Nunca tuve nada contra los catalanes; admiro su cultura y su lengua, y a autores como Cerverí de Girona, Llull, Martorell, Metge, March, Caterina Albert,Salvat-Papasseit, Villalonga, Quart, Espriu, Rodoreda, Brossa y Pedrolo, a todos los cuales he leído e incluso a muchos en su propia y bella lengua original. Es más, siento cierta debilidad por Villalonga y por Pere Quart, de la misma forma que no soporto ni a Pla, con boina y todo, ni a Verdaguer. Los catalanes, como dice el poeta, "de las piedras hacen panes", y hasta le caían mejor que los manchegos a Cervantes (Cervantes odiaba a los manchegos). Es más, mi hermano es catalán, porque nació en Barcelona, aunque de padres manchegos y de hermano andaluz. Yo no sé qué soy; sospecho que soy andaluz, porque aunque de padres manchegos he nacido en Úbeda, por donde el guerrero castellano minaya (por cierto un apelativo afectuoso vasco usado en el mismísimo Cantar de mio Çid -y cid es árabe) Álvar Fáñez, lugarteniente de Rodrigo -que es nombre germánico-, abandonó la batalla para "hacer la bestia de dos lomos", "obrar según natura" o "conocer en sentido bíblico" a una morica garrida que le enamoraba en ese lugar de Jaén, de suerte que cuando el rey le vio venir bermejo y sonrisado y le preguntó ¿dónde estábades, don Álvar? Este se disculpó diciendo: "Por esos cerros, señor". Se ve que ya entonces a los peninsulares les daba igual con quién arrejuntar sus genes, folgar o futuere. Pero volviendo a mis oscuros y dudosos orígenes, ya ni siquiera castellanos han de ser, puesto que dizque mis antepasados venían de Murcia, y, según cotorrean, de Calabria, que antes fue Magna Grecia, y uno de mis apellidos es sospechosamente judaico, y otro de ellos, materno, Amador, pero que muy gitano, tanto que hasta le atribuyo mis lunares. Por cierto que un tío mío es valenciano y otro canario y otro aragonés y otra madrileña. Tenemos genes, creo, de unos señores llamados neandertales y creo que en esto de los linajes claros y las claras patrias ni el mismo rey de España, que habla cuatro o cinco idiomas, sin ser de ninguna otra parte que de su real patrimonio, accedería a que le espulguen los cromosomas, porque es casi seguro que le sacarían los colores (por Italia anda un hombre que se dice su hijo, además); no sé si sabrás que el padre de Alfonso XII fue un ingeniero y el de Fernando VII un valenciano llamado Ruiz (aunque hay quien dice que fue un tal Mallo y quien jura que fue Godoy). Tanto da, cuanto y más que Fernando el Católico, un catalán que expulsó a los judíos, debiera expulsarse a sí mismo, ya que contaba con claros ascendientes judíos y nada católicos. En fin, pelillos a la mar. Además, si contamos con que, según las estadísticas, un seis por ciento de los españoles es, por usar una licencia, hijoputa, o por hablar con más remilgo, no es de quien dice su libro de familia -y mi propia hija, que es una fan de la genética, lo ha podido comprobar mirando el color de los ojos de los padres de sus compañeros, que a veces no se corresponde- muy bien pudiera ser que hasta los catalanes no fuesen catalanes, que tando da, habida cuenta de que un catalán tiene tantos brazos y piernas como un maragato, como un mono bonobo, o como un escritor manchego con mala leche.
martes, 8 de junio de 2010
Catalanes
Nunca tuve nada contra los catalanes; admiro su cultura y su lengua, y a autores como Cerverí de Girona, Llull, Martorell, Metge, March, Caterina Albert,Salvat-Papasseit, Villalonga, Quart, Espriu, Rodoreda, Brossa y Pedrolo, a todos los cuales he leído e incluso a muchos en su propia y bella lengua original. Es más, siento cierta debilidad por Villalonga y por Pere Quart, de la misma forma que no soporto ni a Pla, con boina y todo, ni a Verdaguer. Los catalanes, como dice el poeta, "de las piedras hacen panes", y hasta le caían mejor que los manchegos a Cervantes (Cervantes odiaba a los manchegos). Es más, mi hermano es catalán, porque nació en Barcelona, aunque de padres manchegos y de hermano andaluz. Yo no sé qué soy; sospecho que soy andaluz, porque aunque de padres manchegos he nacido en Úbeda, por donde el guerrero castellano minaya (por cierto un apelativo afectuoso vasco usado en el mismísimo Cantar de mio Çid -y cid es árabe) Álvar Fáñez, lugarteniente de Rodrigo -que es nombre germánico-, abandonó la batalla para "hacer la bestia de dos lomos", "obrar según natura" o "conocer en sentido bíblico" a una morica garrida que le enamoraba en ese lugar de Jaén, de suerte que cuando el rey le vio venir bermejo y sonrisado y le preguntó ¿dónde estábades, don Álvar? Este se disculpó diciendo: "Por esos cerros, señor". Se ve que ya entonces a los peninsulares les daba igual con quién arrejuntar sus genes, folgar o futuere. Pero volviendo a mis oscuros y dudosos orígenes, ya ni siquiera castellanos han de ser, puesto que dizque mis antepasados venían de Murcia, y, según cotorrean, de Calabria, que antes fue Magna Grecia, y uno de mis apellidos es sospechosamente judaico, y otro de ellos, materno, Amador, pero que muy gitano, tanto que hasta le atribuyo mis lunares. Por cierto que un tío mío es valenciano y otro canario y otro aragonés y otra madrileña. Tenemos genes, creo, de unos señores llamados neandertales y creo que en esto de los linajes claros y las claras patrias ni el mismo rey de España, que habla cuatro o cinco idiomas, sin ser de ninguna otra parte que de su real patrimonio, accedería a que le espulguen los cromosomas, porque es casi seguro que le sacarían los colores (por Italia anda un hombre que se dice su hijo, además); no sé si sabrás que el padre de Alfonso XII fue un ingeniero y el de Fernando VII un valenciano llamado Ruiz (aunque hay quien dice que fue un tal Mallo y quien jura que fue Godoy). Tanto da, cuanto y más que Fernando el Católico, un catalán que expulsó a los judíos, debiera expulsarse a sí mismo, ya que contaba con claros ascendientes judíos y nada católicos. En fin, pelillos a la mar. Además, si contamos con que, según las estadísticas, un seis por ciento de los españoles es, por usar una licencia, hijoputa, o por hablar con más remilgo, no es de quien dice su libro de familia -y mi propia hija, que es una fan de la genética, lo ha podido comprobar mirando el color de los ojos de los padres de sus compañeros, que a veces no se corresponde- muy bien pudiera ser que hasta los catalanes no fuesen catalanes, que tando da, habida cuenta de que un catalán tiene tantos brazos y piernas como un maragato, como un mono bonobo, o como un escritor manchego con mala leche.
