domingo, 14 de julio de 2013

La nada es física y metafísicamente inestable. El principio y el final son lo mismo.

Juan Bonilla, "La nada creativa", 11 de julio de 2013:

Con los científicos pasa como con los escritores de relatos: saben que el 90% de su público pertenece a su mismo campo, un campo magnético del que es difícil escapar. Eso crea un gueto imposible de concebir en otras disciplinas artísticas. Imaginen una plaza de toros en la que todos los espectadores fueran toreros: el negocio sería imposible. Así suele pasar con la ciencia (y lamentablemente también con la mayoría de libros de relatos). Se diría que los libros científicos sólo los leen los científicos, lo que produce el espejismo de que quienes se encuentran dentro del gueto pierden de vista lo que haya más allá de sus murallas. Naturalmente hay unos cuantos audaces que son capaces de saltar esas murallas y llegar más allá, obtener el interés de lectores que ni son científicos, en un caso, ni escriben relatos, en el otro. Borges, Cortázar, Feynman o Hawking: no nos engañemos, quienes saltan esas murallas suelen ser los más grandes. El científico puede calmar sus ansiedades convenciéndose de que fuera de esas murallas de la comunidad científica no hay nadie a quien dirigirse sin bajar mucho el nivel, pues para ser comprendido exige que su lector sepa casi tanto como él: es su problema.

Hay un malentendido cuando se habla de divulgación científica: se diría que el sustantivo, actuando como un agujero negro, deja sin cualidad al adjetivo, y curiosamente si se pusiera al revés, ciencia divulgativa, ocurriría lo contrario, y el adjetivo ahí actuaría de agujero negro del sustantivo, de donde se deduce que lo que afea al género es su cualidad divulgativa, como si eso lo infantilizara (la infantilización de la palabra cuento es también gran enemiga del género del relato breve, de ahí que algunos grandes del relato breve se negaran a utilizarla, por ejemplo Fernando Quiñones: en inglés tienen resuelto el problema, short story es una cosa, y tale, otra).

A quienes consideran que la divulgación científica es una rebaja del nivel de excelencia para adquirir más público, bastaría enfrentarlo a las obras principales de la especie, por ejemplo este Un universo de la nada, de Lawrence Krauss (Editorial Pasado-Presente, traducción de Cecilia Belza y Gonzalo García). Krauss es el hombre Quamtum, conquistó miles de adeptos y lectores con sus estudios de La física en Star Trek -un libro divertidísimo- y su excelente segunda parte, Beyond Star Trek (su primer libro se titulaba La quinta esencia y era una investigación en la naturaleza de la materia oscura). Su maestro, sobre quien escribió un excelente libro, es Richard Feynman. Se puede decir que la preparación científica no es vital para ingresar en este libro pues el autor, cómodamente, habrá bajado el nivel para que te sientas a gusto. Qué va: un científico podrá leer el libro y entender el 100% de lo que cuenta (aunque Dawkins,  científico, dice que él es incapaz de entender la teoría de la mecánica cuántica, como el ministro de Economía es incapaz de entender el recibo de la luz) y yo sólo me habré enterado del 30 %, pero es que ese 30 % es muchísimo y es fascinante y perturbador y, también, verdaderamente hermoso. No se podrá culpar a Krauss de haber bajado ningún nivel: de hecho en algún momento dice, "por fin voy a tener espacio para explicar una teoría que en las conferencias sólo puedo apuntar porque es demasiado compleja para soltarla ante un auditorio". O sea, divulgación científica, sí, pero más científica que divulgativa, o divulgativa sólo en el sentido de que resulta fascinante en cuanto el profesor nos la hace entender.

¿Qué hay en este libro que el incansable Richard Dawkins, en su cruzada contra los teólogos y los creacionistas, ha calificado de "El origen de las especies de la cosmología"? Un festival de datos y hallazgos que, con infatigable sagacidad, alcanza una respuesta a la clásica pregunta "¿por qué hay algo en lugar de nada?". Pues después de definir la nada, por esa exigencia platónica de definir aquello sobre lo que se va a discurrir para que sepamos de qué se está hablando, y repasar las conquistas de Einstein, Schrödinger, Lemaître y tantos otros, alcanza la serena certidumbre de que, primero,  la nada es creadora, y segundo, no es nada milagroso que lo sea. La física no sólo nos dice cómo de la nada puede surgir algo, sino que va más allá y nos muestra que la nada es inestable y por lo tanto, casi con toda certeza, no tenía más remedio que haber creado algo a partir de su propia inestabilidad.

Y eso, sucede continuamente: partículas y antipartículas existen y dejan de existir como luciérnagas subatómicas, se aniquilan mutuamente y luego se recrean en proceso inverso, sí, a partir de la nada. La génesis espontánea de ese algo a partir de la nada aconteció en la singularidad conocida como Big Bang, hace 13,72 millones de años: la cifra está probada hasta el segundo decimal, luego hay discusiones. Ya sé, ya sé que se puede decir que en esto los científicos se comportan como teólogos escolásticos, discutiendo acerca de cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler. Pero Dawkins defiende a los científicos: "sí, pero no" -nos dice- "nosotros ignoramos muchas cosas, pero lo que sabemos, lo sabemos sin género de dudas", de donde algunas de las predicciones de la teoría cuántica han sido verificadas con una exactitud equivalente a medir la distancia entre Tokio y Madrid sin desviarse, literalmente, más de un pelo.

Si Aristóteles ya se mostraba poco convencido de la idea platónica de una Causa primera, y entendía que el problema estribaba en hallar una solución a la pregunta "¿quién creó a Dios, aun en el caso de que Dios sea el que hizo funcionar el motor?" y los creacionistas hacen girar los descubrimientos científicos para escudar su infantil teología (hubo un Big Bang, vale, no hay más remedio que aceptarlo, pero eso ya lo dice la Biblia, fiat lux, como si la redacción de la Biblia precediera al propio Big Bang), Krauss responde, sin que le tiemble la mano, a la pregunta ¿cómo pudo surgir el universo de la nada?, y deja claro, por si hiciera falta, que si alguna vez, y dados los escasos medios de observación de los científicos, esa fue una pregunta abordada por teólogos y filósofos, hoy sólo pueden abordarla en serio los científicos. Que la respuesta asuste o sea devastadora, es ya otra cosa. La realidad no está ahí para que se adapte a  nuestras querencias y deseos.

Krauss demuestra también por qué estamos en los siglos de oro de la cosmología. Dentro de unos siglos, el Big Bang estará demasiado lejos, las galaxias estarán tan separadas unas de otras que se habrán perdido la pista, serán inalcanzables, por lo tanto hemos llegado en el momento justo para intuir las respuestas que buscábamos. Dice Dawkins en el postfacio que lo que dice el libro de Krauss es devastador. No lo veo así, supongo que porque no soy creyente y me da igual que la explosión se produjera por voluntad divina o por inestabilidad de una nada previa. Prefiero quedarme con la cantidad de poesía que va repartiéndose por todo el libro de Krauss: por ejemplo, esa idea de que cada uno de los átomos que nos forman procede de una estrella, y es muy probable que los átomos de la mano derecha procedan de una estrella distinta que los átomos de la mano izquierda. Es en sí misma suficientemente hermosa como para no necesitar una voluntad  sobrenatural. La regla metafísica según la cual "de la nada, nada se crea", recibe un directo a la mandíbula que la noquea en este brillantísimo libro. La materia que nos conforma fue creada al principio de los tiempos por procesos cuánticos y eso nos garantiza que volverá a desaparecer. La física es una carrera de doble dirección y los comienzos están ligados a los finales. Protones y neutrones se desintegrarán, la materia desaparecerá y el universo se acercará a un estado de simetría y simplicidad máximas. Los creyentes están en su derecho de llamar a eso Paraíso. Si les vale, brindo por ellos. A mí me vale así. A las invenciones del teólogo y el tartamudeo del filósofo, prefiero la imperturbable investigación de un científico como Lawrence M. Krauss.

viernes, 12 de julio de 2013

Modos de vivir que no dan de vivir

Así titulaba Larra un artículo clásico sobre los mileuristas del XIX. Buscando inspiración, el dandy feo marchó a la periferia, al extrarradio, a los arrabales, a los contornos, vaya, la banlieue de Madrid, para documentar cómo lograba sobrevivir a los borbones de chocolate el que unos años después Marx llamaría subproletariado o lumpen, unos íntimos piojos de clase baja marginal que colaboran con la burguesía, porque la necesitan para sobrevivir. Lo que los esclavos domésticos para las plantaciones del trópico: se consideran mejor paridos que los que viven y mueren en las plantaciones, en las afueras, pues también hay clasismo y racismo entre negros. Un funcionario fijo mira al interino como un culipardo de realengo a un churriego de señorío. 

Todos debíamos leer algunas  autobiografías de esclavos (en español solo hay dos, la de Juan Francisco Manzano, de la que se perdió -estas cosas se pierden con mucha facilidad- la segunda parte, y la de Esteban Montejo, el último cimarrón cubano), o alguna estadounidense, terribles de verdad, literatura de oro puro por su "valor" humano. Los esclavos, analfabetos a la fuerza, se avergonzaban y ocultaban sus propias historias, pues además eran perseguidos doblemente si divulgaban sus padecimientos. Todo lo más podían dictar a los abolicionistas bajo pseudónimo, como Harriet Jacobs, una esclava que ha tenido la rara suerte de ser publicada barata en español. Quien lea a esta mujer, especialmente si es de su sexo, puede terminar realmente cabreada, pues su lectura enerva a la enésima potencia el más rudimentario sentido de la dignidad y la justicia. "El esclavo es un hombre muerto", escribió Manzano.

