sábado, 25 de abril de 2009

Últimos trabajos anónimos

Obedeciendo a algunas curiosidades de esas que me aquejan tan a menudo, en la última semana he realizado para distraerme algunos trabajitos monográficos para saciarla y los he colgado en la Wikipedia para que otros no tengan que esforzarse tanto en hacerlo para reunir esos pocos datos como yo. Son estos artículos:

  • Artículo Lírica tradicional.
  • Reforma, corrección y ampliación de Mandeísmo, una religión apasionante que udo estar en los orígenes del Cristianismo y, ya que estamos,
  • Traducción del alemán de la biobibliografía de uno de sus estudiosos, Mark Lidzbarski.
  • Biobibliografía de Margit Frenk Alatorre, la mujer de Antonio y la máxima experta en lírica tradicional.
  • Biobibliografía de José de la Revilla, el raro padre de Manuel, al parecer eminente también como crítico; gracias a él se trajo el Krausismo a España.
  • Biobibliografía del poeta catalanista y neopopular Terencio Thos y Codina, traducida del catalán.
  • Artículo Enciclopedia Yongle, una especie de Espasa chino que hubiera hecho las delicias de Borges, y que he podido ojear en la nueva Biblioteca Virtual Mundial de la Unesco.
  • Ampliación y arreglos de ese mariquita prerromántico con delirios de grandeza arquitectónica, William Beckford ¿A que no sabéis que fue el modelo de Lord Byron?
  • Biobibliografía de José Manuel Valdés un negro zambo, poeta místico y científico peruano del siglo XVIII al que no se le ha hecho la justicia que merece.
  • Biobibliografía del poeta Eduardo García, galardonado hace poco con el nacional de la crítica y enchufado por su esposa al éxito mediático.
  • Biobibliografía del diplomático Bernardo del Campo, que en los problemáticos tiempos de lo de Gibraltar y la Revolución Francesa nos sacó de algún apurillo; por cierto quepudo conocer a Cadalso en Londres e hizo un juicio muy acertado de Miranda cuando lo vio allí.
  • Biobibliografía de Philip Thicknesse, viajero inglés por la España del XVIII.
  • Arreglos al poeta épico persa Ferdowsi (que otros llaman Ferdousi) el autor de una epopeya clásica prácticamente desconocida para los occidentales.
  • Biobibliografía de los poetas parnasianos François Copée y Catulle Mendès, este último con una muerte que podría inspirar a Agatha Christie.
  • Biobibliografías de fray Antolín Merino, el primer autor de una edición crítica de las obras de fray Luis de León y a quien tendría que mirar dos veces para ver si es Lidoro, y de
  • Elena Fernández Mel, la esposa del hispanista del XVIII Richard Herr. Ampliación del atículo este último
  • Entrada para Ediciones Júcar, y, ya de paso, bio de su dueño y corrección a la entrada de Caballero Bonald, editor en Madrid de la misma.
  • Escritura de los artículos de las dos escuelas de poesía barroca alemana, la Primera y la Segunda Escuela de Silesia, y biografía de algunos de sus miembros.
  • Entrada para el Lagarto de la Malena.

Sí, ya sé que no pagan un duro por esto, pero es que esto es lo que llaman amor al arte. Y lo vengo haciendo cada semana. Y basta ya; no pongo las correcciones menores y los enlaces, porque sería muy latoso. Lo que a mí me gusta es investigar, escribir y traducir. Otros que se dediquen a mirarse el obligo, a vestirse bien y a llamarme "malcalçado", como decía el Conde de Barcelona a los rústicos capitanes de las mesnadas del Çid.

Cosas de la iglesia


Algunos se escandalizan de que un cura bisexual, pederasta y con un hijo funde una organización tan católica, universal y exitosa como los Legionarios de Cristo, que tanto molan a su santidad Benito XVI, o porque su santidad infalible haga el ridículo metiendo la pata continuamente allá donde va y haciendo cualquier cosa que hace y manteniendo en vigor una institución como la Inquisición, que antaño tuvo la potestad de condenar a muerte y hoy se conforma con ayudar a hacer el ridículo a su santidad infalible, o porque a un antiguo obispo y ahora presidente de Paraguay le salgan hijos por todos lados, mientras el báculo o roquete pontificio esparce coscorrones a causa de lo poco que practicamos la abstinencia y la recta moral sexual. Digo que se escandalizan... Pues deberían leer más historia de la Iglesia: es una pura hipocresía donde, para encontrar una verdad, hace falta levantar el polvo de cientos de mendacidades superpuestas.Ya (en 1854) lo decía nuestro manchego y protestante cervantista manchego exfraile franciscano Juan Calderón en su Pure Catholicism.

Literatura y I Guerra Mundial

Barro, sangre y metralla, por Jacinto Antón, El País, 24-4-2009

La publicación de El miedo, libro estremecedor de Gabriel Chevallier sobre su experiencia de soldado en el frente -"vivo como una bestia", escribe-, invita a revisar la bibliografía sobre la Primera Guerra Mundial en el 95º aniversario del comienzo del conflicto.

La trinchera es un lugar oscuro y siniestro. Más aún si llevas bajo el brazo El miedo, de Gabriel Chevallier (Acantilado): "Cadáveres en todas las posturas, que habían sufrido todo tipo de mutilaciones, todo tipo de desgarraduras y todo tipo de suplicios". Pese a que las paredes son altas y las rematan sacos terreros uno camina encorvado. Quién sabe cuándo va a caer un obús cerca o si hay un francotirador en los alrededores. El sector parece en calma, aunque de lejos llega un rumor sordo como de tormenta y el cielo de la noche se ilumina con relámpagos de acero. Al girar en un recodo, tras pasar el puesto de mando en el que un tipo con polainas, pistolera y casco metálico habla por un rudimentario teléfono de campaña, me doy de bruces con un grupo de sombras. Imagino en un momento de pánico que son tropas de asalto alemanas que -bajo el mando de Ernst Jünger- han invadido la trinchera para limpiarla con bombas de mano, pistolas, cuchillos y palas afiladas; pero resultan ser un colegio. Los chicos parecen tan impresionados como yo, y todos pegamos un brinco cuando la megafonía lanza una imperiosa arenga "¡preparados para salir, calar bayonetas; vamos!" seguida por el estridente sonido de silbatos, puro Senderos de gloria.

La Trench Experience, en la que vives en propia carne el ambiente de las trincheras de la I Guerra Mundial, es una de las grandes atracciones del Imperial War Museum de Londres -ríete tú del tren de la bruja-, y una demostración del impacto de la Gran Guerra en la mentalidad de los británicos. En la librería del museo los títulos sobre ese conflicto superan de largo a los dedicados a la II Guerra Mundial y, sin salir del centro, el visitante encuentra numerosos testimonios de aquella primera gran debacle, desde un aeroplano Sopwith Camel a un pickhaub -el típico casco con pincho prusiano- de la guardia de corps del káiser, pasando por un trozo del motor del célebre triplano rojo de Manfred von Richthofen.

Hay más: con motivo de cumplirse este año el 95º aniversario del inicio de la contienda, se ha inaugurado una sensacional exposición, In memoriam, remembering the Great War, que constituye un viaje escalofriante y conmovedor a las entrañas de la Gran Guerra. Se abre con un casco de tommy (el nombre genérico de los soldados británicos) excavado en Cambrai el año pasado y hecho trizas por la metralla e incluye trozos de las vidrieras de la catedral de Chartres devastada por los bombardeos, bombas de los conspiradores serbios colegas de Gavrilo Princip, el joven que descerrajando dos tiros -uno al abdomen de la preñada archiduquesa Sofía y otro al corazón del archiduque Francisco Fernando- desencadenó la catástrofe el 28 de junio de 1914 en Sarajevo. También, espeluznantes mazas de uso en la troglodita guerra de trincheras -como la que esgrimió un tal Harold Startin para cargarse a un sargento alemán en julio de 1915-, el revólver del poeta y oficial Siegfried Sassoon, un trozo de zepelín derribado, el camisón de una superviviente del torpedeamiento del Lusitania o la guerrera ensangrentada que vestía el segundo teniente Cope en el Somme.

Cuando uno ve todo eso, escucha los emotivos testimonios grabados de los ultimísimos veteranos -una raza ya casi extinguida- o se encuentra en plena plaza londinense con un sentido monumento nada menos que al Cuerpo de Ametralladoras -"Saul had slain his thousands but David his tens of thousands", reza la inscripción del pedestal, que ya es cita-, se da cuenta de hasta qué punto la I Guerra Mundial es importante en la memoria de los europeos. No en la nuestra. Inexplicablemente, la Gran Guerra no es asunto de especial interés para los españoles, al menos desde el punto de vista bibliográfico (una muy buena exposición fotográfica, con imágenes excepcionales, sobre todo de los ejércitos de los imperios centrales, se ha tenido que prorrogar en el Museo de Historia de Cataluña, en Barcelona). Son muy pocos los títulos publicados en España sobre la contienda y no parecen tener, en general, gran acogida entre los lectores. El contraste con la II Guerra Mundial es asombroso: si ese conflicto tiene una legión de seguidores y numerosas obras (las de Beevor, por ejemplo, por no hablar de las novelas de Alistair MacLean o Sven Hassel) se han convertido en verdaderos best sellers, las consagradas a su predecesora del 14 pasan en general de manera discretísima.

