miércoles, 24 de marzo de 2010

Zapatillas

A mi hija Paloma le gusta Zapatillas, un tema de El Canto del Loco:

Estoy cansado de salir de noche
y ver siempre a la misma gente,
y estoy flipando de que la gente
se invente, cuente y, luego, reinvente.
Apoltronado en el sofá de mi casa,
vente, se está caliente:
amaestrados vamos al mismo sitio
todos, aunque luego ni entres,
alucinando de que me miren
de arriba abajo, como a un delincuente,
intoxicado de que me pongan
esa puta música indiferente.

Quiero entrar en tu garito

con zapatillas,

que no me miren mal al pasar:

estoy cansado de siempre lo mismo

y la misma historia: quiero cambiar.

Me da pena tanta tontería,

quiero un poquito de normalidad,

pero, a ver: mírame y dime, tronco.

No veo ni un sitio

y no puedo aparcar.

Estoy muy harto de que me digan:

"Si no estás en lista,

no puedes pasar,

sólo entran cuatro,

tenemos zona

supermegaguay

y nunca la verás".

Abarrotado,

hay aforo limitado

y toca esperar,

y nos han multado

y tu coche

se ha llevado

la grúa

municipal.

Quiero entrar en tu garito

con zapatillas,

que no me miren mal

al pasar,

estoy cansado de siempre lo mismo,

y la misma historia: quiero cambiar,

Me da pena tanta tontería,

quiero un poquito de normalidad,

pero, a ver, mírame y dime, tronco.

No veo ni un sitio y no puedo aparcar.

Ya has aparcado el coche

y ahora buscas lo del ticket de la hora,

y cuando vuelvas

a ponerlo

te habrán puesto

una receta

de recuerdo.

Quiero entrar en tu garito con zapatillas,

que no me miren mal al pasar,

estoy cansado de siempre lo mismo,

la misma historia y quiero cambiar,

me da pena tanta tontería,

quiero un poquito de normalidad,

pero, a ver, mírame y dime, tronco,

no veo ni un sitio... Quiero entrar

en tu garito con zapatillas,

que no me miren mal al pasar,

estoy cansado de siempre lo mismo,

la misma historia: ¡quiero cambiar!

Me da pena tanta tontería

quiero un poquito de normalidad,

pero, a ver, mírame y dime, tronco,

no veo ni un sitio

y no puedo aparcar.

Jorge. M. Reverte

Jorge M. Reverte, "Que me pidan perdón", en El País, 24-III-2010:

El cura Bolita era el más frecuentador de niños en las Escuelas Pías de San Fernando, un colegio religioso situado en la calle Donoso Cortés de Madrid. Su técnica era muy depurada: cuando algún niño enredaba, le sacaba a la pizarra y le interrogaba, delante de todos los demás alumnos, con una voz melosa que provocaba pánico. Luego, le rebuscaba en los bolsillos del pantalón para ver si encontraba cromos o canicas que confiscarle. Se entretenía en la tarea, buscaba como si esos bolsillos fueran infinitos.

El cura Laudelino no tenía esa manía. A Laudelino le gustaban otras cosas de los niños. Le gustaba torturarles. Por ejemplo, si había una pelea en el patio entre dos, ponía a un niño frente a otro (preferentemente si sabía que eran amigos) y les obligaba a darse guantazos de forma alternativa, sin que el que tenía el turno de recibir pudiera subir las manos para protegerse. Al principio, los niños se daban flojo, porque eran amigos. Y Laudelino les daba un guantazo como castigo por la flojera. Al cabo de tres o cuatro intercambios, los amigos se zurraban con el odio más profundo ante la sonrisa satisfecha de aquel cura que tenía las manos duras como palas de frontón.

No sé si Bolita llegaba a situaciones extremas, porque yo tenía la fortuna de contar con dos hermanos mayores en el colegio que conocían sus aficiones y dejaban caer sobre él sus miradas vigilantes.

Pero Laudelino no se cortaba con nada. Recuerdo, aún con dolor, cómo le subía a uno del suelo tirándole de las patillas, cómo propinaba patadas a un niño tumbado en el suelo. Tenía aquel tipo un largo repertorio de torturas que habrían servido de enseñanza a los honorables militares de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires. Que yo sepa, y me consta porque a lo largo de mi vida he conocido mucha gente, eso se hacía en muchos colegios religiosos de este país. Había abusos sexuales y torturas físicas. Y que yo sepa, nadie nos ha pedido perdón a los que sufrimos en aquellos tiempos semejantes asaltos.

De la Iglesia católica española todavía no se ha escuchado ninguna petición de perdón en casi nada. Lo que se ha narrado en estas primeras líneas no es nada comparado con otros pecados, como el de azuzar al régimen franquista contra los comunistas, los masones y los judíos, que podían ser asesinados porque España era católica o no era. Sobraban.

Y el pecado de silencio. ¿No supo nunca la Iglesia católica española que en la Alemania nazi se estaba exterminando a millones de personas porque pertenecían a una comunidad étnica, como los gitanos, o religiosa o cultural, como los judíos? Hay muestras más recientes de esos silencios, como el del clero vasco ante los asesinatos de españoles por patriotas de Euskal Herria.

La Iglesia española está esperando a que pase la tormenta, a que escampe, por ver si se olvida el largo rosario de atrocidades que se han cometido en su nombre, desde su jerarquía, contra tantos ciudadanos indefensos. Unas veces, por ellos mismos, otras veces por sus fieles seguidores, que les pagaban con prebendas magníficas sus servicios. Franco les dio el monopolio de la fe, por ejemplo.