Los hijos de Dios padre.
De Guatemala a Guatepeor
lunes, 7 de junio de 2010
Un poema tópico de Pedrito Gimferrer
Oh ser un capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los cargadores
las grúas paradas ante el cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo
en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar
bajo los cocoteros
El título y el texto están preñados de alusiones gongorinas, intertextualidades e incluso interdiscursividades (esa alusión a un cómic concreto, y a una pintura y películas de piratas y gánsters inconcretas, aunque no precisamente a la famosa canción de Deep Purple, que es de 1973, no de 1966, que es la fecha en que se imprimió Arde el mar). Empecemos con las intertextualidades: se puede abrir esta lata de bonito del norte por el mismo título: Arde el mar, que sugiere un sintagma de Góngora al comienzo de una de las octavas de su Polifemo, la XXI:
peinan las tierras que surcaron antes,
mal conducidos, cuando no arrastrados
de tardos bueyes, cual su dueño errantes;
sin pastor que los silbe, los ganados
los crujidos ignoran resonantes,
de las hondas, si, en vez del pastor, pobre,
el céfiro no silba, o cruje el roble.
En esta estrofa describe Góngora cómo se quedan embobados (si preferimos embelesados, absortos o embebecidos, a lo clásico) los jóvenes sicilianos (yunteros o pastores) al observar el bellezón de Galatea, de forma que abandonan su labor de surcar la tierra, cuidar las ovejas. El poema refleja ese mismo pasmo de la adolescencia del autor ante la belleza de la poesía del cordobés y sobre todo la de su amado Rubén Darío, que le impresionó en esa época tan fértil en lecturas de cómics y de novelas juveniles marineras (Moby Dick, El corsario negro, las novelas de Conrad; el capitán al que alude es el de Un capitán de quince años, novela de Julio Verne, aunque también hay una alusión al famoso poema de Whitman dedicado al asesinado Abraham Lincoln, ''¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán!'''):
¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido;
El barco ha enfrentado cada tormento, el premio que buscamos fue ganado;
El puerto está cerca, las campanas oigo, toda la gente regocijada,
Mientras los ojos siguen la firme quilla de la severa y osada nave:
Pero ¡oh corazón! ¡Corazón! ¡Corazón!
Oh las sangrantes gotas rojas,
Cuando en la cubierta yace mi Capitán
Caído, frío y muerto.
II
¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas;
Levántate —por ti se ha arriado la bandera— por ti trinan los clarines;
Por ti ramos y coronas con cintas— por ti una multitud en las riberas;
Por ti ellos claman, el oscilante gentío, sus ansiosos rostros a ti se vuelven;
¡Arriba Capitán! ¡Querido padre!
Este brazo bajo tu cabeza;
Es tan sólo un sueño aquél en la cubierta,
Tú has caído frío y muerto.
III
Mi Capitán no responde, sus labios están pálidos y quietos;
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad;
El barco se encuentra anclado sano y salvo, su viaje concluido y terminado;
De una horrorosa travesía, el barco vencedor, viene con un objeto conquistado;
¡Regocíjense, oh riberas y repiquen, oh campanas!
Pero yo, con lúgubre andar
Camino la cubierta donde yace mi Capitán,
Caído, frío y muerto.
Y también las palabras de Michelet cuando muere La bruja lamentando la desaparición de los dioses paganos, hablando de las lágrimas: "¿Qué hacen la sal y el agua allí donde arde la juventud?"
Pues de eso se trata: del renacimiento de una nueva mitología a través de la cultura de masas o Pop, lo que reivindican los Novísimos. No es un sacrificio (Michelet, Whitman) sino el nacimiento de una nueva Venus:
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar
bajo los cocoteros
Son habituales las evocaciones de Góngora en los del 27. Aleixandre lo hace incluso hasta en su antepenúltimo libro, cuando dice: "O tarde o pronto o nunca". Quién nos iba a decir que debajo de este versito, tan opuesto al de Machado ("Hoy es siempre todavía") estaba uno del Polifemo de Góngora, como también bajo el endecasílabo final del Poema del agua de Manuel Altolaguirre "sus miembros lastimosamente opresos":
surcada aún de los dedos de su mano.
domingo, 6 de junio de 2010
Aldeanismo global.
Es un cachondeo el aldeanismo de las librerías; es prácticamente imposible conseguir un libro en lengua no española que no sea un topicazo recetado por algún profe, a no ser que recurras a Internet. Uno quiere, por ejemplo, un clásico de la historia de las ideas, como es el Fire in the minds of men: origins of the revolutionary faith de James H. Billington (1980) y, como no lo hay ni en Pórtico, ni en la Casa del Libro, ni en Marcial Pons, ni en Madrid ni en Barcelona ni en toda España, tiene que pedirlo a los jodidos Estados Unidos y encima pagar catorce eurazos de gastos de embalaje, transporte y qué se yo. No es justo, aunque tampoco es que allí pase lo mismo con libros en otros idiomas; te fastidia tanto el propio como el ajeno chovinismo. Y lo mismo con la puñetera alergia a las películas subtituladas, que tanto molan en el resto de Europa. Es una muestra más del retraso que hay en el aprendizaje de los idiomas en España. Un ejemplo entre muchos: intenten conseguir en España un ejemplar de Le bon usage de Maurice Grevisse o incluso un buen Diccionario de griego, no esa mierda que hay por ahí con el sello de Vox que tanto hemos padecido: tiempo perdido...
Javier Cercas y la puñetera verdad
Es una pena que la discrepancia entre Almudena Grandes y Joaquín Leguina a propósito de un artículo de este último (Enterrar a los muertos, EL PAÍS, 24-5-2010) no haya provocado un debate articulado sino solo un agrio intercambio de acusaciones; también es una pena que la discrepancia radique en un punto sobre el que no hay discrepancia posible, porque hace tiempo que fue zanjado por los historiadores: es imposible equiparar el terror del bando franquista con el terror del bando republicano durante la Guerra Civil, al modo en que lo hace Leguina, porque el segundo duró el tiempo que el Gobierno legítimo tardó en tomar el control de su zona y se practicó sin su aprobación (o al menos sin su aprobación explícita), mientras que el primero duró toda la guerra y fue organizado por las autoridades como parte de una guerra de exterminio; dicho de otro modo: equiparar la España leal con la España rebelde porque en ambas se cometieron crímenes es una aberración similar a equiparar el Estado democrático con ETA porque el Estado democrático creó los GAL. No obstante, hay en el texto de Leguina una analogía aún más inquietante. "¿Por qué no aceptamos la verdad de una puñetera vez?", escribe Leguina, sin duda interpelando a quienes postulan que la nuestra fue una guerra de buenos contra malos. "La inmensa mayoría de la derecha española renegó de la democracia durante la República y, desde luego, durante la guerra... Pero es que la izquierda, en gran parte, hizo lo mismo, tomando la deriva revolucionaria". La afirmación no es inquietante por lo que dice, sino por lo que presupone: no solo que en los dos bandos se cometieron atrocidades (cosa obviamente cierta), ni que una parte de los republicanos no creía en la democracia (cosa asimismo cierta), sino que los dos bandos contribuyeron por igual a la destrucción de la democracia y que por tanto comparten por igual la responsabilidad política de la guerra. Si esa es la puñetera verdad que Leguina nos pide que aceptemos, yo puedo decirle por qué no la aceptamos: porque es una puñetera mentira. Y además una mentira peligrosa, dado que atañe a un problema esencial de nuestra relación con el pasado reciente y, en esa medida, también al presente.
