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Un genio murciano de 32 años en el centro de la pelea entre OpenAI y los matemáticos por la solución a un problema legendario: "Sin nosotros no lo habrían resuelto", en El Mundo, Gonzalo Suárez, 10 septiembre 2026:
Luis Martínez Zoroa ha sido clave para solucionar el enigma de Navier-Stokes, pero la empresa de Sam Altman no quiso reconocer su mérito. Sus colegas ya le colocan como candidato a la Medalla Fields, nunca ganada por un español. "No soy un matemático prototípico", dice el murciano, que aún calcula con papel y lápiz.
Un genio murciano de 32 años en el centro de la pelea entre OpenAI y los matemáticos por la solución a un problema legendario: "Sin nosotros no lo habrían resuelto"
Luis Martínez Zoroa suena abrumado al otro lado del teléfono. A principios de esta semana, en los cálculos de este investigador murciano no entraba que su trabajo sirviera de base para resolver uno de los enigmas matemáticos más legendarios de la historia. Mucho menos que las ecuaciones -que aún formula a mano «el 95% de las veces», armado con folios y un lápiz bien afilado- se convertirían en el epicentro de una colosal disputa entre OpenAI, el gigante de la inteligencia artificial, y buena parte de la comunidad matemática. «Espera, espera, que no puedo ni respirar», dice Martínez Zoroa, de 32 años, tras perder el aliento durante unos segundos al subir un tramo de escaleras.
Antes de ubicar al profesor de la CUNEF Universidad de Madrid en este embrollo conviene rebobinar en el tiempo hasta las 19:20 de este martes. A esa hora, OpenAI lanza al mundo una noticia colosal: que uno de sus modelos ha encontrado una solución a las míticas ecuaciones de Navier-Stokes. Para los no iniciados, se trata de uno de los Seis problemas del Milenio, un desafío a la comunidad científica lanzado hace un cuarto de siglo por el Instituto Clay, que ofrece un millón de dólares a quien sea capaz de resolver cada uno. De confirmarse la validez de esta solución presentada por la compañía de Sam Altman, obtenida en tan sólo 88 horas por un escuadrón de 10.000 agentes autónomos, nos encontraríamos ante un punto de inflexión para el futuro de las Matemáticas: de lejos, el hallazgo más avanzado que ha logrado hasta la fecha un modelo de IA.
Sin embargo, el estruendoso anuncio se ve opacado por la carta abierta que un prestigioso profesor de la Universidad de Nueva York (NYU), Tristan Buckmaster, ha publicado apenas 12 horas antes. Su texto afirma, básicamente, que OpenAI le ha pisado la exclusiva. Según su versión, la empresa tecnológica habría precipitado su anuncio en cuanto se enteró de que él estaba a punto de lanzar una solución al mismo problema en colaboración con Levent Alpöge, investigador de Anthropic, la principal empresa de la competencia.
Matemáticas, egos y negocios se funden entonces en un magnético culebrón que fascina a toda la comunidad científica.
Lejos de quedarse ahí, Buckmaster lanza otras tres graves acusaciones contra OpenAI: que la empresa sólo se había volcado en la investigación tras tener conocimiento de sus avances con la ecuación; que le habían ofrecido una recompensa si dejaba tirado a su compañero de pesquisas; y, de forma implícita, que los agentes autónomos pudieron aprovecharse de forma opaca del material de trabajo que el dúo había subido a los servidores de distintos agentes de IA. «¿Por qué quieres hundir tu carrera?», cuenta que le amenazaron desde la empresa cuando se mostró poco colaborativo con sus propuestas.
Aquí es donde entra en juego nuestro matemático. En su colosal yo acuso contra Open AI, Buckmaster subraya que todo su trabajo con el problema de Navier-Stokes se había basado en las ideas adelantadas por dos investigadores españoles: el propio Martínez Zoroa y su director de tesis, Diego Córdoba, del Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT). Ambos habían desarrollado una estrategia para abordar el problema radicalmente distinta de los métodos habituales de sus compañeros de disciplina. «Quiero dejar claro lo que ya he dicho en privado a mis colegas: Luis Martínez-Zoroa merece una Medalla Fields», dijo en referencia al máximo honor del mundo de las Matemáticas, considerado el equivalente a un Premio Nobel y que ningún español ha ganado jamás.
