miércoles, 8 de diciembre de 2010

El discurso de Vargas Llosa

Elogio de la lectura y la ficción

MARIO VARGAS LLOSA 08/12/2010

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, se emocionaba leyendo a Neruda Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general De Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: 'Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Autocensura

He publicado dos post que he tenido que suprimir porque literalmente me pasaba de rosca. Cada vez soy menos publicable. Por eso cada vez publico menos. Juvenal: Si natura negat, facit indignatio versum; qualecumque potest. "Si lo dijera yo, sería de culpar", como escribió el Arcipreste de Hita, pero lo dicen quienes me censuran ya cualquier comentario ocasional en un periódico o blog. Soy demasiado ácido. Soy, como dice mi suegra, muy jodío. Y no quiero ser así; como dice Cela, es mejor estar jodiendo que estar jodido. Estoy lleno de argucias retóricas aviesas y sé meter la viga en el ojo ajeno. Como los romanos, adopto siempre la mejor arma del adversario y la perfecciono. Me doy cuenta, por desgracia sólo a veces, de que bastante de lo que digo hace efecto, y no necesariamente buen efecto. Uno olvida a veces que es un ser humano y no necesariamente la peste bubónica o una piraña que come prejuicios y creencias. No tengo por qué quitarle la fe a nadie, ni mucho menos la confianza en el mundo en que vive y en las personas que lo rodean. Si se quitan algo de esto, que sean ellos mismos, no yo, los responsables. Después de todo, y por más que Larra escriba en un famoso artículo lo contrario, la Luna tiene también una cara hermosa que ofrecer (bueno, es un decir).

