lunes, 19 de abril de 2010

Paradojas


"La primera persona que va a ser juzgada por los crímenes del franquismo es precisamente la única que ha pretendido investigarlos." Juan Diego Botto dixit.

Polacos y rusos, serbios y bosnios, incluso hutus y tutsis pueden abrir sus fosas comunes y ensayar ceremonias de reconciliación nacional, pero en España no hay, no hubo, no habrá nunca nada de eso. Lo que aquí hubo, hay, habrá siempre es miedo, silencio, ninguneo.


sábado, 17 de abril de 2010

Las dimensiones de la felicidad

Aunque muchas cosas conspiran para afear la vida, la verdad es que la vida es tan terrible como hermosa; lo es cada mañana, cuando luce el sol y cada noche, cuando se pone y brota el goteo de las estrellas. El sentido del humor es algo fundamental: proporciona flotabilidad a la esperanza. Como afirma Juan Calderón, en la Biblia se lee que "Dios quiere que estemos en la tribulación gozosos", y es verdad. Es decir, que tengamos sentido del humor, y es un sabio consejo, aunque la mayoría de las cosas que andan en la Biblia sean cuando menos discutibles; bien lo sabía San Lorenzo, quien, cuando estaba en la parrilla cocíéndose en su martirio, dijo: "Dame la vuelta, que por este lado ya estoy hecho". San McDonalds, diríamos. También existen los consuelos del arte, del conocimiento, de los recuerdos y del juego. ¿Quién no se edifica o disfruta con una buena película, una buena ilustración, un buen libro, un buen plato de cocina, una buena música o arrancándole un secreto a la naturaleza o a la historia, o mirando la foto afortunada de un buen momento, o jugando a la literatura, al amor, al ajedrez o al baloncesto?; todo esto ya lo dijeron los filósofos y los poetas y mucho mejor.

Pero lo que perjudica al hombre contemporáneo es, sin duda, percatarse más que nunca de las dimensiones de su libertad a través de los gigantescos y nuevos horizontes que le dan el coche, los trenes, los aviones, la televisión, la radio, la prensa, los libros, el ordenador, las drogas, la educación superior, el sexo sobredimensionado etcétera. El hombre antiguo tenía a la vista el mundo donde podía ser feliz; el contemporáneo se lo ha escondido muy lejos, tanto que no puede llegar a él fácilmente. Porque es muy fácil ser muy feliz, pero el hombre se lo complica todo innecesariamente. Y lo que hay que hacer para ser feliz es, también, fácil; pero mucha gente no lo sabe ver, porque escoge el camino más largo. La flexibilidad de las leyes, la relatividad de todo ha desdibujado los contornos del hombre, lo ha dejado indefinido, sin atributos, vacío, negativo, nihilista, sin historia. La tarea, es, pues, recuperar el contorno, la figura, hacerse un valle en el horizonte, unas paredes donde poder vivir y conocerse, sin prescindir del misterio que da su motor a la vida.


Tomémosme a mí, por ejemplo. Hay unas pocas cosas cercanas que tienen la virtud de serenarme (y a la mayoría de la gente), y no sé por qué; no les busco explicación, y si la encuentro no es satisfactoria. El canto de un pájaro al que no puedo ver en su nido; el ruido del viento entre las hojas. Un plato de comida escogido y cocinado por quien sabe hacerlo bien. Un chiste contado con gracia, al estilo Manuel Machado; el contorno de una chica agraciada; un vaso de agua después de una larga caminata; ver pasar a las chicas guapas por el mercado los sábados; los días de lluvia; los callejones por donde hace tiempo que no paso... Son pequeñas cosas. Pero lo más importante es lo desconocido que descubro en todas esas cosas conocidas, su misterio. ¿Por qué todas las patatas que miro en una caja en el mercado me dejan patidifuso? No hay ni una sola igual, y todas tienen formas que parecen inventadas por el más ambicioso artista moderno.

Cuando voy a Madrid me pasa algo parecido: podría quedarme una hora mirando a una farola que no he visto nunca antes; pienso ¿cómo podría describir esto de forma graciosa y que guste? Y me entretengo tejiendo inspiraciones que quizá nunca desemboquen en una historia hecha de palabras. Con las personas me pasa igual: es como si las conociera de toda la vida y me hubiese olvidado casi completamente de ellas, pero quedara algo ahí, de fundamento, que sirviese para reconstruirlas enteras otra vez; como si formasen parte de mí mismo. Esa sensación es abrumadora, porque cuando la cada cosa del todo te da su hilo de inspiración, su numen, uno acaba por cerrar las puertas del todo para no sobrepasarse y sentir su cósmica inutilidad y su falta de energía ante lo gigantesco de la tarea que supone dar forma y palabras al mundo.

viernes, 16 de abril de 2010

El alumno superdotado

En chiste que circula por la Entrerred:

La profesora interviene en una discusión entre dos
alumnos:

Pepito, ¿cuál es el problema?

Seño, es que yo soy demasiado listo para estar en primero.

Mi hermana está en tercero y yo soy más listo que ella.

¡Yo quiero ir a tercero también!

La profesora ve que no puede resolver el problema y lo manda para la dirección.
Mientras Pepito espera en la antesala, la profesora le explica la situación al director. El director promete a la profesora hacerle un test al niño, que seguro no conseguirá responder a todas las preguntas, y así accederá a continuar en primero. Ya de acuerdo ambos, hacen pasar al niño y le hacen la propuesta del test
que él acepta. Inicia entonces las preguntas el Director:

A ver Pepito, ¿Cuánto son 3 por 3?

"9?

¿Y cuánto son 6 veces 6?

"36"

El director continúa casi una hora,con la batería de preguntas que sólo un excelente alumno de tercero debe conocer.

Y Pepito? No comete ni un solo error. Ante la evidente inteligencia del menor, el Director dice a la profesora: Creo que tendremos que pasarlo a tercero. La profesora no muy segura, pregunta: ¿Puedo hacerle yo unas preguntas también? El director y Pepito asienten. Comienza entonces la profesora:

¿Qué tiene la vaca cuatro y yo sólo dos?

Las piernas, responde Pepito sin dudar...

¿Qué tienes en tus pantalones, que no hay en los míos?

El director se ajusta los lentes, y se prepara para interrumpir...

Los bolsillos, responde el niño.

¿Qué entra al centro de las mujeres y sólo detrás del hombre?

Estupefacto, el director contiene la respiración...

La letra "E", responde el alumno.

¿Y dónde tienen las mujeres el pelo más rizado?

