sábado, 25 de julio de 2026

La muerte de Javier Lumbreras Herrero

     A los dos días de haber abandonado ya este mundo, sin duda alguna una de las sucursales menos concurridas de la realidad, me enteré del fallecimiento de mi amigo Javier Lumbreras Herrero, profesor de filosofía en enseñanzas medias, culto, inteligente, viajero ostendido y colado por los muchos vericuetos del no-yo, plurilingüe, vividor primum antes que filósofo deinde, y ya sin ganas, no porque no quisiera, sino porque ya no podía ni le llegaba el cuerpo, escritor torrencial inédito y con quid divinum, a veces maleficum, amigo mío. Tuvo muchas parejas y muchos conocidos, algunos personajes de nota, principalmente poetas, muchos de ellos de Málaga, por ejemplo el satírico José Aguilar Jurado, quien se ocultaba bajo el pseudónimo de fray Josepho de la Tarima, quien le dedicó un poema. 

    Se hallaba ya en las últimas: tres sesiones de diálisis por semana, muy avejado por las distintas secuelas de sus no pocas batallas con y contra las sustancias enteógenas, jubilado por emergencia, cojo, medio ciego, desmolarizado y derrengado por la fatiga de su ya desacompasado corazón y los derrames cerebrales, ocasionados por su afición a los chinos, él que era tan senderista y deportivo. Cualquiera que hablara con él entonces admitiría que se hallaba instalado en algún andén de la Muerte, apenumbrado, sin nada que decir luego de que muriera su última pareja, una periodista, de lo mismo que él veía venir, y haber dicho casi de todo en su obra inédita o a sus raros amigos; lo que omitió creo yo que se perdió, como lo otro quizás, para nunca. Algo queda en las prosas y poesías de su blog, cuyo enlace incluyo aquí. También entre los papeles que me regaló. Quizá, si se reencarna, después de haber bebido las aguas del Leteo, aún podrá revivirlo o incluso añadir algo para que se pierda otra vez en el ciclo del samsara, como esos mandalas de arena en colores que, una vez hechos, los propios monjes borran. 

    Yo le deseo paz. Hizo el bien muchas veces, y siguió una conducta honorable que algunos decían estaba demasiado comprometida con todo lo que se creaba, pensaba y vivía en los setenta. Eso no le hizo a la postre mucho bien: se perdió tanto a veces dentro de su propio mandala que incluso a veces se encontró como el protagonista involuntario de la película Ladrón de bicicletas, buscando algo indefinible que siempre decaía y lo desilusionaba. 

    Era hijo de un famoso psiquiatra de Ciudad Real. Vivió su infancia en Libia durante la dictadura de Gadafi y adquirió una incurable curiosidad por el saber que le llevó a acumular una gran librería, que añadió a la de su padre y su hermano, un famoso abogado. Sus cenizas se encuentran en el panteón de su familia, en Consuegra. Sit tibi terra levis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario