Y Lula se 'comió' a la oposición
JUAN ARIAS El País, 16/02/2009
En la política brasileña se ha producido un fenómeno único en América Latina y quizás en el mundo: el carismático presidente de la República, Luiz Inácio Lula da Silva, y su Ejecutivo, que gozan de un 84% de popularidad tras seis años de Gobierno, se han comido a la oposición. Y no lo han hecho con métodos antidemocráticos, sino apropiándose de sus banderas.
Ya se sabía que Lula es un genio político, que ha sabido vencer las reticencias en el seno de su propio partido, el Partido de los Trabajadores (PT); de hecho, se dispone a elegir a una mujer, la ministra Dilma Rousseff, como su sucesora en la candidatura a la presidencia en 2010, a pesar de que nunca ha disputado unas elecciones y no es un personaje excesivamente grato para el PT. Pero lo que nadie imaginó jamás es que sería capaz de eliminar democráticamente a la oposición. Tanto a la de derechas como a la de izquierdas.
¿Cómo lo ha conseguido? Con una política que, poco a poco, ha ido segando la hierba bajo los pies de sus opositores. A la derecha le ha cortado las alas mediante una política macroeconómica neoliberal que le está proporcionando buenos resultados en estos momentos de crisis financiera mundial gracias a las reservas acumuladas.
Al mismo tiempo, ha puesto coto a las ínfulas de algunos de los movimientos sociales más radicales, como el de los Sin Tierra (MST), cuyas acciones ha criticado tachándolas de ilegales y a quienes ha conminado a respetar la ley vigente. Y también ha mantenido una política medioambiental más bien conservadora, algo que agrada a los terratenientes y grandes exportadores, que forman el núcleo más derechista del Parlamento.
También ha frenado a las izquierdas. Ha conseguido acallar a la izquierda minoritaria con una política volcada en las capas más pobres del país, que ha hecho que seis millones de familias hayan pasado a las filas de la clase media baja y abandonado su estado de miseria atávica. Ha abierto el crédito a los pobres, que ahora, con sólo cuatro euros, pueden abrir una cuenta en el banco y tener una tarjeta de crédito, lo que les convierte en partícipes de la rueda de la economía nacional.
A la otra izquierda, la moderada, también le ha puesto difíciles las cosas. Hoy en día, al Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), la formación opositora con mayores posibilidades de ganar las próximas elecciones porque cuenta con dos grandes candidatos -los gobernadores de São Paulo, José Serra, y Minas Gerais, Aecio Neves-, le resulta más difícil que antes hacer oposición. Los dos aspirantes del PSDB saben que no podrán ser elegidos contra Lula. Por ello, sólo hablan, como acaba de hacerlo Neves, de una era "pos Lula", con un proyecto de nación que aporte algo nuevo al proyecto del presidente, que ya goza del consenso de la gran mayoría del país. Desde el primer día de su ascenso al poder, Lula ha mantenido a Henrique Meirelles, del PSDB, como presidente del Banco Central. Y ha conservado y ampliado el proyecto social Bolsa Escuela, creado por el PSDB, bautizándolo como Bolsa Familia. Este plan ayuda hoy a 12 millones de familias y ningún partido de la oposición se atrevería a criticarlo.
Desde su primer mandato, Lula no sólo ha sabido concitar las aportaciones de 12 partidos a su Gobierno, sino que hasta el momento ha logrado mantener una amistad personal con los candidatos opositores Serra y Neves; ambos, además, disfrutan de buenas relaciones con el PT, e incluso no descartan gobernar junto al partido de Lula si llegan al poder.
¿Pero de verdad no hay espacio para la oposición en Brasil? Porque, si así fuera, hay quien lo considera un grave obstáculo para una auténtica democracia. Podría haberlo, según varios analistas políticos, como Merval Pereira, pero el problema radica en que la oposición se ha asustado con la popularidad de Lula. Incluso hay políticos opositores, sobre todo de los Gobiernos locales, que buscan una foto junto a Lula para ganar puntos ante su electorado.
Si la oposición quisiera, dicen los especialistas, podría exigir a Lula que llevara a cabo las grandes reformas que este país aún necesita para despegar a nivel mundial, como la reforma política (¿se puede gobernar con 30 partidos en el Parlamento?), la fiscal (Brasil es uno de los países del mundo con mayor carga tributaria: roza el 40%), la de la Seguridad Social (Lula sólo la ha logrado en parte y, a pesar de un escándalo de sobornos a diputados para que votaran a favor, se quedó pequeña), la agraria (no ha salido del papel), la de la educación (en Brasil aún no es obligatoria la enseñanza secundaria y la calidad de ésta es de las peor valoradas en el mundo) y, por último, la penitenciaria (los suicidios de los presos aumentaron el año pasado en un 40%).
Pero todo ello choca con el muro de la dialéctica política de Lula: su carisma acaba neutralizando incluso a quienes antaño fueron sus mayores antagonistas.
martes, 17 de febrero de 2009
Un lector llamado Hítler
Un lector llamado Adolf Hitler
El líder nazi leía compulsivamente, pero sólo para reforzar sus ideas - Un nuevo ensayo investiga su biblioteca más personal, que llegó a tener 16.000 volúmenes
JACINTO ANTÓN - Barcelona - El País, 16/02/2009
Hitler quemaba libros, pero también los leía. Que hiciera ambas cosas -además de desatar la II Guerra Mundial y ordenar el exterminio de los judíos- lo convierte en un lector muy especial. Su relación con los libros, incluso con los que no quemaba, no era amable. Hitler, incapaz de relaciones profundas y sinceras de amor o amistad -hasta las que sentía por Eva Braun y por su perra alsaciana Blondie eran afectos envenenados, y valga la palabra-, tampoco iba a tener ese cariño por los libros, que es el sello de los bibliófilos decentes.
Tenía dedicatorias de Jünger , y todo Shakespeare. No le gustaban las novelas.
Igual que hacía con los países, las instituciones y las personas, Hitler depredaba los libros. Ésa era su forma de leerlos: como invadir Polonia. Él mismo explicó su método de lectura abusivo y oportunista en Mein Kampf. "Leer no es un fin en sí mismo, sino un medio para un fin". Se trataba, dijo, de rellenar un mosaico previamente dibujado con las "piedrecitas" que le proporcionaban los libros.
La lectura no le servía, en general, sino para llevar agua al molino de sus ideas y para confirmar opiniones que ya tenía. Era una práctica puramente instrumental -"tomo de los libros lo que necesito", dijo-. No leía nunca por placer. Y el caso es que era un lector compulsivo, que leía mucho, vamos. "Los libros eran su mundo", escribió su amigo de juventud August Kubizek. El joven Hitler llegó a Viena pobre como una rata pero con cuatro cajas llenas de libros. Luego, en su época de agitación política, cuando no estaba pronunciando discursos o haraganeando por las cervecerías de Múnich en malas compañías (!), se pasaba el tiempo leyendo. "Claro que leer mucho no significa leer bien. Sus lecturas fueron asistemáticas", subraya Ian Kershaw en su monumental biografía (Hitler, Península). "Leer no era algo que hiciese para ilustrarse o para aprender, sino para confirmar prejuicios". Kershaw pone en duda, además, que Hitler leyera lo que hay que leer. Parece que de los clásicos y de la buena literatura consumió más bien poquito. No le gustaba la novela. En cambio, se pirraba por el subgénero antisemita (lo que no nos sorprende), tipo El judío internacional de Henry Ford o La amoralidad en el Talmud; le gustaban mucho las enciclopedias y los almanaques, de los que podía extraer, para impresionar, mucha información en poco tiempo, y los libros de ocultismo. Se ha señalado entre sus libros, y no es broma, El arte de convertirse en orador en pocas horas.
Tenía debilidad, quizá su único rasgo sincero como lector aparte del gusto por los relatos del explorador Sven Hedin, por las novelas del Oeste de Karl May. Pero incluso éstas las utilizaba para dar la brasa a sus generales. Les ponía como ejemplo de habilidad táctica al héroe apache de May, lo que ha de ser desconcertante cuando mandas una división Pánzer en el Cáucaso. Menos simpático es que conservara un manual de 1931 sobre el gas venenoso, con un capítulo dedicado a los efectos del ácido prúsico, comercializado como Zyklon B...
Se ha escrito mucho sobre la biblioteca de Hitler, de unos 16.000 volúmenes (de hecho tuvo varias, localizadas en diferentes sitios), su composición, las obras que en realidad leyó (muchos libros de su época de canciller y führer permanecieron sin abrir) y las que contribuyeron a afirmar sus (malas) ideas. Ahora un libro apasionante, Hitler's private library, the books that shaped his life (La biblioteca privada de Hitler, los libros que moldearon su vida; Nueva York, 2008), de Timothy W. Ryback, rastrea con habilidad detectivesca y pulso literario en el ecléctico fondo bibliográfico del líder nazi las obras que pudieron ser decisivas, por su significación emocional o intelectual, en la vida del Hitler lector.
Ryback ilumina al tiempo la relación del personaje con los libros y el destino de su biblioteca (1.200 se conservan en la Biblioteca del Congreso en Washington, otro fondo está en la Brown University en Providence; un conjunto anda perdido por Rusia). El autor, que se ha sumergido físicamente en libros leídos y hasta subrayados y anotados por el propio Hitler -una experiencia inquietante: en uno encontró incluso un pelo de bigote-, explica que éste leía vorazmente, a veces un libro por noche (a Eva Braun le caían broncas cuando interrumpía, aunque fuera en déshabillé; por cierto, parece que había poca pornografía en la biblioteca de Hitler, aunque se menciona un libro sobre el teatro español "con dibujos y fotografías obscenos"). Pero su lectura era superficial y azarosa, en buena parte para alimentar sus mítines, diatribas y peroratas.
En su retiro alpino del Berghof tenía las obras completas de Shakespeare y parece que no leyó sólo El mercader de Venecia, pues hacía citas de Hamlet y, sobre todo, de Julio César -"Nos volveremos a ver en Philipos", espetaba bravucón a sus rivales políticos-.
La aventura de Ryback entre los libros de Hitler arranca con las lecturas de éste en las trincheras durante la guerra del 14 y acaba con el misterio del volumen que tenía en la mesita de su habitación en el Führerbunker de Berlín cuando se suicidó: se conserva una foto, pero no se distingue el título. Entre las obras que sabemos que le acompañaron en sus últimos momentos figuran una historia de la esvástica, un ensayo sobre Parsifal y otro sobre las profecías de Nostradamus. El recorrido de Ryback por los libros significativos de Hitler incluye una traducción de Peer Gynt regalada y dedicada por su siniestro mentor Dietrich Eckart, y Feuer und Blut de Jünger, dedicado en 1926 por el propio autor "al führer nacional Adolf Hitler" -vaya, vaya, Ernst-, y en el que Hitler, que quería escribir sus propias experiencias de combatiente en la I Guerra Mundial, subrayó pormenorizadamente pasajes sobre la guerra y los efectos de la matanza en el espíritu. Pese a lo que hacía creer, Hitler leyó poco a Nietzsche, a Schopenhauer -cuyo nombre escribía mal- o a Fitchte. Lo que Ryback encuentra en el canon hitleriano -los ladrillos fundamentales de su pensamiento filosófico- es una serie de repulsivas obras racistas y unos libros de ocultismo y seudociencia (como Magia: historia, teoría y práctica, de Ernst Schretel, que Hitler subrayó profusamente). En cuanto a los libros militares, Ryback destaca una biografía de Schlieffen, el genio prusiano (es curioso que Hitler subrayase las consideraciones del táctico sobre los peligros para Alemania de luchar en dos frentes), un práctico manual de identificación de tanques y varias obras sobre Federico el Grande, especialmente la biografía de Carlyle.
Hitler, por supuesto, no sólo fue lector, sino también autor. Un capítulo del libro de Ryback está dedicado al Mein Kampf, que inicialmente tenía un título con mucho menos punch: Cuatro años y medio de batalla contra las mentiras, la estupidez y la cobardía; difícil de recordar cuando vas a encargarlo, sobre todo si eres de las SA...
El líder nazi leía compulsivamente, pero sólo para reforzar sus ideas - Un nuevo ensayo investiga su biblioteca más personal, que llegó a tener 16.000 volúmenes
JACINTO ANTÓN - Barcelona - El País, 16/02/2009
Hitler quemaba libros, pero también los leía. Que hiciera ambas cosas -además de desatar la II Guerra Mundial y ordenar el exterminio de los judíos- lo convierte en un lector muy especial. Su relación con los libros, incluso con los que no quemaba, no era amable. Hitler, incapaz de relaciones profundas y sinceras de amor o amistad -hasta las que sentía por Eva Braun y por su perra alsaciana Blondie eran afectos envenenados, y valga la palabra-, tampoco iba a tener ese cariño por los libros, que es el sello de los bibliófilos decentes.
Tenía dedicatorias de Jünger , y todo Shakespeare. No le gustaban las novelas.
Igual que hacía con los países, las instituciones y las personas, Hitler depredaba los libros. Ésa era su forma de leerlos: como invadir Polonia. Él mismo explicó su método de lectura abusivo y oportunista en Mein Kampf. "Leer no es un fin en sí mismo, sino un medio para un fin". Se trataba, dijo, de rellenar un mosaico previamente dibujado con las "piedrecitas" que le proporcionaban los libros.