El director hace una mueca de asombro.

En África, responde Pepito sin pensarlo ni un instante.

¿Qué es blando, y en las manos de una mujer se pone duro?

Al director se le cruzan los ojos.

El esmalte de uñas, contesta Pepito.

¿Qué tienen las mujeres en medio de las piernas?

El Director no lo puede creer...

Las rodillas, responde Pepito al instante.

¿Y qué tiene una mujer casada más ancha que una soltera?

El director mas rojo que una amapola?

La cama.

¿Qué palabra comienza con la letra C, termina con la letra O, es arrugado y todos lo tenemos atrás?

El director empieza a sudar frío...

El codo, seño.

¿Y qué empieza con C tiene un hueco y yo se lo di a varias personas para
que lo disfrutaran?

El director se tapa la cara...

Un CD.

El director, ya mareado de la presión les interrumpe y le dice
a la profesora...

Mire, póngame al hijo de puta este en sexto... ¡¡¡Y yo me voy a primero, que acabo de fallar todas las respuestas!!

Motivación laboral


CARMEN MORÁN El País, 16/04/2010

El empleado feliz ya viene motivado. La empresa no puede estimular a sus empleados, pero sí debe crear un entorno que encauce su talento - Un mal ambiente puede llevar al absentismo emocional.

-Buenas, vengo a una rueda de prensa sobre la felicidad en el trabajo.

El recepcionista del hotel levanta una mirada entre el asombro y la diversión y pregunta: "¿Eso existe?".

La felicidad en el trabajo es un concepto que pertenece todavía más al territorio de la filosofía que al de la práctica empresarial. Pero se abre camino, dicen los que saben de esto, porque nadie atrapará talentos si no proporciona un buen entorno laboral; o perderá a los empleados que lo tengan. Y la productividad se irá por el desagüe a no tardar. Así que el lema sería algo así: Sean productivos: proporcionen felicidad a sus empleados.

El primer requisito para ser felices en el trabajo es tenerlo, algo que no pueden decir millones de personas. Por eso, el director general en España de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Juan Hunt, dice que la felicidad en el trabajo es "tener un empleo digno, que permita trabajar en condiciones de seguridad, con los derechos protegidos, la salud, la formación adecuada. No tener eso es estar, desde luego, lejos de la felicidad".

¿Pero existe o no existe la felicidad en el trabajo? "A mí me gusta creer que sí, aunque es un concepto temporal. Toda la vida, no sé. Llega un momento en que es la propia persona la que puede haber cambiado de valores, de intereses; en ese caso, quizá es mejor buscar otro empleo", comienza el consultor Marcos Urarte.

Pero sí puede crearse un entorno laboral compatible con la sonrisa: hay ya criterios definidos, y Urarte se dedica a asesorar a las empresas sobre cómo implantarlos. Primer aviso: si no lo hacen, algunos de sus empleados pueden caer en el absentismo emocional. Quiere decir Urarte que llegará un día en que desconectarán, perderán el empuje y la iniciativa que tuvieron y se limitarán a aparecer por la empresa, hacer un trabajo gris y volver a casa cada día con la única satisfacción de que este mes también podrán pagar la hipoteca. "Y eso les ocurre a los buenos, porque a los trabajadores malos o a los vagos nunca les pasa porque nunca tuvieron mayor ilusión ni expectativas en el desempeño de sus tareas. Las empresas no pueden perder todo ese talento".

Lo que ocurre es que las empresas están muy despistadas sobre este asunto. "En ocasiones dilapidan recursos económicos para proporcionar a sus trabajadores ciertos servicios o prebendas que, en el fondo, a ellos les importan un bledo. Y con menos esfuerzo podrían darles lo que realmente quieren o necesitan", dice Urarte. ¿De qué sirve tener un gimnasio, o un aparcamiento, si ellos lo que quieren es cierta libertad de horarios? O incluso, ¿de qué vale ofrecerles más sueldo si lo que desean es más tiempo?

Hay que motivar a los empleados, pensarán algunos como solución. Y se equivocarán, porque esa idea ya se ha quedado antigua. "La motivación, agua más jabón", dice el consultor Joan Elías, que ha sido directivo en grandes empresas y tiene publicado un libro que se titula Lovework (Empresa Activa). Lo que quiere decir es que el empleado ya tiene que salir de casa motivado. Urarte le da la razón: "Una empresa no puede motivar a sus empleados, pero sí crear un entorno motivante donde cada cual encuentre su cauce. Las empresas no tienen alma y la felicidad habrá de buscársela cada uno".

Y aquí entra de nuevo el talento. Porque desempleo hay mucho, pero talentos no tantos. Y por ellos se pegan los empleadores. "¿Qué tienen que darles para que elijan trabajar en esta casa y no en otra?", se preguntan.

Ya hay algunas pistas sobre ello. El Instituto de la Felicidad de Coca-Cola elaboró una macroencuesta en 2008 sobre felicidad, la más extensa de España. Se entrevistó a 3.000 personas que contestaron a 900 preguntas cada una. Margarita Álvarez, responsable de ese instituto, resume alguna de las conclusiones que se extrajeron en lo que al empleo respecta: "Para ser felices en el trabajo hay dos cosas clave: sentirse útiles, ver que lo que haces corresponde con tu formación e interés, y que recibamos el reconocimiento tanto de los jefes como de los compañeros". "Gastamos mucho esfuerzo en medir la satisfacción de la plantilla desde un punto de vista técnico, pero hay otras cosas. Por ejemplo, los trabajadores valoran mucho tener cierta capacidad de influencia, no de forma vertical, entre los directivos, sino entre sus propios compañeros: sentir que forman parte de un equipo y que pueden arrastrase unos a otros hacia una dirección convenida entre todos", añade Margarita Álvarez.

Es algo parecido al orgullo de marca, de pertenencia, que cita Urarte. "No hace falta para ello estar en una gran firma, basta una ONG, por ejemplo, para que los que en ella trabajan sientan que es su proyecto y que es algo beneficioso, digno", dice este consultor.

Urarte ha desarrollado junto a Javier Fernández Aguado un modelo para gestionar el talento imperfecto. Así lo llaman. "No hay empresa que sea perfecta en todo, así que el trabajador debe evaluar qué es lo que él quiere para adaptarse a la que más le conviene; algunas imperfecciones podrán corregirse y otras no: lo que hay que hacer es no amargarse con aquellos asuntos inapelables y ver cómo se modifican los demás", dice Urarte.

