Uno, que es tan único como los de más, se reduce a unas cuantas operaciones mecánicas: dormir, respirar, comer, cagar, trabajar y cobrar. Pero además también se ha ido cinco días a hacer esas labores -aunque el gobierno quiera quitarnos algunas- un poco más lejos, en la Sierra de Cazorla, en compañía de ratas, ciervos, avispas, moscardones, zorros, toros y jabalíes. Además se ha llevado a su loro, a su perro, a su familia entera, inclusa la suegra, junto a unos cuñados que andaban por ahí y al noviete de su hija, que es prima. Había que andar con cuidado de noche en la casa rural, por miedo a pisar entre tinieblas alguna panza durmiente en la cocina o a despabilar a algún pariente coercitivo que no da de sí ni el ronquido. En fin, flotamos a mil metros de altura en aguas de piscina azul como los ojos de un Bécquer, cerca de un hermoso pueblo llamado Quesada, que relumbraba como una llaga joyosa bajo la luz cenital del crepúsculo. La carretera era un sendero de cabras flanqueado de olivares y, los últimos cinco kilómetros, de abismos de miedo. La vegetación ocultaba hasta las murallas de un castillo, pero la casa estaba bien aislada y provista hasta de Internet. La altura nos daba dolor de cabeza; más allá estaba El Chorro, lugar donde uno se podía beber de un trago todo el Guadalquivir, que nace allí. También había ermitas de anacoretas y yerbajos de brujo que habrían encantado al propio Harry Potter.
Hasta las moscas duermen la siesta al mediodía en Andalucía, tras el cocido, por pura supervivencia; el sol te cae encima a esas horas de forma tan inclemente que hay que esconderse para no ser desollado. Es un asesino en serie, que mata con preferencia a viejos gordos o deshidratados como la mojama. Hay que verlo para creerlo.
Me aturde la famosa periodista Isabel Martínez Reverte, que intenta localizar a Daniel Eisenberg, porque está preparando un artículo para Abc sobre la famosa edición pirata de los Sonetos del amor oscuro. Yo le digo que está en la cárcel por unas cosillas y que no dejan ni al rabino que lo visite ni que se acerque a un ordenador a menos de cien metros; hasta para escribir le han dejado una máquina mecánica que, encima, es transparente, para ver si dentro lleva contrabando; lo sueltan en noviembre y le doy la dirección del penal de Nueva York donde tiene su oficina junto a cincuenta hermanitas de la caridad, advirtiéndole que se apresure antes de que le den mulé y que ponga remite, pues si no la censura no deja pasar ninguna carta. Luego me entero a través de amigos comunes de que le ha llegado la carta y que el artículo saldrá a fines de septiembre. Eso espero. Yo creo que el famoso amante albaceteño de Lorca estaba en el círculo de otro manchego también artista y amigo del poeta granadino, Gabriel García Maroto, que ya había estado en México. Por eso ambos amantes querían irse allí. Seguramente García Maroto sabía más de esa relación que ningún otro. Hasta los dibujos de Lorca notan un sensible parecido, quier que influencia, con los de Maroto. Maroto fue el que pagó e imprimió el segundo libro de Lorca, el Libro de poemas de 1921 (continuará)
martes, 14 de agosto de 2012
sábado, 4 de agosto de 2012
Marilyn Monroe, mártir.
Hace cincuenta años, en 1962, murió MM un mes después que yo naciera y más o menos cuando se imprimía La naranja mecánica de Anthony Burgess. Tanto como se ha dicho y apenas que era buena, tierna, generosa: una criatura benigna en un mundo maligno, algo que en su tiempo nadie supo ver salvo su exmarido y albacea, el beisbolista Joe di Maggio. Sabemos que fue desgraciada, muy bella, de ideas avanzadas, ignorante a su pesar, pero muy inteligente... y todo un talento, o más bien, una fuerza de la naturaleza como actriz: según Lee Strasberg, cuya opinión valía algo y aún sigue valiendo, sólo ella y Brando destacaban en el Actor's Studio. Ha sido muy analizada su mitificación, sus relaciones de pareja con destacados personajes de su tiempo, pero pocos conocen que siempre quiso tener hijos y una particularidad ginecológica se lo impidió; que fue violada a los nueve años, que su madre fue una maniacodepresiva grave y que nunca pudo tener una infancia normal, dada en acogida de casa en casa, siempre en familias humildes sin apenas nada que llevarse a la boca. Y, sin embargo, pese a esas condicionantes, fue la persona menos rencorosa del mundo y nadie ha podido referir de ella ni un solo gesto de maldad consciente o inconsciente, y sí en todo caso una gran pulsión y deseo por ser feliz o, más bien, hacer felices a los demás, a pesar del trastorno que generaron en ella sus genes nerviosos y su educación disruptiva. Es lo que siempre deseó: anular su yo para ser para los demás la otra que había imaginado y habría de enterrarla. En sus memorias queda patente ese deseo de autosacrificio y autonacimiento. De ahí su gran talento como actriz, de ahí también su supuesto suicidio/muerte, de ahí el unánime desprecio que suscitó entre los amantes y consumidores fogosos de su cuerpo quemado por dentro, que no pudieron soportar su tremenda patología border-line más de lo que lo soporta una mariposa abrasada en la llama de la vela a la que se acerca. Tengo para mí que no quiso morir, sino cambiar un mundo por otro mejor y sencillamente se apagó como una vela: la Fénix logró morir. Era muy tentador dormirse cada vez más profundamente para no levantarse otra vez y darse en pedazos a un escenario tan cruel y fatigoso como este; de manera que se durmió una vez tan profundamente en su rectángulo de technicolor que no despertó ni siquiera a los flechazos de los fotógrafos de su noche eterna. La mitificación (163 millones de entradas cuenta Google sobre ella) que sufrió después se debe a que en ella la forma se ha unido al contenido: por una vez en la historia, la cara, el cuerpo, fue el espejo del alma. MM resulta así ser un objeto tan puro, denso y cristalizado como un diamante; aunque ser un diamante, así lo muestra su caso, no es lo mejor para una chica, muy al contrario de lo que cantaba.
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viernes, 3 de agosto de 2012
Faulkner
Rodrigo Fresán, "Cincuenta años sin William Faulkner", en Abc Cultural 01/06/2012:
«Entre el whisky y la nada, me quedo con el whisky», dijo. Pero se quedó con la literatura. Medio siglo después de su muerte, William Faulkner, amado y odiado, resiste. ¿Cómo empezar? ¿Por dónde? Tal vez a la manera de cualquiera de esas muchas biopics que prefieren arrancar por el final. Y allá va y aquí viene hacia nosotros William Cuthbert Faulkner, nacido como Falkner y «corregido» para la Historia por el acierto de una errata en su hoja de enrolamiento de la Royal Flying Corps. Acercándose al galope –con sesenta y cuatro años, hace medio siglo– y montando un caballo que, de pronto y sin aviso, lo arroja por última vez sobre un camino de tierra del Mississippi. Y de ahí –ya nunca repuesto del todo– a un lecho de hospital y a un fulminante ataque cardiaco el 6 de julio de 1962.
O mejor con un abanico de fotos –acaso extraídas de la monumental biografía que le erigió Joseph Blotner– que lo muestran, por orden cronológico: nacido en 1897 como hijo de ese profundo Sur «que solo pueden entender los que nacieron allí»; como estudiante perezoso y lento; como aviador que se queda sin guerra donde volar; como poeta frustrado que se resigna a la prosa; como escritor más secreto que olvidado al que Sherwood Anderson ayuda a debutar con la condición de no tener que leer su manuscrito; como guionista ebrio («Entre el whisky y la nada, me quedo con el whisky», sonríe a cámara) languideciendo en Hollywood, poniendo frases en boca de Humphrey Bogart en Tener y no tener y El sueño eterno y preguntándole a Howard Hawks si puede hacer hablar al monarca egipcio de Tierra de faraones «como si fuese un coronel de Kentucky»; como figura de culto en Europa donde Sartre afirma que, para los jóvenes de Francia, «Faulkner c’est un dieu» y donde Albert Camus celebra «su calor y su polvo»; como estrella descatalogada y redescubierta para los suyos con la edición de la antológica antología The Portable Faulkner que ordena en 1946 al genio con genio cortesía de Malcolm Cowley; como ese hombre que prefiere considerarse más granjero que escritor y que pronuncia uno de los más breves e intensos y mejores discursos de aceptación del Nobel.
Vender sin venderse
Quizás mejor estudiar a fondo ese mapa del imaginado pero verdadero condado de Yoknapatawpha de puño y trazo y letras de su creador, así como los frondosos árboles dinásticos de los Snopes, de los Compson, de los Sartoris y de los Sutpen.
