domingo, 28 de julio de 2013

Un fiera

CONVERSACIONES BÁRBARAS: ANATOLIO ALONSO

“España es así: forrarse rápido, pan para hoy y hambre para mañana” El estudiante sacó un 9,95 en la última prueba de Selectividad, la nota más alta de Madrid. Se prepara para ser médico

BORJA HERMOSO Madrid 27 JUL 2013 

En el madrileño barrio de Acacias, un prohombre en bermudas, chancletas, camiseta y pendiente. Corre 1.500, estudia, lee, ve pelis, se baja música y juega a que llega el fin del mundo. Ese es Anatolio, que hace como que la cosa no va con él. Pero sí va: algún día este santo y puñetero país tendrá noticias suyas. Y nos vendrá bien. Sacó un 9,95 en la Selectividad, que ya es sacar. Pero alguien se equivocó. Porque el tipo es de 10.

Pregunta. ¿Están tus padres en casa?

Respuesta. No… no hay nadie.

P. Es que les iba a preguntar cómo es posible esto de Anatolio…

R. Mi abuelo se llamaba así, y mi padre. Creo que a mi abuelo se lo pusieron por algo del santoral.

P. Habrás tenido que aguantar tralla en el cole, ¿no?

R. Tú verás... Cuando salí en los periódicos y toda la leche, evidentemente a la gente le chocó el nombre. Es que es muy sonoro.

P. Es una forma de decirlo. A mí me recuerda a los tebeos de Bruguera: Anacleto, Ataúlfo, Rigoberto, Mortadelo, Filemón…

R. ¡Je, je, je! Sí, bueno, y en Twitter me han hecho muchas bromas: “Joder, con ese nombre seguro que ni sales de casa y por eso saca esas notas”, y tal.

P. Hablando de tebeos. Supongo que, en su caso, Kant, Quevedo y los logaritmos no dejarán sitio para los cómics y cosas así… ¿o sí?

R. Mira, si te das la vuelta verás mi rincón de cómics. Me encantan, sobre todo Watchmen. Tiene trasfondo filosófico…

DNI urgente

Nació en Madrid hace 18 años. Le gusta el cine, el atletismo, los videojuegos, la filosofía, salir con sus amigos y charlar con su padre. Sacó la nota más alta de Selectividad en la Comunidad de Madrid.
P. Pues todavía hay cenutrios que consideran los cómics un género menor, una bobada, vaya.

R. Pues los cómics ofrecen muchas posibilidades que un libro normal no puede darte. Con un buen trazo se te muestra todo sin soltar una sola palabra… buenos dibujos, buenos guiones…

P. ...pura economía de medios. A lo mejor se está perdiendo una gran ocasión para usarlos como método educativo en las aulas.

R. Sí se podrían usar. Motivarían más a muchos estudiantes.

P. Sí, porque —y no parece precisamente tu caso— queda claro que mucho estudiante le tiene alergia al libro tradicional, ¿o no?

R. Claro, pero a veces eso se potencia en la misma educación. A veces te meten una cantidad de contenidos en muy poco tiempo, solo por cumplir las exigencias oficiales. Y te meten 12 autores de filosofía, hala… Solo Kant te da para dos meses si lo quieres entender bien. Y la historia también se estudia mal. Mucha cantidad, pero no se interioriza. La tenemos que absorber y luego vomitarla, y punto. A veces, en el colegio, más que enseñar se vacuna contra el conocimiento. Así que luego, la gente va a una librería, ve los libros de filosofía y se va derecho a por los de autoayuda. Pero la filosofía sirve para relativizar los puntos de vista actuales, comparándolos con el pasado.

P. ¿Y qué autor te pone más?

R. Me gusta el tema de la neurociencia y me parece apasionante lo de la inmortalidad del alma.

P. Glup.

R. Sí. El ser humano trasciende lo meramente físico. Yo ahora estoy hablando contigo y generando ideas, ideas que se van superponiendo en el tiempo. ¿Dónde quedan? Poder recordarlas da al ser humano como una conciencia de superioridad. Todas esas teorías filosóficas que, desde un punto de vista lógico eran coherentes, desde el sentido común son como castillos en el aire… dar una explicación, sin base fisiológica, al mundo etéreo que hay en nosotros.

P. Diez en Filosofía. Claro, ahora se entiende.

R. Sí.

P. En cambio, la media se te quedó en 9,95. ¿Qué pasa, la perfección no es bella? ¡Y un 9,50 en Lengua! Te caería una buena en casa.

R. ¡Joder, es que a un comentario de texto se le pueden dar tantas vueltas, que todavía podría estar haciéndolo! Puede ser infinito. Y más con un texto de Savater, que le gustan los argumentos de autoridad más que a un tonto un lápiz. Te puedes tirar horas.

P. Bueno, eso si te sabes el autor. Yo no solía sabérmelos y me quedaba con cara de boniato.

R. A lo mejor no te sabes el autor, pero puedes trascender lo que dice e identificar lo que dice con algún hecho de tu vida. Pasa como con Wittgenstein. Su Tractatus eran aforismos y él decía que nadie que no hubiera pensado eso antes lo iba a entender. Pero si lo lees y lo vinculas a alguna vivencia tuya, lo entiendes.

P. Qué cosas, estábamos con los cómics y hemos acabado en Wittgenstein. ¿Y los videojuegos?

R. El videojuego es un nuevo horizonte, con posibilidades que no ofrece el cine. El videojuego es un arte. Mira, mira este \[se levanta, saca uno de la estantería y lo muestra con una mezcla de fascinación y orgullo\], es la leche.

P. Uy, va del fin del mundo.

R. Sí.

P. Pues imagínate que ahora entra tu padre y te suelta: “Anatolio, mañana es el fin del mundo”. ¿Qué harías?

R. Quedaría con mis amigos.

P. Unas sangrías en el parque.

R. No iba a dar tiempo a más, ¿no? No vas a coger el coche para irte por ahí y que el fin del mundo te pille por el camino. Así que a tomar algo y comentar: “¿Cómo será esto del fin del mundo?”.

P. ¿Te bajas pelis? ¿Música? ¿Videojuegos? ¿Libros? Como digas que no, llamo al zoo para que te metan en una jaula.

R. Me he bajado música, y pelis alguna, pero no soy una bestia. A mí me gusta ir al cine, a la sala de cine, quiero decir. El olor a palomitas, los tráilers, es un ritual.

P. Pues a este paso te van a poner una estatua.

R. Es como los libros en papel. Me gustan mucho más que los e-book. Llámame fetichista. Joder, macho, ¿todo el día con pantallas, y cuando vamos a leer un libro, venga, ¡otra pantalla!?

P. Se ha instalado la idea de que los productos de cultura y ocio son gratis total. A lo peor, al final, los que los hacen deciden dedicarse a otra cosa.

R. El gratis total no vale, pero si queremos extender la cultura y que la gente vea películas y lea libros, hay que aceptar que los precios de ahora son inasumibles. Que un DVD cueste 16 euros no va acorde con la situación económica de la gente, pero no porque estemos en crisis; es que tampoco irá acorde cuando no haya crisis. Es irreal. Es ridículo.

P. Te puse como ejemplo ante mi hijo de 20 años y me contestó: “¡Pufff, seguro que es un insoportable!”. Defiéndete. Di conmigo: “No-soy-solo-un-empollón”.

R. No soy insoportable. Salgo casi todos los fines de semana. Estudio, sí, pero no me queda otra. La gente esa que va de gran intelectual y piensa que sin estudiar… no, macho, puedes ser inteligente pero hay ciertos conocimientos que el Espíritu Santo no te los da.

P. Eres listo, inteligente y culto y hablas cojonudamente sin dártelas de nada. Qué buena lección para tanto tonto integral que usa su cultura como arma de exclusión… esos del “¿¿que no has leído a este autor??” o “¿¿que no has visto esta película??”.

R. Hay gente que lee solo para demostrar lo mucho que lee. Para elevarse por encima del resto. Que se note que sé. Es empavonamiento. Gente que va de guay. Esnobs. Creen que lo raro, por el hecho de ser raro, ya es bueno.

P. Y ahora, médico, ¿no? O sea, que ya te ves con tu batita, pasando consulta, ganando una lana.

R. No. Ahora en la sociedad hay un gusto marcado por la especialización precoz. Es peligroso. A mí me gusta la investigación. Un médico en su consulta cura a uno, a dos, a tres, a muchos, pero alguien que desarrolla una vacuna cura a millones.

P. Pues si quieres investigar ya puedes ir haciendo las maletas.

R. Pues yo querría vivir en España. Me gusta salir a la calle a las doce de la noche y ver gente. Tú sales a las doce de la noche en Francia y no hay nadie. En Inglaterra, igual. De todas formas, si me voy me gustaría que fuera una decisión mía, no una coacción de las circunstancias históricas y económicas que hay en este país.

P. ¿Cuál es tu grado de preocupación o cabreo con esas circunstancias y quienes las propician?

R. Alerta roja total. Yo creo que esta crisis se ha forjado mucho tiempo atrás. Se ve claramente si estudias la historia de este país. Aquí, la actitud ante la economía ha sido siempre la misma, España es así: forrarse rápido, pan para hoy y hambre para mañana. No ha habido una idea de forjar una industria, de producir aquí las cosas o las ideas para exportarlos.

P. El “que inventen ellos” caló muy fuerte, y sigue calando.

R. Siempre igual. Y luego, cuando esto estaba resurgiendo en cuanto a ideas de progreso, con la República, todo cayó por gente que no quería eso y dio un golpe. Y los índices económicos no se recuperaron hasta los años cincuenta o casi sesenta. Y luego, en democracia, vinieron las reconversiones industriales, que fueron un eufemismo: no hubo reconversión, hubo un desmantelamiento, para que Alemania, que es la que nos sangra ahora, fuera la que nos tuviera que suministrar la industria y así los alemanes pudieran venir aquí a hacer turismo de sol y playa.

P. Queda claro que te gusta llamar a las cosas por su nombre.

R. Y luego está lo de la investigación, que se piensa que es un gasto inútil… ¡pero si es lo único que puede sacar de esta situación a España! A ver, nosotros jamás vamos a ser competitivos como los chinos, que tienen un régimen dictatorial que hace lo que le sale de las narices con los derechos de los trabajadores. Si en algo podemos triunfar es en ideas: educación, investigación, cultura.