El problema es que las empresas no saben detectar el talento, por tanto, difícilmente podrán adaptarse para atraerlo. "Toda empresa sabe cómo satisfacer a sus clientes, qué es lo que les demandan, y ajustar su oferta a ello lo más posible; pero no tienen idea de por qué un trabajador con talento elige una empresa en lugar de otra. Y, para ello, deben decidir en qué quieren ser buenas con sus empleados: si con los salarios, con las vacaciones, con la flexibilidad de horarios. Nosotros ayudamos a las empresas a definir eso".

Esther Sánchez, profesora de Derecho del Trabajo en la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas (ESADE), habla de esto mismo, pero desde un punto de vista completamente jurídico: la Ley de Prevención de Riesgos Laborales. "Desde 1995 esta ley se ha vinculado sobre todo a los riesgos físicos, pero hay una dimensión oculta muy difícil de medir, como son los factores estresantes en la organización del trabajo, las dinámicas relacionales, las jerarquías que generan estrés o patologías psicosociales. La ley reconoce estos riesgos, pero prácticamente no se evalúan o se evalúan mal. Y todas esas cosas originan entornos de infelicidad", dice.

Hay dos problemas asociados a esta falta de cultura de la evaluación de riesgos psicosociales: que encarecerían aún más estos exámenes obligatorios que han de pasar las empresas y que, una vez evaluados ¿quién se atreve a corregirlos? ¿Quién destituye a un jefe que ejerce un liderazgo tóxico? "Eso no solo cuesta mucho dinero, sino que, con ese mismo jefe se puede ir también un buen talento técnico. No es sencillo", reconoce Esther Sánchez.

El talento es, al final, la columna vertebral de todo este asunto. De ahí partió esa idea de la felicidad en el trabajo que a muchos les hace sonreír solo con oírla. "Pues existe", asegura Antonio Domingo Tudó, presidente de la Asociación Española de Directores y Desarrollo de Personas (Aedipe) en Galicia. Aedipe organizará en junio unas jornadas sobre ello en A Coruña, con expertos nacionales e internacionales. "Y ya tenemos algunas empresas que han retocado su organización y alcanzan una buena valoración por parte de sus empleados. Esto revierte en una mayor productividad, está demostrado", asegura Domingo Tudó.

La organización es la clave en ese intento por deshacerse de la cara de perro en la oficina, o en la fábrica, o en la cabina de un autobús. "Y no se puede hablar de organización sin que se mencionen los horarios. El discurso de la gestión del tiempo se lo oímos a todos los ministros, al presidente del Gobierno, a todos, pero ¿cómo se hace eso? Nadie lo ha dicho", dice el profesor de la Universidad Politécnica de Cataluña Jordi Ojeda.

Harto de tanto discurso sin concreción, el profesor Ojeda y otros colegas de su universidad fundaron la empresa Rationaltime. Han desarrollado un sistema informático utilizando modelos matemáticos aplicados a la organización del trabajo. El resultado es un programa para gestionar a la carta el horario de los trabajadores. Esos planillos de turnos de fin de semana, vacaciones, horarios en general que tan laboriosos son, el ordenador puede resolverlos en 10 segundos. "Y si alguien ha cuadrado ese planillo y de repente descubre que uno de los empleados estará de baja tales días, no tendrán que emplear de nuevo una jornada entera en volver a hacer el mismo trabajo, lo hará el ordenador en otros 10 segundos", relata Ojeda. Porque los horarios son cada vez más complejos, todos no tienen el mismo, y un solo empleado puede tenerlos distintos.

Este programa ya lo han vendido a varias empresas de distintos sectores, "de la seguridad, la salud, tiendas y oficinas e industrias y fábricas", añade Ojeda. "Y en alguna hemos conseguido reducir el absentismo y el abandono del trabajo", dice satisfecho.

Conseguir un grupo cohesionado y feliz no es fácil, pero, efectivamente, algunas empresas lo van logrando. Esther Sánchez menciona la central de transportes MRW, con la que ha trabajado. "Tienen una conciliación fantástica, buenos estilos de liderazgo, inteligencia emocional, empatía". "Y un proceso de selección de empleados que testa que los que van a entrar comparten los mismos valores de respeto, solidaridad, trabajo en equipo, de los demás", dice Sánchez.

Porque, al final, "la felicidad es un ejercicio de madurez, uno ha de asumir que trabaja con personas" y no sólo de manera vertical, del jefe a los empleados, sino entre compañeros, añade esta profesora de la ESADE. "Y convivir lleva aparejados valores y formas de actuación más allá de los que uno piensa o siente; sólo así se crearán entornos saludables".

La profesora Sánchez se pregunta: ¿Por qué actuamos en familia distinto que en la empresa? "Está claro que en casa hay afecto y confianza, pero eso son cosas que se pueden moldear también en el trabajo".

Pero cuando le preguntan si existe o puede existir la felicidad en el trabajo, que es de lo que se trata, la profesora Sánchez contesta: "Si entendemos que es difícil ser felices en la vida en general, ¿por qué habríamos de serlo en el trabajo?".
Las bases para la sonrisa laboral

La Asociación Española de Directores y Desarrollo de Personas (Aedipe) ha elaborado un decálogo para alcanzar la felicidad en el trabajo, a partir de los estudios de diversos expertos que asesoran a las empresas sobre esta cuestión y de otros estudiosos sobre este asunto. Las recomendaciones son las siguientes:

- Escucha la diversidad de cada empleado.

- Fomenta que cada persona autoevalúe su potencial.

- Potencia el talento personal y profesional.

- Otorga autonomía y responsabilidad en el desempeño profesional.

- Garantiza la tolerancia y la colaboración en todos los equipos profesionales.

- Acuerda flexibilidad individual y colectiva.

- Promueve el trabajo digno y la protección social.

- Vincula la productividad a objetivos medibles que añadan competitividad.

- Recompensa a mandos y directivos comprometidos con la felicidad en el trabajo.

- En resumen, crea felicidad en el trabajo para aumentar la productividad.

Los que tienen ilusión y empuje son los que pueden desmotivarse

Es fundamental sentirse útiles y valorados por jefes y compañeros

Primero hay que tener un empleo digno, con derechos y seguridad

En ocasiones se dilapidan recursos para dar salario a quien busca tiempo

La ley de riesgos laborales también manda medir los factores de estrés

Toda empresa sabe satisfacer a sus clientes, pero no a los trabajadores

Hay que seleccionar a los empleados por los valores que ya comparten los otros

La organización es clave para quitar la cara de perro en la oficina o la fábrica

Genios

Un famoso aforismo sentencia que en una misma época sólo pueden coincidir dos o tres genios; si los buscamos en la nuestra, la respuesta puede ser desalentadora, pero los hay; y la cifra coincide con la de la sentencia: Edward Witten, Grigori Perelman, Mohamed Yunus. ¿Qué criterio los reúne? La facultad de arrojar una luz violenta y cegadora en un terreno donde todos los demás andaban a tientas antes que ellos.

