domingo, 19 de agosto de 2012

Los chinos en España


Luis Gómez, "El joven poder chino", en El País, 19 VIII-2012:

La comunidad china en España se ha multiplicado por seis en una década. Y entra en juego una nueva generación más poderosa e influyente que el tradicional dueño de una tienda. Hacer un reportaje en agosto sobre la comunidad china en España no representa ningún problema: los chinos no toman vacaciones. Y así es, salvo muy contadas excepciones. La facturación de la empresa Don Pin es un fiel termómetro de ello: ingresa lo mismo en agosto que en cualquier otro mes del año. El dato no es despreciable teniendo en cuenta que Don Pin distribuye las mercaderías a 4.300 establecimientos de alimentación, mejor conocidos como tiendas de chinos, factura 50 millones de euros y crece casi al 20% en plena crisis. Si un estereotipo se cumple (los chinos no descansan en verano), la mayoría de las leyendas que rodean a la comunidad china en España se están quedando anticuadas. El chino laborioso, pacífico y temeroso que apenas habla castellano y vive en un entorno cerrado ha dado paso a una nueva generación que representa a un gigante económico. Los chinos de hoy son doblemente poderosos. Tienen dinero. E influencia. Y la utilizan. Son los ojos y los oídos de China en España.

La nueva generación pisa el terreno con seguridad, como lo hace Maodong Chen, uno de los propietarios de Don Pin, un joven de 32 años que llegó con 18 a España y convirtió un negocio minorista en otro mayorista. Maodong es, sobre todo, un chino sin complejos: habla sin tapujos y hace uso de un tremendo sentido del humor. Tanto es así que empieza a ser asiduo conferenciante en escuelas de negocio. Hace unos meses, en la sede del IESE en Madrid, ante ejecutivos de multinacionales, Maodong no pasó inadvertido. Supo provocar la atención. Primero, cuando afirmó que no quiere clientes españoles en su negocio. “Los españoles no pagan”, dijo, “no los quiero en mi negocio. Me quedo con los chinos, que son serios”. En otro momento ofreció algunas imágenes de lo que no debe hacer un chino en España: por ejemplo, vender un balón azulgrana con el escudo del Real Madrid. Así de rotundo es este nuevo empresario.

Su empresa no es un reducto chino. “Pongo en contacto a proveedores españoles con clientes chinos”, asegura. En Don Pin, el 60% de los trabajadores son españoles. Maodong trabaja para crear equipos que le permitan diversificar su negocio y expandirse. Su energía es contagiosa. Responde cualquier pregunta y no está dispuesto a perder el tiempo en ser políticamente correcto, actitud que echa por tierra el cliché del chino temeroso. Reconoce que las dos cosas que más le gustan a sus compatriotas son, además de trabajar, los artículos de lujo y el juego. Y reconoce más cosas.

Por ejemplo, cuando afirma que una de las actuales preocupaciones de muchos empresarios chinos de su generación, gente con alta capacidad adquisitiva, es la educación de sus hijos en España. “No queremos que nuestros hijos se conviertan en señoritos españoles”, sostiene con una sonrisa oriental. “Y estamos muy preocupados. Aquí no se desarrolla la cultura del trabajo y del esfuerzo”. Es crítico con la sanidad española (“He tenido que ir a China para arreglarme un problema de la rodilla”) y con las asociaciones chinas que pululan por España: “El chino es individualista y desconfiado. Muchos montan asociaciones para sus intereses. A mí me gusta tener amigos pero no hacer política. Soy un hombre de negocios, no un pijo”.

No es fácil que Maodong acepte entrevistas, pero va camino de convertirse en una voz autorizada del empresariado chino en España. A su éxito profesional se une su buena acogida en escuelas de negocio. Su estilo encaja con el de Juan Roig, propietario de Mercadona, el empresario que ha recomendado a los españoles trabajar como chinos y que tiene su escuela de empresarios (EDEM), donde se imparte un máster denominado 15 por 15 (15 empresarios para 15 alumnos). No sería extraño que algún día Maodong sea profesor. Pero que nadie se equivoque: tiene la humildad como para intentar durante un año que le acepten matricularse en un máster sobre finanzas. ¿Haría algo parecido un empresario español con éxito?

Maodong es de la misma generación que la abogada Lidan Qi, de 34 años, fundadora de un despacho en Barcelona junto a su hermana Lilin Qi, que es economista. Ambas se dedican a la consultoría tanto para las empresas españolas como para las multinacionales chinas, tanto públicas como privadas, que quieren conocer España. Lidan Qi lleva 22 años en España y sabe lo que es trabajar en el negocio familiar. Han progresado con su trabajo. Crearon una incubadora de 40 empresas en Badalona. Poseen un centro comercial. Lidan Qi se expresa en un perfecto castellano, sin casi rastro de acento oriental: “La imagen de España no es positiva”. Lo dice con tranquilidad, conocedora de los intereses de las grandes empresas chinas, para quienes no somos lo mejor de Europa.

Lidan Qi reconoce el problema generacional: “La emigración china en España es joven, pero ya estamos conociendo a la tercera generación. Mis sobrinos se sienten catalanes. Los jóvenes no quieren vivir como sus padres. Quieren vivir como españoles. Y asistimos a la lucha de los padres para que los hijos no se olviden de sus raíces. Hay un fenómeno hoy en día: el de empresarios que mandan a sus hijos a estudiar a China”.

Estos problemas son consecuencia de un colectivo que está en pleno crecimiento. En una década, la comunidad china en España se ha multiplicado por seis, un crecimiento superior a la media de otras nacionalidades, que se multiplicó por cuatro. Y su perfil ha cambiado: aunque un 70% procede de una misma región (Qingtian y Wenzhou), están comenzando a entrar profesionales procedentes de otras regiones y estudiantes (se calcula que habrá unos 6.000 haciendo cursos en las universidades españolas). De su carácter emprendedor no hay duda alguna: en los últimos tres años, el número de autónomos entre los chinos ha crecido el 55,9% para convertirse en la comunidad extranjera con más autónomos de España. Parte de su secreto, además del trabajo, reside en los préstamos entre familiares y amigos. “Hay un proverbio que dice: ‘Tú me das una gota de agua y yo te devuelvo una fuente”, explica Lidan Qi. “Es un código de honor: el dinero se presta sin interés y sin papeles”.

En una década, los chinos se han hecho mucho más visibles. Y su perfil se está modificando. “Hay nuevas generaciones”, explica el experto Joaquín Beltrán, de la Universidad Autónoma de Barcelona: “El 23% son menores de 15 años y están escolarizados, y el 13% de los 178.000 chinos censados ha nacido en España”. “En el tema de la segunda generación”, apunta la experta Gladys Nieto, de la Autónoma de Madrid, “se suele dar por sentado que están integrados, hablan bien español, conocen sus derechos y han completado la movilidad social respecto a sus padres. Tengo mis dudas de que este sea el cuadro general de los jóvenes chinos en España. Tenemos muy poca investigación sobre estos sectores, y lo que se detecta en otros países como Italia o Inglaterra es que muchos de estos chavales viven en un aislamiento que los vincula a los negocios de sus padres, sin posibilidad de salir de tales proyectos”.

Pero si el problema generacional interesa a los expertos, es su potencial económico lo que empieza a saltar a la vista. Los chinos ya no son solo los tenderos. Ahora están entre los mejores clientes.

Ejemplos los hay de todo tipo. Bankia organizó un “microevento” para 20 ciudadanos chinos el pasado 12 de julio, consistente en poner a su disposición una selección de activos inmobiliarios del banco. “Fue una primera experiencia”, afirmó un portavoz de Bankia, “porque los chinos tienen nuestra cultura: no les interesa el alquiler”. Una empleada china hizo la presentación. De la misma manera, El Corte Inglés ha contratado vendedores chinos para sus tiendas de artículos de lujo y se tiene noticia de una constructora que ofrece en Fuenlabrada 22 viviendas unifamiliares siguiendo el estilo feng shui. Es decir, especiales para chinos. Del éxito de esta iniciativa este periódico no pudo obtener información: la empresa es española y cerró en agosto por vacaciones.

Y a finales de noviembre se inaugurará en Madrid el flamante edificio Fénix. Será un centro comercial exclusivo para chinos, con supermercado, agencia de viajes, karaoke y sala de juegos. La fachada es de color dorado. Es el color predilecto de los chinos, un colectivo que no es homogéneo. Puede que su poder adquisitivo sea elevado, pero se aprecia una brecha social entre los empresarios de la primera hornada y los profesionales de la segunda generación. Aquellos abrieron camino. Los nuevos dominan.

Ese es el caso de Margaret Chen, algo así como la primera dama china en España. Se mueve en cualquier terreno con elegancia y no elude ningún tema de conversación, pese a que constantemente matiza que no habla en nombre de Telefónica, donde trabaja como uno de los principales ejecutivos de la compañía. Margaret es la viva encarnación de la generación china que ha asombrado al mundo: ingeniera informática formada en una de las mejores universidades de Estados Unidos. Debe su estancia en España al simple hecho de haberse casado con un español. De lo contrario, estaría en cualquier otra parte del mundo.

Cuando llegó a España, se quedó embarazada y montó una consultora, que terminó colaborando con Telefónica hace 16 años. “En 2004, Telefónica quería entrar en China”, recuerda, “y no sabían que tenían un chino en su empresa. Querían buscar un traductor de confianza. Alguien les avisó y me lo propusieron: ‘No quiero ser traductor, soy ingeniero”, les respondí, ‘porque en China un traductor es como un miembro del servicio. Si queréis uno, os lo busco’. Luego me dijeron que era para acompañar a Alierta [presidente de Telefónica]. ‘Bueno, si es ir con él, le acompaño’. Fue muy gracioso”.

Su discurso es tranquilo, su castellano casi perfecto, se expresa con una naturalidad pasmosa como si todos los argumentos cayeran por efecto de la ley de la gravedad. Habla de España con la expresión con la que uno se refiere a un pobre enfermo al que respeta: nuestra imagen no es buena. En síntesis: no hemos hecho las cosas bien, seguimos sin aprender, quieren ayudarnos, les caemos simpáticos, pero debemos trabajar mejor. Ese es su mensaje.

