jueves, 15 de mayo de 2008
Culipardia, comarca de La Manchurria
Un blog que estudia el irreal estado de Culipardia, en la Manchurria Castellano Media:
http://culipardia.miciudadreal.es/
El azul del infierno (Patinir)
Para que vuelva a ponerse de pie el Ángel Caído ha de ponerse primero de rodillas, pero eso nunca lo hará, porque entonces no sería el Ángel caído. No puede renegar de su identidad, que es lo más íntimo que posee: no puede dejar de ser él mismo. Non serviam, no serviré. No pedirá perdón. Ese es el máximo pecado de la soberbia, la subjetividad absoluta, la falta integral de empatía, de amor. Esa es la absoluta desesperación, la falta completa de humildad. Y ese es el pecado del Romanticismo y su máxima virtud, también.
Yo me río que da gusto de mi propia angustia, angor, Angora, ank, ansada, angosto, Ankara… muchas palabras, muchos idiomas, pero sólo una raíz para designar la estrechez, unas veces geográfica, otras veces la de un vaso sanguíneo del corazón poco a poco arrancado por un exceso de tensión arterial, que terminará por desenchufarme la aorta con una explosión; si se trata de la estrechez que oprime, no de la económica, sino de la psicológica, pero aunque una conduzca a la otra, la designaremos con menos identidad etimológica con el nombre de estrés, vocablo inglés que significa corriente. Mas la corriente que yo sufro más es eléctrica que acuática, por más que aunque ahogue igual e igual te haga bracear inútil y espasmódicamente, como bajo los poco morales molares de un tiranosaurio rey.
Divago… ¿y por qué no puede divagar un escritor? Puedes reprimir la fantasía todo lo que quieras, pero te estallará en la cara, al igual que la aorta, cuando menos te lo esperes, en tus sueños, en tus momentos de distracción, incluso en tus mismas enfermedades con el nombre de delirio, de poesía, de divagación… de arte acaso. Divago. No quiero consuelos a mi muerte, sino que me dejen tan en paz, es decir, tan muerto, como me han dejado siempre aquellos que me han podido hacer la vida más fecunda. Yo tampoco iré a sus entierros; que ellos no vengan al mío. Lo único que dejaré es un rastro de letra impresa, un hilillo de prosa, que tiraréis a la basura con los demás recuerdos de los hombres que he traído del pasado: Juan Calderón, Félix Mejía, Fernando Camborda, Carlos de Praves, Antonio García Vao y tantos otros. Yo sí recuerdo; vosotros, olvidadme; me queda el consuelo de que ya costará más trabajo olvidar a estos hombres que otros han intentado olvidar. "Al final / las obras quedan, / las gentes se van. / Otros que vienen / las continuarán... / ¡La vida sigue igual! '', Julio Iglesias dixit.
miércoles, 14 de mayo de 2008
Fauna escolar
Los chicos no son una fauna, sino un paisaje humano; pero muchos que no son buenos se portan como estereotipos satíricos y resulta fácil clasificarlos; la mayoría son el fruto de veinte años de Televisión Española, dejadez paterno maternal e incultura hereditaria:
El heavy o jevipollas: desciende de los hermanos Macana en su troncomóvil y como ellos toca el tam tam en las cabezas. Su única aspiración es hacer ruido tocando el tambor con las manos o con los bolígrafos en el pupitre, incluso con los pies, como si condujese una inexistente motocicleta de larga y diarreica pedorreta, que es su sueño y amor. Es fanático del reagetton y de la música ininteligible y sin letra, vulgo bakalao, que sólo consiste en "bom, bom, bom". En su boca hay siempre un chicle masticado a compás. De vez en cuando mira el reloj para ajustar el ritmo. En los recreos lleva un ipod o el ipod más bien le lleva a él. Su cabeza está completamente vacía y las cosas no le entran por los oídos, porque está lleno de ruido. Su ídolo es Manolo el del bombo, quien, además, es de Ciudad Real, y su máxima aspiración, tocar la zambomba en Nochebuena, ganar una carrera de sacos y ser Pandorgo mayor. Como otros pajarracos, se alimenta de chuches y palomitas.
El/la niñat@ de mantequilla, siempre protesta por todo, siempre tiene que mear, menstruar, lavarse las manos, levantarse, abrir la ventana, quejarse de calor, quejarse de frío, quejarse a secas, protestar, cambiar notitas, contar chismes, reír tontamente, darle al móvil, arreglarse el moño o el pelo, jugar con los lápices, pintar monos (en el pupitre o en el cuaderno, límpido de no hacer nada), provocar al compañer@, preparar el fin de semana, cantar la última canción para idiotas, hablar, hacerse la sorda, buscar novio, quitárselo a las demás, molestar a sus compañeros, incordiar al profesor o salirse del tema. Es un abejorro que sólo sabe zumbar, un zángano con el pulgar muy desarrollado de tanto darle a la play. Se la distingue fácilmente porque siempre tiene la mochila delante, encima de la mesa, sin abrirla, y/o se sienta de lado o al revés para hablar más cómodamente. Es pija de nacimiento y no tiene cura. Las cosas le entran en la cabeza por un lado, pero le vuelven a salir por el otro sin provocar eco.
El talibán. Criatura específica que se cría en la ESO y en el sistema educativo español. Su nombre procede de "un tal Iván", de siniestra memoria, conocido por sus padres como Iván Planas. No tiene una sola virtud y es un completo revienta clases, sin que falte nada a este modelo perfecto de terrorista escolar. Las cosas no le entran en la cabeza, porque está a miles de kilómetros de distancia de allí, en un desértico lugar llamado Babia.
El Bin Laden. Es una subclase menos nociva de talibán. Le gusta lanzar cosas con intención destructiva. Pueden ser avioncitos de papel, si es muy clásico, o bien pelotas, lo que hace casi inevitable el chiste grosero y fácil "te voy a dejar sin pelotas", "ya estás otra vez cogiéndote las pelotas" o "qué, ¿haciendo pelotillas?". Pueden ser también tizas, borradores o munición pesada. A veces se ayuda con canutillos de bolígrafo o gomitas. Las cosas no le entran en la cabeza porque ignora la gramática con que se compone su idioma, no lo entiende.
El amorfo: no trabaja, no quiere trabajar, no deja trabajar. Es una masa sin forma ni identidad, sin deseos ni aspiraciones, que no hay por donde coger. Imita su entorno como el camaleón, pero sólo copia lo que es fácil de imitar: el ruido, el desorden, la estupidez. Así, se entretiene mirando a las musarañas y hablando de fútbol. Su única actividad es robar oxígeno del aire, prolongar y calentar la silla y servir de comparsa a los graciosillos de la clase, de quienes es apéndice y eco. Las cosas no le entran en la cabeza porque lleva una escafandra de ignorancia y prejuicios puesta desde su casa tan dura que ni siquiera un bazooka la lograría cascar. Su máxima aspiración es ocupar el lugar de su sitio, como las estatuas, aunque las palomas se caguen sobre él. Su agresividad consiste en negarse siempre a trabajar o a hacer cualquier cosa, en poner peros, en retrasar las cosas, en poner cadenas a cualquier manifestación de entusiasmo. Aunque suele ser pasivo y no activo, es el más perjudicial en conjunto porque es el más abundante y, así, en una clase en la que hay bastantes es imposible poder explicar porque hablan demasiado y no se callan. Son siempre la rémora, la dificultad insoslayable, el entendimiento impenetrable, la burricie misma, o simplemente repetidores.
El graciosillo. Es un descarado que se hace el listo y el chuleta, miente más que habla, manipula a los amorfos y con frecuencia se ríe de ellos sin darse cuenta de que pertenece a la misma familia. Se deprime si se le llama soso, porque tiene la autoestima tan baja que necesita burlarse de sí mismo para no ser él mismo, tanto se autodesprecia. Suelen venir de familias desestructuradas y frecuentemente son pijos, como reacción narcisista a su complejo de inferioridad.
El maligno. Es muy escaso, pero el más peligroso. Es vago y astuto, incluso a veces inteligente, pero absolutamente falto de voluntad y empatía. No tiene sentimientos, pero los simula muy bien cuando le conviene y sabe manipular los de los demás. Estudia metódicamente los puntos flacos de los profesores y, cuando está seguro de salir impune, ataca, tira la piedra y esconde la mano. Negativo, manipula a los demás, en especial a los amorfos, pero también a los otros. Con frecuencia monta una mafia con malignos o graciosillos de otras clases y cursos, con los que intercambia información en los recreos o a través del chat. Sus tentáculos se extienden hasta más allá del instituto. El profesor sin experiencia suele tardar en localizarlo, pero al final, siempre, da con él.
El jeta. De su alta aristocracia jamás dudar se pudo. Pijoter@ y bitong@, se hace el chuleta y no tiene otro dios que su vientre; es narcisista y adora y besa su ombligo, cuando no lo muestra orgulloso si es ente femenino. Es un ser redundante, dos veces él o más, encantado de haberse conocido; ignora la duda; no comprende que "lo" suspendan, porque ÉL "se" aprueba todo lo que hace; ignora la realidad cuando no le conviene y el esfuerzo no está hecho para ÉL, sino para los demás que no pertenecen a su alta estirpe; acaso lo más llega a creer que hay una conspiracion universal contra su persona formada por malévolos profesores cuyo indigno contubernio desprecia, ya que aspira a arruinar su dorado sueño de vivir perpetuamente inmerso en una piscina idílica y sustentarse de sus padres hasta que pueda sustentarse de sus nietos en una maravillosa jubilación anticipada en las Bahamas, pagada por el estado y los impuestos de los demás. Algunos que no son malos estudiantes terminan por hacerse profesores.