Casi es posible notar el rubor del matemático murciano, famoso entre sus colegas por su artesana metodología de investigación, cuando le planteamos la posibilidad de que reciba un reconocimiento de ese calibre. «Hay muchísimos matemáticos muy brillantes en el mundo», afirma. «Si me dieran la Medalla Fields estaría contentísimo, por supuesto. Pero ni siquiera lo considero una posibilidad real».
Su mentor, Diego Córdoba, no se anda con tantos remilgos, quizá porque al ser mayor de 40 años (nació en 1971 en Madrid) no cumple los requisitos para ganar la Fields. «Luis es un genio», sentencia. «Ya está situado entre los grandes favoritos para la edición de 2030, cuando se entregan las cuatro próximas medallas. Buckmaster sabía muy bien lo que hacía cuando le señaló en su carta como merecedor del galardón. Ahora, toda la comunidad científica española debe volcarse en hacer lobby para que sea nuestro primer compatriota que lleve la medalla».
Ocurra lo que ocurra dentro de cuatro años, lo cierto es que Luis Martínez Zoroa lleva un lustro abriendo su propio camino con un rompedor abordaje para resolver el problema de Navier-Stokes. La lanzadera fue su tesis doctoral, dirigida por el profesor Córdoba, su principal compinche en estas investigaciones. «No voy a repartir porcentajes de mérito en este hallazgo», asegura. «Sólo te diré que, sin Luis, nada de esto habría sido posible».
Las ecuaciones de Navier-Stokes se formularon a mediados del siglo XIX para describir cómo se comportan los fluidos, desde las corrientes marítimas a los chorros de aire. Sus aplicaciones son infinitas: el diseño de aviones, la predicción del tiempo, los gráficos de los videojuegos, la circulación de la sangre por el cuerpo...
Sin embargo, jamás se había aclarado una cuestión básica sobre su funcionamiento: si las ecuaciones siempre muestran un comportamiento estable o, por el contrario, existe lo que los científicos llaman «singularidad». Es decir, cuando el flujo suave de un líquido o un gas rompe sus propias reglas: de un día tranquilo surge de golpe un tornado.
«Ese es, a grandes rasgos, mi campo de estudio: cuando los modelos se rompen y muestran comportamientos no esperados», explica el investigador español. OpenAI asegura que, gracias a sus modelos, ha logrado definir los momentos exactos en que se alcanza esta «singularidad».
Hasta hace unos años, la estrategia unánime era estudiar los fluidos como si no tuvieran ninguna fuerza externa que los afectara. El gran hallazgo de Martínez Zoroa, ya esbozado en su tesis doctoral, fue plantearse qué ocurriría si añadían a los cálculos una fuerza, como la gravedad o el magnetismo, que afectara al comportamiento del fluido aunque fuera de forma tangencial. Su instinto les decía que, probablemente, facilitaría las ecuaciones.
Durante unos años, esta forma de atacar el problema era propiedad exclusiva de Martínez Zoroa, Diego Córdoba y otros cinco o seis especialistas de un equipo conjunto del ICMAT y la CUNEF, todos españoles salvo un matemático chino. Hasta esta semana, eran los únicos con papers publicados por la vía tradicional, en revistas con revisión por pares o en congresos internacionales. «Que yo supiera, no había otros resultados demostrados con estas herramientas, salvo los nuestros», subraya Martínez Zoroa.
