jueves, 21 de octubre de 2010

España al borde de la quiebra


JML, "Alberto Recarte: España está al borde de la quiebra". En Expansión, 18-X-2010

"España se desmorona. Pero quiero resaltar que no es un hecho que haya buscado el Gobierno, sino que se produce por decisiones que no tuvieron en cuenta la salud de la economía. El Ejecutivo nos ha conducido aquí sin intención, pero sin cuidado". El mensaje del economista Alberto Recarte es impactante, como lo es el título de su nuevo ensayo económico: El desmoronamiento de España. La salida de la crisis y la política de reformas (Editorial La Esfera de los Libros).
Se trata de la segunda parte del celebrado Informe Recarte 2009 y se publicará el martes que viene, 19 de octubre.
A lo largo de sus 548 páginas, Recarte disecciona la situación económica de España a día de hoy. La abre en canal, observa, explica lo que ve y propone soluciones para la enferma. Siempre desde mi punto de vista, pero complementando todo con datos y estadísticas, subrayó. Recarte atendió ayer a EXPANSIÓN para desgranar las líneas maestras de la obra, que se entrega al análisis de la ultimísima actualidad, tan convulsa y cambiante.
El dictamen de Recarte no es, precisamente, optimista: Estamos al borde de la suspensión de pagos permanentemente, espeta. ¿Qué soluciones propone? En esta situación fiscal extrema actual hay que subir las rentas del capital [tributación del ahorro], algo que es imprescindible y que se verá en las próximas semanas. Además, era imprescindible subir el IVA, y se debería elevar también los Impuestos Especiales y el IRPF, como se ha hecho, pero de forma reversible. No se puede dinamizar la economía sólo con rebajas fiscales, pero habría que disminuir el Impuesto sobre Sociedades sería una locura eliminar sus exenciones y bonificaciones, como estudia el Gobierno y las cotizaciones sociales.
Y corrige las recientes y polémicas declaraciones de Díaz Ferrán: Hay que ganar menos, sí, pero todos; y trabajar más, pero los que más ganan también tienen que pagar más impuestos. Tenemos que ser solidarios entre todos. Queda patente que un liberal como Recarte puede estar al margen de esos mensajes machacones o herméticos que únicamente demandan bajadas de impuestos.
Exportar
Hay más medidas: De esta crisis se puede salir. ¿Cómo? Apoyándose en el sector exterior exportando más y en la construcción a partir de 2013 [ese año la deuda pública equivaldrá al 80% del PIB, opina]. No existe ninguna recuperación en los últimos 150 años de la Historia española que no se haya apoyado en sector exterior y construcción, enfatiza.
Eso es lo que debería hacerse para superar la crisis a medio y largo plazo, pero hay medidas que urgen más. Sobre todo, completar la reforma de las cajas de ahorros, según Recarte. Si no se recapitaliza el sector financiero y los mercados empiezan a creer que no cumpliremos el objetivo de reducir el déficit público al 3% del PIB, habrá otro episodio de crisis de deuda, y cada vez tenemos menos posibilidades de sortearlo.Habrá un periodo de calma de seis u ocho meses, ya que el FMI, la UE y los mercados creen, a día de hoy, que las medidas que ha puesto en marcha el Gobierno son suficientes. Pero todo va a depender de que se cumpla la tasa de crecimiento prevista yo creo que no, porque si no es imposible alcanzar la subida de ingresos estimada. Si no se consigue crecimiento, habrá más recortes de gasto y otra vez el euro estará en peligro, explica Recarte.
El euro, condenado a morir
Y añade: Va a ser muy difícil que el euro sobreviva, porque no hay unión política y Reino Unido y Alemania no están por la labor.
Tampoco la vía de la austeridad parece que vaya a funcionar del todo. El economista ha realizado en su nuevo libro un ejercicio teórico fallido: reducir al 3% el déficit con las medidas actuales. Sólo se podría disminuir hasta el 5%. Es posible cumplir el 3%, pero sólo si se hacen todas las reformas estructurales muy rápido: pensiones, mercado del trabajo, sistema financiero y Administraciones Públicas.
En este último punto Recarte apuesta por un modelo federal con autofinanciación y competencias fijas y más reducidas. Además, demanda que los mandatarios autonómicos no se perpetúen en el cargo y aboga por prohibir que partidos y sindicatos se financien vía Presupuestos.
"Las políticas que aplica ahora el Gobierno son más sensatas que las que propone el PP" Le van a decir que este es un libro que parece destinado sólo a la derecha.
No, no. De hecho, para mí el PP se ha convertido en un partido tan populista que está cercano al peronismo. Las políticas que está proponiendo el PP son todas de gasto y habrían aumentado ciertamente el déficit. El Gobierno está aplicando ahora mismo políticas más sensatas que las que propone el PP.
Dice que el Gobierno ha propiciado el desmoronamiento de España. ¿Sólo es culpa de Zapatero?
No, los gobiernos de Aznar también tienen responsabilidad. El PP renunció a hacer la reforma laboral al entrar en el euro. Eso, con los tipos bajísimos, propició la burbuja inmobiliaria. Digamos que el 30% de la responsabilidad es de los gobiernos de Aznar (por error) y el 70%, de los de Zapatero (por desinterés, ya que sólo le interesa el poder).
Su libro no les va a sentar bien a las autonomías, a las que tilda de conflictivas, derrochadoras y chantajistas...
Es uno de los grandes problemas políticos. Por ejemplo, Andalucía y Extremadura, como saben que son un granero de votos, siempre han pedido y han recibido más. Esto, lejos de enriquecerlas las ha empobrecido más aún.
¿En política regional, en qué se diferencian los socialistas de los populares?
Son exactamente iguales. Exclusivamente se diferencian en las rebajas fiscales de Esperanza Aguirre (presidenta de Madrid), que algunas regiones han secundado.

miércoles, 20 de octubre de 2010

La hora de la vida

En España todo el mundo callejea entre siete y ocho y media; entonces usted puede encontrarse a cualquiera, porque se anima el ritmo circadiano y no hay quien no salga para tratar con hombres, animales o plantas, porque los que quieren comprar algo apuran el cierre de los comercios y los mismos comerciantes salen de trabajar y cada cual se dirige a casa para cenar, concluida con alborozo su jornada laboral. Los hombres casados, sin embargo, no tratan con mujeres, a causa de lo que Jesús Ferrero llamó con exquisitez efecto Doppler. La amistad con mujeres más allá de las meras apariencias es muy rara; cualquiera que la haya probado sabrá que media siempre una raya intraspasable de peligro ominente. Si la relación alcanza alguna intensidad, e incluso aunque no, se construye un universo paralelo de posibilidades que nunca va a interferir en la realidad, porque, si lo hace, origina todo tipo de desastres cosmológicos; de ahí que los hombres de uno y otro sexo y las mujeres de uno y otro sexo se suelan evitar como se evitan los planetas en sus órbitas, incurriendo sin embargo en inevitables mareas y mareos; porque, además, acaba apareciendo siempre la cara oscura del astro y en ese tenebroso amanecer resulta invariablemente más fría y muerta que la esplendente. Toda aurora es efímera, porque la vida da giros -"como el mundo es redondo, el mundo rueda", decía el romántico- y lo que antes se vino arriba se viene abajo. Uno puede adoptar la actitud galaica de un Rajoy que no se moja ni en la ducha y andar confortablemente metido en su concha como un molusco bivalvo, o lamelibrianquio y pelecípodo, que decía mi profe de naturales, Pilar Manglano, que Dios guarde y en buen lugar ponga, y atravesar por las mujeres con un corazón íntegro y monocorde a paso de legionario, pero eso también rendirá factura/fractura y yermo de soledad, mustio collado, tras la intensidad de la máxima aproximación del efecto Doppler.