Todos estos, claro está son prototipos, pero en la realidad pueden darse mezclados en diversa proporción, aunque siempre hay uno de estos más o menos dominante. Cada uno tiene su versión opuesta en buen alumno; pero este es un bien escaso, como lo son todos los bienes. El buen alumno puede ser listo o tontillo, pero siempre le distingue la nobleza, la honradez y el trabajo. El mal alumno suele pertenecer más bien a la clase media, la de los que no son ni inteligentes ni tontos, sino que no tienen claro lo que son, y los suele curar, al menos en parte, la madurez y los encontronazos con la jodida realidad del yunque o del martillo. De todos ellos, la única cantera peligrosa es la del maligno, que se alimenta de personas con tendencias sociopáticas.
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Josef Winkler, otro católico harto. Y van...
Josef Winkler, en el infierno del catolicismo
El escritor austriaco levanta testimonio de los horrores de la fe
JOSÉ ANDRÉS ROJO - El País, Madrid - 14/05/2008
"Si alguien me dice que sabe escribir, desconfío", comenta Josef Winkler (Kamering, Carintia, 1953). "No creo que se pueda aprender a escribir de una forma determinada; cuando escribes, descubres lo que va surgiendo con la frase. Es algo que se puede expresar también a la manera del autor alemán Friedrich Hebbel: 'Cada frase, el rostro de un hombre'. Eso es lo que hago, y si no hay rostros en las frases que he escrito, es que no sirven".
He aquí algunos ejemplos de su escritura, tomados de su última novela traducida, Cementerio de las naranjas amargas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores). "Si supiera que tengo alguna enfermedad mortal e iba a morir en unas semanas, iría en barco a la isla de Stromboli y me arrojaría al volcán, porque a mi tierra natal de Carintia no quiero dejarle ni siquiera mi cadáver". O esta otra: "Me gusta estar entre los muertos; no me hacen nada y son también seres humanos".
Conviene dar cuenta del tono de Winkler, no muy distinto en su dureza (y en su carácter obsesivo) del de otros escritores austriacos, como Thomas Bernhard o Elfriede Jelinek. "Lo más importante es encontrar tu propia voz", dice. Antes se ha referido a la infancia como el lugar en el que hay que buscar las experiencias que configuran la propia mirada. "Fui monaguillo durante seis o siete años en un pequeño pueblo católico de labriegos del sur de Austria, en la Carintia. La Iglesia me educó en el temor. Nos contaron que los ángeles llevaban un minucioso registro de cuanto hacíamos y pensábamos, de cuanto soñábamos y sentíamos. El día del Juicio Final se abriría ese libro en el cielo y seríamos condenados, según lo que estuviera apuntado, al fuego eterno del infierno".
"Nos contaron todo esto y crecimos con esos miedos, pero también descubrimos que aquello no era verdad", añade Winkler. "Pudimos ver lo que había detrás y comprobamos que esos ángeles que parecían de oro estaban vacíos. Ni lengua, ni corazón, ni entrañas, ni pulmones. Pura fachada, un gran fraude".
El dolor, la muerte, el pecado, el mal, el suicidio, la penitencia, la sangre, la podredumbre, la atmósfera tétrica de las sacristías y las iglesias, los oscuros rituales: las marcas inconfundibles del catolicismo más cerrado constituyen la columna vertebral de esta novela de Winkler. "No lo hice como una venganza, pero devolví el daño que me hicieron como una inmensa blasfemia".
Es inevitable, frente a ese panorama, referirse al reciente caso del padre que supuestamente encerró durante 24 años a su hija para abusar de ella en el pueblo de Amstetten. "No es una especialidad austriaca", dice Winkler, "pudo haber ocurrido en Baviera o en un pueblo de la España profunda". Pero explica que hay algo en los austriacos que los lleva a desentenderse de los demás, a mirar a otra parte, a subyugarse. "Incluso las instituciones son responsables, ¿cómo no investigaron en una casa que iba creciendo saltándose todas las normas vigentes?".
El descenso a los infiernos del catolicismo lo inicia Winkler en Carintia y lo continúa en Roma (e Italia). La homosexualidad es uno de los elementos centrales de su vida cotidiana ("De niños fuimos ocultando nuestros sentimientos; ya mayores, es necesario huir a tiempo y aprender a ser anónimos en un mundo extraño"). También recorre la novela la pervivencia del nazismo en muchos de los austriacos de su entorno. La muerte es una obsesión permanente. "Del azar de lo que leemos, dice Elías Canetti, depende lo que somos", escribe Winkler. Su literatura tiene esa ambición, la de sacudir y transformar.
El escritor austriaco levanta testimonio de los horrores de la fe
JOSÉ ANDRÉS ROJO - El País, Madrid - 14/05/2008
"Si alguien me dice que sabe escribir, desconfío", comenta Josef Winkler (Kamering, Carintia, 1953). "No creo que se pueda aprender a escribir de una forma determinada; cuando escribes, descubres lo que va surgiendo con la frase. Es algo que se puede expresar también a la manera del autor alemán Friedrich Hebbel: 'Cada frase, el rostro de un hombre'. Eso es lo que hago, y si no hay rostros en las frases que he escrito, es que no sirven".
He aquí algunos ejemplos de su escritura, tomados de su última novela traducida, Cementerio de las naranjas amargas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores). "Si supiera que tengo alguna enfermedad mortal e iba a morir en unas semanas, iría en barco a la isla de Stromboli y me arrojaría al volcán, porque a mi tierra natal de Carintia no quiero dejarle ni siquiera mi cadáver". O esta otra: "Me gusta estar entre los muertos; no me hacen nada y son también seres humanos".
Conviene dar cuenta del tono de Winkler, no muy distinto en su dureza (y en su carácter obsesivo) del de otros escritores austriacos, como Thomas Bernhard o Elfriede Jelinek. "Lo más importante es encontrar tu propia voz", dice. Antes se ha referido a la infancia como el lugar en el que hay que buscar las experiencias que configuran la propia mirada. "Fui monaguillo durante seis o siete años en un pequeño pueblo católico de labriegos del sur de Austria, en la Carintia. La Iglesia me educó en el temor. Nos contaron que los ángeles llevaban un minucioso registro de cuanto hacíamos y pensábamos, de cuanto soñábamos y sentíamos. El día del Juicio Final se abriría ese libro en el cielo y seríamos condenados, según lo que estuviera apuntado, al fuego eterno del infierno".
"Nos contaron todo esto y crecimos con esos miedos, pero también descubrimos que aquello no era verdad", añade Winkler. "Pudimos ver lo que había detrás y comprobamos que esos ángeles que parecían de oro estaban vacíos. Ni lengua, ni corazón, ni entrañas, ni pulmones. Pura fachada, un gran fraude".
El dolor, la muerte, el pecado, el mal, el suicidio, la penitencia, la sangre, la podredumbre, la atmósfera tétrica de las sacristías y las iglesias, los oscuros rituales: las marcas inconfundibles del catolicismo más cerrado constituyen la columna vertebral de esta novela de Winkler. "No lo hice como una venganza, pero devolví el daño que me hicieron como una inmensa blasfemia".
Es inevitable, frente a ese panorama, referirse al reciente caso del padre que supuestamente encerró durante 24 años a su hija para abusar de ella en el pueblo de Amstetten. "No es una especialidad austriaca", dice Winkler, "pudo haber ocurrido en Baviera o en un pueblo de la España profunda". Pero explica que hay algo en los austriacos que los lleva a desentenderse de los demás, a mirar a otra parte, a subyugarse. "Incluso las instituciones son responsables, ¿cómo no investigaron en una casa que iba creciendo saltándose todas las normas vigentes?".
El descenso a los infiernos del catolicismo lo inicia Winkler en Carintia y lo continúa en Roma (e Italia). La homosexualidad es uno de los elementos centrales de su vida cotidiana ("De niños fuimos ocultando nuestros sentimientos; ya mayores, es necesario huir a tiempo y aprender a ser anónimos en un mundo extraño"). También recorre la novela la pervivencia del nazismo en muchos de los austriacos de su entorno. La muerte es una obsesión permanente. "Del azar de lo que leemos, dice Elías Canetti, depende lo que somos", escribe Winkler. Su literatura tiene esa ambición, la de sacudir y transformar.
Lejos de Dios
Los que aducían a Newton como ejemplo de científico creyente, tienen ahora la simetría opuesta en el relativista Einstein; ¿Qué pensará al respecto Edward Witten, el nuevo Einstein?
Einstein, lejos de Dios
ELPAÍS.com - Madrid - 13/05/2008
"La ciencia sin religión es inútil y la religión sin ciencia está ciega". El largo y encendido debate entre creyentes y no creyentes sobre si Albert Einstein perteneció al primer o segundo grupo, desencadenado precisamente por ese aforismo del genio, podría haber quedado zanjado. Una carta del físico alemán que saldrá a subasta esta semana califica las creencias religiosas de "supersticiones infantiles", según informa este martes el diario británico The Guardian.
Albert Einstein escribió la misiva de su puño y letra el 3 de enero de 1954 y su destinatario fue el filósofo Eric Gutkind, quien había enviado poco antes al padre de la teoría de la relatividad una copia de su libro La llamada bíblica a la rebelión. "La palabra Dios no es más que la expresión y el fruto de la debilidad humana, y la Biblia, una colección de honorables leyendas primitivas, las cuales, no obstante, son bastante pueriles", decía el científico en la carta.
Einstein, que era judío y rehusó el ofrecimiento de ser el segundo presidente de Israel, también rechazó la idea de que los judíos son un pueblo tocado por Dios. "Para mí, la religión judía, como las demás, es una encarnación de las supersticiones más infantiles. Y el pueblo judío, al que estoy contento de pertenecer y con el que tengo una profunda afinidad, no es diferente del resto", escribió a Gutkind.
La misiva se pondrá a la venta el próximo jueves en una casa de subastas londinense tras permanecer más de 50 años en manos privadas y se espera que alcance un precio de 8.000 libras (más de 9.700 euros). El documento no se encuentra incluido en la obra Einstein y la religión, libro de referencia en este asunto de la autoridad en la materia Max Jammer. Casi con toda seguridad, la carta no pondrá punto final al debate, aunque alimentará aún más la controversia sobre la verdadera forma de pensar de uno de los genios del siglo XX.