Un momento crucial ocurrió en abril del año pasado, cuando el matemático murciano visitó la Universidad de Nueva York para presentar estas técnicas. Allí coincidió con el citado Tristan Buckmaster, quien mostró un intenso interés por su trabajo desde el primer momento. Siete meses más tarde, en noviembre, ambos coincidieron en un congreso y volvieron a intercambiar ideas. Así siguieron las cosas hasta esta misma semana cuando, para su sorpresa, el trabajo experimental del equipo español acapara titulares en la prensa científica de todo el planeta.
¿Sabía que Tristan Buckmaster estaba aplicando modelos de IA a sus ideas?
No lo sabía, cada uno siguió trabajando por su cuenta. Pero no me siento atacado: simplemente han seguido una línea de investigación que les parecía prometedora. Así funciona la Ciencia.
P. ¿No siente que le han robado su idea?
En absoluto. Buckmaster y Alpöge podrían haber publicado sus conclusiones por su cuenta sin darnos ningún tipo de crédito y nos habríamos quedado con una mano delante y otra mano detrás. Que alguien aplicara la IA a nuestras ideas para demostrar su validez era la segunda mejor opción imaginable, después de haberlo haberlo hecho nosotros mismos.
Cuentan los matemáticos que los hallazgos de OpenAI y del tándem Buckmaster-Alpöge, independientemente de quién tenga razón en su disputa, suponen un antes y un después para su campo. Como poco, supondrán una aceleración insólita en la labor de los investigadores, que a partir de ahora podrán completar el trabajo de años en cuestión de días. «Es un momento Deep Blue-Kasparov», afirma Buckmaster, en referencia al mítico duelo del maestro del ajedrez contra una supercomputadora, que le derrotó en 1997.
El profesor Córdoba, en cambio, es más escéptico. «Sin nuestro trabajo previo, la IA no habría descubierto nada», se reivindica. «Nosotros encontramos una teoría novedosa y la demostramos varias veces con cálculos a mano, que son mucho más laboriosos. El potencial de cálculo sí que es mérito de la IA, pero las matemáticas nuevas son nuestras».
OpenAI, sin embargo, no citaba en ningún momento el trabajo pionero de Martínez Zoroa junto a su mentor. Esta omisión indignó a parte de la comunidad matemática, pero los propios autores prefieren no pronunciarse con rotundidad hasta que lean el paper' completo. «Son 165 páginas, no me ha dado la vida», se excusa el matemático murciano.
[Este jueves se ha sabido que OpenAI modificó sin avisar el paper original para reconocer la aportación de los científicos que trabajaron durante años para alcanzar la solución que la IA encontró sólo 88 horas, incluidos Córdoba y Martínez-Zoroa. La empresa niega que el cambio tenga que ver con las múltiples críticas recibidas por omitirlos en su versión inicial].
La duda pendiente es por qué el equipo español, tras porfiar durante años con su modelo matemático, no recurrió a una IA para tratar de probar sus ideas y, de paso, llevarse la gloria completa. «Porque esa tecnología no encaja bien con mi forma de trabajar», admite Martínez Zoroa. «Yo soy más de papel y lápiz, de dar un paseo o unas vueltas por casa y a ver qué se me ocurre. No soy el matemático más prototípico, la verdad. Aunque está claro que, a partir de ahora, la IA tendrá que encajar conmigo sí o sí»
II
Un año de trabajo de dos matemáticos españoles frente a 88 horas y 15 millones de OpenAI: “Sin nuestra idea, la IA no lo habría resuelto”, en El País, Patricia Fernández de Lis, Madrid, 10 sept 2026:
Las investigaciones de Diego Córdoba y Luis Martínez-Zoroa son la base del anuncio de que la inteligencia artificial ha resuelto uno de los mayores enigmas de la historia. Ambos creen que el logro cambiará radicalmente la disciplina
El matemático Diego Córdoba lleva dos días sin dormir cuando contesta a la llamada de EL PAÍS, el miércoles por la mañana: “Estoy aún en shock, la verdad”, dice, y reconoce que no sabe cómo está cuando se le pregunta. El sábado por la noche recibió una llamada de un número de Estados Unidos que no cogió. A las ocho de la mañana del domingo, le llegaron una decena de correos con el mismo asunto: “Diego, tienes que hablar con fulanito. Diego, estate atento”. Alguien tenía que llamarle antes de que se despertara y viera “todo esto”, cuenta este investigador del ICMAT.