Un Pasolini cualquiera podría pasar revista al subproletariado ciudarrealeño. Y muy cualquiera, porque uno, a fin de cuentas burgués, carece de conocimientos directos y profundos sobre el tema, porque sale poco de casa, si bien tiene amigos hasta en las alcantarillas. Los desahuciados de todo de antaño iban por la noche recogiendo papeles y cartones para vender a los dos grandes almacenes privados que hay o había de chatarra y reciclaje fuera de la ronda. Circulaban con una carretilla recogiendo cartones antes de que viniera la basura y, como se pagaba al peso, mojaban los cartones para que pesasen más en la báscula, y, por tanto, les diesen más dinero. Pero hoy en día el programa de reciclaje les ha quitado el pan  de la boca y han tenido que marcharse a robar de noche cobre y metales al campo, porque los labriegos ya están avisados y armados hasta los dientes. Ya no hay robagallinas, porque son muy ruidosas y los desempleados ciudadanos pueden robar flores en el cementerio para poder venderlas en la puerta. Casi mejor que en las floristerías, donde te dan una docena de rosas industriales y clónicas recién descongeladas y sin perfume por un precio salido de madre. Por lo menos podían echarles unas gotas de chanel. El descuidero con gazuza entra en los hospitales para robar los dulces, ropas (y otras cosas) que dejan en los cajones a los enfermos o entran en las casas a robar de las formas más pintorescas, con la técnica del paraguas, la del adhesivo o la de colarse cuando se deja abierta la puerta al bajar la basura. Los gorrillas cobran el seguro de protección del coche, impuesto que agrada pagar porque se puede controlar a simple vista. Pasan gatos fugitivos como dioses menores, vuelan murciélagos, suenan los grillos, soplan ráfagas de viento con su fantasma dentro. Y una serie de fugados de casa, chaperos, mendigos y emigratas se pasea por la estación de autobús o se sienta en el parquecillo frente a los juzgados. Pasadas las tres de la noche, algunas parejas follan a escondidas o no tan escondidas, sobre los bancos de los diversos parques, los locos con insomnio deambulan en zapatillas haciendo preguntas raras, los borrachos decoran las aceras, salen los puteros a sus clubes de alterne y los drogatas, los ojos muertos en sus ojeras, peregrinan en pos de su flor de loto y, en la hora más oscura y fría, esa que precede siempre al alba, van poniendo las aceras, empiezan a mear las macetas y los camiones descargan todos su género en los mercados y en los bares. Suena el canto mortecino del afilador, invisible con su siflo,  Y una rata con frío hace ruido abrigándose bajo toda la basura.

miércoles, 10 de julio de 2013

Coplas de San Antón en Villamanrique

San Antón, como es tan viejo,
tiene barbas de conejo.
Y su madre Catalina,
tiene barbas de gallina

San Antón, santo francés,
santo que no tiene vino,
pero lo que tiene en los pies,
san Antón es un gorrino.

San Antón hizo unas gachas,
y convidó a sus muchachas 
ansí que las vido hartas,
les pegó con las tenazas.

San Antón hizo unas gachas,
convidó a sus muchachas,
y una vez hartas,
les dio con el rabo “el” cucharón (¿?)

El demonio no intentó,
lo que intentaron dos viejas,
de capar a san Antón,
con unas tijeras viejas.

El demonio no intentó,
lo que intentó san Benito,
de ponerle a san Antón,
una chicharra en el pito.

San Antón, como es asina,
tiene culo de sabina,
las pelotas de corcho,
y el pito de muselina. 

San Sebastián fue francés,
y san Roque peregrino,
y lo que lleva a los pies 
san Antón es un cochino.

Una vieja muy revieja,
más vieja que san Antón,
se echaba la teta al hombro,
y le arrastraba el pezón.

San Antón, el de la Mota,
todos dicen que es capón 
y le arrastran las pelotas…
¡carajo, con san Antón…!

San Antón tiene jurado,
por vida de su cochino,
que si no le hacen la fiesta,
ha de volar el molino.

domingo, 7 de julio de 2013

Quid divinum

El quid divinum puede encontrarse en algunas obras de arte, lugares, animales u objetos, pero muy pocas veces se encuentra en personas; no se adquiere, no se deja imitar: quienes lo encarnan nacen con ello y se vuelve fatal si se prodiga demasiado, porque consume y extingue a quien lo posee; por eso los que lo tienen, que son poquísimos (en cada generación los que salen a la luz pública se cuentan con los dedos de una mano y acaban indefectiblemente mal), asoman muy poco o nada y huyen de mostrarlo; saben lo que les puede pasar y no abusan, de modo que la mayoría no llega a ser conocido porque saben que su don puede ser un problema y solo son percibidos por los que han caído rendidos a su lado como por un rayo. Esos personajes ocultos se reconocen en que sus funerales suelen ser concurridísimos y en que es imposible olvidarse de ellos: impresionan la memoria más distraída con una fuerza increíble y tienen el poder de unir a la gente. 

Pero, cuando el quid divinum asoma, no deslumbra: ciega y apabulla y conmociona y al marcharse todo el mundo recordará mientras viva y cuando muera, porque deja sello en carne viva, como la espada de fuego de un ángel. Puede tenerlo también un grupo de personas y es más común en las obras de arte; un jarrón, un árbol, una casa o una piedra pueden estar hechizados con él: yo lo he sentido alguna vez en ellos, lo siento todavía. De la condición líquida y sin forma del mismo ya habló en alguna ocasión Antonio Gala, llamándolo palmariamente "poesía". Es inconmensurable y terrible y deja señalado no solo al pobre despojo humano que lo encarna, sino a quien lo contempla. Se desconoce por qué se tiene o se carece de él. Y se envidia ferozmente (se envidia hasta incluso lo malo): Salieri no lo tenía. No está asociado a la belleza, que es muy común; es algo sacro y ultraterreno, inefable, indefinible, inextinguible en sí aunque no en el cuerpo que consume. Esas personas son en sí mismas obras de arte, algo que trasciende, que va más allá del espacio y el tiempo y el encanto y pueden obsesionar o enloquecer perdurable y definitivamente hasta la muerte a los que carecen siquiera de una chispa de ese don que se concede solo íntegro a ellos, en especial a los que ni siquiera lo pueden simular: porque casi toda la belleza del mundo es mera simulación de ese quid divinum, del que por cierto con tanto tino habló Edmund Burke bajo la denominación de "lo sublime". Una persona con él podría incluso fundar una religión nueva, porque cualquiera se tiraría a un pozo por él. Es un milagro que solo se da a conocer por sus efectos: paraliza  y petrifica como la Gorgona y hace llorar. Reduce a la gente a peleles, los deja con la boca abierta, como los muertos, porque arroba, enajena, aliena. Platón lo intentó expresar en su Íon. Suscita adhesiones o pasiones inquebrantables hasta la muerte, porque la vida no tiene sentido después de que se ha mostrado; el quid divinum se lo lleva todo y no deja ni las migajas; arrebata las miradas, los sentimientos y los recuerdos detrás y a cambio aporta vacío, tristeza y muerte. Es como el duende de Lorca (este poeta lo tenía y, milagrosamente, logró un ensayito sobre él: Teoría y juego del duende). Señala algunas de sus características: no se repite nunca y causa cohesión social. Algunos son incapaces de reconocerlo, quizá porque carecen absolutamente de empatía; o lo reconocen a posteriori, cuando se dan cuenta de que lo entrevieron y no han podido olvidarlo de ninguna manera cuando otros sí fueron devastados a la primera; ellos no lo percibieron porque el miedo les puso delante la ilusión de que era una forma de belleza más, hasta que se dieron cuenta de que no se puede prescindir de eso así como así: es imposible e indeleble.

Los bebés lo tienen; todas las mujeres tienen una chispa de él y es más frecuente entre ellas; Paco de Lucía, los Beatles, BachMarilyn Monroe o las pianistas Khatia Buniatishvili y Nina Simone tienen ese poder de obsesionar, las últimas no porque fuesen bellas, nada de eso; actrices como Michelle PfeifferSean Young o Ashley Judd eran bellas y, aunque lo simulaban, carecían de él; conjuntos como el Colegium vocal de Gante o pianistas como Martha Argerich han tenido momentos en que casi parecían encarnarlo, pero no era así: se acercaban, intentaban imitarlo burdamente pero no llegaban; el quid divinum no se puede simular, no es un fantasma, es más duro, asesino y persistente que todo eso y es como dice la primera Elegía de Duino de Rilke: "El grado de lo terrible que soportamos todavía cuando, con su ser más potente, desprecia destruirnos". En España lo tuvo una cantante como Cecilia, que no era demasiado bella. Entre los hombres es menos frecuente; lo tuvo el comentarista deportivo Andrés Montes; no lo tuvo, por ejemplo, Anthony Hopkins, aunque es tan buen actor que en alguna ocasión casi puede fingirlo, por ejemplo, en su película Magic, donde ya hacía de psicópata mejor que en El silencio de los corderos.

Laoconte, el primer escritor verdadero

Lo único necesario para poder escribir ficción es una paranoia de primer orden; y para escribir literatura, en general, un odio feroz al lenguaje, necesario para poderlo manipular y retorcerlo y que él no te manipule ni te retuerza; la escultura del sacerdote Laocoonte ofrece una idea aproximada.

