lunes, 26 de abril de 2010
Nick Clegg
El candidato liberal de Gran Bretaña es un antropólogo ateo al que nadie en su vida pilló nunca desprevenido; habla cinco idiomas, no sólo es empático, sino inteligente, y además ha escrito una tesis sobre filosofía política verde, fuera de estar casado con una española (lo que es todavía más difícil). O sea, como Zapatero, famoso por ser un tontaina con baraka, o como Rajoy, un vago gallego que sólo es maestro en irse por la tangente. ¿Hay más que pedir?
Michael Moore
Me he ventilado dos de esos documentales de los que asesta Michael Moore; es exquisito metiendo el dedo en el ojo de la gente sin conciencia; sabe mostrar el funcionamiento de la ley del embudo de forma magistral y, cuando tiene acorralados a sus villanos, les deja de recuerdo una foto de alguna de sus víctimas, como a Charlton Heston; no se me ocurren equivalentes en España, aunque soy capaz de encontrarlos en Alemania, por ejemplo (Günther Walraff), en Italia (Roberto Saviano), en Rusia, en Colombia o en Francia; pero en España no hay muckracker que valga, los periodistas españoles no valen una mierda. Por demás, he visto este domingo la ultima tarantinada, Malditos bastardos. Nadie le negará talento visual y de guionista, pero la violencia que perpetra, aunque corta, es desagradable de verdad. Es entretenida, pero sin pretensiones.
Grecia
Eso de que cada hombre es una isla es especialmente cierto en Grecia, donde hay islas pero no archipiélagos; el catasterismo está a la orden del día en su mitología, pero es una mitología donde las estrellas no forman una sola constelación; hasta sus mitos tienen cientos de variantes; sabían hacer hombres, pero no sociedades. Se ve que lo único que son capaces de levantar los griegos son ruinas. Los cretenses no quieren ser griegos ni los áticos lacónicos; la lengua les sirve sólo para discutir, y tienen mucha, como Demóstenes. Siempre hubo Demóstenes en Grecia, pero muy pocos Isócrates. La imagen especular de Grecia, un pueblo marino y montañoso, cuna de la filosofía y la medicina, es Mongolia, el pueblo más alejado del mar de la tierra y desértico, llano como la palma de la mano y cuna de la barbarie y de la peste. Pero Mongolia siempre estuvo unida, Grecia no; en Grecia había ciudades, en Mongolia las ciudades se sitúan al lado de los caminos, son calles largas. Los griegos eran sedentarios, agricultores y comerciantes, los mongoles nómadas, pastores y saqueadores.
Help
CRISTINA LLAGOSTERA El País, 25/04/2010:
Compartir cualquier dolor aligera su peso. Ayudar requiere saber escuchar y ponerse en el lugar del otro para conseguir que se sienta más capaz ante su problema y no lo contrario.
Algunos pensadores afirman que el ser humano es básicamente egoísta. “El hombre es un lobo para el hombre” (Homo hómini lupus), escribió Thomas Hobbes en el siglo XVII, y muchas personas continúan creyendo que ante todo nos mueven el interés personal y la defensa del propio territorio. Miramos a nuestro alrededor, leemos las noticias y, ciertamente, no faltan ejemplos de vivo egoísmo. Sin embargo, a pesar de no ser tan visibles o impactantes, existen también infinidad de gestos que nacen de la voluntad de ayudar.
“Necesitar y ayudar son dos experiencias complementarias. Cuando alguien quiere estar en un solo lado, surge el problema”
Un hombre cae en la acera e inmediatamente varias personas acuden para auxiliarle. Una joven escucha con atención a una amiga que habla disgustada sobre un asunto que le preocupa. Alguien perdido en una gran ciudad encuentra a una persona que se ofrece amablemente para guiarle. Son escenas simples, cotidianas, en las que la ayuda surge como un impulso natural ante la necesidad de otro ser humano.
Incluso en este momento en que se dice que las relaciones se han vuelto más frías e impersonales, en que la rentabilidad parece ser el valor prioritario, la ayuda desinteresada sigue estando presente. Una muestra de ello son las asociaciones, el movimiento del voluntariado o los grupos de ayuda mutua que proliferan cada vez más.
Las personas que ofrecen su tiempo y su dedicación a otras lo dicen claramente: ayudar les hace sentirse bien. Sin embargo, esto no significa que se trate de una tarea sencilla. Ante alguien con dificultades, a menudo surge la pregunta: ¿cómo puedo ayudar? Se duda acerca de si tener un papel más o menos activo, si la generosidad puede resultar invasiva o qué hacer para que los problemas de los demás no afecten excesivamente. Tras el deseo genuino de querer hacer algo por alguien es preciso buscar la mejor forma de actuar.
¿Altruistas o egoístas?
“Nadie es una isla, completo en sí mismo; todo hombre es un trozo del continente, una parte del todo” (John Donne)
El etólogo Konrad Lorenz ya señalaba la importancia de la cooperación en la supervivencia de las especies. No sólo la lucha y la agresividad resultan cruciales para defenderse y evolucionar, sino también formar parte de un grupo. El altruismo, por tanto, cumple una función importante, al poner el interés colectivo por delante del individual.
La ayuda es un fenómeno universal y, como vemos, no exclusivo del género humano. Pero sí somos una de las especies que más dependen del apoyo de los demás. Nacemos indefensos y precisamos cuidados durante un largo periodo de tiempo. Incluso ya adultos, seguimos necesitando recibir afecto y atención del entorno.
“Uno de los mayores padecimientos es no ser nada para nadie”, dijo en una ocasión la madre Teresa de Calcuta. Y es que todas las personas tienen esta necesidad de pertenencia, de sentirse integradas en sus relaciones. Cuando esto falta nos volvemos más vulnerables. Se sabe, por ejemplo, que la soledad y la inadaptación aumentan la probabilidad de padecer ansiedad o depresión.
Sin embargo, no sólo necesitamos ser ayudados. También es preciso ayudar a los demás para fomentar nuestro desarrollo y madurez, y sobre todo la sensación de capacidad.
Un encuentro mutuo
“La necesidad más profunda del hombre es superar su separación, abandonando la prisión de su soledad” (Erich Fromm)
La ayuda se genera básicamente en un encuentro entre personas. Una se muestra más necesitada, y otra, dispuesta a responder a esa necesidad. La relación de ayuda es, por tanto, asimétrica, pues no se produce en igualdad de condiciones.
Para empezar, quien necesita ayuda tiene que afrontar dos dificultades: por un lado, el problema que le acucia, y por otro, reconocer ante otra persona que se siente incapaz de resolverlo por sí mismo. En este primer punto, ya sea por vergüenza, por miedo a no ser comprendido o por no poner en entredicho la propia imagen, se puede bloquear el circuito que permite recibir apoyo. Si no existe la disposición a ser ayudado, poco se puede ayudar.
Resulta distinto recibir una petición de ayuda que ofrecerla. En el primer caso, la propia persona admite tener una necesidad, mientras que en el segundo es alguien externo quien cree detectarla.
Quien se ofrece para ayudar a menudo peca de querer detentar la verdad, pretendiendo saber exactamente qué le conviene hacer a esa persona. Si el otro se niega o no desea seguir ese camino, puede surgir el enojo al creer que en el fondo no desea resolver su problema. Sin embargo, puede que esa persona tenga un modo distinto de encarar su situación o simplemente que no sienta esa necesidad que el otro cree detectar.
La ayuda es ante todo un acto comunicativo. Implica el uso de la palabra, pero también la expresión corporal, la mirada, los gestos, el contacto físico… Al comunicarse se construye un puente entre dos personas que permite dar y recibir información, lo que puede tener un gran efecto terapéutico.
Compartir cualquier dolor o problema a menudo aligera ya su peso. Sentirse respaldado ayuda a sobrellevar situaciones que de otro modo serían doblemente difíciles. A través de la comunicación también es posible dar a otra persona nuevas perspectivas sobre su dificultad, consuelo y, sobre todo, comprensión.
La ayuda que no ayuda
“El más cercano a la perfección es quien, con penetrante mirada, se declara limitado” (Goethe)
Según Carl R. Rogers, precursor de la terapia centrada en la persona, las condiciones esenciales al ayudar son la comprensión empática, la congruencia y una actitud de aceptación hacia el otro. Sentirse escuchado, atendido, muchas veces es todo lo que la otra persona espera cuando comparte su pesar. Resulta paradójico, pero la ayuda también puede convertirse en un obstáculo para la mejora y el cambio. No basta con la voluntad de ser útil: es importante medir la manera en que se ofrece ayuda.
Acompañar continuamente a alguien que tiene miedo a estar solo puede facilitar que su temor se agrave. Proteger en exceso no permite que la persona se enfrente a sus propios retos, lo que merma su sensación de capacidad. La ayuda implica ese riesgo: relegar a alguien necesitado a una condición de mayor necesidad.
Necesitar y ayudar son dos experiencias que se complementan. Y cuando alguien sólo desea permanecer en uno de los dos lados surge un problema: ya sea porque espera que todo le venga dado, o porque quiere ayudar pero no ser ayudado, privando así a los demás de la inmensa gratificación de sentirse útiles.
Tras cualquier gesto altruista se esconden motivaciones personales que en la práctica suponen el motor que impulsa la ayuda. La ayuda sana es aquella que nos permite dar algo provechoso, pero también salir fortalecidos de la experiencia. Cuando ayudar nos frustra, nos hace sentir mal o tenemos la sensación de que únicamente perdemos, suele ser preciso poner un límite a esa generosidad.
En un estudio se observaron las características que favorecían el buen curso del duelo por el fallecimiento de un hijo. Los padres que al cabo de dos años padecían menos depresión y estrés eran aquellos que habían canalizado su energía en ayudar a otras personas, por ejemplo participando como voluntarios en grupos de duelo. Prestar un servicio a los demás crea una corriente de confianza entre las personas, nos hace salir de nuestro ensimismamiento y permite aprender y enriquecerse a través de experiencias ajenas. Este tipo de ganancia es la que suelen buscar las personas que realizan una labor de ayuda.
Intercambio humano
“La obra humana más bella es la de ser útil al prójimo” (Sófocles)
El escritor irlandés Oliver Goldsmith dijo: “El mayor espectáculo es un hombre luchando contra la adversidad, pero aún hay otro más grande: ver a otro hombre lanzarse en su ayuda”. Puede que necesitemos más que ninguna otra especie la ayuda de los demás, pero también somos quienes podemos conseguir más utilizando esta capacidad natural.
La ayuda no sólo resulta beneficiosa para ambas partes, sino que se puede considerar una necesidad social. Para reducir el sufrimiento y la soledad, pero también para llevar aún más lejos nuestras posibilidades individuales, necesitamos tejer una red de intercambios basados en la ayuda. No es un descubrimiento nuevo: para progresar es preciso cooperar.
La ayuda eficaz
Para ayudar de la mejor manera posible es conveniente:
1. La escucha atenta y una disposición sincera y genuina de intentar comprender la realidad ajena.
1. Reconocer la necesidad real: no confundir lo que uno necesitaría si estuviera en el lugar del otro con lo que en realidad necesita la persona.
2. Calibrar la acción: antes de actuar o dar consejos conviene calibrar los resultados. Lo importante es que la otra persona se sienta más capaz ante su problema, y no lo contrario.
4. Reconocer los bloqueos: el impulso de ser útil puede frenarse por diversos motivos:
– Desconfianza ante la reacción del otro.
– Miedo a perder o a que nos tomen el pelo.
– Estar centrado en las propias necesidades, sin dejar lugar para las ajenas.