La lectura no le servía, en general, sino para llevar agua al molino de sus ideas y para confirmar opiniones que ya tenía. Era una práctica puramente instrumental -"tomo de los libros lo que necesito", dijo-. No leía nunca por placer. Y el caso es que era un lector compulsivo, que leía mucho, vamos. "Los libros eran su mundo", escribió su amigo de juventud August Kubizek. El joven Hitler llegó a Viena pobre como una rata pero con cuatro cajas llenas de libros. Luego, en su época de agitación política, cuando no estaba pronunciando discursos o haraganeando por las cervecerías de Múnich en malas compañías (!), se pasaba el tiempo leyendo. "Claro que leer mucho no significa leer bien. Sus lecturas fueron asistemáticas", subraya Ian Kershaw en su monumental biografía (Hitler, Península). "Leer no era algo que hiciese para ilustrarse o para aprender, sino para confirmar prejuicios". Kershaw pone en duda, además, que Hitler leyera lo que hay que leer. Parece que de los clásicos y de la buena literatura consumió más bien poquito. No le gustaba la novela. En cambio, se pirraba por el subgénero antisemita (lo que no nos sorprende), tipo El judío internacional de Henry Ford o La amoralidad en el Talmud; le gustaban mucho las enciclopedias y los almanaques, de los que podía extraer, para impresionar, mucha información en poco tiempo, y los libros de ocultismo. Se ha señalado entre sus libros, y no es broma, El arte de convertirse en orador en pocas horas.
Tenía debilidad, quizá su único rasgo sincero como lector aparte del gusto por los relatos del explorador Sven Hedin, por las novelas del Oeste de Karl May. Pero incluso éstas las utilizaba para dar la brasa a sus generales. Les ponía como ejemplo de habilidad táctica al héroe apache de May, lo que ha de ser desconcertante cuando mandas una división Pánzer en el Cáucaso. Menos simpático es que conservara un manual de 1931 sobre el gas venenoso, con un capítulo dedicado a los efectos del ácido prúsico, comercializado como Zyklon B...
Se ha escrito mucho sobre la biblioteca de Hitler, de unos 16.000 volúmenes (de hecho tuvo varias, localizadas en diferentes sitios), su composición, las obras que en realidad leyó (muchos libros de su época de canciller y führer permanecieron sin abrir) y las que contribuyeron a afirmar sus (malas) ideas. Ahora un libro apasionante, Hitler's private library, the books that shaped his life (La biblioteca privada de Hitler, los libros que moldearon su vida; Nueva York, 2008), de Timothy W. Ryback, rastrea con habilidad detectivesca y pulso literario en el ecléctico fondo bibliográfico del líder nazi las obras que pudieron ser decisivas, por su significación emocional o intelectual, en la vida del Hitler lector.
Ryback ilumina al tiempo la relación del personaje con los libros y el destino de su biblioteca (1.200 se conservan en la Biblioteca del Congreso en Washington, otro fondo está en la Brown University en Providence; un conjunto anda perdido por Rusia). El autor, que se ha sumergido físicamente en libros leídos y hasta subrayados y anotados por el propio Hitler -una experiencia inquietante: en uno encontró incluso un pelo de bigote-, explica que éste leía vorazmente, a veces un libro por noche (a Eva Braun le caían broncas cuando interrumpía, aunque fuera en déshabillé; por cierto, parece que había poca pornografía en la biblioteca de Hitler, aunque se menciona un libro sobre el teatro español "con dibujos y fotografías obscenos"). Pero su lectura era superficial y azarosa, en buena parte para alimentar sus mítines, diatribas y peroratas.
En su retiro alpino del Berghof tenía las obras completas de Shakespeare y parece que no leyó sólo El mercader de Venecia, pues hacía citas de Hamlet y, sobre todo, de Julio César -"Nos volveremos a ver en Philipos", espetaba bravucón a sus rivales políticos-.
La aventura de Ryback entre los libros de Hitler arranca con las lecturas de éste en las trincheras durante la guerra del 14 y acaba con el misterio del volumen que tenía en la mesita de su habitación en el Führerbunker de Berlín cuando se suicidó: se conserva una foto, pero no se distingue el título. Entre las obras que sabemos que le acompañaron en sus últimos momentos figuran una historia de la esvástica, un ensayo sobre Parsifal y otro sobre las profecías de Nostradamus. El recorrido de Ryback por los libros significativos de Hitler incluye una traducción de Peer Gynt regalada y dedicada por su siniestro mentor Dietrich Eckart, y Feuer und Blut de Jünger, dedicado en 1926 por el propio autor "al führer nacional Adolf Hitler" -vaya, vaya, Ernst-, y en el que Hitler, que quería escribir sus propias experiencias de combatiente en la I Guerra Mundial, subrayó pormenorizadamente pasajes sobre la guerra y los efectos de la matanza en el espíritu. Pese a lo que hacía creer, Hitler leyó poco a Nietzsche, a Schopenhauer -cuyo nombre escribía mal- o a Fitchte. Lo que Ryback encuentra en el canon hitleriano -los ladrillos fundamentales de su pensamiento filosófico- es una serie de repulsivas obras racistas y unos libros de ocultismo y seudociencia (como Magia: historia, teoría y práctica, de Ernst Schretel, que Hitler subrayó profusamente). En cuanto a los libros militares, Ryback destaca una biografía de Schlieffen, el genio prusiano (es curioso que Hitler subrayase las consideraciones del táctico sobre los peligros para Alemania de luchar en dos frentes), un práctico manual de identificación de tanques y varias obras sobre Federico el Grande, especialmente la biografía de Carlyle.
Hitler, por supuesto, no sólo fue lector, sino también autor. Un capítulo del libro de Ryback está dedicado al Mein Kampf, que inicialmente tenía un título con mucho menos punch: Cuatro años y medio de batalla contra las mentiras, la estupidez y la cobardía; difícil de recordar cuando vas a encargarlo, sobre todo si eres de las SA...
Francis Bacon
Sobre el alma y el cuerpo
FÉLIX DE AZÚA El País, 16/02/2009
El contraste entre la vieja pintura que sólo quería representar el orden del mundo para un puñado de aristócratas e ilustrados capaces de entenderlo, y la actual pintura que más bien da cuenta del orden de un individuo genial enfrentado al desorden del mundo, ha encontrado un ámbito efusivo en el Museo del Prado. La exposición de Francis Bacon es una grata aventura para quien se acerca a ese viejo arte del conocimiento con ánimo de aprender algo nuevo.
Es cierto que Bacon ha sido ya tan estudiado como para que apenas podamos añadir una coma a lo ya sabido. No obstante, volver a constatar la radical expresión de su tragedia personal y cómo logró elevar una vida sórdida al más alto registro de nuestra efímera dignidad, sobrecoge. No podemos dejar de insistir, por ejemplo, en esos rosas pálidos y esos amarillos cenicientos, colores que su esposa Doris lució el día de la boda y que le había rogado a Bacon que eligiera en los almacenes Harrod's de Londres. Es casi mítica la historia de cómo Bacon escapó una hora y cuarto de su agobiante trabajo en la empresa de seguros Lloyd's sin advertir al jefe de personal, para recorrer las ofertas de febrero de los populares almacenes hasta encontrar ese rosa diáfano, ese leve alimonado cristalino, que transformarían a Doris, mujer de complexión fuerte y recias piernas, en la nube de madreperla sobre la que tantas veces habló Bacon en sus entrevistas. A su regreso, el jefe de personal le hizo acudir a su despacho y tras escuchar las explicaciones de Bacon, rebajó la penalización de 30 libras a 12. Bacon ha eternizado esa escena en su serie de "obispos aulladores" con una ternura que invita a llorar.
Sin duda la claustrofobia de su trabajo cotidiano en las pequeñas celdas de la empresa británica (la estudiosa Ingrid G. Laminioni ha demostrado que en el Lloyd's previo a la remodelación de Foster el volumen de cada despacho rebajaba la capacidad respiratoria en casi un 8%) influyó decisivamente en la presencia de líneas clausuradoras, escenografías cerradas y edículos giottescos, que son la marca de agua del artista. Como muestra la mesure-data de Gertrude Katescu, apenas hay imagen encerrada que no se corresponda con el tamaño exacto (a escala) de los despachos de la aseguradora Lloyd's. Es uno de los signos extremos de la convicción ideológica que marcó a Bacon desde niño, cuando vio grupos de empleados con bombín caminando hacia la city y comenzó su rebelión contra el laborismo. Votante del partido conservador durante toda la vida, excepto durante un breve lapso liberal cuando probó sus primeras cervezas, las celdas que encierran sus figuras transmiten un poderoso manifiesto político no menos violento que los frescos de Siqueiros.
Es quizás el regreso una y otra vez del icono del retrete, sin embargo, lo que más ha cautivado a la crítica. Sólo hace 25 años que sabemos la historia que se oculta tras esa imagen turbadora. En un viaje de veraneo a la Costa Brava, Bacon, Doris y los niños fueron a dar a un hotel de Lloret de Mar donde trataron de acomodarse a las tradiciones mediterráneas. Acosados por la agresiva dieta de lechuga y pescado congelado, el matrimonio y los niños sufrieron en silencio la humillación, conscientes de que no estaban en un lugar donde los derechos humanos tuvieran cobertura. Una fatídica noche de julio, los dos niños, Lizbeth y Miles, así como el matrimonio Bacon, sufrieron agudos ataques de diarrea y se vieron obligados a turnarse en el uso del WC. Alertado el personal del hotel y temiendo un escándalo mundial (por entonces Bacon ya gozaba de cierto prestigio), trataron de comprar al matrimonio Bacon con un viaje en autobús hasta el monasterio de Poblet. Cuando Bacon se negó a aceptar el chantaje, los dueños del hotel (y sus empleados, no nos engañemos, porque la sumisión de los trabajadores en aquella parte es absoluta) tuvieron palabras de befa sobre los británicos, el Gobierno de su Majestad e incluso la palidez de los niños ingleses. Una iniquidad que perturbó el ánimo del matrimonio y que a la larga conduciría a la muerte a Doris, cuando un repetido ataque de fiebre intestinal la llevara a la disipación y el colapso. Bacon nunca se repuso de aquella experiencia de totalitarismo mediterráneo y plasmó en negras pinturas las torturas de la familia en la taza del retrete. Se les ve por parejas, en solitario o en masas confusas, agonizando en un mundo insolidario. Arte muy duro, pero sublime.
Entre los más admirables cuadros que se exponen en el Prado se encuentran los retratos de su jefe de personal, malignamente deformado, el patrón del pub donde Bacon daba cuenta del almuerzo cuidadosamente envuelto por Doris en papel Albal (¡ese platino oxidado sólo comparable al de Watteau!) y también los autorretratos en forma de loncha de panceta como homenaje a su padre. En todos ellos se observa el dolor inmenso de un genio que no soporta verse asfixiado por la masa de clase media, con una vida ayuna de todo interés, una sexualidad mediocre, dos niños de escaso talento y una mujer que a duras penas comprendía los titulares del News of the World. Son pinturas que encogen el ánimo y nos asoman a uno de los abismos más oscuros del arte del siglo XX. Ahí está la Verdad, sin embargo.
Para nuestro escándalo, todo esto es reciente. Durante años y siguiendo las enseñanzas de las vanguardias europeas, tan arteramente defendidas por Greenberg en los EE UU, la vida del artista era un elemento despreciable para el análisis de la obra. O bien ésta se sostenía por sí misma, o bien se trataba de un fenómeno pasajero ligado a la insignificante vida de un ciudadano. Un átomo en la inmensidad del universo. Lo cierto es que la obra de arte debía de ser autónoma y soberana: ningún mortal podía aspirar a ser su fundamento. Y eso es consecuente con una concepción del arte, no como producto humano, sino como producto de la historia, del zeitgeist, el alma del mundo, la forma sensible del momento histórico-social. O bien la obra de arte encarnaba contenidos que pertenecían a la sociedad como ser viviente (en concurso con el magisterio de Karl Marx, el gran experto en arte africano), o bien eran un mero capricho personal, algo así como una serie de ilustraciones tomadas del fichero de Freud. Si la obra de arte podía ser interpretada a partir de la vida del artista, entonces, decían, el valor de un Picasso o de un Bacon dependerá del valor de ese átomo vital. Lo cual conducía a la paradoja de que un garabato trazado por alguien con una experiencia vital suprema podía defenderse frente a los productos de un artista de vida estúpida. Por fortuna, este tipo de sofísticas teorías está en total descrédito. El artista vuelve a ser el fundamento de la obra y eso nos ha permitido clarificar un sinnúmero de piezas clásicas que habían sido muy mal comprendidas.
