domingo, 8 de agosto de 2010

El anillo de Wagner

"Los dioses mueren en Bayreuth", MARIO VARGAS LLOSA, El País, 08/08/2010

Tal vez la música de Wagner nos acerque más al diablo y al infierno que a Dios y al cielo, pero, no hay duda, gracias a ella salimos de la vida cotidiana. Es siempre una revelación y una catarsis
Cuando Richard Wagner concibió la idea de El anillo del nibelungo y comenzó a trabajar en su famosa Tetralogía, era un joven insumiso y genial, contaminado de lecturas anarquistas, sobre todo Proudhon, y amigo de Bakunin, con quien compartió barricadas y distribuyó bombas de mano durante el alzamiento de Dresde de 1849. Cuando 26 años más tarde terminó su obra maestra -una de las más ambiciosas empresas artísticas que haya conocido la humanidad, comparable a la hechura de la Capilla Sixtina en pintura y, en literatura, a la elaboración de La Comedia Humana o En busca del tiempo perdido- era un reaccionario, nacionalista y antisemita al que sus cuatro lecturas minuciosas de El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, habían ayudado a adoptar una visión del mundo y del arte en las antípodas de la que exaltó su juventud.

Pero, pese a esa radical transformación ideológica, en el Ring, que se dio por primera vez completo, aquí, en Bayreuth, en 1876, en el teatro que Wagner hizo construir de acuerdo a un pormenorizado y maniático proyecto, ha prevalecido ese espíritu ácrata de sus años mozos y la lección de Ludwig Feuerbach, cuyo libro La esencia del cristianismo lo convenció de que no eran los dioses los que creaban a los hombres sino éstos a los dioses, impregnándolos de todas sus virtudes y defectos. Entre otras muchas cosas, ése es uno de los principales designios de El anillo: la recusación de una trascendencia teológica, la convicción de que sólo el arte da vida y vigencia a unos dioses y un más allá tan frágiles, vulnerables y confusos como los mismos seres humanos.

Asisto por primera vez a la representación integral de la Tetralogía en el curso de una semana en este Festival de Bayreuth que tiene más de peregrinación y ceremonia religiosa que de fiesta operática. Odiado y adorado en vida, y todavía más después de muerto, Wagner es probablemente el único artista cuyo culto trasciende la pura admiración estética y ha generado una adhesión tan aguerrida e intolerante como la que las sectas esperan de sus adeptos. Ésa es la impresión que dan aquí, en estas tardes plomizas y encapotadas -wagnerianas- las damas y caballeros de este club tan exclusivo -para adquirir un abono al Festival es preciso ahora esperar unos 12 años o, en caso contrario, pagar una astronómica reventa que puede llegar a 3.000 o 4.000 euros por entrada-, que, enfundados en trajes y vestidos de etiqueta, beben sus heladas copas de champagne como quien comulga y esperan en silencio respetuoso la fanfarria que, desde el balcón que sobrevuela la puerta principal del teatro, los llame a la función. Mayores y ancianos, acomodados y conservadores, cambian saludos que parecen santo y señas. Estoicos y enfervorecidos, permanecerán inmóviles las cuatro o cinco horas que dura cada espectáculo en los rígidos asientos de madera que Wagner diseñó para que sus óperas fueran vistas y escuchadas en estado de alerta marcial y espiritual, en una postura física reñida con toda forma de abandono, descuido o complacencia. Ningún aplauso interrumpirá la función y, si algún imprecavido forastero rompe esa regla, cientos de miradas admonitorias lo vitrificarán en la oscuridad. Los aplausos vienen solo al final, generosos y repetidos, si se trata del director de la orquesta, Christian Thielemann, o de Albert Dohmen, un soberbio Wotan, o el eximio Alberich, Andrew Shore, o del joven Lance Ryan, Siegfried, y Linda Watson, la valquiria Brünnhilde, pero también los abucheos y zapateos, como los que reciben al veterano Tankred Dorst, cuyo montaje la mayoría de los espectadores descalifica con irritación a mi juicio exagerada.

Hay algo denso y funeral en este ambiente, sin dejar de ser electrizante. Pero tanta corrección y formalismo contrastan fantásticamente con el enloquecido aquelarre de que es escenario el teatro de Bayreuth cada tarde, cuando se levanta el telón, irrumpe la música y se desencadenan las pasiones, las hazañas, los crímenes que van tejiéndose en torno y a partir de ese pecado original, el robo del oro que perpetra el nibelungo Alberich a las ninfas encargadas de cuidarlo en el fondo del Rin, para adquirir poder, ese poder maldito que solo se alcanza renunciando al amor y cuyo diabólico atractivo desquiciará el Valhalla, precipitando a dioses, semidioses, gigantes, valquirias, consortes y nibelungos, en una orgía de violencia que acabará por desintegrarlos a todos en un Apocalipsis ígneo.

No hay tabú que no se viole ni demasía que no se cometa en este panteón pagano de origen nórdico, que Wagner remodeló a la medida de sus íncubos y súcubos. Incesto, apostasía, filicidio, deicidio, sacrilegios, traiciones, codicias, filtros mágicos que destruyen la soberanía y la identidad de los individuos, y, llamaradas de luz en esas macabras peripecias, unas heterodoxas historias de amor, lírica como la de los mellizos Siegmund y Sieglinde, o épicas, como la de Siegfried y Brünnhilde, pero que no duran porque el entorno las corroe. Tanta ferocidad y horror serían irresistibles si la hermosura de los textos y la riqueza y originalidad de la música que modelan cada episodio con delicadeza, profundidad, elegancia, y por momentos una intensidad milagrosa, como la de la marcha fúnebre a la muerte de Siegfried, no distanciaran todo aquello de la experiencia vivida y lo transmutaran en imágenes plásticas y espectáculo sonoro, una realidad otra, creada -como los dioses que fabrican el miedo y la soledad de los hombres- por la imaginación visionaria y la sensibilidad impregnada de truculencia y desmesura románticas de un compositor y poeta que, como Victor Hugo, se creía también, además de artista, un ser superior, casi olímpico. Varias veces, ante la representación de tanto lujo bárbaro y barroco, tuve la sensación de que en el escenario La muerte de Sardanápalo, de Delacroix, reaparecía encarnada y se echaba a vivir.

El único ser humano que ambula por este territorio de dioses, diosecillos, semidioses y engendros, es Siegfried, hijo de los amores trágicos e incestuosos de dos hermanos. Es una criatura natural, criado por un malvado codicioso, el nibelungo Mime, a quien aniquilará sin escrúpulo alguno al descubrir su entraña pérfida. Aunque es tosco, directo e inocente como un animal, ignora el miedo y las formas, actúa guiado por una buena entraña, y se dignifica cuando vive el amor de la valquiria Brünnhilde a la que con un beso saca del sueño en el que la ha sumido Wotan por haber cedido a la piedad, pasión de débiles. Pero este ser puro y limpio, una vez que sucumbe a la pócima del olvido que le hacen beber Hagen, Gunther y Gutrune, traiciona a su amada y precipita el enredo que culminará en el holocausto final. Nadie se salva. La codicia del poder, simbolizada por el oro, arrastra a todo lo existente a su perecimiento. ¿Qué hubiera permitido un destino distinto para esos infelices heroicos, fatalistas y supersticiosos? Acaso no haberse apartado de la Naturaleza, como se lo advertía la ecológica Erda, evitando un progreso solo aparente que contenía los venenos que terminarían liquidándolos. En esa visión apocalíptica de la vida no hay otra escapatoria que el arte, en el cual la tragedia se inmuniza a sí misma volviéndose espectáculo y permitiendo a los seres humanos contemplar sus verdades ocultas sin vivirlas de verdad, solo como fantasías y pesadillas.

No se puede disfrutar de la música de Wagner como de las de Mozart, Verdi, Rossini o Strauss. Él no la compuso para celebrar las buenas cosas de la vida y exorcizar las malas, ni para seducir y dar esparcimiento y placer. La compuso convencido de que la música, como creía su maestro Schopenhauer, era acaso el único instrumento con que contaban los hombres para comunicar con aquella dimensión de la vida a la que no llegan el conocimiento ni la razón, esa zona oscura, divina o sagrada, de la que tenemos solo premoniciones y sospechas, nunca evidencias, salvo en aquellos privilegiados estados de trance en que cierta música excelsa nos arranca de nuestro confinamiento en lo terrenal y lo práctico y nos hace entrever, sentir, vivir por un momento de éxtasis, esa elusiva trascendencia, ese estado que los místicos llaman el "espíritu puro" que encara a Dios. Tal vez la música de Wagner nos acerque más al diablo y al infierno que a Dios y al cielo, pero, no hay duda, gracias a ella salimos de la vida cotidiana y previsible, de lo rutinario y sabido, y accedemos a un mundo de valores y formas distintos a los que estamos acostumbrados, un mundo de excesos y de extremos, de absorbente belleza y aterradores peligros, de pasiones desorbitadas y sensaciones exquisitas. Una música que es siempre una revelación y una catarsis.