– Escasa fe en uno mismo y en que se puede aportar algo valioso.
domingo, 25 de abril de 2010
El rostro
La cara es el espejo del alma. Eso sólo lo diría alguien que no creyese en la existencia del alma, sino del cuerpo. Es imposible ser sin simetría, como bien sabía Narciso, que pereció ahogado en su propia imagen. El espejo puede estar tan deformado como el alma, ser cóncavo o convexo, o tener arrugas como la propia piel o el agua. Como dice Cela, "el espejo no tiene marco, ni comienza ni acaba"; los existencialistas sabían que el auténtico espejo donde nos miramos son los demás, y ese es un espejo muy deforme, nuy lleno de bultos y huecos. El del mundo es más plano. Mis hijas y mi mujer saben reconocer mi estado de ánimo con facilidad; no necesitan palabras ni actos para enjuiciarlo, les basta mirar lo que tengo escrito en la frente entre mis cejas (entrecejo o ceño): una raya vertical profunda que llega hasta donde termina la izquierda y otra paralela que desde la mitad de la otra baja a la ceja derecha les indican que me atribula un genio sombrío. Además, heridas en la frente, en las manos y en los tobillos que me hago yo mismo con las uñas cuando me presiona el estrés. La piel es el órgano más grande del cuerpo, no es extraño que él aparezcan escritos los caracteres no ya de nuestra identidad, sino de aquellos sentimientos que la ocupan y sobre las cuales camina la cartográfica araña de una razón.
Destaponar ese genio es fácil; basta con que no tome mis cápsulas de venlafaxina; entonces soy también yo mismo, pero en versión vehemente e irritable: entonces me cuesta dominar mis reacciones y mis impulsos ante el estrés; también hay una consecuencia buena al destaponamiento que provoca el despastillado: me vuelvo más creativo e inspirado. Nunca, con pastillas o sin ellas, soy violento, ni siquiera con la palabra: eso no va conmigo, no sólo soy pacífico, sino pacifista -salvo cuando me tocan los cigotos o ante la cabal falta de razones-; pero sí lo puedo ser con las ideas y mi sentido de la observación, que puede ser muy puñetero, sobre mí mismo más que sobre los demás (¿qué diferencia hay?). Puedo prescindir de las cápsulas cuando no trabajo, porque entonces sufro menos presión; pero cuando trabajo, debo tomarlas.
¿Y cuándo no tomo pastillas? Resulta curioso: si estoy deprimido. Entonces realimento mi depresión; supongo que otros pacientes deben hacer lo mismo proceso: si estoy deprimido cuando tomo pastillas es que estoy muy deprimido: la depre está, es real, pero permanece encubierta y se manifiesta con el descuido, con el olvido inconsciente de tomarse las pastillas, no porque no parezca importante, sino porque da igual, que es un paso por debajo de lo que tiene que ser. Y su manera de ser y emerger y empeorar es esa: que todo dé igual.
Resulta difícil conocerse a uno mismo cuando numerosos automatismos conspiran para obnubilar la conciencia; y mucho más cuando uno es fabulador y diestro en crear nubes de tinta llamadas textos para autoengañarse, pero la conciencia está hecha de historia, no es una abstracción, y deja rastro, un rastro que uno puede seguir e interpretar hasta la fuente si a ello se aplica con suficiente rigor y con, mucha más y sobre todo, desconfianza. Todos los escritos dejan una sombra de espacio en blanco que los genera y que sirven para taponar la botella. ¡Qué, mejor dicho, cuán tenebrosa es la identidad!
Destaponar ese genio es fácil; basta con que no tome mis cápsulas de venlafaxina; entonces soy también yo mismo, pero en versión vehemente e irritable: entonces me cuesta dominar mis reacciones y mis impulsos ante el estrés; también hay una consecuencia buena al destaponamiento que provoca el despastillado: me vuelvo más creativo e inspirado. Nunca, con pastillas o sin ellas, soy violento, ni siquiera con la palabra: eso no va conmigo, no sólo soy pacífico, sino pacifista -salvo cuando me tocan los cigotos o ante la cabal falta de razones-; pero sí lo puedo ser con las ideas y mi sentido de la observación, que puede ser muy puñetero, sobre mí mismo más que sobre los demás (¿qué diferencia hay?). Puedo prescindir de las cápsulas cuando no trabajo, porque entonces sufro menos presión; pero cuando trabajo, debo tomarlas.
¿Y cuándo no tomo pastillas? Resulta curioso: si estoy deprimido. Entonces realimento mi depresión; supongo que otros pacientes deben hacer lo mismo proceso: si estoy deprimido cuando tomo pastillas es que estoy muy deprimido: la depre está, es real, pero permanece encubierta y se manifiesta con el descuido, con el olvido inconsciente de tomarse las pastillas, no porque no parezca importante, sino porque da igual, que es un paso por debajo de lo que tiene que ser. Y su manera de ser y emerger y empeorar es esa: que todo dé igual.
Resulta difícil conocerse a uno mismo cuando numerosos automatismos conspiran para obnubilar la conciencia; y mucho más cuando uno es fabulador y diestro en crear nubes de tinta llamadas textos para autoengañarse, pero la conciencia está hecha de historia, no es una abstracción, y deja rastro, un rastro que uno puede seguir e interpretar hasta la fuente si a ello se aplica con suficiente rigor y con, mucha más y sobre todo, desconfianza. Todos los escritos dejan una sombra de espacio en blanco que los genera y que sirven para taponar la botella. ¡Qué, mejor dicho, cuán tenebrosa es la identidad!
Una reseña de mi Teatro completo de Félix Mejía
Se publicó en el suplemento literario de Castilla-La Mancha de Abc, ayer. Doy las gracias a Calero, porque yo no me molesto en enviar libros para que me hagan reseñas. De esas cosas debería de ocuparse un agente, pero esto también cuesta dinero y tiempo, y yo no vivo de eso, aunque me gustaría vivir, ya que es mi auténtica vocación.
Revista de prensa, hoy
Ejercicio de comentario de textos periodísticos:
Para ahorrar tiempo, iremos directamente a los titulares, que son estos:
"Casi todos los políticos estudiaron en colegios de curas", "Ciudad Real continúa siendo la provincia donde más se marca la casilla de la iglesia en la declaración de la Renta"; "El gasto en educación de España no llega a la media de la OCDE", "Lobos entre corderos. Los menores víctimas de abusos sexuales a manos de clérigos arrastran durante años las secuelas en silencio. Los culpables no se esconden", "El episcopado español ha esperado hasta esta semana pra calificar estas conductas como crímenes por vez primera" "Los ecologistas españoles están tan desunidos que la gente no les ve capaces de aportar soluciones", "José Tomás, hospitalizado tras una gravísima cornada en México", "Se ahorca el último hermano Izquierdo de la matanza de Puerto Hurraco", "Barreda y Cospedal se culpan del fracaso del estatuto manchego", "La deuda de Grecia se dispara"
1. Que los políticos estudiaron en colegios de curas... Se entiende por qué son tan diestros en dar por culo o porculizar. Monsergan a todo el mundo y son todos unos patatines y unos patatanes.
2. Algo sé de historia manchega y no me parece raro que Ciudad Real sea la provincia más meapilas de España, habiendo otras provincias manchegas que lo son como Toledo; no es actitud censurable dar a la iglesia: se sabe por lo menos adónde va el dinero; si se rellena la otra casilla, de una larga lista en la que hay de todo, es posible vaya a dar a una de esas fundaciones opacas creadas por partidos políticos para recaudar dinero, y sabemos qué hacen con el dinero los partidos políticos. Los directores de bancos, que son muy listos, han aprobado leyes que encarecen el préstamo de particular a particular, para que siempre se tenga que recurrir a ellos; lo que habría que hacer con ellos... Bueno, vamos a dejarlo, porque me llamarían terrorista; baste decir que el Botín siempre estará sobre el Zapatín y que los ahorros, de todas formas, habrá que sacarlos del calcetín para pagar a ambos.
3. El gasto en Educación... Qué voy a decir, sino que la educación está desgastada, que curiosamente es decir casi lo mismo que gastada. ¿Querrá esto decir que la educación ya no tiene remedio por fas ni por nefás? No se administra bien. Que hagan caso a los profesores (no a directivos, precisamente) y a nadie más; los estudios demuestran que el gasto en nuevas tecnologías no sirve de nada si no se acompaña de gasto en formación y motivación de profesores (no directivos, padres y alumnos, todos antojadizos y con fines que no son, precisamente, la instrucción). Como dijo el clásico: no hay fines, sólo medios. Que no se confunda cultura con preparación, que no se separen las humanidades de las ciencias y que se dé más importancia a las asignaturas troncales.
4. Lobos entre corderos... En España no pasan esas cosas, porque si nadie las divulga, eso es que no pasan. Al menos eso es... lo que pasa. Hay que escuchar muy atentamente, observar con mucho cuidado y manejar mucho la voz pasiva para tener una percepción real y aproximada de lo que sucede. Si en un país el dolor y el sufrimiento no pueden emerger es porque el miedo está institucionalizado, esto es, forma estructuras superiores o superestructuras muy rígidas; porque no hay fe ni esperanza (esperemos que sí haya caridad); en España, donde la Iglesia fue poder fáctico durante siglos, (y sigue siendo, como reeconoce incluso la Constitución), eso es muy concebible. Claro está que teniendo unos periodistas como los que tenemos, que ni siquiera tienen puesto fijo en una profesión en crisis y sin apenas plazas ni estatuto profesional y que en su gran mayoría son interinos, qué habría que esperar... ¿Que se enfrenten a los poderes fácticos? A otro perro con ese hueso y averígüelo Vargas: El País ha evitado ser embargado subiendo treinta céntimos su precio del domingo, obligado por el concurso de acreedores, mientras que El Mundo no puede siquiera pagar los intereses de su astronómica deuda, y eso que son los periódicos más vendidos. La falta de caridad de la iglesia con las víctimas de la pederastia, que parece corregirse fuera, aquí ni siquiera puede asomar.
5. El episcopado español... Puaj. Deberían todos estrangularse con el clergyman o alzacuellos o usar la sotana para colgarse, ya que nadie se tomará la molestia de mandarlos a freír espárragos, tanto se desacreditan cada vez que rebuznan algo, (siempre, a favor de Roma: espada (aunque ellos prefieren la hoguera), luz (bastante oscura) y martillo (de herejes, no de comunistas, aunque también).
6. Los ecologistas españoles... Puaj, puaj. El ecologismo es un movimiento conservador -ellos dirían conservacionista- en España: lo que debe imperar son las ideas capitales del partido verde, esto es, desprofesionalización de la vida política y transversalidad en el ejercicio y circulación de la información y del poder (que no son lo mismo, sino medio y fin) no esos sucedáneos que quieren hacer pasar como tales; en vez de poder tenía que haber administración y en vez de in-formación, instrucción; si en otros países ha podido ser así (bastante), ¿por qué en España no? La condición esencial para que se implante esa idea es la unidad, y esa unidad sólo puede venir de esas ideas, que ninguno de los movimientos verdes españoles comparte, porque no son sino izquierdas recicladas, ambiciosos pintados del color de la esperanza y jovencitos que no saben por dónde se andan.
7. José Tomás... que se recupere tan bien como el toro. Mis pájaros me dan un picotazo si invado su territorio sin hablarles, pero cuando les hablo se me suben encima con naturalidad; ¿qué hace la sota José Tomás después de darse el paseíllo? Le clava a una mascota o hámster un as de espadas como un jifero o matarife en el tute de la vida, ante los caballos de picas (que no hay, pero como si) aprovechando para hacer juego más que arte con eso; sota, caballo y gallo, apena que tenga siempre que salir un muerto de eso, toro o torero, y siempre y sobre todo sufrimiento y schadenfreude; me apena que alguien tenga que entrar/salir a matar "un animal a la labor nacido", como decía Quevedo, censurando la fiesta ya en el XVII, para ganarse el pan o la limusina. Debíamos ser vegetarianos no mansos, como los toros, y los que hacen hamburguesas salir a plantar bellísimas patatas y bellotales, que encinas hay pocas. Plantar árboles seguro que no tiene tanto arte, pero el ruido del viento entre las hojas sí lo tiene (no es ecología, sino sentido lírico y común). Es lento y filosófico ver crecer la encina, pequeño bonsay ibérico. Aunque yo soy muy Obélix, al finar los libros de Asterix los banquetes debían ser vegetarianos, con setas a la duende.
