viernes, 16 de agosto de 2013

Ojos que lloran

Los ojos del Guadiana vuelven a llorar, porque cuando el río suena, mierda lleva, y los políticos manchegos, ya se sabe, se han pasado de rosca. La Tribuna y Lanza, perródicos del populismo pepoíta, compiten tanto que llevan el mismo artículo de Charo Zarzalejos, eso es caer bajo, porque de sus suplementos de feria, mejor ni hablar. Pero no hay peor noticia que el abnegado obrero de Copy-servic cierre el local porque padece cervicalgia difusa y tendinitis por calcificación del hombro, pobrecillo: ¿qué haremos sin nuestro mejor editor de camisetas? Porque editoriales editoriales, de esas que trabajan con escritores y papel, pocas, al menos por aquí.

Son cosas de que se entera uno cuando deja su válvula de molusco y pasea por ahí con ojos y oídos entreabiertos. Mis perros, Tiquis y Miquis, tiemblan como azogados por los cohetazos y morterazos de la Virgen de Agosto y mi mujer me avisa de que me han timado como a un chino del Domund haciéndome pagar siete euros por un velón que me venderían por dos en cualquier chino exmaoísta. Pero le reprocho, panocho, que no se ponga de ejemplo cuando le han dado más sablazos que tiene una baraja española. O el ruido de sables de que avisa Gibraltar, que tiene nombre de ara sagrada y solo es un trapezoide cubierto de titis, ni siquiera un pan de azúcar. Inocente es uno, pero la vela, que he puesto a mis padres, luce magnífica con la llama de una azucena sin abrir, con su gótica clave indecisa y titilante. Este cirio durará lo menos tres días, no es como los interminables que lucen los periódicos, toda una Santa Compaña manchega de zombis corruptos alérgicos a la muerte como lo son a la honradez. Y las políticas, finas y seguras, procurando todas que no se mueva, que no se note y que no traspase (la corrupción, se entiende).

Saben los lingüistas, Ullmann, por ejemplo, que los verdaderos sinónimos son escasos, porque casi ninguno satisface todos los contextos. Pero a los políticos se les olvida con mucha frecuencia, acaso porque ninguno sirve para nada y son tan intercambiables como idimitibles. El senador Camilo José Cela tuvo ocasión de demostrarlo cuando dormitaba apaciblemente como un Homero en su escaño, allá por los primeros años de la transición sin fin (Woody Allen decía que la Eternidad se hacía muy larga, sobre todo hacia el final). El Presidente de la cámara lo despertó con la siguiente recriminación: "Su señoría estaba durmiendo", a lo que replicó el galaico: "No, señoría, estaba dormido. ""Es lo mismo", replicó. "Nada de eso", esgrimía Cela, "no es lo mismo estar jodiendo que estar jodido". Algo parecido aparece en La legión invencible, de John Ford, cuando un sargento irlandés pasa revista a la tropa pidiendo que cuiden su léxico y alguien le advierte desde las filas: "¡Y la gramática!"

Hay verbos más susceptibles de pasiva que de activa. No es lo mismo tener seis millones de parados que seis millones de detenidos. La segunda palabra tiene algo por delante que corta, pega y manda. En el siglo XIX usaban denominaciones como cesante o desempleado, que suenan más humanas y menos a engranaje mecánico. Porque esta mecanización  de las palabras refleja la bajada de temperatura viva de la sociedad: el paro es una tragedia vital e incluso, en la filosofía de Marx, el trabajo es ni más ni menos que el sentido de la vida: no tiene otro. Hoy el trabajo es un formulario en una cola de impresión, a miles de kilómetros de un sentimiento.

El cesante, pues, en especial el joven que ni siquiera sabe para qué le han educado, estarían desviviendo su vida en las condiciones inauténticas, indignas e inhumanas que causarían revolución. El parado/detenido se transformaría en lo que Camus llamaba un homme revolté, un hombre revuelto o airado, un signo de sufrimiento e ira que se quiere compartir y transmitir. Pero los más jóvenes están tan acojonados que ni siquiera fríen en la sartén, porque no han salido del huevo. 

Pero claro, el poder tiene claro que esas filosofías, la marxista y la existencial, al fin y al cabo humanismos, no les van, y se inventan otra filosofía que reduce algo tan complejo como la polis a un mercado de individuos insolidarios. Y lo reducen y banalizan todo a la plana apariencia de su ideología de consumo y sus tres valores principales: vulgaridad, fachada y fragmentariedad. A esos reduccionismos incompletos los llaman en el psicoanálisis pulsiones de muerte. No voy a decir que un parado es un zombie, pero casi. El capitalismo tiene algo de incompleto, evitador y asesino. Nadie sabe de dónde podría venir la caritativa "mano invisible" de Adam Smith; lo más posible es que no ayude, sino que te estrangule o se haga una paja. El capitalismo lo degrada todo, su único defecto es que produce demasiada basura, incluso basura humana: gente que, en sí misma, es basura. Transforma las relaciones humanas en relaciones de consumo, fragmentarias, vulgares y de fachada. Hombres y mujeres de usar y tirar, como la ropa de Zara.

A mí siempre me ha parecido que algo había de extraño en la sinonimia parado / detenido. El vocablo parado tiene más cauce, porque no es culpable de nada; el vocablo detenido, sin duda, tiene un problema; para él la estructura del mundo es injusta; es o debería ser un revolté o revoltoso, un revuelto contra ella. Para la derecha todos los parados son, o debieran ser, unos parados bien encerraditos y con su culpa dentro; ellos prefieren los activos a los movidos; los activos sacan dinero y recaudan riqueza; los movidos dan problemas sindicales y exigen justicia.

El término detenido choca contra un obstáculo muy gordo que pasa en medio de un silencio ominoso, que dicen los novelistas. ¿Qué obstáculo es ese que crece como una montaña y amenaza con alcanzar las alturas del K-2, esa cumbre laboriosa de subir e imposible de bajar? Desde luego no es el parto de los montes: detiene a seis millones de personas, más que toda Dinamarca. Esa enorme montaña está hecha de activos asiáticos mal retribuidos. Y ni siquiera es una sola: es una cordillera tan grande como el Himalaya: indios, chinos, coreanos... incluso Brasil y México, nos están comiendo vivos sin que defendamos con una gran muralla de proteccionismo nuestras economías más o menos equilibradas. Esa gran muralla los obligaría a redistribuir sus costos en bienestar común y más derechos humanos para esa clase media que ellos están construyendo y la parte menos nuestra de nos-otros estamos destruyendo. Pero todo da igual: sie nicht zürucktreten, ils ne demmisionnent point, they do not resign: a ver si entienden idiomas que no entienden y dimite alguno por esa cosa tan anticuada llamada honor o esa tan desacreditada llamada vergüenza, que es más o menos lo mismo.

viernes, 9 de agosto de 2013

Relájese y disfrute

No son tiempos para machos. Hasta a Supermán le han bajado los calzoncillos y le han dejado con problemas de identidad; asúmalo, sepa que ya no queda vergüenza ni siquiera en España, donde hasta los toreros la perdieron cuando vino Curro. Y los colores a un político español no se los saca ni un retratista veneciano: son a blanco y negro, como las cebras y el ajedrez. Ahora hasta es un honor ser mariquituso, melifluo, meliloto, metrosexual, porque eso de homo todavía suena a guarro y les llaman gay. Y por serlo, ni siquiera lo son del todo, un siesnoes.  Si tirásemos de la manta y saliera, por ejemplo, una Trotona de Pontevedra, a todo el mundo le daría igual, incluso al papa Francisco. Y la verdad es que mejor así, porque lo único que resulta hoy imperdonable y ofensivo de verdad y por completo aborrecible es la mala educación... si no te la pagan como es debido, por ejemplo, en la Cinco.

Si la crisis sigue así, hasta tendremos que entendernos mucho más que ahora, y mucho más íntima y profundamente, los hombres, sacarnos carnet del ramo, volvernos más meticulosos e irnos a vender nuestros encantos a algún ángulo oscuro. Relájense, disfruten...

miércoles, 7 de agosto de 2013

De los toros a las jirafas de fuego

La jirafa de fuego aparece ocasionalmente en la obra del pintor surrealista Salvador Dalí, hoy tan de moda por la exposición del Museo de Arte Moderno Reina Sofía, que no he visto, por desgracia (en este tiempo las desgracias suelen ser económicas). Y se me ocurre pensar, por cierto, que una de las decodificaciones posibles de este signo es se trate de un qilin, un monstruo mitológico chino que aparece como jirafa en llamas y supone el buen augurio del nacimiento de un sabio; algunos también lo llaman unicornio chino (los unicornios chinos tienen dos cuernos).