Lo extraordinario es que, después de cada una de las óperas de la Tetralogía, los wagnerianos de Bayreuth, en vez de tomarse un Válium y meterse a la cama a recuperarse de la tremenda experiencia, invadan las tabernas de la ciudad y apuren grandes jarras de cerveza y fuentes de salchichas con bratkartoffeln y sauerkraut.

Deporte alienante


RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, "¡Y qué afán de ganar y ganar!", El País, 07/08/2010

La cultura en general y especializadamente la cultura de estadio ha sido siempre, de manera congénita, un instrumento de des-subjetivación política y de control social. Así ha sido en Roma desde el Panem et circenses; y sobre Grecia tenemos el testimonio, indirecto y tardío, de Luciano de Samosata -nació ya en la era cristiana, bajo el dominio del Imperio Romano-, que, en su diálogo Anacarsis o de la gimnasia, se remonta a los tiempos de Solón, al que nos pinta como hospitalario receptor y gentil acompañante de un escita, seguramente rico, Anacarsis, que baja hasta Atenas con el deseo de conocer la cultura y las instituciones de la Hélade. Hay que decir que por "gimnasia" no entiende Luciano solamente la habitual -no sé si cotidiana- de los particulares, sino también la de un estadio -con multitud de espectadores, ya se entiende-; pero en lo que dice de esto último puede haber influido, o por lo menos así lo parece, su conocimiento de los grandes estadios o los circos de la Roma imperial, pues, por añadidura, el texto menciona ya, con veinte siglos de anticipación, la mayoría de los tópicos y gratuidades racionalizadoras y moralizadoras que se reúnen en las actuales apologías del deporte, con la pintoresca coincidencia de que Solón -o más bien el Solón de Luciano de Samosata- las esgrima con la misma inclinación defensiva y encarecedora. Pero Anacarsis no se convence en absoluto por las razones de Solón, y sigue pareciéndole una total indignidad que amigos que no tienen ningún disgusto se peleen rebozados en grasa, en arena, en barro, haciéndose a veces mucho daño y luego sigan tan amigos. A mí esto me ha recordado siempre al Marqués de Bradomín, en la Sonata de estío, de Valle-Inclán, en el pasaje en que dice: "La raza sajona es la más despreciable de la tierra. Yo al ver los puñetazos pueriles y grotescos en la cubierta de la goleta, descubrí una nueva versión de la vergüenza: la vergüenza zoológica".

Que el deporte, actividad sin contenido alguno y sin más objetivo que el de la redundancia de la victoria como fin en sí mismo, haya podido transformarse en contenido principal, por no decir único, de esa mala pasión que es todo patriotismo arroja la más vidriosa sospecha sobre el patriotismo en general, incluido el solo aparentemente no lúdico; ambos, con singular indiferencia respecto de lo cruento o incruento, pertenecen al mismo pragma y tienen el mismo origen. El acreditado grupo de filólogos y antropólogos franceses sobre la cultura griega, formado en torno al gran maestro Gernet, remite dicho origen a los juegos funerarios; por ejemplo, los de las exequias de Patroclo, en la Ilíada, canto XXIII. Parece ser que a toda la subsiguiente y diversificada derivación funcional e institucional puede asignársele por clave la palabra "agón", que yo describiría como relación de competición y de controversia. Yo no he leído nada de Gernet, pero dispongo de la obra de otro miembro del grupo, Marcel Detienne, Los maestros de verdad en la Grecia arcaica, que tiene precisamente a Gernet como el autor incomparablemente más citado, con hasta 45 referencias, de las cuales transcribo aquí la que me parece más idónea y autosuficiente: "En el estudio Droit et sociéte L. Gernet escribe: 'El derecho que empieza a aparecer en escena no lo hace como una técnica especial y profesional: emana, ya como tal, de la vida de los juegos; hay continuidad entre la costumbre agonística y la costumbre judicial". Lo cual apunta al hecho de que el agón se traslada de la competición deportiva a la controversia judicial, pero al fin se conserva en cuanto oposición entre dos partes: en el estadio hay una lucha de cuerpos, en el juzgado hay una de palabras. El extraordinario hallazgo de Gernet sobre el primitivo origen del derecho conforme al esquema de "partes" del agón tiene toda la importancia histórica de un modelo de derecho procesal que pervive todavía hoy: la fórmula dual de controversia entre "acusación" y "defensa" queda perpetuada en el nombre mismo fijado en el derecho: "juicio contradictorio".

No podría haber sido más que la siempre perspicaz e hiperactiva presidenta de la Comunidad de Madrid la que agarrase al vuelo la posibilidad de explotar publicitariamente la ya de por sí desaforadamente delirante explosión de victoria entre los españoles, decidiendo hacer con ella márquetin de Estado, mediante la exposición de la Copa de Oro en la Puerta del Sol, para que todos los madrileños pudiesen adorarla como si fuese el Santísimo Sacramento. Naturalmente, no podía ser más que la auténtica de oro y no una de yeso bañada en purpurina, porque esta sería tan fraudulenta a efectos de irradiar Gracia Santificante como una hostia de cartulina blanca recortada en forma de círculo, y nuestra siempre fidedigna lideresa podría tal vez dar gato por liebre en cualesquiera baratas laicidades o profanas batallitas de una vida política en estado de creciente pequeñez, pero nunca en un rito que ella misma, desde su incontestable Fe en España, desde su congénita y profunda españolez, ha querido instituir con carismática categoría sacramental. Por último, para representar al equipo triunfador, no se ha puesto una camiseta de color rojo, que es, por así decirlo, el color titular de la selección, sino que ha preferido endosar una camiseta verde y con el número 1, lo cual está, en sentido objetivo, enteramente puesto en razón, dado que eran el color y el número de Casillas, que no solo ha sido capitán del equipo, sino también uno de los grandes "héroes" de la Selección. Pero en esto tampoco puede excluirse la motivación de una arrière pensée de nuestra siempre rápida y avispada presidenta, sugerida por el azar de que Casillas sea nativo de la provincia de Madrid, en el sentido de aprovechar el dato para dejar un poco de lado a los catalanes, demasiado numerosos en la Selección y con sus propios "héroes", y sobre todo el otro capitán, aunque en África fuera de servicio, Puyol, con su gol de cabeza viniendo desde atrás, como el tebano Pelópidas en Leuctra contra los espartanos. La publicidad que buscaba nuestra siempre omnipresente hiperpresidenta quería ser central, no, en modo alguno, periférica, y solo la que, por feliz coincidencia, se le ofrecía con el castellano Casillas podía ser, para ella, verdadera publicidad de la ya descaradamente designada como "Marca España".

La explotación publicitaria que por obra del Estado y no menos por los medios de comunicación ha tenido esta famosa Victoria de España, rematada por el obsceno culto de la Puerta del Sol, en que los adoradores de la Copa de Oro recordaban a los de la procesión del Corpus de Toledo, que más que a adorar al Santísimo -cosa que puede hacerse en cualquier parte- parecen haber ido a adorar esa secular montaña labrada en oro y pedrería que es la custodia de Arfe, no puede dejar de provocar un repeluco hacia el deporte en general como el que le hizo decir a Leon Bloi: "Creo firmemente que el deporte es el medio más seguro para producir una generación de cretinos dañinos". A veces, en efecto, tan dañinos como los nazis, acerca de los cuales José Ignacio Barbero en su excelente introducción a su propia selección de distintos autores, que titula Materiales de sociología del deporte, nos da esta información: "Hitler convirtió los Juegos Olímpicos en un asunto de vital importancia para el Estado, en una oportunidad histórica para mostrar al mundo los logros del nacional-socialismo y del Tercer Reich"; y en nota a pie de página da una cita de un manual de Kurt Münch: "Todo atleta y deportista del Tercer Reich debe servir al Estado... El deporte alemán es, en el sentido total del término, político". Todos conocen las acciones y propósitos políticos, inmensamente criminales, que a continuación se perpetraron por mano de los propios seguidores de esa doctrinaria concepción de los deportes.

