viernes, 26 de febrero de 2010

Cuando sobran los jóvenes


"Cuando sobran los jóvenes", Gabriela Warkentin, Directora del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México; Defensora del Televidente de Canal 22; conductora de radio y TV; articulista, El País, 25-ii-2010.

Decidió un día no crecer, y no le importó. O más bien decidió no crecer porque comenzó a importarle. A veces, ante la contundencia de la realidad sólo queda convertirse en escarabajo o aferrarse a un tambor de hojalata. Fueron las ficciones de Kafka y Grass en su momento; ahora nos toca construir las propias.

La provocación la lanzó el periodista Salvador Camarena en una columna de la semana pasada. Al revisar la situación de los millones de jóvenes que hoy en día ni estudian ni trabajan (la ya famosa generación de los ni-ni, como fue calificada hace años en España y otros países que reconocen el limbo simbólico y productivo en que están atorados estos muchachos), Camarena afirma que lo que parece estar sucediendo es que sobran jóvenes (todos esos que no encuentran ubicación productiva) o "sobramos los adultos que no hemos sido capaces de construir nuevas escaleras"; escaleras, sí, para que los que nos sucedan, avancen y transformen positivamente su entorno, su sociedad, sus perspectivas y, en el fondo, sus vidas. La pregunta que lanza Camarena no es inútil; porque si reconocemos que "nos sobran jóvenes", debemos asumir el fracaso rotundo del proyecto social al que hemos apostado.

La manifestación más evidente de esta problemática es, sin duda, la de los millones de jóvenes, en México y allende, que no encuentran lugar en la educación formal (en sus diferentes niveles) y que tampoco tienen opciones laborales en un mercado retraído y transformado. Pero no se trata sólo de la falta de oportunidades, ésas tendrían solución. Lo más grave es la falta de sentido: cuando estudiar no tiene sentido, cuando esforzarse por un empleo formal no tiene sentido, y cuando el horizonte mismo dejó de tener sentido. Agreguemos un ni a los dos ya mencionados: la generación ni-ni-ni, o ni3, la que ni trabaja, ni estudia, ni le encuentra sentido. Esa pareciera ser la verdadera tragedia en que nos estamos sumiendo, porque cuando los que tradicionalmente han sido los encargados de refrescar y transformar su entorno -los jóvenes, los que vienen, los que toman la estafeta- no encuentran sentido más allá de la supervivencia, algo pudimos haber perdido de manera irremediable.

Unas palabras de Carlos Fuentes de hace unos días acompañan esta reflexión. En una conferencia, en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, en la que compartió apuntes sobre el futuro de la educación superior, Fuentes reparó en la necesidad de revisar el camino que va a tomar la Humanidad en el Siglo XXI, de reconsiderar la ruta que emprendemos. Y fue categórico, como lo ha sido siempre, al insistir en que nuestra Historia no ha terminado. Las dinámicas de la época en que vivimos y de las que se perfilan, nos obligarían a insistir, decía Fuentes y coincido, en la necesidad del continuo educativo, de reconocer que la educación nunca concluye. Habríamos, en este tenor, de retomar las Humanidades para redimensionar la dinámica global del conocimiento, para ser capaces de educarnos en la diversidad y para delinear nuestro bien más escaso: el porvenir. Pero, ¡alerta!, cuando hemos orillado a los reales y deseables sujetos de la educación y los hemos colocado frente a un mundo que no sienten suyo, resulta ocioso insistir siquiera en la pertinencia de este continuo educativo.

Oskar Matzerath decide no crecer. Punto. Consciente de lo que pasa, lo que fue, lo que podría llegar, se aferra a su cuerpo de niño y a un tambor de hojalata, rojo y blanco. Ruido, ruido, ruido. Le provoca hacer ruido, o su particular música metálica, para evadir, entender, recordar y narrar. Desde las dimensiones inferiores de la escala humana lo ve todo, el autoritarismo que se infiltra en esa Europa, la descomposición de individuos, familias y sociedades. En fin, lo que ya sabemos. Günter Grass en su novela, Volker Schlöndorff en su película: ese Oskar, eterno niño-adulto por decisión propia. Porque hay veces que el sinsentido termina siendo sólo absurdo.

A todos nos toca nuestra parte en esta tragedia de los "jóvenes que sobran". Ya reconocimos que la educación, por muy continua que la hagamos, dejó hace mucho de ser un mecanismo de ascenso social. Por lo tanto, no se trata sólo de tener más espacio para que todos puedan estudiar, sino de revisar lo que estamos estudiando y cómo. Ya reconocimos la transformación esencial de instituciones, como la familia, que ha modificado también el sentido de futuro, de esperanza, hasta de nación. Vaya, que tenemos bastante diagnosticado el embrollo. Lo que nos toca insistir es en que la solución no es sólo técnica. Lo que más hace falta es que seamos capaces de inventarnos una historia para que incluso estas soluciones técnicas tengan sentido. De diseñar nuestras ficciones, de construir otras escaleras. En palabras de Fuentes, urge que revisemos el camino que la Humanidad va a tomar en este Siglo XXI que se nos está acortando. Porque como bien nos recordaba Camarena, esos jóvenes que sobran son presa obvia y fácil para las historias que sí están ganando: las del crimen organizado, las de la informalidad inmediata, las de...

¿Será que un día nos daremos cuenta que otra vez permitimos que los que nacen decidan no crecer, y que ya no les importe? Ahí estarán, pedirán su propio tambor de hojalata y a golpe de un ratatatatata continuo y penetrante evidenciarán lo que dejamos de hacer, ratatatatatata. En fin. Son imágenes que llegan desde el XX e interpelan al XXI, siglo que debemos forzarnos a revisar antes de que decida terminar.

jueves, 25 de febrero de 2010

El tiempo

De las cosas que más odio, sin duda la principal es el reloj. Sus manecillas para mí son las manazas de un asesino en hora que me estrangulan con prisas; o el tiempo es demasiado largo o demasiado corto, nunca hay término medio para mí. Y no sólo te ahoga con sus manecillas, sino en sus mares de arena: tengo un reloj de arena de media hora que me lo recuerda: la vulgaridad es la forma del tiempo. Los chicos no entienden a Quevedo cuando habla del tiempo "que a la muerte me lleva despeñado", y es porque todavía no han experimentado lo que sólo se sufre en la edad madura, el vaciado de contenido de las horas, el paso rapidísimo y sin sustancia de los años, efecto de la decadencia mental y de la repetición mecánica y relojera de las rutinas, que hace a siete días de la semana ser uno p0r sus mutuas coincidencias y similitudes, acortándose el tiempo gracias al fenómeno de la conciencia convergente. De tanto ir por un sendero uno termina no viendo ni siquiera el sendero, porque ya lo ha dejado en piloto automático; se aliena, se deshumaniza, manda su espíritu a otra parte. Ese es el poder de la rutina, del que nace algo todavía más demoledor, derruyedor, una especie de poliomielitis espiritual, un abotargamiento y anquilosamiento de los órganos de la vida, de la mente y de la acción que condenan a la parálisis espiritual. Y es que hay mucha gente que es como Ramón Sampedro, el parapléjico corpóreo, que no mental, cuyos evangélicos libros conservo como un tesoro, pero al revés: su espíritu no se puede mover, siempre está en el mismo sitio, aunque su cuerpo vaya de un sitio para otro.

Arnold, lo que nos hace falta.

Queridos pocos amigos, hay una película actual interesante para los profesores, Una educación, dirigida por la danesa Lone Scherfig y que al parecer opta a algún Óscar de la prejuiciosa academia estadounidense de artes cinematográficas; si se han visto obras memorables sobre el tema como La versión Browning (la a blanco y negro, no el horroroso remake), que es una auténtica antítesis del Mr. Chips y una auténtica grima para un profesor con ilusiones, convendría ver también esta, que parece prometer; me gustaría revisar también un filme-biopic de cuyo título no me acuerdo, sobre el fundador de la Escuela de Rugby, el famoso poeta y humanista Matthew Arnold, cuyas ideas educativas y poesía habría que divulgar en la actualidad, cuando las humanidades están de capa caída, en particular su intraducido ensayo Cultura y anarquía; la versión estaba fundada en un famoso libro de memorias escolares del que ya no me acuerdo y era también a blanco y negro, como mucho de lo que merece verse hoy en día, en que muchos no pueden pasarse sin persecuciones, efectos especiales, tiros, golpes y actrices guapas demasiado repeinadas; también conviene ver Los cuatrocientos golpes, entre otras que tratan el tema educativo por Truffaut. Contemplar cómo el niño se enfrenta al papel en ese filme es una secuencia memorable que puede hacernos ver lo difícil que es transformar melones en cabezas sin ser hortelanos antes que frailes. Y es que la educación debería ser un deporte de villanos jugado por caballeros, o una anarquía guiada por una cultura.

miércoles, 24 de febrero de 2010

De una transición de cobardes a una democracia de apocados.