¿Es mucho pedir que nos pidan perdón? Ya veremos si se lo concedemos, pero les toca a ellos, a Bolita, a Laudelino y a todos los demás.


martes, 23 de marzo de 2010

Mi Historia de la literatura castellano manchega echa a rodar

Grotesca ambición la mía, pero ya no hay remedio. Tengo redactado el capítulo del siglo XIX y he empezado a elaborar el borrador del consagrado a la Edad Media. No tengo prisa, porque me lo he tomado como un entretenimiento; como soy pionero en este trabajo, voy a proceder con rigor en lo necesario, pero mi propósito es no aburrir al lector y embutir pasajes significativos de los textos tratados, de forma que pueda leerse también como una antología de una literatura viva. Tendré que leer mucho, incluso obras de difícil adquisición, pero gran parte de esa dificultad la he allanado ya con la biblioteca que me rodea y sobre todo con la biblioteca virtual de Castilla-La Mancha y mis conexiones en Internet. Como es natural, cualquier colaborador está invitado a ayudarme; trabajo muy deprisa, porque he estado preparándome para esta tarea a conciencia desde hace bastante, tomando muchas notas.No me mueve sólo la afición: creo que una obra como esta podría venderse bastante bien, aunque sólo sea por lo chauvinistas que son los manchegos, aunque creo que se llevarán un chasco, si lo que pretendían es soplar su velamen nacionalista y mirarse infantilmente el ombligo; mis criterios son muy fríos, aunque también muy literarios; me preocupa la amenidad y los voy sorprender sacándoles una Mancha muy oscura, muy angustiada y muy universal que no conocen tanto como ellos creían.

De momento estoy acabando el borrador de la poesía medieval. Seguiré con el de la prosa y con el del teatro.

Las serranillas italianas de Carvajal

Carvajal o Carvajales es el más importante y fecundo
de los poetas del círculo de Alfonso V el Magnánimo,
en el Cancionero de Estúñiga;
sus serranillas son muy galanas,
aunque no se les hace mucho caso
por ser un autor italianizado
que también escribia en el idioma
de Petrarca. Véanse así sus serranitas italianas:

Entre Sessa et Cintura,
cazando por la traviessa,
topé dama que deesa
parécela en l'ermosura. . .
¿Soya humana criatura?
Dixe, et dixo non con priessa:
—Sí, señor, et principessa
de Rossano, por ventura.

Passando por la Toscana,
et entre Sena et Florencia,
vi dama gentil galana
digna de grand reverencia;
tenía cara de romana,
tocadura portuguesa,
el ayre de castellana
vestida como senesa.. .

Viniendo de la Campanna,
que ya el sol se retraía,
vi pastora muy lozana
que el ganado recogía,
cabellos rubios pintados,
los bezos gordos, bermejos,
ojos verdes et rasgados,
dientes blancos et parejos...

El pollo que cruzó la carretera

¿Por qué el pollo cruzó la carretera?



- PROFESOR DE PRIMARIA: Porque quería llegar al otro lado.

- PLATON: Porque buscaba el bien.

- ARISTÓTELES: Está en la naturaleza de los pollos cruzar la carretera.

- MARX: Era una inevitabilidad histórica.

- SADAM HUSSEIN: Fue un acto de rebelión no provocado y el que lanzasemos 50 toneladas de gas nervioso estuvo plenamente justificado.

- RONALD REAGAN: Se me ha olvidado.

- Miguel de la Quadra: Para ir donde ningun pollo ha llegado jamás.

- HIPÓCRATES: Debido a un exceso de humores en su páncreas.

- ANDERSEN CONSULTING: La desregulación del lado de la carretera del pollo amenazaba su posición dominante en el mercado. El pollo se enfrentaba a importantes retos para crear y desarrollar las competencias necesarias para encarar la competitividad del mercado. Andersen Consulting, en una relación de socio con el cliente, ayudó al pollo rediseñando su estrategias de distribución física y procesos de implantación. Empleando el método de integración avícola (MIA), Andersen ayudó al pollo a emplear sus habilidades, metodología, conocimiento, capital y experiencias para alinear a la gente, procesos y tecnología del pollo en el apoyo de su estrategia global dentro de un marco de trabajo de Gestión de Programas. Andersen Consulting convocó un equipo multidisciplinar de analistas de carreteras y a los mejores pollos que, junto con consultores de Andersen con profundas habilidades en la industria del transporte, abordaron durante dos dias una serie de reuniones al objeto de apalancar su capital personal de conocimiento, tanto explícito como implícito, y de permitirles obtener sinergias entre sí para conseguir las metas implícitas de la entrega y diseño exitoso e implementando un marco de valores de empresa a través del continuo de procesos avícolas. Las reuniones se mantuvieron en un entorno que reproducía un parque, posibilitando y creando un entorno de alto impacto que estaba estratégicamente situado, centrado en la industria y elaborando un mensaje consistente, claro y único frente al mercado, alineado con la misión, visión y valores principales del pollo. Esto condujo a la creación de una solución integradora de negocio total.
Andersen Consulting ayudó a que el cambio del pollo fuese mas exitoso. El pollo consiguio la certificación de AENOR de cumplir la norma ISO 9000. (Realmente, el pollo murió atropellado por tardar tanto en cruzar).

- JAVIER ARZALLUS: La carretera representa a los vascos. El pollo "cruzó" a los vascos para pisotearlos y mantenerlos sometidos.

- MARTIN LUTERO KING: Veo un mundo en el que todos los pollos serán libres de cruzar la carretera sin que sus motivos se pongan en cuestión.

