domingo, 28 de agosto de 2011

Siete textos clásicos sobre la técnica del cuento


I
Decálogo del perfecto cuentista
Horacio Quiroga:


I


Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.


II


Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.


III


Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia


IV


Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.


V


No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.


VI


Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.


VII


No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.


VIII


Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.


IX


No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino


X


No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.


II

La retórica del cuento, Horacio Quiroga


En estas mismas columnas, solicitado cierta vez por algunos amigos de la infancia que deseaban escribir cuentos sin las dificultades inherentes por común a su composición, expuse unas cuantas reglas y trucos, que, por haberme servido satisfactoriamente en más de una ocasión, sospeché podrían prestar servicios de verdad a aquellos amigos de la niñez.
Animado por el silencio -en literatura el silencio es siempre animador- en que había caído mi elemental anagnosia del oficio, completéla con una nueva serie de trucos eficaces y seguros, convencido de que uno por lo menos de los infinitos aspirantes al arte de escribir, debía de estar gestando en las sombras un cuento revelador.


Ha pasado el tiempo. Ignoro todavía si mis normas literarias prestaron servicios. Una y otra serie de trucos anotados con más humor que solemnidad llevaban el título común de Manual del perfecto cuentista.


Hoy se me solicita de nuevo, pero esta vez con mucha más seriedad que buen humor. Se me pide primeramente una declaración firme y explícita acerca del cuento. Y luego, una fórmula eficaz para evitar precisamente escribirlos en la forma ya desusada que con tan pobre éxito absorbió nuestras viejas horas.


Como se ve, cuanto era de desenfadada y segura mi posición al divulgar los trucos del perfecto cuentista, es de inestable mi situación presente. Cuanto sabía yo del cuento era un error. Mi conocimiento indudable del oficio, mis pequeñas trampas más o menos claras, sólo han servido para colocarme de pie, desnudo y aterido como una criatura, ante la gesta de una nueva retórica del cuento que nos debe amamantar.


“Una nueva retórica...” No soy el primero en expresar así los flamantes cánones. No está en juego con ellos nuestra vieja estética, sino una nueva nomenclatura. Para orientarnos en su hallazgo, nada más útil que recordar lo que la literatura de ayer, la de hace diez siglos y la de los primeros balbuceos de la civilización, han entendido por cuento.


El cuento literario, nos dice aquélla, consta de los mismos elementos sucintos que el cuento oral, y es como éste el relato de una historia bastante interesante y suficientemente breve para que absorba toda nuestra atención.


Pero no es indispensable, adviértenos la retórica, que el tema a contra constituya una historia con principio, medio y fin. Una escena trunca, un incidente, una simple situación sentimental, moral o espiritual, poseen elementos de sobra para realizar con ellos un cuento.


Tal vez en ciertas épocas la historia total -lo que podríamos llamar argumento- fue inherente al cuento mismo. “¡Pobre argumento! -decíase-. ¡Pobre cuento!” Más tarde, con la historia breve, enérgica y aguda de un simple estado de ánimo, los grandes maestros del género han creado relatos inmortales.


En la extensión sin límites del tema y del procedimiento en el cuento, dos calidades se han exigido siempre: en el autor, el poder de transmitir vivamente y sin demoras sus impresiones; y en la obra, la soltura, la energía y la brevedad del relato, que la definen.


Tan específicas son estas cualidades, que desde las remotas edades del hombre, y a través de las más hondas convulsiones literarias, el concepto del cuento no ha variado. Cuando el de los otros géneros sufría según las modas del momento, el cuento permaneció firme en su esencia integral. Y mientras la lengua humana sea nuestro preferido vehículo de expresión, el hombre contará siempre, por ser el cuento la forma natural, normal e irreemplazable de contar.


Extendido hasta la novela, el relato puede sufrir en su estructura. Constreñido en su enérgica brevedad, el cuento es y no puede ser otra cosa que lo que todos, cultos e ignorantes, entendemos por tal.


Los cuentos chinos y persas, los grecolatinos, los árabes de las Mil y una noches, los del Renacimiento italiano, los de Perrault, de Hoffmann, de Poe, de Merimée de Bret-Harte, de Verga, de Chejov, de Maupassant, de Kipling, todos ellos son una sola y misma cosa en su realización. Pueden diferenciarse unos de otros como el sol y la luna. Pero el concepto, el coraje para contar, la intensidad, la brevedad, son los mismos en todos los cuentistas de todas las edades.


Todos ellos poseen en grado máximo la característica de entrar vivamente en materia. Nada más imposible que aplicarles las palabras: “Al grano, al grano...” con que se hostiga a un mal contador verbal. El cuentista que “no dice algo”, que nos hace perder el tiempo, que lo pierde él mismo en divagaciones superfluas, puede verse a uno y otro lado buscando otra vocación. Ese hombre no ha nacido cuentista.


Pero ¿si esas divagaciones, digresiones y ornatos sutiles, poseen en sí mismos elementos de gran belleza? ¿Si ellos solos, mucho más que el cuento sofocado, realizan una excelsa obra de arte?


Enhorabuena, responde la retórica. Pero no constituyen un cuento. Esas divagaciones admirables pueden lucir en un artículo, en una fantasía, en un cuadro, en un ensayo, y con seguridad en una novela. En el cuento no tienen cabida, ni mucho menos pueden constituirlo por sí solas.


Mientras no se cree una nueva retórica, concluye la vieja dama, con nuevas formas de la poesía épica, el cuento es y será lo que todos, grandes y chicos, jóvenes y viejos, muertos y vivos, hemos comprendido por tal. Puede el futuro nuevo género ser superior, por sus caracteres y sus cultores, al viejo y sólido afán de contar que acucia al ser humano. Pero busquémosle otro nombre.


Tal es la cuestión. Queda así evacuada, por boca de la tradición retórica, la consulta que se me ha hecho.


En cuanto a mí, a mi desventajosa manía de entender el relato, creo sinceramente que es tarde ya para perderla. Pero haré cuanto esté en mí para no hacerlo peor.


III

Decálogo para cuentistas

Julio Ramón Ribeyro

1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo.
La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real.
El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no sirve como cuento.
El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
En el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.


IV

El decálogo

Juan Carlos Onetti


I..


No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.


II.


No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.


III.


No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.


IV.


No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.


V.


No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.


VI.


No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.


VII.


No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.


VIII.


No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?


IX.


No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.


X.


Mientan siempre.


XI.


No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer."

V

Decálogo del escritor

Augusto Monterroso


Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.
Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.


Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".


Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.


Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.


Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.


Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.


Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.


Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.


Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.


Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.


Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.


El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.


VI

El dato escondido

Mario Vargas Llosa


En alguna parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo, suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con frecuencia en sus futuros cuentos y novelas. En efecto, no sería exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha. Llamemos a este procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces, magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es una técnica vieja como la novela y que aparece en todas las historias clásicas.
Pero, es verdad que pocos autores modernos se sirvieron de él con la audacia con que lo hizo el autor de El viejo y el mar. ¿Recuerda usted ese cuento magistral, acaso el más célebre de Hemingway, llamado "Los asesinos"? Lo más importante de la historia es un gran signo de interrogación: ¿por qué quieren matar al sueco Ele Andreson ese par de forajidos que entran con fusiles de cañones recortados al pequeño restaurante Henry’s de esa localidad innominada? ¿Y por qué ese misterioso Ole Andreson, cuando el joven Nick Adams le previene que hay un par de asesinos buscándolo para acabar con él, rehúsa huir o dar parte a la policía y se resigna con fatalismo a su suerte? Nunca lo sabremos. Si queremos una respuesta para estas dos preguntas cruciales de la historia, tenemos que inventárnosla nosotros, los lectores, a partir de los escasos datos que el narrador omnisciente e impersonal nos proporciona: que, antes de avecindarse en el lugar, el sueco Ole Andreson parece haber sido boxeador, en Chicago, donde algo hizo (algo errado, dice él) que selló su suerte.


El ‘dato escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario. Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la expectativa y la fantasía del lector.


Hemingway fue un eximio maestro en el uso de esta técnica narrativa, como se advierte en "Los asesinos", ejemplo de economía narrativa, texto que es como la punta de un iceberg, una pequeña prominencia visible que deja entrever en su brillantez relampagueante toda la compleja masa anecdótica sobre la que reposa y que ha sido birlada al lector. Narrar callando, mediante alusiones que convierten el escamoteo en expectativa y fuerzan al lector a intervenir activamente en la elaboración de la historia con conjeturas y suposiciones, es una de las más frecuentes maneras que tienen los narradores para hacer brotar vivencias en sus historias, es decir, dotarlas de poder de persuasión.


¿Recuerda usted el gran ‘dato escondido’ de la (a mi juicio) mejor novela de Hemingway, The sun also rises? Sí, esa misma: la importancia de Jake Barnes, el narrador de la novela. No está nunca explícitamente referida; ella va surgiendo -casi me atrevería a decir que el lector, espoleado por lo que lee, la va imponiendo al personaje- de un silencio comunicativo, esa extraña distancia física, la casta relación corporal que lo une a la bella Brett, mujer a la que transparentemente y que sin duda también lo ama y podría haberlo amado si no fuera por algún obstáculo o impedimento del que nunca tenemos información precisa. La impotencia de Jake Barnes es un silencio extraordinariamente explícito, una ausencia que se va haciendo muy llamativa a medida que el lector se sorprende con el comportamiento inusitado y contradictorio de Jake Barnes para con Brett, hasta que la única manera de explicárselo es descubriendo (¿inventando?) su importancia. Aunque silenciado, o, tal vez, precisamente por la manera en que lo está, ese ‘dato escondido’ baña la historia de The sun also rises con una luz muy particular.

VII

La decadencia de la mentira.  Versión abreviada

Oscar Wilde



Personajes: CYRIL y VIVIAN; Lugar de la escena: Biblioteca de una casa de campo en el condado de Nottingham.


CYRL: (Entrando por la puerta al balcón abierta de la terraza): No esté usted encerrado todo el día en la biblioteca, mi querido Vivian. Hace una tarde encantadora y el aire es tibio. Flota sobre el bosque una bruma rojiza como la flor de los ciruelos. Vayamos a tumbarnos sobre el césped, a fumar cigarrillos y a gozar de la Naturaleza.


VIVIAN: ¡Gozar de la Naturaleza! Tengo el gusto de comunicarle que he perdido esa facultad por completo. Dicen las gentes que el Arte nos hace amar aún más a la Naturaleza, que nos revela sus secretos y que una vez estudiados estos concienzudamente, según afirman Corot Constable, descubrimos en ella cosas que antes escaparon a nuestra observación. A mi juicio, cuanto más estudiamos el Arte, menos nos preocupa la Naturaleza. Realmente lo que el Arte nos revela es la falta de plan de la Naturaleza, su extraña tosquedad, su extraordinaria monotonía, su carácter completamente inacabado. La Naturaleza posee, indudablemente, buenas intenciones; pero como dijo Aristóteles hace mucho tiempo, no puede llevarlas a cabo. Cuando contemplo un paisaje, me es imposible dejar de ver todos sus defectos. A pesar de lo cual, es una suerte para nosotros que la Naturaleza sea tan imperfecta, ya que en otro caso no existiría el Arte. El Arte es nuestra enérgica protesta, nuestro valiente esfuerzo para enseñar a la Naturaleza cuál es su verdadero lugar. En cuanto a eso de la infinita variedad de la Naturaleza, es un puro mito. La variedad no se puede encontrar en la Naturaleza misma, sino en la imaginación, en la fantasía, en la ceguera cultivada de quien la contempla.