O, sin más demora, ir directo a la obra. Veintiuna novelas, tres libros de cuentos, dos de poemas y numerosas recopilaciones póstumas. Arrancar con las más «fáciles» La paga de los soldados, Mosquitos (donde aparece un borracho de nombre William Faulkner que no deja de mirar fijo a toda mujer que pasa por ahí) o Pilón. O adentrarse en esa tormenta noir escrita –en tres semanas frenéticas– para vender, sin por eso venderse, que es Santuario. O mojarse los pies en relatos cortos y amplios como «Una rosa para Emily» o «El oso».
O, seamos valientes, respirar profundo y zambullirse en el riada de ¡Absalón, Absalón! –publicada el mismo año que otra alucinación sureña: Lo que el viento se llevó, que se hizo con el Pulitzer– y en su primera oración de doce líneas, que incluye paréntesis y guiones, para llegar a la otra orilla, felizmente extenuados, cambiados para siempre, descubriendo maravillados que hemos aprendido a respirar y a leer bajo del agua.
«Si pudiese volver a escribir mi obra lo haría mucho mejor», reconoció
¿Y de dónde viene Faulkner, alguien que, según Italo Calvino, «pone toda la carne en el asador y monta tragedias cósmicas que ríase usted de Sófocles»? Hoy está asumido que –considerado Faulkner como uno de los tres ángulos sobre los que se apoya toda la literatura Made in USA del siglo XX– la cosa se organiza más o menos así: Hemingway sale de Twain, Scott Fitzgerald se apoya en Hawthorne y en Henry James, y Faulkner surge de Melville pero, enseguida, agrega más ingredientes al espeso potaje. Receta que se cuece a fuego lento y que desglosó J. M. Coetzee, quien considera a Faulkner «uno de los innovadores más radicales en la historia de las letras estadounidenses». A saber: «Swinburne y Housman y tres novelistas que dieron vida a mundos imaginarios lo suficientemente vívidos y coherentes como para suplantar al real: Balzac, Dickens y Conrad. Añádase a lo anterior una familiaridad con las cadencias del Viejo Testamento, Shakespeare y Moby Dick, y, pocos años después, un veloz estudio de sus mayores y contemporáneos como T. S. Eliot y James Joyce, y el joven Bill Faulkner ya estaba listo y armado». Y, me parece, Coetzee olvida a Proust y sus digresiones flotando a través de años y espacios. «¡Era esto!», exclama Faulkner al leer al francés y descubrir «el libro que más me hubiera gustado escribir».
Pasiones tras las cortinas
Enseguida –y eso es lo que diferencia a los inmensos de los apenas grandes– todas las posibles influencias se funden en algo único y original. Y gótico sureño: dinastías en caída, libre flujo de conciencia, tiempo suspendido, ardiente bourbon marca Old Crow y embriagante perfume de glicinas, cortinas corridas y pasiones desatadas, silencios profundos y arengas inflamables, blancos y negros; y todo eso, hasta el fin de todas las cosas de ese mundo.
«Difícilmente podrá culparse al crítico si algún imperativo categórico que aún persiste en la condición humana (incluso en nuestros días) le obliga a situar a esta obra en un lugar elevado entre las obras mediocres», concluyó en 1930 del suplemento de libros de The New York Times refiriéndose a Mientras agonizo. «La novela más consistentemente aburrida de la última década», dictaminó The New Yorker sobre ¡Absalón, Absalón!
Sin su influencia no habría habido novela moderna en Iberoamérica
Posiblemente –aunque más de uno lo piense– nadie se atrevería hoy a poner algo así por escrito. Pero también es cierto que el trato que se continúa dando a Faulkner es siempre ambiguo. Faulkner es materia volátil, sustancia que no debe agitarse demasiado antes de su uso, virus altamente contagioso. Se reconoce su grandeza pero, siempre, con cautas contraindicaciones y posibles efecto residuales. Así, es bien conocida su respuesta en la entrevista de The Paris Review de 1956 donde –aunque ya nobelizado y supuestamente incuestionable– todavía se le pide una sugerencia para aquellos «que no entienden lo que escribe incluso después de leerlo dos o tres veces». Faulkner recomienda: «Que lo lean cuatro veces».
La percepción de Faulkner –quien, más allá de esconderse mal tras la transparente máscara de un ignorante, lo leía todo y hasta tuvo tiempo de dedicar un elogio a Salinger– entre sus colegas titanes fue, en principio, variada. Nabokov lo reduce a «imposibles estruendos bíblicos». Thomas Mann, leyendo Una fábula, la encuentra «un poco barata y fácil», pero destaca su conocimiento de la vida militar. Borges –quien lo traduce y lo alaba en público– firma en 1937 una reseña que abre calificándolo de «aparición tremenda» y cierra con un «¡Absalón, Absalón! es equiparable a El ruido y la furia. No sé de un elogio mayor» –en privado y para oídos de Bioy, desdeña su «acumulación de atrocidades» e ironiza finalmente con un: «Si el carácter shakesperiano fuera la mayor excelencia literaria, Faulkner sería el más grande escritor de nuestros días». Y Burguess advirtió que «rimbombante y difícil como es, Faulkner justifica el esfuerzo».
Un «beatnik» más
Más crueles –cabía esperarlo, por el reflejo casi automático de matar al padre– fueron sus inmediatos descendientes nacidos en la misma y sureña patria chica. Carson McCullers –a quien Faulkner llamaría «mi hija»– juntaría coraje con un: «Tengo más cosas que decir que Hemingway y, Dios lo sabe, lo digo mejor que Faulkner». Flannery O’Connor –Faulkner alabó su Sangre sabia– confesó: «Ni intento acercarme a él para que mi pequeño bote no se empantane». Katherine Ann Porter lo describió como «un viejo gallo de pelea que ya cansa con esa postura de anti-intelectual y anti-literato».
William Styron –quien cubrió el funeral del maestro como «una muerte que nos disminuye»– aseguró que «Faulkner no ayuda lo suficiente al lector. Estoy a favor de su complejidad pero no de su confusión… Triunfa a pesar de sí mismo en El ruido y la furia, pero es demasiado intenso durante demasiado tiempo». Eudora Welty: «Es como una gran montaña en tu vecindario. Es bueno saber que está ahí, pero no te ayuda en nada con tu trabajo». Y Truman Capote –quien admitió que Luz en agosto era una obra sin par– dijo no ser un gran admirador suyo porque «es imprudente, muy confuso, y no tiene control alguno sobre lo que hace», para después lanzar risitas revelando la afición a las ninfas del viejo jinete.
«¡Era esto!», exclamó Faulkner al leer al francés a Proust
Menos problemas tuvieron con él los que vinieron después y siguieron su estela. ¿Posibles nombres de sureños o no, pero todos tejedores de frases largas y sinuosas? Malcolm Lowry, William Goyen, Harold Brodkey, Barry Hannah, Allan Gurganus, James Dickey, Robert Penn Warren, Jayne Anne Phillips, Cormac McCarthy, Walter Percy, Denis Johnson, Rick Moody, David Foster Wallace, Brad Watson. Y, también, destellos de Faulkner en el movimiento perpetuo de los beatniks («el único hombre vivo que escribe realmente como nosotros es Faulkner», le escribe Allen Ginsberg a Jack Kerouac), y en las canciones pantanosas de REM y de Jim White, y en los relámpagos de Bob Dylan, quien, en 1964, viajó a Oxford, Mississippi, para ver a Faulkner y, aunque no lo encontró, regresó de ese viaje electrizado.
«Nunca llegaré a conocerlo»
Nadie vuelve a ser el que era después de Faulkner. Así, el muy faulkneriano Rushdie certifica su influencia en la India y en África. Y, por supuesto, en nuestro idioma. En Latinoamérica (para García Márquez, El villorrio es «la mejor novela suramericana jamás escrita»). Y en España, donde Juan Benet lo abrazó con: «Es el escritor que más he admirado, el que más he leído, es una constante en mi vida, me ha influido como el cielo que me ha visto nacer o como el mismo lenguaje… No dejaré de leerlo nunca, para mi propio estímulo, en los años que me queden de vida. Y por eso nunca llegaré a conocerlo»; Javier Marías considera que «cualquiera que tenga curiosidad por la novela del siglo XX en cualquier idioma tiene la obligación de leer a William Faulkner»); y otros paladines como Muñoz Molina, Gándara y Guelbenzu se suman a la fiesta.
Faulkner llega pronto a nosotros. Comienza a traducirse ya a principios de los años 30 (lo primero es el relato «Todos los pilotos muertos» en Revista de Occidente, y enseguida Santuario en versión del cubano Lino Novás Calvo, autor de Pedro Blanco, el Negrero) y puede entendérselo como un autor más del boom o, mejor, como el autor del boom. Así, Comala y Macondo y Piura y Santa María como suburbios de Yoknapatawpha.