- MOISÉS: Y Dios bajó de los cielos y le dijo al pollo: "Cruza la carretera". Y el pollo cruzó la carretera y todos se regocijaron.

- BILL CLINTON: El pollo no cruzó la carretera. Repito, el POLLO no cruzó la carretera.

- MAQUIAVELO: La cuestión es que el pollo cruzó la carretera. ¿A quien le importa el porqué? El fin de cruzar la carretera justifica cualquier motivo.

- FREUD: El hecho de que estés preocupado porque el pollo cruce o no la carretera revela tu inseguridad sexual.

- BILL GATES: Acabo de lanzar el Pollo Office 2000, que no sólo cruza carreteras, sino que pone huevos, archiva tus documentos importantes y cuadra tus cuentas.

- JOSE M. AZNAR: El poooollo va bien!!! El poooollo va bien!!!.

- DARWIN: A lo largo de grandes periodos de tiempo, los pollos han sido seleccionados naturalmente de modo que ahora tienen una disposición genética a cruzar carreteras.

- EINSTEIN: El si el pollo ha cruzado la carretera o la carretera se ha movido debajo del pollo depende de tu marco de referencia.

- BUDA: Preguntar eso niega tu propia naturaleza de pollo.

- HEMINGWAY: Para morir. Bajo la lluvia.

Poemas

He copiado aquí algunos poemas de mi libro inédito Zona tórrida, que no me molestaré en publicar. Son poemas ya muy viejos. Dejo en la estacada algunos que no han encontrado su forma, como "Así a Poe como a la poesía", "Sin ti era lo que sintiera", "Nadie lo diría" y "Mírame".

Incluso

INCLUSO


Sí, no estoy ausente esta mañana.
No soy el predicado verbal de mi mujer,
ni el atributo de este mundo,
ni el objeto sobre el que se posan los periódicos leídos ayer;
tampoco el constructo de prejuicios y manías que fabrica mi automática desdicha,
ni mucho menos el florero de la rosa y el cardo.

Sí: soy un corazón cabalgando,
el carro del que tiran mis hijos,
un latigazo, un altibajo de pulso sobre el horizonte.

Y si estoy aquí
incluso en el mundo,
es por algo
o por alguien;
aún sigo por el renglón de la calle

y de este verso,
y debo dirigirme a alguna parte de algún todo,

terminar de ausentarme
dibujándome en un plano
como si realmente algo le faltara,
abrir o seguir algún camino,
saltar alguna coma,

pasar página,
llegar a algún punto final.

Puedo controlar ese proceso,
puedo evaluar su resultado,
o puedo dejarlo conducir
por esa sociedad que me da los papeles de la herencia,
pero también los tributos.

Demasiado fácil es dar las riendas al tiempo,
prendernos de sus agujas
y caer concluso
sin haber vivido apenas otro mundo.

Á.R.

Café Guridi

CAFÉ GURIDI

La verdad está ahí fuera,

pero los que nos sentamos a tomar café flotamos
como notas de una música perdida;
no tiene melodía,
no tiene sentido,

pero tampoco lo tiene la calle,
un río interminable donde,
como al rey godo,
quizá me entierren un día.

Los acordes entre sí ignoran qué armonía los une o los separa.

Flotamos o quizá naufragamos en el café,

como moscas aturdidas por el frío.

Quién dirige la sinfonía, quién la compone, quién la escucha, qué importa, si las mismas notas no se pueden oír, si ignoran que retórica las une, que sentido se les da. Son preguntas que responde una escolástica sin importancia.

Porque fuera el silencio es infernal.

Á. R.

Qué cantar es ese

DONDE SE DESCUBRE (OTRA VEZ)
POR QUÉ CANCIÓN PREGUNTA ARNALDOS


"Hoy es siempre todavía...", A. Machado

"O tarde o pronto o nunca..." V. Aleixandre


Arnaldos sois todos los que la palabra buscan
del marinero que viaja sin destino:
vaya un imposible barco de nombre extranjero
y cuán desde luego enorme es su soledad.
Deshecho de repetir lecciones,
creo saber una respuesta
a qué canción el marinero cantaba:
ese mismo romance que hoy repetía.

Á. R.

Jaén

JAÉN


Todo había cambiado, pero vivo

y casi igual que mi recuerdo estaba:

el niño que yo era aún jugaba

con una leve sensación de olivo;


la misma calle y el jardín cautivo

que fragancias y espinas encerraba;

las sábanas que el aire alborotaba

y un perro que meaba despectivo.


El sol atronador en los tejados

y el monte y el castillo hacia lo lejos

pero mi madre no estaba allí, y los viejos


no la recuerdan. Hijos alejados

vagan por los parajes destrozados

a los que vuelven siempre los vencejos.

Á. R.

A Estanislao Bórnez, fallecido por leucemia

ESTANISLAO BORNEZ

¡Y cómo te recuerdo, triste y pálido chico,
consumida la entraña antes de ir a la muerte,
cómo Ícaro triste ahogado en el aire
arrojando las plumas de tus pobres papeles!

Y mirabas sin ver, y jamás preguntabas
pues quizá las respuestas te hallarían ausente
tan lejos de la vida como cerca del sueño
recogido en el seno de tus padres dolientes.

Tu voluntad luchaba contra un mal infinito
sin tener ni siquiera la esperanza más tenue;
para qué tanto esfuerzo, para qué tantos besos
si contados estaban tus latidos delebles.

Pero tú respirabas y a cada bocanada
te volvías el aire que en ti penetraba
del pupitre te hiciste un hermano callado
y dejaste un silencio que apenas ya me habla.

