miércoles, 22 de mayo de 2013

La voluntad

En España los mendigos piden "la voluntad", no precisamente la novela de Azorín, sino algo que escasea más que el dinero en el país de vuelva usted mañana. Estamos volviendo al pasado una y otra vez, y la abulia o irresolución es algo típico y cantado como propio de los españoles desde Séneca, ese vicioso de la virtud. La voluntad, o digamos mejor su cara beneficiosa y opuesta a la contumacia, la constancia, siempre ha escaseado en la disgregada, discontinua y disolvente España, donde solo es posible evolucionar con un cambio axiológico o de valores, poniendo por encima bienes morales tan ignorados y ninguneados en Aquí, que es la patria de todo el mundo, como el trabajo, la honestidad y la justicia. España fue por ello, ha sido, es todavía y quizá será un proyecto que no marchó demasiado bien y hasta el más optimista convendrá en que por lo menos no a gusto de todos. Quedó más o menos regular, esto es, irregular, asimétrica, dirían hoy, y, además, incompleta, sin Portugal y, ¡carajo!, casi hasta sin Europa, sin Mundo y sin Universo.

Siempre fue muy difícil constituir una nación de la geografía y la variedad de pueblos y culturas que tenemos; por eso siempre ha sido fácil hacer una metáfora de España como laberinto, cual quiso Gerald Brenan, pues la piel de toro no fue un cruce de caminos como Francia, tan centrada en Europa, tan hexagonal, tan articulada de ríos comunicativos y caudalosos, donde hasta las cordilleras tuvieron la decencia de situarse donde no podían molestar, al contrario que las nuestras, emperradas en trocearnos. Tampoco ha sido una Inglaterra hecha de estuarios y reconcentrada en el cuenco de su insularidad. Porque la gente que llegó hasta aquí arrastrada o huyendo siempre fue la más irresoluta e inconformista, la más abúlica, la que sintió que todas las puertas le estaban cerradas y el destino le estaba marcado por un Finisterre contra la pared del Atlántico. Los que lograron sobreponerse a esa tristeza tan peculiar del español, tan opuesta a la alegría que dicen nos caracteriza, saltaron el muro allende la mar para ser otra cosa, y lo fueron, pues ya escribió el criticón aragonés que el español, trasplantado, mejora:. O sea, se vuelve no español, más o menos como el africano y el chino, desafricanizados y desachinados, convertidos en lo que únicamente son: trabajadores por cuenta propia en tierra sin destino ni presuposiciones de marca. El emigrante es de marca blanca, aunque sea ictérico o negroide. Ello es porque o se mejora o se muere, y eso de morirse no peta cuando todo lo que descubres al levantarte es nuevo, "como Adán desnudo en la mañana", que decía Whitman. Españoles por el mundo, los nuestros encontraron una esperanza que aquí se les negaba contra la pared atlántica. Y en Aquí, que es la patria de todo el mundo, no pueden negar que son españoles en desesperación ni siquiera los catalanes, ya que no pueden ser otra cosa que catalanes. Ya lo dijo Quevedo:

Harto de ser español
desde el día en que nací,
quisiera ser otra cosa
por remudar de país.

La cita "es español el que no puede ser otra cosa" se encuentra en Galdós, quien la atribuye a Cánovas; pero los que hemos leído otras cosas sabemos que Cánovas era amigo del editor de Quevedo, Aureliano Fernández Guerra, y Cánovas, un Mefistófeles con gafas de pinza, citaba a Quevedo, tan parecido a él, incluso en las lentes. No en vano consiguió meter en fajín a los militares, acuartelados mal que les pesara, lo menosísimo malo para España entonces, aunque a costa de replantar y abonar la semilla siempre feraz de la corrupción.

Pero no hay que ser duro con él: hizo lo posible, esto es, hizo política. Y nadie está obligado a lo imposible, como dice el derecho común. En la formación de España, al contrario de lo que se suele pensar, no culminó la unión de 1492, pues quedó fuera del proyecto Portugal. Entonces esa unión se sintió como pasajera, o la sintieron esos ancestros nuestros (y perdón por la rima) más dinástica que nacionalera, aunque otros, opuestamente, pensaron que mejoraba a ambas partes; en el XVI llegó la oportunidad con la unión efectiva en la persona de Felipe II, malograda para desgracia común, y todavía en el XIX y en el XX no hubo pocos que sostuvieran que España pudo haber sido y podría ser más si se hubiera integrado o se integrase efectivamente en un estado superior, una Iberia peninsular, una especie de Alemania reunificada. Esa aún más fracasada parte de Hispania que es Portugal lo puede testimoniar aun ahora, entre fados, saudades y guitarras de cinco cuerdas. El quinto imperio, como profetizó el bandarra de Bandarra y repitió Pessoa, que no era político, sino poeta, y estaba partido en muchos, como España y Osiris / Baco en nomos y autonomías. El quinto imperio, pero sin hispanidad, sin lusitanidad y sin nación. Esto es, una Suiza ibérica donde no hubiera más autoridad que la ciudad o cantón, reunidas todas en confederación ibérica. ¡Qué bonito! ¡Qué utópico! ¡Qué poético! Lo quiero, lo quiero..

Suiza, que es como un Bolaños metahistórico, siempre va a lo suyo, que es lo de los ciudadanos. El mal de la política europea es que siempre da menos de lo que puede, y, sembrando ilusiones, siempre recoge decepciones y saca el traje corto, como el sastre al vecino del corregidor de Almagro, o como los espectantes almagreños ante la faena de Cagancho. Tan malos pájaros como somos nos importa una berenjena lo poco logrado, siempre esperaremos más, porque somos insaciables. Nos falta paciencia, constancia... voluntad. Trabajamos más con utopías que con hechos. Porque los hechos hacen sudar, son tozudos, exigen esfuerzo. Qué peligrosas son las utopías reduccionistas, que terminan todas en campos de concentración, como la utopía de la raza perfecta aria, del proletario perfecto o del militar perfecto. La única utopía realmente perseguible es la de la realización del ser humano en toda su variedad individual. Y eso no exige ningún reduccionismo, sino un esfuerzo suplementario, sobre todo en el caso de la múltiple España, que en su estoicismo senequista posee sin embargo el valor esencial y común, si bien pasivo, de la entereza, de la hidalguía de bien. Por eso el techo de lo que el español aguanta es muy alto; por eso los millones de parados no se manifiestan ni salen a la calle. Pero, cuando lo hagan, si llegan a hacerlo, esto se parecerá al infierno. No ocurrirá, porque sabemos con quiénes nos andamos. Lo sabemos porque España se hizo de forma muy impolítica, no sumando, sino restando esfuerzos: se intentó unir/deshacer a España empobreciéndola, disminuyendo su complejidad, echando a los judíos, como hicieron Sisebuto y los Reyes Católicos; ahuyentando protestantes, como hizo Carlos I; expulsando a los moriscos, como hizo Felipe III; persiguiendo a los gitanos, como hizo el propio Carlos III; incluso echando a los franceses, como hizo Fernando VII, aunque era él mismo un afrancesado malo; reduciendo la clase media al enanismo, como hizo Mendizábal, sembrando en 1836 una semilla que brotaría en las tres guerras civiles carlistas del XIX y en la de cien años justos después (1936). Y Mendizábal pertenecía al partido progresista. ¡Cuánta mierda hay en el progresismo español! Tanta como en el conservadurismo. Los conservadores españoles siempre han sido unos conserva-duros. Pero a España le beneficia más un honesto que cien militantes políticos, precisamente porque lo que necesita es un cambio axiológico, de valores, no un cambio económico. Más voluntad, más trabajo, y menos cambio superficial y mezquino.

Que los cambios axiológicos provocan concecuencias económicas lo sabemos muy bien: China tenía la imprenta, la pólvora, la brújula, el hierro y el carbón mucho antes que nosotros, pero no desarrollaron la revolución industrial porque no poseían los valores oportunos. Esos mismos elementos en Europa causaron una transformación capital que llegó incluso a transformar la propia China. Ahora, sin embargo, nos encaminamos a terminar trabajando como chinos.

Todavía hoy muchos pretenden encontrar nuevas causas y caras  en el fracaso de España, cuando las causas tienen cara de viejas. Ya aparecen bosquejadas en los escritos de los arbitristas, renovadas en los de los proyectistas, repetidas en los regeneracionistas y deprimidas en los noventaiochistas. La voluntad entre nosotros no termina lo que acaba, o aparece desviada en forma de españolada: mi definición de este término es la de "un esfuerzo y dispendio mayúsculo de energías desperdiciadas para solventar una nimiedad de problema que se resolvía con mucho menos". Es propio de nuestra sensibilidad barroca. Construir aeropuertos donde no son necesarios es, por ejemplo, una españolada. Y todas las españoladas tienen su raíz en la corrupción de la voluntad: solo estamos dispuestos a gastar la voluntad en enriquecernos no honestamente, sino de la manera más sucia: no hay necesidad de hacer aeropuertos con pasajeros, por ejemplo, si lo que queremos es vender los terrenos a buen precio. Esa es la mala voluntad española: una españolada o voluntad mal dirigida, el empecinamiento, contumacia o testarudez, que a veces es una testaridez. Me parece fabuloso que se cree una asignatura de emprendedores, si no fuera porque aquí los que hacen falta son conclusores y en la buena dirección ética de dar ejemplo, no en la dirección que dicten los corruptos de siempre, que siempre termina en el bolsillo de unos pocos, no en el beneficio colectivo. Para todo existe una pastilla, menos para esa voluntad legítima que es la constancia, la tenacidad. Y la falta de voluntad, la abulia de Ganivet, la noluntad de Unamuno, la ataraxia Barojiana, etcétera, es lo que enferma a España: un mal sin otra solución que la negación de la negación. Sólo José Antonio Marina se ha dado cuenta del hecho, mientras que los demás intentan buscar una explicación meramente material, económica o política: nuestro mal es un mal de valores, axiológico, y la única fuente de valores que puede cambiarla es la educación, la ética laica, incluso la moral cristiana, por qué no, bien entendida. 