Jorge M. Reverte "Los recuerdos de Canetti", El País, 24-II-2010

A diferencia de muchos, en particular de quienes han sucumbido a una psicología verbosa, yo no estoy convencido de que haya que torturar, dejar o extorsionar al recuerdo, ni tampoco exponerlo a la acción de alicientes bien calculados. Me inclino ante el recuerdo, ante el recuerdo de cada ser humano. Quiero dejarlo tan intacto como le pertenece al hombre que existe para bien de su libertad, y no oculto mi aversión por quienes se permiten someterlo a prolongadas intervenciones quirúrgicas hasta igualarlo al recuerdo de todos los demás. Que operen a su antojo narices, labios, orejas, piel y cabellos, que trasplanten ojos de otro color si no hay más remedio, o corazones ajenos que palpiten un añito más, que ausculten, amputen, alisen o igualen, pero que dejen en paz al recuerdo.

El largo párrafo no es mío, sino de un gran hombre, de Elías Canetti, y está incluido en su libro La antorcha al oído. Un libro de memorias, de sus memorias.

Creo que no he leído nada más contundente al respecto. Ni he encontrado ocasión más oportuna para traer a colación esta sencilla forma de ver las cosas. Oportuna para el momento que vive nuestro país, para desbrozar las razones que a unos y a otros nos asisten para traer el pasado inmediato a la discusión política.

Porque esto del recuerdo y la memoria está sirviendo para poner en cuestión una etapa de la historia de España y, con ello, reventar la legitimidad del régimen en que vivimos, de la democracia que hemos construido, de la ley que nos ampara.

Hace unos días, Patxo Unzueta explicaba en este periódico el por qué de una acción de la Casa Real a la vista de esa interpretación del pasado. Hace unos meses, Santos Juliá, también en este periódico, recordaba cómo se habían producido las cosas durante los años de transición política. Los dos autores han fijado, yo creo, con precisión, en qué consistió aquello de la Transición.

Pero esa interpretación, pienso que absolutamente fiel, de lo sucedido, se topa ahora con otra muy distinta, que parte de dos principios esenciales.

En primer lugar, de la construcción de ese "recuerdo de todos los demás" al que se refería Canetti. El dichoso asunto de la memoria histórica, que ha llegado a calar tan profundamente en España que la gente ya no dice que tiene recuerdos sino que tiene semejante cosa. Es más, lo del recuerdo, por su sentido evidente de subjetividad, carece de entidad suficiente para oponerse a lo otro.

En segundo lugar, una vez reforzada la memoria histórica, se puede proceder a aplicar el siguiente principio, que es el de la ilegitimidad de las bases del sistema. La memoria histórica nos dice, una vez fijada por sus muñidores y propietarios, que el proceso de la Transición fue un proceso condicionado por el miedo, por la cobardía de algunos de los actores fundamentales, como los partidos de izquierda, por ejemplo. La generosidad, el deseo de dar fin a la guerra, como recordaba Unzueta, parecen no haber existido. Por mucho que algunos recordemos que sí.

Muerto el perro, se puede acabar con la rabia. Muerto el recuerdo, se puede fijar como indiscutible que aquellos pactos de 1977 y 1978 no tienen validez porque no fueron democráticos, al ser firmados bajo coacción. Y eso conduce a la posibilidad de ponerlo todo patas arriba, de cambiar la ley a gusto de quienes guardan el uniforme "recuerdo de todos los demás".

No tiene nada que ver, desde este punto de vista, el lícito recuerdo de quienes quieren recuperar los cuerpos y la dignidad de sus muertos en la guerra, con el -para mí- abusivo intento de cambiar lo sucedido para que sirva a intereses nuevos.

Se trata de echar abajo todo el sistema sobre el que se basa la ley por la que nos regimos. Y, no hay que olvidarlo, la ley es el único recurso serio para defender la libertad en una sociedad democrática. Tan serio es el asunto como eso.

¿A qué nos llevaría reventar el edificio de la Transición? A pelearnos por un cambio constitucional en función no de una mejora del sistema sino de nuevas propuestas que pondrían en riesgo muchas cosas. Por ejemplo, la conformación del Estado de las autonomías, para proponer en su lugar un sistema confederal, que tiene muchos adeptos en Cataluña, País Vasco y ahora, al parecer, en Castilla-La Mancha.

En unos casos, los intentos me parecen inoportunos por ser innecesarios cuando se tiene una democracia razonable; en otros, como en el asunto confederal, me parece que se trata de romper un consenso para abrir una buena bronca.

La llamada memoria histórica, que comenzó a actuar amparada en las más que justas reclamaciones de perjudicados por el franquismo, se ha ido perfilando como una fábrica de consignas que agrupa propuestas políticas muy diferentes, pero coincidentes en el propósito de reventar el Estado. Por fortuna no cuajó la idea de que la actual ley de compensación de las víctimas del régimen de Franco fuera bautizada con ese nombre.

Volvamos a Santos Juliá y Patxo Unzueta y a su reclamación de estudiar la verdad de lo sucedido y rechazar así la verdad instituida por los partidarios y agitadores de la memoria histórica.

Eso es sencillo: se lee lo que escribieron los comunistas y socialistas para hacer los pactos de amnistía de finales de los años setenta, y se confirma con las interpretaciones de gente como Mario Onaindía. O se estudia la proclamación de la República de Cataluña por Lluis Companys, y la ilegalidad de un golpe de Estado que fue apoyado por un fascista llamado Dencàs y desbaratado por un demócrata que era general, Domingo Batet. Todo será más fácil de discutir.

Con eso, cumplimos con la historia.

Y luego, viene el recuerdo. Yo, por ejemplo, recuerdo perfectamente cómo pedía en la calle, entre miles de personas, libertad y amnistía. Y recuerdo que había otras personas que añadían a eso la reclamación del Estatut de Autonomía (para Cataluña). Y tuve la sensación entonces de que ganamos cuando estas tres cosas se plasmaron en la realidad de una ley que garantizó la libertad, que acabó por otorgar una amnistía para todos, y que culminó en un Estatut de mayor amplitud que el que habían gozado los nacionalistas catalanes en toda la historia desde Pau Claris.

Tengo algunos recuerdos confusos, pero los puedo deshacer en la hemeroteca, aunque estoy seguro de que responden a lo que pasó.

Por ejemplo, recuerdo que todos los grupos políticos de la oposición a la victoriosa UCD aceptaron las leyes de amnistía. Me parece recordar que sólo la rechazaban importantes facciones del Ejército y la ultraderecha, que dejaron de tener significación política después del 23 de febrero de 1981.

Y también, por ejemplo, recuerdo que las leyes de amnistía fueron rechazadas por una partida de gentes que se agrupaban bajo el nombre de ETA, que dejaron de tener significación política hace años, aunque sigan teniendo capacidad de matar.

Son recuerdos que nadie me puede discutir, y que me niego a permitir que me los igualen con el recuerdo de los demás.

Como los que tenía Canetti cuando recordaba las matanzas de obreros en Viena en 1927.

Jorge Martínez Reverte es periodista y escritor. Su último libro es El arte de matar.

Heráclito y Demócrito, tópico literario


"Las cosas siempre ocurren dos veces en la historia: la primera como tragedia y la segunda como comedia", Karl Marx.

Algo parecido fue lo que ocurrió con la revolución española desde la Constitución de Cádiz en 1812 a intentar vanamente repetirlo en el Trienio Liberal (1820-1823). Es imposible tratar de sorprender a las fuerzas reaccionarias con la misma fórmula, tanto más después de la Revolución Francesa, lo que ya hizo fracasar la de Cádiz.