Pero, dejando al margen el excursus, que para eso está, refiero que he leído El Día y, fuera mentiras, venía en sus páginas un estupendo artículo de Macario Polo Usasola, llano y lleno de sentido común. Me tiene mal acostumbrado este ciudarrealeño novelista e informático profesional; todavía no le he pescado ni una sola página vacua o mal escrita... De momento, me conformo con leer todo lo suyo con muchísimo gusto por lo que dice y cómo. Aunque es colaborador, debería hacerse pagar sus columnas, que ayudan a levantar ese templo periodístico. De momento, ahí va un enlace a su blog en el mío.

Esta noche he soñado con fábulas. Debo estar mochales, porque trabajo hasta en sueños; supongo que debe ser propio de escritores eso de poner a currar a los sueños y estrujar sus nubes para sacar la lluvia concreta de la escritura, pero eso hace que te levantes fatigado para tener que ir a dar el cayo en otra cosa. Triste condición la nuestra.

lunes, 18 de octubre de 2010

Madrid

He ido a Madrid a ver a mi médico, el doctor A. Lo que hayamos hablado no incumbe a los cotillas que leen estas líneas; algunos son alumnos -no sólo de este instituto, como he podido comprobar-, otros profesores o padres y, muchos, amigos dispersos por la provincia, por España y por el mundo en general. El doctor A., ya lo dije en alguna ocasión, es algo difuso; me imagino que en más de alguna ocasión le habrán imitado los andares y hablares que gasta; me asombré al ver lo voluminoso que era en sus manos mi historial.

Esta vez no haré costumbrismo, como cuando escribo sobre mis viajes. No tengo tiempo ni ganas. Al salir de Atocha no vi nada nuevo, salvo un largo vaso de tubo de cubata abandonado en una isleta en mitad de la circulación. En el Ramón y Cajal no vi a ninguna persona digna de reseña: sólo viejos patricios romanos y el habitual revoltijo de edades y etnias. Como el tren partía tarde, aproveché la espera para darme una vuelta por la cercana cuesta de Moyano. Compré cuatro libros para regalárselos a los alumnos de mi seminario de la tarde: El ocho, de Catherine Neville, Los tres mosqueteros, de Dumas, El señor de Balantry de Stevenson y Tom Sawyer, de Mark Twain. Para mí, ediciones Gredos de las Fábulas de Esopo, Babrio, Fedro y Aviano y un tomo de la Historia de España de Pedro Aguado Bleye que estaba a buen precio. Mis compras están determinadas por el trabajo: hoy voy a firmar un contrato con Castalia para hacer una edición didáctica de las Fábulas de Iriarte y Samaniego.

domingo, 17 de octubre de 2010

1950

Es el número de este post; me voy acercando a los dos mil. Estuve este domingo en un Guridi repleto; había incluso una compañera que no alcancé a saludar; lo haré cuando la vea el martes. Leí la prensa en la barra y luego en la mesa; el Lanza contenía una entrevista al presidente del Club Rotario, también empresario vitivinícola; debe ser masón, como en general todos los miembros de clubes rotarios; al menos, lo que dice ahí no lo desmiente. Yo, que tengo amigos y compañeros masones, debería preguntárselo, pero los veo muy de tarde en tarde, y lo dejaré pasar. Después de todo, entre la Masonería y una orden de monjitas la diferencia ahora no pasa de nominal. Había además dos articulitos de primorosa mala baba y muy malencarados contra las más imbéciles que non sanctas declaraciones del curioso y arruinado presidente de la CEOE. Este personaje confirma que la burguesía española es mediocrísima y, sin duda, la peor de Europa, como que desciende de los enchufados, chorizos y rateros de cartilla de racionamiento antes y después del plan de Estabilización, a la sombra de Paco, chusquerísimo de todas las Españas. Por demás, el periodicucho concluía con una buena entrevista al director de una adaptación cinematográfica china del Quijote, estrenada en 1500 salas de ese país en tres dimensiones. Se trasplanta el argumento a la historia china, y el ingenioso hidalgo es en realidad un mandarín que enloquece leyendo manuales de artes marciales. En La Razón, mentiras aparte, y que cuenta con algunos buenos prosistas, como Ussía y Martín Prieto, viene un articulito muy bien escrito de nuestro Francisco Nieva, hablando de curas y braguetas. Se declara ateo y descendiente de un venial pecadillo de su innominado bisabuelo cura, un helenista que mal compaginaba los grecos desnudos con las prendas sotanales. Quien haya leído sus memorias, como yo, sabrá que ese hombre era Ciriaco Cruz, y que su pecadillo, nada venial, le costó la locura y la reclusión perpetua a la víctima del embarazo. Menos carcundas, en Italia los curas, obispos, cardenales y papas solían disimular como sobrinos a sus hijos; algunos papas, de hecho, fueron sucedidos por sus hijos biológicos, sólo para el mundo sobrinitos. Precioso el párrafo en que describe la separación del misticismo amoroso de los personajes masculinos de Juan Valera de la pragmática de sus femeninos. Yo siempre dije, cual el libertino egabrense, que en el amor sólo importa la práctica, no la teoría.

Suerte y Justicia


Dos personas se presentaron a una oposición, y escribieron a su preparador el día antes. Uno terminaba su carta con "que Dios reparta suerte"; otro, "que Dios reparta justicia".

Dios, o lo que haya en su lugar, lo debe tener dificilillo.

Manipulaciones informativas varias

Como no me canso de decir, existen tres formas de violencia, y de una de ellas no somos conscientes. La violencia física es la más perceptible y por ello nos subleva más; de la violencia emocional somos muy poco conscientes, aunque notamos sus efectos, y de la violencia intelectual, apenas. La violencia intelectual se reduce fundamentalmente a la mentira; es la violencia que ejercita el poder político (al menos, el falso y aparentemente legítimo, en realidad poco o nada compartido).