El resplandor, de Kubrick

El resplandor de Kubrick es una película que gusta mucho, en general, y con motivo. Está llena de alusiones más o menos ponzoñosas. El siseante camino hacia el hotel a través de los bosques en medio de las variantes del último movimiento de la Sinfonía fantástica de Berlioz, adaptado al sintetizador moog por Wendy / Walter Carlos y que retrae a su vez los compases el famoso himno litúrgico del Dies irae, recuerda visualmente los boscosos paisajes infinitos y las composiciones solitarias en escorzo de Caspar David Fiedrich. La pelota hacia el niño, por ejemplo, es un tópico de la cinematografía de terror, una cita de Al final de la escalera, una cumbre del género; pero a mí lo que más me impresiona son esos suelos que imitan las llamas del infierno con el color y el hexágono y sugieren el símbolo del laberinto. La gente no sabe por qué se inquieta, pero los habituados a trabajar con metáforas reconocemos cuando nos están toqueteando... el subsconciente. Los símbolos dobles, los escorzos simétricos, bastante frecuentes en la película, tienen que ver con la retórica del refuerzo en la fotografía publicitaria, pero también con la famosa instantánea de Diane Arbus. Por debajo hay mucho de los dos James, M. J. James y William, pero también del propio King, por entonces rodeado por la nieve de la coca y el alcohol del bar. En la novela hay otros símbolos que no desarrolla Kubrick, la otra  K., que son la caldera y el avispero; optó por concentrar las cosas. Por supuesto, la ducha, que es la escena que menos me gusta y más tópica, y la más inquietante, a mi juicio, la entrevista entre el hijo y el padre en el dormitorio, con el juego de espejos y simetrías y el famoso tercer movimiento de la Música para cuerdas, percusión y celesta de Bela Bartok, que tanto hizo para extraviar la música contemporánea de algunos sin el genio de BB.

El horror, el horror... de los horrores

Cuando me enteré de que el director (la palabra le viene sobredimensionada)  Michael Bay, hijo de mamá psiquiatra infantil y papi dueño de una librería, iba a hacer un remake de las tortugas Ninja:

Arg! El material del que están hechas las pesadillas!




Arder y morir

Lo único intrínsecamente malo de la belleza es que uno corre el riesgo de arder y morir.

jueves, 4 de julio de 2013

Veraneos económicos

Uno quisiera ir a bañarse inadvertidamente (ibant obscuri sola sub nocte per umbras) en la alberca de algún labrador ocioso a la luz de la luna, sin necesidad de salir en cueros corriendo la milla para librarse de los cartuchos de sal, o refrescarse sin necesidad de robar melones a los ricachos de La Poblachuela bebiendo la marca registrada agua del grifo en la bañera de casa, bajo el plenilunio del ventilador, en busca siempre de nuevas sensaciones, pero va a tener que resignarse y viajar por toda Europa seduciendo a bellas mujeres, saludando a todas las eminencias del siglo, gozando de vistosos saraos y comiendo y durmiendo en hermosos palacios de Venecia, París, Londres y San Petersburgo. Este milagro lo logra la lectura de la caudalosa, culta e indecente Historia de mi vida de Giacomo Casanova, editada, por primera vez completa y sin censura, rigurosamente traducida y anotada, por Atalanta, la editorial del hijo del lujo o lujo de hijo de la irrepresentable Duquesa de Alba, que se ha llevado además por la hazaña un premio nacionajero de traducción. 

Además de este consejo para pasar el verano, solo recomendable para los desesperados lectores de mierdas de Editorial Planeta o el Círculo de Lectores, puedo ofrecer la alternativa de escoger en el pasado, que tiene más anaqueles que el insatisfactorio presente, husmeando a poco precio, en la librería informática de Vialibri, algunos autores descatalogados y "de viejo" que merezcan la pena, sacados de una época en la que leer tenía algún sentido y era una alternativa viable a la angustia de vivir cada día, y no como ahora, con ordenadores, cine y televisión.

Por ejemplo, los cuentos -no las novelas largas-, los ensayos y los libros de viajes de William Somerset Maugham, uno de los mejores autores olvidados que uno pueda llevarse a las manos, o los de William Saroyan, tan remanente y sazonado como aquel, pero algo menos culto. Ambos autores te dejan la impresión de haber conocido a hombres y a mujeres de verdad, de carne y hueso, de los que te entregan algo que se queda de verdad en la memoria. Háganme caso, y pasarán de esa manera uno de los mejores veranos de su vida, sin gastar demasiado. 

jueves, 27 de junio de 2013

La España de Mortadelo

Tolstoy escribió un valiente ensayo titulado ¿Qué hacer? que influyó mucho en las modernas ideas antisistema. Los escépticos opondrían a sus elucubraciones el mote del escudo de Montaigne, que se puede traducir por "qué sé yo", "yo qué sé" o el más introspectivo "¿qué sé yo?". Lo evidente, en todo caso, es que hay que contar con todo para no ser reducido a la nada. Lo indicaba ese poeta árabe que rimó una serie de estrofas con el estribillo "no sé" y al final escribió: "No sé. ¿Y por qué no sé? No sé" Es mucho lo que no sabemos (sin duda).

Y parece como si Wert supiera qué hacer. Reforma la enseñanza por abajo, por "los bajos fondos de la inmensidad", como cantaba Franco Battiato, pero hay que hacerlo también por arriba para llegar al centro del problema, ya que, si es verdadero problema, lo más probable es que no tenga una causa sola, sino varias, enredadas hasta lo invisible; no conviene admitir soluciones parciales, siempre desechables y aplazadoras. 

Arreglar problemas con una sola idea en la cabeza es muy de Pepoe. Se nota que peperos y psoeros se educaron en privados llenos de una sola idea: "menda es mejor que otros", o "quítate tú que me ponga yo", o "usted diga lo que quiera, que yo haré lo que me dé la gana". Esa es una moral exactamente opuesta a la de la nórdica Ley de Jante, cuyo principio fundamental es "¿quién te crees que eres?". Para la vikinga ley de Jante (la instructiva serie televisiva de Hirst lo deja ver) el rico que no reparte no es un rico, sino un ladrón, porque a ningún rico le es posible enriquecerse sin contar con otros. El vikingo reparte el botín y se asegura así la colaboración social. Wert viene de los marianistas neogóticos del Pilar, con papi extranjero que sabe idiomas, amigos de otros países y niñera filipina, veraneando en las Europas y las Américas (por eso sabrá tantas lenguas, como buen y viajado apóstol). Y con un papi rico y extranjero cualquiera sería también hermosísimo en estudios e idiomas, aunque con una sola idea en la cabeza. Al menos la idea de la ley de Jante no es excluyente ni egoísta. Y eso que a Wert le inspira el sano principio de mejorar la calidad de la educación, algo que quieren hacer todos pero que solo él parece saber cómo hacer, porque hay división de opiniones. Las opiniones son como el culo: todo el mundo tiene una. Pero algunas son más acertadas que otras y juntándolas pueden diseñarse las vías de solución del problema de la enseñanza en España.

Despensa y escuela fueron los dos males fundamentales de España para Joaquín Costa. Parece que el primero está resuelto, pero no es así; le damos hoy otro nombre: paro. En cuanto al segundo, tan estrechamente asociado al primero, hay que decir que mejorar la educación no requiere solo inteligencia de la buena y dinero bien aplicado, sino voluntad, o esas formas de voluntad que son el trabajo, la paciencia y la constancia, flores que no pueden crecer sin el riego de la justicia. La voluntad es una planta muy delicada que, si logra pasar de la infancia, da muy hermosos frutos. Aunque en realidad todo sea cuestión de dinero; ese dinero que se guardan y dilapidan algunos. El dinero incluso puede hermosear la mierda, como en América. Piero Manzoni enlató la suya con la etiqueta "Mierda de artista" (Artist's shit, 1961) y se vende ahora a precio de oro; ni ha caducado, ni el producto se ha deteriorado, porque no es consumible, como el verdadero arte. 

Mirando en los genes políticos de Wert, uno descubre asombrado la impronta de Óscar Alzaga (qué horror de prosa informe y en montón) y ya, solo con tales antecedentes, le basta para olerle tufillo a sacristía. Por ahí le viene esa idea de institucionalizar la religión en las aulas. No me parece a mí hacerle un favor a la religión el imponerla, sino una hipocresía, porque antes que cristiano uno es religioso y eso no es religioso y solo consigue lo contrario de lo que pretende. ¿Y qué es lo que pretende? Una sola idea. Los españoles, creo yo, somos mejores que eso; vamos a tener que coger el hacha e ingresar en el partido vikingo, quiero decir, el partido pirata, aunque nos tenga que hundir el Astérix europeo. En el fondo es la España de Mortadelo: cambia de disfraz, pero no de esencia. 