«Que me lean cuatro veces», les recomendó el escritor a sus detractores
La prosa y la técnica y la temática encienden la mecha del big bang y dan el disparo de salida en las carreras de Gabriel García Márquez («Ahora sé que solo la técnica de Faulkner me permitió a mí escribir lo que veía»), Mario Vargas Llosa («Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina») y Carlos Fuentes («Faulkner reúne todos los tiempos de sus personajes en el presente narrativo»), así como en figuras satelitales como Cabrera Infante, Sábato, Rulfo, Carpentier, Saer, Roa Bastos («Todos pasamos por la casa de Faulkner») y Reynaldo Arenas: «Todo el tiempo leyendo y releyendo a Faulkner». Y, muy especialmente, en Juan Carlos Onetti, quien, escribiendo la necrológica del que consideraba su maestro, empezaba a evocarlo así: «Estuvo toda su vida inmerso como nadie en la literatura, aún desde los años en que ni siquiera soñaba con escribir». Por esos días, un joven Ricardo Piglia leía a Faulkner con la misma fe con que Faulkner leyó el Ulises: «La lectura de Faulkner es uno de los grandes acontecimientos de mi vida».
Y desde ahí, de nuevo, al principio de Faulkner como tercer ángulo de una tríada de reyes magos compuesta también por Fitzgerald (y su escritura «con la autoridad del fracaso») y Hemingway (defensor al ataque de eso de la «gracia bajo presión»). ¿Quién es el mejor de ellos? Fitzgerald admiraba a Faulkner y su «país grotesco y pintoresco» desde la prudente distancia de otro estilo, intereses y latitud; pero Hemingway –insufrible maniático perseguidor que sufría de manía persecutoria– siempre lo consideró rival peligroso, pensaba que Faulkner era el mejor cuando se emborrachaba, y lo «desafió» en numerosas ocasiones, llegando a burlarse de su condado de «Octanawhoopoo» o «Anomatopeio». «Todo lo que se necesita para escribir como él lo hace es un cuarto de whisky, el suelo de un granero y un total desprecio por la sintaxis», apuntó.
Fue Richard Ford –otro caballero sureño– quien, en 1983, celebró a los tres colosos, repartió elogios, y se arriesgó a un «Faulkner, por supuesto, fue el mejor de los tres y el mejor que haya escrito ficción norteamericana en el siglo XX».
Recipiente de los dioses
Para decirlo en palabras del propio Faulkner cerca de sus cincuenta años, y en un raro rapto de orgullo: «Ahora soy conciente por primera vez del asombroso don que me fue conferido: sin ninguna educación formal y sin haber contado con personas educadas y mucho menos interesadas por la literatura, a pesar de ello, llegué hasta donde me encuentro hoy. No tengo idea de dónde me vino esa capacidad o qué dios o dioses me escogieron para ser su recipiente».
¿Cómo finalizar? Para terminar, lo que mejor toca y corresponde es despedirse por un rato de Faulkner (y no esperar hasta la próxima efeméride redonda) con sus propios dichos, que, además de ingeniosos y certeros, hacen de él un gran ejemplo, una figura inimitable, una cima inalcanzable pero que, aún así, digan lo que digan sus compañeros, puede enseñarnos tantas cosas.
«¿La inspiración? He oído hablar de ella, pero no la he visto nunca», dijo
Pensemos entonces en Faulkner –quien nunca dejó de construir su propio universo, aunque pareciera tener al universo de los otros en su contra; alguien que jamás leyó a Freud por considerarlo innecesario y «porque tampoco lo leyó Shakespeare», pero que no dejaba pasar año sin volver al Quijote– y que recomendó: «Lee, lee, lee. Lee de todo: basura, clásicos, a los buenos y a los malos, hasta ver cómo es que lo hicieron. ¡Lee! Acabarás absorbiéndolo. Y entonces, escribe».
Faulkner como el sintetizador de la fórmula secreta, fácil de teorizar y difícil de poner en práctica de su oficio, con un «99 por ciento de talento... 99 por ciento de disciplina... 99 por ciento de trabajo… ¿La inspiración? No sé nada sobre la inspiración. Porque no sé qué es; he oído hablar de ella pero no la he visto nunca… El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo».
El buitre y el lobo
Faulkner entendía la literatura como algo «equiparable a lo que hace una cerilla en el centro de la noche y en mitad del campo», que nos hace conscientes de la oscuridad que nos rodea. Ya cerca del final, admitía que «si pudiese volver a escribir mi obra lo haría mucho mejor, y ese el mejor estado en el que puede hallarse un artista».
Faulkner como aquel que deseaba reencarnarse en un buitre porque «nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo desea, ni lo necesita; jamás lo molestan y nunca está en peligro; además, le mete el diente a cualquier cosa»; como aquel que recomendaba aullar a solas porque «los escritores que necesitan juntarse recuerdan a esos lobos que solo son lobos cuando van en manada, pero a solas, no son más que otro perro del montón».
Hemingway se burlaba de su condado de Octanawhoopoo Anomatopeio
Al final, cuando todo estuviera consumado, su único deseo era el objetivo último de un epitafio donde se resumiera «la historia de mi vida como Escribió libros y murió». Y –mientras no agoniza, mientras sobrevive en la creencia de que, como le explicó el 10 de diciembre de 1950 a un efímero rey sueco, el hombre prevalecerá– recordarlo siempre, no olvidarlo jamás, escribirlo en el reverso de una postal y pegarle ese sello de veintidós centavos que lleva su rostro: «El pasado nunca muere. Ni siquiera ha pasado».
Y –como apuntó al final de su genealogía sobre los Compson–, todo viene de y va a dar a un verbo inglés que bien puede ser, también, en tiempos en los que cada vez cuesta más concentrarse en algo que supere los ciento cuarenta caracteres, una última pero definitiva instrucción para esos lectores fáciles a los que él siempre se les hizo difícil: endure. O sea: resistir, aguantar, soportar, durar, permanecer. Como Faulkner.
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Las Olimpiadas de la Idiotez
Hay quien dice que el deporte, esa supervivencia decimonónica del darwinismo, sublima la guerra, esto es, mejora la más antigua de las relaciones internacionales, forma extrema de maléfica anomia y disensión, y crea cohesión social. Adecenta un salvajismo, pero a mí no me parece sino un rito semejante al de los ciervos que se parten los cuernos sólo para dirimir quién es el macho alfa. Una forma de definir al hombre como una especie jerárquica que habita en rebaños o equipos llamados ciudades. Y, ¿por encima del deporte, de sus cuerpos danone y almas light, qué hay, que habrá? ¿La máquina, el cyborg, la eugenesia, el rediseño genético, la supervivencia del más vendedor de camisetas, el transhumanismo, las drogas, los Juegos reunidos Geyper? No es extraño que Heráclito el Oscuro dijera que la guerra es padre de todo, porque ese Todo no tiene madre y es hijoputa; dramático y dialéctico que era, el muy efesio; veía que de la paz no salía nada de nada, que es fin y no principio. Que la paz es impotencia estéril. "Nada nace de la nada, nada vuelve a la nada", Lucrecio dixit, reformulando a algunos presocráticos. Más que la guerra, Heráclito podría haber sido Goethe y haber dicho "la acción".
Pero el deporte tal como lo consideran las sociedades en la actualidad me parece algo tan dañoso como el patriotismo, el nacionalismo y todas esas mascarillas de identidad que intentan vendernos a los que solamente somos hombres vulgares y corrientes que nacemos iguales y en pelotas antes de heredar tanta mentirijilla cultural y aldeana y tanta pintura y ropa puesta. ¿Qué reporta, aporta o comporta el que deporta? ¿Y qué importa? Hacen del deporte un negocio, una vida entera, una profesión para inútiles, un sacerdocio, un destino estéril que no hace al hombre, por más que digan, más hombre de lo que es, sino sólo un espectáculo. Se pretende que da al cuerpo salud, pero muchos deportistas terminan enfermos por abusar de su cuerpo o llegan a abusar de las drogas con ese pretexto; nunca se alcanza el famoso estado de forma perfecto, así que en realidad constituye una de las formas más famosas de perder el tiempo y perder el alma a cambio de ganar cuerpo y, para algunos, constituye una adicción o una forma de evitar usar la cabeza o pensar sobre el entorno cercano o lejano de gente que no quiere vencer a otra cosa que a sus problemas, nada deportivos, en general; el deporte exime de leer, de fundar familias o empresas o de investigar; a veces es incluso un mero esnobismo de camiseta, zapatilla y pin, como las dietas milagro, un pretexto para hacer negocio en el tercer mundo. Los y las habitantes de los gimnasios no suelen ser personitas agradables ni de clase baja. Una vida consagrada solamente al deporte parece una vida malgastada y plana. En uno de los Diálogos de los muertos de Luciano de Samosata, Hermes va apartando de la barca de Caronte a los muertos demasiado pesados que pueden hacer zozobrar el misérrimo navío; los ricos porque vienen cargados de oro, propiedades y hasta la gigantesca tumba que les construyen; los tiranos de soberbia y de crímenes; los soldados de armas y jactancia, los filósofos de barbas, mentiras y pensamientos intrincados y ridículos... y los deportistas, que aparentan estar en cueros, también están cargados de trofeos, de músculos y carnes, de drogas, de aclamaciones y de vanidad. Solamente los cínicos pueden pasar, porque traen buen humor y ligereza, todas ellas cosas poco pesadas y útiles para el viaje. ¿Y para qué es útil el deporte? Por ejemplo, el fútbol, uno que consiste fundamentalmente en dar patadas para elucidar algo tan imbécil que igual podría decirlo una bola de cuero como otra de cristal. El deporte es sólo un aspecto más del gran Nihilismo de estos tiempos: una forma de alienar o cosificar al ser humano, de reificarlo, de darle un sentido falso a una vida que se contempla como falta de sentido. Y el deporte no es una respuesta válida, o tanto como esa olimpiada de la idiotez, congreso anual de bobos provinciales del 31 de junio, llamada Pandorga.