P. Las tres patas que se están cargando, junto con la sanidad.

R. Las ideas son nuestra materia prima, aquí no hay ni oro ni petróleo.

P. ¿Y a nivel mundial?

R. Soy superpesimista. El capitalismo está basado en la extralimitación de los medios, en la producción continua, en el consumismo continuo, en que gire la rueda… pero esto no es así. El mundo es finito, hay lo que hay, hay unas materias, hay gente y hay unas necesidades creadas, porque no consumimos lo que necesitamos, sino que necesitamos lo que consumimos. Llegará el colapso.

P. ¿Por qué no arden las calles, o en su defecto, La Moncloa?

R. Pues por la alienación que hay. Mucha gente no tiene para comer. Y todos creemos que no nos va a tocar. Y tenemos nuestro trabajo, salimos de casa, trabajamos, volvemos a casa y queremos mantener eso. Y si hay una huelga para reivindicar los derechos de todos, no salimos por miedo a que nos quiten el trabajo. No hay un sentimiento de defender lo que es de todos, solo hay un sentimiento de querer guardar nuestros derechos individuales. Vivir lo mejor que podamos. Ir tirando. Eso es lo que hace que no haya revoluciones ahora. El poder ha conseguido tenerlo todo bajo control. Es como un síndrome de Estocolmo general, por el cual nos están puteando a todos, pero como hay gente menos puteada, pues tiene un sentimiento de seudogratitud. Podemos comprar nuestras cuatro cosas en la Fnac o en El Corte Inglés y con eso nos vale.

P. Hablas mejor que, más o menos, el 90% de nuestros políticos. ¿Te tienta la política, aunque se malogre un investigador?

R. No me importaría, creo que hay que revitalizar el gusto por la política. Hoy se identifica la política con el mero jugueteo de unos tíos que encima ahora vemos que son unos corruptos y no tienen ni la dignidad de reconocerlo. Yo, si fuese Rajoy, no tendría la conciencia tranquila.

P. ¿Qué hacemos con los ladrones de guante negro? ¿Un ratito en la cárcel y ya está?

R. No, que devuelvan lo que han mangado. Ahí está Botín, que fue perdonado de no ir a la cárcel por un Gobierno del PSOE. Y ahora que vengan y me digan eso de “ese Anatolio es de Rubalcaba”. Sí, de Rubalcaba, claro… mira, el PSOE tiene de socialista lo que yo tengo de rubio.

P. ¿Monarquía o república?

R. Siempre república. La monarquía es anacrónica. Tiene que haber alguien elegido por la gente. Y esto, que ahora mismo no es una prioridad, tendrá que serlo en algún momento.

Eres un fiera, Anatolio.

viernes, 26 de julio de 2013

Luminosa entrevista con Stanley Payne

Stanley Payne: “El español medio se ha convertido en un ser anestesiado y con pocas ambiciones trascendentales”

Juan Bosco Martín Algarra
sábado, 20/07/13 - 06:00

Los ciudadanos, aunque se sienten engañados por los políticos, soportan esta crisis en una relativa calma social. No ocurrió así en países europeos que atravesaron circunstancias parecidas en el pasado. El hispanista Stanley Payne explica cuáles son los resortes que movilizan a la sociedad y por qué no se activan de momento en España, a pesar de la recesión, el paro y la corrupción política.

Stanley Payne, prestigioso hispanista e historiador estadounidense, es un gran conocedor de la Historia de España en el siglo XX

En otras épocas, las masas hacían acto de presencia. España fue tierras de grandes revueltas populares a lo largo del siglo XIX y durante el primer tercio del siglo pasado. Otro tanto sucedió con mayor o menor intensidad en otros países europeos, como ha descrito el hispanista estadounidense Stanley Payne (Texas, 1934) en su libro “La Europa revolucionaria”.

“Hemos llegado al límite”. “Esto está a punto de estallar”. “Hay que tomar la calle”. Son algunas de las expresiones que acompañan las malas noticias económicas y los últimos escándalos políticos. Sin embargo, los años se suceden y da la impresión de que el hastío generalizado no pasa de las meras palabras.En un momento en donde la injusticia y los abusos parecen ser más patentes que nunca, la población soporta estos contratiempos. ¿Qué nos ha cambiado? ¿Es que no somos los mismos españoles de siempre? Se lo preguntamos a uno de los mejores conocedores de la Historia de España en el último siglo.La gente se pregunta por qué no estalla una revolución social, como pasó en nuestro país a principios del siglo XX.

Porque estamos en un época muy diferente de aquélla. Entre los siglos XIX y XX acontecieron en poco tiempo grandes cambios políticos, sociales, demográficos y tecnológicos. Al juntarse todos ellos terminaron revolucionando los ánimos de las masas.Ahora también hay grandes avances tecnológicos...
Pero no han sido tan fuertes como para movilizar a una sociedad en la misma medida que lo hicieron las grandes rotativas, la radio o el telégrafo. Los grandes cambios tecnológicos conocidos desde la muerte de Franco más bien han conseguido atomizar a los españoles. La implantación del Estado del Bienestar también ha anestesiado a la sociedad, al igual que ha ocurrido en otros países desarrollados.Pero... ¿acaso no vemos ahora un gran descontento social?
Por supuesto que lo hay, y mucho. Pero pasar del descontento a la rebelión implica atravesar un trecho largo y complicado. En España, además, el Poder está en manos de una estructura partitocrática dominada por cuadros políticos, los cuales dificultan cualquier solución a las reivindicaciones ciudadanas.
  
¿Cómo evitar la partitocracia sin caer en una especie de caudillismo “a la italiana” lleno de “berlusconis” y “beppes grillos”?

Fortaleciendo la sociedad civil, con ciudadanos bien informados y gran sentido de responsabilidad. Esto no es nada fácil. Italia lo intentó con la “revolución de los jueces” a principio de los 90. Pero luego reconstruyó el sistema de partidos con los mismos fallos y defectos del antiguo sistema.¿Y por qué es tan difícil?
Porque la sociedad española está anestesiada por anti-valores que desmovilizan a la gente: la telebasura, los deportes, el hedonismo, el consumismo... Con una ciudadanía absorbida por estas realidades resulta muy complicado que surja una movilización para mejorar las estructuras políticas. El horizonte vital de la mayor parte de la gente consiste en disfrutar de la mejor forma posible. El español medio se ha convertido en un ser anestesiado y con pocas ambiciones trascendentales.

EL "BUENISMO", LA IDEOLOGÍA MODERNA QUE PROMUEVE EL CONFORMISMO

El presidente de Metroscopia nos decía (ver entrevista) que el español es menos apasionado de lo que se piensa. ¿Está de acuerdo?

Sí, es cierto. Es algo que también sorprende a muchos extranjeros que visitan España. Tienen la imagen del español exaltado de hace cien años y de la Guerra Civil. Pero aquello se acabó. La cultura se ha transformado. El español medio actual es un ser sosegado. No pide demasiado; pide algo, pero no mucho. Es modesto en sus apetitos. Acepta lo que tiene y trata de disfrutar lo mejor que pueda.¿Y las ideologías? En España actuaron como palancas de los grandes movimientos sociales.

Ahora no hay ideologías nuevas que puedan actuar como palancas de la sociedad. Si acaso, en España se ha impuesto el “buenismo”, lo políticamente correcto. Pero este “buenismo” no busca azuzar grandes revueltas, sino al revés. El buenismo está en contra de las revueltas. Pretende dominar la sociedad, pero promoviendo conformismo, no revueltas.¿Un cambio del sistema electoral puede servir cambiar las cosas?

No totalmente, pero sí sería un primer caso. Las listas abiertas acortarían las distancias entre votante y diputado, además de aumentar el pluralismo político. Ahora el diputado está pendiente de lo que opina el líder que le coloca en las listas, no del ciudadano que le vota.

"El PSOE ha optado por la revolución cultural para poder diferenciarse el PP", afirma el hispanista Stanley Payne

"LOS REVOLUCIONARIOS DE HOY NO QUIEREN CAMBIAR ESTRUCTURAS POLÍTICAS, SINO LA IDENTIDAD INDIVIDUAL"

Parece que la diferencia entre izquierda y derecha se ha difuminado. Es una crítica que hacen a PP y PSOE.

Es misma crítica se escuchaba también en la época de la Restauración borbónica, referida al Partido Conservador y al Partido Liberal. El PP y el PSOE se diferencian por el papel que cada uno atribuye al Estado en la economía. El PP quiere que intervenga poco y el PSOE lo contrario. El problema de estos años de crisis es que ni uno ni otro tienen margen de maniobra para cambiar la política económica. Como el PSOE necesita diferenciarse del PP (y no puede hacerlo por la parte económica) se ha volcado de lleno sobre la revolución cultural.

¿A qué revolución cultural se refiere?

A cosas como la ideología de género, el ecologismo, el lobby gay, la hostilidad contra la Iglesia... es decir: en todo lo que sea incidir en un estilo de vida alternativo al tradicional y cosas así...España se ha convertido en un país de clase postmodernista. Los radicalismos políticos casi se han extinguido totalmente. Han sido sustituidos por expresiones de la revolución cultural, pero sin capacidad de movilizar a las masas.

Esto me recuerda a lo que decía un político socialista con cierta sorna: “Debemos darle caña a la la Iglesia porque es lo único que nos queda de rojos”.

Efectivamente, la expresión del nuevo radicalismo occidental es de tipo cultural. Al contrario de los antiguos revolucionarios políticos, estos nuevos revolucionarios culturales no pretenden cambiar las estructuras políticas, sino la identidad individual.

La indignación popular contra la clase política es patente, pero a diferencia de otras épocas, la mayoría de los españoles no salen a la calle para manifestar su repulsa ¿Dónde han quedado las grandes masas populares que provocaban cambios políticos como la revolución rusa o la llegada de la II República española?

Han desaparecido totalmente o se han reducido a la mínima expresión. El movimiento social más importante de la España del siglo XX fue el anarquismo. Ya casi murió. Tampoco existe en Europa, a excepción de Grecia, donde aún queda cierta vida anarquista con capacidad de radicalizar las revueltas de las calles.

"LOS PAÍSES ÁRABES TIENDEN AL DESPOTISMO POR LA AUSENCIA DE SOCIEDAD CIVIL"

Las sociedades islámicas parecen estar despertando. ¿Por qué no también las occidentales?

