sábado, 26 de junio de 2010

Tras la muerte

El neurólogo estadounidense David Eagleman deja a un lado la ciencia y la racionalidad para imaginar qué será de nosotros una vez pasados a la otra vida. Lo hace con un libro, 'Sum' (Espasa), que marca su debut como escritor de ficción y que en Estados Unidos se ha convertido ya en un éxito. Un ejercicio de fantasía y creatividad en varios cuentos con los que invita a imaginar 40 mundos posibles tras la muerte. Ahí van cinco de ellos:

El resumen de tu vida te espera

Al morir no hay paraíso ni infierno. Una vez al 'otro lado' revives todas tus experiencias, con la diferencia que "los acontecimientos siguen otro orden: están agrupados por actividades". Prepárate entonces para afrontar 35 años durmiendo de un tirón, 200 días bajo el agua de la ducha, meses enfrente de la tele, dos años de aburrimiento o tres comiendo. Eso, y una media de siete meses de sexo.

Dios es 'old school'

Llegas a la otra vida y te enfrentas a una cola que no avanza, preguntas por información y la empleada contesta de forma impertinente. El Paraíso resulta ser muy parecido a una oficina, dominada más por la burocracia que por justicia divina. Te preguntas donde esté Dios y descubres que se ha jubilado desde hace tiempo: ni siquiera sabía usar el ordenador. ¿Quién está al mando entonces? Los ángeles, quienes se reunieron en comité para quitarle el oficio a Dios y hacerse con la gestión de todo. Tristemente han aprendido de los humanos y eso es la causa de muchas meteduras de patas y errores burocráticos...

Muerte 'estilo Amenábar'

Como resultado de una sociedad tecnológica y capitalista, el hombre es por fin dueño de su 'otra vida' y puede elegir como será. Por un precio razonable puedes "descargarte tu conciencia a un ordenador y vivir para siempre en el mundo virtual" de tus sueños. Decides cuándo morir y los técnicos de la empresa se encargan de recrear, en secuencias de cero y uno, la estructura de tu celebro. Solo hay una duda: ¿Y si el sistema no funcionara?

El Paraíso existe... pero le falta algo

"El cielo era aproximadamente como la gente decía que sería: vastos jardines repletos de flora y fauna, ángeles con arpas, el clima de San Diego. Pero al llegar por primera vez, te sorprendió descubrir que todo se encontraba en mal estado". La ausencia de Dios es la causa de todo esto. Los ángeles, que viven como vagabundos, te ofrecen una cancioncilla tocada con sus viejas arpas a cambio de una limosna.

Hay quien dice que Dios se ha ido y otros que creen que se ha vuelto loco y ya no le interesa su creación. Lo que encuentras al morir es más parecido a la realidad de la cual vienes: un mundo de peleas, guerras, contradicciones y desesperación. Hasta los ángeles dudan que Dios haya existido alguna vez...

Un resultado inesperado

¿Y si Dios existiera y, sin embargo, nosotros fuéramos el resultado de la evolución? En el cuento 'Semillas', el autor se imagina un Dios que jugando con las partículas se enfrenta a la vida y crea el ser humano por casualidad. Se trata de su creación favorita. Inicialmente sorprenderlo es fácil: es suficiente con un tornado o con un terremoto para contar con su ciega veneración, pero pasan los siglos y la evolución de esta criatura le lleva a sustituir la fe por la ciencia. ¿Y si descubriera el 'engaño'?

viernes, 25 de junio de 2010

El futbolín

Panem et circenses, pan y circo, que dijo un español, Marcial, cristianos ronaldos y leones para que se los coman. España se juega en un yermo circo romano de dolor, como dijo Morrison, al futbolín o balonpiecito un poco de su dignidad de nación hecha añicos por el toro de Osborne. En mis tiempos yo jugaba al futbolín de forma violenta, expeditiva, cabroncetona; el desahogo de un joven brutozoide en los locales de la OJE, un aglomerativo que los muchachos de hoy nunca conocerán, envueltos como están en sus juegos de ordenador y sus maravillosas recreaciones virtuales de universos para-lelos e inexistentes. Cada joven habita hoy en un uni-verso paralelo, sin conexión de grupo visible, como bien apercibió un famoso y censurado informe sobre España de un sociólogo y sindicalista norteamericano del que ya no me acuerdo. Por entonces había futbolas hasta en los billares y reecreativos, a más de pinballs o petacos, con sus flippers, bumpers, dientes, ñapas y blackglasses; los coleccionistas enamorados de esos tiempos aún buscan como posesos una maquinita llamada Medieval madness.

Observo la grotesca realidad de mis vecinos y semejantes, muchos de ellos embrutecidos por la televisión, el paro, los bancos y el gobierno, auténticos verduleros hartos y harto encolerizados, por no usar una palabra más soez. ¿Soy también un verdulero? ¿Debo serlo? ¿Debo dejarme insultar por ellos? (Porque insultan, y no poco; los modales y la compostura es hogaño/ahora algo gazmoño, palabra que ha desaparecido del diccionario del hoy) Si tengo que juzgar por lo que Unamuno llamaba intrahistoria pareciera que el país entero se hallara a punto de explotar, fuera a reventar de una indigestión de mala leche como si le hubiera atacado la Estrella de la muerte de Darth Vader; por si poca fuera esta fiebre/liebre, el chorreoso calor del verano no ayuda, porque dilata el metal con que se hacen las bajas pasiones, no menos que la sensación de estafa que muchos sienten respecto a este porculizante gobierno y su presunta y vagobunda oposición. Que más da Sagasta que Cánovas. Yo hace tiempo que no voto, porque profeso un cierto altermundismo, pero amigos como somos de parcialidades y de ideologías más que de éticas, los españoles iremos a votar como corderitos a pesar de que la sociedad pseudodemocrática sea hoy mismo una impostura, una manipulación, una mentira y, sobre todo, el negocio de algunos. No votéis, amigos. En todo caso, vayamos a ver o a jugar al futbolín, unidos todos para concelebrar en el bar, comulgando cerveza o rezando el rosario de las pelotas, una cuenta por cada ilusión malgastada, un misterio por cada salida de nuestro Casillas. Es lo menos malo que uno puede hacer.

O pasear por las venas vacías de las calles y leer a Leopardi
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La polémica sobre los buenos y los malos

De nuevo se arma un lío en la prensa sobre la Guerra Civil. Creo que el problema está en cómo se refunden y enmarañan, a gusto del cocinero, los argumentos éticos con los políticos y con los históricos, incluso con los literarios, añadiría, ya que muchos se ponen a imaginar cómo sería un futuro alternativo. Incluso el gran editor de Azaña que es Santos Juliá cae en esas simplezas, desde la altura que le dan sus libros sobre el tema, dándose un sonoro coscorrón. El más cercano a la legitimidad, que es algo más deseable y puro que la verdad, es, a mi parecer, que creo vulgar, común, corriente y moliente, Javier Cercas, porque no se atreve a formular sentencias de connaisseur. Sencillamente la guerra estuvo mal y rematadamente mal, y lo que es bueno dentro de lo malo, aún pudo ser peor. Fueron los más malos los que la declararon, inocentes los que la sufrieron, perversos los que la hicieron durar (por la derecha y por la izquierda) y absolutamente siniestros los que no se diferenciaron del enemigo (que es siempre el dolor) en cometer crueldades, pasando de personas a ideólogos y de gente común a verdugos de sus iguales, a los que dieron la cara de otros. Una persona es todos, es su ética, no su ideología, y matar no es ético se mire como se mire. Lo decía Sting: nadie posee el monopolio del sentido común. Las cuestiones ideológicas han de dirimirse con las palabras, no con la sangre; y el futuro que nazca de esas cosas es el único futuro, el que debe ser; todo otro futuro es una mierda, incluido la dictadura del proletariado o la de Franco. Se superpone sobre quienes han aportado materiales a esta polémica una idea muy propia del nihilismo de nuestra época, la de que no hay bien ni mal y que, adopte el ser humano la posición que adopte en esta sociedad de masas, el resultado siempre será el de un ciego determinismo histórico. No es así: existe un valor primario, ingénito en el hombre, del que nacen todos los demás, del que nace la misma legitimidad, que es el del consenso y la justicia: dar a cada uno lo suyo y nada más. Y nadie puede tomarse por su cuenta más de lo que le ha sido concedido, ni siquiera Azaña, cuando decía en La velada de Benicarló aquello tan ben trovato de la inutilidad esencial de la Guerra Civil, la propia de toda guerra: no solucionar ningún problema y agravar no sólo el que la suscita, sino todos los demás. ¿Dejaron de existir las dos Españas porque hubiera una guerra o realmente dejaron de ser teoría para bajar a la práctica y nacer entonces? ¿Existió, ha existido, existe, existirá de verdad el mito periodístico de la tan cacareada reconciliación? ¿La creación de una de las clases medias más mediocres de Europa, obra de cuarenta años de no guerra, oportunismo y codicia explotadora, impedirá de nuevo que se enfrenten el tener y el no tener, los pocos armados hasta los dientes, que no son tan pocos como parecen, con los muchos provistos de piedras y palos, que no son tantos como pudiera parecer? Esto se tendría que resolver con un nuevo consenso, porque es evidente que una Constitución como la nuestra no da para más. Y cuanto más se tarde en proponerlo, en aceptarlo, en llegar a él, en alcanzarlo, cuanto menos se hable de ello, peor irán las cosas.