8. Mi hermano de raza humana Izquierdo... Una concreción de algo habitual en España y en la especie: tomar la paranoia como un modo de vida, como otros toman la esquizofrenia. Sólo hay que mirar sus fotos para ver algo arcaico y lamentable, escrito en la cara, la marca de Caín, y para reconocer que algo se torció en ese ser humano en la época en que nada debe torcerse. El amor y la sociedad tuvo mucho trabajo que hacer para poder cuadrar y enmarcar esa masa de genes imperfectos, y no lo hizo.
9. Barreda y Cospedal se culpan del fracaso del estatuto-cagarruto manchego... Es divertido ver como se tiran mierda con la mano en la pocilga el uno a la otra y la otra al uno, y cómo dice cada uno que su mierda es la mejor, que es la más limpia. Sólo debía haber un estatuto, el del ser humano; no hay bandera más hermosa que la blanca, que es una bandera ética y no política, y el resto es folklore y coros y danzas y pretexto para cobrar más de la cuenta. Pero yo creo que Barreda y Cospedal son buena gente; si dicen cada uno que la culpa es del otro, se deduce que ambas cosas son ciertas y yo, que soy mejor de ellos y por eso les doy la razón, me siento autorizado para concluir que, como tienen razón, ambos son una mierda y deben dimitir. ¿Su pecado principal? El de no ser éticos, sino políticos y el de no darme la razón a mí, que soy en este momento la conciencia y la cólera del pueblo.
10. La deuda de Grecia... ¿Y cuándo nos tocará recibir la limosna a nosotros? Hagamos números, vamos a ver: según las estadísticas, Grecia debe el 115% de su PIB; ahora le tocaría a Portugal, que debe el 77% (si no ha mentido mucho), luego a Irlanda, que debe 64% y después es cuando nos toca, porque debemos el 53%, siempre, claro está, que no hayamos mentido demasiado y que no adelantemos a los irlandeses, que a este paso es muy posible, habida cuenta de la incompetencia de nuestros políticos... Creo que en unos dos años, más o menos, si es que por entonces existe ya el euro y no se ha creado una especie de confederación germánica; hasta en eso tenemos mala suerte.
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sábado, 24 de abril de 2010
Bartolomé Ximénez Patón inédito
Desde que se descubrieron dos títulos importantes del famoso humanista manchego, nadie en absoluto se ha interesado por darlos a la estampa. Por ahí andan El curioso discreto (1628) en Mallorca y la Cáthedra de erudición en Toledo, una pena, mientras siguen desaparecidos los Comentarios de erudición, la Cuenta y razón, la Visión, la Relación de fiestas en la beatificación de Santo Tomás, el Discurso de la langosta, el Albergue de pobres y remedio de necesidades y las tres piezas dramáticas de aire lopesco que escribió en Alcaraz, Los amantes engañados, El casamiento deshecho, y La tugancilla princesa, además de poesías dispersas como Sagrado Tiphys, que la eterna naue. Sin duda tan caudalosa producción tuvo que ver con la actividad de las academias toledanas de Fuensalida y del Conde de Mora, y con la amistad de Lope.
El Curioso discreto es obra educativa, pues no en vano se propone edificar hombres al estilo de Isócrates y de Cicerón, esto es, regeneradores y tan idealistas como los monumentos de mármol, que sean: "Obedientes sin contradicion, pobres sin desconfiança, castos sin convicción, sufridos sin murmuración, humildes sin fingir, alegres sin excesos, tristes sin abatimiento, prudentes y cuerdos sin gravedad, diligentes sin liviandad, temerosos sin desconfiança, verdaderos sin dobleces, que obren bien sin presunción, que corrijan al próximo sin altivez, que edifiquen con sus palabras y exemplo sin ficción y que tengan coraçon limpio", o sea, como los alumnos de ESO de ahora, casi nada. Copio aquí un poema inédito que ha descubierto Abraham Madroñal:
Sagrado Tiphys que la eterna nave
del bandaval [sic] tartáreo combatida
gobiernas, sin perder de vista el norte
y el piélago sulcando desta vida,
al salado le das límite y corte
tan pío, tan devoto y tan süave.
El mismo acto te alabe,
que la mundial machina no puede
porque el decreto excede
toda alabança, todo encomio y fiesta,
pues el alado choro aun enmudece
en la grandeza que hoy nos manifiesta
el oráculo santo, la respuesta,
y el compendioso Breve
nos da paz, gloria anuncia, piedad mueve.
Paulo, Sumo Pontífice romano,
Padre santo, que hoy has sido padre
de la hija más bella que Dios tiene;
ella será tu protectora y madre,
porque prerrogativa tan solemne
como es estar essenta de la mano
que nos puso el tyrano
goza por ti (supremo archimandrita)
la que es siempre bendita,
de gracia llena en su primer instante.
Ella (pues tanto puede) te engrandezca,
ella tu gloria y excelencias cante,
que de quien eres crónica es bastante.
Y este divino Breve
causa amor, bienes pare, gracias llueve
Y tú, Monarca excelso, a quien el Indo
rinde tributo con alados leños,
precio de conchas, peso de metales
te comunica; simen sus isleños
(siendo bárbaros) fieles y leales.
A quien respeta, como Atlante, el Pindo
y a quien yo gracias rindo
por el júbilo, que hoy goza Tartesia,
defensor de la Iglesia,
de príncipes christianos raro exemplo,
de modestia y justicia ilustre idea.
Ya tu pecho cathólico contemplo,
que es de la Virgen templo,
en que esta obra nueva
sin Adán, sin origen y sin Eva.
Sagrada Virgen, tu español Apolo,
reynando, el siglo de oro ha renovado.
Viva mil dellos el piadoso Augusto,
quede su nombre en bronce eternizado
por devoto, por santo, sabio y justo,
que es el tercero sin segundo y solo
del uno al otro polo;
testigo es el destierro mahometano
de su celo christiano
cómo vence sin sangre al enemigo,
porque es clemente como valeroso;
el alóbroge es también testigo
de que es de paz amigo,
y este famoso hecho
fe muestra, prueba amor, descubre el pecho...
Sacra palestra, tu piadoso afecto
descubren tus primeras conclusiones,
es protocolo el voto y fiel registro,
de tu excelencia suenen mil pregones,
que del eterno viene Trimegistro;
de concepción concibas tal concepto,
que es número perfecto.
¡O tú, triforme ínclita Academia,
a quien el cielo premia
esta heroyca hazaña, este servicio
de Estatuto y solemne juramento!
Hecatomba, holocausto, sacrificio
en symbolo propicio,
siendo una en tres partes:
sagrada Teología, lenguas y artes.
¡Oh, Fénix de Lutecia, que en aromas
(que exceden las muy célebres de Arabia)
renace en ti la gloria de María,
por quien eres ilustre, docta y sabia;
por quien al resplandor de obra tan pía
más llena de belleza y gracia assomas!
Y a la fama le tomas
la boca y pluma para ser diuturna,
pirámides por urna
te ha consagrado por las tres Personas
que contiene la luz inaccesible:
el Padre eterno, el Hijo que pregonas,
Espíritu, que entonas
en esta Reyna hermosa,
cría Hija, ampara Madre, tiene esposa...
Canción, ¿dónde tan alta?
¿No ves que es imposible el grave asumpto?
Mal digo, nada falta,
que de gracias el mar aquí está junto,
este engrandece (esto me consuela)
al Pontífice, al Rey, a nuestra Escuela.
El Curioso discreto es obra educativa, pues no en vano se propone edificar hombres al estilo de Isócrates y de Cicerón, esto es, regeneradores y tan idealistas como los monumentos de mármol, que sean: "Obedientes sin contradicion, pobres sin desconfiança, castos sin convicción, sufridos sin murmuración, humildes sin fingir, alegres sin excesos, tristes sin abatimiento, prudentes y cuerdos sin gravedad, diligentes sin liviandad, temerosos sin desconfiança, verdaderos sin dobleces, que obren bien sin presunción, que corrijan al próximo sin altivez, que edifiquen con sus palabras y exemplo sin ficción y que tengan coraçon limpio", o sea, como los alumnos de ESO de ahora, casi nada. Copio aquí un poema inédito que ha descubierto Abraham Madroñal:
Sagrado Tiphys que la eterna nave
del bandaval [sic] tartáreo combatida
gobiernas, sin perder de vista el norte
y el piélago sulcando desta vida,
al salado le das límite y corte
tan pío, tan devoto y tan süave.
El mismo acto te alabe,
que la mundial machina no puede
porque el decreto excede
toda alabança, todo encomio y fiesta,
pues el alado choro aun enmudece
en la grandeza que hoy nos manifiesta
el oráculo santo, la respuesta,
y el compendioso Breve
nos da paz, gloria anuncia, piedad mueve.
Paulo, Sumo Pontífice romano,
Padre santo, que hoy has sido padre
de la hija más bella que Dios tiene;
ella será tu protectora y madre,
porque prerrogativa tan solemne
como es estar essenta de la mano
que nos puso el tyrano
goza por ti (supremo archimandrita)
la que es siempre bendita,
de gracia llena en su primer instante.
Ella (pues tanto puede) te engrandezca,
ella tu gloria y excelencias cante,
que de quien eres crónica es bastante.
Y este divino Breve
causa amor, bienes pare, gracias llueve
Y tú, Monarca excelso, a quien el Indo
rinde tributo con alados leños,
precio de conchas, peso de metales
te comunica; simen sus isleños
(siendo bárbaros) fieles y leales.
A quien respeta, como Atlante, el Pindo
y a quien yo gracias rindo
por el júbilo, que hoy goza Tartesia,
defensor de la Iglesia,
de príncipes christianos raro exemplo,
de modestia y justicia ilustre idea.
Ya tu pecho cathólico contemplo,
que es de la Virgen templo,
en que esta obra nueva
sin Adán, sin origen y sin Eva.
Sagrada Virgen, tu español Apolo,
reynando, el siglo de oro ha renovado.
Viva mil dellos el piadoso Augusto,
quede su nombre en bronce eternizado
por devoto, por santo, sabio y justo,
que es el tercero sin segundo y solo
del uno al otro polo;
testigo es el destierro mahometano
de su celo christiano
cómo vence sin sangre al enemigo,
porque es clemente como valeroso;
el alóbroge es también testigo
de que es de paz amigo,
y este famoso hecho
fe muestra, prueba amor, descubre el pecho...
Sacra palestra, tu piadoso afecto
descubren tus primeras conclusiones,
es protocolo el voto y fiel registro,
de tu excelencia suenen mil pregones,
que del eterno viene Trimegistro;
de concepción concibas tal concepto,
que es número perfecto.
¡O tú, triforme ínclita Academia,
a quien el cielo premia
esta heroyca hazaña, este servicio
de Estatuto y solemne juramento!
Hecatomba, holocausto, sacrificio
en symbolo propicio,
siendo una en tres partes:
sagrada Teología, lenguas y artes.
¡Oh, Fénix de Lutecia, que en aromas
(que exceden las muy célebres de Arabia)
renace en ti la gloria de María,
por quien eres ilustre, docta y sabia;
por quien al resplandor de obra tan pía
más llena de belleza y gracia assomas!
Y a la fama le tomas
la boca y pluma para ser diuturna,
pirámides por urna
te ha consagrado por las tres Personas
que contiene la luz inaccesible:
el Padre eterno, el Hijo que pregonas,
Espíritu, que entonas
en esta Reyna hermosa,
cría Hija, ampara Madre, tiene esposa...
Canción, ¿dónde tan alta?