Edward Witten logró unificar las teorías discordes sobre la física en una sola teoría de superfilamentos en 11 dimensiones; es el autor de la Teoría del todo o Teoría M.

Grigori Perelman consiguió demostrar la conjetura de Poincaré, uno de los cuatro problemas matemáticos más inabordables de todos los tiempos. Ahora está en paro, le aburren las matemáticas y desprecia a la gente codiciosa ambiciosa o deshonesta.

Mohamed Yunus, quizá el mayor de todos ellos y economista, consiguió encontrar la fórmula más práctica para resolver el problema de la pobreza y el de la segregación de la mujer en el Tercer Mundo.

Resulta curioso que el más importante de todos estos tres genios sea un musulmán y nacido en el país más pobre del mundo, Bangla Desh.

jueves, 15 de abril de 2010

el presunto control de la renta de los polítcos, una mentira más entre muchas

El País, 13 del corriente:


"A cuenta de las acusaciones contra José Bono y el intento del PP de subirse a ese carro para hacer ruido, resurge muy por debajo el debate sobre el control y la transparencia de los diputados. Y más concretamente sobre la inutilidad de trámites como la declaración de patrimonio que deben hacer todos los parlamentarios al asumir el escaño y al dejarlo. Esa declaración es secreta, nadie tiene acceso a ella y está depositada en el Registro del Congreso. Como nadie la ve, nadie puede comprobar si los datos han sido falseados o si son veraces o si hay omisiones. Incluso, si hubiera denuncia de parte, la Cámara no tiene establecido ningún mecanismo de control de veracidad de lo que allí se hace constar. En este caso concreto, los cuatro miembros del PP de la Mesa del Congreso pidieron el martes que la Comisión del Estatuto del Diputado cotejara la declaración secreta de Bono con su escrito a la Fiscalía y no lo lograron porque no existe ese mecanismo en el Reglamento de la Cámara. La Comisión no es competente para hacerlo y si llega la petición la rechazará. Cuando se pregunta para qué sirve esa declaración de patrimonio, responsables del Congreso explican que si lo pidiera un juez habría que remitírsela. Pero aclaran que si el juez comprobara que en la declaración en el Congreso no se han incluido todos los datos, no habría posibilidad de actuar contra el diputado porque no existe ninguna exigencia o garantía de veracidad. Ni capacidad de investigación o de comprobación. ¿Para qué sirve entonces? Para nada. ¿Por qué se hace? Pues nadie sabe explicarlo."

Divisas de las espadas españolas


No me saques sin razón,
no me evaines sin honor.

o No la saques sin razón, / pero después de sacalla, / con razón o sin razón, / sostenella y no enmendalla.

Más agresivo:

Si esta víbora te pica / no hay remedio en la botica

En las navajas y los puñales llamados Del santo óleo o De extrema unción, solía escribirse: A mi dueño sirvo sólo o Sirvo a una dama.

miércoles, 14 de abril de 2010

Testigos de Jehová

A mi casa han venido los Testículos de Jehová, llamémoslos así, porque siempre son dos y suelen joder bastante. Los atendió mi suegra, pues yo andaba en mis labores. Me quedé con ganas de hacer cantería y arte lapidario, no de discutir con ellos, pues no se puede discutir con pedruscos que no admiten discusión alguna. Solo un picapedrero podría hacer algo y con un martillo neumático. Los testigos de Jehová me parecen más insoportables que los Hijos de Utah, esto es, los mormones, a los que siempre he mirado con cariño. Y afición, a pesar de los disparates que les inspira el ángel Moroni. Incluso el absurdo Libro de Mormón me parece interesante como pastiche bíblico. He de confesar que me fío mucho más de ellos que de un católico: de la palabra de un católico nunca se fíe usted, de la de un testigo de Jehová sí, porque es un fanático de la honradez, como los mismos mormones. Nos dejaron dos revistillas; en la portada de una se leía "cómo dejar de fumar", lo que me da igual, porque es un vicio que no me adorna, como tampoco el beber y el engañar a la mujer; la segunda titula "¿Dónde está Dios?" ¡Y yo qué sé! Eso es asunto suyo (perdón por la boutade). Van en parejas, para que se espíen entre sí y vigilarse los flancos, como pasa entre las mujeres, las sectas y los guardiaciviles. Las ilustraciones de estas revistas me producen diabetes visual: sonrisas a tutiplén, familias maravillosas en technicolor feliz y empalagante, sin la picardía de un, por ejemplo, Norman Rockwell... y un masquefalsísimo multiculturalismo. Los hombres de las tabernas han pasado a ser hombres del tabernáculo, y donde esté un buen tabernáculo para emborracharse de opio del pueblo, que se quite lo demás. Me resulta, eso sí, admirable su pretensión de acabar con las guerras; en eso sí son ovejas estas ovejas descarriadas.

martes, 13 de abril de 2010

Correos y Quevedo

Como no tengo que desplazarme sino unos pasos (está cerca de mi casa), fui a recoger un paquete a Correos. Como siempre, era un libro: Francisco de Quevedo, Poesía inédita. Atribuciones del manuscrito de Évora. Edición de María Hernández, Barcelona: Libros del Silencio, 2010; las atribuciones siempre serán discutibles (la del poema 17, por ejemplo, me rechina especialmente; en algunos otros poemas además se deja ver Villamediana, como el 23), pero las más están bien atinadas, e incluso a algunas puedo aportar algún detalle en confirmación, como la reminiscencia de Aldana, poeta muy admirado, editado y algunas veces imitado por Quevedo, que puede hallarse en el verso décimo del soneto undécimo; por demás no cabe negar el buen gusto de esta compilación y de su autora: todos estos poemas valen mucho, y algunos, incluso muchísimo, sobre todo los versos cortos, algunos un auténtico ejercicio de virtuosismo conceptista, como el 14. Están pulcramente editados; yo habría sido más pedante. Sí, Quevedo era un Mongibelo, a más de un Orfeo que saca el alma "del infierno de la pena". Deslumbra el ingenio: "Es de linaje de duende / que ni se ve ni se entiende", como diría yo de algunos profesores. A algún verso le falta una sílaba, como al 4.º del soneto 20, y al profano le sorprenderá saber que Quevedo hablaba y escribía el catalán y lo mucho que debía a Góngora, quien lo tuvo en su juventud como un mal imitador suyo.

