lunes, 22 de febrero de 2010
Poema casi inédito de Larmig
I. Milton y su hija Débora.— II. La luz. — III. Gloria.— IV. Infidelidad.— V. Revolución inglesa (1642-1660). — VI. El Paraiso perdido.- VII. ¡Cinco libras esterlinas!. — VIII. Adiós á la patria. — IX. Desaliento. — X. El llanto de Débora. — XI Al destierro. — XII. Conclusión.
I
El tibio resplandor de la alborada
se extiende por los términos del cielo
y traspasa la lóbrega y pesada
niebla, que entolda de Bretaña el suelo.
En el brazo de Débora apoyado
un ciego de canosa cabellera,
con insegura planta, de un collado
desciende de la mar a la ribera.
Es el cantor de la celeste guerra,
del bien perdido, del castigo eterno,
de la primera culpa de la tierra,
de la primer conquista del Averno.
De Débora los dulces claros ojos
son del azul del cielo refulgente;
guardan sus esmaltados labios rojos
perlas abrillantadas del Oriente.
Es cual la flor de la mañana pura,
como ensueño de amor es hechicera;
la dio el sauce su lánguida tristura,
la dio su gentileza la palmera.
Tiene del cisne erguido el albo cuello,
levantado es su pecho, su pie breve;
desciende en rizos de oro su cabello
desde la sien de inmaculada nieve.
Atesora su cándida hermosura
más que terrenas, celestiales galas:
es un ángel venido de la altura
que tan sólo al bajar perdió las alas.
Besa la falda del agreste monte
que Débora y su padre están bajando
el espumoso mar; en su horizonte
las velas de un bajel se van alzando.
No empavesan la nave misteriosa,
ni flámula ni insignia ni bandera
y el gobernalle rige a la arenosa
playa do Milton con afán la espera.
El seno maternal de la Bretaña
se apercibe a dejar que, en los combates
vencido, va a pedir a tierra extraña
asilo do librar lira y penates.
Y mientras llega la nadante quilla
cuyas pomposas lonas hinche el viento
a la desierta y nebulosa orilla,
del vate oíd el apenado acento:
II.
«Del sol la etérea, la fecunda llama
iluminando la celeste esfera
júbilo y vida por doquier derrama
en su triunfal espléndida carrera.
Himno ferviente al Hacedor entona
la humanidad y olvida sus pesares
cuando del sol la vívida corona
se desprende del fondo de los mares.
Abre la flor sus hojas virginales,
trinan las aves, plácido se agita
el pez entre los móviles cristales
y del orbe la máquina palpita.
»¡Ay del que como yo desventurado
no rinde al regio sol digno tributo
y vive en este mundo condenado
a noche eterna y perdurable luto.
¡Con qué belleza para mí tan triste
la estación germinal de los amores
en mi arrobada mente se reviste
con sus galas de arroyos y de flores!
Ya me figuro ver mieses doradas
que al afanado labrador consuelan,
ya las ramas del bosque entrelazadas
a do las aves a arrullarse vuelan
o la diáfana gota de rocío
que el puro cáliz de la rosa embebe
o, en el silencio del invierno frío,
las deslumbrantes sábanas de nieve
o ya las olas de la mar henchidas
que amenazantes a la playa llegan
y obedeciendo a leyes no sabidas
con murmurio imponente se repliegan...
¿Quién no adora el poder almo y fecundo
de la sabia y divina Providencia?
¿Quién puede, inerte, contemplar el mundo
con ojos de insensible indiferencia?
¡Oh padre de la luz, astro de fuego!
Si en el templo brillante de tu gloria
no te puede admirar el vate ciego,
te admira en el altar de su memoria
y, si mis muertos ojos un instante
se volvieran a abrir y a ver el día,
¡con qué placer mirara tu semblante,
hija del corazón, Débora mía!
III.
Con áspero rigor desde mi cuna,
sin que un momento de oprimirme ceda,
a sus plantas me tiene la Fortuna
bajo la pesadumbre de su rueda.
Vi al cantor de Julia y de Romeo
pobre bajar a su inmortal ocaso,
visité en su prisión a Galileo,
lloré las penas que lloraba el Taso.
Lira que canta, corazón que gime.
no hay pensamiento grande que no sea
hijo de un gran dolor. Dolor sublime
a los Homeros y Cervantes crea.
Cuando esas sombras del sepulcro evoco
insensato mi orgullo lisonjeo:
la aspereza del mundo es lo que toco,
la gloria universal lo que deseo.
¿No se podrá dejar alta memoria
sino con propias lágrimas regada?
¿En el sagrado alcázar de la gloria
sólo a la desventura dan entrada?
IV.
Yo era gallardo, joven y valiente.
Este alarde perdona al pobre anciano
de temblorosa voz, arada frente,
escasas fuerzas y cabello cano.
Idolatré la pérfida hermosura
de quien no debo pronunciar el nombre,
con toda la vehemencia y la ternura
que amor, sólo el amor, inspira al hombre.
Y, si quieres saber cuánto la amaba,
recuerda, hija del alma, el tierno canto
que trémulo mi labio te dictaba,
y veces mil entrecortó mi llanto
cuando describo la mujer primera,
víctima ya de la serpiente astuta
que incita a Adán risueña y placentera
para que coma la vedada fruta.
¡Cuál se estremece Adán! — Llegó la hora
que el ánimo le inunda de amargura
de abandonar a la mujer que adora
o renunciar a la eternal ventura.
Y ni llega a dudar. No es que le mueva
de ser Dios el soberbio pensamiento,
es que no quiere separarse de Eva,
y así prorrumpe con sentido acento:
"Sin ti la dicha, con tu amor la muerte...
Te pierdo si a mi Dios sigo sumiso;
no, no vacilo: partiré tu suerte
¡qué fuera sin tu amor el Paraíso!"
Y ese triunfo de amor nunca igualado,
que no cantó más lira que la mía,
ese amor, cuanto inmenso desgraciado,
ese infinito amor yo lo sentía.
De mi cariño el consagrado nudo
una mujer rompió. — ¡Mujer siniestra! —
¿Qué importuna piedad tuvo el agudo
hierro que alzó mi justiciera diestra?
La angustia que de entonces me acompaña
me seguirá lo que mi vida dure.