De hecho, existe un personaje histórico real que la ficción ha denominado Simbad, y es, según unos, el Ulises de Homero y, según otros, el almirante chino, musulmán y eunuco Ma Sanbao (el nombre se parece ¿no?), que hizo siete viajes, como el propio Simbad, y este personaje trajo, al volver de su cuarta expedición, una extraña jirafa a su emperador, el famoso Ming Yongle (el de la caudalosa enciclopedia). Los cortesanos tomaron este regalo como un qilin con que el cielo recompensaba el buen gobierno de Yongle.

El qilin mitológico tenía la naturaleza compuesta de las quimeras: cuerpo de perro-león (a los chinos les costaba diferenciar las características de estas dos criaturas), cuernos de cervato y piel escamada de pez. Por demás, esta especie de cadáveres exquisitos u ornitorrincos conceptuales eran muy apetecidos por las fantasías de los surreales. Ya sabemos la fascinación de Dalí con los eunucos; él mismo era un impotente a causa de las castrantes perrerías que le hizo sufrir de niño su padre notario (y no voy a contar ahora lo de "toma, lo que te debo", que podría parecer escabroso). Por demás, la iconografía de Las mil noches y una está siempre muy presente en Dalí, especialmente en sus litografías.

El cuadro en que aparece el qilin presenta en primer plano a una doncella reificada o maniquí-momia, por el estilo de las de Solana o Gregorio Prieto, que, hipotéticamente, se aproxima al lejano qilin con la tarea de domeñarlo a la occidental, aunque la atmósfera en general, que adopta una especie de escenografía de yuxtaposiciones dialogantes a lo Giorgio De Chirico, representa una burla, con algo de taurómaco, de La gallina ciega goyesca, pues el maniquí está partido por una especie de atracción-repulsión. Los cajones de la pierna aluden a un pasaje de Freud, a quien tanto admiraba:

La única diferencia entre la Grecia inmortal y nuestra era es Sigmund Freud quien descubrió que el cuerpo humano, que en griego se limita a veces de forma neoplatónica, está ahora lleno de cajones secretos que se abrirán sólo a través del psicoanálisis

Las horcas caudales, que no caudinas, son un estilema iconográfico muy repetido en el autor que alude a su impotencia de raspa de pez muerto, como el sexo cadente desde la nube que señala al unicornio o qilin. El cuadro fue pintado en Estados Unidos entre 1936 y 1937, pero no representa nada de la Guerra Civil, salvo la vaga sensación de corrida de toros que destila el conjunto, potenciada por el trapo/cuchillo/espada/coágulo rojo que esgrime el eco del maniquí a la derecha, angustia por su impotencia que corresponde a la situación real de la propia España, si queremos verlo así.



martes, 6 de agosto de 2013

Parados y detenidos

Saben los lingüistas, Ullmann, por ejemplo, que los verdaderos sinónimos son escasos, porque casi ninguno satisface todos los contextos. Pero a los políticos se les olvida con mucha frecuencia, acaso porque ninguno sirve para nada y son tan intercambiables como idimitibles. El senador Camilo José Cela tuvo ocasión de demostrarlo cuando dormitaba apaciblemente como un Homero en su escaño, allá por los primeros años de la transición sin fin (Woody Allen decía que la Eternidad se hacía muy larga, sobre todo hacia el final). El Presidente de la cámara lo despertó con la siguiente recriminación: "Su señoría estaba durmiendo", a lo que replicó el galaico: "No, señoría, estaba dormido. ""Es lo mismo", replicó. "Nada de eso", esgrimía Cela, "no es lo mismo estar jodiendo que estar jodido". Algo parecido aparece en La legión invencible, de John Ford, cuando un sargento irlandés pasa revista a la tropa pidiendo que cuiden su léxico y alguien le advierte desde las filas: "¡Y la gramática!"

Hay verbos más susceptibles de pasiva que de activa. No es lo mismo tener seis millones de parados que seis millones de detenidos. La segunda palabra tiene algo por delante que corta, pega y manda. En el siglo XIX usaban denominaciones como cesante o desempleado, que suenan más humanas y menos a engranaje mecánico. Porque esta mecanización  de las palabras refleja la bajada de temperatura viva de la sociedad: el paro es una tragedia vital e incluso, en la filosofía de Marx, el trabajo es ni más ni menos que el sentido de la vida: no tiene otro. 

El cesante, pues, en especial el joven que ni siquiera sabe para qué le han educado, estarían desviviendo su vida en las condiciones inauténticas, indignas e inhumanas que causan revolución. El parado/detenido se transformaría en lo que Camus llamaba un homme revolté, un hombre revuelto o airado, un signo de sufrimiento e ira que se quiere compartir y transmitir. Otros, en especial los más jóvenes, están tan acojonados que ni siquiera fríen en la sartén: no han salido del huevo. 

Pero claro, el poder tiene claro que esas filosofías, la marxista y la existencial, al fin y al cabo humanismos, no les van, y se inventan otra filosofía que reduce algo tan complejo como la polis a un mercado de individuos insolidarios. Y lo reducen y banalizan todo a la plana apariencia de su ideología de consumo y sus tres valores principales: vulgaridad, fachada y fragmentariedad. A esos reduccionismos incompletos los llaman en el psicoanálisis pulsiones de muerte. No voy a decir que un parado es un zombie, pero casi. El capitalismo tiene algo de incompleto, evitador y asesino. Nadie sabe de dónde podría venir la caritativa "mano invisible" de Adam Smith; lo más posible es que no ayude, sino que te estrangule o se haga una paja. El capitalismo lo degrada todo, su único defecto es que produce demasiada basura, incluso basura humana: gente que, en sí misma, es basura. Transforma las relaciones humanas en relaciones de consumo, fragmentarias, vulgares y de fachada. Hombres y mujeres de usar y tirar, como la ropa de Zara.

A mí siempre me ha parecido que algo había de extraño en la sinonimia parado / detenido. El vocablo parado tiene más cauce, porque no es culpable de nada; el vocablo detenido, sin duda, tiene un problema; para él la estructura del mundo es injusta; es o debería ser un revolté o revoltoso, un revuelto contra ella. Para la derecha todos los parados son, o debieran ser, unos parados bien encerraditos y con su culpa dentro; ellos prefieren los activos a los movidos; los activos sacan dinero y recaudan riqueza; los movidos dan problemas sindicales y exigen justicia.

El término detenido choca contra un obstáculo muy gordo que pasa en medio de un silencio ominoso, que dicen los novelistas. ¿Qué obstáculo es ese que crece como una montaña y amenaza con alcanzar las alturas del K-2, esa cumbre laboriosa de subir e imposible de bajar? Desde luego no es el parto de los montes: detiene a seis millones de personas, más que toda Dinamarca. Esa enorme montaña está hecha de activos asiáticos mal retribuidos. Y ni siquiera es una sola: es una cordillera tan grande como el Himalaya: indios, chinos, coreanos... incluso Brasil y México, nos están comiendo vivos sin que defendamos con una gran muralla de proteccionismo nuestras economías más o menos equilibradas. Esa gran muralla los obligaría a redistribuir sus costos en bienestar común y más derechos humanos para esa clase media que ellos están construyendo y la parte menos nuestra de nos-otros estamos destruyendo.

lunes, 5 de agosto de 2013

El nuevo Delibes, Jesús Carrasco

De Mikel López Iturriaga en El País, hoy:

Jesús Carrasco: “La obsesión actual por aprovechar el tiempo me parece atroz”

Su primera novela, ‘Intemperie’, ha sido una de las sorpresas editoriales del año. Comparado por la crítica con Delibes o Cormac McCarthy, él apuesta por la contención y la dignidad.

Con su rostro serio, su cabeza rapada combinada con bigotes de húsar, su atuendo radicalmente discreto y su mirada taladrante, Jesús Carrasco no parece el hombre más entusiasta con las actividades sociales mundanas. Pero cuando inicio la conversación preguntándole si le ha resultado una experiencia agradable venir a firmar libros a Madrid, contesta que sí. Descarto indagar sobre si su cola ha sido larga, normalita o encogida, pero insisto en si disfruta con los encuentros con sus lectores. Responde que suelen ser interesantes, y que esta mañana uno de ellos se le ha puesto a llorar “como una magdalena” al contarle cuánto se había reconocido en su primera novela.

