sábado, 8 de marzo de 2014

El fantasma, tema literario

Luis Pérez Ochando, Fantasmadas literarias, en El País, 8-III-2014 :

La literatura fantástica es un arte de carencia y deseo: buscamos todo cuanto nos falta, todo aquello que la realidad no satisface y que, sin embargo, una vez hallado nos induce al temor a perderlo o al horror de haberlo encontrado. Esta cadencia entre falta y deseo es propia de cada individuo, pero también de cada época. Las historias de fantasmas nos atraen porque, en ellas, exploramos miedos humanos —a la muerte, al recuerdo—, pero también porque sugieren cuanto está ausente en la realidad colectiva. La nuestra es una época de economía inmaterial, en la que todo cuanto es sólido se disuelve en el aire. Nuestras casas y prendas ya no son nuestras —y acaso tampoco nuestras vidas—, ¿a quién pertenecen entonces?, ¿nos hemos convertido en fantasmas de casas y cuerpos que no nos pertenecen?

En El hombre que perseguía al tiempo, de Diane Setterfield, el capitalista vislumbra, alucinado, dos paisajes bajo la lluvia: en el primero, avista un titánico centro comercial donde solo hay una hondonada; en el segundo, el templo del consumo que él mismo erigió se derrumba como una cascada de cristal y mármol. Parecen contradecirse, pero ambos afirman lo mismo, que todo aquel afán de edificar y enriquecerse era solo un espejismo: la superficie tersa y brillante de una pompa rellena de aire. La nuestra, qué duda cabe, es una época de burbujas que estallan, pero también lo son nuestras vidas, que pasamos como niños persiguiendo pompas de jabón. Cuando por fin se desvanecen, buscamos dentro de ellas al fantasma de nuestros días.

Nada tiene de extraño que nos gusten los fantasmas, tanto los de nuestra era como aquellos que, en otros tiempos, ejecutaban ya esta eterna danza entre la carencia y el deseo. Comencemos, pues, con una de aquellas viejas historias que hoy nos siguen seduciendo: escondida entre pilas de legajos polvorientos, un anticuario encuentra una carta en latín, la angustiada confesión de un vicario, en la que advierte a los curiosos que se guarden de buscar el relicario de la rectoría de… Faltan datos, pero el aplicado erudito encontrará el lugar exacto, excavará la undécima tumba y, por supuesto, hallará el relicario. Desde ese instante, un vaho le acechará a cada paso, le perseguirá un olor a moho y, atisbará, desde su ventana, una figura harapienta que parecerá cada noche más cercana. M. R. James jamás escribió este relato, pero podría haberlo hecho, pues la mayoría de sus Cuentos de fantasmas (1904-1928) nos hablan de arqueólogos y estudiosos que encuentran documentos que sugieren espantos, demonios que habitan todavía los sitiales del coro o el vitral de la abadía, grabados por los que pululan espectros y tesoros custodiados por criaturas hediondas.

La nuestra es una época de economía inmaterial, en la que todo cuanto es sólido se disuelve en el aire
Siruela reedita sus Cuentos de fantasmas, una selección de algunas de sus mejores historias; sin embargo, si James regresara ahora como alma en pena, quizá se sorprendiera al descubrir que sus únicos escritos reeditados sean sus relatos terroríficos. Montague Rhodes James fue medievalista de prestigio, experto en apócrifos, catedrático en Cambridge, rector en Eton. Dedicó su vida a la historia, la arqueología y el estudio de los clásicos y, de cuando en cuando, pergeñaba cuentecillos como divertimento. James comenzó leyéndolos ante sus amigos de la Chitchat Society y pronto sus lecturas se convirtieron en un acontecimiento. Revisitados hoy, podemos imaginar a sus colegas y alumnos escuchándole y pasando de la sonrisa al escalofrío. Sus personajes resultan jocosos en su grisura y, sin duda, James gozaba ironizando sobre la cotidianidad de académicos y anticuarios; sin embargo, esa banalidad queda pronto impregnada por un hálito maligno, por un miasma del pasado que se va volviendo más intenso hasta adoptar, por un instante, una forma táctil e insoportable.

La muerte vela por los contornos de los objetos y prendas del pasado y, de algún modo, quienes los palpan e investigan acaban envueltos por ese mismo velo. Los cuentos de fantasmas nos plantean a un tiempo el enigma de la muerte y el enigma del pasado: ¿quiénes habitaron la casa?, ¿qué soñaban?, ¿qué queda de ellos? Preguntas que, en el fondo, no atañen sino a nuestra propia mortalidad y a la fugacidad de nuestro tránsito sobre la tierra. Esta angustia por la muerte late también en otro notable cuento victoriano, La casa y el cerebro (1859), de Edward Bulwer-Lytton, recientemente reeditado por Impedimenta. Regresamos a la morada embrujada por pasiones que siguen latiendo en las paredes, recuerdos de una tragedia desgajada del tiempo, repetida sin fin, reticente a abandonarnos.

En la tumba de Lovecraft

En la tumba de Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) se lee un sencillo epitafio, “yo soy Providence”. Bajo ella yace el hombre cuya obra fue una lucha contra el tiempo. Lovecraft amaba Providence como solo pueden amarse los paraísos perdidos de la infancia. Los pórticos coloniales, las empinadas callejuelas, los álamos, los tejados y los chapiteles georgianos, virados por el perpetuo crepúsculo de la memoria; poco queda ya de todo aquello salvo en las cartas, cuentos y sueños de Lovecraft. Con motivo de las tres últimas reediciones de sus obras —dos de Acantilado y una de Periférica— y la aparición de una nueva antología de cuentos lovecraftianos —editada por Valdemar—, regresamos a las páginas del autor de Providence.
El caso de Charles Dexter Ward (Acantilado) comienza precisamente con el recuerdo dorado de Providence, retomando los paseos juveniles que Lovecraft relataba en sus cartas. Lovecraft amaba Providence porque fue ella quien alumbró su vida estética y espiritual, porque fue en sus arboledas donde de niño levantó altares a Pan, Diana y Minerva, donde creyó ver a faunos y dríadas; allí fue donde descubrió, en la biblioteca de su abuelo, los tesoros mitológicos de Grecia y Las mil y una noches; pero Lovecraft amaba también Providence porque en ella el pasado sobrevivía al presente y, entre otras cosas, las obras de Lovecraft nos hablan del intento de derrotar al tiempo, esa “especie de especial enemigo mío”.
Lovecraft era un soñador inmenso a la par que un materialista convencido y, debido a ello, sus personajes intentan escapar al tiempo o vulnerar las leyes físicas, pero acaban estrellándose contra el horror de haberlas transgredido. En El resucitador (Periférica), Herbert West inyecta en las venas de los cadáveres “el impulso que los llevará de vuelta a ese estado motriz al que llamamos vida”; en Charles Dexter Ward, Joseph Curwen conjura a los muertos desde sus cenizas para interrogarles sobre saberes prohibidos; los ancianos de Las montañas de la locura despiertan de un sueño de eones para descubrir sus ciudades engullidas por el hielo antártico y estragadas por abominaciones que otrora fueran sus siervos. En todas ellas, el leve tiempo humano queda trascendido, pero solo para enfrentarse al horror de la carne corruptible, para ser devorado por el pasado hecho presente o para perderse en los océanos del infinito, donde nuestras vidas son solo polvo a la deriva.
La lucha contra el tiempo es un agon entre el antes y el después, ambos instancias del no-ser; no podemos ganar, pero sí fugarnos hacia la fantasía o el ensueño. La guerra de Lovecraft contra el tiempo le llevó a verse a sí mismo como un anciano, como un caballero dieciochesco que no hallaba su lugar ni en el siglo ni en las letras estadounidenses. El mundillo de la prensa amateur le ofrecía consuelo literario, pero no un lugar para su obra. El resucitador, por ejemplo, apareció en Home Brew, por encargo del editor G. J. Houtain. Lovecraft aceptó a regañadientes, disgustado por tener que doblegarse al trabajo mercenario y a la estructura de serial, con su típico clímax al final de cada episodio. Pese a ello, El resucitador es una joya de lo macabro y lo grotesco, una exploración de los límites del decoro artístico —es decir, de lo decible y lo mostrable— que, sin embargo, Lovecraft contempla con la complacencia irónica del espectador de una farsa granguiñolesca.
Charles Dexter Ward ni siquiera llegó a ser publicada en vida de Lovecraft. En ella, la crónica histórica y la investigación erudita descienden en espiral hacia un horror inefable; poco a poco, se multiplican los adjetivos, proliferan los adverbios, pero solo para apuntar hacia un lugar tan espantoso que no puede ser nombrado, pero sí evocado como una sensación aborrecible, ominosa, blasfema. Otro tanto sucede con En las montañas de la locura, que comienza con el rigor del registro científico para ir fundiéndose —como un carámbano— hacia el horror de lo informe y hacia esa poesía melancólica y sublime que solo poseen las civilizaciones perdidas y los desiertos de la Antártida. En las montañas de la locura desagradó a los lectores de Astounding Stories, más acostumbrados a “la convencionalidad, la banalidad, lo artificioso, las falsas emociones y lo estrambótico” que Lovecraft achacaba a la ciencia ficción.
Frente al desdén de su época, legiones de seguidores y epígonos han encumbrado a Lovecraft post mortem. Decía Baudelaire que la mejor crítica a una obra artística es otra obra de arte, tal es el caso de la antología Alas tenebrosas, seleccionada por S. T. Joshi. No abundan en ella tentáculos, libros prohibidos y tópicos ni dioses de improbable fonética, pero todos ellos nos permiten asomarnos a los abismos del tiempo y a los misterios de un cosmos indiferente. Sus autores reinterpretan no el estilo sino la filosofía lovecraftiana y nos hacen sentir de nuevo “el chirriar de formas y entes exteriores en el límite más recóndito del universo conocido”. El fantasma de Lovecraft regresará a Providence, Pickman volverá a retratar a sus modelos, los demonios inferiores plagarán la tierra una vez más y la magia antigua reinará de nuevo, ¿es posible homenaje mejor al hombre que intentó doblegar el tiempo? En la tumba de Lovecraft se lee un sencillo epitafio, “yo soy Providence”; a veces, un lápiz anónimo garabatea debajo: “que no está muerto lo que eternamente puede yacer / y con los extraños eones hasta la muerte misma puede morir”.

El caso de Charles Dexter Ward. H. P. Lovecraft. Traducción de Miguel Temprano García. Acantilado. Barcelona, 2014. 192 páginas. 16 euros.
El resucitador. H. P. Lovecraft. Traducción de Juan Cárdenas. Periférica. Cáceres, 2014. 94 páginas, 14,50 euros.
En las montañas de la locura. H. P. Lovecraft. Traducción de Miguel Temprano García. Acantilado. Barcelona, 2014. 152 páginas, 14 euros.
Alas tenebrosas: 21 cuentos de horror lovecraftiano. S. T. Joshi (editor). Varios traductores. Valdemar. Madrid, 2014. 531 páginas. 30,50 euros.