Heridas hay que el tiempo no restaña,
ni bálsamo se encuentra que las cure.
Se perdona la ofensa del extraño
y, con la ofensa, al ofensor se olvida;
pero ¿quién borra el indeleble daño
del desamor de la mujer querida?
V.
Cuando sumido en mi aflicción estaba,
en el aire vibró clarín guerrero;
desolada mi patria me llamaba,
volé a su voz y fulminé el acero.
Luchaban esforzados capitanes
en fratricida y obstinada guerra;
fue otra lucha de Dioses y Titanes
que conmovió los ejes de la tierra.
Ensañadas las huestes combatían,
y su nombre de hermanos olvidaban:
el derecho los unos defendían,
la libertad los otros proclamaban.
Vístese el rey con la bruñida malla
y a defender acude su corona,
truécase el reino en campo de batalla
y un combate con otro se eslabona.
Mas reducen al rey a cautiverio,
en cárcel su palacio se convierte ;
y mientras llora su perdido imperio
el Parlamento le condena a muerte.
¡Ah! Bien recuerdo su figura esbelta ,
su negro traje, su mirar severo,
su adusta faz, su cabellera suelta
y su paso pausado y altanero.
» Los que al cadalso a Carlos conducían
llevaban los sombreros en la mano;
asustados esclavos parecían
pendientes de la voz de su tirano.
Del tablado fatal subió las gradas
con firme y desdeñoso continente
y, clavando en el pueblo sus miradas,
cruzó las manos y dobló la frente.
Impenetrable máscara el semblante
del verdugo de Carlos encubría
y, mirándole el Rey un breve instante ,
dijo con entereza y energía:
"La justicia que el rostro se recata
ha perdido la paz de la conciencia;
su cobardía y su maldad delata
y en alta voz proclama mi inocencia".
Se inclina al tajo, con su diestro brazo
da la señal de herir y, con presteza,
exánime y sangrienta, de un hachazo,
rueda sobre el cadalso su cabeza.
Derrocada la patria dinastía
del rey desventurado con la muerte,
desbórdase rugiendo la anarquía;
la enfrena el Protector con mano fuerte.
Seguí constante la segura huella
del vencedor, indómito caudillo;
deslumbró al universo de su estrella,
jamás contraria, el victorioso brillo.
Atónitos los pueblos admiraban
su fiero ardor, su austeridad sombría;
sus escuadras los mares fatigaban
y su ejército fiel siempre vencía.
Él de la libertad ornó las sienes
con el laurel de inmarcesible gloria
y de su mando los fecundos bienes
con letras de oro grabará la historia.
Pero, no bien a la insaciable tumba
de la presente edad baja el coloso,
tiembla, se desmorona y se derrumba
su alcázar con estruendo pavoroso.
Y la nación, que se juzgó salvada
por la sangrienta mano del verdugo,
hoy, de su libertad ya fatigada,
se amarra dócil al antiguo yugo
y, tras de tanto sacrificio acerbo,
el derrocado trono restablece.
El pueblo quiere ser déspota o siervo;
ama la libertad y la envilece;
mañana desatiende al que hoy escucha;
al ídolo de ayer ora desprecia;
goza en las emociones de la lucha;
las ventajas del triunfo menosprecia.
¿Qué pensarás, monarca restaurado,
del pueblo que a tus pies llega anhelante?
¿Qué dirás al oír alborozado
a tu arribo feliz salva triunfante?
¿Cuándo la voz del pueblo es voz del cielo?
¿Cuando escarnece al rey y le destrona
o cuando, ardiendo en entusiasta anhelo,
llama al hijo y le vuelve la corona?
Soberano infeliz, Carlos primero,
si aún tu espíritu vaga por el mundo,
mira de hinojos a tu pueblo fiero
ante su nuevo rey Carlos segundo.
VI.
Tanta escena de horror y tanto crimen,
tanta desolación y estragos tantos
profundas huellas en mi pecho imprimen
y hallan ecos terribles en mis cantos.
El eco que repiten las montañas
con sonido doliente y prolongado
en sus abiertas cóncavas entrañas
es confuso, incompleto y apagado;
pero el eco del alma no aminora:
concento que repite lo engrandece,
con nuevas vibraciones lo avalora
y con sentidas notas lo embellece.
Pulso las cuerdas de la hebraica lira,
la tempestad flamígera me alumbra,
la sacra musa de Sïon me inspira
y a las regiones célicas me encumbra.
Y describo batallas estridentes
de grandeza sin par, de eterno duelo,
que son el bien y el mal los combatientes
y el campo de batalla el mismo cielo.
Trazo el hórrido golfo del Averno,
de Satán la fatídica figura,
su indomable altivez, su afán eterno
de vengarse de Dios y de su hechura.
Vuela al Edén el pérfido enemigo,
ve la mansión de bienandanza llena,
y tiembla de furor. ¡Qué más castigo
para el malvado que la dicha ajena!
De fresca gruta en la apacible sombra
contempla a los humanos moradores
que, reclinados en la verde alfombra,
hablan de sus dulcísimos amores.
Y es que no por temor que a Dios adora
Adán por gratitud. ¡Su dicha es tanta!
No es su oración la que demanda y llora,
es la oración que glorifica y canta.
De la envidia las olas de veneno,
de la venganza las airadas nubes
se agolpan y agigantan en el seno
del que fue el luminar de los querubes,
y audaz emprende... Mas, ¿a qué repito
el que en largas veladas te he dictado
épico libro, por tu mano escrito,
y en tu sencillo corazón grabado?
Del Edén la tragedia misteriosa,
en que la fe resuelve el gran problema,
llave de nuestra vida dolorosa,
lego a la humanidad en mi poema.
VII
¡Qué irrisoria del vate es la corona!
¿Qué importa que su cántico se admire,
si con desdén el mundo le abandona
y de hambre en un rincón deja que espire?
Pronto de pan mendigará un pedazo
quien ostenta la délfica diadema
y pagan al verdugo cada hachazo
más de lo que me vale mi poema.
Si fuera el interés el móvil solo
del calumniado corazón del hombre,
¿quién en el templo del ingrato Apolo
mármol buscara do grabar su nombre?
Mas nuestro corazón responde y late
a impulsos altos de divina esfera:
¿no marcha el héroe impávido al combate?