Asumo que tan positiva predisposición a un ritual que muchos escritores sufren en silencio se deberá a que es un autor novel, y acojo con empatía la anécdota del lector conmocionado. A mí también me impactó Intemperie (Seix Barral). La novela con la que este extremeño afincado en Sevilla se estrenó hace unos meses narra la brutal historia de un niño que huye de su casa, un cabrero que le acoge y un alguacil que le persigue en algún lugar y algún tiempo indeterminado del campo español de la primera mitad del siglo XX. Tan desnudo en su estilo como los yermos paisajes que describe, es un libro cargado de simbolismos, con un misterio que atrapa y una violencia que impacta. Tanto que ha causado sensación en el mundillo editorial internacional: ya se ha publicado en Alemania y Holanda, y pronto lo hará en 11 países más.

PREGUNTA: Su libro se lee como se ve una serie o una película de miedo. ¿Cuál es el truco para crear un misterio tan adictivo?

RESPUESTA: El misterio está fundamentalmente en el silencio, en lo que no se dice. Ha habido por mi parte un trabajo de contención y de recorte en el diálogo: intentar que los personajes hablen para que el lector no sepa tanto lo que piensan, sino que lo imagine.

El misterio está en regresión, pero es un valor fundamental”
P: En Intemperie no cuenta el lugar y la época en que se desarrolla la acción. ¿Por qué se niega a revelarlo?

R: No creo que tenga ningún sentido hacerlo. De hecho, creo que hablo demasiado de la novela. Me gusta mantener una visión limpia como lector, como espectador de obras de arte o de cine. Prefiero no saber y sacar yo mi propia conclusión. A veces, si admiras a alguien suele ser porque sabes poco de él.

P: Con la facilidad para acceder a la información en Internet, es difícil mantener ese desconocimiento.

R: En términos objetivos, es evidente que Internet es un adelanto. Pero uno de sus efectos perniciosos es que ha sido la puntilla del misterio. Del siglo XIX a esta parte se está haciendo un ejercicio de pornografía con la realidad: cada vez todo es más explícito, desde la propia intimidad de cada ser hasta cualquier acontecimiento social. El misterio está en constante regresión, y para mí es un valor fundamental en la vida. Hay cosas que es mejor no conocer. Yo no quiero saberlo todo, también quiero dejarme llevar y emborracharme.

P: Ha dicho que el tema principal de su novela es la dignidad. ¿Por qué le interesa tanto ese concepto?

R: La dignidad surge en cada esquina. Solo hay que verla, es como la belleza o el arte, y consiste en ser capaz de mantener la postura después de sufrir las inclemencias de la vida. Eso me interesa muchísimo, y quiero ser capaz de dirigir mi vida en esa dirección. Ser capaz de mantener la postura, de ser esa persona que en el metro, cuando alguien está siendo agredido, interviene.

P: ¿Usted cree que es un valor en alza o a la baja?

R: En alza. No soy nada pesimista: prefiero quedarme con las personas que salen a la calle a reivindicar los derechos, luchar por la sanidad, por la educación pública, en vez de quedarse en casa. Cada vez hay más redes de intercambio o apoyo mutuo: lo veo en mi vida cotidiana, y también las practico.

P: ¿Algún ejemplo que le haya llamado la atención?

R: Hace poco, en EL PAÍS leí la historia de un matrimonio que desde hace años están abriendo su casa a inmigrantes sin papeles. Están metiendo en el templo que es el hogar a gente que no conocen de nada, y su hijo está allí, está disfrutando, viviendo con intensidad ese ejemplo. Para mí son héroes. No hace falta subir al Everest ocho veces en biquini, me parece mucho más alucinante aguantar la incomodidad de tener desconocidos en tu casa.

P: Otro tema de la novela es la violencia en un contexto de necesidad extrema. ¿Le sorprende que en la situación tan grave que vive España no haya más conflictos de los que hay?

Una vida con ritmo propio

Brian Wilson compuso ‘I just wasn’t made for these times’ (No estoy hecho para estos tiempos) antes de que Jesús Carrasco naciera en 1972, pero la canción bien podría sonar de fondo en el discurso de este extremeño afincado en Sevilla. Alérgico a los frenesíes del mundo urbano contemporáneo, Carrasco reivindica los silencios y la lentitud del campo tanto en su vida como en su primera novela, la rural y atípica Intemperie. No quiere estar en las redes sociales, no quiere “pasar 50 horas metido dentro de una pantalla”, y hasta ha osado quitar las alertas del WhatsApp en su móvil. “Cuando me apetece, miro y digo: ‘Anda, esto me llegó hace tres días”, dice con sorna. También mantiene una huerta que le proporciona excelentes pepinos –“es para llevar mi ritmo hacia el de las plantas”–. Mientras, prepara su segunda novela, que tratará otra vez “de cosas poco cibernéticas, como la relación del hombre y la tierra”.

R: Sí. La respuesta sencilla, la fácil, es la de la familia. La familia como armazón social oculto o subestructura que está soportando todo eso, esas fricciones. Por otro lado, quizá es que somos un pueblo permanentemente invadido y tenemos este carácter. Un país acostumbrado a una cierta adecuación, como esas plantas o animales que de repente tienen un parásito y lo que hacen es rodearlo con parte de su propia estructura. No puedo contigo, pues te acojo, te tengo aquí controlado. Mi pregunta o mi duda es qué pasará después. Cuando vuelva el dinero, ¿dónde estará la educación, la sanidad, los derechos? ¿Dónde estarán los poderosos? Eso me da mucho miedo, nos va a costar mucho trabajo volver a recuperar lo que teníamos.

P: Se ha relacionado su novela con el Delibes de Los santos inocentes, pero no tanto con La familia de Pascual Duarte, de Cela, el primer libro que me vino a la cabeza cuando empecé a leer Intemperie. ¿Es una referencia para usted?

R: No. Lo he leído, pero ni el libro ni el tremendismo como movimiento literario son una referencia. Es una época de la literatura que me deprime, porque refleja esa España tan sombría, tan polvorienta.

P:Pues su libro es bastante tremendista.

R: Sí, sí lo es. Pero la influencia viene más del tremendismo norteamericano. He leído mucha más literatura norteamericana que española. Los relatos de Carver son durísimos, no se salva nadie, todo es atroz, y para que veas un hilito de esperanza… Al mismo tiempo son relatos poderosos, bien tramados, que te enganchan, y que a mí me transmiten muchas cosas. Cuando hablo de Carver, hablo de Richard Ford, de John Updike, de John Cheever o de Cormac McCarthy: si acaso, viene de ahí esta visión un poco lúgubre de la realidad.

P: Supongo que su estilo, tan desnudo, también bebe de esos autores.

R: Ahí yo creo que Carver es el campeón. Hay un cuento suyo que dice: “Un día llamaron a mi puerta y encontré un hombre con ganchos que quería vender una foto de mi casa”. El cuento dura un poco más, pero por mí se podía haber acabado así. Él era el rey de la poda, y yo aspiro a ser no el rey ni el príncipe, pero sí a ser un buen podador. Quitar, quitar y quitar, y dejar interpretar a los demás. Eso es la poesía también, que a mí como género me interesa mucho en tanto que ultima precisamente eso, la máxima imagen con la mínima expresión formal.

P: Pero usted no escribe poesía, ¿no?

R: No me atrevo. No tengo coraje, ni tablas. En la poesía no te puedes escapar, no son 200 páginas donde puedes cargar aquí o allá.

P: ¿Es usted tan parco, tan austero y tan esencial como su literatura?

R: Yo no había hablado tanto en mi vida como estos meses. En mi círculo íntimo no soy parco, incluso cuento chistes, pero fuera de él soy una persona silenciosa. Ni me gusta hablar por hablar, ni me gusta decir tonterías. No se confunda esto con solemnidad o seriedad: me encanta reírme, pero tiendo a hablar poco. Hay un dicho que dice: “Los que saben no hablan, los que hablan no saben”. Yo no sé si cumplo ese axioma, pero procedo de una tradición silenciosa también. En casa se ha hablado poco, para bien y para mal.

P: Dice que le encanta reírse, pero en Intemperie no hay ni una gota de sentido del humor.