Concluyo con uno de los últimos casos, pero uno de los más chocantes. Cuando Carmen B. Palomares descubrió el acta de nacimiento de Diego Velázquez en un archivo de la villa D'O Bonzo y constató con perplejidad que había sido inscrito como Isabel Velázquez, no daba crédito a sus ojos. Una exhaustiva investigación posterior en obispados, hospitales y cárceles portuguesas constató que Velázquez era una chica, que nunca aceptó su identidad sexual, que desde la adolescencia usaba bigote de guías subidas (pegado con resina de pino), que tuvo altercados constantes con el párroco de D'O Bonzo hasta que éste la puso en manos del guardia municipal. Su huida de la ergástula, su aparición en Sevilla ya muy maquillado (aunque nunca pudo disimular las caderas, harto abultadas incluso para un pintor), su vida posterior con matrimonio de provecho incluido, todo hasta el célebre episodio en que el rey le pinta la cruz en la solapilla (una evidente deconstrucción del bigote), son cosas que sólo se han sabido en los últimos 50 años. Desde entonces la obra de Velázquez y sobre todo la célebre Venus del espejo, en el cual se refleja el rostro sin afeites del pintor, han sufrido un verdadero cataclismo. El mismo que usted puede ahora constatar en la exposición Bacon.
FÉLIX DE AZÚA El País, 16/02/2009
El contraste entre la vieja pintura que sólo quería representar el orden del mundo para un puñado de aristócratas e ilustrados capaces de entenderlo, y la actual pintura que más bien da cuenta del orden de un individuo genial enfrentado al desorden del mundo, ha encontrado un ámbito efusivo en el Museo del Prado. La exposición de Francis Bacon es una grata aventura para quien se acerca a ese viejo arte del conocimiento con ánimo de aprender algo nuevo.
Es cierto que Bacon ha sido ya tan estudiado como para que apenas podamos añadir una coma a lo ya sabido. No obstante, volver a constatar la radical expresión de su tragedia personal y cómo logró elevar una vida sórdida al más alto registro de nuestra efímera dignidad, sobrecoge. No podemos dejar de insistir, por ejemplo, en esos rosas pálidos y esos amarillos cenicientos, colores que su esposa Doris lució el día de la boda y que le había rogado a Bacon que eligiera en los almacenes Harrod's de Londres. Es casi mítica la historia de cómo Bacon escapó una hora y cuarto de su agobiante trabajo en la empresa de seguros Lloyd's sin advertir al jefe de personal, para recorrer las ofertas de febrero de los populares almacenes hasta encontrar ese rosa diáfano, ese leve alimonado cristalino, que transformarían a Doris, mujer de complexión fuerte y recias piernas, en la nube de madreperla sobre la que tantas veces habló Bacon en sus entrevistas. A su regreso, el jefe de personal le hizo acudir a su despacho y tras escuchar las explicaciones de Bacon, rebajó la penalización de 30 libras a 12. Bacon ha eternizado esa escena en su serie de "obispos aulladores" con una ternura que invita a llorar.
Sin duda la claustrofobia de su trabajo cotidiano en las pequeñas celdas de la empresa británica (la estudiosa Ingrid G. Laminioni ha demostrado que en el Lloyd's previo a la remodelación de Foster el volumen de cada despacho rebajaba la capacidad respiratoria en casi un 8%) influyó decisivamente en la presencia de líneas clausuradoras, escenografías cerradas y edículos giottescos, que son la marca de agua del artista. Como muestra la mesure-data de Gertrude Katescu, apenas hay imagen encerrada que no se corresponda con el tamaño exacto (a escala) de los despachos de la aseguradora Lloyd's. Es uno de los signos extremos de la convicción ideológica que marcó a Bacon desde niño, cuando vio grupos de empleados con bombín caminando hacia la city y comenzó su rebelión contra el laborismo. Votante del partido conservador durante toda la vida, excepto durante un breve lapso liberal cuando probó sus primeras cervezas, las celdas que encierran sus figuras transmiten un poderoso manifiesto político no menos violento que los frescos de Siqueiros.
Es quizás el regreso una y otra vez del icono del retrete, sin embargo, lo que más ha cautivado a la crítica. Sólo hace 25 años que sabemos la historia que se oculta tras esa imagen turbadora. En un viaje de veraneo a la Costa Brava, Bacon, Doris y los niños fueron a dar a un hotel de Lloret de Mar donde trataron de acomodarse a las tradiciones mediterráneas. Acosados por la agresiva dieta de lechuga y pescado congelado, el matrimonio y los niños sufrieron en silencio la humillación, conscientes de que no estaban en un lugar donde los derechos humanos tuvieran cobertura. Una fatídica noche de julio, los dos niños, Lizbeth y Miles, así como el matrimonio Bacon, sufrieron agudos ataques de diarrea y se vieron obligados a turnarse en el uso del WC. Alertado el personal del hotel y temiendo un escándalo mundial (por entonces Bacon ya gozaba de cierto prestigio), trataron de comprar al matrimonio Bacon con un viaje en autobús hasta el monasterio de Poblet. Cuando Bacon se negó a aceptar el chantaje, los dueños del hotel (y sus empleados, no nos engañemos, porque la sumisión de los trabajadores en aquella parte es absoluta) tuvieron palabras de befa sobre los británicos, el Gobierno de su Majestad e incluso la palidez de los niños ingleses. Una iniquidad que perturbó el ánimo del matrimonio y que a la larga conduciría a la muerte a Doris, cuando un repetido ataque de fiebre intestinal la llevara a la disipación y el colapso. Bacon nunca se repuso de aquella experiencia de totalitarismo mediterráneo y plasmó en negras pinturas las torturas de la familia en la taza del retrete. Se les ve por parejas, en solitario o en masas confusas, agonizando en un mundo insolidario. Arte muy duro, pero sublime.
Entre los más admirables cuadros que se exponen en el Prado se encuentran los retratos de su jefe de personal, malignamente deformado, el patrón del pub donde Bacon daba cuenta del almuerzo cuidadosamente envuelto por Doris en papel Albal (¡ese platino oxidado sólo comparable al de Watteau!) y también los autorretratos en forma de loncha de panceta como homenaje a su padre. En todos ellos se observa el dolor inmenso de un genio que no soporta verse asfixiado por la masa de clase media, con una vida ayuna de todo interés, una sexualidad mediocre, dos niños de escaso talento y una mujer que a duras penas comprendía los titulares del News of the World. Son pinturas que encogen el ánimo y nos asoman a uno de los abismos más oscuros del arte del siglo XX. Ahí está la Verdad, sin embargo.
Para nuestro escándalo, todo esto es reciente. Durante años y siguiendo las enseñanzas de las vanguardias europeas, tan arteramente defendidas por Greenberg en los EE UU, la vida del artista era un elemento despreciable para el análisis de la obra. O bien ésta se sostenía por sí misma, o bien se trataba de un fenómeno pasajero ligado a la insignificante vida de un ciudadano. Un átomo en la inmensidad del universo. Lo cierto es que la obra de arte debía de ser autónoma y soberana: ningún mortal podía aspirar a ser su fundamento. Y eso es consecuente con una concepción del arte, no como producto humano, sino como producto de la historia, del zeitgeist, el alma del mundo, la forma sensible del momento histórico-social. O bien la obra de arte encarnaba contenidos que pertenecían a la sociedad como ser viviente (en concurso con el magisterio de Karl Marx, el gran experto en arte africano), o bien eran un mero capricho personal, algo así como una serie de ilustraciones tomadas del fichero de Freud. Si la obra de arte podía ser interpretada a partir de la vida del artista, entonces, decían, el valor de un Picasso o de un Bacon dependerá del valor de ese átomo vital. Lo cual conducía a la paradoja de que un garabato trazado por alguien con una experiencia vital suprema podía defenderse frente a los productos de un artista de vida estúpida. Por fortuna, este tipo de sofísticas teorías está en total descrédito. El artista vuelve a ser el fundamento de la obra y eso nos ha permitido clarificar un sinnúmero de piezas clásicas que habían sido muy mal comprendidas.
Concluyo con uno de los últimos casos, pero uno de los más chocantes. Cuando Carmen B. Palomares descubrió el acta de nacimiento de Diego Velázquez en un archivo de la villa D'O Bonzo y constató con perplejidad que había sido inscrito como Isabel Velázquez, no daba crédito a sus ojos. Una exhaustiva investigación posterior en obispados, hospitales y cárceles portuguesas constató que Velázquez era una chica, que nunca aceptó su identidad sexual, que desde la adolescencia usaba bigote de guías subidas (pegado con resina de pino), que tuvo altercados constantes con el párroco de D'O Bonzo hasta que éste la puso en manos del guardia municipal. Su huida de la ergástula, su aparición en Sevilla ya muy maquillado (aunque nunca pudo disimular las caderas, harto abultadas incluso para un pintor), su vida posterior con matrimonio de provecho incluido, todo hasta el célebre episodio en que el rey le pinta la cruz en la solapilla (una evidente deconstrucción del bigote), son cosas que sólo se han sabido en los últimos 50 años. Desde entonces la obra de Velázquez y sobre todo la célebre Venus del espejo, en el cual se refleja el rostro sin afeites del pintor, han sufrido un verdadero cataclismo. El mismo que usted puede ahora constatar en la exposición Bacon.
Las peores cárceles
Francia: La Santé
Construida en 1867, es la única cárcel que queda en París. El poeta surrealista Gillaume Apollinaire y el asesino Carlos El Chacal pasaron por las celdas de esta prisión, que años atrás ha llegado a albergar 1.800 detenidos, la mayoría de ellos extranjeros, en un recinto concebido para 1.200. El hacinamiento, las plagas de ratas, los colchones infestados de piojos y las múltiples violaciones fueron denunciadas en 2000 por la jefa de cirugía del centro, Véronique Vasseur, que escribió un libro en el que relataba las condiciones en las que vivía la población carcelaria de La Santé. Hoy en día, la situación no ha cambiado demasiado, según condenó en 2008 el Comité de Derechos Humanos de la ONU.
Guinea Ecuatorial: Black Beach
Como "una sentencia de muerte lenta y prolongada" describió Amnistía Internacional esta prisión africana. Las torturas, las palizas y las violaciones e incluso las muertes por inanición -los presos pueden llegar a estar hasta seis días sin comer- son habituales en Black Beach. Según un informe de Amnistía Internacional, los reclusos dependen de los alimentos que les llevan sus familias pero los extranjeros y la mayoría de presos políticos no tienen parientes en Malabo, donde se encuentra la prisión, por lo que deben acogerse a la benevolencia de los soldados que vigilan el centro.
Rusia: Prisión Central de Vladimir:
Catalina la Grande ordenó su construcción para encerrar a presos políticos aunque en la actualidad alberga a delincuentes violentos. Entre sus presos más célebres figuran el hijo de Stalin, Vasily Dzhugashvili, el disidente Natan Sharansky y Francis Gary Powers, el piloto del U-2 estadounidense derribado en 1963. Aunque el centro está abierto a los visitantes, las condiciones no han mejorado. El hacinamiento y los abusos son continuos entre los presos. Muchos de ellos están enfermos de sida y tuberculosis.
Israel: Campo 1391
Hay quien lo califica como el "Guantánamo israelí" aunque a diferencia del centro de detención de EE UU, el Campo 1391 se encuentra en territorio nacional, a una hora de Tel Aviv. Oficialmente no existe pero un historiador israelí lo descubrió cuando estudiaba unos mapas para escribir un artículo. La Cruz Roja no puede entrar y los encarcelados no saben cuándo serán liberados. Según han relatado los ex prisioneros, en su mayoría musulmanes, las humillaciones sexuales y las violaciones se utilizan como técnicas de interrogación.
Corea del Norte: Haengyong
Más de 200.000 personas viven presas en la dictadura de Kim Jon II. Una de sus cárceles, la Haengyong, ocupa una superficie mayor que la del distrito de Columbia (Estados Unidos) y alberga más de 50.000 internos, incluidas familias enteras, que son encarceladas por una falta cometida por alguno de sus miembros. Casi todo lo que se sabe de estos campos, situados en la frontera con China y Rusia, procede de desertores como Shin, la única persona que pudo escapar del Campo Nº 14. Nació allí en 1982 y vio cómo ejecutaban a sus padres cuando él intentaba huir.
Construida en 1867, es la única cárcel que queda en París. El poeta surrealista Gillaume Apollinaire y el asesino Carlos El Chacal pasaron por las celdas de esta prisión, que años atrás ha llegado a albergar 1.800 detenidos, la mayoría de ellos extranjeros, en un recinto concebido para 1.200. El hacinamiento, las plagas de ratas, los colchones infestados de piojos y las múltiples violaciones fueron denunciadas en 2000 por la jefa de cirugía del centro, Véronique Vasseur, que escribió un libro en el que relataba las condiciones en las que vivía la población carcelaria de La Santé. Hoy en día, la situación no ha cambiado demasiado, según condenó en 2008 el Comité de Derechos Humanos de la ONU.
Guinea Ecuatorial: Black Beach
Como "una sentencia de muerte lenta y prolongada" describió Amnistía Internacional esta prisión africana. Las torturas, las palizas y las violaciones e incluso las muertes por inanición -los presos pueden llegar a estar hasta seis días sin comer- son habituales en Black Beach. Según un informe de Amnistía Internacional, los reclusos dependen de los alimentos que les llevan sus familias pero los extranjeros y la mayoría de presos políticos no tienen parientes en Malabo, donde se encuentra la prisión, por lo que deben acogerse a la benevolencia de los soldados que vigilan el centro.