¿No ves que es imposible el grave asumpto?
Mal digo, nada falta,
que de gracias el mar aquí está junto,
este engrandece (esto me consuela)
al Pontífice, al Rey, a nuestra Escuela.
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jueves, 22 de abril de 2010
Ay, ay
Por si no tuviera ya pocos temas para investigar, voy y descubro de repente, hoy, la gigantesca obra de un ignoto erudito manchego del XIX. Casi cuarenta volúmenes manuscritos con prácticamente de todo: fábulas, sainetes, dramas, ensayos, poesía lírica, poesía narrativa, traducciones de clásicos latinos, griegos y hebreos y del francés, tratados sobre materias varias (historia, mitología), vocabularios diversos, apuntes, dibujos, mapas, biografías, epigramas, cartas, cuentos, gramáticas, planos, un arte poética, necrologías, sátiras, obras de otros autores copiadas, documentos transcritos etcétera.
Ya me dijeron que sé investigar, que sé nadar y no ahogarme en los océanos de la información, que tengo olfato para descubrir cosas, y lo que es peor, paciencia para tirar del hilo, pero nadie me avisó de que cada hilo salían muchos más; ¡esto ya es demasiado! Me moriré sin poder descubrir a los demás todo lo que voy desenterrando de los antiguos escritores manchegos.
Ya me dijeron que sé investigar, que sé nadar y no ahogarme en los océanos de la información, que tengo olfato para descubrir cosas, y lo que es peor, paciencia para tirar del hilo, pero nadie me avisó de que cada hilo salían muchos más; ¡esto ya es demasiado! Me moriré sin poder descubrir a los demás todo lo que voy desenterrando de los antiguos escritores manchegos.
Sucedido hoy
El escritor, que además es profe de insti, va a la barbería urgido por su mujer, que no soporta las greñas ni las barbas de profeta: "Ana, Ana, ¿por qué me persigues?". Pero no hay nadie que la baje del burro con que cocea a los primeros y pilosos cristianos. ¿No era Jesucristo melenudo y barbudo? Así que marcha contrito y greñente a la barbería que ya ha aparecido en este blog alguna vez. Se fía de su barbero, tanto como el rey Luis de Francia, quien lo tenia por vox populi y consejero, y tras el saludo de rigor y preguntar cuántos hay antes ("uno y el puesto") se arrellana en una silla. Tras leer en la prensa que Cospedal ha dejado sin agua a La Mancha, ejerce su costumbre de siempre, que es tomar nota mental de lo que oye:
Cliente 1: (sentado): Es que en España somos los más tontos. ¿Ves lo del velo?
Barbero: Lo que no puede ser es que en unos institutos sí y en otros no.
Cliente 2: (en el sillón) Y a las mezquitas no pueden ir cristianos sin descalzarse, mientras que a las iglesias cualquiera.
Barbero: Hay mucha cosa por hacer en África y se vienen aquí a trabajar los moros.
Escritor: (silencio)
Cliente 1: Y cómo lo que querían: que cerraran un día las piscinas para que pudieran bañarse las moras.
Barbero: Y otro día los amarillos, y otro los homosexuales, y otro día los jorobados, y otro...
Cliente: Eso es la democracia. Los moros...
(Entra un hombre en la barbería acompañado de su hijo de seis o siete años, que lleva un enorme coche de juguete en las manos, y pregunta con un acentuado acento marroquí)
Cliente 3: ¿Cuántos hay delante?
Barbero: Dos y el puesto... Pero se va haciendo tarde.
Barbero: Lo que no puede ser es que en unos institutos sí y en otros no.
Cliente 2: (en el sillón) Y a las mezquitas no pueden ir cristianos sin descalzarse, mientras que a las iglesias cualquiera.
Barbero: Hay mucha cosa por hacer en África y se vienen aquí a trabajar los moros.
Escritor: (silencio)
Cliente 1: Y cómo lo que querían: que cerraran un día las piscinas para que pudieran bañarse las moras.
Barbero: Y otro día los amarillos, y otro los homosexuales, y otro día los jorobados, y otro...
Cliente: Eso es la democracia. Los moros...
(Entra un hombre en la barbería acompañado de su hijo de seis o siete años, que lleva un enorme coche de juguete en las manos, y pregunta con un acentuado acento marroquí)
Cliente 3: ¿Cuántos hay delante?
Barbero: Dos y el puesto... Pero se va haciendo tarde.
(El moro se sienta, sin captar la indirecta. La conversación ya no trata ahora sobre moros, sino sobre enchufes profesionales a dedo en medicina que sufre el cliente 2 en el sillón por parte de un partido político en el poder. Se ve que el moro tiene prisa; el chico es muy educado y permanece sentado en una silla con su coche; por fin, le dice su padre que se levante, y se van)
Escritor: (meditabundo, dice para sí) ¿Tengo que reírme?
Escritor: (meditabundo, dice para sí) ¿Tengo que reírme?
Extraño caso es este
—Extraño caso es este —dijo Sancho— destos negociantes. ¿Es posible que sean tan necios, que no echen de ver que en crisis como estas no se ha de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces, como don Baltasar Garzón, no somos hombres de carne y de hueso, sino que quieren que seamos hechos de piedra mármol? Por Dios y en mi conciencia que, si me dura el gobierno, que no durará, según se me trasluce, que yo ponga en pretina a más de un negociante. Agora decid a ese buen hombre que entre, pero adviértase primero no sea alguno de los espías o matador mío y hágase luz, que está oscuro.
—No, señor —respondió el paje—, porque parece una alma de cántaro y, yo sé poco o él es tan bueno como el buen pan; y lo amerita ser natural de La Manchurria, como su excelencia el gobernador. Y luego muy presto traeré palmatoria y haré luz, que no falta aceite, aunque se cobre a real el cuartillo.
—No hay que temer —dijo el mayordomo—, que aquí estamos todos.
—¿Sería posible —dijo Sancho—, maestresala, que agora que no está aquí el doctor Ferrán Adrián, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia, aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?
—Esta noche a la cena se satisfará la falta de la comida y quedará vuestra señoría satisfecho y pagado —dijo el maestresala.
—Dios lo haga —respondió Sancho.
Y en esto entró el constructor, que era de muy buena presencia, y de mil leguas se le echaba de ver que era bueno y gordo y lucio y muy buena alma. Lo primero que dijo fue:
—¿Quién es aquí el señor gobernador?
—¿Quién ha de ser —respondió el secretario—, sino el que está sentado en la silla, que no por no ser arzobispal, como la de su eminencia el de Toledo, que Dios guarde, es menos importante?
—Humíllome, pues, a su presencia —dijo el constructor.
Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela Sancho y mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el constructor y luego dijo:
—Yo, señor, soy constructor, natural de La Manchurria, un lugar que está a una hora de AVE, muy cerca de Madrid.
—¡Otro Ferrán Adriano tenemos! —dijo Sancho—. Decid, hermano, que lo que yo os sé decir es que sé muy bien a La Manchurria, y que no está muy lejos de mi pueblo.
—Es, pues, el caso, señor —prosiguió el constructor—, que yo, por la misericordia de Dios, soy casado en paz y en haz de la santa Iglesia Católica Toledana, y aun en la Basílica Vaticana de la Torre Gorda, donde el cielo azul lloró una lágrima, como dicen los librotes del Taja-Majal; tengo dos hijos en la misma cofradía en la que el señor gobernador es gran hermano o hermano mayor, que el menor estudia para parado o quier que detenido, y el mayor para político; soy viudo, porque se murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató un mal médico, que se formó con la ESO y la purgó estando preñada, que si Dios fuera servido que saliera a luz el parto y fuera hijo, yo le pusiera a estudiar en un privado para cofrade, porque no tuviera invidia a sus hermanos el parado o detenido y el político, pero sí más suerte que ellos.
—¿De modo —dijo Sancho— que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran muerto, vos no fuérades agora viudo?
—No, señor, en ninguna manera —respondió el constructor.
—¡Medrados estamos —replicó Sancho— que razones como estas se las he oído a mi Sanchica, después de haber estudiado la ESO! Adelante, hermano, que es hora de dormir más que de negociar.
—Digo, pues —dijo el constructor—, que este mi hijo que ha de ser político quiso emprender un negocio de vuelos y otros excesos y compró unos majuelos para hacer una pista de aterrizaje, tras conquistar a trancas y barrancas los permisos de la Inquisición, que en eso de volar y otros excesos no las tenía todas consigo, y cerró negocios con la compañía voladora Clavileño, así como con unos moriscos que querían importar hierbas africanas y unos hidalgos manchurrianos, que habían estado con don Diego de Almagro y Cristóbal de Mena allá en el Pirú y querían llevarse aquí más hierbas, sobre todo unas aromáticas que son muy buenas para el espíritu y curan la melancolía de modo, que no hay más que ver y el señor don Quejoso quedaría muy contento y ya no pensaría más en Chuchinea. Y de este agio nosotros, que somos agiotistas, estaríamos muy felices y venturosos.
–No los comería yo con más dientes, pero vive Dios, a fe mía, –replicó Sancho– que no es poco osado vuestro hijo, y peregrinas y nunca vistas las empresas que ha osado acometer.
–Pues aún más se aventuró mi bendito, porque quiso traer a estos lares y andurriales manchurrianos a mucha gente de Murcia, jugadora del dos, y montar una casa de leones o de juego, de cuyo beneficio se diese mucho barato a comerciantes y ricoshombres de nuestra tierra, mirusté, y así recaudar por mis pecados más oro, perlas y esmeraldas que la Garduña de Sevilla; es más, como que, animado yo por su misma venturosa visión, levanté chozos-casas en Valtimado, que ni el señor Enron ni los hermanos Lemandrines de que hablan los libros de caballerías las tuvieron mejores ni más ricas ni mejor acondicionadas. Y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy pintando las partes de lo que cuento, que al fin al fin es mi hijo, lo quiero bien y no me parece mal.
—Pintad lo que quisiéredes —dijo Sancho—, que yo me voy recreando en la pintura y, si hubiera comido, siquiera unas gachas, no hubiera mejor postre para mí que vuestro retrato.
—Eso tengo yo por servir —respondió el labrador—, pero tiempo vendrá en que seamos, si ahora no semos. Y digo, señor, que fuera cosa de admiración, pero no puede ser, a causa de que está agobiado y encogido y tiene deudas para dar y tomar, y la crisis le ha topado tan de recio, que ni todas las rentas y arcas del Arzobispo de Toledo podrían llenar sus vacías faltriqueras y gatos.
—Está bien —dijo Sancho—, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado vuestro asunto de los pies a la cabeza y me maúlla a mí bien otro gato. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.
—Querría, señor —respondió el constructor—, que vuestra merced me hiciese merced de darme una carta de crédito para que nos diesen más dineros, suplicándole sea servido de que esta componenda se haga, pues somos desiguales en los bienes de fortuna y en los de la naturaleza, y es menester el dinero del pobre para que el rico lo siga siendo y no seamos pobres todos. Porque, para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado por la codicia, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus, y de haber caído una vez en el fuego tiene el rostro arrugado como pergamino y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es que se aporrea y dase de puñadas él mesmo a sí mesmo cuando juega al pelotamano y zurrase a escritores públicos y periodistas y gente de tan mal pelo, fuera un bendito.
—¿Queréis otra cosa, buen hombre? —replicó Sancho, no muy desabrido.
—Otra cosa querría —dijo el constructor—, sino que no me atrevo a decirlo; pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda de costa de mi político; digo, para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de hipotecarios malvados y tener casa barata y acomodada para sí y sus parientes y cofrades y deudos y amigos, en el parajote llamado el Quesito o en Madrid, que de ahí márchase al cielo, sin necesidad de vuelo con la compañía Clavileño.
—Mirad si queréis otra cosa —dijo Sancho— y no la dejéis de decir por empacho ni por vergüenza.
