martes, 20 de agosto de 2013

Habermas se pronuncia

Jürgen Habermas "Cuando las élites fracasan", 'Der Spiegel y  El País, 20 de agosto de 2013:

El Gobierno alemán puede cometer un error histórico si sigue defendiendo políticas de corto alcance que lo favorecen en casa en vez de enfrentarse a los problemas que han puesto a Europa en situación de emergencia.

Con el título, tan significativo, de “Kein deutsches Europa!” [No queremos una Europa alemana], Wolfgang Schäuble desmentía hace poco en un artículo publicado simultáneamente en diarios de Inglaterra, Francia, Polonia, Italia y España, que Alemania aspire a asumir el liderazgo político en la Unión Europea (Süddeutsche Zeitung 20/21 de julio de 2013). Schäuble que, junto con la ministra de Trabajo, es el último “europeo” de corte germano-occidental que queda en el gabinete de Angela Merkel, habla desde el pleno convencimiento personal. Es cualquier cosa menos un revisionista que quiera anular la integración de Alemania en Europa y destruir así el fundamento de la estabilidad del orden de posguerra. Conoce el problema cuyo regreso debemos temer nosotros, los alemanes.

Tras la fundación del imperio en el año 1871, Alemania había adoptado una funesta posición semihegemónica en Europa, tal como expresa la famosa frase de Ludwig Dehio, “demasiado débil para dominar el continente pero demasiado fuerte para integrarse”. Y esto también contribuyó a allanar el camino hacia las catástrofes del siglo XX. La lograda unificación europea impidió, no solo a la Alemania dividida sino también a la Alemania reunificada, volver a caer en el antiguo dilema. Es evidente que la República Federal está interesada en que esto no cambie. Pero ¿no ha cambiado de hecho la situación? Wolfgang Schäuble reacciona ante un peligro actual. Él mismo es quien impone a la fuerza el testarudo rumbo de Angelika Merkel en Bruselas y quien palpa la grieta que podría resquebrajar el núcleo de Europa.

Es Wolfgang Schäuble quien impone a la fuerza el testarudo rumbo de Merkel en Bruselas y quien palpa la grieta que podría resquebrajar el núcleo de Europa

Él es quien tropieza con la resistencia de los “países receptores” en los círculos de los ministros de Hacienda de la comunidad monetaria europea cada vez que bloquea los intentos de introducir un cambio de política. El impedir una unión bancaria para la asunción comunitaria de los costes de la liquidación de los bancos malos es tan solo el ejemplo más reciente de ello. Schäuble no se aparta ni un milímetro de la norma de la canciller de no cargar a los contribuyentes alemanes con nada que rebase el alcance exacto de los créditos que requieran en cada caso los mercados financieros para el rescate del euro, y que siempre han recibido como consecuencia de una “política de rescate” indisimuladamente favorable a los inversores. Por supuesto, este rumbo seguido tan tenazmente no excluye un gesto de 100 millones en créditos para las clases medias que el tío rico berlinés toma de la caja fuerte del banco nacional para sacar del apuro a los primos de Atenas que se han quedado sin blanca.

La potencia líder que se niega a sí misma

Es un hecho que el gobierno de Merkel obliga a Francia y a los “países del Sur” a aceptar su controvertida agenda de crisis mientras que la política de adquisiciones del BCE brinda un respaldo no admitido. Pero al mismo tiempo, Alemania niega su responsabilidad en el marco de una Europa global por las consecuencias desastrosas que asume al poner en práctica ese papel – considerado como algo enteramente normal - de política de poder. Solo hay que pensar en el exorbitante paro juvenil del sur de Europa como una de las consecuencias de una política de ahorro con cargo a los miembros más débiles de la sociedad. Visto de este modo, el mensaje “nada de Europa alemana” cobra también el sentido, bastante menos bonito, de que la República Federal se coloca en un segundo plano. Desde un punto de vista formal, el Consejo Europeo decide de forma unánime. Angelika (sic) Merkel solo puede perseguir abiertamente intereses nacionales, o lo que ella considera como tales, como uno de los 17 miembros integrantes. El Gobierno alemán saca ventaja, incluso una ventaja desproporcionada, de la preponderancia económica del país siempre y cuando sus socios no duden de la lealtad, carente de ambiciones políticas, de los alemanes hacia Europa.

Pero ¿cómo puede resultar creíble este gesto de humildad a la vista de una política que se aprovecha descaradamente de la propia preponderancia económica y demográfica? Cuando, por ejemplo, toca imponer normas de emisión de gases más estrictas para el nuevo rico que fanfarronea de sus berlinas de lujo y estas normas perjudican – por supuesto, siempre en el marco del cambio energético – a la industria automovilística alemana, la votación se retrasa, por intervención de la canciller, hasta que el grupo de presión está satisfecho o ya han pasado las elecciones al Bundestag [Parlamento]. El artículo de Schäuble responde, me parece a mí, a la irritación que este doble juego del Gobierno federal produce en los círculos de los jefes de Gobierno de los restantes países del euro.

El Gobierno alemán saca ventaja, incluso una ventaja desproporcionada,  siempre y cuando sus socios no duden de la lealtad de los alemanes hacia Europa

Un Gobierno federal cada vez más aislado trata de imponer frente a Francia y a los países en crisis una dura política de ahorro en nombre de imperativos de mercado que supuestamente no dejan otra alternativa. En contra de los hechos, da por sentado que todos los estados miembros de la Comunidad Monetaria Europea pueden decidir por sí mismos sobre sus respectivas políticas económicas y presupuestarias. Si es necesario deberán “modernizar” el Estado y la economía y aumentar su competitividad con ayuda de créditos del fondo de rescate, pero siempre por cuenta propia. Esta soberanía ficticia es cómoda para la República Federal porque ahorra al socio más fuerte tener en consideración los efectos negativos que pueden acarrear sus propias políticas a los socios más débiles. Por el contrario, Mario Draghi ya advertía hace un año “que no es legítimo ni soportable desde un punto de vista económico que la política económica de países concretos entrañe riesgos que rebasen las propias fronteras y afecten a los restantes socios de la unión monetaria” (Die Zeit 30 de agosto de 2012).

¿Ha caído Europa en una trampa sin salida?

Hay que repetirlo una y otra vez: las condiciones poco óptimas en las que la Comunidad Monetaria Europea opera hoy día se deben al error de construcción de una Unión Política que no es plena. Por eso la clave no está en cargar los problemas sobre los hombros de los países en crisis a través de la financiación crediticia. La imposición de políticas de ahorro no puede eliminar los desequilibrios económicos existentes dentro de la zona euro. Solo se puede esperar una equiparación de estas diferencias de nivel a medio plazo como resultado de una política fiscal, económica y social común o en estrecha sintonía recíproca. Y si no se quiere derivar por completo en una tecnocracia al seguir este camino, hay que preguntar a los ciudadanos de los países europeos cómo conciben el núcleo de una Europa democrática. Wolfgang Schäuble lo sabe. Lo dice también en entrevistas concedidas a la revista Spiegel, entrevistas que no tienen consecuencias por lo que respecta a su propia actuación política.

La política europea ha caído en una trampa que Claus Offe define con precisión: si no queremos abandonar la unión monetaria, resulta, por un lado necesario y por otro impopular, llevar a cabo una reforma institucional que necesita tiempo. Por eso los políticos que desean ser reelegidos van dejando el problema para más adelante. Este dilema afecta sobre todo al Gobierno alemán, pues hace mucho que asumió con sus actos responsabilidades en el marco de una Europa global. Además, es el único que puede plantear una iniciativa prometedora para dar un paso hacia adelante, debiendo ganarse para ello a Francia. No se trata de bagatelas, sino de un proyecto en el que los hombres de Estado europeos más destacados llevan invirtiendo sus mejores energías desde hace más de medio siglo.

La política europea ha caído en una trampa: si no queremos abandonar la unión monetaria, resulta necesaria una reforma institucional que necesita tiempo

Pero, por otro lado, ¿qué significa realmente “impopular”? Si una solución política es razonable, no debe suponer el menor problema plantearla al electorado de una democracia. ¿Y cuándo hacerlo si no es antes de unas elecciones al Bundestag? Cualquier otra opción supone un encubrimiento tutelar. Infravalorar y exigir demasiado poco a los electores constituye siempre un error. Creo que será un fracaso histórico de las élites políticas de Alemania el seguir cerrando los ojos y hacer como si el business as usual, es decir, el forcejeo corto de miras sobre la letra pequeña a puerta cerrada, fuera la respuesta a la situación del momento.

En lugar de eso, deberían hablar claramente a sus ciudadanos, que se sienten inquietos y que jamás se ven confrontados como electores con cuestiones europeas de peso. Deberían pasar a la ofensiva y dirigir un debate, que implica una polarización inevitable, sobre alternativas que siempre tienen un coste. Tampoco deberían callar por más tiempo los negativos efectos redistributivos que deberán asumir a medio y corto plazo los “países donadores” como resultado de la única solución constructiva de la crisis, aunque ello redundará en su propio interés a largo plazo.

