Una salus haec est: hoc est tibi pervincendum
hoc facias, sive id non pote, sive pote!
El dístico de Catulo me sirve para reconstruirme y consistir todos los días. También me ayudan, y bastante, los consejos de Marco Aurelio: "Pasar cada día como si fuera el último, sin convulsiones, sin entorpecimientos, sin hipocresías... es ridículo no intentar evitar tu propia maldad, lo cual es posible, y en cambio intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible... al despuntar la aurora, hazte a ti mismo estas consideraciones previas: me voy a encontrar con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable".
jueves, 29 de octubre de 2009
Geocities II
Lo que hace Geocities es guardar las páginas por si alguien quiere pagar la permanencia, pero ya impide modificarlas.
El Alcorcón como metáfora
Los príncipes de este mundo cagan, como todo el mundo. El Real Madrid sucumbe y fenece y acaba por los suelos corneado y muerto y vuelto a cornear por un modesto club con cuatro bajas de titulares y lleno de suplentes. Algo así le pasa al gobierno y a la oposición, que son mediocres, que no sirven, que cualquiera lo puede hacer mejor en su lugar. Confiemos en la gente común que tiene sentido común, ese sentido que dicen que es el menos común de los sentidos, porque los grandes de este mundo lo han perdido: por eso son grandes y no comunes.
martes, 27 de octubre de 2009
Los dos hombres invisibles
Sí, porque existen dos. El primero es El hombre invisible, (1897), de H. G. Wells; el segundo, El hombre invisible (1952), de Ralph Ellison. Y las dos son obras maestras, aunque el primero habla sobre la invisibilidad física y el segundo de la invisibilidad psíquica.
El hombre invisible de Wells es un loco que acaba perdiendo la chaveta; realmente no posee otro interés que el de los detalles que desasosiegan y atormentan al pobre portagonista, que va perdiendo su identidad y confundiéndose con un Dios también invisible. El segundo, escrito por un negro, sí que posee mayor interés, sobre todo en la actualidad, porque refleja un fenómeno bastante común, la marginación, el ninguneo que sufre un negro sin nombre en la sociedad norteamericana; y si hablamos de la norteamericana, podemos decir de cualquier parte, también de España. De los méritos de los demás no se suele hablar, por eso en esta sociedad sólo triunfan los que más se autopregonan, no necesariamente los que más valen, sino los que más se ven; como dice la seguidilla de Félix Mejía,
Vivimos en un tiempo
tan miserable,
que si uno no se alaba,
no hay quien lo alabe
Y el pobre protagonista no se ve, no luce, porque es oscuro, aunque sólo por el color de su piel. Y experimenta todas las formas de segregación que existen. Y la más importante: la ignorancia de los sentimientos y del valor de la palabra para romper todas las soledades y cadenas que nosotros mismos nos hemos puesto.
El hombre invisible de Wells es un loco que acaba perdiendo la chaveta; realmente no posee otro interés que el de los detalles que desasosiegan y atormentan al pobre portagonista, que va perdiendo su identidad y confundiéndose con un Dios también invisible. El segundo, escrito por un negro, sí que posee mayor interés, sobre todo en la actualidad, porque refleja un fenómeno bastante común, la marginación, el ninguneo que sufre un negro sin nombre en la sociedad norteamericana; y si hablamos de la norteamericana, podemos decir de cualquier parte, también de España. De los méritos de los demás no se suele hablar, por eso en esta sociedad sólo triunfan los que más se autopregonan, no necesariamente los que más valen, sino los que más se ven; como dice la seguidilla de Félix Mejía,
Vivimos en un tiempo
tan miserable,
que si uno no se alaba,
no hay quien lo alabe
Y el pobre protagonista no se ve, no luce, porque es oscuro, aunque sólo por el color de su piel. Y experimenta todas las formas de segregación que existen. Y la más importante: la ignorancia de los sentimientos y del valor de la palabra para romper todas las soledades y cadenas que nosotros mismos nos hemos puesto.
Etiquetas:
Artículos propios,
Creación literaria propia,
Crítica literaria
Libros
Subí por la Cuesta de Moyano y vi muchas cosas de interés, aunque, como siempre, tuve que hacer de bolsillos corazón y comprar sólo algunas. Por ejemplo, los tres tomos del extinto y ya raro Diccionario Sopena de Literatura, que estaban muy rebajados, los pobres, una traducción dieciochesca de las Vidas de Diógenes Laercio y la Historia de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo, que me interesa para mi edición del Jicotencal de Félix Mejía. Nada más, pero tampoco menos.
Geocities ha cerrado
Geocities ha cerrado sus portales gratuitos. El mío también; no estuvo mal: consiguió 13.300 visitas. Ahora hay que realizar otro, supongo.
lunes, 26 de octubre de 2009
Visita al Cementerio
Porque todos tenemos que ir alguna vez ahí, aunque sea la última. Localicé a la primera la tumba de mi madre, que ya no ostenta rosales; alguien, cruelmente, los ha cortado. La famosa escultura yacente de la dama muerta de parto ha sufrido muchos daños por parte de algún bárbaro sin discernimiento ni sentido de lo bello; por lo menos han respetado su rostro. Como siempre, las tumbas de los gitanos son las más teatrales e impresionantes; una de ellas incluso integraba un banco de piedra para sentarse y admirar la obra, qué cosas. La crisis se deja notar también en la muerte: se han levantado nuevas secciones de económicos nichos. Mi hija Paloma iba por primera vez al cementerio y todo le parecía extraño; se enamoró de los muchos gatos que viven allí, pues los gordos ratones no les faltan. Esto es como pasar lista: reconozco muchos apellidos que he visto pasar no solo por las listas escolares, sino por los tochos de protocolos notariales que revisaba para mi tesis, algunos singularmente raros; y también hay fotografías; pero muchas están descoloridas por las reacciones termoquímicas que provoca el sol; es que los recuerdos también se pudren, e incluso los nombres pétreos de las lápidas, muy borrosos a causa de la lluvia, el frío, el viento, la mugre, los líquenes. Los letreros metálicos sufren otro tipo de deterioro y se quedan mellados porque las letras flojas terminan desapareciendo rascadas por el viento, el agua y el abandono.
Al salir me admiro de los muy vistosos edificios modernos que han construido en el entorno; mi hija Paloma dice que hay uno que lo llaman El Coño, porque siempre que lo ven por primera vez dicen: "¿Qué coño es eso?" Me mondo de risa como una patata, y nos vamos a comprar una comida a un restorán de unos amigos chinos, porque se nos ha hecho tarde.
Al salir me admiro de los muy vistosos edificios modernos que han construido en el entorno; mi hija Paloma dice que hay uno que lo llaman El Coño, porque siempre que lo ven por primera vez dicen: "¿Qué coño es eso?" Me mondo de risa como una patata, y nos vamos a comprar una comida a un restorán de unos amigos chinos, porque se nos ha hecho tarde.
Enseñanza en Asia
En una clase de secundaria de Shanghai la demostración de un teorema matemático es igual que en Francia. Pero la rapidez de funcionamiento de la clase, la concentración de los alumnos y su agilidad en las respuestas, o la preparación y organización de los temas de cada sesión que realiza el profesor, no. "En la clase de Shanghai hay algo muy bien pensado, muy bien estructurado desde el punto de vista de la función docente y de la interacción del alumno con el profesor. No se observan muchas clases así en mi país", sostiene Michelle Artigue, presidente de la Comisión Internacional de Educación Matemática (IMIC) y catedrática de la Universidad de París VII. El "éxito" reside en "dos claves", según Artigue, "en el nivel de disciplina y concentración de los alumnos y en el trabajo que realizan después de clase. No es comparable con el de Europa".
Los estudiantes de algunos países del sudeste asiático (entre ellos, Corea, Taiwán o China) han superado con creces a sus homólogos del mundo entero en el campo de las matemáticas en estudios internacionales como TIMMS o PISA. Sin embargo, "este éxito no parece haber ido acompañado por las correspondientes actitudes positivas hacia las matemáticas", indica Frederic K. S. Leung, de la Universidad de Hong Kong y profesor corresponsable del estudio junto a Artigue. Es decir, los buenos resultados académicos no son proporcionales al volumen de estudiantes que después se dedicarán a las matemáticas.
Buscando explicaciones de estos "resultados" y "actitudes" de los alumnos se han examinado algunas características relevantes que se resumen en los resultados del TIMSS Video Study, que se analizaron el jueves y viernes en Valencia, de la mano de los principales expertos asiáticos y occidentales en educación matemática de Finlandia, China, Corea, Hungría, Nueva Zelanda, Taiwán, Hong Kong, EE UU, India y España reunidos en un congreso internacional sobre Los paradigmas de la educación matemática para el siglo XXI. El estudio concluye que "el éxito en los resultados y las actitudes que presentan los estudiantes del sudeste asiático no pueden atribuirse sólo a las peculiaridades del entorno o a la manera en que se imparten las clases en estos países". Por primera vez, "se han propuesto factores culturales como posibles explicaciones tanto de los resultados obtenidos como de las actitudes mostradas". Entre ellas, el valor de la disciplina, de la autoridad docente y de la educación como factor de promoción social, que priman en los países de tradición confuciana frente a los de la cultura judeocristiana, admite Artigue. Leung menciona "la importancia de la familia en el valor que se le da en China al aprendizaje escolar. Los padres ayudan a sus hijos en las tareas e invierten mucho dinero en clases".
La segunda conclusión es que "Asia no es uniforme", apunta Manuel de León, director del Instituto de Ciencias Matemáticas del CSIC. Una clase de matemáticas en Japón es más parecida a una en Francia o Alemania. "Hay que investigar más para entender cómo la cultura influencia la manera de aprender y enseñar la visión de las matemáticas. Porque, pese a que las matemáticas son un lenguaje universal, hay diferencias muy grandes, incluso entre los propios países europeos entre una clase de matemáticas en Inglaterra o en Francia", subraya Artigue.
Por el contrario, según Wei-Chi-Yang, el fundador de la Conferencia Asiática, el sistema coreano tiene también sus factores negativos. "Yo lo aprendí todo de memoria, por eso quiero ofrecer otras cosas a los alumnos. Y las Nuevas Tecnologías son un factor clave para la creatividad y la motivación". Chi-Yang confiesa que este sistema tan disciplinado de enseñanza resultó un lastre al realizar su tesis doctoral de forma individual, y lo es si no se enseña también a ser críticos. Aunque reconoce que sus resultados son mejores que los de los alumnos estadounidenses. Entre otras razones, porque casi el 50% de profesores estadounidenses ni siquiera tiene la especialidad de matemáticas o no han finalizado la asignatura de Cálculo. Mientras que en Corea, "aunque no tengo que enseñar cálculo, lo aprendo". "Creo que el nivel del profesorado es muy alto. Y están muy bien pagados".
En India, el país de los brahmanes, que están en la cima de la sociedad y son considerados unos eruditos, "la educación es un factor clave de promoción social". Pero también lo es el "factor demográfico", según Eva Borreguero, directora de programas educativos de Casa Asia. "En un país con 1.300 millones, estudiar es un privilegio: muchas veces se tienen que desplazar kilómetros para ir a la escuela, y las familias lo valoran mucho".
Luis Puig, de la Universidad de Valencia, sostiene que aunque los alumnos españoles según los informes PISA de 2003 y 2006 aparecen en el furgón de cola en Matemáticas, Ciencias y Lectura, "la realidad no está tan mal". Porque, al contrario que los asiáticos que suben la nota porque tienen una media muy alta de buenos alumnos, lo que neutraliza a los muchos malos, en España el sistema es más equitativo y no se acentúan tanto las diferencias. Aunque insiste en la necesidad de "un pacto de Estado", que libere a las leyes educativas de los vaivenes políticos, otorgue estabilidad y se revaloricen la escuela y la función docente.
Un currículo común
"La creatividad no se obtiene con ejercicios memorísticos", sostiene Wei-Chi-Lang, que fue muy crítico con el sistema coreano, pero que defiende que las "matemáticas" tanto en Corea como en China son "una asignatura privilegiada". Se ha pasado del uso de las calculadoras científicas en clase a la generalización de los ordenadores e Internet. Aunque abundan las desigualdades por regiones. En Francia, desde 2004 se ha incluido la competencia tecnológica en el examen oral de los futuros profesores. Pero el ordenador es sólo el principio. "La gente confía en la máxima de Confucio, si le das a un hombre un pescado, le das comida para un día. Pero si le enseñas a pescar, comerá toda la vida". En matemáticas funciona igual: "Si se memoriza una fórmula se aprueba un examen; si se entiende se pueden descubrir muchas matemáticas", concluye Chi-Lang. En esa dirección caminan el Proyecto Klein, que dirige el neozelandés Bill Barton, para crear un "currículo común de 300 páginas" para que los profesores combinen conocimiento, creatividad y nuevas tecnologías. Y el proyecto europeo Intergeo, de recursos en red, que se presentará en dos semanas.
