sábado, 14 de enero de 2012

Leído por ahí

No sabía yo quién era esa tal Ana Blanco, así que he buscado por ahí y hete que me encuentro esto, que es pedagoga, no periodista, que presenta el telediario de la primera cadena y que


Existe una mujer que narra con la misma entonación el inicio de la Guerra de Irak y el de las fiestas de San Isidro. Ella es aséptica por definición; un busto parlante esculpido por los griegos en el friso del Telediario. Inmóvil, hierática, inexpresiva...

Kate Winslet tiene en Titanic el rostro de Ana Blanco en aquella secuencia en la que su madre en la ficción le aprieta el corsé hasta el dolor como metáfora -simple, todo hay que decirlo- de la represión a la que vive sometida. En el caso de Blanco, eso sí, es ella misma la que se ciñe los cordajes. Y eso le ha valido salir indemne de todas y cada una de las purgas, al más puro estilo soviético, que ha vivido TVE en los años de democracia.

Matías Prats, Ernesto Sáenz de Buruaga, Alfredo Urdaci, Lorenzo Milá… Ella les ha visto caer a todos. Y allí siguen, ella y su peinado, impertérritos al paso del tiempo, después de veinte años, seis legislaturas y tres gobiernos de distinto signo político: los de Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero.

Estos días, Ana Blanco ha narrado con absoluta indiferencia, en ese tono institucional que sin duda domina mejor que nadie, la debacle de sus ahora jefes en las elecciones municipales y autonómicas. Y lo ha hecho (unidas en un especial y después por separado) junto a las dos damas de hierro de la actual televisión pública, Ana Pastor y Pepa Bueno, cuyas cabezas esperan temblorosas la caída de la guillotina electoral del marzo venidero.

Se ofrecen puestos de trabajo bien retribuidos



Pues sí, habéis leído bien. ¿Dónde está el truco? Aquí.

viernes, 13 de enero de 2012

El Bacá



EL BACÁ 


Debo la vida a un alumno que cursó segundo de PCPI en el Instituto donde doy clases. PCPI es lo que llamaban antes Garantía Social; ahí van a dar los excluidos de todas partes que no encajan en ningún molde educativo de los teóricos y envasados en cajas por el gallinero pedagógico, pero aún poseen el coraje de perseverar en la enseñanza cuando ya han descargado todos los cartuchos y alejado todas las posibilidades. Entre estos desesperados, a punto de pasar ya la raya de la vida adulta, he tenido alumnos inolvidables, tan agradecidos que siempre te saludan cuando te ven. Nunca los verás deprimidos: van por la vida con una alegría más que reconfortante. Al cruzármelos se lo he dicho admirado: "Que Dios os conserve esa alegría: la vais a necesitar."

El trabajo de un profesor con ellos es en su mayor parte motivarlos. Es muy importante al principio dedicar bastante tiempo a conocerlos (los de este tipo son muy mentirosos) para luego inculcarles desde la confianza un respeto no sólo por la materia que deben, sino que pueden asimilar. Porque nunca aprenderán lo que no consigan valorar, ya que su juicio, aislado en una defensa numantina de su mortificada autoestima, se compensa con un enorme complejo de superioridad que cree no necesitar ninguna instrucción. Casi una fobia educativa. Por ello el profesor debe aproximarse a ellos cautelosamente, poco a poco, en espiral, de forma afectiva y cordial, antes de empezar a poner casi inadvertidamente los ladrillos básicos para reconstruir sus conocimientos. Les haces ver así, como si lo dijeran ellos mismos, que el trabajo es el cimiento de toda autoestima y luego que el lenguaje sirve para que los demás te aprecien y te definan, para lograr el acceso a la gente, incluso al trabajo, por medio de los test psicotécnicos de ortografía, y por ello pueden, deben y hasta quieren hablar y escribir mejor. Procuras inculcarles la idea de corregirse, de mejorar en ese aspecto; si asimilan esa idea como un principio, irán progresando por sí mismos aun cuando el profesor no esté, lo que aprendan se irá acumulando, llegarán a hablar mejor y, por tanto, a redactar pasablemente, e incluso a escuchar con atención o a leer y apreciar un libro lo bastante como para no soltarlo al segundo párrafo, quizá ni al segundo capítulo. 

Pero lo que quiero contar es el caso de dos muchachos que venían de la República Dominicana. Eran de piel oscura (negros, vaya), muy altos y atléticos, pero uno, Edison, más delgado y retraído que el otro y de pelo ensortijado. Su mirada oscura fascinaba o, más bien, repelía con dos hondos puntos de luz que asustaban un poco. Los demás chicos le tenían un poco de miedo. El otro, su primo, Wilson María, se esforzaba para que los demás lo aceptaran o, al menos, no lo ignoraran. Acudía bien poco por clase, algo que los profesores de PCPI controlábamos mucho, porque de ningún modo podríamos aprobar a nadie que no cumpliera un requisito tan indispensable y, cuando vio el suspenso de la primera evaluación, noté que algo raro le pasaba por la cara. 

-Le vendrá a ver mi bacá.

Dijo, desafiante. Y se marchó dando un portazo.

Wilson María, su primo, se quedó petrificado. Blanco, si no hubiera sido tan negro. Pregunté yo:

-¿Qué te pasa, Wilson?

No quiso decirme nada y no le di importancia; de hecho, pensé que había querido decir "mi papá", pero la verdad es que había dicho claramente "bacá". Quizá fuese su madre en pidgin o criollo haitiano. Anoté mentalmente el término (a los profesores de lengua les mola mazo mirar el diccionario) y me propuse buscar qué significaba.

Concluyó la clase y observé que Wilson se retrasaba en salir -una rareza entre los alumnos de PCPI- como queriendo hablar conmigo sin moros en la costa; yo le miré, pareció arrepentirse de algo y se marchó con cabeza gacha, murmurando por lo bajo.

En el recreo atisbé a ambos primos discutiendo acalorados, con mucho despliegue de brazos, manos y dedos acusadores. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda como una fría lagartija metálica. Las jodidas restricciones del gasóleo en calefacción. Hasta los alumnos querían hacer huelga por eso.

Me resfrié rápidamente. No es algo común entre profesores: aspiramos tantos virus de la muchachería que nuestro sistema inmunológico ya es casi a prueba de bomba nuclear, incluso a prueba de bomba fétida. Pero mi catarro no dejaba de empeorar. Me subió la fiebre y estornudaba tanto que tuve que dejar de dar clase y guardar cama. El médico de cabecera empezó a preocuparse al ver que ningún medicamento me hacía efecto y me envió al Hospital. Me diagnosticaron una neumonía atípica y me recetaron Vancomicina, el antibiótico que usan cuando todos los demás fallan. Por lo visto era una infección de supermicrobios resistentes. Pero los médicos andaban desconcertados porque los análisis se mostraban impolutos: en teoría yo era un hombre sanísimo. Hasta realizaron una investigación interna para comprobar si habían confundido mi analítica con la de otro paciente. Llamaron a mis familiares más cercanos.


Pero lo que más me conmovió fue que viniera un alumno a visitarme. Era Wilson.