“Todo esto” era el anuncio de OpenAI de que uno de sus modelos ha resuelto el problema de Navier-Stokes, uno de los llamados Problemas del Milenio, siete desafíos matemáticos complejos seleccionados por el Instituto Clay de Matemáticas, con una recompensa de un millón de dólares por la resolución de cada uno. Y también era “todo esto” la polémica surgida porque el método que la máquina había usado para lograrlo era el que Córdoba había desarrollado junto al investigador de CUNEF Luis Martínez-Zoroa. Ambos han sido reconocidos por la comunidad científica como los que dieron con una idea innovadora que allanó el camino para que después lo resolviera la “fuerza bruta”, como la llama Córdoba, de la IA.
Martínez-Zoroa, que se enteró de todo la mañana del lunes, aún no ha podido leer con detenimiento las 166 páginas del estudio de OpenAI. “Le he echado un vistazo por encima. Hay cosas leyéndolo que sí me recuerdan a las estrategias que nosotros hemos desarrollado, pero es una notación con la que no estoy familiarizado. Hasta que no nos pongamos a digerirlo bien es difícil saber si de verdad se ha apoyado muy fuertemente en nuestra estrategia”, explica.
Todo el lío comenzó cuando Tristan Buckmaster, matemático de la Universidad de Nueva York y también experto en Navier-Stokes publicó una carta en su web en la que explicaba que OpenAI había contactado con él. La empresa se había enterado de su investigación “privada e inédita” en la última semana y le decían que ya tenían “una prueba de la resolución” antes de contactar con él y le ofrecieron elegir entre una publicación conjunta o escribir él mismo el resultado atribuyéndoselo a un modelo de OpenAI. La empresa pedía también dejar fuera a su colaborador Levent Alpöge, de la empresa rival Anthropic.
A Córdoba nadie le avisó. Ni OpenAI ni Buckmaster, con quien coincide “muchas veces” en congresos (lo invitó a Madrid hace un año, explica). Para entender lo ocurrido, hay que remontarse a la investigación que Córdoba y Martínez-Zoroa desarrollan desde 2023. Su método se basa en construir una cascada de vorticidad (o sea, la medida de cuánto gira o rota un fluido en un punto concreto, en un momento dado) formada por una sucesión de estructuras situadas en escalas cada vez más pequeñas. Cada una de estas capas genera un campo de velocidad que amplifica la vorticidad de la capa siguiente, y eso produce un mecanismo acumulativo que termina provocando una singularidad en tiempo finito. La fuerza externa permite mantener y coordinar esta cascada sin introducir por sí misma la singularidad. El gran reto consiste en ajustar con precisión la geometría, las escalas y la interacción entre las distintas capas.
Lo que hicieron Buckmaster y Alpöge fue coger ese mismo método y automatizar la parte de la búsqueda, en vez de tunear el escenario ellos mismos. OpenAI, después, ha ido un paso más allá, con un despliegue de recursos que abruma. Córdoba lo resume con un dato: los tokens (unidad mínima de información para un modelo de lenguaje) que consumió la empresa para su demostración equivalen, calcula, a invertir unos 15 millones de euros. Lo hizo, según OpenAI, con 10.000 agentes en 88 horas. “Es lo que Luis y yo hemos hecho en un año con lo que nos paga el ministerio, y encantados”, dice, riendo. Martínez-Zoroa reconoce que no sabe cuánto habrían tardado en resolver la conjetura sin la irrupción de la IA, o si lo hubieran podido hacer: “Podría haber sido que no hubiéramos llegado nunca. Llevamos varios años trabajando en este problema, y el progreso ha ido llegando por cuentagotas. De vez en cuando venía alguna epifanía. Podría haber sido en un año, en dos... o podría no haber llegado jamás. Tal y como está la cosa, parece que ya no lo vamos a saber”, reflexiona.