¿No va tranquilo el mártir a la hoguera?
Nunca anhelé subir de la riqueza
al palacio de techo artesonado,
ni me placen el ocio y la pereza
del torpe y sibarita potentado.
Y fuera yo el mortal más venturoso
si pudiera en Albión vivir tranquilo,
y habitar, ni envidiado ni envidioso,
de la sobria virtud en el asilo.
Pero estar en continuo desosiego
y fatigando espíritu y materia,
llegar a la vejez y hallarse ciego,
fugitivo y sumido en la miseria,
anonada, enloquece. En mi demencia
indigno y criminal me juzgo a veces
cuando me hace apurar la Providencia
el cáliz del dolor hasta las heces.
VIII.
Hoy me destierra de los patrios lares
implacable y crüel suerte enemiga
y, en suelo extraño, allende de los mares,
hogar y pan a mendigar me obliga.
Verdes colinas, arroyuelos claros,
prados amenos do jugué de niño,
parece que, en el punto de dejaros,
mi corazón os tiene más cariño.
Tierra donde rodó mi humilde cuna
¡cuál me cuesta arrancarme de tus brazos!
¡Ojalá que, propicia la fortuna,
junte a tus hijos en fraternos lazos !
Adiós, tierra natal, suelo querido.
Oye el postrer adiós del vate ciego:
tu desdeñosa ingratitud olvido
y al Ser Supremo por tu dicha ruego.
IX.
La reina del espacio, la sagrada
ave de Jove, emblema de la guerra,
que anida por las nubes circundada
en los montes más altos de la tierra,
el águila, que en yugo incontrastado
a todo el reino de las aves tiene
y que cierne su vuelo sosegado
sobre el Cáucaso, el Atlas y el Pirene,
si luengo tiempo prisionera gime
tras angustioso padecer sombrío
mirando la cadena que le oprime,
su cuna olvida y su arrogante brío
y no sabe (sus fuerzas agotadas
en enervante y lánguido desmayo)
cómo extender las alas enarcadas
para volar a la región del rayo.
Así se olvida el alma, de este suelo
encadenada en la prisión oscura,
que más allá del estrellado velo
se encuentra su región y su ventura,
y, según se prolonga la existencia,
cual flor que se deshace hoja tras hoja,
de la paz , del amor, de la inocencia
y hasta de la esperanza se despoja.
Crece la vida y la desdicha crece
y se empieza a dudar si Dios es justo
viendo que la virtud ora y padece
y sube el vicio a tribunal augusto.
¡Ah , cuántas veces el delito lleva
del ínclito poder a la alta cumbre,
como del fondo de la mar eleva
al cadáver su misma podredumbre!
y, hundidos en inerte desaliento,
no tenemos los míseros humanos
ni a quién alzar el desmayado acento
ni a dó tender las suplicantes manos.
Marchítase la fe, la duda brota
y va asolando cual hirviente lava;
y hasta el anhelo del placer se agota
y hasta el instinto de vivir se acaba.
X.
La condición mortal de nuestra vida
es el don más precioso de la suerte;
no con temor imbécil me intimida,
antes con avidez llamo a la muerte.
Pero ¿te hago llorar? ¡Hija del alma!
Oyendo estoy tu congojoso aliento;
lloras, sí, y es por mí; tus penas calma,
que más tu lloro que mis males siento.
Comprendo bien tu queja lastimera,
amor me prueba tu inocente llanto
y, mientras haya un alma que nos quiera,
la vida tiene objeto y tiene encanto.
Quiero vivir, pero vivir contigo,
y aprecio tanto tu filial ternura
que desdeño mis penas si consigo
no darte por herencia mi amargura.
Cuando cubra la tumba mis despojos,
cuando engrandezca el tiempo mi memoria,
en el cristal de tus azules ojos
con viva luz reflejará mi gloria.
Eres, Débora, el aura de bonanza
que en primavera el manantial deshiela,
el ángel celestial de la esperanza
que acompaña al dolor y le consuela.
¡Te hará gemir el que te debe tanto!
¡Oh, déjame enjugar tu rostro hermoso!
Fueran tus penas mi mayor quebranto;
sé tú feliz, y me verás dichoso.
XI.
El bajel, de la orilla ya cercano,
ancla y bota a la mar lancha ligera
que, encomendada a la robusta mano
de hábil remero, atraca a la ribera.
Entra en el bote el ciego desvalido
y Débora tras él rauda se lanza;
boga la lancha al barco detenido
y en instantes brevísimos le alcanza.
De nuevo el barco su derrota emprende
dejando alrededor montes de espuma,
el seno de la mar ligero hiende
y desparece entre la densa bruma.
XII.
Los que sabéis que el alma atribulada
necesita de Dios en sus dolores,
y no cerráis del corazón la entrada
de la ajena desdicha a los clamores,
venid, venid a mí, y si os contrista
el lamentar del inspirado ciego,
a las alturas dirigid la vista
y al Ser Eterno compasivo ruego:
¡Que amanse su furor el oceano!
¡Que no se nuble la polar estrella!
¡Que Dios proteja al venerable anciano!
¡Que ampare Dios a la gentil doncella!
Post 1501
domingo, 21 de febrero de 2010
Un ciudarrealeño escritor, Carlos Carnicer
Carlos Javier Carnicer García (Ciudad Real, 1963), profesor de Historia en un instituto de enseñanza secundaria de Ciudad Real, escribe habitualmente artículos y reseñas en la revista La Aventura de la Historia. Es coautor de los libros Sebastián de Arbizu, espía de Felipe II. La diplomacia secreta española y la intervención en Francia (Nerea, 1998), Espionaje y traición en el reinado de Felipe II. La historia del vallisoletano Martín de Acuña (Diputación de Valladolid, 2001) —que recibió el Primer Premio de Investigación Diputación de Valladolid 1999— y Espías de Felipe II. Los servicios secretos del Imperio español (La Esfera de los Libros, 2005). Forcada. El secreto de la Reina Virgen, fue su primera novela y el inicio de una saga de la que La cruz de Borgoña constituye el segundo volumen. También ha escrito Vivir en El Escorial.