Poco tiempo nos mide esta carne que arde;
hoy creo que tu lucha tan perdida es la única
y me enorgullezco de traer tu memoria
al corazón que, triste, carga aquello que duele

Café solo

CAFÉ SOLO

Recogidos de noche
como carros de basura
o cual lo son los sueños,
desayunamos viendo
el hollín matutino
y los huecos espejos
que encristalan la aurora.
Por la calle circulan
coches de desconocidos
que quizá a formar marchan
en las filas del orden.

Es día laborable;
Y todo surge frío
como la muerte
de este amanecer,
y todo luce espléndido
como si recién creado
fuese. Mas la pesadumbre,
un canto de afilador
mortecino y escondido,
en alguna callejuela
alejada, me advierte
que camino por el borde
de un latido plano y último.

Y el pecho agazapado
menos ya que sentimiento
es tenue repetición:
un cansancio cada vez
más acumulado, oscuro,
íntimo. El niño que fui
desvaído adulto es hoy.
Terror y tiempo hicieron
de mi cuerpo y mi vida
su osamenta de rüina,
su teatro de costumbres.

Y ese amor impuro
se vende en las esquinas,
más caro o menos, como
lo cotiza ese miedo
que hace al hombre abrigarse
de brazos contra el frío
del mundo. Quizá un sueño,
un frenesí y, en todo
caso, un impulso para
derribar el tinglado
alzado por los hipócritas.

Un pájaro cantor
consuela, porque nada
ha dicho. Solamente
está ahí. Verdad pura
es la única palabra
con sentido: vivimos

yo y él. Y algún día,
quizá, seremos ambos
el mismo.

Á. R.

A un niño retrasado

A UN NIÑO RETRASADO


“Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos” Mt. V, 3.


En ti se hizo coraje la ternura
y la vida no tuvo más que darte;
inquietos ojos quieren contemplarte
feliz en una infancia que perdura.

Debe ser sin dudarlo una tortura
el llevar soledad a toda parte,
yo te doy un soneto en que quedarte,
un parque solitario en la amargura.

Pasamos a tu lado y no te vemos
no sentimos de ti que necesitas
el amor y el afán que te debemos.

No nos perdones ser tan ignorantes
del afecto que nunca nos limitas:
nos honramos de ser tus semejantes.

Á. R.

Titánic

TITÁNIC

Qué lento cruza el filo tu costado
qué lenta corre el agua a la sentina
y, en su frío sopor, cómo declina
tu casco maestoso destrozado.

Los mil ojos de buey te han llorado
y el gentío cubierto de neblina
flotando ya en la muerte se imagina
que existe una ribera al otro lado.

Un ala azul de plumas se ha cerrado
como párpado tumba de tu brillo
no ya en mar, en el tiempo sepultado.

Así mi amor se hundió. Así el castillo
de nubes que en el aire levantaba
se deshizo, así, cuando te amaba.

Á. R.

Entrevista a Letelier

DANIEL VERDÚ - El País, Madrid - 23/03/2010

Sus viejos compañeros de la mina de sal todavía no lo sabían ayer. Demasiadas entrevistas que atender. Seguro que lo celebrarán hoy en el café en el que Hernán Rivera Letelier (Talca, 1950) pasa las horas pensando y escribiendo cada día. El ganador del XIII Premio Alfaguara de Novela por El arte de la resurrección entregó 30 años de su vida a las minas del desierto de Atacama, en la Pampa chilena. El trabajo de día y la vocación de noche. Lo aprendió todo leyendo a "los maestros" y escribiendo a escondidas de sus rudos compañeros, que hubieran visto lo que hacía como algo de "señoritas o maricones". En aquella época, Rivera pasaba hambre. Por eso mandó su primer poema a un concurso de la radio cuyo premio era una cena: ganó. Ayer, más de 40 años después, volvió a lograrlo. Y aunque sigue considerándose un escritor proletario, la recompensa (129.279 euros) dará esta vez para bastante más que una cena.

Pregunta. De la mina al Premio Alfaguara, pasando por la Orden de las Artes francesa. ¿Cómo lo ha logrado?

Respuesta. Pura perseverancia y constancia. Viví 45 años en el desierto, de los cuales trabajé 30 de minero. Pero mientras estaba en la mina, escribía y leía. Ahora soy un poeta que hace novela.

P. ¿Cuándo se dio cuenta de que era escritor?

R. A los 18 años. Me fui un tiempo a recorrer el país con una mochila al hombro y durante esos cuatro años descubrí que me gustaba y que podía.

P. ¿Cómo aprendió a hacerlo?

R. Soy autodidacta ciento por ciento. Lo poco y nada que sé ha sido leyendo a los maestros: muchos poetas chilenos y García Márquez, Vargas Llosa, Borges...

P. Dice que empezó a escribir por hambre.

R. Sí, es literal. El primer poema que escribí fue de noche en una playa porque escuché en la radio que había un concurso de poesía. El premio que daban era una cena en un hotel y yo tenía mucha hambre. Así que escribí y gané aquella cena. [Risas].

P. ¿A quién le dio a leer sus primeros textos cuando estaba en la mina?

R. Ahí no le mostraba a nadie lo que hacía. Mis compañeros eran recios machos. Y la poesía, para ellos era cosa de señoritas o maricones.

P. ¿Nadie sabía que escribía?

R. No. Hasta que gané el primer premio y salí en el periódico.

P. ¿Cómo eran las condiciones de trabajo en la mina?

R. Es el desierto más cabrón del mundo. Con una temperatura durante el día de más de 46 grados que bajaba por la noche hasta 10 grados. Tenía un sueldo miserable y un trabajo a flor de tierra y viento. Era muy duro.