Y cuánta razón tenía el actor que, antes de morirse, dijo estas últimas palabras: "Morir es fácil: la comedia es difícil"; Feuerbach: "Solamente una vez es todo verdadero". Mentir es recordar, y es profanador, obsceno, como quería Aleixandre, a más de fatigoso y exigente de mucha memoria; cómo Sócrates al final del Banquete, resulta que la tragedia se parece más a la verdad que la comedia. Y Jaime Gil de Biedma:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
–como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
–envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
10 y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Poemas póstumos. Madrid.1969

lunes, 22 de febrero de 2010

Lo que ¿nunca? asomará en la Iglesia española

Tras Irlanda, le toca a Alemania (véase aquí), el país de donde proviene el humillado papa que rige esta rama de la cristiandad: ciento veinte casos probados, de momento, de pedofilia por parte de 98 sacerdotes en colegios de jesuitas, salesianos, maristas y franciscanos... por no hablar de los que no se declaran por pura vergüenza. Y ¿en España?, ¡qué va, aquí no pasan esas cosas! ¡Aquí somos más papistas que el papa! Aquí, todo lo más, se venden como chulos los curas, en la misma Mancha, usando los cepillos y las hermandades para pagar lel vicio, a costa de los curas honestos y modélicos, que los hay. ¿Para cuándo una investigación global de estos casos? Para nunca, aunque los haya, claro que sí; yo mismo he oído algunos. Este no es país para... niños, o para dejar que algunos, los religiosos degenerados, se acerquen demasiado a ellos. La iglesia haría mucho en dejar de ser hipócrita y debería admitir que muchos entre ellos son heterosexuales honestos u homosexuales honestos, pero muchos otros encubridores y deshonestos y merecedores de marchar a la cárcel como unos delincuentes comunes más, a intentar convertir (pervertir, diría uno) a gente parecida a ellos mismos, si pueden; la conferencia episcopal española debería aprender de los imanes españoles, que han expulsado al imán de Cartagena por abusar de niñas, pero no, lo que hace es esto. Debería de darles vergüenza, pero ¿tienen?

Ya lo decía un tal Ratzinger: "Cuánta suciedad hay en la iglesia".

De Robles

Del blog de Rafael Robles:

Hay profesores que no aman su trabajo sino que lo sienten, en palabras de Marx, como una actividad diabólica de la que huirán como de la peste tan pronto como deje de existir algún tipo de coacción.

Esta actitud no deja de ser razonable -mejor dicho, racional- en el mundo postmoderno en el que nos hallamos inmersos, donde la verdad es relativa y los valores no son firmes. Quizá ser un profesor desdeñoso, apático y perezoso sea un valor al alza mientras que, por el contrario, comprometerse con la enseñanza y cumplir con esmero y alegría el noble oficio de educar haya pasado de moda. Quizá, incluso, no solo ser buen profesor esté demodé sino que el alumnado no sea digno merecedor del desparpajo optimista porque no lo saben apreciar o, lo más probable, porque no les reporte ningún beneficio pragmático para el mundo que les va a tocar vivir.

Se suponía que educábamos para construir un mundo más justo pero indefectiblemente hemos perdido esta perspectiva. En realidad educamos como quien sirve hamburguesas en un McDonnald´s; enseñamos para construir un mundo en el que se venda mejor la basura, en el que se optimice la velocidad de intercambio de bostas y en el que domestiquemos a nuestros jóvenes para enriquecer, sin quejas, a otros que, casualmente, no se encuentran estudiando en la enseñanza pública.

En esta sociedad líquida, por sus valores cambiantes y la puesta en escena narcotizada, ser profesor no consiste en amar la sabiduría y transmitirla a los alumnos con amor y entusiasmo, sino en aleccionar de forma aburrida, despotricar contra el sistema educativo e irse a casa cuanto antes -y antes de tiempo-, amargado si es posible para que la ética no desentone de la estética en su solitario juego autodestructivo y aniquilador. Ser fiel a los principios de la excelencia educativa no garantiza el éxito del profesor ni, por tanto, de los estudiantes.

Al decir de algunos, para solucionar los problemas que nos acechan la clave consiste en cambiar la forma de afrontarlos. ¿Qué mejor forma de enfrentarlos que ignorarlos? o, mejor, ¿no es preferible resolverlos desde la superficialidad más irreflexiva, el comentario falaz, la queja ignorante, la abyecta falta de iniciativas, el incomprensible desprecio por la formación pedagógica y la arrogancia más despreciable desde la que se pontifica sobre la bondad de la basura?

Este ejercicio de autocrítica, quizá hiperbólicamente pesimista, lo explica mejor que yo Zygmunt Bauman en Mundo consumo, su reciente y recomendable ensayo publicado por Paidós:

Sólo puedo estar seguro de una cosa: que el mes o el año siguiente (y, con toda seguridad, los años que vendrán después), no se parecerán al momento que estoy viviendo ahora. Y, al ser diferentes, invalidarán buena parte de los conocimientos teóricos y prácticos que estoy aplicando actualmente (aunque no hay manera de adivinar cuál será esa parte). Tendré que olvidar mucho de lo que he aprendido y tendré que deshacerme de numerosas cosas e inclinaciones de las que ahora hago gala y presumo poseer (aunque no hay manera de saber cuáles). Las elecciones que hoy consideramos más razonables y dignas de elogio serán vistas mañana como lamentables errores garrafales y serán condenadas por ello. Lo que cabe deducir de todo lo anterior es que la única aptitud que realmente necesito adquirir y ejercitar es la flexibilidad: la habilidad para deshacerme con prontitud de habilidades inútiles, la capacidad de olvidar con rapidez y de eliminar activos pasados que hoy han devenido en pasivo, la aptitud necesaria para cambiar de enfoque y de vía sin apenas aviso y sin lamentarlo, así como para eludir juramentos de lealtad a nada o a nadie para toda la vida. A fin de cuentas, los giros inesperados a mejor tienden a aparecer súbitamente y como surgidos de ninguna parte, y con la misma brusquedad cambian de signo. ¡Pobres imbéciles aquellos que, deliberadamente o no, se comportan como si fueran a conservar esa buena suerte para siempre! (p. 183).

Noticias

Me he pasado, hace tiempo que no lo hacía, por el Blog de Otto Reuss, a quien he agregado a los enlaces, y así me entero de que mi compi y exalumna Lydia Reyero ha renunciado o dimitido de ser concejala de cultura en el Ayuntamiento de Ciudad Real, lo que era de esperar, no porque lo hiciera mal, sino porque no le dejaban hacer; una dimisión debe considerarse como un mérito político en un país donde nadie dimite ni aunque le lluevan las hostias; eso demuestra que Lydia vale para la cosa pública, y mucho, aunque no para la política que se hace en España; yo, que la conozco un poco, doy fe de ello; es una víctima más de la Generación Tapón.

Me entero de que van a despedir a casi la mitad de los redactores de La Tribuna (Ciudad Real), y es otra pena y calamidad tristísima, que importa más que los sempiternos escándalos municipales varios que reproducen, a escala menor e intrahistórica, en el fondo cenagoso y abisal, la podredumbre que sobrenada en el océano de España, donde no se han purgado las miserias de cuarenta años de franquismo, sino que han continuado y proseguido con una frescura pestilencial que da grima, incluso entre los mismos que presuntamente la combaten y que no han hecho sino remedar lo que tanto atacaban; y Antonio Algora, un sociólogo maño que nos han dado por obispo, no dice nada, o más bien no se le oye, cuando por lo regular dice cosas meditadas y con sentido, aunque según los criterios consabidos; en vez de pastorales debería escribir un blog, le harían más caso.

Un científico en Ciudad Real, Eduardo Boscá y Casanovas

Eduardo Boscá i Casanoves (1844-1924) fue un importante naturalista, partidario del Darwinismo, que residió en Ciudad Real como profesor del instituto diez años, entre 1873 y 1883; el caso es que le publicó a otro científico ciudarrealeño y poeta ocasional, Eduardo Malaguilla, años después, un libro que lleva un prólogo de don Eduardo, Caracterización cerebral de la Mujer: ensayos de vulgarización cientifica. Ciudad-Real, 1905.