Pero el deporte tal como lo consideran las sociedades en la actualidad me parece algo tan dañoso como el patriotismo, el nacionalismo y todas esas mascarillas de identidad que intentan vendernos a los que solamente somos hombres vulgares y corrientes que nacemos iguales y en pelotas antes de heredar tanta mentirijilla cultural y aldeana y tanta pintura y ropa puesta. ¿Qué reporta, aporta o comporta el que deporta? ¿Y qué importa? Hacen del deporte un negocio, una vida entera, una profesión para inútiles, un sacerdocio, un destino estéril que no hace al hombre, por más que digan, más hombre de lo que es, sino sólo un espectáculo. Se pretende que da al cuerpo salud, pero muchos deportistas terminan enfermos por abusar de su cuerpo o llegan a abusar de las drogas con ese pretexto; nunca se alcanza el famoso estado de forma perfecto, así que en realidad constituye una de las formas más famosas de perder el tiempo y perder el alma a cambio de ganar cuerpo y, para algunos, constituye una adicción o una forma de evitar usar la cabeza o pensar sobre el entorno cercano o lejano de gente que no quiere vencer a otra cosa que a sus problemas, nada deportivos, en general; el deporte exime de leer, de fundar familias o empresas o de investigar; a veces es incluso un mero esnobismo de camiseta, zapatilla y pin, como las dietas milagro, un pretexto para hacer negocio en el tercer mundo. Los y las habitantes de los gimnasios no suelen ser personitas agradables ni de clase baja. Una vida consagrada solamente al deporte parece una vida malgastada y plana. En uno de los Diálogos de los muertos de Luciano de Samosata, Hermes va apartando de la barca de Caronte a los muertos demasiado pesados que pueden hacer zozobrar el misérrimo navío; los ricos porque vienen cargados de oro, propiedades y hasta la gigantesca tumba que les construyen; los tiranos de soberbia y de crímenes; los soldados de armas y jactancia, los filósofos de barbas, mentiras y pensamientos intrincados y ridículos... y los deportistas, que aparentan estar en cueros, también están cargados de trofeos, de músculos y carnes, de drogas, de aclamaciones y de vanidad. Solamente los cínicos pueden pasar, porque traen buen humor y ligereza, todas ellas cosas poco pesadas y útiles para el viaje. ¿Y para qué es útil el deporte? Por ejemplo, el fútbol, uno que consiste fundamentalmente en dar patadas para elucidar algo tan imbécil que igual podría decirlo una bola de cuero como otra de cristal. El deporte es sólo un aspecto más del gran Nihilismo de estos tiempos: una forma de alienar o cosificar al ser humano, de reificarlo, de darle un sentido falso a una vida que se contempla como falta de sentido. Y el deporte no es una respuesta válida, o tanto como esa olimpiada de la idiotez, congreso anual de bobos provinciales del 31 de junio, llamada Pandorga.
domingo, 29 de julio de 2012
El neurólogo que se transformó en un personaje de videojuego
Especulo con qué le haya podido pasar a ese espécimen llamado James Holmes para que le haga feliz ir por ahí matando gente bajo una careta y vestido como un soldadito de juguete en vez de desmenuzar sistemas nerviosos de manera más constructiva. Por demás, la escena no recuerda tanto a la de la película del quiróptero como al comienzo de Scream II, como todo cinéfilo apercibirá al momento. Lo puedo explicar así: ha sido alienado y deshumanizado por la "sociedad" norteamericana hasta que la soledad ha completado su trabajo de cosificación y lo ha transformado en un personaje de videojuego, una ficción plana o de primer grado, de maniqueos y elementales sentimientos, si es que se le pueden llamar así y no pulsiones. Un malo de historieta o de película mala. Ha bastado un simple aislamiento y un fracaso en un examen para que el producto estuviera listo y acabado, hasta en su apariencia física, que evoca con su violento color anaranjado en el pelo ese personaje monocromo y esquemático la línea clara que ha dejado atrás la complejidad de lo humano y los matices del alma por la superioridad de lo simplote. Incluso resulta simbólico que abrir la puerta de su casa, de su interior, de su vacío existencial pudiera provocar una explosión dañosa para los demás.
Ahora, desde la puerta de su celda, Holmes escupe a los guardas para entretenerse y estos se ponen otra careta para defenderse de las salpicaduras.
Ahora, desde la puerta de su celda, Holmes escupe a los guardas para entretenerse y estos se ponen otra careta para defenderse de las salpicaduras.
Cine, teatro, series.
Parece ser, amigos y amigas, por lo que voy leyendo por ahí, que el Prometheus de Ridley Scott no defrauda. Espero verlo el tres de agosto. En el canal digital clásico de la Metro he disfrutado muchísimo Two for the seesaw (1962), que horrorosamente reformularon como Cualquier día en cualquier esquina, de Robert Wise, con unas interpretaciones memorables de Robert Mitchum y Shirley McLaine. Se le nota el origen teatral, una pieza bien dialogada de William Gibson, (no el novelista friki, sino el dramaturgo autor de otras memorables como El milagro de Ana Sullivan) Ha sido todo un descubrimiento, una película que trata solamente sobre una relación amorosa honesta y sincera entre dos personas realmente humanas y zarandeadas por la vida, que no se engañan por nada y se analizan cruda, dura y visceralmente, pero con algo más que amor, inteligencia y comprensión. Una película para maduros y maduras, en blanco y negro, con una penetración muy parecida a la de Bergman antes de sus sañudas disecciones de parejas burguesas de fin de siglo.
En Almagro he visto En la vida todo es verdad y todo es mentira, de Pedro Calderón de la Barca, por el Centro Dramático Nacional. Una obra de las mejores suyas, con los típicos conflictos edípicos de Calderón llevados a su paroxismo en el desquiciamiento del emperador bizantino Phocas, al que le es imposible distinguir apariencia y realidad, no sólo en el plano filosófico del desengaño barroco, sino en lo que toca a su hijo y heredero del hijo de su enemigo y futuro vengador, verdadero nudo de la obra: ¿Heraclio o Leonido? Ni siquiera el mago Lisipo logra despejar la patológica inseguridad del tirano Phocas. Luego está la cuestión política debatida en trastienda entre maquiavelismo o razón de estado y probabilismo o humanismo cristiano. La obra está llena de simetrías, contrastes, esquizofrenias, juegos escénicos, retórica, magia, músicas, alegoría, símbolos, lirismo. He disfrutado muchísimo, a pesar de las leves extravagancias de la puesta en escena moderna de Ernesto Caballero (ese oso polar en escena que recuerda a Perdidos, por ejemplo).
En series poco puede uno ver actualmente con algún interés: solamente Torchwood.
En series poco puede uno ver actualmente con algún interés: solamente Torchwood.
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Sátiras sobre el idioma castellano
IDIOMA NACIONAL
Con empeño necio y vano
y una ignorancia supina,
dice el español ufano
que conserva la Argentina
el idioma castellano.
Yo digo que para hacer
tan errónea afirmación,
cuyo valor se va a ver,
precísase conocer
la lengua de esta nación.
Es la argentina una extraña
lengua, que toma, amaña
de cien idiomas: yo opino
que tiene tanto de España,
como del ruso y del chino.
Como con afirmaciones
rotundas no se demuestra
nada, apoyo mis razones
dando al punto como muestra
un centenar de botones.
Sin previa preparación,
¿quién adivinar podría
que aquí es sandia la sandía,
que es salame el salchichón,
ni que es chaucha la judía?
¿Y quien que no esté iniciado
hallará el significado
de las que aquí apunto:
choclo, cívico, quinado,
alverjas, poroto y unto?
Las voces de uso corriente
las han trocado hábilmente,
armando un lindo ciempiés.
Dí, lector, todo al revés,
y hablarás como esta gente.
Llama al abrigo tapado,
y por faldas dí polleras;
los sombreros son galeras,
y ¡oh, indignación! han llamado
pavas a las cafeteras.
Pedido es la petición
un sirviente es un mucamo,
se llama patrón al amo,
y todos dicen reclamo
por decir reclamación.