Me explicaré contando una historia: la historia del héroe de mi familia. Pónganle ustedes a la palabra héroe todas las comillas que quieran: mi madre, que era una niña cuando todo ocurrió, no le pone ninguna. El protagonista se llama Manuel Mena, era tío carnal de mi madre y pertenecía a una familia católica de pequeños propietarios rurales extremeños. Cuando estalló la guerra, Manuel Mena contaba 16 años. Exaltado por las arengas falangistas, de inmediato intentó alistarse en el ejército de Franco; no lo consiguió, pero en los meses siguientes volvió a intentarlo varias veces. Por fin, al cumplir la edad reglamentaria, pudo incorporarse a filas. Manuel Mena peleó en la Ciudad Universitaria de Madrid y en Teruel, se distinguió por su arrojo en diversos combates, ascendió fulgurantemente, y en octubre de 1938, con apenas 19 años, había alcanzado el grado de alférez. Una mañana de ese mes, cuando estaba a punto de cruzar el Ebro al mando de su unidad, una bala perdida le perforó el estómago; murió el mismo día, mientras lo trasladaban a lomos de un mulo a un hospital de la retaguardia. Siempre que recuerda a Manuel Mena, mi madre lo recuerda de permiso en el pueblo, enfundado en su uniforme blanco de los Tiradores de Ifni, bailando o paseando con sus amigas, aureolado por su prestigio romántico de guerrero, y sobre todo recuerda que, cada vez que partía de nuevo hacia el frente, su madre le despedía entre lágrimas. "Madre, no seas cobarde", eran siempre las palabras de despedida del soldado. "Si me matan, que nadie te vea llorar". Y el día en que le llevaron el cadáver de su hijo, la madre de Manuel Mena no lloró; en medio del silencio de la multitud que rodeaba el féretro, solo alcanzó a hacer un débil saludo fascista y a decir con el hilo de voz que le salió de las entrañas: "¡Arriba España, hijo mío!".
Esa es la historia, o esa es al menos tal y como la recuerda mi madre. Sea como sea, nadie tiene derecho a poner en duda la integridad moral de Manuel Mena, la generosidad de su idealismo y la pureza de sus intenciones: nadie puede dudar de que fue a la guerra porque, cuando todavía era un chaval, le convencieron de que su familia, su patria y su religión estaban en peligro, y de que merecía la pena morir por ellas; nadie, claro está, excepto quienes se resignan a no entender una palabra del funcionamiento de la historia y de los hombres, y por lo tanto no aceptan la evidencia de que el fascismo, igual que el comunismo, fue para muchos una forma subyugante de idealismo, un ensayo de bajar el cielo a la tierra, ni la evidencia complementaria de que los peores infiernos de la historia también se han fabricado con las mejores intenciones. Pero, si desde el punto de vista moral nada indica que Manuel Mena se equivocase, desde el punto de vista político no hay duda de que lo hizo: aunque harto más imperfecta que la actual, la II República era una democracia tan legítima como la actual, y Manuel Mena respaldó con las armas un golpe de Estado contra ella. Esa es la cuestión: Manuel Mena tal vez acertó moralmente, pero no políticamente. Y, como él, tantos otros. Por eso es falso que los dos bandos contribuyeran por igual a la destrucción de la democracia y que compartan por igual la responsabilidad política de la guerra: los responsables políticos de la guerra fueron quienes dieron un golpe de Estado contra la legalidad republicana, no los que la defendieron. Es verdad que muchos de los que defendieron la II República no creían en la democracia, como dice Leguina; pero el hecho es que defendieron un régimen democrático. Todo lo cual significa que desde el punto de vista político la Guerra Civil sí fue, contra lo que predica un cliché tramposamente ecuánime, una guerra de buenos contra malos: como en casi todas las guerras, en la nuestra no hubo un bando moralmente del todo bueno y un bando moralmente del todo malo, pero sí hubo, como en tantas otras guerras, un bando políticamente bueno y un bando políticamente malo, un bando que defendió la legalidad democrática y un bando que la destruyó; salvando las distancias, es algo semejante a lo que ocurre ahora mismo en el País Vasco: si juzgamos allí una aberración la equidistancia política entre los terroristas y los que no lo son y no tenemos ninguna duda de que hay buenos y malos y de que políticamente los buenos son quienes defienden el sistema democrático -aunque crearan los GAL- y los malos son quienes lo atacan -aunque alguno sea tan idealista como Manuel Mena-, ¿por qué en cambio tantos defienden la equidistancia y afirman que no hay buenos y malos cuando se trata de la II República, que es el único precedente posible de la democracia actual?
Porque eso es lo puñetero y lo peligroso de este asunto: que no estamos hablando del pasado, sino de la relación del presente con el pasado; es decir, del fundamento histórico de nuestro sistema democrático. Por supuesto, solo quien no sabe lo que fue el franquismo puede decir que la actual derecha española es franquista; pero esa derecha comete un serio error al no cortar del todo el cordón umbilical que todavía la une al franquismo y no buscar sus raíces y las raíces de la democracia en la democracia que destruyó el franquismo.
No hay democracia sólida que no esté basada en un acuerdo mínimo acerca de su origen histórico; la nuestra no lo está, sobre todo porque gran parte de la derecha -y al parecer ahora también una parte de la izquierda- no acaba de asumir que sus orígenes no pueden hallarse en ninguna mistificación justificatoria de una dictadura. Me pregunto si no lo asume porque está atrapada en un malentendido: porque cree que lo que se le exige es que renuncie moral y políticamente a los suyos, es decir, porque cree que, además de reconocer que los suyos estaban políticamente equivocados, debe reconocer que todos eran moralmente abyectos. No es así: lo único que se le debe exigir a la derecha es que en este caso distinga entre moral y política, y que, sin quitarles necesariamente la razón moral a sus antepasados, les quite la razón política.