En España se intentó tres veces empujar al estado por el camino correcto; primero se intentó una Reforma protestante, cuya ética del trabajo podría haber transformado nuestros valores; pero los Austrias echaron abajo ese esfuerzo. Luego se intentó  una reforma desde el poder político, durante la Ilustración, y también se vino abajo con ese rey nefasto, Fernando VII. A fines del XIX, muy zurrados, los institucionistas de la ILE intentaron separarse de esos malos ejemplos anteriores con la Iglesia y del Estado e intentaron una reforma independiente separándose de esos dos poderes, que habían traicionado la verdadera causa de la reforma popular. Para ello se dieron muchos años de paciencia y voluntad: casi lo lograron, pero en su última fase hubo una alianza con el poder político y un distanciamiento con el poder religioso y todo se fue al garete cuando surgió un tercer poder, el militar, que refundía a los dos anteriores, presto a jorobarlo todo. Pero algo hemos aprendido: la única reforma que es posible en España ha de tener un suelo pedagógico y ético, como la ILE, y debe separarse estrictamente de toda religiosidad facturada con denominación origen: espiritualidad, no religión; trabajo, no política; democracia, no fanatismo. Y veo muy poco espíritu institucionista en estos tiempos: lo único que veo es banqueros, iracundos y sinvergüenzas. Veo a poca gente trabajando humildemente y con constancia por hacer las cosas mejor. Y veo a mucha gente que no puede ser constante porque está en paro, remunerado o no. Gente que no hace nada, ni siquiera defender sus derechos en una manifestación o escribir en un periódico. El remedio de España es cada uno de sus individuos. La única actitud moral para Kant era dar ejemplo, no sermonear. La heroicidad de lo humilde. Goethe decía: si cada cual limpia su camino, la calle estará limpia. Don Quijote fracasó porque era uno. Pero si hay diez mil, arrea, la que van a armar. Eso quiso hacer Unamuno, una orden de caballería para revolver España. El remedio, la utopía de lo posible, nace del ejemplo; su enemnigo mayor lo identificó el propio Unamuno con el nombre de nicodemismo: el estar a favor del evangélico quijotismo pero sin dejarse ver.  Nicodemo fue la persona que, según el Evangelio de Juan, III,.1-15, se acercó a Cristo de noche por miedo a que le descubrieran los fariseos, denotando la indecisión, tan española, entre emprender un camino y el miedo a dar el paso necesario: perplejidad, abulia, marasmo, estolidez, narcisismo, estupidez en suma. 

Algunos mendigos piden la voluntad; otros piden trabajo; el maletilla pide una oportunidad. Los jóvenes, un puesto de trabajo en que puedan demostrar lo que valen. Son muchas peticiones  y una sola y gigantesca gran falta de voluntad, de honestidad y de justicia..

domingo, 19 de mayo de 2013

Echan a Maruja Torres de El País.


M.T., Europa Press, 16/05/2013:

‘El País’ echa a Maruja Torres el día que carga contra los ejecutivos “que se blindan los sueldos y las pensiones y los bonos”. La periodista, que había cargado ya contra Cebrián, anuncia en Twitter su "alivio" por el fin de la relación

El País y Maruja Torres se divorcian. La famosa periodista, que hasta hoy firmaba la contraportada del diario de PRISA los jueves, ha anunciado el fin de la relación en Twitter: : “El director de El País me ha echado de Opinión y yo me he ido de El País. Tantos años… Pero es un alivio”. Torres, que ha mantenido enfrentamientos públicos con el presidente ejecutivo de Prisa, Juan Luis Cebrián, precisamente, hoy firmaba su última columna, Ignominia, en la que cargaba contra los aupados “a la cresta del capitalismo caníbal” y los “ejecutivos de las grandes empresas [...] que se blindan los sueldos y las pensiones y los bonos…”.

Maruja Torres abandona el diario de PRISA tras 32 años. La periodista barcelonesa empezó su profesión como secretaria de redacción en el diario La Prensa, y en 1981 empezó a escribir para El País, donde ha cubierto guerras, ha hecho reportajes y ha firmado columnas como las que se incluían en las series Hogueras de agosto y Perdonen que no me levante.

Los Pobres

Torres se destacó como una de las más críticas con la gestión de Cebrián, especialmente a raíz del ERE que realizado en El País. “A mí se me encoge el corazón cuando pienso en esos ejecutivos que vuelan en ‘business’ o en primera —algunos, incluso, en el pavoroso aislamiento de su jet privado, propio o de alquiler—, y que no pueden hacer otra cosa”, escribía en octubre de 2012, en una columna titulada Los Pobres.

Capitalismo caníbal
Su última columna, publicada hoy, no se quedaba atrás. En ella se preguntaba “quién alimenta a quién”, si el canalla al necio o viceversa. “O si el canalla, al saberse aupado por sus pares a la cresta del capitalismo caníbal, ha perdido toda compostura”. “Pisoteando nuestros cráneos y sin importarles la vergüenza ajena que sus dislates provocan”, continúa Torres, “así es como los ejecutivos de las grandes empresas y de los grandes bancos se blindan los sueldos y las pensiones y los bonos…”.

Ludopatía bursátil

El País pierde una de sus caras más conocidas, como ya le ocurrió con el periodista Enric González, quien se vio relevado de la columna diaria en la penúltima página después de escribir: “No quiero ponerme en lo peor, pero cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de los dueños”. Aquel artículo fue censurado por la dirección para no ofender a los propietarios del periódico, y González, poco después, fue premiado con una corresponsalía en Jerusalén. Finalmente, el periodista volvió a escribir columnas, pero en El Mundo.

viernes, 17 de mayo de 2013

El regularcillo Gatsby

Francis Scott Fitzgerald es el eslabón más perdido de la Generación perdida; no hablaré aquí de sus flaquezas con el lubricante social, vulgo alcohol, algo propio de escritores solitarios y amordazados, siempre ansiosos de mamar de la gran vaca madre, ni tampoco de esas cosas tan feas que le dice el envidioso Hemingway en París era una fiesta, como que ocultaba un bastón ceremonial pequeño o que acampaba bajo las faldas de su borrachuza mujer, Zelda, tan escritora como él, pero en verdad escapada del nosocomio; es evidente para mí que el majareta era Hemingway y que su machismo herido se refleja en el otro infundio, más propio del chavea que compara pitos en el urinario que de un eminente premio Nobel. Quizá contemplaba en Francis el yang de su propia cebolla acongojante, que se pelaba con celo ejemplar. 

Se ha especulado con que la mayor parte de la obra de Fitzgerald fuera elaborada a dos manos entre él y Zelda y que, incluso, no poca la escribió ella misma. No lo dudo: los hombres han debido y bebido mucho de las mujeres. Como el propio Jay Gatsby, definido enteramente por el sueño de una mujer, que a la postre se demuestra tan falso como todos los sueños.

De El gran Gatsby literario recuerdo un par de deslumbramientos: su primoroso y sabio comienzo sobre los beneficios y molestias del saber escuchar y una metáfora deslumbrante hacia la mitad, relativa a los nenúfares o algo parecido, que soy demasiado perezoso para ir a buscar. Solo por esas dos cosas merecería ser recordado este libro, porque es muy raro en estos tiempos sentir deslumbramientos semejantes, obra de la verdadera poesía, o una verdad más pura que la misma verdad. Internet permite citar por extenso, por ejemplo, uno de esos dos pasajes, el del inicio:

En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de rondarme la cabeza. “Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú.” No dijo nada más, pero como siempre nos hemos comunicado excepcionalmente bien, pese a ser muy reservados, comprendí que quería decir mucho más. En consecuencia, soy una persona dada a reservarme todo juicio, hábito que me ha facilitado el conocimiento de gran número de personas extraordinarias, pero que también me ha hecho víctima de más de un latoso inveterado. La mente anormal es rápida en captar esta cualidad y apegarse a las personas normales que la poseen. Por haber sido partícipe de las penas secretas de aventureros desconocidos, en la universidad fui acusado injustamente de ser político. No busqué la mayor parte de estas confidencias; a menudo fingía tener sueño o estar preocupado; o cuando, gracias a algún signo inconfundible, me daba cuenta de que se avecinaba por el horizonte la revelación de alguna confidencia, mostraba una indiferencia hostil. Y es que las revelaciones íntimas de los jóvenes (o al menos la manera como las formulan) son por regla general plagios o están deformadas por supresiones obvias. Reservarse el juicio es asunto de esperanza ilimitada. Todavía hoy temo un poco perderme algo si olvido que, como lo insinuó mi padre en forma por demás pretenciosa, (y yo de la misma manera lo repito), el sentido fundamental de la buena educación es desigualmente repartido al nacer. 