martes, 7 de diciembre de 2010

Repetidores

Son el colmo estos imbéciles de políticos; en la reunión de las Américas dicen que hay que potenciar la educación y aquí en España sólo piensan en joderla. Como siempre, importan más los hechos y sus resultados que sus palabritas y buenas intenciones; (Quid autem Rhetorica et Poetica non pervertunt? Qué habrá que no perviertan la Retórica o la poética? decía Francisco Sánchez, el Escéptico), y bien lo refleja el informe Pisa. España es el tercer país con más repetidores del mundo. Es cierto: eso de repetir los alumnos un curso o dos y los políticos y los cargos dirigentes veinte años seguidos o más es costumbre muy común, sobre todo en La Mancha, donde domina ese carácter tan típicamente manchego pintado por Cervantes...el del bachiller Sansón Carrasco, auténtico prototipo del ser manchego, que más que ser para la nada es la nada para todo, o lo que es lo mismo, del gilipollas incurable. Hasta uno mismo se sorprende haciendo de gilipollas, como este post. Da algo de asco ocuparse de tanto codicioso de ese pelaje, que sobrepone los intereses pecuniarios a los meros y quijotescos intereses comunes. Provienen de familias hambrientas de dinero y de cargos, herederos de la mediocre burguesía franquista, la más ruin e ignorante de Europa, que procede del estraperlo del Feoga o de los tenderillos con empleados sin contrato ni sindicato. Les gusta acumular cuenta corriente y tres o cuatro empleíllos que abastecen mal, de lo que ya se quejaba un ciudarrealeño anticorruptivo como el periodista Félix Mejía, aunque sea a costa de volverse repetidores. Su justificación, que siempre es autojustificación, porque no hay nadie que los justifique, nunca les falta. Esta gente lleva repitiendo en España desde el siglo XIX, quizá más; sólo debería enseñar a medrar, que de eso sí que saben; yo he visto preparar currículos más mentirosos que los de Roldán y baremos más hechos con la ley del embudo que en los tiempos del Paleolítico, en menos de lo que ahorra un político manchego; todo lo demás en ellos es mediocridad, adocenamiento, aldeanismo o gilipolleces. Estos vivillos debían darle a algún otro la oportunidad de equivocarse tan poco como ellos. Se los reconoce enseguida porque, o bien hablan mal de los sindicatos, o bien no invitan a café o sólo a su cohorte de chupamindas, lameculos y catarriberas para darles cuerda, o porque les encanta organizar actos para enseñar su jeta y repiten veinte mil veces que quieren ser maestros de ceremonias hasta que se lo conceden por aburrimiento. Si los espejitos mágicos se rompieran, se mirarían en las aguas tranquilas del váter o en la fuente Eunoe del Purgatorio del Dante, esa que borra todos los malos recuerdos. También porque sólo critican a los que mandan menos que ellos o no mandan y porque les gusta mandar. Por sus frutos los conoceréis. Con esto de los repetidores podría hacerse un articulito como el de Vuelva usted mañana, de Larra. Poirque también son auténticos repetidores de rumores y de chismes venenosos. Pero tampoco hace falta extenderse demasiado sobre ellos, porque no lo merecen. Los cargos debían ser elegidos directamente por todos y ser rotativos, no vitalicios, como lo son de hecho, que aun quieren hacerlos de derecho. Y debería tenerse en cuenta la dedicación completa, no la padrinitis y la cooptación entre coleguillas de compadreo y ninguneo Esta gente sólo entiende de dedocracia. Y no se pican nunca, porque el que se pica ajos come. Cuántas cosas se repiten en España: para empezar, la historia, la publicidad (a la que nunca jamás se les ocurrirá hacerle pagar un impuesto, como que los mismos políticos son creativos publicitarios), las series televisivas, los argumentos, los tópicos. Todo se repite en ellos menos el sueldo, que siempre es cada año más crecido que el anterior. Incluso se repiten las mentiras sobre eso de que se lo bajan. Debería ser menos blando, pero es que mi madre me enseñó buenas maneras y nunca me ha gustado salirme de madre. Lo de que mi madre se suicidara es otra cuestión, porque hay quien se suicida de pura buena educación, de puro asco.
Se me han agotado las pastillitas y hay que pedir las recetas; como es natural, nadie se ocupa en mi caso de ahorrarle al estado el dinero de las medicinas, ni siquiera mi médico, que tiene un gordo libro para eso, sino mi farmacéutico y yo, ya que el Vandral 150 que me recetaron posee denominaciones de origen mucho más baratas; la que consumo, Venlafaxina Stada, es el mismo principio con otro nombrecito y le ahorrará a los médicos de la SS o Seguridad Social un buen dinero. ¿Creen que me lo agradecerán, los políticos? Lo único que harán será gastar el dinero en imprimir una factura para que "seamos conscientes de lo que cuesta". Yo soy consciente, pero también de otras cositas: ¿cuánto cuesta imprimir la facturita? ¿Y cuánto cuesta, por ejemplo, la corrupción del estado, la de la administración autonómica y la de los municipios? ¿Cuánto cuesta la tardanza de la justicia, tan repetidora que ya se quejaba de ella Shakespeare? ¿No será que les viene bien a esos mismos políticos que se ríen de la separación de poderes y que no hacen otra cosa que repetir sus tropelías contra el pueblo que dicen (a los cuatro vientos televisivos) gobernar? ¿Por qué privatizan sólo lo que da beneficios? ¿Por qué dicen los políticos que "hay que concienciar a los ciudadanos" cuando ciudadano traducido al griego es político? No me extraña que el Plan Bolonia quiera quitar el griego de la universidad, cuanto más del bachillerato. Pero yo prefiero que me gobierne una asociación de vecinos, con su rotación suiza y su consabido gilipollas incorporado, a una asociación de vagos, maleantes y mangantes so especie de repetidor. Son la dictadura perfecta: si no quieres tiranía, entienden que es a un solo tirano y te hacen elegir otro. Pues, para eso, no votar, o hacerlo en Suiza. Qué más dará un Cánovas que un Sagasta.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Los amantes ideales

Los amantes de Teruel / tonta ella y tonto él. Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla, esperando que venza el plazo de la hipoteca eterna para llegar al orgasmo, o dos tontolitos como Romeo y Julieta, bebiéndose sus respectivos venenos a destiempo, como suele ocurrir desde que el mundo es mundo; muy irónico, Shakespeare; eso sí, para esta moderna época de desencanto y descreimiento, lo mismo dan Bonnie and Clyde que Hitler und Eva Braun, también con sus mutuos venenos y pistolas y su mutua obcecación de kamikazes enamorados. Dos tontos peligrosos a los que, después de haberlo perdido todo salvo su amor, no les importaba nada, ni antes ni después, ni siquiera el resto de los millones de muertos. La diferencia es que Clyde era un eyaculador precoz, como se refleja en la película (digo la versión sin censurar, no la franquista), y a Hitler le faltaba un testículo, como dicen los informes médicos. Qué poco romántico, ¿no? A Hitler le faltaba un par. ¿Es posible conmoverse con este tipo de amor o, por mejor decir, estupidez compartida? Y, sin embargo, todavía molan mazo pestiños como Titanic. Increíble.