No le dejaron verme, porque acababa de entrar en la UVI, medio sedado, pero consciente, muy aislado por si fuera contagioso. A través del cristal me enseñó un folio con letras negras escritas con rotulador, muy grandes:


"Vístase al revés y sanará"


¡Qué estupidez!, pensé. Pero no: no era una alucinación causada por los sedantes, no era una broma sin sentido, no era un sueño absurdo. Era Wilson, y decía que me pusiera el pijama al revés. Algo en sus ojos me hizo tomarlo en serio. Si uno está luchando por vivir, hará cualquier cosa por estúpida que parezca.


Me costó bastante: no es fácil cambiarse con una vía intravenosa en la mano y con fiebre caballuna. Lo peor, hacerlo sin que te vean las enfermeras y sorteando mi propia incredulidad. ¿Qué les diría si me pillaban haciéndolo? "No es nada, es un delirio"


Ante la espectacular mejoría los médicos se rascaban la calva pensando qué narices podría haber sido. Me reincorporé a las clases normalmente. Como es natural, andaba muy mosca por el bacá y saber por qué Wilson había escrito lo que había escrito. Pero no pude sacarle una palabra; incluso negaba haber ido al Hospital. Edison no volvió a aparecer, ni sus padres siquiera. El teléfono de sus fichas no respondía. Consulté todos los diccionarios y enciclopedias del Instituto y la Biblioteca Pública, pero no encontraba nada. Sólo un compañero con quien quise consultar esto me sacó de dudas. Era Ramón Alegre, un profesor de Historia jubilado que pasaba sus últimos años coleccionando librotes de viejo; un ilustrado habría podido decir de él que era "de erudición desordenada".


-¿El bacá? ¡Hum! Lo consultaré, lo consultaré...


Tardó una semana en llamarme con el resultado de sus pesquisas. Creía que lo había olvidado. La cita fue en un café del centro famoso por su aspecto mugriento, que los dueños querían hacer pasar por antiguo; llegué yo el primero y cuando entró él me dirigió una mirada entre suspicaz y reprobadora, como si yo fuese un bicho raro y él un entomólogo.


-Jovencito, ha tenido usted una suerte como hay pocas.


-¿Cómo?


-Un té con limón, por favor. Le digo que ha tenido una potra desmedida. No sabe cuánto he tenido que revolver para resolverle la duda. Ese bacá del que hablaba. Figúrese: de los repertorios léxicos hispanoamericanos de afronegrismos he tenido que pasar a los grimorios y los tratados de demonología americana.


Me miró por encima de los lentes con reprobación.


-¡De Demonología, nada menos! ¡Ciencia lúgubre e ingrata donde las haya! ¿Le suena el vudú? Pues es algo peor: el bacá es uno de los diosecillos menores, o demonios, que ha recogido en su infecto seno la Santería, una religión sincrética caribeña muy parecida al vudú, aunque no exactamente igual. Y es un diosecillo maligno, por más señas, a cuyos protegidos no conviene, pero que nada, molestar ni fastidiar, porque han hecho un pacto de servidumbre ultraterrena con él. Por supuesto, esto no venía en clásicos como el Ciprianillo, el Turiel o el Legemeton; la demonología africana es, todavía, casi un terreno virgen en la bibliografía española. 


Le vi envanecerse ridículamente; pero su rostro se ensombreció poco después de tomar un largo sorbo de té y me estremecí involuntariamente. 


-Saber algo de esto no es ni fácil, ni digno, ni recomendable; desde luego, no tiene que pasar de aquí. Se dice incluso que más temprano que tarde se paga por ello. No se puede recurrir impunemente a según qué cosas. Si ya es peligroso conocerlo, practicarlo ya es fatal. La gente vulgar, entre la cual incluyo a esos ingenuos soi-disants científicos, cree que no hay fuerzas oscuras o que son supersticiones y pamplinas, pero los que se han topado con ellas desde que han nacido han aprendido por experiencia y por las malas que no se puede invocar a los seres olvidados sin que algo incalificable llame a la puerta o se deje apenas vislumbrar en lo oscuro. Amigo mío, usted se ha librado por esta vez; de ahora en adelante tenga la puerta bien cerrada, lleve esta Cruz de San Benito, rece a San Miguel arcángel y procure tener cuidado con  la gente de la ESO.

Deponerse

Mucha gente batalla por ser quien es, quien sea, quien quiera que sea o suponga ser. Ser más lo menos, si bien ser es un verbo huero, una cópula/cúpula sobre un vacío. ¿Qué es lo que menos puede decirse de una cosa? Que es, que es una cosa. Pues eso es lo que quiere la gente (ser): nada, o sea, o séase, ser. Ser algo no añade nada al algo que uno es. Un énfasis, puede ser, si es que se pudiera ser, ya que ser no es nada menos que lo que es nada, nada, o sea. Y ¿qué es, qué significa, qué representa ser?


Si ser pudiera significar algo, sería un límite, un atributo, una mancha, algo tan pegadizo como la mierda. Yo creo que todos deberíamos deponernos, ser menos que nada, para quizá atraer lo que le falta al ser. Esa hondura, esa humildad es muy valiosa; tiene la fuerza de una petición y la forma de una pregunta. No exige el mundo, sino del mundo después de haber exigido a uno mismo. Incluso podríamos llenarnos, henchirnos, de otros mismos, sacándolos-nos del rincón de fuera donde los-nos pusieron los prejuicios, o más bien donde nos-los llevaron los itinerarios que nos dieron o nuestros deseos de ser lo que no somos ni podemos ser, o sea, nada. Es bueno sacar del desván el antiguo uno mismo y sacarlo por ahí para que tome el aire. Como dijo Cristo, niégate a ti mismo, cógete y síguete. O desnúdate de hombre viejo y vístete de hombre nuevo, que San Pablo. Deponerse, o sea.