Etiquetas:
Artículos ajenos,
Educación,
Enseñanza,
Matemáticas
Dos artículos sobre la crisis de El País
Familias hundidas por la crisis
El paro crónico abre un duro panorama de conflictos familiares. EL PAÍS ha recogido testimonios de afectados que quieren explicarse, y también los de aquellos otros a los que el orgullo y la vergüenza impiden incluso pedir ayuda públicamente
JOSÉ LUIS BARBERÍA El País 25/10/2009
Es como si una buena parte de la población estuviera con el agua al cuello braceando nerviosa y respirando con dificultad mientras la marea sigue avanzando. Tras inundar los consabidos sótanos de la precariedad y la exclusión social, la crisis ha alcanzado cotas de la clase media y ha penetrado en estancias tenidas por seguras. La expresión "nunca hubiera imaginado que esto podía pasarme a mí", se recita estos días en una letanía penitente surgida del estupor, la exasperación o la vergüenza. "Hace dos años me ganaba muy bien la vida de autónomo con una pequeña empresa de la construcción. Miraba a la gente que duerme en los bancos de la calle como si fueran marcianos, pero ahora he empezado a comprenderlos porque la distancia que me separa de ellos es ya mínima", dice Mariano Pérez Sandoval, de 47 años, portavoz de la asamblea de parados de Granada.
"Para salir adelante, lo primero es aceptar nuestra condición de pobres", piensa una víctima del desplome
"La clase media optará entre la exigencia del cierre de fronteras o la solidaridad", dice el profesor Pedro Cabrera
"También las personas deberíamos poder declararnos en quiebra", plantea un joven de la asamblea de parados
"Era tan fácil pedir crédito", se lamenta un inmigrante en paro con cuatro hijos y una deuda de 110.000 euros
La crisis ha arrojado al paro a un millón largo de personas en los últimos 12 meses, y hay muchos hogares con todos sus miembros en el desempleo. Trabajadores de la construcción y de la industria casados o en edad de procrear, jóvenes de escasa formación con contratos temporales, mujeres solas con hijos a su cargo, hombres separados y personas mayores tienen preferencia a la hora de ingresar en el nuevo "ejército de los pobres". Y es que, asfixiadas por las deudas y sin alternativa formativa para el recambio profesional, buena parte de estas gentes parecen abocadas a traspasar el umbral de la pobreza -ingresos inferiores al 60% de la renta media- e incrementar ese 20% de pobres (15% en la UE-25) que ha permanecido casi inalterable a lo largo de las tres "décadas prodigiosas" de bonanza económica.
En su informe a la comisión del Senado que analiza la exclusión social, el profesor de Ciencias Políticas de la Pompeu Fabra Sebastián Sarasa advierte del riesgo de que el hambre se instale en hogares de familias con hijos pequeños. Las diferentes Cáritas diocesanas acusan a la Administración pública de practicar la "dimisión de responsabilidades" en los servicios sociales, al tiempo que se declaran incapaces de "sustituir la misión del Estado". Algunos analistas creen que el 40% de los hogares españoles está amenazado en mayor o menor grado por esta crisis.
Sumergirse en el problema para ponerle ojos y rostros a la estadística, tomarle la temperatura a la angustia, palpar la densidad de la devastación, es exponerse a testimonios sobrecogedores, por mucho que se pretenda huir de los casos más tremebundos. En su versión más cruda, la crisis no ha tocado fondo en las colas ante los almacenes de alimentos de Cáritas, en las oficinas municipales de servicios sociales, en los comedores sociales y los albergues, en las asambleas de parados, en las reuniones de afectados por los embargos. Lo que se encuentra en esos circuitos son, sobre todo, gentes que no hacen pie. Algunos aceptan contarlo; otros muchos se niegan, porque la miseria se oculta y camufla frecuentemente, y el orgullo y la vergüenza impiden, a menudo, gritar socorro.
"Nosotros, como los toxicómanos con lo suyo, tenemos que aprender que para salir adelante lo primero es aceptar nuestra condición de pobres", susurra entre lágrimas Jacinto Alejandro Silvente, comercial del sector mobiliario y la decoración de lujo arruinado tras el desplome de la construcción. Este hombre de 57 años, educado en Francia, nada religioso, profesa una devoción absoluta a los voluntarios de Cáritas de Valencia -"nos han salvado la vida", enfatiza-, porque le trataron con "muchísima dignidad" y antes de pedirle la documentación de su caso les llenaron de comida el frigorífico. "Al contrario que en el Ayuntamiento, donde nos citaron para dos meses más tarde, ellos se dieron cuenta de que no teníamos nada para cenar, saben lo que significa un día para el necesitado".
Jacinto vive con su mujer, una hija separada y una pequeña nieta en el piso de su suegra, que falleció hace unos meses. "Compartió con nosotros su casa y su pensión de 600 euros", dice, y en ese momento se interrumpe vencido por la emoción. Tras consultar con la mirada a su mujer, como si lo que se disponía a decir resultara demasiado doloroso o escandaloso, cuenta que al morir su suegra y suprimirse la pensión empeñaron las joyas de la desaparecida en el Monte de Piedad. Durante estos meses terribles de búsqueda desesperada, "conserje o intérprete de idiomas para extranjeros, lo que sea", Jacinto ha hecho un cáncer de vejiga, y su mujer, Ángeles Serrano, de 55 años, ha entrado en tratamiento psicológico. Ella, que siempre dispuso de asistenta en casa, se ofrece como interina por horas.
El seísmo es de tal magnitud que está expulsando de sus hogares a aquellos que, con una economía familiar precaria y poco conscientes de encontrarse en la cuerda floja laboral, se lanzaron a adquirir una vivienda, contagiados por una euforia crediticia desaforada que ha llegado a abarcar el coche, las vacaciones y la televisión de plasma. La pérdida de uno de los dos sueldos, el destinado a la hipoteca, es, en esos casos, la antesala del embargo, el resquebrajamiento del proyecto familiar, la catástrofe. El hacinamiento severo y el subarriendo de habitaciones a precios abusivos se extienden por el país del millón de viviendas vacías. Son las ocho de la noche en un piso de Cáritas del centro de Valencia. El hispano-colombiano Gustavo Adolfo Maldonado, de 34 años, se afana en preparar la cena de sus hijos, cuatro caritas aseadas de 11, 9, 2 y 1 años que corretean por la sala. Falta la madre, Diana, de 30 años. Trabaja de interina en Londres y con lo que gana mantiene a su familia. Salió de España cuando todavía amamantaba a la más pequeña porque, cerradas todas las puertas, Londres, donde vive su hermana, pareció la única vía de supervivencia. No es un caso aislado. La desagregación familiar amenaza particularmente a las parejas inmigrantes en apuros. La falta de red familiar y social obliga con frecuencia a uno de los dos a regresar a su país de origen.
Gustavo vino a España hace nueve años. Trabajaba en la Ford de Almusafes como soldador y ganaba 1.600 euros que, sumados a los 700 que sacaba su mujer en la hostelería, les animaron a embarcarse en un crédito de vivienda de 138.000 euros. "Tres años después, habíamos rebajado la deuda a 110.000, pero llegó la crisis, no me renovaron el contrato y mi mujer perdió el empleo", cuenta con una cadencia dulce y esa elegancia tonal de los latinoamericanos. "Hubo que optar entre comer o pagar la hipoteca. En el banco me indicaron que mis problemas personales no les interesaban". A la espera de los 420 euros de la ayuda posdesempleo y mientras aguarda la orden de desahucio, saca un dinero con el alquiler de su piso. Comenta que, al principio, le costó mucho hacerse cargo de los niños y que todas las mañanas tiene que hacer un esfuerzo para no derrumbarse ante ellos, pero que adora a su mujer. "Como dicen ustedes, hay que tener un par para irse así, a Londres. Nos comunicamos por el Skype de Internet, que le sale casi gratis. Es el único capricho que nos damos: poder vernos y hablarnos. Ella sufre mucho por no poder abrazar a sus niños".
Descomponer la estadística del paro por grupos sociales ayuda a hacerse una idea más cabal de la sociología de la devastación. Y es que los inmigrantes y los jóvenes, víctimas preferentes de la precariedad laboral, soportan tasas del 36% de paro, tres veces más que los autóctonos maduros. Aunque las políticas varían notablemente de una autonomía a otra, las familias de inmigrantes sin permiso de residencia encuentran muchas más dificultades para acceder a las rentas mínimas, excepto en Euskadi, donde existe una suerte de salario social. Los profesionales y voluntarios que trabajan a pie de obra con los más necesitados -no esperen ahí a los sindicatos- alertan de que el grueso de los parados entrará pronto en la segunda fase, caracterizada por el agotamiento de las prestaciones sociales y la acumulación de los problemas.
No es arriesgado suponer que la cronificación del paro abrirá un panorama de conflictos familiares -los divorcios disminuyen, probablemente porque la gente no puede pagárselos, pero aumentan los malos tratos y las rupturas afectivas bajo el mismo techo-; y regreso a la ilegalidad de inmigrantes que necesitan renovar sus contratos de trabajo para poder seguir residiendo en nuestro país. "Dentro de un año habrá aumentado mucho la economía sumergida, la prostitución autóctona y los pequeños robos y atracos", vaticina Mercè Darnell, analista de Cáritas. Es seguro que los 30.000 sin techo que vagabundean en nuestro país encontrarán nuevos compañeros en su viaje a ninguna parte.
"Era tan fácil pedir crédito. Como los alquileres estaban casi tan altos como las cuotas de las hipotecas, parecía cosa de tontos no meterse en un piso", exclama Gustavo Gaytán Ardilla, de 46 años, padre de dos hijos, colombiano de Bogotá, conductor profesional. Al igual que otros "ahogados por las hipotecas", él también se ha unido a grupos alternativos juveniles catalanes que pelean desde hace años por el derecho a la vivienda. Por chocante que pueda resultar la unión de estos inmigrantes autónomos de edad madura con los jóvenes contestatarios barceloneses, hay que creerlos a pie juntillas cuando te dicen, con la emoción en los ojos, que estos muchachos son las únicas personas que les han escuchado y animado a luchar. Escuchar al necesitado merece convertirse en precepto, a la altura de "dar de comer al hambriento" o "visitar al enfermo", que predica la caridad cristiana. Tal es la sensación de invisibilidad y nulidad que ataca a los parados más indefensos.
"El pasado 6 de enero, día de Reyes, Gustavo Gaytán conducía un camión frigorífico cargado de fruta por las inmediaciones de Nápoles, después de haber pasado todas las navidades solo, en la carretera, lejos de su familia. Se encontró en una recta muy larga con final en curva cerrada que salvaba un precipicio. La idea empezó a abrirse paso en su cabeza: "no cojas la curva y acaba con la hipoteca y con todo". Iba lanzado, pero clavó las ruedas en el asfalto en el último segundo porque dice que pensó en sus hijos y en ese matrimonio de españoles que, llevado por su generosidad, le avaló el crédito hipotecario con su propia vivienda y que ahora puede quedarse en la calle, como él. "Me pone enfermo ver lo que están sufriendo por mi culpa, pero no puedo hacer nada. Cuando firmé el crédito llegaba a ganar con las horas extras y los fines de semana hasta 3.800 euros al mes, mientras que ahora, en el taxi, apenas saco 1.200. Mi piso salió a subasta en julio y esto es ya un proceso imparable", dice.
Tal y como lo explican los damnificados, el proceso judicial se desencadena inexorablemente a partir de una serie de cuotas impagadas, aunque los jueces se lo piensen muy mucho a la hora de ejecutar el desahucio. "Embargan tu casa, la sacan a subasta y como no hay subasteros que pujen, el mismo banco se la queda por el 50% de su valor de tasación. Hacen un buen negocio y tú te quedas sin el piso, con la deuda pendiente y con el pago de las costas judiciales que, en mi caso, suponen la barbaridad de 73.000 euros. Es una condena de por vida".
En estos encuentros soplan vientos tempestuosos contra los bancos y los gobiernos. "Que se enteren los políticos: si la gente no paga es porque no puede. Debería caérseles la cara de vergüenza al ver que se embargan casas con niños y que gente adulta tiene que vivir de la pensión de sus padres", alza su voz ronca María Blanca Yaya, de 44 años, vecina de Alfacar (Granada), separada y con un hijo de 16 a su cargo. "Mis clientas tenían a sus maridos en el andamio y cuando la construcción se vino abajo tuve que cerrar mi tienda de ropa. Mi piso sale a subasta el 10 de noviembre", afirma, exasperada.