En fin, el patriotismo es una mala pasión, que, con la ya más arriba mencionada indiferencia ante lo cruento o lo incruento (que me parece que al menos en el fútbol hace sólo 30 años no era así) se sustenta y perpetúa en el hecho de que la Victoria, deportiva o guerrera, sea el único o máximo instrumento de autoafirmación colectiva. La mera idea de "lo colectivo" muchos la ennoblecen, porque no es personal; lo personal suele ser arbitrariamente tachado de individualismo y egoísmo; lo colectivo, en cambio, pertenece al Nosotros. Convendría, por tanto, señalar que el Nosotros no sólo en la gramática es tan persona como el Yo, sino también, por añadidura, como se ha visto en la unanimidad del Totalitarismo, muchísimo peor persona.

sábado, 7 de agosto de 2010

Vuelvo de Barcelona

Vuelvo de Barcelona un poco más viejo y cascado. Viejo, porque por primera vez una amable hindú me ha dejado un asiento en el metro, como si lo fuese (será que lo soy); cascado, porque yo, que era quien solía tirar de los demás, he sido el carro del que tiran a remolque mis dos entusiastas hijas y mi esposa estos cinco fatigosos días.

El Ave es discretamente elegante y funcional, la programación de cine y música, incluso interesante, pero los asientos son tan insufribles como siempre. Llegamos a Sants y tomamos el metro (uno automatizado y modernísimo que incluso prescinde de taquilleros) para ir a nuestro hotel, el Alimara. Todo muy de lujo, pero la habitación familiar que alquilamos olía a pedo de tubería cuando la tomamos y seguía oliendo a pedo de tubería cuando la dejamos; eso sí, dos tv y cincuenta canales igual de estúpidos en todos los idiomas y un baño excesivo, enorme, olímpico. Está en las bien arboladas afueras de la ciudad, a un tiro de piedra del monte bajo y en las cercanías del parque Güell, en la estación de Mundet; el lugar está bien urbanizado, pero es algo escaso en servicios, porque parece una ciudad dormitorio.

Los catalanes son gente atenta, pendiente de los demás, amabilísima, inteligente, trabajadora; no tengo más que elogios para ellos en ese aspecto; ojalá todos los demás españoles fuesen como ellos. Eso sí, son tan devotos de la Virgen del Puño como de la de Montserrat: agarrados y tacaños que no veas; los precios son caros, pero todo lo que se compra caro es de calidad, no una filfa ni una estafa, como suele hacerse más al sur. Y yo diría que más que el dinero lo que aprecian es el trabajo y la dignidad humana de lo que cuesta ganarlo; no son orgullosos, aunque tienen motivos para serlo, sino un poco narcisistas; es cierto el refrán de que "los catalanes, de las piedras hacen panes". Eso sí, al castellano le extrañará la extraña solicitud de los encargados de los bares y cafés, que salen a las puertas de su negocio a interpelar al posible cliente y engatusarlo con pulida cortesía; en ningún otro lugar de España se adelantarán tanto a cualquier cosa que puedas necesitar; si no sabes dónde ir, ni siquiera tienes que preguntarlo porque ya lo ha adivinado alguien que estudiaba tus gestos sin saberlo y te ofrece una indicación precisa y exacta sin que siquiera lo preguntes; no es telepatía, es un sentido común o seny a prueba de bomba; es verdad, los catalanes poseen seny. No nos extrañe que una palabra catalana como manya signifique en ese idioma "costumbre". Hay tantos chorizos y descuideros como en Madrid; me ocurrió incluso algo gracioso; llevaba unos pantalones tipo saco que se cerraban con cordón y que se me iban cayendo, por lo que los sostenía metiéndome las manos en los bolsillos y me acerqué de noche a una señora que paseaba su perro, que se asustó al ver a un gigantón con cara de sospechoso y las manos ocultas; su temor desapareció cuando le di las buenas noches y le pregunté por un lugar para comer que estuviera abierto a esas horas; también se tranquilizó al ver venir en pos a mi familia. Se come muy bien en cualquier lugar, pero el mejor sin duda, económico, abundante y amplio de oferta es La Ginesta, en el número 3 de la Calle Jovellanos, próximo a la plaza de Cataluña.

Y ahora que he dicho lo positivo de los catalanes, que es pero que mucho más que lo negativo, viene una pequeña crítica a un cierto tipo de catalán burgués, por lo general mayor y feo; vi en el metro a una señora que, antes de sentarse en un asiento que acababa de dejar una negra, puso una bolsa de plástico como si temiera contagiarse no sé con qué gérmenes y luego al llegar a su estación se la llevó. Y en un restaurante, a una pareja de viejos cazurros catalanes pidiendo de postre un melón que estuviese maduro y con más requisitos que los que hubiera puesto Bocusse, cuando era un restaurante excelente al que no cabía reprocharse tal cosa. Estos catalanes pequeñoburgueses y maniáticos me dieron vergüenza ajena y empecé a sospechar que Cataluña tenía un lado oscuro. (Seguirá)

lunes, 2 de agosto de 2010

Leído por ahí

"Los políticos no se dan cuenta de que un país subsidiado es un país arruinado".

domingo, 1 de agosto de 2010

Me voy a Barcelona

Unos días de vacaciones. Vamos a estrenar el Ave Ciudad Real-Barcelona, que me ha costado un huevo del escroto (con lo que duele) porque vale más del doble que la estancia en el hotel. Ya os diré; de chaval paseé por las Ramblas y probé de la fuente de Canaletas, de la que se cuenta que si la bebes volverás a Barcelona. Más que el agua de Canaletas, que tiene tanto hidrógeno y oxígeno como la del grifo, lo que recuerdo es una jarra de cerveza fría con burbujas y gambas que consumí allí y las muy variopintas lumis que se dejaban entrever. El parque Güell es como un lagarto desollado de mosaico y cemento, no me gustó; la Sagrada Familia, una apología del cava catalán (Gaudí debía estar algo curda cuando la hizo); por fotos he visto que está un poco cambiada; me quedé con ganas de volver, y, si Dios quiere, eso haré, pero esta vez con mi familia; el agua de Canaletas habrá cumplido su oficio de traerme otra vez a su curso.

Test de calidad

Para juzgar al Ayuntamiento de un pueblo, basta ver cómo trata su Biblioteca: si abre todos los días, si tiene buenos fondos y funcionarios, etc. Muchos pueblos ni tienen, si tienen la tienen cerrada por falta de fondos para pagar bibliotecarios y libros, etc. Para juzgar la industria de un país, basta mirar la calidad de los rotuladores escolares que fabrica. Anden, vayan a comprar unos rotuladores Carioca, por ejemplo, a ver si todos los colores les escriben. Para juzgar la cultura de un individuo, pregúntenle quién era Giorgio Vasari o Benvenuto Cellini, o cómo se distingue un Canaletto de un Guardi.

Up in the air e Infiltrados

En verano suelo ponerme al día con las películas que no he podido ver a causa del trabajo. He visto estas dos; en la segunda Scorsese prescinde de su apresuramiento habitual y filma una historia de personajes simétricos, que está bien en guion, interpretaciones y estructura, y filmada con arte, pero no es la obra maestra que pretenden. La otra es una comedia amarga y existencial donde puede contemplarse el culo de Vera Farmiga en todo su esplendor y un excelente trabajo por parte de George Clooney; describe muy bien a cierto tipo de detestables personas que ha creado la modernidad; nos pueden parecer simpáticos, pero son en realidad gente con la que uno no querría naufragar.

Las cien mejores películas de los críticos hispanohablantes

1. 'EL PADRINO'. De Francis Ford Coppola. Es una gran historia de estructura perfecta: todos los materiales se ayudan entre sí; no sobra ni falta nada; merece estar entre las primeras. Insuperables están los actores y el director, pero el guion de Mario Puzo, cuya novela leí muchas veces, es quizá lo mejor.

2. 'EL APARTAMENTO', de Billy Wilder; tan redonda como la anterior, matemáticamente perfecta; el remate de la botella de champagne final es maravilloso. Toda la amargura cotidiana de la gente vulgar de esos años se encuentra concentrada en estos pocos fotogramas. Y la llaman comedia... Solo será porque tiene final feliz.

3. 'CIUDADANO KANE'; de Orson Welles. Podrá ser todo lo rompedora e innovadora que se quiera con el montaje y el estilo, pero me parece sólo eso, una película chillona y barroca, por muy Rosebud que se crea. En su lugar yo pondría La noche del cazador, de Charles Laugthon: el cine vuelto poesía lúgubre de inocencia y corrupción como solo ha podido filmarla en ocasiones David Lynch. Por demás, esa exhibición de estilo solo se vuelve apropiada en la que Welles llamó su obra maestra, que apenas se ve ahora: El proceso, con un monumental Anthony Perkins.

4. 'EL VERDUGO', de Luis García Berlanga. Se tiene a Berlanga en un altar, pero no es demonio de mi devoción, aunque le reconozco cierto humor negro.