miércoles, 11 de enero de 2012

Cecilia II





Cecilia II





Necesitábamos un hijo, pero mi esposa era estéril. Ella prefería una niña, y yo conseguí, gracias al Instituto de Genómica que dirigía y financiaba, la oportunidad de realizar el sueño más imposible que una persona nunca pudo tener. Había que experimentar con un sujeto cualquiera que ya no existiera para impedir reclamaciones. Siempre podríamos decir que el modelo genético previo había sido cedido anónima y gratuitamente.
En mi juventud me había enamorado de la voz, las letras y la imagen misma de la cantante Cecilia, y quería recuperar ese sueño, disfrutarlo, hacer carne ese verbo, ese logos, esa letra de canción en forma humana. Quería clonar a la cantante que desapareció en un trágico accidente de automóvil hacía ya tantos años, cuando aún había un pasado imposible de recuperar.
Ahora era posible volver en el tiempo y arrebatarle algo al pasado. La clonación me daba por fin la oportunidad de devolverle a un ser humano las oportunidades que la crueldad de un Dios indiferente le había quitado, y eso fue lo que hicimos.
Costó mucho encontrar algo de material genético incólume de Eva Sobredo; lo hallamos en el pegamento de un sello en que contestó a uno de sus fans; lo cotejamos con el de otras cartas de su puño y letra a otras personas y obtuvimos de ellos la cesión de derechos necesaria, así como la más estricta y dura de las cláusulas de confidencialidad. El resto no fue un problema, gracias al dinero que me dejaron mis padres; de hecho, en lo que más se gastó fue en ocultar el hallazgo el tiempo suficiente para que la niña pudiera crecer tranquila al abrigo de los asquerosos medios de comunicación.
Se me planteaba, sin embargo, un dilema angustioso. ¿Debía educar a Cecilia II de la misma manera y darle las mismas oportunidades que a Cecilia I? Yo quería tener a la Cecilia I que había perdido en mi juventud, pero, por más que me esforzaba, no podía repetir todo sin falsear absolutamente el resultado. Cecilia sería una nueva persona o, todo lo más, tendría un gran parecido a la Cecilia original, pero sería una criatura de estos tiempos, una mixtificación, una fotocopia borrosa de una época y una sensibilidad ya extintas, una hija, en realidad, de mi mismo y de uno de mis sueños, no la hija real mía y de mi mujer, y ni siquiera la hija que hubiera podido tener con Cecilia I si hubiéramos compartido algo más que la infancia, la escuela y una distante admiración. 
Cecilia II estaba empezando a ser una criatura hecha a imagen y semejanza del mundo científico y nihilista que la iba a rodear y de hecho ya la estaba rodeando, del mundo que la llevaba en su seno alquilado como una madre lleva a su hijo, un mundo distinto al de los años setenta que yo amaba, un mundo disgregado y materialista que odiaba con toda mi alma; sería una hija de dos tiempos, el del sueño y el de la razón. Y yo lo estaba viendo crecer, veía cómo la imagen que guardaba en mi memoria se adulteraba, se distorsionaba, se pervertía y transformaba en aquello que nunca jamás pensé que pudiera llegar a ser. Por eso la maté sin que sufriera.
Así siempre podría ser nada de nadie.



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lunes, 9 de enero de 2012

La tertulia de Álvaro Pombo

Qué duda cabe, Álvaro Pombo es un gran escritor; se leen siempre con agrado sus novelas de palomo cojo, pero yo siempre lo he discurrido más poeta que narrador, porque a veces suelta unas alegorías tan acertadas que te pone patidifuso; a mí me aburriría si no tuviera su prosa un algo de elegancia y esas metáforas de vez en cuando. Su fondo es ético y, pese a la austeridad de sus modos realistas de contar, merece el adjetivo de interesante, pero también de elíptico, porque sus personajes se demoran demasiado mariposeando miedosamente en torno a un fuego centrípeto hasta que se queman. Le han concedido, seguro que merecedosamente, el premio Nadal. Leí una entrevista ayer donde decía no tener raíces "sólo un piso en Madrid", que sonó ocurrente. Aconsejaba "hacer el bien, porque el mal ya está hecho". Muy cierto. Y sobre su novela: "Trata de la ética del cuidado. Hay ética del cuidado y de la responsabilidad. Yo trato la del cuidado pero al revés... Son personajes que descuidan a otros. Si no cuidamos a las personas, el mundo se viene abajo". Palabras más que sensatas y que suscitan legítima admiración, cuando tanto escritor se pone a jugar del vocablo y no a dar ejemplos, que es lo menos que puede hacer un narrador.

Narradores dignos del tiempo que se gasta en leerlos los hay en España. En realidad, es rareza muy común, por más que siempre sea cuestión de parecer. Del mío lo son Juan José Millás, Javier Tomeo, Manuel de Lope, Enrique Vila-Matas, Javier Marías o el mismo Pérez Reverte, del mismo saco que Eslava Galán, tan ameno y ágil como él e igual de facilón si se relaja. En poetas el asunto es difícil. Me solazan, por supuesto, tanto el culto y  cosmopolita prosaísmo de Luis Alberto de Cuenca o Jon Juaristi como los vacíos desolados de Eloy Sánchez Rosillo o Gamoneda, pero también los lujos, decadencias y miserias de Luis Antonio de Villena o los éxtasis laicos del técnico en eliminación de residuos tóxicos urbanos Vicente Gallego; no hay, sin embargo, poetas de apagón, que son los más raros. Rosillo y Gamoneda llegan a crepusculares, pero poetas de apagón, apagón, de una carga tan negativa como Leopardi, Feuerbach o por lo menos un Hardy, ni uno... También es verdad que no son nada encontradizos y muy difíciles de ver, pues la amargura y la bilis negra no venden pero que nada. En el siglo XIX teníamos al gran Nicomedes Pastor Díaz y un par de buenos posrománticos tenebrosos como Larmig o Dicenta, uno autodegollado con una navaja de afeitar y el otro echado a perder por la cirrosis y el delirium tremens. El resto sólo cae tanto en momentos dados. Todos cuentan con algún libro o poema que merece puesto muy hondo, porque también en lírica es suma la excelencia, si bien, como suma, hay que contar las piezas no logradas.

En teatro, qué se le va a hacer; Jordi Galcerán y poco más; se estrena tan poco de lo que se escribe que no hay tutía. No puedo destapar a nadie. Y de ensayo habría ya demasiado que hablar.   

domingo, 8 de enero de 2012

Nadie lo diría


Nadie lo diría

(apólogo)

Una tarde apagada y fría de noviembre, de esas gachas y amenazantes, cuando todos los comercios han cerrado, yo pasaba una y otra vez por la misma calle sin nombre de una ciudad castellana donde no he vivido nunca. Alumbraban ya las farolas y la luz se había equilibrado con la oscuridad, así que nada proyectaba sombra. La hora ideal para un fotógrafo.


Había renunciado a ser quien era y con un esfuerzo titánico de voluntad borré los últimos treinta años de mi vida; ya era otra persona; sólo mantenía en mí las sensaciones y sentimientos elementales e ingenuos de un adolescente de diecisiete años. Por eso miraba a los pisos iluminados, llenos de mujeres solteras o que esperaban a sus maridos, al lado de un grifo de agua potable o de una lámpara encendida con un fuego de hogar. Solteras o que esperaban. 


Escogí una alta y que no tuviese macetas, que eran más a propósito; cuando alguien entró pasé yo también a la escalera y me retrasé echando los papeles de publicidad a los buzones que había cogido previamente del supermercado. Con pegamento seco sobre dedos y palmas, por supuesto. Daba más tiempo si era un piso último, es más, podía esconderme mejor en el hueco de la escalera hacia el tejado, sin que ninguna vieja chismosa me oteara por la mirilla. Son curiosas las mirillas telescópicas: en los años sesenta no había ninguna. Quien las inventó se hizo rico en los setenta y en los paranoicos ochenta se pusieron de moda las de aumento, aunque asustaban más. Cronometré el tiempo de subida en el ascensor y lo sumé al de entrada: dos minutos y veintiseis segundos. Sumé otros treinta de marcha, descarga al bote de basura y vuelta. Como toda familia normal, cenaría sobre las diez y yo podría oír perfectamente la puerta cuando se abriera para bajar la basura; mi única preocupación era escuchar además algún ladrido, pero eso no ocurrió y encima no tuve que esperar mucho, aunque aproveché para repasar otra vez la suela de mis zapatillas de goma, el chandal discreto y el gorro del pelo; ya eran las diez y treinta y cinco cuando alguien abrió y bajó; disponía de casi tres largos minutos para ver si había dejado abierta la puerta como hace todo vecino confiado con el mundo y colarme debidamente en la casa. Era una mujer, conocía ese ruido de tacones, es más, soltera, porque los zapatos sonaban rápidos y juntos.