También a Elena Diéguez se le ha hundido el mundo este año. Maltratada por su marido, separada y con un niño de tres años, vive con 421 euros de la ayuda familiar. "Lo mío es para echarse a llorar y no parar; mi marido no me pasa la pensión y ya no sé qué hacer para conseguir un trabajo", indica esta bilbaína de 35 años, camarera de profesión. Desde que quebró la empresa familiar de la construcción, en el hogar de Celia Díaz Campos, de 39 años, con dos hijos, no entra otro salario que los 480 euros que gana como limpiadora de fin de semana en un hospital. "Estamos en la ruina. Nos han quitado el piso, la maquinaria y los vehículos. Si comemos en casa es gracias a la pensión de mi padre y a la ayuda de mis hermanos". Los anuncios de que las grandes corporaciones repartirán beneficios crispan muchos los ánimos. "También las personas deberíamos poder declararnos fallidas, en quiebra, como en Inglaterra", plantea uno de los jóvenes asamblearios.
"He llegado al punto de que me fallan las fuerzas para seguir buscando trabajo", dice Dora Cubilla, de 38 años. En 2006 dejó su puesto de profesora de matemáticas en un instituto de Buenos Aires para seguir a su marido. La crisis les ha pillado de lleno y como ya no les llega para vivir, ella trata de emplearse en lo que salga, limpiando casas a cuatro euros la hora, lo que sea. "Hasta ahora creía que tener tres hijos era una bendición, pero he descubierto que cuando se trata de buscar trabajo resulta un obstáculo insalvable. Ser mujer y extranjera tampoco ayuda, seguro. Estoy tan desesperanzada", dice, y se aprieta las manos en un gesto nervioso, "que he empezado a dudar de mí misma, de mi capacidad, de mi propia identidad. Y menos mal que aquí, en Castellón, está la Fundación Patim, que nos ayuda mucho", indica. Castellón es un buen exponente del terremoto que ha sacudido nuestro país. En poco más de un año, la provincia que ostentaba el privilegio del pleno empleo técnico -menos del 5% de paro- ha pasado a liderar la destrucción masiva de los puestos de trabajo.
Ahora que no trabaja en la obra, sólo alguna chapuza ocasional, el nigeriano Clive Edosa Uwadiae, un hombretón de 36 años, se levanta todos los días con el cuerpo hecho polvo y una punzada de dolor en la cabeza. Como no puede pagar la hipoteca, trata, infructuosamente, de que el banco se quede con su piso a cambio de la deuda. "Necesito un trabajo para comer y renovar mis papeles", insiste. Por primera vez en los 10 años que lleva en España, Clive no ha enviado este mes a Nigeria los 150 euros que permiten vivir a su numerosa familia. "Sería triste volver, porque mi pueblo sólo es bonito cuando lo miras desde lejos". La cosa se ha puesto imposible para gentes como José Luis Coronado, un antiguo heroinómano con antecedentes que necesita culminar su larga rehabilitación con la estabilidad de un empleo. "El trabajo es la manera de cerrar definitivamente la puerta del pasado. La gente con problemas tiene malos pensamientos cuando está parada y a algunos nos resulta difícil abrirnos a pedir auxilio", indica.
"¿No podéis ayudarnos? No tenemos nada que comer". El alcalde de Yuncos (Toledo), Gregorio Rodríguez (PP), oyó esta súplica desde su despacho un mañana de enero. Surgió así el plan municipal que otorga vales de comida e higiene por valor de dos euros por persona y día a los miembros de las familias en paro empadronadas que no sumen más de 120 euros en subsidios. "Una familia de cuatro miembros se asegura comida por valor de 56 euros semanales sin necesidad de ponerse a la vista de todo el mundo en un comedor social. Es suficiente para sobrevivir haciendo economías y el gasto sólo supone el 1% del presupuesto municipal, nada que no podamos ahorrar reduciendo partidas como la dedicada a las fiestas", indica el alcalde. Su vecino Juan María Sánchez, casado y con un hijo, dice que si comen en casa es gracias a esta ayuda. "Cobro 700 euros de paro y pago 500 de alquiler; el mes que viene tendremos que meternos en una habitación".
Todas y cada una de las personas que los viernes a mediodía recogen su sobre con el vale de comida tienen una historia que contar, pero pocas tan desgraciadas como la de este hombre menudo de 41 años, Antonio López, carpintero encofrador, padre de dos mellizos de ocho años que sale de las oficinas municipales con los ojos enrojecidos. Cuenta que al quedarse en paro se le ocurrió abrir un bar con un préstamo hipotecario avalado con el piso de sus padres. El negocio resultó ruinoso y sus padres se han quedado sin casa. "Vivimos gracias a los 700 euros de la pensión. Busco trabajo, pero también tengo que criar a mis hijos. Mi mujer se suicidó con pastillas hace dos meses. Mirando sus papeles, nos enteramos de que le habían diagnosticado un cáncer. Se ve que no pudo aguantar más, pero nos ha dejado muy solos a los tres".
A riesgo de que sus palabras suenen peregrinas en los estratos más castigados por la crisis, Laia Fábregas, autora del documental 501, que expone las emociones de un grupo de mujeres de mediana edad despedidas de Levi's, pone un toque esperanzador con la idea de que el paro puede ser también una segunda oportunidad individual y colectiva. Economista y hoy directora del Instituto de Cine Catalán, Laia Fábregas sostiene que "la crisis está pidiendo a gritos que pensemos qué sociedad queremos ser". En un plazo más inmediato, el país de la OCDE que más desempleo y trabajo precario crea y que gasta en protección social siete puntos menos que sus vecinos de la zona euro, tendrá que decidir cómo abordar el problema.
"La clase media optará entre dos reacciones básicas: la del miedo y la de la solidaridad. La primera se salda con demandas de cierre de fronteras, penalización de la acogida de inmigrantes irregulares, crecimiento de la población encarcelada y atrincheramiento en los privilegios adquiridos", afirma Pedro Cabrera, profesor de sociología en la Universidad de Comillas. "Si se opta por la solidaridad, deberíamos ir más allá de la beneficencia y de los comedores de caridad e interrogarnos sobre el desastre burocrático de las ayudas, la bajísima dotación de recursos y la descoordinación entre las diferentes áreas de la Administración. Eso significaría reorganizar eficazmente los sistemas de protección social, darles una mayor prioridad presupuestaria y cobrar los impuestos correspondientes a todos aquellos que deben pagarlos", subraya Pedro Cabrera.
Se trata de evitar el desmoronamiento de una parte de la sociedad. Conseguir salir de esta crisis sin el corazón colectivo demasiado encanallado ya sería un triunfo.
La generación 'peter pan' está hipotecada
España tiene casi 8 millones de treintañeros, nacidos al final del 'baby boom' - Están desencantados y altamente endeudados - Son consumistas y buscan en el ocio la nostalgia de su infancia
JOSEP GARRIGA El País, 25/10/2009
En Estados Unidos se les bautizó como kidults -del inglés kid (niño) y adult (adulto)-. En Latinoamérica optaron por un juego de palabras en español, adultescentes, por la unión de adulto y adolescente. Y en España los sociólogos prefieren definirles como treintañeros bajo el síndrome de Peter Pan, mientras que los expertos en mercadotecnia les llaman Generación X. Constituyen, según los últimos datos demográficos del Instituto Nacional de Estadística, el segmento de población mayoritario en España, con casi ocho millones de personas y, en consecuencia, representan una bolsa ingente de consumidores.
La familia y el entorno les presionó para que tuvieran una casa en propiedad
Estos jóvenes han ido retrasando su emancipación por su inestabilidad laboral
Son los últimos hijos del baby boom de los setenta y, en general, todos responden a los mismos patrones. Constituían la generación mejor preparada pero que se ha dado de bruces con un mundo que ha cambiado repentinamente ante sus narices. Ahora deben construirse una nueva realidad y piensan, quizá con razón, que ya están llegando tarde. Son unos jóvenes que rompieron esquemas, abrieron nuevos caminos a base de luchas sociales y, de golpe, se ven amarrados a una hipoteca o, por el contrario, tienen que regresar al nido familiar, a esa casa de la que ansiaban emanciparse. En definitiva, un final de trayecto infernal. Y se dicen: "Yo no entiendo nada".
El único refugio que les queda ahora es su retorno a la etapa juvenil. Pero como retroceder en el tiempo se antoja imposible, mantienen las mismas actitudes y formas de ocio que entonces. Por eso se les llama kidults, adultescentes o Peter Pan.
El problema de los treintañeros arranca -y nunca mejor dicho- de su pecado original: su propio tamaño generacional. No es que nacieran muchos: nacieron demasiados. La tasa de fecundidad alcanzó los 2,8 hijos por mujer fértil. Este estigma les ha marcado desde entonces: masificaron las aulas de las escuelas, después las del instituto, las de la Universidad y, una vez con el título debajo del brazo, las colas de demanda de empleo y las oficinas del paro.
El sociólogo Enrique Gil Calvo apunta que, además de su peso demográfico, los treintañeros heredaron el objetivo de emanciparse con un piso de propiedad, una cultura enraizada en España e Italia, pero no en el norte de Europa, donde el propio Estado promueve y subvenciona el alquiler. "Aquí el Estado del bienestar sólo se entiende para la gente mayor, en ningún caso para los jóvenes", abunda Pau Miret, sociólogo del Centro de Estudios Demográficos. "Y en España las presiones para comprar una vivienda eran muy fuertes y constantes", agrega. El porcentaje de vivienda en propiedad en España se sitúa en el 92% frente al 6% de alquiler.
Pero ¿cómo comprar una vivienda con un contrato temporal y sin estabilidad laboral? La Generación X fue la primera que firmó hipotecas a 35 y 40 años vista. "Se hipotecaban no sólo por el hecho de comprar un piso, sino porque significaba comprarse la emancipación que ansía todo joven. Y los bancos se aprovecharon de este efecto llamada", resume Lorenzo Navarrete, decano del Colegio de Sociólogos de Madrid. A esta presión familiar y social -"con un alquiler estás tirando el dinero", les recriminaban- se sumó la bajada de los tipos de interés y unas entidades financieras que les recibieron con los brazos abiertos.
Sin embargo, su situación se asemeja a la del pez que se muerde la cola. El primer pilar para la transición al mundo adulto es el mercado laboral, porque supone la base para el resto de transiciones. Es decir, la compra de la vivienda, la creación de una familia y los hijos. Pero si el primer pilar no es lo suficientemente sólido o se resquebraja, se hunde el resto y con ello, incluso, la trayectoria vital. De ahí que la edad de emancipación en España se sitúe entre las menores de Europa, en el 45,6% del total de jóvenes. "Poco a poco se multiplica el efecto porque hasta que no consiguen el capital para dar la entrada del piso o un contrato estable van aplazando su salida de casa. Pero continúan pensando que la compra de una vivienda es la mejor inversión, incluso como apuesta biográfica, porque el título universitario no basta", insiste Gil Calvo, que denomina a este grupo Generación H, por la hipoteca. Un informe de Estados Unidos evidencia que los treintañeros representan la primera generación que, en términos relativos, gana menos que la de sus propios padres.
"Es la primera generación en la historia de la humanidad que no ha tenido que hacer lo que hacían sus padres. Y esto crea incertidumbre. Además, les ha fallado el tótem de la vivienda", comenta Gerard Costa, profesor de Marketing Social de la escuela de negocios Esade. Y Navarrete, de acuerdo con este análisis, apunta otra frustración: "Se pelearon por todos y con todo el mundo y, en muchas ocasiones, tiraron la toalla para poder irse. Y ahora casi no disfrutan de esas conquistas sociales que ellos consiguieron. Es una generación a la que debemos mucho y ellos, a su vez, también deben mucho, pero a los bancos".
Este turbulento contexto ha creado, según la mayoría de sociólogos, una generación desencantada, desorientada, perpleja, aplastada, con sensación de pesadez, con enormes y constantes dudas porque el mapa de rutas que trazaron sus padres ya no les sirve y han de orientarse con uno nuevo en blanco y con unos valores diferentes. "Es una generación desencantada, que no se ha adaptado, que podría romper pero no lo han hecho y esto comporta un desgaste. Pero yo el eje lo veo por las dudas ya que se han encontrado sin red de protección y tienen una sensación de oportunidad perdida", resume Gerard Costa.
Los treintañeros casados que buscan descendencia calcan, en su mayoría, esos parámetros de constantes dudas, considera Gil Calvo. ¿Sabré hacer bien de padre?, se preguntan. "Están atemorizados por hacerlo mal. Pero incapaces de imponer autoridad a los hijos optan por mimarles y por sobreprotegerles. Los protocolos de sus padres no les sirven y ahora carecen de manual de uso", comenta. Pero incluso en ellos -la pareja- se da una contradicción: culturalmente son transgresores y modernos pero sociopolíticamente conservadores. "Es una mezcla contradictoria y ambivalente", añade este sociólogo.