Para la reforma de la España mortadeliana hay ideas que no son nuevas, pero sí reformadoras a fondo. Su verdad podrá hacerlas pasar incluso como inauditas (que significa "no oídas", algo muy propio del ninguneo hispanomortadeliano por parte del jefe) o nuevas, que ya he dicho no es cierto. Sencillamente son oscurecidas por la mierda embellecida del pensamiento único, sus corporativismos varios y la mala prosa judicial, política y periodística.  Se debería empezar por limpiar los establos de Augías; desde el Franquismo, y bastante después, con el Pepoísmo o Neofranquismo, se dieron las plazas universitarias de la ciencia española por méritos genéticos y políticos; todas esas leyes siguen vigentes. La universidad (o desuniversidad, que es el caso manchego), está llena de lazos de sangre y excelsas mediocridades que ganaron su puesto gracias al diestro meneo de los resortes oscuros del poder político-académico. Una medida sanitaria excelsa contra esos consanguíneos y degenerados sería una universidad construida según el modelo japonés o alemán: contratar profesores en el extranjero y que esos organicen el reglamento y los tribunales para seleccionar al profesorado y dar cátedras y puestos de titular e interinazgos permitiendo a los extranjeros competir por la enseñanza en España. Se alcanzará el nivel óptimo cuando ser español sea un obstáculo para tener una cátedra universitaria. Me dirán que eso sustituirá unas camarillas por otras; no fue eso lo que pasó en Japón, en Alemania y en los mismos Estados Unidos ladrones de cerebros, cuando se hizo lo mismo allí. Además, ¿no es mejor una camarilla extranjera que una española, ya que las camarillas españolas, como vemos, son peores que las extranjeras? Veríamos así ahogarse a los mediocres catedráticos y titulares españoles compitiendo con, literalmente, todo el mundo, por salvar su plaza en tribunales formados por franceses, alemanes, chinos, japoneses o británicos con escalas y baremos ajenos al comadreo académico y más duros que los suyos. En la enseñanza básica y fundamental, sería lo deseable una reforma total y muy meditada de los temarios y contenidos de las asignaturas, y no para añadir, sino quizá más (así lo creo) suprimir también algunos contenidos meramente pegadizos o inconvenientes que son una rémora para lo importante. Prestigiar las materias troncales y darles más tiempo, reducirlo todo a enseñanza práctica e insertar verdaderamente la instrucción en la sociedad, algo que se dice pronto pero es fundamental bajo mi punto de vista: toda la sociedad debe fundarse, como en realidad se funda, en la instrucción, debe converger sobre ella y ser fruto de ella. Hay que huir de los contenidos poco prácticos o tan extensos que no permitan profundizar ni realizar prácticas basales. 

domingo, 23 de junio de 2013

Peleas de arañas

Entre las aficiones raras, la que más me ha sorprendido por su coherencia intrínseca es la del ilustre filósofo Baruc, Benito o Benedicto Spinoza o Espinosa, de origen hispanojudaico o sefardí o como quieran ustedes, aguerridos lectores, llamarlo. El ilustre e ilustrado ateo, que vivía de pulir lentes para los microscopios de Huygens, los telescopios de Galileo, los catalejos de los navíos de la Compañía de las Indias Occidentales y las gafas de pinza (quevedos las llamaban también) de los lectores de vista cansada, se divertía haciendo pelear a las arañas. Un filosófico gallego, Atilano Domínguez Basalo, profesador de ultrafísicas varias en esa desuniversidad llamada UCLM, (que suena a UCLA -Universidad de California en Los Ángeles-, valga el símil) lo cuenta en una de sus monumentales ediciones del autor para Alianza Editorial. Cuando lo leí, me sumí en cavilaciones de pasmarote. ¿Así que "las translúcidas manos del judío", Borges dixit, usaban las lentes también para disfrutar, en realidad aumentada, de algo tan amodernecedor como un combate de transformers en vivo? Pues sí, y entonces me acordaba de lo que se escribía en Antonio Azorín y me santiguaba más que un cura loco pensando en que todas la simétricas razones del filósofo se hallaban embutidas en esa afición, desde su trágico concepto de la existencia  hasta el de Dios o Naturaleza. Pero copio (me gusta antologar literaturas en mis escritos; así hago de ellos un centón o capisayo de deleites verbales y conceptuales para compartir) lo que escribe el señor Martínez Ruiz para que ustedes lo diseccionen o alfiloteen (y perdón por los morfemas libres). En estos tiempos en que nos deleitamos viendo autopsias y contemplando películas de zombis y demás casquería y telediarios de corrupción política, no estarán de más estas repugnancias. Por demás, este texto azoriniano viene en homenaje a otro gran escritor de fábulas o parábolas con animales, desgraciadamente fallecido ayer tras largo combate con las complicaciones de una diabetes, Javier Tomeo; que en paz descanse.

Las sociedades animales son tan interesantes como las sociedades humanas. Los sociólogos las estudian con gran cuidado. Las hormigas y las abejas se agrupan en urbes regimentadas sabiamente; son metódicas unas y otras, son laboriosas, son sagaces, son perseverantes, son humildes, son industriosas. Las arañas, en cambio, no se agrupan en sociedad jerarquizada; son los más fuertes de todos los insectos. Los naturalistas se plañen de su insociabilidad. Y no hay animal más difundido sobre el planeta.

Viven bajo las aguas, como la argironeta; corren sobre la superficie de los lagos, como el dolomelo orlado; fabrican su morada so las piedras, como la segestria; se agazapan en un pozo guateado de blanca seda, como la teniza minera; se columpian en aéreas redes, como la tejenaria. Corren, nadan, saltan, vuelan, minan, trepan, tejen, patinan. Y en su insociabilidad hosca tienen como mira capital, como sentido esencialísimo, el amor a la raza. El amor a la raza está en las arañas sobrepuesto a todo interés peculiarísimo. La raza ha de ser fuerte, recia, audaz, incontrastable. La hembra, a este fin, devora despiadadamente al macho débil que se le acerca a cortejarla. Y de este modo sólo los machos fuertes triunfan y legan a las nuevas generaciones su audacia y fortaleza.

¿Es un animal nietzschano la araña? Yo creo que sí. Y entre todas las arañas hay un orden que más que ningún otro profesa en el reino animal esta novísima filosofía que ahora nos obsesiona a los hombres. Tres de estos arácnidos—Ron, King y Pic—ha estudiado Azorín pacientemente. A continuación doy, en forma amena, algunas de sus observaciones. Excúseme el lector si las encuentra deficientes, y vea sólo en estas líneas un modesto intento de contribuir al estudio de la sociología comparada.

** *

Ron es un varón fuerte, a quien los naturalistas llaman saltador escénico, y dicen que es de la clase de los aracnoides, y aseguran que pertenece al orden de los atidos. Los saltadores son los más intelectuales y elegantes de los arácnidos. No son metódicos, no son extáticos. Corren, brincan, se mueven prestamente. No fabrican urdimbres donde permanecer hastiados; no labran agujeros donde esperar aburridos. Son mundanos, son errabundos. Vagan ligeros por las puertas y por las paredes soleadas. Persiguen las moscas; las atrapan saltando. Y de este modo han sabido unir a la utilidad la belleza, puesto que su caza es un deporte airoso.

Ron vive en una confortable casa; tiene catorce centímetros de larga y seis de ancha. Son de cartón sus muros, es de cristal su techumbre. El interior es blanco. Y en la blancura, Ron va y viene gallardo y se destaca intenso.

Ron es grande; mide más de un centímetro; tiene henchido el abdomen; su cuerpo parece afelpado de fina seda; sobre el fondo blanquecino resaltan caprichosos dibujos negros. Ron es ligero; tiene ocho patas cortas. Ron es polividente; tiene en la frente dos ojuelos negros, fúlgidos; y junto a éstos, a cada lado, otros dos más pequeños; y encima de éstos, sobre la testa, otros dos diminutos. Ron es nervioso; tiene dos palpos, como minúsculos abanicos de plumas blancas, que él mueve a intervalos con el movimiento rítmico de un nadador. Ron es voluble; corre por pequeños avances de dos o tres segundos; se detiene un momento; yergue la cabeza; da media vuelta; se pasa los palpos por la cara; torna a correr un poco...

Azorín cree que a Ron le ha parecido bien la nueva casa. El ha entrado tranquilo, indiferente, impasible; luego ha dado una vuelta con el discreto desdén de un hombre de mundo. Azorín lo observaba; esta frivolidad le ha molestado un poco. Y, sin embargo, esta frivolidad no era ficticia. He aquí la prueba: Ron, sin pensarlo, ha dado un topetazo con una mosca que se hallaba muy tranquila en medio de la caja. La mosca se ha sobresaltado un tanto. Entonces Ron, ya vuelto a la realidad, ha advertido su presencia.

«He hecho una tontería»—debe de haber pensado—; «tenía aquí a mi lado una mosca y yo estaba completamente distraído.» Inmediatamente ha retrocedido con cautela hasta separarse de la mosca cinco centímetros. Ha transcurrido un instante de espera. Ron se contrae, se repliega como un felino. Luego, lentamente, con suavidad, avanza un centímetro; luego, más lentamente, otro centímetro; luego se para, aplanado, encogido. La mosca está inmóvil; Ron no se mueve tampoco. Transcurren treinta segundos, solemnes, angustiosos, trágicos. La mosca hace un ligero movimiento. Ron salta de pronto sobre ella y la coge por la cabeza. Esta pobre mosca se mueve violentamente, patalea estremecida de terror. No, no se marchará; Ron la tiene bien cogida. «Las moscas—debe de pensar él, que, como hombre de grueso abdomen, será conservador, y como conservador, creerá en las causas finales—; las moscas se han hecho para los saltadores; yo soy saltador, luego esta mosca ha nacido y se ha criado para que yo me la coma.»

Y se la come, en efecto; pero como es un saltador afectuoso, le da de cuando en cuando golpecitos con los palpos sobre la espalda, como queriendo convencerla de su teleología. Azorín no sabe si la mosca quedará convencida; ello es que sus patas han cesado de moverse y que Ron se la lleva a un ángulo, donde permanece quieto con ella un gran rato.