Rusia: Prisión Central de Vladimir:
Catalina la Grande ordenó su construcción para encerrar a presos políticos aunque en la actualidad alberga a delincuentes violentos. Entre sus presos más célebres figuran el hijo de Stalin, Vasily Dzhugashvili, el disidente Natan Sharansky y Francis Gary Powers, el piloto del U-2 estadounidense derribado en 1963. Aunque el centro está abierto a los visitantes, las condiciones no han mejorado. El hacinamiento y los abusos son continuos entre los presos. Muchos de ellos están enfermos de sida y tuberculosis.
Israel: Campo 1391
Hay quien lo califica como el "Guantánamo israelí" aunque a diferencia del centro de detención de EE UU, el Campo 1391 se encuentra en territorio nacional, a una hora de Tel Aviv. Oficialmente no existe pero un historiador israelí lo descubrió cuando estudiaba unos mapas para escribir un artículo. La Cruz Roja no puede entrar y los encarcelados no saben cuándo serán liberados. Según han relatado los ex prisioneros, en su mayoría musulmanes, las humillaciones sexuales y las violaciones se utilizan como técnicas de interrogación.
Corea del Norte: Haengyong
Más de 200.000 personas viven presas en la dictadura de Kim Jon II. Una de sus cárceles, la Haengyong, ocupa una superficie mayor que la del distrito de Columbia (Estados Unidos) y alberga más de 50.000 internos, incluidas familias enteras, que son encarceladas por una falta cometida por alguno de sus miembros. Casi todo lo que se sabe de estos campos, situados en la frontera con China y Rusia, procede de desertores como Shin, la única persona que pudo escapar del Campo Nº 14. Nació allí en 1982 y vio cómo ejecutaban a sus padres cuando él intentaba huir.
domingo, 15 de febrero de 2009
Últimas noticias sobre los comienzos de todo.
Es la última teoría en Cosmología, la Teoría M. Nuestro universo, este, se creó cuando dos universos paralelos chocaron en el Multiverso. Me preguntaréis qué es el multiverso; pues, según la teoría de los superfilamentos o supercuerdas, una espuma llena de vacíos y pompas de materia de once dimensiones, siete de ellas microscópicas, o una especie de migajón grande o pan bimbo de universos hechos de branas tensas y onduladas. Cada universo tiene una constitución diferente, unos son propicios a la vida y otros no, según su proporción de micropartículas, y conviven empujándose, acercándose o alejándose unos de otros. Y eso es todo. Parece ser que Dios es una esponja.
Jude, el obscuro
Odio y amo a Thomas Hardy. Sus sórdidas novelas siempre conceden la alegría justo antes de la peor de las hecatombes, de forma que te dejan con el ánimo, no ya por los suelos, sino ahogado en un pozo, de donde no lo puedes sacar. Con la adaptación cinematográfica de su Jude el obscuro, (1996) que acabo de ver, me ocurre eso también, como con su Tess d'Uberville, e incluso más. Está bien interpretada por Christopher Eccleston, (Jude Fawley), Kate Winslet, (su prima Sue Brideshead), Liam Cunningham (Philotson) y Rachel Griffiths como Arabella, y dirigida por el británico Michael Winterbottom, quien la ilustra con la excelente vulgaridad del guion y unas paredes de una grisura, más que deprimente, funeral, con ventanas que cubren sus vergüenzas de vidrio roto con papeles de periódico y con el racial ambiente británico a humedad, cera, quinqué, carcoma y fruta rancia. Por eso ver a Kate Winslet en pelotas integrales en ese marco más encoge que estimula.
Víctimas de dos matrimonios precipitados, los pobres protagonistas, amantes de la cultura, intentan solucionar como pueden sus vidas, cometiendo errores, siendo marginados una y otra vez por la hipocresía social y yendo cada vez a peor hasta la tremenda muerte de sus hijos. La desesperanza y el ateísmo de Hardy aparece aquí en su plenitud. Hay elementos autobiográficos en Jude, como esa vocación de cantero restaurador de iglesias y artista lapidario que se empeña en contradecir leyendo latín y aprendiéndose el credo de memoria. Sue parece ser que fue una novia suya. En cuanto a la acogida de la novela, fue tan negra que el pobre Hardy dejó para siempre la narrativa y se entregó otra vez a la poesía.
Víctimas de dos matrimonios precipitados, los pobres protagonistas, amantes de la cultura, intentan solucionar como pueden sus vidas, cometiendo errores, siendo marginados una y otra vez por la hipocresía social y yendo cada vez a peor hasta la tremenda muerte de sus hijos. La desesperanza y el ateísmo de Hardy aparece aquí en su plenitud. Hay elementos autobiográficos en Jude, como esa vocación de cantero restaurador de iglesias y artista lapidario que se empeña en contradecir leyendo latín y aprendiéndose el credo de memoria. Sue parece ser que fue una novia suya. En cuanto a la acogida de la novela, fue tan negra que el pobre Hardy dejó para siempre la narrativa y se entregó otra vez a la poesía.
Materia oscura, 2007. Una película sobre el no futuro.
Liu Ye, como el joven estudiante de cosmología Liu Xing, Meryl Streep, como la presidenta de la asociación de intercambio americanochina y Aidan Quinn como profesor Reiser son los principales protagonistas de Dark matter, (Materia oscura) un drama basado en unos trágicos hechos reales habidos en la Universidad de Iowa, en que un prometedor estudiante chino asesinó a seis personas y se suicidó en 1991, tras ser oprimido por las instituciones académicas y sociales de América. La película, realista, es la primera de Chen Shi-Zheng, y mezcla partes en chino mandarín con otras en inglés. El guion es también del novel Billy Shebar. Todo gira en torno a Liu Xing, un prometedor estudiante de ciencias chino que proviene de una pobre familia y que llega al departamento de Cosmología de la Universidad de Iowa en un programa de intercambio. Pero como sus teorías se oponen a las del catedrático, Reiser, este echa abajo su tesis y el pobre muchacho ya no podrá enviar dinero a sus padres en China y tendrá que dedicarse a vender productos de belleza. Con sus sueños hechos polvo, pierde la cabeza y asesina a Reiser, a un estudiante servil y a otras personas y se suicida. Sus ambiciones de lograr el Premio Nobel con sus estudios sobre la materia oscura se ven frustradas por la política de la universidad americana donde reside.
Es la primera vez que se hace una película tratando una cuestión así y se hace tratando el escabroso asunto desde un punto de vista psicológico y humano; el pobre muchacho es también una víctima. Liu Xing llega a América con grandes sueños, demasiado ambiciosos a los ojos de su mentor el profesor Reiser (Aidan Quinn). Su trasfondo es muy fuerte y el final inesperado da qué pensar a mas de uno. La película se divide en cinco partes representadas por los cinco elementos arquetípicos chinos: la tierra, la madera, el metal, el agua y el fuego, que son representaciones humanas para comprender las fuerzas fundamentales de la naturaleza y para poder construir un discurso sobre ella. Describen el proceso interior del protagonista desde su origen y cómo es poseído por unas fuerzas oscuras morales y sociales que le hacen perder el control y cometer unos crímenes que tienen su explicación (insinuada en la película, pero no explicada), aunque no son justificables en absoluto. Esa explicación es la materia oscura de que se habla. Su director, Shi-Zheng Chen, mezcla estos elementos de lo que está hecho el Cosmos, para explicar las fases por las que pasa el protagonista, que a su vez intenta desarrollar matemáticamente un modelo que de algo de luz sobre la materia oscura, esta incognita de la Física que se esconde como un fantasma a nuestros ojos.
No es una película de acción exterior y a veces es un poco lenta, pero la rareza que le brinda su punto de vista oriental y sus minutos finales son lo que más importa de ella, así como el pensamiento desasosegador y poco complaciente a que da lugar, con un estudiante brillante que ve frustrado su futuro y el de su familia porque le cierran las puertas y no le dejan una salida y ni siquiera la oportunidad prometida; todos lo traicionan, lo dejan sólo. Morir matando no es nuevo, ocurre con relativa frecuencia en todas partes y se denomina desesperación.
Es la primera vez que se hace una película tratando una cuestión así y se hace tratando el escabroso asunto desde un punto de vista psicológico y humano; el pobre muchacho es también una víctima. Liu Xing llega a América con grandes sueños, demasiado ambiciosos a los ojos de su mentor el profesor Reiser (Aidan Quinn). Su trasfondo es muy fuerte y el final inesperado da qué pensar a mas de uno. La película se divide en cinco partes representadas por los cinco elementos arquetípicos chinos: la tierra, la madera, el metal, el agua y el fuego, que son representaciones humanas para comprender las fuerzas fundamentales de la naturaleza y para poder construir un discurso sobre ella. Describen el proceso interior del protagonista desde su origen y cómo es poseído por unas fuerzas oscuras morales y sociales que le hacen perder el control y cometer unos crímenes que tienen su explicación (insinuada en la película, pero no explicada), aunque no son justificables en absoluto. Esa explicación es la materia oscura de que se habla. Su director, Shi-Zheng Chen, mezcla estos elementos de lo que está hecho el Cosmos, para explicar las fases por las que pasa el protagonista, que a su vez intenta desarrollar matemáticamente un modelo que de algo de luz sobre la materia oscura, esta incognita de la Física que se esconde como un fantasma a nuestros ojos.
No es una película de acción exterior y a veces es un poco lenta, pero la rareza que le brinda su punto de vista oriental y sus minutos finales son lo que más importa de ella, así como el pensamiento desasosegador y poco complaciente a que da lugar, con un estudiante brillante que ve frustrado su futuro y el de su familia porque le cierran las puertas y no le dejan una salida y ni siquiera la oportunidad prometida; todos lo traicionan, lo dejan sólo. Morir matando no es nuevo, ocurre con relativa frecuencia en todas partes y se denomina desesperación.
Ensayo general, drama pasoliniano de Francisco Chaves Guzmán
Acabo de leer ENSAYO GENERAL, una pieza teatral impresa y compuesta por el amigo Paco Chaves y llevada al cine por el amigo José Luis Margotón. Me ha encantado; es una lástima que no pudiera ver la película entera, que se presentará en la Tetería Pachamama el 17 de febrero de 2009 a las 20,30 horas, en el Callejón de los Huertos 1; yo introduciré al autor brevemente entonces y ahora.
El texto está bien escrito, como acostumbra Chaves: posee su voz, su imaginería, su pensamiento casi al completo. Podría reconstruirse a todo Francisco Chaves por esta obra esencial, que en el fondo es un auto antisacramental; es una pena que le persigan, o lo que es peor, que le ignoren y ninguneen con tanta saña los poderes fácticos de la incultura manchurriega, y que hayan expulsado de la edición en la Biblioteca de Autores Manchegos a su magnífico libro de entrevistas a personajes literarios. Ellos se lo pierden, con su pan se lo coman y allá se lo hayan: así padecen la fama que arrastran. Aunque el autor lo adscribe al llamado Teatro de la Palabra de Pier Paolo Pasolini y Thomas Bernhard, y algo posee de estos autores, en especial del primero, que conoce muy bien; la verdad es que más bien pertenece al Simbolismo, que es una de las últimas corrientes de estos años, con elementos de distanciamiento brechtiano. El teatro simbolista sigue la línea de Valle-Inclán, Strindberg o lbsen y aúna eclécticamente influencias muy diversas, desde Brecht hasta el teatro del absurdo, y en el caso de Chaves el teatro de la palabra pasoliniano; su denominador común, frente al teatro de tipo realista, es carecer de referencias temporales, aunque pueda reflejar anecdóticamente una situación histórica concreta. En él se encuentran notables aportaciones a la experimentación lingüística, como en las piezas de Luis Riaza o Miguel Romero Esteo, y sobre todo a la experimentación escénica, como en El hombre y la mosca, de José Ruibal. Los simbolistas hicieron una llamada a la "desteatralización" del teatro, que se traducía en desnudar el teatro de todas sus trabas tecnológicas y escénicas del siglo XIX, sustituyéndolas por la espiritualidad o pensamiento que debía provenir del texto y la interpretación. Los textos estaban cargados de una simbología de difícil asimilación, más que de sugerencias. El ritmo de las obras era en general lento y semejante a un sueño. Algunas veces se alimentaba por dentro de la tradición autóctona de tragedia grotesca (Arniches) y sobre todo de la distorsión esperpéntica y farsesca de Valle-Inclán: pero es una poética del teatro total con elementos absurdistas, esperpénticos y farsescos, utilizando un medio de expresión caracterizado por la tendencia hacia lo simbólico y lo alegórico, con lo que no siempre se escapa al peligro del hermetismo, la ambigüedad y la abstracción.