CYRIL: Bueno, pues no mirará usted el paisaje. Se tumbará sobre el césped para fumar y charlar, exclusivamente.


VIVIAN: ¡Es que la Naturaleza es tan incómoda! La hierba dura y húmeda está llena de asperezas y de insectos negros y repulsivos. ¡Por Dios! El obrero más humilde de Morris sabe construir un sillón perfectamente cómodo como no podrá hacerlo nunca La Naturaleza. Y ésta palidece de envidia ante los muebles de la calle «que de Oxford tomó el nombre», como dijo feamente ese poeta favorito de usted. No me quejo de ello. Con una Naturaleza cómoda, la Humanidad no hubiera inventado nunca la arquitectura; y a mí me agradan más las casas que el aire libre. En una casa se tiene siempre la sensación de las proporciones exactas. Todo en ella está supeditado, dispuesto, construido para uso y goce nuestros. El propio egoísmo, tan necesario para el sentido auténtico de la dignidad humana, proviene en absoluto de la vida interior. De puertas afuera se convierte uno en algo abstracto e impersonal, nuestra individualidad desaparece. Y, además, ¡es tan indiferente y tan despreciativa la Naturaleza! Cada vez que me paseo por este parque me doy cuenta de que le importo lo mismo que el rebaño que pace en una ladera o que la bardana que crece en la cuneta. La Naturaleza odia a la inteligencia; esto es evidente. Pensar es la cosa más malsana que hay en el mundo, y la gente muere de ello como de cualquier otra enfermedad. Por fortuna, en Inglaterra al menos, el pensamiento no es contagioso. Debemos a nuestra estupidez nacional el ser un pueblo físicamente magnífico. Confío en que seremos capaces de conservar durante largos años futuros esa gran fortaleza histórica aunque temo que empezamos a refinarnos demasiado; incluso los que son incapaces de aprender se han dedicado a la enseñanza. Hasta eso ha llegado nuestro entusiasmo cultural. Entre tanto, mejor hará usted en volver a su fastidiosa e incómoda Naturaleza y dejarme corregir estas pruebas.


CYRIL: ¡Ha escrito usted un artículo! No me parece muy consecuente después de lo que acaba usted de decir.


VIVIAN: ¿Y quién necesita ser consecuente? El patán y el doctrinario, esa gente aburrida que lleva sus principios hasta el fin amargo de la acción, hasta la reductio ab absurdum de la práctica. Yo, no. Lo mismo que Emerson, grabo la palabra «capricho» sobre la puerta de mi biblioteca. Por lo demás, mi artículo es realmente una advertencia saludable y valiosa. Si se fijan en él, podría producirse un nuevo Renacimiento del Arte.


CYRIL: ¿Cuál es su tema?


VIVIAN: Pienso titularlo "La decadencia de la mentira". Protesta.


CYRIL: ¡La mentira! Creí que nuestros políticos la practicaban habitualmente.


VIVIAN: Le aseguro que no. No se elevan nunca por encima del nivel del hecho desfigurado y se rebajan hasta probar, discutir, argumentar. ¡Qué diferente esto con el carácter del auténtico mentiroso, con sus palabras sinceras y valientes, su magnífica irresponsabilidad, su desprecio natural y sano hacia toda prueba! Después de todo, ¿qué es una bella mentira? Pues, sencillamente, la que posee su evidencia en sí misma. Si un hombre es lo bastante pobre de imaginación para aportar pruebas en apoyo de una mentira, mejor hará en decir la verdad, sin ambages. No, los políticos no mienten. Quizá pudiera decirse algo en favor de los abogados; éstos han conservado el manto del sofista. Sus fingidas vehemencias y su retórica irreal son deliciosas. Pueden hacer de la peor causa la mejor, como si acabasen de salir de las escuelas Leontinas y fueran populares por haber arrancado a unos jurados huraños una absolución triunfal de sus defendidos, hasta cuando éstos, cosa que sucede con frecuencia, son clara e indiscutiblemente inocentes. Pero el prosaísmo lo cohíbe y no se avergüenzan en apelar a los precedentes. A pesar de sus esfuerzos, ha de resplandecer la verdad. Los mismos diarios han denegado; se les puede conceder una absoluta confianza. Se nota esto al recorrer sus columnas. Siempre sucede lo ilegible. Temo que no pueda decir gran cosa en favor del hombre de ley y del periodista. Además, yo defiendo la Mentira en arte. ¿Quiere usted que le lea lo que he escrito? Le hará mucho bien.


CYRIL: Desde luego, si me da usted un cigarrillo...


...VIVIAN (Leyendo con voz clara.): "La decadencia de la mentira. Protesta". Una de las principales causas del carácter singularmente vulgar de casi toda la literatura contemporánea es, indudablemente, la decadencia de la mentira, considerada como arte, como ciencia y como placer social. Los antiguos historiadores nos presentaban ficciones deliciosas en formas de hechos; el novelista moderno nos presenta hechos estúpidos a guisa de ficciones. El Libro Azul se convierte rápidamente en su ideal, tanto por lo que se refiere al método como al estilo. Posee su fastidioso documento humano, su mísero coin de la création (rincón de la creación), que él escudriña con su microscopio. Se lo encuentra uno en la Biblioteca Nacional o en el Museo Británico, buscando con afanoso descaro su tema. Ni siquiera tiene el valor de ideas apenas; con reiteración va directamente a la vida para todo, y, por último, entre las enciclopedias y su experiencia personal, fracasa miserablemente, después de bosquejar tipos copiados de su círculo familiar o de la lavandera semanal y de adquirir un lote importante de datos útiles de los que no puede librarse por completo, ni aun en sus momentos de máxima meditación. Sería difícil calcular la extensión de los daños causados a la literatura por ese falso ideal de nuestra época. Las gentes hablan con ligereza del "mentiroso nato" igual que del "poeta nato". Pero en ambos casos se equivocan. La mentira y la poesía son artes -artes que, como observó Platón, no dejan de tener relaciones mutuas-, y que requieren el más atento estudio, el fervor más desinteresado. Poseen, en efecto, su técnica, igual que las artes más materiales de la pintura y de la escritura tienen sus secretos sutiles de forma y de color, sus manipulaciones, sus métodos estudiados. Así como se conoce al poeta por su bella musicalidad, de igual modo se reconoce al mentiroso en ricas articulaciones rítmicas, y en ningún caso la inspiración fortuita del momento podría bastar. En esto, como en todo, la práctica debe preceder a la perfección. Pero en nuestros días, cuando la moda de escribir versos se ha hecho demasiado corriente y debiera, en lo posible, ser refrenada, la moda de mentir ha caído en descrédito. Más de un muchacho debuta en la vida con un don espontáneo de imaginación, que alentado y en un ambiente simpático y de igual índole, podría llegar a ser algo verdaderamente grande y maravilloso. Pero por regla general, ese muchacho no llega a nada o adquiere costumbres indolentes de exactitud...»


CYRIL: ¡Amigo mío!


VIVIAN: No me interrumpa en la mitad de una frase, "...o adquiere costumbre indolentes de exactitud o se dedica a frecuentar el trato de personas de edad o bien informadas". Dos cosas que son igualmente fatales para su imaginación -lo serían para la de cualquiera-, y así, en muy poco tiempo, manifiesta una facultad morbosa y malsana a decir la verdad, empieza a comprobar todos los asertos hechos en su presencia, no vacila en contradecir a las personas que son mucho más jóvenes que él y con frecuencia termina escribiendo novelas tan parecidas a la vida que nadie puede creer en su probabilidad. Este no es un caso aislado, sino simplemente un ejemplo tomado entre otros muchos; y si no se hace algo por refrenar o, al menos, por modificar nuestro culto monstruoso a los hechos, el arte se tornará estéril y la belleza desaparecerá de la Tierra.


EL ARTE DE LA FANTASÍA Y EL FRACASO DEL ARTE


...VIVIAN (Leyendo.): "El Arte comienza con una decoración abstracta, por un trabajo puramente imaginativo y agradable aplicado tan sólo a lo irreal, a lo no existente. Esta es la primera etapa. La Vida, después, fascinada por esa nueva maravilla, solicita su entrada en el círculo encantado. El Arte toma a la Vida entre sus materiales toscos, la crea de nuevo y la vuelve a modelar en nuevas formas, y con una absoluta indiferencia por los hechos, inventa, imagina, sueña y conserva entre ella y la realidad la infranqueable barrera del bello estilo, del método decorativo o ideal. La tercera etapa se inicia cuando la Vida predomina y arroja al Arte al desierto. Esta es la verdadera decadencia que sufrimos actualmente. Tomemos el caso del dogma inglés. Al principio, en manos de los frailes, el arte dramático fue abstracto, decorativo, mitológico. Después tomó la Vida a su servicio, y utilizando algunas de sus formas exteriores creó una raza de seres absolutamente nuevos, cuyos dolores fueron más terribles que ningún dolor humano y cuyas alegrías fueron más ardientes que las de un amante. Seres que poseían la rabia de los Titanes y la serenidad de los dioses, monstruosos y maravillosos pecadas, virtudes monstruosas y maravillosas. Les dio un lenguaje diferente al lenguaje ordinario, sonoro, musical, dulcemente rimado, magnífico por su solemne cadencia, afinado por una rima caprichosa, ornado con pedrerías de espléndidas palabras y enriquecido por una noble dicción. Vistió a sus hijos con ropajes magníficos, les dio máscaras, y el mundo antiguo, a su mandato, salió de su tumba de mármol. Un nuevo César avanzó altivamente por las calles de Roma resucitada, y con velas de púrpura y remos movidos al son de las flautas, otra Cleopatra remontó el río, hacia Antioquía. Los viejos mitos y la leyenda y el ensueño tomaron nuevamente forma. La Historia fue escrita otra vez por entero y no hubo dramaturgo que no reconociese que el fin del Arte es, ni la simple verdad, sino la belleza compleja. Y esto era completamente cierto. El Arte representa una forma de exageración, y la selección, es decir, su propia alma, no es más que una especie de énfasis. Pero muy pronto la Vida destruyó la perfección de la forma. Incluso en Shakespeare podemos ver el comienzo del fin. Se observa en la dislocación de verso libre en sus últimas obras, en el predominio de la prosa y en la excesiva importancia concedida a la personificación. Los numerosos pasajes de Shakespeare en que el lenguaje es barroco, vulgar, exagerado, extravagante, hasta obsceno, se los inspiró la Vida, que buscaba un eco a su propia voz, rechazando la intervención del bello estilo, a través del cual puede únicamente expresarse. Shakespeare está lejos de ser un artista perfecto. Le agrada demasiado inspirarse directamente en la Vida, copiando su lenguaje corriente. Se olvida de que el arte lo abandona todo cuando abandona el instrumento de la Fantasía. Goethe dice en alguna parte: "Trabajando en los límites es como se revela el maestro". Y la limitación, la condición misma de todo arte, es el estilo. Sin embargo, no nos detengamos más en el realismo de Shakespeare. La tempestad es la más perfecta de las palinodias. Todo cuanto deseo demostrar es que la obra magnífica de los artistas de la época isabelina y de los Jacobitas contenía en sí el germen de su propia disolución, y que si adquirió algo de su fuerza utilizando la Vida como material, toda su flaqueza proviene de que la tomó como método artístico. Como resultado inevitablemente de sustituir la creación por la imitación, de ese abandono de la forma imaginativa, surge el melodrama inglés moderno. Los personajes de esas obras hablan en escena exactamente lo mismo que hablarían fuera de ella; no tienen aspiraciones ni en el alma ni en las letras; están calcados de la vida y reproducen su vulgaridad hasta en los menores detalles; tienen el tipo, las maneras, el traje y el acento de la gente real; pasarían inadvertidos en un vagón de tercera clase... ¡Y que aburridas son esas obras! No logran siquiera producir esa impresión de realidad a la que tienden y que constituye su única razón de ser. Como método, el realismo es un completo fracaso. Y esto, que es cierto tratándose del drama y de la novela, no lo es menos en las artes que llamamos decorativas. La historia de esas artes en Europa es la lucha memorable entre el orientalismo, con su franca repulsa de toda copia, su amor a la convención artística y su odio hacia la representación de las cosas de la Naturaleza y de nuestro espíritu imitativo. Allí donde triunfó el primero, como en Bizancio, en Sicilia y en España por actual contacto, o en el resto de Europa por influencia de las Cruzadas, hemos tenido bellas obras imaginadas, donde las cosas visibles de la vida se convierten en artísticas convenciones, y las que no posee la Vida son inventadas y modeladas para su placer. Pero allí donde hemos vuelto a la Naturaleza a la Vida, nuestra obra se hecho siempre vulgar, común y desprovista de interés. La tapicería moderna con sus efectos aéreos, su cuidada perspectiva, sus amplias extensiones de cielo inútil, su fiel y laborioso realismo, no posee la menor belleza. Las vidrieras pintadas de Alemania son por completo detestables. En Inglaterra empezamos a tejer tapices admirables porque hemos vuelto al método y al espíritu orientales. Nuestros tapices y nuestras alfombras de hace veinte años, con sus verdades solemnes y deprimentes, su vano culto a la Naturaleza, sus sórdidas copias de objetos visibles, se han convertido, hasta para los filisteos, en motivos de risa. Un mahometano culto me hizo un día esta observación. "Ustedes, los cristianos, están tan ocupados en interpretar mal el sentido del cuarto mandamiento, que no han pensado nunca en hacer una aplicación artística del segundo." Tenía por completo razón, y la concluyente verdad sobre este tema es que la verdadera escuela de arte no es la Vida, sino el Arte."