El apartamento era grande y calentito, pero decorado de forma espartana, probablemente porque era de alquiler. No oía televisión ni radio alguna, así que, tal y como declaraba el buzón, era mujer sola y soltera, no muy mayor a juzgar por la letra mayúscula de bolígrafo bic. Aunque había un armario capaz, era mejor esconderme bajo la cama, porque sea cual sea, la madera cruje y no poco. Visité la planta con el tiempo justo para cerciorarme de que no había animal ni humano ni vecino en el lugar, ni siquiera un vecino asomado a la ventana, aunque era piso alto (creo que ya he dicho que son mejor los altos).

Me escondí, pues, bajo la cama, subiéndome el cuello de la camisa, porque el roce hace mucho ruido. La chica era hacendosa, porque no había pelusa, algo raro entre las estudiantes, pues esta lo era, a juzgar por los librotes y rotrings que vi en la mesa bajo el flexo encendido. Medicina o Enfermería, probablemente.

Agoté mentalmente el argumento con pelos y señales de El señor de los anillos mientras esperaba que viniese a acostarse. Por los ruidos colegí que cenó en frío. Luego se duchó, estudió otro poco, puso la tele y la volvió a apagar. Sospecho que no le gustaba nada Televisión Española. Habló por móvil con su madre y con una amiga diciendo auténticas banalidades, pero me gustó su hermosa voz. Por fin se puso un camisón rosita, por lo que pude ver en las faldas, con zapatillas a juego, y se echó. No debía ser corpulenta: la cama apenas se combaba ni gemía. Percibí que se empezaba a dormir porque la respiración se hizo más profunda y acompasada y sonó una patada leve, como si fuera una sacudida mioclónica. Dos minutos y sería mi oportunidad.

Salí sigilosamente, abrí la puerta con ayuda de una tarjeta para no hacer ruido, cogí la tachuela de un póster como trofeo para mi colección y me marché de allí, porque no soy un pervertido ni un asesino en serie, sino solamente un escritor que de vez en cuando hace experimentos fuera de la ficción y se comporta como un personaje de novela.

Pero, por si acaso, cerrad la puerta cuando bajéis la basura. Es que últimamente siento que la novela de terror española necesita alguna aportación de mi parte.

Unos cuantos vídeos sobre educación


Vídeo 1.


Vídeo 2.



Así se habla


Sí señor, así.

La canción más hermosa del mundo


Esta es, para un nacido en los cerros de Úbeda, como yo, la canción más hermosa del mundo.

sábado, 7 de enero de 2012

Liturgia católica del matrimonio entre hombres


Pues sí; la Iglesia cristiana antigua podía casar, y de hecho casaba (hay al menos ochenta de estos ritos documentados en la iglesia católica y la ortodoxa), con un rito litúrgico especial denominado Adelphopoiesis, Fraternitas iurata u Ordo ad fratres faciendum, a hombres con hombres; se denominaba de otra forma, no contemplaba el sexo -por qué, si el sexo genera familia- pero existía bien existido y se introdujo y oficializó incluso durante el (supuestamente) reaccionario Concilio de Trento, aunque es antiquísimo, de suerte que Eduardo II y Gaveston se casaron de esta manera y muchos otros ingleses e irlandeses, como los santos mártires Sergio y Baco (siglo IV), e incluso en el siglo XIX, por lo que se conoce del beato cardenal John Henry Newman y su capellán y orientalista Ambrose St. John. Así se representaba a los santos Sergio y Baco:




Hala, ¡toma tomate, relativismo cultural!

El negro


El negro
ROSA MONTERO, El País, 17/05/2005

Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.

Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: "Pero qué chiflados están los europeos".

Una curiosidad: el Galio

La gente no se da cuenta de que hacer dinero es en realidad fácil, si es eso lo que uno quiere en realidad. Sólo hay que pensar un poco y tener un mínimo de capital (preferiblemente el de otro) e invertir en lo que tiene futuro. Lo difícil es ver ese futuro, porque hay que tener cierta perspectiva y sentido crítico, virtudes estas que no se tienen sino que se adquieren, y no fácilmente, pero sirven para seleccionar y sopesar las oportunidades. Os puedo dar yo mismo un ejemplo: invertir en una materia prima que en unos años, ya mismo incluso, está aumentando de precio exponencialmente, el galio. Es un material que se emplea invariablemente en las células solares avanzadas, es más, se usa también en los LEDS, los dispositivos luminosos que sustituirán a las bombillas por su bajo gasto energético. Aunque es un material muy abundante, está muy diluido, y todavía no hay procedimientos industriales para extraerlo de otros componentes que como subproducto de la bauxita o de minerales por el estilo. Por eso las mayores reservas están en Brasil. Si invierten en compañías brasileñas de reciclado de ganga de bauxita, sextuplicarán su dinero por lo menos en dos o tres años. 

viernes, 6 de enero de 2012

Vuelvo a la mandanga

Durante dos días y medio estuve varado en la playa del hospital y me operaron. Poca cosa, sólo inspeccionarme la vejiga con una cámara electrónica mientras un trasto hace ping, ping con aire a veces sincopado. Es algo incómodo y epidural, pero yo pasé el trago y luego anduve cual suelo, gacho y esforzándome por no resultar bochinche y pasar desapervisto. Hasta nos pusieron una tajada de roscón de Reyes y un excelente rotí de pavo con puré de manzana que no había más que pedir. Por demás, como se les agotó el presupuesto de operaciones, tuvieron que esperar a enero para operarme y hasta han quitado la wifi que antes gozaban por economar. Mi compañero, hombre cordial y tan ganoso como yo de salir de este caldero, me hacía ver en la tele tres episodios seguidos de su amado culebrón El secreto de Puente Viejo, de parrafadas galdosianas y un cubano dinamitero que le hizo recordar a su abuelo, un disoluto gunman que militó en la Guerra contra los Estados Unidos y murió con ciento once de años y larga ristra de hijos ilegítimos, pero mantenidos. La decimonónica damita del serial se libró del bombazo haciendo el McGyver.


Frío pasamos, porque la ventanilla antisuicidios remoloneaba y era un sudoku incerrajeable de grado máximo, pero pudimos abatirla tras cuidadoso estudio, consulta y la experta aplicación de fuerza bruta por parte de un campeón de pelota vasca, mi cuñado, que Dios bendiga. Me quitaron las barandillas de la cama, "tenga cuidado, no caiga" -"da igual", dije yo, "si me hago un chichón, con lo feo que soy incluso me hará más guapo"- "no", dijo la enfermera, "quien se la pega soy yo". Acudió mi familia, acudieron mis cuñados, acudió mi hermano: a lo ver, tengo perro que me mee.