Y, tras vanagloriarme así de mi tolerancia, he de admitir que tiene un límite. La conducta puede estar cimentada en la dura piedra o en un pantanal húmedo, pero, pasado cierto punto, me tiene sin cuidado en qué se funde.

Cuando regresé del Este en el otoño sentí deseos de que el mundo estuviera de uniforme y con una especie de eterna vigilancia moral; no quería más excursiones desenfrenadas con vistas privilegiadas al corazón humano. Solo Gatsby, el hombre que presta su nombre a este libro, Gatsby, el hombre que representaba cuanto he desdeñado desde siempre, estuvo eximido de mi reacción. 

Si por personalidad se entiende una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había algo fabuloso en él, una sensibilidad a flor de piel hacia las promesas de la vida, como si estuviera vinculado a uno de aquellos intrincados aparatos que registran terremotos a diez mil millas de distancia. Esta sensibilidad nada tiene que ver con la amorfa capacidad de impresionar que adquiere categoría bajo el nombre de “temperamento creativo"; era, más bien, una extraordinaria disponibilidad para la esperanza, una presteza para el romance que jamás he encontrado en nadie y que, probablemente, no vuelva a hallar jamás. La historia de Gatsby no resultó bien al final; fue aquello que lo devoró, esa basura hedionda que flotaba en la estela de sus sueños, lo que mató por un tiempo mi interés por las congojas intempestivas y las efímeras dichas de los hombres. 

El resto de la novela, tan vulgar, se sostiene gracias a estos pasajes, que obligan a contemplar la historia del perdedor con unas gafas de artificial trascendencia; esa es la magia de la literatura, pues no en vano se trata del "gran" tema de la literatura estadounidense: el sueño americano. En los Estados Unidos hasta los kilómetros son más grandes y se llaman millas. El sueño americano, que oscurece tanto en obras tan duras como La muerte de un viajante de Arthur Miller, que estuvo casado con otro sueño americano llamado Marilyn, es en realidad la historia de una desilusión nada barroca y lo bastante mezquina y gris como para formularla de otra manera: "el sueño de hacerse rico". Desde luego, Gatsby solo quería hacerse rico para lograr otra cosa, esa Daisy de pato Donald que demuestra al fin y al cabo su mediocridad de burguesa con hambre, o hambrurguesa; no, desde luego no es una pesadilla de la razón, como el monstruo de Horacio, que parafrasea Goya, aunque dicen algunos que a quien parafrasea es a Meléndez. No, hombre; no se trata del sueño de la razón, sino del sueño de otro pato, el tío Gilito.

Recuerdo la versión cinematográfica de Jack Clayton, que en su estreno pareció discreta (siempre espera el sueño americano más de lo que alcanza) pero a mí me encanta, con esos gigantescos Sam Waterson (que hace de hilo conductor), Robert Redford (príncipe azulísimo), Mia Farrow (primorosa como hada de alfeñique), Bruce Dern  (haciendo de fascista bruto e ignorante), Karen Black, (que está trágica como cuarentona a punto de pasársele el arroz) y Lois Chiles (tramposa y seductora) y esa maravillosa fiesta de felices y locos años veinte, con baile, fox trot, gemelas, perro, lluvia, jazz, estrellas y matones. Qué tiempos aquellos.

jueves, 16 de mayo de 2013

13 reformas educativas desde 1970, 12 desde 1980


De El Mundo, 29 del 1 de 2012

Como hiciera su predecesor, Ángel Gabilondo, el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, ha apostado por alcanzar un gran acuerdo para reformar la Educación y resolver los problemas del sistema.

Para ello, a su juicio, sería conveniente llegar a una coincidencia en el diagnóstico de los fallos de la enseñanza en España, porque la situación actual ha llevado a una "cultura de la mediocridad, de castigo de la excelencia, que a quien está castigando es a las oportunidades de futuro de la sociedad española".

La propuesta por Wert sería la 13ª reforma del sistema educativo español. Desde 1980 se han aplicado en España 12 leyes orgánicas sobre educación, incluida la LGE de 1970 que reguló todo el sistema educativo y se aplicó hasta comienzos de los 80.

Siete han legislado la enseñanza obligatoria y cinco de ellas se hicieron para reformarla; cuatro han regulado los estudios universitarios, y una, la Formación Profesional.

ENSEÑANZAS MEDIAS

LGE. La LGE de 1970 reguló todo el sistema educativo y se aplicó hasta comienzos de los 80.

LOECE. Tras la firma de la Constitución en 1978, la Ley Orgánica del Estatuto de Centros Escolares (LOECE) fue la primera, referida a enseñanzas medias, que se aprobó en 1980. Duró cinco años e introdujo un modelo democrático en la organización de los centros docentes.

LODE. La Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE) de 1985, incorporó el sistema de colegios concertados.

LOGSE. En 1990, la LODE fue sustituida por la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), que amplió la escolaridad obligatoria a los 16 años, entre otras medidas.

LOPEG. Cuando la LOGSE terminó de implantarse en todos los niveles y en todo el territorio nacional, se aprobó, en 1995, la Ley Orgánica de Participación Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes (LOPEG), conocida como 'Ley Pertierra'; una ley sobre gestión y gobierno de los centros.

LOCE. Con la llegada del Partido Popular al poder, se aprobó la Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE), que aunque entró en vigor en 2003, su calendario de aplicación quedó paralizado por un Real Decreto, tras el cambio de gobierno resultante de las elecciones de 2004.

LOE. El Ejecutivo de Zapatero elaboró la Ley Orgánica de Educación (LOE), que permanece en vigor desde 2006 y que entre otras novedades introdujo la asignatura Educación para la Ciudadanía, uno de sus puntos más polémicos.

FORMACIÓN PROFESIONAL

Ley Orgánica de Cualificaciones. La Formación Profesional ha sido otra de las etapas educativas legisladas mediante la Ley Orgánica de las Cualificaciones en 2002. La norma permanece vigente y es el primer ordenamiento exclusivo que regula la FP en España.

ENSEÑANZAS UNIVERSITARIAS

LGE. La Ley General de Educación (LGE) de 1970 o Ley de Villar Palasí, se aplicó hasta 1983.

LRU. La Ley Orgánica de Reforma de la Universidad entró en vigor en 1983 y fue la primera de esta etapa educativa del gobierno socialista de Felipe González. La LRU superó en vigencia a la anterior; se aplicó hasta 2002 y fue la primera que recogió el principio de autonomía universitaria, fundamento sobre el que se impulsó la reforma de la universidad.

LOU. En 2002 la Ley Orgánica de Universidades (LOU) sustituyó a la anterior. Se elaboró durante el Gobierno del Partido Popular y los órganos de gobierno de la universidad y la Agencia de Evaluación y Acreditación (ANECA) fueron los fundamentos del nuevo ordenamiento.

LOMLOU. Cinco años después, en 2007, la LOU fue modificada mediante una Ley Orgánica de 12 de abril (LOMLOU), ya que la universidad española debía adaptarse al Espacio Europeo de Educación Superior, tras la firma de la Declaración de Bolonia.

El Pacto de Estado de Educación, el primero de España en esta materia propuesto por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, pretendía alcanzar la estabilidad normativa en materia de educación en España, sobreviviendo a los diferentes cambios de gobierno, así como el éxito del sistema educativo. La reforma no salió adelante por la falta de apoyo de los partidos de oposición y de los agentes sociales.

lunes, 13 de mayo de 2013

Hay días

Se levanta, ¿se levanta? para dejarse caer, tal es su desgana, y cada día le es una montaña cuya cumbre, él mismo, debe alcanzar sin piernas y sin brazos, solo con las palabras, arrastrándose como un gusano, atreviéndose ¿atreviéndose? a consistir todas las horas y repartir su ración de hambre y bilis estomacal con manos abiertas y vacías, sin sentir dientes en las encías, sin sentir nada por hacerlo o peor, muriéndose por no hacerlo, sin pensar ni prolongar más el renglón de la vida.

Pero viene el perro y le acaricia el cuello y se arrepiente ¿se arrepiente? de envidiar a los muertos, contempla a todos los que le dan la mano para sacarlo y, sin saber por qué ni cómo, suma uno más a la cuenta de sus días, de esos de los que piensan que hay muchos y no uno solo y terrible.

domingo, 12 de mayo de 2013

Abulia, por Ciriaco Morón


El término abulia designa la incapacidad de decidir ante un dilema o la incapacidad de llevar a la práctica la decisión que se percibe intelectualmente como la más deseable. El término comenzó a utilizarse en la psiquiatría francesa en la primera mitad del siglo XIX. De hecho, el primero en emplear la palabra en castellano fue Elías Zerolo, filólogo y traductor español establecido en París, en su Diccionario enciclopédico de la lengua española: “Especie de locura en que domina la ausencia de voluntad”.