Ese conservadurismo se aprecia también en su inmovilismo laboral y en su visión del mundo del trabajo. Para sus padres el éxito y progreso profesional representaban una meta; en cambio, los treintañeros tienen otra escala de valores y dan mayor importancia a otra serie de elementos como el ocio y a colmar sus emociones. De ahí que, como subraya Costa "las empresas hayan entrado a degüello en este segmento de edad".
La eslóganes publicitarios de la tienda de muebles Ikea reflejan, con exactitud, la situación personal y el estado de ánimo de los treintañeros. "Donde caben dos, caben tres" no iba destinado a las parejas que querían ser padres sino a los treintañeros llamados boomerang, los que regresan a casa de sus padres después de una etapa frustrada y frustrante de emancipación. Y los hay en número. "Redecora tu vida", era un anzuelo para esta generación que no entiende nada perpetuo y desencantada, señala Pilar Alcázar, periodista y autora del libro Entre singles, dinkis, bobos y otras tribus, sobre las oportunidades de negocio destinadas a estos grupos de treintañeros. Y por fin, "La República independiente de tu casa", es sinómino de búsqueda de emancipación, incluso en el seno del hogar. También va dirigido a quienes viven solos. Y la Generación X es la más abundante. Según la última EPA, del tercer trimestre de 2009, en España hay 539.300 viviendas unifamiliares de personas activas en este segmento de edad.
El consumo de los treintañeros va ligado sobre todo al ocio entendido como retorno y nostalgia de la etapa juvenil, porque implica también un cambio de valores. "Antes estaba mal visto que una persona tuviese un punto infantil, le llamaban niñato, pero ahora es diferente", añade Alcázar. "Es un segmento más consumidor. Cuando era joven entrevió estas cosas, pero lo disfrutó con limitaciones. Ahora lo puede hacer con amplitud", incide Costa. Y Navarrete apunta su explicación sociológica: "El síndrome de Peter Pan es la garantía de mantener la equidistancia entre sentirse integrado y, al tiempo, también libre. Aun pensando ya como adultos conservan más actitudes y atributos juveniles. Una lucha contracultural". También es cierto que los términos juventud y juvenil se han estirado e incluyen a personas de 34 años que son y se sienten jóvenes.
Los estudios de mercado y, en definitiva, los hábitos consumistas de estos treintañeros no fallan. En Barcelona, por ejemplo, se han agotado las famosas muñecas Baby mocosete. No las han comprado los padres para sus hijos, sino la mamá para su disfrute. El pasado fin de semana, la película de dibujos animados Vicky el Vikingo batió record de taquilla. La mayoría de espectadores eran treintañeros con su prole. Lo mismo sucedió en 2005 con Mortadelo y Filemón. Los ejemplos se extienden a los musicales de Mecano, Abba o Queen. O a la reedición de filmes como Star Wars. O a los anuncios: la recuperación del espot en blanco y negro del gel Legrain-París y el "Anda, los donuts". Y cómo no, a la play station o el Scalextric.
"En cuanto al ocio son unos jóvenes que gastan mucho. Pero ahorran en cosas prácticas, porque no dejan que les tomen el pelo. Utilizan las compañías aéreas low cost o los outlet de ropa. Pero, en cambio, gastan mucho en satisfacer sus emociones y en caprichos", afirma Alcázar. Y Gerard Costa lo ejemplifica: "La figura de Jockey de Batman cuesta más de 200 euros y ha sido todo un éxito. Y los de Tim Burton se agotaron". El Baby mocosete supera también los 200 euros.
¿Y la jubilación?
España tiene una pirámide de edad embarazada, porque predominan los treintañeros que suman 7,9 millones de personas. De ellos, el 18% procede de la inmigración. La estadística del INE arroja un dato preocupante: el envejecimiento paulatino de la población y las repercusiones para los cuatro pilares del Estado del bienestar: las pensiones, el sistema nacional de salud, la educación y las ayudas sociales. De no aumentar el ritmo de nacimientos, España puede convertirse en un país de viejos y sin jóvenes que coticen a la Seguridad Social. Y además, la gente vive mucho más día a día.
Sin embargo, parece que este problema no inquieta sobremanera a los actuales treintañeros. Según una encuesta del grupo asegurador Caser, sólo el 46% de los entrevistados cree que la Seguridad Social -sanidad y pensiones- tendrá dificultades en el futuro, frente a una media total del 69%. El 11% cree que desaparecerá y el 35% que el Estado reducirá las prestaciones.
El paro crónico abre un duro panorama de conflictos familiares. EL PAÍS ha recogido testimonios de afectados que quieren explicarse, y también los de aquellos otros a los que el orgullo y la vergüenza impiden incluso pedir ayuda públicamente
JOSÉ LUIS BARBERÍA El País 25/10/2009
Es como si una buena parte de la población estuviera con el agua al cuello braceando nerviosa y respirando con dificultad mientras la marea sigue avanzando. Tras inundar los consabidos sótanos de la precariedad y la exclusión social, la crisis ha alcanzado cotas de la clase media y ha penetrado en estancias tenidas por seguras. La expresión "nunca hubiera imaginado que esto podía pasarme a mí", se recita estos días en una letanía penitente surgida del estupor, la exasperación o la vergüenza. "Hace dos años me ganaba muy bien la vida de autónomo con una pequeña empresa de la construcción. Miraba a la gente que duerme en los bancos de la calle como si fueran marcianos, pero ahora he empezado a comprenderlos porque la distancia que me separa de ellos es ya mínima", dice Mariano Pérez Sandoval, de 47 años, portavoz de la asamblea de parados de Granada.
"Para salir adelante, lo primero es aceptar nuestra condición de pobres", piensa una víctima del desplome
"La clase media optará entre la exigencia del cierre de fronteras o la solidaridad", dice el profesor Pedro Cabrera
"También las personas deberíamos poder declararnos en quiebra", plantea un joven de la asamblea de parados
"Era tan fácil pedir crédito", se lamenta un inmigrante en paro con cuatro hijos y una deuda de 110.000 euros
La crisis ha arrojado al paro a un millón largo de personas en los últimos 12 meses, y hay muchos hogares con todos sus miembros en el desempleo. Trabajadores de la construcción y de la industria casados o en edad de procrear, jóvenes de escasa formación con contratos temporales, mujeres solas con hijos a su cargo, hombres separados y personas mayores tienen preferencia a la hora de ingresar en el nuevo "ejército de los pobres". Y es que, asfixiadas por las deudas y sin alternativa formativa para el recambio profesional, buena parte de estas gentes parecen abocadas a traspasar el umbral de la pobreza -ingresos inferiores al 60% de la renta media- e incrementar ese 20% de pobres (15% en la UE-25) que ha permanecido casi inalterable a lo largo de las tres "décadas prodigiosas" de bonanza económica.
En su informe a la comisión del Senado que analiza la exclusión social, el profesor de Ciencias Políticas de la Pompeu Fabra Sebastián Sarasa advierte del riesgo de que el hambre se instale en hogares de familias con hijos pequeños. Las diferentes Cáritas diocesanas acusan a la Administración pública de practicar la "dimisión de responsabilidades" en los servicios sociales, al tiempo que se declaran incapaces de "sustituir la misión del Estado". Algunos analistas creen que el 40% de los hogares españoles está amenazado en mayor o menor grado por esta crisis.
Sumergirse en el problema para ponerle ojos y rostros a la estadística, tomarle la temperatura a la angustia, palpar la densidad de la devastación, es exponerse a testimonios sobrecogedores, por mucho que se pretenda huir de los casos más tremebundos. En su versión más cruda, la crisis no ha tocado fondo en las colas ante los almacenes de alimentos de Cáritas, en las oficinas municipales de servicios sociales, en los comedores sociales y los albergues, en las asambleas de parados, en las reuniones de afectados por los embargos. Lo que se encuentra en esos circuitos son, sobre todo, gentes que no hacen pie. Algunos aceptan contarlo; otros muchos se niegan, porque la miseria se oculta y camufla frecuentemente, y el orgullo y la vergüenza impiden, a menudo, gritar socorro.
"Nosotros, como los toxicómanos con lo suyo, tenemos que aprender que para salir adelante lo primero es aceptar nuestra condición de pobres", susurra entre lágrimas Jacinto Alejandro Silvente, comercial del sector mobiliario y la decoración de lujo arruinado tras el desplome de la construcción. Este hombre de 57 años, educado en Francia, nada religioso, profesa una devoción absoluta a los voluntarios de Cáritas de Valencia -"nos han salvado la vida", enfatiza-, porque le trataron con "muchísima dignidad" y antes de pedirle la documentación de su caso les llenaron de comida el frigorífico. "Al contrario que en el Ayuntamiento, donde nos citaron para dos meses más tarde, ellos se dieron cuenta de que no teníamos nada para cenar, saben lo que significa un día para el necesitado".
Jacinto vive con su mujer, una hija separada y una pequeña nieta en el piso de su suegra, que falleció hace unos meses. "Compartió con nosotros su casa y su pensión de 600 euros", dice, y en ese momento se interrumpe vencido por la emoción. Tras consultar con la mirada a su mujer, como si lo que se disponía a decir resultara demasiado doloroso o escandaloso, cuenta que al morir su suegra y suprimirse la pensión empeñaron las joyas de la desaparecida en el Monte de Piedad. Durante estos meses terribles de búsqueda desesperada, "conserje o intérprete de idiomas para extranjeros, lo que sea", Jacinto ha hecho un cáncer de vejiga, y su mujer, Ángeles Serrano, de 55 años, ha entrado en tratamiento psicológico. Ella, que siempre dispuso de asistenta en casa, se ofrece como interina por horas.
El seísmo es de tal magnitud que está expulsando de sus hogares a aquellos que, con una economía familiar precaria y poco conscientes de encontrarse en la cuerda floja laboral, se lanzaron a adquirir una vivienda, contagiados por una euforia crediticia desaforada que ha llegado a abarcar el coche, las vacaciones y la televisión de plasma. La pérdida de uno de los dos sueldos, el destinado a la hipoteca, es, en esos casos, la antesala del embargo, el resquebrajamiento del proyecto familiar, la catástrofe. El hacinamiento severo y el subarriendo de habitaciones a precios abusivos se extienden por el país del millón de viviendas vacías. Son las ocho de la noche en un piso de Cáritas del centro de Valencia. El hispano-colombiano Gustavo Adolfo Maldonado, de 34 años, se afana en preparar la cena de sus hijos, cuatro caritas aseadas de 11, 9, 2 y 1 años que corretean por la sala. Falta la madre, Diana, de 30 años. Trabaja de interina en Londres y con lo que gana mantiene a su familia. Salió de España cuando todavía amamantaba a la más pequeña porque, cerradas todas las puertas, Londres, donde vive su hermana, pareció la única vía de supervivencia. No es un caso aislado. La desagregación familiar amenaza particularmente a las parejas inmigrantes en apuros. La falta de red familiar y social obliga con frecuencia a uno de los dos a regresar a su país de origen.
Gustavo vino a España hace nueve años. Trabajaba en la Ford de Almusafes como soldador y ganaba 1.600 euros que, sumados a los 700 que sacaba su mujer en la hostelería, les animaron a embarcarse en un crédito de vivienda de 138.000 euros. "Tres años después, habíamos rebajado la deuda a 110.000, pero llegó la crisis, no me renovaron el contrato y mi mujer perdió el empleo", cuenta con una cadencia dulce y esa elegancia tonal de los latinoamericanos. "Hubo que optar entre comer o pagar la hipoteca. En el banco me indicaron que mis problemas personales no les interesaban". A la espera de los 420 euros de la ayuda posdesempleo y mientras aguarda la orden de desahucio, saca un dinero con el alquiler de su piso. Comenta que, al principio, le costó mucho hacerse cargo de los niños y que todas las mañanas tiene que hacer un esfuerzo para no derrumbarse ante ellos, pero que adora a su mujer. "Como dicen ustedes, hay que tener un par para irse así, a Londres. Nos comunicamos por el Skype de Internet, que le sale casi gratis. Es el único capricho que nos damos: poder vernos y hablarnos. Ella sufre mucho por no poder abrazar a sus niños".