—No, por cierto —respondió el constructor.
Y apenas dijo esto, cuando levantándose en pie el gobernador, asió de la silla en que estaba sentado y dijo:
—¡Voto a tal, don patán rústico y malmirado, que si no os apartáis y ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados? ¿Y dónde los tengo yo, hediondo? ¿En la Caja de Castilla Sin Blanca? ¿Y por qué te los había de dar aunque los tuviera, socarrón y mentecato? ¿Y qué se me da a mí de La Manchurria ni de toda la Cofradía de Mangantes, Cabezudos y Caballeros Mamandantes? ¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de ser de La Manchurria, sino algún socarrón que para tentarme te ha enviado aquí el Infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, ¿y ya quieres que tenga seiscientos ducados?
Hízole señas el maestresala al constructor que se saliese de la sala, el cual lo hizo cabizbajo y al parecer temeroso de que el gobernador no ejecutase su cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio. Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y volvamos a don Quejoso, que le dejamos vendado el rostro y curado de las gatescas heridas, de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales le sucedió lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar las cosas desta prolija historia, por mínimas que sean.
—No, señor —respondió el paje—, porque parece una alma de cántaro y, yo sé poco o él es tan bueno como el buen pan; y lo amerita ser natural de La Manchurria, como su excelencia el gobernador. Y luego muy presto traeré palmatoria y haré luz, que no falta aceite, aunque se cobre a real el cuartillo.
—No hay que temer —dijo el mayordomo—, que aquí estamos todos.
—¿Sería posible —dijo Sancho—, maestresala, que agora que no está aquí el doctor Ferrán Adrián, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia, aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?
—Esta noche a la cena se satisfará la falta de la comida y quedará vuestra señoría satisfecho y pagado —dijo el maestresala.
—Dios lo haga —respondió Sancho.
Y en esto entró el constructor, que era de muy buena presencia, y de mil leguas se le echaba de ver que era bueno y gordo y lucio y muy buena alma. Lo primero que dijo fue:
—¿Quién es aquí el señor gobernador?
—¿Quién ha de ser —respondió el secretario—, sino el que está sentado en la silla, que no por no ser arzobispal, como la de su eminencia el de Toledo, que Dios guarde, es menos importante?
—Humíllome, pues, a su presencia —dijo el constructor.
Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela Sancho y mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el constructor y luego dijo:
—Yo, señor, soy constructor, natural de La Manchurria, un lugar que está a una hora de AVE, muy cerca de Madrid.
—¡Otro Ferrán Adriano tenemos! —dijo Sancho—. Decid, hermano, que lo que yo os sé decir es que sé muy bien a La Manchurria, y que no está muy lejos de mi pueblo.
—Es, pues, el caso, señor —prosiguió el constructor—, que yo, por la misericordia de Dios, soy casado en paz y en haz de la santa Iglesia Católica Toledana, y aun en la Basílica Vaticana de la Torre Gorda, donde el cielo azul lloró una lágrima, como dicen los librotes del Taja-Majal; tengo dos hijos en la misma cofradía en la que el señor gobernador es gran hermano o hermano mayor, que el menor estudia para parado o quier que detenido, y el mayor para político; soy viudo, porque se murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató un mal médico, que se formó con la ESO y la purgó estando preñada, que si Dios fuera servido que saliera a luz el parto y fuera hijo, yo le pusiera a estudiar en un privado para cofrade, porque no tuviera invidia a sus hermanos el parado o detenido y el político, pero sí más suerte que ellos.
—¿De modo —dijo Sancho— que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran muerto, vos no fuérades agora viudo?
—No, señor, en ninguna manera —respondió el constructor.
—¡Medrados estamos —replicó Sancho— que razones como estas se las he oído a mi Sanchica, después de haber estudiado la ESO! Adelante, hermano, que es hora de dormir más que de negociar.
—Digo, pues —dijo el constructor—, que este mi hijo que ha de ser político quiso emprender un negocio de vuelos y otros excesos y compró unos majuelos para hacer una pista de aterrizaje, tras conquistar a trancas y barrancas los permisos de la Inquisición, que en eso de volar y otros excesos no las tenía todas consigo, y cerró negocios con la compañía voladora Clavileño, así como con unos moriscos que querían importar hierbas africanas y unos hidalgos manchurrianos, que habían estado con don Diego de Almagro y Cristóbal de Mena allá en el Pirú y querían llevarse aquí más hierbas, sobre todo unas aromáticas que son muy buenas para el espíritu y curan la melancolía de modo, que no hay más que ver y el señor don Quejoso quedaría muy contento y ya no pensaría más en Chuchinea. Y de este agio nosotros, que somos agiotistas, estaríamos muy felices y venturosos.
–No los comería yo con más dientes, pero vive Dios, a fe mía, –replicó Sancho– que no es poco osado vuestro hijo, y peregrinas y nunca vistas las empresas que ha osado acometer.
–Pues aún más se aventuró mi bendito, porque quiso traer a estos lares y andurriales manchurrianos a mucha gente de Murcia, jugadora del dos, y montar una casa de leones o de juego, de cuyo beneficio se diese mucho barato a comerciantes y ricoshombres de nuestra tierra, mirusté, y así recaudar por mis pecados más oro, perlas y esmeraldas que la Garduña de Sevilla; es más, como que, animado yo por su misma venturosa visión, levanté chozos-casas en Valtimado, que ni el señor Enron ni los hermanos Lemandrines de que hablan los libros de caballerías las tuvieron mejores ni más ricas ni mejor acondicionadas. Y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy pintando las partes de lo que cuento, que al fin al fin es mi hijo, lo quiero bien y no me parece mal.
—Pintad lo que quisiéredes —dijo Sancho—, que yo me voy recreando en la pintura y, si hubiera comido, siquiera unas gachas, no hubiera mejor postre para mí que vuestro retrato.
—Eso tengo yo por servir —respondió el labrador—, pero tiempo vendrá en que seamos, si ahora no semos. Y digo, señor, que fuera cosa de admiración, pero no puede ser, a causa de que está agobiado y encogido y tiene deudas para dar y tomar, y la crisis le ha topado tan de recio, que ni todas las rentas y arcas del Arzobispo de Toledo podrían llenar sus vacías faltriqueras y gatos.
—Está bien —dijo Sancho—, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado vuestro asunto de los pies a la cabeza y me maúlla a mí bien otro gato. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.
—Querría, señor —respondió el constructor—, que vuestra merced me hiciese merced de darme una carta de crédito para que nos diesen más dineros, suplicándole sea servido de que esta componenda se haga, pues somos desiguales en los bienes de fortuna y en los de la naturaleza, y es menester el dinero del pobre para que el rico lo siga siendo y no seamos pobres todos. Porque, para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado por la codicia, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus, y de haber caído una vez en el fuego tiene el rostro arrugado como pergamino y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es que se aporrea y dase de puñadas él mesmo a sí mesmo cuando juega al pelotamano y zurrase a escritores públicos y periodistas y gente de tan mal pelo, fuera un bendito.
—¿Queréis otra cosa, buen hombre? —replicó Sancho, no muy desabrido.
—Otra cosa querría —dijo el constructor—, sino que no me atrevo a decirlo; pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda de costa de mi político; digo, para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de hipotecarios malvados y tener casa barata y acomodada para sí y sus parientes y cofrades y deudos y amigos, en el parajote llamado el Quesito o en Madrid, que de ahí márchase al cielo, sin necesidad de vuelo con la compañía Clavileño.
—Mirad si queréis otra cosa —dijo Sancho— y no la dejéis de decir por empacho ni por vergüenza.
—No, por cierto —respondió el constructor.
Y apenas dijo esto, cuando levantándose en pie el gobernador, asió de la silla en que estaba sentado y dijo:
—¡Voto a tal, don patán rústico y malmirado, que si no os apartáis y ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados? ¿Y dónde los tengo yo, hediondo? ¿En la Caja de Castilla Sin Blanca? ¿Y por qué te los había de dar aunque los tuviera, socarrón y mentecato? ¿Y qué se me da a mí de La Manchurria ni de toda la Cofradía de Mangantes, Cabezudos y Caballeros Mamandantes? ¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de ser de La Manchurria, sino algún socarrón que para tentarme te ha enviado aquí el Infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, ¿y ya quieres que tenga seiscientos ducados?
Hízole señas el maestresala al constructor que se saliese de la sala, el cual lo hizo cabizbajo y al parecer temeroso de que el gobernador no ejecutase su cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio. Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y volvamos a don Quejoso, que le dejamos vendado el rostro y curado de las gatescas heridas, de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales le sucedió lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar las cosas desta prolija historia, por mínimas que sean.
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Sátira,
Sociedad
Ideas de Félix Mejía sobre la religión
Eran muy simples: que toda religión, si quiere serlo, ha de ser tolerante y no tener poder; lo resumió en estos versos de la Vida de Fernando VII:
Hay religiones que lo son sin duda
(por lo que oprimen y por lo que sudan)
Hay religiones que lo son sin duda
(por lo que oprimen y por lo que sudan)
Una pieza teatral sobre educación
Por Liz Perales, en el suplemento El Cultural de El Mundo
José María Pou capitanea el vasto elenco de Los chicos de Historia, obra de Alan Bennet que llega a Madrid, a los Teatros del Canal el 22 de abril, y que él también ha dirigido. Se trata de una obra que aborda un modelo de enseñanza quizá ya perdido y del placer de disfrutar con la cultura.
Pou (Mollet del Vallés, Barcelona, 1944) es el actor mas “british”de nuestra escena. Sus maneras, sus gustos, sus influencias, sus lecturas, su forma de entender el oficio de actor (“como misión cuasi religiosa”)... llevan la impronta de la cultura anglosajona. Es metódico al hablar, pero de verbo torrencial, erudito pero discreto cuando de expresar sus convicciones se trata. Cuando no trabaja, se refugia en la metrópoli británica. Confiesa que sus intérpretes preferidos son Ian McKellen y, sobre todo, Michael Gambon, “el mejor del momento”.
Y también en inglés escriben los autores de sus últimas obras: La cabra, de Edward Albee; Su seguro servidor, Orson Welles, de Richard France, que gira por España en estos momentos, y Los chicos de Historia, de Alan Bennet, que llega a Madrid tras representarse durante seis meses en Barcelona y haber visitado numerosas plazas durante el último año. “Bennet es el auténtico representante del teatro inglés actual; en el estilo y la temática de sus obras se reconoce el carácter de los británicos. Lleva 60 años en la brecha y, sin embargo, en España nunca se ha representado. Sí tuvo mucho éxito aquí una novela suya, Una lectura poco común”, explica.
Una obra para un teatro
Pou inauguró con Los chicos de Historia el teatro Goya de Barcelona, propiedad de la empresa Focus que le nombró director en 2008. No fue casual la elección, nada en Pou es fruto de la improvisación. Entonces consideró que la obra de Bennet sería adecuada para un espacio que quiere convertir en el templo barcelonés de la alta comedia. “Lo que más me llamó la atención del texto fue su extraordinaria carpintería teatral, un mecanismo de relojería, pues tiene una estructura que difícilmente practican ya los autores de hoy y con unos diálogos brillantes. Y luego me interesó mucho la temática, aborda la educación de los jóvenes, qué hacemos con ellos, si son válidos los métodos educativos que empleamos... un tema universal, que interesa en todas partes”.
La obra, que ha tenido su remedo fílmico, transcurre en un instituto del norte de Inglaterra. De allí han salido ocho brillantes alumnos con excelentes calificaciones, lo que les va a permitir estudiar en las mejores universidades inglesas, Cambridge y Oxford. Pero deben preparar un duro examen de ingreso y deciden que un tutor les ayude. Éste es Héctor, papel de Pou, “un profesor ácrata, anárquico, extravagante, pero que consigue seducir a los alumnos con la enseñanza humanista que ofrece”. El conflicto está servido cuando se desvela que los métodos de Héctor no convencen al director del colegio (Josep Minguell), quien busca resultados inmediatos y opta por llamar a otro maestro, Irwin (Jordi Andújar), recién licenciado en Oxford y cuyos métodos son más competitivos.