Al Teatro simbolista español de Postguerra, Teatro desvinculado, Teatro underground, o Nuevo teatro español pertenecen Paco Chaves y, aparte de los citados, José María Bellido, Luis Matilla, Antonio Martínez Ballesteros, Eduardo Quiles, Jerónimo López Mozo, Manuel Martínez Mediero, Ángel García Pintado, José Antonio Castro y los catalanes Manuel de Pedrolo, Josep Benet i Joanet y Jordi Teixidor. Excluyo aquí deliberadamente a los más famosos, como los manchegos Francisco Nieva y Domingo Miras, o a Alberto Miralles. Se trata de un teatro que no existe para el público español mayoritario y sus obras sólo han visto la luz publicadas en textos de corta tirada y circulación restringida, sin llegar casi nunca a ser representadas en un escenario. Este desconocmiento se debe a la situación general del teatro español, que ya apuntaba el crítico George E. Wellwart, principal editor y estudioso de estos dramaturgos en Nueva York, autor de Spanish underground drama (1972): en España existe una especie de censura económica y falta de salas apropiadas para representar este tipo de teatro de corte intelectual y minoritario como los llamados off-Broadway en Nueva York; además está la actitud de directores, empresarios y actores que no entienden este teatro o no quieren arriesgarse con él, la política de subvenciones estatales orientada fundamentalmente hacia la recuperación de los autores cIásicos y, último pero no lo último, la inexistencia de críticos capaces de valorar lo que este teatro representa. La estrechez de miras, la ignorancia y la general falta de interés por su entorno y de inteligencia por parte de estos denigra, o lo que es peor, ignora simplemente este teatro simbolista que se dirige a un público más formado que el normalmente publicitado.
La pieza, interrumpida por siete intermedios metateatrales entre autor y espectador y un epílogo, describe la involución y muerte de un pelele de identidad unidimensional a manos de sus prejuicios. Resuena como fondo la metáfora del límite en forma de cárcel, que otros poetas a lo largo de la historia han querido ver también como río, desierto, muro o escalera, separando civilización y barbarie, sociedad y naturaleza, y que nos parte a nosotros mismos en dos mitades por un cinturón. Esa falsa simetría que descoyunta al hombre, lo paraliza y lo divide hipócritamente en dos en sentido social, moral, sexual incluso, es lo que ataca primordialmente Francisco Chaves en un drama ideológico y poético, de no escasa carga sociológica, que no en vano se titula "ensayo". La angustia reprime la vida, la transforma en un simulacro, en un espejo. La curiosidad, la inteligencia, nos conduce hasta donde se pierden las formas de la identidad y aparece el miedo; entonces tenemos que imaginar una cárcel. El fondo ideológico es el de Erich Fromm.
El texto está bien escrito, como acostumbra Chaves: posee su voz, su imaginería, su pensamiento casi al completo. Podría reconstruirse a todo Francisco Chaves por esta obra esencial, que en el fondo es un auto antisacramental; es una pena que le persigan, o lo que es peor, que le ignoren y ninguneen con tanta saña los poderes fácticos de la incultura manchurriega, y que hayan expulsado de la edición en la Biblioteca de Autores Manchegos a su magnífico libro de entrevistas a personajes literarios. Ellos se lo pierden, con su pan se lo coman y allá se lo hayan: así padecen la fama que arrastran. Aunque el autor lo adscribe al llamado Teatro de la Palabra de Pier Paolo Pasolini y Thomas Bernhard, y algo posee de estos autores, en especial del primero, que conoce muy bien; la verdad es que más bien pertenece al Simbolismo, que es una de las últimas corrientes de estos años, con elementos de distanciamiento brechtiano. El teatro simbolista sigue la línea de Valle-Inclán, Strindberg o lbsen y aúna eclécticamente influencias muy diversas, desde Brecht hasta el teatro del absurdo, y en el caso de Chaves el teatro de la palabra pasoliniano; su denominador común, frente al teatro de tipo realista, es carecer de referencias temporales, aunque pueda reflejar anecdóticamente una situación histórica concreta. En él se encuentran notables aportaciones a la experimentación lingüística, como en las piezas de Luis Riaza o Miguel Romero Esteo, y sobre todo a la experimentación escénica, como en El hombre y la mosca, de José Ruibal. Los simbolistas hicieron una llamada a la "desteatralización" del teatro, que se traducía en desnudar el teatro de todas sus trabas tecnológicas y escénicas del siglo XIX, sustituyéndolas por la espiritualidad o pensamiento que debía provenir del texto y la interpretación. Los textos estaban cargados de una simbología de difícil asimilación, más que de sugerencias. El ritmo de las obras era en general lento y semejante a un sueño. Algunas veces se alimentaba por dentro de la tradición autóctona de tragedia grotesca (Arniches) y sobre todo de la distorsión esperpéntica y farsesca de Valle-Inclán: pero es una poética del teatro total con elementos absurdistas, esperpénticos y farsescos, utilizando un medio de expresión caracterizado por la tendencia hacia lo simbólico y lo alegórico, con lo que no siempre se escapa al peligro del hermetismo, la ambigüedad y la abstracción.
Al Teatro simbolista español de Postguerra, Teatro desvinculado, Teatro underground, o Nuevo teatro español pertenecen Paco Chaves y, aparte de los citados, José María Bellido, Luis Matilla, Antonio Martínez Ballesteros, Eduardo Quiles, Jerónimo López Mozo, Manuel Martínez Mediero, Ángel García Pintado, José Antonio Castro y los catalanes Manuel de Pedrolo, Josep Benet i Joanet y Jordi Teixidor. Excluyo aquí deliberadamente a los más famosos, como los manchegos Francisco Nieva y Domingo Miras, o a Alberto Miralles. Se trata de un teatro que no existe para el público español mayoritario y sus obras sólo han visto la luz publicadas en textos de corta tirada y circulación restringida, sin llegar casi nunca a ser representadas en un escenario. Este desconocmiento se debe a la situación general del teatro español, que ya apuntaba el crítico George E. Wellwart, principal editor y estudioso de estos dramaturgos en Nueva York, autor de Spanish underground drama (1972): en España existe una especie de censura económica y falta de salas apropiadas para representar este tipo de teatro de corte intelectual y minoritario como los llamados off-Broadway en Nueva York; además está la actitud de directores, empresarios y actores que no entienden este teatro o no quieren arriesgarse con él, la política de subvenciones estatales orientada fundamentalmente hacia la recuperación de los autores cIásicos y, último pero no lo último, la inexistencia de críticos capaces de valorar lo que este teatro representa. La estrechez de miras, la ignorancia y la general falta de interés por su entorno y de inteligencia por parte de estos denigra, o lo que es peor, ignora simplemente este teatro simbolista que se dirige a un público más formado que el normalmente publicitado.
La pieza, interrumpida por siete intermedios metateatrales entre autor y espectador y un epílogo, describe la involución y muerte de un pelele de identidad unidimensional a manos de sus prejuicios. Resuena como fondo la metáfora del límite en forma de cárcel, que otros poetas a lo largo de la historia han querido ver también como río, desierto, muro o escalera, separando civilización y barbarie, sociedad y naturaleza, y que nos parte a nosotros mismos en dos mitades por un cinturón. Esa falsa simetría que descoyunta al hombre, lo paraliza y lo divide hipócritamente en dos en sentido social, moral, sexual incluso, es lo que ataca primordialmente Francisco Chaves en un drama ideológico y poético, de no escasa carga sociológica, que no en vano se titula "ensayo". La angustia reprime la vida, la transforma en un simulacro, en un espejo. La curiosidad, la inteligencia, nos conduce hasta donde se pierden las formas de la identidad y aparece el miedo; entonces tenemos que imaginar una cárcel. El fondo ideológico es el de Erich Fromm.
sábado, 14 de febrero de 2009
Las mejores comedias
Pongo aquí solamente las que me han hecho reír de verdad o me han causado eso tan extraño que es el regocijo; son las siguientes: Con faldas y a lo loco, La vida de Brian, Poderosa Afrodita, Película muda de Mel Brooks, Una noche en la Ópera, Sopa de ganso, MASH, La fiera de mi niña, Amelie, El maquinista de la general, Atrapado en el tiempo, La vida es bella, Clerks, Noche en la tierra, Amarcord, El hombre mosca de Harold Lloyd, Tiempos modernos, Luna nueva, 1940, Uno dos tres, Qué me pasa, doctor, Mejor imposible, Los increíbles, El hombre tranquilo y Aterriza como puedas. ¿Españolas? Pues sí, las hay, y muy buenas: Ópera prima, El efecto mariposa, La niña de tus ojos, Qué he hecho yo para merecer esto.
Ay, Poderosa Afrodita
En el día de los enamorados no hay nada mejor que esta película, Poderosa Afrodita, que es la mejor sin duda alguna de Woody Allen, donde relucen todas sus cualidades y ninguno de sus defectos. El relumbrón de su inteligencia cómica llega al genio como guionista, director y actor, y Mira Sorvino está inconmensurable y como un pan; uno se troncha, se despepita, se monda como una patata viendo como le pasa la mano por el cuello y la calva al apocado Woody; es más, incluso el doblaje por una vez mejora la película. Esos adivinos y dioses griegos que representan nuestras pasiones y esos personajes jugando a serlo son geniales, así como el papel de coro y corifeo y su intromisión en el argumento. Resucita el poder de la comedia para gratificar con el mundo y devolverle su gracia. No sin razón decía el gran actor: "Morirse es fácil, la comedia es lo difícil". Allen consigue una pareja de personajes dignos de las comedias de Billy Wilder, de manera tal que es imposible no recuperar la sonrisa cuando tienes un día tonto. Por eso ha pasado a la lista de los clásicos eternos.
viernes, 13 de febrero de 2009
Poemas sin terminar
Por ahí tengo algunos poemas sin terminar. La inspiración se agotó a medias o alguien me interrumpió en plena faena y ya no la pude recuperar. Otros me parecieron demasiado enajenados, como escritos por alguien que no era yo, sino un demonio que escribía por mí. O sencillamente comenzaron tan fuerte que no hallé manera de concluir. Algunos están terminados y ya no me acordaba de ellos. Para mi libro inconcluso sobre cine tengo algunos poemas, como este:
La versión Browning
Con el tiempo he venido segregando
un gran caparazón. Soy un molusco
cubierto de los libros que me busco
por no rozar lo que me va pasando.
Sin vivir vivo en mí y me está matando
esta encuadernación en que me ofusco;
cosido tengo el lomo a pincho brusco
y se va mi conciencia apolillando.
Comiendo letra impresa me voy viendo
la vida en versión Browning, y la noche
poco a poco me está cerrando un broche
de joya cuyo brillo está mintiendo.
Se pasará la página, y veremos
que no todo está escrito aunque no estemos.
La versión Browning
Con el tiempo he venido segregando
un gran caparazón. Soy un molusco
cubierto de los libros que me busco
por no rozar lo que me va pasando.
Sin vivir vivo en mí y me está matando
esta encuadernación en que me ofusco;
cosido tengo el lomo a pincho brusco
y se va mi conciencia apolillando.
Comiendo letra impresa me voy viendo
la vida en versión Browning, y la noche
poco a poco me está cerrando un broche
de joya cuyo brillo está mintiendo.
Se pasará la página, y veremos
que no todo está escrito aunque no estemos.
Batallas diarias
A veces es imposible enseñar. No te dejan. Simplemente, no escuchan. Tienen en la cabeza tal cantidad de prejuicios y críticas contra el trabajo, el profesor (basta que sea un poco peculiar, o un poco de algo, para que sea totalmente peculiar o totalmente algo), contra la enseñanza, contra todo lo que no sea fútbol, tv, juegos de ordenador y ombligo, que, sencillamente, son impermeables. El profesor puede recurrir a todo, incluso, últimamente, al grito pelado, al terrorismo psicológico, al papelito, a la expulsión, pero da igual. Todo lo que no sea facilismo, memez y regresión al estado de primate, no cuela. Es como esa graciosa expresión que se da en otra selva, la política: más de lo mismo. Si hay que mover un dedo, se mueve para buscar excusas para no moverlo; eso sí que merece el esfuerzo, el ingenio, la colaboración, la creatividad, el tiempo perdido, la voluntad, el talento, el genio incluso: la vagancia.
Se dice que el país está en crisis. Pues si eso es crisis, no quieran ver cómo está de crítica la educación. Ya ni pulso tiene. En días como éstos quisiera ver yo a los que se lamentan de que las cosas están mal. Hasta los mejores alumnos podrán sentar ya cátedra en procedimientos para escaquearse o no hacer nada y ni siquiera escuchan. ¿Cómo se puede enseñar así, de esta manera? ¿Es que no se puede enseñar ya sólo con lápiz, tiza, papel y buena voluntad? ¿Hace falta complicar las cosas de manera tal que algunos se queden por el camino?
Se dice que el país está en crisis. Pues si eso es crisis, no quieran ver cómo está de crítica la educación. Ya ni pulso tiene. En días como éstos quisiera ver yo a los que se lamentan de que las cosas están mal. Hasta los mejores alumnos podrán sentar ya cátedra en procedimientos para escaquearse o no hacer nada y ni siquiera escuchan. ¿Cómo se puede enseñar así, de esta manera? ¿Es que no se puede enseñar ya sólo con lápiz, tiza, papel y buena voluntad? ¿Hace falta complicar las cosas de manera tal que algunos se queden por el camino?
miércoles, 11 de febrero de 2009
¿Puede la gente cambiar de naturaleza?