R: Me gustaría, pero el humor es difícil. Admiro tanto a Eduardo Mendoza, a Tom Sharpe, a Shakespeare, a Oscar Wilde… Mendoza dice que siempre ha sido un género denostado, y yo añado que además es un género complicadísimo. A lo mejor, porque hay pocos escritores capaces de asumirlo con solvencia, directamente se desprecia. Si en mis próximas novelas voy incorporando el humor, significará que voy ganando aptitudes como escritor. Quizá mi última obra sea desternillante, la que haga antes de jubilarme.

P: Tiene una imagen contundente. ¿Puede un escritor serio cultivar su look?

R: Pues yo te diría que, lejos de cultivarlo, todo lo contrario. Mi calva no procede del cultivo, sino más bien de la falta del mismo: voy calvo porque se me cayó el pelo hace 15 años, y es muy triste ir con una loncha. Y el bigote, pues llevo casi 20 años con él. Me lo dejé, me lo quité y me dije: “Vaya cara de tonto”. Así que al final se quedó ahí. Pero no es premeditado, llevo así toda mi vida. Prometo dejarme el pelo largo para la próxima novela.

P: La peluca es otra opción.

R: O los implantes.

P: ¿Proviene usted de un ambiente rural como el de su libro?

R: La mitad de mi vida la he pasado en el campo. Nací en Olivenza, un pueblo de Badajoz que está en la frontera con Portugal. Cuando tenía cuatro años, mi familia se trasladó a Torrijos, un pueblo de Toledo. He pasado mi vida entera dando tumbos por los caminos, subiéndome a los árboles, construyendo cabañas, cazando perdices a mano y conejos con hurones, haciendo ese tipo de cosas que se hacen en los pueblos. Es la tierra que amo, es mi lugar en el mundo en cierto modo. En el libro hay un interés por dignificar lo rural. Se nos olvida muchas veces que España es mucho más que Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia. Ves el telediario, donde los reporteros cogen a la gente debajo de la redacción, y parece que España es la calle de O’Donnell de Madrid. Pues no: hay gente que vive de otra manera. Pero desde el desarrollismo de los cincuenta y sesenta, el foco de los medios está en las ciudades y parece que lo demás no existe.

P: La gente de ciudad tendemos a pensar que nos vamos a aburrir en sitios así porque nunca pasa nada.

R: Vivir en el campo es muy duro. Pero yo invito al urbanita a que vaya al campo no a visitar, sino a experimentar cosas que en la ciudad son difíciles de probar: el horizonte, la nada, el vacío, el aburrimiento, soportarse a uno mismo, mirar alrededor, bajarse un poco de este frenesí en el que vivimos. Yo encuentro ahí cosas importantes de la vida, ya no simplemente paz.

P: ¿Por ejemplo?

R: Entender quién es uno mismo, tener capacidad para verse, para pensar un poco, para no verse interrumpido, para tener paciencia. Virtudes todas muy útiles, incluso en la ciudad. La paciencia es necesaria para vivir en pareja, para negociar, para no volverse loco en un atasco de tráfico… Para cualquier situación en la que puedas ponerte en el lugar del otro en vez de gritarle.

P: Pues nuestra civilización parece ir justo en el sentido contrario.

R: Yo veo que ya no podemos estar parados. Antes, hace siete años, cuando no había smartphones, la gente iba en el metro leyendo, dormida o mirando a la nada, y ahora nadie va así. Parece que ese tiempo hay que aprovecharlo, como si lo perdiéramos. Me parece una obsesión atroz, atroz para construirte. La vida es un crecimiento, somos maestros de nosotros mismos, y el objetivo es que el último de nuestros días seamos nuestra mejor versión gracias a lo que hemos sido capaces de atesorar y eliminar a lo largo de nuestra vida. Y para eso hace falta tiempo, hace falta atención, hace falta una serie de cosas que se nos están yendo de las manos.

P: Pero ahora vive en Sevilla, una gran ciudad.

R: Vivo en el centro peatonalizado. No tengo coche y voy andando o en bici a todas partes. Me mudé aquí por mi mujer, que es sevillana. Cuando vine, hace nueve años, ella tenía más difícil laboralmente moverse a Madrid y yo trabajaba de freelance. La típica cosa que es temporal y al final te quedas.

P: Trabajaba como redactor publicitario.

R: De redactor publicitario, diseñador cutre, contabilidad, paquetería.

P: ¿Alguna campaña de la que se sienta orgulloso?

R: Sí, pero son muy chicas. Casi toda mi vida publicitaria he trabajado para Bankinter de una u otra manera, y hay campañas de las que me siento ­orgulloso, pero que nadie recordaría: solo las han visto clientes del banco en su casa.

P: ¿Y se puede mantener la dignidad haciendo publicidad para un banco hoy día?

R: Hoy día no lo sé, y en aquella época tampoco lo sé. Al principio yo sufría mucho con esto e iba a trabajar con sensación de culpa. Un día me encontré con una profesora de Filosofía que me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que a la publicidad, y ella me respondió que era una manera bonita de difundir belleza. Entonces empecé a verlo desde otro punto de vista. No me quito mi responsabilidad, yo también he formado parte del engranaje y vendía cosas que jamás habría comprado, pero también aprendí que nosotros no obligamos a nadie a comprar. No creo en este discurso de “somos víctimas de la publicidad, somos víctimas de la prensa, somos víctimas del sistema, de la política”, etcétera. A nadie se le ha obligado a coger una hipoteca, a nadie se le ha obligado a comprarse un coche. La gente lo hace porque quiere o porque no pone los filtros suficientes a aquellos estímulos que le vienen y le dicen: “Compra esto”. También es verdad que ha habido ejemplos ya no de sugestión, sino de engaño, como las preferentes. Pero eso ya no es la publicidad, es un director de un banco que dice: “Manolo, mira lo que tengo aquí que es un 2% y luego es un 26%”. Eso es una estafa.

P: Estuvo mucho tiempo escribiendo antes de mandar nada a una editorial. ¿Tan malo era?

R: Claro. Al mismo tiempo que hay una responsabilidad en el que puede comprarse una tele y no la compra, también hay una responsabilidad en el que dice: “Bueno, tengo una novela, pero no tengo por qué publicarla. No la publico porque me parece mala”. Pero es duro pasarte seis meses y medio escribiendo algo y, al acabar, pensar que es una castaña.

P: ¿Tiene muchos cadáveres de ese tipo?

R: Unos cuantos. Un pequeño mausoleo.

P: ¿Cree que lo que ha pasado con Intemperie le ha llegado en un buen momento, a los 40?

R: Sí. Con 40 años tienes cierta madurez: estás más tranquilo, pero al mismo tiempo sigues teniendo fuerza, coraje y brío. Si hubiera llegado antes, me habría vuelto un poco más loco, me lo habría tomado de una manera más personal y habría creído cosas de mí que a lo mejor no son verdad. Así que yo me siento ahora en un momento perfecto para disfrutar de esto y seguir pensando que la vida es maravillosa y que a veces las cosas salen.

P: ¿Ha cambiado su vida cotidiana?

R: Sí ha cambiado en cuanto a que ahora viajo y todo eso, pero cuando vuelvo a casa todo sigue exactamente igual. Y quiero que sea así, porque lo necesito. Vuelvo a ser el padre de mi hija y hago las cosas que se hacen en casa: fregar los platos, hacer chapuzas con mi cuñado en su casa o trabajar con las manos en la huerta.

P: Pero imagino que escribir será más grato que trabajar como publicista.

R: Toda mi vida laboral ha estado basada en recibir palos, porque en la publicidad te están rechazando proyectos constantemente. En esta otra parte de mi vida laboral que es la escritura abundan más los elogios que los palos. Creo que ninguna de las dos cosas te tiene que arrastrar: hay que disfrutar en la medida de lo posible de todo lo que se pueda. Yo no me voy a quejar de firmar libros, no me voy a quejar de tener que viajar o de que me pregunten siempre lo mismo.

P: Como periodista, se lo agradezco.