Periódicos
Shutter Island, de Martin Scorsese
Merece verse, pero una propuesta narrativa como esta de psicodrama metaficcional parece ya un poco fuera de lugar; la película hubiera tenido mejor formato en videojuego de aventura gráfica, no más; el guion intenta adornarlo todo con una cierta trascendencia para pedantes, pero no, hay algo dentro de la estructura que no funciona, aunque el talento indudable de Scorsese esconde ese punto débil tan bien que consigue salvar la película y uno se queda después con la memoria impresa y visual, ahogada, de esa isla cerrada sobre sí misma, triste, antigua, angustiosa, fatal...
sábado, 20 de febrero de 2010
Dioses con hambre
Hace tiempo estudié las supersticiones, ese caudaloso depósito de mitologías olvidadas, de humanidades y divinidades desdeñadas, en busca de monstruos para mi colección; en el estudio de los fantasmas, del que queda el artículo de Wikipedia que reformé y terminé por redactar casi por entero, concluí que su origen era el mismo de la religión, acrecido por todo tipo de prejuicios cognitivos; en el fondo la aparición laica no es tan distinta de la hierofanía religiosa; un infantil deseo de perdurar, de duplicarse y de reduplicarse, de germinar en lo otro, de justificar la permanencia del ego en medio de la segunda ley de la termoninámica. Feuerbach ya lo dijo sin duda mejor en sus Pensamientos sobre la muerte y la inmortalidad; de él me quedé siempre con ese verso, "solamente una vez es todo verdadero". Pero en ese cabalístico estudio, en que intentaba desacreditar lo desacreditable de tales supersticiones, una clase en concreto de fantasmas, de entre tan larga y curiosa galería, capturó mi atención, junto con los sin cara: la de los fantasmas hambrientos, constantes en gran número de culturas; el hambre, tan humana, caracteriza a los dioses con devastadora frecuencia. Como dice el Prometeo de Goethe, uno de los poemas que prefiero de la literatura occidental,
¡No conozco nada más míserable bajo el sol
que vosotros, dioses!
Pobremente nutrís
con sacrificios
y aliento de oraciones
vuestra majestad,
y moriríais
si pordioseros y niños
no enloqueciesen de esperanza.
¡Y, cuando era niño
no sabía por qué la mirada
volvía al sol, extraviada,
como si alguien hubiera allá arriba
que oyera mi lamento
y hubiera un corazón que, como el mío,
sintiera pena por el que sufre!
Los fantasmas asumen ese hambre; los gaki japoneses, los espectros que comen polvo de la escasamente primitiva, para ser tan antigua, Epopeya de Gilgamesh. o los hindúes del Garuda Purana. Estos fantasmas no roen el alma, sino el cuerpo, de la misma manera que nosotros nos merendamos a Cristo o los antiguos se comían los sacrificios ceremoniales, o de la misma manera que Cronos, ese antiguo dios, se comía a los dioses modernos antes de que le cortaran los cojones (que es mucho cortar).
Estos dioses con necesidades perentorias y diarias son tan humanos que no pueden ser dioses; por lo parecido que es, comer está emparentado con y es opuesto a parir, comer es matar, o más exactamente encarnar o reencarnar; un devorador de dioses es un dios él mismo, para un pensamiento exclusivamente material o imaginativo, que es el que estoy asumiendo ahora; cada mito es una imagen, no una abstracción; Zeus/Júpiter está representado por el águila porque las garras simulan la estructura vista del rayo celeste, las plumas las nubes, los ojos el sol y la luna mixtos en tormenta.
Planicies y cumbres
Jesús Ferrero, "Más perdidos que el Quijote y Emma Bovary", El País, 19-II-2010.
Internet está cambiando las leyes de la narración, y si toda narración aspira a crear sentido, Internet estaría cambiando las leyes del sentido (que significa dirección y destino).
Estamos presenciando el canto de cisne de la literatura pensada para ser reproducida según el modelo Gutenberg, que ha sido el más determinante de nuestra cultura durante medio milenio. ¿Ahora lo es?
Nos hallamos en una frontera de naturaleza tan movediza, y tan de arenas movedizas, que genera cierto vértigo, un vértigo que puede conducirnos a grandes trastornos de identidad y que va a producir (lo está produciendo ya) un gran dolor cultural, como vaticinó McLuhan. En momentos así todo son gritos de un lado y de otro y no hay manera de entenderse. Los hay que rezan por la desaparición del libro y lo proclaman con extraña arrogancia por todos los ámbitos que pueden y los hay que gritan que el libro nunca va a desaparecer.
Seamos razonables, es evidente que el ordenador y el libro conviven y convivirán. Eso no es lo determinante: lo determinante es preguntarse qué pesa más en nuestra cabeza, y muy especialmente en la cabeza de los más jóvenes ¿el "discurso" (y "discurrir") digital o el discurso de los libros? ¿El mundo que están configurando las técnicas digitales o el que ha ido configurando la imprenta? Porque si resulta que en la cabeza de los jóvenes pesa más el universo digital que el impreso, la cultura digital ya estaría por encima de la gutenbergiana, una cultura digital que tendría además el poder de determinar y modificar, a partir de este momento, toda la cultura gutenbergiana anterior (al erguirse como un medio más poderoso y funcional) y de cambiar profunda y "llanamente" todo el sistema de valoración anterior y la naturaleza de sus jerarquías.
Decía Barthelme que las grandes ideas sólo son grandes debido a la inflación que la cultura ha ejercido sobre ellas. La cultura de la imprenta ha llevado a cabo un largo proceso de inflación sobre determinados pensadores y escritores de nuestro mundo, creando un sistema de valoración que si bien se iba modificando con cada generación mantenía ciertas constantes. Muchos de los autores que la cultura que me engendró consideraba valiosos cuando yo era adolescente, no han perdido demasiado valor desde entonces. ¿O sí? A veces basta con prestar atención, en el autobús, a las conversaciones telefónicas de sujetos pertenecientes a las últimas generaciones para percibir, cuando hablan de libros o de cine, otro sistema de valoración (más amplio y más plano) y otro sistema de jerarquías, vertiginosamente nivelador e igualador.
