemismo: el estar a favor del evangélico quijotismo pero sin dejarse ver.  Nicodemo fue la persona que, según el Evangelio de Juan, III,.1-15, se acercó a Cristo de noche por miedo a que le descubrieran los fariseos, denotando la indecisión, tan española, entre emprender un camino y el miedo a dar el paso necesario: perplejidad, abulia, marasmo, estolidez, narcisismo, estupidez en suma. 

Algunos mendigos piden la voluntad; otros piden trabajo; el maletilla pide una oportunidad. Los jóvenes, un puesto de trabajo en que puedan demostrar lo que valen. Son muchas peticiones  y una sola y gigantesca gran falta de voluntad, de honestidad y de justicia..

domingo, 19 de mayo de 2013

Echan a Maruja Torres de El País.


M.T., Europa Press, 16/05/2013:

‘El País’ echa a Maruja Torres el día que carga contra los ejecutivos “que se blindan los sueldos y las pensiones y los bonos”. La periodista, que había cargado ya contra Cebrián, anuncia en Twitter su "alivio" por el fin de la relación

El País y Maruja Torres se divorcian. La famosa periodista, que hasta hoy firmaba la contraportada del diario de PRISA los jueves, ha anunciado el fin de la relación en Twitter: : “El director de El País me ha echado de Opinión y yo me he ido de El País. Tantos años… Pero es un alivio”. Torres, que ha mantenido enfrentamientos públicos con el presidente ejecutivo de Prisa, Juan Luis Cebrián, precisamente, hoy firmaba su última columna, Ignominia, en la que cargaba contra los aupados “a la cresta del capitalismo caníbal” y los “ejecutivos de las grandes empresas [...] que se blindan los sueldos y las pensiones y los bonos…”.

Maruja Torres abandona el diario de PRISA tras 32 años. La periodista barcelonesa empezó su profesión como secretaria de redacción en el diario La Prensa, y en 1981 empezó a escribir para El País, donde ha cubierto guerras, ha hecho reportajes y ha firmado columnas como las que se incluían en las series Hogueras de agosto y Perdonen que no me levante.

Los Pobres

Torres se destacó como una de las más críticas con la gestión de Cebrián, especialmente a raíz del ERE que realizado en El País. “A mí se me encoge el corazón cuando pienso en esos ejecutivos que vuelan en ‘business’ o en primera —algunos, incluso, en el pavoroso aislamiento de su jet privado, propio o de alquiler—, y que no pueden hacer otra cosa”, escribía en octubre de 2012, en una columna titulada Los Pobres.

Capitalismo caníbal
Su última columna, publicada hoy, no se quedaba atrás. En ella se preguntaba “quién alimenta a quién”, si el canalla al necio o viceversa. “O si el canalla, al saberse aupado por sus pares a la cresta del capitalismo caníbal, ha perdido toda compostura”. “Pisoteando nuestros cráneos y sin importarles la vergüenza ajena que sus dislates provocan”, continúa Torres, “así es como los ejecutivos de las grandes empresas y de los grandes bancos se blindan los sueldos y las pensiones y los bonos…”.

Ludopatía bursátil

El País pierde una de sus caras más conocidas, como ya le ocurrió con el periodista Enric González, quien se vio relevado de la columna diaria en la penúltima página después de escribir: “No quiero ponerme en lo peor, pero cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de los dueños”. Aquel artículo fue censurado por la dirección para no ofender a los propietarios del periódico, y González, poco después, fue premiado con una corresponsalía en Jerusalén. Finalmente, el periodista volvió a escribir columnas, pero en El Mundo.

viernes, 17 de mayo de 2013

El regularcillo Gatsby

Francis Scott Fitzgerald es el eslabón más perdido de la Generación perdida; no hablaré aquí de sus flaquezas con el lubricante social, vulgo alcohol, algo propio de escritores solitarios y amordazados, siempre ansiosos de mamar de la gran vaca madre, ni tampoco de esas cosas tan feas que le dice el envidioso Hemingway en París era una fiesta, como que ocultaba un bastón ceremonial pequeño o que acampaba bajo las faldas de su borrachuza mujer, Zelda, tan escritora como él, pero en verdad escapada del nosocomio; es evidente para mí que el majareta era Hemingway y que su machismo herido se refleja en el otro infundio, más propio del chavea que compara pitos en el urinario que de un eminente premio Nobel. Quizá contemplaba en Francis el yang de su propia cebolla acongojante, que se pelaba con celo ejemplar. 

Se ha especulado con que la mayor parte de la obra de Fitzgerald fuera elaborada a dos manos entre él y Zelda y que, incluso, no poca la escribió ella misma. No lo dudo: los hombres han debido y bebido mucho de las mujeres. Como el propio Jay Gatsby, definido enteramente por el sueño de una mujer, que a la postre se demuestra tan falso como todos los sueños.