La cartera que me atendió no era mi antigua alumna: había un viejo precavido y desconfiado. Al salir me encuentro con Pedro Isado; me ha alegrado verlo; me habla de la presentación del libro del instituto, que dice será para mayo; yo le he dicho que no sé si saldrá mi artículo, porque era demasiado largo y que, en todo caso, me da igual. No son problemas para publicar los que tengo, sino que tienen que ver con tener tiempo y ganas de escribir. Pedro Isado es un ejemplo a seguir y a imitar de profesor: alguien entregado en cuerpo y alma a la enseñanza, a la lengua y a la literatura.

Leído por ahí


"Un país que padeció un golpe de Estado y una feroz Guerra Civil, seguidos de 40 años de dictadura castrante y de una transición a una democracia de manto reparador y manta ocultadora, y una tardía explosión económica enraizada en la caspa y el fango. Comisiones bajo mano a corporaciones públicas que recalifican suelos y autorizan obras, amparadas en una deficiente ley de financiación de partidos y entidades locales... una organización administrativa anclada casi en el siglo XIX, plagada de errores y despilfarro, y un clientelismo político de bolsa llena y manga ancha que otorga favores para cualquier posible acto ejecutivo; unos políticos siempre morados y presuntos, ataviados con la patente de corso de la soberbia, con automóviles de más de 30.000 euros, relojes de 2.400, maletas de Loewe, bolsos de Vuitton, trajes de Milano, como las gomas de borrar, viajes, hoteles de lujo, juguetes para niños, secretarias y sobres, muchos sobres, paraísos fiscales con más millones de los que se invierten en servicios básicos, el trabajo de la gente en impuestos públicos que van a parar a bolsillos privados. Campañas presupuestadas que no se realizan, fundaciones fantasma, espías, palacetes decorados con cariátides y angelotes, escobillas de váter de 300 euros, presupuestos con obesidad y que engordan todavía más, orgías de putas de alta gama y scorts, parcas dimisiones y ni un solo reconocimiento de culpa política, justicia enredada en las hojas de rábano de la letra de la ley o la subjetividad de los afectos, ultraderechas nacientes..."

Se queda corta.

Sobornos en el Vaticano

De El Mundo, hoy:

"La prestigiosa publicación católica independiente estadounidense National Catholic Reporter ya ha colgado en la segunda parte del amplio reportaje que dedica a Marcial Maciel. El artículo, fruto de nueve meses de investigación, explica cómo Maciel consiguió construir un imperio que la revista italiana L’Espresso valora en la actualidad en 25.000 millones de euros y revela que si consiguió durante años evitar que se abriera una investigación contra él por pederastia fue porque durante el Pontificado de Juan Pablo II pagó sustanciales sumas a tres altísimos cargos de la Santa Sede para asegurarse su apoyo: Angelo Sodano (secretario de Estado Vaticano entre 1990 y 2006 y hoy presidente del Colegio Cardenalicio), monseñor Stanislaw Dziwisz (secretario personal de Juan Pablo II y hoy cardenal) y el español Eduardo Martínez Somalo (camarlengo en el último cónclave y prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada desde 1994 hasta 2004)".

El valor subversivo de la bondad

En una época tan desencantada y amarga, hay que reivindicar el papel subversivo y maravilloso de la bondad. La bondad es la única cosa absolutamente gratis que hay en el mundo, de ahí su práctica invisibilidad; la publicidad se encarga de pervertirla por todas las rendijas de la aparatosa y manipuladora información. Observad, por ejemplo, cómo se ataca a toda forma de inocencia, qué importancia se le da en los medios informativos a los delitos contra la misma, en vez de proclamar e informar sobre su intrínseco valor, en vez de personalizarla. Esto provoca un efecto terrible: el de que, cuando la bondad se produce, no la sepamos reconocer y la rechacemos como falsa o como imposible o que, sencillamente, no la veamos entre tanta promiscuidad de copia adulterada. La empatía compartida, la bondad tiene siempre una cara propia de persona, y no de personal. Es cierto que se dice "inocencia", pero no se describe en qué consiste sino por términos negativos. Hay que redescubrir esa flor tan rara, aunque nos falte vocabulario para hacerlo, ya que, como Marina se ha encargado de hacer notar, el léxico de lo negativo es mucho más usado y abundante que el que se refiere al de lo positivo. El aire intelectual de una época lo dan sus palabras; podría decirse que esta es la época del nihilismo, y que hay que fundar una época de valores cimentada sobre personas que den ejemplo... si las hay, porque, si no, habrá que empezar a hacerlas, empezando por uno mismo.

Qué razón

Perder la razón.

Los jueces dicen que los jueces prevarican; a lo mejor tienen razón; la inmaculada oposición dice que la policía es delincuente; a lo mejor tiene razón; los hombres públicos dicen que tienen derecho a hacer negocios privados; a lo mejor tienen razón; los curas dicen que nadie les puede enseñar moral, o a no dar por culo; a lo mejor tienen razón; los bancos y los empresarios dicen que somos nosotros los culpables de la falta de negocio; a lo mejor tienen razón; sin embargo, a lo peor somos los ciudadanos los que estamos equivocados al pensar que tienen razón.

Mi religión

No sé por qué tuviera que creer ni en qué, pero si así fuese, no creería en nada salvo quizá en el dolor y, es más, en algunas cosas no creería más que en otras y respecto a muchas me hubiera gustado tanto creer que me comportaría como si creyera. ¿A quien no agradaría creer en un absurdo y asimétrico Dios absolutamente benevolente y misericordioso, presto siempre a perdonar y reacio a toda condena? Ese Dios que deja sólo a los hombres la facultad de condenarse o salvarse es el que me resulta simpático, y esa simpatía es hasta socialmente relevante para crear cohesión social, algo que es una ventaja evolutiva y que por eso programan nuestros genes. ¿A quien no le gustaría creer en el amor de los hijos, de los padres, de una pareja? ¿En la justicia, en la sociedad, en la bondad del hombre...? ¿A quién no le gustaría, en fin, ser optimista, y pensar que esto es algo más que lo que parece? Ese es el tema del Quijote, la ilusión... y cómo se pierde, con todas las demás cosas que se pierden: el tiempo, el sueño, la esperanza, el entusiasmo, la razón, la salud y, por último, la vida...