“En cuatro o cinco años esto ha cambiado”, explica Margaret. “Aquí la emigración china se ha hecho con gente que venía a la aventura, casi todos procedentes del mismo pueblo, gente que no tenía nada que perder. Gente que no habla español, pero tampoco mandarín, pero que son muy fieles entre ellos. No estaban integrados en la sociedad. Mi mundo es distinto”.

El mundo de Margaret es el de las relaciones. El del poder y la influencia. Por ello preside la asociación China Club Spain, que pretende relacionar a directivos chinos y españoles. “China ve a España como socio”, explica, “posiblemente seamos ahora más amigos que Francia, porque Sarkozy no nos trató bien. Pero la relación es frágil. Francia recuperaría el terreno rápidamente porque es mucha su penetración en China”.

La posición de España no es buena. Tampoco su imagen. Un occidental eludiría esta crítica, pero Margaret, no. Es otra forma de diplomacia: “Puede que exista una prepotencia mutua”, explica, “pero los chinos piensan que España está atrasada. Hace 15 años apenas se la conocía por el fútbol. Y ellos son líderes. El chino no dedica mucho tiempo para saber lo que está pasando en el mundo. Es como el americano”.

Margaret habla de España como un alumno que debe progresar. “El turismo”, dice, “España no ha hecho nada. Un turista chino gasta entre 3.000 y 4.000 euros por cabeza en cada viaje. El año pasado hubo 50 millones de turistas chinos, este año habrá 70. ¿No ha sido España capaz de capturar un millón? Los circuitos que se hacen por Europa visitan varios países excepto España. Y eso, entre otras cosas, por problemas de seguridad. En un viaje le dieron una paliza a un gobernador. Pasaba lo mismo con los japoneses, que ahora viajan con su propia seguridad”.

España va con retraso. Porque necesitamos que vengan más chinos. Lo reconocen expertos españoles, entre los que está el profesor Pedro Nueno, del IESE. Necesitamos turistas. Necesitamos ejecutivos. No hay vuelos diarios con Pekín y Shanghái. Se ha abusado de la promoción cutre de algunas autonomías, sin darse cuenta de que los chinos no distinguen entre Asturias o Cataluña. No hay una estrategia nacional. Se falla en pequeños detalles. “Aquí les ponemos todas las trabas del mundo para darles un visado de entrada”, dice otro experto.

China ha cambiado. Pero ha cambiado también dentro de España. Ya no es una minoría anecdótica. Es poderosa. En algún caso, selectiva. Y, desde luego, cada vez más influyente.

jueves, 16 de agosto de 2012

Libros

Es duro y sacrificado coleccionar libriejos; es preciso restringirse a sólo unos temas y autores que atraigan la afición. Yo lo hago con ediciones antiguas de La Mancha en general, pero como haría falta mucho dinero para llenar esa ocupación, y más en tiempos de crisis, uno debe aprovecharse de sus conocimientos de erudito local y de las gangas para aprovechar las oportunidades, gracias a lo cual he podido conseguir algunas bicocas y mi colección de raros manchegos es ya más que buena, incluso notable, y algunos ejemplares pueden cotizarse hoy en alto precio; quizá a mi muerte los donaré (o venderé, que eso de dar gratis pasó de moda, gracias a los políticos) al Centro de Estudios Manchegos o al IEM. Si vosotros queráis iniciar una colección, ya sabéis: vista de lince, moverse rápido y registrar a menudo a los cuatro anticuarios que venden libros de viejo en C. Real (o uno menos, que ha quebrado el de la calle Toledo).

Mi última adquisición es uno al que perdí la pista hace cinco o seis años; la he vuelto a encontrar, pero esta vez no lo he dejado escapar: ya está en mis manos. Se trata de las Poesías (1870) de Carlos Mestre y Marzal, un médico valenciano del que quizá descienda el poeta valenciano actual homónimo Carlos Marzal. Vivió en Ciudad Real, en la calle Calatrava número 13, y en Puertollano fue el director del Balneario o Casa de baños. Escribió para los periódicos regionales y madrileños y publicó algunos ensayos filosóficos y estudios médicos de su especialidad. El libro está bien editado por Cayetano Clemente Rubisco en rústica de tapas verdes; hay grabaditos muy elegantes de floripondios, perros, paisajes, amorcillos. Los poemas fechados van de 1854 a 1860. Parecen ir en orden cronológico. Los versos son irregulares y no muestran influjo becqueriano alguno, a pesar de que el libro se editó el año de muerte del gran poeta. A mí me recuerdan la poesía cívica del realismo, Núñez de Arce y compañía. Algunos de esos poemas tienen interés histórico-social, porque reflejan el caciquismo ("El médico de partido", por ejemplo), la última guerra carlista y la de África, la incipiente industrialización y los progresos de la ciencia y la higiene en Ciudad Real. Otros son íntimos: su amor por su tierra valenciana, Dolores, la Lola de sus versos, sus lamentos por las muertes de su padre y un hijo de cuatro años, sus cantos religiosos y morales. 

También he comprado por tres euros, de Eulalio Ramiro León, El tiempo no es oro. Memorias de un joven viejo, Ciudad Real, 1987. Es un libro que refleja una manera especial de ser muy manchega por dentro y por fuera. Se pueden respirar el ambiente, los sentimientos y los pensamientos del franquismo y después en los pequeños pueblos manchegos como Chillón; una lectura muy agradable, que da qué pensar. Esto aparte, también ha pasado a mis estantes Taller de escritura creativa para niños y adolescentes, de Esmeralda Berbel, lleno de sugerencias para desarrollar la redacción de los alumnos, tema siempre para mí de interés. Se ha sumado además la primera traducción al castellano de la Crónica de los pobres amantes del neorrealista Vasco Pratolini.

También se pueden conseguir historias interesantes de los archivos. De uno de ellos estoy copiando un informe caudaloso escrito por el clérigo ciudarrealeño Manuel Núñez de Arenas sobre los abusos económicos de un grupo de Caciques en 1810; es la monda; no me he reído tanto desde que leí las cartas de denuncia de los confidentes ciudarrealeños durante la Guerra de la Independencia contra esos "godoyes levantados del polvo". Esperpento puro.

Oposiciones a político


Patente de corso, Arturo Pérez Reverte

Políticos opositando: ahí los quiero ver

XLSemanal - 13/8/2012

Lo sugería el ex embajador Paco Vázquez hace unos días, de guasa. Aunque tiene razón: debería ser obligatorio. Como a registrador de la propiedad, pero con temario más amplio. Y quien no llegue, a tomar por saco. Búscate la vida, chaval. O chavala. Recogiendo melones, fregando suelos o podando setos, como la gente que no tiene más remedio; y que, sin embargo, a menudo está mejor preparada. Ignoro si de ese modo iba a resolverse algo, pero introduciría algo de justicia en el putiferio. Sentido común dentro del esperpento nacional. Porque oigan: en España deben hacerse oposiciones para médico de la Seguridad Social, arquitecto municipal, inspector de Hacienda, abogado del Estado, fiscal, juez, o cualquier puesto público. Hasta un profesor de instituto o catedrático de universidad deben hacerlas. Quien pretenda currar en los sectores de la sociedad dedicados a la función pública, debe enfrentarse a unas oposiciones que a veces son de una dureza terrible, en situaciones de extrema competencia y con años de estudio, preparándose. Y sin embargo, el aspecto más decisivo en nuestras vidas, la actividad política que determina el presente y condiciona el futuro, puede caer en manos de cualquiera. A veces, quizás, de individuos excepcionalmente preparados; pero también, y eso ya resulta menos excepcional, de cualquier analfabestia incompetente, varón o hembra, incapaz de articular sujeto, verbo y predicado, cuyo único mérito, o aval, es compartir ideología o intereses -a menudo una y otros van íntimamente relacionados- con un partido político concreto.

Porque echen cuentas, señoras y caballeros. Si no todos los médicos que salen de la facultad superan las pruebas de residente, ni todos los abogados las de juez, por ejemplo; si para conducir un coche hace falta superar un examen teórico, otro práctico y tests psicotécnicos; si tenemos la constancia experimental de que no todos valemos para todo, ni siquiera cuando se trata de gente preparada y con estudios, calculen, entonces, el control de calidad, las Iteuves posteriores y la psicotecnia que pasaría buena parte de las decenas de miles de políticos españoles en activo o en pasivo, algunos de los cuales -conozco a un concejal de cultura en esa situación exacta- no tienen ni acabado el bachillerato. Consideren los que habrían llegado ahí, donde están, medran y trincan, de exigírseles estudios, preparación, controles éticos y formación adecuada. De aplicárseles de un modo práctico, objetivo, antes de ocupar puestos de tanta importancia, tan bien pagados y con tantos privilegios, la idea de los antiguos filósofos griegos de que toda comunidad pública debe ser gobernada por los mejores. Y de establecerse si lo son. O si no lo son.

Eso, naturalmente, incluye a algunos de nuestros sindicalistas, ornatos del telediario. Cuando oigo expresarse a los más conspicuos, o los veo pasear la pancarta queriendo ponerse al frente de ciudadanos honrados que no sé cómo los toleran, con sus antecedentes, pienso que todo aspirante a líder sindical debería probar antes su conocimiento histórico de la lucha de clases y su capacidad oratoria para convencer al trabajador de que es necesario dedicar parte del sueldo -y no de subvenciones estatales embolsadas por la cara- a mantener una institución sindical imprescindible para la sociedad, cuyo único fin es defenderlo de las agresiones de empresarios y políticos. Y si, por reparto de pastel, ese mismo sindicalista puede acabar en el consejo de administración de una caja de ahorros -que tiene pelotas la cosa-, tampoco estaría de más que se le examinara antes de las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Como mínimo.