Santos Juliá entra en la polemica

Santos Juliá, "Duelo por la República Española" El País, 25/06/2010

Las matanzas en el bando antifranquista durante la Guerra Civil no fueron de los republicanos, sino de los partidarios de una revolución social que, de haber triunfado, también hubiera supuesto el fin de la República

En la noche del 22 al 23 de agosto de 1936, Manuel Azaña y su amigo y abogado Ángel Ossorio mantuvieron una larga y dramática conversación en el Palacio Nacional. Habían llegado a Palacio las noticias de las atrocidades cometidas por milicianos en el asalto a la cárcel Modelo de Madrid, donde fueron abatidos o fusilados varias decenas de presos, entre otros Melquíades Álvarez, antiguo jefe político de Azaña en el Partido Reformista. Azaña no puede soportar el duelo inmenso por la República, la insondable tristeza que le produce la matanza y siente veleidades de dimisión. Ossorio, que ha sido llamado por Cipriano de Rivas, cuñado del presidente, intenta tranquilizarlo recurriendo a un argumento que irrita a su amigo, pero que acaba por calmar su ansiedad: las muertes de aquellas personas, muchas de ellas encarceladas con el único propósito de garantizar su seguridad, entraban en la "lógica de la historia".

Esa conversación, que Azaña reproducirá en su diario y en La velada en Benicarló, condensa como ninguna otra el drama político y de conciencia vivido por un puñado de republicanos -y por algunos socialistas- ante la enormidad de los crímenes cometidos en los territorios que habían quedado bajo autoridad nominal del Gobierno legítimo. Lo vivían, ese drama, quienes, sabiendo de los crímenes y sintiendo repugnancia por tanta sangre derramada, decidieron mantenerse leales a la República. No se lo plantearon los que mataban, que consideraban la muerte de los representantes del viejo orden social como una exigencia de la revolución; tampoco quienes, sin matar, los justificaban por alguna necesidad histórica o porque antes de la revolución fue la rebelión, como el católico y jurista Ossorio; ni, en fin, quienes apoyándose en su comisión se apresuraron a poner tierra por medio para refugiarse en una tercera España que se pretendía neutral y se constituía, en París, como reserva de futuro.

De modo que el debate sobre la naturaleza y alcance de los crímenes cometidos en territorio de la República como consecuencia inmediata de la rebelión militar es tan viejo como aquellas semanas de julio y ha suscitado no solo apasionados enfrentamientos, sino grandes obras literarias, como el paseo por Madrid del profesor particular de filosofía Hamlet García, un álter ego de Paulino Masip; o la atormentada angustia de un joven juez durante los Días de llamas, de Juan Iturralde; o los cortos, magistrales, relatos de Manuel Chaves Nogales. Tal vez si nos situáramos en esa larga y honda corriente y abandonáramos la vana pretensión de decir algo grande y definitivo -esa "puñetera verdad" a la que se refiere Javier Cercas- que no se haya dicho ya mil veces sobre nuestro horrible pasado, evocaríamos los crímenes entonces cometidos en zona republicana como una tragedia por la que todos tendríamos que hacer duelo. Porque el duelo del que hablaba Azaña obedecía a la evidencia -insoportable para quienes esperaron algún día que la República significara el amanecer de un nuevo tiempo-, de que esas matanzas nada tenían que ver con su defensa ni con los valores por ella representados, sino con el comienzo de una revolución social que, entre otras catástrofes como acelerar la derrota, significaría, de triunfar, el fin de la misma República. Cuando se comparan los crímenes de los rebeldes con los de los leales, al modo en que Ossorio se lo decía a Azaña: ellos comenzaron; o se insiste en que fueron menos: ellos matan más; o se reducen a desmanes de incontrolados: ellos planifican; lo que se olvida es que esos crímenes obedecieron a una lógica propia, reiteradamente publicitada desde discursos de líderes anarquistas, comunistas y socialistas, repetidos cada vez que se cometía un crimen masivo: que era preciso destruir desde la raíz el viejo mundo, prender fuego a sus símbolos y proceder a la limpieza de sus representantes.

De esta suerte, muchos miles de asesinados en las semanas de revolución no lo fueron por franquistas ni por apoyar a los rebeldes: de lo primero no tuvieron tiempo ni de lo segundo, ocasión. Murieron porque quienes los mataron creían que una verdadera revolución -que es una conquista violenta de poder político y social- solo puede avanzar amontonando cadáveres y cenizas en su camino. Fue en ese marco y movidos por estas ideologías y estrategias por lo que se cometieron en territorio de la República, durante los primeros meses de la guerra, crímenes en cantidades no muy diferentes y con idéntico propósito que en el territorio controlado por los rebeldes: la conquista, por medio del exterminio del enemigo, de todo el poder en el campo, en el pueblo, en la ciudad. Luego, desde los hechos de mayo de 1937 en Barcelona, la guerra continuó, la República consiguió rehacer un ejército y un mínimo aparato de Estado y, aunque no se puso fin a las ejecuciones sumarias, al menos se controlaron las matanzas.

Solo ahí comienza la verdadera diferencia en la que tanto insisten quienes califican de desmanes los crímenes de unos y de genocidio o crimen contra la humanidad los de otros. La diferencia consiste en que, a pesar de su rearme, la República no logró conquistar nuevos territorios, y dentro del suyo la limpieza ya había cumplido la tarea que se le había asignado sin que la revolución social hubiera culminado como revolución política: en un territorio progresivamente reducido era inútil -y ya no había a quién- seguir matando a mansalva, como en las primeras semanas de la revolución. Los rebeldes, sin embargo, cada vez que ocupaban un pueblo, una ciudad, proseguían la implacable y metódica política de limpieza valiéndose de la maquinaria burocrático-militar de los consejos de guerra. Eso fue lo que cavó un abismo entre la rebelión triunfante y la República derrotada, un abismo en el que sucumbieron otros 50.000 españoles fusilados tras inicuos consejos de guerra una vez la guerra terminó.

Uno de los vencedores, Dionisio Ridruejo, definió hace ya varias décadas la política de limpieza realizada por su propio bando como una operación perfecta de extirpación de las fuerzas políticas que habían patrocinado y sostenido la República y representaban corrientes sociales avanzadas o movimientos de opinión democrática y liberal. Una represión, escribía Ridruejo, dirigida a establecer por tiempo indefinido la discriminación entre vencedores y vencidos. ¿Cómo se podía derribar esa barrera divisoria, cómo se podía iniciar un proceso que clausurara esa discriminación? La historia se ha contado ya mil veces: no existía posibilidad de reconstruir la mínima comunidad moral en que consiste cualquier Estado democrático si gentes procedentes de los dos lados de la barrera no establecían una corriente en ambas direcciones para sentarse en torno a una misma mesa, hablar, negociar y llegar a algún acuerdo sobre el futuro.

Y eso empezó a ocurrir, en España y en el exilio, desde los contactos de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas y del PSOE con la Confederación Monárquica al final de la II Guerra Mundial, y siguió con los encuentros de hijos de vencedores y vencidos en las universidades desde mediados los años cincuenta, con la política de reconciliación aprobada por el Partido Comunista en junio de 1956, con el coloquio de Múnich de 1962, con las reuniones de las comisiones obreras -entonces todavía con artículo y minúsculas- y de movimientos ciudadanos en locales facilitados por parroquias y conventos, con las iniciativas de diálogo y colaboración entre comunistas y católicos en los años sesenta y las Juntas Democráticas de los setenta. En todos estos encuentros se trataba de mirar al futuro sin dejarse atrapar por la sangre derramada en el pasado, de hablar por eso un lenguaje de democracia que daba por clausurada la Guerra Civil o, para decirlo como entonces se decía, que consideraba la Guerra Civil como pasado, como historia, no como algo presente que pudiera determinar el futuro.