R: Mira a la gente que trabaja en el metro, a los barrenderos, a los oficinistas que vienen de Móstoles a las seis de la mañana y se van a su casa a las nueve de la noche, a los de los invernaderos de El Ejido o a los de los andamios. Esa gente quizá tenga algún motivo serio para quejarse. Yo no.

sábado, 3 de agosto de 2013

Habla Benítez Reyes

El problema más grave del PP

Público, 25 jul 2013

Un paisaje ético como el dibujado por el PP es desolador. Su modo de actuar, de representar de forma cotidiana el lado turbio del poder, provoca un espectáculo deprimente.  Ni las peores obras literarias han creado unos malos tan malos, unos mentirosos tan mentirosos, unos desvergonzados tan desvergonzados. Una situación tan grave ni siquiera nos permite alegrarnos de las angustias de nuestros adversarios ideológicos. Si el PP fuese una composición novelesca, la ficción no resultaría eficaz por puro sectarismo. Los buenos lectores están acostumbrados al matiz y aquí no hay matices. Cuando comparezca Rajoy ante los representantes políticos de los españoles, el problema no será Rajoy, sino los diputados del partido  en el Gobierno que, con nombres y apellidos, desde la A a la Z, se olvidarán uno por uno de la decencia para aplaudir la corrupción. Una España sin honor democrático, sin vergüenza.

Esto es grave. También es grave un poder judicial tomado por el clientelismo y dispuesto a perdonar a los delincuentes y a perseguir a los jueces que intentan cumplir de forma honrada con su trabajo. Aquí pasa a segundo plano querer saber la verdad, hacer justicia y facilitarle a las víctimas una reparación. Ahora es prioritario estar del lado del que manda en los premios y en las dificultades, en las declaraciones y en los silencios, para recibir un ascenso, un indulto o una rebaja de pena.

Es muy grave la evidencia de un comportamiento poco distinguible de lo mafioso. Pero no es lo más grave para el PP. Por desgracia hemos visto que municipios y comunidades autónomas han respaldado con mayorías absolutas a dirigentes manchados de barro hasta la nuca. No habla bien de la ciudadanía, ni de la salud democrática, pero es así. Se pueden ganar elecciones siendo un corrupto notorio.

Por eso el problema más grave que tiene el PP en este momento no es la corrupción, sino la trampa y el callejón sin salida de su política económica. No resulta muy original afirmar que la realidad determina la conciencia, pero me parece oportuno recordarlo aquí y ahora.

El PP ha basado una parte decisiva de su política neoliberal en el desmantelamiento del los servicios públicos. Y no se trata sólo de su descarada afición a las privatizaciones, sino también de otros procedimientos más sibilinos. La degradación sistemática de los servicios públicos (sanidad, educación, sistema de pensiones…), ha tenido como finalidad el meditado desplazamiento de las clases medias para enriquecer el negocio privado. Cada recorte, cada reducción de plantillas, cada miedo, tenía como misión degradar lo público para poner en manos del negocio privado el dinero de las clases medias. Esa es la razón de configurar el espacio público como una casa de misericordia. Si usted no se quiere morir de un parto, si no quiere que sus hijos sean perdedores desde los diez años, busque acomodo y pague –no ya con sus impuestos, sino con sus ahorros- en clínicas y en colegios privados.

Pero ocurre que esta política de expulsión de los servicios públicos sufrida por las clases medias ha coincidido en el tiempo con unas medidas económicas destinadas a empobrecerlas. La política del PP está al servicio de la oligarquía, es decir, de la riqueza acumulada por las élites y sus instituciones financieras o empresariales. Esto tiene como resultado inmediato el empobrecimiento de las clases medias. Y ahí está el mayor problema del PP: ha intentado expulsarlas de los servicios públicos al mismo tiempo que las dejaba sin dinero para gastar en lo privado. El cambio de ciclo viene apuntado por este viento: la realidad económica vuelve a unir a los de abajo, a los maltratados de la sociedad, con las clases medias, por culpa de un empobrecimiento general de los ciudadanos. Y esto abre como posibilidad la configuración natural de una nueva mayoría que rompa las costuras establecidas por la Transición. Es posible movilizar hacia la política alternativa a una parte amplia de españoles que hasta ahora, por comodidad, falta de escrúpulos o ceguera, pactaban con las élites financieras heredadas del franquismo y santificadas por la corona.

Las crisis provocan dificultades graves, pero sus tensiones abren nuevos caminos. Sería un crimen histórico que las fuerzas sociales y políticas opuestas al neoliberalismo –y a la agresión de la economía especulativa contra la democracia- desaprovechasen esta nueva situación.


jueves, 1 de agosto de 2013

Los señores de la limpieza

Así habría que llamar a tanto marrano de York y de Orwell como se luce hoy en el Congreso de los diputados, instalado para la ocasión y por no sé qué avatar en un Senado que tiene la virtud de la basura: no servir para nada y, encima, costar dinero. Allí hozan, en su zahúrda de Plutón, en una atmósfera como la de Júpiter, producida por el metano de sus pedos y sus grandes manchas de marrón. Uno quisiera, ante todo, claridad: que esas límpidas camisas reflejaran lo que hay dentro y no lo que no hay, aunque tuviera que resultar de ello el fin de la segunda temporada de Juego de Tronos: una colección de zombis a medio descomponer.

Porque los señores de la limpieza, que sin duda no sacan la basura de su casa, siguen pretendiendo, gobierno y oposición, ser unos impolutos, unos santos recién salidos del confesionario presuntamente laico, unos bebés bautizados con las aguas del Jordán, unos nacidos ayer, vaya. Como si no hubieran de dejar hoy lo mismo que han dejado de ayer los de la Pandorga: calles llenas de vomitonas, botellas y otras mierdas de las que suelen salir no solo de la boca. 

Pareciera como si el gobierno, que corrompió al Pesoe, hubiera regenerado al Pepe. Pero lo cierto es que lo que rige ahora como hace cuarenta años son las extremidades encogidas de feto en la nevera de Franco always, el famoso montaje de Eugenio Merino, un Pepoe neofranquista que flota como la mierda sobre la desilusión y el sufrimiento de los ciudadanos, inextinguible gracias a las leyes electorales y la impunidad e injusticia que privan en sociedades clasistas y pseudodemocráticas como la nuestra. Pero esto no se da solo aquí; en Bayreuth un tal Frank Castorp ha aburrido a los alemanes lo mismo que Eugenio Merino, poniendo de fondo a Wagner un monte Rushmore con las efigies de Marx, Lenin, Stalin y Mao. Vulgar, aunque más lo hubiera sido poner al nazi y compañía.

Cabe dudar que una ley que no ha sido sometida al control directo de los ciudadanos pueda verdaderamente causar "transparencia", como cabe dudar de que un cáncer pueda causar regeneración. Una constitución nueva es otra cosa, precisamente lo que quieren evitar, al menos hasta que hayan pasado cien añitos. Pero los diputados insisten en no engendrar un nuevo proceso constitucional del que pueda nacer un futuro y, a estas alturas, incluso puede que tengan razón, habida cuenta de que los catalanes no pueden ser otra cosa. Hasta que Franco se descomponga.


martes, 30 de julio de 2013

De gallinas y frenazos

Delante de los cines Las Vías había una casa de labranza o alquería con un gallinero y dos perros. Pero el suelo subió y ahora lo que hay es un edificio con pisos de lujo y letreros de sin vender. ¿Qué han hecho con mis gallinas? ¿Qué se hicieron? Siempre que iba al cine con mis hijas o sin ellas, les hacía una cariñosa visita. Avivo el seso y despierto recordando las Coplas a la muerte de un colega de Luis García Montero: 

¿Qué se hizo Marilyn?
Aquellos Beatles de antaño,
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto sinfín
de galanes que en un año
nos vendieron?
Y los tunos, los toreros,
las cantantes de revista
en el olvido;
las folklóricas primero,
el marqués y la corista
¿dónde han ido?

En España los frenazos siempre han provocado gran número de muertos. Así el frenazo de la economía desbocada. Pueden sumarse a las víctimas mis pobres gallinas, consumidas por la fiebre del ladrillo. España era un coloso con pies de ladrillo, como el sueño de Nabucodonosor en Daniel, II, 31-35:

La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce; sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido. Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra

Podríamos adaptar el pasaje (que por cierto ya va necesitando una tercera edición más actualizada, un Moderno Testamento, vaya) así:

Y fueron como tamo en las Eras del Cerrillo, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas el ladrillo que hirió a la imagen fue hecho un gran banco que llenó toda la tierra.

