domingo, 13 de septiembre de 2026

Los duelos en España

 Duelos de honor en la España contemporánea, en La Razón, Jorge Vilches, 30.08.2026 

El libro «A primera sangre», de la historiadora Raquel Sánchez, cuenta la longeva práctica en nuestro país, qué incitaba a estos desafíos y por qué se terminaron

En octubre de 2015, Manuel Fernández-Monzón, general retirado y ex portavoz del Ministerio de Defensa, retó públicamente al actor Willy Toledo a «un duelo a muerte» por unas declaraciones ofensivas hacia la Virgen del Pilar y la Fiesta Nacional. Por supuesto, el actor no aceptó el envite y siguió insultando. Hace 200 años, el asunto no se hubiera saldado así. Durante los siglos XIX y XX, ese mismo desafío habría movilizado a padrinos, médicos y periodistas hacia un descampado al amanecer para presenciar el duelo. En esas centurias, España vivió bajo una paradoja: mientras la burguesía se entregaba a una «justicia privada» que las leyes prohibían, la sociedad y los propios legisladores aplaudían el duelo porque era una cuestión de honor. Era un tiempo en el que la honorabilidad no era una abstracción o algo intrascendente, sino el pilar fundamental de la reputación personal que se defendía con la sangre en las tapias de los cementerios o en las dehesas.

Raquel Sánchez, catedrática de Historia en la Universidad Complutense, ha publicado un libro muy entretenido y documentado sobre esta cuestión, que desentraña una de las facetas más desconocidas del apasionante y largo siglo XIX: «A primera sangre. Duelos de honor en la España contemporánea» (La Esfera de los Libros). La autora señala que el duelo hunde sus raíces en las ordalías o juicios de Dios de la Edad Media, donde se creía que la divinidad intervendría para salvar al inocente en el combate. En España, esta tradición se codificó tempranamente en los fueros locales y en las Siete Partidas de Alfonso X, que regulaban el reto entre nobles, siempre bajo la mirada del rey.

La historia nos ha dejado nombres grabados en acero. En 1434, el caballero leonés Suero de Quiñones protagonizó el famoso «Paso Honroso» en el puente de Hospital de Órbigo. Por amor a una dama que no le correspondía, juró romper lanzas contra todo aquel que intentara cruzar el puente. Fue el cenit del ideal caballeresco que luego Cervantes satirizaría. En el Renacimiento, el duelo se suavizó gracias a la influencia italiana, adoptando reglas más complejas. Surgió entonces la figura de Diego García de Paredes, el «Sansón de Extremadura», un hombre de dos metros de altura que, bajo el mando del Gran Capitán, no dudaba en cortar la cabeza a quien osara llamarle traidor, como le ocurrió al capitán Cesare Romano. Fue en esta época cuando la palabra «duelo» (del italiano «duello») empezó a sustituir a los viejos términos de «lid» o «desafío». Incluso el emperador Carlos V llegó a retar al rey de Francia, Francisco I, tras la traición de este a los tratados de paz, aunque el combate nunca llegó a celebrarse.

Madrid, capital del desafío

El caballero burgués del siglo XIX se tomaba el duelo como una liturgia. Como bien subraya la historiadora Raquel Sánchez, el protocolo era lo que legitimaba la violencia. El proceso comenzaba con la ofensa, que los tratados como el del marqués de Cabriñana clasificaban con precisión: leves (impertinencias), graves (injurias y calumnias) y gravísimas (vías de hecho, como una bofetada o un bastonazo). Tras la ofensa, se activaba el mecanismo de los padrinos. Su misión primera era buscar una reconciliación. Si la diplomacia fracasaba, pactaban las condiciones: el arma, la distancia y la gravedad. Las armas blancas, especialmente el sable, eran las preferidas por los puristas porque requerían destreza física. La pistola, en cambio, era tildada a menudo como «el arma del cobarde» porque igualaba al experto con el novato, dejando el desenlace en manos del azar. Existían reglas para evitar que se ocultaran protecciones bajo la ropa, los duelistas debían, si el tiempo lo permitía, desnudarse de cintura para arriba. En caso de usar pistola, se preferían las de ánima lisa (cañón no rayado) para reducir la precisión y evitar que cada duelo terminara en entierro.

Madrid fue, sin duda, cuenta la autora, la capital española del desafío. Los duelistas buscaban lugares discretos para evitar a la policía, que solía hacer la vista gorda pero estaba obligada a intervenir si el escándalo era público. Las tapias del Retiro vieron lances como el del escritor Julio Nombela, quien a los 24 años se batió a pistola con Antonio Fabiani por unas burlas ante las actrices de su compañía. Nombela, que jamás había cogido un arma, disparó a ciegas entre el humo de la pólvora y salió ileso, siendo felicitado por su padre por haberse «portado como un hombre». Los duelistas también se citaban en la Dehesa de los Carabancheles. Aquí tuvo lugar el duelo más trascendental de la historia contemporánea española, el 12 de marzo de 1870. El duque de Montpensier se enfrentó a su primo, el infante Enrique de Borbón, quien le había llamado «pastelero francés» en un manifiesto. Enrique murió de un disparo en la cabeza, un suceso que arruinó las aspiraciones de Montpensier de ocupar el trono de España. Raquel Sánchez ha poblado el libro de anécdotas que oscilan entre lo heroico y lo ridículo. Por ejemplo, Vicente Blasco Ibáñez salvó la vida milagrosamente cuando la bala de su oponente, el oficial Juan Alastuey, chocó contra la hebilla de su cinturón. Blasco se indignó al oír silbidos de curiosos escondidos que estaban decepcionados porque no había sangre. Otra: en 1923, los capitanes Alberto Bayo y Eduardo González-Gallarza se retaron a muerte en Madrid. Bayo, que años después entrenaría a Fidel Castro en México, resultó gravemente herido de una estocada.