5. 'CON FALDAS Y A LO LOCO', de Wilder. Una de las comedias clásicas de todos los tiempos, de estructura y construcción perfecta, como todo lo que toca Wilder. Alza el ánimo, rejuvenece. Más el quid divinum de Monroe. 

6. 'BLADE RUNNER', de Ridley Scott. La primera, a mi juicio. Los misterios de Dios, de la vida y de la muerte al descubierto. Una contribución a la ética y al arte de primera magnitud. Poesía, arte, todo. Desde El séptimo sello no se veía algo así, calzando coturno purpúreo.

7. 'VIRIDIANA', de Buñuel; aunque sólo fuera por la escena del banquete de los mendigos, tan imitada y parodiada por otros directores, empezando por Robert Altman, esta película tendría que figurar en los anales del cine universal. Solanesca e irreverente.

8. 'LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ', de Victor Fleming; y "lo que el culo me dolió", que se decía en mis tiempos, porque era un tostón de larga. Es un buen melodrama, pero muy al gusto norteamericano, y ha envejecido mal.

9. 'EVA AL DESNUDO', de Joseph L. Mankiewicz. El director es un narrador de primera, un guionista portentososo y, lo que es más raro, un director visualmente eminente. Podría estar entre las primeras, pero con muchas otras. A mi juicio su obra maestra es El fantasma y la señora Muir. Todas las demás son memorables también, pero a veces derrama literatura, lo que para algunos no es cine; pero a mi su cuño teatral me place.

10. 'LADRÓN DE BICICLETAS', de Vittorio de Sica. Es como el Evangelio, pura simplicidad; una obra maestra del neorrealismo, un pedazo de vida. Merece este puesto, junto con La commare seca de Bertolucci, que aglutinó a los mejores exponentes del movimiento en una unión perfecta.

11. 'EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES', de Wilder; y ya van tres entre las primeras; sórdida, terrible, misantrópica, otro acierto del maestro.

12. 'CANTANDO BAJO LA LLUVIA' de Stanley Donen y Gene Kelly. Nada que objetar: está llena de vida. Se podría añadir otra película inolvidable de Kelly, El club social de Cheyenne.

13. 'LOS SANTOS INOCENTES' de Mario Camus. De esto ya hemos tenido demasiado.

14. 'EL ÁNGEL EXTERMINADOR', de Buñuel; sólo por la escena de la mano cortada y de los amantes en el váter merece alto puesto, pero por todo lo demás no; su rehechura o remake es excelente, con esa acidez extrema contra la mediocridad de los valores burgueses.

15. AMARCORD de Federico Fellini. Excelente, vida italiana contada con una gracia y fantasía latina como no puede encarecerse más; debía estar entre las primeras.

16. 'VÉRTIGO', de Alfred Hitchcock. Quiere aparecer como obra maestra y en realidad es un pestiño tan insufrible como el peinado de la protagonista. Porque ese es su único y fatal defecto: que no logro tragarme la historia y me aburre. Todos sus elementos son magníficos, excepcionales, por separado, pero juntos me causan una sensación de destrozo  y baratería insoportable. Tanto talento mal digerido es malsano.

17. 'EL CAZADOR', de Michael Cimino. Venga ya, sólo porque sea la primera vez que se rueda la ruleta rusa no es para tanto, como tampoco porque sea la primera que se hizo sin censura sobre Vietnam. Los tres personajes principales son variantes de lo mismo: uno se salva, otro queda baldado y el último destruido. 

18. 'PLÁCIDO', de Berlanga. Una pura muestra de deshumanización.

19. 'AMANECER' de F. W. Murnau; no la he visto, sólo pasajes.

20. 'SER O NO SER', de Ernst Lubitsch; tiene algún buen gag, como el de los nazis descerebrados que se tiran del avión, pero nada más.

21. '2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO', de Stanley Kubrick; bueno, sí, es una ilustración magnífica, como todas las de Kubrick, visualmente geniales; narrativamente, los paseos de Bowman por el espacio y su charla con HAL son maravillosos.

22. 'FELLINI OCHO Y MEDIO'; una purga magnífica del alma de Fellini, al que se le sube a la cabeza Bergman; pero empieza a vérsele el plumero en el final, que ya es puramente circense.

23. 'CASABLANCA', de Michael Curtiz. Todo el mundo va a Rick's. Irrepetible: "¿Cuál es su nacionalidad? Borracho". "¿Son cañonazos o los latidos de mi corazón?". "No hago planes con antelación". "-¿Me desprecias, Rick? -Si te prestara atención, es muy posible". Y los dos cínicos, el de las Brigadas internacionales y el de Vichy, paseándose por la vida al final. Parece como si un barajar de cartas ocupara toda la película.

24. 'NOCHE DE ESTRENO', de John Cassavetes. No la he visto.

25. 'EL PADRINO (TRILOGÍA)'; sólo la primera vale la pena.

26. 'LOS 400 GOLPES', de François Truffaut. Como crítica del sistema educativo francés no está mal, como biografía de un chico desarraigado puede pasar, pero Truffaut las tiene mejores, como Farenheit 451, y no aparecen en esta lista.

27. 'CON LA MUERTE EN LOS TALONES' de Hitchcock; la obra maestra del macguffin.

28. 'TAXI DRIVER', de Scorsese; la he visto chorricientas veces y, aunque está algo sobrevalorada, vale la posición que ocupa.

29. 'APOCALYPSE NOW', de Coppola posee la estructura de El corazón de las tinieblas de Conrad, pero alusiones de la Divina Comedia y de los antropólogos Tylor y Frazer; es un descenso a los infiernos inspirado y con ráfagas de poesía. Coppola se tenía entonces por un Virgilio, y, valga su inmodestia, la verdad es que lo era. Pero en sus últimas películas ya está para el qarrastre, el pobre.

30. 'EL ACORAZADO POTEMKIN', de Sergei M. Eisenstein. Los mequetrefes de los oficiales parecen cucarachas al lado de esos forzudos efebos marineros que, hipotéticamente, se morían de hambre; el mariquita Eisenstein los idealiza, pero la escena de la Chica de cinturón de cisne y su bebé en la Matanza de la escalinata es uno de los grandes momentos del cine.

31. 'EL GATOPARDO', Luchino Visconti. Es preciso ver esta película para que todo el cine después siga igual.

32. 'UNO DE LOS NUESTROS', de Martin Scorsese. De montaje demasiado veloz, muy apresurada, tiene las virtudes narrativas de Scorsese, que esconde bien su principal defecto: la pedantería; con el tiempo ha ido curándose de su afecto a la Mafia y los ha ido presentando como los criminales y asquerosos que son verdaderamente. Y lo hace muy bien. Uno prefiere, sin embargo, comedias tan complejas en su aparente simplicidad como After hours, que aquí tradujeron plebeyamente ¡Jo, que noche! Si analizaran esta matemática comedia por menudo sacarían de todo, pero la gente es así: no ve y pasa.

33. 'EL PADRINO II'. Una mierda, pero se salva por el costumbrismo de la pequeña Italia.

34. 'LA STRADA', de Fellini; no la he visto.

35. 'TIEMPOS MODERNOS' de Chaplin; una obra maestra de la inocencia universal y de la humanidad alienada lograda por un auténtico gitano pervertido.

36. 'LAWRENCE DE ARABIA', de David Lean. Una de esas grandes obras maestras en cinemascope y technicolor. Algunas escenas, y son muchas, se quedan grabadas en la memoria, como la del pozo o la del rescate del beduino perdido. "¿Qué le gusta del desierto, Lawrence? -Que está limpio." David Lean tenía el sentido de lo grande, de lo clásico, de lo imperecedero. Y un actor como Peter O'Toole que lo sabía encarnar.

37. 'UN TRANVÍA LLAMADO DESEO', de Elia Kazan. Tiene a Brando sudando camisetas y a Tenessee Williams poniendo la letra. Pero las hay mejores de Kazán, como Viva Zapata y, sobre todo, América, América. Estas dos películas me impresionaron fuertemente, sobre todo la última, mucho más que esta, que posee, sí, el alma de Williams y las interpretaciones excepcionales de sus actores.

38. 'SED DE MAL', de Welles; el personaje del policía corrupto, nada más; los alardes de grúa me dan igual.

39. '¿QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO?', de Pedro Almodóvar. Una de las mejores películas españolas de todos los tiempos; maravilloso el lagarto Dinero, el dentista, el hueso de jamón que aporrea cráneos de taxistas mujeriegos, el sentido del montaje y de la subversión. Debía estar en el altar junto a filmes como Colegas del maestro inconfesado de Almodóvar, Eloy de la Iglesia.

40. 'EL GRAN DICTADOR'; gracioso, pero sólo eso.