Descomponer la estadística del paro por grupos sociales ayuda a hacerse una idea más cabal de la sociología de la devastación. Y es que los inmigrantes y los jóvenes, víctimas preferentes de la precariedad laboral, soportan tasas del 36% de paro, tres veces más que los autóctonos maduros. Aunque las políticas varían notablemente de una autonomía a otra, las familias de inmigrantes sin permiso de residencia encuentran muchas más dificultades para acceder a las rentas mínimas, excepto en Euskadi, donde existe una suerte de salario social. Los profesionales y voluntarios que trabajan a pie de obra con los más necesitados -no esperen ahí a los sindicatos- alertan de que el grueso de los parados entrará pronto en la segunda fase, caracterizada por el agotamiento de las prestaciones sociales y la acumulación de los problemas.
No es arriesgado suponer que la cronificación del paro abrirá un panorama de conflictos familiares -los divorcios disminuyen, probablemente porque la gente no puede pagárselos, pero aumentan los malos tratos y las rupturas afectivas bajo el mismo techo-; y regreso a la ilegalidad de inmigrantes que necesitan renovar sus contratos de trabajo para poder seguir residiendo en nuestro país. "Dentro de un año habrá aumentado mucho la economía sumergida, la prostitución autóctona y los pequeños robos y atracos", vaticina Mercè Darnell, analista de Cáritas. Es seguro que los 30.000 sin techo que vagabundean en nuestro país encontrarán nuevos compañeros en su viaje a ninguna parte.
"Era tan fácil pedir crédito. Como los alquileres estaban casi tan altos como las cuotas de las hipotecas, parecía cosa de tontos no meterse en un piso", exclama Gustavo Gaytán Ardilla, de 46 años, padre de dos hijos, colombiano de Bogotá, conductor profesional. Al igual que otros "ahogados por las hipotecas", él también se ha unido a grupos alternativos juveniles catalanes que pelean desde hace años por el derecho a la vivienda. Por chocante que pueda resultar la unión de estos inmigrantes autónomos de edad madura con los jóvenes contestatarios barceloneses, hay que creerlos a pie juntillas cuando te dicen, con la emoción en los ojos, que estos muchachos son las únicas personas que les han escuchado y animado a luchar. Escuchar al necesitado merece convertirse en precepto, a la altura de "dar de comer al hambriento" o "visitar al enfermo", que predica la caridad cristiana. Tal es la sensación de invisibilidad y nulidad que ataca a los parados más indefensos.
"El pasado 6 de enero, día de Reyes, Gustavo Gaytán conducía un camión frigorífico cargado de fruta por las inmediaciones de Nápoles, después de haber pasado todas las navidades solo, en la carretera, lejos de su familia. Se encontró en una recta muy larga con final en curva cerrada que salvaba un precipicio. La idea empezó a abrirse paso en su cabeza: "no cojas la curva y acaba con la hipoteca y con todo". Iba lanzado, pero clavó las ruedas en el asfalto en el último segundo porque dice que pensó en sus hijos y en ese matrimonio de españoles que, llevado por su generosidad, le avaló el crédito hipotecario con su propia vivienda y que ahora puede quedarse en la calle, como él. "Me pone enfermo ver lo que están sufriendo por mi culpa, pero no puedo hacer nada. Cuando firmé el crédito llegaba a ganar con las horas extras y los fines de semana hasta 3.800 euros al mes, mientras que ahora, en el taxi, apenas saco 1.200. Mi piso salió a subasta en julio y esto es ya un proceso imparable", dice.
Tal y como lo explican los damnificados, el proceso judicial se desencadena inexorablemente a partir de una serie de cuotas impagadas, aunque los jueces se lo piensen muy mucho a la hora de ejecutar el desahucio. "Embargan tu casa, la sacan a subasta y como no hay subasteros que pujen, el mismo banco se la queda por el 50% de su valor de tasación. Hacen un buen negocio y tú te quedas sin el piso, con la deuda pendiente y con el pago de las costas judiciales que, en mi caso, suponen la barbaridad de 73.000 euros. Es una condena de por vida".
En estos encuentros soplan vientos tempestuosos contra los bancos y los gobiernos. "Que se enteren los políticos: si la gente no paga es porque no puede. Debería caérseles la cara de vergüenza al ver que se embargan casas con niños y que gente adulta tiene que vivir de la pensión de sus padres", alza su voz ronca María Blanca Yaya, de 44 años, vecina de Alfacar (Granada), separada y con un hijo de 16 a su cargo. "Mis clientas tenían a sus maridos en el andamio y cuando la construcción se vino abajo tuve que cerrar mi tienda de ropa. Mi piso sale a subasta el 10 de noviembre", afirma, exasperada.
También a Elena Diéguez se le ha hundido el mundo este año. Maltratada por su marido, separada y con un niño de tres años, vive con 421 euros de la ayuda familiar. "Lo mío es para echarse a llorar y no parar; mi marido no me pasa la pensión y ya no sé qué hacer para conseguir un trabajo", indica esta bilbaína de 35 años, camarera de profesión. Desde que quebró la empresa familiar de la construcción, en el hogar de Celia Díaz Campos, de 39 años, con dos hijos, no entra otro salario que los 480 euros que gana como limpiadora de fin de semana en un hospital. "Estamos en la ruina. Nos han quitado el piso, la maquinaria y los vehículos. Si comemos en casa es gracias a la pensión de mi padre y a la ayuda de mis hermanos". Los anuncios de que las grandes corporaciones repartirán beneficios crispan muchos los ánimos. "También las personas deberíamos poder declararnos fallidas, en quiebra, como en Inglaterra", plantea uno de los jóvenes asamblearios.
"He llegado al punto de que me fallan las fuerzas para seguir buscando trabajo", dice Dora Cubilla, de 38 años. En 2006 dejó su puesto de profesora de matemáticas en un instituto de Buenos Aires para seguir a su marido. La crisis les ha pillado de lleno y como ya no les llega para vivir, ella trata de emplearse en lo que salga, limpiando casas a cuatro euros la hora, lo que sea. "Hasta ahora creía que tener tres hijos era una bendición, pero he descubierto que cuando se trata de buscar trabajo resulta un obstáculo insalvable. Ser mujer y extranjera tampoco ayuda, seguro. Estoy tan desesperanzada", dice, y se aprieta las manos en un gesto nervioso, "que he empezado a dudar de mí misma, de mi capacidad, de mi propia identidad. Y menos mal que aquí, en Castellón, está la Fundación Patim, que nos ayuda mucho", indica. Castellón es un buen exponente del terremoto que ha sacudido nuestro país. En poco más de un año, la provincia que ostentaba el privilegio del pleno empleo técnico -menos del 5% de paro- ha pasado a liderar la destrucción masiva de los puestos de trabajo.
Ahora que no trabaja en la obra, sólo alguna chapuza ocasional, el nigeriano Clive Edosa Uwadiae, un hombretón de 36 años, se levanta todos los días con el cuerpo hecho polvo y una punzada de dolor en la cabeza. Como no puede pagar la hipoteca, trata, infructuosamente, de que el banco se quede con su piso a cambio de la deuda. "Necesito un trabajo para comer y renovar mis papeles", insiste. Por primera vez en los 10 años que lleva en España, Clive no ha enviado este mes a Nigeria los 150 euros que permiten vivir a su numerosa familia. "Sería triste volver, porque mi pueblo sólo es bonito cuando lo miras desde lejos". La cosa se ha puesto imposible para gentes como José Luis Coronado, un antiguo heroinómano con antecedentes que necesita culminar su larga rehabilitación con la estabilidad de un empleo. "El trabajo es la manera de cerrar definitivamente la puerta del pasado. La gente con problemas tiene malos pensamientos cuando está parada y a algunos nos resulta difícil abrirnos a pedir auxilio", indica.
"¿No podéis ayudarnos? No tenemos nada que comer". El alcalde de Yuncos (Toledo), Gregorio Rodríguez (PP), oyó esta súplica desde su despacho un mañana de enero. Surgió así el plan municipal que otorga vales de comida e higiene por valor de dos euros por persona y día a los miembros de las familias en paro empadronadas que no sumen más de 120 euros en subsidios. "Una familia de cuatro miembros se asegura comida por valor de 56 euros semanales sin necesidad de ponerse a la vista de todo el mundo en un comedor social. Es suficiente para sobrevivir haciendo economías y el gasto sólo supone el 1% del presupuesto municipal, nada que no podamos ahorrar reduciendo partidas como la dedicada a las fiestas", indica el alcalde. Su vecino Juan María Sánchez, casado y con un hijo, dice que si comen en casa es gracias a esta ayuda. "Cobro 700 euros de paro y pago 500 de alquiler; el mes que viene tendremos que meternos en una habitación".
Todas y cada una de las personas que los viernes a mediodía recogen su sobre con el vale de comida tienen una historia que contar, pero pocas tan desgraciadas como la de este hombre menudo de 41 años, Antonio López, carpintero encofrador, padre de dos mellizos de ocho años que sale de las oficinas municipales con los ojos enrojecidos. Cuenta que al quedarse en paro se le ocurrió abrir un bar con un préstamo hipotecario avalado con el piso de sus padres. El negocio resultó ruinoso y sus padres se han quedado sin casa. "Vivimos gracias a los 700 euros de la pensión. Busco trabajo, pero también tengo que criar a mis hijos. Mi mujer se suicidó con pastillas hace dos meses. Mirando sus papeles, nos enteramos de que le habían diagnosticado un cáncer. Se ve que no pudo aguantar más, pero nos ha dejado muy solos a los tres".
A riesgo de que sus palabras suenen peregrinas en los estratos más castigados por la crisis, Laia Fábregas, autora del documental 501, que expone las emociones de un grupo de mujeres de mediana edad despedidas de Levi's, pone un toque esperanzador con la idea de que el paro puede ser también una segunda oportunidad individual y colectiva. Economista y hoy directora del Instituto de Cine Catalán, Laia Fábregas sostiene que "la crisis está pidiendo a gritos que pensemos qué sociedad queremos ser". En un plazo más inmediato, el país de la OCDE que más desempleo y trabajo precario crea y que gasta en protección social siete puntos menos que sus vecinos de la zona euro, tendrá que decidir cómo abordar el problema.
"La clase media optará entre dos reacciones básicas: la del miedo y la de la solidaridad. La primera se salda con demandas de cierre de fronteras, penalización de la acogida de inmigrantes irregulares, crecimiento de la población encarcelada y atrincheramiento en los privilegios adquiridos", afirma Pedro Cabrera, profesor de sociología en la Universidad de Comillas. "Si se opta por la solidaridad, deberíamos ir más allá de la beneficencia y de los comedores de caridad e interrogarnos sobre el desastre burocrático de las ayudas, la bajísima dotación de recursos y la descoordinación entre las diferentes áreas de la Administración. Eso significaría reorganizar eficazmente los sistemas de protección social, darles una mayor prioridad presupuestaria y cobrar los impuestos correspondientes a todos aquellos que deben pagarlos", subraya Pedro Cabrera.
Se trata de evitar el desmoronamiento de una parte de la sociedad. Conseguir salir de esta crisis sin el corazón colectivo demasiado encanallado ya sería un triunfo.
La generación 'peter pan' está hipotecada
España tiene casi 8 millones de treintañeros, nacidos al final del 'baby boom' - Están desencantados y altamente endeudados - Son consumistas y buscan en el ocio la nostalgia de su infancia
JOSEP GARRIGA El País, 25/10/2009
En Estados Unidos se les bautizó como kidults -del inglés kid (niño) y adult (adulto)-. En Latinoamérica optaron por un juego de palabras en español, adultescentes, por la unión de adulto y adolescente. Y en España los sociólogos prefieren definirles como treintañeros bajo el síndrome de Peter Pan, mientras que los expertos en mercadotecnia les llaman Generación X. Constituyen, según los últimos datos demográficos del Instituto Nacional de Estadística, el segmento de población mayoritario en España, con casi ocho millones de personas y, en consecuencia, representan una bolsa ingente de consumidores.
La familia y el entorno les presionó para que tuvieran una casa en propiedad
Estos jóvenes han ido retrasando su emancipación por su inestabilidad laboral
Son los últimos hijos del baby boom de los setenta y, en general, todos responden a los mismos patrones. Constituían la generación mejor preparada pero que se ha dado de bruces con un mundo que ha cambiado repentinamente ante sus narices. Ahora deben construirse una nueva realidad y piensan, quizá con razón, que ya están llegando tarde. Son unos jóvenes que rompieron esquemas, abrieron nuevos caminos a base de luchas sociales y, de golpe, se ven amarrados a una hipoteca o, por el contrario, tienen que regresar al nido familiar, a esa casa de la que ansiaban emanciparse. En definitiva, un final de trayecto infernal. Y se dicen: "Yo no entiendo nada".
El único refugio que les queda ahora es su retorno a la etapa juvenil. Pero como retroceder en el tiempo se antoja imposible, mantienen las mismas actitudes y formas de ocio que entonces. Por eso se les llama kidults, adultescentes o Peter Pan.