Te vuelven hemipléjico con un opiáceo que reduce al estado de nube incorpórea de cintura para abajo y, tras ponerte así de calamar, mandan una cámara por el agujero del pito buscando tumores o pólipos por toda la vejiga con celo digno de mejor propósito. Aunque a algunos parezca humillante enseñar pito y culo a tan nutrida concurrencia, si uno se juega la salud y no tiene un culo regio o tan bendecido por todo tipo de hisopo como el de Jennifer López, que lo tiene apolizado, le da igual y, tomado con posadera filosofía, resulta incluso un espectáculo culioso y espectacular, aunque bastante vulgar (o nalgar), según qué ambientes, pues hay muchas señoritas que viven de eso, de mostrar glúteos y cercanías, y hasta se los rellenan meticulosas como los pastelitos. Pero, gracias a Dios, resulta que tengo la vejiga bien y, aunque hubo qué extirpar años ha, otrora o antaño, esta vez, ahora y hogaño no ha dado por rebrotar o recidivar, que es el verbo específico. Me congratulo, porque cuantos más años viveo más hermosa me parece la vida y más estúpido denigrarla. En cuanto a los médicos, enfermeras y pacientes, un encanto. No sé qué tendrá la gente de bata blanca que, por más que uno quiera salir del hospital incluso antes de entrar, lo único que echa de menos fuera es a su gente.


Podría ponerme ahora a hacer costumbrismo como suelo, seleccionando toda la menudez pintoresca que tanto os divierte, pero no tengo ganas y la dejaré morir en el pozo ciego de mi memoria. Tengo que hacer mucho y escribir exige tiempo, aunque se sepa hacerlo, que no sé todavía. 


A vueltas con esto, vale mucho más lo gratuito como la luz del sol, el agua y el aire que cualquiera de esas tonterías por las cuales nos afanamos constantemente; si la gente fuese igual de generosa y se diese así, todos estaríamos más unidos y nos apreciaríamos más, como está unido el árbol a su aire, a su luz, a su tierra, a su agua y a mí a través de todas esas cosas, sus pájaros y el sonido del viento cobijado bajo su sombra entre sus hojas y ramas. Pero el hombre aparece en la naturaleza como aislado, suelto y cercenado por sus abismos interiores y hay algo gratuito de esta vida de lo que quizá no se le ha dado suficiente: tiempo. Pero, aun así, cuán maravilloso es este tiempo que nos ha sido concedido y cuánto se lo debemos agradecer a Dios.

martes, 3 de enero de 2012

Morirse, partirse, mondarse de risa por no llorar


Rosa Montero, "Ética", en El País, 3/01/2012


El BBVA, banco en el que ni siquiera tengo cuenta, me ha mandado estas navidades un librote de más de 700 páginas titulado Valores y Ética para el siglo XXI, con la palabra Ética en tamaño muy gordo. El volumen se abre con un artículo de Francisco González, presidente del banco, sobre la Ética en la empresa y en las finanzas: el gran reto poscrisis, y luego hay una veintena de textos de diversas luminarias internacionales. Es el cuarto libro de una serie que el BBVA está dedicando al pensamiento y, claro, esta vez le ha tocado el turno a la Ética, que es el tema de moda. Y así, ahora en todas las cenas de postín, en vez de hablar de a quién se encontraron el pasado weekend en Palma de Mallorca, las señoras petrificadas de bótox dicen: "¿Y qué opinas tú de la ética de la gestión de riesgos?", a lo que los señores de calva abrillantada responden: "Querida, sin duda la crisis económica global hace necesaria una ética global". Y se quedan tan panchos, aunque en su empresa les acaben de atizar un bonus de, por ejemplo, 79,7 millones de euros, que, por cierto, es la cantidad exacta que el BBVA le dio a Francisco González el año pasado como pensión.

Y en verdad es un libro muy bonito y que ha debido de costar un dineral este del BBVA, con unas ilustraciones maravillosas y unos colaboradores de primera magnitud. Pero me da la risa tonta cuando pienso que, con la que está cayendo, ahora viene un banco a darnos lecciones de ética lujosa, y además un banco que tuvo sus problemillas en el pasado, como aquello de las cuentas secretas en paraísos fiscales. Vamos, que no lo acabo de comprender, como tampoco comprendo que todo el mundo exculpe a De Guindos por sus dos años de alto ejecutivo con los impresentables Lehman Brothers. Por lo menos yo agradecería que dijera: Ahí sí que metí la pata. Pero debe de ser que soy una ignorante y no entiendo nada.

Cómo las Empresas Farmacéuticas manipulan el consentimiento de las familias de niños para experimentar con ellos


Alejandro Rebossio, "Argentina multa a Glaxo por falsear los permisos para ensayos con niños. La muerte de 14 bebés destapó un fraude en la obtención del consentimiento.  El laboratorio ha anunciado que apelará el fallo, que le obliga a pagar 179.000 euros de multa", en El Mundo, Buenos Aires 2-I-2012, 22:45

Entre los años 2007 y 2008, 14 bebés de familias pobres murieron en Argentina después de participar en los ensayos de una vacuna del laboratorio británico GlaxoSmithKline contra la neumonía y la otitis aguda. No se han encontrado pruebas de que los decesos tuvieran que ver con la aplicación de las inyecciones, pero tras la publicidad de los casos se descubrió que la empresa farmacéutica y los profesionales que administraban los estudios clínicos habían cometido irregularidades a la hora de conseguir el consentimiento de los padres para que sus hijos recibieran la vacuna en experimentación.

El juez argentino Marcelo Aguinsky falló a finales del año pasado en contra de GlaxoSmithKline y dos médicos responsables del ensayo y ratificó las multas que les había impuesto en abril pasado el Ministerio de Salud por 179.000 euros, según informó el periódico Página 12.

El juez confirmó que algunos consentimientos fueron dados por padres menores de edad, abuelos que no estaban autorizados a hacerlo, parientes analfabetos o, en un caso, por una madre psicótica a la que no se había evaluado la capacidad de discernimiento. También se detectó que se proporcionó la vacuna sin que se conocieran los necesarios antecedentes clínicos de los niños. Los inspectores del Ministerio de Salud también advirtieron la “falta de seguimiento y registro adecuado” de las reacciones adversas a la vacuna.

Esta inyección estaba siendo probada en Colombia, Panamá y Argentina cuando ocurrieron las 14 muertes en este último país. Siete bebés fallecieron en la provincia de Santiago del Estero (noroeste de Argentina), dos en la de San Juan y cinco en la de Mendoza (ambas en el este).

GlaxoSmithKline, la tercera mayor farmacéutica del mundo por facturación (33.998 millones de euros en 2010), deberá pagar una sanción de 71.600 euros al Ministerio de Salud, mientras que el resto tendrá que desembolsarlo a partes iguales el investigador principal del ensayo en Mendoza, Héctor Abate, y el coordinador de los estudios en Argentina, Miguel Tregnaghi. El Gobierno había multado al laboratorio “por incumplir sus deberes de monitoreo, ya que dicha obligación consiste en verificar que los derechos y el bienestar de los seres humanos estén protegidos; que los datos reportados del estudio estén completos, sean precisos y se puedan verificar; que la conducción del estudio esté en conformidad con el protocolo aprobado y el requerimiento regulatorio aplicable”.