En La casa y el cerebro, Bulwer-Lytton se despoja del ropaje gótico de Zanoni (1842) para ofrecer una historia más moderna, plagada de fenómenos sobrenaturales que ascienden hacia un clímax de alucinación y miedo, en el que entrevemos un éter por el que flotan larvas y entidades, como amebas vistas por el microscopio. Bulwer-Lytton parece dar un paso adelante, pues atribuye las apariciones a una voluntad tan poderosa como humana. En la segunda parte del relato, conoceremos al hombre capaz de detentar semejante poder sobre la materia y sobre la mente de sus semejantes. Sin embargo, es aquí donde el paso adelante de Bulwer-Lytton resulta ser un paso en falso, pues si bien niega la existencia de fantasmas, nos devuelve la angustia por la mortalidad, el anhelo de la vida eterna, el deseo de permanecer, para siempre, en el mundo de los vivos.

Dicha angustia, dicho anhelo, explica en parte el éxito del que gozan todavía los cuentos espectrales. Quizá por ello, a los editores ingleses de El hombre que perseguía al tiempo (2013) no les tembló el pulso al venderla como ghost story, una ávida engañifa que, no obstante, lo es solo en parte. Es un embuste porque no hay en ella espectros o aparecidos —y, de hecho, la edición castellana de Lumen prescinde de este subterfugio—, pero tiene algo de cierto en la medida en que retrata a un personaje convertido, en vida y por su propia mano, en un fantasma.

El hombre que perseguía al tiempo carece de la riqueza literaria y bibliófila del anterior libro de Diane Setterfield, El cuento número trece; pero comparte con él un rasgo de interés, pues en ambos casos sus protagonistas reniegan de la vida y se enclaustran en torres de libros o montañas de números, en relatos o cálculos que suplantan la vida. William Bellman —protagonista de la obra— es un industrioso súbdito inglés que levanta empresas y amasa fortunas, mejora la producción, moderniza fábricas, abre mercados y, a la postre, resulta incapaz para la vida. Durante la primera parte de la novela, la amabilidad con la que Setterfield evoca la juventud de William resulta irritante, pues la autora olvida su condición de explotador e idealiza su relación con los obreros; sin embargo, en la segunda parte comprendemos que era la melancolía quien doraba la luz de aquellos días.

Tras una serie de tragedias, Bellman decide erigir un emporio de pompas fúnebres en Londres, pero los difuntos no son tanto sus clientes como él mismo: será él quien acabe enterrado dentro de un gigantesco mausoleo, el centro comercial de artículos luctuosos que dirige y gobierna mientras se va consumiendo. Karl Marx sugirió que el capitalismo es materia muerta que vampiriza músculo y latido, jornadas que acortan nuestro aliento por un sueldo, el tiempo de la vida convertido en tiempo de muerte a cambio de dinero. Aunque de manera inconsciente, Diane Setterfield ilustra esta premisa y la novela, que avanza con la solemnidad y el boato de un regio funeral victoriano, acaba no siendo nada más que el epitafio de un hombre insignificante. La vida del fantasma William Bellman queda narrada y, sin embargo, quedan por contar todas aquellas otras de las costureras, dependientas y contables a los que Bellman vació también de vida.

Una bandada de grajos sobrevuela El hombre que perseguía al tiempo. Los grajos son presagios de muerte, omina mortis que un augur habría escuchado para, después, menear la cabeza y anunciarnos que no hay esperanza. Pero los grajos vuelan también en nubes de algarabía, proclamando que, por funesto que sea el presagio, la vida sucede mientras tanto y que, por más que efímera, la vida que vuela es también un espectáculo. Quizá era esta la lección que debieron aprender los personajes de James —anhelantes de objetos polvorientos, incunables y basura de otros tiempos, afanados en leer cronicones medievales para escribir mamotretos académicos y legarlos al porvenir—, que la vida, entretanto, estaba en otra parte, acaso en momentos tan mundanos como los almuerzos, las charlas y los paseos.

También Robertson Davies conocía bien la vanidad y la trivialidad de la vida académica, pues no en vano fue decano de Massey College desde 1963. Ese mismo año comenzó a escribir anualmente un relato de fantasmas para las celebraciones navideñas. En 1982, ya retirado, las recopiló bajo el título Espíritu festivo, recientemente publicado por Libros del Asteroide. Las lecturas de Davies debieron divertir tanto a su público como a aquellas de M. R. James, pero no estremecerían ni a un ratón, pues su reino es el de la parodia y la farsa. En parte, la culpa la tiene Massey College, un edificio recién estrenado, flagrantemente nuevo —nada que ver, por tanto, con la vetusta mampostería gótica que arropa a los fantasmas británicos—; pero el principal responsable de esta indecorosa falta de pavor la tiene el propio Davies.

Tras convertirse a sí mismo en personaje de sus cuentos, Davies se pasea junto a las ánimas ilustres de la reina Victoria, santa Lucía, lord Fauntleroy, Satanás, Frank Einstein o incluso Henrik Ibsen, que se asoma por allí para fruncir el entrecejo. Como todos los fantasmas, los de Davies algo quieren —leer su tesis, comer hasta reventar, ser reconocidos por la crítica o volver a casa por Navidad— y el autor los acoge amablemente, aun a sabiendas de que habrán de traerle quebraderos de cabeza. “Los fantasmas son unos ególatras desmesurados: la fuerza viva de la egolatría que se niega a aceptar la realidad de la muerte”, escribe Davies, y acaso sea esta vanidad la que les otorga su inusitada vivacidad de ultratumba, esa pasión por bagatelas y fruslerías que da sazón a cada uno de nuestros días; pues también nosotros somos fantasmas embargados por deseos elevados, que intentamos satisfacer mientras la vida —como una pompa— se nos escapa entre las manos.


El hombre que perseguía al tiempo. Diane Setterfield. Traducción de Rubén Martín Giráldez. Lumen. Barcelona, 2013. 336 páginas. 20,90 euros.

Cuentos de fantasmas. M. R. James. Varios traductores. Siruela. Madrid, 2014. 344 páginas. 19,95 euros.

La casa y el cerebro. Edward Bulwer-Lytton. Traducción de Arturo Agüero Herranz. Impedimenta. Madrid, 2013. 108 páginas. 14,95 euros.

Espíritu festivo. Cuentos de fantasmas. Robertson Davies. Traducción de Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide. Barcelona, 2013. 312 páginas. 18,95 euros.


Luis Pérez Ochando ha publicado libros y artículos sobre el género fantástico y de terror, entre ellos, George A. Romero: Cuando no quede sitio en el infierno (Akal), y Pozo de sangre y Fantasmas del cine japonés contemporáneo (Sociedad Latina).

martes, 4 de marzo de 2014

Tal y como están las cosas

Tal y como están las cosas hoy en día, lo único realmente subversivo es la honestidad y la justicia, elementos necesarios para hallar la necesaria y valiosa verdad. Y, en cuanto a los secuestradores del pueblo honrado y trabajador (cuando le dejan), solo me cabe decir lo que el Conde de Salinas:

"Vacilando perseveran:
no son nada; si algo fueran
pudieran dejar de ser"

Diego de Silva y Mendoza, Antología poética (1564-1630). Madrid: Visor, p. 113.

lunes, 3 de marzo de 2014

Letras de La Mancha I

Con este empiezo una serie de artículos sobre escritores y literatura en La Mancha. No sé hacia dónde me llevará esta deriva, ni qué vientos voy a seguir, pero espero pueda satisfacer un poco a todos con el agua de este pozo que voy a excavar en el pasado. Mis instrumentos serán la curiosidad y la ignorancia. Existe una motivación fuerte, aunque las circunstancias la contradigan y la limiten. Ni siquiera puedo estimar cuánto caudal podré ofrecer, pero sí me hago al menos una idea de lo mucho que espero y deseo, y eso ya es algo; es más, la varita de zahorí tiembla impaciente bajo mis manos. 

El territorio de lo que constituye ahora la artificial Castilla-La Mancha es en realidad un conglomerado de comarcas a las que la tradición ha asignado nombres más específicos como Alcarria, Manchuela, Manchas Alta y Baja, Campos de Montiel, de Calatrava y de Hellín, La Sagra, La Jara, Valle de Alcudia, Sierras de Cuenca y Madrona, Guadalajara y Montes de Toledo, Señorío de Molina, Campana de Oropesa, Corredor de Almansa, Mesa de Ocaña y otras. Y unos pocos de estos nombres importan, porque derivan de causas indígenas que no ha impuesto una mera división administrativa, sino la mera geografía o la historia, simplemente.

La literatura en La Mancha nació con los primeros signos que dieron cuenta de una vida y de una experiencia. Tomaremos un verso a Manrique, "¿Dónde iremos a buscarlos?", para espolear nuestra investigación, que es también una sed. La respuesta es en los lugares donde se deposita el tiempo, en materiales más o menos eternos, desde las piedras a las tradiciones que nunca han pertenecido a solo un individuo, en los mitos y en las leyendas; solo después recurriremos a libros y a archivos. 

En Peña Escrita tenemos los textos más antiguos que se escribieron en La Mancha, si por tales entendemos, como he dicho, unos signos que reflejan vidas y experiencias humanas; se trata de una escritura meramente pictográfica, correspondiente al llamado arte esquemático del 3000 a. C., y forma descripciones más que narraciones de tema no exclusivamente religioso. Aparecen en continuidad desde el Calcolítico a la Edad del Hierro, quizá en las proximidades de un santuario, como había muchos en Sierra Morena. El fenómeno se reparte en tres focos distintos: gallego, levantino, bético y el que nos ocupa, de Sierra Morena, que algunos investigadores consideran el más antiguo. Hoy ya disponemos de algunos estudios, como los de Macarena Fernández Rodríguez (Las Pinturas Rupestres Esquemáticas del Valle de Alcudia y Sierra Madrona. Ciudad Real: Mancomunidad de Municipios del Valle de Alcudia y Sierra Madrona, 2003) que pueden orientarnos en su interpretación. En cuanto a su hallazgo, su mérito corresponde a la Ilustración: Fernando José López de Cárdenas, párroco de Montoro, las descubrió el 26 de mayo de 1783.