No obstante, hay títulos muy buenos. Los cañones de agosto, de Barbara Tuchman (Península, 2004), es un magnífico libro de introducción a la Gran Guerra, con el que muchos lectores se han iniciado en ella (¡y descubierto en toda su agresiva complejidad el Plan Schlieffen!). La primera guerra mundial, de Michael Howard (Crítica, 2003, hay edición en bolsillo), consigue en muy poco espacio una asombrosa e iluminadora síntesis de la contienda. También es utilísimo Breve historia de la I Guerra Mundial, de Norman Stone (Ariel, 2008). El muy ilustrado La Primera Guerra Mundial, de H. P. Willmott (Inédita, 2004), es posiblemente la mejor forma de adentrarse en el tema de una forma fácil, distraída y gratificante gracias a su enorme despliegue de fotografías y mapas y su estructura esquemática, con gran atención a los equipos y armas de los contendientes. La Gran Guerra, una historia global (1914-1918), del historiador militar estadounidense Michael S. Neiberg (Paidós, 2006), es muy ameno y presta atención especial a los teatros de operaciones periféricos, como la lucha librada por los alemanes en Nueva Guinea y África -donde cobró fama con su guerra de guerrillas Von Lettow-Vorbeck, el vencedor de Tanga (sí, vaya nombre para una batalla)-. Neiberg, que defiende matizadamente a los oficiales que hubieron de dirigir aquella matanza que fue la guerra del 14, advierte de que no hay que considerar la Primera Guerra Mundial un conflicto bélico inútil, estático y sin sentido en oposición al significado y la "vitalidad" de la segunda.

Uno de los grandes ensayos sobre el tema publicados en castellano es sin duda La Gran Guerra, de John H. Morrow, Jr. (Edhasa, 2005). El autor, profesor de historia en la Universidad de Georgia, trata de mostrar la guerra en su aspecto universal y señalar la relación entre hechos que parecen dispares, en la consideración de que una "guerra total" sólo puede abordarse con una perspectiva muy amplia. Morrow es un entusiasta de los estudios de aviación. De adolescente, su padre lo llevó a visitar los campos de batalla y los cementerios franceses y el impacto que ello le produjo se percibe en su escritura, cargada de humanidad. De enorme interés es La Primera Guerra Mundial -realmente no se puede decir que los títulos sean muy originales en este género-, del gran especialista británico Hew Strachan (Crítica, 2004). Completo y emotivo, el libro tiene su origen en una gran serie de la BBC sobre la guerra y eso se refleja en los 10 capítulos, que corresponden a los 10 programas originales. Muy recomendable, incluye increíbles fotografías en color, las únicas que se conocen de la contienda y en las que se aprecia, por ejemplo, qué poco apropiadas eran para la guerra moderna las pintorescas vestimentas de spahíes, infantería senegalesa o zuavos. El simpático Jesús Hernández, por último, recopila una enorme cantidad de anécdotas en su Todo lo que debe saber sobre la I Guerra Mundial (Nowtilus, 2007), que incluye una guía de los escenarios a visitar, incluido el osario de Verdún, el cráter de La Grand Mine en el Somme o el lugar en que cayó el Barón Rojo.

Cuando se sale de los estudios globales, poca cosa queda en ensayo. Un libro imprescindible es La Gran Guerra y la memoria moderna, de Paul Fussell (Turner, 2006), que revisa el impacto de la contienda a través de las obras de escritores que la sufrieron como Sassoon, Owen y Graves. En Los siete pecados capitales del imperio alemán en la Primera Guerra Mundial, Sebastian Haffner (Destino, 2006) analiza los errores que impidieron a Alemania ganar la contienda y desmonta tópicos. Inédita ha publicado en 2008 La batalla de Verdún, de Georges Blond, un intenso relato de la batalla (con sus leyendas como la de la trinchera de las bayonetas, donde yacía enterrada viva toda una sección sepultada por la tierra tras un bombardeo, o la de Fantomas, el piloto alemán de casco negro que ametrallaba con diabólica puntería a los franceses). Ariel, Jutlandia, del historiador Sergio Valzania, que explica muy bien la gran batalla naval (la última en que no jugó papel la aviación): la extrema vulnerabilidad de los barcos británicos, la extraordinaria maniobrabilidad de la Hoch See Flotte alemana... Editorial Base ofrece las interesantes Memorias de mi vida del mariscal Von Hindenburg, el gran líder militar alemán, vencedor de los rusos en Tannenberg, un tipo arrogante y antipático que sostiene la teoría de la puñalada por la espalda y considera que Alemania no perdió la guerra por causas militares (es decir, por su culpa y la de los otros envarados comandantes; a él la historia no hace mal en juzgarle duramente: le dio la alternativa a Hitler). En 2001 se publicó la biografía de Mata Hari de Russell Warren Howe (Javier Vergara), llena de detalles impagables: la espía pidió que la fusilaran con corsé y uno de los zuavos del pelotón de ejecución se desmayó (no debía saber adónde apuntar).

Inédita ha publicado las novelas Capitán Conan, de Roger Vercel, en la que se basó la espléndida película de Bertrand Tavernier, y El pabellón de los oficiales, de Marc Dugain, que convirtió en filme François Dupeyron. Por su parte, Militaria ha publicado varias entretenidas novelas de aventuras ambientadas en la I Guerra Mundial: Escuadrilla Azor, de Derek Robinson, de aviación, o Bautismo de fuego, de Alexander Fullerton -primer título de una serie naval de la que han aparecido otros dos-, sobre la batalla de Jutlandia. Como curiosidad, Anne Perry tiene en Ediciones B una insólita serie de crímenes ambientada en las trincheras.

Es una pena que libros tan interesantes en este panorama como la biografía del almirante Fisher de Jan Morris, los nuevos ensayos sobre la guerra aérea Aces falling, de Peter Hart -sobre la fase en que se acaba la caballerosidad en el cielo-, y On a wing and a prayer, de Joshua Levine, o la reciente nueva biografía del Barón Rojo de Peter Kilduff (Almena ha editado en castellano las memorias del aviador) no se traduzcan. Una curiosidad es Tolkien and the Great War (Harper Collins, 2003), que rastrea en las imágenes que vio el autor en las trincheras, los paisajes desolados de Mordor (la salvación de Minas Tirith por un ejército de muertos la habría inspirado un texto de Sassoon).

Por suerte, podemos disfrutar de las grandes obras literarias de la I Guerra Mundial traducidas -no todas: falta, por ejemplo, Her Privates We, de Frederic Manning, aplaudida por Hemingway, T. S. Eliot y T. E. Lawrence- . Tenemos la novela crepuscular sobre el fin de la monarquía austrohúngara -en paralelo al de la familia Von Trotta-, La marcha Radetzky, de Joseph Roth (Edhasa, 2007); la visión radicalmente distinta, por satírica, del clásico checo, Las aventuras del buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek (Galaxia Gutenberg, 2008); la paradigmática Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque (Edhasa, 2007); Adiós a las armas, de Hemingway (Noguer y Caralt, 1999); Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo (El Aleph, 2005), o la espléndida El final del desfile, de Ford Madox Ford (Lumen, 2009).

Otros grandes clásicos imprescindibles del conflicto de los que hay edición española son Adiós a todo eso, las memorias de Robert Graves (Muchnik, 2000) -qué gran escena la de la compañía de Fusileros Reales Galeses que se lanzan todos al suelo durante un ataque y cuando el capitán les manda seguir nadie se mueve, el oficial les llama "malditos cobardes" y el sargento murmura: "Nada de cobardes, señor, están endemoniadamente muertos"-; Los Siete Pilares de la Sabiduría, de T. H. Lawrence (Huerga & Fierro, 1997, en bolsillo en Zeta), con momentos tan brutales como el del despiadado ataque a la columna turca que se repliega hacia Damasco -allí pereció el Cuarto Ejército, bajo el sable de Auda y los suyos-, o el del dantesco y nauseabundo hospital en la capital siria, con los heridos turcos mezclados con cadáveres en avanzado estado de descomposición ("muchos se habían hinchado ya al doble o al triple del tamaño que tenían en vida y sus gruesas caras reían abriendo una negra boca entre las ásperas mandíbulas, cubiertas de barba rala. Unos cuantos habían reventado y se hallaban en un estado licuescente", glups). Tenemos también la gran novela de combate, a la vez brutal y literariamemente magnífica -por la que muchos sentimos una debilidad inexcusable-, Tempestades de acero, de Jünger (Tusquets, 1987); y ahora, El miedo, de Chevallier (1895-1969).