No se puede construir nada sólido sobre un gallinero. Pero la inercia histórica es muy grande. ¿Quién puede parar una cosa así? Hubo tres frenazos: el de Felipe II, el de Fernando VII y el de Franco I. ¿Será este un cuarto frenazo? Espero que no, amigos.

domingo, 28 de julio de 2013

Un fiera

CONVERSACIONES BÁRBARAS: ANATOLIO ALONSO

“España es así: forrarse rápido, pan para hoy y hambre para mañana” El estudiante sacó un 9,95 en la última prueba de Selectividad, la nota más alta de Madrid. Se prepara para ser médico

BORJA HERMOSO Madrid 27 JUL 2013 

En el madrileño barrio de Acacias, un prohombre en bermudas, chancletas, camiseta y pendiente. Corre 1.500, estudia, lee, ve pelis, se baja música y juega a que llega el fin del mundo. Ese es Anatolio, que hace como que la cosa no va con él. Pero sí va: algún día este santo y puñetero país tendrá noticias suyas. Y nos vendrá bien. Sacó un 9,95 en la Selectividad, que ya es sacar. Pero alguien se equivocó. Porque el tipo es de 10.

Pregunta. ¿Están tus padres en casa?

Respuesta. No… no hay nadie.

P. Es que les iba a preguntar cómo es posible esto de Anatolio…

R. Mi abuelo se llamaba así, y mi padre. Creo que a mi abuelo se lo pusieron por algo del santoral.

P. Habrás tenido que aguantar tralla en el cole, ¿no?

R. Tú verás... Cuando salí en los periódicos y toda la leche, evidentemente a la gente le chocó el nombre. Es que es muy sonoro.

P. Es una forma de decirlo. A mí me recuerda a los tebeos de Bruguera: Anacleto, Ataúlfo, Rigoberto, Mortadelo, Filemón…

R. ¡Je, je, je! Sí, bueno, y en Twitter me han hecho muchas bromas: “Joder, con ese nombre seguro que ni sales de casa y por eso saca esas notas”, y tal.

P. Hablando de tebeos. Supongo que, en su caso, Kant, Quevedo y los logaritmos no dejarán sitio para los cómics y cosas así… ¿o sí?

R. Mira, si te das la vuelta verás mi rincón de cómics. Me encantan, sobre todo Watchmen. Tiene trasfondo filosófico…

DNI urgente

Nació en Madrid hace 18 años. Le gusta el cine, el atletismo, los videojuegos, la filosofía, salir con sus amigos y charlar con su padre. Sacó la nota más alta de Selectividad en la Comunidad de Madrid.
P. Pues todavía hay cenutrios que consideran los cómics un género menor, una bobada, vaya.

R. Pues los cómics ofrecen muchas posibilidades que un libro normal no puede darte. Con un buen trazo se te muestra todo sin soltar una sola palabra… buenos dibujos, buenos guiones…

P. ...pura economía de medios. A lo mejor se está perdiendo una gran ocasión para usarlos como método educativo en las aulas.

R. Sí se podrían usar. Motivarían más a muchos estudiantes.

P. Sí, porque —y no parece precisamente tu caso— queda claro que mucho estudiante le tiene alergia al libro tradicional, ¿o no?

R. Claro, pero a veces eso se potencia en la misma educación. A veces te meten una cantidad de contenidos en muy poco tiempo, solo por cumplir las exigencias oficiales. Y te meten 12 autores de filosofía, hala… Solo Kant te da para dos meses si lo quieres entender bien. Y la historia también se estudia mal. Mucha cantidad, pero no se interioriza. La tenemos que absorber y luego vomitarla, y punto. A veces, en el colegio, más que enseñar se vacuna contra el conocimiento. Así que luego, la gente va a una librería, ve los libros de filosofía y se va derecho a por los de autoayuda. Pero la filosofía sirve para relativizar los puntos de vista actuales, comparándolos con el pasado.

P. ¿Y qué autor te pone más?

R. Me gusta el tema de la neurociencia y me parece apasionante lo de la inmortalidad del alma.

P. Glup.

R. Sí. El ser humano trasciende lo meramente físico. Yo ahora estoy hablando contigo y generando ideas, ideas que se van superponiendo en el tiempo. ¿Dónde quedan? Poder recordarlas da al ser humano como una conciencia de superioridad. Todas esas teorías filosóficas que, desde un punto de vista lógico eran coherentes, desde el sentido común son como castillos en el aire… dar una explicación, sin base fisiológica, al mundo etéreo que hay en nosotros.

P. Diez en Filosofía. Claro, ahora se entiende.

R. Sí.

P. En cambio, la media se te quedó en 9,95. ¿Qué pasa, la perfección no es bella? ¡Y un 9,50 en Lengua! Te caería una buena en casa.

R. ¡Joder, es que a un comentario de texto se le pueden dar tantas vueltas, que todavía podría estar haciéndolo! Puede ser infinito. Y más con un texto de Savater, que le gustan los argumentos de autoridad más que a un tonto un lápiz. Te puedes tirar horas.

P. Bueno, eso si te sabes el autor. Yo no solía sabérmelos y me quedaba con cara de boniato.

R. A lo mejor no te sabes el autor, pero puedes trascender lo que dice e identificar lo que dice con algún hecho de tu vida. Pasa como con Wittgenstein. Su Tractatus eran aforismos y él decía que nadie que no hubiera pensado eso antes lo iba a entender. Pero si lo lees y lo vinculas a alguna vivencia tuya, lo entiendes.

P. Qué cosas, estábamos con los cómics y hemos acabado en Wittgenstein. ¿Y los videojuegos?

R. El videojuego es un nuevo horizonte, con posibilidades que no ofrece el cine. El videojuego es un arte. Mira, mira este \[se levanta, saca uno de la estantería y lo muestra con una mezcla de fascinación y orgullo\], es la leche.

P. Uy, va del fin del mundo.

R. Sí.

P. Pues imagínate que ahora entra tu padre y te suelta: “Anatolio, mañana es el fin del mundo”. ¿Qué harías?

R. Quedaría con mis amigos.

P. Unas sangrías en el parque.

R. No iba a dar tiempo a más, ¿no? No vas a coger el coche para irte por ahí y que el fin del mundo te pille por el camino. Así que a tomar algo y comentar: “¿Cómo será esto del fin del mundo?”.

P. ¿Te bajas pelis? ¿Música? ¿Videojuegos? ¿Libros? Como digas que no, llamo al zoo para que te metan en una jaula.

R. Me he bajado música, y pelis alguna, pero no soy una bestia. A mí me gusta ir al cine, a la sala de cine, quiero decir. El olor a palomitas, los tráilers, es un ritual.

P. Pues a este paso te van a poner una estatua.

R. Es como los libros en papel. Me gustan mucho más que los e-book. Llámame fetichista. Joder, macho, ¿todo el día con pantallas, y cuando vamos a leer un libro, venga, ¡otra pantalla!?

P. Se ha instalado la idea de que los productos de cultura y ocio son gratis total. A lo peor, al final, los que los hacen deciden dedicarse a otra cosa.

R. El gratis total no vale, pero si queremos extender la cultura y que la gente vea películas y lea libros, hay que aceptar que los precios de ahora son inasumibles. Que un DVD cueste 16 euros no va acorde con la situación económica de la gente, pero no porque estemos en crisis; es que tampoco irá acorde cuando no haya crisis. Es irreal. Es ridículo.

P. Te puse como ejemplo ante mi hijo de 20 años y me contestó: “¡Pufff, seguro que es un insoportable!”. Defiéndete. Di conmigo: “No-soy-solo-un-empollón”.

R. No soy insoportable. Salgo casi todos los fines de semana. Estudio, sí, pero no me queda otra. La gente esa que va de gran intelectual y piensa que sin estudiar… no, macho, puedes ser inteligente pero hay ciertos conocimientos que el Espíritu Santo no te los da.

P. Eres listo, inteligente y culto y hablas cojonudamente sin dártelas de nada. Qué buena lección para tanto tonto integral que usa su cultura como arma de exclusión… esos del “¿¿que no has leído a este autor??” o “¿¿que no has visto esta película??”.

R. Hay gente que lee solo para demostrar lo mucho que lee. Para elevarse por encima del resto. Que se note que sé. Es empavonamiento. Gente que va de guay. Esnobs. Creen que lo raro, por el hecho de ser raro, ya es bueno.

P. Y ahora, médico, ¿no? O sea, que ya te ves con tu batita, pasando consulta, ganando una lana.

R. No. Ahora en la sociedad hay un gusto marcado por la especialización precoz. Es peligroso. A mí me gusta la investigación. Un médico en su consulta cura a uno, a dos, a tres, a muchos, pero alguien que desarrolla una vacuna cura a millones.