A todo el mundo se ve
usar y abusar del che;
en vez de tú, dicen vos,
y aun es más curioso que
se diga ¡chao! por ¡adiós!
Un golfo es un atorrante;
mas si atorra un elegante,
se dice que es patotero
o farrista o bochinchero.
(El tipo abunda bastante.)
Hacen de la población
cuadras de igual extensión,
para que cada cual viva,
sin advertir la alusión,
en su cuadra respectiva.
Otras palabras: diarista,
galpón, pito, ascensorista,
pucho, balanceador,
calote, educacionista,
tambo, chacra y changador.
Todo lo que causa agrado
dicen que es lindo o es chiche;
llaman sonso al abobado,
un tenducho es un boliche,
y un conscripto es un soldado.
El mundo que triunfa y priva
se llama la gente bien,
mujer es voz despectiva,
y palabrota ofensiva
es individuo también.
Un anuncio es un aviso,
occiso un asesinado,
y distinguen con cuidado,
diciéndonos si fue occiso
con talero o baleado.
Dicen venite y salite,
por no decir ven y sal,
y, con desacierto igual,
la gente más fina omite
la sílaba del final.
Y dicen vení y salí,
o bien ¡espianta de ahí!
(pues todo es la misma cosa.)
También es frase curiosa
y típica: ¡A mí, maní!
El agua de Seltz es soda,
dicen ajuntar y ajunte,
rico tipo es voz de moda,
y al pavo o al que incomoda
no se le lleva el apunte.
El sentido han trastocado
al sustantivo recado,
y hasta al adverbio recién
y, en fin, ¡el colmo! han llamado
al petróleo kerosén.
Dan sentido singular
a voces que han pervertido,
y así dicen trepidar,
ubicación y pedido,
vincularse y auspiciar.
Otro colmo que delata
bien que esta lengua insensata
la enreda el mismo Luzbel:
todo el dinero es papel
y ha de decir que es plata.
Siempre se dice en inglés
tranway, stud y motorman,
dicen usina en francés,
y hay frases en portugués,
y giros en alemán.
Del italiano no hablemos,
pues no hay dialecto italiano
que en la Argentina ignoremos;
se barre en napolitano
y en siciliano bebemos.
Va la lengua castellana
tan mezclada a la italiana,
que grandes y chiquitines
parecemos cherubines
del dúo de La Africana,
pues, decimos ma por pero,
farabuti (hombre grosero),
y en las fondas y figones
reemplazan los macarrones
al archiespañol puchero.
El que se marcha de un lado
es que se manda a mudar,
ir de juerga es farrear,
tomarse estar embriagado
y hacer el oso, afilar.
Desde ya es un desatino
que a cada paso se mete
al hablar. Tampoco atino
por qué dirá el argentino
es al ñudo o al cohete.
Es la calva la pelada
una suerte, una bolada,
al pedir llaman pechazo,
una biaba es un trompazo
y se estrila el que se enfada.
Otro dislate inaudito:
irse a lo de Fulanito,
donde el lo es casa a su modo...
dicen Juancito y pancito,
para decirlo mal todo.
¿Cómo no? es afirmación,
aunque a nada compromete.
¡qué esperanza! es negación,
y es chocante admiración
¡La gran flauta! o ¡La gran siete!
Dicen banca, fondo, chata,
y sindicar y ocurrir
y, en fin, ¡basta! ¿A qué seguir?
¿Quién es capaz de escribir
cuanto aquí se disparata?
Es lo apuntado un sumario
económico, usuario,
y que sin embargo, basta
a indicar el Diccionario
que en la Argentina se gasta.
Y hago el resumen por si...
pruebo a España que es macana
pensar que hablamos aquí
una lengua que es hermana
de la que usamos allí.
Miguel Gil de Oto (Miguel Toledano), 1870
Pablo Parellada, El IDIOMA CASTELLANO
Señores: Un servidor,
Pedro Pérez Paticola,
cual la Academia Española
“Limpia, Fija y da Esplendor”.
Pero yo lo hago mejor
y no por ganas de hablar,
pues les voy a demostrar
que es preciso meter mano
al Idioma castellano,
donde hay mucho que arreglar.
¿Me quieren decir por qué,
en tamaño y en esencia,
hay esa gran diferencia
entre un buque y un buqué?
¿Por el acento? Pues yo,
por esa insignificancia,
no concibo la distancia
de presidio a presidió
ni de tomas a Tomás,
ni de topo al que topó,
de un paleto a un paletó,
ni de colas a Colás.
Mas dejemos el acento,
que convierte, como ves,
las ingles en un inglés,
y pasemos a otro cuento.
¿A ustedes no les asombra
que diciendo rico y rica,
majo y maja, chico y chica,
no digamos hombre y hombra?
Y la frase tan oída
del marido y la mujer,
¿por qué no tiene que ser
el marido y la marida?
Por eso, no encuentro mal
si alguno me dice cuala,
como decimos Pascuala,
femenino de Pascual.
El sexo a hablar nos obliga
a cada cual como digo:
si es hombre, me voy contigo;
si es mujer, me voy contiga.
¿Puede darse, en general,
al pasar del masculino
a su nombre femenino
nada más irracional?
La hembra del cazo es caza,
la del velo es una vela,
la del suelo es una suela
y la del plazo, una plaza;
la del correo, correa;
del mus, musa; del can, cana;
del mes, mesa; del pan, pana
y del jaleo, jalea.
¿Por qué llamamos tortero
al que elabora una torta
y al sastre, que ternos corta,
no le llamamos ternero?
¿Por qué las Josefas son
por Pepitas conocidas,
como si fuesen salidas
de las tripas de un melón?
¿Por qué el de Cuenca no es cuenco,
bodoque el que va de boda,
y a los que árboles podan
no se les llama podencos?
¡Y no habrá quien no conciba
que llamarle firmamento
al cielo, es un esperpento!
¿Quién va a firmar allá arriba?
¿Es posible que persona
alguna acepte el criterio
de llamarle Monasterio
donde no hay ninguna mona?
¿Y no es tremenda gansada
en los teatros, que sea
denominada “platea”
donde no platea nada?
Si el que bebe es bebedor
y el sitio es el bebedero,
a lo que hoy es comedor
hay que llamar comedero.
Comedor será quien coma,
como bebedor quien bebe;
de esta manera se debe
modificar el idioma.
¿A vuestro oído no admira,
lo mismo que yo lo admiro,
que quien descerraja un tiro,
dispara, pero no tira?
Este verbo y otros mil
en nuestro idioma son barro;
tira, el que tira de un carro,
no el que dispara un fusil.
De largo sacan largueza
en lugar de larguedad,
y de corto, cortedad
en vez de sacar corteza.
De igual manera me aquejo
de ver que un libro es un tomo;
será tomo, si lo tomo,
y si no lo tomo, un dejo.
Si se le llama mirón
al que está mirando mucho,
cuando mucho ladre un chucho
se le llamará ladrón.
Porque la sílaba “on”
indica aumento, y extraño
que a un ramo de gran tamaño
no se le llame Ramón.
Y, por la misma razón,
si los que estáis escuchando
un gran rato estáis pasando,
estáis pasando un ratón.
Y sobra para quedar
convencido el más profano,
que el idioma castellano
tiene mucho que arreglar.
Con que basta ya de historias
y, si al terminar me dais
dos palmadas, no temáis
porque os llame palmatorias.
jueves, 26 de julio de 2012
Amor, marca registrada
Uno, pronombrote usuado en mis escritos, querría, debería y hasta podría quizá definir el amor si hemos de ser modales y no sólo aspectuales, ya que sobre su consideración de perfectivo o imperfectivo hay más dudas que sobre su carácter transitivo o copulativo; incluso hay quien lo considere intransitivo, en su forma verbal, porque oral es otra cosa y nominal ni siquiera es, si poderse dijese, un suponer. Por otra parte, en un primer momento, ante este adminículo palabral se piensa en una marca de condones o una variedad de pegamento formado por oxitocina, dopamina y finilananina, o incluso un tipo más, en cabuyería, de amarres y sujecciones, vulgo nudos, hechos con sogas, que se deshace con desnudos. Más ortodoxigenado, el amor es un tipo de religión o religamiento falible, relío o paquete para mayor claridad, sancionado a vecindades por una denominación de origen sacro-ilíaca y bendecida con algún trago, tango o trance contractual. En una mesa comisoria se deposita algo así como dote un confite blanco de merengue o azúcar, que es un traje de novia con mujer interior, adláter o aledaño a un indiviso beodo y confuso vestido al último luto, arbitral, pero sin calzón corto ni pelotoide.
martes, 24 de julio de 2012
Imprevisibilidad
A ciertas edades, la imprevisibilidad es la mejor medicina. A los viejos los ha construido la costumbre, en especial la de tener costumbres; no necesitan nada, ni siquiera juventud -los jóvenes no son nada originales, y cuando lo son lo es por una sobredosis de voluntad que les hace madurar antes de tiempo-. Les cuesta moverse, abandonar la espiral en que se encierra su propio fatalismo; la voluntad se ha diluido en ellos en una gran indeterminación; necesitan la pasión de otros, para encenderse y ponerse en marcha; entonces pueden guiar o ayudar con su experiencia; pero ya no atesoran pasión, porque han ardido demasiadas veces y, aunque sus cenizas pueden levantar una espectacular polvareda de humo dormido, esta es grias, fría, sucia y ácida como el manto polvoriento depositado en estratos por el tiempo y su abandono. Y no es posible encontrar en ellas, escondido como está, algún rescoldo; ni siquiera lo buscan.