Podemos ejemplificarlo en las noticias sobre la huelga francesa por parte de las dos cadenas presuntamente públicas de TV; con el mando a distancia alterné cómo las daban respectivamente Antena 3 y TVE 1; para la primera hubo manifestados en París "un millón de franceses"; para la segunda, "miles"; para Antena 3 eso fue una "manifestación", una "protesta" y una "huelga"; para el canal público, una "contestación" a las "medidas del gobierno", cuyo punto de vista presidía la información, a la que se le echaban de menos las aparatosas imágenes multitudinarias que a cambio esgrimía Antena 3; la palabra "huelga" ni siquiera apareció. Otro ejemplo, a escala provincial: las noticias sobre la corrupción de CCM comparecen en El Mundo, pero no en el Lanza ni en La Tribuna, medios sufragáneos de la Hermandad de Cabezones. Lamentable. Si esto no es manipulación informativa, al estilo de la franquista, pero con vitola de democracia, que es peor, que venga Dios y lo vea. Uno ya sólo puede mirar al mundo y a España con un mínimo de objetividad recurriendo a Euronews, Periodista Digital o a la prensa extranjera, únicos que utilizan una cierta independencia, y, aun así, no ciertamente exentos de manipulación. Como estamos siendo desgobernados por una serie de creativos publicitarios de bajo pelo, que no políticos, no podía esperarse nada menos que esta forma de antipolítica, despotismo o, por qué no, dictadura, o, como decía antes, violencia intelectual.

No me quejo de los periodistas individuales, quienes son también víctimas de esta situación, por no tener contrato fijo y ni siquiera un estatuto del periodista (por no haber, no hay siquiera un estatuto del docente; no en vano decía Romanones eso de "dejaos de leyes y dadme los reglamentos"); son los estatutos los que realmente reforman las cosas (o las terminan de empeorar). El principio de Peter, que los castizos suelen denominar más aromáticamente como "la mierda flota", demostrado en sociedad hasta la saciedad, excreta siempre a las alturas del poder a quienes se han caracterizado por su carácter vivillo o jodejode y, en suma, por su incompetencia, soberbia o superficialidad, hasta que se instalan en su "nivel de incompetencia máxima", según el libro, que leí cuando era un chaval. Suponiendo que tuvieran conciencia, y no una buena imitación, estas personas tan despersonalizadas, una vez alcanzadas esas cotas para las que han tenido que mentir tanto, ya no sabrían reconocer la verdad aunque les gritara al sonotone. Alguna vez he comprobado este principio, que considero indubitable. El libro de El principio de Peter ofrece, además, una serie de instrucciones para saber cómo identificar a los afectados por este mal y una serie de máximas y axiomas para reconocer sus efectos y apariencias.

sábado, 16 de octubre de 2010

Schopenhauer

Rüdiger Safranski, "La actualidad de Schopenhauer", El País, 16/10/2010:

Durante la mayor parte de su vida, Arthur Schopenhauer -fallecido hace exactamente 150 años- no defendió una filosofía que gozara de actualidad. En contra de lo que era corriente en su época, su imagen del hombre no se esbozaba desde el espíritu, sino desde el cuerpo y las pulsiones, desde la biología. Con Schopenhauer se produce un giro biológico en la filosofía, una auténtica provocación para aquel tiempo. A veces siente menos aprecio por los ejemplares medios de los «bípedos», tal como en ocasiones los denomina con rabia, que por otros animales más juiciosos. Cuando su perro de lanas le molesta, lo increpa con un «Pero, ¡hombre!». Para Schopenhauer el hombre pertenece realmente al reino animal, y por eso le encantan las frecuentes comparaciones con los animales. Por ejemplo, esclarece el instinto social del hombre con el caso de los puercoespines, que en los días fríos de invierno se apiñan entre sí para calentarse, pero como se clavan unos a otros las espinas, tienen que volver a separarse, arrojados de aquí para allá entre dos males. Lo mismo sucede con el hombre, que busca la sociedad, pero que es atormentado por ella. Por eso Schopenhauer aconseja mantenerse a una distancia media. Desde su punto de vista es sobre todo la maldad lo que distingue al hombre del animal. Para la crueldad, el engaño, la envidia y la malevolencia de todo tipo se requiere inteligencia. Con la inteligencia el hombre se ha creado un mundo cultural intermedio, mas no por eso se ha hecho mejor. A Schopenhauer le gusta citar al Mefistófeles de Goethe: «La llama razón y de ella sólo tiene necesidad para superar a cualquier animal en animalidad...». En un famoso capítulo dedicado a la «metafísica del amor sexual», Schopenhauer expone que también en el amor más exaltado a la postre actúa solamente lo biológico, a saber, el comportamiento procreador. Describe con destacado talento satírico los ridículos en que cae el espíritu cuando entra en colisión con las pulsiones y maquinaciones del cuerpo, concretamente con la sexualidad. Dice que los genitales son el «auténtico núcleo de la voluntad». Ante la conciencia, el impulso de procreación se representa como una aspiración psíquica y como enamoramiento. Los genitales se buscan a sí mismos y el alma cree que se encuentra a sí misma. «Esta añoranza y este dolor del amor [...] son los suspiros del espíritu de la especie, que cree conseguir o perder un medio indispensable para sus fines, y por eso gime profundamente» (Die Welt als Wille und Vorstellung, II, 705). La depresión poscoital es la desilusión del alma, que a la vista de semejante montaje, se prometía más cosas.

Nuestra época, fascinada por teorías sobre «genes egoístas» y por la reducción del espíritu a las funciones cerebrales, debería considerar la filosofía de Schopenhauer como de máxima actualidad. Pero hay más de un obstáculo para ello. Por más que se celebra la marcha victoriosa de la biología en la técnica y en la ciencia, en general este convencimiento no quiere extenderse a la conciencia pública. Hace algún tiempo pudimos observarlo en el debate de Sloterdijk sobre la cuestión de la optimización biológica del hombre (el «parque humano») o más recientemente en las polémicas declaraciones del economista Thilo Sarrazin. Las reflexiones eugenésicas, las afirmaciones relativas al carácter hereditario de la inteligencia o a la diversa distribución de las dotes en los diferentes pueblos acarrean todavía los más fuertes anatemas. Sabemos que estos tabúes tienen su historia, pues tras los crímenes del nacionalsocialismo, el biologismo ha perdido su inocencia; por tanto, no deberíamos sorprendernos ante reacciones que han alcanzado cotas de histeria. No hay duda de que éstas sólo pretenden quitarse de encima asuntos y personas desagradables. Pero esto nada cambia en el hecho de que en la imagen del hombre se ha realizado un giro biológico desde hace tiempo. Schopenhauer fue precisamente un pionero, todavía al margen del espíritu dominante de su época. Y, detestando el conformismo intelectual, también en otros terrenos se aferró tenazmente a su independencia.