El día 12 de febrero de 1843 nacía en San Martín de Valencia Eduardo Boscá. Aunque veintitrés años fespués se graduó de Bachiller en Medicina y Cirugía en la Universidad valenciana y más tarde obtuvo la licenciatura en Medicina, no fue a la profesión de Galeno a la que dedicó su vida.

En efecto, Eduardo Boscá se licenció también en Ciencias y en la Universidad de la capital de España obtuvo el doctorado, en la sección de Ciencias Naturales, en el año 1873. Ese mismo año inició su labor docente como profesor auxiliar de Fisiología e Higiene veterinarias en la Escuela de Agricultura y Veterinaria de la Diputación de Valencia.

No había alcanzado el título de doctor y ya publicó su primer trabajo científico. Es de 1872 y se trató de una pequeña investigación micológica titulada Memoria sobre los hongos comestibles y venenosos de la provincia de Valencia. Trabajo significativo en la medida que en el mismo se incluyen seis especies de hongos desconocidas en España. Por este trabajo obtuvo la medalla de oro del Instituto Médico Valenciano. Sin embargo, su vida científica no iba a estar dirigida al estudio de las setas sino al de los anfibios y reptiles.

Dos años después obtiene por oposición la cátedra de Historia natural en el Instituto de Segunda Enseñanza de Xátiva y publica una Memoria sobre la recolección de reptiles, peces y zoófitos. De la población valenciana pasa, en 1876, al Instituto de Albacete y luego al de Ciudad Real. Un año después el Rector del distrito universitario madrileño le nombra, junto con el también naturalista y profesor en Ciudad Real, Enrique Serrano Fatigati, para que realice un estudio natural de la cuencas mineras de Almadén, Espiel y Belmar; recogen una buena cantidad de materiales (rocas, minerales, fósiles, etc.) que fueron enviados a los Institutos provinciales del distrito Universitario de Madrid (Toledo, Segovia, Cuenca y Guadalajara).

En 1881 es encargado por el gobierno para realizar estudios sobre reptiles en el sur de España. Es entonces cuando hace importantes aportaciones a la herpetología desde los ámbitos taxonómico y etológico principalmente. En este sentido hay que hacer notar que muchas de las contribuciones científicas del valenciano vieron la luz en el prestigioso Bulletin de la Société Zologique de France.

Asimismo, en el periodo comprendido entre 1877 y 1881, en los Anales de la Real Sociedad Española de Historia Natural publicó tres importantes trabajos de catalogación: a) el Catálogo de los Reptiles y Anfibios observados en España, Portugal e Islas Baleares, de 1877, primero de los catálogos de herpetología que vieron la luz en España con una extensión nacional; b) el catálogo herpetológico que comprende la comarca de Tuy: Nota herpetológica. Una excursión hecha en el monte San Julián de Tuy, trabajo de 1879 y c) un tercer catálogo que añade y corrige los datos aparecidos en el primero y que es, sin duda alguna, la más importante de las aportaciones científicas del valenciano y de las más significativas obras de este tipo publicadas en España en el siglo XIX: Correcciones y adiciones al catálogo de los reptiles y anfibios de España, Portugal e Islas Baleares, seguido de un resumen general sobre su distribución en la península. Este trabajo, de 1881, vio la luz simultáneamente, en francés, en el Bulletin de la Société Zologique de France. En esta investigación se anotan 11 nuevas especies en el territorio español. Por otra parte, hay que resaltar que Boscá realiza un catálogo novedoso en la medida que contiene un mapa en el que se muestra la distribución geográfica de los anfibios y reptiles, entre los que se incluyen 18 familias, 39 géneros y 55 especies y subespecies.

En 1883 abandona la ciudad manchega y marcha a Valencia donde se incorpora como Jardinero Mayor al Jardín Botánico de la ciudad. En 1889 es designado como depositario de una importante colección de fósiles que viene de Argentina y que había sido regalada al ayuntamiento de la ciudad del Turia por el ingeniero José Rodrigo Botet. En1892 Boscá es nombrado catedrático de Historia Natural de la Universidad de Valencia.

Sus publicaciones científicas aparecieron en importantes revistas científicas nacionales e internacionales. Además de las ya citadas escribió también en la Revista de la Real Academia de Ciencias, en la Revue internationale de sciences de París, etc.

Boscá participó en 1872, con otros científicos importantes como Ignacio Bolívar (1850-1944), en la fundación del madrileño Ateneo propagador de las Ciencias Naturales, fue socio de la Sociedad Española de Historia Natural, académico de la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona (1879), académico corresponsal de la Real Academia de Ciencias Exactas Físicas y Naturales (1882), Caballero de la Real y distinguida Orden de Carlos III (1883), etc. Se jubiló a los 70 años pero siguió trabajando hasta su fallecimiento acaecido en 1924.

Dormir para poder aprender


Dormir para "vaciar" el hipocampo y seguir aprendiendo", Mónica Salomone, San Diego, El País, 22-II-2010

¿Por qué después de un cierto número de horas consciente el organismo simplemente se duerme? Sigue siendo un misterio, pero hay algunas cuestiones cada vez más claras. Por ejemplo, que el sueño es necesario para aprender. Los trabajos presentados en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS) que se celebra estos días en San Diego (California, EEUU) no sólo lo confirman, sino que investigan qué fases del sueño son las cruciales para el aprendizaje, qué áreas cerebrales están implicadas y si se producen cambios con la edad -como sugiere el hecho de que los bebés duermen mucho más que los ancianos-.
El trabajo de Matthew Walker, de la Universidad de California en Berkeley, refuerza la teoría de que el sueño limpia la memoria a corto plazo y deja sitio libre para más información. Los recuerdos de los hechos del día se almacenarían temporalmente en el hipocampo -área identificada hace tiempo como importante en la memoria- para después ser enviados a la corteza prefrontal, que dispone, probablemente, de más capacidad. "Es como si el buzón de correo entrante del hipocampo se llenara, y simplemente no van a entrar mensajes nuevos hasta que se vacíe", dice Walker. "Los recuerdos rebotarán hasta que duermas y los muevas a otra carpeta".
El proceso está íntimamente relacionado con el aprendizaje. En uno de sus experimentos más recientes, Walker hizo que 39 jóvenes aprendieran una tarea específica durante un tiempo determinado, a mediodía. Todos tuvieron resultados similares. Pero a las dos de la tarde la mitad de ellos durmió una siesta y la otra mitad no, y de nuevo a las seis se dedicaron a aprender. Esta vez los que no habían dormido tuvieron resultados peores, mientras que los de la siesta mejoraron.
Así que Walker repite un consejo que no sonará nuevo a los estudiantes: pasar la noche despierto estudiando antes del examen no es en absoluto una buena idea. "Una noche sin dormir reduce la capacidad de asimilar conocimientos en casi un 40%"; las regiones cerebrales implicadas "se cierran" durante la falta de sueño.
Encefalogramas a voluntarios han permitido a este experto descubrir también que la limpieza del buzón del hipocampo tiene lugar sobre todo durante una fase del sueño cuya función hasta ahora no estaba clara, la fase 2 del sueño no-REM. La mitad del tiempo de sueño transcurre en esta fase, explicó Walker, y "no podía creer que la naturaleza dedicara tanto tiempo a algo sin motivo".

Poema casi inédito de Larmig

Tras algún tiempo en que abandoné su búsqueda, por fin he dado con el último poema de Luis Antonio Ramírez Martínez y Güertero, más conocido por su acrónimo Larmig, "Querellas del vate ciego" o, como lo llamaba Gaspar Núñez de Arce, a quien se lo leyó antes de suicidarse, "La hija de Milton", pp. 291 – 311; hacia el final se nota que habla a la posteridad y a sus hijos, pidiendo perdón por lo que va a hacer:

I. Milton y su hija Débora.— II. La luz. — III. Gloria.— IV. Infidelidad.— V. Revolución inglesa (1642-1660). — VI. El Paraiso perdido.- VII. ¡Cinco libras esterlinas!. — VIII. Adiós á la patria. — IX. Desaliento. — X. El llanto de Débora. — XI Al destierro. — XII. Conclusión.


