lunes, 21 de septiembre de 2026

Fallece el escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez

 I

 Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años, en El País, Juan Barbosa, Madrid - 21 sept 2026:

El periodista y docente, que trabajó en EL PAÍS, fue durante décadas una de las voces de referencia de la crítica teatral española

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), uno de los nombres más reconocibles de la crítica teatral española de las últimas décadas, ha muerto este lunes en Barcelona a los 69 años. Crítico teatral en EL PAÍS desde el año 2000, escritor y profesor, durante años estuvo vinculado a la Universitat Pompeu Fabra, donde impartió guion cinematográfico y dirección de actores. Su escritura combinó la crítica de espectáculos con una mirada literaria sobre la escena y quienes la habitan. En este diario, publicó una crítica semana en el suplemento Babelia hasta diciembre de 2021, cuando se retiró por problemas de salud, que se fueron agravando en los últimos años.

Entre su obra novelística cabe destacar Una vuelta por el Rialto (1994), Rancho aparte (1997), Puerto Ángel (1999), Tarzán en Acapulco (2001), Comedia con fantasmas (2002; Libros del Asteroide, 2015), Detrás del hielo (2006), Turismo interior (2010), Un jardín abandonado por los pájaros (2013) y Juegos reunidos (2016). También ha publicado obras relacionadas con el teatro y el cine, como Beberse la vida: Ava Gardner en España (2004), Telón de fondo (2011) o Big Time: la gran vida de Perico Vidal (2014). También publicó biografías de Núria Espert y Alfredo Landa.

Su mirada crítica estuvo muy vinculada a la memoria del teatro y de los cómicos, y a la relación entre teatro, cine, música y cultura popular. A menudo, Ordóñez explicaba una de sus ideas esenciales sobre la crítica: escribir desde el entusiasmo y seguir la intuición a la hora de acercarse a los espectáculos y a los autores que consideraba interesantes. También defendía que el teatro se comprende plenamente cuando se ve encarnado por los actores, y no únicamente cuando se lee. Esa mirada, atenta a la representación y al trabajo de quienes la hacen posible, atravesó buena parte de su trayectoria.

El funeral se celebrará el miércoles en el tanatorio Ronda de Dalt de Barcelona, a las 18 horas.

II

“A partir de una edad, caminas entre el presente y el pasado”, en El País, Jacinto Antón, Barcelona - 09 mar 2019:

Marcos Ordóñez recoge una sabrosa miscelánea de asuntos y emociones en su dietario ‘Una cierta edad

“No sé quién me dijo que las últimas palabras de Paul Claudel habían sido estas: ‘Doctor... ¿usted cree que habrá sido el salchichón?’”. “Cuando yo era pequeño, detestaba el circo”. “Me acuerdo de Ángel Pavlovsky, un rey de la comedia, una noche de otoño, a la salida del Capitol: ‘El otro día un espectador se fue a media función pero volvió a entrar porque lo de afuera era peor’”. “La última frase, tan proustiana de John Hurt antes de caer abatido por una bala en Las puertas del cielo, de Michael Cimino: ‘Qué curioso, el año pasado, por estas fechas, yo estaba en París”. Recorre uno las entradas y las páginas de Una cierta edad (Anagrama), el dietario que acaba de publicar Marcos Ordóñez, en un feliz deambular entre variadísimos asuntos, personas (de Stendhal a Butch Cassidy pasando por Juan Cruz) y estados de ánimo.

Cada entrada es un descubrimiento, una causa de regocijo, de sonrisa, de meditación o de amable melancolía. Hay reflexiones, recuerdos, pasajes costumbristas –“los equipajes de las motos, también llamados cofres, parece que se hubieran inventado para apoyar la libreta y tomar notas por la calle”-, apuntes dignos del Woody Allen de Cómo acabar de una vez con la cultura o Sin plumas (“Adolfo Marsillach sale de su casa. Dos señoras comentan: ‘Ese es el padre de la hija de Adolfo Marsillach”), historias más largas (la desternillante de Julia Gutiérrez Caba sobre uno de los momentos más difíciles de su carrera representando una obra de Agatha Christie), efusiones (“¡Dios bendiga a James Salter!”) y anotaciones de cariz muy personal: “Sueño que viajo en el tiempo hasta el año 68 para follar con Emma Cohen (...) Un sueño estupendo, de los que no abundan”.