LA VIDA COMO ESPEJO DEL ARTE


VIVIAN: El arte encuentra su perfección en sí mismo y no fuera de él. No hay que juzgarlo conforme a un modelo interior. Es velo más bien que un espejo. Posee flores y pájaros desconocidos en todas las selvas. Crea y destruye mundos y puede arrancar la luna del cielo con un hilo escarlata. Suyas son las "formas más reales que un ser viviente", suyos son los grandes arquetipos de que son copias imperfectas las cosas existentes. Para él la Naturaleza no tiene leyes ni uniformidad. Puede hacer milagros a voluntad, y los monstruos salen del abismo a su llamada. Puede ordenar al almendro que florezca en invierno y hacer que nieve sobre el campo de trigo en sazón. A su voz, la helada coloca su dedo de plata sobre la boca ardorosa de junio, y los leones alados de montañas Lidias salen de sus cavernas. Cuando pasa, las dríades lo espían en la espesura y los faunos bronceados le sonríen extrañamente. Lo adoran dioses con cabezas de halcón, y los centauros galopan junto a él."


CYRIL: Eso me gusta. Puedo verlo. ¿Es el final?


VIVIAN: No. Hay otro párrafo, aunque puramente práctico, y que sugiere simplemente algunos medios para resucitar el arte perdido de la Mentira.


CYRIL: Bien, pues antes que usted me lo lea quisiera hacerle una pregunta. Dice usted que la "pobre, la probable, la poco interesante vida humana" intentará copiar las maravillas del Arte. ¿Qué quiere usted decir con ello? Comprendo muy bien que se oponga usted a que el Arte sea considerado como un espejo, porque el genio quedaría reducido así a una simple luna partida. Pero no creerá usted seriamente que la Vida imita al Arte, que la Vida es el espejo del Arte.


VIVIAN: Pues lo creo. Aunque ello parezca una paradoja (y las paradojas son siempre peligrosas), no es menos cierto que la Vida imita al Arte mucho más que el Arte imita a la Vida. Todos hemos visto estos últimos tiempos en Inglaterra cómo cierto tipo de belleza original y fascinante, inventado y acentuado por dos pintores imaginativos, ha influido de tal modo sobre la vida, que en todos los salones artísticos y en todas las exposiciones privadas se ven: aquí, los ojos místicos del ensueño de Rossetti, la esbelta garganta marfileña, la singular mandíbula cuadrada, la oscura cabellera flotante que él tan ardientemente amaba; allí la dulce pureza de La escalera de oro, la boca de flor y el lánguido encanto del Laus Amoris, el rostro pálido de pasión de Andrómeda, las manos finas y la flexible belleza de Viviana en el Sueño de Merlín. Y siempre ha sido así. Un gran artista inventa un tipo que la Vida intenta copiar y reproducir bajo una forma popular, como un editor emprendedor. Ni Holbein ni Van Dyck encontraron en Inglaterra lo que nos han legado. Trajeron con ellos sus tipos, y la Vida, con su aguda facultad imitativa, empezó a proporcionar modelos al maestro. Los griegos, con su vivo instinto artístico, lo habían comprendido; colocaban en la estancia de la esposa la estatua de Hermes o la de Apolo para que los hijos de aquella fuesen tan bellos como las obras de arte que contemplaba, feliz o afligida. Sabían que la Vida, gracias al Arte, adquiere no tan sólo la espiritualidad, hondura de pensamiento y de sentimiento, la turbación o la paz del alma, sino que puede adaptarse a las líneas y a los colores del Arte y reproducir la majestad de Fidias lo mismo que la gracia de Praxiteles. De aquí su aversión por el realismo.... Sólo el Arte produce belleza, y los verdaderos discípulos de un gran artista no son sus imitadores de estudio, sino los que van haciéndose semejantes a sus obras, ya sean estas plásticas, como en tiempos de los griegos, o pictóricas, como en nuestros días. En una palabra: la Vida es el mejor y el único discípulo del Arte.


EL ARTE Y EL MODELO SUPERIOR DE LA MÚSICA


VIVIAN: ... El Arte no expresa nunca más que a sí mismo. Es el principio de mi nueva estética, principio que hace, más aún que esa conexión esencial entre la forma y la sustancia, sobre la cual insiste mister Pater, de la música, el tipo de todas las artes. Naturalmente, las naciones y los individuos, con esa divina vanidad natural que es el secreto de la existencia, se imaginan que las musas hablan de ellos e intentan hallar, en la tranquila dignidad del Arte imaginativo, un espejo de sus turbias pasiones, olvidando así que el cantor de la Vida no es Apolo, sino Marsias. Alejado de la realidad, apartados los ojos de las sombras de la caverna, el Arte revela su propia perfección y la multitud sorprendida que observa la florescencia de la maravillosa rosa de pétalos múltiples sueña que es su propia historia la que le cuentan y que es su propio espíritu el que acaba de expresarse bajo una nueva forma. Pero no es así. El Arte superior rechaza la carga del espíritu humano y encuentra mayor interés en un procedimiento o en unos materiales inéditos que en un entusiasmo cualquiera por el arte, que en cualquier elevada pasión o que en cualquier gran despertar de la conciencia humana. Se desarrolla puramente, según sus propias líneas. No es simbólico de ninguna época. Las épocas son sus símbolos. Aun aquellos que consideran el Arte como representativo de una época, de un lugar y de un pueblo, reconocen que cuanto más imitativo es el arte, menos representa el espíritu de su tiempo. (4)


LOS PRINCIPIOS DE LA NUEVA ESTÉTICA


CYRIL: (Y entonces...) para evitar todo error, le ruego que me resuma en pocas palabras las doctrinas de la Nueva Estética.


VIVIAN: Helas aquí brevemente. El Arte no se expresa más que a sí mismo. Tiene una vida independiente, como el pensamiento, y se desarrolla puramente en un sentido que le es peculiar. No es necesariamente realista en una época de realismo, ni espiritualista en una época de fe. Lejos de ser creación de su tiempo, está generalmente en oposición directa con él, y la única historia que nos ofrece es la de su propio progreso. A veces vuelve sobre sus pasos y resucita alguna forma antigua, como sucedió en el movimiento arcaico del último arte griego y en el movimiento prerrafaelista contemporáneo. Otras veces se adelanta en absoluto a su época y produce una obra que otro siglo posterior comprenderá y apreciará. En ningún caso representa su época. Pasar del arte de una época a la época misma es el gran error que cometen todos los historiadores. La segunda doctrina es ésta . Todo arte malo proviene de una regresión a la Vida y a la Naturaleza y de haber querido elevarlas a la altura de ideales. La Vida y la Naturaleza pueden ser utilizadas a veces como parte integrante de los materiales artísticos: pero antes deben ser traducidas en convenciones artísticas. Cuando el arte deja de ser imaginativo, fenece. El realismo como método, es un completo fracaso, y el artista debe evitar la modernidad de forma y la modernidad del asunto. A quienes vivimos en el siglo diecinueve, cualquier otro siglo, menos el nuestro, puede ofrecer un asunto artístico apropiado. Las cosas bellas son las que nos conciernen. Citando gustoso, diré que precisamente porque Hécuba no tiene nada que ver con nosotros, es por lo que sus dolores constituyen un motivo trágico adecuado. Además, lo moderno se torna anticuado siempre. Zola se sienta para trazarnos un cuadro del Segundo Imperio. ¿A quién le interesa hoy el Segundo Imperio? Está pasado de moda. La vida avanza más de prisa que el Realismo; pero el Romanticismo precede siempre a la vida. La tercera doctrina es que la Vida imita al Arte mucho más que el Arte imita a la Vida. Lo cual proviene no sólo del instinto imitativo de la Vida sino del hecho de que el don consciente de la Vida es hallar su expresión, y el Arte le ofrece ciertas formas de belleza para la realización de esa energía. Esta teoría, inédita hasta ahora, es extraordinariamente fecunda y arroja una luz enteramente nueva sobre la historia del Arte.


De ello se deduce, como corolario, que la Naturaleza exterior imita también al Arte. Los únicos efectos que puede mostrarnos son los que habíamos visto ya en poesía o en pintura. Este es el secreto del encanto de la Naturaleza y asimismo la explicación de su debilidad.


La revelación final es que la Mentira, es decir, relato de bellas cosas falsas, es el fin mismo del Arte. Pero creo haber hablado de esto lo suficiente. Salgamos ahora a la terraza, donde "el pavo real blanco desfallece como un fantasma", mientras la estrella de la noche "baña de plata el cielo gris". Al caer la tarde, la Naturaleza es de un efecto maravillosamente sugestivo y no carece de belleza, aunque quizá sirva principalmente para ilustrar citas de poetas.


¡Venga usted! Ya hemos conversado bastante.

Manual del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga


Manual del perfecto cuentista,  Horacio Quiroga

Una larga frecuentación de personas dedicadas entre nosotros a escribir cuentos, y alguna experiencia personal al respecto, me han sugerido más de una vez la sospecha de si no hay, en el arte de escribir cuentos, algunos trucos de oficio, algunas recetas de cómodo uso y efecto seguro, y si no podrían ellos ser formulados para pasatiempo de las muchas personas cuyas ocupaciones serias no les permiten perfeccionarse en una profesión mal retribuida por lo general y no siempre bien vista.
Esta frecuentación de los cuentistas, los comentarios oídos, el haber sido confidente de sus luchas, inquietudes y desesperanzas, han traído a mi ánimo la convicción de que, salvo contadas excepciones en que un cuento sale bien sin recurso alguno, todos los restantes se realizan por medio de recetas o trucos de procedimiento al alcance de todos, siempre, claro está, que se conozcan su ubicación y su fin.