“La obra gira en torno a la disputa entre estos dos profesores, que defienden sendas concepciones diferentes de enseñanza y de la idea del maestro: la tradicional o humanista, y la moderna que busca, básicamente, colocar a los estudiantes en la sociedad”. Y añade: “La educación es un tema que preocupa siempre, la prueba es que cada vez que cambia el gobierno en nuestro país, se cambian las leyes educativas. No creo que estos cambios estén motivados tanto por convicciones ideológicas como para dar respuesta a problemas de una sociedad mercantilista que exige resolverlos con urgencia”.
El placer de la cultura
Sin embargo, y aunque el debate está asegurado, la idea que defiende el autor es, en realidad, “la celebración del placer de ser culto, de ser educado en el sentido de haber sido bien enseñado, de que no se pierdan las buenas maneras, de disfrutar con la cultura”, apunta el actor.
En Los chicos de Historia Pou no sólo actúa, también firma la dirección del espectáculo. Cuenta que los ocho jóvenes del elenco fueron seleccionados después de un casting por el que pasaron más de 60 actores, lo que le permitió evaluar a las nuevas generaciones: “Están muy preparados. Todos han pasado por escuelas, han hecho cursos, han viajado al extranjero. Hay una gran diferencia con la etapa que me tocó vivir” (años 60, en Madrid, con maestros como Manuel Dicenta; luego en los 70, en la compañía de José Luis Alonso). Y añade que facilitar el despegue de estos ocho actores era una idea que le seducía: “Me gustaba el paralelismo de inaugurar el Goya al tiempo que ocho actores empezaban su carrera profesional”.
El actor quiso estrenar la obra en catalán, quería dirigirse a la afición barcelonesa con un texto que no es de fácil digestión. Estuvo durante seis meses en cartel. Un éxito, según dice : “Yo estoy en contra de estrenar un espectáculo y mantenerlo en cartel tres semanas nada más. El Teatro Goya tiene una programación abierta, porque estrenamos una función y la mantenemos hasta que el público lo decide. En realidad no imaginamos el éxito que iba a tener Los chicos..., por lo que comenzamos a contratar una gira que nos ha llevado por toda España durante 2009 y que termina en Madrid, lo que me gusta mucho”.
Mientras Pou representaba en Barcelona Los chicos de Historia comenzó a dirigir La vida por delante, el espectáculo que sustituiría al primero y que estrenó en abril de 2009. Protagonizado por Concha Velasco, llegará a Madrid, a La Latina, la próxima temporada. Pou quiso que en esta ocasión fuera una obra en castellano y con una actriz de tirón popular que atrajera a mucho público al teatro, tanto a los catalanohablantes como a los castellanos. “Cuando actué en Madrid con La cabra, Concha vino varias veces y siempre insistía en que quería hacer algo conmigo. Pensé en este texto, y se lo propuse, pero la única condición que ella puso es que yo dirigiera la función”.
Concha saborea las mieles del éxito con la obra, premio Goncourt de Emile Ajar, y en la que da vida a la dueña de una pensión, superviviente de Auschwitz, que acoge en su casa a hijos de prostitutas, su oficio de joven. La obra está haciendo una larga gira por España, algo poco usual en estos tiempos. “Concha pertenece a una rara estirpe de intérpretes, la de los actores con vocación que quieren que el teatro llegue a todas partes. Por eso se está pateando todos los escenarios de España”, comenta Pou.
Una raza a la que también él pertenece, pues compatibiliza las representaciones de Los chicos de Historia con Su seguro servidor, Orson Welles, el monólogo que estrenó el verano pasado y que también está previsto que llegue a Madrid. Una pieza en la que resulta sorprendente su identificación con el famoso director de cine. Por si fuera poco, ahora anda por tierras turcas, en Ankara, donde ensaya con el Teatro Nacional La gran sultana, de Cervantes.
¿No sufre Pou la esquizofrenia de cambiarse de máscara casi simultáneamente?, como intentó mostrar en Máscaras, filme de Elisabet Cabeza y Esteve Riambau.“Soy muy activo, no por ambición o por ser más rico. Me gusta mi oficio y tengo mucha capacidad de trabajo. Y soy de los que piensan que las obras deben durar lo que el público dicte. Yo no me despido y no me gusta que me sustituyan”.
José María Pou capitanea el vasto elenco de Los chicos de Historia, obra de Alan Bennet que llega a Madrid, a los Teatros del Canal el 22 de abril, y que él también ha dirigido. Se trata de una obra que aborda un modelo de enseñanza quizá ya perdido y del placer de disfrutar con la cultura.
Pou (Mollet del Vallés, Barcelona, 1944) es el actor mas “british”de nuestra escena. Sus maneras, sus gustos, sus influencias, sus lecturas, su forma de entender el oficio de actor (“como misión cuasi religiosa”)... llevan la impronta de la cultura anglosajona. Es metódico al hablar, pero de verbo torrencial, erudito pero discreto cuando de expresar sus convicciones se trata. Cuando no trabaja, se refugia en la metrópoli británica. Confiesa que sus intérpretes preferidos son Ian McKellen y, sobre todo, Michael Gambon, “el mejor del momento”.
Y también en inglés escriben los autores de sus últimas obras: La cabra, de Edward Albee; Su seguro servidor, Orson Welles, de Richard France, que gira por España en estos momentos, y Los chicos de Historia, de Alan Bennet, que llega a Madrid tras representarse durante seis meses en Barcelona y haber visitado numerosas plazas durante el último año. “Bennet es el auténtico representante del teatro inglés actual; en el estilo y la temática de sus obras se reconoce el carácter de los británicos. Lleva 60 años en la brecha y, sin embargo, en España nunca se ha representado. Sí tuvo mucho éxito aquí una novela suya, Una lectura poco común”, explica.
Una obra para un teatro
Pou inauguró con Los chicos de Historia el teatro Goya de Barcelona, propiedad de la empresa Focus que le nombró director en 2008. No fue casual la elección, nada en Pou es fruto de la improvisación. Entonces consideró que la obra de Bennet sería adecuada para un espacio que quiere convertir en el templo barcelonés de la alta comedia. “Lo que más me llamó la atención del texto fue su extraordinaria carpintería teatral, un mecanismo de relojería, pues tiene una estructura que difícilmente practican ya los autores de hoy y con unos diálogos brillantes. Y luego me interesó mucho la temática, aborda la educación de los jóvenes, qué hacemos con ellos, si son válidos los métodos educativos que empleamos... un tema universal, que interesa en todas partes”.
La obra, que ha tenido su remedo fílmico, transcurre en un instituto del norte de Inglaterra. De allí han salido ocho brillantes alumnos con excelentes calificaciones, lo que les va a permitir estudiar en las mejores universidades inglesas, Cambridge y Oxford. Pero deben preparar un duro examen de ingreso y deciden que un tutor les ayude. Éste es Héctor, papel de Pou, “un profesor ácrata, anárquico, extravagante, pero que consigue seducir a los alumnos con la enseñanza humanista que ofrece”. El conflicto está servido cuando se desvela que los métodos de Héctor no convencen al director del colegio (Josep Minguell), quien busca resultados inmediatos y opta por llamar a otro maestro, Irwin (Jordi Andújar), recién licenciado en Oxford y cuyos métodos son más competitivos.
“La obra gira en torno a la disputa entre estos dos profesores, que defienden sendas concepciones diferentes de enseñanza y de la idea del maestro: la tradicional o humanista, y la moderna que busca, básicamente, colocar a los estudiantes en la sociedad”. Y añade: “La educación es un tema que preocupa siempre, la prueba es que cada vez que cambia el gobierno en nuestro país, se cambian las leyes educativas. No creo que estos cambios estén motivados tanto por convicciones ideológicas como para dar respuesta a problemas de una sociedad mercantilista que exige resolverlos con urgencia”.
El placer de la cultura
Sin embargo, y aunque el debate está asegurado, la idea que defiende el autor es, en realidad, “la celebración del placer de ser culto, de ser educado en el sentido de haber sido bien enseñado, de que no se pierdan las buenas maneras, de disfrutar con la cultura”, apunta el actor.
En Los chicos de Historia Pou no sólo actúa, también firma la dirección del espectáculo. Cuenta que los ocho jóvenes del elenco fueron seleccionados después de un casting por el que pasaron más de 60 actores, lo que le permitió evaluar a las nuevas generaciones: “Están muy preparados. Todos han pasado por escuelas, han hecho cursos, han viajado al extranjero. Hay una gran diferencia con la etapa que me tocó vivir” (años 60, en Madrid, con maestros como Manuel Dicenta; luego en los 70, en la compañía de José Luis Alonso). Y añade que facilitar el despegue de estos ocho actores era una idea que le seducía: “Me gustaba el paralelismo de inaugurar el Goya al tiempo que ocho actores empezaban su carrera profesional”.
El actor quiso estrenar la obra en catalán, quería dirigirse a la afición barcelonesa con un texto que no es de fácil digestión. Estuvo durante seis meses en cartel. Un éxito, según dice : “Yo estoy en contra de estrenar un espectáculo y mantenerlo en cartel tres semanas nada más. El Teatro Goya tiene una programación abierta, porque estrenamos una función y la mantenemos hasta que el público lo decide. En realidad no imaginamos el éxito que iba a tener Los chicos..., por lo que comenzamos a contratar una gira que nos ha llevado por toda España durante 2009 y que termina en Madrid, lo que me gusta mucho”.
Mientras Pou representaba en Barcelona Los chicos de Historia comenzó a dirigir La vida por delante, el espectáculo que sustituiría al primero y que estrenó en abril de 2009. Protagonizado por Concha Velasco, llegará a Madrid, a La Latina, la próxima temporada. Pou quiso que en esta ocasión fuera una obra en castellano y con una actriz de tirón popular que atrajera a mucho público al teatro, tanto a los catalanohablantes como a los castellanos. “Cuando actué en Madrid con La cabra, Concha vino varias veces y siempre insistía en que quería hacer algo conmigo. Pensé en este texto, y se lo propuse, pero la única condición que ella puso es que yo dirigiera la función”.
Concha saborea las mieles del éxito con la obra, premio Goncourt de Emile Ajar, y en la que da vida a la dueña de una pensión, superviviente de Auschwitz, que acoge en su casa a hijos de prostitutas, su oficio de joven. La obra está haciendo una larga gira por España, algo poco usual en estos tiempos. “Concha pertenece a una rara estirpe de intérpretes, la de los actores con vocación que quieren que el teatro llegue a todas partes. Por eso se está pateando todos los escenarios de España”, comenta Pou.
Una raza a la que también él pertenece, pues compatibiliza las representaciones de Los chicos de Historia con Su seguro servidor, Orson Welles, el monólogo que estrenó el verano pasado y que también está previsto que llegue a Madrid. Una pieza en la que resulta sorprendente su identificación con el famoso director de cine. Por si fuera poco, ahora anda por tierras turcas, en Ankara, donde ensaya con el Teatro Nacional La gran sultana, de Cervantes.
¿No sufre Pou la esquizofrenia de cambiarse de máscara casi simultáneamente?, como intentó mostrar en Máscaras, filme de Elisabet Cabeza y Esteve Riambau.“Soy muy activo, no por ambición o por ser más rico. Me gusta mi oficio y tengo mucha capacidad de trabajo. Y soy de los que piensan que las obras deben durar lo que el público dicte. Yo no me despido y no me gusta que me sustituyan”.
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miércoles, 21 de abril de 2010
El Alarcos y la informática
En mi instituto somos tan diestros en informática que, nada más ir a la página, me saltan todas las alarmas antivirus del programa Avast! y me dicen que si quiero me suicide, pero que no entre en el portal.