El libro de Chevallier es como el reverso del de Jünger. Contando prácticamente lo mismo, lo que en el alemán ganador de la Pour le Mérite es glorificación de la experiencia bélica -"combatientes purificados por el fuego"- es en el aterrado poilu, carne de cañón, aspirante a fiambre, pouvre couillon con du front aferrado a su Rosalie (la personificación francesa de la bayoneta), un demoledor testimonio contra la guerra. Pocas experiencias hay en la vida como leer El miedo, un libro acaso un pelín adjetivado pero que deja impresas imágenes indelebles. Chevallier, veterano de la Gran Guerra, señala que lo escribió para abordar el miedo en primera persona, para decir sin ambages: "Tengo miedo", lo que le honra. Seguimos en el libro a su álter ego el soldado Jean Dartemont, de la quinta del 15, con veinte años, en la movilización y la embriaguez aventurera de los primeros momentos de la guerra, que relata con ironía. La primera visión del frente acaba con eso.

Chevalier lo cuenta todo: los piojos, el barro, los cólicos, la miseria, el frío, el Chemin des Dames, el gas, las ametralladoras, las heridas, los mandos estrafalarios, maniacos y sádicos, como el general al que le gusta ver a los soldados desnudos y comparar sus sexos. Inolvidable el primer cadáver, cuando un pico ahondando un ramal de trinchera perfora el vientre de un soldado medio sepultado y el hedor de lo que suelta invade el refugio. Las descripciones de los muertos son puro gore, y en ellas nada se nos ahorra: bocas tumefactas de las que brotan como una papilla los gusanos, cabezas cercenadas de las que ha rodado entero el cerebro, "carnes rojas y violáceas, parecidas a carne podrida de carnicero, grasas amarillentas y fofas, huesos que dejaban escapar la médula, tripas desenrrolladas". El espeluznante bautismo de fuego ("se nos arrojó a la noche en deflagración, llena de emboscadas, de miembros troceados y de clamores"), los gritos espantosos de los heridos, el sonido de los impactos de los disparos en los otros, la brusca percepción de la debilidad de la carne en el volcán de acero y fuego "¿Qué nos va a pasar?", se aterran los soldados, y nosotros con ellos. Hay quien se inyecta pus, busca el "tiro de suerte" que te envía a casa, se dispara él mismo a una pierna o directamente se suicida, para escapar. No hay lectura más estremecedora. En esa tesitura de la batalla, al contrario que en Jünger, "desaparece todo lo que eleva al hombre", y triunfan la vergüenza, el egoísmo, el asco y el miedo. Nunca se ha descrito así la guerra en las trincheras, la guerra en general: "Vivo como una bestia".

Si pasamos a la pantalla, el fenómeno es parecido al de los libros. Son un puñado las películas que han triunfado en nuestro país: Senderos de gloria, de Stanley Kubrick, la canónica, en la que se ha fijado en buena parte nuestra iconografía del conflicto (y basada por cierto en una novela de Humphrey Cobb), con el coronel Dax-Douglas recorriendo en travelín las trincheras; la bellísima La gran ilusión, de Jean Renoir; Sargento York, de Howard Hawks; Sin novedad en el frente, claro, en su varias versiones; Rey y patria, de Joseph Losey; El gran desfile, de King Vidor; Gallipoli, de Peter Weir; Capitán Conan, El pabellón de los oficiales, Feliz Navidad. No hay que olvidar Lawrence de Arabia. Añádase un puñado de filmes sobre aviación, desde o AlasÁguilas azules-con George Peppard persiguiendo la Blue Max- al nuevo biopic de Von Richthofen, pasando por Fly boys (2006).

Resulta absurdo argumentar que la segunda contienda es objetivamente más interesante o espectacular. Estamos hablando de una carnicería con nombres como Verdún, el Somme, Tannenberg, Passchendale o Caporetto, una carnicería que costó en conjunto 9 millones de vidas, en la que lucharon 65,8 millones de soldados, de los que murieron más de 1 de cada 8 a un porcentaje de 6.046 hombres muertos ¡cada día! de los cuatro años que duró (según los datos de Nial Ferguson en su apasionante y controvertida The pity of war, Penguin, 1999). En la I Guerra Mundial, a resultas de la cual cayeron cuatro imperios -el alemán, el austrohúngaro, el ruso y el turco- y tres grandes dinastías, los Hohenzollern, los Habsburgo y los Romanov, se forjó el mundo en el que hemos vivido durante mucho tiempo.

La Gran Guerra no sólo presenta movimientos de masas, combates, estrategias y horrores supinos comparables en todo a los de la segunda, sino que se desarrolló también en escenarios tan exóticos como aquélla (desiertos, África tropical, Extremo Oriente: ¡desde luego no sólo en las trincheras!). E incluyó personajes y aventuras extraordinarias, que no es que rediman la masacre pero sí ofrecen algún destello en aquel horror: Lawrence de Arabia, el Barón Rojo, Karl von Müller, el caballeroso capitán del corsario Emdem, que parece salido de la imaginación de Hugo Pratt, u Otto Weddigen, del sumergible U-9, que hundió tres cruceros británicos en menos de una hora, por no hablar de Mata Hari.

Los tanques, los submarinos, la aviación- todos los elementos de la guerra moderna están ya presentes en una contienda que, por otro lado, aún incluye caballería, húsares, uniformes románticos, paradas y fanfarrias decimonónicas, y en la que un piloto? W. R. Read, del Royal Flying Corps- trata en 1914 de derribar a un enemigo lanzándole su revólver a las aspas de la hélice y otro, el gran as Jean Navarre, utiliza un cuchillo para atacar un zepelín.

De toda aquella contienda atroz queda aún mucha trinchera literaria que cavar.

La Gran Guerra en imatges 1914-1918. en el Real Monasterio de Santes Creus, en Aiguamúrcia (Tarragona). Hasta el 26 de julio. www.es.mhcat.net. In memoriam: Remembering the Great War. Imperial War Museum de Londres. Hasta el 6 de septiembre. http://london.iwm.org.uk.

Bibliografía

  1. El miedo. Gabriel Chevallier. Traducción de José Ramón Monreal. Acantilado, 2009. 362 páginas. 22 euros.
  2. La por. Traducción de Pau Joan Hernàndez. Quaderns Crema. Barcelona, 2009. 352 páginas. 22 euros.
  3. Tempestades de acero. Ernst Jünger. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Tusquets, 2005. 448 páginas. 20 euros.
  4. La Gran Guerra. John H. Morrow, Jr. Traducción de David León Gómez. Edhasa, 2005. 764 páginas. 40,50 euros.
  5. La Primera Guerra Mundial. Hew Strachan. Traducción de Sílvia Furió. Crítica, 2004. 408 páginas. 29,90 euros.
  6. Jutlandia. Sergio Valzania. Traducción de Juan Antonio Vivanco. Ariel, 2009. 270 páginas. 17,90 euros.
  7. La batalla de Verdún. Georges Blond. Traducción de José Patricio Montojo. Inédita, 2008. 338 páginas. 21,50 euros.
  8. Las aventuras del buen soldado Svejk. Jaroslav Hasek. Traducción de Mónica Zgustova. Galaxia Gutenberg, 2008. 740 páginas. 23 euros.
  9. El final del desfile. Ford Madox Ford. Traducción de Miguel Temprano García. Lumen, 2009. 1.020 páginas. 35,90 euros.

Un diálogo inédito del jesuita Juan Masiá Clavel

Grabación oculta al párroco de Valdealmenaras.

Por el teólogo Juan Masiá Clavel.

Estaba el párroco Nicanor acurrucado en el presbiterio el sábado por la noche, a solas con el Maestro. Micrófonos de RD, listos para el Domingo, grabaron por casualidad la conversacion siguiente:

Párroco Nicanor: Señor, hoy ayuno y hago penitencia y mañana, quinto domingo de Cuaresma, les invito a mortificarse a propósito del evangelio del grano de trigo que muere.

Jesús de Nazaret: No exageres, Nicanor, sabes que no me gusta el dolor por el dolor.

N. Pero a nosotros nos enseñaron que cuanto más sufres, más mérito tienes, que ese es el “Camino”, el de la cruz que nos salva, como dijo cierto santo beatificado a la fuerza por un Papa no muy grande, pero sí muy fuerte...

J. ¡Ojo!, Nicanor, querrás decir que te salvas a pesar de la cruz, no por la cruz; lo que a mí me salvó fue la vida definitiva en la que me introdujo el Espíritu de Abba.

N. Pero Tú, Señor, abrazaste la cruz con gozo y sin esfuerzo.

J. Bueno, lo del gozo es un tanto relativo. Y, desde luego, trabajito me costó, que es mucho salmo y muy fuerte lo del XXI, y no me salía entonarlo... Ya habría preferido que Abba no me dejara desamparado. Y lo peor de todo, ver allí cerca a la madre y a mis queridísimos Juan y Magdalena, aguantando desgarrados a pie de cruz... Se me clavaba eso más que las espinas... No alcanzaban hasta lo alto y yo no podia desclavarme y abrazarles como me lo pedía el cuerpo.