Vacío normativo

Conocemos la respuesta de Angela Merkel: tranquilo quehacer dilatorio. Su persona pública parece carecer de todo núcleo normativo. Desde la irrupción de la crisis griega en mayo de 2010 y el posterior fracaso en las elecciones al Parlamento de la región de Renania del Norte-Westfalia, somete cada uno de sus meditados pasos al oportunismo de la conservación del poder. Desde entonces, la astuta canciller sale adelante con una lógica clara, pero sin unos principios definidos y por segunda vez aleja cualquier tema controvertido de las elecciones al Bundestag, por no hablar de la política europea, minuciosamente aislada. Puede definir la agenda porque, si la oposición se apresura con el tema europeo, de gran carga emocional, es de temer que acabe siendo machacada con la maza de la "unión de la deuda". Y además, por obra de aquellos que solo podrían decir lo mismo si realmente llegaran a decir algo. Europa se encuentra en situación de emergencia y el poder político está en manos de quien decide qué temas pueden llegar a la opinión pública. Alemania no baila, sino que dormita sobre el volcán.

Europa se encuentra en situación de emergencia y el poder político está en manos de quien decide qué temas pueden llegar a la opinión pública

¿Fracaso de las élites? Todo país democrático tiene los políticos que se merece. Y esperar de los políticos que han sido votados un comportamiento que vaya más allá de la rutina resulta un tanto peculiar. Me alegro de vivir desde 1945 en un país que no necesita héroes. Tampoco creo en el dicho de que los individuos hacen la historia, al menos no por lo general. Solo constato que existen situaciones extraordinarias en las que la capacidad perceptiva y la fantasía, el valor y la disposición a asumir responsabilidades de los individuos que actúan marcan la diferencia en el curso de los acontecimientos.

Jürgen Habermas es filósofo alemán, ganador del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2003. La editorial Suhrkamp acaba de publicar el último volumen de sus Kleinen Politischen Schriften (Breves Escritos Políticos), Im Sog der Technokratie (Arrastrados por la tecnocracia).
© 32/2013, Der Spiegel.
Traducción de News Clips

lunes, 19 de agosto de 2013

Evohé, la CEOE

Si fuera consecuente, Rosell Lastortras, actual ogro mayor de la CEOE y personaje que no pudo concluir Ciencias Políticas, debería pedir que se legalice el anfiteatro romano como uno de los espectáculos añadidos de Las Vegas Sands para que se puedan aplicar sus tropezonas alcaldadas capitalistas sobre el empleo. El primer judeocristiano en la arena podría ser él, si a los leones y a los gladiadores no les diera dentera un bienparido maltocador de la lira a pesar de la gazuza y el fuego abrasador promovidos por sus digamos que ideas, más que por sus decimos que desastres de atropello y transgresión. Pero si fuéramos como no es este primate (segunda acepción) Juan Rosell, esto es, humanoides, solo le cobraríamos un impuesto nada monegasco a la estupidez que lo dejara en pelotas y no pudiese pagar entrada de espectador sino de carne de espada y saliese con todos los honores y bien mechadito por la Porta Libitinaria, que era por donde salía la carne muerta del Coliseo. Dos billones de deuda estatal a causa de negocietes del estilo de los que hacen sus compadrejos, que no camaradas, y lo que es peor, esa intención de que los paguen los que menos tienen y no los que lo emprendieron, lo castigaban los antiguos galos colgando la cabeza a la puerta de sus casas, César dixit. Solo hay que ver la mediocridad y catadura moral de sus antecesores en el cargo para esperar... ¿se puede esperar algo de esta hez, que no elite?

En España teníamos un economista clásico, Germán Bernácer, a la altura del bloomsburyano John M. Keynes, quien, como su discípulo José Luis Sampedro, no olvidaba que la economía se centra en el hombre y no en ese producto alienado y cosificado que es un plano espantajo para la mafiosa y corrupta Escuela de Chicago, la de las pizzas con hipercolesterolemia. Pero Bernácer es un nombre que nunca aparece en los labios de esta abyecta élite extractiva, por usar la atinada definición de los economistas Acemoglu y Robinson, apoyada por la estructura oligárquico-pseudorrepresentativa de un país que no ha podido hacerse con instituciones inclusivas, a causa de una herencia jurídica neofranquista represora que sabe bien encarnar el pepoísmo vigente, ese pepoísmo que no se vende (claro está)... se alquila. Estudien las parentelas cruzadas y la genómica de esa élite: casi toda remonta a los vencedores de la guerra civil. Y, ya lo dijo Calderón: "Porque en batallas tales / los que vencen son leales, / los vencidos, los traidores"

Vallejo, el novelista incómodo y honesto

"Yo a España no la quiero", Entrevista de Bernardo Marín a Fernando Vallejo, México, 18 de agosto de 2013:

A Fernando Vallejo (Medellín, Colombia, 1942 ) se le puede reprochar que sea un deslenguado (si es que eso es reprochable), pero no un inconsecuente. Hace años hizo suya la causa de la defensa de los animales y desde entonces sigue una dieta vegetariana que solo incluye especies sin sistema nervioso complejo, como los camarones. En 2001 prometió no volver a pisar España mientras se exigiera visa a los colombianos y ha mantenido la palabra. Desde la capital mexicana, donde tiene su residencia hace ya 42 años, el escritor comenta las últimas noticias sobre el asunto y critica la actitud de quienes con él firmaron. Su último libro publicado, Peroratas (Alfaguara), es un compendio de su ideario innegociable.

Pregunta: ¿Qué le parece que el Gobierno español haya pedido dejar de exigir visa a los colombianos?

Respuesta: Pura hipocresía. ¡Quién sabe detrás de qué andará Rajoy! En su momento, hace doce años, él no se opuso a que la Unión Europea nos pusiera visado a los colombianos. Grandeza de alma no es su ocurrencia de ahora. Ese tipo es una veleta: gira según sople el viento. A lo mejor busca que Colombia y Perú lo apoyen en la ONU cuando plantee allí el asunto de la descolonización de Gibraltar, reivindicación muy justa por parte de España pero que en el momento actual la siento como una pantalla de humo para tapar la corrupción y el desastre de su gobierno.

P. Usted y otros intelectuales firmaron una carta en la que se negaban a volver a España mientras se exigiera visa a sus compatriotas. Usted ha sido el único que se ha mantenido firme. ¿Se arrepiente de haberla firmado? ¿Reprocha algo a sus colegas?

R. La carta a que aludes se publicó en EL PAÍS y la firmamos Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Fernando Botero, Darío Jaramillo, William Ospina, Héctor Abad y yo. Siete. De los cuales sólo yo mantuve la palabra empeñada. Los restantes la fueron violando uno a uno. Primero Mutis: a los pocos meses de que nos pusieran la visa, con la mayor desvergüenza fue a sacar el visado a la Embajada española en México y acto seguido viajó a España a embolsarse los cien mil dólares del premio Cervantes que le acababan de otorgar. Luego Darío Jaramillo, aduciendo que él no podía luchar solo contra toda la Unión Europea. ¿Y cuando firmó la carta sí podía, o es que entretanto se le estaban agotando las fuerzas al paladín? Después volvió Botero furtiva y miserablemente como un delincuente, a lo más vil, a una corrida de toros. Que a Colombia la defiendan los taurófilos es como que la defiendan los paramilitares, los de las FARC, los políticos, Juan Manuel Santos y demás hampones. Después volvió García Márquez con la mayor desfachatez, sin aludir siquiera al asunto. Se publicó entonces una foto suya en Barcelona con el presidente de la Generalitat catalana. ¡Se le había olvidado su promesa! Como antes se le había olvidado también la que hizo de no volver a escribir mientras estuviera en el poder Augusto Pinochet. Diecisiete años estuvo el golpista montado ahí, durante los cuales mi paisano siguió escribiendo libros como si tal. Y sigamos con la lista: volvió mi amigo William Ospina, gran escritor y hombre de alma grande a quien le perdono, y finalmente el que redactó la carta, de nombre Héctor Abad. Cuando Mutis volvió a España por la platica del Cervantes, Héctor escribió un artículo indignado en una revista colombiana diciendo que Mutis violaba su palabra con la tinta de su firma todavía fresca. Recientemente Héctor acabó también violando su palabra y aduciendo, ahora en un artículo de El Espectador de Bogotá, que no podía vivir sin España, donde estudiaban sus hijos. La tinta de su firma ya no estaba fresca como la de Mutis, pero en fin, tinta es tinta, seca o no, y el honor es el honor. ¡Pobre Colombia con estos defensores que le resultan cada tanto! En cuanto a mí, nunca la he defendido. No hago sino sacarle sus trapitos sucios, sus infamias, a la luz del sol.

P. Si finalmente se deja de exigir la visa a los colombianos. ¿Volverá a España?

R. Yo a España ya no la quiero, y estoy feliz de verla quebrada, en bancarrota, con una deuda impagable de casi dos billones de dólares y un desempleo monstruoso. ¡Lo altaneros que estaban, gastándose la plata ajena! Se aprovecharon de lo lindo de la Unión Europea mientras nos cerraban la puerta a los colombianos. ¡Cuál madre patria! Ésa no es una patria. Ni para los españoles ni mucho menos para los colombianos. Bienvenidos euracas a Perú y Colombia. Pero no de gerentes de bancos: a lavar inodoros.