Varios amigos me han alentado a emprender este trabajo, que podríamos llamar de divulgación literaria, si lo de literario no fuera un término muy avanzado para una anagnosia elemental.

Un día, pues, emprenderé esta obra altruista, por cualquiera de sus lados, y piadosa, desde otros puntos de vista.

Hoy apuntaré algunos de los trucos que me han parecido hallarse más a flor de ojo. Hubiera sido mi deseo citar los cuentos nacionales cuyos párrafos extracto más adelante. Otra vez será. Contentémonos por ahora con exponer tres o cuatro recetas de las más usuales y seguras, convencidos de que ellas facilitarán la práctica cómoda y casera de lo que se ha venido a llamar el más difícil de los géneros literarios.

Comenzaremos por el final. Me he convencido de que, del mismo modo que en el soneto, el cuento empieza por el fin. Nada en el mundo parecería más fácil que hallar la frase final para una historia que, precisamente, acaba de concluir. Nada, sin embargo, es más difícil.

Encontré una vez a un amigo mío, excelente cuentista, llorando, de codos sobre un cuento que no podía terminar. Faltábale sólo la frase final. Pero no la veía, sollozaba, sin lograr verla así tampoco.

He observado que el llanto sirve por lo general en literatura para vivir el cuento, al modo ruso; pero no para escribirlo. Podría asegurarse a ojos cerrados que toda historia que hace sollozar a su autor al escribirla, admite matemáticamente esta frase final:

"¡Estaba muerta!"

Por no recordarla a tiempo su autor, hemos visto fracasar más de un cuento de gran fuerza. El artista muy sensible debe tener siempre listos, cómo lágrimas en la punta de su lápiz, los admirativos.

Las frases breves son indispensables para finalizar los cuentos de emoción recóndita o contenida. Una de ellas es:

"Nunca volvieron a verse".

Puede ser más contenida aun:

"Sólo ella volvió el rostro".

Y cuando la amargura y un cierto desdén superior priman en el autor, cabe esta sencilla frase:

"Y así continuaron viviendo".

Otra frase de espíritu semejante a la anterior, aunque más cortante de estilo:

"Fue lo que hicieron".

Y ésta, por fin, que por demostrar gran dominio de sí e irónica suficiencia en el género, no recomendaría a los principiantes:

"El cuento concluye aquí. Lo demás, apenas si tiene importancia para los personajes".

Esto no obstante, existe un truco para finalizar un cuento, que no es precisamente final, de gran efecto siempre y muy grato a los prosistas que escriben también en verso. Es este el truco del "leitmotiv".

Final: "Allá a lo lejos, tras el negro páramo calcinado, el fuego apagaba sus últimas llamas..."

Comienzo del cuento: "Silbando entre las pajas, el fuego invadía el campo, levantando grandes llamaradas. La criatura dormía..."

De mis muchas y prolijas observaciones, he deducido que el comienzo del cuento no es, como muchos desean creerlo, una tarea elemental. "Todo es comenzar". Nada más cierto, pero hay que hacerlo. Para comenzar se necesita, en el noventa y nueve por ciento de los casos, saber a dónde se va. "La primera palabra de un cuento -se ha dicho- debe ya estar escrita con miras al final".

De acuerdo con este canon, he notado que el comienzo exabrupto, como si ya el lector conociera parte de la historia que le vamos a narrar, proporciona al cuento insólito vigor. Y he notado asimismo que la iniciación con oraciones complementarias favorece grandemente estos comienzos. Un ejemplo:

"Como Elena no estaba dispuesta a concederlo, él, después de observarla fríamente, fue a coger su sombrero. Ella, por todo comentario, se encogió de hombros".

Yo tuve siempre la impresión de que un cuento comenzado así tiene grandes posibilidades de triunfar. ¿Quién era Elena? Y él, ¿cómo se llamaba? ¿Qué cosa no le concedió Elena? ¿Qué motivos tenía él para pedírselo? ¿Y por qué observó fríamente a Elena, en vez de hacerlo furiosamente, como era lógico de esperar?

Véase todo lo que del cuento se ignora. Nadie lo sabe. Pero la atención del lector ya ha sido cogida por sorpresa, y esto constituye un desiderátum, en el arte de contar.

He anotado algunas variantes a este truco de las frases secundarias. De óptimo efecto suele ser el comienzo condicional:

"De haberla conocido a tiempo, el diputado hubiera ganado un saludo, y la reelección. Pero perdió ambas cosas".

A semejanza del ejemplo anterior, nada sabemos de estos personajes presentados como ya conocidos nuestros, ni de quién fuera tan influyente dama a quien el diputado no reconoció. El truco del interés está, precisamente, en ello.

"Como acababa de llover, el agua goteaba aún por los cristales. Y el seguir las líneas con el dedo fue la diversión mayor que desde su matrimonio hubiera tenido la recién casada".

Nadie supone que la luna de miel pueda mostrarse tan parca de dulzura al punto de hallarla por fin a lo largo de un vidrio en una tarde de lluvia.

De estas pequeñas diabluras está constituido el arte de contar. En un tiempo se acudió a menudo, como a un procedimiento eficacísimo, al comienzo del cuento en diálogo. Hoy el misterio del diálogo se ha desvanecido del todo. Tal vez dos o tres frases agudas arrastren todavía; pero si pasan de cuatro el lector salta en seguida. "No cansar". Tal es, a mi modo de ver, el apotegma inicial del perfecto cuentista. El tiempo es demasiado breve en esta miserable vida para perdérselo de un modo más miserable aún.

De acuerdo con mis impresiones tomadas aquí y allá, deduzco que el truco más eficaz (o eficiente, como se dice en la Escuela Normal), se lo halla en el uso de dos viejas fórmulas abandonadas, y a las que en un tiempo, sin embargo, se entregaron con toda su buena fe los viejos cuentistas. Ellas son:

"Era una hermosa noche de primavera" y "Había una vez..."

¿Qué intriga nos anuncian estos comienzos? ¿Qué evocaciones más insípidas, a fuerza de ingenuas, que las que despiertan estas dos sencillas y calmas frases? Nada en nuestro interior se violenta con ellas. Nada prometen ni nada sugieren a nuestro instinto adivinatorio. Puédese, sin embargo, confiar en su éxito... si el resto vale. Después de meditarlo mucho, no he hallado a ambas recetas más que un inconveniente: el de despertar terriblemente la malicia de los cultores del cuento. Esta malicia profesional es la misma con que se acogería el anuncio de un hombre al que se dispusiera a revelar la belleza de una dama vulgarmente encubierta: "¡Cuidado! ¡Es hermosísima!"

Existe un truco singular, poco practicado, y, sin embargo, lleno de frescura cuando se lo usa con mala fe.

Este truco es el del lugar común. Nadie ignora lo que es en literatura el lugar común. "Pálido como la muerte" y "Dar la mano derecha por obtener algo" son dos bien característicos.

Llamamos lugar común de buena fe al que se comete arrastrado inconscientemente por el más puro sentimiento artístico; esta pureza de arte que nos lleva a loar en verso el encanto de las grietas de los ladrillos del andén de la estación del pueblecito de Cucullú, y la impresión sufrida por estos mismos ladrillos el día que la novia de nuestro amigo, a la que sólo conocíamos de vista, por casualidad los pisó.

Esta es la buena fe. La mala fe se reconoce en la falta de correlación entre la frase hecha y el sentimiento o circunstancia que la inspiran.

Ponerse pálido como la muerte ante el cadáver de la novia es un lugar común. Deja de serlo cuando al ver perfectamente viva a la novia de nuestro amigo, palidecemos hasta la muerte.

"Yo insistía en quitarle el lodo de los zapatos. Ella, riendo, se negaba. Y, con un breve saludo, saltó al tren, enfangada hasta el tobillo. Era la primera vez que yo la veía; no me había seducido, ni interesado, ni he vuelto más a verla. Pero lo que ella ignora es que, en aquel momento, yo hubiera dado con gusto la mano derecha por quitarle el barro de los zapatos".

Es natural y propio de un varón perder su mano por un amor, una vida o un beso. No lo es ya tanto darla por ver de cerca los zapatos de una desconocida. Sorprende la frase fuera de su ubicación psicológica habitual; y aquí está la mala fe.

El tiempo es breve. No son pocos los trucos que quedan por examinar. Creo firmemente que si añadimos a los ya estudiados el truco de la contraposición de adjetivos, el del color local, el truco de las ciencias técnicas, el del estilista sobrio, el del folklore, y algunos más que no escapan a la malicia de los colegas, facilitarán todos ellos en gran medida la confección casera, rápida y sin fallas, de nuestros mejores cuentos nacionales...

Apólogo para los tiempos que corren

Un apólogo para los tiempos que corren, tomado de Historias mínimas, de Javier Tomeo (Barcelona: Anagrama, 1996 (1988), XXI, p. 57-58:

Los dos esqueletos, con los huesos blanqueados por el sol, conversan sentados al socaire de la pared del cementerio.

ESQUELETO A. Oye.
ESQUELETO B. Dime.
ESQUELETO A. Lo peor que podemos hacer es desanimarnos.
ESQUELETO B. Sí, eso sería lo peor.
ESQUELETO A. Vendrán tiempos mejores, estoy seguro de eso.
ESQUELETO B. ¡Oh, desde luego! ¡Vendrán tiempos mejores!
ESQUELETO A. Se trata de saber esperar.
ESQUELETO B. Sí, se trata de eso.
ESQUELETO A. Los árboles volverán a ser verdes.
ESQUELETO B. Eso es: verdes. Y cantarán otra vez los pájaros.
ESQUELETO A. ¡Ah, qué agradable será entonces vernos regresados a la carne!
ESQUELETO B. ¿Crees que regresaremos también a la carne?
ESQUELETO A. ¿Quién lo duda?
ESQUELETO B. (Nostálgico.) Eso sería estupendo.
ESQUELETO A. (Tras una breve pausa.) ¿Cómo te llamabas antes?
ESQUELETO B. Juanito.
ESQUELETO A. ¡Anda pues, Juanito! ¡Levanta el corazón!
ESQUELETO B. (Mirando a través de sus costillas.) ¿Qué corazón?
ESQUELETO A. (Reconsiderando la situación, con acento súbitamente desesperanzado.) La verdad es que hicimos mal muriéndonos.
ESQUELETO B. Sí, hicimos mal.
ESQUELETO A. Perdimos el corazón.
ESQUELETO B. Sí, lo perdimos.
ESQUELETO A. Eso fue, sin duda, lo peor.

Silencio. El ESQUELETO B sopla a través de su propia tibia y brota una suave melodía, que ondula apenas la cabeza de las ortigas. Al conjuro de la música, las serpientes de hace cien años –apenas un rosario de menudas placas óseas– tratan inútilmente de erguirse como en los viejos tiempos de la ponzoña fulminante.

Sociología del poder en España según Lobera.