P. Pues si quieres investigar ya puedes ir haciendo las maletas.

R. Pues yo querría vivir en España. Me gusta salir a la calle a las doce de la noche y ver gente. Tú sales a las doce de la noche en Francia y no hay nadie. En Inglaterra, igual. De todas formas, si me voy me gustaría que fuera una decisión mía, no una coacción de las circunstancias históricas y económicas que hay en este país.

P. ¿Cuál es tu grado de preocupación o cabreo con esas circunstancias y quienes las propician?

R. Alerta roja total. Yo creo que esta crisis se ha forjado mucho tiempo atrás. Se ve claramente si estudias la historia de este país. Aquí, la actitud ante la economía ha sido siempre la misma, España es así: forrarse rápido, pan para hoy y hambre para mañana. No ha habido una idea de forjar una industria, de producir aquí las cosas o las ideas para exportarlos.

P. El “que inventen ellos” caló muy fuerte, y sigue calando.

R. Siempre igual. Y luego, cuando esto estaba resurgiendo en cuanto a ideas de progreso, con la República, todo cayó por gente que no quería eso y dio un golpe. Y los índices económicos no se recuperaron hasta los años cincuenta o casi sesenta. Y luego, en democracia, vinieron las reconversiones industriales, que fueron un eufemismo: no hubo reconversión, hubo un desmantelamiento, para que Alemania, que es la que nos sangra ahora, fuera la que nos tuviera que suministrar la industria y así los alemanes pudieran venir aquí a hacer turismo de sol y playa.

P. Queda claro que te gusta llamar a las cosas por su nombre.

R. Y luego está lo de la investigación, que se piensa que es un gasto inútil… ¡pero si es lo único que puede sacar de esta situación a España! A ver, nosotros jamás vamos a ser competitivos como los chinos, que tienen un régimen dictatorial que hace lo que le sale de las narices con los derechos de los trabajadores. Si en algo podemos triunfar es en ideas: educación, investigación, cultura.

P. Las tres patas que se están cargando, junto con la sanidad.

R. Las ideas son nuestra materia prima, aquí no hay ni oro ni petróleo.

P. ¿Y a nivel mundial?

R. Soy superpesimista. El capitalismo está basado en la extralimitación de los medios, en la producción continua, en el consumismo continuo, en que gire la rueda… pero esto no es así. El mundo es finito, hay lo que hay, hay unas materias, hay gente y hay unas necesidades creadas, porque no consumimos lo que necesitamos, sino que necesitamos lo que consumimos. Llegará el colapso.

P. ¿Por qué no arden las calles, o en su defecto, La Moncloa?

R. Pues por la alienación que hay. Mucha gente no tiene para comer. Y todos creemos que no nos va a tocar. Y tenemos nuestro trabajo, salimos de casa, trabajamos, volvemos a casa y queremos mantener eso. Y si hay una huelga para reivindicar los derechos de todos, no salimos por miedo a que nos quiten el trabajo. No hay un sentimiento de defender lo que es de todos, solo hay un sentimiento de querer guardar nuestros derechos individuales. Vivir lo mejor que podamos. Ir tirando. Eso es lo que hace que no haya revoluciones ahora. El poder ha conseguido tenerlo todo bajo control. Es como un síndrome de Estocolmo general, por el cual nos están puteando a todos, pero como hay gente menos puteada, pues tiene un sentimiento de seudogratitud. Podemos comprar nuestras cuatro cosas en la Fnac o en El Corte Inglés y con eso nos vale.

P. Hablas mejor que, más o menos, el 90% de nuestros políticos. ¿Te tienta la política, aunque se malogre un investigador?

R. No me importaría, creo que hay que revitalizar el gusto por la política. Hoy se identifica la política con el mero jugueteo de unos tíos que encima ahora vemos que son unos corruptos y no tienen ni la dignidad de reconocerlo. Yo, si fuese Rajoy, no tendría la conciencia tranquila.

P. ¿Qué hacemos con los ladrones de guante negro? ¿Un ratito en la cárcel y ya está?

R. No, que devuelvan lo que han mangado. Ahí está Botín, que fue perdonado de no ir a la cárcel por un Gobierno del PSOE. Y ahora que vengan y me digan eso de “ese Anatolio es de Rubalcaba”. Sí, de Rubalcaba, claro… mira, el PSOE tiene de socialista lo que yo tengo de rubio.

P. ¿Monarquía o república?

R. Siempre república. La monarquía es anacrónica. Tiene que haber alguien elegido por la gente. Y esto, que ahora mismo no es una prioridad, tendrá que serlo en algún momento.

Eres un fiera, Anatolio.

viernes, 26 de julio de 2013

Luminosa entrevista con Stanley Payne

Stanley Payne: “El español medio se ha convertido en un ser anestesiado y con pocas ambiciones trascendentales”

Juan Bosco Martín Algarra
sábado, 20/07/13 - 06:00

Los ciudadanos, aunque se sienten engañados por los políticos, soportan esta crisis en una relativa calma social. No ocurrió así en países europeos que atravesaron circunstancias parecidas en el pasado. El hispanista Stanley Payne explica cuáles son los resortes que movilizan a la sociedad y por qué no se activan de momento en España, a pesar de la recesión, el paro y la corrupción política.

Stanley Payne, prestigioso hispanista e historiador estadounidense, es un gran conocedor de la Historia de España en el siglo XX

En otras épocas, las masas hacían acto de presencia. España fue tierras de grandes revueltas populares a lo largo del siglo XIX y durante el primer tercio del siglo pasado. Otro tanto sucedió con mayor o menor intensidad en otros países europeos, como ha descrito el hispanista estadounidense Stanley Payne (Texas, 1934) en su libro “La Europa revolucionaria”.

“Hemos llegado al límite”. “Esto está a punto de estallar”. “Hay que tomar la calle”. Son algunas de las expresiones que acompañan las malas noticias económicas y los últimos escándalos políticos. Sin embargo, los años se suceden y da la impresión de que el hastío generalizado no pasa de las meras palabras.En un momento en donde la injusticia y los abusos parecen ser más patentes que nunca, la población soporta estos contratiempos. ¿Qué nos ha cambiado? ¿Es que no somos los mismos españoles de siempre? Se lo preguntamos a uno de los mejores conocedores de la Historia de España en el último siglo.La gente se pregunta por qué no estalla una revolución social, como pasó en nuestro país a principios del siglo XX.

Porque estamos en un época muy diferente de aquélla. Entre los siglos XIX y XX acontecieron en poco tiempo grandes cambios políticos, sociales, demográficos y tecnológicos. Al juntarse todos ellos terminaron revolucionando los ánimos de las masas.Ahora también hay grandes avances tecnológicos...
Pero no han sido tan fuertes como para movilizar a una sociedad en la misma medida que lo hicieron las grandes rotativas, la radio o el telégrafo. Los grandes cambios tecnológicos conocidos desde la muerte de Franco más bien han conseguido atomizar a los españoles. La implantación del Estado del Bienestar también ha anestesiado a la sociedad, al igual que ha ocurrido en otros países desarrollados.Pero... ¿acaso no vemos ahora un gran descontento social?
Por supuesto que lo hay, y mucho. Pero pasar del descontento a la rebelión implica atravesar un trecho largo y complicado. En España, además, el Poder está en manos de una estructura partitocrática dominada por cuadros políticos, los cuales dificultan cualquier solución a las reivindicaciones ciudadanas.
  
¿Cómo evitar la partitocracia sin caer en una especie de caudillismo “a la italiana” lleno de “berlusconis” y “beppes grillos”?

Fortaleciendo la sociedad civil, con ciudadanos bien informados y gran sentido de responsabilidad. Esto no es nada fácil. Italia lo intentó con la “revolución de los jueces” a principio de los 90. Pero luego reconstruyó el sistema de partidos con los mismos fallos y defectos del antiguo sistema.¿Y por qué es tan difícil?
Porque la sociedad española está anestesiada por anti-valores que desmovilizan a la gente: la telebasura, los deportes, el hedonismo, el consumismo... Con una ciudadanía absorbida por estas realidades resulta muy complicado que surja una movilización para mejorar las estructuras políticas. El horizonte vital de la mayor parte de la gente consiste en disfrutar de la mejor forma posible. El español medio se ha convertido en un ser anestesiado y con pocas ambiciones trascendentales.

EL "BUENISMO", LA IDEOLOGÍA MODERNA QUE PROMUEVE EL CONFORMISMO

El presidente de Metroscopia nos decía (ver entrevista) que el español es menos apasionado de lo que se piensa. ¿Está de acuerdo?