             En español, Ángel Ganivet, aunque no fue el primero en emplear la palabra, la popularizó, considerando la indecisión y la inacción como el rasgo más visible de los españoles de su tiempo: "Si yo fuese consultado como médico espiritual para formular el diagnóstico del padecimiento que los españoles sufrimos (porque padecimiento hay y de difícil curación), diría que la enfermedad se designa con el nombre de 'no querer', o en términos más científicos, con la palabra griega ‘aboulía’, que significa eso mismo: ‘extinción o debilitación grave de la voluntad”; y lo sostendría, si necesario fuera, con textos de autoridades y examen de casos clínicos muy detallados, pues desde Esquirol y Maudsley hasta Ribot y Pierre Janet hay una larga serie de médicos y psicólogos que han estudiado esta enfermedad, en la que acaso se revela más claramente que en ninguna otra el influjo de las perturbaciones mentales sobre las funciones orgánicas. Hay una forma vulgar de abulia que todos conocemos y a veces padecemos. ¿A quién no le habrá invadido en alguna ocasión esa perplejidad de espíritu, nacida del quebranto de fuerzas o del aplanamiento consiguiente a una inacción prolongada, en que la voluntad, falta de una idea dominante que la mueva, vacilante entre motivos opuestos que se contrabalancean, o dominada por una idea abstracta, irrealizable, permanece irresoluta, sin saber qué hacer y sin determinarse a hacer nada? (Idearium español, pp. 162-63).

            Los síntomas de la abulia son, según Ganivet: a) incapacidad de abrir la atención a objetos nuevos: el entendimiento se petrifica para la asimilación de lo nuevo y vive de la memoria; b) pero si el entendimiento adquiere una idea nueva, falto de contrapeso de otras, “cae de la atonía en la exaltación, en la ‘idea fija’, que le arrastra a la ‘impulsión violenta” (Idearium, pp. 163-64). “En España, por ejemplo, hay muchos enfermos de la voluntad y, como consecuencia, un estado de abulia colectiva (ib., 164).

El tema de la abulia es común a todos los escritores españoles de la llamada generación del 98. Ya en 1895, Unamuno había usado el término con acento en la i (abulía), respetando la pronunciación griega: “Hay abulía para el trabajo modesto” (En torno al casticismo, V, OC, III, 295). Pero el término se encuentra en un capítulo titulado: “Sobre el marasmo actual de España”. Los síntomas del marasmo son los mismos que Ganivet atribuye a la abulia. Sinónimos de abulia en Unamuno, aunque con matices distintos, son: nicodemismo, noluntad y gana. Nicodemo, el personaje que, según el Evangelio (Juan, 3.1-15), se acercó a Cristo de noche por miedo a que le descubrieran los fariseos, denota la grieta entre la decisión de emprender un camino y el miedo a dar el paso necesario; es, pues, una forma de perplejidad o de abulia. Unamuno repitió en toda su obra la posible función enervadora de la reflexión como ironía, comparando a la conciencia narcisista con un estómago canceroso que en vez de digerir alimentos, se digiere a sí mismo (“Nicodemo el fariseo,” en OC, III, 126). Augusto Pérez, protagonista de Niebla, es un abúlico.

Otro nombre de Unamuno para la abulia es noluntad, aunque este término connota a veces una decisión de nihilismo*: “España es una nación abúlica y, como tal, está a la defensiva…Esto no es querer algo, no es voluntad, es no querer, es noluntad, o si se quiere, abulia” (1914, XI, 332-33). Y a través de toda la obra de Unamuno se encuentra la gana: el deseo voluntarioso que da saltos irresponsables o no se plasma en acción. Todo conduce a un nihilismo español, cuyo símbolo sería Miguel de Molinos (1932, OC, V, 796). En uno de sus últimos artículos, “Mandarines y no mandones”, Unamuno vuelve a mencionar la abulia y otros sinónimos como acedia, tedio, sueño*, y una vez más, la nada, como rasgos del carácter español (1936, OC, V, 99-102).

Ya hemos mencionado la función enervante que, según Unamuno, podía tener el pensar sobre la capacidad de decidir. En 1902 escribe Amor y pedagogía, cuyo tema es el poder destructivo de la “pedagogía sociológica” para la vida real, que era la “espontánea”, con toda la ambigüedad de esta palabra. Del mismo año son Camino de perfección, de Baroja, cuyo protagonista es un individuo con la voluntad desintegrada; Sonata de otoño, de Valle-Inclán, cuyo tema es la decadencia física y moral de unos individuos, y La voluntad, de Azorín. Las cuatro obras presentan caracteres sin proyecto personal, pero Azorín analiza con más detenimiento los personajes abúlicos. El protagonista vive en una España que, paralizada por la falta de fe (la ironía), recibe el nombre de Nirvania (I-VI, 87). En la segunda parte de la novela el protagonista se encuentra en Madrid, y allí su pesimismo se ha consolidado; su voluntad ha acabado de disgregarse en este espectáculo de vanidades y miserias (II-I, 95). “Todo rompe y deshace mi voluntad que desaparece” (II-VII, 229).

Una variante de la abulia es la alienación; el saber de donde queremos huir, pero no a donde queremos llegar. “Azorín es casi un símbolo; sus perplejidades, sus ansias, sus desconsuelos bien pueden representar toda una generación sin voluntad, sin energía, indecisa, irresoluta, una generación que no tiene ni la audacia de la generación romántica ni la fe en afirmar de la generación naturalista”. (La voluntad, II-11, 255). En la tercera parte de su novela Azorín ha vuelto al pueblo. El capítulo IV de esta sección condensa en una especie de sumario los signos fundamentales del tema de la voluntad como se han ido desplegando a través del texto. El autor reconoce dentro de sí dos hombres: el hombre-voluntad y el hombre-reflexión, “pero el que domina en mí, por desgracia, es el hombre reflexión (p. 267), es “admirador de Schopenhauer, partidario de Nietzsche” (ibid.). “La voluntad en mi está disgregada; soy un imaginativo” (p. 268). Pero no está solo: “soy un hombre de mi tiempo” (ibid.). “Y después de todo ¿para qué la Voluntad? (268).El mundo puede tener sentido por la simple belleza. “Esto que llamaba Schopenhauer la Voluntad, cesará de ser, cesará por lo menos en su estado consciente, que es el hombre” (III-V, 275).

            En 1904, se publicó Doña Abulia, de  Ricardo Carreras, una novela hoy prácticamente olvidada. Ya el título indica que el autor reacciona al ambiente creado por el tema de la voluntad en Ganivet y los demás escritores de aquella generación. En el capítulo IV se presenta a Manolo Pillastres, tendido en una mecedora  y reflexionando: “Lo que a muchos nos ocurre es que tenemos enferma la voluntad y somos enemigos declarados de nosotros mismos. Pensamos bien y obramos mal…… Sí; la voluntad lo es todo. Es el ‘poder moderador’, el director de escena el timonel de la vida” (p. 30). La expresión “Pensamos bien y obramos mal” no tiene sentido ético, sino psicológico: podemos tener ideas claras, pero como decía Ribot, nos falta el impulso último para obrar. "El joven (Manolo) maldice de su apocamiento e indecisión; pero sigue apocado e indeciso" (cap. X, p. 83). La extensión nacional del síndrome de la abulia la expresa el cura Inocencio cuando Manolo le dice que no puede vencer sus prejuicios: ¡Qué preocupaciones ni qué calabazas! Lo que tú tienes es pereza. Sí, señor, pereza condenada, como todos los de nuestro tiempo. Unos almas de cántaro que parecemos descendientes de Doña Abulia (cap. X, p. 86). El sacerdote identifica la abulia con la pereza o la acidia, uno de los siete pecados capitales.

            El tema de la abulia en España no se comprende sin incorporarlo a su contexto europeo. Ganivet menciona a Esquirol, Maudsley, Ribot y Janet como los psicólogos que identificaron la enfermedad. Convencidos positivistas, estos psicólogos explican la experiencia de la indecisión por una categoría igualmente empírica: la falta del “sentido sintético”, que es el equilibrio de las distintas fuerzas desde las cuales el individuo realiza sus actos. “La causa de la abulia es, a mi juicio, la debilitación del sentido sintético, de la facultad de asociar las representaciones” (Idearium, 167). Para Ribot, la abulia consiste en una disociación entre el deseo consciente y un impulso fisiológico que produce la acción. Desear no es querer. Frente al empirismo francés, Schopenhauer (Unamuno tradujo una obra suya en 1899, y la traducción de El mundo como voluntad y representación, se destaca en la biblioteca de Yuste: Azorín, La voluntad), sitúa la voluntad como el núcleo de la personalidad. De la voluntad deriva la actividad de la inteligencia y la consiguiente conciencia del mundo: “Sin la voluntad como base, no hay representación ni mundo” (Die Welt..., n. 71). Nietzsche fue lectura preferida de los jóvenes del 98, pero la obra con el título La voluntad de poder va más allá de esta época, pues no se publicó hasta 1901, y en edición más completa (y facticia), hasta 1906.

            El estudio sistemático del concepto de abulia como término literario español característico de una época entraña por lo menos las siguientes secciones:

a) La percepción de que España estaba postrada hasta un nivel patológico;

b) la experiencia de la indecisión en algunos escritores, comenzando sobre todo con los del 98. Esa experiencia provenía de crisis personales o era su modo de vivir la situación nacional;

c) la interpretación de esas experiencias desde el contexto de la psicología francesa y la filosofía de Schopenhauer y Nietzsche;

d) la vigencia del decadentismo literario y cultural asimilado de Francia y paradójicamente asociado con el modernismo. El decadentismo modernista se refleja en Prosas profanas (1896), de Rubén Darío, en los primeros libros de los hermanos Machado, en R. Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez y Moreno Villa

e) Finalmente, la abulia parece ser el estado de los escritores de escasa obra o de escasa recepción, que se malograron en la vida bohemia, como la describen Troteras y danzaderas (1912),  de Pérez de Ayala, Luces de bohemia (1920),  de Valle-Inclán, y las Memorias de Baroja (1948ss.).