El laboratorio ha anunciado que apelará el fallo porque considera que las pruebas se rigieron por “los más altos estándares éticos y científicos internacionales” y teniendo en cuenta “las leyes y costumbres del país”. También recuerda que el Ministerio de Salud “en ningún momento cuestionó la seguridad de la vacuna ni del estudio”, que “se encuentra en etapa de cierre”, y que la vacuna en cuestión, la Antineumocócica conjugada 10 valente, ha sido aprobada en más de 85 países (incluidos los 27 de la UE) a partir de 40 estudios hechos en países como España, Francia y Alemania.

Hace cuatro años, cuando se conocieron los decesos de los bebés, Lorena Sequeira, madre de una niña fallecida, explicó a EL PAÍS: “Un día fuimos a ver al agente sanitario de Campo Contreras (su barrio) y al siguiente vino a mi casa diciendo que le tocaba vacunar a Yamila (su hija) contra la neumonía y la otitis, y nos llevó en coche”.

“Una médica me dijo —continuó— que yo tenía que firmar un papel y me dio 13 hojas explicativas, pero en ese momento no me las dejó leer porque había muchas madres esperando también para la vacuna. No me explicó que era una prueba, que la vacuna no estaba aprobada o si tenía riesgos”. Unos 400 médicos y otros profesionales cobraban 380 euros por cada niño vacunado. En toda Argentina 14.000 bebés recibieron la prueba.

No interesa a los pocos que tienen mucho hacer caso a Keynes


Paul Krugman, "Keynes tenía razón" 3/01/2012

"La expansión, no la recesión, es el momento idóneo para la austeridad fiscal". Eso declaraba John Maynard Keynes en 1937, cuando Franklin Delano Roosevelt estaba a punto de darle la razón, al intentar equilibrar el presupuesto demasiado pronto y sumir la economía estadounidense -que había ido recuperándose a ritmo constante hasta ese momento- en una profunda recesión. Recortar el gasto público cuando la economía está deprimida deprime la economía todavía más; la austeridad debe esperar hasta que se haya puesto en marcha una fuerte recuperación.

Por desgracia, a finales de 2010 y principios del 2011, los políticos y legisladores en gran parte del mundo occidental creían que eran más listos, que debíamos centrarnos en los déficits, no en los puestos de trabajo, a pesar de que nuestras economías apenas habían empezado a recuperarse de la recesión que siguió a la crisis financiera. Y por actuar de acuerdo con esa creencia antikeynesiana, acabaron dándole la razón a Keynes una vez más.

Lógicamente, al reivindicar la economía keynesiana chocó con la opinión general. En Washington, en concreto, la mayoría considera que el fracaso del paquete de estímulos de Obama para impulsar el empleo ha demostrado que el gasto público no puede crear puestos de trabajo. Pero aquellos de nosotros que hicimos cálculos, nos percatamos, ya desde el primer momento, de que la Ley de Recuperación y Reinversión de 2009 (más de un tercio de la cual, por cierto, adquirió la relativamente ineficaz forma de recortes de impuestos) se quedaba demasiado corta teniendo en cuenta la gravedad de la recesión. Y también predijimos la violenta reacción política a la que dio lugar.

De modo que la verdadera prueba para la economía keynesiana no ha provenido de los tibios esfuerzos del Gobierno federal estadounidense para estimular la economía, que se vieron en buen parte contrarrestados por los recortes a escala estatal y local. En lugar de eso, ha venido de naciones europeas como Grecia e Irlanda que se han visto obligadas a imponer una austeridad fiscal atroz como condición para recibir préstamos de emergencia, y han sufrido recesiones económicas equiparables a la Depresión, con un descenso del PIB real en ambos países de más del 10%.

Según la ideología que domina gran parte de nuestra retórica política, esto no debía pasar. En marzo de 2011, el personal republicano del Comité Económico Conjunto del Congreso publicó un informe titulado Gasta menos, debe menos, desarrolla la economía. Se burlaban de las preocupaciones de que un recorte del gasto en tiempos de una recesión empeoraría la recesión, y sostenían que los recortes del gasto mejorarían la confianza del consumidor y de las empresas, y que ello podría perfectamente inducir un crecimiento más rápido, en vez de ralentizarlo.

Deberían haber sido más listos, incluso en aquel entonces: los supuestos ejemplos históricos de "austeridad expansionista" que empleaban para justificar su razonamiento ya habían sido rigurosamente desacreditados. Y también estaba el vergonzoso hecho de que mucha gente de la derecha ya había declarado prematuramente, a mediados de 2010, que la de Irlanda era una historia de éxito que demostraba las virtudes de los recortes del gasto, solo para ver cómo se agravaba la recesión irlandesa y se evaporaba cualquier confianza que los inversores pudieran haber sentido.

Por cierto que, aunque parezca mentira, este año ha vuelto a suceder lo mismo. Muchos proclamaron que Irlanda había superado el bache, y demostrado que la austeridad funciona (y luego llegaron las cifras, y eran tan deprimentes como antes).

Pero la insistencia en recortar inmediatamente el gasto siguió dominando el panorama político, con efectos malignos para la economía estadounidense. Es verdad que no hubo ninguna medida de austeridad nueva digna de mención a escala federal, pero sí hubo mucha austeridad "pasiva" a medida que el estímulo de Obama fue perdiendo fuerza y los Gobiernos estatales y locales con problemas de liquidez siguieron con los recortes.

Claro que, se podría argumentar que Grecia e Irlanda no tenían elección en cuanto a imponer la austeridad, o, en cualquier caso, ninguna opción aparte de suspender los pagos de su deuda y abandonar el euro. Pero otra lección que nos ha enseñado 2011 es que Estados Unidos tenía y sigue teniendo elección; puede que Washington esté obsesionado con el déficit, pero los mercados financieros están, en todo caso, indicándonos que deberíamos endeudarnos más.

Una vez más, se suponía que esto no debía pasar. Iniciamos 2011 con advertencias funestas sobre una crisis de la deuda al estilo griego que se produciría en cuanto la Reserva Federal dejara de comprar bonos, o las agencias de calificación pusieran fin a nuestra categoría de Triple A, o el superfabuloso comité no consiguiera alcanzar un acuerdo, o algo. Pero la Reserva Federal finalizó su programa de adquisición de bonos en junio; Standard & Poor's rebajó a Estados Unidos en agosto; el supercomité alcanzó un punto muerto en noviembre; y los costes de los préstamos de Estados Unidos no han parado de disminuir. De hecho, a estas alturas, los bonos estadounidenses protegidos de la inflación pagan un interés negativo. Los inversores están dispuestos a pagar a Estados Unidos para que les guarde su dinero.

La conclusión es que 2011 ha sido un año en el que nuestra élite política se obsesionó con los déficits a corto plazo que de hecho no son un problema y, de paso, empeoró el verdadero problema: una economía deprimida y un desempleo masivo.

La buena noticia, por decirlo así, es que el presidente Barack Obama por fin ha vuelto a luchar contra la austeridad prematura, y parece estar ganando la batalla política. Y es posible que uno de estos años acabemos siguiendo el consejo de Keynes, que sigue siendo tan válido hoy como lo era hace 75 años.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008. © 2011 New York Times Service Traducción de News Clips.