41. 'FANNY Y ALEXANDER', de Ingmar Bergman. Este director es un genio. Tenían que estudiarlo además como guionista y dramaturgo en la historia de la literatura de su país. Sus memorias, La linterna mágica, también son de lo mejor. Las escenas en la casa del judío, sobre todo, y en el teatro o la fiesta han salido de una cabeza con la fiebre del genio. Y otras obras maestras: El séptimo sello y Fresas salvajes. Y muchas más.

42. 'PSICOSIS', a ratos maravillosa: los asesinatos del baño y la escalera, pero también el policía de gafas negras bajo la lluvia. Es cineísmo en estado puro. Se nota que el guion importa un pimiento.

43. 'LA QUIMERA DEL ORO'. No la he visto.

44. 'LA DOLCE VITA', hay que leer mucho subtexto, pero en general es memorable. Da que pensar, ofrece una visión de la Roma de entonces impagable, desde la miserable a la intelectual, y eso ya es muchísimo.

45. 'EL CIELO SOBRE BERLÍN', de Wim Wenders. No la he visto, y de todas formas prefiero París, Texas.

46. 'ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO'; sobrevalorada.

47. 'LA NARANJA MECÁNICA'; maravillosa, sobre todo por su sentido de la subversión y su satánica rebeldía; algunos pasajes pertenecen al cine de todos los tiempos.

48. 'LOS PÁJAROS', una mierda con ratos de cine más que genial. Pero el cuento de Daphne du Maurier es mucho mejor.

49. 'EL ESPÍRITU DE LA COLMENA', de Víctor Erice. Fascinante; lo que más recuerdo es aquello de "ahora puede ver"

50. 'UNA NOCHE EN LA ÓPERA', de Sam Wood. Una obra maestra de los Marx; no necesita glosa: hay que verla.

51. 'EL DISCRETO ENCANTO DE LA BURGUESÍA', y tan discreto, aunque me divierte mucho lo del cura obrero. Es mejor que la otra que refakea, El ángel exterminador.

52. 'ANNIE HALL', de Woody Allen. Yo prefiero Poderosa Afrodita. Es su comedia perfecta. Una mezcla bien hecha de cultura pedante y vulgaridad vergonzante, con una estructura maestra.

53. 'PASIÓN DE LOS FUERTES', de John Ford. Memorable, clásica.

54. 'EL RÍO', de Jean Renoir. Nada, que no me gusta Renoir (salvo Boudu salvado de las aguas, qué maravilla); su padre me entretenía más con sus rollizas y encantadoras damitas pelirrojas, sus chicas al piano y su gente bailando agarrada pasándoselo bien mientras la motea el sol entre los árboles.

55. 'PARIS, TEXAS', Maravillosa; una obra maestra del minimalismo. Relaciones humanas a distancia cosmológica. Una flor que se ve crecer, como Eric Rohmer.

56. 'ÁTAME', pasajes bien ilustrados de buen cine, y nada más.

57. 'LAS UVAS DE LA IRA'; si esto lo viera un niño como el que yo era cuando la vi, quedaría tan impresionado como yo quedé; y ahora que la veo de adulto, estoy tan impresionado como entonces. La muerte de la madre me conmovió. Habla el lenguaje de lo clásico.

58. 'UNA MUJER BAJO LA INFLUENCIA'. No la he visto, pero por lo poco que sé de su director ansío mucho verla. Aunque no sea tan independiente como Carne, de Warhol.

59. 'EL TERCER HOMBRE', de Carol Reed. Cine clásico, una obra imperecedera. Y la famosa aparición y frases de Orson Welles.

60. 'ROCCO Y SUS HERMANOS', rollo y sus hermanos.

61. 'CENTAUROS DEL DESIERTO'. Ford y ese gran John Wayne que se sale del rectángulo.

62. 'ORDET', de Carl Theodor Dreyer. ¿Pero cómo puede gustarle a alguien Dreyer? Nada, que no tengo nada de calvinista.

63. 'AL FINAL DE LA ESCAPADA', de Jean-Luc Godard. Al principio escribí "No la he visto, y lo que es mejor, no quiero verla", pero cuando he reescrito esta entrada ya la había visionado a pesar de mis prejuicios y he cambiado de opinión sobre Godard; esta sí vale la pena. Qué chica más mona Jean Seberg. Pobre Belmondo, qué asquerosas son algunas mujeres. 

64. 'LA GUERRA DE LAS GALAXIAS', de George Lucas; lo único que tiene es imaginería y uno de los malos más icónicos de todos los tiempos. Un pestiño con buenos dibujos. El imperio contraataca es la única que merece la pena de toda la serie, porque Irwin Kershner no es torpe.

65. 'EL DÍA DE LA BESTIA', de Álex de la Iglesia. Una película clásica del cine español; humor salvaje, pura delicia y libertad.

66. 'TORO SALVAJE': buena interpretación y nada más. No me gusta.

67. 'FRESAS SALVAJES', otra obra divina del gran genio, Bergman. El sueño del reloj sin manecillas y el del examen universitario no tienen precio; y el del padre del médico pescando. Víctor Sjöstrom está eminente.

68. 'PERDICIÓN' revista por quincuagésima vez parece algo tramposa, pero es puro Wilder también. Femme fatale, la renacuaja Bárbara Stanwick.

69. 'EL VIAJE A NINGUNA PARTE', de Fernando Fernán Gómez. No la he visto; yo prefiero su La vida como es, cuya dureza y naturalismo me dejó conmocionado y, sin embargo, no la reponen. Tremendo ver a la madre subir cargada la escalera, y el fratricidio y odio africano de las hermanas. Hoy algunos no están lo bastante maduros como para ver ciertas cosas.

70. 'LOS SIETE SAMURÁIS', de Akira Kurosawa. Épica, Y también la historia de Rashomon contada de como el sinsentido de la vida bajo una lluvia interminable.

71. 'LA DILIGENCIA'. Ford, y basta: un mundo tan aldeano como perfectamente universal, pero las tiene mejores. Imbrica el Bola de sebo de Guy de Maupassant con Francis Bret Harte. 

72. 'TIBURÓN', de Steven Spielberg. Una obra maestra de la narrativa. Spielberg sabe contar historias, y en este caso tuvo sufrió lo suficiente como para sacar su propio Moby Dick a flote para la cinematografía universal. El tiburón con tres banderillas es toreado menos que metafóricamente al final.

73. 'LUCES DE LA CIUDAD' y 74. 'MARIDOS' no las he visto.

75. '¡BIENVENIDO, MÍSTER MARSHALL!', significativa, históricamente relevante, pero ha envejecido mal. Solo algunos le sacamos ya la nutritiva mugre que tiene y que Azcona sabía donde encontrar.

76. 'EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE'. Ford otra vez. Una maravilla sobre los que pierden todo en la vida sin merecerlo.

77. 'QUÉ BELLO ES VIVIR', de Frank Capra. El maestro del humanismo cinematográfico, Capra, tenía también malísima leche y una cara oscura como la de la luna. También incluiría yo Sucedió una noche con su autobús, sus americanos cantando "El chico del trapecio volante" y su pensión barata. 

78. 'EL LEÓN EN INVIERNO', de Anthony Harvey. Una película muy áspera y realista para ser histórica; hace falta ser hombre talludito para entenderla.

79. 'PERSONA'. Esta vez el genio Bergman metió la pata. Pero como es un genio igual soy yo, que me equivoco.

80. 'CIUDAD DE DIOS', de Fernando Meirelles, no la he visto.

81. 'EL HOMBRE TRANQUILO', el mejor Ford clásico en la tierra de sus padres, Irlanda. Está llena de poesía, viento y vida: "¿Es verdad o una alucinación creada por la sed?". "Y su padre también fue un buen hombre".

82. 'RASHOMON'. Escribí al principio: "No la he visto". Ya lo he hecho. Lo mejor, las perspectivas que no encajan bajo la lluvia.

83. 'LA REINA DE ÁFRICA' de John Huston; una obra maestra llena de vida, de alegría, de tristeza y de coraje. La humanidad de los perdedores, lo que posee el gran genio de Huston. Por cierto, recomiendo su autobiografía, "A libro abierto. Memorias", que es excepcional.

84. 'JOHNNY GUITAR', de Nicholas Ray. Con los Ríos de Hawks y una docena más de filmes, es de los mejores westerns que ha habido. El guion es lo mejor que tiene.

85. 'KING KONG', de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack; una metáfora tan grande como su protagonista. Ya lo percibió ese pedante de Marco Ferreri.

86. 'LOS OLVIDADOS' de Buñuel, no la he visto.

87. 'EL GUATEQUE', de Blake Edwards, posee algunos gags, como el del váter y la espuma, francamente hilarantes. La apoteosis del gafe. El estilo de Edwards consiste en ridiculizar en torno a un personaje hasta la extenuación. Me encanta.