Por mandato de Carlos III y su ministro Floridablanca, se quiso hacer un gabinete de historia natural en Madrid y, buscando en mayo de ese año piezas minerales y fósiles para este cometido fueron el alcalde de Fuencaliente José Bernabé, el citado párroco y su hermano Antonio López de Cárdenas recorriendo los yacimientos de Peña Escrita y La Batanera con el escribano de la villa José Antonio Díaz Pérez. Los manuscritos y dibujos realizados ese día por Antonio López de Cárdenas y el escribano de Fuencaliente se hallan en la Real Academia de la Historia, donde los encontró el profesor Gratiniano Nieto Gallo. Gracias a un lugar de Internet podemos admirar e, incluso, leer esos primeros textos con ayuda de la imaginación y unos cuantos conocimientos de iconología y arqueología aquí

Aparecen signos pectiniformes que se pueden identificar con ganado caprino, cercados o sembrados, figuras antropomorfas, semillas germinantes, cabras, ciervos, ídolos y tótems. Hay escenas rituales (religiosas) o profanas (de danza), que congregan a personas con los brazos abiertos en uve doble con una cierta simulación de perspectiva mediante el tamaño diverso de las figuras. Figuras zoomorfas, asimismo, representan acaso los vestigios más antiguos que nos quedan de un arte teatral en La Mancha: indígenas ataviados con cuernos y pieles que imitan sonidos y movimientos de animales en danzas que simulan historias de caza. También hay cercados y sembrados que reflejan la existencia de algún tipo de ganadería y agricultura. Existen asimismo signos que reflejan la adoración de la fertilidad a través de ídolos femeninos y ceremonias de tipo hierogámico. Algo muy característico de la Mancha, el Sol, aparece varias veces; también el signo del laberinto circular, que sugiere una civilización algo más compleja. De todas estas escenas se extrae la consecuencia de que existía un culto principal a la diosa madre o diosa blanca y que uno de los dioses del panteón era también identificable con el sol.

domingo, 2 de marzo de 2014

Los muros de Jericó

El periodista americano Dan Rather dijo un día con cinismo que, si matas a una persona, eres un asesino y te llevan a la silla eléctrica; si matas a diez, eres un loco, te llaman "asesino en serie" y ruedan una película; y, si matas a cien mil, eres político y te invitan a Ginebra unos días, a negociar.

Nuestro mundo se construye con escalas sinonímicas; podría decirse, parafraseando a Rilke, que este mundo es el grado de lo terrible que soportamos todavía; es cuantitativo, no cualitativo. Pese a lo que pueda parecer, nada está ordenadito y en su sitio con un letrero. Se halla amontonado y en desorden y trabajamos en él a bulto y con torpeza; el caos es el elemento más abundante en el mundo y en nosotros mismos. Nos domina un capitalismo de chacina (o cantimpalismo choricero), donde todo se vende por cantidades y no por cualidades, mucho menos éticas y morales, que se regalan como adorno. El tener una suma grande de votos exime de cumplir el propósito moral que se prometió al recogerlos y ya se empezó a olvidar con la fórmula de la jura que se hizo para desempeñarlos; lo que importa es eso, la suma de votos, el poder, el medio, porque para la política no hay fines: estamos en el mundo de Max Horkheimer, el de la razón instrumental. Impera la alienación y alienados son incluso los que creen que nos gobiernan, cuando lo único que hacen es seguir el imperativo impersonal de un mecanicismo inhumano.

Tres cuartos de lo mismo es lo que pasa con nuestra manía de las rayas, fronteras, vallas, muros y murallas. Se hace incluso fijando líneas ante la ventanilla o mirillas telescópicas ante las puertas, que antes no había. Los simpapeles "asaltan" la valla como si fueran hampones, y marcamos ya al extranjero como salteador, saltándonos nosotros mismos la precisión terminológica. Se trata a toda costa de mantener las distancias, de impedir que se adhieran los pegajosos sentimientos que nos unen en sociedad y los dolorosos dolores, pero unos estamos más distantes que otros de la misma manera que unos somos más iguales que otros. Y especialmente lejanos están los políticos-dioses, sobre todo en la cumbre tibetana de la Unión Europea. El tercer mundo viaja en tercera clase y juega en tercera división y, mientras nosotros nos consideramos europeos de segunda, no nos importan los terceros en discordia. 

Una nigeriana ha pasado la valla con un fémur roto. Es un caso, perdón, una persona significativa, porque por esa línea de fractura pasa una frontera que no se va a recomponer. Más aún, es mujer, así que con la pata quebrada y a casa en el negro y machista corazón de África. Le compraremos muleta y todo, incluso le soldaremos el hueso, pero seguirá la otra fractura, porque nosotros empezamos a quejarnos de luxaciones y no queremos hacer los trabajos que ellos hacen a gusto, cosiendo y cantando. Si tomamos por mapamundi la misma telaraña-mapa de Ciudad Real, donde la iglesia catedral es araña, hay a un lado un montón de calles con nombres de naciones tras ese tremendo Eroski que hace de Mercado común, y también hay gente en un barrio africano que quiere cruzar el lago mediterráneo sin tener que caerse desde el puente para pasar a mejores chabolas; muchos de ellos son gitanatas, asiatas y negratas. 

La Unión Europea era llamada antes Mercado Común, y lo era, porque las peleas parecían cosa de verduleras. La misma Thatcher era un apio que no se tragaba nadie. Hubo que trabajar mucho para soldar unos huesos que llevaban mucho tiempo sin componerse y ahora mismo la Unión está tan gorda a causa del euro que cualquier día va a fallecer de un ataque al corazón partío y patrio de Berlín. Los mandarines del imperio alemán están esperando a los bárbaros tras las murallas y no se dan cuenta de que los bárbaros les están creciendo en su propio seno. Son los bárbaros naciofascinerosos, de los que hay muchos incluso entre los proeuropeos de Ucrania, que ven a la Unión como lo que realmente es, una confederación germánica. Nosotros, sudistas, haríamos bien en declarar una Guerra de Secesión o, mejor incluso, volvernos lone star, como Suiza. Daneses, ingleses, polacos y algún otro han sabido ver claro cuando los españoles nos poníamos ciegos de europeísmo. Nunca se plantearon salir del euro, porque nunca entraron. Como resultado de nuestra estupidez, ahora formamos parte del Sacro Imperio Romano Germánico y la Merkel dicta nuestra política campando a sus anchas en nuestro mercado, dejando a nuestros parados al pairo y a nuestros políticos mamando del cargo y sin nada que hacer, ahora que hasta lo poco que podían ya no es necesario; seguro que de ellos no se hará un ere que los una al paro. Un erre que erre, sí. Hemos perdido soberanía, aunque nunca tuvimos demasiada; desde luego, no tanta como la del propietario de la Constitución, ese rey al que no se puede acusar ni siquiera de estornudar.

Esto de que la sociedad es un cuerpo es metáfora clásica y antigua; su formulación más lejana la encuentro en el tercer libro De officiis ("Sobre las obligaciones") de Cicerón, uno de los padres del iusnaturalismo o derecho natural, para el cual, como todos hemos nacido iguales, nos debemos tanto a otros como a nosotros mismos; se hallaba el hombre horrorizado porque veía la República a punto de caer bajo Marco Antonio, quien, al final, le cortó la cabeza, tomando algunas palabras corporativas de su libro demasiado al pie de la letra, las referentes a que hay que extirpar del cuerpo común los miembros podridos. 

La imagen la usaron luego las epístolas paulinas para divulgar el cristianismo entre extranjeros nada judaicos: las desemejanzas entre los miembros del cuerpo místico de Cristo son necesarias para desempeñar funciones distintas, pero cada miembro socorre a los demás para evitar la ruina común. Ese fue el origen del famoso y estúpido corporativismo fascista, nacido no más de una metáfora ciceroniana. Como en la película de Fellini, el corporativismo nos puede hacer desfilar a todos al mismo paso, pero no nos puede hacer clones por más que se empeñe. El hombre solo es socializable hasta cierto punto, más allá del cual se vuelve profundamente territorial y tiene que poner rayas, vallas, muros y hasta murallas. Algunos incluso se esconden en una oficina, una empresa, un convento, un búnker, una cárcel, una biblioteca o un siquiátrico. O un texto escrito.

sábado, 22 de febrero de 2014

Patatines y patatanes

Desde que Sarkozy dijera aquello tan gracioso de refundar el capitalismo (¿puede fundarse la basura con más basura?), ningún político había tenido la pachorra, o la alquimia suficiente, como para sintetizar ideal y mierda en la misma frase y alcanzar los límites mismos de la mentira salvo los españoles, que, como mentirosos a secas y ni siquiera políticos, a fuerza de prodigarse en un mundo al revés, han llegado a hacerse sencillamente increíbles, o creíbles solo para lameculos, chupamindas y demás aprovechados y catarriberas. 

Un político genuino aporta un gramo de idealismo, un nosequeo de utopía que logra correspondiente condescendencia; pero un sucedáneo español, que solo se tapa las vergüenzas, usando mentiras de taparrabos, no se granjea simpatías y ni siquiera esa complicidad de espectador de sainete que hizo del nunca amortajado Berlusconi un líder del putrefascismo. La Infanta hace su deposición ante juez sin esfuerzo, nada penosamente, sin cagarla, con la típica posma de una bri, perdón, borbona, y un ricohombre, que no hidalgo, senador se deja caer de su inútil cargo senatorial con jeta y carpeta tras haberse lamido con entusiasmo las prebendas y haber puesto un pico en Suiza. 

Ya ni siquiera procuran ocultarse bajo una prosa churrigueresca. El chorizo público (o privado, qué más quita) español es tan vulgar, de marchamo tan cantinfresco, de verdad, que, fuera de defraudar (también) toda estética, ha logrado sacar al pueblo a las plazas moviendo, no ya la indignación, sino un desconsuelo que nace del más profundo desamparo, como si no bastara el que nos ha venido de su gestión del presupuesto, que más parece ingestión. Dan ganas de irse a zurrar otra badana o incluso consagrarse al estudio del nostrático o a calcular la incidencia del pedo discreto en los conventos de monjas, porque hablar de política es más ridículo y menos útil, es como hacer de Job en el estercolero. 