En cuanto a mí, no sé si, como mi madre cree, Manuel Mena fue un héroe, quiero decir un héroe moral, pero lo cierto es que yo nunca me he avergonzado de él; ahora bien, estoy seguro de que políticamente fue un villano. Esa es la verdad, mamá. La puñetera verdad.
La sociedad del malestar
"Anatomía de la codicia", de El País, hoy:
Por incoherente y absurdo que parezca, cuanto más progreso económico desarrolla una sociedad, más infelices suelen ser los seres humanos que la componen. De ahí que algunos de los países más ricos del mundo, como Suecia, Noruega, Finlandia y Estados Unidos, cuenten, paradójicamente, con las tasas de suicidio más elevadas del planeta. En el mundo, un millón de seres humanos se quitan la vida cada año. Y al menos otros 15 millones lo intentan sin conseguirlo.
La codicia nace de una carencia. Es falso que podamos rellenar ese vacío con un materialismo basado en el consumo
Haciendo caso omiso a la incómoda verdad que se esconde detrás de estas estadísticas, la mayoría de naciones están adoptando las creencias y los valores promovidos por el estilo de vida materialista y deshumanizado imperante en la actualidad. Es la “globalización”, un proceso por el cual el sistema de libre mercado, guiado por el obsesivo e insostenible afán de crecimiento económico de las corporaciones, está dificultando a los seres humanos desarrollar el altruismo y alcanzar la plenitud.
LA SOCIEDAD DEL MALESTAR
“El crecimiento económico del sistema capitalista se sustenta gracias a la insatisfacción de la sociedad” (Clive Hamilton)
Como consecuencia de la epidemia de malestar y sinsentido que padecen muchos seres humanos, en el ámbito de la investigación universitaria ha nacido una nueva especialidad profesional: el comportamiento económico, que estudia la influencia que tiene la psicología sobre la economía y ésta sobre la actitud y la conducta de individuos y organizaciones. Entre otros expertos, destaca el economista norteamericano George F. Lowenstein, cuyo nombre aparece en algunas quinielas como candidato a recibir el Premio Nobel de Economía a lo largo de la próxima década.
En el escenario socioeconómico actual, ¿es el sistema capitalista el que nos condiciona para convertirnos en personas competitivas, ambiciosas y corruptas, o somos nosotros los que hemos creado una economía a nuestra imagen y semejanza? ¿Qué viene antes: el huevo o la gallina? De las tesis formuladas por Lowenstein se desprende que en este caso el huevo es la gallina. Es decir, que nuestra incapacidad de ser felices nos ha vuelto codiciosos, convirtiendo el mundo en un negocio en el que nadie gana y todos salimos perdiendo. Y en paralelo, el sistema monetario sobre el que se asienta nuestra existencia dificulta y obstaculiza la ética y la generosidad que anidan en lo profundo de cada corazón humano.
Pero entonces, ¿qué es la codicia? ¿De dónde nace? ¿Adónde nos conduce? Etimológicamente procede del latín cupiditas, que significa “deseo, pasión”, y es sinónimo de “ambición” o “afán excesivo”. Así, la codicia es el afán por desear más de lo que se tiene, la ambición por querer más de lo que se ha conseguido. De ahí que no importe lo que hagamos o lo que tengamos; la codicia nunca se detiene. Siempre quiere más. Es insaciable por naturaleza. Actúa como un veneno que nos corroe el corazón y nos ciega el entendimiento, llevándonos a perder de vista lo que de verdad necesitamos para construir una vida equilibrada, feliz y con sentido.
LA CORRUPCIÓN DEL ALMA
“La riqueza material es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed da” (Arthur Schopenhauer)
Últimamente se ha hablado mucho del presidente del Palau de la Música, Fèlix Millet, al que se le acusa de haber robado 10 millones de euros. O del multimillonario Bernard Madoff, considerado un brillante gestor de inversiones y filántropo hasta que un día confesó a sus hijos Andrew y Mark que su vida era “una gran mentira”. El imperio económico que había construido a lo largo de las últimas décadas se sustentaba en la codicia, la estafa y la corrupción.
Tras ser arrestado y procesado, Madoff fue condenado el 29 de junio de 2009 a 150 años de cárcel por ser el responsable del mayor fraude financiero de la historia, cifrado en más de 35.000 millones de euros. ¿Qué motiva a un hombre que lo tiene todo a querer más? ¿Por qué tantas personas se vuelven corruptas, mezquinas y perversas al alcanzar el poder?
Para muchos psicólogos, personas como Madoff o Millet representan la punta del iceberg de uno de los dramas contemporáneos más extendidos en la sociedad: “la corrupción del alma”. Así se denomina la conducta de las personas que se traicionan a sí mismas, a su conciencia moral, pues en última instancia todos los seres humanos sabemos cuándo estamos haciendo lo correcto y cuándo no. Y es que para cometer actos corruptos, primero tenemos que habernos corrompido por dentro. Esto implica marginar nuestros valores éticos esenciales –como la integridad, la honestidad, la generosidad y el altruismo en beneficio de nuestro propio interés.
RICOS FUERA, POBRES DENTRO
“Nada que esté fuera de ti podrá nunca proporcionarte lo que estás buscando” (Byron Katie)
Según las investigaciones científicas de Lowenstein, cuando las personas son víctimas de su codicia entran en una carrera por lograr y acumular poder, prestigio, dinero, fama y otro tipo de riquezas materiales. Quienes cruzan la línea una vez, tienden a cruzarla constantemente. Las personas codiciosas se engañan a sí mismas; siempre encuentran excusas para justificar sus decisiones y actos corruptos. El hecho de que los demás lo hagan ya es suficiente para hacerlo. Sin embargo, la sombra de su conciencia moral les persigue de por vida.
Una vez ascienden por la escalera que creen que les conducirá al éxito y, en consecuencia, a la felicidad, comienzan a ser esclavas del miedo a perderlo todo. De ahí que se vuelvan más inseguras y desconfiadas, invirtiendo tiempo y dinero en protegerse y proteger lo que poseen. Y no sólo eso. Se sabe de muchos casos en los que las personas codiciosas terminan aislándose de los demás, con lo que su grado de desconexión emocional aumenta y su nivel de egocentrismo se multiplica.
Por eso muchos intentan compensar su malestar con el placer y la satisfacción a corto plazo que proporciona la vida material. Para conseguirlo necesitan cada vez más dinero, lo que les lleva, en algunos casos, a cometer estafas en sus propias organizaciones, tal y como hicieron Madoff y Millet. Según la consultora Deloitte, “más de seis de cada 10 fraudes empresariales se cometen desde dentro”. Muchos se planean en los despachos de la cúpula directiva. Que la corrupción se haga pública, es otra historia.