I


El tibio resplandor de la alborada
se extiende por los términos del cielo
y traspasa la lóbrega y pesada
niebla, que entolda de Bretaña el suelo.

En el brazo de Débora apoyado
un ciego de canosa cabellera,
con insegura planta, de un collado
desciende de la mar a la ribera.

Es el cantor de la celeste guerra,
del bien perdido, del castigo eterno,
de la primera culpa de la tierra,
de la primer conquista del Averno.

De Débora los dulces claros ojos
son del azul del cielo refulgente;
guardan sus esmaltados labios rojos
perlas abrillantadas del Oriente.

Es cual la flor de la mañana pura,
como ensueño de amor es hechicera;
la dio el sauce su lánguida tristura,
la dio su gentileza la palmera.

Tiene del cisne erguido el albo cuello,
levantado es su pecho, su pie breve;
desciende en rizos de oro su cabello
desde la sien de inmaculada nieve.

Atesora su cándida hermosura
más que terrenas, celestiales galas:
es un ángel venido de la altura
que tan sólo al bajar perdió las alas.

Besa la falda del agreste monte
que Débora y su padre están bajando
el espumoso mar; en su horizonte
las velas de un bajel se van alzando.

No empavesan la nave misteriosa,
ni flámula ni insignia ni bandera
y el gobernalle rige a la arenosa
playa do Milton con afán la espera.

El seno maternal de la Bretaña
se apercibe a dejar que, en los combates
vencido, va a pedir a tierra extraña
asilo do librar lira y penates.

Y mientras llega la nadante quilla
cuyas pomposas lonas hinche el viento
a la desierta y nebulosa orilla,
del vate oíd el apenado acento:

II.

«Del sol la etérea, la fecunda llama
iluminando la celeste esfera
júbilo y vida por doquier derrama
en su triunfal espléndida carrera.

Himno ferviente al Hacedor entona
la humanidad y olvida sus pesares
cuando del sol la vívida corona
se desprende del fondo de los mares.

Abre la flor sus hojas virginales,
trinan las aves, plácido se agita
el pez entre los móviles cristales
y del orbe la máquina palpita.

»¡Ay del que como yo desventurado
no rinde al regio sol digno tributo
y vive en este mundo condenado
a noche eterna y perdurable luto.

¡Con qué belleza para mí tan triste
la estación germinal de los amores
en mi arrobada mente se reviste
con sus galas de arroyos y de flores!

Ya me figuro ver mieses doradas
que al afanado labrador consuelan,
ya las ramas del bosque entrelazadas
a do las aves a arrullarse vuelan

o la diáfana gota de rocío
que el puro cáliz de la rosa embebe
o, en el silencio del invierno frío,
las deslumbrantes sábanas de nieve

o ya las olas de la mar henchidas
que amenazantes a la playa llegan
y obedeciendo a leyes no sabidas
con murmurio imponente se repliegan...

¿Quién no adora el poder almo y fecundo
de la sabia y divina Providencia?
¿Quién puede, inerte, contemplar el mundo
con ojos de insensible indiferencia?

¡Oh padre de la luz, astro de fuego!
Si en el templo brillante de tu gloria
no te puede admirar el vate ciego,
te admira en el altar de su memoria

y, si mis muertos ojos un instante
se volvieran a abrir y a ver el día,
¡con qué placer mirara tu semblante,
hija del corazón, Débora mía!

III.


Con áspero rigor desde mi cuna,
sin que un momento de oprimirme ceda,
a sus plantas me tiene la Fortuna
bajo la pesadumbre de su rueda.

Vi al cantor de Julia y de Romeo
pobre bajar a su inmortal ocaso,
visité en su prisión a Galileo,
lloré las penas que lloraba el Taso.

Lira que canta, corazón que gime.
no hay pensamiento grande que no sea
hijo de un gran dolor. Dolor sublime
a los Homeros y Cervantes crea.

Cuando esas sombras del sepulcro evoco
insensato mi orgullo lisonjeo:
la aspereza del mundo es lo que toco,
la gloria universal lo que deseo.

¿No se podrá dejar alta memoria
sino con propias lágrimas regada?
¿En el sagrado alcázar de la gloria
sólo a la desventura dan entrada?

IV.

Yo era gallardo, joven y valiente.
Este alarde perdona al pobre anciano
de temblorosa voz, arada frente,
escasas fuerzas y cabello cano.

Idolatré la pérfida hermosura
de quien no debo pronunciar el nombre,
con toda la vehemencia y la ternura
que amor, sólo el amor, inspira al hombre.

Y, si quieres saber cuánto la amaba,
recuerda, hija del alma, el tierno canto
que trémulo mi labio te dictaba,
y veces mil entrecortó mi llanto

cuando describo la mujer primera,
víctima ya de la serpiente astuta
que incita a Adán risueña y placentera
para que coma la vedada fruta.

¡Cuál se estremece Adán! — Llegó la hora
que el ánimo le inunda de amargura
de abandonar a la mujer que adora
o renunciar a la eternal ventura.

Y ni llega a dudar. No es que le mueva
de ser Dios el soberbio pensamiento,
es que no quiere separarse de Eva,
y así prorrumpe con sentido acento:

"Sin ti la dicha, con tu amor la muerte...
Te pierdo si a mi Dios sigo sumiso;
no, no vacilo: partiré tu suerte
¡qué fuera sin tu amor el Paraíso!"

Y ese triunfo de amor nunca igualado,
que no cantó más lira que la mía,
ese amor, cuanto inmenso desgraciado,
ese infinito amor yo lo sentía.

De mi cariño el consagrado nudo
una mujer rompió. — ¡Mujer siniestra! —
¿Qué importuna piedad tuvo el agudo
hierro que alzó mi justiciera diestra?

La angustia que de entonces me acompaña
me seguirá lo que mi vida dure.
Heridas hay que el tiempo no restaña,
ni bálsamo se encuentra que las cure.

Se perdona la ofensa del extraño
y, con la ofensa, al ofensor se olvida;
pero ¿quién borra el indeleble daño
del desamor de la mujer querida?

V.

Cuando sumido en mi aflicción estaba,
en el aire vibró clarín guerrero;
desolada mi patria me llamaba,
volé a su voz y fulminé el acero.

Luchaban esforzados capitanes
en fratricida y obstinada guerra;
fue otra lucha de Dioses y Titanes
que conmovió los ejes de la tierra.

Ensañadas las huestes combatían,
y su nombre de hermanos olvidaban:
el derecho los unos defendían,
la libertad los otros proclamaban.

Vístese el rey con la bruñida malla
y a defender acude su corona,
truécase el reino en campo de batalla
y un combate con otro se eslabona.

Mas reducen al rey a cautiverio,
en cárcel su palacio se convierte ;
y mientras llora su perdido imperio
el Parlamento le condena a muerte.

¡Ah! Bien recuerdo su figura esbelta ,
su negro traje, su mirar severo,
su adusta faz, su cabellera suelta
y su paso pausado y altanero.

» Los que al cadalso a Carlos conducían
llevaban los sombreros en la mano;
asustados esclavos parecían
pendientes de la voz de su tirano.

Del tablado fatal subió las gradas
con firme y desdeñoso continente
y, clavando en el pueblo sus miradas,
cruzó las manos y dobló la frente.

Impenetrable máscara el semblante
del verdugo de Carlos encubría
y, mirándole el Rey un breve instante ,
dijo con entereza y energía:

"La justicia que el rostro se recata
ha perdido la paz de la conciencia;
su cobardía y su maldad delata
y en alta voz proclama mi inocencia".

Se inclina al tajo, con su diestro brazo
da la señal de herir y, con presteza,
exánime y sangrienta, de un hachazo,
rueda sobre el cadalso su cabeza.

Derrocada la patria dinastía
del rey desventurado con la muerte,
desbórdase rugiendo la anarquía;
la enfrena el Protector con mano fuerte.

Seguí constante la segura huella
del vencedor, indómito caudillo;
deslumbró al universo de su estrella,
jamás contraria, el victorioso brillo.

Atónitos los pueblos admiraban
su fiero ardor, su austeridad sombría;
sus escuadras los mares fatigaban
y su ejército fiel siempre vencía.