Esta visión, y las consecuencias políticas de ella resultantes, es lo que está a punto de ser arrojada al basurero de la historia con la creciente argentinización de nuestra mirada al pasado y la demanda de justicia transicional 35 años después de la muerte de Franco. Denostada hoy como mito y mentira, la Transición fue el resultado de una larga historia española iniciada por un sector de quienes fueron jóvenes en la guerra y continuada por un puñado de quienes fueron niños en la posguerra. No es una historia de miedo ni de aversión al riesgo; consistió más bien en mirar adelante, recusando la herencia recibida, y no a los lados, desde donde no se esperaba ningún impulso democratizador. Esas gentes construyeron una democracia -imperfecta, deficitaria, como todas- sobre una experiencia política de diálogo y reconciliación en la que nadie pretendió defender las razones que pudieran haber asistido a sus padres cuando empuñaron las armas. Si cada cual, a la muerte de Franco, hubiera puesto encima de la mesa su puñetera verdad, es posible que todos nos hubiéramos ido a hacer puñetas dejando como única herencia el lamento por otra gran ocasión perdida.

Curas como estos ya no hay

Curas como estos ya no hay; el exinquisidor y ahora papa burocrático Ratzinger prefería a los pedófilos antes de verse condenado a condenarlos; ni siquiera ha contestado a la asociación de teólogos Juan XXIII, que ha pedido su dimisión; es que los que mandan nunca dimiten (bueno, está el caso de Celestino V, el papa que dimitió, pero es que ese era un santo, aunque Dante lo pusiese en el primer círculo del infierno). Yo creo que a la Iglesia le sería más indigesto Habermas que su bisabuelo Marx. ¿Quién ha hecho teologia de la comunicación?

"Muere José María Díez-Alegría, jesuita castigado por Roma y gran teólogo" Juan G. Bedoya. Madrid, El País, 25/06/2010.

El español fue uno de los grandes teóricos del postconcilio y acompañó al padre Llanos en el Pozo del Tío Raimundo
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Esta madrugada ha muerto José María Díez-Alegría, uno de los grandes teólogos españoles. Iba a cumplir en octubre los 99 años de vida. Fue jesuita impenitente, obligado por los inquisidores del Vaticano a dejar la orden de Ignacio de Loyola por no aceptar silencios, componendas ni censuras. Pese a todo, nunca dejó de vivir en (y con) la Compañía de Jesús. "Soy un jesuita sin papeles", solía ironizar.

Una vez le preguntaron cómo un banquero podía ser católico, y Díez-Alegría contestó con esta anécdota brechtiana. Fue un banquero a confesarse y le dijo: 'Mire, padre, yo soy banquero'. Y el cura le respondió: '¡Mal empezamos!'. El rico penitente se enfadó y se fue

Cuando llegó al Pozo del Tío Raimundo Díez-Alegría venía de Roma envuelto en un descomunal escándalo editorial

Nacido el 22 de octubre de 1911 en la sucursal del Banco de España de Gijón, de la que su padre era director, Díez-Alegría se cambió pronto al bando de los mineros y empezó a tener problemas con la dictadura franquista, poco amiga de curas de combate. Sólo el apellido Díez-Alegría, con dos famosos generales en la familia, lo libró de la cárcel, aunque no de marginaciones y desplantes. Una vez le preguntaron cómo un banquero podía ser católico, y Díez-Alegría contestó con esta anécdota brechtiana. Fue un banquero a confesarse y le dijo: 'Mire, padre, yo soy banquero'. Y el cura le respondió: '¡Mal empezamos!'. El rico penitente se enfadó y se fue.

Alegría (al teólogo Díez-Alegría todos le llamaban Alegría) era un reputado profesor en la imponente Universidad Gregoriana de Roma cuando en la Navidad de 1972 publicó sin la censura previa obligada el libro 'Yo creo en la esperanza', que en apenas semanas dio la vuelta al mundo. Exclaustrado de la Compañía de Jesús para evitar males mayores con el Vaticano, regresó un año después a Madrid y se fue a vivir a una chabola del Pozo del Tío Raimundo, la barriada en la que otro jesuita, el famoso padre Llanos, ex capellán de Falange y ex amigo del dictador Francisco Franco, llevaba practicando una radical teología de la liberación desde 1955. Alegría, cuyo sentido del humor y paciencia evangélica no tenían límites, se hizo imprimir allí esta tarjeta de visitas: "José María Díez-Alegría. Doctor en Filosofía. Doctor en Derecho. Licenciado en Teología. Ex profesor de Ciencias Sociales en la Universidad Gregoriana. Jubilado por méritos de guerra incruenta. Calle Martos, 15. Pozo del Tío Raimundo".

Una vida en el Pozo del Tío Raimundo

En el Pozo del Tío Raimundo Llanos y Alegría hicieron teología de liberación de la buena, a pie de obra, y entraron en la mitología popular. Su sensibilidad por las víctimas del sistema económico inhumano era ontológica. Una vez, en una sonada conferencia en la Cámara de Comercio de Madrid, Alegría dijo, ajeno a las consecuencias, que "la clase dirigente vive en situación de pecado". Díez-Alegría no cesó de proclamar su convicción de que si un socialismo de rostro humano es muy difícil, un capitalismo de rostro humano es imposible.

Alegría ha fallecido en la residencia de los jesuitas de Alcalá de Henares. Decenas de discípulos, amigos y admiradores peregrinaban allí con frecuencia para disfrutar de su conversación, sabia, beatífica y pícara, sin pelos en la lengua, de una belleza incomparable. Hace unos meses empezó a declinar y a consumirse poco a poco. "Se nos está agotando Alegría", corrió la voz. Anteayer ya no se esperaba más noticia que la de su muerte. Ocurrió esta mañana a las cinco.

Cuando fue expulsado hace 37 años de la Compañía de Jesús por publicar 'Yo creo en la esperanza', Alegría vivía en Roma y era un bullicioso profesor de la Gregoriana, es decir, un pensador lanzado a la fama. Tiempos del postconcilio, aunque ya se vislumbraban nubarrones en aquella primavera eclesial. Díez-Alegría pide permiso para editar su libro. No ha lugar, le dicen. Y toma una decisión que cambiaría su vida. El libro aparece en 1972 en la editorial Desclée de Brouwer, de Bilbao y se vendieron 200.000 ejemplares en numerosos idiomas. Su salto a la fama fue fulminante. Quince días más tarde, el periódico más vendido en Roma, Il Messagero, y el más importante de EE UU, The New York Times, tronaban: "El best seller de un jesuita español aclama a Marx y ataca a Roma".

Díez-Alegría tardó poco en regresar a España y en "tomar la mejor decisión" de su vida, dijo más tarde. Se fue a El Pozo del Tío Raimundo, se quitó el bonete de jesuita, se pone la boina de cura y puso en práctica la teología que había enseñado en Roma. Cuando llegó a Madrid, el 24 de febrero de 1974, "una nube de periodistas le buscaba, como si fuera un famoso actor de cine", recuerda Pedro Miguel Lamet, su biógrafo (Díez-Alegría. Un jesuita sin papeles. Editorial Temas de Hoy. 2005).

A los 90 años, Díez-Alegría publicó la segunda parte de su famoso libro, esta vez con el título 'Yo todavía creo en la esperanza', pero en medio hay muchas otras obras de impacto, como Actitudes cristianas ante los problemas sociales (1967), Cristianismo y revolución (1968), Yo creo en la esperanza (1971), Teología en broma y en serio veras (1977), Rebajas teológicas de otoño (1980). La cara oculta del cristianismo (1983). ¿Se puede ser cristiano en esta iglesia? (1987) o Cristianismo y propiedad privada (1988). Él mismo se consideraba un miembro más de la Teología de la Liberación, orgulloso de que el padre Ignacio Ellacuría, asesinado por el fascismo clerical de El Salvador, Jon Sobrino o Gustavo Gutiérrez le considerasen "un viejo compañero". Sostuvo siempre que en el fragor de la injusticia que vive este mundo global no cabía otra cosa que el compromiso social.