Los antiguos pensaban que era imposible cambiar de naturaleza. Es la filosofía que se deduce de toda la fabulística grecolatina, nada menos. El Cristianismo vino a cambiar tal estado de cosas, y estableció que era posible una especie de redención o metamorfosis. Epicuro pensaba que la educación es una segunda naturaleza; ahora ha ocurrido un hecho que puede interpretarse de una forma u otra.
En un reality show de Antena 3 se ha descubierto que uno de los concursantes era un frío psicópata o parricida que a los 15 años asesinó a sus dos padres e ideó un plan para presentar el crimen como el robo realizado en su casa por un os extraños. Y además estuvo esperando al segundo de sus padres en su casa durante cuatro horas para matarlo después de haber asesinado al primero. El móvil: no lo dejaban volver a casa a la hora que él quería. Ingresó tres años en un correccional y lo soltaron sin antecedentes, como suele ocurrir en estos casos. Su novia lo sabía y lo defendía, y ahora trabaja como auxiliar de vuelo o "azafato", y, en efecto, el chico es bastante guapete. En el perfil que Antena 3 hizo público de ambos antes del inicio del concurso se exponía que ambos mantenían muchas discusiones, pero que luego siempre se «reconciliaban». «Yo pensaba que esto podría salir a la luz por parte de algún indeseable», indicó el joven apesadumbrado por tener que abandonar el «reality». A su vez, su pareja aseguró estar «orgullosa» de lo que ha conseguido «en su vida». De su corta trayectoria por el programa, el joven auxiliar de vuelo consideró que ambos han demostrado «honradez, nobleza, amor y compañerismo». «Que se den cuenta que la gente cambia», afirmó antes de fundirse en un abrazo con su novia sollozante. No es la primera vez que tragedia y televisión van de la mano. Hace poco más de un año, la ciudadana rusa Svetlana fue asesinada cuatro días después de que su maltratador acudiera al programa de Antena 3 «El diario de Patricia» para pedirle perdón sin que ella lo supiera. En 2004 y ante las cámaras, Ricardo pidió perdón a su pareja por sus infidelidades. Ella accedió y semanas más tarde su cadáver fue encontrado en el maletero de un coche. En 1998, José Ignacio apuñaló a su mujer porque no quiso ir a «Lo que necesitas es amor». En estos casos, por lo que parece, se ha visto lo contrario: que la gente no cambia.
Tal vez cuando se es joven la gente pueda cambiar con más facilidad. ¿Cambarían Farruquito o el asesino de Sandra Palo?
¿Quién es capaz de decirlo? ¿Quién es capaz de verificar la sustancia moral de una persona? ¿Un psicólogo?
No sé.
En un reality show de Antena 3 se ha descubierto que uno de los concursantes era un frío psicópata o parricida que a los 15 años asesinó a sus dos padres e ideó un plan para presentar el crimen como el robo realizado en su casa por un os extraños. Y además estuvo esperando al segundo de sus padres en su casa durante cuatro horas para matarlo después de haber asesinado al primero. El móvil: no lo dejaban volver a casa a la hora que él quería. Ingresó tres años en un correccional y lo soltaron sin antecedentes, como suele ocurrir en estos casos. Su novia lo sabía y lo defendía, y ahora trabaja como auxiliar de vuelo o "azafato", y, en efecto, el chico es bastante guapete. En el perfil que Antena 3 hizo público de ambos antes del inicio del concurso se exponía que ambos mantenían muchas discusiones, pero que luego siempre se «reconciliaban». «Yo pensaba que esto podría salir a la luz por parte de algún indeseable», indicó el joven apesadumbrado por tener que abandonar el «reality». A su vez, su pareja aseguró estar «orgullosa» de lo que ha conseguido «en su vida». De su corta trayectoria por el programa, el joven auxiliar de vuelo consideró que ambos han demostrado «honradez, nobleza, amor y compañerismo». «Que se den cuenta que la gente cambia», afirmó antes de fundirse en un abrazo con su novia sollozante. No es la primera vez que tragedia y televisión van de la mano. Hace poco más de un año, la ciudadana rusa Svetlana fue asesinada cuatro días después de que su maltratador acudiera al programa de Antena 3 «El diario de Patricia» para pedirle perdón sin que ella lo supiera. En 2004 y ante las cámaras, Ricardo pidió perdón a su pareja por sus infidelidades. Ella accedió y semanas más tarde su cadáver fue encontrado en el maletero de un coche. En 1998, José Ignacio apuñaló a su mujer porque no quiso ir a «Lo que necesitas es amor». En estos casos, por lo que parece, se ha visto lo contrario: que la gente no cambia.
Tal vez cuando se es joven la gente pueda cambiar con más facilidad. ¿Cambarían Farruquito o el asesino de Sandra Palo?
¿Quién es capaz de decirlo? ¿Quién es capaz de verificar la sustancia moral de una persona? ¿Un psicólogo?
No sé.
Varas de medir
Madoff: estafa miles de miles de millones de dólares, causa una crisis económica global, provoca suicidios y millones de parados: en la calle.
Farruquito: atropella a una persona por ir conduciendo a doscientos por hora y sin carnet. Dos años de cárcel.
Ignacio Peña del Río: ladrón de guante blanco que roba mansiones de Los Ángeles, devolvió todo lo robado y rodó un vídeo con sus trucos para enseñar a la policía; a pesar de todo: 13 años de cárcel.
¿Hay quien entienda a la justicia?
Yo sí. Porque no hay justicia. En el mundo sólo impera la fuerza y cuanto más dinero tienes, más fuerza puedes comprar. En la vieja discusión entre Solón y Anacarsis, Anacarsis tenía razón. No hagáis caso a los idealistas; los idealistas son utilizados siempre por los que tienen la fuerza, no al revés. Pero tampoco uséis la fuerza: sed inteligentes, usad los resquicios del sistema, manipulad a los que manipulan.
Farruquito: atropella a una persona por ir conduciendo a doscientos por hora y sin carnet. Dos años de cárcel.
Ignacio Peña del Río: ladrón de guante blanco que roba mansiones de Los Ángeles, devolvió todo lo robado y rodó un vídeo con sus trucos para enseñar a la policía; a pesar de todo: 13 años de cárcel.
¿Hay quien entienda a la justicia?
Yo sí. Porque no hay justicia. En el mundo sólo impera la fuerza y cuanto más dinero tienes, más fuerza puedes comprar. En la vieja discusión entre Solón y Anacarsis, Anacarsis tenía razón. No hagáis caso a los idealistas; los idealistas son utilizados siempre por los que tienen la fuerza, no al revés. Pero tampoco uséis la fuerza: sed inteligentes, usad los resquicios del sistema, manipulad a los que manipulan.
lunes, 9 de febrero de 2009
Política
Hasta de la mierda hay que hablar, así que hablemos de los políticos. Uno, que es una persona seria, no debería de rebajarse a tratar un tema tan ridículo como este, donde el mequetrefismo y la necedad son el pan de cada día y donde la pequeñez de miras y la corrupción hacen vano y estúpido cualquier intento de arreglar un problema, por simple que sea. Sus gilipolleces y manipulaciones son tan repetidas, mezquinas y ñoñas y sus trolas tan infantiles que ya más que vergüenza ajena provocan cansancio y ganas de vomitarles encima o tirarles algo, no sé, un pastelazo de cine cómico. El hombre común, con el menos común de los sentidos, suele dictaminar "que los fusilen a todos"; yo, que no puedo creer en lo que veo todos los días, que me hago cruces y que suelo expresar mis opiniones políticas en el váter, no creo que sea necesario adoptar medidas tan viscerales y violentas; es más, creo que los socialistas tienen razón y las derechas son una mierda, y que las derechas tienen razón y los socialistas son una mierda; como soy mejor persona que ellos, pienso que todos son personas sensatas y cuerdas y les concedo que tienen razón, así que creo que los políticos en general y sin excepción son todos una mierda y hay que quitarles la política de las manos y dársela a alguien más preparado, por ejemplo a los ciudadanos, no a los políticos, que son todos una mierda (convendrá aquí decir que ciudadano es la traducción al castellano de la palabra griega político, pero como los políticos quieren quitar el griego del sistema educativo, no les va a valer). A los políticos se les podría dejar dirimir sus diferencias en oficios apropiados para sus talentos escatológicos, vaciando orinales en hospitales o practicando otras modalidades de voluntariado de esas que tanto recomiendan, como limpiarles el culo a los viejos o recogiendo cacas de las aceras. A Esperanza Aguirre, por ejemplo, podría ponérsela a fregar escaleras o recoger jeringuillas en el barrio de Entrevías mientras las lavanderas y barrenderos hacen cursos de inglés donde a ella se lo pagaron sus papás. A Zapatero podría ponérsele a trabajar como técnico inspector de clínicas de abortos, o de residuos tóxicos de hospitales de los médicos de la SS o Seguridad Social o de inspector de albañales de corrupción municipal, que es algo que le está haciendo falta.
domingo, 8 de febrero de 2009
La evolución en La Mancha
Me gustaría apuntar algo aquí sobre la evolución. En la región podemos encontrar a dos defensores acérrimos de los polos opuestos sobre la polémica. Uno es el filósofo y novelista Manuel Polo y Peyrolón (Cañete, Cuenca, 1846 - Valencia, 1918), que estudió derecho y filosofía y letras en Valencia y Madrid y fue catedrático de Psicología, Lógica y Ética, llegando a explicar Metafísica en la Universidad de Valencia. Propagandista católico desde el tradicionalismo, el papa León XIII le condecoró con la cruz Pro Ecclesia et Pontifice. Fue diputado en el Congreso por Valencia, y en 1907 senador, cargo que también desempeñaba al fallecer. Sus Elementos de psicología (Valencia 1879, 2ª ed. Valencia 1881, 3ª ed. Valencia 1889), Elementos de lógica (Valencia 1880; 3ª ed. Valencia 1889; Lógica elemental 5ª ed. Valencia 1902) y Elementos de Ética (Valencia 1880; Elementos de Ética o Filosofía Moral, 2ª ed. Valencia 1882; Elementos de Filosofía Moral, 3ª ed. Valencia 1889; Ética elemental, 5ª ed. Valencia 1902) sirvieron de texto en muchos institutos de segunda enseñanza. Pero se metió a pontificar en cuestiones de ciencias naturales, de que no entendía, como veremos.
En efecto, es autor de Parentesco entre el hombre y el mono (Madrid 1878), cuya segunda edición posee el título más explícito de Contra Darwin: supuesto parentesco entre el hombre y el mono (Valencia, 1881). Es un ataque furibundo contra el evolucionismo que canta ya desde la misma portada, que copio.
Pero también tuvieron defensores manchegos las teorías de la evolución. Nada menos que desde Las Dominicales del Libre Pensamiento dirigidas por Fernando Lozano, "Demófilo", de Almadenejos, desde cuyas páginas el naturalista y oceanógrafo Odón de Buen, casado con una hija suya, peleó por divulgar la doctrina que también dfendió desde una cátedra en la Universidad de Barcelona. Los textos los tengo copiados en mi libro inédito sobre Historia del periodismo manchego.
Por supuesto habría que hablar del poema que dedicó a la evolución Gaspar Núñez de Arce, un pasaje del cual ya copié en este blog, o de cómo trata el tema Benito Pérez Galdós etcétera. Pero con estos dos extremos creo ya que los curiosos de mi blog pueden ver que también la región participó en el gran debate que se levantó en toda Europa sobre las teorías de Darwin. Me hubiera gustado participar el el seminario que sobre este tema se está haciendo en mi instituto, pero me sobran horas de cursos y estoy muy cansado.
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La censura contra Darwin.
Había yo leído la Autobiografía de Darwin en la colección Alianza Cien, y ahora me entero de que estaba censurada por la muy sinvergüenza de su mujer, aunque no lo bastante para percibir su ateísmo, que con una nueva versión sin censura aparece como menos prudente. Este pasaje de la nueva edición revela su pensamiento. Sin duda la perspicaz medida de su mujer fue lo que le valió el entierro en la Abadía de Westminster junto al creyente Isaac Newton.
Darwin, sin censura
La autobiografía de Charles Darwin, publicada en 1877, fue mutilada por su esposa porque estaba escrita "con demasiada libertad". El autor de El origen de las especies, del que ahora se cumplen 200 años de su nacimiento, exponía, por ejemplo, que el cristianismo le parecía "una doctrina detestable". Este libro, según la editorial Laetoli, recupera los párrafos censurados (en negrita)
CHARLES DARWIN El País, 08/02/2009
Durante aquellos dos años me vi inducido a pensar mucho en la religión. Mientras me hallaba a bordo del Beagle fui completamente ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también lo eran) se reían con ganas de mí por citar la Biblia como autoridad indiscutible sobre algunos puntos de moralidad. Supongo que lo que los divertía era lo novedoso de la argumentación. Pero, por aquel entonces, fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etcétera y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro. En aquel tiempo se me planteaba continuamente la siguiente cuestión, de la que era incapaz de desentenderme: ¿resulta creíble que Dios, si se dispusiera a revelarse ahora a los hindúes, fuese a permitir que se le vinculara a la creencia en Vishnú, Shiva, etcétera, de la misma manera que el cristianismo está ligado al Antiguo Testamento? Semejante proposición me parecía absolutamente imposible de creer. (...)