88. 'BAILAR EN LA OSCURIDAD', de Lars Von Trier, no la he visto ni quiero. Pero ahora que repaso esta entrada, puedo decir que ya la vi. Es una película muy áspera, con un buen diseño de personaje central. Cómo haya podido sacar tanto de Bjork, es un misterio.

89. 'CUENTOS DE LA LUNA PÁLIDA' de Kenji Mizoguchi me dejó alucinado con sus fantasmas y sus historias, que parecen contadas por un marciano. Obra maestra.

90. 'EL HOMBRE ELEFANTE', de David Lynch. Encontré aquí algo que no me cabía imaginar: espíritu. Me siento igual de atribulado que el pobre protagonista, y pienso que muchos otros también lo sentirán así: es el poder que tiene Lynch.

91. 'CABARET' de Bob Fosse; prefiero la película que hizo sobre su patética vida, Empieza el espectáculo, porque de ella puede aprenderse mucho humanamente, es como el último movimiento de La Patética pero en americano. 

92. 'UNA MUJER Y TRES HOMBRES', de Ettore Scola y 93. 'PICKPOCKET', de Robert Bresson, no las he visto, pero quiero verlas; de este último tengo buenos recuerdos.

94. 'LA LEY DEL DESEO', no la he visto.

95. 'EL SÉPTIMO SELLO'. Esta película debía estar la primera la de la lista o casi; el genio de Bergman al desnudo, hablando alto, claro, en serio y para siempre. Un clásico. Poesía negrísima y Cultura con mayúsculas.

96. 'RÍO BRAVO', de Howard Hawks; tan buena como Río Rojo. Western clásico, agilidad narrativa, sentido del montaje y de la aventura, tragedia, comedia, todo: cine desatado.

97. 'LA NIÑA DE TUS OJOS', de Fernando Trueba. Una obra maestra; uno recuerda el tiro a la luna, que cae como un plato, y la flor mordida del pobre amariconeado, entre otras escenas. Sin duda el autor tiene el don de la comedia.

98. 'EL EXTRAÑO VIAJE' de Fernando Fernán-Gómez y 'DUBLINESES' de John Huston quiero verlos.

100. 'FARGO', de Joel y Ethan Cohen; una historia ridícula que da para ilustrar con genio visual exasperado personajes inolvidablemente vulgares. Los Cohen pueden levantar catedrales con sólo un poco de barro y piedras. Pero yo prefiero, la verdad, Barton Fink o la judaica Un hombre serio, entre otras, porque siempre se pueden salvar de todas ellas fragmentos de cine genial. Me identifico especialmente con lo que le dice John Goodman (Charlie / Mundt) a John Turturro antes de entrar en su habitación del hotel en llamas para morir en Barton Fink. El verdadero protagonista es este, Charlie. La película está llena de iconografías y subtextos, como es habitual en ellos.

sábado, 31 de julio de 2010

Paradojas

Juan Manuel de Prada, "La Casa de los horrores", ABC, 31-VII-2010:

Encuentran en el jardín de una casa en el departamento de Lille hasta ocho cadáveres de recién nacidos y la noticia causa gran conmoción. Durante unos días, nos escandalizaremos con las andanzas de esa tal Dominique Cottrez, auxiliar de clínica, que nada más parir a sus hijos los asfixiaba metódicamente, los envolvía en plásticos y los enterraba a la sombra de un árbol; y, antes de que el suceso ingrese en los polvorientos anaqueles del olvido, podremos consolarnos pensando que nosotros no somos tan bestiales como la tal Dominique, igual que el sabio pobre y mísero de Calderón se consolaba, mientras recogía las hierbas con las que se sustentaba, comprobando que otro sabio iba recogiendo las hierbas que él desdeñaba. Así hasta que, dentro de unos meses, descubran otra casa, otro jardín, otro sótano donde se almacenen más cadáveres de recién nacidos; y, cuando nos revelen los pormenores del siguiente infanticidio truculento, podremos seguir respirando aliviados durante otra temporada más. Que en esto consiste la función catártica del horror: en que la truculencia de los crímenes ajenos nos exonere de la enojosa tentación de calificar los nuestros, mucho más «neutrales» y asépticos. Ojos que no ven, corazón que no siente, reza el refrán; pero para que el corazón no sienta ante los invisibles crímenes propios, conviene curtirlo previamente con la exhibición de crímenes ajenos tan aparatosos que, por contraste, releguen los propios a la categoría de menudencias irrelevantes.
En una de sus paradojas más brillantes y estremecedoras, Chesterton saludaba a los infanticidas como «pioneros progresistas» capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias los postulados que otros progresistas más remilgados defienden con expresiones sibilinas, por evitarse la mala propaganda que persigue a los pioneros. Para hacer su defensa paradójica del infanticida (para poner a la sociedad de nuestra época ante el espejo de sus crímenes), Chesterton se mostraba dispuesto —en términos especulativos— a despojarse de los «remilgos morales» que defienden la vida. «Si lo que la cristiandad ha considerado moral no tiene sentido —afirma—, entonces deberíamos sentirnos libres de ignorar toda diferencia entre los hombres y los animales, y consecuentemente tratar a los hombres como animales». Nadie aplicaría un aborto a una gata o a una coneja: se deja, simplemente, que alumbre a su prole; y, si la prole es demasiado numerosa, o si incluye ejemplares enfermos, se los ahoga en una palangana y santas pascuas. ¿Por qué no hacer con los bebés lo mismo que con los gatos?, se pregunta Chesterton. Permitamos que lleguen al mundo, para después ahogar a los que no nos gustan. «Tal comportamiento —prosigue Chesterton— sería propia y razonablemente eugenésico, porque podríamos seleccionar a los mejores, o al menos a los más saludables, y sacrificar a aquellos a quienes se llama inadaptados». El infanticida es, en efecto, más «racional» que el abortero; y también, en cierto modo, más bizarro: es verdad que un niño recién nacido no puede defenderse, como le ocurre al niño gestante, pero para estrangularlo hay que cogerlo entre nuestras manos, hay que mirar su rostro, hay que sentir la temperatura de su piel.
Frente a esta pionera progresista de Lille, nos ocurre como a Chesterton: nuestros progresistas aborteros se nos antojan débiles, indecisos y cobardes.

viernes, 30 de julio de 2010

Una anécdota de Unamuno

La cuenta en sus memorias, La rueda de mi fortuna (Madrid: Aguilar, 1958) el gran escritor Felipe Sassone, que se halla un tanto olvidado a causa de no ser ni peruano, ni italiano, ni español, aunque al cabo terminó sintiéndose lo último; acaso se le olvidó también porque a cualquier gacetero que lo infamase lo iba a buscar con el puño arremangado, con lo que muchos se curaban en salud sin acordarse de su nombre; aunque amabilísimo con sus amigos, tenía más mala leche que el propio Emilio Bobadilla, y ya es decir. Sassone se hallaba leyendo en el Ateneo un libro de tauromaquia, y al verle Unamuno le reprochó que no tenía sentido leer esas cosas si no iba a ser torero.

-El saber no ocupa lugar, don Miguel.

Le dijo, a lo que el filósofo, abriendo los brazos amargamente, respondió:

-¡Claro que no! ¡Lo que ocupa es tiempo! ¡Y muchísimo!

Uno no puede ya malgastar tiempo o entretenerse en acumular saberes generales, sino solo específicos; y, además, en el pequeño jardín volteriano de lo que más entiende; se corta las alas para no volar lejos y desventurarse y angustiarse más. El libro de Sassone está primorosamente escrito, con una sintaxis equilibrada y castiza de primer orden, abundante en intertextualidades, y a veces asoma entre líneas el brillo de alguna identidad estilísica (la abundancia de paronomasias, por ejemplo, la feliz expresividad léxica ("el rostro del pobre Antonio, todo cacarañado de viruelas"). Hay bohemia, sensibilidad, anécdotas como la que he transcrito, vida, pasión, sentimiento, inteligencia y corazón. Lo más parecido son las memorias de Insúa, que también son robustas y están bien escritas, en un tono muy parecido, pero Sassone es mejor que él manejando la lengua, es un estilista nato. Otros escritores poseen una prosa que envejece mal, como Felipe Trigo, pero estos dos están tan limpios e interesantes como el primer día. Sassone pasa por Lima y Antofagasta, por Madrid, Barcelona, Málaga y Cádiz, por Florencia, Bolonia y Nápoles, por Buenos Aires, México y La Habana, por París, y deslumbra cuando narra la muerte súbita de su mujer, de la que saca una gran conclusión: cuando el dolor culmina, no quita la vida, sino que la cambia. El dolor es el mejor educador o maestro, y, como suele suceder, ha sido recompensado con cicuta de injusta mala fama, aunque nos hace renacer como el Fénix. O cuando describe las correrías con sus amigos, como el mariquita Jacinto Benavente o el vivales Enrique López Alarcón; el primero lo introdujo en el teatro, con el segundo anduvo por el mundo periodístico; a Rubén Darío lo desnuda después de un banquete pantagruélico y lo acuesta. De todos los países saca alguna seguidilla, cuarteta, cancioncilla o tarantella graciosa, y exhibe un buen oído único.