Él de la libertad ornó las sienes
con el laurel de inmarcesible gloria
y de su mando los fecundos bienes
con letras de oro grabará la historia.

Pero, no bien a la insaciable tumba
de la presente edad baja el coloso,
tiembla, se desmorona y se derrumba
su alcázar con estruendo pavoroso.

Y la nación, que se juzgó salvada
por la sangrienta mano del verdugo,
hoy, de su libertad ya fatigada,
se amarra dócil al antiguo yugo

y, tras de tanto sacrificio acerbo,
el derrocado trono restablece.
El pueblo quiere ser déspota o siervo;
ama la libertad y la envilece;

mañana desatiende al que hoy escucha;
al ídolo de ayer ora desprecia;
goza en las emociones de la lucha;
las ventajas del triunfo menosprecia.

¿Qué pensarás, monarca restaurado,
del pueblo que a tus pies llega anhelante?
¿Qué dirás al oír alborozado
a tu arribo feliz salva triunfante?

¿Cuándo la voz del pueblo es voz del cielo?
¿Cuando escarnece al rey y le destrona
o cuando, ardiendo en entusiasta anhelo,
llama al hijo y le vuelve la corona?

Soberano infeliz, Carlos primero,
si aún tu espíritu vaga por el mundo,
mira de hinojos a tu pueblo fiero
ante su nuevo rey Carlos segundo.

VI.

Tanta escena de horror y tanto crimen,
tanta desolación y estragos tantos
profundas huellas en mi pecho imprimen
y hallan ecos terribles en mis cantos.

El eco que repiten las montañas
con sonido doliente y prolongado
en sus abiertas cóncavas entrañas
es confuso, incompleto y apagado;

pero el eco del alma no aminora:
concento que repite lo engrandece,
con nuevas vibraciones lo avalora
y con sentidas notas lo embellece.

Pulso las cuerdas de la hebraica lira,
la tempestad flamígera me alumbra,
la sacra musa de Sïon me inspira
y a las regiones célicas me encumbra.

Y describo batallas estridentes
de grandeza sin par, de eterno duelo,
que son el bien y el mal los combatientes
y el campo de batalla el mismo cielo.

Trazo el hórrido golfo del Averno,
de Satán la fatídica figura,
su indomable altivez, su afán eterno
de vengarse de Dios y de su hechura.

Vuela al Edén el pérfido enemigo,
ve la mansión de bienandanza llena,
y tiembla de furor. ¡Qué más castigo
para el malvado que la dicha ajena!

De fresca gruta en la apacible sombra
contempla a los humanos moradores
que, reclinados en la verde alfombra,
hablan de sus dulcísimos amores.

Y es que no por temor que a Dios adora
Adán por gratitud. ¡Su dicha es tanta!
No es su oración la que demanda y llora,
es la oración que glorifica y canta.

De la envidia las olas de veneno,
de la venganza las airadas nubes
se agolpan y agigantan en el seno
del que fue el luminar de los querubes,

y audaz emprende... Mas, ¿a qué repito
el que en largas veladas te he dictado
épico libro, por tu mano escrito,
y en tu sencillo corazón grabado?

Del Edén la tragedia misteriosa,
en que la fe resuelve el gran problema,
llave de nuestra vida dolorosa,
lego a la humanidad en mi poema.

VII

¡Qué irrisoria del vate es la corona!
¿Qué importa que su cántico se admire,
si con desdén el mundo le abandona
y de hambre en un rincón deja que espire?

Pronto de pan mendigará un pedazo
quien ostenta la délfica diadema
y pagan al verdugo cada hachazo
más de lo que me vale mi poema.

Si fuera el interés el móvil solo
del calumniado corazón del hombre,
¿quién en el templo del ingrato Apolo
mármol buscara do grabar su nombre?

Mas nuestro corazón responde y late
a impulsos altos de divina esfera:
¿no marcha el héroe impávido al combate?
¿No va tranquilo el mártir a la hoguera?

Nunca anhelé subir de la riqueza
al palacio de techo artesonado,
ni me placen el ocio y la pereza
del torpe y sibarita potentado.

Y fuera yo el mortal más venturoso
si pudiera en Albión vivir tranquilo,
y habitar, ni envidiado ni envidioso,
de la sobria virtud en el asilo.

Pero estar en continuo desosiego
y fatigando espíritu y materia,
llegar a la vejez y hallarse ciego,
fugitivo y sumido en la miseria,

anonada, enloquece. En mi demencia
indigno y criminal me juzgo a veces
cuando me hace apurar la Providencia
el cáliz del dolor hasta las heces.

VIII.

Hoy me destierra de los patrios lares
implacable y crüel suerte enemiga
y, en suelo extraño, allende de los mares,
hogar y pan a mendigar me obliga.

Verdes colinas, arroyuelos claros,
prados amenos do jugué de niño,
parece que, en el punto de dejaros,
mi corazón os tiene más cariño.

Tierra donde rodó mi humilde cuna
¡cuál me cuesta arrancarme de tus brazos!
¡Ojalá que, propicia la fortuna,
junte a tus hijos en fraternos lazos !

Adiós, tierra natal, suelo querido.
Oye el postrer adiós del vate ciego:
tu desdeñosa ingratitud olvido
y al Ser Supremo por tu dicha ruego.

IX.

La reina del espacio, la sagrada
ave de Jove, emblema de la guerra,
que anida por las nubes circundada
en los montes más altos de la tierra,

el águila, que en yugo incontrastado
a todo el reino de las aves tiene
y que cierne su vuelo sosegado
sobre el Cáucaso, el Atlas y el Pirene,

si luengo tiempo prisionera gime
tras angustioso padecer sombrío
mirando la cadena que le oprime,
su cuna olvida y su arrogante brío

y no sabe (sus fuerzas agotadas
en enervante y lánguido desmayo)
cómo extender las alas enarcadas
para volar a la región del rayo.

Así se olvida el alma, de este suelo
encadenada en la prisión oscura,
que más allá del estrellado velo
se encuentra su región y su ventura,

y, según se prolonga la existencia,
cual flor que se deshace hoja tras hoja,
de la paz , del amor, de la inocencia
y hasta de la esperanza se despoja.

Crece la vida y la desdicha crece
y se empieza a dudar si Dios es justo
viendo que la virtud ora y padece
y sube el vicio a tribunal augusto.

¡Ah , cuántas veces el delito lleva
del ínclito poder a la alta cumbre,
como del fondo de la mar eleva
al cadáver su misma podredumbre!

y, hundidos en inerte desaliento,
no tenemos los míseros humanos
ni a quién alzar el desmayado acento
ni a dó tender las suplicantes manos.

Marchítase la fe, la duda brota
y va asolando cual hirviente lava;
y hasta el anhelo del placer se agota
y hasta el instinto de vivir se acaba.

X.

La condición mortal de nuestra vida
es el don más precioso de la suerte;
no con temor imbécil me intimida,
antes con avidez llamo a la muerte.

Pero ¿te hago llorar? ¡Hija del alma!
Oyendo estoy tu congojoso aliento;
lloras, sí, y es por mí; tus penas calma,
que más tu lloro que mis males siento.

Comprendo bien tu queja lastimera,
amor me prueba tu inocente llanto
y, mientras haya un alma que nos quiera,
la vida tiene objeto y tiene encanto.

Quiero vivir, pero vivir contigo,
y aprecio tanto tu filial ternura
que desdeño mis penas si consigo
no darte por herencia mi amargura.

Cuando cubra la tumba mis despojos,
cuando engrandezca el tiempo mi memoria,
en el cristal de tus azules ojos
con viva luz reflejará mi gloria.

Eres, Débora, el aura de bonanza
que en primavera el manantial deshiela,
el ángel celestial de la esperanza
que acompaña al dolor y le consuela.

¡Te hará gemir el que te debe tanto!
¡Oh, déjame enjugar tu rostro hermoso!
Fueran tus penas mi mayor quebranto;
sé tú feliz, y me verás dichoso.

XI.

El bajel, de la orilla ya cercano,
ancla y bota a la mar lancha ligera
que, encomendada a la robusta mano
de hábil remero, atraca a la ribera.

Entra en el bote el ciego desvalido
y Débora tras él rauda se lanza;
boga la lancha al barco detenido
y en instantes brevísimos le alcanza.