Suiza a punto de reducir los sueldos escandalosos de la banca y la política

Ana Carbajosa, "David Roth impulsor de la iniciativa 1:12 para reducir la brecha salarial", El País,  Berna 18 AGO 2013

“La gente tiene cada vez más claro que los grandes salarios son un abuso”
El líder de las juventudes socialistas logró que Suiza someta a consulta la diferencia de sueldos.

David Roth es un chico joven, de 28 años, sonriente y con una determinación capaz de poner en jaque a la clase política y empresarial de su país, Suiza. Al frente de los jóvenes socialistas, ha lanzado la polémica iniciativa 1:12, con la que pretende poner coto a los desorbitados salarios de los ejecutivos en su país. La profundidad democrática del sistema político suizo tal vez se lo permita. En una cafetería, al pie del Parlamento en Berna, Roth explica por qué piensa que es importante que su texto salga refrendado en la consulta popular prevista para el 22 de noviembre.

 Cuenta este joven, que ha aparcado sus estudios de historia y filosofía para dedicarse a la política, que todo empezó en 2009. Al poco de que el gran banco UBS fuera rescatado, muchos suizos empezaron a preguntarse por qué los directivos de esa empresa cobraban bonus mientras su banco se hundía. Roth pensó que había que poner un tope; limitar esos pagos y le pareció razonable que ningún empleado de una empresa ganase en un mes más que cualquier otro en un año. De ahí el nombre de la iniciativa, 1:12. Luego recogió las 100.000 firmas necesarias para que su texto llegara al Parlamento.

“En los últimos 15 años no hemos hecho más que ceder poder a los poderes económicos. La gente cada vez tiene más claro que los grandes salarios son un abuso”, sostiene Roth.

Su iniciativa entra en una fase decisiva en medio de un intenso debate sobre la capacidad de Suiza para acoger trabajadores extranjeros —europeos incluidos— que huyen de las crisis de sus países. “[La inmigración] es un tema con el que es muy fácil hacer populismo. Para nosotros ese no es el debate. La cuestión es la desigualdad y hemos querido dar la vuelta al debate”. Los jóvenes socialistas han querido dar un golpe de timón a la agenda política y lo han conseguido. Las encuestas reflejan que los suizos de a pie les apoyan, lo que a Roth le da muchas esperanzas de que la consulta popular salga adelante después del verano.

La patronal y las grandes empresas no ocultan su nerviosismo ante este nuevo ataque a su política salarial. La llamada iniciativa Minder, que condiciona decisiones sobre bonus y otros complementos multimillonarios que disfrutan los directivos al aval de los accionistas, ya fue respaldada por los 26 cantones y está pendiente de su plasmación en un texto legal. La propuesta de Roth es aún más contundente, sobre todo si se tiene en cuenta que la relación entre lo que cobra el ejecutivo mejor pagado y el empleado con más baja remuneración supera con holgura el 100 a 1. Más allá de las fronteras suizas, la clase empresarial europea registra también una cierta preocupación. Saben que en momento de crisis, la onda expansiva de la bomba Roth corre el riesgo de propagarse sin excesivos frenos.

domingo, 18 de agosto de 2013

Serge Latouche

Entrevista de Joseba Elola para El País, 18-VIII-2013: 

“Hay que trabajar menos horas para trabajar todos” Serge Latouche, el precursor de la teoría del decrecimiento, aboga por una sociedad que produzca menos y consuma menos.

Corría el año 2001 cuando al economista Serge Latouche le tocó moderar un debate organizado por la Unesco. En la mesa, a su izquierda, recuerda, estaba sentado el activista antiglobalización José Bové; y más allá, el pensador austriaco Ivan Illich. Por aquel entonces, Latouche ya había podido comprobar sobre el terreno, en el continente africano, los efectos que la occidentalización producía sobre el llamado Tercer Mundo.

Lo que estaba de moda en aquellos años era hablar de desarrollo sostenible. Pero para los que disentían de este concepto, lo que conseguía el desarrollo era de todo menos sostenibilidad.

Fue en ese coloquio cuando empezó a tomar vuelo la teoría del decrecimiento, concepto que un grupo de mentes con inquietudes ecológicas rescataron del título de una colección de ensayos del matemático rumano Nicholas Georgescu-Roegen.

Se escogió la palabra decrecimiento para provocar. Para despertar conciencias. “Había que salir de la religión del crecimiento”, evoca el profesor Latouche en su estudio parisiense, ubicado cerca del mítico Boulevard Saint Germain. “En un mundo dominado por los medios”, explica, “no se puede uno limitar a construir una teoría sólida, seria y racional; hay que tener un eslogan, hay que lanzar una teoría como se lanza un nuevo lavavajillas”.

Así nació esta línea de pensamiento, de la que este profesor emérito de la Universidad París-Sur es uno de los más activos precursores. Un movimiento que se podría encuadrar dentro de un cierto tipo de ecosocialismo, y en el que confluyen la crítica ecológica y la crítica de la sociedad de consumo para clamar contra la cultura de usar y tirar, la obsolescencia programada, el crédito sin ton ni son y los atropellos que amenazan el futuro del planeta.

El viejo profesor Latouche, nacido en 1940 en la localidad bretona de Vannes, aparece por la esquina del Boulevard Saint Germain con su gorra negra y un bastón de madera para ayudarse a caminar. Hace calor.

La cita es en un café, pero unos ruidosos turistas norteamericanos propician que nos lleve a su estudio de trabajo, un espacio minúsculo en el que caben, apelotonadas, su silla, su mesa de trabajo, una butaca y montañas de libros, que son los auténticos dueños de este lugar luminoso y muy silencioso.

Pregunta. Estamos inmersos en plena crisis, ¿hacia dónde cree usted que se dirige el mundo?

Respuesta. La crisis que estamos viviendo actualmente se viene a sumar a muchas otras, y todas se mezclan. Ya no se trata solo de una crisis económica y financiera, sino que es una crisis ecológica, social, cultural… o sea, una crisis de civilización. Algunos hablan de crisis antropológica…

“La oligarquía financiera tiene a su servicio a toda una serie de funcionarios: los jefes de Estado”

P. ¿Es una crisis del capitalismo?

R. Sí, bueno, el capitalismo siempre ha estado en crisis. Es un sistema cuyo equilibrio es como el del ciclista, que nunca puede dejar de pelear porque si no se cae al suelo. El capitalismo siempre debe estar en crecimiento, si no es la catástrofe. Desde hace treinta años no hay crecimiento, desde la primera crisis del petróleo; desde entonces hemos pedaleado en el vacío. No ha habido un crecimiento real, sino un crecimiento de la especulación inmobiliaria, bursátil. Y ahora ese crecimiento también está en crisis.

Latouche aboga por una sociedad que produzca menos y consuma menos. Sostiene que es la única manera de frenar el deterioro del medioambiente, que amenaza seriamente el futuro de la humanidad. “Es necesaria una revolución. Pero eso no quiere decir que haya que masacrar y colgar a gente. Hace falta un cambio radical de orientación”. En su último libro, La sociedad de la abundancia frugal, editado por Icaria, explica que hay que aspirar a una mejor calidad de vida y no a un crecimiento ilimitado del producto interior bruto. No se trata de abogar por el crecimiento negativo, sino por un reordenamiento de prioridades. La apuesta por el decrecimiento es la apuesta por la salida de la sociedad de consumo.

P. ¿Y cómo sería un Estado que apostase por el decrecimiento?

R. El decrecimiento no es una alternativa, sino una matriz de alternativa. No es un programa. Y sería muy distinto cómo construir la sociedad en Texas o en Chiapas.

P. Pero usted explica en su libro algunas medidas concretas, como los impuestos sobre los consumos excesivos o la limitación de los créditos que se conceden. También dice que hay que trabajar menos, ¿hay que trabajar menos?

“Es necesaria una revolución. No hay que colgar a nadie, sino que hace falta un cambio radical de orientación”

R. Hay que trabajar menos para ganar más, porque cuanto más se trabaja, menos se gana. Es la ley del mercado. Si trabajas más, incrementas la oferta de trabajo, y como la demanda no aumenta, los salarios bajan. Cuanto más se trabaja más se hace descender los salarios. Hay que trabajar menos horas para que trabajemos todos, pero, sobre todo, trabajar menos para vivir mejor. Esto es más importante y más subversivo. Nos hemos convertido en enfermos, toxicodependientes del trabajo. ¿Y qué hace la gente cuando le reducen el tiempo de trabajo? Ver la tele. La tele es el veneno por excelencia, el vehículo para la colonización del imaginario.

P. ¿Trabajar menos ayudaría a reducir el paro?

R. Por supuesto. Hay que reducir los horarios de trabajo y hay que relocalizar. Es preciso hacer una reconversión ecológica de la agricultura, por ejemplo. Hay que pasar de la agricultura productivista a la agricultura ecológica campesina.

P. Le dirán que eso significaría una vuelta atrás en la Historia…

R. Para nada. Y en cualquier caso, no tendría por qué ser obligatoriamente malo. No es una vuelta atrás, ya hay gente que hace permacultura y eso no tiene nada que ver con cómo era la agricultura antaño. Este tipo de agricultura requiere de mucha mano de obra, y justamente de eso se trata, de encontrar empleos para la gente. Hay que comer mejor, consumir productos sanos y respetar los ciclos naturales. Para todo ello es preciso un cambio de mentalidad. Si se consiguen los apoyos suficientes, se podrán tomar medidas concretas para provocar un cambio.