Ordóñez (Barcelona, 1957) está esperando en la puerta del bar para hablar de su libro. Luce una gorra de béisbol de los Yankees que desentona con el resto de su sobria indumentaria y le proporciona un aire a lo Harry Dean Stanton en París, Texas. Se apunta a pedir un oporto y cuando los traen, entrechoca su copa lanzando su lema favorito (aparte del “dilo con firmeza pero finamente”, de Quintiliano), el brindis irlandés de John Huston: “Por el impulso”.

“En un libro como Una cierta edad cabe todo, casi”, señala. “Actualidad hay poca, porque se disuelve rápido. No es un dietario teatral, aunque el teatro forma parte importante de mi vida y sale, claro”. El autor describe así lo que hay en su libro, confeccionado con “platos muy variados”: “Recuerdos, crónicas breves, apuntes al sesgo, microrrelatos, pequeños poemas, humoradas luminosas o bromas oscuras de la existencia”. Hay más: “El paso de la edad, el tiempo, cosas que te obsesionan”. Son todos textos escritos entre 2011 y 2016. Dice Ordóñez que en ellos acaso se encuentre “mi esencia sin argumento, mi voz hecha de muchas”.

Sobre la clave del género, reflexiona: "Lo bonito es la libertad que te proporciona, puedes correr en cualquier dirección, con la condición de no ponerte estupendo. Lo que atrapas es muchas veces que te cae, has de estar, por tanto, muy atento”. Un ejemplo, el cartel del loro perdido que “atiende por Kostia”, necesita “dieta especial” y es indispensable “en terapia depresiva de un familiar”. Otro: “Este no es barrio de guisantes”. Otro más, una gitana en la Seguridad Social: “La niña, que tiene escocío el regocijo”. Dice que le abrieron los ojos al interés actual del dietario dos escritores que lo frecuentan, Ignacio Vidal-Folch e Iñaki Uriarte. "Ambos tienen ese talento para coger algo”. ¿Cioran? “Te parte el alma, pero en cambio me gustan mucho Jules Renard –al que descubrimos por Pla- y Charles Simic con sus píldoras sanadoras” (i. e. “la belleza de un momento fugaz es eterna”). Aborrece Ordóñez “esos dietarios en que la mitad es ajuste de cuentas”. Para él es fundamental entretener, ofrecer algo de humor “y pillar un poco de belleza”. Aunque algún texto tenga la extensión y la fuerza de un aforismo, el escritor marca distancias: “El aforismo quizá es escucharse un poco demasiado a uno mismo”, lo que no está mal como, precisamente, aforismo. En Una cierta edad abundan los amigos del autor (Lady Espert, la Sardà, Mario Gas, Shakespeare, la gata Rosalía) muchos desaparecidos (Anna Maria Moix, Rosa Novell, Anita Lizaran). “Alguien dijo que a partir de cierta edad caminas en dos lugares, el presente y el pasado, continuamente te va la memoria hacia atrás y ahí están ellos, los que se han ido”.

Marcos Ordóñez se marcha dejando tras él un reguero de historias y de frases en las que resuena su voz cavernosa a lo Constantino Romero. A recordar desde la primera del libro (de su querido Ennio Flaviano), “la situación es grave pero no seria”, hasta la penúltima (suya), “tres señales indicativas de que el día, pese a todo, ha sido bueno: si he atrapado un momento de belleza, si he reído con alegría al menos una vez y si he podido decir: ‘Bueno, creo que tengo un borrador, mañana lo paso a limpio”. La última es: “Buenas noches. Feliz año nuevo”.

III

Marcos Ordóñez: “El crítico tiene alma de comadrona”, en Núvol, Oriol Puig Taulé 7/07/2017:

"El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio".