Después de comer, Ron se pasa los palpos por la cara, como limpiándosela, con el mismo gesto que los gatos; a veces se lleva también su segunda pata izquierda a la boca, como si se estuviese hurgando los dientes. Una mosca cogida por Ron tarda en morir poco más de un minuto. En la succión del tórax emplea Ron veintiocho, treinta, treinta y tres minutos; en la del abdomen, uno o dos. Cuando el hambre no aprieta, suele desdeñar el abdomen; esto es plausible.

Ron pasea por la caja, camina boca arriba por el cristal, se deja caer y cae de pie con suave movimiento elástico. De cuando en cuando se frota los ojos con los palpos, con gesto inteligentísimo. A las moscas las percibe a 12 centímetros de distancia. Entonces se yergue gallardo como un león; alza la cabeza; pone las dos patas delanteras en el aire; las observa atento; se vuelve rápido cuando ellas se vuelven... La Naturaleza es maravillosa; estos saltadores diriase que son felinos diminutos.

Ron es audaz y feroz. Azorín ha soltado en la caja un moscardón fuerte y voluminoso. Es grisáceo; tiene cerca de dos centímetros; salta e intenta volar, y cuando cae de espaldas hace sobre el cartón un ruido sonoro de tambor. Ron, al principio, se ha azorado un poco de este estrépito. Corría velozmente; no me atrevo a decir que huía. «Este bicho—pensaría él—es demasiado grande para mí.» Luego, cuando el moscardón se ha amansado, Ron, que estaba a su derecha, ha descrito un perfecto medio círculo y se ha colocado frente a frente de su adversario. Entonces el moscardón se ha movido, y Ron ha desandado el camino recorrido. Después ha tornado a describir el medio círculo, y como el moscardón se estuviese quedo, se ha lanzado contra él audazmente.

He dicho que Ron es feroz; añadiré que no tiene ni un átomo de piedad. Esto de la piedad es cosa para él totalmente desconocida. Azorín ha metido en la caja un saltador joven, casi un niño, a juzgar por su aspecto, puesto que caminaba lentamente y apenas sabía hacer nada. Pues bien; a la mañana siguiente, Azorín ha visto que los despojos de este saltador pendían de una de las paredes; lo cual indica que Ron lo había devorado durante la noche.

Ha soltado también Azorín en la caja una tejenaria, o sea una de esas arañas domésticas de largas patas. ¿Qué ha sucedido con esta tejenaria? Lo primero que ha hecho esta araña es fabricar una tela en medio de la caja, seguramente con la esperanza de que en ella caiga una mosca, cosa asaz absurda, porque las moscas son para Ron, según su filosofía teleológica. En su tela permanecía inmóvil la tejenaria; cuando se daba un golpecito sobre el cristal, se agitaba en un baile frenético. Así ha permanecido dos días, y al fin ha sucedido lo que había de suceder, es decir, que Ron ha devorado también a la tejenaria.

He de declarar que Ron tiene una cama. Esta cama es como una especie de hamaca, que él ha colgado en un rincón; en ella dormita algunos ratos después de haber comido.

Cuando se despierta vuelve a sus paseos. El suelo está sembrado de cadáveres. Al principio, Ron veía uno de estos cadáveres y los creía cuerpos vivos; esto era una desagradable sorpresa. Azorín ha observado que en una ocasión, para evitar decepciones, Ron se ha aproximado con discreción a un cadáver y ha alargado una pata y lo ha tocado ligeramente para averiguar si estaba muerto o vivo.

** *

King es más chico que Ron. Es delgado y negro; los palpos los tiene también negros y sin plumas, con una rayita blanca en la base. Vive en una casa más pequeña.

King ha probado a correr por el cristal y no podía. Luego se ha comido dos moscas y se deslizaba por él perfectamente. Sin duda, este saltador hacía tiempo que no encontraba moscas en su camino y estaba, por consiguiente, bastante débil.

King tarda en matar una mosca un minuto y cuarenta y cinco segundos. En sorber el tórax emplea treinta y un minutos; desdeña el abdomen. King, como todas las arañas, ama la noche. Aplacado su apetito, mira indiferente a las moscas que corren por la caja; pero a la mañana siguiente, todas, sean las que fueren, aparecerán muertas.

* *

Pic es el más pequeño de todos y el que más ancha casa habita. Pic mide medio centímetro; tiene también negros los palpos, y el cuerpo es a rayas pardas y blancas, que le cogen de arriba abajo, como esos bellos trajes del Renacimiento italiano.

Es indudablemente Pic un niño de estirpe principesca. Es gallardo, vivo; se yergue hasta poner en el aire las cuatro patas anteriores; sube por las paredes, y corre, seguro, por el cristal; da, de cuando en cuando, rápidos saltitos; se deja caer del techo, y permanece un instante balanceándose cogido a un hilo tenue.

Cuatro moscas le han sido puestas en la caja; cuando se encuentra con alguna, huye azorado. «Decididamente—ha pensado Azorín—, es muy niño aún este saltador para atreverse con una mosca.» Toda la tarde ha estado Pic sin tocarlas; a la mañana siguiente, cuando Azorín ha ido a ver qué tal había pasado Pic la noche, ha encontrado las cuatro moscas difuntas.

Porque Pic será pequeño, pero tiene arrestos. Una mosca yace patas arriba en medio de la caja; Pic se acerca, creyéndola sin duda muerta; la mosca suelta una patada; Pic se queda atónito. Después se vuelve a acercar y la torna a tocar en el ala; la mosca rebulle y se pone de pie. He aquí un terrible compromiso; pero Pic no se arredra. Al contrario, salta sobre ella tratando de cogerla; la mosca, como es natural, es esquiva. Al fin, Pic la coge por la cabeza, y entonces, como Pic es pequeñito y la mosca tiene mucha fuerza, arrastra la mosca a Pic y lo lleva un momento revolando por el aire. Pero Pic no la suelta y logra afianzarla en un rincón, donde la mosca permanece cuatro minutos pataleando, y al cabo sucumbe.

Inéditos de Bergamín

Versos inéditos de Bergamín que publica hoy El País. Los otros los he puesto en mi blog Museo literario:


Cuando un manchego en La Mancha

de veras se vuelve loco

no se vuelve Don Quijote

sino que se tira a un pozo.

sábado, 22 de junio de 2013

Historia del arte chimpancé

"Arte chimpancé", por Pablo Herreros, en Yo, mono, 22/06/2013

Según las últimas investigaciones, sobre las paredes de las cuevas de Altamira y El Castillo (Cantabria) se encuentran pintadas unas manos y puntos rojos, datadas con una antigüedad de 40.000 años. Hasta el momento, representan las manifestaciones artísticas más antiguas de la humanidad. Pero, ¿es el arte un fenómeno exclusivo de nuestra especie o las bases cerebrales para que esto fuera posible comenzaron a desarrollarse muchos millones de años antes?

El zoólogo Desmond Morris, en los años sesenta, enseñó a pintar a varios chimpancés. Morris comprobó que los chimpancés tenían sentido de la composición. Dibujaban círculos y repartían las distintas figuras por el papel. El problema es que los recompensaban y pronto dejaron de tener interés. El trabajo comenzó a ser de la peor calidad y ya no existía armonía en sus pinturas. Morris, bromeando, afirmó haber encontrado los orígenes del arte comercial.

Poco después lo intentó con otro chimpancé llamado Congo. Esta vez permitió que empleara las pinturas de manera espontánea, es decir, sin un entrenamiento previo y sin recompensas. Cada día, se sentaba en una pequeña mesa de madera y pintaba a su antojo. Pronto comprobaron que Congo equilibraba las composiciones por sí mismo y se mantenía en los límites del papel. Si se le proporcionaba un dibujo ya empezado, él escogía los mismos colores. Por ejemplo, si un lado contenía rojo, él usaba el rojo también.

El chimpancé impresionista abstracto

Morris contó que una vez le quitó a Congo sus papeles y pinturas cuando estaba dibujando algo similar a un ventilador. Cuando pudo regresar, retomó el trabajo en el mismo punto que lo había dejado, mostrando que tenía un objetivo y no eran simples manchones.

A la edad de cuatro años ya había realizado cientos de obras y los críticos de arte lo calificaron de estilo "lírico abstracto impresionista". Las reacciones en el mundo del arte oscilaron entre el escepticismo y la admiración absoluta. El mismo Pablo Picasso tenía un cuadro de Congo colgado en su casa de París. Joan Miró, cambió dos de sus obras por una de Congo y Salvador Dalí declaró en una ocasión que Congo era el artista, y el pintor abstracto Jackson Pollock el auténtico chimpancé.

Uno de los cuadros de 'Congo'. | Congo
Desafortunadamente, Congo murió poco después por tuberculosis y la investigación se detuvo. Hace unos años, tres de las obras de Congo alcanzaron la cifra de 25.000 dólares en un lote subastado por la casa Bonhams, en Londres, junto a cuadros de Renoir y Andy Warhol.

Frans de Waal cuenta una anécdota que demuestra lo peligroso que puede ser interponerse entre un primate y sus creaciones. En el Zoo de Amsterdam, Bella, una chimpancé solía pintar muy concentrada y con tranquilidad, pero en una ocasión, el cuidador intentó quitarle los materiales en mitad del proceso creativo. Bella perdió los nervios e intento atacarle.