Es un problema muy distinto. Lo que está ocurriendo en los países árabes (no me refiero a los islámicos en general, sino a los árabes en particular) es una reacción contra el despotismo, que es el sistema político natural al que tienden estos países.¿Por qué?

Porque en ellos apenas existe sociedad civil, ni educación cívica o política. Cuando eliminan el despotismo, los países árabes tienden a la fragmentación. Y entonces se imponen los islamistas, porque tienen un mensaje que la gente entiende fácilmente. Pero este mensaje es difícilmente compatible con el concepto de sociedad civil tal y como lo entendemos en Occidente.¿Podrá Europa integrar la inmigración musulmana?

Supone un desafío enorme. Europa nunca aceptará costumbres islámicas como la sharía. Los musulmanes tendrán que vivir bajo las mismas leyes de cada país y, en parte, bajo la misma cultura. El multiculturalismo no existe. Cada país tiene una cultura cívica única y todos los ciudadanos deben aceptarla.

domingo, 21 de julio de 2013

La televisión y Orisón

Nos quejamos de la teúve, pero es simple la cura: no verla. Mi suegra se ríe de los tontainas que sacan al ridículo, pero siempre la enciende a la hora del tontaina. Es el placer del sádico, el único que le queda al hombre al que hace común creerse superior al común, el hombre-masa o señorito de Ortega y Gasset. El linchamiento televisivo por pura e intraducible schadenfreude. Así llaman los alemanes al placer de ver a otro cagándola. O sea, lo contrario que nuestra también casi intraducible -lo es al alemán- spanish shame o "vergüenza ajena", que tanto caracterizó nuestra nobleza histórica, ya perdida ante la vulgaridad anglosajona. Por eso solo son noticias las malas noticias. O las guarras, tanto da, lo mismo da que da lo mismo, en eso no voy ni vengo, por eso no vamos a discutir y para ti la perra gorda.

Nadie (o solo la quinta parte, según el sociólogo Pareto) disfruta enterándose de lo rico, guapo y biennacido que es el vecino, porque identifica disfrutar con degradar. Incluso quien se queja sin orgullo de ser desgraciado es considerado un soplapollas, porque te arrebata el placer sádico de no verte y negarte como soplapollas, recordándote que lo eres como un espejito gracias al mecanismo neurológico de las neuronas especulares, que garantiza la empatía incluso para la abyección. Nada hay tan antisocial como tender sin lavar los trapos sucios por la ventana: manchan la vista. El otro día una madre bien trajeada que sacaba a su bebé en un elegante cochecito me pidió con voz quebrada y desesperada, pero educada y formalmente, que le diese de comer. Poco antes había dado toda mi calderilla a un mendigo sentado en una esquina que pedía "para vivir" con un cartón. A esto han llegado las cosas. Según las teorías de Vilfredo Pareto, que no tenía nada de paleto, toda comunidad de vecinos, todo país y toda sociedad se compone de un setenta por ciento de personas que se mueven sobre todo por emociones y son meros comparsas, un veinte por ciento de personas que se mueven sobre todo por razones, y que suelen encauzar a las demás, y un diez por ciento de personas que se mueven solo a patadas, palos y coces, y que constituyen una minoría delincuente. ¡Cuántos políticos fascistas y no fascistas se han servido de esta clasificación esencial! Según avizoran los sondeos, parecemos irremediablemente abocados a la paradoja de Arrow.

Según Kant no hay otra conducta moral que dar ejemplo; pues eso: ni ver la tele, ni ver fútbol, ni leer el hola, ni comer demasiado, ni fumar, ni criar culo en el sofá, ni dormir demasiado, ni leer artículos de soplapollas como un servidor, dar limosna a todo el mundo, aunque no se tenga suelto y trabajar para arreglar la sociedad. Pero Kant pertenecía a la quinta parte razonable de la sociedad y hoy en día sigue habiendo tomatinas en Buñol, blasfemas para el dios Hambre (no hay dios más antiguo que ese ni que más sacrificios haya recibido), colas en las hamburgueserías que hacen rebajas y congresos provinciales de memos como la Pandorga, cuyo origen, quién lo iba a decir, creo yo que es una remembranza de la famosa victoria del reyezuelo oretano Orisón sobre el famoso general cartaginés Amílcar, con su famosa estratagema de soltar toros con astas entorchadas para causar el incendio y el pánico en el campamento enemigo, hecho acaecido en La Mancha y que constituyó la única victoria que alcanzaron las tribus hispanas sobre los conquistadores púnicos en el siglo III antes de Cristo. Pero nada teníamos que hacer ante los terroríficos elefantes de Amílcar/Mérkel.

domingo, 14 de julio de 2013

La nada es física y metafísicamente inestable. El principio y el final son lo mismo.

Juan Bonilla, "La nada creativa", 11 de julio de 2013:

Con los científicos pasa como con los escritores de relatos: saben que el 90% de su público pertenece a su mismo campo, un campo magnético del que es difícil escapar. Eso crea un gueto imposible de concebir en otras disciplinas artísticas. Imaginen una plaza de toros en la que todos los espectadores fueran toreros: el negocio sería imposible. Así suele pasar con la ciencia (y lamentablemente también con la mayoría de libros de relatos). Se diría que los libros científicos sólo los leen los científicos, lo que produce el espejismo de que quienes se encuentran dentro del gueto pierden de vista lo que haya más allá de sus murallas. Naturalmente hay unos cuantos audaces que son capaces de saltar esas murallas y llegar más allá, obtener el interés de lectores que ni son científicos, en un caso, ni escriben relatos, en el otro. Borges, Cortázar, Feynman o Hawking: no nos engañemos, quienes saltan esas murallas suelen ser los más grandes. El científico puede calmar sus ansiedades convenciéndose de que fuera de esas murallas de la comunidad científica no hay nadie a quien dirigirse sin bajar mucho el nivel, pues para ser comprendido exige que su lector sepa casi tanto como él: es su problema.

Hay un malentendido cuando se habla de divulgación científica: se diría que el sustantivo, actuando como un agujero negro, deja sin cualidad al adjetivo, y curiosamente si se pusiera al revés, ciencia divulgativa, ocurriría lo contrario, y el adjetivo ahí actuaría de agujero negro del sustantivo, de donde se deduce que lo que afea al género es su cualidad divulgativa, como si eso lo infantilizara (la infantilización de la palabra cuento es también gran enemiga del género del relato breve, de ahí que algunos grandes del relato breve se negaran a utilizarla, por ejemplo Fernando Quiñones: en inglés tienen resuelto el problema, short story es una cosa, y tale, otra).

A quienes consideran que la divulgación científica es una rebaja del nivel de excelencia para adquirir más público, bastaría enfrentarlo a las obras principales de la especie, por ejemplo este Un universo de la nada, de Lawrence Krauss (Editorial Pasado-Presente, traducción de Cecilia Belza y Gonzalo García). Krauss es el hombre Quamtum, conquistó miles de adeptos y lectores con sus estudios de La física en Star Trek -un libro divertidísimo- y su excelente segunda parte, Beyond Star Trek (su primer libro se titulaba La quinta esencia y era una investigación en la naturaleza de la materia oscura). Su maestro, sobre quien escribió un excelente libro, es Richard Feynman. Se puede decir que la preparación científica no es vital para ingresar en este libro pues el autor, cómodamente, habrá bajado el nivel para que te sientas a gusto. Qué va: un científico podrá leer el libro y entender el 100% de lo que cuenta (aunque Dawkins,  científico, dice que él es incapaz de entender la teoría de la mecánica cuántica, como el ministro de Economía es incapaz de entender el recibo de la luz) y yo sólo me habré enterado del 30 %, pero es que ese 30 % es muchísimo y es fascinante y perturbador y, también, verdaderamente hermoso. No se podrá culpar a Krauss de haber bajado ningún nivel: de hecho en algún momento dice, "por fin voy a tener espacio para explicar una teoría que en las conferencias sólo puedo apuntar porque es demasiado compleja para soltarla ante un auditorio". O sea, divulgación científica, sí, pero más científica que divulgativa, o divulgativa sólo en el sentido de que resulta fascinante en cuanto el profesor nos la hace entender.

¿Qué hay en este libro que el incansable Richard Dawkins, en su cruzada contra los teólogos y los creacionistas, ha calificado de "El origen de las especies de la cosmología"? Un festival de datos y hallazgos que, con infatigable sagacidad, alcanza una respuesta a la clásica pregunta "¿por qué hay algo en lugar de nada?". Pues después de definir la nada, por esa exigencia platónica de definir aquello sobre lo que se va a discurrir para que sepamos de qué se está hablando, y repasar las conquistas de Einstein, Schrödinger, Lemaître y tantos otros, alcanza la serena certidumbre de que, primero,  la nada es creadora, y segundo, no es nada milagroso que lo sea. La física no sólo nos dice cómo de la nada puede surgir algo, sino que va más allá y nos muestra que la nada es inestable y por lo tanto, casi con toda certeza, no tenía más remedio que haber creado algo a partir de su propia inestabilidad.

Y eso, sucede continuamente: partículas y antipartículas existen y dejan de existir como luciérnagas subatómicas, se aniquilan mutuamente y luego se recrean en proceso inverso, sí, a partir de la nada. La génesis espontánea de ese algo a partir de la nada aconteció en la singularidad conocida como Big Bang, hace 13,72 millones de años: la cifra está probada hasta el segundo decimal, luego hay discusiones. Ya sé, ya sé que se puede decir que en esto los científicos se comportan como teólogos escolásticos, discutiendo acerca de cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler. Pero Dawkins defiende a los científicos: "sí, pero no" -nos dice- "nosotros ignoramos muchas cosas, pero lo que sabemos, lo sabemos sin género de dudas", de donde algunas de las predicciones de la teoría cuántica han sido verificadas con una exactitud equivalente a medir la distancia entre Tokio y Madrid sin desviarse, literalmente, más de un pelo.