Así que, oigan. Puestos a suponer gente pública idónea, España decente, mundos felices donde comer perdices, permítanme imaginar una actividad política regida por el sentido común. O sea: militantes de partidos colaborando, faltaría más, en cuanto haga falta. Según su ideología, interés y conciencia; allá cada cual. Sin embargo, cualquiera que aspirase a figurar en una lista elegible por los ciudadanos, tendría que hacer antes unas oposiciones en las que se le examinase de cultura general como trámite previo. Y luego, según las especializaciones a las que aspirase -ministro de Trabajo, presidente de Gobierno y tonterías así-, de economía, derecho, política internacional, historia de España y ética, por ejemplo; aunque temo que aprobar ética muchos lo tendrían peliagudo. Y por supuesto, idiomas: inglés, un poco de francés, alemán. A no pocos de ahora -muchos impresentables de ambos sexos lo demuestran en cuanto abren la boca en el Parlamento- ni siquiera se les exige hablar bien el castellano.

miércoles, 15 de agosto de 2012

La requetecontrayvueltaydalerreformaeducativa, bis


J. A. Aunión, "Reválidas, itinerarios, menos asignaturas y autonomía de centros. Educación propone un importante giro al sistema escolar", El País,  13 AGO 2012 

El ministro de Educación, José Ignacio Wert, ha insistido en varias ocasiones en que la reforma educativa que ha presentado mira al futuro, pero a multitud de especialistas les recuerda muchísimo al pasado, con una estructura que separa antes a los alumnos en distintos itinerarios y recupera las antiguas reválidas de los años sesenta (aunque Educación rechaza de plano ese término y prefiere evaluaciones externas). Las otras patas del cambio son la reducción del número de asignaturas para centrarse en las instrumentales y dar mayor autonomía a los centros.

Durante el mes de julio, el ministerio ha ido presentando la reforma a comunidades, sindicatos, patronales, padres y alumnos y entre todos ellos ha ido cosechando adhesiones entusiastas de las autonomías gobernadas por el PP y rechazos frontales de numerosos sindicatos (CCOO, UGT o STES), comunidades del PSOE (el Gobierno andaluz ha pedido al Consejo escolar autonómico que prepare un documento de argumentos contra la reforma) y otros partidos: IU se ha levantado en contra de lo que considera una “contrarreforma neofranquista”. También ha habido comentarios a mitad de camino: “Algunas de las líneas maestras de este informe coinciden con reivindicaciones históricas de ANPE; otras, sin embargo, vuelven a resultar poco ambiciosas”, ha dicho el sindicato. Además, como otras centrales, dudan de las posibilidades de la reforma en el actual contexto de recortes presupuestarios. Varias organizaciones conservadoras reprochan al Gobierno que la propuesta no entre en lo que llaman libertad de elección de las familias, esto es, en un mayor apoyo a la enseñanza privada y concertada.

El ministerio, dentro del proceso de debate, ha habilitado un correo electrónico para recibir opiniones sobre la reforma (calidadeducacion@mecd.es), cuyo primer resumen se puede leer aquí. La siguiente es una síntesis de las medidas que propone el Gobierno para -admitiendo las mejoras enormes del sistema educativo español en las últimas décadas (aumento formativo espectacular de la sociedad, con una escolarización total actualmente de 3 a 16 años)- mejorar lo que señala como debilidades, sobre todo, la tasa de abandono escolar temprano (26,5%, casi el doble de la media europea, aunque bajando) y los mediocres resultados en el informe Pisa:

-Itinerarios. Los estudiantes empezarán a elegir algunas asignaturas optativas dirigidas hacia la FP o el bachillerato en 3º de ESO (14 años). También podrán elegir entre dos niveles distintos de matemáticas. En 4º, los alumnos ya se separarán entre los que quieren estudiar bachillerato o los que va a FP: tendrán algunas asignaturas comunes. Es un paso más de lo que aprobó el anterior Gobierno socialista tras el debate del frustrado pacto educativo (con más optativas orientadas a una opción u otra en 4º de ESO), que ya cosechó críticas, por “segregador”, una por parte de la izquierda.

Pero aún antes de 3º, en 2º, los alumnos que ya hayan repetido dos veces podrán pasar a los programas de cualificación inicial, a los que se accederá generalmente al final de 3º (esto también lo preveía la reforma socialista). Estos programas son alternativas de dos años a la ESO en las que los chavales que van peor aprenden los rudimentos de un oficio (consiguen un certificado de profesionalidad del Ministerio de Trabajo). Según la propuesta del ministerio, estos programas ya no darán acceso directo a la FP de grado medio (habrá que hacer un examen de acceso) y tampoco ofrecerán la posibilidad de obtener el título de educación obligatoria. “Su objetivo ya no es obtener el título de ESO, sino preparar al alumno para el mercado de trabajo y ofrecerle una mínima cualificación profesional”.

Además, también se adelantan a 2º de ESO los programas de atención a los chavales con problemas de aprendizaje (al contrario que los chavales que se dirigen a los PCP, estos alumnos sí tienen una actitud positiva hacia los estudios), que actualmente se llaman Programas de Diversificación Curricular y se hacen en 3º y 4º de ESO. La propuesta es que se llamen Programas de Mejora del Aprendizaje y el Rendimiento y serían en 2º y 3º.

El equipo de Wert propone asimismo que un consejo orientador del centro escolar recomiende al final de cada curso de ESO “el itinerario más adecuado” para el alumno y los “programas de mejora del aprendizaje y el rendimiento o de cualificación profesional”.

El Gobierno del PP, partido que lleva años acusando a la educación comprehensiva hasta los 16 años (básicamente, sin segregaciones hasta esa edad), de tirar del nivel educativo hacia abajo, defiende en esta reforma que hay que “reconocer las diferentes aptitudes de los estudiantes, y permitirles optimizar el desarrollo de sus capacidades”. Lo que ataca la equidad es el fracaso escolar, ha respondido Wert en varias ocasiones a la acusación de que lo que se pretende es segregar al alumnado. El argumento contra la segregación es que en los sistemas con separación temprana (como Alemania u Holanda) se ha demostrado que existe un sesgo en contra de las capas sociales desfavorecidas, es decir, que, a igualdad de capacidades, tienen más posibilidades de que el sistema les lleve hacia el camino de la formación profesional.

-Reválidas. Al final de cada etapa educativa (primaria, ESO y bachillerato) los alumnos tendrán que aprobar un examen externo para poder pasar a la siguiente.

Al final de primaria (12 años), los alumnos deberán hacer una prueba final sobre las competencias básicas en lengua y matemáticas. El que la suspenda, repetirá 6º de primaria si no ha repetido antes; si lo ha hecho, pasará a la ESO, “pero con un informe que recomiende medidas de apoyo y refuerzo”.

Al final de la ESO (16 años), los que hayan aprobado 4º tendrán el título de enseñanza obligatoria, pero si quieren seguir estudiando tendrán que aprobar un examen final, distinto si lo que se quiere es hacer bachillerato o FP. Se podrán presentar al examen los alumnos que hayan suspendido alguna materia en 4º (se supone que dos o tres como mucho): si lo aprueban, tendrán el título y podrán seguir estudiando.

Para obtener el título de bachillerato y poder acceder a la Universidad hay que aprobar la reválida. Las universidades podrán hacer pruebas de acceso para cada carrera si lo desean. Los que habiendo aprobado 2º de bachillerato no pasen la reválida, podrán acceder a la FP de grado superior. Este es el esquema que planteaba la ley aprobada en 2003 durante el Gobierno del PP, pero que no llegó a entrar en vigor.

El ministerio sostiene que este sistema de exámenes señaliza claramente “los objetivos que han de cumplirse al final de cada ciclo y etapa”, incentiva “el esfuerzo de los estudiantes”, “garantiza al alumno, a su familia y a la sociedad un nivel de conocimiento adecuado” y da “transparencia” al sistema. Sin embargo, numerosas voces críticas advierten sobre lo extemporáneo de estos exámenes que pueden cortar la progresión del alumno y ahondar en la segregación que producen las otras medidas.

Quién confecciona esas pruebas para no atacar las competencias autonómicas y quién las paga es otro de los temas polémicos.

-Menos asignaturas. Se trata de reducir las asignatura que estudian los alumnos para poder concentrar esfuerzos en “materias instrumentales” en primaria, ESO y bachillerato. En esta última etapa se reducirá la variedad de “modalidades y vías”. Las materias instrumentales son lengua, matemáticas, ciencias e idioma extranjero.

“Existe un amplio abanico de asignaturas que los centros han de ofrecer, con resultado final de aumento del coste económico y exceso de asignaturas en el horario de los alumnos”, argumenta el ministerio. La cuestión clave en este punto es qué asignaturas saldrían perdiendo. Los sindicatos ya han advertido de un posible conflicto profesional y algunos expertos alertan contra lo que consideran un error grave de concepción educativa: “El ministro se permite hablar incluso de ‘asignaturas que distraen’. Pero ¿de qué distraen? Si queremos ayudar desde la escuela a desarrollar el talento que cada persona encierra, mal camino llevamos enarbolando las tijeras de podar. La manera de combatir la excesiva fragmentación del currículo no es ‘suprimir las optativas’, ‘especializar los centros’, ‘racionalizar la oferta’. De lo que se trata es de apostar por un aprendizaje por proyectos que ayude a integrar, a establecer vínculos, a conciliar las distintas miradas que la ciencia y el arte ofrecen sobre los problemas esenciales de la condición humana, del mundo que habitamos”, escribía hace unos días en este periódico la profesora de secundaria Guadalupe Jover.

-Autonomía de centros. Se dará más poder ejecutivo al equipo directivo y el consejo escolar será un órgano consultivo. Se valorará la experiencia para convertirse en director y podrán optar al puesto profesores de fuera del centro. En un programa conjunto a trabajar entre el Estado y las comunidades, el ministerio habla de “especialización curricular, funcional o por tipología de los alumnos: centros bilingües, formación del profesorado, recursos TIC, mejora del rendimiento, etcétera; de planificación estratégica por objetivos; autonomía para la gestión de personal y económica de los centros; y rendición de cuentas”.

Este punto también será, sin duda, polémico, aún a falta de las respuestas a las preguntas clave: ¿qué papel le quedará al consejo escolar de los centros?, ¿quién y cómo se elegirá a los directores?, ¿la especialización podría convertirse en la creación institucionalizada de guetos?, ¿sería decisión de los centros esa especialización, dentro de su nueva autonomía, o sería decisión de las comunidades autónomas, reduciendo de hecho esa autonomía, como ha ocurrido en la Comunidad de Madrid al eliminar alguna de las opciones de bachillerato en los institutos que ha decidido por falta de alumnos?

-Mejora del aprendizaje de lenguas extranjeras. Una vez más, buenas palabras y bellas intenciones sobre la necesidad de mejorar estos aprendizajes. Poco creíble, según los sindicatos, en el actual contexto de recortes presupuestarios. Se propone que el Gobierno defina, consultando a las comunidades, “las bases del aprendizaje de lenguas extranjeras”, que todas las clases de idiomas se impartan en la lengua que se trata de enseñar y que los centros se puedan especializar en lenguas extranjeras.

-Uso de las tecnologías. Etérea propuesta sobre el uso de las tecnologías (TIC) en el aula: promocionarlas como apoyo para recuperar asignaturas, dentro o fuera del horario escolar, y para la formación del profesorado, utilización compartida de las plataformas digitales del ministerio por autoridades educativas, centros docentes, profesores y alumnos y “selección de recursos digitales de calidad, y reconocimiento de las aportaciones de la comunidad educativa que cumplan los requisitos de calidad establecidos”.

La enfermedad institucional de España


Víctor Lapuente Giné, "La enfermedad institucional de España", El País, 15-VIII-2012.

La politización del sector público es uno de los factores que más claramente puede socavar la legitimidad de un sistema democrático. Pero no es política lo que sobra en este país, sino corporativismo.

En su artículo de hace unos días, José Antonio Gómez Yáñez diagnosticaba la enfermedad institucional más grave que sufre España: la extensa politización de nuestras organizaciones públicas. Un ejército de individuos —que deben su cargo sobre todo al cultivo de relaciones personales y políticas— ha ido ocupando las capas superiores de nuestras instituciones públicas, desde el CGPJ a las cajas de ahorros, pasando por cualquier nivel administrativo, entidad, empresa u organismo público o semipúblico. Pero ¿por qué los gestores de entidades públicas no pueden ser directamente dependientes de aquellos que legítimamente han ganado las elecciones? ¿No forma parte la gestión pública del sano intercambio democrático?

No solo no forma parte, sino que la politización del sector público es uno de los factores que más claramente puede socavar la legitimidad de un sistema democrático. De los trabajos de pensadores como Alexis de Tocqueville, Woodrow Wilson o Max Weber cristalizó hace mucho tiempo en Occidente la idea de que es necesario trazar una línea clara de separación entre la política y la administración dentro de los aparatos estatales. Pero ha sido durante las dos últimas décadas cuando se han empezado a acumular estudios que muestran las bondades de establecer un cortafuegos entre la esfera política y la administrativa, entre el proceso de toma de decisiones (que se beneficia de la energía política) y el proceso de implementación de dichas decisiones (que se beneficia de la imparcialidad política). Aquellos gobiernos cuyas administraciones están menos politizadas prestan sus servicios de forma más eficiente y, a la vez, presentan niveles de corrupción significativamente más bajos.

Por el contrario, administraciones fuertemente politizadas, como la agencia federal para gestión de emergencias (FEMA), bajo el mandato de George W. Bush (que estaba dirigida por Michael Brown, cuya mayor experiencia de gestión se circunscribía a la Asociación Internacional del Caballo Árabe), tienden a ser altamente ineficientes, como atestigua la criticada actuación de la FEMA durante el desastre del huracán Katrina. En España la crisis ha puesto de manifiesto los costes de la politización en la pobre (y en algunos casos fraudulenta) gestión de varias instituciones en todos los poderes del Estado y paraEstado.

Los partidos colonizan la administración pública y la política está colonizada por administradores públicos.

Los problemas de la politización para la buena gestión pública están presentados de forma magnífica en uno de los libros más influyentes de los últimos años en ciencia de la administración: The politics of presidential appointments, de David E. Lewis. Como argumenta Lewis, el problema más serio no es tanto que las personas nombradas políticamente sean menos “capaces” que los funcionarios de carrera, aunque eso también se puede dar, claro. El problema principal es que la existencia de un número elevado de cargos que dependen de la confianza de sus superiores políticos genera incentivos negativos en todos los niveles organizativos. Los que están arriba no tienen ni el tiempo —las rotaciones directivas en entornos politizados son más elevadas que en administraciones no politizadas— ni los incentivos suficientes para invertir esfuerzos en adquirir los conocimientos adecuados para gestionar de forma eficiente el área bajo su dirección. Los que están abajo (y no pertenecen al partido o a la facción gobernante) carecen de incentivos para dar lo mejor de sí mismos e intentar progresar en la jerarquía organizativa. De esta forma, en lugar de una orientación hacia los resultados, cunde la desmoralización en la tropa y el cultivo de las relaciones políticas y personales entre los oficiales.

En resumen, creo que existen sólidos argumentos y evidencia de contextos muy diversos corroborando el diagnóstico de Gómez Yáñez: la politización es una “metástasis” que está dañado seriamente el quehacer de nuestras instituciones públicas, con lo que, para salir de esta, “España afronta algo más profundo que subir o bajar impuestos o prestaciones, requiere una radical reforma de su política e instituciones”. Sin embargo, discrepo de Gómez Yáñez en que el origen de esta enfermedad se encuentre en nuestros partidos políticos, el “núcleo de todo esto”, según su opinión. Quizás nuestros partidos no son ejemplares, pero no conozco país donde no exista una crítica al funcionamiento anti-democrático de los partidos políticos, sobre todo de los mayoritarios.

En mi opinión, la diferencia clave entre España y otros países —o, para ponerlo en términos más genéricos, entre los países desarrollados con aparatos estatales más politizados (como España, Grecia, Italia, Portugal, Francia o Bélgica) y los países desarrollados con administraciones más profesionalizadas (como Dinamarca, Suecia, Reino Unido, Nueva Zelanda, Canadá o Australia)— radica en el marco legislativo de su función pública. En primer lugar, las regulaciones en países como el nuestro admiten que un grueso número de niveles administrativos quede en manos de personal de confianza política. Por ejemplo, no tiene sentido que el gerente de un hospital sea elegido siguiendo un criterio político, como en muchas ocasiones han denunciado expertos en nuestro sector público como Francisco Longo. Es decir, sufrimos una fuerte politización “desde arriba”. Otros países, por el contrario, imponen límites al avance de la política en las estructuras administrativas usando diversos mecanismos, como la creación de una dirección pública profesional e independiente.

Aquí no existe mejor plataforma para entrar en la política profesional que ser funcionario.

En segundo lugar, padecemos también la denominada politización “desde abajo”; es decir, nuestros funcionarios pasan con enorme facilidad a desempeñar cargos de responsabilidad política. Se trata esta de una cuestión ausente del debate público. ¿Qué premios o castigos reciben aquellos empleados públicos que dan el salto a la carrera política? Las diferencias dentro del contexto de la OCDE son profundas. Por una parte, los países anglosajones y nórdicos (pero también otros con sectores públicos dinámicos, como Alemania o Corea) intentan separar las carreras profesionales de funcionarios y de políticos. De esta forma, los empleados públicos pueden volcar sus energías en la mejor manera de llevar a cabo sus actividades —en lugar de, por ejemplo, granjearse contactos personales con sus superiores políticos—. Estos países desincentivan el salto a la política imponiendo límites a las actividades políticas de los funcionarios y costes para aquellos empleados públicos que quieren regresar a la carrera funcionarial después de su aventura política.

Por el contrario, en los países del arco mediterráneo (pero también otros con conocidos problemas de clientelismo, como Austria, Bélgica, México o Japón) se admite una integración de las carreras funcionarial y política. El caso español es paradigmático: no solo no se penaliza a aquellos funcionarios que dan el salto a la política sino que… se les premia. Váyase tranquilo a hacer carrera política que, si no le sale bien, podrá volver a su puesto de trabajo cuando lo desee, porque se lo vamos a guardar a modo de confortable red protectora. Como consecuencia, en países como España no existe mejor plataforma para entrar en la política profesional que ser funcionario. Irónicamente, los empleados que deberían mantener una mayor neutralidad política y prestar los servicios públicos de la forma más imparcial posible son aquellos que tienen más facilidades —que ninguna otra profesión que se me ocurra— para hacer carrera política. Si se “meten en política” —entendiéndolo en el sentido más genérico posible— los funcionarios españoles no tienen nada que perder y mucho que ganar: un enorme abanico de cargos de designación política con mayor poder y mejor retribuidos que el suyo. Si la política es una lotería donde solo pueden ganar, es normal que muchos funcionarios decidan jugar.

Estas son, desde mi punto de vista, las causas de la “metástasis” institucional que sufre España. Una metástasis que se puede combatir con una medicina similar a la aplicada en los países que han frenado la politización y han logrado una separación más efectiva de las carreras profesionales de empleados públicos y políticos. Una medicación barata económicamente, pero costosa en términos políticos. Para empezar, la mayoría de ministros de nuestro Gobierno —y de nuestra élite política en general— son funcionarios. A pesar de vivir tiempos de sacrificios, resulta difícil que quieran poner límites a las futuras carreras políticas de sus correligionarios en los grandes cuerpos de la Administración pública. En definitiva, el problema de España no es solo que los partidos políticos hayan colonizado la Administración pública sino más bien que nuestra política está colonizada por administradores públicos. No es política lo que sobra en España, sino corporativismo.

Víctor Lapuente Giné es profesor en el Instituto para la Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo.

martes, 14 de agosto de 2012

De vuelta de Cazorla, de Lorca y de otras cosas.