Díez-Alegría tenía admiradores incluso entre los jerarcas del catolicismo porque era un cristiano irreductible, pese a sus sabrosas impertinencias con el poder. En eso se parecía a Jesús, el fundador cristiano, crucificado por decir lo que pensaba. En un mundo de eclesiásticos acomodados junto al poder político y económico, que apenas usan el nombre de Cristo porque prefieren las figuras tiernas pero pacíficas y melifluas de María, o la de los papas lujosamente instalados en la soberanía vaticana, Díez-Alegría aconsejaba humildad, volver a Cristo y menos papanatismo. "Hay que citar más a los Evangelios y menos al Papa", decía. En la última conversación con EL PAÍS proclamó que en unos veinte o treinta años se admitiría el matrimonio de los clérigos y, un poco más tarde, el sacerdocio de la mujer.

"Okupa del Universo"

Cuando cumplió 94 años y empezaba a sentirse "un okupa del Universo", pese a estar todavía como un chaval, Díez Alegría recibió un homenaje de sus amigos en el paraninfo de la Casa de América, repleto de público. Fue recibido con larguísimos aplausos, todos puestos en pie para verlo mejor bajar las escaleras camino del escenario, como si el que llegaba fuese un profeta o un galán de cine. El encargado de hacer la 'laudatio' aquel día fue el entonces ministro de Defensa, José Bono, fallido aspirante a jesuita de pequeño. La ocasión sirvió además para presentar la biografía de Alegría escrita por otro jesuita ilustre, sabio y rebelde, Pedro Miguel Lamet.

La jerarquía eclesiástica ha soportado la fama y la voz de Alegría con pasmo o pánico. Por ejemplo, el 28 de mayo de 1977. Ese día, EL PAÍS acogía en su primera página una gran fotografía del jesuita Llanos saludando puño en alto ante 60.000 personas reunidas en el campo de fútbol de Vallecas (Madrid). "El mitin comunista de ayer contó con dos protagonistas de excepción, tan dentro de la lógica de la historia de la Iglesia española como fuera de programa: los padres jesuitas Díez-Alegría y Llanos. El padre Llanos -en la fotografía- saluda, puño en alto, a su pueblo de El Pozo. De alguna manera viene a simbolizar el compromiso histórico de cierta Iglesia pasada dolorosamente del nacional-catolicismo al saludo de identificación marxista", decía el pie de foto.

Díez-Alegría contó más tarde que el padre Llanos tenía carnet del PCE y de Comisiones, aunque apreciaba más el segundo que el primero "cuando vio que no era oro todo lo que relucía en aquel idílico eurocomunismo". Él no. "Lo que yo era es hegelianamente anti-antimarxistas", explicó jugando con la famosa teoría del filósofo alemán sobre la tesis, la antítesis y la síntesis. "Yo no soy marxista, pero tampoco antimarxista. Me tomo en serio el marxismo. La crítica que hace Marx del capitalismo es válida. Nunca me leí El capital, pero sí otros libros suyos, y en mi libro Rebajas teológicas de otoño escribí un capítulo titulado Recuerdos a Marx de parte de Jesús en el que contaba que tuve un sueño en el que Jesús se me presentaba y me decía: 'Oye, y este Carlos Marx, del que tanto hablan escandalizados mis discípulos actuales, ¿qué me dices de él?'. Entonces yo le recitaba algunos textos de Marx, y después Jesús me decía: 'Mira, si ves a Carlos Marx, dale recuerdos de mi parte y dile que no está lejos del Reino de Dios. Pues ése era un poco nuestro marxismo".

Pese al temprano castigo por Yo creo en la esperanza, Díez-Alegría no volvió a tener problemas con el Santo Oficio de la Inquisición. Otros teólogos, por decir cosas menos valientes o menos fuertes, los han tenido. La explicación es que matizaron muchísimo, y que manejaban la Biblia con gran conocimiento. "Siempre había un Padre de la Iglesia que había dicho antes lo que ellos sostenían", dice Pedro Miguel Lamet, que trabajó muchas veces en El Pozo.

Tampoco tuvieron, ni Llanos ni Alegría, problemas con la severa dictadura franquista y nacionalcatólica, obligada, en cambio, a abrir en Zamora una cárcel sólo para curas. La explicación fue el origen de los dos protagonistas. Llanos era hijo de un general, y Díez-Alegría, de un banquero de Gijón, además de hermano de los tenientes generales Luis Díez-Alegría, jefe de la Casa Militar de Franco y ex director general de la Guardia Civil, y Manuel, ex jefe del Alto Estado Mayor del Ejército. Un día, el general Luis cometió una infracción de tráfico y el agente que le tomaba nota para la multa, al ver su apellido en el carné, le preguntó si era familiar del "famoso teólogo Díez-Alegría". Y no hubo sanción.

Además, cuando llegaron a evangelizar y, sobre todo, a prestar amparo y compañía a los chabolistas de El Pozo, los dos ya eran famosos por sí mismos, Llanos por artículos de prensa, y Díez-Alegría porque venía de Roma envuelto en un descomunal escándalo editorial. El sangriento dictador Franco recelaba castigar o reprimir cuando las víctimas podían recibir algún amparo internacional.

En la biografía de Alegría, Lamet cuenta anécdotas y sucesos deliciosos, que explican por qué fue Alegría fue un jesuita "sin papeles". He aquí una de las historias que contaba Díez-Alegría, con arrobo teológico, para armonizar con la fe católica su radical teología de liberación. Un catequista de mujeres adultas en Andalucía se topó con una joven muy pobre, casada y con hijos, que se había ido a vivir con un viejo.

-Mujer, tienes que volver, no puedes seguir con el viejo.

-Pues claro que sí, señorito. Pero es que el viejo se va a morir en seguida, y me voy a quedar con una casica muy apañada, me traigo a mi marido y a mis hijos, y problema resuelto.

-Pero, mujer, es que eso es contra la ley de Dios.

La mujercita, con convicción: "No, señorito, si yo con el Señor no tengo dificultad. Yo le digo al Señor: Señor, tú me perdonas a mí y yo te perdono a ti ["por tenerme tan pobre", matizó Alegría], y estamos en paz".

Juan José Romera López y yo

Un tal Juan José Romera López , que para más INRI es profesor de Lengua y Literatura Española en Andalucía, acaba de publicar un libro titulado Retrato canalla del malestar docente, donde defiende la LOGSE y la ESO; está causando bastante revuelo. No tengo nada que ver con este personaje, aunque lleve el nombre de pila de mi hermano, que es un ingeniero de telecomunicaciones, y mi primer apellido. Quizá ese libro merezca leerse.

jueves, 24 de junio de 2010

El Hamlet del IES Maestro Juan de Ávila

(Autocorrección a la crítica: desde luego que uno no pretende desmoralizar a unos alumnos que deben ser siempre el centro de nuestra labor, por lo cual hago mías sus palabras y retiro la crítica, porque yo también admito ser criticado y veo que me he pasado de rosca. Eso de pasarse de rosca me suele pasar, y creo que esta vez también. Disculpen, por favor, la acritud que hubiera podido haber y con la que ha podido ser entendida, por supuesto que no era intencionada ni maligna en su propósito, que no era otro sino perfeccionar el espectáculo)

Noche de San Juan

Mi noche de San Juan ha sido bien dormida, aunque de las más cortas del año. Me despierto con la prohibición del burka; a las musulmanas eso les debe parecer como si forzaran a las españolas a ir en pelotas porque prohibieran el bikini o enseñar sólo el ombligo. Soy partidario de la prohibición, pero para mí la diferencia es tan vaga como la de escribir de derecha a izquierda o de izquierda a derecha: ciertas culturas van de dentro afuera y otras, por lo general semíticas, de fuera adentro; unas van de lo uno a lo múltiple y otras de lo múltiple a lo uno; unas son analíticas y otras sintéticas, unas politeístas y otras monoteístas, unas matriarcales y otras patriarcales; no se va a cambiar la extroversión y la introversión con un mero detallito superficial.

