A los dos días de haber abandonado ya este mundo, sin duda alguna una de las sucursales menos concurridas de la realidad, me enteré del fallecimiento de mi amigo Francisco Javier Lumbreras Herrero, profesor de filosofía en enseñanzas medias, culto, inteligente, viajero; ostendido y colado entre los muchos vericuetos del no-yo, plurilingüe, vividor primum antes que filósofo deinde ya sin ganas, no porque no quisiera, sino porque no podía ni le llegaba el cuerpo; escritor torrencial inédito, con quid divinum y a veces maleficum. Tuvo muchas parejas y muchos conocidos, incluso personajes curiosos y de nota, principalmente poetas, muchos de ellos de Málaga, por ejemplo el satírico José Aguilar Jurado, quien se ocultaba bajo el pseudónimo de fray Josepho de la Tarima, quien le dedicó un poema.
Se hallaba ya en las últimas: tres sesiones de diálisis por semana, aviejado por las distintas secuelas de sus no pocas batallas con y contra las sustancias enteógenas, jubilado por emergencia, cojo, medio ciego, desmolarizado y derrengado por la fatiga de su ya descompasado corazón y los derrames cerebrales, ocasionados creo yo por su afición a los chinos; él, tan senderista y deportivo como era de joven antes de que se amustiara en Ciudad Real. Cuando hablaba con el Lumbreras de sus últimos años admitiría que se hallaba instalado en alguna antecámara fúnebre, en el andén de la Muerte, apenumbrado y sin nada que decir tras que muriera su última pareja y consuelo, una periodista fenecida por sorpresa de lo mismo que él ya veía venir. Como tantos grandes duques de La Poblachuela, había dicho ya casi de todo, en su obra inédita o a sus raros amigos; lo que omitió creo yo que era incluso más valioso; pero se perdió para nunca. Algo puede sospecharse aún, en las prosas y poesías de su blog, cuyo enlace incluyo aquí. También entre los papeles que me regaló. Nunca corregía, y, si se arrepentía, estrujaba y tiraba el papel. Quizá, si se reencarna tras haber bebido las aguas del Leteo y Eunoé, aún podrá reescribirlo o incluso añadir algo para que se pierda otra vez en el ciclo del samsara, como esos mandalas de arena en colores que, una vez hechos, los propios monjes borran.
Pero yo le deseo paz y sé que la tendrá. Hizo el bien muchas veces, siguiendo los arrebatos de una conducta honorable que algunos decían estaba demasiado comprometida con todo lo que se creaba, pensaba y vivía en los setenta. Eso no le hizo a la postre mucho bien, y se perdió tanto a veces dentro de su propio mandala que incluso se encontró una vez como el protagonista involuntario de la película Ladrón de bicicletas, aunque lo que buscaba era algo indefinible, una postergación sin fin que siempre decaía y lo desilusionaba transformándolo en el bicho de Kafka.
Le sobreviven su madre y su hermano y una incierta legión de amigos, incluso algunos enemigos, por los andurriales de Europa, África y Asia, y por los de Daimiel, Málaga, Granada y Ciudad Real. Era hijo de un famoso psiquiatra de esta última ciudad, a la que nunca logró acomodarse salvo para cuidar de su madre en su periodo final, pues no admitía a casi nadie que cuidara de él; vivió una inolvidable infancia en Libia durante la dictadura de Gadafi y adquirió una incurable curiosidad de saber que le llevó a acumular una gran librería, y la añadió a la colección de máscaras africanas de su padre y su hermano, el diestro abogado. Sus cenizas se encuentran en el panteón de su familia, en Consuegra. Sit tibi terra levis, o, en la lengua de Aristóteles, κούφα σοι χθὼν ἐπάνωθε πέσοι.
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