Uno, que es tan único como los de más, se reduce a unas cuantas operaciones mecánicas: dormir, respirar, comer, cagar, trabajar y cobrar. Pero además también se ha ido cinco días a hacer esas labores -aunque el gobierno quiera quitarnos algunas- un poco más lejos, en la Sierra de Cazorla, en compañía de ratas, ciervos, avispas, moscardones, zorros, toros y jabalíes. Además se ha llevado a su loro, a su perro, a su familia entera, inclusa la suegra, junto a unos cuñados que andaban por ahí y al noviete de su hija, que es prima. Había que andar con cuidado de noche en la casa rural, por miedo a pisar entre tinieblas alguna panza durmiente en la cocina o a despabilar a algún pariente coercitivo que no da de sí ni el ronquido. En fin, flotamos a mil metros de altura en aguas de piscina azul como los ojos de un Bécquer, cerca de un hermoso pueblo llamado Quesada, que relumbraba como una llaga joyosa bajo la luz cenital del crepúsculo. La carretera era un sendero de cabras flanqueado de olivares y, los últimos cinco kilómetros, de abismos de miedo. La vegetación ocultaba hasta las murallas de un castillo, pero la casa estaba bien aislada y provista hasta de Internet. La altura nos daba dolor de cabeza; más allá estaba El Chorro, lugar donde uno se podía beber de un trago todo el Guadalquivir, que nace allí. También había ermitas de anacoretas y yerbajos de brujo que habrían encantado al propio Harry Potter.

Hasta las moscas duermen la siesta al mediodía en Andalucía, tras el cocido, por pura supervivencia; el sol te cae encima a esas horas de forma tan inclemente que hay que esconderse para no ser desollado. Es un asesino en serie, que mata con preferencia a viejos gordos o deshidratados como la mojama. Hay que verlo para creerlo.

Me aturde la famosa periodista Isabel Martínez Reverte, que intenta localizar a Daniel Eisenberg, porque está preparando un artículo para Abc sobre la famosa edición pirata de los Sonetos del amor oscuro. Yo le digo que está en la cárcel por unas cosillas y que no dejan ni al rabino que lo visite ni que se acerque a un ordenador a menos de cien metros; hasta para escribir le han dejado una máquina mecánica que, encima, es transparente, para ver si dentro lleva contrabando; lo sueltan en noviembre y le doy la dirección del penal de Nueva York donde tiene su oficina junto a cincuenta hermanitas de la caridad, advirtiéndole que se apresure antes de que le den mulé y que ponga remite, pues si no la censura no deja pasar ninguna carta. Luego me entero a través de amigos comunes de que le ha llegado la carta y que el artículo saldrá a fines de septiembre. Eso espero. Yo creo que el famoso amante albaceteño de Lorca estaba en el círculo de otro manchego también artista y amigo del poeta granadino, Gabriel García Maroto, que ya había estado en México. Por eso ambos amantes querían irse allí. Seguramente García Maroto sabía más de esa relación que ningún otro. Hasta los dibujos de Lorca notan un sensible parecido, quier que influencia, con los de Maroto. Maroto fue el que pagó e imprimió el segundo libro de Lorca, el Libro de poemas de 1921 (continuará)

sábado, 4 de agosto de 2012

Marilyn Monroe, mártir.

Hace cincuenta años, en 1962, murió MM un mes después que yo naciera y más o menos cuando se imprimía La naranja mecánica de Anthony Burgess.  Tanto como se ha dicho y apenas que era buena, tierna, generosa: una criatura benigna en un mundo maligno, algo que en su tiempo nadie supo ver salvo su exmarido y albacea, el beisbolista Joe di Maggio. Sabemos que fue desgraciada, muy bella, de ideas avanzadas, ignorante a su pesar, pero muy inteligente... y todo un talento, o más bien, una fuerza de la naturaleza como actriz: según Lee Strasberg, cuya opinión valía algo y aún sigue valiendo, sólo ella y Brando destacaban en el Actor's Studio. Ha sido muy analizada su mitificación, sus relaciones de pareja con destacados personajes de su tiempo, pero pocos conocen que siempre quiso tener hijos y una particularidad ginecológica se lo impidió; que fue violada a los nueve años, que su madre fue una maniacodepresiva grave y que nunca pudo tener una infancia normal, dada en acogida de casa en casa, siempre en familias humildes sin apenas nada que llevarse a la boca. Y, sin embargo, pese a esas condicionantes, fue la persona menos rencorosa del mundo y nadie ha podido referir de ella ni un solo gesto de maldad consciente o inconsciente, y sí en todo caso una gran pulsión y deseo por ser feliz o, más bien, hacer felices a los demás, a pesar del trastorno que generaron en ella sus genes nerviosos y su educación disruptiva. Es lo que siempre deseó: anular su yo para ser para los demás la otra que había imaginado y habría de enterrarla. En sus memorias queda patente ese deseo de autosacrificio y autonacimiento. De ahí su gran talento como actriz, de ahí también su supuesto suicidio/muerte, de ahí el unánime desprecio que suscitó entre los amantes y consumidores fogosos de su cuerpo quemado por dentro, que no pudieron soportar su tremenda patología border-line más de lo que lo soporta una mariposa abrasada en la llama de la vela a la que se acerca. Tengo para mí que no quiso morir, sino cambiar un mundo por otro mejor y sencillamente se apagó como una vela: la Fénix logró morir. Era muy tentador dormirse cada vez más profundamente para no levantarse otra vez y darse en pedazos a un escenario tan cruel y fatigoso como este; de manera que se durmió una vez tan profundamente en su rectángulo de technicolor que no despertó ni siquiera a los flechazos de los fotógrafos de su noche eterna. La mitificación (163 millones de entradas cuenta Google sobre ella) que sufrió después se debe a que en ella la forma se ha unido al contenido: por una vez en la historia, la cara, el cuerpo, fue el espejo del alma. MM resulta así ser un objeto tan puro, denso y cristalizado como un diamante; aunque ser un diamante, así lo muestra su caso, no es lo mejor para una chica, muy al contrario de lo que cantaba.

viernes, 3 de agosto de 2012

Faulkner


Rodrigo Fresán, "Cincuenta años sin William Faulkner", en Abc Cultural 01/06/2012:

«Entre el whisky y la nada, me quedo con el whisky», dijo. Pero se quedó con la literatura. Medio siglo después de su muerte, William Faulkner, amado y odiado, resiste. ¿Cómo empezar? ¿Por dónde? Tal vez a la manera de cualquiera de esas muchas biopics que prefieren arrancar por el final. Y allá va y aquí viene hacia nosotros William Cuthbert Faulkner, nacido como Falkner y «corregido» para la Historia por el acierto de una errata en su hoja de enrolamiento de la Royal Flying Corps. Acercándose al galope –con sesenta y cuatro años, hace medio siglo– y montando un caballo que, de pronto y sin aviso, lo arroja por última vez sobre un camino de tierra del Mississippi. Y de ahí –ya nunca repuesto del todo– a un lecho de hospital y a un fulminante ataque cardiaco el 6 de julio de 1962.

O mejor con un abanico de fotos –acaso extraídas de la monumental biografía que le erigió Joseph Blotner– que lo muestran, por orden cronológico: nacido en 1897 como hijo de ese profundo Sur «que solo pueden entender los que nacieron allí»; como estudiante perezoso y lento; como aviador que se queda sin guerra donde volar; como poeta frustrado que se resigna a la prosa; como escritor más secreto que olvidado al que Sherwood Anderson ayuda a debutar con la condición de no tener que leer su manuscrito; como guionista ebrio («Entre el whisky y la nada, me quedo con el whisky», sonríe a cámara) languideciendo en Hollywood, poniendo frases en boca de Humphrey Bogart en Tener y no tener y El sueño eterno y preguntándole a Howard Hawks si puede hacer hablar al monarca egipcio de Tierra de faraones «como si fuese un coronel de Kentucky»; como figura de culto en Europa donde Sartre afirma que, para los jóvenes de Francia, «Faulkner c’est un dieu» y donde Albert Camus celebra «su calor y su polvo»; como estrella descatalogada y redescubierta para los suyos con la edición de la antológica antología The Portable Faulkner que ordena en 1946 al genio con genio cortesía de Malcolm Cowley; como ese hombre que prefiere considerarse más granjero que escritor y que pronuncia uno de los más breves e intensos y mejores discursos de aceptación del Nobel.

Vender sin venderse

Quizás mejor estudiar a fondo ese mapa del imaginado pero verdadero condado de Yoknapatawpha de puño y trazo y letras de su creador, así como los frondosos árboles dinásticos de los Snopes, de los Compson, de los Sartoris y de los Sutpen.

O, sin más demora, ir directo a la obra. Veintiuna novelas, tres libros de cuentos, dos de poemas y numerosas recopilaciones póstumas. Arrancar con las más «fáciles» La paga de los soldados, Mosquitos (donde aparece un borracho de nombre William Faulkner que no deja de mirar fijo a toda mujer que pasa por ahí) o Pilón. O adentrarse en esa tormenta noir escrita –en tres semanas frenéticas– para vender, sin por eso venderse, que es Santuario. O mojarse los pies en relatos cortos y amplios como «Una rosa para Emily» o «El oso».

O, seamos valientes, respirar profundo y zambullirse en el riada de ¡Absalón, Absalón! –publicada el mismo año que otra alucinación sureña: Lo que el viento se llevó, que se hizo con el Pulitzer– y en su primera oración de doce líneas, que incluye paréntesis y guiones, para llegar a la otra orilla, felizmente extenuados, cambiados para siempre, descubriendo maravillados que hemos aprendido a respirar y a leer bajo del agua.

«Si pudiese volver a escribir mi obra lo haría mucho mejor», reconoció
¿Y de dónde viene Faulkner, alguien que, según Italo Calvino, «pone toda la carne en el asador y monta tragedias cósmicas que ríase usted de Sófocles»? Hoy está asumido que –considerado Faulkner como uno de los tres ángulos sobre los que se apoya toda la literatura Made in USA del siglo XX– la cosa se organiza más o menos así: Hemingway sale de Twain, Scott Fitzgerald se apoya en Hawthorne y en Henry James, y Faulkner surge de Melville pero, enseguida, agrega más ingredientes al espeso potaje. Receta que se cuece a fuego lento y que desglosó J. M. Coetzee, quien considera a Faulkner «uno de los innovadores más radicales en la historia de las letras estadounidenses». A saber: «Swinburne y Housman y tres novelistas que dieron vida a mundos imaginarios lo suficientemente vívidos y coherentes como para suplantar al real: Balzac, Dickens y Conrad. Añádase a lo anterior una familiaridad con las cadencias del Viejo Testamento, Shakespeare y Moby Dick, y, pocos años después, un veloz estudio de sus mayores y contemporáneos como T. S. Eliot y James Joyce, y el joven Bill Faulkner ya estaba listo y armado». Y, me parece, Coetzee olvida a Proust y sus digresiones flotando a través de años y espacios. «¡Era esto!», exclama Faulkner al leer al francés y descubrir «el libro que más me hubiera gustado escribir».