Hola otra vez

Muchas cosas pasan en esas tan bajas alturas, incluso aeronáuticas, pero muy poca gana hay de explayarse y tricotar por escrito algo de lo que revuelve al país y me aburre a mí, que sólo entiendo algo, y poco, de sintaxis y librotes, por lo que no debe hacérseme ni el más mínimo caso cuando escribo de otras materias, sobre todo porque, si bien aparento ser serio, sólo sobrevivo a fuerza de amor y humor.

Hubo huelga dizque salvaje de controladores; a mí los únicos que me preocupan son los del gobierno, que quiere gobernarme desde tan lejos y enseñarme cómo se enseña desde tan lejos con la excusa de que algunos lo han votado (desde tan lejos). Yo trabajo para él, es cierto, pero también lo es que para gente que tengo muy cerca, y que pagan a esos remotos señores para que me paguen a mí a su vez. El gobierno debería ser sólo una normativa, no unos señores en los periódicos o una gilipollez con mala conciencia. Soy un asalariado más, pero esos tan lejanos y remotos y ruidosos dizque señores y señoras y hasta señoritos y señoritas están todo el rato machacándome los machos diciéndome qué pensar y qué decir, como si el cerebro del vulgar de los vulgares sobrase y no tuviera que hacer. Vociferan continuamente a través de sus unidireccionales medios de aplanamiento unidimensional y de homogeneización, paletización y futbolificación de masas, que por algo son masas y no tienen otra forma que la del poder que las vapulea y las cuece (y alguna vez quema); las masas son ahora más masas porque la educación que les estamos dando ya no es una educación, sino una preparación, como la de una masa o una receta de cocina para que se los coma el mercado. De nuestras manos no salen educados, sino pre-parados (y alguno pre-detenido y aun maleado). No hacemos hombres como los de Plutarco, sino endomingados especialistas en hipocresía social, acostumbrados a mentir tanto que llegan a no saber qué es la verdad, como un Pilatos o Zapatero cualquiera. (No hay diferencia entre un mentiroso como Zapatero y un sincero como Berlusconi). Entre mis alumnos veo a berlusconis, rajoys y zapateros; también a gente buena y despistada, en busca de su identidad. Incluso se mienten a ellos mismos pensando que son menos o que son más de lo que realmente son. A los que menos, pobrecillos, hay que procurar animarlos y darles algo de fe y llevarlos hasta su yo auténtico; pero con los que piensan ser más, nada hay que hacer, porque las leyes les protegen. Cuando veo a tantos adoptar esa forma, la forma del orgullo, que es todo forma, jeta enhiesta y cuello blanco de impoluta camisa de once varas (son muy pulcros por fuera, los que no sólo mandan, sino que les gusta), esperando bien infundadamente su no magra, sino tocina retribución y sus cargos por triplicado, como si fueran tres veces más de lo que son, o su jubilación dorada estilo BBVA, justificándose en que han creado riqueza y no especulación y pobreza (esta gente sólo ve lo que quiere ver, como los fantasmas y los vampiros que se miran al espejo), cuando los veo fraguar con su masa común de gente moliente y molida una piramidal efigie de salvapatrias politicastro con toda mediocridad y discursito elaborado por otro, si no me descojono, me descorazono y me encebollo y me quemo más y los mando al infierno a atormentar al mismísimo Satán, que debería huir despavorido de tan malas compañías. Dios me libre de esos redentores de sí mismos, que no de otros, que creen que no hay otro destino manifiesto que su ombligo impepinable e impepinado; en las caras de los demás ven sólo la suya propia. Qué se le va a hacer. Después de todo, el dinero es lo que se vende y les/los vende a todos ellos, e incluso a mí, por qué no.