Para no aburrirse, Larra contemplaba a los políticos españoles como si fueran patatas y era la monda. Al menos las patatas, como los asteroides, no presentan siempre la misma cara, los mismos rasgos, son todas distintas entre sí y por eso no resultan aburrantes. Es cierto que, como los políticos, los tubérculos engordan con el fiemo, la mugre y la descomposición social y se reproducen por gemación, algo así como retoños familiares o amiguetes, procurando esconder su volumen orondo de forma subterránea. Se desarrollan muy bien en este clima mediterráneo, propicio a la cooptación más que al mérito. Cierto que las ocasionales heladas de democracia y justicia no son buenas, pero, gracias al suave abrigo y protección que ofrecen la Constitución (hecha para dar una finca de caza al rey de España y compañeros de usufructo), y las eviternas leyes franquistas (que, como los números reales, tienen principio y no fin), la producción de miserias sociales y particulares está garantizada hoy en día en un reino en que, gracias a ellos, la apariencia es un monarca que gobierna sobre la esencia.

martes, 18 de febrero de 2014

Último poema del poeta Hassan Shaabani antes de ser torturado y ahorcado en Irán


Siete razones por las que debo morir

¡Estás librando una yihad contra Dios!
Sábado, porque eres árabe
Domingo, está bien; eres de Ahvaz
Lunes, pero recuerda que eres iraní
Martes, y ridiculizaste la sagrada Revolución.
Miércoles ¿levantaste la  voz en nombre de otros?
Jueves, eres un poeta y un bardo
Viernes, eres un hombre ¿no es suficiente para morir?'

jueves, 13 de febrero de 2014

El ego y otras drogas

Más que la droga en sí misma es detestable el concepto de la droga, de la misma manera que Shakespeare, a su manera siempre distanciada de todo, sentenciaba que no se puede tener miedo sino del miedo mismo. La droga es una idea y no una sustancia. Y como idea cabe distinguirla de la farmacopea o de lo que Michel Hulin llama mystique sauvage o de esa forma de satanismo flojo o soft que soler solemos llamar hedonía. Porque la droga es solo una forma de renunciar a la emancipación, y como tal resulta ser un signo de identidad de todo lo inmaduro e infatiloide,

Por eso la tele, la comida rápida y la futbolidad o arte de patear, e incluso la política, la mala educación, los chismes y el ego desaforado son drogas (especialmente dura esta última, a que se reducen las demás). Se supone que curan la falta de identidad del niñato que no tiene suficientes años para tener pasado al que agarrarse y sufre el peso de todo un interminable futuro para angustiarse, pero lo único que hacen estos elementos nada primigenios y las yerbas africanas es agravar u ocultar los problemas. Algo exactamente igual que las ideas fijas, que no son ideas, sino pasiones cristalizadas o manías. De las drogas a los dogmas solo hay unas pocas letras y ambas cosas son igual de difíciles de abandonar. Con criterio estrictamente sanitario, los opiáceos o estupefacientes nos castigan, como Madrid, que también tiene algo de psicotrópico y polirrizo:

De Madrid al cielo,
porque es notorio
que va al cielo quien sale
del Purgatorio.

De La Mancha al Infierno
porque se sabe
que adorarse a sí mismo
es falta grave.

Las drogas permiten a la gente ausentarse de la realidad, de sus tribulaciones y de sus obligaciones, a veces incluso definitivamente. Sus causas, muchas, se reducen al decaecimiento de la voluntad, algo de que ya nos quejábamos al filo del Novecientos, llamándolo spleen, mal del siglo o enfermedad metafísica. Por entonces, como por ahora, el mundo se había vuelto absurdamente complejo, ruidoso y tan indesliable como el nudo gordiano; hasta Spengler, coco privilegiado, vino a escribirnos La decadencia de Occidente. Para librarnos de la angustia producida por esa monstruosa multiplicación de expectativas y de pasillos laberínticos, de ese nihilismo fatigado de que hablaba Nietzsche, uno tenía que subir al autobús colectivo del adoctrinamiento simplificador y ser amasado por las ideologías hasta terminar hecho un fantoche fascista o comunista, o lo que su paralelo liberal capitalista hacía en la sociedad de consumo, un perfecto y extraplano Ken o Barbie. Y eso que ya por entonces los que más sedicentemente padecían la abulia encontraban en la farmacia lo que la sociedad no debía, podía o quería dar al señorito común, ensoñador y malcriado.

Hoy la sensación de lo complejo nos la teje la entretela de Internet, un texto sin fin, una crucifixión infinita de caminos, perspectivas y distancias. La internética se ha constituido en el administrador inhumano de un campo de concentración de alienados, cebollinos enfermos que piden más y más conexión umbilical pero en el fondo están cerrados en su placenta de electrones. Esta demanda de información absoluta, de mística a la carta, ya solo la puede  satisfacer una droga hecha a la medida del individuo, la química, que conecte la sensibilidad individual a todo el universo, porque las drogas de masas no venden tanto como vendían; el descrédito de la ideología ha objetivado nuestras demandas a lo meramente individual, desconectándonos del mundo real, en que tenemos que convivir con gente real agria y cabrona, que se acopla tarde, mal y nunca a nuestros propósitos de señoritos egosoñadores y malcriados. Hasta en Pandora todo el mundo quiere enchufarse al gran árbol de los cables y diluirse en electrones como Leopardi se diluía en el dulce mar del infinito. Es el nirvana virtual. Los chavales es que ya hasta se acuestan con lo que más quieren, el móvil, reducidos a voraces neuronas de Internet cada vez más ansiosas de dendritas. Renuncian a ser una parte de un todo conjuntado y salvaguardian a toda costa su independencia y su pequeño espacio en lo colectivo. Inversamente, contra todo esto reacciona un movimiento fundamentalmente anticuado y reaccionario, aunque se vende como progresista, la alternativa verde o ecologismo, que nos quiere reenchufar a la naturaleza mediante el músculo, no el nervio.

En el orden jurídico, la droga incurre en paradojas presuntamente insalvables, sea tratar al enfermo como un delincuente pese a que lo primero genera lo segundo, sea confundir la medicina con el veneno, lo que cura con lo que mata. Un ejemplo lo ofrece el LSD, la más poderosa de las drogas y, sin embargo, la más inocua, pues no produce adicción a la gente normal. De ahí que se venda tan poco, siendo tan fácil de fabricar, pese a ser el mejor producto posible del ilegal mercado del deleite farmacológico, como bien explica nuestro famoso Escohotado, gurú habitual en estas materias en español. Pero más curioso y alarmante aún es que, estando prohibido el LSD, resulte ser una poderosa medicina, un instrumento terapéutico de primer orden, porque con supervisión médica se sabe que ha batido todos los récords de efectividad para curar adicciones terminales a sustancias peligrosas que, inversamente, son legales, como el alcohol. Algo que no logran otros tratamientos que sí son lícitos. Es más, cura depresiones desahuciadas por tratamientos convencionales y ha inspirado e inspira la creación artística. ¿Por qué, pues, no se permite solo a los médicos usar el LSD para curar patologías como el alcoholismo o la depresión, o experimentar sobre otras aplicaciones médicas? No voy a mencionar, por consabida, la aplicación anestésica de uno de los componentes de la marihuana, que podría venderse sin las otras sustancias que vuelven ponzoñosa tan mala hierba y que algunos estados han decidido permitir. Por otra parte, esos difusos límites legales hacen que los avispados burlen las leyes consumiendo fórmulas que varían la fórmula de la droga en solo un átomo, de manera que se vuelve sustancia legal aunque sus efectos sean prácticamente los mismos, como bien saben los que han usado ese procedimiento para consumir sin restricciones en los Estados Unidos.

El retorno nada heroico de la heroína, que empieza a cargarse a los actores más mentirosos, es un síntoma de nuevos tiempos. Hay algo se está descomponiendo aceleradamente en nuestra sociedad. La heroína provoca una dependencia física más que psíquica, y eso ya indica por donde van los tiros. La presión alienadora de la sociedad sobre el individuo en estos tiempos está alcanzando nuevas cotas, se ha objetivado mucho más que antes. Está volviendo el nihilismo del siglo XX, pero ahora el papel que hicieron las ideologías lo ejerce la ciencia, su farmacia y su internet, impidiendo la emancipación del individuo por nuevas formas que ya no derivan del estado, aunque este se implique destruyendo las estructuras que pueden regenerar el orden y hacernos crecer mediante el cultivo y desarrollo de la voluntad común.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Un manchego en el Imperio Galáctico

Entre los escritores de libros de caballerías del siglo XX tenemos a un ciudarrealeño al que los especialistas, todos frikis y a mucha honra, consideramos ya un clásico de la anticipación o ficción científica en español (por no usar el vulgar anglicismo de "ciencia-ficción"), Carlos Saiz Cidoncha. Y ahora nos ha sorprendido, treinta y dos años después de la aparición del primer volumen de su trilogía La caída del imperio galáctico, El anillo de poder (1978), con la publicación de los dos restantes, El ángel tenebroso y El ocaso de los dioses (2011), de forma que se cierra así la primera y única space opera manchega del siglo XX, un ciclo mucho más amplio de lo que podemos esperar, porque hay que sumar a su universo, mucho más espeso y rico de lecturas que la superflua americanada de George Lucas, otras derivaciones como Antes del Imperio (1983), Memorias de un merodeador estelar (1995), Crónicas del Imperio Galáctico (1998) o incluso otra trilogía fundamental, La galaxia de los hombres muertos (2003-2004). 

Conocí al autor de la proeza, el editor Pedro A. García Bilbao, el Palinuro, aún no arrojado por la borda, de Ediciones Silente (Guadalajara) de cuando invité al mismo  Carlos Saiz Cindocha a venir a Ciudad Real para dar una conferencia el día del libro y presentar su Historia de la aviación republicana en tres volúmenes (Saiz Cidoncha es, además de científico y meteorólogo, un viajero incansable y un historiador e investigador de nota, que aprendió el ruso solo para poder acceder a información inédita necesaria para realizar esta obra).  Pedro es él mismo escritor de retroutopías y profesor universitario de Sociología, alguien fascinado por la cultura como, por lo general, todos los que nos educamos leyendo libros de fantasía científica.

Entre los cultivadores del género ciudarrealeños tenemos a nuestro conocido Macario Polo Usasola, a Ángel Campos Martín-Mora y a mí mismo, que escribí para ese género El marco de la noche, hace ya más años de los que me gustaría recordar. 

martes, 11 de febrero de 2014

Historias de guerra, de posguerra y de ahora mismo.

La abuela de mi mujer era una de esas personas sacrificadas de antaño, una de esas castellanas íntegras y generosas que dejaban a hispanistas que pasaban por aquí, como Ticknor, admirados de las cualidades del pueblo español.

Durante la Guerra Civil todo escaseaba y no era bastante la cartilla de racionamiento como para conseguir, por ejemplo, la leche que necesitaban sus hijos. Al poco de llegar el lechero se agotaba el corto suministro y parte del pueblo se quedaba sin ese precioso elemento de primera necesidad. Así que, como buena matrona manchega, tomó la costumbre de madrugar y, mientras caía la escarcha a la hora más fría del día, antes del alba, salía de esta ciudad, antes villa, y se acercaba por la carretera de Miguelturra al lechero que la traía en su acémila hasta Ciudad Real, para comprarla antes de que se acabase. 