El ojo artístico de las palomas

Pero el arte, o al menos la capacidad para su percepción, no parece ser patrimonio exclusivo de los primates. Shigeru Watanabe puso a prueba la capacidad de las palomas para diferenciar cuadros de Monet de los de Picasso. Tras un entrenamiento con varios cuadros, se les mostraban unos nuevos. Entonces debían elegir a cuál de los dos pintores correspondían. Las palomas acertaron en un 90% de las ocasiones. Pero aún hay más, cuando se les enseñó cuadros de los impresionistas Renoir y Cezanne, los cuales nunca había visto, los agruparon junto a los de Monet, impresionista también.

El mismo equipo quería poner a prueba la capacidad de discriminar el "buen arte" del "mal arte" y poder establecer comparaciones con los parámetros y cánones que poseemos los humanos. Para poder hacerlo, primero pidieron a varios humanos que clasificaran en buenos y malos una gran cantidad de dibujos hechos por niños. Las palomas coincidieron en la mayor parte de las ocasiones con el juicio de los humanos.

Pero, ¿cómo perciben las figuras los primates no humanos? El primatólogo Tetsuro Matsuzawa llevó a cabo una serie de experimentos. Los resultados probaron que eran capaces de usar figuras geométricas complejas. Además, la percepción del color y de las formas resultó ser muy similar a la que tenemos los humanos.

Lo que sugieren todas estas investigaciones es que, a pesar de que las primeras manifestaciones artísticas humanas aparecen hace aproximadamente 40.000 años en el Paleolítico superior, cierto sentido de la estética, el gusto por la simetría y el reparto de figuras en el espacio, sentara sus bases mucho antes de que los primeros Homo Sapiens dejaran constancia de ello sobre las paredes de las rocas de la vieja Europa.

El marrón de lo rosa

Luz Sánchez-Mellado, "Dimito", en El País, hoy:

Renuncio, deserto, paso cien pueblos. Hay semanas en que por mucha espuma que suelte por la boca y mucho lado cómico que le busque a la vida, no acierta una a blanquear este marronazo ni a poner en solfa la actualidad rosa. Y eso, sin entrar en las revistas del ramo que, o espabilan y varían su oferta de sotas, caballistas y reinas apócrifas, o echan la persiana. Aparte de que vista una, vistas todas —a la sexta portada con Raquel Sánchez Silva “bañándose melancólica en las idílicas aguas de Formentera tras la trágica muerte de su esposo”, dejé de contar esdrújulas—, lo que está claro es que hoy en día lo más infartante del mundo cardiaco está en las páginas salmón de los periódicos. Ya lo decía Clinton, ahora no me acuerdo si Bill o Hillary, pero tanto monta, monta tanto: “Es la economía, estúpidos”.

Que si la Audiencia conmina al juez Elpidio el Punki a que suelte a Blesa echando autos, que está la novia esperándole para casarse. Que si Lagarta Lagarde y su Fondo de Reptiles nos esputa que cobramos mucho y que así no hay quien nos despida. Que si un negrero de la CEOE nos rebuzna que librar cuatro días para enterrar a un padre es un abuso del lobby obrero. Que si Montoro Embolado nos chulea con que vemos fantasmas volando en el Expediente X del deneí de la Infanta. Que si Cristina y sus asesores áulicos nos echan a los ojos un tambor más de detergente en su lavado de imagen yendo a una misa por su abuelo como si Noos pasara nada. Lo de que la realidad supera la ficción está superado. Total, que dimito de añadir ni una coma. Que tiro la toalla y guardo la ropa, que yo en eso soy muy de María Patiño. Sí, mujer, esa eminencia que ha soltado en Interviú la perla definitiva del empoderamiento feminista: “Hagas lo que hagas, ponte bragas”.

Hablando de política de género, no sé a qué tanto escándalo con que Alicia Sánchez-Camacho haya llegado a un acuerdo con sus espías a cambio de que no revelen de qué rajó con la exnovia de un Pujol en una comida de chicas. Bueno, y de 80.000 euros para una ONG, que queda supersolidario. Yo la entiendo que te pasas: si trascendieran mis cumbres con mis íntimas, acabábamos imputadas por injurias y calumnias contra el resto del globo y la guapa que se atreva a levantarse al baño. Así que, ahora que estamos en confianza, vamos a llamar a las cosas por su nombre, que dijo Letizia una vez que abrió la boca.

Lo de Blesa entrando y saliendo del trullo como Cachuli por su casa vestido de pijo por talego y con unos bolsazos con los que podría pagar la fianza, da bochornazo. Lo de la madame del FMI pidiendo que nos bajen el sueldo cuando acaban de reconocer que la pifiaron con Grecia, provoca ronchas como kiwis. Lo del segundón de la CEOE llamándote a currar con tu madre de cuerpo presente, hace que te acuerdes de sus muertos. Volando no, pero a dos patas veo yo a unos cuantos fantasmones a diario, y no miro a nadie, Montorete. Y por mucho jabón que le des a ciertas manchas, no salen ni con agua hirviendo, Cristinita, alteza. Ahora, aquí la única que piensa en dimitir es mi menda. Y ya me ha dicho mi jefe que me la envaine o me la corta, que tiene mucho lío.

jueves, 20 de junio de 2013

Del juicio a José Bretón

Una observación que vale por muchas, sacada de una noticia de prensa como una pepita de oro de la arena:

"Un testigo declaró que a los pequeños no los cogía de la mano, los cogía por las muñecas".

Me gustaría conocer a ese testigo. Seguro que podríamos aprender mucho de él.

miércoles, 19 de junio de 2013

Jardines de piedra

El título de una película de Coppola es una hermosa metáfora de los grandes cementerios bajo la luna, y me sirve para escriturar, sin gana alguna, algo de lo que siento sobre los jardines malditos de El Prado, un lugar frecuentado por borrachos, drogatas, mochileros y un tal Ángel Romera que llevaba a veces a su perro hasta que este comió algo que le tuvo a las puertas de Cerbero. No hay dinero para nada, pero sí para hacer unas obras sin otro sentido que dilapidar los impuestos en los bolsillos sin fondo de los constructores; de hecho, ya estamos pagando a plazos otras plazas e incluso algún aeropuerto que otro. Por demás, puede decirse ya lo que, en su autoexilio de San Juan de Puerto Rico escribía el melancólico Ángel Crespo en la revista La Torre: "Ya no florecerán las rosas / en El Prado". También esos árboles son mis hermanos, sobre todos los reunidos en familia, no en ringlera ni muriéndose de soledad. "Si un árbol cae en el bosque, ¿quien lo oirá?", reza el koan budista. Sus ramas abrazaban el mismo aire que respiramos nosotros y nos abriga y sustenta la misma tierra de que se alimentaba; sus ramas y raíces se entrelazaban como los nervios y los capilares de nuestro cuerpo, que está hecho también con los dos ramajes del corazón y del cerebro. Incluso hay instalado en el árbol bronquial un nido con muchos pájaros volanderos. De todos esos hilos colgamos como una marioneta indecisa entre mente y sentimiento.

Las plazas públicas solo existen en la cultura cristiana, extrovertida, porque escribe de izquierda a derecha. No existen en el urbanismo musulmán antiguo, que gustaba de amontonar casas entre callejas de sombra y solo concentraba multitudes en largas vías llamadas zocos. En Occidente casi todas las plazas poseen alguna iglesia que aparece en el plano como una araña en el centro de la tela ciudadana. Pero el tétrico origen de la plaza del urbanismo europeo es el vulgar camposanto, un cementerio exterior a las iglesias para gente sin caudal para enterrarse como en el Romance del Conde Olinos:

A ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar;
a él, como hijo de condes,
unos pasos más atrás.

Con el desarrollo urbano de los siglos esos cementerios fueron desapareciendo y en su lugar los concejos encontraban un sitio ideal para situar los puestos del mercado e incluso en otras remodelaciones establecieron soportales. En la de Almagro, por ejemplo, donde no hay iglesia, pero hubo una importante feria, la hubo hasta que quedó demolida por el famoso segundo terremoto de Lisboa, y su lugar lo ocupa ahora un pequeño jardín frente al Ayuntamiento (perdón por la obscenidad). Por cierto que al citado terremoto de Lisboa Voltaire le dedicó el mejor de sus poemas, porque encontró en él un tema ideal para su filosofía. Se produjo a la hora de la misa mayor del día de difuntos de 1755, cuando todo el mundo rezaba al Señor, y Voltaire, que también era una especie de terremoto, quiso poner a este acontecimiento como centro de su teoría de que Dios no intervenía en los asuntos humanos y era indiferente a ellos. Sin duda, el discípulo de la puta ilustrada Ninón de Lenclós, quien le legó su fortuna para que se comprase libros, influyó más en el destino de Europa que el propio Terremoto de Lisboa, que el propio Shakespeare o que el propio Cervantes. El señor de Rohan tenía que haber calculado los efectos mariposiles de mandar a sus dos rudos lacayos a zurrarle la badana. Voltaire sabía cómo revolucionar y paganizar Europa, con esas miríadas de breves folletitos y con esas frases lapidarias: "En un país con una sola religión, no se puede vivir; en otro con dos, hay guerra civil; pero en Inglaterra, donde hay treinta, hay paz". Se construyó dos casas juntas a cada lado de la frontera francosuiza. Cuando le perseguían en Francia, se mudaba a Suiza cruzando el jardín; cuando ya había apaciguado los ánimos allí y le perseguían en Suiza, lo volvía a cruzar en sentido inverso. Se leyó la Biblia minuciosamente para anotar todas y cada una de sus contradicciones y luego escribió Las preguntas de Zapata, un folletito en que ese hipotético teólogo español las soltaba a la Universidad de Salamanca. El opúsculo termina así: "Zapata fue un padre bondadoso, fue un hombre creyente, fue un cristiano devoto; fue quemado en la hoguera el día..."