Sin embargo, el decadentismo que asumen o critican algunos escritores en España a fines del siglo XIX, coincide con un impulso de mejoramiento social dirigido o aceptado por algunos de esos mismos escritores o por otros de su mismo círculo. Ese impulso se resume en el empeño de reconstitución y europeización de España (Costa), el compromiso pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza, la recuperación del pensamiento español por Menéndez Pelayo, y la obra científica de Cajal, reconocida con el Premio Nobel de medicina de 1906. Unamuno, que describió sus tentaciones de abulia (Diario íntimo, 1897), reaccionó a ellas con una ejemplar voluntad de trabajo. El sentimiento trágico es una roca desde la cual construye una ontología, una ética y un ideario político. Títulos de revistas o instituciones culturales como Germinal, La España moderna, Vida nueva o Nuestro tiempo, reflejan la decisión de superar el “marasmo” denunciado por Unamuno en 1895, y por Ganivet y sus contemporáneos. La consigna popularizada entre aquellos escritores fue regeneración, y la palabra “modernismo” engloba la abulia, como ironía enervante frente a la fe sencilla del pasado (Azorín), pero también el avance hacia una sociedad más próspera y libre. Si las Prosas profanas de Rubén Darío pueden ser símbolo del modernismo decadente, Cantos de vida y esperanza (1905), lo son del modernismo regenerador. En esa línea, la actitud abúlica, que toca fondo en 1898, tras la derrota en la guerra con los Estados Unidos, recibe el ataque frontal de Ramiro de Maeztu en Hacia otra España (1899).

Aquella situación confusa entre la abulia y el voluntarismo se fundaba en una sociología cuyo concepto básico era la confusa noción de “alma nacional”; de ahí las aplicaciones metafóricas de las experiencias individuales a las sociales y viceversa. Esa sociología fue el blanco de ataque de Ortega y Gasset en su primera época (1907-1914). La campaña del joven Ortega se centra en debelar el discurso etnopsicológico de las generaciones anteriores, y proponer la ciencia y el estudio sistemático, como ideales para la regeneración y europeización de España. “En este negocio de la precisión, querido Maeztu, me veo obligado a romper con todas las medias tintas. Nuestra enfermedad es envaguecimiento, achabacanamiento, y la inmoralidad ambiente no es sino una imprecisión de la voluntad oriunda siempre de la brumosidad intelectual. Ganivet –del cual tengo una opinión muy distinta de la común entre los jóvenes, pero que me callo por no desentonar inútilmente—leyó un librito, muy malo por cierto, de Th. Ribot, a la moda entonces, se entusiasmó y soltó la especie de la abulia española. Ahora bien; de abulia no cabe hablar sino cuando se ha demostrado la normalidad de las funciones representativas. Un pueblo que no es inteligente no tiene ocasión de ser abúlico. Sin ideas precisas no hay voliciones recias” (1908, I, 113). En realidad Ganivet pedía también educar sobre todo la inteligencia de los españoles: “La restauración de nuestras fuerzas exige un régimen prudente, de avance lento y gradual, de subordinación absoluta de la actividad a la inteligencia, donde está la causa del mal y a donde hay que aplicar el remedio”.(Idearium, p. 171). Como se ve, Ganivet y Ortega piden lo mismo en términos generales: la reforma de la inteligencia. Sin embargo, difieren en la idea de inteligencia y de precisión. Ortega escribió en 1908: “Europa igual a ciencia; todo lo demás lo tiene de común con el resto del planeta” (OC, I, 102).



BIBLIOGRAFÍA

            
CARRERAS, Ricardo, Doña Abulia, Barcelona, Henrich y Cª, 1904; 

FOUILLÉ Alfred, Le Mouvement positiviste et la conception sociologique du monde, Paris, Alcan, 1896; 

GANIVET, Ángel, Idearium español (1897), Madrid, Victoriano Suárez, 1944, 7ª ed; 

GAYANA, Jurkevich, “Abulia, nineteenth-century psychology, and the generation of 1898”, Hispanic Review, 60 (1992), pp. 181-194; 

MARTÍNEZ RUIZ, José [AZORÍN], La voluntad [1902], I-viii. Ed. E. Inman Fox, Madrid, Castalia, 1989, 5ª ed. págs. 99-100; 

MORÓN ARROYO, Ciriaco, El "alma de España", en Cien años de inseguridad. Oviedo, Ediciones Nobel, 1996; MORÓN 

ARROYO, Ciriaco, “El mundo como abulia y representación”, en MARTÍN MORÁN, J. M. y MAZOCCHI, G. (comps.), Las conversaciones de la víspera. El noventayocho en la encrucijada voluntad/abulia, Viareggio, Baroni, 2000; 

ORRINGER, Nelson R., Ganivet (1865-1898). Madrid, Ediciones del Orto, 1998; 

ORTEGA Y GASSET, José, Obras completas, vol. I, Madrid, Revista de Occidente, 1958; RIBOT, Théodule, Les Maladies de la volonté (1883), Paris, Alcan, 1893, 8ª ed.; 

SCHOPENHAUER, Arthur, Sobre la voluntad en la naturaleza. Trad. M. de Unamuno (1899), reproducida con prólogo de S. González Noriega, Madrid, Alianza, 1970; 

SOBEJANO, Gonzalo, Nietzsche en España (1967), Madrid, Gredos, 2004, 2ª ed.; 

UNAMUNO, Miguel de, Obras completas, ed. M. García Blanco, Barcelona, Vergara, 1958, 16 vols.; 

ZEROLO, Elías, Diccionario enciclopédico de la lengua castellana, Paris, Garnier, 1895.

Ciriaco MORÓN ARROYO

¿Cuál es el nivel de inteligencia de los racistas?


Moisés Naïm, "¿Son tontos los hispanos? Una tesis doctoral vincula las políticas migratorias en Estados Unidos con el cociente intelectual", El País, 11 de mayo de 2013.

“El indicador conocido como coeficiente intelectual (CI) puede estimar de manera confiable la inteligencia. El CI promedio de los inmigrantes en los EE UU es considerablemente más bajo que el de la población nativa de raza blanca. Esta diferencia es probable que persista durante varias generaciones. Las consecuencias son la falta de asimilación socioeconómica entre los inmigrantes de bajo coeficiente intelectual, conductas de clase baja, menor confianza social y un aumento en trabajadores no cualificados en el mercado laboral estadounidense. La selección de los inmigrantes de alto coeficiente intelectual podría mejorar estos problemas en EE UU al mismo tiempo que beneficiaría a los potenciales inmigrantes que son más inteligentes pero que carecen de acceso a la educación en sus países de origen”.

Este es el resumen de la tesis doctoral que presentó Jason Richwine en la Universidad de Harvard en 1999 y que fue aprobada sin objeciones por un comité formado por tres prestigiosos catedráticos de esa universidad. La tesis habla de los inmigrantes en general, pero sus conclusiones están principalmente basadas en el análisis del (bajo) CI de los hispanos. Armado con esa credencial, el flamante doctor Richwine comenzó su carrera en lo que en Washington se llama “la industria de la influencia”. Trabajó en dos importantes think tanks conservadores, publicó artículos en diarios y revistas y daba conferencias. Cuando el exsenador Jim DeMint, uno de los principales líderes del Tea Party y recién nombrado presidente de la fundación Heritage, necesitó encargar a alguien que hiciera el estudio que serviría como punta de lanza en la batalla para impedir la reforma de la política migratoria de EE UU, escogió a Jason Richwine, quien junto con Robert Rector sería el coautor del informe. Al doctor Richwine le estaba yendo bien.

Hasta la semana pasada.

Dylan Mathews, un periodista del Washington Post, se tropezó con la tesis doctoral de Richwine y publicó su mensaje central. Las reacciones no se dejaron esperar. La fundación Heritage se limitó a decir que las controvertidas ideas de Richwine las escribió en Harvard y no en la Fundación. Dos días después, Richwine renunció a su cargo.

En todo esto hay muchas sorpresas, pero quizá la principal tiene que ver con los estándares que se usan en Harvard para otorgar un doctorado. La tesis de Richwine parte de la base de que hay causa y efecto entre dos variables difíciles de medir: inteligencia y raza. Entre los científicos sociales no hay consenso acerca de qué es lo que miden los test que estiman el cociente intelectual. ¿Miden inteligencia o más bien miden la capacidad de responder bien a ese tipo test? Y si miden inteligencia ¿qué tipo de inteligencia es? Todos conocemos genios que obtienen buenos resultados en los test de inteligencia pero cuya vida personal y profesional es un desastre y que terminan siendo una carga para su familia y para la sociedad. Y también conocemos gente que no brilla por su intelecto pero cuya contribución a la sociedad es enorme. Pero si la inteligencia es difícil de medir, ¿cómo se mide eso que Richwine define como “los hispanos”? Esta no es una categoría biológica sino una definición popularizada por la Oficina del Censo de EE UU que usa el término hispano o latino para referirse a “una persona de origen cubano, mexicano, puertorriqueño, centro o sudamericano o de otra cultura u origen español, independientemente de su raza”. Evidentemente, tratar a los “hispanos” como una categoría genética o biológicamente homogénea es, por decir los menos, metodológicamente endeble.