Por eso los viejos debemos ser imprevisibles, contradecirnos, explorar los pocos ámbitos que nos quedan por visitar, y que son pocos sólo porque nuestra vista, cansada, ha reducido ya la paleta de colores e, inclinada, la extensión de los horizontes. Lo que necesitamos es una pila de entusiasmos. El anciano, el zombi, el mediomuerto, debe erguirse y, sin renunciar a todo lo que ha ganado (o perdido), llamar a todas las puertas del futuro que pueda, viajar donde no ha ido, escribir lo que no ha escrito, escuchar lo nunca oído, leer en vez de releer, frecuentar los barrios y lugares de la ciudad que no ha visitado, no sabe por qué, comer y beber lo que nunca quiso y conocer las caras que no le suenan; en fin, debe volverse la piel de revés a lo San Pablo y bautizarse con un nombre nuevo. Lo malo: la gente se asusta y te confunde con un zombi, con un medio muerto, con un fantasma o con un patético gilipollas.
Por eso los viejos debemos ser imprevisibles, contradecirnos, explorar los pocos ámbitos que nos quedan por visitar, y que son pocos sólo porque nuestra vista, cansada, ha reducido ya la paleta de colores e, inclinada, la extensión de los horizontes. Lo que necesitamos es una pila de entusiasmos. El anciano, el zombi, el mediomuerto, debe erguirse y, sin renunciar a todo lo que ha ganado (o perdido), llamar a todas las puertas del futuro que pueda, viajar donde no ha ido, escribir lo que no ha escrito, escuchar lo nunca oído, leer en vez de releer, frecuentar los barrios y lugares de la ciudad que no ha visitado, no sabe por qué, comer y beber lo que nunca quiso y conocer las caras que no le suenan; en fin, debe volverse la piel de revés a lo San Pablo y bautizarse con un nombre nuevo. Lo malo: la gente se asusta y te confunde con un zombi, con un medio muerto, con un fantasma o con un patético gilipollas.
viernes, 20 de julio de 2012
El primer y único rey de Andorra, Borís I
Pocos sabrán que Andorra tuvo una vez un rey en vez de dos copríncipes. Fue un espía lituanorruso, Borís Skósyrev, al que dejaron reinar, con apoyo de todos los representantes de los andorranos, convencidos de sus ambiciosos planes (a semejanza de lo que había ocurrido en Mónaco, Liechtenstein, San Marino o Luxemburgo, los restantes principados europeos, paraísos fiscales donde los impuestos eran casi inexistentes o sensiblemente reducidos, el forastero se comprometía a convertir Andorra en uno de los centros empresariales más importantes del mundo, donde bancos, entidades financieras y compañías internacionales no tardarían en instalar su domicilio social, aprovechándose del régimen fiscal) apenas diez días, entre el 7 y el 17 de julio de 1934, hasta que el obispo de Seo de Urgel lo mandó a la frontera entre dos gendarmes. A cambio de esos planes, Borís I sólo había pedido ser rey constitucional de Andorra.
No sé. ¿y si hiciéramos lo mismo en España? ¿Si saliéramos de la ONU, de la OTAN, de la UE, y nos hiciésemos un estado a la manera de Suiza, paraíso fiscal de primera clase? ¿No nos iría a todos un poco menos mal?
Busquemos al nieto de Borís I y propongámoslo for president.
(Es una broma. ¿O no?)
No sé. ¿y si hiciéramos lo mismo en España? ¿Si saliéramos de la ONU, de la OTAN, de la UE, y nos hiciésemos un estado a la manera de Suiza, paraíso fiscal de primera clase? ¿No nos iría a todos un poco menos mal?
Busquemos al nieto de Borís I y propongámoslo for president.
(Es una broma. ¿O no?)
jueves, 19 de julio de 2012
Crueldad gratuita
Hay algunas cosas que nos hacen replantearnos el concepto de especie humana, por ejemplo la crueldad gratuita: a una perrita de pocos meses le horadan los dos ojos, la intentan quemar y luego la entierran viva. Un nuevo caso para el museo de los horrores: aquí.
martes, 17 de julio de 2012
Mi experiencia con un coche híbrido
Un coche híbrido, Toyota Prius, ha pasado de ser el patito feo al coche más vendido del mundo. No sólo es la energía que ahorra, la poquísima gasolina que consume gracias a su sistema de retroalimentación, que transforma cualquier deceleración en una recarga de energía, sino su silencio y la mínima polución y daño que causa al medio ambiente y sus movimientos medidos, precisos y elegantes. Mi coche también es híbrido, un Honda, y los únicos inconvenientes que ha dado, en un momento solo después del cual ya me he olvidado de ellos, son diversos paros cardiacos antes de arrancar motivados por un gasto excesivo de energía en radio, calefacción y demás. Esos problemas se arreglaron provicionalmente con una transfusión con pinzas grandes de una batería a otra. Los híbridos tienen dos baterías de litio, una poderosísima atrás y otra de quince vatios delante. La de atrás no se debe tocar, porque, al igual que en un microondas, aunque el microondas esté desconectado tiene un acumulador que puede soltar miles de vatios y dejarte tieso ahí mismo. La batería que puede dar problemas es la pequeña, cuando se desajusta el microchip u ordenador de distribución, si se encuentra en horas bajas.
lunes, 16 de julio de 2012
Pard, el perro perdido.
En El último refugio (1941) una película noire clásica escrita por el novelista policiaco Burnett y por el director John Huston, narrada con su habitual concisión por el tuerto Raoul Walsh (1941) y protagonizada por Bogart y una bellísima Ida Lupino, hay un personaje menor que es todo un símbolo. Es el perro "Pard", al que comparan con la Desgracia porque siempre va detrás del que marcha mal. Es el perro Destino, siempre correteando detrás de los personajes y causándoles la muerte. Por eso siempre es un perro abandonado. Nadie quiere a ese perro perdido que atrae tanto la desgracia como la compasión, salvo la pobre pareja de gángsters que, al igual que él, anda perdida en un mundo horrible del que no puede escapar. Tal vez este verbo último sea la respuesta: el perro Pard no persigue nada, sino que huye.
¿Por qué la desgracia persigue de un modo tan contumaz a los que huyen de ella?
¿Por qué la desgracia persigue de un modo tan contumaz a los que huyen de ella?
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La presión ética de Internet empieza a aplastar a los gobernantes
Decía no precisamente ayer que la Generación Beat no había cambiado el mundo y por eso había creado otro, Internet. Con Internet la inteligencia se diluye y concentra súbitamente para lograr unos objetivos éticos que al poder, corrupto por sí mismo, empiezan a preocuparle. El software disponible, por ejemplo, para recopilar firmas en protesta; la comunicación por correo electrónico y otros medios entre las personas más desconectadas del mundo. Hasta el momento la inconcreción y vaguedad de esos objetivos es lo que salva a las cúpulas de una neodemocracia. Pero en el horizonte parece vislumbrarse algo lejano que tiene esa forma y que quizá no veremos ahora. El principal objetivo de esa neodemocracia será acabar con los paraísos fiscales internacionales: Suiza y las islas y puerto francos, para redistribuir la riqueza e igualar el desarrollo en el mundo evitando la enfermedad, el analfabetismo y el hambre, los tres jinetes del desastre humano. El tercero, desprofesionalizar la vida política transformando todos los cargos en rotativos y transversales. Todos esos movimientos que se han azuzado con la crisis no deben desaparecer con ella, sino converger en un programa global y sensato. Sólo así se harán temer.
sábado, 14 de julio de 2012
La conquista de Jerusalén, una obra inédita de Cervantes
Hace tiempo que descubrieron en la Biblioteca Real la tragedia perdida de Cervantes La conquista de Jerusalén por Godofre de Buillón. Para mí sin duda es de Cervantes; tiene el estilo y métrica de su teatro, las figuras morales que tanto gustaba de haber introducido y el pensamiento liberal y universal que tanto lo caracterizaba. Un gran poeta posee siempre la virtud de la concisión, que habla a los ojos en ejemplos cual estos:
¡Oh, griegos, hombres no, sino mujeres!
¡Codiçiossos, lascivos y habladores,
inconstantes de vanos pareceres!
En sólo tres versos vemos a los griegos motejados de desunidos, heterodoxos sexualmente obrando, charlatanes, veletas, comerciantes y materialistas. Eso es caracterizar. Y aparecen también hermosas hipérboles poéticas:
¡Revienta ya, corazón!