¿Medalla Fields?
Buckmaster reconoce explícitamente que su equipo “no ha contribuido matemáticamente a nada”: se limitaron a coger el método de Córdoba y Martínez-Zoroa, implementarlo en la IA y dejar que el sistema encontrara el escenario. Y llega a pedir, públicamente, que el reconocimiento (“el premio más importante en matemáticas”) vaya para Martínez-Zoroa. Para Córdoba llega tarde: la medalla Fields solo se concede a menores de 40 años. “Yo ya estoy pasado”, dice. Martínez-Zoroa, que hoy suena como el primer candidato español real a esa medalla, se toma la idea con cautela: “Sinceramente, lo veo muy difícil. Hay muchísimos investigadores jóvenes de gran talento. Yo sigo haciendo lo mejor que puedo en mis proyectos. Si en unos años me la dan, sería una muy grata sorpresa, pero no cuento con ello en absoluto.”
Córdoba lleva años repitiendo en broma una frase: “No uso IA: tengo a Luis”. Es, dice, “un fenómeno”. Lo que ha hecho la IA, insiste una y otra vez a lo largo de la conversación, es “ganar tiempo, no tener ideas nuevas”. Martínez-Zoroa comparte la lectura de fondo. Y añade una advertencia: si la IA puede tomar cualquier idea de cualquier científico para, en pocas horas, resolver un problema de este calibre, ¿qué incentivos tienen los investigadores en publicar los resultados de sus trabajos? “Este es claramente un peligro en la investigación matemática hoy. Conozco casos de gente que ha explicado un problema en el que estaba trabajando a otro miembro de la comunidad, y ese otro investigador ha terminado el proyecto con ayuda de la IA sin dar ningún tipo de reconocimiento. Hay que repensar cómo damos crédito a partir de ahora, y la verdad es que no tengo ni idea de cómo se hace eso”, dice.
Córdoba es más optimista: en casi 90 años de intentos, nadie había dado con una idea que funcionara para demostrar que las ecuaciones de Euler o Navier-Stokes podían romperse. Ese vacío no lo ha llenado una máquina. Lo llenó, en 2023, un método nuevo (el suyo, con Martínez-Zoroa): “Si nuestro trabajo no hubiera existido, la IA no habría resuelto el problema”.
Córdoba no minimiza lo que ha pasado, ni mucho menos: habla de “revolución” cuando se le pregunta por lo que cambia esta noticia. Reconoce que, a partir de ahora, “hay que trabajar con IA”. La razón que da es casi táctica: si tardas cinco años en resolver un problema, mientras tanto un competidor puede resolver, con ayuda de una máquina, problemas parecidos en un mes. La IA no cambia las ideas que hacen falta para avanzar la disciplina, cree, pero sí modifica radicalmente los plazos, y con los plazos, la competencia, fundamental en ciencia, por publicar primero.
Sobre si esto significa el fin de las demostraciones hechas a mano, es tajante: no. La demostración, dice, seguirá siendo a mano. Lo que la IA aporta son dos cosas muy concretas: acceso rápido a información (el trabajo de biblioteca que a él le llevaba semanas, ahora se resuelve en segundos) y la velocidad de ejecución cuando ya existe un método que aplicar. Lo que la IA no ha hecho, ni él cree que vaya a hacer pronto, es encontrar la idea que no existe. Preguntado si algún día una IA podrá tener ese tipo de idea original, no se atreve a responder, y tampoco Martínez-Zoroa, que agradece a Buckmaster el trabajo de visibilización que ha realizado sobre el suyo. “No tenía por qué habernos defendido públicamente para dejar claro que las ideas venían de nuestro grupo. Eso le honra mucho”. Córdoba, por su parte, asegura estar “contento”: “Los matemáticos están reconociendo mi trabajo y el de Luis. Es para estar felices”.
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