Una investigación manchega revela el importantísimo papel biológico del manganeso

Donde menos se espera salta el ciervo, o sicut cervos ad fontes, como el ciervo hacia las fuentes. Preguntándose por qué empezó a desmocharse la cornamenta de los ciervos un año especialmente frío unos investigadores manchegos del Instituto de Estudios Cinegéticos lograron aclarar la causa verdadera de la osteoporosis. Algo que se tenía delante de las narices y nadie había considerado, de la misma forma que el descubrimiento de la causa de la úlcera. Parece ser que el oligoelemento manganeso es más importante para la salud de lo que se creía. El organismo lo echa en falta continuamente y nunca se sacia de él. Una investigación de la universidad manchega ha demostrado que su pérdida es lo que causa la osteoporosis, y no la del calcio; el calcio desaparece porque no puede fijarse bien sin manganeso y por ello los huesos se descalcifican y vuelven quebradizos. El manganeso es, además, un factor antienvejecimiento enorme, porque desarma los radicales libres y con ello previene numerosas enfermedades degenerativas, sobre todo de carácter nervioso, y su carencia podría estar implicada en el desarrollo del Alzheimer, el Parkinson y otras patologías. Así que ya lo sabéis, si queréis a vuestros abuelos dadles todos los días una nuez o procurad que coman muchas semillas, vegetales y pan integral, alimentos que contienen mucho manganeso.

lunes, 2 de enero de 2012

La ortografía "puntúa" en Internet


Pablo Linde, "La ortografía puntúa en Internet. Los malos textos se ven más al aflorar escritura que antes permanecía en privado - El correcto uso del idioma es una carta de presentación", El País,  02/01/2012


En los foros de discusión de Internet hay un dicho: "Si te quedas sin argumentos, métete con su ortografía". Aunque es en realidad una burla hacia quienes no son capaces de razonar contra el fondo de una polémica y solo pueden arremeter contra la forma, en esta frase también subyace otra realidad: las redes sociales han convertido la expresión escrita en la primera carta de presentación de una persona; la buena ortografía, al pasar del ámbito privado al público, es un rasgo de prestigio social y de credibilidad.


El empresario de Internet Charles Ducombe hizo un análisis de una web en el que descubrió que con una mala ortografía las ventas podían caer hasta un 50%. "Es porque, cuando se vende o se comunica en Internet, el 99% del tiempo se usa la palabra escrita", según declaró a la BBC. Uno de los factores que evalúa a la hora de contratar personal para sus páginas web es la buena ortografía, que redundará en la credibilidad del sitio.


Y como las empresas, las personas a través de Facebook, Twitter o los foros, también tienen en la escritura a una importante y cada vez más potente fuente de comunicación que hace que la buena ortografía sea crucial para ganar respeto en una comunidad virtual.


"En este proceso en el que la escritura se convierte en pública, adquiere un valor diferenciador. Si leemos una opinión bien escrita, otra mal escrita y en ningún caso conocemos al autor, lo normal es hacerle más caso a la primera. Mucha gente es consciente de esto y hace el esfuerzo en mejorar", explica Álvaro Peláez, de la Fundación del Español Urgente (Fundéu).


Entre otras labores en esta institución, se encarga de llevar la cuenta de Twitter, que puso en marcha hace poco más de un año. Hoy tiene más de 75.000 seguidores y una frenética actividad en la que contesta hasta medio centenar de dudas diarias sobre el lenguaje.


Muchos de los que se acercan a ellos son profesionales que usan el castellano en su trabajo, como periodistas, editores o traductores. Pero otros son personas que simplemente quieren resolver sus inquietudes y escribir mejor. "Es frecuente, cuando le resolvemos la duda a algún usuario, que nos cuenten que han perdido una cena por una apuesta que tenían con un amigo, o que la han ganado", cuenta Álvaro Peláez.


Sería ingenuo pensar que Internet es una isla de buena escritura. No hace falta más que navegar durante unos minutos para encontrar verdaderas agresiones al idioma. En la Red se acuñó hace años el apelativo hoygan para denominar a aquellos que irrumpían en foros con una ortografía lamentable al tiempo que una considerable escasez de modales. El palabro viene de la frecuencia en la que se leían frases como: "Hoygan [en lugar de oigan], necesito alluda urjente con un problema en mi ordenador".


Los hoygan no son más que personas que no escribían bien fuera de Internet y tampoco lo van a hacer dentro. Igual que la falta de respeto que muestran en la Red suele ser el reflejo del que tienen fuera de ella.


"Hay quien piensa que Internet acaba con la buena ortografía. No es cierto, es que a los que antes escribían mal, ahora se les ve más. Tú no hablas de la misma forma en una cena con amigos, con tu pareja en un ambiente más informal o en un artículo para un periódico. Hay contextos. En la Red sucede igual. No es lo mismo escribir en Facebook para los amigos, que en un correo electrónico que va dirigido a una persona en concreto, que en Twitter, que está a la luz de todo el que lo quiera leer. La gente suele adaptarse a estos contextos", asegura Peláez.


Pone un ejemplo Ricardo Galli, cofundador de Menéame, un agregador de noticias donde se generan numerosos debates de actualidad en el que las incorrecciones están muy mal vistas: "Mi hija de 14 años escribe mal en foros y con nosotros escribe bien. O sea, que las reglas las sabe. Sin embargo, en determinados entornos, si lo hace correctamente se siente excluida".


Escribir mal entre los chavales es parte del juego de inclusión, es cosa de adolescentes que están por Tuenti y Facebook". Esa misma capacidad de adaptación la ve en Menéame, cuyos usuarios son exigentes con la ortografía: "Hay algunos que me han confesado que han tenido que empezar a escribir mejor para ganarse el respeto de la comunidad, que es severa a ese respecto desde que nació en un grupo de correos de gente universitaria que le daba bastante importancia. Pero Internet es neutral, cada uno se expresa bien o mal en función de cómo sepa hacerlo y de los modelos que siga. Si estás en un grupo abierto en el que prima la corrección, tenderás a imitarlo; si es cerrado y la costumbre es escribir mal, lo normal es hacer lo mismo", explica Galli, quien cree que, pese a todo, en la Red ha aflorado una realidad: "Hay mucha gente que escribe mal".


Galli pone un ejemplo que le sorprendió: la periodista Ana Pastor, directora de Los desayunos de TVE. "Se enmendó, pero cuando empezó en Twitter escribía fatal y yo me preguntaba cómo una comunicadora con miles de seguidores hacía eso".


El caso de Pastor fue el de adaptación al medio. Ella misma cuenta que cuando llegó a la red social de los mensajes breves escribía igual que en los mensajes SMS.


"Tenía la manía de acortar con la letra ka, y en Internet hacía lo mismo. Unos cuantos me dieron caña, pero lo que realmente me hizo cambiar fue que unos usuarios ciegos me dijeron que en sus lectores no se entendían bien las palabras escritas con las kas. Desde entonces decidí cambiar, aunque alguna vez se me escape alguna. Me parece bien que la gente sea exigente con los periodistas. Cuando escribo mis cosas lo hago como me parece, pero en una red social entiendo que hay que esforzarse", cuenta.