¡Pon tu dolor en la lengua,
que tanto silencio es mengua
que acomete la pasión! (629-632).
Su pie por la senda ruin
de Mahoma va muy listo,
el tuyo por la de Cristo:
¡mira si es contrario al fin
de amar, ser los dos, Señor,
de tan diferentes greyes!
Mas lo que apartan las leyes
suele juntar el Amor. (645-652)
¿No será cosa excusada
pretender o esperar cosa?
Sí, será; mas ¿qué haré?
¡Que en mi muerte no hay tardanza
si no fundo la esperanza
aunque sea en nosequé! (659-664)
Y enfáticos pleonasmos como este:
En un mismo momento, en un instante,
a un punto mismo todas las gargantas
de todas las personas que allí estaban
formaron una voz clara y sonora
y a una misma razón todos dijeron:
"¡Así lo quiere Dios, así lo quiere!
¡Así lo quiere Dios!". Y una voz y otra
y otros y otras muchas repitieron
esta misma razón, señal notoria
que el Espíritu Santo la infundía
en los cristianos tiernos corazones.
Y este apellido, "Dios ansí lo quiere",
mandó el Papa quedase entre nosotros
y que fuese contino apellidado
en todas nuestras obras y que fuese
puesto en nuestras banderas por empresa
Otras frases vigorosas:
No nos lleva el vacío del deseo,
los anchos reinos, ni los montes de oro... 225-226.
Conforme a la verdad, Clorinda amada,
dame en señal esa divina mano,
y en hora venturosa, afortunada
a tu cielo levanta este cristiano.
¡Ay, cuitada! ¿Qué rumor
es éste que agora siento?
¿Si es mi bien? ¿Si es mi contento?
¿Si es mi gloria? ¿Si es mi amor? (475-478)
Si llevas, Erminia, al cabo,
con la razón mi dolor,
verás que no soy señor,
sino humilde y mudo esclavo,
y que no tengo poder
para mirar lo que es mío,
porque todo mi albedrío
está en ajeno querer.
Juzga por tu corazón
el mío cuál debe estar
y vendrás a disculpar
por la tuya mi afición,
y verás cuán poco valgo
para librarte de aprieto,
y que soy nada, en efeto,
aunque parezca ser algo.
¿Cuál vas y cuál quedo yo?
¿Tú qué viste o yo qué vi?
Que yo muero por un sí
y tú acabas por un no;
tales son, Amor, tus mañas,
en este aprieto nos pones;
devoras las intenciones
y consumes las entrañas.
Soy el que sin vos no puedo
vivir, porque sois mi vida,
soy la sombra dolorida
del miserable Tancredo...
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viernes, 6 de julio de 2012
Los hombres pera
En Italia eliminan administraciones para no subir el IVA, en Francia suben el IRPF a los mas ricos para bajar el IVA; aquí subimos el IRPF a todos, las diputaciones ahí siguen y subiremos el IVA.
Esto es lo que se suele llamar una perada; esto sólo lo hacen pollos sin cabeza o pollos-pera; este es un gobierno de niños pera algo crecidos, a remolque de lo penúltimo que se hace en Europa, mientras les traducen lo último, para hacerlo mal, tarde y a medias. A propósito, con lo cara que sale la Selección nacional, ese club de millonarios aficionados a dar patadas, podríamos dejarla como representante de la unidad de España y ahorrar algo en Monarquía y otras vejestorieces degeneradas. Un marqués como Del Bosque luce menos que un rey, pero nos representa mejor que un Borbón salido.
Esto es lo que se suele llamar una perada; esto sólo lo hacen pollos sin cabeza o pollos-pera; este es un gobierno de niños pera algo crecidos, a remolque de lo penúltimo que se hace en Europa, mientras les traducen lo último, para hacerlo mal, tarde y a medias. A propósito, con lo cara que sale la Selección nacional, ese club de millonarios aficionados a dar patadas, podríamos dejarla como representante de la unidad de España y ahorrar algo en Monarquía y otras vejestorieces degeneradas. Un marqués como Del Bosque luce menos que un rey, pero nos representa mejor que un Borbón salido.
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miércoles, 4 de julio de 2012
Voluntad
"Mi voluntad se ha muerto una noche de luna, escribió M. M., en que era muy hermoso no pensar ni querer"; a mí me pasa lo contrario: soy incapaz de manejar mi propia voluntad, ni siquiera para darle la extrema unción. Me lleva donde ella quiere y siempre hay un rescoldo irremisible que la niega resentido. No me controlo: padezco una especie de tensa disociación entre mi yo activo y exterior y mi yo pasivo e interior; incluso desconozco cuál es la marioneta y quién el que la mueve. A muchos esa agonía les entristece toda la vida; yo he aprendido a soportarla, a sobrellevarla, a ignorarla, a disculparla e incluso a sacarle algún fruto a pesar de sus barrabasadas. Porque esa tensión en el alma hace vibrar sus cuerdas, y de esa vibración se puede sacar algo de arte o de conocimiento. Y malditos sean el arte y el conocimiento, que no me dejan en paz; si al menos sirvieran para algo... ¿Me podrían emancipar? ¿Cómo emancipar a una marioneta o a un marionetista de su otra criatura? Creo, además, que tengo dos marionetistas, el cerebro, con sus nervios-cuerda, y el corazón, con sus capilares-cuerda. Como bien sabía Goethe, la historia del teatrillo son formas de una sed/red que no hay modo de calmar; él proponía la acción, pero ya sabemos, lo sabemos desde Schopenhauer, que al final de la acción sólo hay cansancio, y el cansancio es sólo otra forma del dolor que pretendemos evitar. Resulta así que del aburrimiento, que es el dolor del alma, pasamos al dolor del cuerpo, que es el cansancio; supongo que el aburrimiento está al comienzo de la obra y en su salida, dentro y fuera del escenario; el cansancio está sólo en el mismo escenario. El zigzag de la pasión es el del electroencefalograma: beber el agua de Tántalo, subir la piedra de Sísifo, peregrinar de la diástole a la sístole de la vida.
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martes, 3 de julio de 2012
sábado, 30 de junio de 2012
Prolegómenos a unas duras vacaciones
Menuda nos espera. Volvemos a las reválidas: el examen como forma de vida y carrera por la supervivencia escolar: alumnos angustiados, estresados y agazapados en sus aulas de cuarenta alumnos (las multitudes salvajes siempre andan tras la caza o linchamiento de algo, por lo general diferente porque habla de otra manera o de cosas invulgares o es negro o judío o amarillo), armados hasta los dientes contra el profe, ahora investido de una autoridad falsa y de incentivos que son sólo papel mojado; así no se defiende la patria: necesitamos nuevas armas y más munición.
La de arena: me regalan, como era previsible, las Memorias de Casanova editadas por Atalanta, la más excepcional de las autobiografías del siglo XVIII y primera versión completa en castellano, premio nacional de traducción; la edición es lujosa, por supuesto de tapa dura, dos volúmenes de letra legible, bien prologada y anotada, en papel biblia, con ilustraciones, guardas decoradas con pinturas de época alusivas. Hay grabaditos y floripondios en los colofones. Por ahí anda también La aventura de Pensar de Fernando Savater, un manual de filosofía por autores que tiene la ventaja, para mí inapreciable, de estar bien escrito; dos libros que dejan sed de leer y saber y que tendré que digerir este verano en que además tengo que estudiar, escribir y trabajar mucho, porque hacer esto que tanto me gusta me ocupa más tiempo que lo que me disgusta, quitándome incluso horas de comida y sueño, conque empezaré el curso derrengado y no precisamente con entusiasmo. Creo yo que si me dejaran trabajar en lo que me gusta podría dar a la comunidad buenos frutos, pues siempre que tengo tiempo para investigar regreso de las bibliotecas y los archivos con algún descubrimiento nuevo, como el año pasado; pero no caerá esa breva, qué va a caer. Si trabajásemos en lo que nos gusta seríamos todos actores porno.
He visto una buena película del indie John Cassavetes, Ángeles sin paraíso, 1963 (aunque renegó de ella, su estilo neorrealista está allí); el montaje final lo hizo Stanley Kramer, pero puede verse que en esta película está lo mejor de ambos: la dirección de actores y la humanidad de Cassavetes; la carga social y las preguntas sin respuesta de Kramer. La mejor forma para el mejor contenido; he tenido que contemplarla a una hora poco a propósito, porque no es el tipo de películas de consumo masivo con que suelen masificar a la masa, para que responda a sus fórmulas y recetas de beneficios. Por demás, está genial esa cuarentona y existencial Judy Garland al borde de la nada y ese Burt Lancaster de madera de palo. Es una de esas películas que incomodan a los adolescentes actuales y a duras penas podrían soportar atados a una silla: la problemática humana y social que plantea reeducar a un subnormal, y los sentimientos y pensamientos aparejados al hecho. Por debajo de las imágenes asoma la ideología de Kennedy, pero no ha envejecido lo más mínimo. Es una de esas películas que deberían ver en Filosofía o en Ciudadanía.