N. Pero Tú sabías que después venía la resurrección.

J. No, Nicanor eso lo dicen los teólogos romanos, que se olvidan de lo que significa que os precedí en la fe como “pionero de salvación“ (Hebr. II, 10) y “pionero y consumador de la fe” (Heb. XII, 2; en ambos casos la palabrita griega, perdona la pedantería, es “arjegós”, que Alonso Shökel atinó a traducir como “pionero”). Más vale que leas a Pagola. A Ratzinger, tan agustiniano siempre, le cuesta asumirlo y hace malabarismos escolásticos para hablar de mi conciencia, como si temiese decir que yo tuve fe. Tienes que olvidar muchas teologías medievales: que si el sacrificio redentor, que si había que pagar infinitos euros de compensación por la culpa, que si el Siervo de Yavé merece más cuanto más sufre, como dicen al son de las guitarras los de cierto Camino espiritual de moda en tu tierra, o que hay que saborear el sadismo de Mel Gibson en su película...

N. Maestro, me has chafao la homilía de mañana. Pero ya comprenderás que yo no sé decir más que lo de siempre, mientras la gente se impacienta y mira el reloj; la mayoría que viene a misa son mayores y los micrófonos no resuelven el problema del oído, no te imaginas lo difícil que lo tenemos cada domingo. Así que no hay más remedio que abreviar y... repetir lo de siempre. En mi púlpito te quería yo ver mañana...

J. Pues mira, Nicanor, en vez de lo de siempre, diles que hay vida y esperanza para siempre. Diles que el Espíritu de Abba, que me introdujo a mí desde la muerte en esa Vida verdadera, hará lo mismo con todos y cada uno de ellas y ellos cuando mueran. Diles que yo no soy un mitrado gruñón y regañón como ciertos eclesiásticos profetas de calamidades.

N. Lo intentaré, maestro. Pero si graban mi homilía y me denuncian al cancerbero, al cardenal de la Doctrina y su hosco portavoz, ¿qué hago?

J. Pues les recomiendas que lean el evangelio y hablen conmigo cada noche antes de acostarse.

N. De acuerdo, Señor, pero lo pongas como lo pongas, el caso es que el evangelio que toca para mañana es el del grano de trigo que muere. Me dejas hecho un lío.

J. Aún no has entendido, Nicanor. Esa comparación no era para negar la vida, ni atormentaros. Era un autorretrato de lo que pasó conmigo en la Pasión y entrada en la Fuente de la Vida. El grano de trigo no fenece, sino se abre para que broten raíces hacia abajo y tallo hacia arriba; no perece, sino se transforma para fructificar. Morir no es desaparecer, sino dejar que se abra la envoltura, para que vuele la crisálida convertida en mariposa; morir es expandirse, para entrar en la fuente de la vida que lo llena todo en todo.

N. Tienes razón, Jesús. Si les digo esto, quizás se animarán.

J. Naturalmente, hombre, como que esa es tu misión. El papel de mi iglesia no es ser gendarme de moralismos, sino pregonera de esperanzas. No es hacer campañas negativas y condenatorias, sino animar a vivir hasta la muerte y más allá de la muerte.

(Aquí sonó una interferencia y se cortó la comunicación. Al recuperar la onda apareció en pantalla la pagina web del cielo con el rostro del manchego cura Martin Descalzo que cantaba así:)

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;

tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura.”

Delito y pecado

Juan G. Bedoya, El País, 24-IV-2009. Tranquilos: el pecado no es delito.

Acostumbrada a contar los años desde la fecha -incierta- del nacimiento de su fundador Jesús, la jerarquía del catolicismo intenta imponer su concepto de familia, matrimonio, filosofía, ciencia y la vida misma. ¿Hacen política los obispos cuando reclaman, además, que el Gobierno legisle siempre de acuerdo con el evangelio cristiano? El cardenal Antonio María Rouco dijo el lunes que eso "no es hacer política en el sentido estricto de la palabra". Añadió: "Se trata de procurar por medios legítimos el reconocimiento efectivo de aquellos valores éticos que trascienden y preceden la misma acción política". La tesis de Rouco es que hay "principios prepolíticos", de obligado cumplimiento. ¿Quién los proclama? Por supuesto, la Iglesia católica. Hasta el Concilio Vaticano II, el Papa, pontífice máximo, se consideraba "autoridad universal y omnicompetente".


Los obispos actuaron en España como tal hasta 1977. No hubo aspecto de la vida cotidiana en que no impusieran su dictamen, por cortesía del dictador Francisco Franco. El articulado de la ley concordataria con esas prerrogativas se publicó en el BOE en 1953 con este encabezamiento: "En el nombre de la Santísima Trinidad". Un artículo definía a la Iglesia de Roma como "sociedad perfecta".

Otro cantar es el empeño eclesiástico de transformar en delito lo que ellos consideran pecado. La ministra de Igualdad, Bibiana Aído, se lo advirtió anteayer a Rouco, horas después de que el prelado de Madrid proclamase que el aborto voluntario ensucia la democracia. "A la Iglesia le corresponde decir qué es pecado, no qué es delito", dijo.

Así lo ha manifestado el Tribunal Constitucional, en sentencia que recuerda Dionisio Llamazares, ex director general de Asuntos Religiosos y catedrático emérito de Derecho Eclesiástico del Estado en la Complutense de Madrid. "La Constitución impide que los valores o intereses religiosos se erijan en parámetros para medir la legitimidad o justicia de las normas y actos de los poderes públicos. Es lo que inexorablemente se produce cuando se identifican delito y pecado", afirma.

Los obispos están acostumbrados a intervenir en la vida de los españoles. Viene de antiguo, pero también de anteayer. Llamazares recuerda una cita que "escuece como sal en carne viva". Se refiere a la Ley de Principios del Movimiento Nacional, vigente hasta 1976: Dice su artículo dos: "La nación española considera como timbre de honor el acatamiento de la ley de Dios, según la doctrina de la Iglesia católica, apostólica y romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación".

Aquella férrea coalición entre la sala de guardia y la sacristía duró 40 años. Cuando se produjo algo parecido en Francia, con Napoleón III, el gran teólogo Felicité R. de Lamennais sentenció: "Un prostíbulo bendecido por los obispos". Ante estas perlas, los libros penitenciales de los siglos IX y X le parecen a Llamazares "meros precedentes de identificación de pecado público y delito". "Mucho me temo que ese modelo siga siendo el oscuro objeto del deseo de los obispos", sentencia.

El primer pecado que los obispos lograron transformar en delito fue el adulterio de las vírgenes consagradas. Hasta entonces -incluso después del emperador Constantino, cuando el Imperio Romano comenzó a transformarse en Imperio Cristiano-, los seguidores de Cristo se regían por el derecho romano. Ecclesia vivit lege romana (la Iglesia vive con la ley romana) fue un principio repetido por los padres de la Iglesia, subraya Ramón Teja, catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Cantabria y presidente de la Sociedad de Ciencias de las Religiones.

El historiador cántabro relata cómo la ley romana empezó a entrar en conflicto con algunos principios evangélicos en temas de sexo y moral matrimonial. Afirma: "La postura de los líderes cristianos no fue la de cambiar la legislación civil imperante, sino exhortar a los cristianos a que se atuviesen a las normas cristianas cuando éstas entraban en conflicto con las romanas: así san Jerónimo, a finales del siglo IV, sentaba el principio: Aliae sunt leges Caesaris, aliae Christi; aliud Papinianus, aliud Paulus noster praecepit (Unas son las leyes del César, otras las de Cristo, una cosa ordena Papiniano, otra nuestro Pablo). Fue san Agustín quien con mayor insistencia abordó las diferencias entre los iura fori y los iura caeli (derecho del mundo y derecho del cielo).

Las cosas cambiaron cuando los antiguos perseguidos se convirtieron en perseguidores, tras la conversión del emperador Constantino. La Iglesia se sintió entonces fuerte para imponer al Estado sus normas éticas y morales, hasta terminar por transformar al derecho romano en derecho canónico. "El primer paso se dio con el intento de prohibir el matrimonio a las vírgenes consagradas. Partiendo de la consideración de que eran sponsa Christi (esposa de Cristo), se sentaron las premisas para que la condición de pecado, es decir, la ruptura de la fidelidad inherente a la promesa de virginidad, se convirtiese en delito, es decir, un adulterio castigable con las leyes del derecho romano contra el adulterio de la mujer -"mucho más duras que las aplicables al adulterio del hombre", relata Teja-. Así se inició el camino que culminará en el derecho medieval de Occidente (el derecho canónico), donde la Iglesia es considerada la única con capacidad para legislar sobre ética sexual y matrimonio".

Esa ambición legislativa la subraya el profesor Enrique Gimbernat, catedrático de Derecho Penal en la Universidad Complutense. Afirma: "Las religiones, especialmente las monoteístas, siempre han querido reforzar las prohibiciones de sus morales particulares -cuya infracción constituiría un pecado-, no dilatando el castigo por esas conductas pecaminosas a las penas del infierno, sino tratando de que ya aquí, en la vida terrenal, sean reprimidas por el Poder estatal secular. En un pasado remoto, la religión católica consiguió que las condenas dictadas por el tribunal eclesiástico de la Inquisición por los delitos de herejía, de sodomía o de brujería (fornicación con los demonios) fueran ejecutadas por el poder civil, quemando vivos a los que habían cometido tales pecados-delito; en un pasado reciente, esos esfuerzos eclesiásticos alcanzaron su objetivo, durante la dictadura franquista nacionalcatólica, con la prohibición civil del divorcio y la penal del adulterio, de la propaganda y venta de procedimientos o instrumentos anticonceptivos, de la homosexualidad entre adultos o de la difusión de textos o imágenes pornográficas; y en el presente, esa equiparación entre pecado y delito todavía existe en los Estados musulmanes integristas donde se lapida a las adúlteras y se encarcela a los homosexuales".