P. ¿Se sintió explotado? ¿Guarda algún resentimiento?

R. Nunca he sido un resentido social. Yo recuerdo mi infancia en el desierto como la mejor del mundo. Creo que porque no fui un resentido social ahora no soy un soberbio de mierda.

P. ¿Cómo influyó el desierto en su lenguaje y su obra?

R. Ha sido fundamental. Porque me enseñó a descubrirme a mí mismo y a estar solo. No puedo estar sin una dosis de soledad al día, y eso sólo lo enseña el desierto.

P. ¿Mantiene contacto con sus compañeros de entonces?

R. Vivo en un puerto a 80 kilómetros de la mina y siempre vienen a verme los viejos de entonces al café donde me siento cada día. Ahí conversamos. Ellos se emocionan con mi éxito, lo sienten como suyo propio porque, en el fondo, estoy contando la historia de sus vidas.

P. ¿Se han enterado ya del premio?

R. No. No he soltado todavía el teléfono. Tengo la oreja como una coliflor.

P. La historia de esta novela también parece la suya.

R. Sí, mucho. Aunque es una novela que transcurre en los años treinta y cuarenta y yo no había nacido, en el personaje hay bastante de mi vida. Cuando yo era niño, por ejemplo, salía a predicar a la calle con mi padre, que era pastor evangélico. Era analfabeto, pero cuando predicaba hacía llorar.

P. ¿Por qué siempre aparecen las prostitutas en sus novelas?

R. Las prostitutas afloran solas, llegan sin que yo las llame. Fueron fundamentales en la Pampa. Su labor social fue impagable. Sin el aporte social de estas hembras, la conquista de ese desierto hubiera sido doblemente dura. Ellas eran el único oasis para los mineros.

P. ¿Se considera un escritor proletario?

R. Sí, creo que lo soy.

P. Su vida ya no lo es.

R. Pero sigo siendo un obrero de la literatura. Ya no debo nada y mis niños no andan con zapatos rotos. Pero sigo siendo amigo de mis amigos, el mismo.

P. ¿Qué hará con el premio?

R. Lo primero que hay que hacer con la plata es contarla y luego gastarla.

P. Nació cerca de la zona donde ocurrió el terremoto hace 20 días. ¿Cómo lo ha vivido?

R. Yo ahora estoy en el norte, así que poco. Pero he vivido otros. Hay una cosa que me impresiona: antes la gente se arrodillaba a rezarle a Dios, ahora lo que hace la gente es aferrarse al teléfono móvil. Pero el resultado es el mismo: ni Dios ni los teléfonos responden.

Don Quijote, novela social

Luis Rosales afirmaba que el gran tema de Don Quijote era la libertad; pero la libertad, hoy en día como antaño, se guarda en los bancos. Don Quijote era un liberal, sí; pero cuando se tira al monte es en realidad un bandolero poético. No en vano Cervantes lo pone al lado de bandoleros catalanes como Roque Guinart, que termina siendo su amigo. La banda salarial de un hidalgo pobre como él le daba apenas para comer, como afirma al principio de la novela. En la época, los hidalgos pobres tenían lo suficiente para subsistir, y muchas veces menos, como el hidalgo escudero del Lazarillo, quien tenía que contentarse con apariencias, como Don Quijote con magias e ilusiones. Los rusos se dieron pronto cuenta del contenido social de la obra y por eso la leyeron tanto. Don Quijote iba al lado de un mujik. La única diferencia entre Don Quijote y un bandolero es el discurso, porque de hecho en la época muchos hidalgos y nobles amparaban a los bandoleros y de hecho eran sus patrones, cuando no lo eran los venteros, unos auténticos ladrones, y de hecho así presenta Cervantes al ventero; si nombran caballero andante a Don Quijote en una venta es por ironía, una ironía que vale su peso en oro. La Mancha y Cataluña eran tierras de bandoleros, y de hecho las comedias de bandoleros justicieros y poéticos eran bastante comunes en la época. La cuadrilla de Don Quijote es la caballería andante.

domingo, 21 de marzo de 2010

Escosura

 Me sorprende el escritor Patricio de la Escosura; es, probablemente, el único romántico español que ha valorado justamente el talento de Fernando VII como político, aunque político malsano; nadie puede desacreditar su liberalismo, pues ya era, junto con Espronceda, uno de los numantinos delatados por el impresor de El Zurriago y entonces espía absolutista, Cerro. Vease por ejemplo cómo despacha la revolución de Riego y El Zurriago en una de sus novelas.

Patricio de la Escosura, El patriarca del valle: novela original, 1861, vol. I, p. 148 y ss.

Si el régimen democrático puro estuviera de hecho establecido, no se expresaran los periódicos con más virulenta irreverencia al hablar del trono, que lo hacían ya en 1823. Cuanto la antigua monarquía española veneró en un tiempo se conculcaba entonces; y no hubo teoría de la revolución francesa que teóricamente no se exagerase entre nosotros.

En 1820 aceptaron con entusiasmo la Constitución cuantos podían llamarse liberales; y realistas moderados hubo que se prometieron vivir tranquilos bajo su amparo: la ineptitud caprichosa, la débil tiranía y el ciego favoritismo habían allanado el camino a las innovaciones. Muchos de los mismos liberales, hasta aquel momento proscriptos, pensaban en reformar la ley que, hecha en Cádiz en momentos de peligro y de exaltación, se resentía naturalmente de la preocupación de los ánimos de sus autores; y si tal llegara a verificarse, quizá no contara la historia contemporánea tantos días de duelo y de trastornos. Mas no se hizo, ni pudo hacerse por dos cansas poderosas que a indicar vamos.