Pero, volviendo a introducir chorro en el tiesto, digo  es frecuente, pues, que cuando se hacen obras en las plazas públicas, en especial en aquellas en las que hay alguna iglesia (suele haber un cierto montículo o elevación de terreno en ellas) empiecen a aparecer huesos, garbanzos de rosario y diversos restos vegetales de acompañamiento floral; casi para un cocido. Esto haría fruncir el entrecejo, que dicen los novelistas, si no supiésemos, como ahora sabemos, que las plazas tienen su gato histórico encerrado, un gato acaso como el de Schrödinger, ni muerto ni vivo, zombi.   

Brasil

Juan Arias, "¿Por qué Brasil y ahora?", En El País, 17 de junio de 2013:

Está generando perplejidad, dentro y fuera del país, la crisis creada repentinamente en Brasil por el surgir de las protestas callejeras, primero en las ricas urbes de São Paulo y Río, y ahora extendiéndose a todo el país e incluso a los brasileños en el exterior.

Por el momento son más las preguntas para entender lo que está aconteciendo que las respuestas a las mismas. Existe solo un cierto consenso en que Brasil, envidiado hasta ahora internacionalmente, vive una especie de esquizofrenia o paradoja que aún debe ser analizada y explicada.

Empecemos por algunas de las preguntas:

¿Por qué surge ahora un movimiento de protesta como los que ya están casi de vuelta en otros países del mundo, cuando durante diez años Brasil vivió como anestesiado por su éxito compartido y aplaudido mundialmente? ¿Brasil está peor hoy que hace diez años? No, está mejor. Por lo menos es más rico, tiene menos pobres y crecen los millonarios. Es más democrático y menos desigual.

¿Cómo se explica, entonces, que la presidenta Dilma Rousseff, con un consenso popular de un 75%, -un récord que llegó a superar al del popular Lula da Silva-, pueda ser abucheada repetidamente en la inauguración de la Copa de las Confederaciones, en Brasilia, por casi 80.000 aficionados de clase media que pudieron darse el lujo de pagar hasta 400 dólares por una entrada?

¿Por qué salen a la calle a protestar por la subida de precios de los transportes públicos jóvenes que normalmente no usan esos medios porque ya tienen coche, algo impensable hace diez años?

¿Por qué protestan estudiantes de familias que hasta hace poco no hubiesen soñado con ver a sus hijos pisar una universidad?

¿Por qué aplaude a los manifestantes la clase media C, llegada de la pobreza y que por vez primera en su vida han podido comprar una nevera, una lavadora, una televisión y hasta una moto o un coche de segunda mano?

¿Por qué Brasil, siempre orgulloso de su fútbol, parece estar ahora contra el Mundial, llegando a empañar la inauguración de la Copa de las Confederaciones con una manifestación que produjo heridos, detenciones y miedo en los aficionados que acudían al estadio?

¿Por qué esas protestas, incluso violentas, en un país envidiado hasta por Europa y Estados Unidos por su casi nulo desempleo?

¿Por qué se protesta en las favelas donde sus habitantes han visto duplicada su renta y recobrada la paz que les había robado el narcotráfico?

¿Por qué, de repente, se han levantado en pie de guerra los indígenas que poseen ya el 13% del territorio nacional y tienen al Supremo siempre al lado de sus reivindicaciones?

¿Es que los brasileños son desagradecidos a quiénes les han hecho mejorar?

Las respuestas a todas esas preguntas que producen en tantos, empezando por los políticos, una especie de perplejidad y asombro, podrían resumirse en pocas cuestiones.

En primer lugar se podría decir que, paradójicamente, la culpa es de quien les dio a los pobres un mínimo de dignidad: una renta no miserable, la posibilidad de tener una cuenta en el banco y acceso al crédito para poder adquirir lo que fue siempre un sueño para ellos (electrodomésticos, una moto o un coche).

Quizás la paradoja se deba a eso: al haber colocado a los hijos de los pobres en la escuela, de la que no gozaron sus padres y abuelos; al haber permitido a los jóvenes, a todos, blancos, negros, indígenas, pobres o no, ingresar en la universidad; al haber dado para todos accesos gratuito a la sanidad; al haber librado a los brasileños del complejo antaño de culpa de “perros callejeros”; al haber conseguido todo aquello que convirtió a Brasil en solo 20 años en un país casi del primer mundo.

Los pobres llegados a la nueva clase media han tomado conciencia de haber dado un salto cualitativo en la esfera del consumo y ahora quieren más. Quieren, por ejemplo, unos servicios públicos de primer mundo, que no lo son; quieren una escuela que además de acogerles les enseñe con calidad, que no existe; quieren una universidad no politizada, ideologizada o burocrática. La quieren moderna, viva, que les prepare para el trabajo futuro.

Quieren hospitales con dignidad, sin meses de espera, sin colas inhumanas, donde sean tratados como personas. Quieren que no mueren 25 recién nacidos en 15 días en un hospital de Belem, en el Estado de Pará.

Y quieren sobre todo lo que aún les falta políticamente: una democracia más madura, en la que la policía no siga actuando como en la dictadura; quieren partidos que no sean, en expresión de Lula, un “negocio” para enriquecerse; quieren una democracia donde exista una oposición capaz de vigilar al poder.

Quieren políticos con menor carga de corrupción; quieren menos despilfarro en obras que consideran inútiles cuando aún faltan viviendas para ocho millones de familias; quieren una justicia con menor impunidad; quieren una sociedad menos abismal en sus diferencias sociales. Quieren ver en la cárcel a los políticos corruptos.

¿Quieren lo imposible? No. Al revés de los movimientos del 68, que querían cambiar el mundo, los brasileños insatisfechos con lo ya alcanzado quieren que los servicios públicos sean como los del primer mundo. Quieren un Brasil mejor. Nada más.

Quieren en definitiva lo que se les ha enseñado a desear para ser más felices o menos infelices de lo que lo fueron en el pasado.

He escuchado a algunos decir: “¿Pero qué más quiere esta gente?" La pregunta me recuerda la de algunas familias en las que después de dar todo a los hijos, según ellos, estos se rebelan igualmente.

Se olvidan a veces los padres de que a ese todo le faltó algo que para el joven es esencial: atención, preocupación por lo que él desea y no por lo que a veces se le ofrece. Necesitan no solo ser ayudados y protegidos, llevados de la mano, quieren aprender a ser ellos protagonistas.

Y a los jóvenes brasileños, que han crecido y tomado conciencia no solo de lo que tienen ya, sino de lo que aún pueden alcanzar, les está faltando justamente que les dejen ser más protagonistas de su propia historia, más aún cuando demuestran ser tremendamente creativos.

Que lo hagan, eso sí, sin violencia añadida, que violencia ya le sobra a este maravilloso país que siempre prefirió la paz a la guerra. Y que no se dejen coptar por políticos que intentarán montarse sobre su caballo de protesta, para vaciarla de contenido

En una pancarta se leía ayer: “País mudo es un país que no muda”. Y también, dirigido a la policía: “No disparéis contra mis sueños”. ¿Alguien puede negar a un joven el derecho a soñar?.

lunes, 17 de junio de 2013

Vergüenza de un español en Alemania

Rosalía Sánchez, "La vergüenza de un español en Alemania. Juan Moreno se niega a pronunciar el pregón de las fiestas de su pueblo", El Mundo, 13/06/2013:

Juan Moreno es un brillante periodista español que vive en Berlín. Su crónica en 'Süddeutsche Zeitung' ha sido objeto de un libro, es comentarista de radio en WDR y escribe también reportajes para el semanario 'Der Spiegel', en el que acaba de firmar un estremecedor artículo en el que renuncia públicamente a su pasaporte español.

El detonante de este borbollón de amargas reflexiones y encontrados sentimientos ha sido la invitación por parte del Ayuntamiento de su localidad natal, ubicada en Almería, a pronunciar el pregón de las fiestas el próximo mes de octubre.

El hecho de enfrentarse a un papel en blanco en el que escribir lo que les diría a sus compatriotas ha desencadenado un torrente de amargas convicciones que, encadenadas unas con otras, parecen haberle situado ante el espejo de su propia identidad, que ya no es española.

Para empezar, se pregunta por qué en su pueblo, en lugar de llamarle a él, no le han ofrecido ese honor a su padre, que volvió a España hace ya muchos años después de haberse ganado la vida en Alemania como Gastarbeiter. "Mi padre fue solo cuatro años a la escuela, creció en una casa sin electricidad ni agua caliente, cumplió 18 años sin haber utilizado un cuarto de baño. Por eso, cuando le preguntaron en la oficina de reclutamiento alemana si sería interesante para él un trabajo en la Instalación de Aguas, respondió que la Instalación de Aguas era su pasión", escribe en su artículo titulado 'Amigos'.

"Posiblemente mi padre es el responsable de la mayor serie de reparaciones de cuartos de baño de la historia de Offenbach", prosigue, "pero no estuvo nunca en paro, ni un solo día. Y eso no es algo de lo que puedan presumir muchos andaluces".

Recuerda que en su solicitud de ingreso a la Escuela de Periodismo Alemana, cuando tenía 27 años, escribió orgulloso: "Me llamo Juan Moreno y vengo de un pequeño pueblo andaluz en el que los hombres todavía son hombres y por ese motivo las ovejas deben tener miedo".