En palabras de Lowenstein, “la codicia es una semilla que crece y se desarrolla en aquellas personas que padecen un profundo vacío existencial, sintiendo que sus vidas carecen de propósito y sentido”. Tenemos de todo, pero ¿nos tenemos a nosotros mismos? La codicia nace de una carencia interior no saciada y de la falsa creencia de que podremos llenar ese vacío con poder, dinero, reconocimiento y, en definitiva, con un estilo de vida materialista, basado en el consumo y el entretenimiento.
LA FILOSOFÍA DE LA ‘NO NECESIDAD’
“Lo que nos hace ricos o pobres no es nuestro dinero, sino nuestra capacidad de disfrutar” (Víctor Gay Zaragoza)
Un hombre de negocios pasaba sus vacaciones en un pueblo costero. Una mañana advirtió la presencia de un pescador que regresaba con su destartalada barca. “¿Ha tenido buena pesca?”, le preguntó. El pescador, sonriente, le mostró tres piezas: “Sí, ha sido una buena pesca”. El hombre de negocios miró al reloj: “Todavía es temprano. Supongo que volverá a salir, ¿no?”.
Extrañado, el pescador le preguntó: “¿Para qué?”. “Pues porque así tendría más pescado”, respondió el hombre de negocios. “¿Y qué haría con él? ¡No lo necesito! Con estas tres piezas tengo suficiente para alimentar a mi familia”, afirmó el pescador. “Mejor entonces, porque así usted podría revenderlo”. “¿Para qué?”, preguntó el pescador, incrédulo. “Para tener más dinero”. “¿Para qué?”. “Para cambiar su vieja barca por una nueva, mucho más grande y bonita”. “¿Para qué?”. “Para poder pescar mayor cantidad de peces”.
“¿Para qué?”. “Así podría contratar a algunos hombres”. “¿Para qué?”. “Para que pesquen por usted”. “¿Para qué?”. “Para ser rico y poderoso”. El pescador, sin dejar de sonreír, no acababa de entender la mentalidad de aquel hombre. Sin embargo, volvió a preguntarle: “¿Para qué querría yo ser rico y poderoso?”. “Esta es la mejor parte”, asintió el hombre de negocios. “Así podría pasar más tiempo con su familia y descansar cuando quisiera”. El pescador lo miró con una ancha sonrisa y le dijo: “Eso es precisamente lo que voy a hacer ahora mismo”.
PARA CUESTIONAR EL SISTEMA
1. LIBRO
– ‘Dinero y conciencia’, de Joan Antoni Melé (Plataforma), recoge y sintetiza las charlas y conferencias de este comprometido banquero, que aboga por cuestionarnos y responsabilizarnos por la forma en la que ganamos, invertimos y gastamos nuestro dinero.
2. PELÍCULA DOCUMENTAL
– ‘Zeitgeist addendum’, de Peter Joseph. Describe cómo se crea el dinero, desenmascarando el funcionamiento fraudulento del sistema monetario sobre el que se edifican las instituciones sociales y económicas que nos condicionan. Se difunde gratuitamente a través de Internet: www.zeitgeistmovie.com/add_spanish.htm.
3. CANCIÓN
– ‘Society’, de Eddie Vedder. Forma parte de la banda sonora de la película ‘Hacia rutas salvajes’, de Sean Penn, y describe el sinsentido de la sociedad materialista occidental, cuya codicia condiciona la manera de pensar y de actuar de los individuos.
LA FELICIDAD DE LAO TSÉ
Un político, un empresario y un intelectual visitaron al sabio Lao Tsé. Habían oído que era feliz. Al verle, los tres sintieron que su presencia emanaba armonía, paz y serenidad. “¿Acaso tienes poder sobre otros hombres?”, le preguntó el político. Lao Tsé negó con la cabeza. “El único hombre del que soy dueño es de mí mismo”. El empresario intervino: “¿Acumulas riquezas materiales?”. El sabio volvió a negar. “Lo único que tengo son estas ropas que llevo puestas”. El intelectual añadió: “¿Has alcanzado todo el conocimiento que los eruditos anhelan poseer?”. Lao Tsé negó con la cabeza por tercera vez. “El único conocimiento que atesoro es el que me brinda mi experiencia”. Desconcertados, los tres hombres preguntaron: “Y entonces, dinos: ¿cuál es la causa de tu felicidad?”. El sabio sonrió: “La verdadera felicidad no tiene ninguna causa. Estoy vivo, y es lo único que necesito para ser feliz”.
Místicos
sábado, 5 de junio de 2010
Zapatero en el Club Bildelberg
¿A qué va al club de los ricos? ¿A enarcar las cejas porque no se entera de nada, ya que no sabe inglés? Podría ahorrar algo en traducción simultánea. Ah, ya caigo, va a pedir limosna. Qué tonto soy (tal como están las cosas, pensar que fuera a hacerse una foto sería demasiado obsceno).
La crisis de la publicidad
O sea, como los políticos, porque política y publicidad son lo mismo.
El panóptico

Un sabio amigo, Javier Lumbreras, me ha descrito la sociedad contemporánea como un panóptico. Al profano le parecerá esta una imagen extravagante, pero yo, cuanto más la considero, más cuenta me doy de la razón objetiva que acompaña a esta metáfora deslumbrante para describir el particular infierno que nos atenaza hoy en día. Y digo infierno de modo menos metafórico de lo que pueda parecer, porque cada vez esto se parece más a un infierno no solamente en lo demoniaco, sino en la temperatura, que está subiendo varios grados gracias a las maldades de nuestros gobernantes, delegados de nuestra propia maldad.
El panóptico era un modo de prisión-pesadilla diseñado por el utilitarista británico Jeremías Bentham: consistía en un edificio-tubo cuyo perímetro era vigilado desde un eje central, y donde no se permitía a los reclusos/internos (llámeseles con el eufemismo que se prefiera) hablar, para que meditaran en silencio sobre sus culpas, aislados y en celdillas, siempre bajo la vigilancia omnipresente del ojo-que-todo-lo-ve, gran hermano o hermano mayor moral. Cuando se llevó a la realidad esta extravagante propuesta, la mayoría de los presos no se regeneró, sino que se volvió loca o se suicidó. Así por ejemplo en los penales australianos y en otros lugares donde se ensayó al pie de la letra tan ingeniosa (y sobre todo abaratadora) innovación. Faltaba un ingrediente esencial de humanidad, incluso con los deshumanizados; faltaba la palabra, cuyo poder curativo siempre fue conocido y reconocido al menos desde Aristóteles. En esta sociedad todos somos víctimas de los ojos acusadores de los demás y eso nos impide ser humanos y nos transforma en momias, o peor, en piedras de la pirámide de la sociedad.
No resultará raro considerar que el propio Jeremías Bentham fuese momificado y expuesto a todos los ojos en la sala de reuniones del University College de Londres dentro de una urna o celdilla. En varios institutos de enseñanza, en museos malos y en la Plaza roja de Moscú he visto también varias momias parecidas.