Pasiones tras las cortinas

Enseguida –y eso es lo que diferencia a los inmensos de los apenas grandes– todas las posibles influencias se funden en algo único y original. Y gótico sureño: dinastías en caída, libre flujo de conciencia, tiempo suspendido, ardiente bourbon marca Old Crow y embriagante perfume de glicinas, cortinas corridas y pasiones desatadas, silencios profundos y arengas inflamables, blancos y negros; y todo eso, hasta el fin de todas las cosas de ese mundo.

«Difícilmente podrá culparse al crítico si algún imperativo categórico que aún persiste en la condición humana (incluso en nuestros días) le obliga a situar a esta obra en un lugar elevado entre las obras mediocres», concluyó en 1930 del suplemento de libros de The New York Times refiriéndose a Mientras agonizo. «La novela más consistentemente aburrida de la última década», dictaminó The New Yorker sobre ¡Absalón, Absalón!

Sin su influencia no habría habido novela moderna en Iberoamérica
Posiblemente –aunque más de uno lo piense– nadie se atrevería hoy a poner algo así por escrito. Pero también es cierto que el trato que se continúa dando a Faulkner es siempre ambiguo. Faulkner es materia volátil, sustancia que no debe agitarse demasiado antes de su uso, virus altamente contagioso. Se reconoce su grandeza pero, siempre, con cautas contraindicaciones y posibles efecto residuales. Así, es bien conocida su respuesta en la entrevista de The Paris Review de 1956 donde –aunque ya nobelizado y supuestamente incuestionable– todavía se le pide una sugerencia para aquellos «que no entienden lo que escribe incluso después de leerlo dos o tres veces». Faulkner recomienda: «Que lo lean cuatro veces».

La percepción de Faulkner –quien, más allá de esconderse mal tras la transparente máscara de un ignorante, lo leía todo y hasta tuvo tiempo de dedicar un elogio a Salinger– entre sus colegas titanes fue, en principio, variada. Nabokov lo reduce a «imposibles estruendos bíblicos». Thomas Mann, leyendo Una fábula, la encuentra «un poco barata y fácil», pero destaca su conocimiento de la vida militar. Borges –quien lo traduce y lo alaba en público– firma en 1937 una reseña que abre calificándolo de «aparición tremenda» y cierra con un «¡Absalón, Absalón! es equiparable a El ruido y la furia. No sé de un elogio mayor» –en privado y para oídos de Bioy, desdeña su «acumulación de atrocidades» e ironiza finalmente con un: «Si el carácter shakesperiano fuera la mayor excelencia literaria, Faulkner sería el más grande escritor de nuestros días». Y Burguess advirtió que «rimbombante y difícil como es, Faulkner justifica el esfuerzo».

Un «beatnik» más

Más crueles –cabía esperarlo, por el reflejo casi automático de matar al padre– fueron sus inmediatos descendientes nacidos en la misma y sureña patria chica. Carson McCullers –a quien Faulkner llamaría «mi hija»– juntaría coraje con un: «Tengo más cosas que decir que Hemingway y, Dios lo sabe, lo digo mejor que Faulkner». Flannery O’Connor –Faulkner alabó su Sangre sabia– confesó: «Ni intento acercarme a él para que mi pequeño bote no se empantane». Katherine Ann Porter lo describió como «un viejo gallo de pelea que ya cansa con esa postura de anti-intelectual y anti-literato».

William Styron –quien cubrió el funeral del maestro como «una muerte que nos disminuye»– aseguró que «Faulkner no ayuda lo suficiente al lector. Estoy a favor de su complejidad pero no de su confusión… Triunfa a pesar de sí mismo en El ruido y la furia, pero es demasiado intenso durante demasiado tiempo». Eudora Welty: «Es como una gran montaña en tu vecindario. Es bueno saber que está ahí, pero no te ayuda en nada con tu trabajo». Y Truman Capote –quien admitió que Luz en agosto era una obra sin par– dijo no ser un gran admirador suyo porque «es imprudente, muy confuso, y no tiene control alguno sobre lo que hace», para después lanzar risitas revelando la afición a las ninfas del viejo jinete.

«¡Era esto!», exclamó Faulkner al leer al francés a Proust

Menos problemas tuvieron con él los que vinieron después y siguieron su estela. ¿Posibles nombres de sureños o no, pero todos tejedores de frases largas y sinuosas? Malcolm Lowry, William Goyen, Harold Brodkey, Barry Hannah, Allan Gurganus, James Dickey, Robert Penn Warren, Jayne Anne Phillips, Cormac McCarthy, Walter Percy, Denis Johnson, Rick Moody, David Foster Wallace, Brad Watson. Y, también, destellos de Faulkner en el movimiento perpetuo de los beatniks («el único hombre vivo que escribe realmente como nosotros es Faulkner», le escribe Allen Ginsberg a Jack Kerouac), y en las canciones pantanosas de REM y de Jim White, y en los relámpagos de Bob Dylan, quien, en 1964, viajó a Oxford, Mississippi, para ver a Faulkner y, aunque no lo encontró, regresó de ese viaje electrizado.

«Nunca llegaré a conocerlo»

Nadie vuelve a ser el que era después de Faulkner. Así, el muy faulkneriano Rushdie certifica su influencia en la India y en África. Y, por supuesto, en nuestro idioma. En Latinoamérica (para García Márquez, El villorrio es «la mejor novela suramericana jamás escrita»). Y en España, donde Juan Benet lo abrazó con: «Es el escritor que más he admirado, el que más he leído, es una constante en mi vida, me ha influido como el cielo que me ha visto nacer o como el mismo lenguaje… No dejaré de leerlo nunca, para mi propio estímulo, en los años que me queden de vida. Y por eso nunca llegaré a conocerlo»; Javier Marías considera que «cualquiera que tenga curiosidad por la novela del siglo XX en cualquier idioma tiene la obligación de leer a William Faulkner»); y otros paladines como Muñoz Molina, Gándara y Guelbenzu se suman a la fiesta.

Faulkner llega pronto a nosotros. Comienza a traducirse ya a principios de los años 30 (lo primero es el relato «Todos los pilotos muertos» en Revista de Occidente, y enseguida Santuario en versión del cubano Lino Novás Calvo, autor de Pedro Blanco, el Negrero) y puede entendérselo como un autor más del boom o, mejor, como el autor del boom. Así, Comala y Macondo y Piura y Santa María como suburbios de Yoknapatawpha.

«Que me lean cuatro veces», les recomendó el escritor a sus detractores
La prosa y la técnica y la temática encienden la mecha del big bang y dan el disparo de salida en las carreras de Gabriel García Márquez («Ahora sé que solo la técnica de Faulkner me permitió a mí escribir lo que veía»), Mario Vargas Llosa («Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina») y Carlos Fuentes («Faulkner reúne todos los tiempos de sus personajes en el presente narrativo»), así como en figuras satelitales como Cabrera Infante, Sábato, Rulfo, Carpentier, Saer, Roa Bastos («Todos pasamos por la casa de Faulkner») y Reynaldo Arenas: «Todo el tiempo leyendo y releyendo a Faulkner». Y, muy especialmente, en Juan Carlos Onetti, quien, escribiendo la necrológica del que consideraba su maestro, empezaba a evocarlo así: «Estuvo toda su vida inmerso como nadie en la literatura, aún desde los años en que ni siquiera soñaba con escribir». Por esos días, un joven Ricardo Piglia leía a Faulkner con la misma fe con que Faulkner leyó el Ulises: «La lectura de Faulkner es uno de los grandes acontecimientos de mi vida».

Y desde ahí, de nuevo, al principio de Faulkner como tercer ángulo de una tríada de reyes magos compuesta también por Fitzgerald (y su escritura «con la autoridad del fracaso») y Hemingway (defensor al ataque de eso de la «gracia bajo presión»). ¿Quién es el mejor de ellos? Fitzgerald admiraba a Faulkner y su «país grotesco y pintoresco» desde la prudente distancia de otro estilo, intereses y latitud; pero Hemingway –insufrible maniático perseguidor que sufría de manía persecutoria– siempre lo consideró rival peligroso, pensaba que Faulkner era el mejor cuando se emborrachaba, y lo «desafió» en numerosas ocasiones, llegando a burlarse de su condado de «Octanawhoopoo» o «Anomatopeio». «Todo lo que se necesita para escribir como él lo hace es un cuarto de whisky, el suelo de un granero y un total desprecio por la sintaxis», apuntó.

Fue Richard Ford –otro caballero sureño– quien, en 1983, celebró a los tres colosos, repartió elogios, y se arriesgó a un «Faulkner, por supuesto, fue el mejor de los tres y el mejor que haya escrito ficción norteamericana en el siglo XX».

Recipiente de los dioses

Para decirlo en palabras del propio Faulkner cerca de sus cincuenta años, y en un raro rapto de orgullo: «Ahora soy conciente por primera vez del asombroso don que me fue conferido: sin ninguna educación formal y sin haber contado con personas educadas y mucho menos interesadas por la literatura, a pesar de ello, llegué hasta donde me encuentro hoy. No tengo idea de dónde me vino esa capacidad o qué dios o dioses me escogieron para ser su recipiente».

¿Cómo finalizar? Para terminar, lo que mejor toca y corresponde es despedirse por un rato de Faulkner (y no esperar hasta la próxima efeméride redonda) con sus propios dichos, que, además de ingeniosos y certeros, hacen de él un gran ejemplo, una figura inimitable, una cima inalcanzable pero que, aún así, digan lo que digan sus compañeros, puede enseñarnos tantas cosas.