P. Dice usted que la teoría del decrecimiento no es tecnófoba, pero a la vez propone una moratoria de las innovaciones tecnológicas. ¿Cómo casa eso?

R. Esto ha sido mal entendido. Queremos una moratoria, una reevaluación para ver con qué innovaciones hay que proseguir y qué otras no tienen gran interés. Hoy en día se abandonan importantísimas líneas de investigación, como las de la biología del suelo, porque no tienen una salida económica. Hay que elegir. ¿Y quién elige?: las empresas multinacionales.

Latouche considera que las democracias, en la actualidad, están amenazadas por el poder de los mercados. “Ya no tenemos democracia”, proclama. Y evoca la teoría del politólogo británico Colin Crouch, que sostiene que nos hallamos en una fase de posdemocracia. Hubo una predemocracia, en la lucha contra el feudalismo y el absolutismo; una democracia máxima, como la que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial, con el apogeo del Estado social; y ahora hemos llegado a la posdemocracia. “Estamos dominados por una oligarquía económica y financiera que tiene a su servicio a toda una serie de funcionarios que son los jefes de Estado de los países”. Y sostiene que la prueba más obvia está en lo que Europa ha hecho con Grecia, sometiéndola a estrictos programas de austeridad. “Yo soy europeísta convencido, había que construir una Europa, pero no así. Tendríamos que haber construido una Europa cultural y política primero, y al final, tal vez, un par de siglos más tarde, adoptar una moneda única”. Latouche sostiene que Grecia debería declararse en suspensión de pagos, como hacen las empresas. “En España, su rey Carlos V quebró dos veces y el país no murió, al contrario. Argentina lo hizo tras el hundimiento del peso. El presidente de Islandia, y esto no se ha contado suficientemente, dijo el año pasado en Davos que la solución a la crisis es fácil: se anula la deuda y luego la recuperación viene muy rápido”.

P. ¿Y esa sería también una solución para otros países como España?

R. Es la solución para todos, y se acabará haciendo, no hay otra. Se hace como que se intenta pagar la deuda, con lo que se aplasta a las poblaciones, y se dice que de este modo se liberan excedentes que permiten devolver la deuda, pero en realidad se entra en un círculo infernal en el que cada vez hay que liberar más excedentes. La oligarquía financiera intenta prologar su vida el máximo tiempo posible, es fácil de comprender, pero es en detrimento del pueblo.

¿Una voz alternativa que debería ser escuchada? Recomienda la línea de pensamiento de Ivan Illich, humanista y pensador austriaco. “Es un hombre que, en un nivel muy profundo, pone de manifiesto las aberraciones del sistema en el que vivimos.

¿Una idea o medida concreta para un mundo mejor? Argumenta que sus ideas y medidas concretas “están todas unidas las unas a las otras”, por lo que no quiere escoger una. A lo largo de la entrevista desliza varias; una de ellas: trabajar menos para trabajar todos.

¿Un libro? Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito (editado en España por Icaria Editorial), de Tim Jackson. “Es muy próximo a mis ideas sobre el decrecimiento”.

¿Una cita? Se remite a Keneth Boulding, uno de los pocos economistas, dice, que comprendieron el problema ecológico, que dijo: “El que crea que un crecimiento exponencial es compatible con un planeta finito es un loco o un economista”.


Una metáfora del capitalismo


Serge Latouche: 

"El capitalismo siempre ha estado en crisis. Es un sistema cuyo equilibrio es como el del ciclista, que nunca puede dejar de pelear porque si no se cae al suelo. El capitalismo siempre debe estar en crecimiento, si no es la catástrofe. Desde hace treinta años no hay crecimiento, desde la primera crisis del petróleo; desde entonces hemos pedaleado en el vacío. No ha habido un crecimiento real, sino un crecimiento de la especulación inmobiliaria, bursátil. Y ahora ese crecimiento también está en crisis"

viernes, 16 de agosto de 2013

Ojos que lloran

Los ojos del Guadiana vuelven a llorar, porque cuando el río suena, mierda lleva, y los políticos manchegos, ya se sabe, se han pasado de rosca. La Tribuna y Lanza, perródicos del populismo pepoíta, compiten tanto que llevan el mismo artículo de Charo Zarzalejos, eso es caer bajo, porque de sus suplementos de feria, mejor ni hablar. Pero no hay peor noticia que el abnegado obrero de Copy-servic cierre el local porque padece cervicalgia difusa y tendinitis por calcificación del hombro, pobrecillo: ¿qué haremos sin nuestro mejor editor de camisetas? Porque editoriales editoriales, de esas que trabajan con escritores y papel, pocas, al menos por aquí.

Son cosas de que se entera uno cuando deja su válvula de molusco y pasea por ahí con ojos y oídos entreabiertos. Mis perros, Tiquis y Miquis, tiemblan como azogados por los cohetazos y morterazos de la Virgen de Agosto y mi mujer me avisa de que me han timado como a un chino del Domund haciéndome pagar siete euros por un velón que me venderían por dos en cualquier chino exmaoísta. Pero le reprocho, panocho, que no se ponga de ejemplo cuando le han dado más sablazos que tiene una baraja española. O el ruido de sables de que avisa Gibraltar, que tiene nombre de ara sagrada y solo es un trapezoide cubierto de titis, ni siquiera un pan de azúcar. Inocente es uno, pero la vela, que he puesto a mis padres, luce magnífica con la llama de una azucena sin abrir, con su gótica clave indecisa y titilante. Este cirio durará lo menos tres días, no es como los interminables que lucen los periódicos, toda una Santa Compaña manchega de zombis corruptos alérgicos a la muerte como lo son a la honradez. Y las políticas, finas y seguras, procurando todas que no se mueva, que no se note y que no traspase (la corrupción, se entiende).

Saben los lingüistas, Ullmann, por ejemplo, que los verdaderos sinónimos son escasos, porque casi ninguno satisface todos los contextos. Pero a los políticos se les olvida con mucha frecuencia, acaso porque ninguno sirve para nada y son tan intercambiables como idimitibles. El senador Camilo José Cela tuvo ocasión de demostrarlo cuando dormitaba apaciblemente como un Homero en su escaño, allá por los primeros años de la transición sin fin (Woody Allen decía que la Eternidad se hacía muy larga, sobre todo hacia el final). El Presidente de la cámara lo despertó con la siguiente recriminación: "Su señoría estaba durmiendo", a lo que replicó el galaico: "No, señoría, estaba dormido. ""Es lo mismo", replicó. "Nada de eso", esgrimía Cela, "no es lo mismo estar jodiendo que estar jodido". Algo parecido aparece en La legión invencible, de John Ford, cuando un sargento irlandés pasa revista a la tropa pidiendo que cuiden su léxico y alguien le advierte desde las filas: "¡Y la gramática!"

Hay verbos más susceptibles de pasiva que de activa. No es lo mismo tener seis millones de parados que seis millones de detenidos. La segunda palabra tiene algo por delante que corta, pega y manda. En el siglo XIX usaban denominaciones como cesante o desempleado, que suenan más humanas y menos a engranaje mecánico. Porque esta mecanización  de las palabras refleja la bajada de temperatura viva de la sociedad: el paro es una tragedia vital e incluso, en la filosofía de Marx, el trabajo es ni más ni menos que el sentido de la vida: no tiene otro. Hoy el trabajo es un formulario en una cola de impresión, a miles de kilómetros de un sentimiento.

El cesante, pues, en especial el joven que ni siquiera sabe para qué le han educado, estarían desviviendo su vida en las condiciones inauténticas, indignas e inhumanas que causarían revolución. El parado/detenido se transformaría en lo que Camus llamaba un homme revolté, un hombre revuelto o airado, un signo de sufrimiento e ira que se quiere compartir y transmitir. Pero los más jóvenes están tan acojonados que ni siquiera fríen en la sartén, porque no han salido del huevo. 

Pero claro, el poder tiene claro que esas filosofías, la marxista y la existencial, al fin y al cabo humanismos, no les van, y se inventan otra filosofía que reduce algo tan complejo como la polis a un mercado de individuos insolidarios. Y lo reducen y banalizan todo a la plana apariencia de su ideología de consumo y sus tres valores principales: vulgaridad, fachada y fragmentariedad. A esos reduccionismos incompletos los llaman en el psicoanálisis pulsiones de muerte. No voy a decir que un parado es un zombie, pero casi. El capitalismo tiene algo de incompleto, evitador y asesino. Nadie sabe de dónde podría venir la caritativa "mano invisible" de Adam Smith; lo más posible es que no ayude, sino que te estrangule o se haga una paja. El capitalismo lo degrada todo, su único defecto es que produce demasiada basura, incluso basura humana: gente que, en sí misma, es basura. Transforma las relaciones humanas en relaciones de consumo, fragmentarias, vulgares y de fachada. Hombres y mujeres de usar y tirar, como la ropa de Zara.