El problema de los treintañeros arranca -y nunca mejor dicho- de su pecado original: su propio tamaño generacional. No es que nacieran muchos: nacieron demasiados. La tasa de fecundidad alcanzó los 2,8 hijos por mujer fértil. Este estigma les ha marcado desde entonces: masificaron las aulas de las escuelas, después las del instituto, las de la Universidad y, una vez con el título debajo del brazo, las colas de demanda de empleo y las oficinas del paro.
El sociólogo Enrique Gil Calvo apunta que, además de su peso demográfico, los treintañeros heredaron el objetivo de emanciparse con un piso de propiedad, una cultura enraizada en España e Italia, pero no en el norte de Europa, donde el propio Estado promueve y subvenciona el alquiler. "Aquí el Estado del bienestar sólo se entiende para la gente mayor, en ningún caso para los jóvenes", abunda Pau Miret, sociólogo del Centro de Estudios Demográficos. "Y en España las presiones para comprar una vivienda eran muy fuertes y constantes", agrega. El porcentaje de vivienda en propiedad en España se sitúa en el 92% frente al 6% de alquiler.
Pero ¿cómo comprar una vivienda con un contrato temporal y sin estabilidad laboral? La Generación X fue la primera que firmó hipotecas a 35 y 40 años vista. "Se hipotecaban no sólo por el hecho de comprar un piso, sino porque significaba comprarse la emancipación que ansía todo joven. Y los bancos se aprovecharon de este efecto llamada", resume Lorenzo Navarrete, decano del Colegio de Sociólogos de Madrid. A esta presión familiar y social -"con un alquiler estás tirando el dinero", les recriminaban- se sumó la bajada de los tipos de interés y unas entidades financieras que les recibieron con los brazos abiertos.
Sin embargo, su situación se asemeja a la del pez que se muerde la cola. El primer pilar para la transición al mundo adulto es el mercado laboral, porque supone la base para el resto de transiciones. Es decir, la compra de la vivienda, la creación de una familia y los hijos. Pero si el primer pilar no es lo suficientemente sólido o se resquebraja, se hunde el resto y con ello, incluso, la trayectoria vital. De ahí que la edad de emancipación en España se sitúe entre las menores de Europa, en el 45,6% del total de jóvenes. "Poco a poco se multiplica el efecto porque hasta que no consiguen el capital para dar la entrada del piso o un contrato estable van aplazando su salida de casa. Pero continúan pensando que la compra de una vivienda es la mejor inversión, incluso como apuesta biográfica, porque el título universitario no basta", insiste Gil Calvo, que denomina a este grupo Generación H, por la hipoteca. Un informe de Estados Unidos evidencia que los treintañeros representan la primera generación que, en términos relativos, gana menos que la de sus propios padres.
"Es la primera generación en la historia de la humanidad que no ha tenido que hacer lo que hacían sus padres. Y esto crea incertidumbre. Además, les ha fallado el tótem de la vivienda", comenta Gerard Costa, profesor de Marketing Social de la escuela de negocios Esade. Y Navarrete, de acuerdo con este análisis, apunta otra frustración: "Se pelearon por todos y con todo el mundo y, en muchas ocasiones, tiraron la toalla para poder irse. Y ahora casi no disfrutan de esas conquistas sociales que ellos consiguieron. Es una generación a la que debemos mucho y ellos, a su vez, también deben mucho, pero a los bancos".
Este turbulento contexto ha creado, según la mayoría de sociólogos, una generación desencantada, desorientada, perpleja, aplastada, con sensación de pesadez, con enormes y constantes dudas porque el mapa de rutas que trazaron sus padres ya no les sirve y han de orientarse con uno nuevo en blanco y con unos valores diferentes. "Es una generación desencantada, que no se ha adaptado, que podría romper pero no lo han hecho y esto comporta un desgaste. Pero yo el eje lo veo por las dudas ya que se han encontrado sin red de protección y tienen una sensación de oportunidad perdida", resume Gerard Costa.
Los treintañeros casados que buscan descendencia calcan, en su mayoría, esos parámetros de constantes dudas, considera Gil Calvo. ¿Sabré hacer bien de padre?, se preguntan. "Están atemorizados por hacerlo mal. Pero incapaces de imponer autoridad a los hijos optan por mimarles y por sobreprotegerles. Los protocolos de sus padres no les sirven y ahora carecen de manual de uso", comenta. Pero incluso en ellos -la pareja- se da una contradicción: culturalmente son transgresores y modernos pero sociopolíticamente conservadores. "Es una mezcla contradictoria y ambivalente", añade este sociólogo.
Ese conservadurismo se aprecia también en su inmovilismo laboral y en su visión del mundo del trabajo. Para sus padres el éxito y progreso profesional representaban una meta; en cambio, los treintañeros tienen otra escala de valores y dan mayor importancia a otra serie de elementos como el ocio y a colmar sus emociones. De ahí que, como subraya Costa "las empresas hayan entrado a degüello en este segmento de edad".
La eslóganes publicitarios de la tienda de muebles Ikea reflejan, con exactitud, la situación personal y el estado de ánimo de los treintañeros. "Donde caben dos, caben tres" no iba destinado a las parejas que querían ser padres sino a los treintañeros llamados boomerang, los que regresan a casa de sus padres después de una etapa frustrada y frustrante de emancipación. Y los hay en número. "Redecora tu vida", era un anzuelo para esta generación que no entiende nada perpetuo y desencantada, señala Pilar Alcázar, periodista y autora del libro Entre singles, dinkis, bobos y otras tribus, sobre las oportunidades de negocio destinadas a estos grupos de treintañeros. Y por fin, "La República independiente de tu casa", es sinómino de búsqueda de emancipación, incluso en el seno del hogar. También va dirigido a quienes viven solos. Y la Generación X es la más abundante. Según la última EPA, del tercer trimestre de 2009, en España hay 539.300 viviendas unifamiliares de personas activas en este segmento de edad.
El consumo de los treintañeros va ligado sobre todo al ocio entendido como retorno y nostalgia de la etapa juvenil, porque implica también un cambio de valores. "Antes estaba mal visto que una persona tuviese un punto infantil, le llamaban niñato, pero ahora es diferente", añade Alcázar. "Es un segmento más consumidor. Cuando era joven entrevió estas cosas, pero lo disfrutó con limitaciones. Ahora lo puede hacer con amplitud", incide Costa. Y Navarrete apunta su explicación sociológica: "El síndrome de Peter Pan es la garantía de mantener la equidistancia entre sentirse integrado y, al tiempo, también libre. Aun pensando ya como adultos conservan más actitudes y atributos juveniles. Una lucha contracultural". También es cierto que los términos juventud y juvenil se han estirado e incluyen a personas de 34 años que son y se sienten jóvenes.
Los estudios de mercado y, en definitiva, los hábitos consumistas de estos treintañeros no fallan. En Barcelona, por ejemplo, se han agotado las famosas muñecas Baby mocosete. No las han comprado los padres para sus hijos, sino la mamá para su disfrute. El pasado fin de semana, la película de dibujos animados Vicky el Vikingo batió record de taquilla. La mayoría de espectadores eran treintañeros con su prole. Lo mismo sucedió en 2005 con Mortadelo y Filemón. Los ejemplos se extienden a los musicales de Mecano, Abba o Queen. O a la reedición de filmes como Star Wars. O a los anuncios: la recuperación del espot en blanco y negro del gel Legrain-París y el "Anda, los donuts". Y cómo no, a la play station o el Scalextric.
"En cuanto al ocio son unos jóvenes que gastan mucho. Pero ahorran en cosas prácticas, porque no dejan que les tomen el pelo. Utilizan las compañías aéreas low cost o los outlet de ropa. Pero, en cambio, gastan mucho en satisfacer sus emociones y en caprichos", afirma Alcázar. Y Gerard Costa lo ejemplifica: "La figura de Jockey de Batman cuesta más de 200 euros y ha sido todo un éxito. Y los de Tim Burton se agotaron". El Baby mocosete supera también los 200 euros.
¿Y la jubilación?
España tiene una pirámide de edad embarazada, porque predominan los treintañeros que suman 7,9 millones de personas. De ellos, el 18% procede de la inmigración. La estadística del INE arroja un dato preocupante: el envejecimiento paulatino de la población y las repercusiones para los cuatro pilares del Estado del bienestar: las pensiones, el sistema nacional de salud, la educación y las ayudas sociales. De no aumentar el ritmo de nacimientos, España puede convertirse en un país de viejos y sin jóvenes que coticen a la Seguridad Social. Y además, la gente vive mucho más día a día.
Sin embargo, parece que este problema no inquieta sobremanera a los actuales treintañeros. Según una encuesta del grupo asegurador Caser, sólo el 46% de los entrevistados cree que la Seguridad Social -sanidad y pensiones- tendrá dificultades en el futuro, frente a una media total del 69%. El 11% cree que desaparecerá y el 35% que el Estado reducirá las prestaciones.
Etiquetas:
Artículos ajenos,
Crisis,
Economía,
Pobreza,
Vergüenzas españolas
viernes, 23 de octubre de 2009
Otro poema mío
En la higuera
Qué torpe niño aquel el que yo era;
subirse no sabía al árbol grande
del patio del colegio, y envidiaba
al Zaqueo que pintan los manuales
de religión, subido y esperando.
Mas ya acababa entonces de instalarme
al paso del destino en una higuera;
nadie ha podido ya bajarme;
en el libro en que vi a mi buen Zaqueo
tuve higuera como no hay semejante.
Etiquetas:
Autobiografía,
Creación literaria propia,
Poemas propios
Poema mío
Aquí
en el faro del fin del mundo
estoy.
Más allá resplandecen las otras estrellas
y toda la soledad tengo delante.
Cartografían mi orilla las olas indecisas
tejiendo el salitre con la arena
como la sangre su carne.
Y miro como el cíclope nadie
y nada
y muero todos los días sobre las rocas peladas
por un viento entre las hojas
por un canto que anide en mi oído
y no pique agudo
como el roto graznido de las torvas gaviotas.
en el faro del fin del mundo
estoy.
Más allá resplandecen las otras estrellas
y toda la soledad tengo delante.
Cartografían mi orilla las olas indecisas
tejiendo el salitre con la arena
como la sangre su carne.
Y miro como el cíclope nadie
y nada
y muero todos los días sobre las rocas peladas
por un viento entre las hojas
por un canto que anide en mi oído
y no pique agudo
como el roto graznido de las torvas gaviotas.
Etiquetas:
Creación literaria propia,
Poemas propios
El justo medio
El equilibrio en todo, vaya mierda. Méson te kai áriston, que decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco, o est modus in rebus, que Horacio, o, tal dice un adagio medieval que llegó a ser tópico literario, in medio stat virtus ("la virtud está en el medio"; el sentido verdadero es más socarrón, porque es erótico, como propone Maxime Chevalier). Pero estar en medio no te permite conocer la pasión, esa cosa que los griegos confundían con una enfermedad, el pathos. Los griegos es que eran muy racionalistas; así les fue. Los romanos tenían, por el contrario, junto al sentido de lo pragmático que faltaba a los muy vagos de los griegos, que para eso tenían a los esclavos, el de lo subjetivo, como refleja su literatura. La lírica griega es extravertida, objetiva: pinta los efectos físicos del amor, como en Safo, canta a las fiestas y a las francachelas, pero no indaga en los paisajes oscuros del alma que pueden aparecer, por ejemplo, en Catulo, en Propercio o en Albio Tibulo. Una salus haec est: hoc est tibi pervincendum / hoc facias sive id non pote, sive pote! Ese fatalismo, ese sentirse mal es algo que tenía su natural progreso inculturado en el Cristianismo, que cree que es posible cambiar la condición humana no trascendiéndola, como se cree habitualmente, a un plano superior extravital, sino en este mismo mundo. Algunos lo consiguen, pero la mayoría no. Yo nunca he podido ser equilibrado, me puede la pasión, me quedaría en el siglo XIX con los románticos, no en el XVIII con los clásicos. No soy una persona que duerma bien, mis pesadillas las tengo despierto; buena prueba son estas letras, que se han escrito en una laguna de sueño en la madrugada.