Corazones partidos
yo no los quiero,
cuando yo doy el mío
lo doy entero.

Si a tu ventana llega
una paloma,
trátala con cariño,
que es mi persona.

Com'acqua a la fontana
che non se secca,
l'amore é na catena
che non se spezza.

Un corazón de madera
me voy a mandar hacer
que no sienta ni padezca
ni sepa lo que es querer.
¡Ay, negrito del alma,
qué vamos a hacer!

Cuando el probe está queriendo
salta el rico y lo atraviesa;
sale el probe puerta ajuera
maldisiendo su pobresa.

Pero también versos sentenciosos de Manuel y Antonio Machado, y epigramas en latín, francés o italiano de todo tipo:

Ci git Piron, que ne fut rien,
pas même academitien.

O el epigrama de Ricardo Palma:

Forma usted líneas de medida iguales
y luego en fila las coloca juntas
poniendo consonantes en las puntas.
-¿Y en el medio? -En el medio, ése es el cuento,
¡hay que poner talento!

En el capítulo XXXI se hace un pastiche del "Donoso escrutinio" que, de haberlo recordado, habría ido a parar a mi artículo sobre pastiches de ese famoso capítulo. En esta ocasión se trata de un baúl que ha de llenar para un viaje a España, y el propio autor hace con su criado una selección de obras que se llevará y declara su homenaje a Cervantes.

jueves, 29 de julio de 2010

Pesadilla

Una extraña obsesión me ha hecho un refrito subconsciente del cuadro de la Duquesa de Alba de Goya con una de las dos (adivinad cuál) glamourosillas, alegóricas y sexys groupies de la pegadiza cinta Video killed the radio star, de The Buggles, cantado con voz de pito vocoder y castratum por el muy gafudo y eltonjoniano Trevor Horn. El resultado es un potaje que podríamos llamar pesadilla. El vídeo es este.

miércoles, 28 de julio de 2010

Diferencias entre EE. UU. y Europa

Estas observaciones se nutren de juicios propios y varios libros que he leído sobre el tema de Carmen Martín Gaite, de Vicente Verdú y de Heras principalmente.

La primera: los estadounidenses son unos beatos y unos meapilas, y su único libro de cabecera es la Biblia; algunos de ellos no han leído otro jamás.

La segunda, cultura es para ellos un sinónimo de espectáculo o publicidad: los periódicos de ese país sin nombre no tienen sección de cultura, como los europeos, sino de espectáculos. Viven en el aquí y el ahora, por lo que para ellos no hay otro lugar que USA ni otro tiempo que el presente.

La tercera, son aldeanos, lo que resulta curiosísimo, porque en ese país están algunas de las ciudades más populosas del mundo, pero es así: en cada americano hay ingénito un campesino palurdo y amante de la naturaleza que lucha por salir, y no les gustan pero que nada las ciudades.

La cuarta, que ya observaba el manchego Heras cuando se fue a vivir allí: muchos de ellos no quieren a sus hijos y los echan de casa enseguida; no poseen una cohesión familiar grande, están muy solos, pueden perderse fácilmente o irse y nadie se molestará en echarlos de menos. Aunque les encantan los comités, no saben abrirse ni hacer confidencias. En este país, el individuo es el rey... pero sólo de sí mismo. En los intleigentes la ignorancia les produce un enorme trastorno existencial. La distancia entre un americano y otro es abismal, porque en América hasta los kilómetros son mas grandes y se llaman millas y hay que recorrerlos en coche; y hasta hay coches más largos que se llaman limusinas.

La quinta, el peatón en Estados Unidos es un raro o friki y hasta resulta subversivo; no existen las aceras sino por excepción, en el centro de las ciudades; toman el coche hasta para mear (y en algunos estados mear en público está prohibido); carecer de automóvil o no tener permiso de conducir es poco menos que una lacra social.

La sexta: no saben comer ni beber, por lo que la proporción de gordos y obesos es la más grande del mundo, uno de cada tres, así como la de alcohólicos. En esto son tan ignorantes como de los idiomas: piensan que Dios habla en inglés.

La séptima: no hay una sola visión de Estados Unidos, sino muchas diferentes: hay una clase cultivada y otra analfabeta: hay un Estados Unidos de la costa este, de la oeste y del centro, hay un Estados Unidos negro y otro hispano; es un país tan enormemente diverso que precisamente por ello sólo las simplificaciones y los estereotipos mencionados antes logran unirlos en una sola bandera y opinión; mejor nos iría si fuese blanca.

La octava: el sentido del humor estadounidense se funda en lo estrambótico o la exageración desmesurada.

Desnacionalizar España

No hay bandera más hermosa que la blanca; el único poder higiénico es el compartido y España debería ser una denominación administrativa igualitaria y compartida, pero no es así. Criterios que no son racionales, ni administrativos ni igualitarios han entenebrecido el gobierno de España y este dudosísimo sistema electoral de listas cerradas donde vence el que más publicidad hace y más espectáculos monta, no el que más mejora la educación o la sanidad. La administración debería desvincularse de los pegadizos y decimonónicos conceptos de nación, que tantos males han acarreado a lo largo de la historia a tantos europeos, americanos y africanos, y sobre todo a gentes que se mueven más por sentimientos (y por tanto por prejuicios y perjuicios) e idola fori que por razones; uno de los males de las autonomías ha sido ese, el de crear fantasmas de sentimiento nacional en panoramas que deberían ser asépticos y racionales. Todo nace del Romanticismo decimonónico, de la teoría alemana de los caracteres nacionales o volkgeist; hubo dos tendencias: una iusnaturalista y sustantiva, que afirmaba que la fuente del derecho era la naturaleza y debía inspirarse en el aquí y el ahora, que la gente podía crearse sus propias leyes (Thomas Paine), y otra consuetudinarista que afirmaba que el derecho era sólo costumbre y precedentes, el llamado derecho positivo, que evolucionaba sólo muy lentamente (Edmund Burke). En Teoría y praxis, Habermas afirma que incluso los principios iusnaturalistas se inspiraban en el derecho positivo, pero Paine dejó bien claro que no era así en su Derecho del hombre. La tendencia iusnaturalista causó la revolución estadounidense y la francesa, la consuetudinarista se opuso y con ello no hizo sino acelerar esas revoluciones. Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de toma de decisiones que no asume precedentes. Si tengo que elegir entre Europa y Castilla-La Mancha, me quedo con Europa, porque en ella está Castilla-La Mancha y, además, muchas otras comunidades más. Pero desnacionalizar España requeriría un nivel de civilización que la barbarie presuntamente pragmática de los necios políticos de ladrillo y satrapía/virreinato están lejos de contemplar siquiera.

Autonomías

¿Para qué sirven las autonomías, ese moderno monstruo de Franlenstein que no está muerto ni vivo, que ni es región ni lander ni federación ni nación ni nacionalidad ni comunidad autónoma ni mancomunidad ni comarca ni la madre que lo parió y que a lo más que se parece es a una satrapía? Para multiplicar los pasos y enlentecer, encarecer, enredar e impedir la justicia y la resolución práctica de los problemas, para, a la oscuridad o sombra de esa confusión, aumentar el secretismo y los índices ingénitos de corrupción; para reducirlo todo a cuestiones de publicidad y compadreo y, por último, para que el ciudadano pierda los derechos designados, que no ganados con una ridícula constitución que más bien es carta otorgada gracias a un caciquismo nuevo, el neocaciquismo, que retrotrae a los últimos tiempos del XIX. La operación consistía, fundamentalmente, desde la famosa e inexistente transición, en transformar a España en una especie de Italia donde la mediocre burguesía franquista pudiese robar impunemente o con una modesta y falsa capa de legalidad constitucional, aarinconando los valores republicanos del mérito, la capacidad y el trabajo, y nadie se atrevía a decirlo, salvo tal vez un individuo algo gilipollas cuyo apellido empieza por J., pero es la verdad. Hay un número enorme de funcionarios duplicados y de sobrantes comités cuya única función es cobrar y justificar dudosillas transacciones de dinero; demasiados políticos, senadores y legisladores alérgicos a la vergüenza, a la dimisión y al paro (suyo) que legislan sobre materias inútiles y estúpidas y sofocan e impiden articular el desarrollo económico; mafias tan infiltradas que han hecho de los políticos hombres de ladrillo y políticos catarriberas y mequetrefes que viven de la bandeja de tapas, de chupar mindas y de lamer culos. ¿Y que es lo más gracioso de toda esta cueva de ladrones? Que aún le falta un Alí-Babá como Berlusconi.

martes, 27 de julio de 2010

Iniesta, un ejemplo

Enrique Yunta, "Gran reserva manchega", en ABC de hoy:

El héroe de España es manchego y vive plácidamente en Cataluña sin que nadie le reproche su deje. Como otros tantos, aterrizó en Barcelona siendo un crío, presumiendo orgulloso de sus orígenes sin que ello le haya supuesto algún problema. A estas alturas ya todo el mundo sabe que hay un lugar de la Mancha cuyo nombre siempre será recordado, un pueblo llamado Fuentealbilla en el que nació una estrella eterna.