Que alguien lo arregle (esto es, que lo solucione, no que lo estropee más).
El mensajero del medio
O el Messenger. Es una mierda que sólo utilizan gentes con la cabeza vacía. ¿Qué se aprende con el Messenger? ¿A redactar? ¿A escribir correctamente? ¿A decir cosas con sustancia? Ni siquiera se aprende a decir, sino a parlotear, a cacarear. No quiero decir charlar, porque la charla posee una dignidad y un sentimiento verdaderamente coloquiales... No son actos de habla, sino mero cacareo privado de toda imposición de marco, contexto, situación y realidad: dejan el mundo y el pensamiento aparte para escuchar el ruido que hace el estreñimiento mental y el silbido del gargajo. Grafitti sucios y obscenos expuestos por mano que tira el spray y esconde la pezuña. Los sincara son un carajo de caraduras para los que no tienen persona, que es "máscara" en latín, y todo lo más personaje o fantasmón. No se puede ser cáscaras de humano. El Giligates tenía que ser. Yo diré para lo que sirve el Messenger: para pervertir a la juventud y para perder el tiempo en vez de estudiar, leer y divertirse de verdad. Y lo dejo ya, pues, aunque aún me queda vinagre para tan sosa ensalada, me gustan más los rábanos que las hojas.
El mester de tontería
El tan admirable como simpático y cultivado José Emilio Pacheco ha dicho una cosa que nos pasa a muchos escritores:
"Carezco totalmente de la capacidad de hablar, necesito ver qué estoy pensando para saber cómo continúo. Por eso recuerdo cuando Sartre se quedó ciego y dijo: yo dejo de escribir en este momento”
También nuestro tan manchego como universal Ángel Crespo escribió algo parecido (no recuerdo dónde, y tampoco voy a ir a buscarlo). A mí me pasa, aunque, desde luego, no pretendo compararme con tan ilustres personajes: a veces creo que no puedo pensar sin escribir ni escribir sin pensar. La nube sólo se puede concretar si llueve y la forma que adopte el hielo que venga después da igual: siempre será una isla, un iceberg que sólo enseña la décima parte de su ser, un émbolo errante entre el cielo y la tierra. El escribir te da un ritmo, un rigor, un mecanismo, aunque sólo sea el de sacar y enredar el hilo del verso del capullo que uno es, y te metamorfosea -te cambia, diría- en una mariposa/gusano con la dignidad que da el lenguaje a lo vulgar, si queremos glosar al aéreo y deleble Novalis. A Crespo le obsesionaban las metamorfosis y veía en la lírica el misterio esencial y el mito, que reducía al Hermes de los ponientes de su infancia. Alguna vez definí, vanamente, el propósito de mi lírica: "Escribo para ver si es verdad". Es un asombro (epifanía o antifanía = antifonía) que dura poco, y desde luego no un strip-tease juanramoniano; respecto a la sacralización que provoca esa escritura posteriormente, al poeta no le interesan esas petrificaciones o empedernimientos, sino la vida perdida que constituyen como evocaciones: elegía, en fin.
La timidez de no hablar, que te aísla, te hace escribir. Esa timidez la provocan muchas cosas: el asombro y el dolor son las que más, pero también la percepción de fuentes extrañas y de una voz que no usa palabras. En cuanto al Einfühlung o simpatetismo de esta escritura o canto, nadie lo escribió mejor que Lorca en su conferencia "Teoría y juego del duende".
"Carezco totalmente de la capacidad de hablar, necesito ver qué estoy pensando para saber cómo continúo. Por eso recuerdo cuando Sartre se quedó ciego y dijo: yo dejo de escribir en este momento”
También nuestro tan manchego como universal Ángel Crespo escribió algo parecido (no recuerdo dónde, y tampoco voy a ir a buscarlo). A mí me pasa, aunque, desde luego, no pretendo compararme con tan ilustres personajes: a veces creo que no puedo pensar sin escribir ni escribir sin pensar. La nube sólo se puede concretar si llueve y la forma que adopte el hielo que venga después da igual: siempre será una isla, un iceberg que sólo enseña la décima parte de su ser, un émbolo errante entre el cielo y la tierra. El escribir te da un ritmo, un rigor, un mecanismo, aunque sólo sea el de sacar y enredar el hilo del verso del capullo que uno es, y te metamorfosea -te cambia, diría- en una mariposa/gusano con la dignidad que da el lenguaje a lo vulgar, si queremos glosar al aéreo y deleble Novalis. A Crespo le obsesionaban las metamorfosis y veía en la lírica el misterio esencial y el mito, que reducía al Hermes de los ponientes de su infancia. Alguna vez definí, vanamente, el propósito de mi lírica: "Escribo para ver si es verdad". Es un asombro (epifanía o antifanía = antifonía) que dura poco, y desde luego no un strip-tease juanramoniano; respecto a la sacralización que provoca esa escritura posteriormente, al poeta no le interesan esas petrificaciones o empedernimientos, sino la vida perdida que constituyen como evocaciones: elegía, en fin.
La timidez de no hablar, que te aísla, te hace escribir. Esa timidez la provocan muchas cosas: el asombro y el dolor son las que más, pero también la percepción de fuentes extrañas y de una voz que no usa palabras. En cuanto al Einfühlung o simpatetismo de esta escritura o canto, nadie lo escribió mejor que Lorca en su conferencia "Teoría y juego del duende".
Entrevista a José Emilio Pacheco
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid El País, 20/04/2010
(Reconstruyo la entrevista con otros textos, ya que el periodista cita mal y de forma incompleta)
"Yo pensaba que esto sólo les pasaba a los actores", dijo ayer por la mañana el mexicano José Emilio Pacheco al ver la nube de fotógrafos que le recibió en el auditorio del Ministerio de Cultura. Entró acompañado de la titular de la casa, Ángeles González-Sinde, para participar en un encuentro en el que hubo preguntas de la prensa, lectura de poemas a cargo del último Premio Cervantes y charla distendida y de altura entre el galardonado, la ministra y el presentador del acto, Ignacio Elguero, poeta y director de Radio Nacional. Pacheco empezó anunciando que no tenía mucho que decir pero terminó hablando de todo: de sus libros más recientes -Tarde o temprano, que reúne su poesía completa, y la novela corta Las batallas en el desierto (ambos en Tusquets)-, de su abuela, de su preocupación por la violencia en México y por la salud de sus amigos Sergio Pitol y Carlos Monsiváis. También de su admiración por Miguel Delibes: "La literatura sirve para imaginar las vidas que no vivimos. Admiro mucho a Delibes. Sólo una adversidad: él era cazador y yo, anti-caza. Pero la belleza de su escritura hace que uno venza los prejuicios". Así, poco a poco fue desgranando algunas de las claves de una obra que le valió el premio más importante de las letras en español. El próximo viernes se le entregarán los Reyes en Alcalá de Henares.
Poeta no es una profesión. "Que alguien escriba poesía es un absoluto misterio porque todo está en contra. Cuando uno tiene 14 años tiene tanta vergüenza de escribir que no se atreve a decírselo a sus compañeros de clase. Luego tampoco puede. No parece serio. Una vez al hacerme un carnet dije que era escritor y la funcionaria me dijo: "¡Eso no es profesión!" Y puso: "Trabaja por su cuenta".
Privilegios y esperanzas. "No quiero quejarme y decir que la situación de la poesía es terrible porque miren todos estos privilegios que tengo ahora. Pero la verdad es que, usando un verbo tecnocrático que detesto, esto no estaba contemplado. Cuando empecé a escribir no pensaba en publicar en Tusquets, ni en recibir el premio Reina Sofía, ni el Cervantes. Por eso actuaba con gran libertad, porque no tenía ninguna esperanza más que la de seguir escribiendo".
Enemigo de sí mismo. "Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los 20 años". Mucha gente me ha recordado ahora, sí, estos versos del poema Antiguos compañeros se reúnen. Por suerte nunca satanicé los premios literarios".
Discurso secreto. "¿Que qué puedo avanzar del discurso del viernes? ¡Nada! Llevo seis meses repitiendo las mismas cosas. Agradezco la atención, pero si digo algo es que no lo voy a escribir. Nabokov decía: "Si hablo soy un niño de siete años, si escribo, soy un gran escritor". Carezco totalmente de la capacidad de hablar, necesito ver qué estoy pensando para saber cómo continuo. Por eso recuerdo cuando Sartre se quedó ciego y dijo, yo dejo de escribir en este momento”. Tenía razón. Yo necesito ver lo que escribo, para corregir. Y hablando no le puedes decir a la gente: "Borra eso, que te lo digo mejor".
"Me temo que a la edad que tengo voy a tener que guardar el dinero del Cervantes para gastos de hospital. Veo enfermo a mi amigo Carlos Monsiváis y me doy cuenta de que ese es mi porvenir inmediato. Ojalá se recupere pronto. Sin Monsiváis no se entiende la cultura mexicana de los últimos 50 años. A mí, me llegaron los 15 minutos de fama de los que hablaba Andy Warhol, pero me llegaron a un cuarto para las 12. O sea, que tengo un cuarto de hora de provecho".
Versos para el teléfono móvil. "Yo ya no pertenezco al mundo de ustedes, llego tarde, con la tecnología es como tratar de aprender un idioma de mayor: puedes hablarlo, pero siempre con acento. No obstante, los nuevos medios pueden ayudar a propagar un género breve como la poesía. Hasta el móvil puede ser un instrumento de poesía. Pero no perdamos de vista la obsolescencia de los aparatos. Todavía recuerdo cómo hace 20 años me quedé asombrado al ver salir un fax del teléfono. Hoy es tan antiguo como una locomotora de vapor".
Desastre de mundo. "¿Cómo veo el mundo de hoy? ¡Desastroso! Cuando a finales del año pasado publiqué el libro de poemas Como la lluvia [editado en España por Visor] mucha gente me dijo que era muy pesimista, pero si uno mira todo lo que ha pasado en este trimestre -los terremotos de Haití y Chile, la violencia de México...- se da cuenta de que todo lo escribí parece de color de rosa, cosas de un optimista absoluto.
Lo que está ocurriendo ahora con la nube de ceniza en Europa es nada si se compara con los terremotos o, en el caso de México, con la violencia cotidiana que nos invade. Es algo terrible, y ante eso sí que uno está totalmente desarmado. Qué puedo hacer, escribir un poema sobre los decapitados. Eso en qué va a cambiar la situación; en nada. Alguna vez dije que el siglo XX se podía situar entre un título de Dickens y otro de Balzac, entre Grandes esperanzas y Las ilusiones perdidas".
México: la eterna violencia. "La nube de ceniza que se cierne sobre Europa me tuvo sin saber si podría venir, pero eso no es nada al lado de la violencia que sufre México. Lo terrible es que va ocupando hasta los oasis. Piensen en Cuernavaca, un lugar al que la gente iba a descansar. Siempre se decía que era la ciudad de la eterna primavera. Hoy se dice que es la ciudad de la eterna balacera. Se ha vuelto tan terrible como Ciudad Juárez".
Poesía para los sicarios. "No creo haber influido en la historia de la literatura mexicana. En la sociedad, seguro que no, aunque me hubiera gustado escribir un poema que sirviera para parar la violencia. La sensibilidad por la poesía, como por la música, se tiene o no se tiene. Yo conozco a grandes intelectuales que no la tienen, pero cuando fui al festival de poesía se Medellín, en Colombia, me llevaron, primero a un estadio con 12.000 personas y luego, a una escuela secundaria en la que los chicos eran sicarios (deben de estar todos muertos), y tenían una gran sensibilidad poética. ¿Una definición de poesía? No tengo, lo siento. Yo escribo porque me pasa algo. Un epigrama griego dice que la poesía es pintura que habla y la pintura, poesía del silencio. Antes decía yo que todo conspira contra ella, pero la poesía está en el propio lenguaje. Basta pensar en lo que preguntan los niños. Cosas como: ¿A dónde van los días que pasan?" La pregunta quedó ahí, flotando, sólo la ministra de cultura aventuró una respuesta: "A la poesía de José Emilio Pacheco".