Fue la primera la escisión, inmediata al triunfo, del partido liberal en dos bandos con las denominaciones de exaltados y moderados; aquel quería exagerar las consecuencias de la revolución, este atenuar sus efectos: el primero exterminar a sus enemigos, atraérselos el segundo. La fuerza era el agente de los exaltados, la pasión su móvil; la prudencia regía a los moderados, la templanza y la persuasión eran sus armas.

Por de contado que en uno y otro había hombres de buena fe, y también ambiciosos de alta y baja esfera, y parásitos políticos, de los que con sus principios solo tratan de asegurarse el puchero; y especialmente en el partido más violento, sectarios frenéticos, sedientos de sangre y robo; mientras que, en cambio, en el templado no pocos realistas entonces llamados serviles, encubiertos con la máscara de la moderación.

Pero, si esta escisión de los liberales fue realmente nociva a la reforma política, quizá esta hubiera al cabo triunfado de todo género de obstáculos, si no tuviese por encarnizado enemigo al jefe del estado, al rey D. Fernando VII, a cuya capacidad absoluta, a cuyo hábil tacto para el mando creemos que no se ha hecho hasta hoy completa justicia.

Fernando era el tipo más completo que imaginarse puede en su especie. Su ingenio claro y perspicaz, digan lo que quieran todos sus enemigos, le reveló desde luego el secreto de la debilidad de la revolución, que consistía en no ser más que una conspiración afortunada; su sagacidad natural conoce que los españoles, de suyo enemigos de novedades, no estaban a mayor abundamiento preparados para las que entonces querían introducir los liberales; y, por último, su instinto del gobierno, que el mayor enemigo de la revolución en España era la revolución misma.

Por eso, aparentando con la perfección de un actor consumado entrar de buena fe en el nuevo sistema, llenando de honores a los corifeos del movimiento, prestándose a sentar en las sillas ministeriales a los que momentáneamente gozaban del aura popular, mandándose hacer uniformes de esta y de la otra milicia nacional voluntaria, al mismo tiempo incitaba a los realistas de Cataluña, Navarra y Castilla a que se sublevasen; fomentaba las esperanzas de los moderados, prometiendo una constitución con dos cámaras; favorecía la insurrección de su Guardia Real, y entretenía continua correspondencia con las cortes absolutistas de Europa. Pero ¿cómo hacía todo esto? Dejando siempre a salvo su persona, esquivando constantemente compromisos irrevocables, inmolando o dejando inmolar a los vencidos.

En moral privada semejante conducta es horrible: tratándose de asuntos políticos, y reflexionando que aquel Monarca debía considerarse como legítima y acaso última personificación en España de la soberanía por derecho divino, quizá la historia lo juzgue de otra manera.

El hecho es que Fernando VII ni podía ni debía ser amigo de la revolución, y que esta, en el ataque, no se mostraba en verdad tan escrupulosa que tuviera derecho a exigir en la defensa un ascetismo rigoroso.

Pero, volviendo al relato, no satisfecho el rey con las indicadas baterías, imaginó otra cuya invención sola prueba hasta qué punto conocía la índole del pueblo que gobernaba y su estado moral en la época a que nos referimos.

Desde luego se entiende que hablamos del Zurriago, periódico único en su especie; colección espantosa de las más anárquicas doctrinas, de los más groseros insultos a la persona del Rey mismo y a la de todo español de alguna valía; suma y compendio de todo cinismo; exageración, en fin, de los escritos de los maratistas franceses.

Si en el pueblo existiera entonces la más mínima partícula del germen revolucionario, seguramente la cabeza de Fernando hubiera rodado del trono abajo, llevando consigo al cieno la corona de Castilla. Nunca se hizo tentativa más temeraria que la de consentir y fomentar aquel periódico: pero se hizo, volvemos a decirlo, con pleno conocimiento de causa, y los resultados correspondieron, por tanto, a los cálculos del rey. El Trágala y El Zurriago son los verdaderos autores de la contrarrevolución. Mas, como quiera que eso sea, el hecho es que al principiarse el año de 1823, había en España guerra civil sangrienta, carnicera, espantosa entre liberales y serviles o realistas; guerra sin armas, pero virulenta, implacable, entre exaltados y moderados; guerra entre los comuneros y masones; escisión en los comuneros y escisión en los masones; zurriaguistas enemigos de todos y todos odiados; un ejército poco numeroso, desunido, indisciplinado; generales ambiciosos, sin partido o instrumentos de un bando cualquiera, salvas muy contadas y conocidas excepciones; un gobierno sin poder ni prestigio; unas Cortes que imaginaban ser soberanas y apenas tenían influencia en el terreno que pisaban; un monarca jefe de todas las conjuraciones contra el régimen liberal; y, en los Pirineos, la vanguardia de la Santa Alianza, compuesta de cien mil franceses a las órdenes del duque de Angulema, pronto a violar el más sagrado de los derechos de un pueblo: su independencia.

Tal era el estado político del país cuando acaecieron los sucesos referidos en los últimos capítulos de la segunda parte de nuestro libro.

Don Simón de Valleignoto, como dejamos dicho, no tomaba parte activa en los negocios públicos: sus servicios al partido liberal fueron tan secretos que en nada le comprometían: y, por otra parte, sus propios disgustos le ocupaban tanto, que apenas se curó de lo que pasaba.