Tuve que ir al Hospital General, para hacerme radiografías traumatológicas; estaba tan asistido y abarrotado que me entró tentación de sentarme en el suelo por falta de silla; es reciente y ya se ha quedado pequeño y encogido. Aquí las más perentorias necesidades del enfermo se atienden cuando ya ejerce de muerto y marcha por la quinta misa de aniversario; en la sala de espera eterna del primer piso el suelo no era ya ese escheriano delirio trapezoidal que abruma la planta baja, sino un vulgar terrazo de granito y conglomerado moreno, aunque donde estaban las máquinas de triturar pacientes lo que había era un silencioso linóleo verde; entre los lisiados pacientes, viva imagen de Nuestra Señora de la Resignación, había muchos sofocados por el asqueroso calor y se abanicaban, a falta de algo mejor, con órdenes de asistencia y otras burocracias, aunque moscas pegajosas y fruteras no había; sí, por el contrario, varios enfermitos en silla de ruedas con el pie escayolado y en ristre, en especial una señorita que parecía salida de un penalty sudafricano congelado en el tiempo y que, aburrida de contemplarse el pinrel todo el rato, no se le había ocurrido otra cosa que pintarse las uñas de color hulla; no tenía la escayola escrita con graffiti de visitas, así que o vivía en zona ignota o se había accidentado hacía poco o era tan antipática que nadie la echaba de menos; otro era un tatuadísimo, pero más gordito que fornido, cabeza rapada tapizado de demonios, pentáculos y demás horteradas jevis; vestía una camiseta negra sin mangas y un pantalón corto vaquero y a su lado su novia le cogía amorosamente la mano; tenía tres dedos del pie izquierdo cuidadosamente vendados, quizá por haberse levantado con él un mal día. Esto de los tatuajes ya es muy común en España; había una tal Alejandra con su nombre en caracteres griegos, pero el artista era tan ignorante que le había sustituido la ji por una fi: Alefandra; como si fuera un injerto de Alejandro en elefante y escafandra; nueva muestra de desprecio a las humanidades. Aparte de los habituales vejeteles y vejetales, de un lado a otro paseaban señoritas propietarias de culos portentosos, eminentes y formidables. Pero a mi lado tenía a una reina de Francia llamada María Antonieta, más sosa que una berza y que llevaba a su reina madre fosilizada en otro carrito de la compra, uno americano con deficiente sistema de suspensión y sin cambio de marchas. Yo meditaba bajamente y después de haberme radiado cada pie a la pata coja, en un aparato que parecía algo así como una horca con una caja de Juegos reunidos Geyper colgando, el doctor me descubrió que tengo las falanges del dedo gordo más cortas y un pie plano y el otro cabo; no son unos pies como para andar muy derecho en la vida, la verdad.

La vuelta fue en autobús; si les puede resultar útil, sepan ustedes que el mejor lugar de un autobús es siempre en el fondo a la derecha: las instalaciones de aire acondicionado están siempre a mano diestra (si estuvieran a la izquierda estorbaría el mecanismo de las puertas), porque además en el ángulo del fondo el aire frío que sale de arriba no se dispersa; además, como la puerta está cerca, no llegan a aglomerarse muchos ocupantes y se puede contemplar todo el panorama.

Me he reincorporado al Instituto; muy bien, ningún problema; creo que me he reestructurado bastante bien.

miércoles, 23 de junio de 2010

El Congo del rey Leopoldo

"Literatura del terror colonial", Tereixa Constenla, El País, 23/06/2010

Lean esta historia sobre Henry M. Stanley (el de "el doctor Livingstone, supongo"). "En Londres había comprado cierto número de baterías eléctricas que, al fijarlas en el brazo por debajo de la casaca, se comunicaban con una cinta que pasaba por la palma de la mano del hermano blanco, y cuando éste daba al hermano negro un cordial apretón de manos, el hermano negro se quedaba muy sorprendido ante la gran fuerza del hermano blanco, porque lo dejaba tambaleándose con solo darle la mano de la fraternidad. Cuando el nativo preguntaba acerca de la disparidad de fuerza entre su hermano blanco y él, se le decía que el hombre blanco era capaz de arrancar árboles".

Con triquiñuelas similares, Stanley consiguió que jefes africanos firmasen tratados que entregaban su tierra al rey Leopoldo de Bélgica, que había fichado al explorador para poner su pica en el corazón de África. La historia pertenece a la carta abierta al monarca enviada por el coronel George W. Williams en 1890, recogida en el libro La tragedia del Congo, publicado por Ediciones del Viento junto a otros tres documentos inéditos en español sobre el triste pasado colonial del país, firmados por el diplomático Roger Casement y los escritores Arthur Conan Doyle y Mark Twain.

El coronel Williams no era cualquiera. Era negro. Uno de los primeros con poder para influir -fue historiador y el primer parlamentario negro de Ohio- sobre los acontecimientos políticos. Williams viajó al Congo con la intención de llevar negros estadounidenses para trabajar en África y contribuir al desarrollo de sus hermanos. "Cuando comprendió lo que estaba ocurriendo allí, no pudo contenerse y publicó su carta. Se le cerraron las puertas y se le dio la espalda. Falleció prematuramente de tuberculosis, lo que supuso un gran alivio para el Gobierno del Congo", explica el editor Eduardo Riestra.

A pesar del filón literario del Congo, cree Riestra que faltaba letra fría, informes y documentos de la época, como el que suscribió en 1903 el diplomático irlandés Roger Casement, que anota con meticulosidad burocrática chanchullos, tropelías y espantos: "Cuando estaban a punto de sentarse a comer, su marido le dijo que uno de los soldados iba a regresar con una cesta llena de manos cortadas, que había dejado afuera (...). Entonces ella, junto a su marido, salió para ver con sus propios ojos aquellas manos, cuatro de las cuales eran de niños". El informe Casement, escrito en 1903, tardó en difundirse por las presiones belgas. Cuando lo hizo, estaba mutilado y sin nombres propios. El antiimperialista Casement sería ejecutado. De esa vida novelesca dará cuenta la próxima novela de Mario Vargas Llosa.

Recuerda Albert Sánchez Piñol lo que decía Aristóteles: que solo hay 17 temas literarios. "Uno de ellos es el horror, el viaje al corazón de las tinieblas, que diría Conrad". Y Sánchez Piñol, que ya había viajado a un terror insular y viscoso en La piel fría (2003), se aventuró a por otro espanto en Pandora en el Congo (2005), donde se relata la expedición de aristócratas británicos que buscan oro y diamantes y encuentran tinieblas. "Al margen de testigos históricos, Conrad es el primero que establece un vínculo entre literatura y realidad. Lo plantea como un viaje al horror que empieza con la colonización y se perpetúa hasta nuestros días", expone el escritor y antropólogo, que visitó por vez primera el Congo para realizar un trabajo de campo sobre los pigmeos, "los seres más lejanos a nuestra civilización".

Todavía regresaría una segunda vez al país donde coexisten "horror histórico" y alternativas a la civilización actual. Dejó de hacerlo cuando le atrapó la guerra civil: "Algunos cálculos señalan que han fallecido entre tres y cuatro millones de personas".

Joseph Conrad abrió la espita -llevada luego al cine magistralmente por Coppola en Apocalypse now (1979), aunque ambientada en Vietnam- sobre la literatura inspirada en el horror colonial. Y ahí sigue, abierta y fecunda. Bernardo Atxaga eligió el Congo belga para su novela Siete casas en Francia (2009), otro viaje a las tinieblas sin afán aleccionador. "Quizás el tema, o el espacio geográfico, sean lo más superficial del libro; el lenguaje es lo fundamental", sostiene.

Atxaga, alérgico a las modas literarias, buscó el Congo como una geografía imaginaria a la manera de La isla del Tesoro de Robert L. Stevenson. "Necesitaba un lugar alejado, aislado, con un pasado de leyenda. En este caso, la leyenda es la crónica de explotación y crimen. Se puede abordar denunciándolo como Mark Twain o, como si no importara nada, que es lo que yo pretendía en mi novela", cuenta.

El autor vasco alude a El soliloquio del rey Leopoldo, el panfleto escrito por Twain en 1905 para caricaturizar al monarca, que también se ha incluido en el libro de Ediciones del Viento, junto al ensayo El crimen del Congo, escrito en 1909 por Arthur Conan Doyle. El padre de Sherlock Holmes consideraba que lo cometido en el país superaba todas las atrocidades anteriores: "Ha habido expropiaciones como la de Inglaterra por los normandos, o la de Irlanda por los ingleses. Ha habido masacres en pueblos como la de los sudamericanos por los españoles, o de naciones sometidas por los turcos. Pero nunca antes ha habido semejante mezcla de expropiación y masacre absolutas realizada con el odioso disfraz de la filantropía y teniendo por motivo el más vil de los intereses comerciales".