El Antiguo Testamento, con su Torre de Babel, etcétera, no era más de fiar que las creencias de cualquier bárbaro
El hecho de que muchas religiones falsas se hayan difundido por extensas partes de la Tierra como un fuego sin control tuvo cierto peso sobre mí. Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías. No obstante, era muy reacio a abandonar mis creencias. Y estoy seguro de ello porque puedo recordar muy bien que no dejaba de inventar una y otra vez sueños en estado de vigilia sobre antiguas cartas cruzadas entre romanos distinguidos y sobre el descubrimiento de manuscritos, en Pompeya o en cualquier otro lugar, que confirmaran de la manera más llamativa todo cuanto aparecía escrito en los Evangelios. Pero, a pesar de dar rienda suelta a mi imaginación, cada vez me resultaba más difícil inventar pruebas capaces de convencerme. Así, la incredulidad se fue introduciendo subrepticiamente en mí a un ritmo muy lento, pero, al final, acabó siendo total. El ritmo era tan lento que no sentí ninguna angustia, y desde entonces no dudé nunca ni un solo segundo de que mi conclusión era correcta. De hecho, me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen -y entre ellas se incluiría a mi padre, mi hermano y casi todos mis mejores amigos- recibirán un castigo eterno.
Y ésa es una doctrina detestable.
Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un periodo de mi vida bastante tardío, quiero ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que he llegado. El antiguo argumento del diseño en la naturaleza, tal como lo expone Paley y que anteriormente me parecía tan concluyente, falla tras el descubrimiento de la ley de la selección natural. Ya no podemos sostener, por ejemplo, que el hermoso gozne de una concha bivalva deba haber sido producido por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta por un ser humano. En la variabilidad de los seres orgánicos y en los efectos de la selección natural no parece haber más designio que en la dirección en que sopla el viento. Todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas. Pero éste es un tema que ya he debatido al final de mi libro sobre La variación en animales y plantas domésticos, y, hasta donde yo sé, los argumentos propuestos allí no han sido refutados nunca.
Pero, más allá de las adaptaciones infinitamente bellas con que nos topamos por todas partes, podríamos preguntarnos cómo se puede explicar la disposición generalmente beneficiosa del mundo. Algunos autores se sienten realmente tan impresionados por la cantidad de sufrimiento existente en él, que dudan -al contemplar a todos los seres sensibles- de si es mayor la desgracia o la felicidad, de si el mundo en conjunto es bueno o malo. Según mi criterio, la felicidad prevalece de manera clara, aunque se trata de algo muy difícil de demostrar. Si admitimos la verdad de esta conclusión, reconoceremos que armoniza bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie hubiesen de sufrir hasta un grado extremo, dejarían de propagarse; pero no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, y ni siquiera a menudo. Además, otras consideraciones nos llevan a creer que, en general, todos los seres sensibles han sido formados para gozar de la felicidad.
Cualquiera que crea, como creo yo, que todos los órganos corporales o mentales de todos los seres (excepto los que no suponen ni una ventaja ni una desventaja para su poseedor) se han desarrollado por selección natural o supervivencia del más apto, junto con el uso o el hábito, admitirá que dichos órganos han sido formados para que quien los posee pueda competir con éxito con otros seres y crecer así en número. (...)
Nadie discute que en el mundo hay mucho sufrimiento. Por lo que respecta al ser humano, algunos han intentado explicar esta circunstancia imaginando que contribuye a su perfeccionamiento moral. Pero el número de personas en el mundo no es nada comparado con el de los demás seres sensibles, que sufren a menudo considerablemente sin experimentar ninguna mejora moral. Para nuestra mente, un ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que fue capaz de haber creado el universo es omnipotente y omnisciente, y suponer que su benevolencia no es ilimitada repugna a nuestra comprensión, pues, ¿qué ventaja podría haber en los sufrimientos de millones de animales inferiores durante un tiempo casi infinito? Este antiquísimo argumento contra la existencia de una causa primera inteligente, derivado de la existencia del sufrimiento, me parece sólido; mientras que, como acabo de señalar, la presencia de una gran cantidad de sufrimiento concuerda bien con la opinión de que todos los seres orgánicos han evolucionado mediante variación y selección natural.
Actualmente, el argumento más común en favor de la existencia de un Dios inteligente deriva de la honda convicción interior y de los profundos sentimientos experimentados por la mayoría de la gente. Pero no se puede dudar de que los hindúes, los mahometanos y otros más podrían razonar de la misma manera y con igual fuerza en favor de la existencia de un Dios, de muchos dioses, o de ninguno, como hacen los budistas. También hay muchas tribus bárbaras de las que no se puede decir con verdad que crean en lo que nosotros llamamos Dios: creen, desde luego, en espíritus o espectros, y es posible explicar, como lo han demostrado Tylor y Herbert Spencer, de qué modo pudo haber surgido esa creencia.
Anteriormente me sentí impulsado por sensaciones como las que acabo de mencionar (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera nunca fuertemente desarrollado en mí) a sentirme plenamente convencido de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que, en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, "no es posible transmitir una idea adecuada de los altos sentimientos de asombro, admiración y devoción que llenan y elevan la mente". Recuerdo bien mi convicción de que en el ser humano hay algo más que la mera respiración de su cuerpo. Pero, ahora, las escenas más grandiosas no conseguirían hacer surgir en mi pensamiento ninguna de esas convicciones y sentimientos. Se podría decir acertadamente que soy como un hombre afectado de daltonismo, y que la creencia universal de la gente en la existencia del color rojo hace que mi actual pérdida de percepción no posea la menor validez como prueba. Este argumento sería válido si todas las personas de todas las razas tuvieran la misma convicción profunda sobre la existencia de un solo Dios; pero sabemos que no es así, ni mucho menos. Por tanto, no consigo ver que tales convicciones y sentimientos íntimos posean ningún peso como prueba de lo que realmente existe. El estado mental provocado en mí en el pasado por las escenas grandiosas difiere de manera esencial de lo que suele calificarse de sentimiento de sublimidad; y por más difícil que sea explicar la génesis de ese sentimiento, apenas sirve como argumento en favor de la existencia de Dios, como tampoco sirven los sentimientos similares, poderosos pero imprecisos, suscitados por la música.
Respecto a la inmortalidad, nada me demuestra tanto lo fuerte y casi instintiva que es esa creencia como la consideración del punto de vista mantenido ahora por la mayoría de los físicos de que el Sol, junto con todos los planetas, acabará enfriándose demasiado como para sustentar la vida, a menos que algún cuerpo de gran magnitud se precipite sobre él y le proporcione vida nueva. Para quien crea, como yo, que el ser humano será en un futuro distante una criatura más perfecta de lo que lo es en la actualidad, resulta una idea insoportable que él y todos los seres sensibles estén condenados a una aniquilación total tras un progreso tan lento y prolongado. La destrucción de nuestro mundo no será tan temible para quienes admiten plenamente la inmortalidad del alma.
Para convencerse de la existencia de Dios hay otro motivo vinculado a la razón y no a los sentimientos y que tiene para mí mucho más peso. Deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este universo inmenso y maravilloso -incluido el ser humano con su capacidad para dirigir su mirada hacia un pasado y un futuro distantes- como resultado de la casualidad o la necesidad ciegas. Al reflexionar así, me siento impulsado a buscar una Primera Causa que posea una mente inteligente análoga en algún grado a la de las personas; y merezco que se me califique de teísta.
Hasta donde puedo recordar, esta conclusión se hallaba sólidamente instalada en mi mente en el momento en que escribí El origen de las especies; desde entonces se ha ido debilitando gradualmente, con muchas fluctuaciones. Pero luego surge una nueva duda: ¿se puede confiar en la mente humana, que, según creo con absoluta convicción, se ha desarrollado a partir de otra tan baja como la que posee el animal más inferior, cuando extrae conclusiones tan grandiosas? ¿No serán, quizá, éstas el resultado de una conexión entre causa y efecto, que, aunque nos da la impresión de ser necesaria, depende probablemente de una experiencia heredada? No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes.
No pretendo proyectar la menor luz sobre problemas tan abstrusos. El misterio del comienzo de todas las cosas nos resulta insoluble; en cuanto a mí, deberé contentarme con seguir siendo un agnóstico.
La persona que no crea de manera segura y constante en la existencia de un Dios personal o en una existencia futura con castigos y recompensas puede tener como regla de vida, hasta donde a mí se me ocurre, la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes o los que le parezcan los mejores. Así es como actúan los perros, pero lo hacen a ciegas. El ser humano, en cambio, mira al futuro y al pasado y compara sus diversos sentimientos, deseos y recuerdos. Luego, de acuerdo con el veredicto de las personas más sabias, halla su suprema satisfacción en seguir unos impulsos determinados, a saber, los instintos sociales. Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive; este último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados, que cuando se hacen habituales pueden calificarse casi de instintos. Su razón podrá decirle en algún momento que actúe en contra de la opinión de los demás, en cuyo caso no recibirá su aprobación; pero, aun así, tendrá la sólida satisfacción de saber que ha seguido su guía más íntima o conciencia. En cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida. No siento el remordimiento de haber cometido ningún gran pecado, aunque he lamentado a menudo no haber hecho el bien más directamente a las demás criaturas. Mi única y pobre excusa es mi frecuente mala salud y mi constitución mental, que hace que me resulte extremadamente difícil pasar de un asunto u ocupación a otros. Puedo imaginar con gran satisfacción que dedico a la filantropía todo mi tiempo, pero no una parte del mismo, aunque habría sido mucho mejor haberme comportado de ese modo. Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo durante la segunda mitad de mi vida. Antes de prometerme en matrimonio, mi padre me aconsejó que ocultara cuidadosamente mis dudas, pues, según me dijo, sabía que provocaban un sufrimiento extremo entre la gente casada. Las cosas marchaban bastante bien hasta que la mujer o el marido perdían la salud, momento en el cual ellas sufrían atrozmente al dudar de la salvación de sus esposos, haciéndoles así sufrir a éstos igualmente. Mi padre añadió que, durante su larga vida, sólo había conocido a tres mujeres escépticas; y debemos recordar que conocía bien a una multitud de personas y poseía una extraordinaria capacidad para ganarse su confianza. Cuando le pregunté quiénes eran aquellas tres mujeres, tuvo que admitir que, respecto a una de ellas, su cuñada Kitty Wedgwood, sólo tenía indicios sumamente vagos, sustentados por la convicción de que una mujer tan lúcida no podía ser creyente. En la actualidad, con mi reducido número de relaciones, sé (o he sabido) de varias señoras casadas que creen un poco menos que sus maridos. Mi padre solía citar un argumento irrebatible con el que una vieja dama como la señora Barlow, que abrigaba sospechas acerca de su heterodoxia, esperaba convertirlo: "Doctor, sé que el azúcar me resulta dulce en la boca, y sé que mi Redentor vive". -
Darwin, sin censura
La autobiografía de Charles Darwin, publicada en 1877, fue mutilada por su esposa porque estaba escrita "con demasiada libertad". El autor de El origen de las especies, del que ahora se cumplen 200 años de su nacimiento, exponía, por ejemplo, que el cristianismo le parecía "una doctrina detestable". Este libro, según la editorial Laetoli, recupera los párrafos censurados (en negrita)
CHARLES DARWIN El País, 08/02/2009
Durante aquellos dos años me vi inducido a pensar mucho en la religión. Mientras me hallaba a bordo del Beagle fui completamente ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también lo eran) se reían con ganas de mí por citar la Biblia como autoridad indiscutible sobre algunos puntos de moralidad. Supongo que lo que los divertía era lo novedoso de la argumentación. Pero, por aquel entonces, fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etcétera y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro. En aquel tiempo se me planteaba continuamente la siguiente cuestión, de la que era incapaz de desentenderme: ¿resulta creíble que Dios, si se dispusiera a revelarse ahora a los hindúes, fuese a permitir que se le vinculara a la creencia en Vishnú, Shiva, etcétera, de la misma manera que el cristianismo está ligado al Antiguo Testamento? Semejante proposición me parecía absolutamente imposible de creer. (...)
El Antiguo Testamento, con su Torre de Babel, etcétera, no era más de fiar que las creencias de cualquier bárbaro
El hecho de que muchas religiones falsas se hayan difundido por extensas partes de la Tierra como un fuego sin control tuvo cierto peso sobre mí. Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías. No obstante, era muy reacio a abandonar mis creencias. Y estoy seguro de ello porque puedo recordar muy bien que no dejaba de inventar una y otra vez sueños en estado de vigilia sobre antiguas cartas cruzadas entre romanos distinguidos y sobre el descubrimiento de manuscritos, en Pompeya o en cualquier otro lugar, que confirmaran de la manera más llamativa todo cuanto aparecía escrito en los Evangelios. Pero, a pesar de dar rienda suelta a mi imaginación, cada vez me resultaba más difícil inventar pruebas capaces de convencerme. Así, la incredulidad se fue introduciendo subrepticiamente en mí a un ritmo muy lento, pero, al final, acabó siendo total. El ritmo era tan lento que no sentí ninguna angustia, y desde entonces no dudé nunca ni un solo segundo de que mi conclusión era correcta. De hecho, me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen -y entre ellas se incluiría a mi padre, mi hermano y casi todos mis mejores amigos- recibirán un castigo eterno.