Es el problema del universo digital, un universo que representa un poco las grandes planicies semánticas que soñaba la Escuela de París, así como la criba de todos los valores y jerarquías engendrados por el "poder" tal como lo entendía Foucault, y que atañe tanto al universo de la política como al de la cultura. La información no aparece jerarquizada y diríase que toda ella tiene el mismo nivel al ocupar, como quien dice, el mismo plano o la misma planicie de información. Puede que las cimas de antes (los grandes padres del saber que figuraban en todas las historias del pensamiento y la literatura) no hayan perdido altura en sí, pero ahora se hallan en medio de unas planicies de información tan extensas y tan ajenas a los sistemas jerárquicos anteriores que apenas se percibe su elevación. Da la impresión de que desde el Renacimiento no se llevaba a cabo un proceso tan vasto y tan claro de nivelación y de igualación, y como el Renacimiento fue el movimiento que trajo consigo la imprenta, debe pensar que el proceso de igualación que ya estamos sufriendo sólo resulta comparable al que generó la aparición de la imprenta y el comienzo de la era Gutenberg.
A veces es imposible evitar cierta melancolía cuando nos asalta la sospecha de que nos hallamos ante un mundo que está dejando paso a otro, y que el proceso de nivelación, de desarticulación de las jerarquías y de diseminación de la cultura es ya imparable. Pero la melancolía no lleva a ninguna parte y es preferible preguntarse dónde está el problema.
En la tesitura en la que nos encontramos, lo importante no es que el libro digital se llegue a imponer o no, ya que el libro digital es en sí mismo otro ordenador que calca del computer habitual todo su sistema reproductivo y toda su velocidad, lo determinante es el nuevo modelo valorativo que está imponiendo el universo digital, y muy especialmente en los que ya han nacido con él y en él. De las cordilleras contrastadas que dibujaba el universo Gutenberg estamos pasando a las casi infinitas planicies igualitarias de Internet, donde tenemos que movernos como jinetes nómadas, y donde las narraciones tienden a ser mucho más breves y automáticas que en los libros.
En su papel más positivo, estas narraciones (y todo en Internet son "narraciones" de una u otra naturaleza) podrían generar y están generando ya una nueva forma de condensar e informar, así como una alteración en las maneras de argumentar y organizar los elementos narrativos, pero en su valor más negativo podrían producir una narrativa flácida y simplemente basada en la acumulación de materiales, así como una banalización general de la cultura y de todos sus productos, desde los más ordinarios a los más sublimes, descomponiendo y desintegrando definitivamente todo el sistema de valores y jerarquías que nos legó la era Gutenberg y las castas dominantes que la representaron. En toda cultura en movimiento, los procesos de nivelación profunda y general tienden a darse periódicamente, y siempre que aparecen, no sólo traen con ellos nuevos artefactos para la difusión de ideas, también traen con ellos su tabla rasa y su máquina de arrasar y aplastar montañas, sin olvidar que cambios como los que estamos experimentando suelen ser la causa del desmoronamiento de muchas industrias que vivían del sistema reproductivo anterior. Del sólido Himalaya gutenbergiano estamos pasando a las oscilantes llanuras digitales.
Internet es el nuevo Moloch. Cuando te das cuenta del sistema nivelador que te va metiendo en la cabeza ya es demasiado tarde. A partir de ese momento comienzas a percibirlo todo de otra manera. De ver el mundo como una cordillera, pasas a verlo como un infinito mosaico romano, donde toda profundidad es profundidad simulada, ya que todo se halla sobre el mismo plano material. El mundo se tambalea, se alteran los niveles y las jerarquías, caen ídolos de barro que tú creías de bronce... De pronto, algo más de un siglo después de Nietzsche y de Wagner, empiezas a presenciar un nuevo crepúsculo de los dioses y a experimentar una cierta sensación de pérdida.
Hay gente que se está perdiendo en el mundo de la red, y a la que le resulta difícil separar el mundo real del virtual, pero eso ya ocurrió con la imprenta y el mejor ejemplo de esa pérdida es precisamente don Quijote, que acaba creyendo en el universo virtual de los libros de caballerías, un universo que don Quijote proyecta continuamente sobre la realidad, que sólo hace de pantalla problemática de las historias que ha leído en los libros.
También Madame Bovary vive en el universo virtual de las novelas románticas, si bien su historia amorosa le permitirá constatar que la realidad no acaba de parecerse a las fábulas novelescas, circunstancia que no le impide ser heroica hasta el final, empeñada en convertir su vida en un paraíso sentimental calcado de las historias que le han suministrado los libros. No otra cosa les ocurre a los que han sido abducidos por la virtualidad digital. Lo que equivale a decir que ya la imprenta creó su universo virtual y que lo único que ocurre es que ahora nos hallamos ante una virtualidad diferente, más líquida, más vasta y más plana. Dicho con otras palabras que engloban las tres definiciones anteriores: más oceánica.
A estudiar
Rosario Ortiz, "A estudiar", El País, 19-II-2010:
Por lo visto en tiempos de crisis, los funcionarios, sólo por gozar en este momento de un trabajo fijo, tenemos que pedir perdón al resto de ciudadanos.
Pues a mí no me da la gana y les explico el porqué: porque nadie nos ha regalado nada. Porque para conseguir un trabajo fijo hemos pasado, a veces muchos años, estudiando y dejando de hacer otras cosas. Porque después de conseguir aprobar la oposición, la mayoría tuvimos que cambiar de residencia a kilómetros de nuestra casa. Porque la mayoría de mis compañeros tenemos estudios superiores aunque nuestra categoría profesional no lo requiera. Porque desde hace años nuestro sueldo no ha sido incrementado en la misma cuantía en que lo hicieron la mayoría de convenios colectivos, por no hablar de cuántas veces nos congelaron el salario. Porque la llamada carrera profesional en la Administración es casi inexistente. Con todo esto no se trata de dar lástima a nadie, sólo de dejar las cosas claras, y si tan envidiable es nuestra situación, ya saben, a estudiar que la puerta está abierta a todo ciudadano español mayor de 16 años.