De nuevo el barco su derrota emprende
dejando alrededor montes de espuma,
el seno de la mar ligero hiende
y desparece entre la densa bruma.

XII.

Los que sabéis que el alma atribulada
necesita de Dios en sus dolores,
y no cerráis del corazón la entrada
de la ajena desdicha a los clamores,

venid, venid a mí, y si os contrista
el lamentar del inspirado ciego,
a las alturas dirigid la vista
y al Ser Eterno compasivo ruego:

¡Que amanse su furor el oceano!
¡Que no se nuble la polar estrella!
¡Que Dios proteja al venerable anciano!
¡Que ampare Dios a la gentil doncella!

Post 1501

Parece etiquetal de coñac; no lo voy a cerebrar con sopa de ojo: el rey lagarto está harto (de lagrimorios, como el de Lorca). Mala leche tengo, porque donde vivo es difícil serenarse con tanta condensada serenata; me deja sonado más el estañido de las campanas que al muy Jorobado de Nuestra Señora; tengo paredaña la iglesia de la Merced y no hay mejor despertador de siesta, cuando haberla puedo, que misa de seis; con mi insomnio es peor; uno lo que hace es levantarse y ensuciar el disco puro del ordenata o envolverse en adúcar como un mariposón muerto que espera su metamorfosis en gusano, poniendo las manecillas en este reblog global. Todo sigue igual: los sábados maridos transfieren una cantidad apreciable a la cuenta de cariño de sus mujeres, ahijados y asobrinados; concelebran el acto (de la inclusión); vivir en el acto uno podría, incluso en el tacto, y dejar acta de su nacimiento, que no defunción, con cara de hijo y no de pocos amigos. También podría forjar poesía, hacer bailar la forma del fuego con todas sus plumas.

domingo, 21 de febrero de 2010

Un ciudarrealeño escritor, Carlos Carnicer



Carlos Javier Carnicer García (Ciudad Real, 1963), profesor de Historia en un instituto de enseñanza secundaria de Ciudad Real, escribe habitualmente artículos y reseñas en la revista La Aventura de la Historia. Es coautor de los libros Sebastián de Arbizu, espía de Felipe II. La diplomacia secreta española y la intervención en Francia (Nerea, 1998), Espionaje y traición en el reinado de Felipe II. La historia del vallisoletano Martín de Acuña (Diputación de Valladolid, 2001) —que recibió el Primer Premio de Investigación Diputación de Valladolid 1999— y Espías de Felipe II. Los servicios secretos del Imperio español (La Esfera de los Libros, 2005). Forcada. El secreto de la Reina Virgen, fue su primera novela y el inicio de una saga de la que La cruz de Borgoña constituye el segundo volumen. También ha escrito Vivir en El Escorial.

Periódicos

Leo habitualmente El País en Internet, pero compro cuando puedo el Abc, que es el periódico, junto con El Mundo, mejor escrito; estoy habituado a los jeroglíficos de Erasmo, pero me cuesta quedarme sin mi ración de los columnistas de Abc y sin mi articulito de Millás, al que soy adicto confeso, como gran número de españoles que sólo por eso compran El País, que otras veces vierte cosas de Savater, de Vargas Llosa y otros capullos; en el suplemento destaca la Cristina Hendricks debajo de una Miss Celulitis; quien haya oído además su voz de terciopelo tocando el acordeón en Mad Men sin duda la habrá alzado a posición muy alta en su lista de obsesiones libidinosas. Por demás, uno lleva desde los años ochenta soñando, no sé sabe por qué, con los años cincuenta como una edad de oro, y no sueña, como pudiera ser más normal, con el siglo XIX, con el que está tan familiarizado; no sé sabe por qué, los sueños históricos de cartón piedra no abundan demasiado en el subsconsciente.

Shutter Island, de Martin Scorsese

La parte ilustrada sobresale con mucho; escenarios, ambientación son formidables; se nota el genio visual de Scorsese. Pero el pobrecillo Leonardo di Caprio, que hace lo que puede por destacar en un marco incomparable, no da la talla, aunque se esfuerza -llegó a deprimirse seriamente en el rodaje, ya sé por qué- para un papel que hubiera necesitado los servicios, cuando menos, del Anthony Hopkins de Magic, esa obra maestra que nadie recuerda, precursora del más conocido El silencio de los corderos. El motivo es muy simple: Leonardo di Caprio no sabe de lo que interpreta, no tiene suficiente caos dentro; pero Hopkins sí, le sobra. Por lo demás, los europeos, los dos siquiatras mayores, están eminentes, Ben Kingsley y Max von Sidow; sólo hay que ver cómo le comen la escena: se lo meriendan con patatas. Por Dios que ver a di Caprio luchando inútilmente contra sus limitaciones como actor es tan divertido como ver a Matt Damon haciendo lo mismo en El talento de mister Ripley, sólo que a Damon se le nota que puede progresar y crecer como actor, a Di Caprio, no; este papel le viene grande, como camisa de once varas; habrá que verlo en la nueva propuesta de Nolan, Inception, que esá prevista para junio, y que tiene visos de ser más de lo mismo.

Merece verse, pero una propuesta narrativa como esta de psicodrama metaficcional parece ya un poco fuera de lugar; la película hubiera tenido mejor formato en videojuego de aventura gráfica, no más; el guion intenta adornarlo todo con una cierta trascendencia para pedantes, pero no, hay algo dentro de la estructura que no funciona, aunque el talento indudable de Scorsese esconde ese punto débil tan bien que consigue salvar la película y uno se queda después con la memoria impresa y visual, ahogada, de esa isla cerrada sobre sí misma, triste, antigua, angustiosa, fatal...

sábado, 20 de febrero de 2010

Dioses con hambre

La idea de Dios me inspira cierta ternura; uno se lo querría llevar a la tumba, como tantos otros juguetes que le han servido para entretenerse en su infancia mental; como otros lenitivos y placebos, nos sirvió, nos sirve para mantener la cordura y una cierta cohesión social, una ilusión de orden y rebaño en este universo desangelado y desanimado, puro mecanicismo, a que condujo la gran alienación del racionalismo burgués.

Hace tiempo estudié las supersticiones, ese caudaloso depósito de mitologías olvidadas, de humanidades y divinidades desdeñadas, en busca de monstruos para mi colección; en el estudio de los fantasmas, del que queda el artículo de Wikipedia que reformé y terminé por redactar casi por entero, concluí que su origen era el mismo de la religión, acrecido por todo tipo de prejuicios cognitivos; en el fondo la aparición laica no es tan distinta de la hierofanía religiosa; un infantil deseo de perdurar, de duplicarse y de reduplicarse, de germinar en lo otro, de justificar la permanencia del ego en medio de la segunda ley de la termoninámica. Feuerbach ya lo dijo sin duda mejor en sus Pensamientos sobre la muerte y la inmortalidad; de él me quedé siempre con ese verso, "solamente una vez es todo verdadero". Pero en ese cabalístico estudio, en que intentaba desacreditar lo desacreditable de tales supersticiones, una clase en concreto de fantasmas, de entre tan larga y curiosa galería, capturó mi atención, junto con los sin cara: la de los fantasmas hambrientos, constantes en gran número de culturas; el hambre, tan humana, caracteriza a los dioses con devastadora frecuencia. Como dice el Prometeo de Goethe, uno de los poemas que prefiero de la literatura occidental,

¡No conozco nada más míserable bajo el sol
que vosotros, dioses!
Pobremente nutrís
con sacrificios
y aliento de oraciones
vuestra majestad,
y moriríais
si pordioseros y niños
no enloqueciesen de esperanza.

¡Y, cuando era niño
no sabía por qué la mirada
volvía al sol, extraviada,
como si alguien hubiera allá arriba
que oyera mi lamento
y hubiera un corazón que, como el mío,
sintiera pena por el que sufre!

Los fantasmas asumen ese hambre; los gaki japoneses, los espectros que comen polvo de la escasamente primitiva, para ser tan antigua, Epopeya de Gilgamesh. o los hindúes del Garuda Purana. Estos fantasmas no roen el alma, sino el cuerpo, de la misma manera que nosotros nos merendamos a Cristo o los antiguos se comían los sacrificios ceremoniales, o de la misma manera que Cronos, ese antiguo dios, se comía a los dioses modernos antes de que le cortaran los cojones (que es mucho cortar).