En cuanto a Leoncio de Montefiorilo, marqués viudo de San Juan del Río, aunque al comenzar la revolución se afilió en la masonería reformada y era por tanto del partido exaltado, ya por el destino que desempeñaba en palacio, ya, en fin, por lo que le daban en que pensar sus amores, llegó a adquirir la reputación de tibio y a perder gran parte de su prestigio; quizá se le llamara apóstata, a no protegerle la amistad de Mendoza.

Este no era por cierto zurriaguista, mas tampoco moderado ni mucho menos. Tenía fe en sus doctrinas democráticas, anhelaba ponerlas en práctica, todas las acciones de su vida iban encaminadas a ese fin; pero, al mismo tiempo, a su claro entendimiento no podía ocultarse que no era llegado el momento de realizar sus proyectos. Así Mendoza fue siempre exaltado con moderación, inflexible sin terquedad, revolucionario sin escándalo.

Los masones no quisieron nunca consentir que hombre de su temple dejase la logia por el campo de batalla durante la guerra civil; pero, una vez segura la invasión extranjera y decretada la traslación a Sevilla del Rey y de las Cortes, Mendoza, sordo a todos los consejos, insensible a todos los ruegos, pidió y obtuvo que se le destinase al estado mayor del ejército de Cataluña, que a la sazón mandaba el célebre general D. Francisco Espoz y Mina.

Antes empero de marchar a su nuevo destino, quiso dejar terminado el matrimonio del Marqués con Laura, y no por el afecto que a aquel profesaba, sino como parte de sus planes para lo sucesivo.

Mendoza no se hacía ilusiones en cuanto al éxito probable de la guerra, porque había estudiado profundamente el país y apreciaba en lo que ellas valían las bravatas del 11 de enero y las proclamas, canciones y comidas subsiguientes. Sabía, pues, con evidencia que los pocos que se conservasen fíeles a la causa de la revolución tendrían que optar entre el cadalso y la emigración al extranjero.

De aquí su obstinación en cuanto al casamiento de Laura: Leoncio de Montefiorito, si aquel enlace no se verificaba, sería, en resumen, uno de tantos, y nada más: dueño de las inmensas riquezas de Valleignoto, podría ser el paño de lágrimas de los proscriptos, y el cajero de la revolución, que más tarde o más temprano había de realizarse (según Mendoza), no comoquiera en España, sino en la Europa entera.

Chismes de Blanca Andréu


Alberto Ojeda

En la poesía de Blanca Andreu (La Coruña, 1959) Grecia siempre estuvo presente, como el mito que se intuye pero no se alcanza. Un viaje al país heleno le puso en contacto directo con ese mito, ella lo tomó y lo ha transformado en realidad. En realidad poética, claro. Los archivos griegos, su último libro, escrito nueve años después del anterior (La tierra transparente), es la crónica de “un deslumbramiento”, el vivido por la poeta gallega en Atenas y en la Isla de Paros. En esta última vivió unos meses, acogida en su Casa de la Literatura y confabulada con el idílico paisaje mediterráneo para desterrar, de una vez, el dolor y la desesperación de los tiempos oscuros.

Pregunta.- Dice que ha desterrado el dolor en su poesía, que los poemas dolientes se vuelven contra su autor cada vez que alguien los lee...
Respuesta.- Sí, siento que todo lo que lanzas al mundo éste luego te lo devuelve. Si lanzas dolor, recogerás dolor. Además, eso de cantarle al lado oscuro es muy adolescente. Muchos jóvenes escriben -con tinta negra- cantos a la desesperación y a la muerte, pero porque no las conocen. Si las conociesen, sabrían que no tienen nada de hermoso.

P.- ¿Por qué le tiene usted manía a Aquiles?
R.- No, no me refiero en ese poema al Aquiles de la mitología. Lo utilizo como arquetipo para atacar a alguien concreto. Está dentro de lo que mi editor denomina el capítulo de los poemas airados.

P.- Uno de los más airados es el que titulas Desde Irak.
R.- Para mí aquella guerra fue como una agresión personal, y los escritores tenemos derecho a defendernos con nuestras plumas. Sólo me defiendo, no agredo.

P.- Grecia ha estado muy presente en su obra como mito. Ahora lo está como realidad. ¿Qué efecto poético tiene ese contraste?
R.- Viajé a Grecia movida por un amor previo a este país, pero no me esperaba el deslumbramiento que experimenté cuando llegué por primera vez. Tengo mucha sangre mediterránea, y Atenas y sus islas son el arquetipo más idílico y más puro de la cultura mediterránea. Supongo que esa fue la razón de que me conmoviera tanto.

P.- ¿Y qué le conmovió más: su gente, su paisaje, sus ruinas clásicas...?
R.- Me maravilló su gente, el cariño y el afecto con el que tratan a los animales. Me llamó mucho la atención cantidad de perros que hay en Atenas. Si Roma es la ciudad de los gatos, Atenas es la de los perros...

P.- Pero son la mayoría perros abandonados, que ladran a los taxis por las noches...
R.- No, no son perros abandonados, son perros que han nacido en la calle, que es distinto. Y en muchos rincones de la ciudad encuentras cajas con trapos y con comida que la gente pone para cobijarlos y alimentarlos. Yo lo he visto con mis propios ojos, también cómo un hombre de la isla de Paros, donde escribí gran parte del libro, iba a una farmacia para comprar unas gotas para aplicárselas a un gato callejero. Son gente pobre pero generosa, gritones pero buenos...