Alucinaciones
Esta noche he tenido una gran pesadilla, pero me ha hecho pensar. Resulta que padecía unas grandes alucinaciones que me hacían confundir a una persona con otra hasta el punto de ver el rostro de alguien conocido e interpelarlo como si fuese esa persona, pero sabiendo que debajo de ella había otra que no había manera de averiguar, ya que si me contestaba yo podía oír cualquier cosa en vez de la verdad desfigurando lo que decía. Como un médico me había hecho desconfiar de la realidad, empezaba a hacer preguntas capciosas y me dirigía a otras personas para preguntarles qué veían en el rostro de un conocido, etcétera... Algo así como lo que hacían los escépticos del XVI, con Montaigne y su pariente Sánchez a la cabeza, o Shakespeare, lector del primero, en su Hamlet, cuando su dudoso protagonista hace representar el crimen ante los culpables y duda incluso sobre si es hijo de su padre o de su tío. Terrible. No en vano las peores pesadillas son las pesadillas dentro de otras pesadillas o, como escribió Poe, los sueños dentro de un sueño, ya que resultan tan confusos que no hay modo de distinguirlos de la verdad: cosas de la metaficción. Los criterios, puntos de vista y facetas se multiplican hasta transformar todo en un lío y un laberinto para el suspicaz. Era como el caso de Martín Guerra que tanto desconcertaba a Montaigne. Supongo que la edición de Juan Calderón que me atormenta y el hecho de que se convirtiera en un pirrónico o escéptico ha debido influir en este Efialtes.
En el fondo todo error es una alucinación: una errata, por ejemplo, una palabra imprecisa en vez de un también imperfecto y falaz sinónimo. Incluso puede haber alucinaciones voluntarias, que son las de los artistas y los escritores; todo el arte es una alucinación, y hasta el mismo pensamiento y lenguaje lo es: una sombra que copia imprecisamente una nube llamada universo con un lenguaje que es también una sombra. "El hombre es el sueño de una sombra", escribió Píndaro, volviéndose elegíaco por una sola vez. ¿No es el espíritu la sombra de un cuerpo proyectada sobre el cielo, no sobre la tierra? En el Libro tibetano de los muertos, tan superior al ingenuamente supersticioso de los egipcios, envueltos en todo un vendaje/formulario de devociones para evitar a Apofis, el alma debe atravesar por paisajes de Paraíso y de Infierno sucesivamente, pero ambos son una ilusión; sólo cuando se atraviesan esos paisajes el alma está lista para reencarnarse otra vez. Considerar a la muerte una ilusión, considerar que el fin no tiene fin, que el mundo es eterno o todo lo más es continuamente reciclable, es algo muy propio del pensamiento oriental: la muerte es imposible, pero el cambio no lo es. La conciencia puede ser otra, pero no la misma. Puede volverse ajena, pero no propia.
Debo estudiar un poco de demonología. En el fondo es sólo un catálogo de miedos humanos.
En el fondo todo error es una alucinación: una errata, por ejemplo, una palabra imprecisa en vez de un también imperfecto y falaz sinónimo. Incluso puede haber alucinaciones voluntarias, que son las de los artistas y los escritores; todo el arte es una alucinación, y hasta el mismo pensamiento y lenguaje lo es: una sombra que copia imprecisamente una nube llamada universo con un lenguaje que es también una sombra. "El hombre es el sueño de una sombra", escribió Píndaro, volviéndose elegíaco por una sola vez. ¿No es el espíritu la sombra de un cuerpo proyectada sobre el cielo, no sobre la tierra? En el Libro tibetano de los muertos, tan superior al ingenuamente supersticioso de los egipcios, envueltos en todo un vendaje/formulario de devociones para evitar a Apofis, el alma debe atravesar por paisajes de Paraíso y de Infierno sucesivamente, pero ambos son una ilusión; sólo cuando se atraviesan esos paisajes el alma está lista para reencarnarse otra vez. Considerar a la muerte una ilusión, considerar que el fin no tiene fin, que el mundo es eterno o todo lo más es continuamente reciclable, es algo muy propio del pensamiento oriental: la muerte es imposible, pero el cambio no lo es. La conciencia puede ser otra, pero no la misma. Puede volverse ajena, pero no propia.
Debo estudiar un poco de demonología. En el fondo es sólo un catálogo de miedos humanos.
martes, 20 de abril de 2010
Rabbitlandia
Desde luego a mi subsconsciente le pasan cosas rarísimas, como al Atlético de Madrid. Pues no va y le da por soñar esta noche que, como nadie quiere ser español en España, a los conejos les da por reivindicar la propiedad del país, ya que su nombre significa eso, "tierra de conejos", y eligen presidente a Bugs Bunny y en la oposición quedó el apresurado conejo blanco de Alicia. Como el resto de los españoles empieza a pasar envidia al ver al país lleno de conejitas de Playboy, empiezan a decir que España es marca registrada desde más o menos 1492, a lo que Bugs alega que lo es desde hace 4000 años, cuando se empezó a usar entre los fenicios la denominación Hispania y que España designa una unión dinástica, no un país; los españoles alegaron que ellos no se refieren a la denominación en latín, que es un xenismo de origen fenicio, sino a la de España, que es muy posterior; los catalanes y vascos aprovecharon para meter baza, entró en Juego la Sociedad General de Autores de España y así se armó la que se armó, de forma que todo terminó en una pepitoria de conejo / cacería / guerra civil que no veas, donde incluso se recurrió a la mixomatosis como guerra bacteriológica, y aquí me desperté.
lunes, 19 de abril de 2010
Notas bibliográficas. Francisco de Paula Mellado, Félix Mejía.
Me he topado sin querer con otra información sobre el enigmático F. de P. Mellado, primer editor de una enciclopedia digna de ese nombre en español y del que ya escribí una penosa (a causa de la falta de datos) aunque extensa biobibliografía para la Wikipedia; resulta que es el autor de un drama representado en 1822 en el Coliseo del Príncipe de Madrid, El triunfo de la Constitución, que promovió Antonio González, venerable de la torre tercera de la Comunería y director de dicho teatro, según documenta la entrada de este último en el DBTL. Es, pues, su primera obra conocida, pero, como ya no escribo wikis, este dato tendrá que cobijarse aquí con nombre propio.
Por fin he conseguido una edición de las obras mayores de Mejía en Filadelfia; Vida de Fernando VII; la he podido sufragar gracias al bajo precio que tenía en una librería mexicana y a su estado algo depauperado (los lomos están casi desprendidas y la encuadernación muy fatigada), pero aun así me ha costado casi cien euros. En la Entretela eletrónica figura a texto completo, por supuesto, pero la real gana bibliófila no entiende de esta clase de ectoplasmas, y facilita mucho una edición que infame como se debe a este puñetero tirano. Ejemplares más recios cuestan hasta el quíntuple en los catálogos; es lo que tienen las primeras ediciones, que siempre están más cuidadas que las ulteriores. Hubiera preferido la de los Retratos políticos, que tuve oportunidad de ojear en Madrid, en casa del amigo Raúl Morodo, a quien tengo abandonado, por cierto; me dijo que la compró en Chile. Son hermosas las láminas grabadas, en particular la de Humpreys sobre disegno o dibujo de Smirke "Inquisición en España, o Fernando 7.º que es lo mismo": una señorita muy clásica ella, pero jamona y con cara de muy mala leche, que ostenta un rosario al cuello y porta en alto una tea en la izquierda y un crucifijo en la derecha; se cubre hasta los pechos con una túnica negra y la sigue una masa fanática, frailuna y vociferante que recuerda vagamente el tizne de las pinturas negras de Goya; en primer plano hay un poste clavado con leños de hoguera en el suelo al que están atados tres desdichados en paños menores a punto de ser quemados; el humo blanco del fuego luce por detrás y destaca como una mancha luminosa sobre la atmóstera tenebrosa de la noche. Sobrevuela la escena un ave algo imprecisa y alegórica que, a juzgar por su largo cuello, debe ser un buitre. Las firmas están abajo, pero en una letra tan diminuta para mi cansada vista que he tenido que empuñar la lupa para leerlas. El lema es de Horacio: Quidquid delirant reges plectuntur Aquivi. La (muy libre) traducción que la sigue tiene desde luego mala baba: "Las lágrimas del pueblo hacen los goces / de los reyes, que gozan sólo entonces". Es mejor la literal: "Los aqueos/griegos costean el delirio de sus reyes" o, más a la pata llana, que "pobres pagan despilfarro a ricos". El equivalente refrán italiano pega más duro, aunque, como es lógico entre italianos, más meapilas: De peccati de signori fanno penitenza i poveri. La edición carece de marcas de tejuelo, números o sellos de biblioteca, así que parece particular, aunque sus sufridos lomos, en pasta española, están marcados por dos latigazos paralelos de hierro de estantería. Para estar tan fatigada, es extraño que no tenga anotaciones. Una pequeña mancha interior parece de sangre.
Por fin he conseguido una edición de las obras mayores de Mejía en Filadelfia; Vida de Fernando VII; la he podido sufragar gracias al bajo precio que tenía en una librería mexicana y a su estado algo depauperado (los lomos están casi desprendidas y la encuadernación muy fatigada), pero aun así me ha costado casi cien euros. En la Entretela eletrónica figura a texto completo, por supuesto, pero la real gana bibliófila no entiende de esta clase de ectoplasmas, y facilita mucho una edición que infame como se debe a este puñetero tirano. Ejemplares más recios cuestan hasta el quíntuple en los catálogos; es lo que tienen las primeras ediciones, que siempre están más cuidadas que las ulteriores. Hubiera preferido la de los Retratos políticos, que tuve oportunidad de ojear en Madrid, en casa del amigo Raúl Morodo, a quien tengo abandonado, por cierto; me dijo que la compró en Chile. Son hermosas las láminas grabadas, en particular la de Humpreys sobre disegno o dibujo de Smirke "Inquisición en España, o Fernando 7.º que es lo mismo": una señorita muy clásica ella, pero jamona y con cara de muy mala leche, que ostenta un rosario al cuello y porta en alto una tea en la izquierda y un crucifijo en la derecha; se cubre hasta los pechos con una túnica negra y la sigue una masa fanática, frailuna y vociferante que recuerda vagamente el tizne de las pinturas negras de Goya; en primer plano hay un poste clavado con leños de hoguera en el suelo al que están atados tres desdichados en paños menores a punto de ser quemados; el humo blanco del fuego luce por detrás y destaca como una mancha luminosa sobre la atmóstera tenebrosa de la noche. Sobrevuela la escena un ave algo imprecisa y alegórica que, a juzgar por su largo cuello, debe ser un buitre. Las firmas están abajo, pero en una letra tan diminuta para mi cansada vista que he tenido que empuñar la lupa para leerlas. El lema es de Horacio: Quidquid delirant reges plectuntur Aquivi. La (muy libre) traducción que la sigue tiene desde luego mala baba: "Las lágrimas del pueblo hacen los goces / de los reyes, que gozan sólo entonces". Es mejor la literal: "Los aqueos/griegos costean el delirio de sus reyes" o, más a la pata llana, que "pobres pagan despilfarro a ricos". El equivalente refrán italiano pega más duro, aunque, como es lógico entre italianos, más meapilas: De peccati de signori fanno penitenza i poveri. La edición carece de marcas de tejuelo, números o sellos de biblioteca, así que parece particular, aunque sus sufridos lomos, en pasta española, están marcados por dos latigazos paralelos de hierro de estantería. Para estar tan fatigada, es extraño que no tenga anotaciones. Una pequeña mancha interior parece de sangre.
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