Si Aristóteles ya se mostraba poco convencido de la idea platónica de una Causa primera, y entendía que el problema estribaba en hallar una solución a la pregunta "¿quién creó a Dios, aun en el caso de que Dios sea el que hizo funcionar el motor?" y los creacionistas hacen girar los descubrimientos científicos para escudar su infantil teología (hubo un Big Bang, vale, no hay más remedio que aceptarlo, pero eso ya lo dice la Biblia, fiat lux, como si la redacción de la Biblia precediera al propio Big Bang), Krauss responde, sin que le tiemble la mano, a la pregunta ¿cómo pudo surgir el universo de la nada?, y deja claro, por si hiciera falta, que si alguna vez, y dados los escasos medios de observación de los científicos, esa fue una pregunta abordada por teólogos y filósofos, hoy sólo pueden abordarla en serio los científicos. Que la respuesta asuste o sea devastadora, es ya otra cosa. La realidad no está ahí para que se adapte a  nuestras querencias y deseos.

Krauss demuestra también por qué estamos en los siglos de oro de la cosmología. Dentro de unos siglos, el Big Bang estará demasiado lejos, las galaxias estarán tan separadas unas de otras que se habrán perdido la pista, serán inalcanzables, por lo tanto hemos llegado en el momento justo para intuir las respuestas que buscábamos. Dice Dawkins en el postfacio que lo que dice el libro de Krauss es devastador. No lo veo así, supongo que porque no soy creyente y me da igual que la explosión se produjera por voluntad divina o por inestabilidad de una nada previa. Prefiero quedarme con la cantidad de poesía que va repartiéndose por todo el libro de Krauss: por ejemplo, esa idea de que cada uno de los átomos que nos forman procede de una estrella, y es muy probable que los átomos de la mano derecha procedan de una estrella distinta que los átomos de la mano izquierda. Es en sí misma suficientemente hermosa como para no necesitar una voluntad  sobrenatural. La regla metafísica según la cual "de la nada, nada se crea", recibe un directo a la mandíbula que la noquea en este brillantísimo libro. La materia que nos conforma fue creada al principio de los tiempos por procesos cuánticos y eso nos garantiza que volverá a desaparecer. La física es una carrera de doble dirección y los comienzos están ligados a los finales. Protones y neutrones se desintegrarán, la materia desaparecerá y el universo se acercará a un estado de simetría y simplicidad máximas. Los creyentes están en su derecho de llamar a eso Paraíso. Si les vale, brindo por ellos. A mí me vale así. A las invenciones del teólogo y el tartamudeo del filósofo, prefiero la imperturbable investigación de un científico como Lawrence M. Krauss.

viernes, 12 de julio de 2013

Modos de vivir que no dan de vivir

Así titulaba Larra un artículo clásico sobre los mileuristas del XIX. Buscando inspiración, el dandy feo marchó a la periferia, al extrarradio, a los arrabales, a los contornos, vaya, la banlieue de Madrid, para documentar cómo lograba sobrevivir a los borbones de chocolate el que unos años después Marx llamaría subproletariado o lumpen, unos íntimos piojos de clase baja marginal que colaboran con la burguesía, porque la necesitan para sobrevivir. Lo que los esclavos domésticos para las plantaciones del trópico: se consideran mejor paridos que los que viven y mueren en las plantaciones, en las afueras, pues también hay clasismo y racismo entre negros. Un funcionario fijo mira al interino como un culipardo de realengo a un churriego de señorío. 

Todos debíamos leer algunas  autobiografías de esclavos (en español solo hay dos, la de Juan Francisco Manzano, de la que se perdió -estas cosas se pierden con mucha facilidad- la segunda parte, y la de Esteban Montejo, el último cimarrón cubano), o alguna estadounidense, terribles de verdad, literatura de oro puro por su "valor" humano. Los esclavos, analfabetos a la fuerza, se avergonzaban y ocultaban sus propias historias, pues además eran perseguidos doblemente si divulgaban sus padecimientos. Todo lo más podían dictar a los abolicionistas bajo pseudónimo, como Harriet Jacobs, una esclava que ha tenido la rara suerte de ser publicada barata en español. Quien lea a esta mujer, especialmente si es de su sexo, puede terminar realmente cabreada, pues su lectura enerva a la enésima potencia el más rudimentario sentido de la dignidad y la justicia. "El esclavo es un hombre muerto", escribió Manzano.

Un Pasolini cualquiera podría pasar revista al subproletariado ciudarrealeño. Y muy cualquiera, porque uno, a fin de cuentas burgués, carece de conocimientos directos y profundos sobre el tema, porque sale poco de casa, si bien tiene amigos hasta en las alcantarillas. Los desahuciados de todo de antaño iban por la noche recogiendo papeles y cartones para vender a los dos grandes almacenes privados que hay o había de chatarra y reciclaje fuera de la ronda. Circulaban con una carretilla recogiendo cartones antes de que viniera la basura y, como se pagaba al peso, mojaban los cartones para que pesasen más en la báscula, y, por tanto, les diesen más dinero. Pero hoy en día el programa de reciclaje les ha quitado el pan  de la boca y han tenido que marcharse a robar de noche cobre y metales al campo, porque los labriegos ya están avisados y armados hasta los dientes. Ya no hay robagallinas, porque son muy ruidosas y los desempleados ciudadanos pueden robar flores en el cementerio para poder venderlas en la puerta. Casi mejor que en las floristerías, donde te dan una docena de rosas industriales y clónicas recién descongeladas y sin perfume por un precio salido de madre. Por lo menos podían echarles unas gotas de chanel. El descuidero con gazuza entra en los hospitales para robar los dulces, ropas (y otras cosas) que dejan en los cajones a los enfermos o entran en las casas a robar de las formas más pintorescas, con la técnica del paraguas, la del adhesivo o la de colarse cuando se deja abierta la puerta al bajar la basura. Los gorrillas cobran el seguro de protección del coche, impuesto que agrada pagar porque se puede controlar a simple vista. Pasan gatos fugitivos como dioses menores, vuelan murciélagos, suenan los grillos, soplan ráfagas de viento con su fantasma dentro. Y una serie de fugados de casa, chaperos, mendigos y emigratas se pasea por la estación de autobús o se sienta en el parquecillo frente a los juzgados. Pasadas las tres de la noche, algunas parejas follan a escondidas o no tan escondidas, sobre los bancos de los diversos parques, los locos con insomnio deambulan en zapatillas haciendo preguntas raras, los borrachos decoran las aceras, salen los puteros a sus clubes de alterne y los drogatas, los ojos muertos en sus ojeras, peregrinan en pos de su flor de loto y, en la hora más oscura y fría, esa que precede siempre al alba, van poniendo las aceras, empiezan a mear las macetas y los camiones descargan todos su género en los mercados y en los bares. Suena el canto mortecino del afilador, invisible con su siflo,  Y una rata con frío hace ruido abrigándose bajo toda la basura.

miércoles, 10 de julio de 2013

Coplas de San Antón en Villamanrique

San Antón, como es tan viejo,
tiene barbas de conejo.
Y su madre Catalina,
tiene barbas de gallina

San Antón, santo francés,
santo que no tiene vino,
pero lo que tiene en los pies,
san Antón es un gorrino.

San Antón hizo unas gachas,
y convidó a sus muchachas 
ansí que las vido hartas,
les pegó con las tenazas.

San Antón hizo unas gachas,
convidó a sus muchachas,
y una vez hartas,
les dio con el rabo “el” cucharón (¿?)

El demonio no intentó,
lo que intentaron dos viejas,
de capar a san Antón,
con unas tijeras viejas.

El demonio no intentó,
lo que intentó san Benito,
de ponerle a san Antón,
una chicharra en el pito.

San Antón, como es asina,
tiene culo de sabina,
las pelotas de corcho,
y el pito de muselina. 

San Sebastián fue francés,
y san Roque peregrino,
y lo que lleva a los pies 
san Antón es un cochino.

Una vieja muy revieja,
más vieja que san Antón,
se echaba la teta al hombro,
y le arrastraba el pezón.

San Antón, el de la Mota,
todos dicen que es capón 
y le arrastran las pelotas…
¡carajo, con san Antón…!

San Antón tiene jurado,
por vida de su cochino,
que si no le hacen la fiesta,
ha de volar el molino.

domingo, 7 de julio de 2013

Quid divinum

El quid divinum puede encontrarse en algunas obras de arte, lugares, animales u objetos, pero muy pocas veces se encuentra en personas; no se adquiere, no se deja imitar: quienes lo encarnan nacen con ello y se vuelve fatal si se prodiga demasiado, porque consume y extingue a quien lo posee; por eso los que lo tienen, que son poquísimos (en cada generación los que salen a la luz pública se cuentan con los dedos de una mano y acaban indefectiblemente mal), asoman muy poco o nada y huyen de mostrarlo; saben lo que les puede pasar y no abusan, de modo que la mayoría no llega a ser conocido porque saben que su don puede ser un problema y solo son percibidos por los que han caído rendidos a su lado como por un rayo. Esos personajes ocultos se reconocen en que sus funerales suelen ser concurridísimos y en que es imposible olvidarse de ellos: impresionan la memoria más distraída con una fuerza increíble y tienen el poder de unir a la gente. 

Pero, cuando el quid divinum asoma, no deslumbra: ciega y apabulla y conmociona y al marcharse todo el mundo recordará mientras viva y cuando muera, porque deja sello en carne viva, como la espada de fuego de un ángel. Puede tenerlo también un grupo de personas y es más común en las obras de arte; un jarrón, un árbol, una casa o una piedra pueden estar hechizados con él: yo lo he sentido alguna vez en ellos, lo siento todavía. De la condición líquida y sin forma del mismo ya habló en alguna ocasión Antonio Gala, llamándolo palmariamente "poesía". Es inconmensurable y terrible y deja señalado no solo al pobre despojo humano que lo encarna, sino a quien lo contempla. Se desconoce por qué se tiene o se carece de él. Y se envidia ferozmente (se envidia hasta incluso lo malo): Salieri no lo tenía. No está asociado a la belleza, que es muy común; es algo sacro y ultraterreno, inefable, indefinible, inextinguible en sí aunque no en el cuerpo que consume. Esas personas son en sí mismas obras de arte, algo que trasciende, que va más allá del espacio y el tiempo y el encanto y pueden obsesionar o enloquecer perdurable y definitivamente hasta la muerte a los que carecen siquiera de una chispa de ese don que se concede solo íntegro a ellos, en especial a los que ni siquiera lo pueden simular: porque casi toda la belleza del mundo es mera simulación de ese quid divinum, del que por cierto con tanto tino habló Edmund Burke bajo la denominación de "lo sublime". Una persona con él podría incluso fundar una religión nueva, porque cualquiera se tiraría a un pozo por él. Es un milagro que solo se da a conocer por sus efectos: paraliza  y petrifica como la Gorgona y hace llorar. Reduce a la gente a peleles, los deja con la boca abierta, como los muertos, porque arroba, enajena, aliena. Platón lo intentó expresar en su Íon. Suscita adhesiones o pasiones inquebrantables hasta la muerte, porque la vida no tiene sentido después de que se ha mostrado; el quid divinum se lo lleva todo y no deja ni las migajas; arrebata las miradas, los sentimientos y los recuerdos detrás y a cambio aporta vacío, tristeza y muerte. Es como el duende de Lorca (este poeta lo tenía y, milagrosamente, logró un ensayito sobre él: Teoría y juego del duende). Señala algunas de sus características: no se repite nunca y causa cohesión social. Algunos son incapaces de reconocerlo, quizá porque carecen absolutamente de empatía; o lo reconocen a posteriori, cuando se dan cuenta de que lo entrevieron y no han podido olvidarlo de ninguna manera cuando otros sí fueron devastados a la primera; ellos no lo percibieron porque el miedo les puso delante la ilusión de que era una forma de belleza más, hasta que se dieron cuenta de que no se puede prescindir de eso así como así: es imposible e indeleble.