Conan Doyle recordaba que Leopoldo de Bélgica, un monarca constitucional en Europa y "un autócrata absoluto" en África, se había presentado ante las grandes potencias con un "fajo de tratados", obtenidos mediante engaños con pagos tan ridículos como "un abrigo de tela roja con adornos dorados, una gorra roja, una túnica blanca (...), cuatro garrafones de ron, diez cajas de ginebra".
Periodismo y ficción en África

- El corazón de las tinieblas (1902). Joseph Conrad.

- Cuadernos africanos (1999) Península. Alfonso Armada.

- El fantasma del rey Leopoldo (2002). Península. Adam Hochschild.

- Ébano (2003). Anagrama. Ryszard Kapuscinski.

- Pandora en el Congo (2005) Suma. Albert Sánchez Piñol.

- Siete casas en Francia (2009) Alfaguara. Bernardo Atxaga.

lunes, 21 de junio de 2010

No tengo palabras

Empiezo a repetirme y siento cada vez más frecuente algo que nunca creí que sentiría, la necesidad de no escribir. Más allá hay una línea tras la cual está todo lo verdaderamente otro, todo aquello de lo que no me es posible pensar ni escribir, y cada vez me encuentro más cerca de ella. Una vez quise nombrar esa línea con una palabra que escogí para título de un libro de poesía no publicado, Contornos. Los contornos rodean todo y también a uno mismo, sin ser estrictamente uno mismo, porque la penumbra desdibuja la línea. En los contornos podemos encontrar nuestro yo más degradado, menos hecho, más abandonado... y podemos encontrar al otro y a los otros más allá de esa vana proyección del yo que es el tú. Pero para eso hace falta abandonar la propia forma, diluirse en la orilla: el mito se resuelve en monstruo, la razón en sentimiento y el hombre en naturaleza.

Digresión

Ingiero siete pastillas al día (y un sobrecito) y duermo (mal) con un ruidoso cepac o respirador, y aún así estoy hecho polvo. Dentro del pesado saco de mí mismo mi yo se siente alienado por su cuerpo y enterrado en su vida y sus rutinas de saco que se vacía una y otra vez. Y todo por adoptar la posición erguida, por mantenerse en pie, por consistir todos los días. Seguramente me van a operar a fin de año; uno quisiera sobrevivir más por la gente que lo necesita (consistir y persistir y asistir, incluso resistir, no existir), esto es, por la familia, que por lo que Shakespeare decía, por el temor a algo peor o a una completa ignorancia, porque, si cuando estamos vivos sabemos al menos algo, cuando no lo más probable será que no sepamos nada, ni siquiera si tenemos familia (aunque el familión muerto es mucho mayor que el vivo). La reencarnación sería espeluznante, sobrellevar otra vez las fatigas, dolores, injurias, desvíos, agravios, desilusiones, esfuerzos e injusticias que depara la vida; no en vano sólo se podría soportar con una buena dosis de olvido de todo lo anterior (¿quién o qué sería capaz de algo así? ¿Quién o qué nos da el olvido?) El alma inmortal sería una cerilla eterna, que nunca se gasta: es un castigo insufrible, pues, si somos de verdad inmortales ¿qué sentido tendría portarse bien o mal? No llega ni a idea, sino lo más a superstición de beata, y para los científicos pecar contra el segundo principio de la termodinámica. Menos absurda parece la vida miserable e infinitesimal de los sumerios, o la que los indostánicos dan a sus espectros, la vida de lo descompuesto, una vida de sombras debiluchas que se alimentan de polvo y de sueños y que la demencial mitología cinematográfica se figura en forma de zombis dolientes y tontainas. Nuestra vida la heredan los gusanos que nos meriendan, las larvas que nos pudren y los enlaces químicos que nos corrompen. Pero están los que lo necesitan a uno, los que no son conscientes de todas esas miserias, y eso es lo que, como bien sabía el Unamuno del San Manuel, nos hace a todos, a usted y a mí, dejar la noche para luego y levantarnos con el sol y con la cruz todas las mañanas; ese es el único fermento de la voluntad. Trabajamos con la esperanza de que algunos de nosotros puedan morir con esperanza.

Pero siempre hay alguno (y alguna) que insiste en jorobarnos la esperanza.

sábado, 19 de junio de 2010

Mercado

He ido al mercado con mi mujer y mis hijas; es muy entretenido: hay chicas preciosas paseando como en un pase de modelos y un auténtico potaje multicultural: gitanos y gitanas voceantes, payos que pasean perros, guiris culonas o estreñidas, chinas vaporosas, aldeanas frescas recién salidas del huerto, rubias de bote, rubias naturales, moros, moros cruzados con portugueses, pelirrojas, payoponis ecuatorianos, senegaleses cordiales, argentinos extraviados y los imponderables e internacionales bolaños' friends... También la sal de la tierra, el secreto de la masa: los ciudarrealeños. En su mayoría, viejas pintadas años cincuenta ya cerca de la raya sepulcral y desteñidas de los años sesenta.

Luego están los productos. Esta vez las patatas de asteroide eran muy poco artísticas: casi todas eran redondas, pues debieron sembrar solo trozos. Los tenderos hablan de la reforma laboral con sonrisa de oreja a oreja; también de España en el Mundial de fútbol. Hay uno que vende camisetas de España y del Barcelona, pero también banderas con el toro de Osborne; uno reprocha que, si España no pasa de cuartos, irá a la ruina; se hacen selfies bajo el enamorado de la luna. Es curioso: hay dos iconos de cornúpeta y este no es el homologado, sino una imitación porque habría que pagar canon por la ley de marcas; hay entre las dos imágenes una diferencia estética que se percibe trascendente: es como la diferencia que hay ya entre otras dos Españas.

El toro nuevo es más dinámico, irreal, chulesco, nada sereno e inspira falsa amenaza; se diría que está posando para un espectáculo, porque tiene una de las patas traseras estirada, enseñando sus negros atributos, la cola en alto y los cuernos como diciendo aquí estoy yo. Es un toro frenético y estresado, no el toro zen, vigilante, orgulloso de sí mismo y que no tiene nada que demostrar de Osborne. El toro clonado ha salido irritado y pasea por la plaza; el toro de Osborne pasta por sus dominios en el campo y los vigila. 

Por el lado folclórico de fuera veo un bolso de Hannah Montana, shining star. O estrella resplandeciente, jugando con singer y singing; para ser una singer es bien poco tricotosa: prefiere enseñar el ombligo adolescente por no enseñar otra cosa, como si fuese una ultima Thule. Qué superficial es la Montana. Uno prefiere el toro de Osborne. Vemos a los alegres papás de Isabel y a la mujer del único tío que me queda, Juan, que se está quedando ciego. Un contrabandista de melones, con aire de gitano ilustrado, nos vende una caja de cerezas de tapadillo de dos kilos por tres euros, en una camioneta aparcada donde no le vean, porque no tiene lugar asignado.