Viajes
A mucha gente le gusta viajar. Es algo natural, si te sobra un dinero reunido con todo un derroche de avaricia y no sabes cómo gastártelo y presumir de él. En vez de quedarse en casa viendo postales, se van a los lugares y las sacan ellos mismos, metiéndose dentro de ellas, aunque todo se sigue reduciendo a postales. Y luego, en casa, se pueden ufanar de las postales que han sacado ante gente que ya conocen; en realidad es como si no se hubieran movido. Van al museo del Louvre no a ver a la Gioconda, sino a que la Gioconda les vea a ellos. Esta gente me aburre mortalmente, la oyes contar sus viajes y te das cuenta de que siempre son el mismo, de que en realidad nunca han salido de sí mismos. Les preguntas que a quién han conocido y se quedan desconcertados. No se molestan ni siquiera en aprender idiomas, que es el primer requisito del viajero de alpargata; eso exige demasiado trato humano. Peor para ellos. Nunca me han gustado las fotos; por eso casi nunca salgo en ellas. Buscadme en las fotos colectivas: nunca salgo, siempre estoy detrás de una columna, fuera de campo, detrás de un comensal o, sencillamente, no estoy. Parece como si los fotógrafos me odiaran o, más bien, como si yo mismo odiara las fotos. Los fotógrafos no ponen nunca nada de sí mismos en lo que retratan, los pintores sí, ellos mismos aparecen atados a lo que retratan con una relación más humana y menos egoísta.
Eso no va conmigo. Los únicos viajes que me gustan son los iniciáticos, aquellos que se hacen lentamente y duran mucho tiempo, aquellos que te cambian, que te hacen más sabio, o aquellos en los que terminas perdiendo algo, psíquicamente unas veces, en forma de estupidez, otras incluso físicamente, en forma de unos kilos, un brazo, una pierna, o incluso la vida; en estos viajes lo que conoces es a gente, no postales; me gusta el turismo de alpargata por eso mismo, y he hecho turismo de alpargata por este país, por Francia, por Italia, por Portugal; el turismo de alpargata no hace fotos, sólo amigos. Los amigos no se hacen en el egoísmo del hotel. Otros, por el contrario, viajan sólo para sentirse más a solas consigo mismo, como Saramago, para obtener una caja de resonancia mejor para su voz inaudible y profunda, de forma que puedan oírla con más claridad; si están demasiado cerca de los sonidos del mundo y de los ruidos de los periódicos no pueden oírla; por eso se van al desierto, a los bosques, como Henry David Thoreau, a las grandes soledades, como San Antonio, San Francisco o los místicos, a las montañas, como nuevos eremitas. Saramago es ateo, pero es un ermitaño. Cuando fui al Museo del Louvre fui a ver un Rembrandt concreto, que resultó más pequeñito de lo que yo pensaba: el hombre en la ventana. Desde pequeño ese cuadro me había crecido en la imaginación, como si fuera una balsa en la eternidad del tiempo. A través de esa ventana no se veía nada exterior, entraba, pero no salía, una luz amarilla, inmaterial, que lo conservaba todo como en una gota de ámbar. El sabio miraba tristemente al infinito, mientras una mujer atizaba el fuego bajo una escalera helicoidal como la de un faro. El sabio parecía estar a salvo del mundo, pero entristecido por él. Ese sabio echaba de menos algo, una voz, un afecto, pero en todo caso algo humano. Eso era lo que yo buscaba. Ese cuadro no era una postal. La Gioconda, por en contrario, sonríe, no echa nada de menos. Parece mi vecina después de volver del mercado. Cuando salí del Louvre me fijé en los pobres peregrinos que se lavaban los pies en las aguas de la pirámide, y yo hice lo mismo. Y los demás tirando fotos, fotos, fotos, como si fueran japoneses que vienen y se van. A mí me bastaba con el paisaje que fotografiaba mi corazón; guardo un recuerdo vivo de todas las personas que conocí, pero no de los paisajes que vi. Eso se me borra enseguida. En todos los lugares en los que voy lo que más me queda son los amigos, las personas que viven allí; esos monumentos son menos perecederos para mí que los otros, y son los únicos que puedes llevarte a la muerte con satisfacción; seguro que no un buen puñado de postales. No sé que tienen los viajes que siempre me parecen más monumentales las personas que los monumentos mismos.
Eso no va conmigo. Los únicos viajes que me gustan son los iniciáticos, aquellos que se hacen lentamente y duran mucho tiempo, aquellos que te cambian, que te hacen más sabio, o aquellos en los que terminas perdiendo algo, psíquicamente unas veces, en forma de estupidez, otras incluso físicamente, en forma de unos kilos, un brazo, una pierna, o incluso la vida; en estos viajes lo que conoces es a gente, no postales; me gusta el turismo de alpargata por eso mismo, y he hecho turismo de alpargata por este país, por Francia, por Italia, por Portugal; el turismo de alpargata no hace fotos, sólo amigos. Los amigos no se hacen en el egoísmo del hotel. Otros, por el contrario, viajan sólo para sentirse más a solas consigo mismo, como Saramago, para obtener una caja de resonancia mejor para su voz inaudible y profunda, de forma que puedan oírla con más claridad; si están demasiado cerca de los sonidos del mundo y de los ruidos de los periódicos no pueden oírla; por eso se van al desierto, a los bosques, como Henry David Thoreau, a las grandes soledades, como San Antonio, San Francisco o los místicos, a las montañas, como nuevos eremitas. Saramago es ateo, pero es un ermitaño. Cuando fui al Museo del Louvre fui a ver un Rembrandt concreto, que resultó más pequeñito de lo que yo pensaba: el hombre en la ventana. Desde pequeño ese cuadro me había crecido en la imaginación, como si fuera una balsa en la eternidad del tiempo. A través de esa ventana no se veía nada exterior, entraba, pero no salía, una luz amarilla, inmaterial, que lo conservaba todo como en una gota de ámbar. El sabio miraba tristemente al infinito, mientras una mujer atizaba el fuego bajo una escalera helicoidal como la de un faro. El sabio parecía estar a salvo del mundo, pero entristecido por él. Ese sabio echaba de menos algo, una voz, un afecto, pero en todo caso algo humano. Eso era lo que yo buscaba. Ese cuadro no era una postal. La Gioconda, por en contrario, sonríe, no echa nada de menos. Parece mi vecina después de volver del mercado. Cuando salí del Louvre me fijé en los pobres peregrinos que se lavaban los pies en las aguas de la pirámide, y yo hice lo mismo. Y los demás tirando fotos, fotos, fotos, como si fueran japoneses que vienen y se van. A mí me bastaba con el paisaje que fotografiaba mi corazón; guardo un recuerdo vivo de todas las personas que conocí, pero no de los paisajes que vi. Eso se me borra enseguida. En todos los lugares en los que voy lo que más me queda son los amigos, las personas que viven allí; esos monumentos son menos perecederos para mí que los otros, y son los únicos que puedes llevarte a la muerte con satisfacción; seguro que no un buen puñado de postales. No sé que tienen los viajes que siempre me parecen más monumentales las personas que los monumentos mismos.
jueves, 22 de octubre de 2009
Jueces y cosas
Cuando era joven y más bruto, era un profesor hueso y temible, que hacía leer a los alumnos seis libros gruesos cada curso y encima hacerme un trabajo de cada uno. Pero, lo que es curioso, me encontré con alumnos todavía más huesos y duros, excelentes trabajadores, que me hacían unos trabajos extensísimos e insuperables y que siempre me sacaban dieces. Dos de ellos eran un par de amigas, María del Prado García Bernalte y Raquel Nielfa. La primera terminó siendo jueza en Hospitalet de Llobregat y Tarrasa, y tenía un padre admirable, que fue una pena perder. La segunda era y es también una gran cabeza; ahora es profesora de inglés y ha viajado mucho por Irlanda y Escocia. Por ahí hay algunos trabajos suyos muy interesantes, bien escritos y dignos de leer. Uno se enorgullece de estas alumnas, pero todavía más de lo grandes personas que son, y se siente hasta un poco culpable de lo mucho que las hice estudiar... Aunque todavía tengo dudas si es que a ellas les parecía poco. Tales alumnas son difíciles de ver, aunque todavía hay alguna que otra.
Es curioso los conocidos o amigos que uno ha venido a echarse en la judicatura. Un juez que ahora atiende en la audiencia de Manzanares, Ángel Luis Meana Sánchez-Bermejo, con quien cambiaba yo opiniones de bibliófilo en los ya antañones tiempos, días de vino y hierbas, de tertulias en Guridi, es un ejemplo. Admiraba al poeta barcelonés Carlos Barral, y yo le localicé, algo que él no se podía creer, una primera edición, aquí en Ciudad Real, de Metropolitano, uno de sus libros más raros, que vi en el rastrillo bibliográfico de Betel. Era un catalnista convencido, que echaba de menos su época de residente en aquellas tierras, y sosteníamos repetidamente pugilatos dialécticos en que él defendía su catalanismo y yo mi iusnaturalismo de su derecho positivo. Se ufanaba, además, (lo juez no quita lo chorizo) de haber mangado no pocos libros de no voy a decir dónde, aunque en edad más tierna que la que ya debe lucir. Otro es un gran penalista, escritor y poeta, Carlos Cezón, un hombre integérrimo a quien le levantaron una injusta imputación en la Audiencia Nacional donde trabajaba con motivo de una sentencia como las que suelen dirimirse en esas salas, con bomba dentro; así son los pleitos que llegan a ese nivel, como él mismo me llegó a decir, aunque luego decía no acordarse de tal cosa. La justicia en España está muy politizada, es más, manipula frecuentemente a la prensa y de hecho bien se demostró, aunque posteriormente y a costa de muchos males que no tenía por qué sufrir, que Carlos Cezón era inocente de todas esas estúpidas imputaciones y un hombre honesto a carta cabal, como todos sus amigos sabíamos ya. Sus libros de poemas, como Tumba de Julio II y otros muchos, andan por ahí para que los leamos y disfrutemos, y también en la revista Ucronía que tuve el honor de dirigir y en la que publicaron él y Meana también, creo recordar.
Es curioso los conocidos o amigos que uno ha venido a echarse en la judicatura. Un juez que ahora atiende en la audiencia de Manzanares, Ángel Luis Meana Sánchez-Bermejo, con quien cambiaba yo opiniones de bibliófilo en los ya antañones tiempos, días de vino y hierbas, de tertulias en Guridi, es un ejemplo. Admiraba al poeta barcelonés Carlos Barral, y yo le localicé, algo que él no se podía creer, una primera edición, aquí en Ciudad Real, de Metropolitano, uno de sus libros más raros, que vi en el rastrillo bibliográfico de Betel. Era un catalnista convencido, que echaba de menos su época de residente en aquellas tierras, y sosteníamos repetidamente pugilatos dialécticos en que él defendía su catalanismo y yo mi iusnaturalismo de su derecho positivo. Se ufanaba, además, (lo juez no quita lo chorizo) de haber mangado no pocos libros de no voy a decir dónde, aunque en edad más tierna que la que ya debe lucir. Otro es un gran penalista, escritor y poeta, Carlos Cezón, un hombre integérrimo a quien le levantaron una injusta imputación en la Audiencia Nacional donde trabajaba con motivo de una sentencia como las que suelen dirimirse en esas salas, con bomba dentro; así son los pleitos que llegan a ese nivel, como él mismo me llegó a decir, aunque luego decía no acordarse de tal cosa. La justicia en España está muy politizada, es más, manipula frecuentemente a la prensa y de hecho bien se demostró, aunque posteriormente y a costa de muchos males que no tenía por qué sufrir, que Carlos Cezón era inocente de todas esas estúpidas imputaciones y un hombre honesto a carta cabal, como todos sus amigos sabíamos ya. Sus libros de poemas, como Tumba de Julio II y otros muchos, andan por ahí para que los leamos y disfrutemos, y también en la revista Ucronía que tuve el honor de dirigir y en la que publicaron él y Meana también, creo recordar.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Saw VI
Saw VI ha sido calificada con X por su extrema violencia, y es el primer caso; a alguien, desde luego no a un político que no conoce el concepto, o peor, que no llega a asimilarlo ni comprenderlo, le debería dar vergüenza; ¿qué pasó con las otras cinco? Por lo menos ya hay un precedente; para inventarse algo más entretenido que la charcutería fina haría falta más trabajo cerebral y de guion y menos sangraza.
Ahora
Ahora que he terminado por fin la revisión de mi tesis, tengo que replantearme muchas cosas. Disfruto de un enorme alivio por la presión que me he quitado de encima, y quizá debería conformarme con ello y disfrutar del bien merecido descanso, pero siento todavía el tirón de muchos deseos menores y de empresas por hacer. Tengo que seguir con ellas, pero ahora los proyectos largos me seducen menos. Investigar es un trabajo solitario y, como me decía mi querida suegra, cuando estás solo incluso te da pena matar a las moscas, porque te hacen compañía. Se aprecian más las cosas sencillas y hasta la más pequeña partícula de vida y movimiento despierta un genuino asombro y un placer indescriptible: sentarse a hablar, tomar un café, contemplar una nube... Una de las satisfacciones más grandes que puede experimentar un ser humano es respirar a pleno pulmón, llenarse de aire; otra, beber un vaso de agua con sed verdadera; otra, tirarse una tarde sobre el césped mirando al cielo sin pensar en nada; oír las olas, el viento entre las hojas o el estruendo del agua de un río; sentarse con la familia, ver pasar a la gente... Ir despacio por la vida. Estas cosas poseen un valor elemental y primitivo que revuelve algo muy profundo en nosotros, porque son cosas que ya sentían nuestros antepasados más lejanos, incluso en la escala evolutiva: el trino de los pájaros, por ejemplo, ha sido descrito por todos los poetas sin excepción, fray Luis de León y Keats incluidos, como un signo de serenidad y de paz.