Los bebés lo tienen; todas las mujeres tienen una chispa de él y es más frecuente entre ellas; Paco de Lucía, los Beatles, BachMarilyn Monroe o las pianistas Khatia Buniatishvili y Nina Simone tienen ese poder de obsesionar, las últimas no porque fuesen bellas, nada de eso; actrices como Michelle PfeifferSean Young o Ashley Judd eran bellas y, aunque lo simulaban, carecían de él; conjuntos como el Colegium vocal de Gante o pianistas como Martha Argerich han tenido momentos en que casi parecían encarnarlo, pero no era así: se acercaban, intentaban imitarlo burdamente pero no llegaban; el quid divinum no se puede simular, no es un fantasma, es más duro, asesino y persistente que todo eso y es como dice la primera Elegía de Duino de Rilke: "El grado de lo terrible que soportamos todavía cuando, con su ser más potente, desprecia destruirnos". En España lo tuvo una cantante como Cecilia, que no era demasiado bella. Entre los hombres es menos frecuente; lo tuvo el comentarista deportivo Andrés Montes; no lo tuvo, por ejemplo, Anthony Hopkins, aunque es tan buen actor que en alguna ocasión casi puede fingirlo, por ejemplo, en su película Magic, donde ya hacía de psicópata mejor que en El silencio de los corderos.

Laoconte, el primer escritor verdadero

Lo único necesario para poder escribir ficción es una paranoia de primer orden; y para escribir literatura, en general, un odio feroz al lenguaje, necesario para poderlo manipular y retorcerlo y que él no te manipule ni te retuerza; la escultura del sacerdote Laocoonte ofrece una idea aproximada.

El resplandor, de Kubrick

El resplandor de Kubrick es una película que gusta mucho, en general, y con motivo. Está llena de alusiones más o menos ponzoñosas. El siseante camino hacia el hotel a través de los bosques en medio de las variantes del último movimiento de la Sinfonía fantástica de Berlioz, adaptado al sintetizador moog por Wendy / Walter Carlos y que retrae a su vez los compases el famoso himno litúrgico del Dies irae, recuerda visualmente los boscosos paisajes infinitos y las composiciones solitarias en escorzo de Caspar David Fiedrich. La pelota hacia el niño, por ejemplo, es un tópico de la cinematografía de terror, una cita de Al final de la escalera, una cumbre del género; pero a mí lo que más me impresiona son esos suelos que imitan las llamas del infierno con el color y el hexágono y sugieren el símbolo del laberinto. La gente no sabe por qué se inquieta, pero los habituados a trabajar con metáforas reconocemos cuando nos están toqueteando... el subsconciente. Los símbolos dobles, los escorzos simétricos, bastante frecuentes en la película, tienen que ver con la retórica del refuerzo en la fotografía publicitaria, pero también con la famosa instantánea de Diane Arbus. Por debajo hay mucho de los dos James, M. J. James y William, pero también del propio King, por entonces rodeado por la nieve de la coca y el alcohol del bar. En la novela hay otros símbolos que no desarrolla Kubrick, la otra  K., que son la caldera y el avispero; optó por concentrar las cosas. Por supuesto, la ducha, que es la escena que menos me gusta y más tópica, y la más inquietante, a mi juicio, la entrevista entre el hijo y el padre en el dormitorio, con el juego de espejos y simetrías y el famoso tercer movimiento de la Música para cuerdas, percusión y celesta de Bela Bartok, que tanto hizo para extraviar la música contemporánea de algunos sin el genio de BB.

El horror, el horror... de los horrores

Cuando me enteré de que el director (la palabra le viene sobredimensionada)  Michael Bay, hijo de mamá psiquiatra infantil y papi dueño de una librería, iba a hacer un remake de las tortugas Ninja:

Arg! El material del que están hechas las pesadillas!




Arder y morir

Lo único intrínsecamente malo de la belleza es que uno corre el riesgo de arder y morir.

jueves, 4 de julio de 2013

Veraneos económicos

Uno quisiera ir a bañarse inadvertidamente (ibant obscuri sola sub nocte per umbras) en la alberca de algún labrador ocioso a la luz de la luna, sin necesidad de salir en cueros corriendo la milla para librarse de los cartuchos de sal, o refrescarse sin necesidad de robar melones a los ricachos de La Poblachuela bebiendo la marca registrada agua del grifo en la bañera de casa, bajo el plenilunio del ventilador, en busca siempre de nuevas sensaciones, pero va a tener que resignarse y viajar por toda Europa seduciendo a bellas mujeres, saludando a todas las eminencias del siglo, gozando de vistosos saraos y comiendo y durmiendo en hermosos palacios de Venecia, París, Londres y San Petersburgo. Este milagro lo logra la lectura de la caudalosa, culta e indecente Historia de mi vida de Giacomo Casanova, editada, por primera vez completa y sin censura, rigurosamente traducida y anotada, por Atalanta, la editorial del hijo del lujo o lujo de hijo de la irrepresentable Duquesa de Alba, que se ha llevado además por la hazaña un premio nacionajero de traducción. 

Además de este consejo para pasar el verano, solo recomendable para los desesperados lectores de mierdas de Editorial Planeta o el Círculo de Lectores, puedo ofrecer la alternativa de escoger en el pasado, que tiene más anaqueles que el insatisfactorio presente, husmeando a poco precio, en la librería informática de Vialibri, algunos autores descatalogados y "de viejo" que merezcan la pena, sacados de una época en la que leer tenía algún sentido y era una alternativa viable a la angustia de vivir cada día, y no como ahora, con ordenadores, cine y televisión.

Por ejemplo, los cuentos -no las novelas largas-, los ensayos y los libros de viajes de William Somerset Maugham, uno de los mejores autores olvidados que uno pueda llevarse a las manos, o los de William Saroyan, tan remanente y sazonado como aquel, pero algo menos culto. Ambos autores te dejan la impresión de haber conocido a hombres y a mujeres de verdad, de carne y hueso, de los que te entregan algo que se queda de verdad en la memoria. Háganme caso, y pasarán de esa manera uno de los mejores veranos de su vida, sin gastar demasiado. 

jueves, 27 de junio de 2013

La España de Mortadelo

Tolstoy escribió un valiente ensayo titulado ¿Qué hacer? que influyó mucho en las modernas ideas antisistema. Los escépticos opondrían a sus elucubraciones el mote del escudo de Montaigne, que se puede traducir por "qué sé yo", "yo qué sé" o el más introspectivo "¿qué sé yo?". Lo evidente, en todo caso, es que hay que contar con todo para no ser reducido a la nada. Lo indicaba ese poeta árabe que rimó una serie de estrofas con el estribillo "no sé" y al final escribió: "No sé. ¿Y por qué no sé? No sé" Es mucho lo que no sabemos (sin duda).

Y parece como si Wert supiera qué hacer. Reforma la enseñanza por abajo, por "los bajos fondos de la inmensidad", como cantaba Franco Battiato, pero hay que hacerlo también por arriba para llegar al centro del problema, ya que, si es verdadero problema, lo más probable es que no tenga una causa sola, sino varias, enredadas hasta lo invisible; no conviene admitir soluciones parciales, siempre desechables y aplazadoras. 

Arreglar problemas con una sola idea en la cabeza es muy de Pepoe. Se nota que peperos y psoeros se educaron en privados llenos de una sola idea: "menda es mejor que otros", o "quítate tú que me ponga yo", o "usted diga lo que quiera, que yo haré lo que me dé la gana". Esa es una moral exactamente opuesta a la de la nórdica Ley de Jante, cuyo principio fundamental es "¿quién te crees que eres?". Para la vikinga ley de Jante (la instructiva serie televisiva de Hirst lo deja ver) el rico que no reparte no es un rico, sino un ladrón, porque a ningún rico le es posible enriquecerse sin contar con otros. El vikingo reparte el botín y se asegura así la colaboración social. Wert viene de los marianistas neogóticos del Pilar, con papi extranjero que sabe idiomas, amigos de otros países y niñera filipina, veraneando en las Europas y las Américas (por eso sabrá tantas lenguas, como buen y viajado apóstol). Y con un papi rico y extranjero cualquiera sería también hermosísimo en estudios e idiomas, aunque con una sola idea en la cabeza. Al menos la idea de la ley de Jante no es excluyente ni egoísta. Y eso que a Wert le inspira el sano principio de mejorar la calidad de la educación, algo que quieren hacer todos pero que solo él parece saber cómo hacer, porque hay división de opiniones. Las opiniones son como el culo: todo el mundo tiene una. Pero algunas son más acertadas que otras y juntándolas pueden diseñarse las vías de solución del problema de la enseñanza en España.

Despensa y escuela fueron los dos males fundamentales de España para Joaquín Costa. Parece que el primero está resuelto, pero no es así; le damos hoy otro nombre: paro. En cuanto al segundo, tan estrechamente asociado al primero, hay que decir que mejorar la educación no requiere solo inteligencia de la buena y dinero bien aplicado, sino voluntad, o esas formas de voluntad que son el trabajo, la paciencia y la constancia, flores que no pueden crecer sin el riego de la justicia. La voluntad es una planta muy delicada que, si logra pasar de la infancia, da muy hermosos frutos. Aunque en realidad todo sea cuestión de dinero; ese dinero que se guardan y dilapidan algunos. El dinero incluso puede hermosear la mierda, como en América. Piero Manzoni enlató la suya con la etiqueta "Mierda de artista" (Artist's shit, 1961) y se vende ahora a precio de oro; ni ha caducado, ni el producto se ha deteriorado, porque no es consumible, como el verdadero arte. 