Pero su generosidad le costó cara: atrapó una bronquitis crónica a causa de tantos días de intemperie verspertina y eso le acortó considerablemente la vida, privando a sus hijos de una madre excepcional a una edad impropia y sin que pudiese ver los frutos de lo que con tanto amor había sembrado. Por demás, y ya en la posguerra, uno de sus hijos, tan espabilado que algunos hablaban incluso de hacerlo secretario del Ayuntamiento (disculpen la obscenidad), enfermó gravemente del corazón. La madre, inquieta, no reparó en sacrificios para que el chico se repusiera pronto; por ello fue a ver a un médico de gran fama, quien le recetó inyecciones de calcio. Cada quince días se repetía religiosamente la visita, para que se las pusiera él mismo, cobrando tanto el tratamiento como la medicina. El caso es que, de todas maneras, y a la larga, el chico empezó a sentirse mucho peor. Como el tratamiento se prolongaba y el muchacho iba a peor, fueron a ver a otro médico, quien, tras examinarlo detenidamente y hacerle las pruebas pertinentes, dictaminó que la leve afección cardíaca que padecía había curado hacía tiempo, pero la rutina de las innecesarias inyecciones de calcio, una y otra vez, solo para cobrar, a pesar de no ser ya necesarias, le habían causado una enfermedad cardíaca mucho peor y ya solo le quedaban unos tres meses de vida. Y falleció en ese plazo. Quien me contó esto fue una de sus hermanas, que no pudo estudiar, al contrario que su hermano, a pesar del empeño cerril de la maestra, que quería que hiciera estudios superiores y fue muchas veces a decir a su madre que, por amor de Dios, la chica valía mucho y no podía dejarla consagrada a labores y ajuares. Pero, no habiendo entonces dinero ni becas, no había remedio. El mérito no florecía en esa época si se era mujer entre muchos hermanos y sin lo suficiente para pagar las cuentas que una educación en regla exigía, que eran muchas. Si su hermano hubiera sido un poco más afortunado, solo habría tenido que padecer la falta de escrúpulos del comercial que vendió talidomida en Ciudad Real cuando en toda Europa ya se sabía que hacía nacer bebés sin brazos, sin piernas, sin nada o con extremidades atrofiadas; por lo menos no hubiera muerto. O podría haber sido afortunado del todo y no llegar a padecer nada de eso.

La siguiente historia de la Guerra Civil le ocurrió a mi abuelo y me la contó mi padre. Hacia el fin de la contienda pasaba por su pueblo un camión de presos que, al amanecer, con terrible eufemismo y como escribían a sus familiares, "partiría con rumbo desconocido". Los iban a trasladar o a darles "un paseo", vamos. Uno de los que iban en ese camión de presos conoció a mi abuelo, por ser coterráneo suyo, y lo saludó. Él también lo vio y, sabedor de lo que iban a hacer con él, se despidió de él levantando la mano en un último adiós. Pero también estaba allí un sicofante, el cabrón oficial que tiene todo pueblo, y denunció que había hecho el saludo republicano: el puño en alto acompañado del ¡salud! habitual. En consecuencia, y menos mal, su último adiós solo fue recompensado debidamente con una paliza que le dejó la camisa pegada a la piel con sangre y medio muerto. (Mi abuelo era un tiarrón de metro noventa, pero ante cinco fulanos fornidos y armados con garrotes de los de antes, poco le cabía hacer).

La última historia le sucedió a una conocida mía, nieta de la abnegada madre de que he hablado. Aunque no es de la época de la guerra ni de la posguerra, podría serlo, ya que hay elementos en ella que me recuerdan mucho las historias anteriores. Resulta que una ministra del régimen, llamada por mal nombre Mato, y no sé si también una virreina suya, decidió ahorrar en radiólogos y que, por tanto, pasasen las radiografías de las mujeres que habían tenido cáncer sin diagnóstico previo, directamente al médico de cabecera o incluso al oncólogo especialista. Así pues, se suprimió uno de los dos criterios necesarios para evitar un error al diagnosticar enfermedades graves. El resultado fue que pasaron tres o cuatro años de revisiones sin que el oncólogo u oncóloga notase una metástasis brutal. Este error médico fue descubierto por el médico generalista. Desde luego, no sé cuánto habrán logrado ahorrar los virtuosos e incorruptos dirigentes que nos maltratan, pero sí sé que muchos pagarán ese dinero con algo que no tiene precio: la vida.

lunes, 10 de febrero de 2014

Confluencias

"Noli foras ire, in te ipsum redi", San Agustín,  De vera religione, XXXIX, 72

"No corras. Ve despacio, / que donde tienes que ir / es a ti mismo". Juan Ramón Jiménez

domingo, 9 de febrero de 2014

La distribución de Pareto aplicada a España

Ignacio Oliveras, "80-20: la distribución de Pareto", Huffington Post 08/02/2014:

España, que duda cabe, es un país peculiar. Durante los últimos diez años el debate sobre la educación se ha centrado en las horas que deberían dedicar los alumnos a las dos asignaturas más insignificantes del currículo académico: la religión y la educación para la ciudadanía. Estimo que hubiera sido mucho más productivo plantearnos cómo mejorar el nivel de matemáticas y de inglés, y probablemente hubiera sido mucho más fácil ponernos todos de acuerdo al respecto.

Desafortunadamente, nuestro nivel de matemáticas, y más concretamente de estadística, sigue dejando mucho que desear, tal y como el bloguero Ansgar Seyfferth puso de manifiesto en los interesantes posts que publicó en su blog recientemente. Constato por lo tanto con tristeza que el principio de Pareto, que todo estudiante de secundaria debería conocer al acabar el bachillerato, es desconocido para la mayor parte de la población. Ojalá este post, y otros que me propongo escribir en adelante, sirvan, aunque sea parcialmente, para cubrir ciertas de nuestras lagunas.

El principio de Pareto debe su nombre al gran economista italiano Vilfredo Pareto, que realizó en 1906 un estudio sobre la distribución de la propiedad de la tierra en Italia, llegando a la conclusión de que el 20% de los propietarios acumulaban el 80% de la tierra cultivable. Pareto desarrolló su principio y observó por ejemplo que el 20% de las vainas de guisantes de su huerto producían más de la mitad de los guisantes (es discutible, pero se considera por lo general paretiana la distribución en la que el 20% de las observaciones arrojan un valor superior al resto de la muestra).

La distribución de probabilidad de Pareto consiguiente describe la probabilidad de ocurrencia de sucesos similares, y es la distribución de probabilidad típica de variables estadísticas aleatorias que parten de cero, que no tienen un límite superior definido y cuya probabilidad de ocurrencia es baja (retomando el ejemplo de Pareto, la fortuna de un ricachón tiene un valor indeterminado de entre 0 y Dios sabe cuánto, y la probabilidad de tener una enorme fortuna es baja). Las ventas de discos (unos pocos discos de oro copan la mayor parte de las ventas) o los daños provocados por los terremotos (unos pocos seísmos causan la mayor parte de las catástrofes) se rigen por distribuciones rigurosamente paretianas.

El hecho de que el reparto de rentas y riquezas sigan distribuciones de Pareto tiene una serie de consecuencias que resultan sorprendentes para los desconocedores del principio, como puso de manifiesto el eco que produjo el reciente informe de Intermón Oxfam, que señalaba que 20 españoles tienen rentas similares a las del 20% más pobre. Una de las propiedades más remarcables de las distribuciones de Pareto es la autosimilaridad, por lo que si observamos el reparto de la riqueza entre las diez personas más ricas del mundo se observa igualmente una distribución de Pareto.

Otra punto relevante a retener en el caso de una distribución de Pareto es que al contrario de lo que ocurre en una distribución de probabilidad normal (la mucho más conocida campana de Gauss) el valor esperado y la varianza dan bastante poca información sobre la muestra, y en ciertos casos extremos como el de la paradoja de San Petersburgo pueden ser infinitos, por lo que es mucho mejor concentrarse en la mediana (o moda de la muestra). Se oye a menudo que el salario medio en España es de casi 2.000 euros, pero la verdad es que esta cifra está sesgada (los millonarios la inflan), y la realidad de nuestro país la describe mucho mejor el salario modal (el que más se repite) y que es inferior a 1.400 euros, es decir, inferior al salario mínimo en Francia. Cualquier político de izquierdas con estas nociones claras tendrá como objetivo aumentar la renta mediana de su país más que la media.

En este punto cabe recordar que con respecto a la Italia de Pareto hemos mejorado bastante en Europa pese a todo. Una sociedad en la que el 20% más rico acapara el 80% de los recursos tiene un índice de Gini superior a 0,6, inimaginable en la Europa que parió al Estado del bienestar, y hoy por hoy sólo algunos países africanos se acercan a dichos niveles de desigualdad. Si Pareto levantara la cabeza probablemente reformularía su principio como algo parecido a 70-30.

A no ser, claro está, que la política de recortes que nuestro Gobierno y la troika defienden enconadamente llegue a puerto y se deshaga el camino andado, puesto que la crisis y los recortes están aumentando la desigualdad en España. Si el comisario europeo Olli Rehn fuera sincero en su afán de reducir el déficit hubiera animado a todos a imitar a Hollande y su impuesto del 75% para los millonarios. En vez de eso, se dedica a hostigar a todos a los que no reduzcan el gasto público, con tanto éxito que Hollande ha acabado por serle infiel no solamente a su mujer, sino a las ideas por las que fue elegido.

Imaginemos para concluir este post un país llamado Desigualandia en que los ingresos son paretianos, por lo que el 20% más favorecido tiene el 50% de los ingresos y el 20% que menos tiene acumula el 5% de los ingresos. Si el Gobierno de Desigualandia sube la presión fiscal sólo un punto porcentual sobre el primer grupo se obtendrá tanto como aumentando la presión fiscal un 10% sobre el segundo grupo. ¿Quién cree el lector que notará menos la subida? ¿Qué resulta más justo? Pues bien, Desigualandia y nuestro país se parecen bastante, si bien el llamado ratio 80-20 de Desigualandia es de 10 a 1 por 7,5 a 1 en España, en la que el 20% más rico acapara alrededor del 45% de los ingresos con respecto al 6% del 20% más pobre.

martes, 4 de febrero de 2014

Payasadas del nacionalismo

Nadie querría deber algo a nadie y, por supuesto, sobre todo a un catalán. Son malos acreedores, más devotos de la Virgen del Puño que de la de Montserrat. Su nacionalismo es un sentimiento, no una idea, porque se puede hablar de pasiones y sentimientos fanáticos, pero no de ideas fanáticas. Su pasión está hecha de sardanas, morenetas, castellers, butifarras y barretinas, esto es, de charanga y pandereta, aunque no de toros Fundador, y algo menos de cuarenta años de paquismo y otros cuarenta de tiquismiquis, algo todavía más incómodo, porque para ellos la Constitución fue solo una argucia para injertar con el calzador de Torcuato a un monarca y apaciguar a un ejército chusquero, frailuno, majadero y completamente franquista.