Josep Lobera, sociólogo. "Menos respeto a los que mandan. Sin recuperación económica, cae la fe en los gobiernos. La jerarquía católica toca fondo." El País, 28/08/2011
 

Toda confianza es peligrosa si no es completa": la máxima de La Bruyère parece especialmente adecuada para aquellas instituciones y grupos sociales que se sitúan en el pelotón de cola de la escala de confianza ciudadana. Es el caso, entre otros, de políticos y partidos políticos, Gobierno, sindicatos, bancos y obispos. En ellos la ciudadanía dice confiar poco... o casi nada, lo cual les coloca en una posición ciertamente delicada. Cabrá decir que, en casi cualquier país, políticos y partidos suelen estar en los lugares últimos de este tipo de escalas, pero no con el plus de irritación que se observa ahora. Sin duda un ingrediente básico en la actual desconfianza ciudadana en políticos, Gobierno, entidades financieras y sindicatos es que, a pesar de sus diferentes estrategias, la situación económica no logra recuperarse. Según los datos del último clima social de Metroscopia, el 92% de los ciudadanos considera que la situación económica es mala y el 85% cree que no hay atisbos de mejoría. Este último es el registro más pesimista desde que empezó la crisis.

Se acostumbra a decir que la confianza cuesta mucho ganarla, pero poco perderla. Después de que buena parte de los ciudadanos creyera al Gobierno cuando habló de ralentización -y de que algunos defendieran esa opinión en sobremesas acaloradas-, la "contumaz ralentización" transformó la fe en descreimiento. Ahora, solo uno de cada cuatro aprueba su gestión. Y lo peor: en el momento actual es una de las instituciones que menos confianza inspiran.

También el recelo hacia políticos y partidos políticos ha alcanzado niveles alarmantes. Algo más de ocho de cada diez españoles tienen la impresión de que los partidos piensan solo en lo que les beneficia y que no tienen en cuenta a la gente. Además, muchos ponen en cuestión la forma en que ahora funciona nuestro sistema político: una amplia mayoría teme que la crisis esté erosionando la calidad de nuestra democracia (67%) y sospecha que quien realmente manda en el mundo no son ya los Estados, sino "los mercados" (79%). La ciudadanía quiere más transparencia, más honradez, más búsqueda del interés común. Y no son pocos -tres de cada cuatro- quienes añoran el abandonado espíritu de pacto y consenso de la Transición. La situación es grave. La clase política es percibida como un problema por sectores cada vez más amplios de nuestra sociedad, más que como una solución. Independientemente del resultado que arrojen las elecciones del próximo 20 de noviembre, los políticos deberán intentar revertir esta tendencia o pechar con sus consecuencias.

El desencanto político ha terminado alcanzando a los Ayuntamientos. Por su cercanía al ciudadano, la tónica tradicional ha sido una mejor evaluación de los Gobiernos locales en comparación con otros niveles de la Administración. Tras tantas informaciones sobre mala gestión o corruptelas, la ciudadanía los sitúa ahora, junto con Gobiernos de Comunidades Autónomas, por debajo incluso de las empresas multinacionales en lo que a credibilidad se refiere.

El ciudadano de a pie tiene la percepción de estar pagando una crisis originada por otros -principalmente por los bancos- y que no han sabido solventar ni políticos ni sindicatos. Esa percepción se ha agudizado en estos últimos meses y ya ha bajado en veinte puntos, desde principios de este año, la credibilidad que la población general deposita en bancos y cajas. Los españoles no quieren ni oír hablar de ayudas al sector financiero: siete de cada diez creen que se debería prohibir cualquier tipo de asistencia con dinero público a los bancos o cajas que tengan problemas y que, en ese caso, deberían ser nacionalizados. Y son hasta nueve de cada diez quienes exigen a estas entidades la devolución del dinero público recibido y quienes estarían a favor de la dación en pago de la vivienda para cancelar las hipotecas. Las entidades financieras parecen tomar conciencia de este estado de ánimo: de ahí, por ejemplo, que el mayor banco español haya ofrecido una carencia de tres años a los hipotecados que estén en paro. Su consejero delegado ha admitido incluso que esta medida se debe a la pérdida de imagen del sector provocada, según él, por movimientos como el 15-M.

En el caso de los sindicatos, cuya existencia nuestra ciudadanía considera imprescindible para la defensa de los derechos de los trabajadores, es su modo de actuar lo que parece obsoleto. No se comparte ni su retórica de confrontación -la huelga general del pasado septiembre resultó un fracaso en opinión del 65% y un éxito solo para el 11%- ni su intento de pacto escenificado el pasado día 2 de febrero. Los motivos para desconfiar de ellos difieren según la ideología: entre el electorado de derechas son percibidos como frenos a las reformas que necesita el país; entre los votantes de izquierdas se duda de su efectividad.

En cuanto a la Iglesia católica, su credibilidad disminuye a medida que el foco se acerca a su jerarquía. O, lo que es lo mismo, aumenta cuando se aleja de ella: la evaluación de Cáritas está por encima de la que se hace de la Iglesia en su conjunto, y esta última, por encima de la de sus obispos. Uno de cada tres evalúa con cero sobre diez el grado de confianza que le inspiran los prelados -el peor registro entre las instituciones analizadas-. ¿Anticlericalismo visceral? Parece dudoso: una amplia mayoría de los españoles se definen como "católicos" (con más o menos matices), y las otras dimensiones de la Iglesia cuentan con una clara mejor imagen social. La escasa confianza en la jerarquía eclesial probablemente se deba a la no aceptación, por sectores amplios de la ciudadanía, de unos planteamientos que se perciben alejados de la sociedad actual y a una propensión excesiva a intervenir en la vida política. En la actualidad, apenas uno de cada cinco españoles se considera "católico practicante", la cifra más baja de los últimos 50 años.

Finalmente, en el apartado de medios de comunicación, la televisión. Con menor credibilidad que la radio y la prensa escrita, congrega, sin embargo, la mayor audiencia: casi nueve de cada diez españoles la ven todos los días. La amplia gama de programas televisivos, desde informativos hasta entretenimiento, y su muy variable calidad hace que su credibilidad media sea baja. No mantiene, pero entretiene.

Josep Lobera es profesor de sociología en la Universidad Autónoma de Madrid y director de proyectos de Metroscopia.

martes, 23 de agosto de 2011

Elipsis

Algunos, y no pocos, millonarios y empresas francesas se unen al norteamericano W. Buffet y  piden que les suban los impuestos para que el gobierno, aliado a los bancos, no termine destruyendo la clase media que, desde la Revolución francesa, es la principal responsable del éxito del país; en España, no, en España, país del camata y del albañilata, la alianza gobierno-bancos, como antaño la del trono y el altar, exige que se deje a los bancos vender más baratitos su stock de pisos, a ver si pican y de paso se hincha otra pústula inmobiliaria; es más, se recorta el sueldo a los funcionarios, pero no se hace ERE de políticos sobrantes y malsanos; hasta un bendito ¿izquierdista? como Berlusconi sube un diez por ciento de impuestos a los más ricos. ¿En España? (...) Gadafi permanecerá más oculto que una lagartija y organizará una guerrilla urbana a lo Irak

domingo, 21 de agosto de 2011

Memorias de un bocazas


Toni García, "Memorias del gran bocazas. Christopher Hitchens repasa su vida de impenitente polemista en 'Hitch-22'.  Barcelona, El País, 20/08/2011

Christopher Hitchens (1949), de quien se publican en España sus memorias, Hitch-22 (Debate), es un bicho raro y conviene saberlo antes de enfrentarse a él: un señor de izquierdas, bebedor profesional, admirador de Trotsky, azote de Noah Chomsky y Michael Moore. Capaz de presentarse voluntario a una sesión de tortura (el famoso waterboarding, una simulación de ahogamiento que el Gobierno de George W. Bush reconoció haber utilizado con profusión) para saber qué se sentía o de ser invitado a un congreso de los laboristas británicos para acabar hablando a favor de la guerra de Irak y apelando a la valentía de los demócratas.

Hitchens es, posiblemente, el polemista más temido del mundo, atacado por ambos flancos por predicadores, evangelistas y conservadores así como por pensadores y teóricos de todo tipo y pelaje, especialmente en Estados Unidos, país donde aterrizó en 1981 cansado de su Gran Bretaña natal y de la pereza de sus partidos políticos. Articulista incansable con una monumental base cultural, el inglés reflexiona en Hitch-22 sobre el suicidio de su madre o la gélida actitud de su padre, además de repasar una vida que le ha llevado desde la legendaria Ruta 66 a las montañas de Afganistán pasando por Irak, la España de la transición, Irán o los lodos de la Argentina de Videla.

Por sus páginas van desfilando los rostros de sus colegas Ian McEwan y Martin Amis, así como nombres fundamentales de la literatura (Borges) o hermanos de sangre del escritor, como Salman Rushdie, uno de los hombres que cimentó en Hitchens una furibunda vocación antirreligiosa (especialmente cuando altos miembros de la jerarquía católica y protestante justificaron la fetua contra Rushdie por sus Versos satánicos apelando al concepto de "blasfemia").

El autor fue también un martillo contra Bill Clinton: declaró en el proceso para echarle de la Casa Blanca. También se postuló como uno de los máximos defensores de la invasión de Irak, lo que le enfrentó con la influyente izquierda estadounidense.

Calificado en multitud de ocasiones de "disidente", definición que Hitchens rechaza a favor de otro epíteto -más acertado, según él-, el de "mosca cojonera", si algo se le reconoce unánimemente es su talla intelectual: licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía por la Universidad de Oxford, su precisión y profundidad tanto en su labor de ensayista como en la de periodista y entrevistador, hacen del británico una de las plumas más destacadas de las últimas tres décadas.

Su impresionante volumen Amor, belleza y guerra (editado también por Debate), que aúna artículos realizados para publicaciones como National Geographic, Vanity Fair o The Nation, es una auténtica delicia donde pueden leerse, por ejemplo, piezas como la dedicada a la Madre Teresa de Calcuta. La religiosa, uno de los objetivos preferidos de Hitchens junto a Henry Kissinger, es la protagonista en off de un relato en el que el autor recuerda cuando el propio Vaticano le entrevistó como "abogado del diablo" (una institución que servía para que los detractores pudieran expresar su opinión en los procesos de beatificación y santificación y que fue abolida por Juan Pablo II en 1996). The missionary position: Mother Teresa in theory and practice es el título del provocador libro sobre la figura, nunca publicado en España, que fue la semilla de Dios no es bueno (Debate), una suerte de biblia del ateísmo que Hitchens publicó en 2008.

Hitch-22, que juega con el título del clásico de la literatura estadounidense Catch-22 (Trampa 22), de Joseph Heller, se lee como una novela a partes ácida y a partes nostálgica que retrata a un tipo excepcional en su inquebrantable voluntad de cuestionarlo todo. El propio autor no podía prever que en junio de 2010 debería interrumpir la promoción de sus memorias por culpa de un agresivo cáncer de esófago contra el que lucha desde entonces. Atrás quedan sus juergas alcohólicas y su pasión por el humo, pero la mosca cojonera, que quede claro, sigue ahí.

De Esopo a Kafka

Me encuentro realizando una edición de las fábulas de Samaniego e Iriarte. El tema es muy interesante, porque el género, que es presuntamente humilde, al menos formalmente, es en realidad muy trascendente y envuelve narración, pedagogía, alegoría, filosofía y sociedad. Lo toca prácticamente todo. El mundo grecolatino era estúpido y cruel: la naturaleza humana, a su juicio, no podía cambiar, y esa es la moral de las fábulas; el cristianismo hizo evolucionar un tanto las cosas y pasó de las fábulas a las parábolas; en la actualidad, en la nihilista época moderna, las fábulas y las parábolas no tienen sentido ni enseñan nada; el Esopo de nuestra época podría muy bien ser Kafka.

sábado, 20 de agosto de 2011

Revueltas

Abel Grau, "A la turba le sirve cualquier causa", El País, 20/08/2011:

Ni la pobreza ni el racismo pueden explicar por sí solos los saqueos de Londres - Robaron por igual pandilleros y clase media - Los analistas alertan, como Cameron, de una falta de cohesión moral.