viernes, 18 de junio de 2010

Saramago

ABC copia una antología de frases del ateo José Saramago. Paradojas de la vida:
Diccionario Saramago:
- BIBLIA: «Un manual de malas costumbres, un catálogo de crueldad y de lo peor de la naturaleza humana».
- CHÁVEZ, HUGO: «No me parece que sea populista. Eso es peyorativo para alguien que se preocupa directamente y sin ningún disfraz por la mejora de clases que durante generaciones y generaciones no han salido de la miseria».
- CIVILIZACIÓN: «Estamos llegando al fin de una civilización, sin tiempo para reflexionar. Se ha impuesto una especie de impudor que nos ha llegado a convencer de que la privacidad no existe».
- DEMOCRACIA: «Cuando digo que es una tomadura de pelo, lo digo en el sentido de que parece que el esquema democrático lo promete todo, y creo que lo que te da con la mano derecha te lo quita con la mano izquierda».
- DERECHOS HUMANOS: «Disentir es uno de los derechos que le faltan a la Declaración de los Derechos Humanos».
- DERROTA: «La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva».
- DIOS: «El Dios de la “Biblia” no es de fiar, es mala persona y vengativo».
- IZQUIERDA: «Antes nos gustaba decir que la derecha era estúpida, pero hoy no conozco nada más estúpido que la izquierda. La izquierda ha dejado de ser izquierda».
- LECTURA: «Hay que utilizar la cabeza para pensar, hay que respetar y valorar el legado cultural que recibimos, hay que leer para pertrecharse de instrumentos que nos permitan combatir el destino que otros nos forjan. Es necesario leer y escribir para entender el mundo y para entendernos mejor a nosotros mismos. Leer es bueno para la salud. De leer y de intentar comprender nadie ha enfermado, diga lo que diga Cervantes».
- LITERATURA: «Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar».
- MEMORIA: «Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos; sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir».
- NEOCAPITALISMO: «El capitalismo clásico explotaba a los asalariados; el neocapitalismo explota a los consumidores. Es necesario que las mayorías acumulen cosas para que las minorías acumulen capital».
- OBSCENIDAD: «Para mí lo obsceno no es la pornografía, lo obsceno es que la gente se muera de hambre».
- PALESTINA: «Lo que ocurre en Palestina es un crimen que podemos comparar con lo que ocurrió en Auschwitz».
- PESIMISMO: «Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay».
- RELIGIÓN: «No creo en Dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la Historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en Dios, no lo necesito y además soy buena persona».
- SEXO: «Hay tres sexos: femenino, masculino y el poder».
- VEJEZ: «En un tiempo como el de ahora, en el que tan fácilmente se desprecia a los mayores, creo que soy un ejemplo muy bueno. Entre los 60 y los 84 he hecho una obra. Por tanto ¡ojo con los viejos!».

jueves, 17 de junio de 2010

La historia de España


Mercedes del Palacio: "...La historia de España, especializada en expulsar el talento y la inteligencia..."

miércoles, 16 de junio de 2010

Irreal realidad

Los que se encuentran irreales en la realidad, los que viven la realidad como una mentira porque no pueden prescindirse ni dejarse ni olvidarse y son incapaces de percibir la autenticidad que forma la sustancia única y simple de la vida, suelen disolverse en una nube de alcohol o de droga, construyen sus propias ruinas para habitar en ellas como su propio fantasma su castillo o cuelgan al extremo de una cuerda o de una botella, títeres tontos y torpes de un Dios o Sinsentido o de cualquier relación social o material que ven sin ojos; todo el mundo lo hace cuando segrega su sueño, su amor, su ilusión inauténtica, su cárcel, donde son a la vez carceleros y guardianes, incluso a través de artefactos maquinales, maquinadores y maquilladores como estos llenos de cucarachas microprocesadoras de desechos espirituales o chips polipodos, de larvas de tornillo y de gusanos que segregan su hilillo de cobre sangre o la telaraña sin hilos que tienden para autocapturarse. No hay nada más estúpido que progreso sin conciencia o conciencia sin progreso; que ciencias sin humanidades y humanidades sin ciencias; que novedad sin tradición y tradición sin novedad; que hombre sin naturaleza y naturaleza sin hombre, que argamasa sin ladrillos o ladrillos sin argamasa. Un impersonal poder lo quiere desconectar y fragmentar todo, introduce la soledad, la sed y el sol en el desierto, para que las piedras se deshagan solas en arena y el barro se tesele y se fragmente en el tiempo. Introduce estructuras y subdivisiones donde sólo debía haber entrelazamiento y unidad, abre puertas y más puertas cada vez más grandes y pasillos y más pasillos cada vez más largos hasta que es imposible acceder a nada: opera abriendo rendijas, grietas, desquicios y barrancos como una descomposición, como una podre, como una corrupción, como el tiempo. En el pasado, si alguien se portaba bien en una clase se castigaba a toda la clase; hoy ni siquiera se castiga al alumno y no existe el sentido común sino el diálogo de sordos aislante y deshumanizado. Es imposible ir a lo sencillo y a lo simple de la infancia y de la juventud como lo es al árbol de cadenas y de alas enraizadas volver a su propia semilla, no a las semillas y escisiones y eslabones ajenos que engendrará como espejo de lo que fue. No hay familias ni parentescos, sino subdivisiones de gentes errantes y solitarias que van a lo suyo, que es lo nuestro en el fondo o en un fondo de tumba que no les interesa. Las relaciones humanas son como las que tenemos con los naipes, que nos muestran sólo una cara y una falsa simetría.

Votación de la palabra más hermosa del español.

Iban casi empatadas en la votación pública limón, gamusino y república, pero cuando los del Instituto Cervantes vieron que avanzaba esta última palabra, empezaron a hablar de problemas técnicos y demás... Qué narices de problemas técnicos ni qué niño muerto, todos sabemos que los problemas que ofrece esta palabra son otros. Como en el siglo XIX, ni más ni menos, cuando la escribió en 1821 y en su El Zurriago Félix Mejía, llamándola duende y acompañándola de la expresión apotropaica ¡dulcísimo nombre de Jesús!

Historia de un punto

En un país de papel vivía un punto que estaba muy solo y aparte. Los puntos tenían fama de marginales, de ser siempre los últimos en añadirse a todo párrafo, incluso muchos eran místicos o ermitaños en la soledad de las cumbres de íes y jotas. Pero este punto había trabajado en diversas abreviaturas y una vida tan incompleta no lo satisfacía, algo le faltaba; además, había conocido a un grupo de otros puntos que le había intrigado con historias de extraños y remotos paisajes caligráficos, de emoticonos, nomenclaturas científicas y kanjis chinos, dejándole siempre en el fondo de una interrogación ? con el deseo de saber más, porque eran unos puntos muy suspensivos. Así que decidió abandonar el párrafo de una lengua occidental en cuyo extrarradio vivía y ver mundo. Atravesó un desierto lleno de dunas de árabe bajo una abrasadora O mayúscula y sudó un montón de comas, transformándose en punto y comas hasta que ya no le quedó más tinta que sudar; entonces divisó a otro punto que le contó cómo salir de allí: era un punto de orientación, tan amable que le regaló una T mayúscula para que el sol no le diese en su calva cabeza de punto redondo y orondo; siguiendo sus indicaciones llegó a una cordillera, montañas de aes mayúsculas nevadas AAA; a su pie había un bosque de altas y enmarañadas letras góticas y hebreas (los palotes de lo gótico y lo hebreo se avenían bien entonces) sobrevolado por decenas de comillas-golondrina, y una ciudad hecha de varias altas y elegantes casas, úes de tejado circunflejo ÛÛÛÛ, en cuyas cercanías había un subrayado de césped con varias banderolas P P P mayúsculas. Allí jugaban al golf varios puntos con palos de jota. Él, que siempre había vivido en una modesta ñ minúscula con tejado de uralita, sintió cierta envidia; al hablar con uno de ellos, se enteró de que había unos juegos olímpicos en que participaban muchas letras mayúsculas y atléticas de varios países tipográficos. El público sería algo así como cuatro páginas de texto variado, caja alta en los palcos y baja en los graderíos, todos ellos letras con caracteres de expresión fonética muy sonora y ruidosa, incluyendo unas negritas muy monas y unas bodonis italianas muy cursis y cursivas. Una cadena de eses impedía al público acceder a las pistas, aunque él reconoció a algunos puntos de acceso que habían trabajado con él en una redacción (de periódico). Las pistas estaban formadas por un pentagrama elíptico de cuatro calles lleno de puntos muy gruesos, mayuscu-musculados, llamados notas de solfeo. El punto se sentó en la silla de una hache a la sombra de las raíces cuadradas de techumbre, y empezó a ver los juegos olímpicos. Hubo un terrible accidente: un punto filipino se equivocó al lanzar su jabalina-uno y traspasó a una gorda ele francesa en la parte de arriba de su mástil, de modo que ya no hubo modo de distinguirla de una f; fue una auténtica sangría francesa. El salto de pértiga consistía en remontarse sobre una hache mayúscula; ganó un nota que se valió de una jota mayúscula especial, de caligrafía inglesa. La carrera de los diez centímetros la ganó una W siamesa que parecía un ciempiés de cuatro piernas. Entonces echó a llover y todo se transformó en una auténtica sopa de letras de papel mojado. Al llegar a su hotel, el punto estaba tan cansado y final que después de cenar tomó una eme muy mullida y se echó a dormir.