La última ejecución por herejía en España se produjo en 1826, cuando un maestro de escuela fue ahorcado porque en los rezos escolares reemplazó la palabra "avemaría" por "loado sea Dios". La presión del poder eclesiástico sobre el civil en la persecución de herejes era incontenible, con métodos de interrogatorio terribles. "Si todos no nos hemos confesado brujas, es únicamente porque no todos hemos sido torturados. Vivimos en tiempos tan difíciles que es peligroso hablar, pero también guardar silencio", escribió Juan Luis Vives.

Los eclesiásticos siguen apegados al principio de cuius regio, eius religio, es decir, la obligación del ciudadano de practicar la religión de su rey. Se acordó para acabar con las terribles guerras de religión entre príncipes luteranos y príncipes católicos. Ahí se pusieron los cimientos de lo que se conoce como la "religión de Estado".

España conoce bien las consecuencias de ese principio, con la imagen aún fresca de los obispos procesionando bajo palio a un caudillo militar que ganó para ellos una incivil guerra de exterminio consagrada por Roma como "cruzada cristiana". De entonces permanece la idea episcopal de que, como todos los españoles son católicos, el Estado debe cargar con el sostenimiento de esa confesión. Lo hace hoy con más de 4.000 millones de euros anuales en sueldos de sacerdotes y obispos y para financiar la ingente red de servicios educativos, sanitarios o de caridad de la Iglesia romana en España.

Pese a todo, los obispos creen que el Gobierno les ignora, maltrata e incluso persigue. Lo llaman "laicismo fundamentalista": el supuesto intento de arrinconarlos en las sacristías o acallar su tradicional vocación de meterse en política. En el fondo, lo que duele a los prelados es que el Ejecutivo y las Cortes legislen con plena autonomía, sin hacer caso a las prédicas o imposiciones de la jerarquía eclesiástica. El último punto de debate es la legislación del aborto, pero antes intentaron parar la regulación de la investigación con células madre con fines terapéuticos. El nacimiento en Sevilla de un niño programado para curar a un hermano -el llamado bebé medicamento- ha sido la batalla más llamativa, en contra del sentimiento general.

El profesor Gimbernat hace este diagnóstico: "En España, la relación pecado-delito ha vuelto a adquirir actualidad con la virulenta oposición de la Iglesia a la proyectada despenalización del aborto en el sentido de la solución del plazo, tal como rige en prácticamente todos los países de la Unión Europea. La equiparación de un óvulo fecundado microscópico o que mide pocos milímetros, sin forma humana ni actividad cerebral, con una persona es consecuente con la doctrina católica de que la finalidad de todo acto sexual es la procreación. Pero para los que no creen en dicha doctrina esa equiparación es simplemente un insulto a la inteligencia. Un legislador pluralista y democrático no puede imponer los dogmas de una determinada confesión religiosa encarcelando a los que no profesan esa fe. ¿Hasta cuándo seguirá la Iglesia católica abusando de nuestra paciencia?".

Sostienen algunos engreídos eclesiásticos que sin religión no puede haber moralidad. Confunden la moral religiosa con la moral política. La primera la hacen los santos, la segunda los ciudadanos. El teólogo moralista Juan Masiá, profesor de bioética en la Universidad Católica Santo Tomás, en Osaka (Japón), lamenta que muchos creyentes tengan esa idea de pecado como delito, y que algunos obispos intenten imponer a la sociedad una idea de delito como pecado.

Juan Masiá señala dos estilos de moral, apoyándose en Bergson: cerrada y abierta, legalista o personalista. Explica: "Quien dice 'no me salto el semáforo [delito] para evitar la multa' y quien dice 'no me voy con la mujer del prójimo porque mi Dios lo prohíbe y me va a castigar' están al mismo nivel de moral cerrada (tanto si son creyentes como si no lo son). En cambio, quien dice 'observo las reglas de tráfico porque, aunque no me coja la policía, es para mí importante evitar accidentes, proteger otras vidas y la mía' y el que dice 'no violo a esa chica porque merece que la respete y me respete a mí mismo' están a nivel de moral abierta. Me parece esto mucho más importante que el que sean o no sean creyentes de alguna religión".

viernes, 24 de abril de 2009

Definiciones


-Venga, vaga, cara a la pared.
-¡Eso es un insulto!
-No es un insulto, es una descripción.
-Es un insulto.
-Como dijo ese genio, Forrest Gump: "Tonto es el que hace tonterías". Yo no habría podido decir mejor. Vago es el que hace el vago.

Cuatro millones de parados


Pero aquí el que más parado está es
Shoemaker en su Zapatería; parado, que no detenido; si alguien pudiera ser considerado como responsable, debería estar ya detenido, que no parado, y aquí nadie es responsable de nada, ergo todos somos responsables. Entre todos nos estamos cargando este país. Yo también soy responsable, tú, él, ella, nosotros, vosotros, ellos. El verbo a conjugar: entusiasmarse. Seguro que algo habrá que merezca entusiasmo, aunque esté fuera de nuestra vergüenza de país.

Filosofía


Si la filosofía tuviera respuestas, no habría Filosofía, y mucho menos Historia de la Filosofía. la Filosofía tiene incertidumbres y angustias, y preguntas muy motivadas y complejas, pero nada más. La ciencia, por el contrario, tiene algunas respuestas, aunque parciales y seguramente equivocadas, aunque eso ya es un avance.
Por eso descreo menos de ella.

Juan Ramón Jiménez reducía en Espacio la poesía a vida, a la sustancia de lo viviente. En el fondo era una especie de orteguiano con más yo que circunstancia y con más certidumbres que inseguridades.

jueves, 23 de abril de 2009

Reseñas

Reseñas de El País:

El tesoro de Sierra Madre, de B. Traven (Acantilado)
Autor enigmático, profesional de la mixtificación de la propia identidad y narrador fuera de lo común, B. Traven (1890?-1969?) regresa a las librerías con la reedición en España de una de sus grandes novelas, El tesoro de Sierra Madre (1935). Ambientada en el México de los años veinte, cuenta la errancia de tres estadounidenses sin blanca que encuentran una mina de oro en la cordillera del título. La disputa por la posesión del tesoro divide a los tres nuevos ricos y muestra poco a poco los devastadores efectos de la codicia. Un pulso narrativo que fascinó a cientos de lectores, como Albert Einstein, que dijo que Traven sería el autor que se llevaría a una isla desierta, o John Huston, que adaptó la novela al cine en 1948 con Humphrey Bogart.