Mirando en los genes políticos de Wert, uno descubre asombrado la impronta de Óscar Alzaga (qué horror de prosa informe y en montón) y ya, solo con tales antecedentes, le basta para olerle tufillo a sacristía. Por ahí le viene esa idea de institucionalizar la religión en las aulas. No me parece a mí hacerle un favor a la religión el imponerla, sino una hipocresía, porque antes que cristiano uno es religioso y eso no es religioso y solo consigue lo contrario de lo que pretende. ¿Y qué es lo que pretende? Una sola idea. Los españoles, creo yo, somos mejores que eso; vamos a tener que coger el hacha e ingresar en el partido vikingo, quiero decir, el partido pirata, aunque nos tenga que hundir el Astérix europeo. En el fondo es la España de Mortadelo: cambia de disfraz, pero no de esencia. 

Para la reforma de la España mortadeliana hay ideas que no son nuevas, pero sí reformadoras a fondo. Su verdad podrá hacerlas pasar incluso como inauditas (que significa "no oídas", algo muy propio del ninguneo hispanomortadeliano por parte del jefe) o nuevas, que ya he dicho no es cierto. Sencillamente son oscurecidas por la mierda embellecida del pensamiento único, sus corporativismos varios y la mala prosa judicial, política y periodística.  Se debería empezar por limpiar los establos de Augías; desde el Franquismo, y bastante después, con el Pepoísmo o Neofranquismo, se dieron las plazas universitarias de la ciencia española por méritos genéticos y políticos; todas esas leyes siguen vigentes. La universidad (o desuniversidad, que es el caso manchego), está llena de lazos de sangre y excelsas mediocridades que ganaron su puesto gracias al diestro meneo de los resortes oscuros del poder político-académico. Una medida sanitaria excelsa contra esos consanguíneos y degenerados sería una universidad construida según el modelo japonés o alemán: contratar profesores en el extranjero y que esos organicen el reglamento y los tribunales para seleccionar al profesorado y dar cátedras y puestos de titular e interinazgos permitiendo a los extranjeros competir por la enseñanza en España. Se alcanzará el nivel óptimo cuando ser español sea un obstáculo para tener una cátedra universitaria. Me dirán que eso sustituirá unas camarillas por otras; no fue eso lo que pasó en Japón, en Alemania y en los mismos Estados Unidos ladrones de cerebros, cuando se hizo lo mismo allí. Además, ¿no es mejor una camarilla extranjera que una española, ya que las camarillas españolas, como vemos, son peores que las extranjeras? Veríamos así ahogarse a los mediocres catedráticos y titulares españoles compitiendo con, literalmente, todo el mundo, por salvar su plaza en tribunales formados por franceses, alemanes, chinos, japoneses o británicos con escalas y baremos ajenos al comadreo académico y más duros que los suyos. En la enseñanza básica y fundamental, sería lo deseable una reforma total y muy meditada de los temarios y contenidos de las asignaturas, y no para añadir, sino quizá más (así lo creo) suprimir también algunos contenidos meramente pegadizos o inconvenientes que son una rémora para lo importante. Prestigiar las materias troncales y darles más tiempo, reducirlo todo a enseñanza práctica e insertar verdaderamente la instrucción en la sociedad, algo que se dice pronto pero es fundamental bajo mi punto de vista: toda la sociedad debe fundarse, como en realidad se funda, en la instrucción, debe converger sobre ella y ser fruto de ella. Hay que huir de los contenidos poco prácticos o tan extensos que no permitan profundizar ni realizar prácticas basales. 

domingo, 23 de junio de 2013

Peleas de arañas

Entre las aficiones raras, la que más me ha sorprendido por su coherencia intrínseca es la del ilustre filósofo Baruc, Benito o Benedicto Spinoza o Espinosa, de origen hispanojudaico o sefardí o como quieran ustedes, aguerridos lectores, llamarlo. El ilustre e ilustrado ateo, que vivía de pulir lentes para los microscopios de Huygens, los telescopios de Galileo, los catalejos de los navíos de la Compañía de las Indias Occidentales y las gafas de pinza (quevedos las llamaban también) de los lectores de vista cansada, se divertía haciendo pelear a las arañas. Un filosófico gallego, Atilano Domínguez Basalo, profesador de ultrafísicas varias en esa desuniversidad llamada UCLM, (que suena a UCLA -Universidad de California en Los Ángeles-, valga el símil) lo cuenta en una de sus monumentales ediciones del autor para Alianza Editorial. Cuando lo leí, me sumí en cavilaciones de pasmarote. ¿Así que "las translúcidas manos del judío", Borges dixit, usaban las lentes también para disfrutar, en realidad aumentada, de algo tan amodernecedor como un combate de transformers en vivo? Pues sí, y entonces me acordaba de lo que se escribía en Antonio Azorín y me santiguaba más que un cura loco pensando en que todas la simétricas razones del filósofo se hallaban embutidas en esa afición, desde su trágico concepto de la existencia  hasta el de Dios o Naturaleza. Pero copio (me gusta antologar literaturas en mis escritos; así hago de ellos un centón o capisayo de deleites verbales y conceptuales para compartir) lo que escribe el señor Martínez Ruiz para que ustedes lo diseccionen o alfiloteen (y perdón por los morfemas libres). En estos tiempos en que nos deleitamos viendo autopsias y contemplando películas de zombis y demás casquería y telediarios de corrupción política, no estarán de más estas repugnancias. Por demás, este texto azoriniano viene en homenaje a otro gran escritor de fábulas o parábolas con animales, desgraciadamente fallecido ayer tras largo combate con las complicaciones de una diabetes, Javier Tomeo; que en paz descanse.

Las sociedades animales son tan interesantes como las sociedades humanas. Los sociólogos las estudian con gran cuidado. Las hormigas y las abejas se agrupan en urbes regimentadas sabiamente; son metódicas unas y otras, son laboriosas, son sagaces, son perseverantes, son humildes, son industriosas. Las arañas, en cambio, no se agrupan en sociedad jerarquizada; son los más fuertes de todos los insectos. Los naturalistas se plañen de su insociabilidad. Y no hay animal más difundido sobre el planeta.

Viven bajo las aguas, como la argironeta; corren sobre la superficie de los lagos, como el dolomelo orlado; fabrican su morada so las piedras, como la segestria; se agazapan en un pozo guateado de blanca seda, como la teniza minera; se columpian en aéreas redes, como la tejenaria. Corren, nadan, saltan, vuelan, minan, trepan, tejen, patinan. Y en su insociabilidad hosca tienen como mira capital, como sentido esencialísimo, el amor a la raza. El amor a la raza está en las arañas sobrepuesto a todo interés peculiarísimo. La raza ha de ser fuerte, recia, audaz, incontrastable. La hembra, a este fin, devora despiadadamente al macho débil que se le acerca a cortejarla. Y de este modo sólo los machos fuertes triunfan y legan a las nuevas generaciones su audacia y fortaleza.

¿Es un animal nietzschano la araña? Yo creo que sí. Y entre todas las arañas hay un orden que más que ningún otro profesa en el reino animal esta novísima filosofía que ahora nos obsesiona a los hombres. Tres de estos arácnidos—Ron, King y Pic—ha estudiado Azorín pacientemente. A continuación doy, en forma amena, algunas de sus observaciones. Excúseme el lector si las encuentra deficientes, y vea sólo en estas líneas un modesto intento de contribuir al estudio de la sociología comparada.

** *

Ron es un varón fuerte, a quien los naturalistas llaman saltador escénico, y dicen que es de la clase de los aracnoides, y aseguran que pertenece al orden de los atidos. Los saltadores son los más intelectuales y elegantes de los arácnidos. No son metódicos, no son extáticos. Corren, brincan, se mueven prestamente. No fabrican urdimbres donde permanecer hastiados; no labran agujeros donde esperar aburridos. Son mundanos, son errabundos. Vagan ligeros por las puertas y por las paredes soleadas. Persiguen las moscas; las atrapan saltando. Y de este modo han sabido unir a la utilidad la belleza, puesto que su caza es un deporte airoso.

Ron vive en una confortable casa; tiene catorce centímetros de larga y seis de ancha. Son de cartón sus muros, es de cristal su techumbre. El interior es blanco. Y en la blancura, Ron va y viene gallardo y se destaca intenso.

Ron es grande; mide más de un centímetro; tiene henchido el abdomen; su cuerpo parece afelpado de fina seda; sobre el fondo blanquecino resaltan caprichosos dibujos negros. Ron es ligero; tiene ocho patas cortas. Ron es polividente; tiene en la frente dos ojuelos negros, fúlgidos; y junto a éstos, a cada lado, otros dos más pequeños; y encima de éstos, sobre la testa, otros dos diminutos. Ron es nervioso; tiene dos palpos, como minúsculos abanicos de plumas blancas, que él mueve a intervalos con el movimiento rítmico de un nadador. Ron es voluble; corre por pequeños avances de dos o tres segundos; se detiene un momento; yergue la cabeza; da media vuelta; se pasa los palpos por la cara; torna a correr un poco...

Azorín cree que a Ron le ha parecido bien la nueva casa. El ha entrado tranquilo, indiferente, impasible; luego ha dado una vuelta con el discreto desdén de un hombre de mundo. Azorín lo observaba; esta frivolidad le ha molestado un poco. Y, sin embargo, esta frivolidad no era ficticia. He aquí la prueba: Ron, sin pensarlo, ha dado un topetazo con una mosca que se hallaba muy tranquila en medio de la caja. La mosca se ha sobresaltado un tanto. Entonces Ron, ya vuelto a la realidad, ha advertido su presencia.