En una de sus frases redondas, Pep Guardiola definió a la perfección a Iniesta: "Es un ejemplo para las generaciones del fútbol base. No lleva pendientes, no se pinta el pelo. Tenga más o menos minutos, nunca se queja y siempre juega bien", concluyó. "Hasta el momento, no me ha llamado la atención llevar nada de eso", se defiende. Faltan Iniestas en España ya no sólo por su talento, que también, sino por su humildad, valores que le inculcaron en una casa sin estridencias alejada del lujo, hijo de padre albañil y madre para todo. Aprendió lo que cuesta ganarse la vida y cargó un coche de maletas después de despuntar en el clásico torneo de niños de verano, de Brunete a La Masía, de Albacete al paraíso.

Iniesta es un tipo corriente, tan natural en su discurso que no parece futbolista, alejado siempre de los focos, incómodo con un micrófono de por medio aunque parece que cada vez se suelta un poco más. "No me privo de ir a un sitio si me apetece, aunque me pare la gente", confiesa, consciente de que los aficionados son fundamentales en su éxito. Vive en Sant Feliu, tiene cinco perros (otro en Fuentealbilla) y está al corriente de lo que sucede lejos de los campos de fútbol ya que sigue la actualidad con detalle. Además, domina perfectamente las nuevas tecnologías, colecciona películas y series y lee con frecuencia en las concentraciones, práctica en desuso en su gremio. Es Andrés Iniesta, un español más, un joven con principios que presume de vestir "ropa normal, tipo Zara", y que no casa bien con las bebidas alcohólicas.

Sin embargo, y pese a este último detalle, siente un arraigo tan íntimo hacia su pueblo que se ha animado a crear una iniciativa empresarial para que Fuentealbilla esté en todo el mundo si es que no lo está ya. Las Bodegas Iniesta asoman en el mercado del vino y en otoño se esperan los primeros frutos. La bodega ha generado una decena de puestos de trabajos fijos (está al frente su padre) y otros eventuales, otro gesto para enamorar a un vecindario que no puede tener mejor representación.

Lo que hay entre ciencias y humanidades.

Creo que hasta que las máquinas no desarrollen un egoísmo, un autoprograma, un cierre defensivo, no llegarán a ser realmente conciencias, no digo inteligentes, ya que nuestro concepto de inteligencia es demasiado antropomórfico; en este planeta sólo hay dos criaturas que han desarrollado lenguajes en los que existen nombres propios para separarse o clasificarse en lo colectivo: el hombre y el delfín, como últimamente se ha descubierto; así pues, sólo estas dos especies poseen un status de conciencia individual, más que de inteligencia. Sobre ello va esto, un refrito mío de varios textos ajenos tomados de por ahí:

Se pueden formular reglas que permitan descartar o confirmar una hipótesis, pero no reglas que permitan formularla. Lo que le llevó a esa concesión fueron los descubrimientos debidos a golpes súbitos de imaginación y, muy en particular, la hipótesis de Kekulé.

Kekulé estaba seguro de que los compuestos orgánicos se basaban en cadenas de carbono, pero el benceno no le cuadraba en el esquema. Faltaban dos átomos de hidrógeno. Después de meses de desesperación, se quedó traspuesto junto a la lumbre y soñó con una serpiente que se mordía la cola, ¡lo que resolvió el enigma! El benceno no era una cadena lineal, sino un anillo, y los dos átomos de hidrógeno ausentes no eran más que el precio químico de juntar los dos cabos. ¿Puede un ordenador soñar algo así?

"No hay duda de que la imaginación científica puede basarse en lógicas aparentemente externas a la ciencia, como la serpiente que se muerde la cola de Kekulé", responde en una entrevista por correo electrónico el sociólogo James Evans, de la Universidad de Chicago. "Nuestras mentes son sistemas semipermeables, y la investigación psicológica y social indica que es muy probable que tome patrones prestados de la política y la religión, de la estructura física de su entorno, de sus pautas de acción, de sus metáforas y compromisos culturales. Esto hace posible para los científicos considerar de forma fructífera una amplia gama de patrones"La computación blanda y la lógica borrosa introducidas por el matemático azerbaiyano iraní Lofti Zadeh, de la Universidad de Berkeley, utilizan redes neuronales (programas que aprenden de la experiencia) y algoritmos genéticos (programas que evolucionan en el tiempo) para diseñar máquinas capaces de aprender a manejar conceptos difusos, como hacemos los humanos.

El lingüista William Labov, fundador de la moderna socio-lingüística, demostró en 1973 que las categorías taza y cuenco son difusas en nuestro cerebro: se solapan una con otra, y su uso depende más del contexto y la experiencia del hablante que del tamaño real del recipiente. Por ejemplo, muchos sujetos del experimento consideraron el mismo recipiente como una taza (si se les decía que contenía café) y como un cuenco (cuando un rato después se les sugirió que servía para comer). La decisión entre los dos nombres depende a la vez de otros factores: tener un asa, ser de cristal, llevar un plato debajo y exhibir un diámetro creciente de base a boca restan puntos a cuenco y empujan al hablante hacia taza. La inteligencia artificial consiste simplemente en que los robots tomen las decisiones para las cuales han sido programados, haciendo que parezca que las toman por voluntad propia y no porque les hayan manipulado el cerebro para ello. En resumen, son tan estúpidos como la mayoría de los seres humanos, con lo cual representan también un éxito. Por otra parte, un robot será inteligente cuando se le "ocurra" -sin que nosotros lo hayamos programado para ello- crear otras especies de robots, ya sea por curiosidad intelectual, para que le hagan el trabajo, etc. No darse cuenta de esto es confundir "inteligencia" con "procesamiento automático de la información". Es criticable la existencia de una barrera para la IA, como la conciencia o los sentimientos. Los sentimientos son los necesarios para la supervivencia de nuestros genes. Cuando se planean los problemas psicológicos humanos como defectos, p. ej., se olvida que muchos factores que en un entorno son fallos, en otro son la diferencia entre la supervivencia o la muerte. Y al final los sentimientos son un sistema avanzado de incentivos y alarmas, eso sí, con un periodo de pruebas muy largo. Por eso es posible que entes de creación humana puedan llegar a desarrollar algo similar a una conciencia, puesto que es un sistema que ayuda a integrar todo lo que puede ser útil para la supervivencia ¿y por qué no van a desarrollar instintos gregarios, por caso? Es una de las claves de la supervivencia de un grupo de organismos que comparten intereses comunes (pueden ser genes). Parafraseando ¿soñarán los androides con ovejas eléctricas? Eso es lo que no está tan claro, pero es posible que soñaran. Y, como dice Mr. Smith, en el momento en que las maquinas empezamos a pensar por vosotros, el mundo dejo de ser vuestra civilización para pasar a ser nuestra civilización. Parece que la cibernética avanza en el uso de conceptos abstractos, difusos e intangibles y se da mucha importancia al uso de patrones como base del funcionamiento de la mente humana, patrones en diversas disciplinas y abstractos como conceptos de poder, libertad, justicia, peligro, etc. Y uno de esos conceptos abstractos es la ausencia de todo concepto. Un robot será inteligente sólo cuando sea capaz de aburrirse y sentirse vacío. Más aún: un robot será inteligente cuando sea capaz de sufrir angustia existencial. Lo demás es resolución de tareas más o menos sofisticada. SI la inteligencia es lo que nos permite vivir insertos en una totalidad simbólica cerrada y autorreferente, la prueba de que un ser exhibe comportamiento inteligente es, precisamente, el colapso del sentido de esa totalidad. Ahora mismo la robótica está limitada a la capacidad creativa del hombre, pero en el momento que el robot sepa generar por sí mismo sus propias acciones y actitudes (algo que pasa porque por sí mismos reinterpreten y generen nuevos códigos) podremos asegurar que son totalmente autónomos.