Natasha Reid no necesitaba un televisor nuevo. A sus 24 años y recién licenciada en Asistencia Social, vive con sus padres en un entorno desahogado del barrio de Edmonton, al norte de Londres. Pero la noche del pasado 7 de agosto vio la ocasión. En medio de la vorágine de saqueos que recorrió Inglaterra, se fijó en una tienda de electrodomésticos que había sido asaltada cerca de casa. Así que entró y robó una televisión de pantalla plana. No tenía necesidad, se la podría haber comprado. Solo entró y se la llevó. Ahora tiene antecedentes policiales. Aún se pregunta por qué lo hizo.

El factor lúdico de la protesta también juega un papel, dice un criminólogo. Para algunos jóvenes, enfrentarse a la policía es como un espectáculo. La historia de Reid, que llegó la semana pasada a la portada de The Times, es una más entre los cerca de 3.000 detenidos durante las revueltas, pero ejemplifica un segmento de los saqueadores que escapa de las causas que se aducen habitualmente. Aunque nadie parece tener una explicación para los disturbios de Londres, al contextualizarlos se suelen mencionar situaciones de pobreza y exclusión social, problemas de integración de las minorías étnicas o los drásticos recortes del Gobierno británico. Sin embargo, entre los detenidos hay muchos perfiles que en principio no encajan en el retrato del sospechoso habitual: una enfermera que intentó robar un televisor en un supermercado, un estudiante de Derecho que se sumó a una banda para asaltar restaurantes, una bailarina de ballet que se llevó un televisor e incluso la hija de un millonario acusada de robar electrodomésticos por valor de 5.700 euros. A medida que se han conocido las historias de los detenidos han surgido decenas de casos semejantes. La mayoría eran jóvenes, pero sin distinción de estrato social. ¿Qué les empujó a delinquir?

Los expertos destacan la importancia de las circunstancias que subyacen en estallidos de violencia como el de Inglaterra, que entre el 6 y el 10 de agosto se propagó desde Londres hasta Manchester, Nottingham y otras ciudades. Dejó cinco muertos y pérdidas que se elevan a 230 millones de euros. "Las revueltas juveniles en la Europa de hoy, y eso vale para la de los suburbios franceses de 2005, la de los airados griegos de 2008 y la de los indignados ibéricos y los suburbios ingleses de 2011, no son revueltas de la miseria sino del bienestar", razona Carles Feixa, catedrático de Antropología Social de la Universidad de Lleida. "No surgen por problemas de subsistencia material, sino por problemas de cohesión moral; por crisis de valores o más bien por nuevos valores que se visibilizan con la crisis. Los valores con los que las nuevas generaciones han sido educadas, que ya no son los de la ética puritana del ahorro sino los de la ética hedonista del consumo, se ponen en duda en momentos de crisis, pues la promesa del ascensor social desaparece de golpe. Eso vale tanto para los jóvenes pobres como para la clase media: todos ven sus expectativas en riesgo", añade.

La espoleta que encendió los disturbios, la muerte del joven Mark Duggan, abatido a tiros por la policía en el barrio de Tottenham, fue una razón o excusa para mostrar ira, sostiene Vicente Garrido, profesor de Criminología de la Universidad de Valencia. "La ira de las bandas ante la policía, la ira de los antisistema, de los delincuentes juveniles. Esa ira, si era lo suficientemente intensa, generaría un escenario de oportunidad único, una ventana hacia el robo y el pillaje", señala. "Entonces se formó una turba que devoró todo. La auténtica naturaleza del hecho se muestra por quienes eran las víctimas: sus propios vecinos. Ante ese movimiento autogenerado y arrollador acabaron por ceder todas las inhibiciones frente a la ley".

El primer ministro británico, David Cameron, avisó el pasado lunes de que la oleada de altercados es "una llamada de alerta" para todo el país y exhortó a atajar el "hundimiento moral a cámara lenta" de la sociedad británica. No obstante, negó rotundamente que las revueltas tuvieran que ver con el racismo, la pobreza o los drásticos recortes que ha llevado a cabo su Gobierno. "Estos disturbios no tienen que ver con la pobreza: eso insulta a los millones de personas que, cualesquiera que sean las dificultades, nunca soñarían siquiera con hacer sufrir a los demás de esta forma", dijo. Tras el toque de atención, añadió Cameron, el Gobierno de coalición de conservadores y liberaldemócratas planea un ambicioso plan de reformas para restaurar esa "sociedad rota". Entre las prioridades están las escuelas, las prestaciones sociales, ayudas a las familias y la educación en los hogares. "Si queremos tener alguna esperanza de reparar nuestra sociedad rota, la familia y la educación familiar es donde debemos empezar". Entre las medidas anunciadas prevé mejorar las condiciones de los 120.000 hogares más desfavorecidos.

Los estudios sociológicos serios sobre los disturbios están por llegar, avisa el filósofo, ensayista y pedagogo José Antonio Marina, pero considera muy significativa la cuestión de los valores que la sociedad transmite a los jóvenes. "La educación ética está desprestigiada, basta recordar lo que pasó en España con la asignatura ética de Educación para la Ciudadanía. Hemos sustituido la oposición importante -bueno o malo-, por una de emergencia -delictivo o no delictivo-, y hemos sustituido la ética por el Código Penal. Y eso no funciona", explica. "No se puede culpar a la familia y a la escuela de la ausencia de valores, en una sociedad conmocionada por las escuchas de Scotland Yard, la desvergüenza de muchos políticos, y una crisis económica indecente", dice el filósofo. Es una tarea que incumbe a toda la sociedad. "Para educar a un niño hace falta la tribu entera. Y la tribu somos todos", señala.

Es necesario, considera Marina, rescatar una educación global en valores. "Vemos el fracaso de la educación permisiva, después de haber visto el fracaso de la educación autoritaria. Necesitamos recuperar los valores morales fuertes, y transmitirlos también a través de la familia y de la escuela". Añade, sin embargo, un matiz importante: "A nadie se le oculta que la educación informal -la que se ejerce fuera de esas instituciones- es cada vez más poderosa. Creo que debemos insistir en la idea de que todos educamos -por acción y por omisión- y elaborar una Carta de los Deberes Educativos de la Sociedad, que señale los deberes de cada situación: familia, escuela, empresa, medios, policía, justicia, políticos, sanidad, sindicatos, partidos políticos, etcétera".

Los disturbios de Londres son una muestra más de un nuevo tipo de revueltas sin distinción de clases, según argumenta el antropólogo Feixa. "Lo novedoso aquí es la dirección de la protesta: normalmente las inician las clases medias y luego siguen las bajas, como sucedió en la revolución francesa y en mayo del 68. Aquí sucede lo contrario", señala. "Las revueltas populares siempre se han visto, al principio, como una forma de vandalismo, mientras que las burguesas suelen tener un componente ideológico. Quizá asistimos a una inversión de la hegemonía cultural: la sociedad de consumo no elimina las clases, pero las desclasa, es decir, las desvincula de sus valores tradicionales. Por eso hay jóvenes acomodados que parecen vándalos de suburbio; y seguramente hay muchos jóvenes pobres que actuaron como jóvenes conscientes, serios y respetables, aunque eso no se vio. En el fondo hay un mito: solo los pobres se meten en bandas. Mi experiencia demuestra que en las bandas hay mucha clase media, aunque no lo parezca".

Los tumultos han servido como llamada de atención sobre los problemas de la sociedad británica, pero estos no explican por sí solos la explosión de violencia, incendios y pillaje, según otros expertos. "No tienen reivindicaciones sociales o políticas", señalaba la semana pasada en este periódico Jim Waddington, profesor de Política de la universidad de Wolverhampton y experto en seguridad. Advertía de la diferencia respecto a las revueltas de Londres en los ochenta. "No se trataba solo de destrozar escaparates. Entonces el objetivo era atacar a la policía", añadía. Los manifestantes "representaban a clases trabajadoras que querían un cambio".

En la oleada de disturbios que recorrió Inglaterra, las reivindicaciones quedaron empañadas o diluidas. Los robos y saqueos convierten estas algaradas en algo diferente de otras oleadas de violencia callejera que tuvieron un propósito más definido, como la de los suburbios de París de 2005 y los de Grecia en 2008 -por no hablar de las recientes y masivas protestas pacíficas de los estudiantes de Chile y la de los indignados en España e Israel. Las de París y Grecia consistieron fundamentalmente en enfrentamientos con la policía, quema de automóviles y destrozos del mobiliario urbano. No abundaron los robos.

En Reino Unido, las causas de la participación sin distinción de clases en las revueltas tienen mucho que ver con el comportamiento de masas, similar al que surge en algunas celebraciones de victorias deportivas, según indica Jason Nier, profesor asociado de Psicología del Connecticut College, en EE UU, y experto en la psicología social de los actos colectivos. Hubo quien se sumó a los destrozos por puro oportunismo. "Muchos -quizá la mayoría- de los saqueadores participaron por puro egoísmo y avaricia. Como necesitan o quieren cosas, sencillamente se las llevan, sin importar si lo consideran correcto o incorrecto", argumenta Nier. "Y luego parece que hay otros que justifican los saqueos argumentando que, a su modo de ver, todo el sistema político o económico es ilegítimo, así que sencillamente se aprovechan de un sistema que creen que ha estado explotándoles (o al menos ignorándoles)". Finalmente, están los que en otras circunstancias nunca habrían hecho lo que hicieron. "Son algunos, probablemente una minoría, que quizá se acercan a los disturbios o saqueos sin malas intenciones. Puede ser gente normal que pierde temporalmente su brújula moral en el frenesí de la multitud", apunta.

La psicología describe esta actitud como comportamiento de masas. Cuando el individuo se encuentra en medio de una multitud, su capacidad para sentir empatía y culpa se diluye, según indican los psicólogos. Entonces puede llegar a asumir los valores del grupo y los propios se atenúan, señala el profesor Nier. Si uno nunca ha vivido unos disturbios, no sabe cómo desenvolverse, así que observa lo que hacen los demás y lo asume como normal. Incluso hay quien puede elaborarse una moral propia para justificar sus actos. Tras el alboroto de la masa, hubo algunos de los propios saqueadores que fueron por su propio pie a devolver lo que habían robado. Como la joven Natasha Reid. Incapaz de dormir por el sentimiento de culpa, según recordaba su madre, acudió al día siguiente a la comisaría con el televisor bajo el brazo.

El componente lúdico de la protesta urbana también desempeña un papel. A los jóvenes implicados de entornos acomodados, estos destrozos les proporcionan "una situación de anonimato y riesgo muy excitante, en la que desaparecen las inhibiciones", sostiene Garrido, autor de Los hijos tiranos. El síndrome del emperador. "Les parece como una especie de parque temático con la emoción de enfrentarse a la policía". Avisa, con todo, que esos jóvenes ya suelen estar predispuestos a esa actitud, bien debido a una personalidad adicta al riesgo, a dificultades en los estudios o a problemas familiares. Han sido frecuentes las imágenes de los saqueadores entrando en las tiendas a través de lunas destrozadas y llevándose ropa o televisores. Muchos ni siquiera se cubrían la cara. Otros posaban con sus trofeos para tomar una fotografía y colgarla en su red social.