No tuve mucha suerte con quienes me instruyeron en religión, aunque, desde luego, los chicos de hoy la han tenido mucho menos, porque no saben ni siquiera quién fue Job , David, Jonás, Jacob, Judith, Ruth ni nada de eso que en el sigo XIX llamaban Historia sagrada. Para ellos Sansón debe ser algo así como una versión de Swarzenegger o un personaje del videojuego Warcraft. No la conocen ni mis mismas hijas, y eso que hicieron cada una dos años de catequesis, algo (la catequesis) que yo no hice jamás. Es cierto que me leí gran parte de la Biblia sólo por curiosidad, como una obra literaria. Admiro profundamente la poesía de los Salmos, la filosofía desolada del Eclesiastés, el pesimismo resignado del Libro de Job, el amor natural y escenificado del Cantar de los Cantares, el dramatismo de los Evangelios, las aventuras de los Hechos de los Apóstoles, la terribilità de los Profetas (sobre todo el tremendo Isaías), el tono detectivesco y críptico del Libro de Daniel... Detestar la religión es más fácil que comprenderla, algo por lo que me he esforzado toda mi vida, quizá en vano. Hay toda una sección de mi biblioteca dedicada a ese asunto, desde un punto de vista antropológico más que teológico.

Pero lo que uno va perdiendo definitivamente es el entusiasmo y su compañera la salud, y algo terrible para mí también, la curiosidad. No hay remedio, el fuego de esa hoguera devoradora se extinge y no hay combustible que la pueda reanimar un poco. Uno ya es un poso de ceniza, las "cenizas entendidas" de Quevedo, y de la ceniza lo único que se puede sacar es lejía, sentido crítico, mala leche, polvareda y niebla, en fin. Uno no se pone en marcha ya si no es con una gran fuerza que no tiene, con la energía de una batería que ya está descargada y con ayuda de los demás, sobre todo si son jóvenes con esperanzas. Mis hijas son jóvenes; ellas son capaces de ponerme en marcha; pero otros tipos de jovenes tienen el entusiasmo tan bien oculto y poco visible bajo cientos de capas de cebolla, que es imposible recargarse las pilas y dar lo que uno puede ofrecer. Eso será duro para ellos: son viejos antes de haber sido jóvenes, y serán falsos jóvenes cuando lleguen a viejos.

lunes, 12 de abril de 2010

Previsiones

"El presidente presumía de que la renta per cápita española había superado ya a la italiana e incluso iba mucho más allá, y alardeaba de que en 2013 nuestro país sobrepasaría también a Francia. Ese sueño temporal del presidente del Ejecutivo se puede convertir en una pesadilla permanente para los próximos años. Ni las estimaciones del Fondo Monetario Internacional ni los datos de Eurostat parecen darle la razón en sus pronósticos. Así, mientras el FMI prevé que España retroceda tres puestos en el ranking mundial por Producto Interior Bruto, hasta ocupar el lugar número doce, a Italia la mantiene en el séptimo puesto. El sueño de estar en el G-8, por tanto, se desvanece también. En cuanto a Eurostat, hay que recordar que hace poco más de dos meses los datos de la oficina estadística comunitaria aseguraban que, en 2009, la renta per cápita española había caído por debajo de la media de la UE (100), hasta situarse en los 99,4 puntos, lo cual no se producía desde el año 2001"

Bueno, en algo somos los primeros: producimos los políticos más previsores del mundo.

Trozos de celuloide inolvidable


La primera aparición de Rex Harrison en El fantasma y la señora Muir, de Mankiewicz, con una música jamás vuelta a repetir de Hermann; El viento nocturno soplando la arboleda sobre un cadáver en un deshabitado parque de Londres, en Blow up, de Antonioni; Isabella Rosellini cantando Terciopelo azul; Denis Hopper zurrándole la badana al muchacho en esa misma película; la muerte del dueño de los billares en The last picture show, de Peter Bogdanovitch; el hermano inválido del protagonista ahogándose ante la fría Gene Tierney en el lago azul y tranquilo "La otra cara de la luna", en Que el cielo la juzgue de John Stahl; la gorda lectora con la cerilla en la mano y quemándose en la hoguera de Farenheit 451, de Truffaut; el viaje por el río, la ahogada en el coche y Robert Mitchum cerca de la cama donde reposa Lillian Gish en La noche del cazador; de Charles Laughton; la muerte de Roy Batty en Blade Runner; la confesión de Glen Close en Las amistades peligrosas; el momento antes de saltar del avión y los momentos de la trinchera al final en Objetivo Birmania; el sueño en Fresas salvajes, de Bergman; las conversaciones del Escudero en El séptimo sello y los episodios en la casa de los judíos en Fanny y Alexander; las alucinaciones provocadas por la sed en El hombre tranquilo, de Ford; la tumba del que murió de cólera en Caravana de mujeres, Ava Gardner retozando con otros animales en Mogambo, el viejo impartiendo consejos en El tesoro de Sierra Madre de Huston, el fuego de Santelmo y los huesos del indio en Moby Dick, la hamburguesa que le sirven a Griffin Dunne en Jo, qué noche, de Scorsese; la conversación entre el pescador y el submarino en La hora final, de Stanley Kramer; el escupitajo a Gregory Peck en Matar a un ruiseñor; el muchacho y el pistolero esperando bajo el árbol a la furcia y el tiroteo final en la taberna en Sin perdón, el baño de los dioses en El viaje de Chihiro; Rosalind Russell vestida para matar y llamando "globo inflado" a Cary Grant en Luna nueva, de Hawks; John Wayne mirando a su alrededor poco antes de empezar su viaje imposible en Río rojo, o sacudiéndole con una sartén a Dean Martin en el otro río, de ese mismo; Frank Sinatra dejándose sobornar en El detective; la loca de William Hurt soltándole un rollo macabeo a Raúl Juliá en El beso de la mujer araña de Babenco; la hermana peleándose con su hermano o el bestialista taxista italiano escandalizando al sacerdote moribundo en Noche en la tierra; el protagonista mosqueado con su novia en Clerks; Harvey Keitel feliz en su estanco y sacando su foto matutina en Smoke, de Auster/Wang, y tantos otros.

El capital educativo


En México sólo hay tres horas de clase y por la mañana en la educación pública; allí la calidad educativa es ínfima y sólo enseñan algo en la educación privada. Así les va.