WALTER OPPENHEIMER - Londres - 14/05/2008
Una carta hasta ahora poco conocida de Albert Einstein revela que el genial científico opinaba que la religión se basa en leyendas "bastante infantiles" y es un "producto de la debilidad humana". El autor de la teoría de la relatividad, que en sus escritos públicos adoptó una postura menos tajante sobre la religión y llegó a decir que "la ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia es ciega", opina con mucha más contundencia en una carta fechada el 3 de enero de 1954 y escrita en alemán que le envió al filósofo Eric Gutkind, después de que éste le hubiera hecho llegar su libro Escoge la vida: La llamada bíblica a la rebelión.
En la carta, publicada ayer por el diario The Guardian y traducida al inglés por Joan Stambaugh, Einstein dice: "La palabra Dios para mí no es más que la expresión y el producto de la debilidad humana; la Biblia es una colección honorable, pero primitiva, de leyendas no obstante bastante infantiles. Ninguna interpretación, por sutil que sea, puede (para mí) cambiar eso".
Aunque de padres judíos, Einstein fue educado de niño en un colegio católico al tiempo que recibía clases privadas sobre la religión judía. Einstein cumplía en su infancia con las obligaciones religiosas practicantes, a pesar de que sus padres no eran especialmente religiosos. Pero en cuanto cumplió los 12 años empezó a cuestionar las enseñanzas religiosas recibidas, y en la carta publicada ayer cuestiona también el judaísmo y reniega del sentimiento de superioridad que poseen muchos judíos, como su colega, alemán y judío como él, Eric Gutkind.
"Para mí", escribe a su colega de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, "la religión judía, como las otras religiones, es una encarnación de las supersticiones más infantiles". "Y el pueblo judío", añade, "al que estoy encantado de pertenecer y con cuya mentalidad tengo una profunda afinidad, para mí no tiene ninguna cualidad que no tengan otros pueblos". "En lo que se refiere a mi experiencia, no son mejores que otros grupos humanos, aunque están protegidos de los peores cánceres por su falta de poder. Por otra parte, no consigo ver nada de elegido en ellos", añade.
De acuerdo con esa visión, Einstein le declara a su amigo: "En general, encuentro doloroso que reclame usted una posición de privilegio y trate de defenderla con dos muros de orgullo, uno externo como hombre y uno interno como judío".
Pero concluye que, a pesar de sus "diferencias en convicciones intelectuales", sus posiciones son más cercanas de lo que parece. "Podríamos entendernos bastante bien si habláramos de cosas concretas". Y se despide con: "Fraternales gracias y mis mejores deseos. Suyo, A. Einstein".
Expertos consultados por el diario londinense admiten que nunca habían oído hablar de esta carta, escrita poco más de un año antes de su muerte y que no está citada entre las fuentes utilizadas por el escritor Max Jammer en su libro de referencia Einstein y la religión. En opinión de John Brooke, experto de la Universidad de Oxford consultado por el diario londinense, Albert Einstein "tenía respeto por los valores encarnados por las tradiciones judía y cristiana" y, a pesar de su rechazo a la visión convencional de la religión, le molestaba que los defensores del ateísmo se apropiaran de sus puntos de vista.
Einstein, lejos de Dios
ELPAÍS.com - Madrid - 13/05/2008
"La ciencia sin religión es inútil y la religión sin ciencia está ciega". El largo y encendido debate entre creyentes y no creyentes sobre si Albert Einstein perteneció al primer o segundo grupo, desencadenado precisamente por ese aforismo del genio, podría haber quedado zanjado. Una carta del físico alemán que saldrá a subasta esta semana califica las creencias religiosas de "supersticiones infantiles", según informa este martes el diario británico The Guardian.
Albert Einstein escribió la misiva de su puño y letra el 3 de enero de 1954 y su destinatario fue el filósofo Eric Gutkind, quien había enviado poco antes al padre de la teoría de la relatividad una copia de su libro La llamada bíblica a la rebelión. "La palabra Dios no es más que la expresión y el fruto de la debilidad humana, y la Biblia, una colección de honorables leyendas primitivas, las cuales, no obstante, son bastante pueriles", decía el científico en la carta.
Einstein, que era judío y rehusó el ofrecimiento de ser el segundo presidente de Israel, también rechazó la idea de que los judíos son un pueblo tocado por Dios. "Para mí, la religión judía, como las demás, es una encarnación de las supersticiones más infantiles. Y el pueblo judío, al que estoy contento de pertenecer y con el que tengo una profunda afinidad, no es diferente del resto", escribió a Gutkind.
La misiva se pondrá a la venta el próximo jueves en una casa de subastas londinense tras permanecer más de 50 años en manos privadas y se espera que alcance un precio de 8.000 libras (más de 9.700 euros). El documento no se encuentra incluido en la obra Einstein y la religión, libro de referencia en este asunto de la autoridad en la materia Max Jammer. Casi con toda seguridad, la carta no pondrá punto final al debate, aunque alimentará aún más la controversia sobre la verdadera forma de pensar de uno de los genios del siglo XX.
WALTER OPPENHEIMER - Londres - 14/05/2008
Una carta hasta ahora poco conocida de Albert Einstein revela que el genial científico opinaba que la religión se basa en leyendas "bastante infantiles" y es un "producto de la debilidad humana". El autor de la teoría de la relatividad, que en sus escritos públicos adoptó una postura menos tajante sobre la religión y llegó a decir que "la ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia es ciega", opina con mucha más contundencia en una carta fechada el 3 de enero de 1954 y escrita en alemán que le envió al filósofo Eric Gutkind, después de que éste le hubiera hecho llegar su libro Escoge la vida: La llamada bíblica a la rebelión.
En la carta, publicada ayer por el diario The Guardian y traducida al inglés por Joan Stambaugh, Einstein dice: "La palabra Dios para mí no es más que la expresión y el producto de la debilidad humana; la Biblia es una colección honorable, pero primitiva, de leyendas no obstante bastante infantiles. Ninguna interpretación, por sutil que sea, puede (para mí) cambiar eso".
Aunque de padres judíos, Einstein fue educado de niño en un colegio católico al tiempo que recibía clases privadas sobre la religión judía. Einstein cumplía en su infancia con las obligaciones religiosas practicantes, a pesar de que sus padres no eran especialmente religiosos. Pero en cuanto cumplió los 12 años empezó a cuestionar las enseñanzas religiosas recibidas, y en la carta publicada ayer cuestiona también el judaísmo y reniega del sentimiento de superioridad que poseen muchos judíos, como su colega, alemán y judío como él, Eric Gutkind.
"Para mí", escribe a su colega de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, "la religión judía, como las otras religiones, es una encarnación de las supersticiones más infantiles". "Y el pueblo judío", añade, "al que estoy encantado de pertenecer y con cuya mentalidad tengo una profunda afinidad, para mí no tiene ninguna cualidad que no tengan otros pueblos". "En lo que se refiere a mi experiencia, no son mejores que otros grupos humanos, aunque están protegidos de los peores cánceres por su falta de poder. Por otra parte, no consigo ver nada de elegido en ellos", añade.
De acuerdo con esa visión, Einstein le declara a su amigo: "En general, encuentro doloroso que reclame usted una posición de privilegio y trate de defenderla con dos muros de orgullo, uno externo como hombre y uno interno como judío".
Pero concluye que, a pesar de sus "diferencias en convicciones intelectuales", sus posiciones son más cercanas de lo que parece. "Podríamos entendernos bastante bien si habláramos de cosas concretas". Y se despide con: "Fraternales gracias y mis mejores deseos. Suyo, A. Einstein".
Expertos consultados por el diario londinense admiten que nunca habían oído hablar de esta carta, escrita poco más de un año antes de su muerte y que no está citada entre las fuentes utilizadas por el escritor Max Jammer en su libro de referencia Einstein y la religión. En opinión de John Brooke, experto de la Universidad de Oxford consultado por el diario londinense, Albert Einstein "tenía respeto por los valores encarnados por las tradiciones judía y cristiana" y, a pesar de su rechazo a la visión convencional de la religión, le molestaba que los defensores del ateísmo se apropiaran de sus puntos de vista.
lunes, 12 de mayo de 2008
El arte de la mentira política
Por ahí se está comentando mucho la edición de una traducción de este texto de John Arbuthnot; pero veo que la mayor parte de los reseñadores se muestran bastante ignorantes; al lado de tratados más sistemáticos, como el de Jeremías Bentham, se queda muy pequeño, aunque la gracia que tiene deriva de tratarse de una retórica breve y esencial, que se lee en pocos minutos, y de haber sido atribuida a su amigo Jonathan Swift, quien escribió sobre el tema un artículo y se extendió algo más en fragmentos de su Los viajes de Gulliver.
A los optimistas, de parte de Leopardi
PALINODIA DE LEOPARDI AL MARQUÉS GINO CAPPONI
Traducción de Marcelino Menéndez Pelayo (1883)
Erré, cándido Gino, largo tiempo, y grandemente erré. Mísera y vana juzgué la vida; insulsa más que todas esta presente edad. Intolerable fue y pareció mi lengua a la dichosa prole mortal, si es que mortal se puede llamar el hombre. Entre desdén y asombro, del Edén odorífero en que habita, rio la alta progenie afortunada y me llamó infeliz, y de placeres incapaz o inexperto, pues mi hado juzgué común, y de mi mal consorte al humano linaje. Al fin mis ojos hirió la diaria luz de las gacetas, entre el humo volátil del cigarro y el ruido de crujientes pastelillos, entre el rumor de sacudidas tazas y blandidas cucharas, ante el grito ordenador de helados y bebidas cual voz de mando.