¿Dónde podremos irnos? Tenemos muchos animales: perros, pájaros... Hay que cuidar de ellos y darnos también algún asueto. A una casa rural barata, en todo caso, donde no nos cozamos a fuego lento. Siempre me ha gustado el turismo de alpargata, pero mi mujer quiere comodidad. Yo desearía viajar sin moverme de casa (leyendo), y la experiencia me ha enseñado a odiar todo viaje que no sea iniciático o en que no se conozca a la gente, mi principal motivo de curiosidad, sino que se limite uno a ver lo mismo que podría haber visto en su casa en un álbum de postales. O, en todo caso, hacer escapaditas de uno o dos días a distintas ciudades de España y el extranjero, como el año pasado. Hice la preciosa experiencia de irme un día entero a ver el Madrid verde: empezamos por el Jardín Botánico y seguimos por el Retiro hasta la estatua del Ángel caído. Pero yo acabé como un ángel patudo. Nueve maravillosas horas andando entre flores, bonsáis, guiris, patos del Manzanares, gatos domésticos perseguidos hasta el árbol por perros iracundos o juguetones y muchachas guapas me dejaron los pies hechos polvo con unos callos tales que al final del peripato ni podía caminar. Esta vez estoy prevenido, y me iré a ver antes a mi ilustrado podólogo, el hombre de la calle Hidalgos, con quien siempre tengo una conversación profunda y metafísica mientras me afila los pies; aprendo mucho de él: no sé qué tienen los podólogos que siempre ven el mundo de una forma más realista que los que miran más hacia arriba.
Trajeron a esta ciudad una reliquia o pedazo del cuerpo de San Juan Bosco; me eduqué en el colegio salesiano de Puertollano y quise ir a verla, pero ya habían cerrado la catedral a cal y canto. Me pasé por las tres librerías de viejo o anticuarias, si es que así se les puede llamar, de Ciudad Real: nada interesante, salvo alguna ganga que otra, por ejemplo un buen diccionario bilingüe de francés en tapa dura por sólo un euro.
Escribe C. felicitándome el cumpleaños y diciendo que espera el nuevo niño para dentro de nada. Está muy atacado peleando a brazo partido con la crisis, pero seguro que saldrá adelante, porque siempre sale adelante la gente que pelea como él. Espero que termine su libro, que lleva ya muy avanzado, sobre una figura histórica importante del XVIII manchego, amiga de Meléndez, pero que a mi juicio no cabría indentificar con ese Lidoro ciudarrealeño sobre el que tantas cábalas hemos hecho.
La de arena: me regalan, como era previsible, las Memorias de Casanova editadas por Atalanta, la más excepcional de las autobiografías del siglo XVIII y primera versión completa en castellano, premio nacional de traducción; la edición es lujosa, por supuesto de tapa dura, dos volúmenes de letra legible, bien prologada y anotada, en papel biblia, con ilustraciones, guardas decoradas con pinturas de época alusivas. Hay grabaditos y floripondios en los colofones. Por ahí anda también La aventura de Pensar de Fernando Savater, un manual de filosofía por autores que tiene la ventaja, para mí inapreciable, de estar bien escrito; dos libros que dejan sed de leer y saber y que tendré que digerir este verano en que además tengo que estudiar, escribir y trabajar mucho, porque hacer esto que tanto me gusta me ocupa más tiempo que lo que me disgusta, quitándome incluso horas de comida y sueño, conque empezaré el curso derrengado y no precisamente con entusiasmo. Creo yo que si me dejaran trabajar en lo que me gusta podría dar a la comunidad buenos frutos, pues siempre que tengo tiempo para investigar regreso de las bibliotecas y los archivos con algún descubrimiento nuevo, como el año pasado; pero no caerá esa breva, qué va a caer. Si trabajásemos en lo que nos gusta seríamos todos actores porno.
He visto una buena película del indie John Cassavetes, Ángeles sin paraíso, 1963 (aunque renegó de ella, su estilo neorrealista está allí); el montaje final lo hizo Stanley Kramer, pero puede verse que en esta película está lo mejor de ambos: la dirección de actores y la humanidad de Cassavetes; la carga social y las preguntas sin respuesta de Kramer. La mejor forma para el mejor contenido; he tenido que contemplarla a una hora poco a propósito, porque no es el tipo de películas de consumo masivo con que suelen masificar a la masa, para que responda a sus fórmulas y recetas de beneficios. Por demás, está genial esa cuarentona y existencial Judy Garland al borde de la nada y ese Burt Lancaster de madera de palo. Es una de esas películas que incomodan a los adolescentes actuales y a duras penas podrían soportar atados a una silla: la problemática humana y social que plantea reeducar a un subnormal, y los sentimientos y pensamientos aparejados al hecho. Por debajo de las imágenes asoma la ideología de Kennedy, pero no ha envejecido lo más mínimo. Es una de esas películas que deberían ver en Filosofía o en Ciudadanía.
¿Dónde podremos irnos? Tenemos muchos animales: perros, pájaros... Hay que cuidar de ellos y darnos también algún asueto. A una casa rural barata, en todo caso, donde no nos cozamos a fuego lento. Siempre me ha gustado el turismo de alpargata, pero mi mujer quiere comodidad. Yo desearía viajar sin moverme de casa (leyendo), y la experiencia me ha enseñado a odiar todo viaje que no sea iniciático o en que no se conozca a la gente, mi principal motivo de curiosidad, sino que se limite uno a ver lo mismo que podría haber visto en su casa en un álbum de postales. O, en todo caso, hacer escapaditas de uno o dos días a distintas ciudades de España y el extranjero, como el año pasado. Hice la preciosa experiencia de irme un día entero a ver el Madrid verde: empezamos por el Jardín Botánico y seguimos por el Retiro hasta la estatua del Ángel caído. Pero yo acabé como un ángel patudo. Nueve maravillosas horas andando entre flores, bonsáis, guiris, patos del Manzanares, gatos domésticos perseguidos hasta el árbol por perros iracundos o juguetones y muchachas guapas me dejaron los pies hechos polvo con unos callos tales que al final del peripato ni podía caminar. Esta vez estoy prevenido, y me iré a ver antes a mi ilustrado podólogo, el hombre de la calle Hidalgos, con quien siempre tengo una conversación profunda y metafísica mientras me afila los pies; aprendo mucho de él: no sé qué tienen los podólogos que siempre ven el mundo de una forma más realista que los que miran más hacia arriba.
Trajeron a esta ciudad una reliquia o pedazo del cuerpo de San Juan Bosco; me eduqué en el colegio salesiano de Puertollano y quise ir a verla, pero ya habían cerrado la catedral a cal y canto. Me pasé por las tres librerías de viejo o anticuarias, si es que así se les puede llamar, de Ciudad Real: nada interesante, salvo alguna ganga que otra, por ejemplo un buen diccionario bilingüe de francés en tapa dura por sólo un euro.
Escribe C. felicitándome el cumpleaños y diciendo que espera el nuevo niño para dentro de nada. Está muy atacado peleando a brazo partido con la crisis, pero seguro que saldrá adelante, porque siempre sale adelante la gente que pelea como él. Espero que termine su libro, que lleva ya muy avanzado, sobre una figura histórica importante del XVIII manchego, amiga de Meléndez, pero que a mi juicio no cabría indentificar con ese Lidoro ciudarrealeño sobre el que tantas cábalas hemos hecho.
viernes, 29 de junio de 2012
Philip K. Dick
Fue nadie menos y nadie más que Stanislaw Lem quien afirmó que en toda la historia de la Ficción Científica estadounidense sólo se había producido un auténtico genio: Philip K. Dick. Los demás escritores estadounidenses se molestaron, claro está, cuando añadió que los otros sólo eran un rebaño de escritorzuelos enanos. Y es así, salvo alguna que otra excepción como Bradbury, Asimov, Heinlein y Farmer. Pero sólo hay que leer algo de la obra de Dick y conocer toda la pasión que vertió en su vida y su obra, absolutamente indistinguibles una de la otra, para estar de acuerdo y ver que no era, no, como él mismo se definía, un "friki chiflado", sino un auténtico visionario; que tenía incluso algo de santo, un cierto don profético, lo demuestra el famoso episodio de la enfermedad de su hijo. Debería pasar a la historia de la literatura y ser estudiado como uno de los grandes autores del siglo XX, en ediciones comentadas y con notas a pie de página. Lo que actualmente pasa con Dick es parecido a lo que pasó en el XIX con Edgar Allan Poe: todo lo que se hace ahora en cine fantástico, narrativa de ficción científica etcétera deriva de él ¿o no? De hecho, si uno creyera en esas cosas, sospecharía que Poe se reencarnó en Dick.
Etiquetas:
Crítica literaria propia,
Frikismo
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