Y los problemas con la tesis de Richwine no terminan ahí. Derivar de sus conclusiones la idea de que una buena política inmigratoria se debe basar en aplicarle pruebas de inteligencia a los inmigrantes, es una propuesta más nutrida por la ideología que por la ciencia.

Pero si se trata de creer en estudios que se basan en los test de inteligencia, entonces vale la pena mencionar uno muy interesante referido por el periodista Jon Wiener. En 2012 la revista Psychological Science reportó que un amplio estudio en Reino Unido que examinó a casi 16.000 personas a través de los años encontró que “los menores niveles de inteligencia en la infancia prono

viernes, 10 de mayo de 2013

Belial

Los plumíferos de MiCiudadreal nos estamos volviendo tan ácidos que vamos a necesitar lectores extremófilos para poder sobrevivir. Quisiera poder leer a alguien sin asustarme o quemarme con tanto tizón o lanza térmica de acetileno. Hace falta algo de humor y no precisamente la bilis negra que forma el adjetivo atrabiliario. Por demás, no sé por qué se escandalizan de que la tele recomiende a los parados ir a poner velas en las iglesias y rezar a los santos. ¿Los habrán despedido por eso? ¡Qué tontada! ¿Quieren que recen a otros que les oyen todavía menos, como por ejemplo periodistas de papel o políticos de pago? Conociendo el becerro de oro que adoran, tal vez deberíamos hacer muñecos de vudú con acupuntura ardiente para soltarles conjuros tomados de cualquier ars goetia y que parezca un accidente. 

Mas lo cierto es que, un denotado día de asedio democrático a la congregación de hermanos y hermanitas imputadas, nuestros primates se rodearon de mil quinientos angelitos de la guarda (civil) o maderos del árbol del bien y del mal, bien provistos de bastos para dar leña, espadas de fuego (copas y oros ya tienen de sobra) y gases de azufre, por si el señor de las moscas, porque ya sabemos a qué acuden las moscas. Y los papis y mamis de la patria venían, además, con el culo rebozado de teflón y coche blindado, escondiendo muy bien el segundo rabo entre piernas, así como los cuernos tras las orejas, que íncubos y súcubas sufren problemas auditivos, tan insonorizados como están a los alaridos, y a sus narices pegados. 

Fuera, leíase un exorcismo de todos los demonios, se desataban fuerzas paranormales y corrían que se las pelaban los disciplinantes de las procesiones policiales, en medio de un dies irae dantesco, mientras pensativos y fumativos miraban desde sus peceras los altos gerifaltes ejecutores de la cosa. En nombre de su ídolo Belial, los maderos golpeaban a los troncos posesos, que mascullaban "¡Abuelo, ayúdame! o ¡Vade retro, Merkel! o ¡En Cristo confiamos! o ¡Aire para los naziflautas!, y bajaban a las catacumbas del metro aporreados o casi muertos, porque hay gente que es como los olivos, que solo a palos dan fruto, díganlo las cuitas del joven Wert, quien no quiere acabar como el héroe de Goethe, asediado por las calabazas, el paro y los ripios del falso bardo Ossián. Pero no se preocupe: a Wert nunca le faltará Lotte.

Así pues, hermanos, regocijémonos, pues que las Santas Escrituras nos dicen que estemos, en la aflicción, gozosos, y esperemos grandes portentos y una señal en el cielo que nos indique cuándo, sin más aplazamientos, recursos, dilaciones, prórrogas y epiqueyas, se llegue a hacer la justicia del cielo, porque la fuerza es la que impera aquí en la tierra. Amén.

Me pongo presbiteriano porque hace falta lo menos un grado en Teología para orientarse en el Infierno en que nos está ahondando el congremio de los imputados. Si antaño nadie sabía qué santo había hecho el milagro (español), ahora compete saber qué diablo ha causado este simétrico pandemonium. Y un humilde servidor, instruido por eminencias como los padres Amorth y Fortea, y apoyado por lumbreras de la tradición demonológica como Sprenger, Kramer y Ciruelo, llego a la conclusión de que el diablo que está destruyendo a España y compañeros mártires es Belial. 

La Wikipedia, ese pozo de ciencia infusa, tan infusa como que viene de todas partes, incluso de algunas que nadie sabe cómo llamar, nos identifica qué significa su nombre en hebreo: 

Es una palabra compuesta por bliy (bel-ee') (#1097 del Diccionario Strong's) que tiene por significado "corrupción". [Así se usa en Isaías XXXVIII:17] El segundo término es ya`al (yaw-al') (#3276 del Diccionario Strong's) que significa "ganancia". [Así se usa en Isa XXX:5; Job XXI:15; Jer VII:8...] Por lo tanto muchos especialistas atribuyen a Belial el significado: "el de ganancias corruptas"

Y prosigue con tono didáctico y sapiente:

Se le dan también los títulos de "Señor de la arrogancia" o "Señor del orgullo" e "Hijo del Infierno" (Baal'ial). Desde la Edad Media ha sido considerado como Príncipe de los Infiernos. En el judaísmo los hombres impíos son considerados hijos de Belial.

Por último, el muy erudito autor, o uno de los autores, trae a colación una atinada cita de El Paraíso Perdido de John Milton:


El último fue Belial. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni más torpemente inclinado al vicio por el vicio mismo. No se elevó en su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero, ¿quién se halla con más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí, que mancharon la casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también en los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades donde el escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las más altas torres y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve vagabundear por ellas a los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. Testigos las calles de Sodoma y la noche de Gabaa, cuando fue menester exponer en la puerta hospitalaria a una matrona para evitar un rapto de más odios.

Dios nos pille confesados.

domingo, 5 de mayo de 2013

Cómo salvar un millón de empleos


Juan Gómez "Un millón de empleos salvados en Alemania. Alemania ha aplicado el 'kurzabeit', un programa de subsidios a empresas para no despedir", El País 
Berlín 5 de mayo de 2013

En 2009, el Producto Interior Bruto (PIB) alemán sufrió una brutal caída del 5% que, sin embargo, no provocó un desastre acorde en el mercado laboral. La gran coalición (2005-2009) entre la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Angela Merkel y el partido socialdemócrata de Alemania (SPD) aprobó un ambicioso programa de subsidios a las empresas que evitaran despedir a la mano de obra sobrante. El llamado kurzarbeit supone la reducción total o parcial de las horas de trabajo para una parte de la plantilla de las empresas que lo soliciten por problemas económicos. La Agencia Federal de Empleo suple las pérdidas salariales (totales o parciales) en un 67% o 60%, según los trabajadores afectados tengan o no niños u otras personas a su cargo. El trabajador sigue en la nómina de la empresa y no cuenta en las estadísticas de paro.

En el año de la gran recesión, el período máximo para obtener estos subsidios se prolongó hasta los 24 meses. Con la recuperación fueron acortándose los plazos: en 2010, las empresas podían pedir el subsidio por 18 meses. En 2011, por 12 meses. En 2012 quedó en 6 meses. El fuerte enfriamiento económico de finales del año pasado llevó a la actual coalición de centroderecha a alargar el plazo hasta los 12 meses otra vez.

El número de empresas solicitantes también ha ido variando con los vaivenes económicos. En 2009 y 2010, el número de trabajadores afectados por la medida llegó a rondar el millón. Cayó hasta los 40.000 en 2012, pero el retroceso del PIB a finales del pasado año provocó un repunte drástico hasta los 106.000 de enero y los 102.000 de febrero.

Los sindicatos, la patronal y los principales partidos políticos apoyan estos subsidios como receta contra el paro. Las empresas se evitan perder trabajadores bien formados, experimentados y ya hechos a los procesos internos de la compañía. Los empleados se evitan el golpe del desempleo y el engorro de buscar trabajo en tiempos de problemas económicos. Los partidos evitan la alarma social y el descontento que provoca el aumento del paro.