Enseñanza excesivamente teórica y poco práctica

De El País, hoy:

Un alumno español de 10 años tiene un nivel razonable de conocimientos, pero falla a la hora de aplicarlos. Quizá, "porque recibe una formación más teórica que práctica", dijo ayer la secretaria de Estado de Educación, Eva Almunia, al presentar la evaluación general de diagnóstico de 4º de Primaria, según Educación, la radiografía más precisa hecha hasta ahora del sistema escolar, en la que han participado 28.708 alumnos. Quizá lo más preocupante es que esa lectura es muy parecida a la que ofrece el informe Pisa de la OCDE para los alumnos españoles de 15 años.

Por ejemplo, en competencia lingüística (también ha habido prueba de matemáticas, conocimiento del medio y competencia social y ciudadana), comprenden lo que leen, pero les cuesta mucho reflexionar sobre ello y valorarlo. Y, a la hora de expresarse por escrito, les cuesta mucho darle coherencia y cohesión a un texto. Hay que tener en cuenta que se trata de chavales muy jóvenes, pero también que son unos puntos débiles muy parecidos a los detectados en Pisa. En matemáticas, reproducen bien lo aprendido, pero flaquean al establecer conexiones o reflexionar. O, dicho de otra manera, cuanto más complejo, peor.

Esto parece lógico, pero no lo es tanto si se tiene en cuenta los pocos alumnos excelentes que hay. Solo el 8% de los estudiantes están en el nivel 5, el más alto, en comunicación lingüística, y, sin embargo, hay un 15% en los niveles más bajos. El sistema español, desde la primaria a la secundaria, es homogéneo -las mayores diferencias no de dan entre colegios (15,8% en lectura), sino dentro de los propios centros (84,2%)- y equitativo: dos tercios de los alumnos tienen puntuaciones medias. Sin embargo, le falta apretar por el lado de la calidad.

Los resultados, por supuesto, no son los mismos dependiendo de la comunidad autónoma, por lo que habrá que estudiar por qué las de arriba están ahí (La Rioja y Castilla y León y Asturias, seguidas un poco más atrás por Aragón, Madrid, Navarra o Cantabria) y por qué lo están las de más abajo (Baleares, Canarias, la Comunidad Valenciana, y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla). Tarea difícil. El índice socioeconómico y cultural de las comunidades aporta algo de luz (a más nivel, mejores resultados), pero no explica por qué País Vasco, Cataluña y, sobre todo, Baleares, en la mitad alta de ese nivel, están sin embargo por debajo en resultados. El estudio desaconseja hacer ranking, porque el margen de error diluye las diferencias entre las comunidades que están cerca.

Slavoj Zizek

Francesc Arroyo, "entrevista con Slavoj Zizek", El País, 16/06/2010

"Hay una poesía que actúa como fundamento de las patrias y sin la cual no podríamos entender el odio", apunta el pensador esloveno Slavoj Zizek (Liubliana, 1949). Por eso, propone: "Necesitamos controlar a la poesía, tras cada limpieza étnica hay un poeta". El lunes ofreció una conferencia en Barcelona en la que reflexionó, como en su último libro (Sobre la violencia, Paidós), sobre el mal, las perspectivas del capitalismo, el hundimiento de los proyectos colectivos tras la desaparición del mundo soviético. Aunque se reconoce como izquierdista, sostiene que habla "sin nostalgia" porque el "socialismo de Estado tenía que morir. En realidad, cuando se certificó su defunción llevaba años muerto, sin saberlo". Y lo explica con una imagen sacada de las películas de Tom y Jerry: "El gato corre, se acaba la tierra y sigue corriendo en el aire. Hasta que mira abajo y ve que lo hace en el vacío. Y se cae precisamente por mirar".

Se confiesa pesimista a largo plazo. "El futuro de la democracia", afirma mordaz, "es Berlusconi. Un gobernante que construye un Estado cada vez más autoritario y que distrae a la gente de vez en cuando con escándalos, como cuando se le acusa de ser impotente y se ofrece para demostrar ante cualquier tribunal que no lo es. ¿Cómo pretendía hacerlo?". Berlusconi, sugiere Zizek, se halla a mitad de camino entre Ubu Rey y Groucho Marx, pero "de modo inteligente" señala el futuro de un capitalismo "autoritario". Como en China. "No es nada seguro que el desarrollo del capitalismo ponga en movimiento los deseos de democracia. El capitalismo asiático funciona sin democracia y no tiene problemas".

La caída del muro de Berlín hundió el socialismo de Estado, a cierto tipo de sociedades autoritarias, pero ha terminado por liquidar al resto de la izquierda europea. "La socialdemocracia se reía pensando que desaparecía un contrincante". Grave error. Porque lo que ahora queda son "partidos de derechas, de centro-derecha y de centro-izquierda", todos ellos dedicados a "gestionar el capitalismo, a hacerlo eficiente". Y el rechazo a estas posiciones solo se aprecia en "fuerzas fundamentalistas, nacionalistas y antiinmigrantes". "Zapatero en España, Obama en EE UU, supuestos gobernantes de izquierdas obligados a tranquilizar mercados".

Los Gobiernos de izquierda tienen todos la misma evolución: provocan, al principio, un cierto entusiasmo: la convicción de que algo cambiará; el capitalismo les permite legalizar el aborto, las bodas homosexuales, asuntos de género. Nunca las reglas del mercado. La solución a esto solo puede llegar, defiende con entusiasmo, "de la izquierda radical, en caso contrario el centro-izquierda tendrá que acabar pactando con los fundamentalistas".

En el presente, lo que domina es la posideología, la pospolítica. Hace 20 años, cuando Francis Fukuyama anunció el final de la historia, se le tomó por obnubilado. "Pues ha triunfado. No hay un solo parlamentario en Europa que piense en otros términos que el parlamentarismo liberal", cuenta Zizek que no hace mucho se reunió con Fukuyama y pudo saber por este que ya no cree en su tesis sobre el fin de la historia. Han aparecido elementos, le dijo, que modifican todo: "La biogenética y la crisis ecológica". La biogenética permitirá, a medio plazo, actuar sobre los individuos y eso "no se puede dejar en manos del mercado". Pero cuidado, porque si se ve una luz al final del túnel, probablemente es otro tren que viaja en dirección contraria.

Mientras, lo que le queda a los filósofos, "es explicar y explicar. Y apartarse del liberalismo eurocentrista". Zizek, que parte muchas veces de anécdotas, novelas y películas para dejar claro a qué se refiere, cuenta que Terry Eagleton le contó que el historiador Osborne fue a dar una conferencia a unos obreros y empezó diciendo que lo que iba a decirles tenía que ser relativizado, que era su punto de vista, que él no sabía más que ellos. Y uno de los asistentes le increpó: "Pues váyase, se le paga por saber más que nosotros y contárnoslo". El filósofo debe transmitir conocimientos a los demás, invitarles a pensar el presente de forma crítica. Empezando por el uso del lenguaje contaminado de violencia hasta en sus términos más aparentemente pacíficos. Por ejemplo, "tolerancia". Zizek invita a revisar los discursos de Martin Luther King, del feminismo contemporáneo: "No hay peticiones de tolerancia, King no pretendía que los blancos toleraran a los negros ni las feministas quieren que se las tolere. Reclaman igualdad, cuestionan lo que hay", que es algo muy diferente. Y señala la ironía de que su intervención se produzca en un centro de arte (Santa Mónica, en Barcelona) en vez de en la Universidad. "Es cada vez más frecuente".

Zizek termina su entrevista invitando al periodista a utilizar sus palabras: "Manipúleme orwellianamente, tiene permiso. Sorpréndame mostrando lo que he dicho". Eso está hecho.

martes, 15 de junio de 2010

Touraine


Alain Touraine
: "En el pensamiento moderno llega un momento en el que no se puede evitar el actor. Hay un sistema con su lógica interna, por ejemplo el capitalismo, que se dirige hacia una crisis definitiva inevitable. La globalización de la economía es mucho más que su internacionalización. Deja el mundo económico fuera del alcance de cualquier actor. La crisis de 2008 tiene una lógica perversa: hay un sector financiero que se desinteresa totalmente de las inversiones y la economía, y convierte el beneficio en la única meta, lo social desaparece. Está deshecho, sin sentido. De forma que hay que plantearse si hay una fuerza que tenga la capacidad de resistir a ese mundo económico global". Crear mecanismos de comprensión de la sociedad que permitan la resistencia frente a esos poderes es, insiste, una de las tareas de los intelectuales hoy. Y concluye: "En cierto sentido, volvemos a la Ilustración: los derechos humanos, la dignidad, el ser humano como portador de derechos universales. La igualdad como base de la democracia, pero con carácter universal".