A mí siempre me ha parecido que algo había de extraño en la sinonimia parado / detenido. El vocablo parado tiene más cauce, porque no es culpable de nada; el vocablo detenido, sin duda, tiene un problema; para él la estructura del mundo es injusta; es o debería ser un revolté o revoltoso, un revuelto contra ella. Para la derecha todos los parados son, o debieran ser, unos parados bien encerraditos y con su culpa dentro; ellos prefieren los activos a los movidos; los activos sacan dinero y recaudan riqueza; los movidos dan problemas sindicales y exigen justicia.

El término detenido choca contra un obstáculo muy gordo que pasa en medio de un silencio ominoso, que dicen los novelistas. ¿Qué obstáculo es ese que crece como una montaña y amenaza con alcanzar las alturas del K-2, esa cumbre laboriosa de subir e imposible de bajar? Desde luego no es el parto de los montes: detiene a seis millones de personas, más que toda Dinamarca. Esa enorme montaña está hecha de activos asiáticos mal retribuidos. Y ni siquiera es una sola: es una cordillera tan grande como el Himalaya: indios, chinos, coreanos... incluso Brasil y México, nos están comiendo vivos sin que defendamos con una gran muralla de proteccionismo nuestras economías más o menos equilibradas. Esa gran muralla los obligaría a redistribuir sus costos en bienestar común y más derechos humanos para esa clase media que ellos están construyendo y la parte menos nuestra de nos-otros estamos destruyendo. Pero todo da igual: sie nicht zürucktreten, ils ne demmisionnent point, they do not resign: a ver si entienden idiomas que no entienden y dimite alguno por esa cosa tan anticuada llamada honor o esa tan desacreditada llamada vergüenza, que es más o menos lo mismo.

viernes, 9 de agosto de 2013

Relájese y disfrute

No son tiempos para machos. Hasta a Supermán le han bajado los calzoncillos y le han dejado con problemas de identidad; asúmalo, sepa que ya no queda vergüenza ni siquiera en España, donde hasta los toreros la perdieron cuando vino Curro. Y los colores a un político español no se los saca ni un retratista veneciano: son a blanco y negro, como las cebras y el ajedrez. Ahora hasta es un honor ser mariquituso, melifluo, meliloto, metrosexual, porque eso de homo todavía suena a guarro y les llaman gay. Y por serlo, ni siquiera lo son del todo, un siesnoes.  Si tirásemos de la manta y saliera, por ejemplo, una Trotona de Pontevedra, a todo el mundo le daría igual, incluso al papa Francisco. Y la verdad es que mejor así, porque lo único que resulta hoy imperdonable y ofensivo de verdad y por completo aborrecible es la mala educación... si no te la pagan como es debido, por ejemplo, en la Cinco.

Si la crisis sigue así, hasta tendremos que entendernos mucho más que ahora, y mucho más íntima y profundamente, los hombres, sacarnos carnet del ramo, volvernos más meticulosos e irnos a vender nuestros encantos a algún ángulo oscuro. Relájense, disfruten...

miércoles, 7 de agosto de 2013

De los toros a las jirafas de fuego

La jirafa de fuego aparece ocasionalmente en la obra del pintor surrealista Salvador Dalí, hoy tan de moda por la exposición del Museo de Arte Moderno Reina Sofía, que no he visto, por desgracia (en este tiempo las desgracias suelen ser económicas). Y se me ocurre pensar, por cierto, que una de las decodificaciones posibles de este signo es se trate de un qilin, un monstruo mitológico chino que aparece como jirafa en llamas y supone el buen augurio del nacimiento de un sabio; algunos también lo llaman unicornio chino (los unicornios chinos tienen dos cuernos).

De hecho, existe un personaje histórico real que la ficción ha denominado Simbad, y es, según unos, el Ulises de Homero y, según otros, el almirante chino, musulmán y eunuco Ma Sanbao (el nombre se parece ¿no?), que hizo siete viajes, como el propio Simbad, y este personaje trajo, al volver de su cuarta expedición, una extraña jirafa a su emperador, el famoso Ming Yongle (el de la caudalosa enciclopedia). Los cortesanos tomaron este regalo como un qilin con que el cielo recompensaba el buen gobierno de Yongle.

El qilin mitológico tenía la naturaleza compuesta de las quimeras: cuerpo de perro-león (a los chinos les costaba diferenciar las características de estas dos criaturas), cuernos de cervato y piel escamada de pez. Por demás, esta especie de cadáveres exquisitos u ornitorrincos conceptuales eran muy apetecidos por las fantasías de los surreales. Ya sabemos la fascinación de Dalí con los eunucos; él mismo era un impotente a causa de las castrantes perrerías que le hizo sufrir de niño su padre notario (y no voy a contar ahora lo de "toma, lo que te debo", que podría parecer escabroso). Por demás, la iconografía de Las mil noches y una está siempre muy presente en Dalí, especialmente en sus litografías.

El cuadro en que aparece el qilin presenta en primer plano a una doncella reificada o maniquí-momia, por el estilo de las de Solana o Gregorio Prieto, que, hipotéticamente, se aproxima al lejano qilin con la tarea de domeñarlo a la occidental, aunque la atmósfera en general, que adopta una especie de escenografía de yuxtaposiciones dialogantes a lo Giorgio De Chirico, representa una burla, con algo de taurómaco, de La gallina ciega goyesca, pues el maniquí está partido por una especie de atracción-repulsión. Los cajones de la pierna aluden a un pasaje de Freud, a quien tanto admiraba:

La única diferencia entre la Grecia inmortal y nuestra era es Sigmund Freud quien descubrió que el cuerpo humano, que en griego se limita a veces de forma neoplatónica, está ahora lleno de cajones secretos que se abrirán sólo a través del psicoanálisis

Las horcas caudales, que no caudinas, son un estilema iconográfico muy repetido en el autor que alude a su impotencia de raspa de pez muerto, como el sexo cadente desde la nube que señala al unicornio o qilin. El cuadro fue pintado en Estados Unidos entre 1936 y 1937, pero no representa nada de la Guerra Civil, salvo la vaga sensación de corrida de toros que destila el conjunto, potenciada por el trapo/cuchillo/espada/coágulo rojo que esgrime el eco del maniquí a la derecha, angustia por su impotencia que corresponde a la situación real de la propia España, si queremos verlo así.



martes, 6 de agosto de 2013

Parados y detenidos

Saben los lingüistas, Ullmann, por ejemplo, que los verdaderos sinónimos son escasos, porque casi ninguno satisface todos los contextos. Pero a los políticos se les olvida con mucha frecuencia, acaso porque ninguno sirve para nada y son tan intercambiables como idimitibles. El senador Camilo José Cela tuvo ocasión de demostrarlo cuando dormitaba apaciblemente como un Homero en su escaño, allá por los primeros años de la transición sin fin (Woody Allen decía que la Eternidad se hacía muy larga, sobre todo hacia el final). El Presidente de la cámara lo despertó con la siguiente recriminación: "Su señoría estaba durmiendo", a lo que replicó el galaico: "No, señoría, estaba dormido. ""Es lo mismo", replicó. "Nada de eso", esgrimía Cela, "no es lo mismo estar jodiendo que estar jodido". Algo parecido aparece en La legión invencible, de John Ford, cuando un sargento irlandés pasa revista a la tropa pidiendo que cuiden su léxico y alguien le advierte desde las filas: "¡Y la gramática!"

Hay verbos más susceptibles de pasiva que de activa. No es lo mismo tener seis millones de parados que seis millones de detenidos. La segunda palabra tiene algo por delante que corta, pega y manda. En el siglo XIX usaban denominaciones como cesante o desempleado, que suenan más humanas y menos a engranaje mecánico. Porque esta mecanización  de las palabras refleja la bajada de temperatura viva de la sociedad: el paro es una tragedia vital e incluso, en la filosofía de Marx, el trabajo es ni más ni menos que el sentido de la vida: no tiene otro. 

El cesante, pues, en especial el joven que ni siquiera sabe para qué le han educado, estarían desviviendo su vida en las condiciones inauténticas, indignas e inhumanas que causan revolución. El parado/detenido se transformaría en lo que Camus llamaba un homme revolté, un hombre revuelto o airado, un signo de sufrimiento e ira que se quiere compartir y transmitir. Otros, en especial los más jóvenes, están tan acojonados que ni siquiera fríen en la sartén: no han salido del huevo. 

Pero claro, el poder tiene claro que esas filosofías, la marxista y la existencial, al fin y al cabo humanismos, no les van, y se inventan otra filosofía que reduce algo tan complejo como la polis a un mercado de individuos insolidarios. Y lo reducen y banalizan todo a la plana apariencia de su ideología de consumo y sus tres valores principales: vulgaridad, fachada y fragmentariedad. A esos reduccionismos incompletos los llaman en el psicoanálisis pulsiones de muerte. No voy a decir que un parado es un zombie, pero casi. El capitalismo tiene algo de incompleto, evitador y asesino. Nadie sabe de dónde podría venir la caritativa "mano invisible" de Adam Smith; lo más posible es que no ayude, sino que te estrangule o se haga una paja. El capitalismo lo degrada todo, su único defecto es que produce demasiada basura, incluso basura humana: gente que, en sí misma, es basura. Transforma las relaciones humanas en relaciones de consumo, fragmentarias, vulgares y de fachada. Hombres y mujeres de usar y tirar, como la ropa de Zara.