Fuentes del derecho

Las fuentes del derecho son la costumbre y el derecho natural; desde luego, hablar de lo correcto exige nuestra parte racional y no la animal, así que podemos ser tanto más racionales y tanto más animales cuanto más legales o ilegales seamos; esa doble naturaleza es la que nos hace la puñeta siempre en cuestiones morales. Algunos de los jueces que conozco piensan que no existe un verdadero derecho natural, porque no sabemos qué es el derecho natural... De ahí que nos queden sólo los precedentes que nos da la costumbre, el derecho positivo. En el mismo Romanticismo hubo siempre dos bandos, el de los progresistas defensores del iusnaturalismo, todos hijos de Cicerón, como Thomas Paine, o de la voluntad general de Rousseau, y el de los tradicionalistas defensores del consuetudinarismo, como Burke; y eso que eran liberales ambos. Los primeros son los partidarios de la Revolución francesa: piensan que las leyes pueden cambiar para adaptarse al tiempo, los segundos piensan que no, o que, en todo caso, eso es una lenta evolución, ya que la ley general se va haciendo sumando casuística, como en el derecho anglosajón. En fin, es cierto que nos hemos atrevido a decir cuáles son nuestros derechos pero no a decir cuáles son nuestros deberes (y lo que es o define a un hombre no son sus derechos, sino sus deberes), por más que la tradición aporte algunos mandamientos, como el decálogo judío o los tres mandamientos romanos: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere: vivir sin perjudicar a otro y ocupándose de uno mismo. Los griegos, casi lo mismo, pero menos negociante: "Conócete y no te pases ni siquiera en eso, o terminarás siendo gilipollas" Ahora bien, podemos asumir la tradición, crearnos nuestros propios valores, como hizo Nietzsche o quedarnos al margen y por encima de ella, como hacen los criminales y los políticos sin escrúpulos. Mucha gente puede hacer lo correcto saltándose la ley, como por ejemplo Garzón (o, como en ese excelente drama del mariquita Terence Rattigan, del cual hizo también luego David Mamet una excelente película: El caso Winslow) y eso revela la insuficiencia del derecho; a mí me parece hermosísimo el imperativo categórico kantiano, pero en general suele dejar bastante patidifusos a los políticos concretos de los países que ocupan las penínsulas mediterráneas; en todo caso, el mundo en que tenemos que vivir es este, no en el de las fumatas blancas o en el de los sellitos lisérgicos, que duran lo que duran y nos convierten en Alicias de desmesurada estatura; el hombre, reza el tópico literario, es enano a hombros de gigantes, y no podemos pretender ser más que lo que somos, una pura mierda, una caña de cerveza pascaliana, y en todo caso podemos auparnos encima del Romay de la tradición para ver más lejos; por lo demás, si alguien quiere saber o ignorar más que nadie qué es lo justo, que lea a Kelsen (aunque lo olvide o no lo entienda, como nos pasa a más de uno...) Sin embargo, la ley no tiene por qué juzgarlo todo, como les pasa a los judíos hasídicos y a los moros: posee márgenes de libertad en blanco y no se atreve a juzgar en cuestiones que no son de derecho: ese es el margen que nos hace felices y libres. Nadie, sino nosotros mismos, puede decirnos qué es lo correcto en algunas cuestiones, y especialmente en lo que toca al dolor y al sacrificio humano. Y ahí vuelven otra vez esos judíos cristianos estilo Maximiliano Kolbe y el capítulo V de la Epístola a los Romanos, versículos 6 a 8 o lo que Durkeim llamaba el sacrificio altruista, aunque sean tan inútiles como el de ese Cristo, Roy Batty, en Blade Runner; claro, siempre estarán los que interpretan las cosas de forma torcida; un ejemplo, cuando San Agustín escribió eso tan gracioso de "ama y haz lo que quieras..." que tan mal han interpretado los pederastas del papa y el pobre y casto y equivocado papa. En Holanda están estudiando legalizar el suicidio asistido desde los setenta años para esos quinientos ancianos holandeses que, según las estadísticas, cada año sienten que la muerte ha pasado de largo y que su vida ha terminado antes de terminar, de forma que consistir todos los días ya sólo les resulta una carga, un fastidio y una tortura nada generosa con ellos ni con los demás; así evitarían sufrir y hacer sufrir. ¿Es razonable? Yo creo que, más que razonable, es sensible (para ellos) y lamentable (para otros). Las opiniones son como el culo: todo el mundo tiene una y a nadie le apesta la propia. Pero en esas materias considero que el verdadero sabedor es un señor del que nadie se acuerda, pero yo sí, que escribió larga y bellamente sobre ello y que se llamaba Ramón Sampedro.

domingo, 11 de abril de 2010

La sensatez de Montaigne


"El hombre está totalmente loco. No sabría cómo crear un gusano, y crea dioses por docenas".
Michel Eyquem de Montaigne

(y, mira por donde, me entero de que era pariente de Francisco Sánchez "el Escéptico" por parte de madre; eso explica muchas cosas)


Una obra maestra del sentido común: "El mundo tal cual lo veo", de Albert Einstein

Lo que dijo Albert Einstein, un hombre acostumbrado a no fiarse de las ideas adocenadas, sigue tan vivo como entonces:

Publicado por primera vez en Forum and Century, voL 84, p. 193-194, el
número 13 de la serie "Forum Film actual". Incluido también en Living Philosophies
(p. 3-7), Nueva York, Simon & Schuster.

Albert Einstein

EL MUNDO TAL COMO YO LO VEO 

¡Qué mala suerte la de nosotros los mortales! Estamos aquí
por un breve período, no sabemos con qué propósito, aunque a
veces creemos percibirlo. Pero no hace falta reflexionar mucho
para saber, en contacto con la realidad cotidiana, que uno existe
para otras personas: en primer lugar para aquellos de cuyas sonrisas
y de cuyo bienestar depende totalmente nuestra propia felicidad,
y luego para los muchos, para nuestros desconocidos, a cuyos
destinos estamos ligados por lazos de afinidad. Me recuerdo a
mí mismo cien veces al día que mi vida interior y mi vida exterior
se apoyan en los trabajos de otros hombres, vivos y muertos, y
que debo esforzarme para dar en la misma medida en que he recibido
y aún sigo recibiendo. Me atrae profundamente la vida frugal
y suelo tener la agobiante certeza de que acaparo una cuantía
indebida del trabajo de mis semejantes. Las diferencias de clase
me parecen injustificadas y, en último término, basadas en la
fuerza. Creo también que es bueno para todos, física y mentalmente,
llevar una vida sencilla y modesta.