Su principal pega es que el kurzarbeit solo vale para trabajos especializados con sueldos acordes a la productividad. No habría evitado la destrucción masiva de empleo provocada por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria española, porque la mayoría los puestos perdidos eran de escasa especialización. Las empresas afectadas pueden despedir a estos trabajadores sin un gran esfuerzo económico desde la reciente reforma laboral española y, en el caso aún lejano de que las cosas vayan mejor en el sector, contratar otros trabajadores con sueldos más bajos que los de los años del boom.

viernes, 3 de mayo de 2013

Maricas de España

A los ortodoxos en materia sexual los maricas no dejan de provocarles cierta inquietud, incluso cierta picazón, diría yo, no precisamente porque quien se pique ajos coma; a mí me la provocaban, en mi psicótica niñez, tanto un hombre meloso y atildado que asediaba a los jovencitos a la salida de los billares como el cocinero de un colegio de curas que me andaba detrás en todos los sentidos. Yo huía, y no precisamente porque no hubiésemos sido presentados, sino porque tan espontáneas manifestaciones de afecto me parecían extrañas en medio de la brutalidad dominante. Uno de los juegos habituales entre mis colegas de salvajismo era el "culo a la pared", más inocente en apariencia que en esencia, porque inculcaba homofobia. Luego se pasaba por un ambiguo periodo preadolescente, bien definido por Freud, en que uno sentía demasiado "amor", aunque sin expresión sexual, por los amigos, hasta que las hormonas y los clichés terminaban su trabajo sobre un circuito nervioso sexual, fraguado en determinado mes del embarazo, y uno se volvía comme il faut. Los rusos, que son capaces de hacer vivir cabezas de perro en horrendos experimentos pavlovianos (no pinchen el enlace las almas sensibles), han demostrado en otro que se pueden fabricar gays aumentando el nivel de determinada hormona en cierto mes de la gestación materna, algo que se produce también de forma natural. Así se demuestra que, en suma, la homosexualidad es una variante más de la humanidad, que proviene más de la carne que del espíritu y que puede darse en cualquier especie animal, como de hecho se da, sin que los animales se planteen dudas tan estúpidas como acometen a cierta especie de monos bonobobos.

Los psicólogos así lo han entendido cuando la excluyeron de su lista internacional de patologías: un gay no es un enfermo, sino solo una persona con preferencias distintas; lo que sí es enfermedad, por el contrario, es negar esta posibilidad de realización a los seres humanos, pues que siempre ha sido patología negar la realidad y, sobre todo, negar la propia realidad.

Ya niñato hecho y derecho, seguía preguntándome por qué constituía un peligro para la circulación cierto jovencito que andaba echando los brazos al cuello de un amigo mío, por cierto poco ortodoxo, y por qué había otros jovencitos a los que les molaba más salir con chicas que con chicos. Hoy puedo imaginarme que por afinidad electiva y, también, por no haber encontrado con quién salir, soledad doblemente depresora en época como esa. Inversamente, y nunca mejor dicho, imagino que algunas niñas se encontraban más a su aire sin sujetador bajo un jersey castrante y con el pelo corto, entre chicos, mejor que entre féminas turgentes de pecho frutal. Y que otros, amantísimos de sus madres, sentirían la llamada de unirse a clubes masculinos como la virginal iglesia católica, el varonil ejército, la disciplinada masonería o el Real Madrid, tan lleno de chicos guapos, pijos y metrosexuales en calzón corto.

Si uno conoce a unos cuantos homosexuales, como es mi caso, sabrá que hay muchos tipos: activos, pasivos, activo-pasivos, reinonas, travestidos, bisexuales, transexuales... Por eso no todos los gays son "juntables" entre sí; los delata cierta preocupación por el físico que llena sus cuartos de baño de potingues, cremas, colonias y demás y, por otra parte, es cierto que muchos de ellos se han acostumbrado al amor pasajero e incluso mercantil, por lo que son especialmente disolutos y de pareja poco estable y les cuesta pero que mucho asentar esa cabeza tan loca y de loca que tienen. Por tanto, el juez que otorgue el cuidado de un niño adoptado a una pareja gay debe ser prudente si quiere proteger el futuro del niño, esmerarse en averiguar si la pareja formada es verdaderamente estable, con lo que solo bastaría saber si lleva algunos años de continuidad y tiene visos de permanencia. Por lo demás, cabe decir a quienes les preocupa otro estilo de prejuicios: si en familias "normales" nacen niños gay, ¿por qué en una pareja gay no puede haber niños normales? Existe una normalidad mucho más ancha y menos restrictiva que la que quieren hacer pasar por tal las mentes estrechas y no estará de más recordar a algunos ignorantes católicos que hubo parejas de santos homosexuales, como Sergio y Baco y que, incluso, hay un rito cristiano muy antiguo para "casar" cristianamente a dos gays, la adelphopoiesis, fraternitas iurata u ordo ad fratres faciendum. El erudito John Boswell ha exhumado nada menos que ochenta contratos históricos de este tipo de matrimonio cristiano gay. Cuando el matrimonio se encuentra en tanta decadencia, parece demencial que los católicos les nieguen ese derecho a quienes todavía creen en él. Pero es que el derecho canónico legisla hasta en cuestiones de bragueta, que ya es legislar. 

Es un hecho que entre los gays o LGBT (así se llama al colectivo formado por lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) existen los mismos problemas que entre los ortodoxos. Es cierto que entre ellos muchos son muy creativos; quizá quepa atribuirlo al hecho de que, como hombres, poseen un cerebro más grande y, como mujeres, lo usan más y ambos hemisferios conjuntamente; pero eso  podría ser una explicación baldía, ya que cualquier ser marginado puede hacerse con facilidad una idea original y subjetiva sobre el mundo, ya que la subjetividad es la raíz misma del arte.

Muchos homosexuales lo pasan mal en sociedades particularmente hipócritas o restrictivas; y lo hacen tanto si lo asumen como si no; pero también los hay que se lo pasan mejor dentro del armario que fuera de él y viceversa. Eso es cuestión de temperamentos, de voluntades y de circunstancias. Por supuesto, las conductas homoeróticas son tan reprobables como las ortodoxas en los casos generales que recoge la ley: sexo con menores de edad o pederastia, violaciones, acoso etcétera. El castigo de estas conductas debe ser el que espera cualquier hombre honrado en cualquier cultura, siempre que se tenga en cuenta, además, que este tipo de delitos es muy propenso al ocultismo y delicado de tratar, más en un país tan hipócrita y clasista como España, donde muy probablemente emerge solo el uno por ciento de los casos reales. Algunos casos, por demás, resultan tragicómicos, como el del grupúsculo anarquista Mateo Morral, que ha enviado consoladores explosivos al obispo de Pamplona y al rector de un colegio de los Legionarios de Cristo. Hechos reprobables, desde luego, como lo es también el de que la revista El Jueves vitupere al obispo de Alcalá atribuyéndole el dicharacho mendaz de que es bueno dar por culo para prevenir el aborto. Eso es solo incurrir en el anticlericalismo trasnochado del refranero, explícito al atribuir a curas regulares y seculares el pecado nefando. Por demás, incluso diversos periodistas manchegos anticlericales han sido más o menos declaradamente homosexuales, como el asesinado Antonio Rodríguez García-Vao, un probable amante de Emilio Castelar, si interpreto bien lo que insinúan algunos de sus contemporáneos, o el secretario de Jacinto Benavente, el escritor ciudarrealeño Ernesto Pérez Saúco.

Apólogo de los mellizos


En el vientre de una madre había dos bebés. Uno de ellos preguntó al otro: "¿Crees en la vida después del parto?"

El otro respondió: ¡Claro, por supuesto! Tiene que haber algo después; tal vez estamos aquí para prepararnos para lo que vendrá.

"Tonterías", dice el otro. "No hay vida después del parto. ¿Qué sería de la vida?"

"No lo sé, pero habrá más luz que aquí. Tal vez vamos a caminar con las piernas y comer con nuestras bocas".

El otro dice: "¡Esto es absurdo! Caminar es imposible. Y ¿comer con la boca? Ridículo. El cordón umbilical suministra nutrición. La vida después del parto se debe excluir: el cordón umbilical es demasiado corto".

"Creo que hay algo y tal vez es diferente de lo que está aquí", responde el otro. Nadie ha vuelto de allí. El parto es el final de la vida y el posparto no es más que oscuridad y ansiedad y no lleva a parte alguna".

"Bueno, no sé", dice el otro, "pero, sin duda, vamos a ver a la Madre y ella se encargará de nosotros".

"¿Madre? ¿Crees en la Madre? ¿Dónde está ahora?"

"Ella es todo lo que nos rodea. Es en la que vivimos. Sin ella no sería este mundo".

"Yo no la veo, así que, lógicamente, no existe".

A lo que el otro respondió: "A veces, cuando estás en silencio, se la puede escuchar: se puede percibir algo de ella. Creo que hay una realidad después del parto y estamos aquí para prepararnos a esa realidad".

jueves, 2 de mayo de 2013

Marc Augé y el fracaso de las utopías


Tereixa Constenla, "La teoría del pobre perpetuo", El País, 2 de mayo de 2013:

El antropólogo Marc Augé analiza en su nuevo ensayo las tensiones causadas por el fracaso de las utopías.

Marc Augé (Poitiers, 1935) lleva toda la vida observando humanos. Estuvieran en Togo o en el metro de París. Acaso sea esa curiosidad la que explica que el africanista se hiciera famoso por acuñar un concepto ultramoderno y superurbano, que pasaría desapercibido en boca del comisario de una feria de arte conceptual y que en la de Augé sonó a teoría para desbrozar el presente: los no-lugares, esos espacios anónimos que no son de nadie y son de todos como los aeropuertos, los supermercados o las autopistas.

Pero dado que considera al etnólogo un “testigo del planeta” y al antropólogo “un especialista del presente”, no resulta extraño que Augé, con su ojo avizor, se vaya metiendo en todos los charcos, ya sean suyos o ajenos. El último es un ensayo titulado Futuro (Adriana Hidalgo editora). ¿No es una paradoja en un examinador del hoy? “La paradoja reside en otro aspecto: la generalización de los problemas. Un etnólogo es un especialista de lo local, que no significa lo mismo que hace tiempo. Ha habido un cambio de escala y todo tiene ahora una dimensión planetaria. Esa es la paradoja: el etnólogo estudia la realidad social en un contexto y, hoy en día, el contexto es siempre planetario. Incluso para una pequeña tribu amazónica”.