En conclusión, cada protesta urbana suele responder a una compleja mezcla de causas, y las de Londres siguen sin estar claras. En lo que coinciden los expertos es en que la enseñanza de valores es crucial y que sería un error subestimar las revueltas como una simple cuestión de delincuencia juvenil.

Reivindicaciones a pie de calle

Cada caso de protesta callejera responde a una combinación específica de elementos que permiten que el malestar cruce un determinado límite y se transforme un movimiento urbano, como recordaba recientemente la analista de Newsweek Saskia Sassen, a raíz de los disturbios en Reino Unido. Los tumultos de Londres suceden tras una serie de revueltas en las que la calle se ha convertido en el escenario para mostrar el descontento y las reivindicaciones de cambios políticos y sociales. En 2005, fueron los suburbios de París. La muerte de dos adolescentes electrocutados cuando huían de la policía fue la chispa que prendió la ira y el descontento social de los barrios marginales de las afueras de París y otras grandes ciudades francesas. Acusaban a las fuerzas de seguridad de discriminación racial. Se quemaron coches y edificios y hubo enfrentamientos con la policía. Sirvieron para dar voz a las minorías inmigrantes y a las dificultades que afrontan para integrarse. Las protestas resurgieron en 2008.

A finales de ese mismo año, en Grecia, la muerte de otro joven abatido a tiros por la policía en Atenas desató una protesta masiva. Cientos de estudiantes se echaron a las calles para protestar contra la violencia policial y especialmente contra el Gobierno y la falta de perspectivas laborales y los inaccesibles precios de la vivienda. Hubo disturbios y choques con la policía en varias ciudades.

En 2011, las protestas han proliferado. En España, el movimiento del 15-M ha aglutinado las críticas contra el sistema político y financiero como responsable de la crisis financiera global. Mediante concentraciones y manifestaciones, los llamados indignados han exigido reformas. En Israel, cerca de 300.000 indignados marcharon el pasado julio en Tel Aviv contra el paro, la precariedad laboral y los abusivos precios de la vivienda. Profesores, trabajadores sociales, médicos y madres solteras exigieron cambios al Gobierno de Benjamín Netanyahu.

Coincidiendo con los disturbios de Londres, en Chile cientos de estudiantes se han manifestado en la capital para exigir un cambio del modelo educativo impulsado por el Gobierno conservador de Sebastián Piñera. Quizá sean revoluciones menores pero, desde la calle y con un propósito firme, han obligado a los Gobiernos a escuchar sus reivindicaciones

Las revueltas juveniles


No estoy de acuerdo con lo que dice Freixa en El País, puesto que la revuelta británica es una revuelta nihilista y la española no lo es sino contra el nihilismo. Cameron dice que la británica tiene un componente de crisis moral en la sociedad, y eso tiene parte de verdad, aunque no ve que hay crisis moral también entre los políticos, que no sienten tener obligaciones hacia el pueblo que los elige. La gente necesita obligaciones, no sólo derechos y libertades, necesita proyectos y sacrificios, y la revuelta se produce cuando los esfuerzos, las obligaciones y los proyectos demuestran que no sirven para nada, que son estériles y concluyen en nihil, "nada", descubriéndose de repente que no hay paraísos sino para los que tienen, a falta de estudios y otros méritos, un buen padrino o un buen par de millones de euros que no son suyos (no un buen par de propios y sacrificados cojones) o un buen soborno en la administración, ya que la honestidad y la nobleza sólo sirven para dejarse explotar. Es entonces cuando la gente suelta lo único que le dejan tener, sus derechos, a falta de obligaciones, y se pone a tomar, a arrancar y a arramblar con todo lo que pilla, atropellando cualquier obligación o ley, moral o no, y se vuelve tan nihilista como esos autorizados gobernantes que han perdido toda autoridad, toda legitimidad moral en una democracia manipulada por los bancos, las iglesias y los poderes fácticos o grupos de presión.

Así dice El País:



"Las revueltas juveniles en la Europa de hoy, y eso vale para la de los suburbios franceses de 2005, la de los airados griegos de 2008 y la de los indignados ibéricos y los suburbios ingleses de 2011, no son revueltas de la miseria sino del bienestar", razona Carles Feixa, catedrático de Antropología Social de la Universidad de Lleida. "No surgen por problemas de subsistencia material, sino por problemas de cohesión moral; por crisis de valores o más bien por nuevos valores que se visibilizan con la crisis. Los valores con los que las nuevas generaciones han sido educadas, que ya no son los de la ética puritana del ahorro sino los de la ética hedonista del consumo, se ponen en duda en momentos de crisis, pues la promesa del ascensor social desaparece de golpe. Eso vale tanto para los jóvenes pobres como para la clase media: todos ven sus expectativas en riesgo", añade.
La espoleta que encendió los disturbios, la muerte del joven Mark Duggan, abatido a tiros por la policía en el barrio de Tottenham, fue una razón o excusa para mostrar ira, sostiene Vicente Garrido, profesor de Criminología de la Universidad de Valencia. "La ira de las bandas ante la policía, la ira de los antisistema, de los delincuentes juveniles. Esa ira, si era lo suficientemente intensa, generaría un escenario de oportunidad único, una ventana hacia el robo y el pillaje", señala. "Entonces se formó una turba que devoró todo. La auténtica naturaleza del hecho se muestra por quienes eran las víctimas: sus propios vecinos. Ante ese movimiento autogenerado y arrollador acabaron por ceder todas las inhibiciones frente a la ley".
El primer ministro británico, David Cameron, avisó el pasado lunes de que la oleada de altercados es "una llamada de alerta" para todo el país y exhortó a atajar el "hundimiento moral a cámara lenta" de la sociedad británica. No obstante, negó rotundamente que las revueltas tuvieran que ver con el racismo, la pobreza o los drásticos recortes que ha llevado a cabo su Gobierno. "Estos disturbios no tienen que ver con la pobreza: eso insulta a los millones de personas que, cualesquiera que sean las dificultades, nunca soñarían siquiera con hacer sufrir a los demás de esta forma", dijo. 
Habría que ver si la moralidad de Freixas, Garrido y Cameron y las instituciones que representan no es sino la moralidad de unos aprovechados miembros de la generación tapón que atacan y etiquetan a los demás sin mirarse el ombligo. 

viernes, 19 de agosto de 2011

El Papa y los factoides

Nada tengo contra el Papa, salvo sus discutibles, jerárquicas e hipócritas posiciones en algunos temas que veo asume más por la función que tiene de cohesionar su rebaño que porque crea en ellas, hipocresía habitual en su denominación de origen cristiana. Cada vez entiendo más a este hereje, aunque no comulgo tanto con él como con sus sacerdotes de a pie y los de cualquier religión, ya que, cualesquiera sean, pretenden hacernos mejores con procedimientos honorables y honrados, lo que gana mi simpatía y mi apoyo material; más bien tenemos que agradecer (y yo agradezco) que exista gente con sus propósitos, con esa voluntad de consagrarse al bien común y protegernos de toda perturbación; otra cosa es que, prevalidos o infatuados con la autoridad que suministra tan noble encomienda, estos hombres entre todos preclaros ejerzan una intolerancia destructiva contra quienes asumen un fin similar desde distinto credo, ideología u orientación; entonces los que tan justamente enaltezco se vuelven un obstáculo para el bien común y se ganan mi contestación y la de muchos. Sobran los intolerantes y la Iglesia (iglesias, mejor), que sufrió diez persecuciones cuando no estaba en el poder y cuando llegó a mandar montó más de diez contra animistas, musulmanes, protestantes, judíos, librepensadores, homosexuales, científicos, anarquistas y sindicalistas, no presume precisamente de coherencia, paz y amor y, desde luego, nada de nada de dignidad. Más justo parece el Budismo, que respeta cualquier religión positiva y ha logrado subsistir sin imposición por fuerza en todos los países salvo en uno, la India, que fue su lugar de origen, porque en él el emperador Asoka quiso imponerlo por la fuerza; las demás religiones deberían reflexionar sobre esto, así como sobre el hecho de que Jerusalén no pertenezca a ninguna creencia con exclusividad hoy en día. 


En cuanto a los ateos, a los que habría que llamar en realidad nihilistas, me resultan especialmente desagradables, porque la mayoría son incluso menos tolerantes que los religiosos y desde luego más incultos y paletos, por decirlo en plata; estos ateos de garrafa lo son porque es una moda juvenil como cualquier otra, una camiseta que ponerse, una gripe que se contagia por exponerse a la contracultura y que hay que pasar, no porque hayan vivido una experiencia contrastada o hayan sacado ese fruto de una mesurada reflexión; ni siquiera podrían ganarse el timbre de racionalistas, puesto que creen carboneramente que la religión no existe, sin plantearse siquiera qué sea, cómo se define o qué necesidades cubre, ni haberse leído (o pretendido digerir, pues son tan light que ni siquiera tienen estómago) la Biblia o las sutras del canon pali; la postura racional, en cuestión tan limitada y restringida como es la existencia verdadera de Dios, rebajable por algunos a la composición de un factoide, es dejar el problema en una duda unamuniana ignosteísta, no en una negación. El ateo común (y no personas tan preocupadas por el asunto como el mismo Dawkins) es tan bárbaro y bestiajo, está tan ideologizado, que no ve brillar en la fe lo único que nos mantiene en pie, ni puede admitir el beneficio social que genera cualquier tipo de religión a una colectividad angustiada por la presión que ejercen sobre ella las libertades modernas, que le imponen unos fatigosos derechos y la existencia en un mundo no siempre degustable ni asumible, al menos por determinado tipo de personas amantes de lo simple y de la introversión; la colectividad necesita deberes y obligaciones para escapar de estas libertades y hacerse como individuos o personas según unos modelos que no siempre tienen que ser Jim Morrison y otras etceteridades disolutas y desenvueltas en un mundo donde la comunicación lo es todo. Por demás, el mensaje cristiano es culto, no poco bello y (hasta cierto punto) humano, aunque muy desnaturalizado a lo largo de la historia por herejes instalados en las ambigüedades de la palabra de Dios (un nombre de los muchos que suele robar el Demonio o el Poder, da igual; la palabra del verdadero Dios es clara, neta y pura, se lee en el corazón y no necesita comentaristas) como los Papas, Lutero o Calvino, aunque coincido con los católicos en su defensa de la caridad, la humildad ante el bien común y, también, la vida como valor fundamental contra el aborto y otras penas de muerte. Esos ateos que se manifiestan violentamente contra el Papa me parecen ridículos; si se manifiestaron los gays con apoyo y dinero público (y entre los católicos no pocos son gays), también pueden los jóvenes católicos recibir apoyo y dinero público; ¡faltaría más!, así como protestantes, budistas y cualquier religión que nos haga mejores, id est, más tolerantes, excepto con la violencia de cualquier tipo que esta sea, física, emocional o intelectual (esta última, sin duda la más difícil de sufrir y discernir, porque su forma es la mentira). Porque toda Iglesia, si es verdaderamente católica ("universal") es, o debería ser, iglesias; integradora (integradoras), no jerárquica (no jerárquicas); y, sobre todo, no hipócrita (no hipócritas).

lunes, 15 de agosto de 2011

Conato de entalpía.