Hemos citado a Marcos Ordóñez, crítico de teatro y escritor, en nuestra redacción a las cuatro de la tarde. Nuestra intención era hacer esta entrevista en el patio naranja de Vilaweb, tono que se está convirtiendo, casi sin quererlo, en el color corporativo de Núvol, pero el sol y el calor nos hacen buscar una alternativa. Pasamos al plató, con paredes de color negro y aire acondicionado, y empezamos a hablar sobre los influencers. Ordóñez confiesa que no sabe qué son ni qué hacen, cuando le cuento que una joven estudiante de bachillerato escénico me ha contactado porque quiere convertirse en una “influencer teatral”.

Marcos, ¿eres consciente que tú mismo eres un influencer? Sólo hace falta ver tus publicaciones en Facebook, cuando recomiendas una película, un libro o una serie, ya no digamos un espectáculo, y mucha gente te lo agradece y, literalmente, se “apunta” tus recomendaciones.

Nada me gustaría más. Esta es un poco la idea. Yo estoy muy a favor de estar a favor, y eso ya es una declaración de principios. Hay muy poco espacio y muy poco tiempo para todo, y se tiene que intentar colocar la cuña donde se pueda. “¡Vayan a por esto!”. Entre todo el marasmo de cosas que suceden a nuestro alrededor, me gusta señalar lo que yo creo que vale la pena. Esto lo he intentado hacer siempre, pero creo que últimamente más: porque hay más oferta y tenemos menos tiempo. Y porque hay más crisis, y todos nos lo pensamos más antes de ver algo.

He leído en más de una ocasión en tus artículos que no crees que valga la pena hablar de un espectáculo fallido o que no te haya gustado. Eres de la opinión que en estos casos el crítico se limita a hacer un alarde de su inventiva y talento literario, cuando los espectáculos malos ya caen por sí solos.

De entrada yo escribo en El País, y esto tiene una determinada importancia: un palo en este periódico no es lo mismo que en otro medio, sobre todo si está dirigido a gente que está empezando o se está abriendo camino. Escribir que un espectáculo no te ha convencido resuena más en El País que en otros sitios. Procuro hablar de lo que me gusta por diferentes motivos: en primer lugar porque yo escribo mejor desde el entusiasmo. Otro factor muy importante es que yo elijo lo que veo, y también sobre qué voy a escribir. Durante muchos años hice una crítica diaria, o casi diaria, y ahora al tener un espacio semanal tengo el privilegio de poder elegir mucho más. Ahora bien, esto no quiere decir que si Lluís Pasqual o Miguel del Arco o el director que sea hace un espectáculo que no me ha convencido, yo esté obligado a comentarlo. Hay mucho para elegir. Y un palo a Pasqual no le va a fastidiar ni a afectar mucho.

En mi caso me encuentro que tengo demasiados amigos en la profesión teatral: dramaturgos, directores, actores… Esto hace difícil el ejercicio de una crítica digamos que objetiva (cosa imposible, por otro lado), y en algunas ocasiones se me han enfadado cuando he escrito críticas negativas sobre sus montajes. ¿Cómo llevas el hecho de escribir sobre personas con quien tienes una relación personal o de amistad?

Nunca gusta. Sobre todo al que recibe [ríe]. Lo que pasa es que ya llevo muchos años en este oficio. El pasado marzo cumplí sesenta años. Y llevo muchos escribiendo sobre teatro y otras cosas. Creo que la gente de teatro se da cuenta cuando no eres un recién llegado, un crítico que quiere hacerse notar pegando un palo, o que le tiene una manía especial a alguien determinado. Somos todos compañeros de viaje. Siento que formo parte del mundo del teatro, me considero una persona de teatro. Evidentemente, yo hago otro tipo de trabajo, pero estamos en un camino paralelo. Y esto creo que la gente lo nota: puede que no te guste un espectáculo, pero el siguiente ya te gustará más. No sé si con esto te contesto a tu pregunta… Si quieres saber si se me han enfadado alguna vez, te diré que sí, que esto pasa. Yo incluso me pongo mal físicamente. Lo que sucede es que conoces a muchísima gente, y durante varios años sigues su trabajo. Si tienes una relación de amistad y ves que un espectáculo no ha salido o no ha acabado de cuajar, no diré que sea doloroso pero un poco sí que lo es. Lo que quieres es que funcione. El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio.