En 1813, al principio de la guerra de liberación contra Napoleón, se extiende la actitud patriótica, en especial entre la gente culta, y la apelación de Fichte, que llama a las armas con autoridad filosófica, es acatada; pero el estudiante Arthur Schopenhauer pone pies en polvorosa. Él, que había asistido a las clases de Fichte, escribió al respecto la siguiente anotación: «absurdo rabioso» y «palabrería desvariada». Ciertamente se vio forzado a dar dinero para el armamento de un soldado, pero no quería batirse. El patriotismo le resultaba extraño. Los asuntos de la política mundial no despertaban en él ninguna pasión. Justificaba su huida de Berlín con la reflexión de que su patria era «mayor que Alemania» y él no había nacido «para servir a la humanidad con el puño». Lo suyo era más bien una obra filosófica que ya tenía in pectore. En esa época escribe en su diario: «La obra crece [...] como el niño en el cuerpo de la madre [...]. Le presto atención y hablo como la madre: "gozo de la bendición del fruto". ¡Tú, azar, dominador de este mundo sensual, déjame vivir y disfrutar de tranquilidad todavía algunos años!, pues yo amo mi obra como la madre ama a su hijo...» (Der handschriftlische Nachlass, I, 55).

Esta obra llega al mundo algunos años más tarde, en 1818, y se titula El mundo como voluntad y representación. El trabajo en este libro y su publicación fue el punto culminante de la vida de este solitario, nacido en 1788 como hijo de un rico comerciante de Danzig, deseoso de que también su hijo llegara a ser comerciante. Sólo tras la muerte del padre, en 1805, y sólo tras los estímulos procedentes de su madre, a la que más tarde Arthur tanto denostó, pudo llegar a convertirse en lo que quería ser: un filósofo. El joven hizo largos viajes con sus padres y conoció mundo. Más tarde afirmará que había leído en el libro del mundo y no sólo en libros, a diferencia de sus colegas, esos burgueses de medio pelo que se pasan la vida encerrados en casa. Schopenhauer, heredero de una fortuna, pudo vivir para la filosofía, sin necesidad de vivir de ella. El mundo profesional de la filosofía no le brindó ninguna oportunidad, y a la larga él dejó de buscarla, lo que resultó una suerte para él. El aguijón existencial que lo inducía a filosofar no quedó mermado por la inmersión en el ámbito social de la profesión. Schopenhauer era un hombre apasionado y por eso su voluntad de verdad permaneció también apasionada. Cuando en 1818 apareció publicada su obra magna, estaba convencido de haber cumplido la auténtica tarea de su vida. Viajó a Italia para contemplar, a una distancia prudencial, cómo caían los rayos de sus pensamientos, pero nada sucedió y se vio obligado a regresar para poner énfasis en sus palabras como profesor académico. Y se dirige para ello nada menos que a Berlín, donde Hegel, el rey de la filosofía en Alemania, abarrota las aulas. A las clases de Schopenhauer asisten cinco oyentes, que pronto se ausentan. Sin haber tenido una auténtica entrada en escena, se aleja de ella por más de treinta años, unos años que verá transcurrir como un sabio privado, y que en su mayor parte transcurrirán en Frankfurt del Meno. Demasiado orgulloso para buscarse un público, espera que sea el público el que lo busque a él. Y al final, habrá efectivamente un púbico que salga a su encuentro. Pero Schopenhauer hubo de tener paciencia, toda una vida de paciencia. Ahora bien, su filosofía se caracteriza por que el propio autor pudo extraer fuerzas de ella. Schopenhauer tenía su filosofía por verdadera precisamente porque contradecía al gusto general de los creyentes en la razón.

El año 1850, tras el fracaso de la Revolución del 48, comienza por fin lo que Schopenhauer llama la «comedia de su fama»: un coqueteo placentero con la visión pesimista del mundo por parte de ese ermitaño filosófico vestido a la moda del siglo XVIII, al que la gente ve salir cada día a pasear hacia Sachsenhausen, acompañado de su inseparable perro de lanas. En Frankfurt se pone de moda esta raza de perro. En el Englischer Hof, donde el filósofo come al mediodía, comienzan a merodear los curiosos. Esto le agrada. Ahora le escuchan con avidez, ahora es leído. Y poco antes de su muerte, el 21 de septiembre de 1860, declara: «La humanidad ha aprendido de mí algunas cosas que nunca olvidará».

Es cierto que se ha aprendido de él, aunque con frecuencia se ha olvidado o no se ha querido tener por verdadero que era de Schopenhauer de quien se aprendía. Por ejemplo, pocas veces se tiene conciencia de que fue él quien por primera vez pensó en lo que más tarde Freud había de llamar las tres grandes «humillaciones» de la megalomanía humana, humillaciones que pertenecen a la signatura de la moderna conciencia del mundo y del sí mismo. Una es la humillación cosmológica: nuestro mundo es tan sólo una de las innumerables esferas en el espacio infinito, «en el que una capa de moho ha engendrado seres que viven y conocen» (Schopenhauer). Otra es la humillación biológica: el hombre es un animal en el que la inteligencia no hace sino compensar la falta de instintos. Y la tercera es la humillación psicológica: el yo consciente no es señor en su propia casa. En una época llena todavía de fe en la razón, Schopenhauer descubrió con conocimiento racional lo no racional de los procesos de la vida, Thomas Mann lo llamó por ello «el filósofo más racional de lo irracional».

El programa entero de la filosofía de Schopenhauer está condensado en el título de su gran obra. El mundo es nuestra representación y, más allá de esto, según su substancia auténtica, es «voluntad». Ambos conceptos pueden resultar confusos. ¿Qué significan en Schopenhauer?

«Representación» es todo aquello del mundo exterior que aparece en la conciencia y es elaborado en ella, en la percepción cotidiana, en la fantasía, en la especulación y en las teorías. Pero no todo puede reducirse a esta realidad captada desde fuera. Hay además un segundo acceso. «Hemos ido hacia fuera en todas las direcciones en lugar de entrar en nosotros mismos, donde ha de resolverse todo enigma» (Der handschriftlische Nachlass, I, 154). Es en el propio cuerpo donde encontramos la realidad experimentada desde dentro: dolor, deseo, placer, pulsión. A todo eso Schopenhauer le da el nombre de «voluntad».

El mundo es conocido de dos maneras, desde fuera como representación y desde dentro como voluntad en el propio cuerpo. Según el pensador, esta vitalidad experimentada desde dentro no sólo ha de atribuirse a los otros hombres, sino también al resto de la naturaleza, pues constituye en cierto modo su dimensión interior.