Estos dioses con necesidades perentorias y diarias son tan humanos que no pueden ser dioses; por lo parecido que es, comer está emparentado con y es opuesto a parir, comer es matar, o más exactamente encarnar o reencarnar; un devorador de dioses es un dios él mismo, para un pensamiento exclusivamente material o imaginativo, que es el que estoy asumiendo ahora; cada mito es una imagen, no una abstracción; Zeus/Júpiter está representado por el águila porque las garras simulan la estructura vista del rayo celeste, las plumas las nubes, los ojos el sol y la luna mixtos en tormenta.

Planicies y cumbres

Jesús Ferrero, "Más perdidos que el Quijote y Emma Bovary", El País, 19-II-2010.

Internet está cambiando las leyes de la narración, y si toda narración aspira a crear sentido, Internet estaría cambiando las leyes del sentido (que significa dirección y destino).

Estamos presenciando el canto de cisne de la literatura pensada para ser reproducida según el modelo Gutenberg, que ha sido el más determinante de nuestra cultura durante medio milenio. ¿Ahora lo es?

Nos hallamos en una frontera de naturaleza tan movediza, y tan de arenas movedizas, que genera cierto vértigo, un vértigo que puede conducirnos a grandes trastornos de identidad y que va a producir (lo está produciendo ya) un gran dolor cultural, como vaticinó McLuhan. En momentos así todo son gritos de un lado y de otro y no hay manera de entenderse. Los hay que rezan por la desaparición del libro y lo proclaman con extraña arrogancia por todos los ámbitos que pueden y los hay que gritan que el libro nunca va a desaparecer.

Seamos razonables, es evidente que el ordenador y el libro conviven y convivirán. Eso no es lo determinante: lo determinante es preguntarse qué pesa más en nuestra cabeza, y muy especialmente en la cabeza de los más jóvenes ¿el "discurso" (y "discurrir") digital o el discurso de los libros? ¿El mundo que están configurando las técnicas digitales o el que ha ido configurando la imprenta? Porque si resulta que en la cabeza de los jóvenes pesa más el universo digital que el impreso, la cultura digital ya estaría por encima de la gutenbergiana, una cultura digital que tendría además el poder de determinar y modificar, a partir de este momento, toda la cultura gutenbergiana anterior (al erguirse como un medio más poderoso y funcional) y de cambiar profunda y "llanamente" todo el sistema de valoración anterior y la naturaleza de sus jerarquías.

Decía Barthelme que las grandes ideas sólo son grandes debido a la inflación que la cultura ha ejercido sobre ellas. La cultura de la imprenta ha llevado a cabo un largo proceso de inflación sobre determinados pensadores y escritores de nuestro mundo, creando un sistema de valoración que si bien se iba modificando con cada generación mantenía ciertas constantes. Muchos de los autores que la cultura que me engendró consideraba valiosos cuando yo era adolescente, no han perdido demasiado valor desde entonces. ¿O sí? A veces basta con prestar atención, en el autobús, a las conversaciones telefónicas de sujetos pertenecientes a las últimas generaciones para percibir, cuando hablan de libros o de cine, otro sistema de valoración (más amplio y más plano) y otro sistema de jerarquías, vertiginosamente nivelador e igualador.

Es el problema del universo digital, un universo que representa un poco las grandes planicies semánticas que soñaba la Escuela de París, así como la criba de todos los valores y jerarquías engendrados por el "poder" tal como lo entendía Foucault, y que atañe tanto al universo de la política como al de la cultura. La información no aparece jerarquizada y diríase que toda ella tiene el mismo nivel al ocupar, como quien dice, el mismo plano o la misma planicie de información. Puede que las cimas de antes (los grandes padres del saber que figuraban en todas las historias del pensamiento y la literatura) no hayan perdido altura en sí, pero ahora se hallan en medio de unas planicies de información tan extensas y tan ajenas a los sistemas jerárquicos anteriores que apenas se percibe su elevación. Da la impresión de que desde el Renacimiento no se llevaba a cabo un proceso tan vasto y tan claro de nivelación y de igualación, y como el Renacimiento fue el movimiento que trajo consigo la imprenta, debe pensar que el proceso de igualación que ya estamos sufriendo sólo resulta comparable al que generó la aparición de la imprenta y el comienzo de la era Gutenberg.

A veces es imposible evitar cierta melancolía cuando nos asalta la sospecha de que nos hallamos ante un mundo que está dejando paso a otro, y que el proceso de nivelación, de desarticulación de las jerarquías y de diseminación de la cultura es ya imparable. Pero la melancolía no lleva a ninguna parte y es preferible preguntarse dónde está el problema.

En la tesitura en la que nos encontramos, lo importante no es que el libro digital se llegue a imponer o no, ya que el libro digital es en sí mismo otro ordenador que calca del computer habitual todo su sistema reproductivo y toda su velocidad, lo determinante es el nuevo modelo valorativo que está imponiendo el universo digital, y muy especialmente en los que ya han nacido con él y en él. De las cordilleras contrastadas que dibujaba el universo Gutenberg estamos pasando a las casi infinitas planicies igualitarias de Internet, donde tenemos que movernos como jinetes nómadas, y donde las narraciones tienden a ser mucho más breves y automáticas que en los libros.

En su papel más positivo, estas narraciones (y todo en Internet son "narraciones" de una u otra naturaleza) podrían generar y están generando ya una nueva forma de condensar e informar, así como una alteración en las maneras de argumentar y organizar los elementos narrativos, pero en su valor más negativo podrían producir una narrativa flácida y simplemente basada en la acumulación de materiales, así como una banalización general de la cultura y de todos sus productos, desde los más ordinarios a los más sublimes, descomponiendo y desintegrando definitivamente todo el sistema de valores y jerarquías que nos legó la era Gutenberg y las castas dominantes que la representaron. En toda cultura en movimiento, los procesos de nivelación profunda y general tienden a darse periódicamente, y siempre que aparecen, no sólo traen con ellos nuevos artefactos para la difusión de ideas, también traen con ellos su tabla rasa y su máquina de arrasar y aplastar montañas, sin olvidar que cambios como los que estamos experimentando suelen ser la causa del desmoronamiento de muchas industrias que vivían del sistema reproductivo anterior. Del sólido Himalaya gutenbergiano estamos pasando a las oscilantes llanuras digitales.

Internet es el nuevo Moloch. Cuando te das cuenta del sistema nivelador que te va metiendo en la cabeza ya es demasiado tarde. A partir de ese momento comienzas a percibirlo todo de otra manera. De ver el mundo como una cordillera, pasas a verlo como un infinito mosaico romano, donde toda profundidad es profundidad simulada, ya que todo se halla sobre el mismo plano material. El mundo se tambalea, se alteran los niveles y las jerarquías, caen ídolos de barro que tú creías de bronce... De pronto, algo más de un siglo después de Nietzsche y de Wagner, empiezas a presenciar un nuevo crepúsculo de los dioses y a experimentar una cierta sensación de pérdida.

Hay gente que se está perdiendo en el mundo de la red, y a la que le resulta difícil separar el mundo real del virtual, pero eso ya ocurrió con la imprenta y el mejor ejemplo de esa pérdida es precisamente don Quijote, que acaba creyendo en el universo virtual de los libros de caballerías, un universo que don Quijote proyecta continuamente sobre la realidad, que sólo hace de pantalla problemática de las historias que ha leído en los libros.

También Madame Bovary vive en el universo virtual de las novelas románticas, si bien su historia amorosa le permitirá constatar que la realidad no acaba de parecerse a las fábulas novelescas, circunstancia que no le impide ser heroica hasta el final, empeñada en convertir su vida en un paraíso sentimental calcado de las historias que le han suministrado los libros. No otra cosa les ocurre a los que han sido abducidos por la virtualidad digital. Lo que equivale a decir que ya la imprenta creó su universo virtual y que lo único que ocurre es que ahora nos hallamos ante una virtualidad diferente, más líquida, más vasta y más plana. Dicho con otras palabras que engloban las tres definiciones anteriores: más oceánica.