Hace años que te dedicas casi exclusivamente a la crítica teatral, aparte de tu faceta como escritor de novelas, pero también tienes mucha experiencia en la crítica musical y de cine, cosa que se nota sobremanera leyendo tus artículos. ¿De qué manera un conocimiento del mayor número posible de disciplinas artísticas lleva a una crítica mejor, en el caso del teatro?

Es que está todo relacionado, y para mí lo ha estado siempre. No se trata de compartimentos separados. Estás viendo una función y aparecen muchos referentes, que creo que es una palabra un poco fría. Mejor llamarlos vínculos, o herencias que te remeten a otras cosas. El teatro está hecho de herencias y el crítico lleva la antorcha de las generaciones pasadas, de la gente que ya no está, porque de todas las artes el teatro es el más efímero. Estás viendo una función y te das cuenta que tal actor o tal actriz está toreando como tal o cual. Creo firmemente que debemos seguir hablando de los mayores. El teatro tiene mucho de artesanía y de herencia. Mario Gas habla mucho de “familias”, y lo entiendo muy bien. Luego está la música, y cada vez se mezclan más todas las disciplinas artísticas. El otro día vi Bodas de sangre en la Biblioteca de Catalunya y me maravillaron los ecos que han conseguido el director Oriol Broggi y el músico Joan Garriga y su banda: estás viendo una obra andaluza pero tiene aires de western, de México, de las bandas sonoras de Ennio Morricone… Como decía el poeta: “son voces de muchas aguas”. Las referencias no las buscas, simplemente van saliendo. Recuerdo una crítica que escribí hace años sobre ¿Estás ahí?, una obra de Javier Daulte que había visto varias veces: hice comparaciones con marcas históricas de chicles. Comparaba ese montaje con el Bazooka, que era un chicle muy duradero. Y otro espectáculo, que no recuerdo, lo comparaba con el Dunkin, que era un chicle rosáceo, en nuestra época para niñas, que comprabas sólo cuando no había Bazooka. Era como comprar el Lily cuando en el quiosco no tenían el Tío Vivo.

Tus inicios como crítico fueron en el campo de la música y el cine, pero el teatro siempre estaba ahí. ¿De qué forma el teatro acabó convirtiéndose en el centro de tu actividad crítica?

De pequeño anotaba muchas cosas para contármelas a mí mismo. Era casi como un coleccionista de cromos, y esto me pasaba mucho con las películas (“Ya tengo tres de Éric Rohmer”). Esas crónicas eran una manera de contarme a mí mismo lo que había visto, para ver cómo funcionaba el juguete. Con el teatro era distinto, no sé muy bien el porqué: había algo teatral en el hecho de escribir la crítica, como si fuera para un periódico, como si tuviera que salir publicada al día siguiente. Como en Ciudadano Kane, que justo después de la función Orson Welles está esperando con ansia lo que escribirá Joseph Cotten en su crítica. Nadie esperaba mis escritos, pero ya había en aquello una voluntad periodística. Siempre me he movido entre lo periodístico y lo intímo, y la crítica teatral es como recomendar una cosa a un amigo. Creo que lo primero que publiqué como crítico de teatro fue en la segunda temporada del Teatre Lliure, en el año 1978, y hablaba de Les tres germanes o Hedda Gabler, para Ajoblanco (que ahora ha vuelto a editarse), revista que entonces se vendía una barbaridad. Hubo una época en El Correo Catalán que iba a por todas, cuando preguntaban quién quería cubrir algo yo siempre era el primero en levantar la mano. En esto me siento muy identificado con Juan Cruz, que venía de Tenerife y tenía unas ganas locas de verlo todo. Es una maravilla cuando entras en una redacción y lo quieres hacer todo: escribir crónicas, hacer entrevistas, proponer reportajes… En aquellos tiempos escribía más de música, pero seguía con el teatro. Entré en el ABC cuando abrieron la delegación de Cataluña y ahí tenía mucho espacio para escribir, una página entera, e incluso había hecho alguna doble página sobre espectáculos que me habían gustado mucho. Más tarde estuve en un diario de corta vida, que se llamaba El Observador, que en esa época lo dirigía Vicent Sanchis, y me dio una página entera. En aquellos años era un poco más cabestro, escribiendo. Quizás por lo que decías, porque no conocía a mucha gente de la profesión. Con el paso del tiempo conoces a todo el mundo y vas modulando la forma, pero creo que se puede decir todo. Quintiliano decía “Suaviter in modo, fortiter in re”. Opino que es importante el suaviter in modo, y que no hace falta el tan fortiter in re [ríe].