Del dopping a la corrupción

Ahora, 14 años después, sus padres están "aterrorizados" ante la posibilidad de que, en el pregón, diga lo que realmente piensa sobre el pueblo y sobre España en general. "¿Por dónde debería empezar, amigos? ¿Por los 200 políticos españoles que deben responder por casos de corrupción?", se pregunta.

Duda entre referirse primero a los casos de dopping que acaban con escuetas penas de libertad condicional, y sospecha qué dirían los del pueblo si aludiese a la belleza de las playas españolas, sembradas con 24.000 casas que violan impunemente la ley de costas. Añade, con cierto bochorno, las declaraciones de la ministra Fátima Báñez que atribuía la marcha de España de miles y miles de jóvenes al ansia de aventuras. "Se mudan de Madrid a Delmenhorst porque quieren armar la marimorena", ironiza.

Recuerda con tristeza que "España tiene los políticos que se merece. Ni un solo político español ha dado un golpe para hacerse con el poder". "Estoy harto del gimoteo en los cafés, del despotrique sobre Merkel, sobre Europa, ya no lo soporto más. Cuando la música todavía sonaba en la gran fiesta española, nadie se interesaba por Merkel", nos reprocha a sus compatriotas.

"España es un país en el que los políticos de los pueblos ganan elecciones porque traen grupos de música populares a las fiestas o porque les ponen nombres a las calles sobre los que las comunidades no pueden ni hablar. Un país en el que hasta los conventos le pagan en negro al jardinero. Un país en el que hay pueblos, como el de mis padres, en el que la mayoría de los habitantes o trabajan en negro, o no pagan impuestos como deben o le deben su empleo a los amigos políticos", continúa con amargura, para concluir que "al honor de semejante país, prefiero no pronunciar ningún discurso".

Juan Moreno se despide: "Me quedo en casa, en Alemania".

viernes, 14 de junio de 2013

Un caso más de manipulación informativa

Por cortesía de Isidro Sánchez:

Vicenç Navarro, "¿Es España una democracia? El caso de las pensiones", en Público, 12 jun. 2013
     
A  primera vista esta pregunta parece una provocación. Dudar de que España sea una democracia parece reflejar una ignorancia acerca de lo que es una dictadura. Y los que hemos vivido y sufrido una dictadura podemos atestiguar que España hoy no es una dictadura. Ahora bien, tampoco es una democracia homologable a la de la mayoría de países de la Unión Europea de los Quince (UE-15) que tienen un desarrollo económico semejante al español. Y uno de los indicadores más significativos de lo que digo es lo limitadísimo que es el espectro ideológico en los medios de mayor difusión, sean estos públicos o privados. Veamos un ejemplo.

Hace unos días se publicó un informe de una Comisión llamada de Expertos, que fue nombrada por el gobierno del PP con el objetivo de hacer recomendaciones que, en teoría, pudieran garantizar la solvencia de las pensiones públicas en España. Esta Comisión estaba integrada en su mayoría por profesionales próximos a las Compañías de Seguros Privados y a la Banca (9 miembros de un total de 12), instituciones financieras que tienen un gran interés en privatizar las pensiones a base de reducir las pensiones públicas. En cualquier país con mayor cultura democrática, habría una protesta, expresada entre otros fórums, en los medios de mayor difusión, denunciando el claro conflicto de intereses entre dichos profesionales y el objetivo asignado a la Comisión, que era hacer un estudio objetivo de la situación, para mejorarla. Este objetivo estaba claramente en conflicto con los intereses de las Compañías de Seguros y de la Banca que aquellos miembros de la Comisión representaban. Ni que decir tiene que esta representatividad no era formal. Pero su dependencia de las instituciones que habían financiado sus trabajos les hacía vulnerables y sospechosos de una falta de neutralidad e imparcialidad. En realidad, todos ellos eran conocidos por sus posturas favorables a las tesis de las Compañías de Seguros y de la Banca, lo que explica que el informe pudiera haberlo escrito la propia asociación de Compañías de Seguros (de las cuales recibían dinero) o de la Banca (de la que también recibieron fondos). Todo era muy predecible.

En un país democrático esto hubiera sido objeto de denuncia en los medios de información. No ha sido así en nuestro país. Todos estos medios continuaron refiriéndose a la Comisión como “Comisión de Expertos”, ignorando que tales medios tienen entre sus objetivos (al menos en teoría) la vigilancia del Estado y crítica de sus comportamientos antidemocráticos. Referirse a tal Comisión como de Expertos, es darles una legitimidad que no se merecen.

El sesgo abusivo de los medios de información y persuasión

Pero la cosa es incluso peor. Si miramos los artículos de los cinco rotativos de mayor difusión del país (El País, La Vanguardia, El Periódico, el Mundo y ABC), podemos ver que todos ellos publicaron este último fin de semana (tanto en las páginas de opinión como en sus páginas económicas) artículos apoyando las tesis de que hay que recortar las pensiones, tal como promovía la mal llamada Comisión de Expertos. Un total de 23 artículos. Y ni uno (repito, ni uno) de esos artículos cuestionaba la tesis de que los recortes de las pensiones -que la “Comisión de Expertos” estaba recomendando- fueran necesarios. Es más, en todos ellos se afirmaba que había un consenso nacional e internacional entre todos los expertos en el tema de las pensiones sobre la necesidad de recortar las pensiones públicas. Un ejemplo, entre otros, es el de la profesora Concepció Patxot, de la Universidad de Barcelona, en su artículo “El Estado de Bienestar, más allá de las pensiones” (La Vanguardia, 09.06.13). Otro ejemplo era el artículo del Catedrático Josep Oliver titulado “Los inevitables recortes en pensiones” (El Periódico, 08.06.13), rotativo que también se ha distinguido por promover los recortes de pensiones públicas, escribiendo un editorial durante el fin de semana en apoyo de los recortes. Editoriales semejantes han aparecido en los otros rotativos. Ni uno ha escrito en contra de dichos recortes de las pensiones.

Además de esta campaña propagandística a favor de los recortes de las pensiones (que de seguirse la metodología de cálculo de las pensiones propuesta por la supuesta Comisión de Expertos serían los más acentuados en el país de la UE-15 que se gasta menos en pensiones), estos rotativos han invitado a dirigentes de la Banca y de las Compañías de Seguros para que expongan sus puntos de vista sobre la viabilidad de las pensiones. Así, El País, el mismo día que publicaba todos los artículos de apoyo a los recortes (07.06.13) invitó al aristócrata Henri de Castries, Conde de Castries, presidente y consejero delegado de la compañía de seguros AXA, para que opinara sobre el futuro de las pensiones públicas y, como era de esperar, auguró un futuro catastrófico para tales pensiones, aconsejando a la gente que fuera corriendo a la Banca y a las Compañías de Seguros para hacerse un plan de jubilación privado. El título de esta presentación era “¿Quiere una pensión decente? Ahorre. El Estado no se la dará”. El aristócrata indicó que no solo las pensiones, sino todos los servicios públicos, deberían privatizarse, porque la gente se ha malacostumbrado y exige más de lo que el Estado puede y debe ofrecerle. Y, por si no quedaba claro, enfatizó que el sistema sanitario público debe servir solo para emergencias (es decir, para casos muy costosos) pero no para ofrecer confort (y calidad de vida) al ciudadano. Y para acentuar todavía más su carácter reaccionario (y no hay otra manera de decirlo) indicó que los salarios estaban demasiado altos, añadiendo: “¿Dónde está escrito que los salarios solo puedan subir? (…) Los salarios deberían poder descender”. Y también, como era de esperar, repitió el mismo argumento de que la edad de jubilación obligatoria se hizo ya hace más de cincuenta años y que, por lo tanto, debería cambiarse. Es interesante notar que los que aducen estos argumentos nunca han dicho que el horario laboral diario de 8 horas se aprobó a finales del siglo XIX, hace ya más de un siglo, y en cambio no han recomendado cambiarlo.

Este artículo es la guinda que termina la avalancha ideológica. Ni que decir tiene que esta campaña carece de la más mínima sensibilidad democrática y refleja una prepotencia que caracteriza al establishment español. La arrogancia de este establishment es única en la UE-15. España tiene uno de los Estados del Bienestar más pobres de la UE-15, unos de los salarios y de las pensiones más bajos, y todavía quieren recortarlos más y más. Las clases populares deberían movilizarse y no estaría de más que se comenzaran a hacer escraches también a los medios de desinformación que existen en España. Es obvio que son parte del problema y debería denunciárseles. El enriquecimiento de la democracia exige en nuestro país un cambio profundo de sus escasamente democráticos medios de información. Éstos, en realidad, son más de persuasión que de información.

En contra de lo que se indica, la gran mayoría de expertos a nivel internacional en temas de Seguridad Social no consideran que las pensiones públicas sean inviables (véase el libro Social Security. The Phony Crisis, de Dean Baker y Mark Weisbrott, de la University of Chicago Press, y el libro Lo que debes saber para que no te roben la pensión de Vicenç Navarro y Juan Torres, de la Editorial Espasa). Todo lo contrario. Hoy España se gasta muy poco en pensiones. Y las pensiones, incluyendo las contributivas, son bajas. La evidencia de ello es abrumadora. Pero las voces que cuestionan la sabiduría convencional en España se han mantenido fuera del circuito, marginadas, pues los establishments financieros, políticos y mediáticos saben lo frágiles que son sus argumentos, muy vulnerables a desaparecer, si pudieran mostrarse los enormes fallos de su estructura ideológico-intelectual, que promueven los medios.