Fin de fiesta, por Millás
Pero al ejecutar la operación advertimos con espanto que la reducción del nivel de vida que nos exigen provoca menos trabajo, menos crecimiento, menos ingresos y, por tanto, más déficit, es decir, más deuda y más dificultades para hacernos cargo de ella como personas responsables. La situación es idéntica a una de esas pesadillas en las que corres sin avanzar, caes sin caer, subes las escaleras sin llegar nunca a la azotea o, peor aún, descubriendo que la ascensión conducía al sótano. Parece que lo que buscan a toda costa nuestros prestamistas es una coartada para rompernos las piernas. La economía es una disciplina complicada, y cruel. Personalmente, no la entiendo, pero tampoco escucho nada inteligible a los expertos. ¿Dónde empezó todo? ¿Es rentable el negocio de la ruptura de piernas? ¿Quién nos ha entrampado de esta forma? ¿Sabían los políticos que nos han gobernado durante los últimos 20 años que la fiesta terminaría de este modo?
Ovejero
Algún día, cuando salgamos de la crisis, ya con los nervios más templados, habrá que hacer una historia pormenorizada de las explicaciones de la crisis. A primera vista, el repertorio no puede ser más amplio. Como en botica, hay de todo. Desde las que invocan la ausencia de regulación hasta las que apelan a las distorsiones introducidas por los incentivos institucionales, por la regulación. Por ahí en medio transitaron las que culpaban a la ambición de banqueros y especuladores.
Parecía el clavo ardiendo de cierta izquierda que, sin atreverse con el léxico anticapitalista, se conformó con el de los predicadores: la pérdida de los valores, la ambición sin escrúpulos y cosas así. El malo no era el sistema sino la naturaleza humana. El peccatum originale originatum de los escolásticos.
Entre ciertos economistas estas explicaciones son cosa de mucha risa, como, en general, diversas reflexiones que, al buscar soluciones a los males del mundo, acaban reclamando cambios en las mentalidades, los valores o la educación. Sí, piensan, y si mi abuela tuviera ruedas, sería un camión. Pero las cosas son como son y la maquinaria social funciona con el combustible del interés. Ya saben, el panadero de Adam Smith.
Y no les falta razón. Hay una suerte de moralismo abstracto que, ante el menor problema, a la tercera frase ya está invocando el conjuro del "cambio de valores". Es el mismo que acusa a los políticos de electoralismo, de no pensar más que en los votos. Que viene a ser como acusar a los futbolistas de tratar el balón a patadas o a los corredores de querer llegar antes que sus rivales a la meta.
Para bien o para mal, la búsqueda de votos es el argumento de la obra política: el político quiere gobernar, para gobernar ha de obtener más votos que el contrario y el mejor modo de obtener más votos es criticar su gestión. Así es como hemos diseñado las instituciones y, según algunos, como funcionan mejor: movidos por sus mezquinos intereses, unos y otros se vigilan y, al final, conseguimos penalizar a los tramposos y minimizar los errores. En economía, la explotación de las oportunidades de beneficio es el combustible de la maquinaria. Culpar a la ambición está fuera de lugar. De ahí el irrealismo de las propuestas de buen rollo como la de "esto lo arreglamos entre todos" o las apelaciones por lo derecho a "la confianza". La confianza, como la felicidad, no se consigue con invocaciones. A decir verdad, si alguien nos dice, a palo seco, "confía en mí", mejor salir corriendo.
Si hay que elegir, prefiero la cruda arrogancia de los economistas al fariseísmo gestero de los otros. En la sobreactuación de los moralistas hay un no sé qué de impostada candidez que atufa a deshonestidad intelectual y para el que no se me ocurre mejor purga que las maneras bruscas y descreídas de los cultivadores de la ciencia triste. En las labores de derrumbe, los economistas pueden dar curso a una mala baba, no exenta de gracia, normalmente embridada en sus áridos empeños habituales, y que da mucho juego cuando hay que oxigenar los ambientes.
Por eso mismo, sería de desear que no limitasen la aplicación de sus talentos al moro muerto del buenismo moralista. Hay muchos otros lugares en los que las abuelas también tienen ruedas. Sin ir más lejos, en la propia economía no faltan los fantaseos, por ejemplo, acerca de cómo somos los humanos.
La teoría económica, al menos la que camina por la avenida más transitada, asume que los agentes somos egoístas y la mar de racionales. Tenemos en cuenta todas las opciones disponibles, evaluamos óptimamente las consecuencias que se siguen de cada una de ellas y actuamos en consecuencia sin otro objetivo que el mayor beneficio. La información relevante, contenida en los precios, nos bastaría para decidir. Si actuamos de ese modo, las cosas funcionan. Si nos desviamos, aparecen los problemas. Se nos complica la vida, la de cada uno y la de todos. Las burbujas especulativas, por ejemplo, se dan cuando nos dejamos llevar por la confianza en que las cosas irán a mejor, sin que exista ninguna razón para ello, sin evaluar adecuadamente la información disponible. La explicación de no pocos desórdenes del mundo radicaría en que no somos tan racionales como sostiene la teoría.
A estas alturas, el lector puede empezar a pensar que quizá no hay tanta diferencia entre culpar a "la falta de valores" y culpar a "la falta de racionalidad" y que, después de todo, quizá las abuelas de los economistas también tienen pinta de camiones. Y sí, hay algo tramposo en ese proceder que apela "al mejor de los mundos". Como si un entrenador justificara la derrota de su equipo porque "sus jugadores no corren como un guepardo".
La trampa no consiste en apelar a una situación hipotética, a cómo hubiesen ido las cosas si se hubiera actuado de otra manera, sino al grado de realismo de esa "otra manera". La explicación de la derrota porque "no jugaron por los extremos" también apela a una situación hipotética y la damos por buena. No está al alcance de los jugadores correr como un guepardo, al menos sin farmacopea, pero sí que está a su alcance jugar por los extremos.
En realidad, toda explicación tiene algo de lamento y, en un momento u otro apela a situaciones hipotéticas, a posibilidades que no llegaron a cuajar. Y todas las valoraciones, algo de reproche. Las historias, la de las revoluciones americana, francesa, rusa, la de la Segunda República, la de Cuba o la de la Transición y, también, la de cada cual, tienen otra historia que pudo haber sido y no fue, pulcra y sin sombras, que las avergüenza y desmerece. Pero no todas las nostalgias valen igual. Consideramos infeliz a alguien que, como el poeta, se lamenta por no haber apostado por "alguien que le amó y que le abandona"; a quien se lamenta por no haber apostado por la Elsa de Casablanca lo consideramos un trastornado. Nos importa el realismo del repertorio de posibilidades.