Y ahí sigues, con tu crítica semanal de teatro en El País, aparte de tus crónicas de los jueves donde hablas de teatro pero no exclusivamente.

Hay una cosa que me sorprende bastante de mis amigos de juventud, y es que algunos han dejado las drogas: algunos no escuchan música, porque no tienen tiempo, otros ya no leen libros (o sólo en verano) y vas a su casa y rejuveneces de golpe, porque ves libros de hace veinte o treinta años. Yo mismo, por ejemplo, ahora voy a poquísimos conciertos, porque me canso como una perra de estar ahí de pie. Pero el teatro dura, ahí sigo. Soy como el conejito de Duracell.

Mirando atrás y viendo tus comienzos a finales de los años setenta y principios de los ochenta, ¿cómo ves el periodismo cultural y la crítica teatral hoy en día, comparados con aquellos años?

Los medios digitales los controlo poco, porque hay muchos. Yo soy de una generación donde había muchísimas publicaciones en papel, y me duele ver como van desapareciendo muchísimos espacios, como árboles caídos (árboles que se talaban para hacer papel, por cierto). La gente ahora lee menos, y las previsiones son muy apocalípticas: llega el final de una era. Pero he oído tantas profecías apocalípticas en mi vida: que el libro digital iba a eliminar el papel, por ejemplo. Todo va tan rápido que se convierte en cliché. A mí me gusta el papel. Cuando me habéis regalado el ejemplar de Núvol en papel lo primero que he hecho ha sido olerlo. Lo digital está muy bien, sí, pero… Sí, pero. Y desconozco muchas de las cosas que salen, y de tanto en tanto alguien me recomienda un blog o un medio digital que se me había escapado.

Eres profesor del Máster de Periodismo Cultural de la Universitat Pompeu Fabra y de la Barcelona School of Management. ¿En qué consiste tu actividad pedagógica y cómo ves a los jóvenes que quieren dedicarse a la comunicación y al periodismo cultural?

Hago bastantes cosas, la verdad. En el primer trimestre de Comunicación doy una asignatura que habría que cambiarle el título, porque es halagador pero muy pomposo, “Dirección de actores”. Ahí me siento como un coach o entrenador deportivo, hago de Padre Flanagan (el fundador de la Ciudad de los Muchachos). En la Pompeu Fabra los alumnos son eternamente jóvenes, porque siempre tengo los de tercero. Trato de detectar el talento y lanzarles a la piscina, de conseguir que se pongan a actuar y a dirigir, aunque sea con el papel en la mano. Cuando ves que alguien le lanza rápido a la piscina, algo que se ve enseguida, es un placer enorme. El otro día hablaba de Elena Martín, que acaba de debutar con su primera película Júlia ist, y que en mi clase ya le vi ese brillo en los ojos. Es todo un poco complicado, la verdad, porque estás con cuarenta alumnos, y al mismo tiempo intentando que apaguen el móvil.

En el Máster de Periodismo Cultural de la UPF los grupos son mucho más reducidos, entre quince y veinte alumnos, cosa que permite clases más interesantes. He comprobado que el interés de los estudiantes por el teatro varia según los años, va por promociones. El máster es como un pack donde hay cursos de cine, teatro, artes plásticas y literatura. Yo acabo hablando de teatro más que de crítica teatral, y ves que hay alumnos que les interesa más que a otros. Hay muchos estudiantes de Latinoamérica, a los que los nombres catalanes o españoles no les dicen nada en particular. Con Clàudia Brufau, que creo que trabaja con vosotros, también fue un amor a primera a vista: a la que empezó a hablar vi que era una persona de teatro, y sobre todo de danza. Lo ves enseguida, son gente que va a tirar por ahí. Cuando encuentras a alguien que es familia, es como jugar al póquer y ganar. En el máster doy los cursos de “Crítica teatral” y “Principales corrientes teatrales contemporáneas”, sobre periodismo cultural y teatro. Ahí les pongo a escribir e intento pasarles mi experiencia sobre cómo se hace esto. “Que parezca un accidente”, como se dice en la mafia, como si lo acabaras de escribir… Que parezca fácil, en definitiva.