«He hecho una tontería»—debe de haber pensado—; «tenía aquí a mi lado una mosca y yo estaba completamente distraído.» Inmediatamente ha retrocedido con cautela hasta separarse de la mosca cinco centímetros. Ha transcurrido un instante de espera. Ron se contrae, se repliega como un felino. Luego, lentamente, con suavidad, avanza un centímetro; luego, más lentamente, otro centímetro; luego se para, aplanado, encogido. La mosca está inmóvil; Ron no se mueve tampoco. Transcurren treinta segundos, solemnes, angustiosos, trágicos. La mosca hace un ligero movimiento. Ron salta de pronto sobre ella y la coge por la cabeza. Esta pobre mosca se mueve violentamente, patalea estremecida de terror. No, no se marchará; Ron la tiene bien cogida. «Las moscas—debe de pensar él, que, como hombre de grueso abdomen, será conservador, y como conservador, creerá en las causas finales—; las moscas se han hecho para los saltadores; yo soy saltador, luego esta mosca ha nacido y se ha criado para que yo me la coma.»

Y se la come, en efecto; pero como es un saltador afectuoso, le da de cuando en cuando golpecitos con los palpos sobre la espalda, como queriendo convencerla de su teleología. Azorín no sabe si la mosca quedará convencida; ello es que sus patas han cesado de moverse y que Ron se la lleva a un ángulo, donde permanece quieto con ella un gran rato.

Después de comer, Ron se pasa los palpos por la cara, como limpiándosela, con el mismo gesto que los gatos; a veces se lleva también su segunda pata izquierda a la boca, como si se estuviese hurgando los dientes. Una mosca cogida por Ron tarda en morir poco más de un minuto. En la succión del tórax emplea Ron veintiocho, treinta, treinta y tres minutos; en la del abdomen, uno o dos. Cuando el hambre no aprieta, suele desdeñar el abdomen; esto es plausible.

Ron pasea por la caja, camina boca arriba por el cristal, se deja caer y cae de pie con suave movimiento elástico. De cuando en cuando se frota los ojos con los palpos, con gesto inteligentísimo. A las moscas las percibe a 12 centímetros de distancia. Entonces se yergue gallardo como un león; alza la cabeza; pone las dos patas delanteras en el aire; las observa atento; se vuelve rápido cuando ellas se vuelven... La Naturaleza es maravillosa; estos saltadores diriase que son felinos diminutos.

Ron es audaz y feroz. Azorín ha soltado en la caja un moscardón fuerte y voluminoso. Es grisáceo; tiene cerca de dos centímetros; salta e intenta volar, y cuando cae de espaldas hace sobre el cartón un ruido sonoro de tambor. Ron, al principio, se ha azorado un poco de este estrépito. Corría velozmente; no me atrevo a decir que huía. «Este bicho—pensaría él—es demasiado grande para mí.» Luego, cuando el moscardón se ha amansado, Ron, que estaba a su derecha, ha descrito un perfecto medio círculo y se ha colocado frente a frente de su adversario. Entonces el moscardón se ha movido, y Ron ha desandado el camino recorrido. Después ha tornado a describir el medio círculo, y como el moscardón se estuviese quedo, se ha lanzado contra él audazmente.

He dicho que Ron es feroz; añadiré que no tiene ni un átomo de piedad. Esto de la piedad es cosa para él totalmente desconocida. Azorín ha metido en la caja un saltador joven, casi un niño, a juzgar por su aspecto, puesto que caminaba lentamente y apenas sabía hacer nada. Pues bien; a la mañana siguiente, Azorín ha visto que los despojos de este saltador pendían de una de las paredes; lo cual indica que Ron lo había devorado durante la noche.

Ha soltado también Azorín en la caja una tejenaria, o sea una de esas arañas domésticas de largas patas. ¿Qué ha sucedido con esta tejenaria? Lo primero que ha hecho esta araña es fabricar una tela en medio de la caja, seguramente con la esperanza de que en ella caiga una mosca, cosa asaz absurda, porque las moscas son para Ron, según su filosofía teleológica. En su tela permanecía inmóvil la tejenaria; cuando se daba un golpecito sobre el cristal, se agitaba en un baile frenético. Así ha permanecido dos días, y al fin ha sucedido lo que había de suceder, es decir, que Ron ha devorado también a la tejenaria.

He de declarar que Ron tiene una cama. Esta cama es como una especie de hamaca, que él ha colgado en un rincón; en ella dormita algunos ratos después de haber comido.

Cuando se despierta vuelve a sus paseos. El suelo está sembrado de cadáveres. Al principio, Ron veía uno de estos cadáveres y los creía cuerpos vivos; esto era una desagradable sorpresa. Azorín ha observado que en una ocasión, para evitar decepciones, Ron se ha aproximado con discreción a un cadáver y ha alargado una pata y lo ha tocado ligeramente para averiguar si estaba muerto o vivo.

** *

King es más chico que Ron. Es delgado y negro; los palpos los tiene también negros y sin plumas, con una rayita blanca en la base. Vive en una casa más pequeña.

King ha probado a correr por el cristal y no podía. Luego se ha comido dos moscas y se deslizaba por él perfectamente. Sin duda, este saltador hacía tiempo que no encontraba moscas en su camino y estaba, por consiguiente, bastante débil.

King tarda en matar una mosca un minuto y cuarenta y cinco segundos. En sorber el tórax emplea treinta y un minutos; desdeña el abdomen. King, como todas las arañas, ama la noche. Aplacado su apetito, mira indiferente a las moscas que corren por la caja; pero a la mañana siguiente, todas, sean las que fueren, aparecerán muertas.

* *

Pic es el más pequeño de todos y el que más ancha casa habita. Pic mide medio centímetro; tiene también negros los palpos, y el cuerpo es a rayas pardas y blancas, que le cogen de arriba abajo, como esos bellos trajes del Renacimiento italiano.

Es indudablemente Pic un niño de estirpe principesca. Es gallardo, vivo; se yergue hasta poner en el aire las cuatro patas anteriores; sube por las paredes, y corre, seguro, por el cristal; da, de cuando en cuando, rápidos saltitos; se deja caer del techo, y permanece un instante balanceándose cogido a un hilo tenue.

Cuatro moscas le han sido puestas en la caja; cuando se encuentra con alguna, huye azorado. «Decididamente—ha pensado Azorín—, es muy niño aún este saltador para atreverse con una mosca.» Toda la tarde ha estado Pic sin tocarlas; a la mañana siguiente, cuando Azorín ha ido a ver qué tal había pasado Pic la noche, ha encontrado las cuatro moscas difuntas.

Porque Pic será pequeño, pero tiene arrestos. Una mosca yace patas arriba en medio de la caja; Pic se acerca, creyéndola sin duda muerta; la mosca suelta una patada; Pic se queda atónito. Después se vuelve a acercar y la torna a tocar en el ala; la mosca rebulle y se pone de pie. He aquí un terrible compromiso; pero Pic no se arredra. Al contrario, salta sobre ella tratando de cogerla; la mosca, como es natural, es esquiva. Al fin, Pic la coge por la cabeza, y entonces, como Pic es pequeñito y la mosca tiene mucha fuerza, arrastra la mosca a Pic y lo lleva un momento revolando por el aire. Pero Pic no la suelta y logra afianzarla en un rincón, donde la mosca permanece cuatro minutos pataleando, y al cabo sucumbe.

Inéditos de Bergamín

Versos inéditos de Bergamín que publica hoy El País. Los otros los he puesto en mi blog Museo literario:


Cuando un manchego en La Mancha

de veras se vuelve loco

no se vuelve Don Quijote

sino que se tira a un pozo.

sábado, 22 de junio de 2013

Historia del arte chimpancé

"Arte chimpancé", por Pablo Herreros, en Yo, mono, 22/06/2013

Según las últimas investigaciones, sobre las paredes de las cuevas de Altamira y El Castillo (Cantabria) se encuentran pintadas unas manos y puntos rojos, datadas con una antigüedad de 40.000 años. Hasta el momento, representan las manifestaciones artísticas más antiguas de la humanidad. Pero, ¿es el arte un fenómeno exclusivo de nuestra especie o las bases cerebrales para que esto fuera posible comenzaron a desarrollarse muchos millones de años antes?

El zoólogo Desmond Morris, en los años sesenta, enseñó a pintar a varios chimpancés. Morris comprobó que los chimpancés tenían sentido de la composición. Dibujaban círculos y repartían las distintas figuras por el papel. El problema es que los recompensaban y pronto dejaron de tener interés. El trabajo comenzó a ser de la peor calidad y ya no existía armonía en sus pinturas. Morris, bromeando, afirmó haber encontrado los orígenes del arte comercial.

Poco después lo intentó con otro chimpancé llamado Congo. Esta vez permitió que empleara las pinturas de manera espontánea, es decir, sin un entrenamiento previo y sin recompensas. Cada día, se sentaba en una pequeña mesa de madera y pintaba a su antojo. Pronto comprobaron que Congo equilibraba las composiciones por sí mismo y se mantenía en los límites del papel. Si se le proporcionaba un dibujo ya empezado, él escogía los mismos colores. Por ejemplo, si un lado contenía rojo, él usaba el rojo también.

El chimpancé impresionista abstracto

Morris contó que una vez le quitó a Congo sus papeles y pinturas cuando estaba dibujando algo similar a un ventilador. Cuando pudo regresar, retomó el trabajo en el mismo punto que lo había dejado, mostrando que tenía un objetivo y no eran simples manchones.

A la edad de cuatro años ya había realizado cientos de obras y los críticos de arte lo calificaron de estilo "lírico abstracto impresionista". Las reacciones en el mundo del arte oscilaron entre el escepticismo y la admiración absoluta. El mismo Pablo Picasso tenía un cuadro de Congo colgado en su casa de París. Joan Miró, cambió dos de sus obras por una de Congo y Salvador Dalí declaró en una ocasión que Congo era el artista, y el pintor abstracto Jackson Pollock el auténtico chimpancé.

Uno de los cuadros de 'Congo'. | Congo
Desafortunadamente, Congo murió poco después por tuberculosis y la investigación se detuvo. Hace unos años, tres de las obras de Congo alcanzaron la cifra de 25.000 dólares en un lote subastado por la casa Bonhams, en Londres, junto a cuadros de Renoir y Andy Warhol.

Frans de Waal cuenta una anécdota que demuestra lo peligroso que puede ser interponerse entre un primate y sus creaciones. En el Zoo de Amsterdam, Bella, una chimpancé solía pintar muy concentrada y con tranquilidad, pero en una ocasión, el cuidador intentó quitarle los materiales en mitad del proceso creativo. Bella perdió los nervios e intento atacarle.