80 millones
Tras abrirnos paso a machetazos por el interior de una selva de palabras a la que no llegaba ni la luz del sol, nos ha parecido entender que la solución a la crisis pasa por hacer recuento de cuanto poseemos (nuestro salario, nuestro paro, nuestra jubilación, nuestro piso, nuestro coche, nuestra Seguridad Social, nuestros ahorros), para valorarlo a la baja. Como no es posible devaluar la moneda, será preciso devaluar todo lo demás, incluida la autoestima. Donde creíamos que teníamos cien, deberemos aceptar que tenemos setenta. Quienes medían 1,80, tendrán que conformarse con 1,50. Quienes comían en restaurantes de cuarenta lo harán hasta nueva orden en tascas de diez. Y así de forma sucesiva hasta regresar al tamaño anterior, del que quizá, como de nuestro pueblo, no deberíamos haber salido. Pero no todo disminuirá. Si usted debía mil más los intereses, continuará debiendo mil más los intereses (deuda a la que tendrá que añadir los intereses de los intereses). Parecería lógico que si su piso vale ahora un 20% menos que cuando lo compró, la hipoteca se redujera en un porcentaje similar. Pero no intente usted introducir la lógica donde impera la explotación.
Leona en monopatín
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Indecencias
viernes, 19 de febrero de 2010
Fe y placebo
jueves, 18 de febrero de 2010
Se hace camino al andar. Prolegómenos al tópico del homo viator
Platón.
-¿Podría decirme, por favor qué camino he de seguir desde aquí?
-Eso depende en buena medida del lugar adonde quieras ir. Dijo el Gato.
-No importa mucho adónde… Dijo Alicia
-Entonces no importa por dónde vayas – Dijo el Gato.
Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
Flores de mi árbol genealógico
Pues bueno, me puse a bucear en mis primeros, segundos, terceros y cuartos apellidos, y empecé por el más raro, Calabria. Hete aquí que sólo lo llevan 671 personas en España y que es el duodiezmilseptinsexagésimosexto (12.776 para alumnos de ESO que no saben contar ordinales) apellido en frecuencia de uso en España; casi la mitad de sus escasos usuarios están en Madrid, y provienen de Italia del Sur, de la paupérrima región del mismo nombre antes llamada Magna Grecia; qué ilusión, igual desciendo de algún filósofo presocrático, aunque también es posible que descienda de algún gladiador esclavo huido de la venganza de Craso en la punta de la bota o de algún mafioso de la N'Dranghetta... Algún familiar ya me decía que nuestros antepasados eran contrabandistas afincados en Murcia, y bien pudiera ser que alguno se cayera de algún barco pirata, en el XIX.
Otro de mis apellidos raros, Castellanos, proviene de los Montes de León; parece que tuvieron alguna hidalguía goda bajo el nombre de Gutiérrez y pasaron a Castilla, donde se vincularon a la tierra con el nombre de Castellanos y sirvieron no poco a los monarcas Alfonsos que rigieron estos pagos; en el año 755, por ejemplo, ayudaron al segundo de su nombre obteniendo privilegio para poblar Sahagún. Otro Castellanos, Juan Esteban, se distinguió por su valor ante el undécimo en la batalla del Salado, y en Valencia y Aragón floreció también una rama que repobló en 1370 Chelva en el reino de Valencia. Otra rama, la mía, se estableció en La Mancha, donde fundaron un gran mayorazgo en el año 1.538 y edificaron el monasterio de Santa María de los Llanos en Cuenca; algunos de estos, ciudarrealeños, pasaron al Nuevo Mundo, como Pedro Antonio Castellanos, célebre por su enemistad con Hernán Cortés, pero tan noble que cuando fue acusado en la Corte se constituyó en su defensor, elogiando sus distinguidos servicios, y de regreso a España se retiró a su señorío de La Solana donde murió; otro es el célebre don Juan de Castellanos poeta e historiador que dejó una crónica rimada, las Elegías de varones ilustres de Indias, que documentan las vidas de los que pasaron allí.
Sueños
Mi mujer dice que cuando se sueña con un fallecido eso quiere decir que hay que rezar por él; no sé de dónde habrá sacado tal superstición.
De qué murió Tut-ank-Amon
Le tienen mucho cariño a las momias, sobre todo esos canales documentales norteamericanos donde tantos programas se producen (sospechosamente) sobre armas, aviones, barcos y guerras, sin duda para venderlas y promocionarlas. Bien está hacer un documental sobre el faraón niño, bien está descubrir que haya muerto de malaria, pero, ¿por qué no mencionar que la malaria sigue haciendo estragos en la actualidad y muy pocos están interesados en combatirla? ¿Por qué no se hace ver ese punto de vista con apoyo en la momia?
Ya lo sé, muchos dirán: "¿Qué sentido tiene decir esto? Tú eres uno, ellos muchos, y además no te leerán, y mucho menos te harán caso." Yo contestaría que se leyeran el Don Quijote; Alonso Quijano no cambió nada de este mundo, porque en este mundo no hay héroes; pero si no hay héroes en este mundo, porque mueren, sí es verdad que existe el heroísmo, y el heroísmo no lo hace un quijote cualquiera, sino muchos. Soy uno de tantos, pero si somos muchos más, y si poco a poco nos vamos convenciendo de ello y convenciendo a los demás, ya no seremos quijotes, sino toda una orden de caballería andante e incluso rodante, es más, un pacífico ejército de convicción; en este mundo que tanto idolatra el número, no es eso de despreciar... Quién sabe, incluso podríamos salirnos en todo o en parte con la nuestra, aunque no con la mía. La nobleza sería algo tan común como el poco común sentido de Sancho Panza, y la villanía sólo sería cuestión de unos pocos, aunque fieros, gigantes corporatones, corporaciones y corporativos.
José Ortega y Gasset, Socialización del hombre
José Ortega y Gasset, "Socialización del hombre":
* No es sólo manera de decir. Entre los lugares que en la historia europea han representado la más densa vida de "interior", de familia, están los países Bajos. Pues bien: allí se tenía una fe supersticiosa en la cremaillére, la magnífica marmita o caldera colgada en el hogar, uno de los productos más característicos de la metalurgia helga. "La santidad del hogar en la Edad Media ődice Michelető no reside tanto en el fogón como en la cremaillére sobre él suspendida". En los asaltos guerreros, "cuando los soldados se desparraman para robar y arañar y no perdonan edad ni sexo, las mujeres, las muchachas y los niños se agarran a la caldera, esperando así escapar a su futuro." (Histoire de France, tomo VIII.)