Nos hipoteca un banco al estado para le hagamos el recado de enseñar a leer y escribir a sus futuros esclavos bozales; el Banco necesita prestarse/robarse a sí mismo, porque sólo los que manejan dinero líquido lo ganan; necesita gente que se deje engañar y le hagan los balances hasta que las máquinas estén preparadas para hacerlos sin necesidad de corromperse, porque no habrá otros códigos de moral que los de barras: las de la prisión de donde no se puede salir.

Las filtraciones de Wikileaks. Qué atinados informes los de los analistas estadounidenses; sólo hay que ver lo sensatos juicios que hacen sobre Rubalcalva , Mariguano o Pepito Bonito; qué bien calan los melones. Y Rajoy es un carallo rodaballo al que, cuando se incardine en el santo poder y le crezcan los ahora microscópicos enanos, pasará por lo mismo. Estos gallegos dan mucho la gaita en las incómodas cúspides del poder, porque son agudas y se clavan mucho en el culo. Recordemos a ese criminalito de guerra, Paquito el Paleto, al que tantos rosarios de garbanzos le han rezado. Cuán pocas veces se ha visto sepultado a un vampiro bajo una cruz tan grande como esa y esos cuatro evangelistas de granito apocalíptico, que más que evangelistas parecen los cuatro jinetes del Apocalipsis: muerte, hambre, peste y guerra. Las cuatro cosas que le debemos. Como un faraón rodeado de muertos en su pirámide. Su verdadera tumba fue la mullida cama donde murió y de donde no le echó ninguno de esos héroes de una democracia con la que hicieron lo que siempre han hecho, especular y medrar. En la cama de Franco había estado durmiendo la clase media más mediocre, choriza y sinvergüenza de Europa. Qué más nos dará ahora Cánovas que Sagasta; desde el XIX no se ha solido ni suele hablar de ese modesto y honrado (siempre se es honrado en los comienzos más que en los fines) Partido Demócrata del XIX, que siempre fue excluido de los trapicheos caciquiles de la Restauración. España nunca pudo sobreponerse a esa coalición de militares, curas, sátrapas y reyezuelos aprovechados que hizo la Restauración y que sigue malgobernando España contra la verdadera capacidad, contra la verdadera religión, contra el verdadero gobierno, contra el verdadero humanismo, el de la gente honesta y común y corriente, el treinta por ciento del cien, cada uno en su podrido cotarrillo regional de intereses anticolectivos, en su satrapía egomaniaca, envueltos en su red de chorifeos mamones chupamindas, lameculos bienparidos, catarriberas porculizantes y lavapalanganeros pilaticios. Sí, es cierto, habría que hablar de desprofesionalización de la política, de rotacionismo y de democracia directa; pero de eso es de lo que no quieren entender ni oír hablar, como que va contra la misma concepción de lo que es su gobierno y nosotros entendemos corrupción, no tal como ellos lo entienden: amiguetes, dinero y sordera hasta a sus mismas palabritas huecas, esas que llenan tantos periodicuchos donde siempre se lee lo mismo, porque sólo conocen un significado para todas sus palabras: dinero, y los dos únicos mandamientos de las leyes del mundo: "Los mandamientos del mundo / se resumen en dos: / quítate tú / que me ponga yo".