El ojo artístico de las palomas

Pero el arte, o al menos la capacidad para su percepción, no parece ser patrimonio exclusivo de los primates. Shigeru Watanabe puso a prueba la capacidad de las palomas para diferenciar cuadros de Monet de los de Picasso. Tras un entrenamiento con varios cuadros, se les mostraban unos nuevos. Entonces debían elegir a cuál de los dos pintores correspondían. Las palomas acertaron en un 90% de las ocasiones. Pero aún hay más, cuando se les enseñó cuadros de los impresionistas Renoir y Cezanne, los cuales nunca había visto, los agruparon junto a los de Monet, impresionista también.

El mismo equipo quería poner a prueba la capacidad de discriminar el "buen arte" del "mal arte" y poder establecer comparaciones con los parámetros y cánones que poseemos los humanos. Para poder hacerlo, primero pidieron a varios humanos que clasificaran en buenos y malos una gran cantidad de dibujos hechos por niños. Las palomas coincidieron en la mayor parte de las ocasiones con el juicio de los humanos.

Pero, ¿cómo perciben las figuras los primates no humanos? El primatólogo Tetsuro Matsuzawa llevó a cabo una serie de experimentos. Los resultados probaron que eran capaces de usar figuras geométricas complejas. Además, la percepción del color y de las formas resultó ser muy similar a la que tenemos los humanos.

Lo que sugieren todas estas investigaciones es que, a pesar de que las primeras manifestaciones artísticas humanas aparecen hace aproximadamente 40.000 años en el Paleolítico superior, cierto sentido de la estética, el gusto por la simetría y el reparto de figuras en el espacio, sentara sus bases mucho antes de que los primeros Homo Sapiens dejaran constancia de ello sobre las paredes de las rocas de la vieja Europa.

El marrón de lo rosa

Luz Sánchez-Mellado, "Dimito", en El País, hoy:

Renuncio, deserto, paso cien pueblos. Hay semanas en que por mucha espuma que suelte por la boca y mucho lado cómico que le busque a la vida, no acierta una a blanquear este marronazo ni a poner en solfa la actualidad rosa. Y eso, sin entrar en las revistas del ramo que, o espabilan y varían su oferta de sotas, caballistas y reinas apócrifas, o echan la persiana. Aparte de que vista una, vistas todas —a la sexta portada con Raquel Sánchez Silva “bañándose melancólica en las idílicas aguas de Formentera tras la trágica muerte de su esposo”, dejé de contar esdrújulas—, lo que está claro es que hoy en día lo más infartante del mundo cardiaco está en las páginas salmón de los periódicos. Ya lo decía Clinton, ahora no me acuerdo si Bill o Hillary, pero tanto monta, monta tanto: “Es la economía, estúpidos”.

Que si la Audiencia conmina al juez Elpidio el Punki a que suelte a Blesa echando autos, que está la novia esperándole para casarse. Que si Lagarta Lagarde y su Fondo de Reptiles nos esputa que cobramos mucho y que así no hay quien nos despida. Que si un negrero de la CEOE nos rebuzna que librar cuatro días para enterrar a un padre es un abuso del lobby obrero. Que si Montoro Embolado nos chulea con que vemos fantasmas volando en el Expediente X del deneí de la Infanta. Que si Cristina y sus asesores áulicos nos echan a los ojos un tambor más de detergente en su lavado de imagen yendo a una misa por su abuelo como si Noos pasara nada. Lo de que la realidad supera la ficción está superado. Total, que dimito de añadir ni una coma. Que tiro la toalla y guardo la ropa, que yo en eso soy muy de María Patiño. Sí, mujer, esa eminencia que ha soltado en Interviú la perla definitiva del empoderamiento feminista: “Hagas lo que hagas, ponte bragas”.

Hablando de política de género, no sé a qué tanto escándalo con que Alicia Sánchez-Camacho haya llegado a un acuerdo con sus espías a cambio de que no revelen de qué rajó con la exnovia de un Pujol en una comida de chicas. Bueno, y de 80.000 euros para una ONG, que queda supersolidario. Yo la entiendo que te pasas: si trascendieran mis cumbres con mis íntimas, acabábamos imputadas por injurias y calumnias contra el resto del globo y la guapa que se atreva a levantarse al baño. Así que, ahora que estamos en confianza, vamos a llamar a las cosas por su nombre, que dijo Letizia una vez que abrió la boca.

Lo de Blesa entrando y saliendo del trullo como Cachuli por su casa vestido de pijo por talego y con unos bolsazos con los que podría pagar la fianza, da bochornazo. Lo de la madame del FMI pidiendo que nos bajen el sueldo cuando acaban de reconocer que la pifiaron con Grecia, provoca ronchas como kiwis. Lo del segundón de la CEOE llamándote a currar con tu madre de cuerpo presente, hace que te acuerdes de sus muertos. Volando no, pero a dos patas veo yo a unos cuantos fantasmones a diario, y no miro a nadie, Montorete. Y por mucho jabón que le des a ciertas manchas, no salen ni con agua hirviendo, Cristinita, alteza. Ahora, aquí la única que piensa en dimitir es mi menda. Y ya me ha dicho mi jefe que me la envaine o me la corta, que tiene mucho lío.

jueves, 20 de junio de 2013

Del juicio a José Bretón

Una observación que vale por muchas, sacada de una noticia de prensa como una pepita de oro de la arena:

"Un testigo declaró que a los pequeños no los cogía de la mano, los cogía por las muñecas".

Me gustaría conocer a ese testigo. Seguro que podríamos aprender mucho de él.

miércoles, 19 de junio de 2013

Jardines de piedra

El título de una película de Coppola es una hermosa metáfora de los grandes cementerios bajo la luna, y me sirve para escriturar, sin gana alguna, algo de lo que siento sobre los jardines malditos de El Prado, un lugar frecuentado por borrachos, drogatas, mochileros y un tal Ángel Romera que llevaba a veces a su perro hasta que este comió algo que le tuvo a las puertas de Cerbero. No hay dinero para nada, pero sí para hacer unas obras sin otro sentido que dilapidar los impuestos en los bolsillos sin fondo de los constructores; de hecho, ya estamos pagando a plazos otras plazas e incluso algún aeropuerto que otro. Por demás, puede decirse ya lo que, en su autoexilio de San Juan de Puerto Rico escribía el melancólico Ángel Crespo en la revista La Torre: "Ya no florecerán las rosas / en El Prado". También esos árboles son mis hermanos, sobre todos los reunidos en familia, no en ringlera ni muriéndose de soledad. "Si un árbol cae en el bosque, ¿quien lo oirá?", reza el koan budista. Sus ramas abrazaban el mismo aire que respiramos nosotros y nos abriga y sustenta la misma tierra de que se alimentaba; sus ramas y raíces se entrelazaban como los nervios y los capilares de nuestro cuerpo, que está hecho también con los dos ramajes del corazón y del cerebro. Incluso hay instalado en el árbol bronquial un nido con muchos pájaros volanderos. De todos esos hilos colgamos como una marioneta indecisa entre mente y sentimiento.

Las plazas públicas solo existen en la cultura cristiana, extrovertida, porque escribe de izquierda a derecha. No existen en el urbanismo musulmán antiguo, que gustaba de amontonar casas entre callejas de sombra y solo concentraba multitudes en largas vías llamadas zocos. En Occidente casi todas las plazas poseen alguna iglesia que aparece en el plano como una araña en el centro de la tela ciudadana. Pero el tétrico origen de la plaza del urbanismo europeo es el vulgar camposanto, un cementerio exterior a las iglesias para gente sin caudal para enterrarse como en el Romance del Conde Olinos:

A ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar;
a él, como hijo de condes,
unos pasos más atrás.

Con el desarrollo urbano de los siglos esos cementerios fueron desapareciendo y en su lugar los concejos encontraban un sitio ideal para situar los puestos del mercado e incluso en otras remodelaciones establecieron soportales. En la de Almagro, por ejemplo, donde no hay iglesia, pero hubo una importante feria, la hubo hasta que quedó demolida por el famoso segundo terremoto de Lisboa, y su lugar lo ocupa ahora un pequeño jardín frente al Ayuntamiento (perdón por la obscenidad). Por cierto que al citado terremoto de Lisboa Voltaire le dedicó el mejor de sus poemas, porque encontró en él un tema ideal para su filosofía. Se produjo a la hora de la misa mayor del día de difuntos de 1755, cuando todo el mundo rezaba al Señor, y Voltaire, que también era una especie de terremoto, quiso poner a este acontecimiento como centro de su teoría de que Dios no intervenía en los asuntos humanos y era indiferente a ellos. Sin duda, el discípulo de la puta ilustrada Ninón de Lenclós, quien le legó su fortuna para que se comprase libros, influyó más en el destino de Europa que el propio Terremoto de Lisboa, que el propio Shakespeare o que el propio Cervantes. El señor de Rohan tenía que haber calculado los efectos mariposiles de mandar a sus dos rudos lacayos a zurrarle la badana. Voltaire sabía cómo revolucionar y paganizar Europa, con esas miríadas de breves folletitos y con esas frases lapidarias: "En un país con una sola religión, no se puede vivir; en otro con dos, hay guerra civil; pero en Inglaterra, donde hay treinta, hay paz". Se construyó dos casas juntas a cada lado de la frontera francosuiza. Cuando le perseguían en Francia, se mudaba a Suiza cruzando el jardín; cuando ya había apaciguado los ánimos allí y le perseguían en Suiza, lo volvía a cruzar en sentido inverso. Se leyó la Biblia minuciosamente para anotar todas y cada una de sus contradicciones y luego escribió Las preguntas de Zapata, un folletito en que ese hipotético teólogo español las soltaba a la Universidad de Salamanca. El opúsculo termina así: "Zapata fue un padre bondadoso, fue un hombre creyente, fue un cristiano devoto; fue quemado en la hoguera el día..."

Pero, volviendo a introducir chorro en el tiesto, digo  es frecuente, pues, que cuando se hacen obras en las plazas públicas, en especial en aquellas en las que hay alguna iglesia (suele haber un cierto montículo o elevación de terreno en ellas) empiecen a aparecer huesos, garbanzos de rosario y diversos restos vegetales de acompañamiento floral; casi para un cocido. Esto haría fruncir el entrecejo, que dicen los novelistas, si no supiésemos, como ahora sabemos, que las plazas tienen su gato histórico encerrado, un gato acaso como el de Schrödinger, ni muerto ni vivo, zombi.