P.- Y un día paseando por la Acrópolis se encontró con Juan [Benet], en forma de ciprés, ¿no?
R.- Sí, un ciprés de la Acrópolis, no de un cementerio. Me recordaba físicamente, porque Juan era muy alto, un hombre de hueso largo. Y también espiritualmente, porque Juan, más allá de su obra, era un hombre muy espiritual y muy contemplativo, un hombre que, como el ciprés, siempre buscaba lo elevado, lo que está en lo alto. Un hombre ático, en suma.

P.- ¿Cómo le influyó en lo estrictamente literario? Él le aconsejaba que embridara sus vuelos surrealistas, ¿no?
R.- A él le fastidiaba mucho parecer un maestro, pero a lo largo de nuestra vida juntos sí que me dio algún consejo. Sobre todo me decía que debía tomar las riendas de mi imaginación. Tenía razón. A mí con la poesía me sucedía como la primera vez que monté a caballo, que pensaba que cabalgaba alegremente, pero la realidad era que el caballo iba desbocado. También me hacía leer bocados exquisitos de poesía, dos o tres versos de Shakespeare o de San Juan de la Cruz, cosas muy escogidas, porque a él no le gustaba mucho la poesía. La verdad es que me enseñó más de pintura que de literatura.

P.- Le dedica el primer poema, precisamente el dedicado a los perros de Atenas, a Vicente Ferrer.
R.- Casi se puede decir que me devolvió la vida. Cuando le conocí, en 1997, yo era una persona destruida, sin autoestima, condenada al ostracismo. Yo le decía que en el fondo era como una intocable de orden espiritual. Vivía en una absoluta miseria moral y quería morirme. Él fue quien me animó a que escribiera de nuevo. Siempre estuvo ahí, tuvo mucha paciencia conmigo.

P.- Siempre lamenta que ganar el Premio Adonáis le hizo mucho daño. ¿En qué sentido?
R.- Porque entonces yo escribía para que me leyeran cuando estuviera muerta, como a Baudelaire. Pero de pronto me vi en el ojo del huracán, presionada por los medios, sin poder controlar mi imagen, viendo como cada uno escribía de mí según sus propios prejuicios. Ya entonces fui consciente de que igual que me estaban subiendo luego me iban a bajar.

P.- ¿Y quién la bajó?
R.- Cada generación poética nueva ataca a la anterior, es una ley literaria inexorable. Cuando llegaron los poetas de la experiencia intentaron acabar conmigo, porque había salido dos cabezas antes que ellos. Lo que más me molestaba es que me atacaran en el plano personal, con criterios extraliterarios, como por ejemplo cuando Benítez Reyes me llamaba “novicia de la poesía” o cuando Luis García Montero decidió vetarme, directamente.

P.- La presencia del mar es una constante en su obra. ¿Cúal cree que le inspira más, el Mediterráneo o el Océano Atlántico de su Coruña natal?
R.- Este verano me pasó algo muy especial. Navegando hacia las Islas Cíes me daba la sensación de estar en las islas griegas. Era un día de un sol espectacular y estas islas están muy juntas, algo que es muy característico de las islas griegas. Y en ese viaje me enteré que una de su playas se llama la Playa de Rodas. Este de aquí tiene más genio, más poderío, pero la belleza mediterránea es impagable. No sé, los dos me conmueven.

P.- Está escribiendo un libro de relatos, ¿no?
R.- Sí, y ya tengo el título, que me recuerda mucho a Andersen: La costurera que perdió su pulgar.

sábado, 20 de marzo de 2010

Cartogramas


Los cartogramas son mucho más objetivos que los mapas convencionales, que suministran solamente las dimensiones geográficas. El ejemplo que transcribo nos revela, por ejemplo, las dimensiones del producto interior bruto de las comunidades autónomas y, por descontado, nos revelan la escasa voz que tiene Castilla-La Mancha en la Economía nacional, sólo un poco superior a la de Murcia.

Libertad

Hoy el padre Fortea ha estado ocurrente. Copio de su blog:

No veo que los hombres hayan logrado la perfección de la libertad en ningún lado.


Las democracias tienen más grados o menos de libertad, pero ninguna veo que sea modélica. Es como si los hombres se contentaran con lo que tienen. Como si creyeran que su nivel de libertad es suficiente.

No se dan cuenta cuan frecuentemente la democracia cae en la oligarquía, cuan fácilmente las leyes destruyen la independencia de los jueces, cuan abiertamente los partidos se apropian de la representación popular, cuan a menudo la política se convierte en una industria de marketing que de forma consciente socavará los espacios de libertad por dinero, por poder, por ambición.

Sí, a la mitad de mi vida, veo a los hombres conformes, adocenados, resignados a lo que hay. Nadie puede obligar a los hombres a ser libres. Otros lucharan por la libertad, por su libertad, pero cada uno puede escoger vender un poco de sus derechos.

Lo de hoy no lo digo por la ley sobre las webs que se aprobará en el congreso español. No lo digo por ninguna ley concreta. No. Son reflexiones en abstracto. Viendo lo que ocurre en algunos países, me da pena que en casa algunos Representantes del Pueblo hagan lo que saben que no deben hacer.

Pienso en el Tribunal Constitucional de mi país, triste defensor de los derechos supremos. Pienso en todas las decisiones que han favorecido a amigos empresarios contra el bien común de la mayoría de los ciudadanos. Podría decir tantas de estas decisiones. Pienso en las trampas a las leyes que nos amparaban, perpetradas a plena luz del día pasando el rodillo de una votación, pienso en tantas maniobras contra los medios de comunicación. Tenemos móviles, sí. Hoy en día tenemos móviles, pero no más libertad que hace treinta años.