Vascos y catalanes forman ese mismo linaje aldeoburgués y carlistón que recibió en la anteguerra un enanito estatuto republicano para el jardín. Un enanito nada viajero, no como el de Amélie. Pero al enanito, que pasó despreciado esos ochenta años de travesía del desierto, le montaron un circo constitucional y fue creciendo a fuerza de propaganda, primero a cabezudo, luego a cabezón simple (Pujol), y ahora es un gigante que marcha hacia las nubes y más allá con una estrella errante en su bandera que se quiere añadir a la sardana de la bandera europea, impulsada siempre por ese sentimiento, ese orgullo... y la necesidad de un presupuesto más inflado que un luchador de sumo y más corrupto que un extra de Walking dead. Ahora vascos y catalanes son pueblos elegidos, rodeados de una masa de bárbaros charnegos y maketos venidos de la africana España en patero-viajeras de La Talaverana o de AISA más que en AVE, que es más incómodo para su presunta modernidad. No nos entienden, porque para ellos hablamos en un oscuro dialecto del bantú. Para mí, Cataluña siempre será esa anecdótica señora que vi sentarse sobre un pañuelo en el metro de Barcelona para que su regio culo no quedase maculado con el contacto de tan plebeyo medio de moverse. Un soi-disant o autodefinido catalán preferirá siempre un trono a un váter. Hasta prefiere su propia mierda, su propia corrupción, su propio Rabal, su propia Generalitat, su propio euro, su propia cuenta en Suiza, esa confederación de ciudades, no de nacionalidades, sin corruptos, sin problemas de idioma (tiene cuatro) y sin gobierno. Sabemos desde Ortega que el nacionalismo no integrador es un mal, el mal hacia que conduce a los catalanes el flautista de Hamelin, cuyo canto es una sardana, un sentimiento laboriosamente fraguado en años de propaganda de radios, periódicos y televisiones alérgicos a la posible apertura del melón constitucional, que prefiero nuevo, el otro está pasado.

Los catalanes hicieron una larga cadena humana, una cadena abierta que no ataba nada; si hubieran hecho un cerrado corro de sardana serían todavía más ellos de lo que son (y eso que ser es el verbo mínimo, el verbo con menor significado que hay: de ninguna cosa podemos decir menos que cuando decimos que es una cosa) y los pronombres solo son una caja vacía con un significado que cambia con el contexto. Enzensberger le preguntó a Arzalluz qué era un vasco y Arzalluz quedó mudo; no lo sabía. Catalanes y vascos son solo un pronombre; son ellos. Y como todos los pronombres, su significado no es fijo, porque no lo tiene, solo deíxis o referente espacial o temporal. O ni siquiera eso: lo que los filólogos llaman deíxis ad phantasma, cuyo referente es un delirio phantástico, ni siquiera ad oculos, porque la condición de catalán o de vasco no se ve, no se apercibe, no salta a la vista, a no ser que venga con acompañamiento de boina o barretina. El nacionalismo es, pues, una manera de vestir o de hablar, nada más. Arturo Mas tiene cabeza y cuatro brazos como yo y es tan mono como yo. De hecho, mi hermano es catalán, porque nació en Barcelona, aunque viaja tanto que ya no sabe ni de dónde es. El catalán desciende también de nuestro primo el mono, aunque, claro está, a través del eslabón perdido de la cadena, el homo catalanensis, con algo de australopitecus pujolis, emparentado con el hombre de Flores.

En entrevistas posteriores Arzallus, sabidor del ridículo que había hecho a la pregunta del avispado alemán, tan conocedor de lo que era el nazifascismo, ya se había preparado la contestación, como estudiante aplicado de Deusto que era, y se leyó las tonterías de Sabino Arana, que el propio Arana tiró a la basura antes de morir. El vasco tiene la pilila y la patria más grande que nosotros, es una raza, dijo el jodío, un rh negativo. Como si no supieran los antropólogos que la raza no existe, ya que nos podemos cruzar entre nosotros, es decir, somos una especie, la especie humana, no una raza. Cortar troncos, poner el verbo al final de la frase, extornionar empresarios, fabricar viudas o confeccionar bombas con más o menos habilidad no hace una raza y ni siquiera una especie. La única raza que hay sobre la tierra es el homo sapiens, aunque más de uno llegaría a pensar, con esas cosas del nacionalismo, que tanto daño hacen al sentido común, que es el homo imbecilis. El nacionalismo es una pura deíxis, un de acá para allá y viceversa y un de hoy para ayer y para mañana, como el tópico de la sátira clásica, la del cínico Menipo, que vivía como mendigo de los demás tras haberse arruinado como banquero. ¿Qué pasó con la Banca Catalana, eh? A los catalanes solo les da identidad la frontera. ¿Podría explicarse una historia de Cataluña sin España? Sería tan absurda como la de una España sin Cataluña. Tal vez nos hubiera ido mejor con Portugal, diantre, y con Juana la Beltraneja en vez de con esa filocatalana de Isabel. Por lo menos ahora bailaríamos la samba en vez de esa cursilada solemne de la sardana. Y ellos, mejor que le pidan la independencia a Francia, leñe; seguro que Sarkozy los trataba con más cariño que con el que trata las banlieues. De hecho intentamos fundirnos con Portugal con Felipe II, y nos fue mal. Con los catalanes hemos marchado bastante mejor. ¿A qué disolver tan próspera y consolidada unión? Otra cosa, unos Balcanes de Occcidente, no lo desea nadie, ni siquiera Tom Clancy, que veía en una novela a los castellanos como una especie de serbios, a los catalanes como unos croatas y a los vascos como unos bosnios. Un Tom Clancy resucitado podría imaginarse que Cuba le daba un palmo de narices a EE. UU. y, solo para joderla, pedía la entrada en el régimen autonómico/federal español, como una provincia que volvía a la madre patria, para así participar en las subvenciones y fondos de cohesión de la Unión Europea, aunque con disparos, tanques, misiles y pistolas para adornar, puesto que es una de Tom Clancy. ¿No hubo reunificación en Alemania tras cuarenta añitos? Pues entre España y Cuba en solo un poco más. Con la ayuda de Adelson, de la Mafia y de los corruptos de aquí y allí todo eso podría cuajar, como cuajó el proyecto del aeropuerto de Gobiernacomopuedas Barreda. Los catalanes estarían fuera, pero nosotros estaríamos consumiendo cocos y caipirinha en vez de cava y soportando las protestas de las Canarias por la exportación de plátanos caribeños. En el contexto de una nueva Constitución, creo yo que podríamos echar a los Canarios definitivamente y pedir la bendición de Su Santidad Gregorio XVIII en su sede del Palmar de Troya, mientras se erige en Ciudad Real un nuevo Vaticano aprovechando la Torre Gorda de Miguelturra.

lunes, 3 de febrero de 2014

Mitos sobre los profesores, de Rosa Moreno

Del blog de Rosa Moreno, profesora de lengua:

MITOS SOBRE LOS PROFESORES

1. Los profesores trabajan poco...

 La idea popular y generalizada de que trabajamos tres o cuatro horas al día es totalmente falsa, son muchas más horas y lo que trabajamos no se reduce a la jornada del instituto, en nuestra casa seguimos preparando las clases, corrigiendo exámenes, etc. Yo, como ya sabéis, tengo un blog de lengua y literatura que empecé a hacer por los alumnos (¡algo extra! con lo vagos que somos y la poca vocación que tenemos) y por hacer este blog no cobro ni un céntimo de euro más que mis compañeros y son muchas las tardes que dedico a realizar entradas que probablemente no sean leídas por mis alumnos. 
   Por otra parte, cinco clases seguidas suponen un desgaste intelectual y físico importante para un profesor, los que trabajan en esta profesión seguro que me entienden perfectamente. Tenemos grupos, niveles, contenidos y problemáticas diferentes y tenemos a que adaptarnos a ellos. Esto, unido a las dificultades que debemos afrontar en el aula, nos puede producir saturación, enfado o desencanto pero intentamos llevarlo lo mejor posible a pesar de todo.

2. El profesor tiene manía a los alumnos...

 La socorrida manía del profesor al alumno y que corregimos con arbitrariedad es otra falacia. Yo personalmente, corrijo a todos por igual, es más si puede favorecer al alumno siempre lo hago. Es curioso que hay alumnos con muy buenas notas (¿Nadie les tiene manía?) y otros que suspenden todas (¡Qué mala suerte tienen!¡Todos los profesores les tienen manía!)

3. Los profesores no tienen vocación...

Ante la idea de que los profesores no tenemos vocación os diré que yo también estudié en la escuela pública y es cierto que hay profesores de todos los tipos, buenos y malos, con vocación y sin ella, pero esto sucede en todas las profesiones. Os aseguro que yo no decidí ser profesor por estar "a lo caliente" (para eso hay muchas otras profesiones con menos complicaciones y mejor sueldo) sino que si estoy aquí es por vocación. Es más, yo estudié Periodismo y a partir del tercer curso, compaginé esta carrera con Filología Hispánica. Soy licenciada en estas dos carreras y aprobé la oposición a secundaria entre muchos candidatos que se presentaban. He llegado donde estoy después de muchos años de trabajo y sacrificios, estudiando mucho y nadie me ha regalado nada.  Por otra parte, yo decidí ser profesora y por supuesto que tengo vocación e ilusión por mi trabajo.

4. Los profesores no están preparados para desempeñar su profesión...

  Los profesores si están preparados para desempeñar su trabajo, ya que han tenido que realizar unos estudios superiores. Aún así os diré que me parece bien que se exija más nota para ser profesor pero que esa exigencia se acompañe de apoyo al profesorado, valoración de su figura y aumento de su sueldo, ya que actualmente nuestra imagen está desprestigiada y nuestro poder adquisitivo se ha reducido considerablemente en los últimos años. Además, los profesores de la pública hemos pasado por una oposición y no hemos sido elegido "a dedo", estamos aquí por nuestro méritos personales y no por criterios arbitrarios.

4. Los profesores tienen demasiadas vacaciones...

Las criticadas vacaciones de verano no son un lujo, son una necesidad para el profesorado y para el alumnado. Sólo tenéis que ver que las clases son imposibles cuando llegamos al mes de junio. Y además unos se llevan la fama y otros cardan la lana porque hay otras muchas profesiones que tienen las mismas vacaciones que los profesores o más y nadie se mete con ellos. 