Y confesé humillado la pública alegría y las dulzuras del destino mortal noble y excelso; y vi el valor de las terrenas cosas, y toda flores la carrera humana, las obras estupendas, las virtudes, alto saber, estudios y prudencia de nuestro siglo. De la Osa al Nilo, del Catay a Marruecos, y de Goa a Boston, vi correr reinos, ducados e imperios, anhelantes tras las huellas de la felicidad y asirla casi por los flotantes rizos, o a los menos por la cola del manto. Y esto viendo y meditando las profundas hojas, del grave antiguo error que me cegaba y aun de mí mismo yo tuve vergüenza.
Áureo siglo, Marqués, hilan ahora los husos de las Parcas. Todo diario en varias lenguas y columnas varias, de todas partes lo promete al mundo.
Universal amor, ferradas vías, vapor, tipos, comercio y aun el cólera, los más lejanos pueblos y naciones en lazo estrecharán; ni maravilla será que suden leche las encinas y miel los robles, o danzando giren a los sones de un vals. Tanto ha crecido el poder de retortas y alambiques y máquinas del cielo emuladoras, y tanto crecerá, volando siempre de progreso en progreso, sin medida, de Cam, de Sem y de Jafet la prole.
No cual un día comerá bellotas si el hambre no la obliga; el duro hierro no depondrá. Con pólizas de cambio satisfecha tal vez, la plata y oro despreciará la generosa estirpe; mas no de sangre de los suyos nunca su mano ha de lavar; antes cubierta será de estragos, con la vieja Europa, del Atlántico mar la otra ribera, fresca nodriza de sin par cultura; y en campo lidiarán fraternas huestes por pimienta o aromas o canela o por el jugo de melosa caña, o alguna otra razón, práctica y útil.
Y valor y virtud, y fe y modestia, y amor a la justicia, escarnecidos y de toda república arrojados como siempre serán; que es su destino estar siempre debajo. Torpe fraude y audacia impune elevarán su frente, nacidas a reinar. De imperio y fuerza, ya unidas en un haz, ya separadas, abusará quienquiera que los rija; no importa el nombre. Que esta ley grabaron Hado y Natura en tablas de diamante, y no la borrarán con sus centellas Volta ni Davy, ni Inglaterra toda con las máquinas suyas, ni en un Ganges de políticas hojas nuestro siglo ha de anegarla.
Siempre el vil en fiesta, siempre el bueno en tristeza; conjurado el mundo todo contra excelsas almas; del verdadero honor perseguidoras calumnia, odio y envidia; de los fuertes despojo el débil, de los ricos siervo el ayuno mendigo, en toda forma de público gobierno, cerca o lejos del polo o de la eclíptica, y por siempre, si al humano linaje esta morada o la lumbre del sol no se nos niega.
Estas leves reliquias, estos rastros de la pasada edad, fuerza es que impresos lleve la que ora surge edad del oro, porque de mil discordes elementos tejida está la condición humana, y a ponerlos en paz nunca bastaron fuerza ni entendimiento de los hombres, desque nació su generosa raza; ni bastarán, aunque potentes sean, en nuestra edad periódicos y pactos.
Pero en cosas más graves será entera nuestra felicidad nunca soñada. O de lana o de seda los vestidos han de ser más galanos cada día; dejará el labrador los rudos paños por cubrir de algodón su piel hirsuta, de castor su cabeza. Y apacibles a la vista, mil cómodos sillones, mesas y canapés, lechos, tapetes, adornarán con su mensual belleza todo aposento. De manjares formas nuevas admirará, calderas nuevas, la humeante cocina. Y rapidísimo de París a Calais, de Calais a Londres y de aquí a Liverpool, será el camino, por no decir el vuelo...
Iluminadas mejor que ora lo están, mas no seguras, serán de las ciudades populosas las más ocultas y torcidas calles. Tales dulzuras, tan dichosa suerte a la naciente prole se aperciben.
¡Feliz aquél que mientras esto escribo llora en los brazos de la fiel niñera! Él ha de ver el suspirado día en que aprendan los niños con la leche de la cara nodriza, cuánto peso de sal, cuánto de carne, cuánta harina consume en cada mes la patria aldea, y cuántos de nacidos y de muertos anualmente consigna en su registro el anciano prior; cuando por obra del potente vapor, en un segundo impresas a millones, llano y monte y aun de los mares la extensión inmensa, cual bandada de grullas que se abate sobre ancho campo, y obscurece el día, cubrirán las gacetas, vida y alma del universo, y de saber en ésta y en la futura edad única fuente.
Como un infante, con asiduo anhelo fabrica de cartones y de hojas ya un templo, ya una torre, ya un palacio, y apenas le ha acabado, le derriba, porque las mismas hojas y cartones para nueva labor son necesarias; así Natura con las obras suyas, aunque de alto artificio y admirables, aún no las ve perfectas, las deshace, y los diversos trozos aprovecha.
Y en vano a preservarse de tal juego, cuya eterna razón le está velada, corre el mortal, y mil ingenios crea con docta mano; que a despecho suyo, la natura cruel, muchacho invicto, su capricho realiza, y sin descanso destruyendo y formando se divierte.
De aquí varia, infinita, una familia de males incurables y de penas, al mísero mortal persigue y rinde; una fuerza implacable, destructora, desque nació le oprime dentro y fuera y le cansa y fatiga infatigada, hasta que él cae en la contienda ruda por la impía madre opreso y enlazado.
¡Del estado mortal miseria extrema! ¡Vejez y muerte que comienzan cuando el labio infante el tierno seno oprime que la vida destila! Ni enmendarlos podrá, por sabio y por feliz que sea, el siglo nonodécimo, ni cuantas vengan tras él edades sucesivas.
Mas, si lícito me es la verdad neta por su nombre decir, sólo infelice será todo nacido, en cualquier tiempo, no en la vida civil, en toda vida, por esencia insanable y ley eterna que cielo y tierra abraza.
Pero nuevo y divino remedio imaginaron de nuestra edad los ínclitos talentos, pues no pudiendo hacer feliz a nadie, se dieron a buscar, dejando al hombre, una común felicidad, e hicieron de muchos tristes un alegre pueblo, todo paz y ventura. Y tal portento, en folletos, revistas y gacetas, no declarado aún, asombra al mundo.
¡Oh mente sobrehumana, oh agudeza del siglo que ora corre! ¡Y qué seguro filosofar, y qué sapiencia, amigo, en más sublime asunto y remontado enseña nuestra edad a las futuras!
¿No ves con qué constancia hoy escarnece lo que ayer adoró, y el ara abate para juntar mañana sus pedazos y venerarlos entre humeante incienso? ¡Oh cuánta fe y estimación merece el concorde sentir de nuestro siglo... o el del año corriente!... ¡Y qué trabajo es comparar nuestro sentir y ciencia con el del año actual y el del que viene, porque ni un punto discrepemos todos! ¡Cuánto en filosofar adelantamos
si al moderno se opone el tiempo antiguo!
Uno de tus amigos, y maestro no sólo en poesía, mas en todas artes y ciencias, de la humana mente árbitro enmendador, me aconsejaba:
«No cantes tus afectos y dedica esa viril edad a los severos estudios económicos. Atiende al público gobierno. ¿El propio pecho qué te vale explorar? Materia al canto no busques en ti mismo. Las grandezas de nuestro siglo di; di su esperanza que madurando va.»
¡Recto consejo, que yo escuchaba con solemne risa, al resonar en mi profano oído
ese cómico nombre de esperanza!
Mas ora vuelvo atrás y la carrera contraria emprendo, persuadido al cabo que quien anhele gloria y busque fama, al propio siglo contrastar no debe, sino adular y obedecer: ¡por corta y fácil vía llegaré a los astros!
De tan alta ventura deseoso materia no darán al canto mío de la presente edad los intereses.
Ya sabrán mercaderes y oficinas cuidar de ellos mejor. Mas la esperanza he de decir, que ya visible prenda nos conceden los dioses; ya de larga felicidad principio, ostenta el labio y el rostro del garzón enorme pelo.
¡Oh luz primera, saludable signo de la famosa edad que se levanta, mira cómo se alegran tierra y cielo delante a ti; cómo fulgura el rostro de la doncella, y en convites vuela la gloria ya de los barbados héroes!
¡Crece, crece a la patria, oh masculina moderna prole! A tu velluda sombra Italia crecerá, crecerá Europa de las fauces del Tajo al Helesponto, y el mundo al fin reposará seguro.
¡Y tú comienza a saludar con risa a los híspidos padres, prole infante, para los áureos días elegida! Ni te asuste el negrear de su semblante. ¡Sonríe, oh tierna prole; a ti guardado de tanto y tanto hablar espera el fruto! Mira el gozo reinar, ciudades, villas, vejez y juventud al par contentas y las barbas ondear largas dos palmos.
Traducción de Marcelino Menéndez Pelayo (1883)
Erré, cándido Gino, largo tiempo, y grandemente erré. Mísera y vana juzgué la vida; insulsa más que todas esta presente edad. Intolerable fue y pareció mi lengua a la dichosa prole mortal, si es que mortal se puede llamar el hombre. Entre desdén y asombro, del Edén odorífero en que habita, rio la alta progenie afortunada y me llamó infeliz, y de placeres incapaz o inexperto, pues mi hado juzgué común, y de mi mal consorte al humano linaje. Al fin mis ojos hirió la diaria luz de las gacetas, entre el humo volátil del cigarro y el ruido de crujientes pastelillos, entre el rumor de sacudidas tazas y blandidas cucharas, ante el grito ordenador de helados y bebidas cual voz de mando.
Y confesé humillado la pública alegría y las dulzuras del destino mortal noble y excelso; y vi el valor de las terrenas cosas, y toda flores la carrera humana, las obras estupendas, las virtudes, alto saber, estudios y prudencia de nuestro siglo. De la Osa al Nilo, del Catay a Marruecos, y de Goa a Boston, vi correr reinos, ducados e imperios, anhelantes tras las huellas de la felicidad y asirla casi por los flotantes rizos, o a los menos por la cola del manto. Y esto viendo y meditando las profundas hojas, del grave antiguo error que me cegaba y aun de mí mismo yo tuve vergüenza.