De El gran Gatsby literario recuerdo un par de deslumbramientos: su primoroso y sabio comienzo sobre los beneficios y molestias del saber escuchar y una metáfora deslumbrante hacia la mitad, relativa a los nenúfares o algo parecido, que soy demasiado perezoso para ir a buscar. Solo por esas dos cosas merecería ser recordado este libro, porque es muy raro en estos tiempos sentir deslumbramientos semejantes, obra de la verdadera poesía, o una verdad más pura que la misma verdad. Internet permite citar por extenso, por ejemplo, uno de esos dos pasajes, el del inicio:

En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de rondarme la cabeza. “Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú.” No dijo nada más, pero como siempre nos hemos comunicado excepcionalmente bien, pese a ser muy reservados, comprendí que quería decir mucho más. En consecuencia, soy una persona dada a reservarme todo juicio, hábito que me ha facilitado el conocimiento de gran número de personas extraordinarias, pero que también me ha hecho víctima de más de un latoso inveterado. La mente anormal es rápida en captar esta cualidad y apegarse a las personas normales que la poseen. Por haber sido partícipe de las penas secretas de aventureros desconocidos, en la universidad fui acusado injustamente de ser político. No busqué la mayor parte de estas confidencias; a menudo fingía tener sueño o estar preocupado; o cuando, gracias a algún signo inconfundible, me daba cuenta de que se avecinaba por el horizonte la revelación de alguna confidencia, mostraba una indiferencia hostil. Y es que las revelaciones íntimas de los jóvenes (o al menos la manera como las formulan) son por regla general plagios o están deformadas por supresiones obvias. Reservarse el juicio es asunto de esperanza ilimitada. Todavía hoy temo un poco perderme algo si olvido que, como lo insinuó mi padre en forma por demás pretenciosa, (y yo de la misma manera lo repito), el sentido fundamental de la buena educación es desigualmente repartido al nacer. 

Y, tras vanagloriarme así de mi tolerancia, he de admitir que tiene un límite. La conducta puede estar cimentada en la dura piedra o en un pantanal húmedo, pero, pasado cierto punto, me tiene sin cuidado en qué se funde.

Cuando regresé del Este en el otoño sentí deseos de que el mundo estuviera de uniforme y con una especie de eterna vigilancia moral; no quería más excursiones desenfrenadas con vistas privilegiadas al corazón humano. Solo Gatsby, el hombre que presta su nombre a este libro, Gatsby, el hombre que representaba cuanto he desdeñado desde siempre, estuvo eximido de mi reacción. 

Si por personalidad se entiende una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había algo fabuloso en él, una sensibilidad a flor de piel hacia las promesas de la vida, como si estuviera vinculado a uno de aquellos intrincados aparatos que registran terremotos a diez mil millas de distancia. Esta sensibilidad nada tiene que ver con la amorfa capacidad de impresionar que adquiere categoría bajo el nombre de “temperamento creativo"; era, más bien, una extraordinaria disponibilidad para la esperanza, una presteza para el romance que jamás he encontrado en nadie y que, probablemente, no vuelva a hallar jamás. La historia de Gatsby no resultó bien al final; fue aquello que lo devoró, esa basura hedionda que flotaba en la estela de sus sueños, lo que mató por un tiempo mi interés por las congojas intempestivas y las efímeras dichas de los hombres. 

El resto de la novela, tan vulgar, se sostiene gracias a estos pasajes, que obligan a contemplar la historia del perdedor con unas gafas de artificial trascendencia; esa es la magia de la literatura, pues no en vano se trata del "gran" tema de la literatura estadounidense: el sueño americano. En los Estados Unidos hasta los kilómetros son más grandes y se llaman millas. El sueño americano, que oscurece tanto en obras tan duras como La muerte de un viajante de Arthur Miller, que estuvo casado con otro sueño americano llamado Marilyn, es en realidad la historia de una desilusión nada barroca y lo bastante mezquina y gris como para formularla de otra manera: "el sueño de hacerse rico". Desde luego, Gatsby solo quería hacerse rico para lograr otra cosa, esa Daisy de pato Donald que demuestra al fin y al cabo su mediocridad de burguesa con hambre, o hambrurguesa; no, desde luego no es una pesadilla de la razón, como el monstruo de Horacio, que parafrasea Goya, aunque dicen algunos que a quien parafrasea es a Meléndez. No, hombre; no se trata del sueño de la razón, sino del sueño de otro pato, el tío Gilito.

Recuerdo la versión cinematográfica de Jack Clayton, que en su estreno pareció discreta (siempre espera el sueño americano más de lo que alcanza) pero a mí me encanta, con esos gigantescos Sam Waterson (que hace de hilo conductor), Robert Redford (príncipe azulísimo), Mia Farrow (primorosa como hada de alfeñique), Bruce Dern  (haciendo de fascista bruto e ignorante), Karen Black, (que está trágica como cuarentona a punto de pasársele el arroz) y Lois Chiles (tramposa y seductora) y esa maravillosa fiesta de felices y locos años veinte, con baile, fox trot, gemelas, perro, lluvia, jazz, estrellas y matones. Qué tiempos aquellos.

jueves, 16 de mayo de 2013

13 reformas educativas desde 1970, 12 desde 1980


De El Mundo, 29 del 1 de 2012

Como hiciera su predecesor, Ángel Gabilondo, el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, ha apostado por alcanzar un gran acuerdo para reformar la Educación y resolver los problemas del sistema.