En este contexto el concepto de «voluntad» tiene un significado alterado. No designa la intención racional, sino la pulsión insaciable, el deseo incansable. Frente a esto, la inteligencia se presenta como algo secundario, «al servicio» de la voluntad, dice Schopenhauer. En el mundo animal esta «voluntad» vive a manera de instinto, y en las plantas actúa como una tensión vegetativa. En definitiva la voluntad se quiere solamente a sí misma, quiere vivir, sobrevivir. En realidad, deberíamos «horrorizarnos» ante la naturaleza de la voluntad. No es ningún reino protector o maternal. No podemos trabar lazos de amistad con una tierra cuyo producto casual somos nosotros y que conserva la vida de la especie con nuestra muerte. La naturaleza no es un lugar de solaz silencioso, es una jungla donde se percibe el fragor de la lucha. Lo mejor es que en este contexto demos la palabra al propio Schopenhauer:

«Y así vemos por doquier en la naturaleza la contienda, la lucha y la victoria cambiante, y en ese rasgo seguiremos conociendo con mayor claridad la escisión con uno mismo, que es esencial a la voluntad. A lo largo y ancho de la naturaleza entera puede perseguirse esta lucha, es más, aquélla subsiste solamente a través de la contienda [...]: y esta lucha es la mera revelación de una escisión que es inherente, por esencia, a la voluntad. La lucha general se hace visible de la manera más clara en el mundo animal, que dispone del reino vegetal para su alimentación, y en el que a su vez cada animal se convierte en botín y alimento de otro [...], por cuanto cada uno de ellos sólo puede conservar su existencia por la supresión constante de otro ser extraño. Y en este escenario la voluntad de vivir se devora incesantemente a sí misma y es su propio alimento bajo diversas formas, hasta que finalmente el género humano, por someter a todos los seres vivos, considera la naturaleza como un artefacto para su propio uso. Pero ese mismo género humano [...] revela también en sí con terrible claridad aquella lucha, aquella escisión de la voluntad en sí misma, y el "homo" se convierte en "homini lupus" (el hombre se convierte en un lobo para el hombre)» (Der Welt als Wille und Vorstellung, I, 218).

Desde el mismo trasfondo desarrolla Schopenhauer su teoría del Estado, para lo que se apoya en Hobbes. El Estado pone un bozal en la boca de los « depredadores», y aunque de esta forma no mejora su condición moral, sí se hacen «inofensivos como herbívoros». Schopenhauer contradice explícitamente las teorías que, siguiendo a Hegel, esperan que el Estado mejore y moralice al hombre o que, con una actitud romántica, ven en el Estado un organismo humano superior, e incluso un organismo del pueblo. Para Schopenhauer el Estado no es otra cosa que una máquina social, que en el mejor de los casos refrena los egoísmos y los une con el egoísmo colectivo del interés por la sobrevivencia. Para este fin desea un Estado dotado de fuertes medios de poder, aunque su poder sólo ha de referirse a lo exterior, ateniéndose a los principios del Derecho. El Estado no debe inmiscuirse en la manera de sentir y pensar de los ciudadanos. Postula así un Estado fuerte y a la vez un enflaquecido concepto de política. Schopenhauer nos pone en guardia frente a las ambiciones de fundar sentido que puede tener el Estado; frente a un Estado con alma que luego pretenda apoderarse del alma de sus ciudadanos.

Por tanto, la idea del liberalismo puede compaginarse perfectamente con la imagen del hombre que diseña Schopenhauer. Éste aboga por la libertad de opinión y pensamiento, pero a la vez por una fuerte obstrucción de la acción. Con la moral no se llega muy lejos. La compasión, que para Schopenhauer constituye la única fuente auténtica de la moral, es demasiado rara. Por eso la formación del Estado no puede cimentarse en la compasión, sino que debe fundarse en un egoísmo recíproco bien entendido.

Schopenhauer veía la realidad con colores sombríos, quizá demasiado sombríos, y por ello no le resultaba extraña en absoluto la «necesidad metafísica», por más que rechazara las respuestas metafísicas forjadas con ánimo consolador.

Sabemos que la metafísica, tanto la cotidiana como la que se encarama especulativamente, pregunta por el sentido del todo. ¿Por qué nos desazonamos?, ¿por qué este afán rabioso de trabajo, este correr en la rueda del hámster, este celo procreador? ¿Qué pasa con el todo? ¿Hacia dónde corre? Schopenhauer admite que es inevitable plantear estas preguntas, pero afirma también que no pueden obtener respuesta. La voluntad como fondo de pulsiones se quiere solamente a sí misma, quiere su propia conservación y, si es posible, el propio incremento. No está dirigida a una envolvente finalidad superior. No se esconde nada detrás de ella, fuera de esta ciega pulsión vital -hoy hablaríamos del gen egoísta-, una pulsión que en el hombre está unida con el entendimiento, que por lo regular escucha el mandato de la pulsión (del «interés») y sólo en casos excepcionales se despega de esos impulsos y mira desde la distancia. Según Schopenhauer, es lo que sucede en el arte, en la sobriedad de la ciencia y en una filosofía sin ilusiones. Él escogió a Edipo como patrón protector de su filosofía. El filósofo, escribía una vez a Goethe, igual que Edipo, necesita el «valor de no retener ninguna pregunta en el corazón», aun cuando de ahí se derive lo «más horrible». Para Schopenhauer quizá no se derivó lo «más horrible», pero sí algo descorazonador: la vida se quiere solamente a sí misma y nada más. No se esconde detrás ninguna otra cosa.

Pero esta «verdad», ¿es realmente tan descorazonadora, incluso tan insoportable? ¿No nos hemos acostumbrado ya a tales verdades: a la monstruosa indiferencia de los espacios vacíos, a los torbellinos de materia y los agujeros negros; los agujeros negros en el alma y las tormentas de neuronas en las cabezas?, ¿no estamos acostumbrados al devorar y al ser devorado en la naturaleza; a la historia como carnicería? ¿Puede asustarnos todavía la falta de una instancia superior de sentido? Parece más bien que estas convicciones forman parte del decorado interior del escaldado hombre occidental.

Habría que comprobar si semejantes puntos de vista han penetrado realmente en el sentimiento elemental de la vida o si vivimos todavía con otras premisas silenciadas, si, aunque pensemos con Copérnico, en el estrato del sentimiento seguimos radicados en Ptolomeo. Quizá vivimos todavía de crédito y de hecho nos sentimos llevados aún por una especie de confianza originaria. El joven Schopenhauer anotó una vez en su diario: «Radica en las profundidades del hombre la confianza de que algo fuera de él es consciente de él, a la manera como lo es él mismo. Si pensamos lo contrario con intensidad, esto se convierte en un pensamiento terrible» (Der handschriftlische Nachlass, I, 8).

Exactamente este «pensamiento terrible» es lo que Schopenhauer trató de pensar. Rechazó las ofertas de fundación de sentido de la metafísica y la religión -una especie de metafísica para el pueblo, según él. Habremos de aprender a vivir, dice, sin la confianza en el mundo que aquéllas nos ofrecen. Estamos solos. El cielo se encuentra vacío.