En tus críticas sueles terminar con consejos y avisos a los espectadores y a los posibles programadores que lean tus artículos: “No se la pierdan”, “Tiene que girar”, “Esto se tiene que ver en Madrid” (en el caso de producciones catalanas), “Tiene que hacer gira por toda España”… ¿Eres consciente de ello, y del poder (o no) que pueden tener tus palabras?

Hay una entrevista histórica en Cahiers du Cinéma entre Martin Scorsese y Paul Schrader, y ahí cuentan que de pequeños les pasaba lo mismo: en la escuela veían que los niños caminaban muy tranquilos, y pensaban “¿Cómo es posible que esta gente no corra a ver Balas vengadoras, de Sam Fuller?”. Tenían ganas de gritar “¡Paren todo lo que estén haciendo y vayan a ver Balas vengadoras!”. A mí me gusta hacer esto. Y hay que decirlo, porque antes las cosas duraban más, y ahora todos tenemos menos tiempo. Antes la cara B de un disco duraba más minutos: ahora dura lo mismo pero mientras suena hemos contestado los mensajes del móvil, hemos mirado el correo, etc…

Libros del Asteroide acaba de reeditar una de tus novelas, Detrás del hielo, que salió publicada en 2006. Háblanos un poco de este libro y de cómo afrontas la escritura de una novela. 

A Detrás del hielo le tengo un cariño especial, porque fue un parto difícil. Si me preguntan “Resúmela en una frase”, diré que es una novela de amor y revuelta. Una historia de creyentes, de una generación que cree en los libros, la música y el cine. Es una historia de un trío, como Jules et Jim, y la voz narradora es de una mujer que se llama Klara Liboch. Yo quería que pasara en un país de gran eferverscencia y que luego hubiera una dictadura (como España durante la Segunda República, Chile, Argentina, o la primavera de Praga), pero estaba atado por la contingencia. Al final decidí inventarme un país centroeuropeo, la República de Moira, y fue como jugar al Monopoly. Hice un mapa enorme, me inventé la historia del país, puse los arbolitos… Esto también lo ha hecho a lo grande Martín Caparrós en un libro de más de mil páginas que se llama La Historia (Anagrama, 2017): ha creado un país entero, como en aquel cuento de Jorge Luis Borges titulado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Para mí escribir una novela es como rodar una película, de alguna manera. Como la produzco yo, puedo poner hasta helicópteros si hace falta. ¡Será por dinero! [ríe]. Luis Solano, el magnánimo editor de Libros del Asteroide –a quien Jehová y una cohorte de diosas le conserven muchos años– ya había reeditado mi libro Comedia con fantasmas, donde yo había montado una compañía. Para Detrás del hielo hice el “Director’s cut” del libro, sin añadir nada (al contrario que Francis Ford Coppola en Apocalypse now), donde básicamente quité cosas, remonté pasajes, con el miedo de ver si la cosa seguía aguantando.

¿Tienes en mente escribir otra biografía de algún actor o actriz, como hiciste con las memorias de Núria Espert (De aire y fuego, Aguilar, 2002) o Ava Gardner (Beberse la vida, Aguilar, 2004)?

Hay un género que me gusta mucho y son los dietarios. Los he ido escribiendo por épocas, dependiendo si estaba o no en otras cosas, y ahora sacaré un primer volumen, que va desde el 2011 hasta el 2016. Primero lo tiene que leer mi mujer, Pepita forever, que es quien hace la criba, y me dice qué es lo que vale la pena.

Soy un gran lector de diarios porque es una materia muy flexible y porosa: pueden ser casi jaculatorias, mini-cuentos, reflexiones, recuerdos… Muchas de estas cosas salían publicadas en El País, en el blog o en el artículo de los jueves que antes era más largo. Los diarios se llamarán Una cierta edad, una frase que últimamente me dicen mucho: “Tú ya tienes una cierta edad”. Tendrán el tono de mis críticas, unos diarios donde no hay ajustes de cuentas y donde intento encontrar lo bello de las cosas, lo que da alegría y vida.