Así, mis ambiciones tienen ya proporciones muy personales; me gustaría empezar a releer de nuevo los clásicos antes de morirme. Cuando uno es joven lee apresurada y agitadamente, sin el poso que da una vida por llegar; ahora sin embargo hay que leer despacio, dejar que se aposente lo nuevo sobre los sedimentos ya formados, paladear; gracias a Dios, el olvido ha cumplido bastante bien su labor: mucho de lo que antes estaba ordenado ahora es bastante difuso; cumple recuperar las proporciones y las distancias entre los conceptos, reorganizar los estantes, volver a colocar los libros en su sitio, dejarlo todo más claro en la memoria.
Así, mis ambiciones tienen ya proporciones muy personales; me gustaría empezar a releer de nuevo los clásicos antes de morirme. Cuando uno es joven lee apresurada y agitadamente, sin el poso que da una vida por llegar; ahora sin embargo hay que leer despacio, dejar que se aposente lo nuevo sobre los sedimentos ya formados, paladear; gracias a Dios, el olvido ha cumplido bastante bien su labor: mucho de lo que antes estaba ordenado ahora es bastante difuso; cumple recuperar las proporciones y las distancias entre los conceptos, reorganizar los estantes, volver a colocar los libros en su sitio, dejarlo todo más claro en la memoria.
martes, 20 de octubre de 2009
La Real Cacademia
Amenaza con publicar la Nueva gramática en diciembre al económico precio de más de doscientos euros. ¡A buenas horas mangas verdes! ¡Cuando ya existe una confusión terminológica de rango babélico! Por lo menos ahora sabremos cómo llamar a unas cuantas funciones sintácticas y cómo señalar una serie de fenómenos que no sabíamos cómo rotular desde hace casi cien años. En líneas generales su Diccionario ha empeorado bastante: las nuevas definiciones, y sobre todo las corregidas, aparecen muy simplificadas y empobrecidas y no sirven ya para todos los contextos, por no hablar de la falta de correspondencias internas; parece que lo han hecho unos lexicógrafos de mierda. En eso, como en muchas otras cosas, es mejor el Diccionario de uso de María Moliner, y no digamos ya el Seco. La RAE tendría que trabajar igual que el Instituto de Estudios Catalanes y dejarse de gilipolleces. Por cierto que la Gramàtica del català contemporani de Joan Solá les ha quedado dabuten.
lunes, 19 de octubre de 2009
Poemas
Mario Benedetti, que en paz descanse, escribió esta seguidilla manchega:
Alguien limpia la celda
de la tortura
lava la sangre pero
no la amargura.
Y El poema de los dones, de Borges:
Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas
Que forman este singular universo.
Por la razón, que no dejará de soñar
Con un plano del laberinto.
Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
Por el amor que nos deja ver a los otros
Como los ve la Divinidad.
Por el firme diamante y el agua suelta,
por el álgebra, palacio de precisos cristales,
Por las místicas monedas de Angel Silesio,
Por Schopenhauer,
Que acaso descifró el universo,
Por el fulgor del fuego
Que ningún ser Humano puede mirar sin un asombro antiguo,
Por la caoba, el cedro y el sándalo,
Por el pan y la sal,
Por el misterio de la rosa
Que prodiga color y no lo ve,
Por ciertas vísperas y días de 1955,
Por los duros troperos que en la llanura
Arrean los animales y el alba,
Por la mañana de Montevideo,
Por el arte de la amistad,
Por el último día de Sócrates,
Por las últimas palabras que en un crepúsculo se dijeron
De una cruz a otra cruz,
Por aquel sueño del islam que abarcó
Mil noches y una noche,
Por aquel otro sueño del infierno,
De la torre del fuego que purifica
Y de las esferas gloriosas,
Por Swedenborg,
Que conversaba con los ángeles de las calles de Londres,
Por los ríos secretos e inmemoriales
Que convergen en mí,
Por el idioma que hace siglos hablé en Nortumbia,
Por la espada y el arpa de los sajones,
Por el mar, que es un desierto resplandeciente
y una cifra de cosas que no sabemos
Y un epitafio de los vikingos,
Por la música verbal de Inglaterra,
por la música verbal de Alemania,
Por el oro que relumbra en los versos,
Por el épico invierno,
Por el nombre de un libro que no he leido:
Gesta dei per Francos,
Por Verlaine, inocente como los pájaros,
Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
Por las rayas del tigre,
Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
Por la mañana en Texas.
Por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral
Y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
Por Séneca y Lucano, de Córdoba,
Que antes del español escribieron
Toda la literatura española,
Por el geométrico y bizarro ajedrez,
Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
Por el olor medicinal de los eucaliptos,
Por el lenguaje, que puede simular la sabiduria,
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre,
Que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
Por la noche, su tiniebla y su astronomía,
Por el valor y la felicidad de los otros,
Por la patria sentida en los jazmines
En una vieja espada,
Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
Por el hecho de que el poema es inagotable
Y se confunde con la suma de las criaturas
Y no llegará jamás al último verso
Y varía según los hombres,
Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos
Por morir tan despacio,
Por los minutos que preceden al sueño,
Por el sueño y la muerte,
Esos dos tesoros ocultos,
Por los íntimos dones que no enumero,
Por la música, misteriosa forma del tiempo.
Alguien limpia la celda
de la tortura
lava la sangre pero
no la amargura.
Y El poema de los dones, de Borges:
Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas
Que forman este singular universo.
Por la razón, que no dejará de soñar
Con un plano del laberinto.
Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
Por el amor que nos deja ver a los otros
Como los ve la Divinidad.
Por el firme diamante y el agua suelta,
por el álgebra, palacio de precisos cristales,
Por las místicas monedas de Angel Silesio,
Por Schopenhauer,
Que acaso descifró el universo,
Por el fulgor del fuego
Que ningún ser Humano puede mirar sin un asombro antiguo,
Por la caoba, el cedro y el sándalo,
Por el pan y la sal,
Por el misterio de la rosa
Que prodiga color y no lo ve,
Por ciertas vísperas y días de 1955,
Por los duros troperos que en la llanura
Arrean los animales y el alba,
Por la mañana de Montevideo,
Por el arte de la amistad,
Por el último día de Sócrates,
Por las últimas palabras que en un crepúsculo se dijeron
De una cruz a otra cruz,
Por aquel sueño del islam que abarcó
Mil noches y una noche,
Por aquel otro sueño del infierno,
De la torre del fuego que purifica
Y de las esferas gloriosas,
Por Swedenborg,
Que conversaba con los ángeles de las calles de Londres,
Por los ríos secretos e inmemoriales
Que convergen en mí,
Por el idioma que hace siglos hablé en Nortumbia,
Por la espada y el arpa de los sajones,
Por el mar, que es un desierto resplandeciente
y una cifra de cosas que no sabemos
Y un epitafio de los vikingos,
Por la música verbal de Inglaterra,
por la música verbal de Alemania,
Por el oro que relumbra en los versos,
Por el épico invierno,
Por el nombre de un libro que no he leido:
Gesta dei per Francos,
Por Verlaine, inocente como los pájaros,
Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
Por las rayas del tigre,
Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
Por la mañana en Texas.
Por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral
Y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
Por Séneca y Lucano, de Córdoba,
Que antes del español escribieron
Toda la literatura española,
Por el geométrico y bizarro ajedrez,
Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
Por el olor medicinal de los eucaliptos,
Por el lenguaje, que puede simular la sabiduria,
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre,
Que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
Por la noche, su tiniebla y su astronomía,
Por el valor y la felicidad de los otros,
Por la patria sentida en los jazmines
En una vieja espada,
Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
Por el hecho de que el poema es inagotable
Y se confunde con la suma de las criaturas
Y no llegará jamás al último verso
Y varía según los hombres,
Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos
Por morir tan despacio,
Por los minutos que preceden al sueño,
Por el sueño y la muerte,
Esos dos tesoros ocultos,
Por los íntimos dones que no enumero,
Por la música, misteriosa forma del tiempo.
Estar cansado
El muy anglosajonizado Lewis Cernuda escribía en su poema Estoy cansado (la frase que, por demás, repetía el simbólico y gigantesco indio de Alguien voló sobre el nido del cuco) que estarlo tenía plumas como un loro. Cuando un loro está triste se las arranca y se queda pelado, como Luis Cernuda y como Ícaro, el primero de los románticos quemados por el fuego de infierno de un excesivo entusiasmo juvenil. Y cuando uno está cansado repite las cosas como un abuelo Cebolleta y se cansa más todavía, aunque, como dice L. C., más cansado sería estar muerto. Por supuesto, las plumas a las que alude Cernuda tienen más que ver con el nombre de pila de su amante de entonces, el actor Serafín Fernández Ferro que con los ángeles de Rilke, que también.
Estar cansado tiene plumas,
tiene plumas graciosas como un loro,
plumas que desde luego nunca vuelan,
mas balbucean igual que loro.
Estoy cansado de las casas,
prontamente en ruinas sin un gesto;
estoy cansado de las cosas,
con un latir de seda vueltas luego de espaldas.
Estoy cansado de estar vivo,
aunque más cansado sería el estar muerto;
estoy cansado de estar cansado
entre plumas ligeras sagazmente,
plumas del loro aquel tan familiar o triste,
el loro aquel del siempre estar cansado.
domingo, 18 de octubre de 2009
Cine. Infectados, de los hermanos Pastor
Tenía que escoger una película, y dudaba entre esta y un thriller con buen crédito como era Río helado (Frozen river) que ganó un gran premio en el festival de Sundance, pero mi mujer y mis hijas, que son fanáticas del género de terror, me llevaron a ver Infectados, la producción estadounidense de los españoles hermanos Pastor. La quería ver por la inhabitual recomendación de la misma que había hecho Stephen King; Me fío de él, ya que no suele recomendar a la ligera, como demostró su juicio sobre una preciosidad como El laberinto del fauno; una vez vista, entiendo que le haya gustado, ya que es una película muy literaria, donde el terror es sólo un pan cotidiano, un pretexto desganado. El guion está bien resuelto, rehúye las frases memorables y la verbosidad innecesaria y opera con la economía de los actos y el simbolismo de los personajes; es película de dilemas éticos y caracteres, de personajes más que de sustos, todos ellos desleídos conscientemente en un realismo abrumador y nada pintoresquista. No deja de ser una road movie con los detalles de la atmósfera muy cuidados, incluso ese paisaje de olas que recuerda a uno de los primeros grabados de Escher.
Destaca en la película y sobrenada, junto a los dilemas éticos que esboza, su realismo, que prefiere sugerir y atemorizar más que aterrorizar. El paseo por las calles del pueblo lo ejemplifica bien, así como el hecho de la lenta evolución de la enfermedad y los detalles técnicos sobre su transmisión e imposible cura; eso en gran medida contribuye a hacerla creíble. Lo segundo es el análisis de las relaciones humanas; en esta película aun las más sólidas se deterioran ante la presencia de la muerte,, salvo una: la protectora relación del padre con la hija, no al contrario, ya que, si contemplamos el caso de los hermanos protagonistas, uno de ellos mató a los padres, aun cuando fuera para ahorrarles sufrimientos; por eso, en su humildad, esta resulta ser una película interesante y digna de ver, que me hace esperar mucho de sus jóvenes directores españoles, instalados ahora en los Estados Unidos.
Destaca en la película y sobrenada, junto a los dilemas éticos que esboza, su realismo, que prefiere sugerir y atemorizar más que aterrorizar. El paseo por las calles del pueblo lo ejemplifica bien, así como el hecho de la lenta evolución de la enfermedad y los detalles técnicos sobre su transmisión e imposible cura; eso en gran medida contribuye a hacerla creíble. Lo segundo es el análisis de las relaciones humanas; en esta película aun las más sólidas se deterioran ante la presencia de la muerte,, salvo una: la protectora relación del padre con la hija, no al contrario, ya que, si contemplamos el caso de los hermanos protagonistas, uno de ellos mató a los padres, aun cuando fuera para ahorrarles sufrimientos; por eso, en su humildad, esta resulta ser una película interesante y digna de ver, que me hace esperar mucho de sus jóvenes directores españoles, instalados ahora en los Estados Unidos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)