domingo, 5 de diciembre de 2010

Collectio SS. Patrum Ecclesiae Toletanae


Ya tengo al fin los dos tomos de los rarísimos Patres toletani, esto es, en título completo los SS. PP. Toletanorum quotquot extant opera nunc primum simul edita, ad codices mss. recognita, nonnullis notis illustrata, atque in duos tomos distributa por Francisco de Lorenzana, el ilustrado arzobispo de Toledo y primado de las Españas. Son el tomo primero, con la obra de Montano, San Eugenio y San Ildefonso, 1782, y el tercero, con la obra completa de Rodrigo Ximénez de Rada, impreso once años después, en plena república jacobina de 1793. De los tórculos del gran Joaquín Ibarra ha salido un primor, en cuarto de borde rubro y tinta negrísima, que no corre nada. Hay emendationes ope ingenii al texto de Eugenio e Ildefonso, aunque se señalan, no así las propias enmiendas del missellus Eugenius al Hexaemeron de Draconcio. Lorenzana advierte que el texto fundamental es el de Iacobus Sirmondus, esto es, el humanista jesuita del Renacimiento Jacques Sirmond, aunque nunc primum a nobis diligenter collata ad codicem Gothicum S. Ecclesiae Toletanae, vulgo de Azagra; ex quo variantes lectiones ad marginem adnotavimus, lacunas replevimus, versus aliquos, qui in Sirmondiana desiderantur, suo loco inservimus. La de San Ildefonso viene además con las obras dudosas y atribuidas, entre ellas catorce sermones, casi calcada por el tomo 87 de la PL de Migne. En cuanto a Ximénez de Rada, está impreso por los oficiales de la viuda de Ibarra, y aunque aún persiste la calidad de impresión, ya no está en papel de borde rubro. Tienen algunas comeduras de polilla pero el texto está entero. Los compré sobre todo por Eugenio, que es manchego, poeta y santo de mi devoción. El texto de Lorenzana no se puede encontrar íntegro en Google. Ya que en mi Instituto estamos preparando un libro sobre el vino, vienen a propósito estos hexámetros del maestro, recogidos de la "Opusculorum pars prima", p. 21-22:

Contra ebrietatem

Qui cupis esse bonus, et vis dignoscere verum,
ut mortis socium, sic mordax effuge vinum.
Nulla febris hominum maior, quam viteus humor
immodice sumptus: vincit lethale venenum,
sontior est igni, (1) viroso sontior angue.
Quantum vina nocent, non tamtum vipera laedit,
inde tremor membris, inde est oblivio mentis,
et gressus poplite nutans, et visio fallax.
Surdescunt aures, balbutit denique lingua
perdens eloquium, profundit semilatratum.
Dic mihi dic, ebrie, vivisne an morte gravaris?
Pallidus ecce iaces, (2) et nunc sine mente quiescis.
Aegra quies oculos lethali pondere clausit;
non bona, non mala, non dura, non mollia sentis.
Hoc tantum distas a fati sorte sepulto,
quod tenuis miseros subpungit anhelitus artus.

1. igne
2. ecce tine

Lecciones de urbanidad por parte de Joan Manuel Serrat


Cultive buenas maneras
para sus malos ejemplos,
si no quiere que sus pares
le señalen con el dedo.

Cubra sus bajos instintos
con una piel de cordero.
El hábito no hace al monje,
pero da el pego.

Muéstrese en público cordial,
atento, considerado,
cortés, cumplido, educado,
solícito y servicial.

Y cuando la cague, haga el favor
de engalanar la boñiga.
Que, admirado, el mundo diga:
"¡Qué lindo caga el señor!"

Hágame caso y tome ya
lecciones de urbanidad.

Tenga a mano una sonrisa
cuando atice el varapalo.
Reparta malas noticias
envueltas para regalo.

Dígale al mundo con flores
que va a arrasar el planeta.
Firme sentencias de muerte,
pero con buena letra.

Ponga por testigo a Dios
y mienta convincentemente.
Haga formar a la gente,
pero sin alzar la voz.

Que a simple vista no se ve
el charol de sus entrañas.
Las apariencias engañan
en beneficio de usted.

Hágame caso y tome ya
lecciones de urbanidad.

Cultive buenas maneras
donde esconder sus pecados.
Vista su mona de seda
y compruebe el resultado.

Que usted será lo que sea,
escoria de los mortales,
un perfecto desalmado,
pero con buenos modales.

Insulte con educación,
robe delicadamente,
asesine limpiamente
y time con distinción.

Calumnie, pero sin faltar,
traicione con elegancia,
perfume su repugnancia
con exquisita urbanidad...

martes, 30 de noviembre de 2010

Los trabajos de M.

M. era madrileño pero residía y tenía tierras en Ciudad Real con sus hijos, que nacieron aquí y fueron ingenieros y eruditos también. Sus hijos, en sus muchos viajes, le traían piezas para su colección arqueológica y libros. Entre otros estudios, dedicó algún tiempo a la iconografía romana. Por ejemplo, según él, el sistro, el canastillo de flores y el ibis representan a Egipto; las espigas a Alejandría; el hipopótamo y el cocodrilo, al Nilo (quizá por el Behemot y el Leviatán de Job); el caballo a Mauritania; el escorpión a África; el conejo a España; el broquel y la pica a Gran Bretaña; la lanza a Alemania; la serpiente o el timón y la proa a Asia; el monstruo marino a Sicilia; el cuerno de la abundancia a Italia; el Paladión a Roma; águila legionaria y montañas sobre que está sentada, la Dacia.