A mí siempre me ha parecido que algo había de extraño en la sinonimia parado / detenido. El vocablo parado tiene más cauce, porque no es culpable de nada; el vocablo detenido, sin duda, tiene un problema; para él la estructura del mundo es injusta; es o debería ser un revolté o revoltoso, un revuelto contra ella. Para la derecha todos los parados son, o debieran ser, unos parados bien encerraditos y con su culpa dentro; ellos prefieren los activos a los movidos; los activos sacan dinero y recaudan riqueza; los movidos dan problemas sindicales y exigen justicia.

El término detenido choca contra un obstáculo muy gordo que pasa en medio de un silencio ominoso, que dicen los novelistas. ¿Qué obstáculo es ese que crece como una montaña y amenaza con alcanzar las alturas del K-2, esa cumbre laboriosa de subir e imposible de bajar? Desde luego no es el parto de los montes: detiene a seis millones de personas, más que toda Dinamarca. Esa enorme montaña está hecha de activos asiáticos mal retribuidos. Y ni siquiera es una sola: es una cordillera tan grande como el Himalaya: indios, chinos, coreanos... incluso Brasil y México, nos están comiendo vivos sin que defendamos con una gran muralla de proteccionismo nuestras economías más o menos equilibradas. Esa gran muralla los obligaría a redistribuir sus costos en bienestar común y más derechos humanos para esa clase media que ellos están construyendo y la parte menos nuestra de nos-otros estamos destruyendo.

lunes, 5 de agosto de 2013

El nuevo Delibes, Jesús Carrasco

De Mikel López Iturriaga en El País, hoy:

Jesús Carrasco: “La obsesión actual por aprovechar el tiempo me parece atroz”

Su primera novela, ‘Intemperie’, ha sido una de las sorpresas editoriales del año. Comparado por la crítica con Delibes o Cormac McCarthy, él apuesta por la contención y la dignidad.

Con su rostro serio, su cabeza rapada combinada con bigotes de húsar, su atuendo radicalmente discreto y su mirada taladrante, Jesús Carrasco no parece el hombre más entusiasta con las actividades sociales mundanas. Pero cuando inicio la conversación preguntándole si le ha resultado una experiencia agradable venir a firmar libros a Madrid, contesta que sí. Descarto indagar sobre si su cola ha sido larga, normalita o encogida, pero insisto en si disfruta con los encuentros con sus lectores. Responde que suelen ser interesantes, y que esta mañana uno de ellos se le ha puesto a llorar “como una magdalena” al contarle cuánto se había reconocido en su primera novela.

Asumo que tan positiva predisposición a un ritual que muchos escritores sufren en silencio se deberá a que es un autor novel, y acojo con empatía la anécdota del lector conmocionado. A mí también me impactó Intemperie (Seix Barral). La novela con la que este extremeño afincado en Sevilla se estrenó hace unos meses narra la brutal historia de un niño que huye de su casa, un cabrero que le acoge y un alguacil que le persigue en algún lugar y algún tiempo indeterminado del campo español de la primera mitad del siglo XX. Tan desnudo en su estilo como los yermos paisajes que describe, es un libro cargado de simbolismos, con un misterio que atrapa y una violencia que impacta. Tanto que ha causado sensación en el mundillo editorial internacional: ya se ha publicado en Alemania y Holanda, y pronto lo hará en 11 países más.

PREGUNTA: Su libro se lee como se ve una serie o una película de miedo. ¿Cuál es el truco para crear un misterio tan adictivo?

RESPUESTA: El misterio está fundamentalmente en el silencio, en lo que no se dice. Ha habido por mi parte un trabajo de contención y de recorte en el diálogo: intentar que los personajes hablen para que el lector no sepa tanto lo que piensan, sino que lo imagine.

El misterio está en regresión, pero es un valor fundamental”
P: En Intemperie no cuenta el lugar y la época en que se desarrolla la acción. ¿Por qué se niega a revelarlo?

R: No creo que tenga ningún sentido hacerlo. De hecho, creo que hablo demasiado de la novela. Me gusta mantener una visión limpia como lector, como espectador de obras de arte o de cine. Prefiero no saber y sacar yo mi propia conclusión. A veces, si admiras a alguien suele ser porque sabes poco de él.

P: Con la facilidad para acceder a la información en Internet, es difícil mantener ese desconocimiento.

R: En términos objetivos, es evidente que Internet es un adelanto. Pero uno de sus efectos perniciosos es que ha sido la puntilla del misterio. Del siglo XIX a esta parte se está haciendo un ejercicio de pornografía con la realidad: cada vez todo es más explícito, desde la propia intimidad de cada ser hasta cualquier acontecimiento social. El misterio está en constante regresión, y para mí es un valor fundamental en la vida. Hay cosas que es mejor no conocer. Yo no quiero saberlo todo, también quiero dejarme llevar y emborracharme.

P: Ha dicho que el tema principal de su novela es la dignidad. ¿Por qué le interesa tanto ese concepto?

R: La dignidad surge en cada esquina. Solo hay que verla, es como la belleza o el arte, y consiste en ser capaz de mantener la postura después de sufrir las inclemencias de la vida. Eso me interesa muchísimo, y quiero ser capaz de dirigir mi vida en esa dirección. Ser capaz de mantener la postura, de ser esa persona que en el metro, cuando alguien está siendo agredido, interviene.

P: ¿Usted cree que es un valor en alza o a la baja?

R: En alza. No soy nada pesimista: prefiero quedarme con las personas que salen a la calle a reivindicar los derechos, luchar por la sanidad, por la educación pública, en vez de quedarse en casa. Cada vez hay más redes de intercambio o apoyo mutuo: lo veo en mi vida cotidiana, y también las practico.

P: ¿Algún ejemplo que le haya llamado la atención?

R: Hace poco, en EL PAÍS leí la historia de un matrimonio que desde hace años están abriendo su casa a inmigrantes sin papeles. Están metiendo en el templo que es el hogar a gente que no conocen de nada, y su hijo está allí, está disfrutando, viviendo con intensidad ese ejemplo. Para mí son héroes. No hace falta subir al Everest ocho veces en biquini, me parece mucho más alucinante aguantar la incomodidad de tener desconocidos en tu casa.

P: Otro tema de la novela es la violencia en un contexto de necesidad extrema. ¿Le sorprende que en la situación tan grave que vive España no haya más conflictos de los que hay?

Una vida con ritmo propio

Brian Wilson compuso ‘I just wasn’t made for these times’ (No estoy hecho para estos tiempos) antes de que Jesús Carrasco naciera en 1972, pero la canción bien podría sonar de fondo en el discurso de este extremeño afincado en Sevilla. Alérgico a los frenesíes del mundo urbano contemporáneo, Carrasco reivindica los silencios y la lentitud del campo tanto en su vida como en su primera novela, la rural y atípica Intemperie. No quiere estar en las redes sociales, no quiere “pasar 50 horas metido dentro de una pantalla”, y hasta ha osado quitar las alertas del WhatsApp en su móvil. “Cuando me apetece, miro y digo: ‘Anda, esto me llegó hace tres días”, dice con sorna. También mantiene una huerta que le proporciona excelentes pepinos –“es para llevar mi ritmo hacia el de las plantas”–. Mientras, prepara su segunda novela, que tratará otra vez “de cosas poco cibernéticas, como la relación del hombre y la tierra”.

R: Sí. La respuesta sencilla, la fácil, es la de la familia. La familia como armazón social oculto o subestructura que está soportando todo eso, esas fricciones. Por otro lado, quizá es que somos un pueblo permanentemente invadido y tenemos este carácter. Un país acostumbrado a una cierta adecuación, como esas plantas o animales que de repente tienen un parásito y lo que hacen es rodearlo con parte de su propia estructura. No puedo contigo, pues te acojo, te tengo aquí controlado. Mi pregunta o mi duda es qué pasará después. Cuando vuelva el dinero, ¿dónde estará la educación, la sanidad, los derechos? ¿Dónde estarán los poderosos? Eso me da mucho miedo, nos va a costar mucho trabajo volver a recuperar lo que teníamos.

P: Se ha relacionado su novela con el Delibes de Los santos inocentes, pero no tanto con La familia de Pascual Duarte, de Cela, el primer libro que me vino a la cabeza cuando empecé a leer Intemperie. ¿Es una referencia para usted?

R: No. Lo he leído, pero ni el libro ni el tremendismo como movimiento literario son una referencia. Es una época de la literatura que me deprime, porque refleja esa España tan sombría, tan polvorienta.

P:Pues su libro es bastante tremendista.

R: Sí, sí lo es. Pero la influencia viene más del tremendismo norteamericano. He leído mucha más literatura norteamericana que española. Los relatos de Carver son durísimos, no se salva nadie, todo es atroz, y para que veas un hilito de esperanza… Al mismo tiempo son relatos poderosos, bien tramados, que te enganchan, y que a mí me transmiten muchas cosas. Cuando hablo de Carver, hablo de Richard Ford, de John Updike, de John Cheever o de Cormac McCarthy: si acaso, viene de ahí esta visión un poco lúgubre de la realidad.