Seguimos charlando con Marcos Ordóñez, con la cámara apagada y nuestra fotógrafa Ester Roig ya fuera del plató. Y ahí hace su aparición mi “momento fan” y le pido si me puede firmar mi ejemplar de Molta comèdia. Cròniques de teatre 1987-1995 (Edicions La Campana, 1996). Ya en la redacción, Marcos ojea (y huele) el ejemplar de Ajoblanco que nos ha llegado hace poco, y me sigue hablando de Bodas de sangre mientras le acompaño a la puerta.

Nos vemos en los teatros, Marcos.

IV

Fallece Marcos Ordóñez: “Siempre tuyo, Frankie Broadway”. Obituario, en La Vanguardia de Barcelona, Juan Carlos Olivares, 21/09/2026:

A Marcos lo recuerdo como el rey absoluto de la ínsula de Barataria de la sección de Cultura y Espectáculos de la delegación de Catalunya del ABC. Una redacción embutida en un entresuelo de la calle Rosselló en la que convivían el Macintosh Classic con las máquinas de escribir en una Barcelona justo antes y después de la vorágine olímpica. Una sección que, como él mismo, fomentaba una idea generosa y ecléctica de la cultura. Excepcionalidad más soportada que querida que, como Camelot, fue intensa, brillante y fugaz. Los mediocres le pusieron, en cuanto pudieron, un puente de plata que él cruzo para nunca más depender de nadie.

A Marcos lo recuerdo en su casita del barrio del Farró, en una soirée improvisada. En la mesa baja de salón un despliegue apetitoso, entre ceniceros y vasos a medio consumir, de discos y libros. Risas, frases ingeniosas, conversaciones cruzadas y la capacidad inagotable del anfitrión de saltar del fragmento de una novela a la escena de una película, del diálogo de una obra de teatro a una canción que, como un prestigiador, sonaba de repente en el tocadiscos siempre a mano. Y la banda sonora saltaba de Gato Pérez a Sarah Vaughan y luego rugía sin previo aviso Van Morrison. Y así hasta el infinito y más allá de estilos y géneros. No había conocido nunca a nadie que tuviera ese ingente conocimiento humanista sobre música, cine, teatro y literatura y que lo compartiera sin freno como quien reparte y comparte una bolsa de chuches. Para el novato en ese círculo –Frankie Broadway, me llamaba– era casi un estado de borrachera estendhaliana. Era apabullante. Marcos infundía respeto y secretamente disfrutaba del equívoco. El físico y la voz de un gigante refugiado tras sus gafas, barba y gorras o sombreros. También por ese conocimiento renacentista contemporáneo que manaba sin parar y convertían sus ensayos, biografías, novelas y críticas de teatro en espléndidos retablos de referentes.

Pero tras esa apariencia a veces inexpugnable, existía un hombre que reservaba siempre una página de cortesía a la misma dedicatoria: “Pepita Forever”. Pepita, su compañera hasta las últimas brumas compartidas. Esa serena presencia de larga melena siempre a su lado. Ese otro Marcos más vulnerable que afloraba en sus páginas autobiográficas cargadas de una emotiva nostalgia, de un cariño complejo por su círculo más íntimo. Es leer Un jardín abandonado por los pájaros (un relato sobre su familia) y ver en cinemascope una Barcelona pretérita tan bien retratada como cualquier aventi de Juan Marsé. Tenía un respeto inmenso, muy al estilo argentino, por los artistas que alimentaron desde niño su pasión por las artes. Era casi natural que fuera precisamente él el que redactara las memorias de Alfredo Landa (Alfredo el Grande) o centrara su atención en el Madrid de las maravillas de los años cincuenta de Perico Vidal (Big Time: la gran vida de Perico Vidal) o Ava Gardner (Beberse la vida: Ava Gardner en España). Los artífices para que se cumplieran sus sueños semana tras semana en los cines de reestreno de la Barcelona del desarrollismo.