De modo que lo que hay que tasar es el grado de realismo de los humanos conjeturados por los economistas, no sea que tenga el mismo que El libro de los seres imaginarios de Borges. Si no nos reconocemos ni por casualidad, quizá sea cosa de pensar que explicar la crisis por los "fallos" de las personas sería como explicar la derrota futbolera por los guepardos. En 2002, Daniel Kahneman se llevó el Nobel por recordar que los mortales comunes y los que suponen los economistas nos parecemos como un huevo a una castaña. Somos racionales pero no tanto. Así las cosas, no es raro que el año pasado en un libro, Animal Spirits, escrito a dos manos con Robert Schiller, otro premiado, Akerloff recomendase abandonar las hipótesis hiperracionalistas si queríamos entender los procesos económicos, incluida la crisis. Su diagnóstico, en apariencia, no anda tan alejado del convencional: tal como somos, confiados, temerosos y bastante imprevisibles, es normal que, con las instituciones que tenemos, pasen las cosas que pasan. Pero había un importante matiz, un cambio de énfasis en la situación hipotética invocada: no buscaba soluciones donde no se pueden encontrar, enfilando la senda imposible del "si fuéramos de otra manera, racionales", sino en las instituciones, algo que sí está en nuestra mano modificar.
A lo que se ve, casi todo el mundo tiene una abuela tuneada. Nos podemos reír hasta descoyuntarnos de quienes achacan los males del mundo a la codicia o al afán de lucro. Pero, por favor, que no se acabe la fiesta. Hay mucho material.
Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es Incluso un pueblo de demonios (Katz).
viernes, 4 de junio de 2010
Agobio
He visto tres premios literarios cercanos, dos en Manzanares y uno en Valdepeñas; quizá merezca la pena participar, aunque los premios literarios de esta corrupta provincia se venden al mejor postor, y si no que lo digan en Piedrabuena (o en cualquier otro cacicato, tanto da); el plazo acaba el 30 de junio. Yo, que he trabajado de sucedáneo negro o ghost writer, bien me lo sé. De una editorial madrileña me han pedido que haga, como especialista en XVIII, una edición didáctica de las fábulas de Iriarte y Samaniego; pues bueno, y ya que me pagan, tendré que hacerla, pero me hubiera gustado incluir también a Cristóbal de Beña y a Hartzenbusch; no es justo que en el canon entren siempre los prejuicios clasicistas de Menéndez y Pelayo, que Dios confunda.
Por otra parte, tengo que acabar mi edición del Jicoténcal este verano y dársela a una editorial, escribir otro capítulo de mi Historia de la literatura manchega , actualizar el que tengo y terminar un artículo para el libro de los amigos de Cádiz antes del día 15 de junio; quisiera además darle un empujón a mi Manual de didáctica de la lengua y la literatura española, que sólo está empezado, preparar la edición de los ensayos de Mejía que me quedan (los Retratos políticos de la revolución de España y la Vida de Fernando VII) y concluir mi Historia de la primera guerra carlista en La Mancha (he descubierto otro documento inédito), o en su defecto, la edición de las Obras de Sebastián de Almenara... por no hablar de la ediciones pendientes del Drama de la iglesia incendiada que he descubierto o de la crónica de Cristóbal de Mena. Pero como todas estas cosas no me las pagan, tendrán que esperar y las haré a ratos -pocos- libres. Y tal vez tras todas estas cosas venga el soñado día en que podré no soñar en nada.
La paradoja de Friedrich von Hayek
"Cualquier política dirigida directamente a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que alguien entienda como una distribución "más justa", tiene necesariamente que conducir a la destrucción del imperio de la ley porque, para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, sería necesario tratarlas de forma diferente. Y ¿cómo podría haber entonces leyes generales?"
Pero olvida que existen unos intereses generales, como los que formula Habermas, que si son tributarios de esa justicia distributiva, y que el problema de fondo del capitalismo es el que, al olvidar esos intereses generales, se constituye en una forma de degradación, y no sólo de la naturaleza, sino del ser humano: produce demasiada basura, y no sólo basura material, sino humana: produce gente que es, en sí misma, basura. Hayek cree que el hombre es como es, o sea, lo mismo que otro liberal, o fanático de la libertad, Cervantes: "Cada cual es como Dios lo hizo, y aun peor muchas veces"; eso es la negación de todo impulso utópico; pero Cervantes se revelaba contra ese pesimismo por medio de un fundamento ético universal y cristiano del que Hayek, con su reduccionismo del mercado libre, carecía.
jueves, 3 de junio de 2010
Estos días
Foción iría en pelotas; hacía mucho calor, aunque el aire acondicionado ayudaba; lo que mataba era el tránsito del infierno de las falsas calles a las atracciones heladas, todo un caldo para los virus. Izado de la cama fuera de hora y sostenido en pie a fuerza de té con limón, iba yo muy zombiento y jingado, con las persianas de los ojos abiertas pero sin ver, muy indispuesto, pícnico y endomorfo contra el viaje al parque de atracciones de la Warner, pero esta americanada para ganar dinero no sólo estuvo bien, sino que me gustó e incluso me divertí; a pesar de mis dolencias cardiacas, me subí en tres montañas rusas seguidas y nada, no me mareaba, incluso en la de Batman, con todas sus cabriolas boca abajo y caídas en picado. Como no había cinturón para gordos, mi hija temía me despeñara. Yo, al contrario que Nerón, hubiera dicho: "Qué favor hago al mundo librándolo de poeta tan malo". Engañamos a mi mujer, señora de Pozuelo Seco don Gil, reina de Ciudad Real, emperatriz del Campo de Calatrava y tirana de la Mancha y a Paloma para que se subieran en la de Batman, y bajaron con los pelos de punta, las manos en los ojos. Mi sobrina, una hindú negrita, era la más valiente. Pero lo mejor fue los barcos piratas, donde acabé completamente mojado de la cabeza a los pies, disparando un cañón de chorrito a presión contra todo quisque: "Que es mi barco mi tesoro...". Una segunda remojadura fue la de los donuts flotantes en los rápidos, que recomiendo a todos; por dos veces seguidas acabamos completamente empapados. Los demás ya iban advertidos e iban ligeritos de ropa, pero yo llevaba pantalones hasta los tobillos y quedé sopón hasta que el sol de junio me secó, lo que tuvo que hacer dos veces. El poblado del oeste estaba bien, uno se sentía como en la versión madrileña del Desierto de Tabernas; además asistí a una tétrica boda y en Cartoonland paseé en calesa entre las secuoyas del bosque y pude conocer personalmente al tierno Piolín en la casa de la Abuelita, al negro y discriminado Pato Lucas (Duffy duck), al indeclinable e ingenioso Coyote y a Bugs Bunny en su propia madriquera, donde no faltaban los libros pero, por desgracia, no pude conocer a mi pariente el Oso Yogui; como por estas fechas no hiberna, debía andar robando la pitanza a los turistas.