P: Supongo que su estilo, tan desnudo, también bebe de esos autores.

R: Ahí yo creo que Carver es el campeón. Hay un cuento suyo que dice: “Un día llamaron a mi puerta y encontré un hombre con ganchos que quería vender una foto de mi casa”. El cuento dura un poco más, pero por mí se podía haber acabado así. Él era el rey de la poda, y yo aspiro a ser no el rey ni el príncipe, pero sí a ser un buen podador. Quitar, quitar y quitar, y dejar interpretar a los demás. Eso es la poesía también, que a mí como género me interesa mucho en tanto que ultima precisamente eso, la máxima imagen con la mínima expresión formal.

P: Pero usted no escribe poesía, ¿no?

R: No me atrevo. No tengo coraje, ni tablas. En la poesía no te puedes escapar, no son 200 páginas donde puedes cargar aquí o allá.

P: ¿Es usted tan parco, tan austero y tan esencial como su literatura?

R: Yo no había hablado tanto en mi vida como estos meses. En mi círculo íntimo no soy parco, incluso cuento chistes, pero fuera de él soy una persona silenciosa. Ni me gusta hablar por hablar, ni me gusta decir tonterías. No se confunda esto con solemnidad o seriedad: me encanta reírme, pero tiendo a hablar poco. Hay un dicho que dice: “Los que saben no hablan, los que hablan no saben”. Yo no sé si cumplo ese axioma, pero procedo de una tradición silenciosa también. En casa se ha hablado poco, para bien y para mal.

P: Dice que le encanta reírse, pero en Intemperie no hay ni una gota de sentido del humor.

R: Me gustaría, pero el humor es difícil. Admiro tanto a Eduardo Mendoza, a Tom Sharpe, a Shakespeare, a Oscar Wilde… Mendoza dice que siempre ha sido un género denostado, y yo añado que además es un género complicadísimo. A lo mejor, porque hay pocos escritores capaces de asumirlo con solvencia, directamente se desprecia. Si en mis próximas novelas voy incorporando el humor, significará que voy ganando aptitudes como escritor. Quizá mi última obra sea desternillante, la que haga antes de jubilarme.

P: Tiene una imagen contundente. ¿Puede un escritor serio cultivar su look?

R: Pues yo te diría que, lejos de cultivarlo, todo lo contrario. Mi calva no procede del cultivo, sino más bien de la falta del mismo: voy calvo porque se me cayó el pelo hace 15 años, y es muy triste ir con una loncha. Y el bigote, pues llevo casi 20 años con él. Me lo dejé, me lo quité y me dije: “Vaya cara de tonto”. Así que al final se quedó ahí. Pero no es premeditado, llevo así toda mi vida. Prometo dejarme el pelo largo para la próxima novela.

P: La peluca es otra opción.

R: O los implantes.

P: ¿Proviene usted de un ambiente rural como el de su libro?

R: La mitad de mi vida la he pasado en el campo. Nací en Olivenza, un pueblo de Badajoz que está en la frontera con Portugal. Cuando tenía cuatro años, mi familia se trasladó a Torrijos, un pueblo de Toledo. He pasado mi vida entera dando tumbos por los caminos, subiéndome a los árboles, construyendo cabañas, cazando perdices a mano y conejos con hurones, haciendo ese tipo de cosas que se hacen en los pueblos. Es la tierra que amo, es mi lugar en el mundo en cierto modo. En el libro hay un interés por dignificar lo rural. Se nos olvida muchas veces que España es mucho más que Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia. Ves el telediario, donde los reporteros cogen a la gente debajo de la redacción, y parece que España es la calle de O’Donnell de Madrid. Pues no: hay gente que vive de otra manera. Pero desde el desarrollismo de los cincuenta y sesenta, el foco de los medios está en las ciudades y parece que lo demás no existe.

P: La gente de ciudad tendemos a pensar que nos vamos a aburrir en sitios así porque nunca pasa nada.

R: Vivir en el campo es muy duro. Pero yo invito al urbanita a que vaya al campo no a visitar, sino a experimentar cosas que en la ciudad son difíciles de probar: el horizonte, la nada, el vacío, el aburrimiento, soportarse a uno mismo, mirar alrededor, bajarse un poco de este frenesí en el que vivimos. Yo encuentro ahí cosas importantes de la vida, ya no simplemente paz.

P: ¿Por ejemplo?

R: Entender quién es uno mismo, tener capacidad para verse, para pensar un poco, para no verse interrumpido, para tener paciencia. Virtudes todas muy útiles, incluso en la ciudad. La paciencia es necesaria para vivir en pareja, para negociar, para no volverse loco en un atasco de tráfico… Para cualquier situación en la que puedas ponerte en el lugar del otro en vez de gritarle.

P: Pues nuestra civilización parece ir justo en el sentido contrario.

R: Yo veo que ya no podemos estar parados. Antes, hace siete años, cuando no había smartphones, la gente iba en el metro leyendo, dormida o mirando a la nada, y ahora nadie va así. Parece que ese tiempo hay que aprovecharlo, como si lo perdiéramos. Me parece una obsesión atroz, atroz para construirte. La vida es un crecimiento, somos maestros de nosotros mismos, y el objetivo es que el último de nuestros días seamos nuestra mejor versión gracias a lo que hemos sido capaces de atesorar y eliminar a lo largo de nuestra vida. Y para eso hace falta tiempo, hace falta atención, hace falta una serie de cosas que se nos están yendo de las manos.

P: Pero ahora vive en Sevilla, una gran ciudad.

R: Vivo en el centro peatonalizado. No tengo coche y voy andando o en bici a todas partes. Me mudé aquí por mi mujer, que es sevillana. Cuando vine, hace nueve años, ella tenía más difícil laboralmente moverse a Madrid y yo trabajaba de freelance. La típica cosa que es temporal y al final te quedas.

P: Trabajaba como redactor publicitario.

R: De redactor publicitario, diseñador cutre, contabilidad, paquetería.

P: ¿Alguna campaña de la que se sienta orgulloso?

R: Sí, pero son muy chicas. Casi toda mi vida publicitaria he trabajado para Bankinter de una u otra manera, y hay campañas de las que me siento ­orgulloso, pero que nadie recordaría: solo las han visto clientes del banco en su casa.

P: ¿Y se puede mantener la dignidad haciendo publicidad para un banco hoy día?

R: Hoy día no lo sé, y en aquella época tampoco lo sé. Al principio yo sufría mucho con esto e iba a trabajar con sensación de culpa. Un día me encontré con una profesora de Filosofía que me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que a la publicidad, y ella me respondió que era una manera bonita de difundir belleza. Entonces empecé a verlo desde otro punto de vista. No me quito mi responsabilidad, yo también he formado parte del engranaje y vendía cosas que jamás habría comprado, pero también aprendí que nosotros no obligamos a nadie a comprar. No creo en este discurso de “somos víctimas de la publicidad, somos víctimas de la prensa, somos víctimas del sistema, de la política”, etcétera. A nadie se le ha obligado a coger una hipoteca, a nadie se le ha obligado a comprarse un coche. La gente lo hace porque quiere o porque no pone los filtros suficientes a aquellos estímulos que le vienen y le dicen: “Compra esto”. También es verdad que ha habido ejemplos ya no de sugestión, sino de engaño, como las preferentes. Pero eso ya no es la publicidad, es un director de un banco que dice: “Manolo, mira lo que tengo aquí que es un 2% y luego es un 26%”. Eso es una estafa.

P: Estuvo mucho tiempo escribiendo antes de mandar nada a una editorial. ¿Tan malo era?

R: Claro. Al mismo tiempo que hay una responsabilidad en el que puede comprarse una tele y no la compra, también hay una responsabilidad en el que dice: “Bueno, tengo una novela, pero no tengo por qué publicarla. No la publico porque me parece mala”. Pero es duro pasarte seis meses y medio escribiendo algo y, al acabar, pensar que es una castaña.

P: ¿Tiene muchos cadáveres de ese tipo?

R: Unos cuantos. Un pequeño mausoleo.

P: ¿Cree que lo que ha pasado con Intemperie le ha llegado en un buen momento, a los 40?

R: Sí. Con 40 años tienes cierta madurez: estás más tranquilo, pero al mismo tiempo sigues teniendo fuerza, coraje y brío. Si hubiera llegado antes, me habría vuelto un poco más loco, me lo habría tomado de una manera más personal y habría creído cosas de mí que a lo mejor no son verdad. Así que yo me siento ahora en un momento perfecto para disfrutar de esto y seguir pensando que la vida es maravillosa y que a veces las cosas salen.

P: ¿Ha cambiado su vida cotidiana?

R: Sí ha cambiado en cuanto a que ahora viajo y todo eso, pero cuando vuelvo a casa todo sigue exactamente igual. Y quiero que sea así, porque lo necesito. Vuelvo a ser el padre de mi hija y hago las cosas que se hacen en casa: fregar los platos, hacer chapuzas con mi cuñado en su casa o trabajar con las manos en la huerta.

P: Pero imagino que escribir será más grato que trabajar como publicista.