Sí, es cierto. Es algo que también sorprende a muchos extranjeros que visitan España. Tienen la imagen del español exaltado de hace cien años y de la Guerra Civil. Pero aquello se acabó. La cultura se ha transformado. El español medio actual es un ser sosegado. No pide demasiado; pide algo, pero no mucho. Es modesto en sus apetitos. Acepta lo que tiene y trata de disfrutar lo mejor que pueda.¿Y las ideologías? En España actuaron como palancas de los grandes movimientos sociales.

Ahora no hay ideologías nuevas que puedan actuar como palancas de la sociedad. Si acaso, en España se ha impuesto el “buenismo”, lo políticamente correcto. Pero este “buenismo” no busca azuzar grandes revueltas, sino al revés. El buenismo está en contra de las revueltas. Pretende dominar la sociedad, pero promoviendo conformismo, no revueltas.¿Un cambio del sistema electoral puede servir cambiar las cosas?

No totalmente, pero sí sería un primer caso. Las listas abiertas acortarían las distancias entre votante y diputado, además de aumentar el pluralismo político. Ahora el diputado está pendiente de lo que opina el líder que le coloca en las listas, no del ciudadano que le vota.

"El PSOE ha optado por la revolución cultural para poder diferenciarse el PP", afirma el hispanista Stanley Payne

"LOS REVOLUCIONARIOS DE HOY NO QUIEREN CAMBIAR ESTRUCTURAS POLÍTICAS, SINO LA IDENTIDAD INDIVIDUAL"

Parece que la diferencia entre izquierda y derecha se ha difuminado. Es una crítica que hacen a PP y PSOE.

Es misma crítica se escuchaba también en la época de la Restauración borbónica, referida al Partido Conservador y al Partido Liberal. El PP y el PSOE se diferencian por el papel que cada uno atribuye al Estado en la economía. El PP quiere que intervenga poco y el PSOE lo contrario. El problema de estos años de crisis es que ni uno ni otro tienen margen de maniobra para cambiar la política económica. Como el PSOE necesita diferenciarse del PP (y no puede hacerlo por la parte económica) se ha volcado de lleno sobre la revolución cultural.

¿A qué revolución cultural se refiere?

A cosas como la ideología de género, el ecologismo, el lobby gay, la hostilidad contra la Iglesia... es decir: en todo lo que sea incidir en un estilo de vida alternativo al tradicional y cosas así...España se ha convertido en un país de clase postmodernista. Los radicalismos políticos casi se han extinguido totalmente. Han sido sustituidos por expresiones de la revolución cultural, pero sin capacidad de movilizar a las masas.

Esto me recuerda a lo que decía un político socialista con cierta sorna: “Debemos darle caña a la la Iglesia porque es lo único que nos queda de rojos”.

Efectivamente, la expresión del nuevo radicalismo occidental es de tipo cultural. Al contrario de los antiguos revolucionarios políticos, estos nuevos revolucionarios culturales no pretenden cambiar las estructuras políticas, sino la identidad individual.

La indignación popular contra la clase política es patente, pero a diferencia de otras épocas, la mayoría de los españoles no salen a la calle para manifestar su repulsa ¿Dónde han quedado las grandes masas populares que provocaban cambios políticos como la revolución rusa o la llegada de la II República española?

Han desaparecido totalmente o se han reducido a la mínima expresión. El movimiento social más importante de la España del siglo XX fue el anarquismo. Ya casi murió. Tampoco existe en Europa, a excepción de Grecia, donde aún queda cierta vida anarquista con capacidad de radicalizar las revueltas de las calles.

"LOS PAÍSES ÁRABES TIENDEN AL DESPOTISMO POR LA AUSENCIA DE SOCIEDAD CIVIL"

Las sociedades islámicas parecen estar despertando. ¿Por qué no también las occidentales?

Es un problema muy distinto. Lo que está ocurriendo en los países árabes (no me refiero a los islámicos en general, sino a los árabes en particular) es una reacción contra el despotismo, que es el sistema político natural al que tienden estos países.¿Por qué?

Porque en ellos apenas existe sociedad civil, ni educación cívica o política. Cuando eliminan el despotismo, los países árabes tienden a la fragmentación. Y entonces se imponen los islamistas, porque tienen un mensaje que la gente entiende fácilmente. Pero este mensaje es difícilmente compatible con el concepto de sociedad civil tal y como lo entendemos en Occidente.¿Podrá Europa integrar la inmigración musulmana?

Supone un desafío enorme. Europa nunca aceptará costumbres islámicas como la sharía. Los musulmanes tendrán que vivir bajo las mismas leyes de cada país y, en parte, bajo la misma cultura. El multiculturalismo no existe. Cada país tiene una cultura cívica única y todos los ciudadanos deben aceptarla.

domingo, 21 de julio de 2013

La televisión y Orisón

Nos quejamos de la teúve, pero es simple la cura: no verla. Mi suegra se ríe de los tontainas que sacan al ridículo, pero siempre la enciende a la hora del tontaina. Es el placer del sádico, el único que le queda al hombre al que hace común creerse superior al común, el hombre-masa o señorito de Ortega y Gasset. El linchamiento televisivo por pura e intraducible schadenfreude. Así llaman los alemanes al placer de ver a otro cagándola. O sea, lo contrario que nuestra también casi intraducible -lo es al alemán- spanish shame o "vergüenza ajena", que tanto caracterizó nuestra nobleza histórica, ya perdida ante la vulgaridad anglosajona. Por eso solo son noticias las malas noticias. O las guarras, tanto da, lo mismo da que da lo mismo, en eso no voy ni vengo, por eso no vamos a discutir y para ti la perra gorda.

Nadie (o solo la quinta parte, según el sociólogo Pareto) disfruta enterándose de lo rico, guapo y biennacido que es el vecino, porque identifica disfrutar con degradar. Incluso quien se queja sin orgullo de ser desgraciado es considerado un soplapollas, porque te arrebata el placer sádico de no verte y negarte como soplapollas, recordándote que lo eres como un espejito gracias al mecanismo neurológico de las neuronas especulares, que garantiza la empatía incluso para la abyección. Nada hay tan antisocial como tender sin lavar los trapos sucios por la ventana: manchan la vista. El otro día una madre bien trajeada que sacaba a su bebé en un elegante cochecito me pidió con voz quebrada y desesperada, pero educada y formalmente, que le diese de comer. Poco antes había dado toda mi calderilla a un mendigo sentado en una esquina que pedía "para vivir" con un cartón. A esto han llegado las cosas. Según las teorías de Vilfredo Pareto, que no tenía nada de paleto, toda comunidad de vecinos, todo país y toda sociedad se compone de un setenta por ciento de personas que se mueven sobre todo por emociones y son meros comparsas, un veinte por ciento de personas que se mueven sobre todo por razones, y que suelen encauzar a las demás, y un diez por ciento de personas que se mueven solo a patadas, palos y coces, y que constituyen una minoría delincuente. ¡Cuántos políticos fascistas y no fascistas se han servido de esta clasificación esencial! Según avizoran los sondeos, parecemos irremediablemente abocados a la paradoja de Arrow.

Según Kant no hay otra conducta moral que dar ejemplo; pues eso: ni ver la tele, ni ver fútbol, ni leer el hola, ni comer demasiado, ni fumar, ni criar culo en el sofá, ni dormir demasiado, ni leer artículos de soplapollas como un servidor, dar limosna a todo el mundo, aunque no se tenga suelto y trabajar para arreglar la sociedad. Pero Kant pertenecía a la quinta parte razonable de la sociedad y hoy en día sigue habiendo tomatinas en Buñol, blasfemas para el dios Hambre (no hay dios más antiguo que ese ni que más sacrificios haya recibido), colas en las hamburgueserías que hacen rebajas y congresos provinciales de memos como la Pandorga, cuyo origen, quién lo iba a decir, creo yo que es una remembranza de la famosa victoria del reyezuelo oretano Orisón sobre el famoso general cartaginés Amílcar, con su famosa estratagema de soltar toros con astas entorchadas para causar el incendio y el pánico en el campamento enemigo, hecho acaecido en La Mancha y que constituyó la única victoria que alcanzaron las tribus hispanas sobre los conquistadores púnicos en el siglo III antes de Cristo. Pero nada teníamos que hacer ante los terroríficos elefantes de Amílcar/Mérkel.