Para ello, a su juicio, sería conveniente llegar a una coincidencia en el diagnóstico de los fallos de la enseñanza en España, porque la situación actual ha llevado a una "cultura de la mediocridad, de castigo de la excelencia, que a quien está castigando es a las oportunidades de futuro de la sociedad española".

La propuesta por Wert sería la 13ª reforma del sistema educativo español. Desde 1980 se han aplicado en España 12 leyes orgánicas sobre educación, incluida la LGE de 1970 que reguló todo el sistema educativo y se aplicó hasta comienzos de los 80.

Siete han legislado la enseñanza obligatoria y cinco de ellas se hicieron para reformarla; cuatro han regulado los estudios universitarios, y una, la Formación Profesional.

ENSEÑANZAS MEDIAS

LGE. La LGE de 1970 reguló todo el sistema educativo y se aplicó hasta comienzos de los 80.

LOECE. Tras la firma de la Constitución en 1978, la Ley Orgánica del Estatuto de Centros Escolares (LOECE) fue la primera, referida a enseñanzas medias, que se aprobó en 1980. Duró cinco años e introdujo un modelo democrático en la organización de los centros docentes.

LODE. La Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE) de 1985, incorporó el sistema de colegios concertados.

LOGSE. En 1990, la LODE fue sustituida por la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), que amplió la escolaridad obligatoria a los 16 años, entre otras medidas.

LOPEG. Cuando la LOGSE terminó de implantarse en todos los niveles y en todo el territorio nacional, se aprobó, en 1995, la Ley Orgánica de Participación Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes (LOPEG), conocida como 'Ley Pertierra'; una ley sobre gestión y gobierno de los centros.

LOCE. Con la llegada del Partido Popular al poder, se aprobó la Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE), que aunque entró en vigor en 2003, su calendario de aplicación quedó paralizado por un Real Decreto, tras el cambio de gobierno resultante de las elecciones de 2004.

LOE. El Ejecutivo de Zapatero elaboró la Ley Orgánica de Educación (LOE), que permanece en vigor desde 2006 y que entre otras novedades introdujo la asignatura Educación para la Ciudadanía, uno de sus puntos más polémicos.

FORMACIÓN PROFESIONAL

Ley Orgánica de Cualificaciones. La Formación Profesional ha sido otra de las etapas educativas legisladas mediante la Ley Orgánica de las Cualificaciones en 2002. La norma permanece vigente y es el primer ordenamiento exclusivo que regula la FP en España.

ENSEÑANZAS UNIVERSITARIAS

LGE. La Ley General de Educación (LGE) de 1970 o Ley de Villar Palasí, se aplicó hasta 1983.

LRU. La Ley Orgánica de Reforma de la Universidad entró en vigor en 1983 y fue la primera de esta etapa educativa del gobierno socialista de Felipe González. La LRU superó en vigencia a la anterior; se aplicó hasta 2002 y fue la primera que recogió el principio de autonomía universitaria, fundamento sobre el que se impulsó la reforma de la universidad.

LOU. En 2002 la Ley Orgánica de Universidades (LOU) sustituyó a la anterior. Se elaboró durante el Gobierno del Partido Popular y los órganos de gobierno de la universidad y la Agencia de Evaluación y Acreditación (ANECA) fueron los fundamentos del nuevo ordenamiento.

LOMLOU. Cinco años después, en 2007, la LOU fue modificada mediante una Ley Orgánica de 12 de abril (LOMLOU), ya que la universidad española debía adaptarse al Espacio Europeo de Educación Superior, tras la firma de la Declaración de Bolonia.

El Pacto de Estado de Educación, el primero de España en esta materia propuesto por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, pretendía alcanzar la estabilidad normativa en materia de educación en España, sobreviviendo a los diferentes cambios de gobierno, así como el éxito del sistema educativo. La reforma no salió adelante por la falta de apoyo de los partidos de oposición y de los agentes sociales.

lunes, 13 de mayo de 2013

Hay días

Se levanta, ¿se levanta? para dejarse caer, tal es su desgana, y cada día le es una montaña cuya cumbre, él mismo, debe alcanzar sin piernas y sin brazos, solo con las palabras, arrastrándose como un gusano, atreviéndose ¿atreviéndose? a consistir todas las horas y repartir su ración de hambre y bilis estomacal con manos abiertas y vacías, sin sentir dientes en las encías, sin sentir nada por hacerlo o peor, muriéndose por no hacerlo, sin pensar ni prolongar más el renglón de la vida.

Pero viene el perro y le acaricia el cuello y se arrepiente ¿se arrepiente? de envidiar a los muertos, contempla a todos los que le dan la mano para sacarlo y, sin saber por qué ni cómo, suma uno más a la cuenta de sus días, de esos de los que piensan que hay muchos y no uno solo y terrible.