Anatomía de un instante, de Javier Cercas (Mondadori)
Tras abordar la Guerra Civil en el best seller Soldados de Salamina (Tusquets), el novelista Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) regresa a un capítulo crucial de la historia de España, el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. El gesto de Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, los tres únicos que rechazan echarse al suelo ante los tiros de los golpistas que irrumpen en el Congreso de los Diputados, sirve de punto de partida a Cercas para "interpretar" aquel intento de finiquitar la naciente democracia. Mezcla de crónica, ensayo y novela, según Cercas, Anatomía de un instante intenta hacer comprensible aquel capítulo, con especial atención al clima político y social que lo facilitó. Un golpe que, según el autor, no fue nada risible. "Ésa es la trola más grande, de opereta nada, y estuvo a punto de salir bien".
El miedo, de Gabriel Chevalier (Acantilado)
Uno de los relatos menos conocidos sobre la Gran Guerra es El miedo (1930), de Gabriel Chevallier (1895-1969), un alegato descarnado contra la miseria moral de la guerra y una desactivación de la épica de todo conflicto armado. Su antibelicismo es tan convincente que poco después de ser publicada, en 1939, el autor y el editor acordaron suspender la publicación; en tiempos de una guerra inminente, no era lo más adecuado socavar el espíritu patriótico. Enmarcado en el grupo de El fuego, de Henri Barbusse, y Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, Chevallier contribuye a la desmitificación completa de la guerra, lejos de aproximaciones redentoras como la de Ernst Jünger en Tempestades de acero.
El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (Mondadori)
Una nueva traducción a cargo de Miguel Temprano García actualiza el clásico de Joseph Conrad (1857-1924) sobre los excesos del colonialismo en el laberinto ignoto del África negra del siglo XIX. Inspirándose en el régimen brutal del rey Leopoldo II de Bélgica, que expolió los recuros naturales del Congo y masacró a su población, víctima de las atrocidades de los comerciantes de caucho, Conrad traza un descenso a las profundidades del alma y a los límites de la civilización. El volumen incorpora por primera vez los cuadernos de notas Diario del Congo y Cuaderno del río arriba, que escribió el autor durante sus viajes al Congo belga a finales del siglo XIX y que le sirvieron de guía para escribir la novela.
La gran trilogía, de Gregor von Rezzori (Anagrama)
La desaparición de ese exuberante y precario mosaico que fue el Imperio Austrohúngaro sumió para siempre en el desarraigo a sus súbditos. Uno de los mayores cronistas de esa decadencia fue, junto a Joseph Roth, el hombre de letras Gregor von Rezzori (1914-1998), políglota y multidisciplinar, de quien ahora se publica en España La gran trilogía, que comprende el libro de memorias Flores en la nieve y las novelas Un armiño en Chernopol y Memorias de un antisemita. Von Rezzori compone aquí un tríptico sobre la desaparecida identidad mitteleuropea.
BIOGRAFÍA, MEMORIAS E HISTORIA:
Hacia el amanecer, de Michael Greenberg (Seix Barral)
Un día de verano de 1996 la adolescente Sally sufrió un brote psicótico. Su carácter entusiasta fue tragado por un trastorno bipolar que la convirtió en una completa extraña para su propia familia. Su padre, el periodista neoyorquino Michael Greenberg, colaborador de The Times Literary Supplement, tuvo que aprender junto a su esposa a convivir con la enajenación de su hija de 15 años. El relato de esa experiencia, con momentos de rabia, frustración y culpabilidad, lo ha recogido en Hacia el amanecer, una cruda aproximación a la tragedia de la alienación de un ser querido. Lo que sitúa su testimonio por encima de otras morias, según The New York Times, "es el sincero pesimismo de Greenberg, su humor negro y su incapacidad fundamental para darle sentido al sufrimiento de su hija, y mucho menos para extraer una lección optimista". La propia Sally, que vive en Vermont y recibe tratamiento médico, se sorprendió al leer el libro: "Me sentí como si leyera la vida de otra persona, una chica de 15 años que había estado en el infierno y que era la única que no lo sabía".
Juan Belmonte, matador de toros, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide)
Considerada la mejor biografía de las letras españolas, narra la vida del torero sevillano Juan Belmonte, fundador del toreo moderno y personalidad magnética. El periodista Manuel Chaves Nogales (1897-1944), uno de los grandes reporteros españoles del siglo XX, entrevistó al diestro y escribió su vida, desde sus infancia de pícaro callejero en las calles del casco antiguo de Sevilla y lo acompaña hasta la consagración y sus duelos con Joselito. Compañero de generación de Josep Pla, Gaziel, Julio Camba y Eugeni Xammar, entre otros, Chaves Nogales logra un retrato de una vivacidad asombrosa con una estricta concisión lingüística. Su Belmonte trasciende el alcance del biografiado como gran renovador de la tauromaquia y se encarna en una personalidad de una fuerza considerable, protagonista de una estampa exuberante de la España de princpios del siglo XX.
Diario, de Hélène Berr (Anagrama)
Tras sesenta años olvidado en lo alto de un armario, por fin en 2008 llegó a las librerías francesas el diario de Hélène Berr, una joven burguesa judía que, como tantos compatriotas, sufrió la ocupación de París por las tropas nazis entre 1942 y 1944. Berr recoge en su Diario, dirigido a su prometido, Jean Morawiecki, numerosas escenas de exclusión social en el transporte público, detenciones irregulares, humillaciones y saqueos pepetrados por las autoridades colaboracionistas. El testimonio de Berr llega a España tras vender 100.000 ejemplares en Francia, donde ya han comparado su experiencia con la de la holandesa Ana Frank, con la que compartió destino. Ambas murieron en Bergen-Belsen, en Alemania, pocos días antes de que los aliados liberaran el campo de concentración. La última anotación, del 15 de febrero de 1944, es una cita de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad: "¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!".
El honor de la República, de Ángel Viñas (Crítica)
Reuniendo un gran volumen de datos recientemente desclasificados en archivos de de varios país , el historiador Ángel Viñas (Madrid, 1941) arroja nueva luz sobre la Guerra Civil en El honor de la República. Desmonta leyendas como la de que el golpe de Estado del bando nacional se llevó a cabo para evitar una revolución comunista y demuestra que el Gobierno republicano no sólo tuvo que luchar contra los golpistas sino también contra Alemania e Italia, que intervinieron desde el principio del conflicto. Este volumen cierra la trilogía de la Guerra Civil iniciada con La soledad de la República y El escudo de la República.
Diario de Berlín, de William Shirer (Debate)
Corresponsal de la CBS en Berlín (fue colega de Ed Murrow, el protagonista de Buenas noches y buena suerte) durante el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el historiador y reportero William Shirer (1904-1993) vivió la escalada del terror del Tercer Reich. Casi clandestinamente escribió un diario en el que anotaba el avance desbocado de la brutalidad nazi. Por fin, en 1941, consiguió huir de Alemania y publicar su testimonio en Estados Unidos para que todo el mundo supiera lo que acontecía en el corazón de Europa. Fue una documentación insustituible que le sirvió para escribir su mayor obra, Ascensión y caída del Tercer Reich (1960).
ENSAYO:
¿Por qué creemos en cosas raras?, de Michael Shermer (Alba)
Abundan cada vez más los supuestos argumentos científicos que se emplean para demostrar las ideas más peregrinas. Se usan documentos para probar que la Tierra fue creada tal y como narra la Biblia, o que el Holocausto nunca existió y se recurre a la física cuántica para demostrar la existencia de Dios. Contra todo este uso fraudulento de la ciencia se enfrenta Michael Schermer (Glendale, California, EE UU, 1954), doctor en Historia de la Ciencia, en Por qué creemos en cosas raras, un clásico de la divulgación científica que arremete contra toda pseudociencia. Armado con un escepticismo siempre alerta, Schermer desgrana desde las trampas del pensamiento "que pueden llevar a cualquiera a creer en cosas raras" hasta las incongruencias del creacionismo o la insostenibilidad del negacionismo. "Un hombre sabio adecua su verdad a la prueba", escribe Schermer, citando a Hume. Y concluye: "Es imposible encontrar mejor lema para el escepticismo".
Yo soy un extraño bucle, de Douglas R. Hofstadter (Tusquets)
Armado con las herramientas de la ciencia cognitiva, el físico y matemático Douglas R. Hofstadter (Nueva York, 1945) salta al abordaje de la consciencia con la intención de describir cómo surge el yo a partir de un conjunto de neuronas, sangre y huesos. Tras un primer, ambicioso y complejo asedio al yo en el monumental ensayo Gödel, Escher, Bach (1979), donde combinaba la filosofía y la neurociencia con las citas a los dibujos de Escher y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, Hofstadter regresa para intentar acotar esa esquiva sustancia autorreferencial que es el yo.
Pensamientos, de Joseph Joubert (Península)
Pocos asuntos escapan a la consideración de Joseph Joubert (1754-1824)), pensador y gran aforista francés cuyas máximas se recogen en el volumen Pensamientos, un vademécum de cápsulas sobre relaciones humanas, política, historia, literatura, el amor y la muerte, y tantos otras cuestiones de calado humano. Esta nueva edición reúne en una traducción unitaria la obra joubertiana que se econtraba dispersa y descuidada. Miembro de esa alineación de ensayistas que parte de Montaigne, en el siglo XVI, y continúa con Pascal, La Bruyère y La Rochefoucauld y Chateaubriand, entre otros. Dueño de un estilo su pensamiento se sitúa en los cimientos del mundo moderno. "Quisiera que los pensamientos se sucedieran en un libro como los astros en el cielo, con orden, con armonía, pero fácilmente y a intervalos, sin tocarse, sin confundirse; y no obstante no sin seguirse, sin concordar, sin combinarse", escribe Joubert. "Sí, quisiera que fluyesen sin agarrarse y sujetarse, de modo que cada uno de ellos pudiera subsistir independiente. Nada de cohesión demasiado estricta; pero nada tampoco de incoherencias: la más leve es monstruosa".
Josep Pla y el viejo periodismo, de Xavier Pericay (Destino)
Nostálgico del viejo periodismo, ese que "nunca vivió preocupado, ni poco ni mucho, por las fronteras entre ficción y no ficción", el columnista Xavier Pericay (Barcelona, 1956) evoca una época dorada del periodismo español, la de los años veinte, a través de la figura de Josep Pla, quizá el mayor prosista de las letras catalanas del siglo XX. Pericay se remonta al periodo en el que Pla se inicia en el periodismo, es decir, desde el verano de 1919 cuando comienza a escribir en Las Noticias, hasta la primavera de 1922, cuando cubre la Conferencia Internacional de Génova. "Mi oficio ha sido el periodismo", escribió Pla en Notas para Sílvia, "Era un oficio que le llevaba a uno a hablar con la gente, a leer y a escribir. Es lo que he hecho toda mi vida". Se trata de un viaje al tiempo en el que vivió una alineación periodística impresionante: Julio Camba, Gaziel, Eugeni Xammar, Corpus Barga y Manuel Chaves Nogales entre otros. Un canto al periodismo del "compromiso con la información, que es como decir con la verdad".
POESÍA:
Ánima mía, de Carlos Marzal (Tusquets)
Reconocido como una de las voces más vigorosas de la poesía española actual, Carlos Marzal (Valencia, 1961) recrea en Ánima mía un mundo atravesado por la celebración de la existencia y circundado por la conciencia de la desazón. Premio Nacional de la Crítica en 2002 por Metales pesados, Marzal alterna aquí los tonos elegíacos y melancólicos, entre otros, en un poemario múltiple sobre las facetas del alma y la redención de la escritura.
Sonetos, de William Shakespeare (Galaxia Gutenberg)
Cuando se cumple el cuarto centenario de la publicación de los Sonetos, de William Shakespeare (1564-1616), el traductor Andrés Ehrenhaus ha vertido sus versos de nuevo al español con la intención de aproximarse al máximo a la forma poética original. En sus 154 sonetos, el dramaturgo reflexiona sobre el amor y la belleza, con unos versos de un ambiguo erotismo soterrado (el destinatario es a veces un hombre y otras, una mujer), sin dejar las alusiones a la política ni las meditaciones sobre la mortalidad. El volumen se presenta en edición bilingüe, junto al poema "relegado" Lamento de una amante.
MÚSICA:
La música es mi amante. Memorias de Duke Ellington, de Edward Kennedy Ellington (Global Rhythm)
Quizá nunca le gustaran demasiado las confesiones, pero cuando se puso a ello, Duke Ellington se lo tomó en serio. Considerado una de las figuras más influyentes de la historia del jazz (o american music, como él prefería llamarla), el pianista y compositor nacido Edward Kennedy Ellington (1899-1974) echa la vista atrás sin cortapisas en estas sustanciosas memorias. En ellas se abre con una perspectiva crepuscular para recordar la etapa más popular del jazz, durante la que Ellington emergió junto a su orquesta como un creador de referencia. El pianista hilvana recuerdos y anécdotas por los que circulan algunos gigantes de la música del siglo XX, desde Frank Sinatra a Miles Davis, pasando por Ella Fitzgerald, John Coltrane y Charli Parker.
CÓMIC:
Breakdowns, de Art Spiegelman (Mondadori)
Antes de que Maus le lanzara al Olimpo del cómic (su retrato del Holocausto le valió el Premio Pulitzer, el único concedido a un historietista), Art Spiegelman (Estocolmo, 1948) fue un dibujante underground inmerso en la exuberancia creativa de los años setenta. Aquellos años de entrada vacilante en el noveno arte los recogió en el volumen Breakdowns (1978), recién reeditado en EE UU y que ahora se publica en España. Incluye 12 páginas nuevas en las que narra el nacimiento de su pasión por el arte secuencial. En conjunto, se trata de una especie de confesión de uno de los artistas que, como Will Eisner y Alan Moore, ha ensanchado los límites expresivos del cómic.
Las calles de arena, de Paco Roca (Astiberri)
En una ciudad que mezcla el tono de pesadilla de Kafka, el gusto por las paradojas de Borges y la inversión lógica de Lewis Carroll es donde ha situado el historietista Paco Roca (Valencia, 1969) su nueva historia, Las calles de arena. Tras recibir el Premio Nacional del Cómic 2008 por su retrato del Alzhéimer en Arrugas, Roca se mete de lleno en un relato fantástico protagonizado por un elenco de seres fantásticos, como un vagabundo que roba identidades, un tipo que duerme en un ataúd con la intención de morirse y un científico que clona mujeres iguales a un amor perdido con el ánimo de que le quieran. Todos parecen encerrados en una urbe laberíntica.