Cuando Carrasco no toma del frasco (pastillas de freno Muñoz hermanos), suéltansele en estampía las fieras y selváticas y rugientes neuronas y él, que drogado aparece nomal, sin drogar aparece anomal,  surnormal,  retormal, simalsano, nobueno, salido de un violento y pútrido cuadro de Koskoshka a las rosas llenas hasta los dientes. Querría dejarse del todo lo además, abrirse en brazos ríos de tinta de espino, palabras que le corren como líneas de fuego de un hormiguero arañazando de dentro. Pero descubre ser un asesino rompecabezas de ventanas por los que trocean el mundo a navajazos de partes y fronteras, tempestades de larvados tornillos, puntas cabezamosca y gusanos de tuerca, redes eléctricas de pústulas y caminos de cerezas bifurcadas y venas de agua partida y cieno floreado y grita tan pálido que no junta los añicos hurtados de su rapiña, picados con águilas sus huecos de sexo hueco herido con las estrías de sus plúmbeos y trígeos feraces océanos de archipiélago estelado.

domingo, 14 de agosto de 2011

He estado de vacaciones

Estuve de vacaciones conociendo el boscoso y montuoso norte de Portugal, un lugar lleno de setas, gnomos y ermitas encantadas. Fue un trayecto de una semana corta en autocar a través de nueve ciudades portuguesas y una española, por orden de llegada Salamanca, Coímbra, Nelas, Viseu, Seia, Aveiro, Porto, Guimarâes y Braga. El mayor inconveniente de esta forma de viajar es que vas siempre con la hora pegada al culo, pero reporta más ventajas: aprendes mucho, no pierdes el tiempo y terminas conociendo a mucha gente en la estrecha convivencia que brindan los incómodos pasillos del autocar y del hotel, las paradas para mear, fumar, desayunar, desarrugarse y tirarse pedos y las carrerillas para seguir al guía por los intrincados vericuetos y callejuelas medievales por donde se mete o filtra. La guagua que nos llevaba (el autobús estaba lleno de canarios), era lo que los manchegos llamamos pava o viajera, por no usar el feo anglicismo autopullman, que parece superhéroe de historieta o dispositivo automotriz. El guía era un portugués muy vivo y de Viseu llamado Armando, lleno de labia y política y no poco guapo, si hemos de juzgar por los ojos de terneras degolladas de algunas de las turistas: moreno, bien proporcionado, rizado de cabello. Me comentó que estudió Bellas Artes y que nunca había tenido que hacer un currículum; dejó su carrera porque le gustaba tratar con la gente y se le daba muy bien; era hombre culto.

El grupito estaba formado por varias familas canarias y otras sueltas: almeriense, cordobesa, gallega, una manchega, la mía, etcétera. Todos nosotros de clase media baja; gente bien educada y admirable, por los que sentí un legítimo orgulloy confirmé que, como escribió Richard Ford, el pueblo español es muy superior en todos los sentidos a sus gobernantes. Había dos o tres bellezones; en una parejita de novios jóvenes, a una rubia le asomaba una teta izquierda tatuada primorosamente como una loza talaverana; no me pareció bien por la propia salud de su usuaria; ¿y si le tienen que hacer una mamografía? ¿Cómo podrá curar la adicción al té de sus retoños? Las demás muchachas eran unas jovencitas normales, tirando a guapas, morenas como se estila en unas islas doblemente afortunadas por tenerlas a ellas. Los canarios eran muy cantarines; una pareja, de hecho, pasó su juventud actuando en salas de fiestas y nos obsequió con una isa al alimón.

El viaje fue incómodo: si uno mide más de uno ochenta, y aun ochenta y siete, como es mi caso, tiene que encajarse en los asientos españoles como una pieza de tetris y cambiar continuamente de postura si pretende dormir, mucho más si padece algún mal de columna o de rodillas, y sale del potro de tormento con calzador, apalancado y brusco como un muelle no muerto o una lagartija con interrupciones. El reposacabezas nunca llega a tocarte la nuca y tienes la sensación de que te cuelga como la de un gallo tras la solución final.


Portugal es decadente y se dice pobre, pero a mí me recuerda a España; sería más español si, en vez de haber avecindado con Inglaterra, lo hubiera hecho con Francia. Y es un país orgulloso: hasta sus chabolas tienen ínfulas y pretenden la gloria arquitectónica; sin embargo las paredes están invariablemente deslucidas, cuando no se curan en salud con invariables fachadas de azulejo. En gastronomía son unos golosos; les fascina lo dulce y por eso son grandes confiteros; hasta sus vinos como el Oporto y  Madeira son dulces y en eso son muy británicos. En Portugal se dice que hay trescientas sesenta y cinco maneras de hacer el bacalao, pero quienes se han tomado la molestia de contarlas llegan a las dos mil; es comida humilde, porque casi toda la flota mercante de Portugal, por esos líos de los tratados internacionales, era bacaladera. La fórmula mejor es la del Bacalao a la Braga, y la más humilde la del bacalao con ajo o con patatas al puñetazo. También son típicas las francesinhas, una especie de hamburguesa diseñada por un emigrante hambriento, y los ovos mole, de origen monjil, y que consisten en yemas de huevo envueltas herméticamente en una especie de obleas con formas artísticas. El vino de oporto es un primor, muy dulce y afrutado, de unos veinte grados, por lo que sólo se puede tomar antes y después de las comidas, ya que si no te deja fuera de combate. En realidad no es un vino: se detiene su evolución a la mitad y por ello se puede juzgar como una especie de mosto con alcohol. El portugués es sonoro y musical, aunque no tan melódico como el italiano, y engañosamente parecido al español, ya que un portugués cerrado no lo entendería ni siquiera un gallego. Borracho en portugués significa lo mismo que guapo, por lo que hay que tener cuidado si os lanzan piropos, que podéis malinterpretarlos. También hay problemas para pedir pilas de cámara; en portugués pila es lo que en (mal) español polla, y una turista, aunque iba advertida, pidió una pila grande. El aparato masculino se denomina gaita, por lo que entendí mejor eso de que la sidra El gaitero es famosa en el mundo entero... será por lo diurética que es. Se come muy barato, comparado con España; un menú normal te viene a costar seis euros y medio; en España es difícil encontrar uno por menos de nueve o diez.


Casi todo el país, que tiene unos once millones, vive en la franja costera; el interior está prácticamente deshabitado; acaso por eso la relación histórica con España ha sido tan escasa: no ha habido mucho contacto. Parece imposible, pero es así. Fuera de esto, de esos once millones casi la mitad se halla concentrada en dos ciudades, Oporto y Lisboa, y dos millones emigrados en París: uno de cada cuatro parisinos es portugués. Si ustedes van a ver un mapa de esa especie de "norte sur de gran cortura", por rehacer el verso de Alonso de Ercilla, especie de Chile resumido, que es Portugal, verán lo que les digo (seguirá).

La incierta vida sexual de Epi y Blas

Un escándalo así no podía quedar impune; que dejaran sin poder matrimoniar a una pareja de hecho como Epi y Blas era motivo de escándalo para todo el mundo excepto para el cardenal Rouco Varela y compañeros mártires. Que el que es sin duda el mejor programa y sin duda el más sincero de la televisión española, que explicaba sin ningún género de duda qué era estar encima y debajo, o qué era lo de delante y lo de detrás, dejara ver tanta desvergüenza como no debía verse, era motivo de chacota y pitorreo masivo desde hace decenios, porque el programa es muy antiguo y Epi y Blas ya debían tener arrugas y casa de renta y pensión antigua. De ahí la necesidad de un comunicado oficial que dejara claro el carácter asexuado y estéril de la tal pareja de hecho, que suscitaba con sus posturas de naranja y limón, aun circulares y elípticas, los comentarios más lascivos que haber pueda. La noticia, aquí.

De la necesidad de un exonario bien surtido

Existen muchas formas de crear neologismos o novipalabras dentro de moldes, generales o no, que debían ser más usados y variados; porque la líquida lengua está capada, esterilizada por quienes quieren limitar cualquier tipo de actividad empobreciendo también el uso del lenguaje y de las palabras, dejando que la libertad se acojone y no usurpe las funciones del poder, una de las cuales no debió ser poner nombre a las cosas, como si alguien hubiera autorizado la ceca de los vocablos a una cacademia cualquiera; los países más libres no tuvieron cacademia, quitando a los moros, que tienen algo peor, un Corán en verso que esclaviza la ética al consonante más cojo -y va por lo del zancarrón de Mahoma-. Los exonarios están para eso, para llenarse de denominaciones que cuadran a lo que no tiene nombre (y mira que suena malo y sin bautizar eso de no tener nombre), que es mucho, muy diverso y hasta muy divertido. En realidad esos neologismos son negologismos, contra-dicciones que infiltran las armas pacíficas de la inteligencia, la ironía y el humor en las rutinas cuarteleras de la morfología contra el apodicticismo vulgarizador y eugenésico del poder y el adocenamiento (y adecentamiento) masivo de los medios de comunicación, propiación y aborregamiento; sus procedimientos son en realidad tipificaciones dentro de las citadas categorías generales de creación de palabras. Por ejemplo en la acronimia, en la que podemos encontrar acrónimos recursivos, decrónimos y retroacrónimos, por no hablar de los aspectos gráficos de esta rebeldía, como las faltas satíricas de ortografía, que las hay, como por ejemplo aquí. Y para los que trabajan creativamente con las palabras hay procedimientos aún poco usados como la meronimia, la holonimia, la textonimia, la eponimia, la endonimia y la exonimia.

domingo, 7 de agosto de 2011

Los Miami y los Políticos: un negocio familiar y similar



El País publica un artículo sobre la banda madrileña de matones llamada los Miami: "El ocaso de la banda de matones que amasó 100 millones. Los Miami controlaban discotecas, vendían drogas y blanqueaban dinero". Al leerlo, uno pierde progresivamente la perspectiva y termina no sabiendo si el artículo trata de política o de sucesos y mezclando churras y merinas. Los Miami controlan las discotecas; los políticos controlan los medios de comunicación. Los Miami venden drogas; los Políticos venden medicamentos en la Seguridad Social y encima quieren que los paguemos más caros; es más, privatizando a tutiplén están vendiendo hasta el estado del bienestar y si siguen así van a privatizarnos hasta los cojones y hacernos pagar un impuesto indirecto por su uso; los Miami blanquean dinero; ¿y qué coño hacen los Políticos sino eso, sea en trajes, sea en subvenciones, sea en corrupciones varias de mafiosos del ladrillo, mafiosillos bancarios y otros mafiosillos menores?

Está dicho. La Policía debía tener una sección consagrada a desarticular partidos políticos; la pena es que la Policía no sea política también.

sábado, 6 de agosto de 2011

Mecachis, qué guapo soy







Gracias a la infatigable labor de la Iglesia Evangélica de Alcázar de San Juan se ha dedicado una calle a Juan Calderón en la ciudad. En el blog de la citada iglesia se cita con honor a los investigadores que han revitalizado su figura, entre ellos ¿sabéis quién? Mecachis, qué guapo es.

viernes, 5 de agosto de 2011

Detenido un sueco por fabricar un reactor nuclear casero



Según esta noticia, un sueco ha sido detenido por fabricar un reactor nuclear casero; parece ser que el trasto era sólo para ahorrar en la factura de la luz y sólo le ha costado unos seiscientos euros; ¡qué chicos más traviesos, estos nórdicos! Cualquier día nos vamos a despertar ligeramente tostados por una estufa de uranio fabricada por un mercachifle bosnio, que no es nórdico, pero tanto da.