Estos procesos y la adaptación al propio medio son naturales, según Darío Villanueva, secretario de la Real Academia Española (RAE): "No creo que las nuevas tecnologías vayan a producir una hecatombe. El uso de la lengua va ligado al intelecto de los seres humanos, y porque haya nuevas prácticas no va a acabar. En estos nuevos medios, el que escribe generalmente lo hace para alguien; no solo puedes escribir más ágilmente sino que puedes hacerlo llegar más rápido a mucha más gente. Antes mandabas una carta a Buenos Aires y tardaba un mes en llegar. Hoy haces tuit y miles de personas pueden leerlo en el mundo entero. En la escritura electrónica hay también posturas de distinción, quien entiende que tiene que cuidar mucho cómo dice las cosas para que sean más eficaces porque enseguida va a leerlo mucha gente. Si hay un problema no es de la Red, sino de la educación. Quien tiene que enseñar ortografía no es Google, es la enseñanza".


Esta misma idea la desarrolla el periodista Ariel Torres, editor del diario La Nación, en un artículo recogido en la web manualdeestilo.com: "Si un chico comete faltas de ortografía atroces es porque no aprendió las reglas cuando debía aprenderlas, sea por negligencia o por una educación rudimentaria. Al acusar a las nuevas tecnologías de las faltas de ortografía no hacemos sino deshacernos de una responsabilidad que nos concierne como adultos. Somos nosotros los que creamos las condiciones para que los chicos no aprendan ortografía. Podemos echarle la culpa hasta mañana a Internet y los SMS. Es lo mismo. La responsabilidad es formar a los chicos, no de los chips".


Su conclusión es que la escritura en Internet goza de muy buena salud y hace una distinción entre las faltas de ortografía y "las exóticas abreviaturas del chat, los SMS y Twitter". "La falta de ortografía es ignorancia. En cambio, el texto expeditivo, abreviado y condensado del chat, los SMS y Twitter es la escritura aplicada exactamente como se debe", añade.


Twitter, con su inmediatez y sus características peculiares, es uno de los fenómenos que está condicionando el lenguaje en la Red. La longitud de los mensajes que se pueden enviar, de 140 caracteres, está dando pie a acortar palabras, pero también a buscar las precisas, a ser ingenioso y evitar la verbosidad excesiva.


Villanueva explica que los manuscritos medievales estaban llenos de abreviaturas porque el papiro era muy caro y hacer un libro llevaba mucho tiempo y el idioma evolucionó con ellas sin destruirse. Además, ve en Twitter ventajas: "Hay una búsqueda del ingenio. Se dice con pocas palabras algo que ilumina una realidad y no necesariamente cargándose la ortografía. El uso del lenguaje competente es más eficaz que el incompetente. Si usas frases hechas o con muletillas, no aportas nada. Sucede como con la poesía, que dice lo que sabemos con combinaciones nuevas".


Esta misma línea mantiene Mario Tascón, autor del libro Twittergrafía. Abunda en la idea de que las abreviaturas siempre han formado parte de las distintas tecnologías que han acompañado al idioma.


"Estaba la taquigrafía, antes la imprenta. La letra eñe procede de una abreviatura que servía para comprimir los renglones de los materiales impresos. Además, encuentras otras que están directamente relacionadas con el funcionamiento de la aplicación: si quieres que la gente entienda que haces un retuit, pones RT, el agolpamiento de palabras es necesario para que funcione un hashtag [una etiqueta]". Además, en su Twittergrafía cuenta cómo nuevos métodos que cualquier usuario tiene al alcance de su teclado pueden añadir expresividad. Va desde los emoticonos que ya son universales, como la sonrisa expresada con dos puntos y el cierre del paréntesis, :), a un corazón, "que todo el mundo entiende", o a otros más barrocos. Se pueden hacer verdaderas virguerías usando distintas combinaciones.


Algunos de estos símbolos han llegado al papel impreso. Cada vez es más frecuente encontrar la almohadilla (#) en un periódico. El símbolo también ha llegado a la literatura. El escritor Agustín Fernández Mallo usa algunos símbolos en su libro Nocilla Dream, lo que puede hacer pensar que más que acabar con los buenos usos de la lengua escrita la Red puede llegar a enriquecerla. Al fin y al cabo, Internet no es más que una nueva tecnología en la que la escritura cambia como lo ha hecho a lo largo de la historia: piedra, papiro, imprenta y, ahora, bits. Los apocalípticos siempre han fallado hasta el momento.


Darío Villanueva recuerda que uno de los primeros agoreros fue Sócrates, que en un texto recordado por Platón aseguraba que la escritura alfabética era "un mal absoluto".


"También McLuhan cuando publica Galaxia Gutenberg vaticinaba el fin del libro", añade. Ni la escritura trajo males ni, de momento, ha llegado el fin del libro ni Internet se está cargando la escritura pese a las barbaridades que se ven en ocasiones en la pantalla del ordenador. Todo es más simple que eso. O más difícil: como dijo en una entrevista García Márquez, "lo primero para escribir bien en Internet es escribir bien".


Consejos para escribir en la Red
- El manual de estilo para nuevos medios, en fase de preparación, pretende mejorar el lenguaje en la red. Hoy se puede consultar algo así como un borrador gigante en la web www.manualdeestilo.com. Mario Tascón, director del proyecto, da algunos consejos para escribir en Internet.


- Hay que tener en cuenta que la escritura es pública.


- Internet se ha convertido en un diálogo, es recomendable ser cortés.


- En la medida de lo posible, los textos han de ser breves, el tiempo de los demás es sagrado.


- El idioma es muy rico. Hay muchísimas palabras, hay que buscar las mejores, las que tienen más precisión, lo que, además, ayuda a la brevedad.


- La escritura es global. No todos los hispanohablantes escribimos de la misma manera. Hay que ser respetuoso con palabras que se usan en otros lugares de habla hispana. Nuestros interlocutores no siempre son de nuestro país y puede haber equívocos.


- Hay que saber cambiar de canal. No es lo mismo un correo electrónico, que Twitter que un Wiki, donde escribe mucha gente.


- Las mayúsculas son como un grito.


- Se recomienda evitar en lo posible escritos consonánticos, es decir, quitar las vocales de una palabra para abreviar. Si el acrónimo o la abreviatura pueden tener problemas, los consonánticos más. Suelen llevar a confusión.


- Hay que usar el diccionario y las abreviaturas normalizadas. El castellano es rico en ellas.


- En los hiperenlaces hay que ser preciso para ayudar a la gente a saber dónde se dirigen, que no van al vacío del ciberespacio.


- Los enlaces tienen que estar diferenciados tipográficamente para que el lector los advierta. De lo contrario, pasan desapercibidos.


- Hay que ser consciente de que lo que se escribe lo tienen que leer las máquinas. No es que la gente deba escribir para Google, pero hay que tenerlo en cuenta.


- Hay que tener mucho cuidado con la escritura de direcciones web o correos porque un fallo las inutiliza. Hay que tener en cuenta que aquí no se siguen las normas ortográficas o de mayúsculas y minúsculas.