Para mujeres y niños

El duelo también fue algo femenino, nos cuenta Raquel Sánchez. En 1897, las prostitutas Lolita la de las Canas y Paz de Villavicencio se batieron bajo la estatua del Ángel Caído del Retiro, un suceso que incluso inspiró un sainete lírico. En el ámbito profesional, destacó Teresa Castellanos de Mesa, hija de maestros, que se convirtió en una reputada profesora de esgrima para mujeres y niños en el Madrid de Isabel II. Y es que había auténticos profesionales. En 1905, el maestro de esgrima Adelardo Sanz se batió con el italiano Guido Paleri por una disputa sobre el plagio de una patente de espada. Sanz hirió a Paleri, pero acabó sus días amargado, suicidándose después con su propia careta de esgrima impregnada en cloroformo.

Hubo quien también, como en las películas del oeste, buscaba el duelo para hacerse famoso. Esto fue corriente entre periodistas y políticos que pretendían defender su honor. Batirse era, para muchos redactores jóvenes como Alejandro Lerroux, la vía más rápida hacia la fama. Sánchez recuerda que presidentes del Gobierno como Mendizábal e Istúriz se batieron a pistola en 1836 tras un agrio debate parlamentario. O que en 1850, Ríos Rosas y Luis González Bravo, que lo fueron todo en la política del siglo XIX, saltaron de los escaños al campo del honor tras una sesión tempestuosa. Incluso el conde de Romanones se batió a pistola contra el alcalde de Madrid, Alberto Bosch, tras las protestas por los impuestos en el Mercado de la Cebada.

A principios del siglo XX, el viento empezó a cambiar, cuenta Raquel Sánchez. Surgieron las Ligas Antiduelistas, impulsadas por el infante Alfonso Carlos de Borbón y Mariano de Montoliu y de Rocabruna, Barón de Albi. Apelaban no solo a la religión –la Iglesia condenaba el duelo como un pecado mortal de suicidio y asesinato– sino a la modernidad. Su propuesta central fue la creación de Tribunales de Honor, donde jurados de hombres respetables pudieran dictar sentencias morales que repararan la reputación sin necesidad de derramar sangre. Sin embargo, el golpe definitivo al duelo no lo dieron las ligas ni las leyes, sino la brutalización de la política. Tras la Primera Guerra Mundial, el sacrificio individual por un «punto de honor» perdió sentido. La violencia política dejó de ser un «asunto de caballeros» para convertirse en pistolerismo callejero. El último destello anacrónico se vivió en la posguerra. En 1940, Miguel Primo de Rivera, hermano de José Antonio, retó por telegrama al intelectual José María Pemán por un discurso que consideró ofensivo hacia la memoria de su hermano. El duelo no se celebró porque Franco intervino directamente para sofocar el escándalo.

El duelo, como muestra Raquel Sánchez en «A primera sangre», fue mucho más que una violencia ritual: fue un sistema cultural que otorgaba sentido social a la defensa del honor. Su desaparición no responde solo a leyes o al sentido civilizatorio, sino a la deriva de una sociedad que a principios del siglo XX tomó la violencia y la muerte como partes de la política cotidiana. Hoy, el duelo es un vestigio literario. Sin embargo, su estudio nos recuerda una época en la que la justicia no siempre estuvo en manos de los jueces. Durante más de un siglo, los españoles más influyentes prefirieron confiar su vida al acero o al plomo antes que a un tribunal, convencidos de que el honor era «lo único que el hombre no podía externalizar». Como escribió Larra en 1835: «¡He aquí el mundo! ¡He aquí el honor! ¡He aquí el duelo!». Un drama que se escribía, literalmente, a primera sangre.

Un símbolo del absurdo

►El duelo no fue algo exclusivamente español. Joseph Conrad publicó «El duelo» en 1908, y Ridley Scott lo llevó al cine con el título «Los duelistas» en 1977. La historia narra la rivalidad entre dos oficiales durante las guerras napoleónicas. Todo comienza cuando el teniente Armand d’Hubert recibe la orden de poner bajo arresto domiciliario al teniente Gabriel Feraud, que había herido a un civil en un duelo. Feraud interpreta la detención como una humillación personal y reta a D’Hubert a un duelo, iniciando una cadena de enfrentamientos que se prolongará durante quince años. A lo largo de la historia, ambos ascienden en el ejército mientras continúan batiéndos. La obsesión de Feraud por vengarse contrasta con el carácter más reflexivo de D’Hubert, que preferiría dejar atrás el conflicto pero se ve obligado a responder para preservar su honor. Los duelos, cada vez más peligrosos, se convierten en una leyenda dentro de las tropas napoleónicas, símbolo del absurdo sentido del honor y de la terquedad humana.

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