«¿La inspiración? He oído hablar de ella, pero no la he visto nunca», dijo
Pensemos entonces en Faulkner –quien nunca dejó de construir su propio universo, aunque pareciera tener al universo de los otros en su contra; alguien que jamás leyó a Freud por considerarlo innecesario y «porque tampoco lo leyó Shakespeare», pero que no dejaba pasar año sin volver al Quijote– y que recomendó: «Lee, lee, lee. Lee de todo: basura, clásicos, a los buenos y a los malos, hasta ver cómo es que lo hicieron. ¡Lee! Acabarás absorbiéndolo. Y entonces, escribe».

Faulkner como el sintetizador de la fórmula secreta, fácil de teorizar y difícil de poner en práctica de su oficio, con un «99 por ciento de talento... 99 por ciento de disciplina... 99 por ciento de trabajo… ¿La inspiración? No sé nada sobre la inspiración. Porque no sé qué es; he oído hablar de ella pero no la he visto nunca… El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo».

El buitre y el lobo

Faulkner entendía la literatura como algo «equiparable a lo que hace una cerilla en el centro de la noche y en mitad del campo», que nos hace conscientes de la oscuridad que nos rodea. Ya cerca del final, admitía que «si pudiese volver a escribir mi obra lo haría mucho mejor, y ese el mejor estado en el que puede hallarse un artista».

Faulkner como aquel que deseaba reencarnarse en un buitre porque «nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo desea, ni lo necesita; jamás lo molestan y nunca está en peligro; además, le mete el diente a cualquier cosa»; como aquel que recomendaba aullar a solas porque «los escritores que necesitan juntarse recuerdan a esos lobos que solo son lobos cuando van en manada, pero a solas, no son más que otro perro del montón».

Hemingway se burlaba de su condado de Octanawhoopoo Anomatopeio
Al final, cuando todo estuviera consumado, su único deseo era el objetivo último de un epitafio donde se resumiera «la historia de mi vida como Escribió libros y murió». Y –mientras no agoniza, mientras sobrevive en la creencia de que, como le explicó el 10 de diciembre de 1950 a un efímero rey sueco, el hombre prevalecerá– recordarlo siempre, no olvidarlo jamás, escribirlo en el reverso de una postal y pegarle ese sello de veintidós centavos que lleva su rostro: «El pasado nunca muere. Ni siquiera ha pasado».

Y –como apuntó al final de su genealogía sobre los Compson–, todo viene de y va a dar a un verbo inglés que bien puede ser, también, en tiempos en los que cada vez cuesta más concentrarse en algo que supere los ciento cuarenta caracteres, una última pero definitiva instrucción para esos lectores fáciles a los que él siempre se les hizo difícil: endure. O sea: resistir, aguantar, soportar, durar, permanecer. Como Faulkner.

Las Olimpiadas de la Idiotez

Hay quien dice que el deporte, esa supervivencia  decimonónica del darwinismo, sublima la guerra, esto es, mejora la más antigua de las relaciones internacionales, forma extrema de maléfica anomia y disensión, y crea cohesión social. Adecenta un salvajismo, pero a mí no me parece sino un rito semejante al de los ciervos que se parten los cuernos sólo para dirimir quién es el macho alfa. Una forma de definir al hombre como una especie jerárquica que habita en rebaños o equipos llamados ciudades. Y, ¿por encima del deporte, de sus cuerpos danone y almas light, qué hay, que habrá? ¿La máquina, el cyborg, la eugenesia, el rediseño genético, la supervivencia del más vendedor de camisetas, el transhumanismo, las drogas, los Juegos reunidos Geyper? No es extraño que Heráclito el Oscuro dijera que la guerra es padre de todo, porque ese Todo no tiene madre y es hijoputa; dramático y dialéctico que era, el muy efesio; veía que de la paz no salía nada de nada, que es fin y no principio. Que la paz es impotencia estéril. "Nada nace de la nada, nada vuelve a la nada", Lucrecio dixit, reformulando a algunos presocráticos. Más que la guerra, Heráclito podría haber sido Goethe y haber dicho "la acción".

Pero el deporte tal como lo consideran las sociedades en la actualidad me parece algo tan dañoso como el patriotismo, el nacionalismo y todas esas mascarillas de identidad que intentan vendernos a los que solamente somos hombres vulgares y corrientes que nacemos iguales y en pelotas antes de heredar tanta mentirijilla cultural y aldeana y tanta pintura y ropa puesta. ¿Qué reporta, aporta o comporta el que deporta? ¿Y qué importa? Hacen del deporte un negocio, una vida entera, una profesión para inútiles, un sacerdocio, un destino estéril que no hace al hombre, por más que digan, más hombre de lo que es, sino sólo un espectáculo. Se pretende que da al cuerpo salud, pero muchos deportistas terminan enfermos por abusar de su cuerpo o llegan a abusar de las drogas con ese pretexto; nunca se alcanza el famoso estado de forma perfecto, así que en realidad constituye una de las formas más famosas de perder el tiempo y perder el alma a cambio de ganar cuerpo y, para algunos, constituye una adicción o una forma de evitar usar la cabeza o pensar sobre el entorno cercano o lejano de gente que no quiere vencer a otra cosa que a sus problemas, nada deportivos, en general; el deporte exime de leer, de fundar familias o empresas o de investigar; a veces es incluso un mero esnobismo de camiseta, zapatilla y pin, como las dietas milagro, un pretexto para hacer negocio en el tercer mundo. Los y las habitantes de los gimnasios no suelen ser personitas agradables ni de clase baja. Una vida consagrada solamente al deporte parece una vida malgastada y plana. En uno de los Diálogos de los muertos de Luciano de Samosata, Hermes va apartando de la barca de Caronte a los muertos demasiado pesados que pueden hacer zozobrar el misérrimo navío; los ricos porque vienen cargados de oro, propiedades y hasta la gigantesca tumba que les construyen; los tiranos de soberbia y de crímenes; los soldados de armas y jactancia, los filósofos de barbas, mentiras y pensamientos intrincados y ridículos... y los deportistas, que aparentan estar en cueros, también están cargados de trofeos, de músculos y carnes, de drogas, de aclamaciones y de vanidad. Solamente los cínicos pueden pasar, porque traen buen humor y ligereza, todas ellas cosas poco pesadas y útiles para el viaje. ¿Y para qué es útil el deporte? Por ejemplo, el fútbol, uno que consiste fundamentalmente en dar patadas para elucidar algo tan imbécil que igual podría decirlo una bola de cuero como otra de cristal. El deporte es sólo un aspecto más del gran Nihilismo de estos tiempos: una forma de alienar o cosificar al ser humano, de reificarlo, de darle un sentido falso a una vida que se contempla como falta de sentido. Y el deporte no es una respuesta válida, o tanto como esa olimpiada de la idiotez, congreso anual de bobos provinciales del 31 de junio, llamada Pandorga.

domingo, 29 de julio de 2012

El neurólogo que se transformó en un personaje de videojuego

Especulo con qué le haya podido pasar a ese espécimen llamado James Holmes para que le haga feliz ir por ahí matando gente bajo una careta y vestido como un soldadito de juguete en vez de desmenuzar sistemas nerviosos de manera más constructiva. Por demás, la escena no recuerda tanto a la de la película del quiróptero como al comienzo de Scream II, como todo cinéfilo apercibirá al momento. Lo puedo explicar así: ha sido alienado y deshumanizado por la "sociedad" norteamericana hasta que la soledad ha completado su trabajo de cosificación y lo ha transformado en un personaje de videojuego, una ficción plana o de primer grado, de maniqueos y elementales sentimientos, si es que se le pueden llamar así y no pulsiones. Un malo de historieta o de película mala. Ha bastado un simple aislamiento y un fracaso en un examen para que el producto estuviera listo y acabado, hasta en su apariencia física, que evoca con su violento color anaranjado en el pelo ese personaje monocromo y esquemático la línea clara que ha dejado atrás la complejidad de lo humano y los matices del alma por la superioridad de lo simplote. Incluso resulta simbólico que abrir la puerta de su casa, de su interior, de su vacío existencial pudiera provocar una explosión dañosa para los demás.

Ahora, desde la puerta de su celda, Holmes escupe a los guardas para entretenerse y estos se ponen otra careta para defenderse de las salpicaduras.

Cine, teatro, series.

Parece ser, amigos y amigas, por lo que voy leyendo por ahí, que el Prometheus de Ridley Scott no defrauda. Espero verlo el tres de agosto. En el canal digital clásico de la Metro he disfrutado muchísimo Two for the seesaw (1962), que horrorosamente reformularon como Cualquier día en cualquier esquina, de Robert Wise, con unas interpretaciones memorables de Robert Mitchum y Shirley McLaine. Se le nota el origen teatral, una pieza bien dialogada de William Gibson, (no el novelista friki, sino el dramaturgo autor de otras memorables como El milagro de Ana Sullivan) Ha sido todo un descubrimiento, una película que trata solamente sobre una relación amorosa honesta y sincera entre dos personas realmente humanas y zarandeadas por la vida, que no se engañan por nada y se analizan cruda, dura y visceralmente, pero con algo más que amor, inteligencia y comprensión. Una película para maduros y maduras, en blanco y negro, con una penetración muy parecida a la de Bergman antes de sus sañudas disecciones de parejas burguesas de fin de siglo. 

En Almagro he visto En la vida todo es verdad y todo es mentira, de Pedro Calderón de la Barca, por el Centro Dramático Nacional. Una obra de las mejores suyas, con los típicos conflictos edípicos de Calderón llevados a su paroxismo en el desquiciamiento del emperador bizantino Phocas, al que le es imposible distinguir apariencia y realidad, no sólo en el plano filosófico del desengaño barroco, sino en lo que toca a su hijo y heredero del hijo de su enemigo y futuro vengador, verdadero nudo de la obra: ¿Heraclio o Leonido? Ni siquiera el mago Lisipo logra despejar la patológica inseguridad del tirano Phocas. Luego está la cuestión política debatida en trastienda entre maquiavelismo o razón de estado y probabilismo o humanismo cristiano. La obra está llena de simetrías, contrastes, esquizofrenias, juegos escénicos, retórica, magia, músicas, alegoría, símbolos, lirismo. He disfrutado muchísimo, a pesar de las leves extravagancias de la puesta en escena moderna de Ernesto Caballero (ese oso polar en escena que recuerda a Perdidos, por ejemplo).