El primer editor científico del Lazarillo fue de Ciudad Real

Pues sí, quién lo iba a decir. Es una de tantas cosas como he ido averiguando revolviendo archivos, muchas de ellas de lamentar que nadie las dé a conocer. El individuo, del que sólo daré la sigla de su apellido, M., era un bibliófilo, arqueólogo y epigrafista de primer orden, respetado y venerado por los principales eruditos de su tiempo y después por Menéndez Pelayo, pero no llegó a atravesar los mediados del siglo XIX y falleció demasiado pronto. Sin embargo le debemos bastantes descubrimientos arqueológicos y la primera edición seria del Lazarillo de Tormes.

Era liberal, probablemente miembro del círculo de eruditos amigos de Gallardo, y tuvo algunos problemas con los sinvergüenzas de siempre; quizá algún día publique lo que sé de él (si me preguntan por qué no lo hago, contestaré que porque tengo que dar clases y corregir exámenes). Escribió además un importante ensayo sobre la historia de CiudadReal por petición de Sebastián Miñano y Bedoya para su Diccionario, pero Miñano, que sólo esperaba una notita, sacó sólo unos cuantos datos y no se lo devolvió, lamentablemente, de forma que se extravió y hoy está perdido. Hay algunos escritos suyos esparcidos por algunas revistas y archivos.

Arrea

Lo que faltaba: resulta que Yola Berrocal es de Ciudad Real.

Hakuna matata

Vino el asesor del CPR y, tras una nube de palabras, las cuatro gotas de lluvia que pudimos recoger fueron, la primera, que hay que ser prolífico con los papeles y la burocracia; la segunda, una expresión en swajili, hakuna matata, que significa "no hay preocupaciones", por lo que tampoco hay soluciones; la otra "no hay dinero" y la tercera "no hay que ser buen cristiano", entendiendo por tal aquel que carece de sano "egoísmo profesional" y sólo tiene malsano entusiasmo que ofrecer si no hay ningún dinero que ganar (por eso es un pagano profesional)... Ahora que lo pienso, quizá ese egoísmo profesional sea la causa de que "no haya dinero" y de que sí haya tantas facturas y comisiones de servicio y cargos de papeleo y asesores del CPR y "hakuna matata".

¡Yo quiero ser pagano!

sábado, 27 de noviembre de 2010

Educación en valores

Después de que el nihilismo y sus discípulos hayan arrasado, sólo queda en pie un valor, y es el del dinero. No me extraña que ahora queramos devaluarlo. Me río de los políticos que dicen que hay otros y que hay que educar a los críos en ellos; lo dirán para engañarnos mejor, porque el valor al que ellos obedecen es ese y, si no, que hablen sus hechos. Y, dicho esto, debo afirmar que no soy nihilista y que creo que, en efecto, hay valores... Pero el mayor es no hablar y dar ejemplo. Porque cuando hablan sube el pan, ese que ellos no amasan; qué bocacas son, Dios mío.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Hay gente que se convence más con sentimientos que con ideas


José Lázaro: "El librepensador puede cambiar de ideas, pero lo que hace el creyente es cambiar de secta"

No confundir cultura con preparación

Resulta curioso que este manchego aparentemente demócrata añore una época en que había popes culturales; le molesta que la inteligencia sea tan común, al pobre. Se nota que para él todo es cosa de amiguetes. Por lo demás, dice cosas bastante sensatas, si le quitamos su poquito de simpleza, gilipollez y de esnobismo:


César Antonio Molina, "La cultura sin cultura", El País, , 25/11/2010

Los males que acucian hoy a la cultura universal son el consumismo, su conversión en mercancía. El poder de la inteligencia ha sido sustituido por el de los medios de comunicación. Todo es espectáculo.