lunes, 20 de abril de 2009

Del blog de Rafael Robles, Enseñanza pública y privada

En España las familias con dinero suelen mandar a sus hijos a estudiar a centros privados. Por el contrario en la República Checa, aquellos que no pueden acceder a la educación pública por carecer de “méritos intelectuales” deberán asistir a la privada. Ambos casos fomentan el elitismo pero de signo contrario: el de España es el elitismo que da el dinero heredado, mientras que el de Chequia es el elitismo de la inteligencia y del esfuerzo. Grosso modo podríamos decir que España es una “ plutocracia educativa” mientras que Chequia más bien parece una “ meritocracia“.

En España se favorece que se reproduzcan las estructuras heredadas de poder mientras que en Chequia se intenta que todo el que se esfuerce, incluidos los que cuentan con menos recursos económicos, disfruten de la mejor educación posible para favorecer el ascenso social. Eso sí, quieren disfrutar de la educación pero, ante todo, de las compañías: las familias, tanto en un país como en otro, no buscan a los mejores profesores sino a los compañeros y amigos apropiados para sus hijos. Perdonen la generalización: quienes controlarán las estructuras del poder en las décadas venideras están ahora en la privada española y en la pública checa.

En mi país el hijo del obrero que se esfuerza, trabaja y estudia suele tener la misma recompensa que el hijo de familia acomodada que no da palo al agua. En Chequia a estos últimos se les invita a irse a un privado para que los que quieren estudiar lo hagan gratuitamente y con las mejores prestaciones sin suponer un lastre para las arcas del Estado.

Creo que la República Checa mantiene mejor el principio de “igualdad de oportunidades” mientras que en España con el “todos somos iguales” quizá estemos condenando de por vida a su estrato social a quien bien podría ascender si el sistema fuera más justo. Los utópicos hacen un flaco favor a los sujetos de sus utopías.

domingo, 19 de abril de 2009

El resveratrol


La fitoalexina resveratrol, único activador de sirtuinas que se conoce, presente en nueces y vino tinto, es todo un hallazgo en nutrición. Retrasa el envejecimiento celular y los efectos a él asociados y sus efectos saludables y preventivos han sido demostrados hasta la saciedad, al contrario que otros fármacos que son sólo fruto del márketing. Por desgracia se sirve en cápsulas muy caras, comercializadas por el CSIC con el nombre de Revídox, a setenta euros sesenta unidades.

Más cine, Señales del futuro, de Alex Proyas


He ido a ver, avisado por mi avisada hija, Ana Isabel, que me parece un clon mejorado de mí mismo, Señales del futuro, (Knowing, 2009) dirigida por Alex Proyas, el director de Yo robot, El cuervo o
Dark City. El resultado es apabullante. El talento del director no se diluye entre tanto dinero como maneja -se han gastado mucho y se nota-, lo que suele ser el peligro habitual de las superproducciones de Hollywood, aunque uno echa algo de menos un guion menos conciso que desarrollara una idea excelente como esta, o una estructura más asimétrica. Si su propósito era inquietar, lo logra. Es una película triste, deprimente, porque lo que se va asomando poco a poco de la espesura y de las enigmáticas imágenes, aparte del sentido de la vida humana, es nada más y nada menos que el fin del mundo, científicamente -y eso es lo aterrador- no poco plausible, en el "infierno" desatado por una erupción solar, aunque la poética y terrible consideración de la existencia de esos tremendos ángeles es un elemento poco realista -pese a la iconografía poco amiga de fantaseamientos desmesurados- y, sobre todo el final cae no poco deslucido y, como dice el crítico de El País Jordi Costa, "huele a negociación entre los nubarrones anímicos del cineasta y los rostros lívidos de los ejecutivos del estudio". Así, por ejemplo, para favorecer a la gran masa de imbéciles conspiranoicos -palabrita estereotipo semántico-pragmático que ha forjado la sociedad de hoy- que nos flagela. Impactantes imágenes son las del bosque con los animales en llamas, las de las catástrofe aérea y la del metro, y la música tan bien escogida de Mahler, que sorprende al principio, al final le viene como anillo al dedo cuando te enteras ya de qué va la cosa.

La interpretación iconológica de algunas imágenes de la película es muy rica; por ejemplo, las posturas de espaldas de los ángeles, o la ventana circular a la que se asoma el niño. No me extenderé en ello: os dejo a vosotros la interpretación. Algunas insuficiencias: apenas se ha esbozado un discurso confrontativo de ciencia y religión y no se trata la descomposición social en el final.

Deprimente, pero no hay que perdérsela.

jueves, 16 de abril de 2009

Hice una simple pregunta

Quería saber si estaba solo o no, si sólo a mí me da por pensar estas cosas, si hay algo de sentido histórico en la gente. Así que me armé de valor, y entrecomillándolo, para que buscara la frase entera, busqué en Internet las ocurrencias de la siguiente pregunta que le hice (Internet es el nuevo Oráculo de Delfos): ¿Para qué ha servido el defensor del pueblo?

Sólo una ocurrencia, y es en Buenos Aires. Nada: ni positivo, ni negativo: nada.

Desolador.

Sacad las consecuencias que queráis, si es que sois gente que extrae consecuencias.

El camino no elegido

El hermoso y triste poema de Robert Frost tiene ecos de Dante (los dos versos del final de la segunda estrofa: "Ma per trattar del ben ch'i' vi trovai, / dirò de l'altre cose ch'i' v'ho scorte") y uno evoca piezas parecidas de Antonio Machado y otros. "De aquí a la eternidad" es un verso que dio título a la novela clásica norteamericana.
The Road Not Taken

Robert Frost.

Two roads diverged in a yellow wood,
And sorry I could not travel both
And be one traveler, long I stood
And looked down one as far as I could
To where it bent in the undergrowth.

Then took the other, as just as fair,
And having perhaps the better claim,
Because it was grassy and wanted wear;
Though as for that the passing there
Had worn them really about the same.