Esa globalización, que va por partes, está al comienzo de un miedo que paraliza principalmente a las sociedades que antes vibraron con pujanza. Augé considera que hay temor a imaginar el futuro y una de las razones reside en lo que se ha perdido sin que nada ocupe el hueco.

“En el XIX aparecieron las utopías, pero en el XX hemos visto que han fracasado, como el comunismo, y ha aparecido una utopía liberal cuyas dificultades estamos viviendo hoy día. Eso da miedo. Y también el hecho de que tenemos la idea de que lo que ocurre en una parte le concierne a todas. La economía y la tecnología son globales y la sociedad y la política, todavía no lo son. Esa tensión entre los aspectos tecnológicos y económicos con los sociopolíticos es una razón de incertidumbre y miedo”.

Si no hay utopías para sustituir a las utopías, ¿cuál será el camino? Aunque Augé entrecierra los ojos con complicidad en la primera parte de su razonamiento —“es bueno que no haya utopías”— retorna a su sosiego afable para completarla. Él ha vuelto los ojos hacia la ciencia y su método. “La ciencia trabaja a partir de hipótesis. Cuando no funcionan bien, las cambian. Es todo lo contrario de lo que ocurre en el sistema político. Si hay un buen futuro posible es a partir de esa actitud científica perpetuamente revisionista —opuesta a la de las ideologías— y a la fidelidad a principios como los derechos humanos, la educación o la igualdad”.

El antropólogo es rotundo sobre el fracaso de la utopía del XX — “la democracia representativa y el mercado liberal no han tenido éxito”, esgrime— y la necesidad de un cambio que no será definitivo y tendrá su trance conflictivo: “No es una constatación pesimista, la Historia siempre ha sido violenta”. Y añade: “La desigualdad entre los más ricos de los ricos y los más pobres de los pobres crece; y también crece entre los más instruidos y los analfabetos en los países emergentes. Eso genera violencia, pero también significa que la Historia no se acabó, que no tenemos la última fórmula como pensaba Fukuyama”. Y esta crisis, digan lo que digan los presidentes de Gobierno, equivale en su opinión a la temible de los 30. Peor en duración —“Esta es a escala planetaria y por eso requiere más tiempo”— pero no en remedios: “Fue la guerra lo que permitió salir de la crisis de los 30, hoy día no es posible una guerra pero hay otras formas de violencia”.

La pirámide social de quien dirigió durante una década de L'École des hautes études en sciences sociales introduce nuevas definiciones. En el vértice superior: una élite mundial ocupada por poderes de siempre y nuevos poderes —las multinacionales y las figuras de éxito global en el deporte, la cultura o cualquier otro ámbito—. A continuación, una masa que el antropólogo identifica por su función social: consumir. “Tenemos el deber de consumir porque es el motor del sistema. Si no lo hacemos bien, se desatan las crisis”, afirma. En tercer lugar: los excluidos, sea de la riqueza, sea del conocimiento. Y ahí seguirán dado que el sistema no tiene estímulos para incluirlos en el circuito económico y, por tanto, arrancarlos de su periferia social. “No es necesario crear nuevos consumidores, solo es necesario que los que ya existen consuman perpetuamente”. Su conclusión da para poca fiesta: “Los pobres tienen que acostumbrarse a ser pobres a medio plazo”.

De esto escribe en Futuro y de esto habló en el Círculo de Bellas Artes, en Madrid, durante su participación en el seminario El futuro que llega. Un porvenir marcado también por redes sociales y tecnologías de la comunicación, que pueden servir para lo mejor y para lo peor. “Son un medio para conocer a otros, pero existe el riesgo de que se tome por otro mundo distinto al real. Es una tontería decir ‘tengo dos millones de amigos’. Internet no significa nada si simultáneamente no se hace un esfuerzo considerable en educación. Cometemos un gran error si pensamos que sustituye a la educación y formación de los niños. Me preocupa que la adquisición de medios tecnológicos no tenga como finalidad tener un conocimiento real, la finalidad es la del mercado: vender”.

La enseñanza ha dejado de existir


Iván Gil, “La enseñanza ha dejado de existir. Lo dejo: trabajar hoy como profesor ya no tiene sentido” , en El Confidencial, 27/04/2013 

La enseñanza básica norteamericana priorizará las materias científicas sobre las de humanidades. 

“Con un profundo pesar debo comunicarles que me retiraré cuando termine este curso escolar, lo que pondrá fin a mis 27 años de servicio en el instituto de Westhill (Nueva York)”. Así iniciaba el profesor de Historia y Humanidades Gerald Conti una dura carta de renuncia que dirigió al director y a los miembros de la junta educativa del centro. La pérdida de calidad del sistema educativo norteamericano, “que ha descendido al puesto número 17 del ranking mundial”, así como las “draconianas” reformas del Gobierno Obama, que mercantilizan la educación relegando a un segundo plano la enseñanza en humanidades, son los principales reformas por las que Conti justifica su decisión. “Para mí ya no tiene sentido seguir trabajando como profesor”.

La crítica de este firme opositor a la lógica utilitarista y económica de la enseñanza, que según él se está promoviendo en EEUU, comenzó a recibir cientos de adhesiones desde el mismo momento en el que hizo pública la carta de renuncia a través de su cuenta personal en Facebook. Y es que Conti ya no es el único objetor al mandato del presidente norteamericano, quien pidió en un discurso dirigido a los profesores que “preparen al alumnado atendiendo a las exigencias de la nueva economía”. Un cambio en el paradigma educativo en el que la enseñanza girará en torno a las cuatro materias denominadas STEM, por sus siglas en inglés (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas).

El profesor Conti tiene 62 años y ha ejercido la enseñanza desde los 22. Durante este tiempo, dice, “las clases de historia han sido mucho más que un simple trabajo, pues lo han sido todo en mi vida”. Su filosofía siempre se resumió con la frase del pedagogo John Dewey que corona una de las paredes de su despacho: “La educación no es preparación para la vida, la educación es la vida misma”.

La injerencia corporativa en la evaluación académica

Conti se vio obligado a traicionar sus principios desde que los legisladores “fallaron al vender a los alumnos a industrias privadas como Pearson Education”, en referencia a la empresa externa encargada de evaluar las pruebas académicas en varios centros públicos de la ciudad de Nueva York. Unas pruebas que no han estado exentas de críticas por parte del sindicato de profesores, que alegaban la presencia de numerosos errores de bulto que dificultaban a los maestros la realización de sus propios exámenes.La educación no es preparación para la vida, la educación es la vida misma

La “privatización de los exámenes”, que tiene como consecuencia la injerencia en los contenidos docentes, se ha experimentado en otros centros, como es el caso de algunos colegios de Seattle. Las llamadas MAP (Pruebas de Progreso Académico) se justificaron desde la administración como un método para evaluar el trabajo de los profesores. Sin embargo, el sindicato de maestros de Seattle las rechazó desde el primer momento y se negaron a realizarlas alegando “razones éticas y profesionales”.

La oposición a este tipo de pruebas tuvo su máxima expresión el pasado mes de febrero en Texas, donde unos 10.000 padres, profesores y estudiantes celebraron un congreso para posicionarse en su contra y exigir una mayor financiación para las escuelas públicas. Ahora, Conti se ha convertido en la primera “víctima” de la reforma que los sindicatos ya han convertido en mártir. Todo ello, a pesar de que el profesor tampoco ahorra críticas en su carta hacia los sindicatos: “Me han defraudado por no haber llevado a cabo una lucha mucho más eficaz y enérgica contra esta peligrosa y costosa debacle”.

Decadencia intelectual y moral

“La creatividad, la libertad de cátedra, la experimentación y la innovación en el aula están siendo sofocadas en un intento equivocado de arreglar algo que no está estropeado”, lamenta este profesor. Hasta ahora ha conseguido traicionarse lo menos posible a sí mismo compaginando sus clases de Historia en el instituto con la docencia en la facultad de Bellas Artes, donde huye de los encuadres utilitaristas. “Para mí la educación debe centrarse en lo cualitativo y no en lo cuantitativo. La docencia no deja de basarse en las relaciones personales y en fomentar la curiosidad de los estudiantes. Una visión que he tratado de llevar a la práctica durante toda mi carrera profesional”, apunta Conti.Las personas que están promoviendo las reformas docentes no saben nada sobre la educación

La enseñanza en los institutos, añade resignado, “es más una cuestión de contabilidad económica que de cualquier otra cosa y me preocupa, por ejemplo, que en las clases de inglés no se vaya a estudiar literatura”. Los últimos pasos del sistema educativo norteamericano han dejado fuera de juego a este profesor que se niega a plegarse a los dictados del mercado laboral para preparar a sus estudiantes. El principal problema, según apuntaba el profesor a la prensa local, es que “las personas que están promoviendo las reformas docentes no saben nada sobre la educación”.

Sin esconder la tristeza por las causas que motivaron su decisión, Conti se despide alegando que “no dejo mi profesión, sino que ella me deja a mí porque ha dejado de existir”. Para luego vaticinar que, de seguir adelante con este tipo de reformas, se precipitará rápidamente una “decadencia intelectual y moral”.