Y de pitanza voy a hablar, porque nos merendamos unas pizzas y unas hamburguesas con patatas que todavía lo estoy lamentando: dinamita para mis cañerías ahítas de colesterol.
En cuanto a la gala de los padres, llegamos al teatro a medias de una corta escena teatral inspirada en el Enxiemplo de la mujer brava del Conde Lucanor en la que trabajaba mi hija Paloma haciendo de padre, aunque bien podría haber desempeñado el papel principal; vi varias alumnas bailando esa cosa que ahora dicen que es baile, un discurso de una alumna fiestera, rubia y locuaz donde hubo lugar para el viaje a Berlín (allí se aburrió jugando al ping-pong con unos alemanes desconocidos en una casa vacía) y, por último, dos discursos de profesores desquiciados por las fechas, los exámenes, las evaluaciones y los alumnos, con algunas erratas -llamar becas Orgasmus a las becas Erasmus, por ejemplo-. Afuera había un escueto aperitivo sobre varios mesones y vi a varios profatas, como a ese tan estiralto encargado del teatro o Concha, amabilísima ella, y a Juan Manuel, que iba amarillonaranja de un lado a otro y al parecer no me vio, a la distante y encantadora Inés, abandonada por el saxo y que cantaba angelicalmente en el coro como solista, por la que parece no pasar el tiempo, como tampoco para la delgadente -finústica, diría mi suegra- matemática Elena, muy gozosas ambas y muy queridas por sus alumnos. Poco a poco, la gente se fue (yendo), pero quedaban los pobres alumnos con la mirada náufraga, perdidos, los pobres, y angustiados ante la puerta de la ley, que decía Kafka, (o Selectividad) por donde debían pasar al mundo de los muertos/adultos. Egoístas y sin asideros muchos de ellos, formando pequeños corros otros; noté que la sociedad ya sólo se articula en familias, no en amistades. Un poco de todo: chinas, negritas, pelirrojas, morenas, rubias, mariquitos... sobre todo chicas; los chicos han desaparecido en el viaje de ida. Todos, solos, recelosos, insinceros, aburridos.
De Francisco Pino
¿Dónde está la voz del aire?
Tú la escuchas. Es silencio.
Sus palabras son las nubes,
la luz y el viento sus verbos.
martes, 1 de junio de 2010
El joyero del fusilado
Natalia Junquera, "El joyero del fusilado", El País, hoy Hace ocho años, María Jesús Romero, aficionada a las antigüedades, compró una cajita en el Rastro de Madrid. Era de madera, cubierta con hilos de seda. Fue tan barata que no recuerda ni cuánto le costó. "La compré porque la había hecho un preso para una mujer", cuenta.
Su esposa siguió en la nieve el rastro de sangre del camión que se lo llevaba
La cajita llevaba una inscripción en su interior: "A la señorita Angelina, en prueba de agradecimiento. B. L. A 11 de agosto de 1943". Y otra en la base en la que se leía: "Regalo de Braulio López Morales. Prisión de Porlier. Traído por su esposa Doña María Martínez el 19 de agosto de 1943". María Jesús imaginó muchas veces quién sería Braulio, quién Angelina... "Siempre pensé que él pertenecía a los vencidos, y que quizá ella era alguien que le había protegido. Me imaginaba a la mujer de Braulio yendo a verle a la prisión. Y me preguntaba cómo habría podido llegar aquella caja al Rastro. Estaba en buen estado, Angelina la había cuidado bien. Pensé que quizá ella había muerto y sus hijos la habían vendido".
María Jesús buscó el nombre de Braulio en listados de fusilados. No lo encontró, pero envió una foto de la cajita a la web del colectivo Memoria y Libertad, que recoge los nombres de los ejecutados en Madrid. Hace poco, la nieta de Braulio, Ana Isabel López, después de ver en televisión Las 13 rosas, probó a escribir el nombre de su abuelo en Internet. Y le salió la foto de la cajita. María Jesús se la entregó este sábado, tras un largo abrazo.
"Fue muy emotivo. Sentí alegría de tener algo suyo en la mano, y a la vez mucho dolor por no haberlo conocido", cuenta Ana Isabel. "En casa no se hablaba de él, era como un fantasma".
Su tío, de 80 años, completó el relato. "Me contó que Angelina era bibliotecaria en el Ministerio del Interior y que había conseguido muchos pases para que mi abuela pudiera ir a ver a su marido a prisión, y que ocultó su expediente para que no lo vieran y le mataran. La caja la hizo en 1943. Aquel año fusilaron a casi todos los presos del pueblo de mi abuelo, Fuentidueña del Tajo. A él lo mataron en 1945. Tenía 36 años".
Su tío también le contó lo que su abuela jamás había tenido fuerzas para confesarle: "A ella la detuvieron, le raparon la cabeza y la pasearon así por el pueblo para humillarla. El día en que fusilaron a mi abuelo, ella y uno de sus primos siguieron al camión donde se lo llevaban para enterrarle con otros hombres. Nevaba en Madrid, y ella perseguía el rastro de sangre. Al llegar a la fosa, colocó un pañuelo rojo y una bota debajo de la cabeza a mi abuelo para poder identificarlo. En 1956 exhumaron los cuerpos. Mi abuelo tenía la bota debajo de la cabeza. Le puso una placa con su nombre".
Al morir su marido, María Martínez se puso a trabajar en la consulta de un dentista, tuvo que enviar a sus hijos a internados y cayó en una depresión. "Le recomendaron que trabajara con niños y empezó a cuidar a unos que vivían en el barrio de Salamanca, en Madrid, que debió de buscarle Angelina. La pobre crió aquellos niños y no pudo cuidar de los suyos. Mi padre salió del internado con 13 años", cuenta Ana Isabel. Su tío visitó a Angelina hace unos 15 años. "Seguía siendo la 'señorita Angelina'. No se había casado y estaba muy enferma. Debió morir al poco tiempo".
María Jesús pudo ponerle por fin cara a Braulio. "¡Qué joven!", exclamó cuando Ana le mostró la única fotografía suya que tiene. "En mi familia no mataron a nadie. A mi padre le tocó luchar en el bando nacional, pero soy trabajadora social y había oído estos relatos en los pueblos. Recuerdo a un hombre que cuando se estaba muriendo revivió el momento en que se llevaban a su hijo, y gritó pidiendo auxilio. Me sobrecogió aquella angustia. También me recordó cuando presenté a una mujer de 30 años a su madre, que la había tenido de soltera, sin recursos. Hasta que no la conoció, no se casó. Estaba como bloqueada. Me ha traído unos sentimientos parecidos".
Mientras la envolvía en papel de regalo, a María Jesús le dio un poco de pena desprenderse de la caja. "Siempre la he guardado con cariño. Tenía vida. Y dolor".