En series poco puede uno ver actualmente con algún interés: solamente Torchwood.

Sátiras sobre el idioma castellano



IDIOMA NACIONAL


Con empeño necio y vano
y una ignorancia supina,
dice el español ufano
que conserva la Argentina
el idioma castellano.

Yo digo que para hacer
tan errónea afirmación,
cuyo valor se va a ver,
precísase conocer
la lengua de esta nación.

Es la argentina una extraña
lengua, que toma, amaña
de cien idiomas: yo opino
que tiene tanto de España,
como del ruso y del chino.

Como con afirmaciones
rotundas no se demuestra
nada, apoyo mis razones
dando al punto como muestra
un centenar de botones.

Sin previa preparación,
¿quién adivinar podría
que aquí es sandia la sandía,
que es salame el salchichón,
ni que es chaucha la judía?

¿Y quien que no esté iniciado
hallará el significado
de las que aquí apunto:
choclo, cívico, quinado,
alverjas, poroto y unto? 

Las voces de uso corriente
las han trocado hábilmente,
armando un lindo ciempiés.
Dí, lector, todo al revés,
y hablarás como esta gente.

Llama al abrigo tapado,
y por faldas dí polleras;
los sombreros son galeras,
y ¡oh, indignación! han llamado
pavas a las cafeteras.

Pedido es la petición
un sirviente es un mucamo,
se llama patrón al amo,
y todos dicen reclamo
por decir reclamación.

A todo el mundo se ve
usar y abusar del che;
en vez de tú, dicen vos,
y aun es más curioso que
se diga ¡chao! por ¡adiós!

Un golfo es un atorrante;
mas si atorra un elegante,
se dice que es patotero
o farrista o bochinchero.
(El tipo abunda bastante.)

Hacen de la población
cuadras de igual extensión,
para que cada cual viva,
sin advertir la alusión,
en su cuadra respectiva.

Otras palabras: diarista,
galpón, pito, ascensorista,
pucho, balanceador,
calote, educacionista,
tambo, chacra y changador.

Todo lo que causa agrado
dicen que es lindo o es chiche;
llaman sonso al abobado,
un tenducho es un boliche,
y un conscripto es un soldado.

El mundo que triunfa y priva
se llama la gente bien,
mujer es voz despectiva,
y palabrota ofensiva
es individuo también.

Un anuncio es un aviso,
occiso un asesinado,
y distinguen con cuidado,
diciéndonos si fue occiso
con talero o baleado.

Dicen venite y salite,
por no decir ven y sal,
y, con desacierto igual,
la gente más fina omite
la sílaba del final.

Y dicen vení y salí,
o bien ¡espianta de ahí!
(pues todo es la misma cosa.)
También es frase curiosa
y típica: ¡A mí, maní!

El agua de Seltz es soda,
dicen ajuntar y ajunte,
rico tipo es voz de moda,
y al pavo o al que incomoda
no se le lleva el apunte.

El sentido han trastocado
al sustantivo recado,
y hasta al adverbio recién
y, en fin, ¡el colmo! han llamado
al petróleo kerosén.

Dan sentido singular
a voces que han pervertido,
y así dicen trepidar,
ubicación y pedido,
vincularse y auspiciar.

Otro colmo que delata
bien que esta lengua insensata
la enreda el mismo Luzbel:
todo el dinero es papel
y ha de decir que es plata.

Siempre se dice en inglés
tranway, stud y motorman,
dicen usina en francés,
y hay frases en portugués,
y giros en alemán.

Del italiano no hablemos,
pues no hay dialecto italiano
que en la Argentina ignoremos;
se barre en napolitano
y en siciliano bebemos.

Va la lengua castellana
tan mezclada a la italiana,
que grandes y chiquitines
parecemos cherubines
del dúo de La Africana,

pues, decimos ma por pero,
farabuti (hombre grosero),
y en las fondas y figones
reemplazan los macarrones
al archiespañol puchero.

El que se marcha de un lado
es que se manda a mudar,
ir de juerga es farrear,
tomarse estar embriagado
y hacer el oso, afilar.

Desde ya es un desatino
que a cada paso se mete
al hablar. Tampoco atino
por qué dirá el argentino
es al ñudo o al cohete.

Es la calva la pelada
una suerte, una bolada,
al pedir llaman pechazo,
una biaba es un trompazo
y se estrila el que se enfada.

Otro dislate inaudito:
irse a lo de Fulanito,
donde el lo es casa a su modo...
dicen Juancito y pancito,
para decirlo mal todo.

¿Cómo no? es afirmación,
aunque a nada compromete.
¡qué esperanza! es negación,
y es chocante admiración
¡La gran flauta! o ¡La gran siete!

Dicen banca, fondo, chata,
y sindicar y ocurrir
y, en fin, ¡basta! ¿A qué seguir?
¿Quién es capaz de escribir
cuanto aquí se disparata?

Es lo apuntado un sumario
económico, usuario,
y que sin embargo, basta
a indicar el Diccionario
que en la Argentina se gasta.

Y hago el resumen por si...
pruebo a España que es macana
pensar que hablamos aquí
una lengua que es hermana
de la que usamos allí.


Miguel Gil de Oto (Miguel Toledano), 1870



Pablo Parellada, El IDIOMA CASTELLANO

Señores: Un servidor,
Pedro Pérez Paticola,
cual la Academia Española
“Limpia, Fija y da Esplendor”.
Pero yo lo hago mejor
y no por ganas de hablar,
pues les voy a demostrar
que es preciso meter mano
al Idioma castellano,
donde hay mucho que arreglar.


¿Me quieren decir por qué,
en tamaño y en esencia,
hay esa gran diferencia
entre un buque y un buqué?
¿Por el acento? Pues yo,
por esa insignificancia,
no concibo la distancia
de presidio a presidió
ni de tomas a Tomás,
ni de topo al que topó,

de un paleto a un paletó,
ni de colas a Colás.


Mas dejemos el acento,
que convierte, como ves,
las ingles en un inglés,
y pasemos a otro cuento.


¿A ustedes no les asombra
que diciendo rico y rica,
majo y maja, chico y chica,
no digamos hombre y hombra?
Y la frase tan oída
del marido y la mujer,
¿por qué no tiene que ser
el marido y la marida?
Por eso, no encuentro mal
si alguno me dice cuala,
como decimos Pascuala,
femenino de Pascual.


El sexo a hablar nos obliga
a cada cual como digo:
si es hombre, me voy contigo;
si es mujer, me voy contiga.


¿Puede darse, en general,
al pasar del masculino
a su nombre femenino
nada más irracional?
La hembra del cazo es caza,
la del velo es una vela,
la del suelo es una suela
y la del plazo, una plaza;
la del correo, correa;
del mus, musa; del can, cana;
del mes, mesa; del pan, pana
y del jaleo, jalea.


¿Por qué llamamos tortero
al que elabora una torta
y al sastre, que ternos corta,
no le llamamos ternero?
¿Por qué las Josefas son
por Pepitas conocidas,
como si fuesen salidas
de las tripas de un melón?
¿Por qué el de Cuenca no es cuenco,
bodoque el que va de boda,
y a los que árboles podan
no se les llama podencos?


¡Y no habrá quien no conciba
que llamarle firmamento
al cielo, es un esperpento!
¿Quién va a firmar allá arriba?
¿Es posible que persona
alguna acepte el criterio
de llamarle Monasterio
donde no hay ninguna mona?
¿Y no es tremenda gansada
en los teatros, que sea
denominada “platea”
donde no platea nada?


Si el que bebe es bebedor
y el sitio es el bebedero,
a lo que hoy es comedor
hay que llamar comedero.
Comedor será quien coma,
como bebedor quien bebe;
de esta manera se debe
modificar el idioma.


¿A vuestro oído no admira,
lo mismo que yo lo admiro,
que quien descerraja un tiro,
dispara, pero no tira?
Este verbo y otros mil
en nuestro idioma son barro;
tira, el que tira de un carro,
no el que dispara un fusil.
De largo sacan largueza
en lugar de larguedad,
y de corto, cortedad
en vez de sacar corteza.
De igual manera me aquejo
de ver que un libro es un tomo;
será tomo, si lo tomo,
y si no lo tomo, un dejo.


Si se le llama mirón
al que está mirando mucho,
cuando mucho ladre un chucho
se le llamará ladrón.
Porque la sílaba “on”
indica aumento, y extraño
que a un ramo de gran tamaño
no se le llame Ramón.
Y, por la misma razón,
si los que estáis escuchando
un gran rato estáis pasando,
estáis pasando un ratón.


Y sobra para quedar
convencido el más profano,
que el idioma castellano
tiene mucho que arreglar.
Con que basta ya de historias
y, si al terminar me dais
dos palmadas, no temáis
porque os llame palmatorias.

jueves, 26 de julio de 2012

Amor, marca registrada

Uno, pronombrote usuado en mis escritos, querría, debería y hasta podría quizá definir el amor si hemos de ser modales y no sólo aspectuales, ya que sobre su consideración de perfectivo o imperfectivo hay más dudas que sobre su carácter transitivo o copulativo; incluso hay quien lo considere intransitivo, en su forma verbal, porque oral es otra cosa y nominal ni siquiera es, si poderse dijese, un suponer. Por otra parte, en un primer momento, ante este adminículo palabral se piensa en una marca de condones o una variedad de pegamento formado por oxitocina, dopamina y finilananina, o incluso un tipo más, en cabuyería, de amarres y sujecciones, vulgo nudos, hechos con sogas, que se deshace con desnudos. Más ortodoxigenado, el amor es un tipo de religión o religamiento falible, relío o paquete para mayor claridad, sancionado a vecindades por una denominación de origen sacro-ilíaca y bendecida con algún trago, tango o trance contractual. En una mesa comisoria se deposita algo así como dote un confite blanco de merengue o azúcar, que es un traje de novia con mujer interior, adláter o aledaño a un indiviso beodo y confuso vestido al último luto, arbitral, pero sin calzón corto ni pelotoide.