¿Qué se sigue de ahí? Cabría pensar que en todo caso la religión ha quedado fuera de juego. Sin embargo, no es ése el caso para Schopenhauer. Por más que sorprenda, precisamente en este punto podemos aprender de él. El hecho es que Schopenhauer no sólo aportó el giro biológico a la filosofía, sino que además, con su filosofía de la negación de la voluntad, se apoya en la sabiduría oriental y en los aspectos de la cultura religiosa del cristianismo que concuerdan con las religiones orientales, en el espíritu de renuncia y la ascesis. Schopenhauer describe la negación de la voluntad como un giro de ésta contra sí misma. La voluntad, hecha prudente por experiencia propia y familiarizada por la compasión con el carácter de sufrimiento inherente al mundo, se revoca a sí misma y desiste de la autoafirmación a cualquier precio. El furor del ansia de vivir, del consumo, de la voluntad de poder, ha de mitigarse. ¿Hace falta dibujar con detalle cuánto puede ayudarnos esa cultura de la ascesis y de la renuncia y cuán urgentemente la necesitamos?

Pero aquí surge una gran dificultad, pues la renuncia y la ascesis han de buscarse por mor de sí mismas y ya no de cara a una instancia superior, a un mandato más elevado. Se trata de conseguir un pensamiento y un ánimo elevados, pero sin fe en un ser superior. Sería aquella actitud que Sloterdijk llama acertadamente «tensión vertical». De ahí puede proceder la fuerza para la renuncia, la amplitud de miras y la autodisciplina, hasta llegar a la ascesis. Cuando ya no se cree en ningún Dios, esas virtudes se ejercitan en aras de la propia mismidad mejor. Precisamente en este punto Schopenhauer va más allá de la biología: en la fuerza de superación de la voluntad egoísta está incluida para él la dignidad del hombre.

Schopenhauer ha descrito penetrante e inolvidablemente tal superación de la voluntad como instantes de desasimiento, por no decir de redención. ¿Los experimentó realmente? Ahí está su talón de Aquiles. Él no fue ni santo ni asceta. Y tampoco se convirtió en el Buda de Frankfurt. Entendía brillantemente la negación de la voluntad siempre que no afectara a su voluntad. Y a ésta supo abrirle paso, a veces incluso con rudeza. Lo hizo contra su madre, a la que pretendía dar órdenes, como sustituto del patriarca tras la muerte del padre; contra casi todos los profesores de filosofía coetáneos, a los que insultaba como «emborronadores de absurdos»; contra los editores, por los que se sentía engañado, y contra las «mujeres», una especialidad suya (llegó a lanzar por la escalera a una vecina que merodeaba tras él con excesiva curiosidad; por lo menos eso es lo que ella afirmaba). En el café Greco de Roma los artistas que allí se congregaban trataron de impedirle la entrada porque ya no soportaban más su constante regañar y sus aires de sabiondo. En su habitación de Berlín, desengañado y agriado, golpeaba los muebles con el bastón de paseo. Al pedirle explicaciones, refunfuñaba: «Doy cita a mis espíritus». Pero este duendecillo tenía sus momentos de «mejor conciencia», tal como él se expresaba; con todo, quedaba siempre en él una espina cuando no vivía a la altura de su inteligencia.

No obstante, acierta con su filosofía de la superación de la voluntad egoísta o ansiosa de sí misma. No hay otra salida. Tenemos que aprender a renunciar; tenemos que aprender ascesis. Hemos de mitigar la avidez. Tenemos que remar hacia atrás. Ahí estaría el progreso que conviene a nuestra época. Y en este camino, la filosofía de Schopenhauer nos viene como anillo al dedo.

Rüdiger Safranski, ensayista y biógrafo alemán, es autor, entre otros títulos, de Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía (2008) y Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán (2009), ambas obras publicadas por Tusquets Editores.

Traducción de Raúl Gabás Pallás, © Raúl Gabás Pallás, 2010

miércoles, 13 de octubre de 2010

Lecciones de ética

Lo que pasa con la ética es que se enseña poco o nada y se practica menos. Y lo que pasa con la generosidad es que los que la gastan -que siempre son otros- no la agradecen y la malversan, y los que la cobran -que siempre son otros- siempre la ingresan en su cuenta corriente y se olvidan de su cara, porque la generosidad tiene cara, y numerosa, y no precisamente la dura, mortífera y de cemento armado, muy menos numerosa, que esgrime el poder. Hay quien afirma que no hay que dar lecciones de moral (mejor, ética, que la moral la ha usurpado el cristianismo); pero la moral es materia de letras, no de ciencias, y se reduce solamente a dar ejemplo, que es lo que menos se da, porque cuesta dinero. Los de ciencias quisieran que sólo hubiera dos palabras para hablar: "sí" y "no", y aun solo una: "sí", que les es más cómoda, porque son de ciencias y las palabras les ponen nerviosos, sólo ven numerillos y suma o resta y la lógica, tan borrosa ella desde Gödel, Tarski y demás, les parece filfa y tonteo. Uno puede gastar muchas horas que no le retribuyen, pero lo que seguro que no dará es dinero... eso, no. Porque, claro está, uno gasta horas que no le retribuyen si le gusta lo que hace, por ejemplo, mandar, que es algo que suele gustar, pues no en vano se paga, tan bien, que nadie dimite (ese es un verbo que todavía se conjugaba en tiempos de Suárez, cuando se usó una vez, creo recordar). Pero cavar en la mina, que es algo que no suele gustar a nadie, no sé por qué, no gusta, entre otras cosas porque caen cosas encima, por ejemplo, deposiciones de mandatarios, chuzos afilados, paridas varias sobre trabajo hechas por jefes que sólo quieren que les quieran... los de arriba, no los de abajo, que son los que sacan la basura y los primeros que padecen los errores e imprecisiones (¡ah, las imprecisiones!) de los poderosos. Qué bien se estaría si, además de generosidad (una cosa tan escasa de entidad que no se percibe ni se paga, aunque quieran venderla a peso de oro) hubiera un poco más de amabilidad, de palabras, de buena educación. Porque la amabilidad también es cosa de humanidades y gente de letras, aunque yo siempre he defendido que a los de letras nos hace falta el rigor de las ciencias y a los de ciencias la didáctica y el saberse explicar de los de letras. Pues, aunque con la Biblia se ha matado siempre tanto como con la tecnología y la bomba atómica, siempre se ha hecho con más vergüenza, ceremonia, notario y papel pintado. Existe una profesión de humanidad que exige política, en el buen sentido del término, no ninguneo, obstinación maquinal y mala educación: tratar bien a los compañeros y mejor a los más humildes que a los más encumbrados. Por humanidad, por hidalguía, por nobleza, por profesionalismo, que dicen.

martes, 12 de octubre de 2010

Notre jour viendra



Vincent Cassel: "Esa gente más joven que yo, toda esa generación que ha perdido la esperanza y que se pasa tardes enteras jugando a videojuegos online o negando su sexualidad. Por lo que a mí respecta, si la derecha y la izquierda existieran, yo votaría"

lunes, 11 de octubre de 2010

Retales y recuales

Son las vísperas de algo y, como siempre, se me carga el subconsciente. Hace unos días tuve unos sueños complejos, maravillosos, creo que a consecuencia de la agradecida digestión de dos litros de té con limón, que me gustaría ahora poder recordar... Esperemos que se repitan, como suele suceder con mis sueños, algo que creo es muy común; muchos son unos auténticos obcecados y siguen rondando la nocturna luz de mis neuronas durante años.