R: Toda mi vida laboral ha estado basada en recibir palos, porque en la publicidad te están rechazando proyectos constantemente. En esta otra parte de mi vida laboral que es la escritura abundan más los elogios que los palos. Creo que ninguna de las dos cosas te tiene que arrastrar: hay que disfrutar en la medida de lo posible de todo lo que se pueda. Yo no me voy a quejar de firmar libros, no me voy a quejar de tener que viajar o de que me pregunten siempre lo mismo.

P: Como periodista, se lo agradezco.

R: Mira a la gente que trabaja en el metro, a los barrenderos, a los oficinistas que vienen de Móstoles a las seis de la mañana y se van a su casa a las nueve de la noche, a los de los invernaderos de El Ejido o a los de los andamios. Esa gente quizá tenga algún motivo serio para quejarse. Yo no.

sábado, 3 de agosto de 2013

Habla Benítez Reyes

El problema más grave del PP

Público, 25 jul 2013

Un paisaje ético como el dibujado por el PP es desolador. Su modo de actuar, de representar de forma cotidiana el lado turbio del poder, provoca un espectáculo deprimente.  Ni las peores obras literarias han creado unos malos tan malos, unos mentirosos tan mentirosos, unos desvergonzados tan desvergonzados. Una situación tan grave ni siquiera nos permite alegrarnos de las angustias de nuestros adversarios ideológicos. Si el PP fuese una composición novelesca, la ficción no resultaría eficaz por puro sectarismo. Los buenos lectores están acostumbrados al matiz y aquí no hay matices. Cuando comparezca Rajoy ante los representantes políticos de los españoles, el problema no será Rajoy, sino los diputados del partido  en el Gobierno que, con nombres y apellidos, desde la A a la Z, se olvidarán uno por uno de la decencia para aplaudir la corrupción. Una España sin honor democrático, sin vergüenza.

Esto es grave. También es grave un poder judicial tomado por el clientelismo y dispuesto a perdonar a los delincuentes y a perseguir a los jueces que intentan cumplir de forma honrada con su trabajo. Aquí pasa a segundo plano querer saber la verdad, hacer justicia y facilitarle a las víctimas una reparación. Ahora es prioritario estar del lado del que manda en los premios y en las dificultades, en las declaraciones y en los silencios, para recibir un ascenso, un indulto o una rebaja de pena.

Es muy grave la evidencia de un comportamiento poco distinguible de lo mafioso. Pero no es lo más grave para el PP. Por desgracia hemos visto que municipios y comunidades autónomas han respaldado con mayorías absolutas a dirigentes manchados de barro hasta la nuca. No habla bien de la ciudadanía, ni de la salud democrática, pero es así. Se pueden ganar elecciones siendo un corrupto notorio.

Por eso el problema más grave que tiene el PP en este momento no es la corrupción, sino la trampa y el callejón sin salida de su política económica. No resulta muy original afirmar que la realidad determina la conciencia, pero me parece oportuno recordarlo aquí y ahora.

El PP ha basado una parte decisiva de su política neoliberal en el desmantelamiento del los servicios públicos. Y no se trata sólo de su descarada afición a las privatizaciones, sino también de otros procedimientos más sibilinos. La degradación sistemática de los servicios públicos (sanidad, educación, sistema de pensiones…), ha tenido como finalidad el meditado desplazamiento de las clases medias para enriquecer el negocio privado. Cada recorte, cada reducción de plantillas, cada miedo, tenía como misión degradar lo público para poner en manos del negocio privado el dinero de las clases medias. Esa es la razón de configurar el espacio público como una casa de misericordia. Si usted no se quiere morir de un parto, si no quiere que sus hijos sean perdedores desde los diez años, busque acomodo y pague –no ya con sus impuestos, sino con sus ahorros- en clínicas y en colegios privados.

Pero ocurre que esta política de expulsión de los servicios públicos sufrida por las clases medias ha coincidido en el tiempo con unas medidas económicas destinadas a empobrecerlas. La política del PP está al servicio de la oligarquía, es decir, de la riqueza acumulada por las élites y sus instituciones financieras o empresariales. Esto tiene como resultado inmediato el empobrecimiento de las clases medias. Y ahí está el mayor problema del PP: ha intentado expulsarlas de los servicios públicos al mismo tiempo que las dejaba sin dinero para gastar en lo privado. El cambio de ciclo viene apuntado por este viento: la realidad económica vuelve a unir a los de abajo, a los maltratados de la sociedad, con las clases medias, por culpa de un empobrecimiento general de los ciudadanos. Y esto abre como posibilidad la configuración natural de una nueva mayoría que rompa las costuras establecidas por la Transición. Es posible movilizar hacia la política alternativa a una parte amplia de españoles que hasta ahora, por comodidad, falta de escrúpulos o ceguera, pactaban con las élites financieras heredadas del franquismo y santificadas por la corona.

Las crisis provocan dificultades graves, pero sus tensiones abren nuevos caminos. Sería un crimen histórico que las fuerzas sociales y políticas opuestas al neoliberalismo –y a la agresión de la economía especulativa contra la democracia- desaprovechasen esta nueva situación.


jueves, 1 de agosto de 2013

Los señores de la limpieza

Así habría que llamar a tanto marrano de York y de Orwell como se luce hoy en el Congreso de los diputados, instalado para la ocasión y por no sé qué avatar en un Senado que tiene la virtud de la basura: no servir para nada y, encima, costar dinero. Allí hozan, en su zahúrda de Plutón, en una atmósfera como la de Júpiter, producida por el metano de sus pedos y sus grandes manchas de marrón. Uno quisiera, ante todo, claridad: que esas límpidas camisas reflejaran lo que hay dentro y no lo que no hay, aunque tuviera que resultar de ello el fin de la segunda temporada de Juego de Tronos: una colección de zombis a medio descomponer.

Porque los señores de la limpieza, que sin duda no sacan la basura de su casa, siguen pretendiendo, gobierno y oposición, ser unos impolutos, unos santos recién salidos del confesionario presuntamente laico, unos bebés bautizados con las aguas del Jordán, unos nacidos ayer, vaya. Como si no hubieran de dejar hoy lo mismo que han dejado de ayer los de la Pandorga: calles llenas de vomitonas, botellas y otras mierdas de las que suelen salir no solo de la boca. 

Pareciera como si el gobierno, que corrompió al Pesoe, hubiera regenerado al Pepe. Pero lo cierto es que lo que rige ahora como hace cuarenta años son las extremidades encogidas de feto en la nevera de Franco always, el famoso montaje de Eugenio Merino, un Pepoe neofranquista que flota como la mierda sobre la desilusión y el sufrimiento de los ciudadanos, inextinguible gracias a las leyes electorales y la impunidad e injusticia que privan en sociedades clasistas y pseudodemocráticas como la nuestra. Pero esto no se da solo aquí; en Bayreuth un tal Frank Castorp ha aburrido a los alemanes lo mismo que Eugenio Merino, poniendo de fondo a Wagner un monte Rushmore con las efigies de Marx, Lenin, Stalin y Mao. Vulgar, aunque más lo hubiera sido poner al nazi y compañía.

Cabe dudar que una ley que no ha sido sometida al control directo de los ciudadanos pueda verdaderamente causar "transparencia", como cabe dudar de que un cáncer pueda causar regeneración. Una constitución nueva es otra cosa, precisamente lo que quieren evitar, al menos hasta que hayan pasado cien añitos. Pero los diputados insisten en no engendrar un nuevo proceso constitucional del que pueda nacer un futuro y, a estas alturas, incluso puede que tengan razón, habida cuenta de que los catalanes no pueden ser otra cosa. Hasta que Franco se descomponga.


martes, 30 de julio de 2013

De gallinas y frenazos

Delante de los cines Las Vías había una casa de labranza o alquería con un gallinero y dos perros. Pero el suelo subió y ahora lo que hay es un edificio con pisos de lujo y letreros de sin vender. ¿Qué han hecho con mis gallinas? ¿Qué se hicieron? Siempre que iba al cine con mis hijas o sin ellas, les hacía una cariñosa visita. Avivo el seso y despierto recordando las Coplas a la muerte de un colega de Luis García Montero: 

¿Qué se hizo Marilyn?
Aquellos Beatles de antaño,
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto sinfín
de galanes que en un año
nos vendieron?
Y los tunos, los toreros,
las cantantes de revista
en el olvido;
las folklóricas primero,
el marqués y la corista
¿dónde han ido?

En España los frenazos siempre han provocado gran número de muertos. Así el frenazo de la economía desbocada. Pueden sumarse a las víctimas mis pobres gallinas, consumidas por la fiebre del ladrillo. España era un coloso con pies de ladrillo, como el sueño de Nabucodonosor en Daniel, II, 31-35:

La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce; sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido. Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra

Podríamos adaptar el pasaje (que por cierto ya va necesitando una tercera edición más actualizada, un Moderno Testamento, vaya) así:

Y fueron como tamo en las Eras del Cerrillo, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas el ladrillo que hirió a la imagen fue hecho un gran banco que llenó toda la tierra.

No se puede construir nada sólido sobre un gallinero. Pero la inercia histórica es muy grande. ¿Quién puede parar una cosa así? Hubo tres frenazos: el de Felipe II, el de Fernando VII y el de Franco I. ¿Será este un cuarto frenazo? Espero que no, amigos.