Y ésa es una doctrina detestable.
Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un periodo de mi vida bastante tardío, quiero ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que he llegado. El antiguo argumento del diseño en la naturaleza, tal como lo expone Paley y que anteriormente me parecía tan concluyente, falla tras el descubrimiento de la ley de la selección natural. Ya no podemos sostener, por ejemplo, que el hermoso gozne de una concha bivalva deba haber sido producido por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta por un ser humano. En la variabilidad de los seres orgánicos y en los efectos de la selección natural no parece haber más designio que en la dirección en que sopla el viento. Todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas. Pero éste es un tema que ya he debatido al final de mi libro sobre La variación en animales y plantas domésticos, y, hasta donde yo sé, los argumentos propuestos allí no han sido refutados nunca.
Pero, más allá de las adaptaciones infinitamente bellas con que nos topamos por todas partes, podríamos preguntarnos cómo se puede explicar la disposición generalmente beneficiosa del mundo. Algunos autores se sienten realmente tan impresionados por la cantidad de sufrimiento existente en él, que dudan -al contemplar a todos los seres sensibles- de si es mayor la desgracia o la felicidad, de si el mundo en conjunto es bueno o malo. Según mi criterio, la felicidad prevalece de manera clara, aunque se trata de algo muy difícil de demostrar. Si admitimos la verdad de esta conclusión, reconoceremos que armoniza bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie hubiesen de sufrir hasta un grado extremo, dejarían de propagarse; pero no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, y ni siquiera a menudo. Además, otras consideraciones nos llevan a creer que, en general, todos los seres sensibles han sido formados para gozar de la felicidad.
Cualquiera que crea, como creo yo, que todos los órganos corporales o mentales de todos los seres (excepto los que no suponen ni una ventaja ni una desventaja para su poseedor) se han desarrollado por selección natural o supervivencia del más apto, junto con el uso o el hábito, admitirá que dichos órganos han sido formados para que quien los posee pueda competir con éxito con otros seres y crecer así en número. (...)
Nadie discute que en el mundo hay mucho sufrimiento. Por lo que respecta al ser humano, algunos han intentado explicar esta circunstancia imaginando que contribuye a su perfeccionamiento moral. Pero el número de personas en el mundo no es nada comparado con el de los demás seres sensibles, que sufren a menudo considerablemente sin experimentar ninguna mejora moral. Para nuestra mente, un ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que fue capaz de haber creado el universo es omnipotente y omnisciente, y suponer que su benevolencia no es ilimitada repugna a nuestra comprensión, pues, ¿qué ventaja podría haber en los sufrimientos de millones de animales inferiores durante un tiempo casi infinito? Este antiquísimo argumento contra la existencia de una causa primera inteligente, derivado de la existencia del sufrimiento, me parece sólido; mientras que, como acabo de señalar, la presencia de una gran cantidad de sufrimiento concuerda bien con la opinión de que todos los seres orgánicos han evolucionado mediante variación y selección natural.
Actualmente, el argumento más común en favor de la existencia de un Dios inteligente deriva de la honda convicción interior y de los profundos sentimientos experimentados por la mayoría de la gente. Pero no se puede dudar de que los hindúes, los mahometanos y otros más podrían razonar de la misma manera y con igual fuerza en favor de la existencia de un Dios, de muchos dioses, o de ninguno, como hacen los budistas. También hay muchas tribus bárbaras de las que no se puede decir con verdad que crean en lo que nosotros llamamos Dios: creen, desde luego, en espíritus o espectros, y es posible explicar, como lo han demostrado Tylor y Herbert Spencer, de qué modo pudo haber surgido esa creencia.
Anteriormente me sentí impulsado por sensaciones como las que acabo de mencionar (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera nunca fuertemente desarrollado en mí) a sentirme plenamente convencido de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que, en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, "no es posible transmitir una idea adecuada de los altos sentimientos de asombro, admiración y devoción que llenan y elevan la mente". Recuerdo bien mi convicción de que en el ser humano hay algo más que la mera respiración de su cuerpo. Pero, ahora, las escenas más grandiosas no conseguirían hacer surgir en mi pensamiento ninguna de esas convicciones y sentimientos. Se podría decir acertadamente que soy como un hombre afectado de daltonismo, y que la creencia universal de la gente en la existencia del color rojo hace que mi actual pérdida de percepción no posea la menor validez como prueba. Este argumento sería válido si todas las personas de todas las razas tuvieran la misma convicción profunda sobre la existencia de un solo Dios; pero sabemos que no es así, ni mucho menos. Por tanto, no consigo ver que tales convicciones y sentimientos íntimos posean ningún peso como prueba de lo que realmente existe. El estado mental provocado en mí en el pasado por las escenas grandiosas difiere de manera esencial de lo que suele calificarse de sentimiento de sublimidad; y por más difícil que sea explicar la génesis de ese sentimiento, apenas sirve como argumento en favor de la existencia de Dios, como tampoco sirven los sentimientos similares, poderosos pero imprecisos, suscitados por la música.
Respecto a la inmortalidad, nada me demuestra tanto lo fuerte y casi instintiva que es esa creencia como la consideración del punto de vista mantenido ahora por la mayoría de los físicos de que el Sol, junto con todos los planetas, acabará enfriándose demasiado como para sustentar la vida, a menos que algún cuerpo de gran magnitud se precipite sobre él y le proporcione vida nueva. Para quien crea, como yo, que el ser humano será en un futuro distante una criatura más perfecta de lo que lo es en la actualidad, resulta una idea insoportable que él y todos los seres sensibles estén condenados a una aniquilación total tras un progreso tan lento y prolongado. La destrucción de nuestro mundo no será tan temible para quienes admiten plenamente la inmortalidad del alma.
Para convencerse de la existencia de Dios hay otro motivo vinculado a la razón y no a los sentimientos y que tiene para mí mucho más peso. Deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este universo inmenso y maravilloso -incluido el ser humano con su capacidad para dirigir su mirada hacia un pasado y un futuro distantes- como resultado de la casualidad o la necesidad ciegas. Al reflexionar así, me siento impulsado a buscar una Primera Causa que posea una mente inteligente análoga en algún grado a la de las personas; y merezco que se me califique de teísta.
Hasta donde puedo recordar, esta conclusión se hallaba sólidamente instalada en mi mente en el momento en que escribí El origen de las especies; desde entonces se ha ido debilitando gradualmente, con muchas fluctuaciones. Pero luego surge una nueva duda: ¿se puede confiar en la mente humana, que, según creo con absoluta convicción, se ha desarrollado a partir de otra tan baja como la que posee el animal más inferior, cuando extrae conclusiones tan grandiosas? ¿No serán, quizá, éstas el resultado de una conexión entre causa y efecto, que, aunque nos da la impresión de ser necesaria, depende probablemente de una experiencia heredada? No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes.
No pretendo proyectar la menor luz sobre problemas tan abstrusos. El misterio del comienzo de todas las cosas nos resulta insoluble; en cuanto a mí, deberé contentarme con seguir siendo un agnóstico.
La persona que no crea de manera segura y constante en la existencia de un Dios personal o en una existencia futura con castigos y recompensas puede tener como regla de vida, hasta donde a mí se me ocurre, la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes o los que le parezcan los mejores. Así es como actúan los perros, pero lo hacen a ciegas. El ser humano, en cambio, mira al futuro y al pasado y compara sus diversos sentimientos, deseos y recuerdos. Luego, de acuerdo con el veredicto de las personas más sabias, halla su suprema satisfacción en seguir unos impulsos determinados, a saber, los instintos sociales. Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive; este último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados, que cuando se hacen habituales pueden calificarse casi de instintos. Su razón podrá decirle en algún momento que actúe en contra de la opinión de los demás, en cuyo caso no recibirá su aprobación; pero, aun así, tendrá la sólida satisfacción de saber que ha seguido su guía más íntima o conciencia. En cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida. No siento el remordimiento de haber cometido ningún gran pecado, aunque he lamentado a menudo no haber hecho el bien más directamente a las demás criaturas. Mi única y pobre excusa es mi frecuente mala salud y mi constitución mental, que hace que me resulte extremadamente difícil pasar de un asunto u ocupación a otros. Puedo imaginar con gran satisfacción que dedico a la filantropía todo mi tiempo, pero no una parte del mismo, aunque habría sido mucho mejor haberme comportado de ese modo. Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo durante la segunda mitad de mi vida. Antes de prometerme en matrimonio, mi padre me aconsejó que ocultara cuidadosamente mis dudas, pues, según me dijo, sabía que provocaban un sufrimiento extremo entre la gente casada. Las cosas marchaban bastante bien hasta que la mujer o el marido perdían la salud, momento en el cual ellas sufrían atrozmente al dudar de la salvación de sus esposos, haciéndoles así sufrir a éstos igualmente. Mi padre añadió que, durante su larga vida, sólo había conocido a tres mujeres escépticas; y debemos recordar que conocía bien a una multitud de personas y poseía una extraordinaria capacidad para ganarse su confianza. Cuando le pregunté quiénes eran aquellas tres mujeres, tuvo que admitir que, respecto a una de ellas, su cuñada Kitty Wedgwood, sólo tenía indicios sumamente vagos, sustentados por la convicción de que una mujer tan lúcida no podía ser creyente. En la actualidad, con mi reducido número de relaciones, sé (o he sabido) de varias señoras casadas que creen un poco menos que sus maridos. Mi padre solía citar un argumento irrebatible con el que una vieja dama como la señora Barlow, que abrigaba sospechas acerca de su heterodoxia, esperaba convertirlo: "Doctor, sé que el azúcar me resulta dulce en la boca, y sé que mi Redentor vive". -
sábado, 7 de febrero de 2009
El fantasma y la señora Muir
O un clásico ignorado (1947). En esta película se logra la rara y afortunada conjunción de todas las facetas del arte que da lugar a la poesía. Y la poesía es la varita mágica capaz de crear islas de imaginación que, como pompas de jabón del espíritu, son capaces de perdurar en los intersticios del tiempo sin morir nunca, pase lo que pase. Esa es la esencia de lo clásico. Rex Harrison como el fantasma del capitán de barco, Gene Tierney como la señora Muir, una Natalie Wood de ocho años, una música inasible y sobrenatural de Bernard Herrmann, una fotografía de Charles Lang extraída de esa hora del crepúsculo en que la luz se iguala a las sombras y todas las cosas parecen perder su contorno definido, el amor más allá del tiempo y de todo... Y la batuta de ese enamorado de la literatura, Joseph L . Mankiewicz, para dirigirlo.
Qué gran película, y, sobre todo, si la has visto con ojos de niño, como yo.
Una imagen hermosa
Lo es, lo era. Un airbus depositado sobre el río Hudson como un gran y majestuoso pájaro, y, cobijados sobre sus alas, a manera de polluelos, casi dos centenares de viajeros. La imagen tiene un no sé qué de confortante y maternal en un periódico donde casi siempre se suelen ver tragedias y calamidades. Humaniza tanto, da tal calor a la tecnología que uno piensa que, después de todo, la mecánica no puede ser una enemiga de la humanidad, sino solamente una aliada, una protectora. Eso es algo que no sabíamos, o que no nos habían dejado saber. Por eso escojo esta imagen como mi imagen favorita de este año.
miércoles, 4 de febrero de 2009
Jolines
Hay tres millones y un tercio de parados y se anticipan cuatro millones; hay riesgo de que quiebre la Seguridad Social, tan boyante cuando las vacas gordas. Y Shoemaker, muy cuco él, se ha presentado a las preguntas de la gente antes de que vengan las vacas anoréxicas. En resumen, su actuación -hablemos de actuación, porque eso fue- se restringió a dejar caer que la culpa es nuestra, puesto que nunca derrochó, ni creó ministerios bonitos como el de deportes, ni habló de pleno empleo, ni abrió España a cientos de miles de inmigrantes, ni legalizó -este mismo año- la posibilidad de que venga otro millón desde Cuba a pedir empleo cualificado, cuando nuestro sistema educativo ya ni siquiera puede competir con el cubano. ¡Mecachis en la mar, cuán malos somos y qué peores vamos a ser! Es más, el ministro de economía, haciendo de poli malo frente al Shoemaker bueno, nos predica que los bancos son lobos, esos bancos que después le ofrecerán un puesto en sus consejos de administración y a los que el gobierno tanto dinero ha prestado, ya que la avaricia, que según la sabiduría popular (popular, que no pudiente) debía romper el saco, se cura (en salud) ofreciendo más dinero (¿¡!? = ¡¿?!). Y los jóvenes, peor formados; y las mujeres, más maltratadas; y la justicia, más tarda; y Shoemaker, más feliz, más optimista; y los pobres, paupérrimos; y la tele, más degradada; y la cultura, más vendida; y el saber, más necio; y el futuro, más griego; y los sindicatos, más corruptos; y la economía, en recesión; y...
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