El padre Obama
"Un padre estricto llamado Obama", El País, 17-II-2010:
"Las niñas no ven televisión durante la semana. Punto". Con esas palabras, Barack Obama refleja las estrictas normas con las que se crían Malia y Sasha en la Casa Blanca. En una entrevista con la revista Essence, el presidente de Estados Unidos revela lo importante que es la disciplina en la educación de sus hijas.
Y es que, al parecer, lo que más les importa a los Obama es que las pequeñas, de ocho y once años, tengan buenas notas. Para ello, lo primero que hacen al llegar del colegio son los deberes y, si no han terminado a las 18:30, que es su hora de cenar, pueden continuar después.
Pero la hora de acostarse, las 20:30 para Sasha y las 21 para Malia, no se retrasa. Si han terminado la tarea, las niñas leen hasta ese momento, en el que, religiosamente, se van a la cama.
"No cabe duda de que Michelle y yo estamos en una situación privilegiada y tenemos más recursos que muchos padres. Está claro. Pero hay cosas que todos los padres pueden hacer sin importar lo pobres que sean, como apagar la televisión", declara Obama.
Desde muy pequeñas se les inculcó a las dos niñas que debían ser responsables a la hora de responder a sus obligaciones escolares, explica el presidente de EE UU, que indica que desde que tienen cuatro años sus hijas cuentan con sus propios despertadores.
Las dos pequeñas se hacen las camas todos los días y se preparan solas para ir a la escuela, revela. "Las supervisamos, pero se espera de ellas que cuando vayan a la escuela estén preparadas para aprender", declara Obama, que tiene a gala no haberse perdido una sola reunión con los tutores de sus hijas pese a las obligaciones de su cargo.
miércoles, 17 de febrero de 2010
España, país productor de armas
Ángel terrible
Nos queda quizás
algún árbol en la loma, al cual mirar todos los días;
nos queda la calle de ayer y la demorada lealtad
de una costumbre, a la que le gustamos, y permaneció,
y no se fue. Oh, y la noche, y la noche, cuando el viento
lleno de espacio cósmico nos roe la cara... (I Elegía de Duino)
Ese album de recortes que soy yo mismo es sólo un agregado de sueños irrecuperables que ya no existen; a veces un déjà vu me crea la ilusión de que pueden volver, pero no, no es así. Ya soy otro, y no puedo crearme otra inocencia, por más que J. R. J. piense que sí es posible, en su interminable strip-tease de insuperado mal gusto; a la mierda las cosas que sobre la belleza han dicho el Keats de la urna griega, la Dickinson metida en la propia urna de su casa y el de Moguer, enclaustrado feto muerto en su propio útero; todos, salvo quizás el primero, no van deprisa, porque sólo van a sí mismos; filfas. Hay que ir despacio, para gozar de la vida, pero a alguna parte, por más que sea a la Itaca de Kavafis. Uno no puede enterrar el denario al principio y desenterrarlo a la hora de la muerte para pagar a Caronte: seguro que la inflación ha subido los precios; hay que sacarle interés.
Mi médico, que es un santo, me reconviene amistosamente y bajo la cabeza contrito y avergonzado, aunque él me dice que la levante. (Yo) debo cuidarme (de mí); la mía famiglia me cuida desde hace años, Dios los bendiga, y debería quitarles tamaña responsabilidad, que me incumbe como sujeto de esos predicados. Lo siento por mis alumnos, aunque es muy posible que algunos, o muchos, no sientan nada o se alegren, porque les parezco antipático; para algunos, incluso psicopático, sociopático y demás; siempre se suele acusar a los demás de aquello de que tienes miedo de que te acusen a ti; yo no los acuso de nada, porque no juzgo a nadie ni me creo capacitado para juzgar, aunque lo haga constantemente, por higiene: si uno deja la mierda dentro se pudre, te infecta y te mueres. Uno no se cree tan insustituible ni es tan egomaniaco como para pensar que no le pueda sustituir cualquiera, mejor, igual o peor; el peor puede mejorar con la práctica, el mejor degradarse con la práctica, el igual seguir igual o no, pero sólo el insustituible será una lata, un plomo y un incordio que será un auténtico placer olvidar, precisamente porque quiere permanecer en el recuerdo.
Entre los alumnos hay algunos que parecen más cercanos que otros y a esos siempre los echaré de menos; me fijo en ellos cuando descubro una chispa de inteligencia, de sensibilidad, de humanidad, de nobleza o de bondad, y ya entonces se quedan en mi espíritu para siempre; son pocos, pero los hay, y si rezara serían para ellos mis rogativas y buenos deseos; César, que es un gran profe y una gran persona, me ha ofrecido alentar un grupo de alumnos escritores que se va a crear por la tarde; me gustaba ese proyecto, me apetecía, vaya si me apetecía, pero tengo que cuidarme de ese gordo patoso y desorejado que soy yo mismo.
Pienso que todo está conectado y que más pronto que tarde tendremos que justificar nuestras torpezas y nuestros aciertos, antes de no ser nada otra vez; que tenemos que juzgarnos y condenarnos sólo a nosotros mismos, aunque para ello tengamos que rebajarnos el sueldo y el crédito (el primer deber de un médico, como en Fresas salvajes, de Bergman, estaba escrito en la pizarra de forma indescifrable: pedir perdón); antes de ser no fuimos nada; después de ser lo volveremos a no ser; de este mundo sacarás / lo que metas, nada más. Los budistas afirman que somos un mero agregado de prejuicios que poco a poco se descompone hasta llegar a la nada; yo no pienso destejerme, sino sólo recuperar un poco la salud, la humanidad y el equilibrio que me falta.
Carnaval
CARNAVAL
Fiesta es el carnaval que me domina
me cambio por careta y por disfraz
y le canto verdades en la faz
bailando a la mismísima sardina;
pero me siento triste: se termina;
es hora de quitarme el antifaz
y de este sacrificio es incapaz
aquel que toma alcohol por medicina.
A bailar todo el mundo y a cantar
aunque por dentro y no por fuera; vamos
a ponernos la máscara al revés
y a fingir seriedad, disimular;
para que piensen nos escarmentamos
quienes han visto el haz y no el envés.
martes, 16 de febrero de 2010
Lo que es el deporte
Por supuesto, la gana el dinero, millones, invertido. Hace tiempo que el fútbol dejó de ser un deporte para ser sólo un negocio, o ni siquiera eso: es un mero pretexto para hablar... o para no hablar de lo que más nos preocupa. ¿Qué es? Ah, ya caigo: el dinero. El Madrid, lleno de jugadores preciosos, que no valiosos, perderá, claro está.