Cuando se acaba de leer La cultura-mundo, de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy (Anagrama 2010, traducción de Promoteo-Moya), la desazón es terrible. Y lo es no por lo que se cuenta, ya sabido, sino por la constatación documental y fehaciente de los males que acucian hoy a la cultura. No a la cultura de uno u otro país, sino a la cultura universal invadida por la industria y el consumismo y cada vez más ajena a su función secular de explicar y entender el mundo. Una cultura sometida a los gustos del público y destinada al éxito inmediato, al consumo como una mercancía más. El lector transformado en consumidor mientras, el creador, el escritor o el artista, en simple productor de servicios.

El desencanto de la vida intelectual es cada vez mayor, se nos dice. El valor de la cultura ha sufrido en las últimas décadas una depreciación irrecuperable, los grandes maestros han desaparecido (Foucault ya lo avisó), las grandes obras están solo en el pasado y un amplio sector de la vida intelectual se ha entregado al funcionariado universitario y a la comercialización. Hoy en día, la pérdida del peso que tenían las obras literarias, artísticas o filosóficas en la esfera pública es una triste realidad.

El poder de la inteligencia ha sido sustituido por el poder de los medios de comunicación que fabrican más celebridades que los círculos de eruditos e intelectuales. Celebridades que opinan desde su incultura como si fueran sabios. Hoy se escucha más a un cantante, a un deportista, o a una estrella del star-system que a un intelectual. Así lo explican los autores, Lipovetsky y Serroy: "Desacralización del mundo de las ideas, eclipse de los guías del espíritu humano, desaparición del poder intelectual". El consumidor no ha gozado jamás de tanta libertad y tanta oferta para consumir productos efímeros, y si antes la cultura proporcionaba conocimientos imperecederos, hoy día la "incertidumbre" y la "desorientación" son los sentimientos que invaden nuestro mundo democrático en una transformación de dimensiones jamás sospechadas: familia, identidad sexual, educación, moda, tecnologías, alimentación.

La cultura humanista está hoy abandonada por jóvenes entregados al becerro de oro de las redes de comunicación. Cualquier respuesta la obtienen -o creen obtenerla- allí, en el poder cada vez mayor de la información sobre el conocimiento. O, si se prefiere, en el poder cada vez mayor de la economía sobre la cultura. Las industrias de lo imaginario, del entretenimiento, se alzan sobre los valores del espíritu, la meditación, la reflexión. Lo útil sobre lo inútil. La cultura se convierte en industria, en la forma de un complejo mediático-comercial que es el motor del crecimiento de las naciones desarrolladas.

Las exportaciones de la industria cinematográfica, audiovisual, editorial, los beneficios derivados de la enseñanza de las grandes lenguas, producen hoy tantos ingresos como cualquier otra industria. Y esos beneficios también conllevan mutaciones en la cultura. Al prestigio se le opone la rentabilidad; a la reflexión, la facilidad. El peso económico en la cultura la distorsiona, la infantiliza, la empobrece. El mundo hipermoderno, tal como lo estudian estos dos autores, está organizado alrededor de cuatro polos estructuradores que configuran la fisonomía de los nuevos tiempos: hipercapitalismo, hipertecnificación, hiperindividualismo y el hiperconsumo. Es decir, la fuerza motriz de la globalización económica, la universalización técnica, la respuesta del individuo frente a la masificación y universalización y, finalmente, el hedonismo comercial como felicidad.

En medio de esta cultura sin fronteras se alza la sociedad universal de consumidores, cada vez más anónimos, más satisfechos, más alienados. La cultura va perdiendo batallas y también la política. De ello se deriva el escepticismo y desconfianza hacia los políticos, el descenso de la militancia y la confusión de las identidades ideológicas. Internet es un peligro para el vínculo social, añaden los autores de La cultura-mundo, en la medida en que, en el ciberespacio, los individuos se comunican continuamente, pero se ven cada vez menos. En esta era digital los individuos llevan una vida abstracta e informatizada, en vez de tener experiencias juntos quedan enclaustrados por las nuevas tecnologías.