Áureo siglo, Marqués, hilan ahora los husos de las Parcas. Todo diario en varias lenguas y columnas varias, de todas partes lo promete al mundo.
Universal amor, ferradas vías, vapor, tipos, comercio y aun el cólera, los más lejanos pueblos y naciones en lazo estrecharán; ni maravilla será que suden leche las encinas y miel los robles, o danzando giren a los sones de un vals. Tanto ha crecido el poder de retortas y alambiques y máquinas del cielo emuladoras, y tanto crecerá, volando siempre de progreso en progreso, sin medida, de Cam, de Sem y de Jafet la prole.
No cual un día comerá bellotas si el hambre no la obliga; el duro hierro no depondrá. Con pólizas de cambio satisfecha tal vez, la plata y oro despreciará la generosa estirpe; mas no de sangre de los suyos nunca su mano ha de lavar; antes cubierta será de estragos, con la vieja Europa, del Atlántico mar la otra ribera, fresca nodriza de sin par cultura; y en campo lidiarán fraternas huestes por pimienta o aromas o canela o por el jugo de melosa caña, o alguna otra razón, práctica y útil.
Y valor y virtud, y fe y modestia, y amor a la justicia, escarnecidos y de toda república arrojados como siempre serán; que es su destino estar siempre debajo. Torpe fraude y audacia impune elevarán su frente, nacidas a reinar. De imperio y fuerza, ya unidas en un haz, ya separadas, abusará quienquiera que los rija; no importa el nombre. Que esta ley grabaron Hado y Natura en tablas de diamante, y no la borrarán con sus centellas Volta ni Davy, ni Inglaterra toda con las máquinas suyas, ni en un Ganges de políticas hojas nuestro siglo ha de anegarla.
Siempre el vil en fiesta, siempre el bueno en tristeza; conjurado el mundo todo contra excelsas almas; del verdadero honor perseguidoras calumnia, odio y envidia; de los fuertes despojo el débil, de los ricos siervo el ayuno mendigo, en toda forma de público gobierno, cerca o lejos del polo o de la eclíptica, y por siempre, si al humano linaje esta morada o la lumbre del sol no se nos niega.
Estas leves reliquias, estos rastros de la pasada edad, fuerza es que impresos lleve la que ora surge edad del oro, porque de mil discordes elementos tejida está la condición humana, y a ponerlos en paz nunca bastaron fuerza ni entendimiento de los hombres, desque nació su generosa raza; ni bastarán, aunque potentes sean, en nuestra edad periódicos y pactos.
Pero en cosas más graves será entera nuestra felicidad nunca soñada. O de lana o de seda los vestidos han de ser más galanos cada día; dejará el labrador los rudos paños por cubrir de algodón su piel hirsuta, de castor su cabeza. Y apacibles a la vista, mil cómodos sillones, mesas y canapés, lechos, tapetes, adornarán con su mensual belleza todo aposento. De manjares formas nuevas admirará, calderas nuevas, la humeante cocina. Y rapidísimo de París a Calais, de Calais a Londres y de aquí a Liverpool, será el camino, por no decir el vuelo...
Iluminadas mejor que ora lo están, mas no seguras, serán de las ciudades populosas las más ocultas y torcidas calles. Tales dulzuras, tan dichosa suerte a la naciente prole se aperciben.
¡Feliz aquél que mientras esto escribo llora en los brazos de la fiel niñera! Él ha de ver el suspirado día en que aprendan los niños con la leche de la cara nodriza, cuánto peso de sal, cuánto de carne, cuánta harina consume en cada mes la patria aldea, y cuántos de nacidos y de muertos anualmente consigna en su registro el anciano prior; cuando por obra del potente vapor, en un segundo impresas a millones, llano y monte y aun de los mares la extensión inmensa, cual bandada de grullas que se abate sobre ancho campo, y obscurece el día, cubrirán las gacetas, vida y alma del universo, y de saber en ésta y en la futura edad única fuente.
Como un infante, con asiduo anhelo fabrica de cartones y de hojas ya un templo, ya una torre, ya un palacio, y apenas le ha acabado, le derriba, porque las mismas hojas y cartones para nueva labor son necesarias; así Natura con las obras suyas, aunque de alto artificio y admirables, aún no las ve perfectas, las deshace, y los diversos trozos aprovecha.
Y en vano a preservarse de tal juego, cuya eterna razón le está velada, corre el mortal, y mil ingenios crea con docta mano; que a despecho suyo, la natura cruel, muchacho invicto, su capricho realiza, y sin descanso destruyendo y formando se divierte.
De aquí varia, infinita, una familia de males incurables y de penas, al mísero mortal persigue y rinde; una fuerza implacable, destructora, desque nació le oprime dentro y fuera y le cansa y fatiga infatigada, hasta que él cae en la contienda ruda por la impía madre opreso y enlazado.
¡Del estado mortal miseria extrema! ¡Vejez y muerte que comienzan cuando el labio infante el tierno seno oprime que la vida destila! Ni enmendarlos podrá, por sabio y por feliz que sea, el siglo nonodécimo, ni cuantas vengan tras él edades sucesivas.
Mas, si lícito me es la verdad neta por su nombre decir, sólo infelice será todo nacido, en cualquier tiempo, no en la vida civil, en toda vida, por esencia insanable y ley eterna que cielo y tierra abraza.
Pero nuevo y divino remedio imaginaron de nuestra edad los ínclitos talentos, pues no pudiendo hacer feliz a nadie, se dieron a buscar, dejando al hombre, una común felicidad, e hicieron de muchos tristes un alegre pueblo, todo paz y ventura. Y tal portento, en folletos, revistas y gacetas, no declarado aún, asombra al mundo.
¡Oh mente sobrehumana, oh agudeza del siglo que ora corre! ¡Y qué seguro filosofar, y qué sapiencia, amigo, en más sublime asunto y remontado enseña nuestra edad a las futuras!
¿No ves con qué constancia hoy escarnece lo que ayer adoró, y el ara abate para juntar mañana sus pedazos y venerarlos entre humeante incienso? ¡Oh cuánta fe y estimación merece el concorde sentir de nuestro siglo... o el del año corriente!... ¡Y qué trabajo es comparar nuestro sentir y ciencia con el del año actual y el del que viene, porque ni un punto discrepemos todos! ¡Cuánto en filosofar adelantamos
si al moderno se opone el tiempo antiguo!
Uno de tus amigos, y maestro no sólo en poesía, mas en todas artes y ciencias, de la humana mente árbitro enmendador, me aconsejaba:
«No cantes tus afectos y dedica esa viril edad a los severos estudios económicos. Atiende al público gobierno. ¿El propio pecho qué te vale explorar? Materia al canto no busques en ti mismo. Las grandezas de nuestro siglo di; di su esperanza que madurando va.»
¡Recto consejo, que yo escuchaba con solemne risa, al resonar en mi profano oído
ese cómico nombre de esperanza!
Mas ora vuelvo atrás y la carrera contraria emprendo, persuadido al cabo que quien anhele gloria y busque fama, al propio siglo contrastar no debe, sino adular y obedecer: ¡por corta y fácil vía llegaré a los astros!
De tan alta ventura deseoso materia no darán al canto mío de la presente edad los intereses.
Ya sabrán mercaderes y oficinas cuidar de ellos mejor. Mas la esperanza he de decir, que ya visible prenda nos conceden los dioses; ya de larga felicidad principio, ostenta el labio y el rostro del garzón enorme pelo.
¡Oh luz primera, saludable signo de la famosa edad que se levanta, mira cómo se alegran tierra y cielo delante a ti; cómo fulgura el rostro de la doncella, y en convites vuela la gloria ya de los barbados héroes!
¡Crece, crece a la patria, oh masculina moderna prole! A tu velluda sombra Italia crecerá, crecerá Europa de las fauces del Tajo al Helesponto, y el mundo al fin reposará seguro.
¡Y tú comienza a saludar con risa a los híspidos padres, prole infante, para los áureos días elegida! Ni te asuste el negrear de su semblante. ¡Sonríe, oh tierna prole; a ti guardado de tanto y tanto hablar espera el fruto! Mira el gozo reinar, ciudades, villas, vejez y juventud al par contentas y las barbas ondear largas dos palmos.
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Tálant el Bárbaro
Hala, otra copa de Europa, ganada al Kiel. Felicidades. Qué suerte tenemos con Duisebaev
Viejos versus jóvenes
En educación es preferible el joven manipulable y barato al viejo sobradamente preparado, inmanejable, a quien se suele tildar de amortizable y obsoleto. Los jóvenes pueden cargar fácilmente con los errores de los que mandan y no tienen autoridad que ejercer, y además, son más baratos. Viva la jubilación anticipada. Los que mandan creen que los viejos son muy caros, porque con la antigüedad han ido incrementando su salario, que producen menos que los jóvenes y que se adaptan peor a los cambios. Aunque sean viejos que saben idiomas, que manejan las nuevas tecnologías al dedillo, que tienen experiencia y que no se dejan engañar por supuestas moderneces y quimeras y errores tontos que siempre cometen los que supuestamente son tan infalibles como el papa, sólo porque no hay nadie encima de ellos que les diga lo tontainas que son. Es preferible perder el talento a plantearse la cuestión de si uno es un imbécil. Así lo dice El País:
Por ejemplo, la gente joven que ha entrado en la banca en los últimos seis años, sólo ha vivido una época de expansión. Los seniors que se fueron tenían las dos experiencias: sabían gestionar una economía en expansión y una en crisis. A posteriori, las empresas pondrán más cuidado. Creo que la época de las prejubilaciones o expulsiones a bulto, trazar una línea de 'los de 50 para arriba', se acabó".
Empiezan a echarles en falta. Los ingenieros de Telecomunicaciones de Cataluña acaban de hacer un llamamiento de socorro para recuperar a prejubilados y paliar el déficit de profesionales. En la medicina, donde la convivencia entre maduros y jóvenes equivale a una imprescindible tutoría y aprendizaje, las prejubilaciones han obligado a contratar a especialistas extranjeros que hablan una lengua distinta de la de sus pacientes.