Celdas
Monzón es demasiado optimista; no necesita ver problema alguno para eliminar al individuo, le basta con ignorarlo. El sistema es un monstruo sin cara humana, el Leviatán de Hobbes. Si el capitalismo no tiene nada que reprocharse éticamente, que dejen de oponerse a que se deshaga el secreto bancario de los paraísos fiscales; con ese dinero podría terminar no ya la miseria moral de ricos y delincuentes, sino la económica y educativa de los pobres, esto es, con la "mala distribución" de la moral y de la riqueza, aunque, curiosamente, sólo es de esta última de la que se habla; pero, por desgracia, el estado es el Leviatán de Hobbes: no cabe pedirle moral , garbanzos ni escuela a un monstruo.
lunes, 15 de febrero de 2010
Antídoto al cinismo
Francesc Torralba, "El antidoto al cinismo", El País, 15-II-2010
Desde que en 1983 el filósofo alemán Peter Sløter-dijk publicara la Crítica de la razón cínica. Esta obra, junto con la Teoría de la acción comunicativa (1981), de Jürgen Habermas, y El principio de responsabilidad (1977), de Hans Jonas, es, con mucha probabilidad, uno de los ensayos filosóficos más sugerentes del último tercio del pasado siglo. han pasado ya más de 25 años y, sin embargo, su profundo análisis de cinismo postmoderno sigue gozando de una extraordinaria vigencia.
En la obra, reeditada hace muy poco por Siruela, el polémico pensador distingue, con lucidez, el cinismo griego, cuyo máximo representante es Antístenes, del cinismo contemporáneo. En aquella escuela filosófica se adoraba al perro, se reivindicaba la vida natural, sin normas, ni convenciones, en plena harmonía con el Todo; se aspiraba a una existencia sobria, sin ornamentos, ni artificios; se anhelaba la autenticidad, lo cual nada tiene que ver con el cinismo difuso de la tan cacareada postmodernidad.
El cinismo postmoderno es una expresión del nihilismo. El cínico postmoderno ya no cree en nada, ni en la Patria, ni en la Revolución, ni en el Partido. Ha dejado de confiar en las grandes palabras. En su alma habita el más inquietante de los huéspedes: el nihilismo. Parte de la idea que todo lo sólido se desvanece en el aire, por lo cual, la lucha carece de sentido, como también la revolución.
El cínico es el último eslabón del criticismo, la consciencia desgraciada de la Ilustración, el gato escaldado por las ideologías. Como insinúa Peter Sløterdijk, sólo se mueve por el instinto de autoconservación a corto plazo. Experimenta una cierta ternura frente al joven alternativo, al rebelde antiglobalización y al ecologista convencido; una suerte de piedad frente a los que sueñan que otro mundo es posible. Viene de vuelta de todo, pero, en el fondo le devora una melancolía que mantiene bajo control emocional. Es un conformista, lleva tatuada en su epidermis la mentalidad TINA (There is no alternative), pero aparenta creer en algo, da la impresión que tiene convicciones y, de hecho, sigue en el Partido, en la Iglesia o en la ONG de turno, pero sólo él sabe que ya no cree en nada más que en conservar su statu quo. El cinismo difuso es el gran mal a combatir, una especie de virus que campa a su aire por el mundo social y político.
El cínico se mira con indiferencia los avatares de la historia. No cree en el poder de la razón y experimenta pasivamente cómo se embrutecen las masas con los medios de comunicación audiovisual y cómo se atrofia la democracia. Sabe, en sus adentros, que el fracaso de la Ilustración que anunciaron los filósofos de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno y Max Horkheimer, se ha hecho fatalmente realidad en la burbujeante sociedad postmoderna que, más que líquida -con perdón de Bauman-, parece pura gaseosa. Viendo cómo va el mundo desde el sofá de su casa, el cínico, víctima de una sobredosis de telebasura, se pregunta para qué ha servido la cultura de la crítica, la escuela de la sospecha, los grandes maestros pensadores.
Pregunté a mis alumnos cómo se detecta a un cínico; cómo curarse del cinismo, diagnosticarlo a tiempo y combatirlo. Me quedé gratamente sorprendido de sus respuestas. El cínico, por bueno que sea -decía uno-, es un texto camaleónico, que adopta la forma del contexto, un ser sin convicciones que manosea las grandes palabras para mantener su silla. Cuando uno contrasta su discurso público con su vida privada, aflora la incoherencia y el cínico aparece con luz meridiana.
El cinismo es una secreta forma de desesperación y de resentimiento contra toda forma de pensamiento alternativo. En la vida política está alcanzando tal magnitud que uno tiene que luchar firmemente contra su escepticismo para no tirar la toalla. Muchos jóvenes ya la han tirado. No se creen a los políticos cuando hablan y, sin embargo, están sedientos de referentes sociales, de arquetipos ejemplares, de razones por las que merezca la pena luchar. Tienen hambre de épica.
El cinismo genera desconfianza y desesperanza. Frente a él es necesario repetir una y otra vez que otro mundo es posible (y necesario). Contra el fatalismo histórico que anida en el alma del cínico, es esencial reivindicar el poder de la razón y de la participación, el principio esperanza del olvidado Ernst Bloch, la indignación frente al mal y las estructuras de injusticia que ahogan el mundo. Nos conviene recordar que toda realidad viene precedida por un sueño.
El cinismo es el fruto maduro del nihilismo finisecular. Friedrich Nietzsche lo predijo, pero no nos dio herramientas para liberarnos de él. Después del fracaso de las utopías, llegó el nihilismo y, con él, el cinismo. Pero, después del cinismo, ¿qué podemos esperar? Nadie lo sabe con certeza. Será necesario forjar nuevos horizontes de sentido, anclados en el conocimiento real del ser humano, pero con la memoria despierta, pues, de otro modo, podríamos tropezar, una vez más, con la misma piedra.
Francesc Torralba Roselló es director de la Cátedra Ethos de la Universidad Ramon Llull.