Al mismo tiempo, mientras el cuerpo deja de ser el asidero real de la vida, se forma un universo descorporeizado, desensualizado, desrealizado: el de las pantallas y los contactos informáticos. Lipovetsky y Serroy, por cierto, con dos años de anticipación, resumían perfectamente la espeluznante película de David Fincher La red social, basada en la invención de Facebook, un fenómeno social tan revolucionario como inquietante.

Fue la Escuela de Fráncfort la primera que habló, hace más de medio siglo, de industria cultural, refiriéndose a la reproducibilidad de las obras de arte destinadas a un mercado de mayor consumo. Adorno y Horkheimer ya nos previnieron de los males de la cultura masificada, aunque no se imaginaron los extremos sin retorno a los que llegaríamos. Aquella alarma se ha convertido hoy en una gran amenaza y, cada vez más, la cultura revolucionaria de creación que desprecia el mercado está siendo devorada inmisericorde por la cultura industrial, menos exigente, más accesible, menos elitista, más divertida, evasiva y conformista.

En una civilización así, ¿qué queda de los ideales humanistas sobre los que se levantó la cultura occidental? ¿Qué clase de ser humano producirá esta nueva civilización? El homo sapiens se ha transformado en pantalicus, absorbido por la televisión, por las pantallas de los ordenadores. El mundo existe por las imágenes que aparecen en la pantalla y los individuos lo conocen tal como se deja ver. La televisión cambia el mundo: el mundo político, la publicidad, el ocio, el mundo de la cultura. Hoy no existe más que lo que se ve en televisión, lo que ve la masa, lo que todos comparten. Es el triunfo de la sociedad de la imagen y sus poderes.

Frente a la oralidad, frente a la escritura, frente al pensamiento, la imagen aparece como un tótem absoluto. Y, mientras tanto, los escritores, los intelectuales, los artistas negociando sus derechos de autor a través de los agentes -exactamente como en la industria del espectáculo- y empujándose para estar en las listas de los más vendidos, que ya no son por fuerza los mejores. Un libro vendido equivale a un votante. Éxito, superventas, récords, firmas masivas: lo que no se vende ya no puede ser bueno. Las obras de arte acaban en las subastas, en el mercado más escandaloso, vulgar. Todo es ya espectáculo. Los museos-espectáculo, elevados al rango de objeto turístico de masas, semejan tan solo hipermercados apenas más refinados. Los museos, antes lugares de recogimiento, son hoy espacios para el bullicio y el aturdido turismo cultural. Las obras de los museos no se contemplan, se consumen. Hay un dato interesante aportado en La cultura-mundo: según una encuesta, un visitante medio pasa entre 15 y 40 segundos mirando El rapto de las sabinas de David; entre cinco y nueve segundos, La gran odalisca de Ingres. ¿Cuántos ante Las meninas o El Guernica? Y ante esa visión relámpago ¿qué conocimiento obtendrán? Sin embargo, los museos hoy solo son relevantes por el merchandising adquirido en sus tiendas.

¿Cómo salvarnos? Estoy absolutamente de acuerdo con la solución que dan los dos filósofos: solo la educación está a la altura del problema. Pero escuela y universidad no funcionan. ¿Es aún una tarea posible? La cultura, como valor espiritual, según aprendimos de Valéry, está en vías de extinción, destronada por la industria, el consumo y la mal llamada cultura mediática. Hoy, la lectura, y lo sé por mi propia experiencia docente, no está entre las preferencias de los estudiantes, si bien en el ordenador no paran caóticamente de leer y escribir. El mismo desinterés cunde en otras actividades culturales antaño masivas: teatro, cine, conciertos de música clásica y recitales. Como Lipovetsky y Serroy comentan, el capitalismo y el placer consumista han derribado a la cultura literaria y artística del pedestal en que estaba: en ese espectro ambiental "lo insignificante tiene ya valor cultural" y las jerarquías que no hace mucho distinguían la cultura noble de la cultura de masas han desaparecido. Este es el mar de las tinieblas en que navegamos. Siempre habrá náufragos que mantengan la memoria del origen, siempre alguien se librará y cuando eso suceda, la verdadera cultura permanecerá como tabla de salvación. El libro de Lipovetsky y Serroy es una llamada de atención desesperada, una muestra nada exagerada de que nuestra civilización sufre una crisis de valores de grandes proporciones.