No creo en absoluto en la libertad humana en el sentido filosófico.
Todos actuamos no sólo bajo presión externa sino también
en función de la necesidad interna. La frase de Schopenhauer
«Un hombre puede hacer lo que quiera, pero no querer lo que
quiera», ha sido para mí, desde mi juventud, una auténtica inspiración.
Ha sido un constante consuelo en las penalidades de la
vida, de la mía y de las de los demás, y un manantial inagotable
de tolerancia. El comprender esto mitiga, por suerte, ese sentido
de la responsabilidad que fácilmente puede llegar a ser paralizante,
y nos impide tomarnos a nosotros y tomar a los demás excesivamente
en serio; conduce a un enfoque de la vida que, en concreto,
da al humor el puesto que se merece.

Siempre me ha parecido absurdo, desde un punto de vista objetivo,
buscar el significado o el objeto de nuestra propia existencia
o de la de todas las criaturas. Y, sin embargo, todos tenemos
ciertos ideales que determinan la dirección de nuestros esfuerzos
y nuestros juicios. En tal sentido, nunca he perseguido la comodidad
y la felicidad como fines en sí mismos... Llamo a este planteamiento
ético el ideal de la pocilga. Los ideales que han iluminado
mi camino y me han proporcionado una y otra vez nuevo
valor para afrontar la vida alegremente, han sido Belleza, Bondad
y Verdad. Sin un sentimiento de comunidad con hombres de
mentalidad similar, sin ocuparme del mundo objetivo, sin el eterno
inalcanzable en las tareas del arte y de la ciencia, la vida me
habría parecido vacía. Los objetivos triviales de los esfuerzos
humanos (posesiones, éxito público, lujo) me han parecido despreciables.
Mi profundo sentido de la justicia social y de la responsabilidad
social han contrastado siempre, curiosamente, con mi notoria
falta de necesidad de un contacto directo con otros seres humanos
y otras comunidades humanas. Soy en verdad un «viajero solitario»
y jamás he pertenecido a mi país, a mi casa, a mis amigos, ni
siquiera a mi familia inmediata, con todo mi corazón. Frente a
todos estos lazos, jamás he sentimientos que crecen con los años.
Uno toma clara conciencia, aunque sin lamentarlo, de los límites
del entendimiento y la armonía con otras personas. No hay duda
de que con esto uno pierde parte de su inocencia y de su tranquilidad;
por otra parte, gana una gran independencia respecto a las
opiniones, los hábitos y los juicios de sus semejantes y evita la
tentación de apoyar su equilibrio interno en tan inseguros cimientos.
Mi ideal político es la democracia. Que se respete a cada hombre
como individuo y que no se convierta a ninguno de ellos en
ídolo. Es una ironía del destino el que yo mismo haya sido objeto
de excesiva admiración y reverencia por parte de mis semejantes,
sin causa ni mérito míos. La causa de esto quizá sea el deseo,
inalcanzable para muchos, de comprender las pocas ideas a las
que he llegado con mis débiles fuerzas gracias a una lucha incesante.
Tengo plena conciencia de que para que una sociedad pueda
lograr sus objetivos es necesario que haya alguien que piense,
dirija y asuma, en términos generales, la responsabilidad. Pero el
dirigente no debe imponerse mediante la fuerza, sino que los
hombres deben poder elegir a su dirigente. Soy de la opinión que
un sistema autocrático de coerción degenera muy pronto. La fuerza
atrae siempre a hombres de escasa moralidad, y considero regla
invariable el que a los tiranos de talento sucedan siempre
pícaros. Por esta razón, me he opuesto siempre apasionadamente
a sistemas como los que hay hoy en Italia y en Rusia. Las causas
del descredito de la forma de democracia que existe hoy en Europa
no deben atribuirse al principio democrático en cuanto tal, sino
a la falta de estabilidad de los gobiemos y al carácter impersonal
del sistema electoral.

Creo, a este respecto, que los Estados Unidos han encontrado
el camino justo. Tienen un presidente a quien se elige por un período
lo bastante largo y con poder suficiente para ejercer adecuadamente
su cargo. Por otra parte, lo que yo valoro en el sistema
político alemán es que ampara mucho más ampliamente al individuo
en caso de necesidad o enfermedad. Lo que es realmente
valioso en el espectáculo de la vida humana no es, en mi opinión,
el estado político, sino el individuo sensible y creador, la personalidad;
sólo eso crea lo noble y lo sublime, mientras que el rebaño
en cuanto tal, se mantiene torpe en el pensamiento y torpe en
el sentimiento.

Este tema me lleva al peor producto de la vida de rebaño, al
sistema militar, el cual detesto. Que un hombre pueda disfrutar
desfilando a los compases de una banda es suficiente para que me
resulte despreciable. Le habrán dado su gran cerebro sólo por
error; Le habría bastado con médula espinal desprotegida. Esta
plaga de la civilización debería abolirse lo más rápidamente posible.
Ese culto al héroe, esa violencia insensata y todo ese repugnante
absurdo que se conoce con el nombre de patriotismo. ¡Con
qué pasión lo odio! ¡Qué vil y despreciable me parece la guerra!.
Prefiero que me descuarticen antes de tomar parte en actividad
tan abominable Tengo tan alta opinión del género humano que
creo que este espantajo habría desaparecido con mucho si los
intereses políticos y comerciales, que actúan a través de los centros
de enseñanza y de la prensa, no corrompiesen el sentido
común de las gentes.

La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es
el misterio. Es la emoción fundamental que está en la cuna del
verdadero arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y
no pueda ya admirarse, y no pueda ya asombrarse ni maravillarse,
está como muerto y tiene los ojos nublados. Fue la experiencia
del misterio (aunque mezclada con el miedo) la que engendró la
religión. La certeza de que existe algo que no podemos alcanzar,
nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más
deslumbradora, a las que nuestras mentes sólo pueden acceder en
sus formas más toscas... son esta certeza y esta emoción las que
constituyen la auténtica religiosidad. En este sentido, y sólo en
éste, es en el que soy un hombre profundamente religioso. No
puedo imaginar a un dios que recompense y castigue a sus criaturas,
o que tenga una voluntad parecida a la que experimentamos
dentro de nosotros mismos. Ni puedo ni querría imaginar que el
individuo sobreviva a su muerte física; dejemos que las almas
débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan en estas
ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la eternidad
de la vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura
maravillosa del mundo real, junto con el esfuerzo decidido por
abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la Razón que se
manifiesta en la naturaleza.