Por ejemplo, la gente joven que ha entrado en la banca en los últimos seis años, sólo ha vivido una época de expansión. Los seniors que se fueron tenían las dos experiencias: sabían gestionar una economía en expansión y una en crisis. A posteriori, las empresas pondrán más cuidado. Creo que la época de las prejubilaciones o expulsiones a bulto, trazar una línea de 'los de 50 para arriba', se acabó".
Empiezan a echarles en falta. Los ingenieros de Telecomunicaciones de Cataluña acaban de hacer un llamamiento de socorro para recuperar a prejubilados y paliar el déficit de profesionales. En la medicina, donde la convivencia entre maduros y jóvenes equivale a una imprescindible tutoría y aprendizaje, las prejubilaciones han obligado a contratar a especialistas extranjeros que hablan una lengua distinta de la de sus pacientes.
domingo, 11 de mayo de 2008
Mudarse a los Estados Unidos
De El País
La caída del dólar abarata los costos de adquisición y mudanza de las empresas europeas. Hace cinco años, una empresa estadounidense valorada en 500 millones de dólares costaba 515 millones de euros. Hoy cuesta 318 millones de euros.
Pero la devaluación del dólar no es la única explicación. Las empresas europeas también están siendo atraídas por Estados Unidos y repelidas por Europa. Para ciertas empresas europeas la mudanza puede ser la manera más rápida y económica de bajar los gastos y volverse más competitivas. El clima para hacer negocios en Europa es menos atractivo que el que encuentran en EE UU. El salario por hora promedio en Europa es 16% mayor que el de Estados Unidos y el kilovatio-hora para uso industrial cuesta el doble en Europa. Los costes de transporte son más altos y el precio de una parcela industrial también. Las cargas burocráticas son más onerosas y la velocidad de respuesta de las autoridades es más lenta.
"No me puedo permitir el lujo de no mudarme a Estados Unidos si quiero que la compañía de mi familia sobreviva", me dijo el director de una empresa italiana. "No sólo será más barato, sino que también nos introducirá en un vecindario lleno de empresas tecnológicas de vanguardia y estaremos dentro del mercado más grande del mundo. Mantendremos algunas operaciones de diseño en Italia, pero todo lo demás se muda a Massachussets".
La caída del dólar abarata los costos de adquisición y mudanza de las empresas europeas. Hace cinco años, una empresa estadounidense valorada en 500 millones de dólares costaba 515 millones de euros. Hoy cuesta 318 millones de euros.
Pero la devaluación del dólar no es la única explicación. Las empresas europeas también están siendo atraídas por Estados Unidos y repelidas por Europa. Para ciertas empresas europeas la mudanza puede ser la manera más rápida y económica de bajar los gastos y volverse más competitivas. El clima para hacer negocios en Europa es menos atractivo que el que encuentran en EE UU. El salario por hora promedio en Europa es 16% mayor que el de Estados Unidos y el kilovatio-hora para uso industrial cuesta el doble en Europa. Los costes de transporte son más altos y el precio de una parcela industrial también. Las cargas burocráticas son más onerosas y la velocidad de respuesta de las autoridades es más lenta.
"No me puedo permitir el lujo de no mudarme a Estados Unidos si quiero que la compañía de mi familia sobreviva", me dijo el director de una empresa italiana. "No sólo será más barato, sino que también nos introducirá en un vecindario lleno de empresas tecnológicas de vanguardia y estaremos dentro del mercado más grande del mundo. Mantendremos algunas operaciones de diseño en Italia, pero todo lo demás se muda a Massachussets".
El padre de los snobs, Wilde
Siempre es un placer leer a Óscar Wilde, pero, a diferencia de lo que suele suponerse, es en los ensayos donde está su verdadero genio. En El crítico artista y en La decadencia de la mentira, por ejemplo. Y en algunos de sus poemas, como en, por ejemplo, la Balada de la cárcel de Reading, que Fernando José Carretero me hacía leer cuando estudiábamos tercero de Bachillerato antiguo, mientras yo me empeñaba en inducirle a Borges. Desde luego, es famoso como autor de epigramas sentenciosos y frases recordables: "La diferencia entre literatura y periodismo es que el periodismo es ilegible y la literatura no es leída" o aquello de que "todas las virtudes son inútiles sin una virtud esencial: dicha virtud es el encanto". Fuera de sus mariconerías, de sus preocupaciones por la moda y de su discutible estética decadente, emanada de Pater y su Mario el epicúreo, es evidente que había leído mucho francés y alemán, quedándose con los rasgos formales de los primeros y con el pensamiento de los segundos, y añadiendo algo de mala conciencia hipócrita por no renegar de sus orígenes irlandeses.
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sábado, 10 de mayo de 2008
Una hermosa, pero vieja imagen del padre Fortea
Me gusta leer al padre Fortea; aparte de exorcista, es un buen escritor, y la costumbre de sermonear todos los días le hace además buen orador. Se le acusa de inmodesto, pero, como él mismo dice parafraseando a Montaigne, no concibe mayor humildad que hablar de sí mismo. En fin, la metáfora de la existencia, que es muy antigua y se encuentra ya en el persa ateo Omar Khayyam, es esta:
Cuando uno comienza una batalla ajedrecística, las posibilidades de movimientos se cuentan por millones.Pero hacia el final, cuando las fichas son pocas, esas posibilidades se reducen a millares. Y cuando quedan ya unas siete vivas sobre el tablero, las posibilidades no pasan de unas centenares. Y los movimientos realmente razonables a menudo no llegan ni a una docena.Pieza a pieza se alcanza un escenario en que sólo hay una o dos posibilidades que merezcan la pena. Y así se llega a un momento desesperado en que el oponente comprende que no puede ya hacer ni un solo movimiento conducente a la victoria.Los paralelismos con la vida humana son evidentes. Al principio, todo es posible: ¿será el niño un príncipe que gane un reino, prior santo que rija una poderoso abadía, constructor de catedrales? En el tramo postrero de la vida, ya sólo queda una jugada posible: seguir manteniendo con vida a la única ficha que va escapando por el tablero. Pero ya se sabe que no hay posibilidad de ganar. Uno se contenta con seguir escapando. Ya no hay infinitas posibilidades. Cada ficha que cayó por el camino, se llevó consigo millones de posibles jugadas.
Cuando uno comienza una batalla ajedrecística, las posibilidades de movimientos se cuentan por millones.Pero hacia el final, cuando las fichas son pocas, esas posibilidades se reducen a millares. Y cuando quedan ya unas siete vivas sobre el tablero, las posibilidades no pasan de unas centenares. Y los movimientos realmente razonables a menudo no llegan ni a una docena.Pieza a pieza se alcanza un escenario en que sólo hay una o dos posibilidades que merezcan la pena. Y así se llega a un momento desesperado en que el oponente comprende que no puede ya hacer ni un solo movimiento conducente a la victoria.Los paralelismos con la vida humana son evidentes. Al principio, todo es posible: ¿será el niño un príncipe que gane un reino, prior santo que rija una poderoso abadía, constructor de catedrales? En el tramo postrero de la vida, ya sólo queda una jugada posible: seguir manteniendo con vida a la única ficha que va escapando por el tablero. Pero ya se sabe que no hay posibilidad de ganar. Uno se contenta con seguir escapando. Ya no hay infinitas posibilidades. Cada ficha que cayó por el camino, se llevó consigo millones de posibles jugadas.
Las religiones que piden menos que un cura
La sobrina del cardenal Rouco ha salido desnuda y en porretas en cierta revista, pero eso es lo de menos y escandaliza solamente a quienes se escandalizan por esas cosas. En esta noticia hay más desvergüenza que en la pobrecilla de la sobrina:
De El País
El mayor signo de confesionalidad del Estado español, a la luz del día, tiene que ver con los dineros. “Con razón dice el vulgo que el dinero es muy católico”, ironiza un dirigente protestante. El Gobierno socialista ha presupuestado este año apenas 4,5 millones de euros para las seis religiones de notorio arraigo (las demás no tienen derecho a nada), pero con la condición de que no los destinen ni a culto ni al pago de imanes o pastores. En cambio, la Iglesia católica recibe 153,1 millones en 2008 para sueldos de sacerdotes (unos 20.000) y obispos (79). Y otros 4.500 millones para financiar a sus docentes de religión o las actividades de sus instituciones educativas, hospitalarias o de caridad.La Iglesia católica es, además, la única que tiene derecho a una asignación del Estado a través de IRPF (ahora el 0,7% de la cuota del declarante católico, un 34% más que hace un año). Eso no quiere decir que el católico financie a su confesión añadiendo ese porcentaje al 100% de sus impuestos, sino que es Hacienda quien detrae esa cantidad de los ingresos estatales.
Y ahora lo que he leído en otro sitio, que me parece muy cierto:
Destruiré a su Iglesia..." - dijo Napoleón Bonaparte a cierto Cardenal..."No podrá..." - respondió el Cardenal, sin mudársele el rostro."Destruiré a su Iglesia, le dije..." - repitió Napoleón Bonaparte, ya más serio."Que no podrá..." - repitió el Cardenal, con la misma actitud parsimoniosa."¡Que la destruiré!" - sentenció Napoleón Bonaparte, alzando el tono de voz y apretando los puños, como preparándose para nosequé pelea."Ya se lo dije, no podrá..." - continuó el Cardenal, con aquella simplicidad y calma que solo poseen las almas escondidas en Dios."¿Por que?" - preguntó el Emperador, con la curiosidad propia del guerrero arrogante."Porque nosotros llevamos casi dos mil años intentándolo y no lo hemos podido lograr..." - selló el Cardenal en este tan corto, pero admirable diálogo con quien se consideraba dueño del mundo y emperador del universo.