A fin de dar mulé al gandul que llevo dentro voy a cambiar mis rutinas para oxigenar algo mis ideas; no quiero volverme un apéndice del sofá y creo que un mero cambio de posición GPS hará milagros: iré a instalarme todos los días de seis y media a siete y media más o menos al Guridi. Aprovecharé esos momentos para, con ayuda de esos cuadernos de canutillo que me gustan tanto, ordenar mis ideas y tomar notas y apuntes para mi trabajo y escritos; creo que me vendrá bien este cambio de contexto para agitar mis estrecheces. Además, ya no se fuma en ese garito tan frecuentado por los ultraicos. Para animarme, vi la película Buried... , sobre un tema de comedia ya tratado por Poe, ese genio. Lo que más me hizo gracia fue la llamada del abogado de la compañía de seguros; yo la recomendaría a cualquiera que abuse del móvil, para ver si se desengancha, pero no me animé, la verdad, y aconsejo a Zapatero que la vea, a ver si se cura, arsa pilili, de la alegría sevillana de la que goza. Hubiera preferido ver El gran Vázquez, pero su actor protagonista me causa urticaria; la mítica biografía de Manolo, de quien tantas historietas he leído, que viene a ser como el último pícaro del Siglo de Oro, merece los cinco eurazos que vale la entrada, aunque la crítica no dice ni fu ni fa. A mí me gustaba sobre todo su mendaz y autobiográfico Vázquez perpetuamente perseguido por una banda de sastres letales y tramposos, su Angelito, el bebé gitano abandonado y anarquista, siempre dando botes por el campo en su orinal, el decimonónico Abuelo Cebolleta (ya por entonces me identificaba con el XIX) y la abuelita Paz, que repartía su descomunal bondad a todo el mundo dividiendo su minúscula pensión en moneditas de diez céntimos, recibiendo en pago el desprecio universal de todo ese mundo; sin embargo, no lograba entrar en el mundo de las hermanas Gilda -he vuelto a revisar Gilda, y maravillosa película, donde se dice aquello de "el mundo es un lugar muy grande, lleno de gente muy pequeña". Vázquez, que conoció de chico a uno de los discípulos de Ramón, el absurdista Jardiel Poncela, como Fernando Fernán Gómez, otro anarquista, era tan vago que solía llevar a su agente secreto, Anacleto, de misión al desierto para así no tener que pintar tantos paisajes de fondos de viñeta... ¿Se cree que se me pasaba el ardid? Ni por un momento, tío.

Mi sexto sentido me advierte de algo y sin saber muy bien por qué, leo El Mundo. Sé que entre sus redactores hay varios ciudarrealeños, como bien me canta el archivo de periodistas que llevo para mi Historia de la literatura manchega; trae un reportaje en las páginas de economía sobre diversos manchegos del gremio de la manganza. La fuente es el informe inédito del Banco de España sobre la intervención de CCM, que descubre, como afirma el editorial, la sustracción, o "impropio manejo incontrolado", si hemos de ser políticamente correctos, de 60 millones de euritos por el miguelturreño Antoñito Barco, el hermano de Ignacio y casi ahijado de Sacomán, el balomaniaco posesor del galardonado club entrenado por Tálant, el Bárbaro, y arrimado a los bonos para ser uno de ellos ("no sigas a ningún líder...").

De qué cosas se entera uno, qué escándalos, por Dios; si yo hablara de todo lo que me cuentan... No quiero ser venenosillo, así que callaré y dejaré en paz a los reductores de cabezas, para que sigan haciendo su estéril tarea abonando la paz de los cementerios y predicando la palabra del Mercado, el Clemente, el Misericordioso. Jeffry Lane ha adaptado Women on the verge of a nervous breakdown de Amodólar y la estrena en Broadway con canciones de David Yazbek y una dirección y plantel de actores atiborrado de premios Tony... La espectación es mucha salvo aquí, en La Mancha, donde eso no cunde. Pero como yo me entero de todo lo pongo aquí.

El Tea party está recaudando una cantidad espectacular de dinero para combatir a Obama: el negro ha tocado los cigotos de la América más profunda con las dos tremendas reformas que ya lleva: la de la seguridad social y la de política energética; ahora, además, quiere sacar a los americanos del mundo árabe. El que llaman Anticristo, que extrañamente no ha sido asesinado todavía, lo va a tener crudo para poder lavar algo la deturpada conciencia del paleto americano medio.

He visto el blog de Paquito Chaves, que sigue aprendiendo cosas todavía a sus sesenta añitos de edad, por ejemplo a escribir blogs. He aquí alguien entregado a la escritura, al que más de una vez le he pedido que redacte unas memorias, pero se niega pertinazmente a ello e insiste en escribir, y bien, sus artículos y ensayos en el Lanza.

Se discute en mi casa la compra de un can como regalo navideño colectivo; Paloma prefiere un pastor alemán, o un siberiano, pero eso no se puede tener en un piso; yo quiero un amigo pequeño y lo más bastardo e hideputa posible, a más de salvado de la perrera municipal, como un nuevo Boudu sauvé des eaux, quien creo recordar perdía un perro lanudo antes de caer al agua y que lo rescatara el bouquiniste. Es la única que me gusta del muy plasta de Jean Renoir. El pedigree de los perros de raza casi siempre es fruto de consanguinidad e incesto y acaban, como las estirpes de faranones egipcios, siendo físicamente víctimas de malformaciones genómicas, como la misma Duquesa de Alba, que tiene más sangre azul que el mismo rey y es creo que veintiséis veces grande de España. Que tenga un hoyo por boca y unos pelos dignos de la Medusa, además de una jeta industrial y una piel de momia a medio resucitar no dice mucho en favor de los genes de postín, aunque hay que reconocer que la fertilidad es un carácter nobiliario muy potenciado, como cualquiera puede ver en las fotos en bolas del rey publicadas en Italia o de uno de los de la línea de sucesión, el conde Lecquio, que también fue pillado en esas, aunque esta vez por dinero.

China ya manda en la economía mundial

Moisés Naïm, editor de Foreign Magazine, "El yuan y usted", El País, 10/10/2010

Quién lo iba a pensar... Resulta que ahora, además, nos tenemos que preocupar por el yuan, la moneda de los chinos. También la llaman renminbi, lo cual añade confusión a una situación ya de por sí embrollada. De lo que le pase al valor de esa moneda en los próximos meses -o años- puede depender cuánto paga usted por la hipoteca de su casa, cuánto le cuesta la comida o una camisa, o la posibilidad de quedar (o seguir) sin empleo. En estos días hacen falta aproximadamente 6,7 yuan para comprar un dólar estadounidense y cerca de 9,3 para comprar un euro. Y ese es el problema. El yuan está muy bajo.