5. Para que la educación funcione tiene que estar más vigilada...

  También discrepo totalmente en que para que la educación funcione bien debe estar más vigilada por los inspectores. Nada más lejos de la realidad. Los países en los que mejor funciona la educación, como Finlandia son los menos vigilados, los profesores tienen plena libertad, los padres confían en los profesores que son una autoridad, la confianza es la base del sistema y no la supervisión.

6. La educación pública funciona mal porque tiene malos profesionales...

Si  la educación pública pasa por malos momentos no es por culpa de los profesores sino por las lamentables medidas adoptadas por nuestros políticos, medidas tales como reducir considerablemente el presupuesto educativo en tiempos de crisis, mandar a profesores con juventud y vocación al paro, suprimir plazas, obligar a profesores a impartir materias que no son las suyas, aumentar el número de alumnos por clase, aumentar el número de horas lectivas al profesorado, etc. etc.

   En conclusión...

   Si alguno de vosotros envidia a los profesores, yo les animo a que sean profesores en el futuro, que vivan lo que realmente hay y luego critiquen. Os aseguro que la docencia no es una profesión para vagos y que es desmotivador trabajar en la educación: alumnos que pasan de todo y hagas lo que hagas no se motivan porque la motivación no está en ellos mismos, alumnos que se saben todos los derechos pero ni una sola de sus obligaciones, padres que ante una sanción a su hijo reaccionan dando la razón al niño y desprestigiando al profesor, etc.

 Ser profesor es mucho más difícil de lo que parece y aunque tal vez tengáis experiencias negativas con algunos profesores, os aseguro que la mayoría de los docentes nos preocupamos por los alumnos (por eso, recibimos a padres cuando no nos corresponde,  hablamos con los alumnos de manera personalizada, hay profesores que se quedan dando clase por las tardes con los alumnos de 2º de Bachillerato...) y también os digo para que la educación pública vaya hacia delante tenemos TODOS que defenderla. 

Sino en el futuro la educación será sólo para aquéllos que tengan poder adquisitivo y los que no tengan medios se quedarán sin alfabetizar, un mundo muy justo como veis. Algunos de vosotros pronto iréis a la universidad y veréis las desorbitadas tasas que tendréis que pagar. Si decidís seguir estudiando tendréis que hacer un gran sacrificio personal y económico y cuando terminéis la carrera veréis lo difícil que es encontrar un puesto de trabajo. Después de realizar esos años de carrera, tal vez os daréis cuenta que llegar a una profesión cualificada requiere de muchos sacrificios y tal vez valoréis más a los profesores que tuvisteis.

 Si realmente queréis hacer algo provechoso por vosotros mismos formaos, aprovechad todo lo que os puedan enseñar vuestros profesores y apoyad a los que trabajan por y para vosotros. 

Literatura sobre profesores de literatura

No muchas, pero significativas son las obras que se han escrito sobre profesores de lengua y literatura, pero desde el punto de vista del profesor de literatura (no, por ejemplo, los idealizados y conmovedores al estilo Adiós Mr. Chips de James Hilton o El club de los poetas muertos de Tom Schulman, o Tom Brown’s Schooldays, donde tan bien se habla del fundador de Rugby, el pedagogo, poeta y ensayista Thomas Arnold). 

Tenemos, por ejemplo, la excelente Stoner, de John Edward Williams (1965), por fortuna disponible en castellano; también, El profesor y los otros dos libros de memorias del gran Frank McCourt, de los cuales es consecuencia y coda. Me resultó muy revelador Mal de Escuela y Como una novela de Daniel Pennac, escritos por alguien que se consideraba un zoquete o mal alumno y terminó siendo profesor; para él la sustancia que lo transformó de zoquete en discente fue, sencillamente, el afecto. Por otra parte, Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom, puede cargar las pilas. Simétrico en su existencial desolación es el retrato que hace Terence Rattigan en La versión Browning, tan espléndidamente pasada al blanco y negro por Antony Asquith (1951; no me hablen de la infame refundición posterior). La crisis educativa -que eso es lo que es la educación en España, una crisis- suscitó gran número de glosas narrativas: Agustín de Tejada, Daniel Arenas Martín y Javier Arcas hacen lo propio en El profesor inocente, Perdón por enseñar e Y, sin embargo, contento. Josefina Aldecoa es muy conocida por su Historia de una maestra. Su marido dio una breve pero intensa visión de lo que era la enseñanza en su época, un poco la nuestra, en su cuento Aldecoa se burla. Juan Eslava Galán, tan divertido de leer, narró sus primeros años de estudios en su novela Escuela y prisiones de Vicentito González, y luego se burló del director del instituto en que trabajaba en un cuento del que he perdido la referencia. El infierno y la brisa de Vaz de Soto tiene algo, pero no me convence; la película es mejor que la novela.

¡Muera el señorito! de Rafael López de Haro (II)

El libro primero de ¡Muera el señorito!, del manchego Rafael López de Haro (por distracción dije era albaceteño, pero en realidad era un conquense de San Clemente) es el único que transcurre en El Pinoso, pueblo inexistente de Castilla la Nueva con el que López de Haro se figura uno manchego. Tras ser  nombrado secretario del alcalde, Eugenio se apiada de una mendiga deforme, la Chana, que con frecuencia es enviada al sotanillo del Ayuntamiento que con frecuencia hace de cárcel para borrachos y es donde se depositan todos los trastos del cementerio y demás. Le da una pequeña limosna. Esta muchacha

"Vivía en el arroyo de limosna y disputando a los perros, en los muladares, las piltrafas de carroña. Como era repugnante, insoportablemente repugnante, y como socorrerla era ocasionado a que volviese, la echaban a escobazos de las puertas y la apedreaban los chiquillos. Si alguien le daba una limosna, la perra chica o el mendrugo, se los arrojaban desde lejos. [...] Si conseguía alguna moneda, ella la empleaba en vino inmediatamente y el tabernero se lo echaba en un bote de lata de esos de las conservas que ella llevaba siempre..."

La agricultura no da a la mayoría sino para mantenerse:

"-El labraor -hablaba Evencio- es mísero desde que hace hasta que va a la tierra a mirar desde la tierra al cielo, que es lo propio que hizo en vida. La tierra es probe y no hace ricos. La labranza se mantiene a sí misma y de ahí no pasa. Si el año sale bien, has cogío pa mantenete, mantener el ganao y los gañanes y a malas penas pagar la contribución. Que venga un hielo o una nube o que le dé dolor a un arre que te costó cinco mil reales, pues ya estás atrampao [...] Si alguno se sostiene como nosotros es porque no tenemos un vicio, comemos menos que canarios y estamos día por día dende que sale el sol tras el jornalero. ¿Quién se levanta? ¿Quiénes son los ricos nuevos? El usurero, el tendero, el alambiquero, el contratista. ¿Labraores? Toos pa abajo." 

Su cuñado suele maltratar a su hermana, como le cuenta tía Justa, pero eso no debe trascender: que arda la casa y no salga el humo, como se suele decir. La falta de agua potable es tal que la gente apenas se lava, o cuanto más la ducha del polaco: cara, culo y sobaco. La poca que había era a treinta metros y era salobre. Se frega a los novios antes de casarse, solamente. Eugenio termina ecandalizado al enterarse por la mujer del jornalero despedido por el alcalde de que la mendiga deforme, la Chana, es en realidad medio hermana suya, hija de su padre y de una puta del lugar, que ha terminado trastornada tras seguir los pasos de su madre. Entre otros sucesos, contempla como el alcalde Ferreol logra apaciguar un motín popular por falta de pan y trabajo:

Eugenio miraba el campo desierto, la más leve señal de vida; campo espantablemente solo, raso, uniforme, mar muerto, de un color de sangre podrida; páramo soledoso de desesperante ilimitación. La mirada regresaba al espíritu como regresó el cuervo al arca de Noé. 

Decía el mayoral:

-Hogaño va a haber mucho de esto. El probe está sin albitrio. Naide manda hacer na. Hay mucha gente pará y hay mucha hambre. Antiguamente dice que había en toa esta redonda muchos pinares del rey y del común, y había ganaos de ovejas y la gente se remediaba mejor con el aquel de la leche y de la leña. Pero de pinos no ha quedao más que el nombre del pueblo. Too se ha arao pa sembral trigo, y el trigo no mantiene más que a unos pocos. Lo pior es que el trigo tampoco se va a dar, porque paice que el cielo se va agotando y cada año llueve menos y la seguía va a acabar con lo poco que quea.

Eugenio se fue a su obligación pensando que una raza así, que descuaja y desola su solar y que cada año padece las mismas viruelas, el mismo tifus, la misma sed y hambre y no cambia, es una triste raza. El derecho civil y el derecho político podían decir lo que quisieran. La verdad la dijo Aristóteles. Ver en cada figura humana un sujeto de derecho es una majadería. El sujeto de derecho no es cada hombre, es la Humanidad. [...]

Aquel día, bajo los soportales de la plaza, se habían congregado los sin trabajo. Eran muchos. Todos vestían, como uniformados, calzón, chaquetilla y chamarreta de colorines; todos se calzaban con el atadijo de las albarcas, especie de sandalias de suela, con cuyas correas sujetábanse pie y pierna envueltos en trapajos, trozos de arpillera o de manta vieja; llevaban casi todos monterillas de piel de cabrito o un pañuelo atado en forma especial, que les hacía como un pequeño turbante. y todos, sin excepción, traían sobre los hombros unas mantas de mulas, pardas, del mismo color de la tierra, que, al lado que caía a la derecha, estaban cosidas formando un fondo de saco, en donde llevarían oculta el hacha o tal vez el trabuco.

Venían al Ayuntamiento a pedir pan y trabajo. Eran una legión de hombres humildes, ignorantes y resignados, que llegaban a este extremo cuando llevaban dos o tres días sin comer. Sus rostros empalidecidos, sus ojos vidriados, aterraban. Esperándolos quedaban sus esposas descaecidas y sus pequeñuelos, llorando, clamando, exigiendo.

Don Ferreol resoplaba más que de costumbre. Don Ferreol se había comido toda la consignación del presupuesto para caminos vecinales, para policía urbana... Don Ferreol se había comido todo el presupuesto. ¿Qué iba a hacer ahora don Ferreol?

Subió al despacho de la Alcaldía una representación de los pedigüeños: la formaban los cuatro mas atrevidos y sueltos de lengua. Estos cuatro parlamentarios de la desesperación eran cuatro tipos sintéticos. El azadón los derrengó, les descuadernó los hombros y loes hundió el pecho; el cierzo les atezó la cara y el hambre les encendió los ojos y les afiló los dientes.