Nosotros, los mismos Cristianos Católicos, no hemos podido acabar con nuestra propia iglesia porque "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" y lo dijo Jesús... Vean, por ejemplo, el testimonio admirable de Fernando Casanova, que está en youtube.com: resulta que, cuando descubrió después de estudiar y estudiar que la Iglesia Católica era la Verdadera Iglesia de Jesucristo (siendo él un pastor pentecostal, nacido en familia pentecostal, educado en la más rigurosa enseñanza bíblica), una vez hecho este descubrimiento, se acercó a un sacerdote católico y le dijo: "Padre, he descubierto que la Iglesia Católica es la Verdadera Iglesia de Cristo y quiero convertirme al Catolicismo", el dicho sacerdote le contestó: ¿cómo va a ser eso? ¿De qué va a vivir usted? ¿Cómo va a mantener a su familia? ¡No... ni lo piense!
Ante esta actitud, el pastor evangélico contestó que de verdad era ésta la Verdadera Iglesia de Jesucristo, pues, ¿cómo podría mantenerse en pie habiendo en ella personas como esa? Y Fernando Casanova se convirtió con mucho más ardor al Catolicismo y hoy en día es un admirable profesor de teología en Puerto Rico.
Tras el concordato suscrito por Napoleón con el papa, muchos le preguntaron por qué había hecho tal cosa, siendo él como era un descreído. Y contestó, con ese espíritu pragmático que lo caracterizaba, que cada cura le ahorraba cinco policías.
Sobre la condición y esencia de Michael Jackson
Nunca he sabido qué había de cierto en Michael Jackson; un personaje real que parece ficticio, que no es ni blanco ni negro, ni macho ni femenino, ni honesto ni malvado, ni hombre ni niño, ni carnal ni putrefacto, ni pobre ni rico, ni listo ni tonto, ni vivo ni muerto, zombi, amorfo, que surge de la oscuridad y vive en ella, pero cuyos contornos se difuminan en una especie de niebla mediática de identidad deleble y difusa, entre sus negros, mulatos, zambos y morenos hermanos y hermanas, entre sus imitadores e intimadores, y sus bisexuales matrimonios sodomitas múltiples y confusos, cuajados de lisérgicas fosforescencias, pasmos estrellados y niños alanceados de dudosa paternofilialidad.
He tentado a ciegas con vacilante bastón en el bosque perdido de su liosa existencia, y he salido de él con las manos vacías. No sé si Michael Jackson es real o imaginario. No sé si vive en Internet o en un lugar de ese país que, como él, no tiene nombre, sino designación. Michael Jackson es una representación, una mancha sin forma y, como los líquidos, adopta la del recipiente que lo contiene, aunque su naturaleza volátil y plumífera lo asimile más a la condición del gas, y su sonido de pedófilo pedo desinflado y de convulso agonizante suene aún entre los mortecinos cantos de afilador de una calle lejana en algún extrarradio de los frecuentados por algún oxidado Freddy Kruger.
He tentado a ciegas con vacilante bastón en el bosque perdido de su liosa existencia, y he salido de él con las manos vacías. No sé si Michael Jackson es real o imaginario. No sé si vive en Internet o en un lugar de ese país que, como él, no tiene nombre, sino designación. Michael Jackson es una representación, una mancha sin forma y, como los líquidos, adopta la del recipiente que lo contiene, aunque su naturaleza volátil y plumífera lo asimile más a la condición del gas, y su sonido de pedófilo pedo desinflado y de convulso agonizante suene aún entre los mortecinos cantos de afilador de una calle lejana en algún extrarradio de los frecuentados por algún oxidado Freddy Kruger.
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jueves, 8 de mayo de 2008
Silencio
Andan escritas cuatrocientas notas en este blog o bitácora en más de un año; "lo que puede ser dicho, puede ser dicho claramente; de lo que no se puede hablar, mejor es callar", escribía Wittgenstein al final de su Tractatus, ese que comenzaba "el mundo es todo lo que es el caso", aunque Tierno Galván lo traducía más elegantemente: "El mundo es todo lo que acaece." Wittgenstein era muy remiso a publicar; la biografía que leí de él, creo que de un tal Baum o Eichenbaum, no le hacía justicia, así que habría que escribir otra. Y otra más, a fin de encontrar ese arquetipo para siempre perdido. La lírica ya es un es decir, acaso un mejor dicho, pero también, o eso debería ser, un esto es y un es todo. Equidistante era el sabio Ángel Crespo, quien creía que era un misterio o claroescuro. "Es este ya un mester de tontería / y el que quiera reírse, que se ría", decía yo al final de un soneto.
En el silencio solo me contengo y acaso me atesoro; acrisola mi yo, única cosa que puedo conocer. Me rodeo de lenguajes cuyo sentido comprendo porque es no humano, genuino, no aprendido: el viento entre las hojas, el agua que pisotea las piedras, las pieles y plumas de las nubes que dibujan la voluntad y la escritura en la mente de un Dios que no es un último motor, las sombras sin foco, el barro sin alfarero, el deambular libre de conciencia de un vilano o un remolino de polvo, similar al de esta galaxia, grano de polvo entre otras millones. No sé nada, no quiero nada, no espero nada, no soy nada.
El insolente o gilipollas del siglo XIX, por Fernán Caballero
En Relaciones de Fernán Caballero
A la fina política del siglo último hemos sustituido nosotros el apretón de manos inglés, asi como hemos reemplazado el perfume del ámbar con el olor del cigarro.
ALEJANDRO DUMAS.
El hombre posee una facultad de venerar, que mas ó menos ligada al resto de sus cualidades, las realza todas.
SCHLASSER.
Raimundo habia regresado hecho el tipo del insolente. Y para darle a conocer en todo el desarrollo que había adquirido en sus tres años de emancipación, haremos la fisiología del insolente, que es hoy día un tipo tan generalizado que todo el que nos lea pensará que hemos querido retratar a su vecino de la derecha y copiar al de la izquierda. El insolente brilló en todas épocas; pero en la nuestra deslumbra y se generaliza como el gas. Ha reemplazado al hipócrita, pues nadie se toma ya la molestia de serlo desde que no se respeta lo bueno y lo santo. Este respeto a lo bueno y a lo santo originaba en los malos la hipocresía, que llamó La Rochefoucauld un homenaje que rendia el vicio a la virtud. Hoy día el cinismo ha libertado al vicio de todo homenaje y le ha dicho: «¡Nada de coronas! La gorra, con la cual estarás más a tus anchas. ¡Nada de togas, ni uniformes! La piel de oso. Nada de vara de justicia ni bastón de mando; el zurriago, el látigo. ¡Nada de pulidas ni corteses armas! La porra. ¡Fuera respetos, esos vasallajes morales, relegados a las ominosas épocas del oscurantismo!»
Asi acontece que el insolente, que encumbra el yo y menosprecia el vos, lleva el cuerpo derecho y la cabeza erguida. Si no es alto, se le figura que lo es; y si lo es, se le figura que es gigante.
Si anda unido a otro sujeto, toma por un impulso espontáneo la acera; cuando encuentra a un amigo, y aunque sea una amiga, y se para a hablarle, él es el que toma siempre la iniciativa de la despedida. Pregunta no por curiosidad, ni menos para demostrar interés, sino por el gusto de ostentar que ni atiende ni escucha la respuesta. Si se sienta, será el primero en hacerlo y en el mejor asiento; si es en la mesa, será en el puesto más alto que halle vacante, con preferencia a otras personas de más edad, de más saber, de más categoría, y hasta de más caudal, la más incontestable superioridad en nuestra era positiva.
Si se analizase su derecho a la preeminencia, se hallaría que era éste el ser él, añadiendo que no reconoce superioridad, que el rico tiene la suya en la bolsa, el sabio en las academias, el viejo en los consejos, pero que toda superioridad adquirida deja de existir en el trato social, en el que sólo figura la individual, debida al carácter y ascendiente de la persona genuinamente superior o a la que sabe colocarse de por sí en su puesto; lo que quiere decir: «Eso es mío, eso me toca a mí.» Por lo cual el insolente lleva a mal que le falten y lleva igualmente a mal que otros exijan de él que no les falte.
El insolente trata a todo el mundo en su cara con un sans façon en extremo chabacano (a pesar de que, por vestir bota charolada y llevar guante nuevo, lo cree en él aristocrático) y a espaldas trata a todas las personas y todas las cosas con un desdén que hiere más que la calumnia. Llama mujeres a las señoras; a las señoritas, muchachas; a las mujeres, tías; a una persona conocida, fulano; a un título, por su apellido, y así sucesivamente rebaja los tonos de la escala social, representando en ella un enorme bemol. ¡Oh juventud! ¡Cuándo te convencerás de que es en ti el respeto la mayor prueba de aristocracia moral, de finura, de buen gusto y buen sentir, de pureza de alma y de corazón, que es el sello de superioridad intelectual y la que realza y hace amable, mientras que la insolencia rebaja y hace odioso al que lo es!
La insolencia da margen a represalias y, cuando esto sucede, el insolente se echa a reír, tornando en chanzas sus impertinencias; esto es, que hace bailar al oso que antes embestía. Las gentes delicadas huyen del baile como evitan las embestidas.
Tiene el insolente un repertorio de insolencias groseras que llama oportunidades y chistes, que desea sean repetidas, lucidas y conservadas en la memoria, como lo son las célebres y entendidas agudezas de un general Castaños, de un Talleyrand.
El insolente tiene para su uso particular unas armas agresivas y ofensivas que le suministra su osadía, como en los pugilatos ingleses a los luchadores se las proporciona la fuerza de sus puños; armas que a una persona realmente culta y delicada le es tan imposible usar en su defensa cuando se ve atacada, como difícil seria al armiño revestir las púas del puerco espín. Consisten estas en:
Un kiss que silba como una culebra.
Una risa que abofetea como una granizada.
Un desentenderse, interrumpir y contradecir que ofenden, secan y hostigan como el Simoun.
Un ¡qué! que le tira a la cara al más pintado, como un diploma de Juan Lanas.