And both that morning equally lay
In leaves no step had trodden black.
Oh, I kept the first for another day!
Yet knowing how way leads on to way,

I doubted if I should ever come back.
I shall be telling this with a sigh
Somewhere ages and ages hence:
Two roads diverged in a wood, and I--
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference.


El camino no elegido, de Robert Frost


Dos caminos divergían en un bosque amarillo,
y, triste por no poder tomar ambos,
siendo un solo viajero, largo tiempo estuve en pie
mirando uno de ellos tan lejos como pude,
hasta donde en la espesura se perdía.

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
y quizá habiendo tomado la opción acertada,
pues tupido era y requería paso,
aunque en cuanto a lo que allí vi
hubiera elegido de los dos cualquiera.

Y ambos esa mañana yacían a la par,
¡Oh, había guardado aquel otro para un otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas van para adelante,
dudé si debía haber vuelto sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspirar
de aquí a la eternidad:
dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
yo, tomé el menos transitado,
y eso hizo toda la diferencia
.

miércoles, 15 de abril de 2009

Correspondencia

  1. Me invitan -qué joya de cartoncito- a una velada poética en el surrealista entorno del Palacio de la Serna, donde proferirán poemas de Juliá y de Galanes. No quiero, no puedo ir, pese al marco incomparable y el cartoncito; todavía recuerdo la última vez.
  2. Me invitan a la presentación de la biografía de Anselmo Lorenzo, un escritor interesantísimo del XIX manchego, del que hablo extensamente en mi Historia de la literatura manchega del XIX. Rafael Villena Espinosa es el autor. Quiero ir, pero como el acto es en Madrid, no me compensa ni coincide; leeré el libro.
  3. Desde Bangkok me escribe un profesor pidiéndome autorización para incluir un enlace a mi página de retórica. Pues claro, hombre, por qué no.
  4. Me escriben diciendo que ha cambiado la dirección de la revista Trienio; ahora la dirige Gil Novales, la subdirige Lluis Roura y la secretaria es Marta Jiménez, a quien conocí en el homenaje a Gil Novales en Madrid. Enhorabuena; ya les enviaré otro artículo.
  5. Desde Autopsia me pide Alberto Muñoz Arenas un cuento para el siguiente número. Qué más quisiera yo que poder escribir con pie forzado. Veré si puedo hacer algo.
  6. Me escribe un doctorando de Aragón para ingresar en STYLUS; le he he dado paso.
  7. Me felicita un listero de STYLUS por haber encontrado el enlace perdido del portal Estudios Literarios de Serrano. Yo ya la daba por perdida, pero conseguí encontrarla en un vericueto de la red.
  8. Desde Guatemala Jorge Luján me pide un artículo para la revista de la Academia de Historia de Guatemala. Ando con mucho retraso y debería entregárselo ya. Espero poderlo hacer; tengo tantos trabajos medio hechos que ya la verdad es que envío a tomar pol culo a todos. ¿Para qué? ¿Me van a aumentar el suelo por eso? ¿Me van a alabar siquiera? Digo a eso lo que Plinio el Joven, en estos tiempos postquam desiimus facere laudanda, laudare quoque ineptum putamus.
  9. Me escriben de la Diputación para que les entregue el original del Teatro de Félix Mejía.
  10. Matías Barchino me envía su edición crítica de los Trabajos de Diego Galán, natural de Consuegra, un manuscrito biográfico de un español que cayó en poder de los berberiscos y terminó en Constantinopla; es una magnífica edición; el manuscrito conoció dos redacciones y posee un interés sobre todo costumbrista; el autor, aunque logró escapar, no era un aventurero como Alonso de Contreras o el capitán Estrada.
  11. La actriz mexicana Renata Villoro me agradece amablemente que le haya remitido al Teatro de la Sensación su dirección de correo para que reciba su Boletín electrónico. Ahora está interesada en teatro; tiene una hija preciosa y su madre es una profesora de filosofía de la UNAM especializada en Wittgenstein; la conocí en casa de Raúl Morodo. Veré si puedo conseguir del exembajador que movilice a sus amistades mexicanas para que me consiga una fotocopia de un documento sobre Félix Mejía que hay en los archivos de la Embajada de España en México, de cuando anduvo en Tabasco allá durante la cortísima guerra de secesión de Yucatán.
  12. Jesús Alfonso Cárdenas Páez me escribe de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá en Colombia para ingresar en la lista STYLUS; por supuesto que le doy entrada, menudo currículum tiene. Ha escrito, por ejemplo, Elementos para una pedagogía de la Literatura. Bogotá, Universidad Pedagógica Nacional, 2004.
  13. El hispanista Tobías Kraft me escribe desde Postdam agradeciéndome unos datos sobre José de Aguilar que me pidió; él en realidad estaba buscando a un homónimo que menciona en sus libro de viajes sobre Cuba Alexander von Humboldt; están haciendo en su Universidad una revisión detallada que estamos haciendo del Ensayo político sobre la isla de Cuba del autor germano y allí se menciona, junto a Don Joaquin Vigil de Quiñones (que también desconoce) a un Don José de Aguilar que pudiera ser el escritor ciudarrealeño o no.
  14. Mi hermano Juan José, el ingeniero de Teleco, me escribe con motivo de la inacabable cuestión de la torpeza administrativa a la hora de elaborar el catastro y los papeleos que hay que mover para dejar las cosas en su sitio y que se enteren de que mi padre murió. Han puesto su finca donde no estaba y le hacen pagar un impuesto hasta por la tumba que ocupa. Qué gente.
  15. Jaime Galbarro me escribe diciendo lo siguiente: "Estimado Ángel Romera: Llevo ya tiempo inscrito en la lista de correos STYLUS y quería escribirle simplemente para felicitarle por su trabajo en la lista y en la red (con webs tan útiles como la de http://retorica.librodenotas.com/). Los correos que habitualmente envía con información de digitalizaciones y demás cuestiones filológicas me resultan con frecuencia especialmente útiles e interesantes para mis investigaciones como doctorando. Aprovecho la ocasión para hacerle llegar una información por si la considera oportuna para su lista." Lo pongo aquí porque este tipo de felicitaciones molestan mucho a quienes no las dan y envío un mensaje agradeciendo el cumplido. Debe ser persona interesante y me gustaría conocerlo en persona.
  16. El historiador Adolfo García me escribe desde el Instituto del Patrimonio Cultural de España del Ministerio de Cultura, en Madrid. "Hace unos meses nos llegó para restaurar un libro firmado por Carlos Lebrun y gracias a su investigación descubrimos que en realidad era Félix Mejía". ahora bien ¡existió realmente Charles Lebrun? ¿Puede darnos alguna información?" Y le tengo que contestar, porque por su amabilidad lo merece, desde luego.
Y ciento y la madre así. ¿Por qué un modesto profesor tiene que atender esta avalancha de correspondencia? ¿Por qué no puede corregir exámenes simplemente y ya está? Eso sí, cientos de licencias por estudios para hacer el idiota y no para escribir libros.

El trabajo que uno hace


El trabajo escolar lo veo todas las mañanas imposible; Sísifo no tendría menos esperanzas al pie de la cima de Borges:

Dame, señor, coraje y alegría
para escalar la cumbre de este día.

Pero el caso es que uno sale de la faena sin cornadas, a salvo, gracias a la experiencia, a la profesionalidad, a todo lo que ha hecho, hace y va a hacer. Esquiva los peligros, desvía los cañonazos, rechaza los golpes, y se apunta algunas dianas. Es decir: consigue unos modestos resultados, realiza su humilde siembra de conocimiento, que algunos, pocos, aprovecharán y otros no. Más no puede hacer más que lo que hace, porque no le dejan hacer más que lo que hace. "Y eso constituye toda la diferencia", que dijo Robert Frost.

Publicidad

Dice Shoemaker que ahora la TV pública no tendrá publicidad. Tengo algo que la publicidad no desea, memoria: sé que fueron sus amigos (Calviño y compañeros mártires) los que hicieron quebrar la TV pública, y sus antecesores, de otro signo, pero también políticos desinteresados -del gasto del dinero de todos, se entiende- los que la transformaron en una cueva de Alí Babá. Por lo demás o por lo demenos, no sé qué crédito merece alguien que, como Shoemaker, trabaja en una agencia de publicidad llamada PSOE, competidora de otra llamada PP, a las que sólo les importa vender la marca del producto más que su calidad. Por otra parte, Shoemaker, un original, lo único que ha hecho es plagiar la idea del fachendoso Sarkozy, otro original que ha copiado la idea de Los Verdes de financiar con un impuesto publicitario la TV pública, tal comentaba yo en otro post. ¡Ladronzuelos sin ideas! Pero claro, todo esto no saldrá en la letra pequeña de la gorda decisión y los orondos titulares: "TVE sin anuncios". ¡Si eso mismo es publicidad! Pero pública, del gobierno, no privada... El día que haya teatro a las diez de la noche y no las estupideces y baratijas que suelen "echar" -el verbo es adecuado a todo lo tirado por los suelos o vomitado-, las dos cadenas de váter público podrán tener alguna dignidad y podremos, todos, limpiarnos el culo como Dios manda y dejar limpios y aseados los servicios (públicos).