-¿Qué queréis, hijos míos?
-Pus ya lo sabe usté.
-¿Pan y trabajo? ¿Cuántos sois?
-Tuicos.
-Esto ya lo sabía yo; esto vuestro ya me lo tenía yo tragao. Hoy mismo escribo al Diputao y al Ministro pa que vengan recursos de arriba...
-De arriba, de arriba... -masculló uno de ellos-. Y en el entre tanto que contestan, la gente perece. Eso no pue ser, señor alcalde. Nusotros no golvemos a nuestras casas sin un piazo e pan pa los chicos. ¡No pue ser!
Los otros tres ratificaron:
-¡No pue ser!
Don Ferreol acudió al remedio de todos los años.
-Bueno, pues ir pasando por las boletas.

Los tagarotes de la secretaría, con la lista de contribuyentes, y pasando por alto, como es natural, a los parientes y amigos de don Ferreol, distribuyeron el ejército de famélicos. Cada propietario debía dar trabajo a los obreros que se le asignaban. Era un impuesto no votado en Cortes, pero que se pagaba sin protesta. Ante la fiera hambrienta, nadie osaba defenderse.

Poco a poco la turba miserable se iba disgregando. Con la papeleta de la Alcaldía en una mano y el hacha o el trabuco en la otra, bajo el cojín de la manta, iban llamando a las puertas.
-Este pueblo -pensaba Eugenio- o es de borregos o es de lobos. De hombres no es. (Muera el señorito, Barcelona: Ramón Sopena, 1917, p. 110-112)

Tía Justa se muere de uremia, enfermedad de la vejiga, pero en realidad de muere de vergüenza o pudor, ese pudor tan español que es superior al instinto de conservación y que le impedía ir al médico o dejarse visitar por él. Y aquí termina el libro primero, único que trata sobre el pueblo manchego., y se traslada de la intrahistoria a la metahistoria de Madrid. Allí estudia Derecho y hace algunos amigos como Torralva (sic), que le dice cosas como estas:

Trabajar siempre fue carga de los viles, de los esclavos. El que trabaja hace profesión servil. ¡Déjate de eso! ¿Conoces a alguien que haya hecho gran fortuna trabajando? Para dominar, para ser rico, es necesario tener talento, que no se obtiene trabajando, o suerte, que es holgazana. Un hombre trabajando puede, afanosamente, ahorrar en sesenta años una miseria. Un gran capital no se hace trabajando: se hace traficando, negociando, que no es lo mismo. El tenedor de libros de cualquier triunfador de esos que conquistan el trono de reyes del carbón o del sulfato de cobre ha trabajado más que su amo. Creo que me hago entender. Trabajar, en suma, no es un camino que lleve a parte alguna; es un camino de noria que no conduce a ninguna parte. ¡No trabajes, Eugenio! ¡Conquista!

Me parece que la política española está llena de conquistadores. Así nos va.

Justicia universal

Se supone que un liberal stricto sensu quiere reducir el poder reglamentador del estado a su mínima expresión, pero lo que pretende el señor Rajoy es reducir la justicia a su mínima expresión. Tal alteración de las reglas del juego demuestra una mala fe y una mezquindad lamentables. Eso no es liberalismo, es lo que tanto hemos padecido en España: oligocracia, caciquismo, cooptación y gilipollez, en suma. Si al señor Rajoy le molesta tanto el criterio de justicia universal, debe ser porque no ha elegido su tribunal supremo. Como no respeta el imperativo categórico kantiano, es inmoral y no solamente ilícito. No está de moda decir que ética y ley son lo mismo, pero es que, como no hay ley, algún criterio debe prevalecer para que no nos demos tortas. Algo, algo debe señalar en el hombre su humanidad, su honeste vivere. En cuanto a si es preferible en esa índole la universalidad o la identidad, desde luego la una incluye a la otra, porque la identidad perdura menos, se justifica menos, se corrompe menos.

La filosofía, el Nota y la piscina.

Hay un pasaje cómico de El gran Lebowski en el que ese gran analista de la contemporaneidad, Jeff Bridges, encarnando al Nota, contempla la imagen de un bello ceporro durmiente sobre la balsa de plástico de una piscina. Glosa su novia: "Es un nihilista". Y añade el sorprendido Nota: "Eso debe de cansar mucho". Da para pensar, ya que uno de los Cohen se licenció en Filosofía.

Los guiones de los Cohen están que rebosan de subtextos, pero este es filosófico en su comicidad; se apercibe que disfrutan como enanos escribiendo. El "nihilismo fatigado" es la denominación de una de las ideas que contrapesan el nihilismo positivo y superhumano de Nietzsche en su Así habló Zarathustra. Se trata de una pasividad espiritual muy parecida a la "representación" shopenhaueriana:

El nihilismo fatigado ya no ataca. Su forma más conocida es el budismo, como nihilismo pasivo, como signo de  debilidad; la potencia del espíritu debe de estar cansada, agotada, de forma que las metas y valores que tenía hasta ahora resulten inadecuados, faltos de crédito; de forma que la  síntesis de estos valores y metas (base sobre la que descansa toda cultura fuerte) se disuelve y  los valores aislados se hacen la guerra —disgregación— y todo lo que refresca, une, tranquiliza, aturde pasan a primer plano bajo diferentes disfraces: religiosos, morales, políticos, estéticos, etc. (F. Nietzsche, La voluntad de poder. Madrid, Alianza Editorial, 1983, p. 121)

El nihilista pasivo es incapaz de elegir; todas las salidas le parecen apropiadas. Y eso lo desintegra y lo anula. Es, en el fondo, un posmoderno. Y flota adormecido y abúlico sobre una alegórica piscina de "valores  y metas" que para Freud representa oníricamente la muerte.

domingo, 2 de febrero de 2014

Trabajo y más trabajo

Al echar un vistazo a lo que tengo que hacer, me acobardo como un conejo y pongo el pico bajo el ala; no me hago un ovillo porque es más incómodo. Podría olvidarlo, pero el trabajo tiene sus fechas y es como una mala hierba que brota sin parar por el jardín, como las células del cáncer, que crecen el doble de rápidas que las normales. Si uno elimina esas células, aparecen mutaciones más resistentes y jodidas y con menos tiempo para extirparlas. Los fantasmas también tienen algo de metástasis: vuelven con otras caras y con más oscura insidia, incluso como zombis recién hechos que van diciendo: "Entrégame lo que me prometiste, o te comeré el coco/cerebro". En fin, que la única manera de librarse del trabajo es trabajando, como la única manera de librarse de los exámenes es aprobándolos. A veces incluso pienso que cuando no trabajo mi subsconciente lo hace por mí, preparándome para ello.

Reseñaré aquí algo de lo que me ocupa, como exorcismo o medio de involucrarme en hacerlo y dejar de dar vueltas. Mi amiga E., en su exilio almagreño, es más sabia; ni escribe blogs, ni se limita a hacer otra cosa que cultivar su huerto, como Voltaire al final de Cándido. En mi ordenador tengo tres carpetas: cosas de profesor, de investigador y de escritor. Las que más abultan son la primera y la segunda. Pero es la tercera en la única que me gustaría trabajar. He tardado mucho en descubrir que no soy enteramente profesor ni enteramente investigador, sino solo eso, un escritor, ni bueno ni malo. No he tenido otra vocación y las otras han sido aproximaciones en espiral a eso mismo. Quizá eso me daría la excusa perfecta para salirme de fuera y entrar en mí mismo. Pero hay facturas que pagar y de un escritor no depende nadie. 

Me escribe Joaquín; dice que no pudo ir porque leyó tarde lo de la conferencia, y que tenemos que vernos. Una ciudarrealeña lo hace desde Japón. Agradece mi reseña sobre su pariente y dice que posee el archivo del valdepeñero general Caminero; que este escribió una autobiografía manuscrita y que la tiene en su poder. Le contesto que debería donarlo al Instituto de Estudios Manchegos por su importancia histórica y que algún alumno la editara o ella misma. A través de Isidro paso la información a Esther Almarcha, junto con la información sobre el voluminoso archivo de Joaquín de la Jara y donde se pierde el rastro del mismo, fundamental para la historia de la literatura manchega y aun para la nacional. Me alegro de haberme quitado esas piedras de encima, pero Esther Almarcha no se pone en contacto conmigo. Isidro dice que le dan la lata con una edición del Instituto de Estudios Albaceteños, que si es verdad que era de Albacete López de Haro; le digo que no, que era de Cuenca -San Clemente- y que todo se debe a un error de un artículo mío. Aprovecho para indicarle que sí podría editar el manuscrito de Carretero, un poeta muy interesante del siglo XVIII que anduvo viviendo entre Cuenca y Albacete. Descubro por casualidad un manuscrito de Nicolás del Pilar Galindo en manos de un profesor de griego de Albacete, y le escribo pidiéndole fotocopias. También me electroescribe mi jefe pidiéndome otra cosa;. Además, el martes o el miércoles hay conferencia y cenamos con el nieto de Eugenio d'Ors e hijo de Álvaro d'Ors, del que tanto habla el recién fallecido director del Ateneo, el filósofo Carlos París en sus memorias. Álvaro d'Ors estuvo muy relacionado con todo el tradicionalismo carlista, con la tertulia facha de Antonio Pastor en la Castellana, adonde acudía además mi antiguo maestro de paleografía en la Complutense Tomás Marín Martínez, gordo cura del que me enterado ha fallecido hace unos años. Seguro que no se podía ni imaginar que sería yo, un anarquista despreciable, quien le escribiera una entrada en la Wikipedia. Pues sí, hombre, para que vea que mis prejuicios no llegan a las personas, solo a las ideas. Me caía simpático el cura, que era capaz de leer un texto entero en lo que a nosotros nos parecía no más una línea recta. Creo yo que era un vanidosillo en el fondo. Pero decía que nuestro departamento alarquino se iba a comer con el nieto de D'Ors, un novelista también cura llamado Pablo D'Ors, y nos tenemos que leer su novela Andanzas del impresor Zollinger. Tengo por otra parte que preparar el desbroce de mi edición de la biografía de Mejía; más trabajo. Y corregir recuperaciones, preparar materiales, pasar faltas, contestar correos, escribir blogs. Tengo que comer con Raúl Morodo. Tengo que corregir y enviar la conferencia para el libro del IES. Y cuidar de mi físico, no me vaya a morir por dejar de tomar las pastillas, algo cada vez más frecuente los fines de semana. Ayudar a mis hijas. Y dejar de hacer listas. Eso de hacer listas y más listas es algo que tenemos en común Borges, Alberto Manguel (que es lo que queda de Borges en judío, marica y porteño-canadiense), mi suegra, que no es nada borgesiana, Francisco Sánchez  López de Lerma, que ya sé donde está, y yo.