El insolente está persuadido de que el motor ascendente del hombre es la hostilidad. Y la suficiencia propia y la época que ellos han formado les da razán, siendo hoy las palabras, y no las acciones, las que encumbran al hombre. Derriban por insolencia y a su vez son derribados por ella.
Siendo las leyes de la finura y de la delicadeza en el trato social realzar a los demás y rebajarse a sí mismo, es evidente que ambas cosas, delicadeza y finura, son para el insolente desconocidas, pues es su tendencia la de realzarse a sí mismo, darse una importancia ficticia y rebajar a los demás.
Asi es que, creyéndose altivo como un príncipe, es grosero como un patán.
Para el insolente, — de que era el tipo Raimundo, — no hay respeto de ninguna clase, no hay consideraciones de ningun género: no reconoce obstáculos de ninguna especie a su omnímoda voluntad.
Al divinizar la insolencia filosófica, el individualismo ha hallado a todas las malas tendencias dispuestas y oficiosas para vulgarizar y poner al alcance de todos su mal espíritu anticatólico, audaz y rebelde.
A la fina política del siglo último hemos sustituido nosotros el apretón de manos inglés, asi como hemos reemplazado el perfume del ámbar con el olor del cigarro.
ALEJANDRO DUMAS.
El hombre posee una facultad de venerar, que mas ó menos ligada al resto de sus cualidades, las realza todas.
SCHLASSER.
Raimundo habia regresado hecho el tipo del insolente. Y para darle a conocer en todo el desarrollo que había adquirido en sus tres años de emancipación, haremos la fisiología del insolente, que es hoy día un tipo tan generalizado que todo el que nos lea pensará que hemos querido retratar a su vecino de la derecha y copiar al de la izquierda. El insolente brilló en todas épocas; pero en la nuestra deslumbra y se generaliza como el gas. Ha reemplazado al hipócrita, pues nadie se toma ya la molestia de serlo desde que no se respeta lo bueno y lo santo. Este respeto a lo bueno y a lo santo originaba en los malos la hipocresía, que llamó La Rochefoucauld un homenaje que rendia el vicio a la virtud. Hoy día el cinismo ha libertado al vicio de todo homenaje y le ha dicho: «¡Nada de coronas! La gorra, con la cual estarás más a tus anchas. ¡Nada de togas, ni uniformes! La piel de oso. Nada de vara de justicia ni bastón de mando; el zurriago, el látigo. ¡Nada de pulidas ni corteses armas! La porra. ¡Fuera respetos, esos vasallajes morales, relegados a las ominosas épocas del oscurantismo!»
Asi acontece que el insolente, que encumbra el yo y menosprecia el vos, lleva el cuerpo derecho y la cabeza erguida. Si no es alto, se le figura que lo es; y si lo es, se le figura que es gigante.
Si anda unido a otro sujeto, toma por un impulso espontáneo la acera; cuando encuentra a un amigo, y aunque sea una amiga, y se para a hablarle, él es el que toma siempre la iniciativa de la despedida. Pregunta no por curiosidad, ni menos para demostrar interés, sino por el gusto de ostentar que ni atiende ni escucha la respuesta. Si se sienta, será el primero en hacerlo y en el mejor asiento; si es en la mesa, será en el puesto más alto que halle vacante, con preferencia a otras personas de más edad, de más saber, de más categoría, y hasta de más caudal, la más incontestable superioridad en nuestra era positiva.
Si se analizase su derecho a la preeminencia, se hallaría que era éste el ser él, añadiendo que no reconoce superioridad, que el rico tiene la suya en la bolsa, el sabio en las academias, el viejo en los consejos, pero que toda superioridad adquirida deja de existir en el trato social, en el que sólo figura la individual, debida al carácter y ascendiente de la persona genuinamente superior o a la que sabe colocarse de por sí en su puesto; lo que quiere decir: «Eso es mío, eso me toca a mí.» Por lo cual el insolente lleva a mal que le falten y lleva igualmente a mal que otros exijan de él que no les falte.
El insolente trata a todo el mundo en su cara con un sans façon en extremo chabacano (a pesar de que, por vestir bota charolada y llevar guante nuevo, lo cree en él aristocrático) y a espaldas trata a todas las personas y todas las cosas con un desdén que hiere más que la calumnia. Llama mujeres a las señoras; a las señoritas, muchachas; a las mujeres, tías; a una persona conocida, fulano; a un título, por su apellido, y así sucesivamente rebaja los tonos de la escala social, representando en ella un enorme bemol. ¡Oh juventud! ¡Cuándo te convencerás de que es en ti el respeto la mayor prueba de aristocracia moral, de finura, de buen gusto y buen sentir, de pureza de alma y de corazón, que es el sello de superioridad intelectual y la que realza y hace amable, mientras que la insolencia rebaja y hace odioso al que lo es!
La insolencia da margen a represalias y, cuando esto sucede, el insolente se echa a reír, tornando en chanzas sus impertinencias; esto es, que hace bailar al oso que antes embestía. Las gentes delicadas huyen del baile como evitan las embestidas.
Tiene el insolente un repertorio de insolencias groseras que llama oportunidades y chistes, que desea sean repetidas, lucidas y conservadas en la memoria, como lo son las célebres y entendidas agudezas de un general Castaños, de un Talleyrand.
El insolente tiene para su uso particular unas armas agresivas y ofensivas que le suministra su osadía, como en los pugilatos ingleses a los luchadores se las proporciona la fuerza de sus puños; armas que a una persona realmente culta y delicada le es tan imposible usar en su defensa cuando se ve atacada, como difícil seria al armiño revestir las púas del puerco espín. Consisten estas en:
Un kiss que silba como una culebra.
Una risa que abofetea como una granizada.
Un desentenderse, interrumpir y contradecir que ofenden, secan y hostigan como el Simoun.
Un ¡qué! que le tira a la cara al más pintado, como un diploma de Juan Lanas.
El insolente está persuadido de que el motor ascendente del hombre es la hostilidad. Y la suficiencia propia y la época que ellos han formado les da razán, siendo hoy las palabras, y no las acciones, las que encumbran al hombre. Derriban por insolencia y a su vez son derribados por ella.
Siendo las leyes de la finura y de la delicadeza en el trato social realzar a los demás y rebajarse a sí mismo, es evidente que ambas cosas, delicadeza y finura, son para el insolente desconocidas, pues es su tendencia la de realzarse a sí mismo, darse una importancia ficticia y rebajar a los demás.
Asi es que, creyéndose altivo como un príncipe, es grosero como un patán.
Para el insolente, — de que era el tipo Raimundo, — no hay respeto de ninguna clase, no hay consideraciones de ningun género: no reconoce obstáculos de ninguna especie a su omnímoda voluntad.
Al divinizar la insolencia filosófica, el individualismo ha hallado a todas las malas tendencias dispuestas y oficiosas para vulgarizar y poner al alcance de todos su mal espíritu anticatólico, audaz y rebelde.
miércoles, 7 de mayo de 2008
Que por mayo era, por mayo,
Que por mayo era, por mayo,
cuando el curso es un tostón,
cuando jode el alumnado
y hay de examen mogollón;
cuando los acalorados
faltan a clase un horror,
sino yo, triste, cuitado,
que enseño en esta prisión,
que ni sé do acaba el curso
ni qué coño es “promoción”
sino por un papelito
del salón del profesor;
quitómelo un compañero,
dele Dios mal galardón.
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Creación literaria propia,
Poemas propios
Sobran albañiles, faltan ingenieros
Dos noticias publicadas en el mismo medio, El País; la primera, aumenta el paro por el parón en la construcción; la segunda, que es preciso buscar ingenieros en otros países habida cuenta no sólo del bajón en las licenciaturas de ingenieros, sino de su súbito descenso de competencia y calidad. Pero el sistema educativo sigue pendiente de igualar por lo bajo, de no crear elites preparadas e investigadoras que podamos admirar... Pedro Solbes, poderoso caballero, vive más pendiente de la macro economía que de la microeconomía, y seguirá hasta que a largo plazo empiecen a verse los efectos desastrosos. De España se decía que exportaba científicos e importaba futbolistas; ahora ni siquiera exporta científicos, sino que también los compra. Y, si tenemos en cuenta el auge de economías de la miseria como China, pronto no habrá ni siquiera dinero para comprar. Dios nos pille confesados: se está desarticulando la clase media española, esa clase media que levantó el país después de que la alta lo hiciera trizas con sus idioteces doctrinarias. Mientras, la facultad de Filosofía de la Complutense está en huelga y Fernando Savater habla de "rentabilidad social" mientras cuenta los dividendos de sus acciones en PRISA. Cómo ha cambiado el hombre; es inteligente, escribe buena prosa, pero no se reconocería en un espejo si se mirara con los años que tenía entonces, pese a lo que diga en sus artículos. Se ve que sigue el consejo de Auden, el de irritar cuando se es joven a los viejos y cuando se es viejo a los jóvenes. Pero el problema es que estos viejos no se dejan irritar, porque ellos mismos se siguen creyendo jóvenes. Ahora los jóvenes lo tienen más crudo; les falta violencia, inteligencia y descaro y les sobra pusilanimidad, botellón y grosería.
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martes, 6 de mayo de 2008
Levántate y anda
Y qué trabajo cuesta. Algunos se levantan, incluso andan, pero no se despiertan hasta las doce de la mañana o cosa así. Como Lázaros a medio resucitar deambulan greñudos, malafeitados y como perdidos por un desierto de entresueños poblado de vagas gárgolas, sábanas ondulantes y leones vespertinos entre la leche con galletas y el telediario. Yo, habitualmente, me siento como una marioneta vieja de madera sin lacar, roído por la carcoma y esas otras larvas, los tornillos, que echan tanto orín como las junturas serrín por los cuatro costados y demás hollines, consumido a fuego lento por la coceada del sol. Una lingotada de cafeína y su poco de vandral, más dos pastillas para la hipertensión y el agua despabilatoria, y me echo a rodar tambaleante por las escaleras hasta mi cantera de burricie cotidiana.
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