Es mejor que nos vayamos acostumbrando a que lo que se decide en Pekín nos afecta a todos

Esto hace que los productos que China vende al resto del mundo sean más baratos, que los productos que importa sean más caros y que, en general, las empresas chinas estén compitiendo con sus rivales con la ventaja de tener una moneda local artificialmente devaluada. Esta ventaja se traduce en más crecimiento económico y nuevos puestos de trabajo. Al resto del mundo le gustaría que el yuan fuese al menos un 20% más caro con respecto a otras monedas. Pero los chinos tienen una justificada obsesión por mantener la acelerada expansión de su economía y del empleo. Y esta obsesión se expresa, entre otras maneras, en los esfuerzos de Pekín por mantener el yuan depreciado. En los últimos cinco años, el Gobierno ha gastado en promedio 1.000 millones de dólares al día interviniendo en el mercado de divisas para evitar que el yuan gane valor. Estos esfuerzos han dado resultados: no es por azar que las enormes reservas internacionales en monedas que ha acumulado China equivalen a la mitad del tamaño de toda su economía.

El mundo entero le está reclamando a China por esta política cambiaria. En una larga reunión privada, Barack Obama instó a Wen Jiabao, el primer ministro chino, a que su Gobierno hiciera más para revaluar el yuan. Claude Juncker, el coordinador del grupo de ministros de Finanzas europeos, hizo lo mismo en público. Guido Mantega, su colega brasileño, alertó de que la situación está obligando a otros países a tomar medidas que abaratan sus monedas, lo que lleva a una peligrosa "guerra cambiaria". Dominique Strauss-Kahn, jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), abandonó el lenguaje diplomático y declaró que China debe acelerar la apreciación del yuan para evitar una nueva crisis financiera mundial. El Congreso estadounidense tiene lista una ley para imponer tarifas compensatorias a las importaciones de productos chinos. "¿Ha llegado el momento de tener una guerra cambiaria con China?", se preguntó en las páginas del Financial Times Martin Wolf, uno de los más influyentes columnistas económicos del mundo. "La respuesta es sí... La idea es inquietante, pero no creo que haya alternativa".

¿Cómo responden los chinos a todo esto? Con un bostezo. Hasta ahora Pekín ha ignorado estas exhortaciones y cuando ha prometido hacer algo, lo ha hecho tarde y arrastrando los pies. "No nos sigan presionando con lo del valor del yuan", dijo recientemente Wen Jiabao en Bruselas. "Los márgenes de ganancias de nuestras empresas exportadoras son muy pequeños y pueden desaparecer si se gravan nuestros productos, tal como amenazan los estadounidenses". El líder chino advirtió que medidas que debiliten a las empresas y aumenten el desempleo en su país causarán serias tensiones políticas: "Si China entra en una turbulencia económica y social, será un desastre para el mundo". Mil años en los que lo normal fue el caos político justifican el pavor de los dirigentes chinos a perder la relativa paz social en la que ha vivido su país en las últimas décadas.

Así, el consenso entre ministros, banqueros y expertos congregados en Washington en estos días con motivo de las reuniones anuales del FMI y el Banco Mundial es que, a pesar de las presiones, China no variará mucho su política cambiaria. Este es un nuevo mundo en el cual uno de los países más pobres del planeta puede ignorar a su antojo las presiones de las naciones más poderosas. En los últimos 50 años, cuando ocurría alguna fuerte dislocación económica internacional como esta, el Departamento del Tesoro y el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos, algunos de sus homólogos en Europa y Japón y el FMI intervenían y ponían las cosas en su lugar, o al menos en el lugar que a ellos les convenía. Ya no. Hoy no hay quien obligue a China a adoptar políticas económicas que no convencen a sus líderes. Y es mejor que nos vayamos acostumbrando a que lo que se decide en Pekín nos afecta a todos.

Mientras estos cambios sísmicos sacuden la economía internacional, el organismo encargado de velar por la estabilidad financiera del mundo se consume en conflictos del siglo pasado. Ocho de las 24 sillas del consejo de directores del FMI están reservadas a los europeos, entre ellos superpotencias como Bélgica y Holanda. En cambio, potencias en ascenso como China, India, Sudáfrica o Brasil están infrarrepresentadas. Hay, además, una regla no escrita que garantiza a Europa el nombramiento del jefe del FMI. Esto es lo que ahora se está debatiendo en Washington. Pero está claro que ni la sobrerrepresentación europea ni la jefatura del Fondo sobrevivirán a las nuevas realidades de un mundo dominado por Asia.

Bienvenidos al nuevo orden económico mundial

El CIS y Belén Esteban

Tras el paro y la crisis, el principal problema para los españoles, según el Centro de Investigaciones Sociológicas, son los políticos; al menos para uno de cada cinco españoles, esto es, el 19'8 %: no lo digo yo, pues. Esto tiene sentido si sabemos que, según otra encuesta, pero esta ya no del CIS, afirma que Belén Esteban sería la tercera fuerza política más votada en España si se presentara a las elecciones.

Tengo una pregunta para cualquier político

¿Quién saca la basura de su casa?


Jerga

No quisiera rayar por boca chancla, pero con lo mucho que parte la pana el obrero de la piel arrastrada y sus taladros para que paguemos a pachas lo que los bancos por la patilla, los maestros en columpiarse van a tener que rular mazo para volver a chanar a los viejunos con sus pavisosonas jachas y gambas; me juno que no me coscaré el día que salga un pipa para que le lluevan las yoyas y acabe viéndose las manos cocido como un piojo.

Sacar una biblioteca de la basura

De por ahí:

"José Alberto Gutiérrez conduce un camión de basura en Bogotá y desde hace casi una década recoge los libros que encuentra entre los desperdicios de los barrios nobles. Ha recuperado miles de textos y con ellos ha montado una biblioteca para la gente más necesitada de su comunidad. Su proyecto ha tenido tanto éxito que un programa de la televisión colombiana le ha dedicado un reportaje.

Este lector empedernido organizó su biblioteca de libros recuperados de la basura en su propia casa. José Alberto Gutiérrez y su familia restauran los libros que encuentran en mal estado y los clasifican por temas. Ya tiene más de 8.000 títulos y allí acuden sobre todo niños, ya que no hay ninguna otra biblioteca pública en su barrio La Nueva Gloria, en la localidad de San Cristóbal Sur. Ha bautizado su proyecto como “La Fuerza de las Palabras”.

En su biblioteca hecha de libros tirados por otros hay una colección de ocho tomos sobre la primera y segunda guerras mundiales, un par de enciclopedias completas de Salvat y Cumbre, y antologías exclusivas de obras de Borges y Cortázar. José Alberto explica que “lo único que me interesa es que se acabe la ignorancia en este planeta. Y cuando acabe la ignorancia, seguramente va a haber paz en el mundo”.