A Marcos lo recuerdo en los largos viajes de ida y vuelta en coche que el festival Temporada Alta ponía a disposición de la crítica. Nunca pasaron ángeles del silencio por ese apretado cubículo sobre ruedas. Escuchándole entendía por qué siempre lo tuve como el principal referente de los últimos grandes críticos de esta ciudad. Un mentor discreto que me ofreció mi primera oportunidad en el ABC y nunca se apartó del todo en esta azarosa trayectoria de la crítica teatral. Con el tiempo se volvió más indulgente, incluso llegó a expresar públicamente que se arrepentía de la dureza de algunas de sus críticas. Quizá era la enfermedad la que empezaba a resquebrajar esa coraza que solo desmontaba en la más estricta intimidad. Su amor por el teatro y sus artistas siempre estuvo ahí, pero sus opiniones eran severas, a veces cáusticas, ingeniosas, sin excusa justas. Pero esa parte más implacable fue remitiendo con el tiempo y empezó a prevalecer solo aquello que sustentaba todo lo bueno que le podía ofrecer un escenario. Desde su tribuna en Babelia se permitió la libertad de renunciar a las malas críticas. Se volvió positivamente selectivo. Así entendía ahora la crítica, como un mecenas de papel. Cuidaba los amigos, apadrinaba el talento emergente, subrayaba la excelencia, el riesgo, el oficio. Una subjetividad en positivo. Marcos nunca fue un crítico ponderado en sus querencias. Vivía la representación con intensidad, por su fascinación eterna por la ficción. Una conexión que a veces le traspasaba dolorosamente, como aquella noche que le dejó herido el Purgatorio de Romeo Castellucci (Teatre Lliure, Grec’09)

A Marcos lo recuerdo en las llamadas para repasar la cartelera (“Frankie Hollywood, ¿qué hay de bueno?”) cuando su salud se hizo más frágil y su presencia en los teatros más puntual. Recuerdo el cariño que se expandía y que amigos y conocidos nos percatábamos de que algo había cambiado. Recuerdo una última visita hace tres años en su casita del Farró. Todo seguía casi igual. Quizá ya no había tantos libros sobre la mesa baja. Los discos guardados en sus fundas. Quizá su atención iba y venía, pero me saludó con un familiar “Frankie Broadway” después de un largo tiempo sin vernos. Ya no tengo más recuerdos de quien considero mi maestro y referente. Hoy mismo volveré abrir Molta comèdia, sus crónicas teatrales entre 1987 y 1995) para entender por qué es tan importante esto de la crítica teatral y que es un dolor que hayamos perdido una voz con tanta dignidad mucho antes de que se marchara en paz.

V

[De Wikipedia]

Marcos Ordóñez (Barcelona, 25 de marzo de 1957-Barcelona, 21 de septiembre de 2026)[1] fue un crítico teatral, escritor y profesor español.[2]

Biografía

En 1988 publicó su primera novela, titulada El signo de los tiempos (Plaza & Janés).[3]

Escribió la obra La noche de Eldorado, que fue llevada al escenario en 1991.

Desde 1994 fue profesor asociado de Guion cinematográfico y Dirección de actores del Departamento de Audiovisuales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

En 1997 su novela Rancho aparte recibió una mención especial del jurado del Premio Nadal (que ese año ganó Carlos Cañeque, con Lorenzo Silva como finalista). Rancho aparte está ambientada en la Barcelona de la década de 1950 y fue publicada por la editorial Destino.[4]

Desde 2001 hasta diciembre de 2021 fue crítico teatral del diario El País y colaborador del suplemento cultural Babelia.[5][1]

Parte de su obra tiene un fuerte componente autobiográfico. Así, en A cualquiera puede sucederle relata el mundo de sus abuelos; Una vuelta por el Rialto es, en sus palabras, autobiografía literaria. Otras tres piezas, Turismo interior, Gaseosa en la cabeza y Un jardín abandonado por los pájaros, también tienen elementos personales de Ordóñez.[6]

Obra

Gato Pérez, la rumba como ética (biografía), Ediciones Júcar, 1987.[7]

El signo de los tiempos (novela), Plaza & Janés, 1988.[3]

A cualquiera puede sucederle (novela), Plaza & Janés, 1990.

La esencia del guaguancó (relatos), Ediciones Versal, 1991.

Una vuelta por el Rialto (memorias), Anagrama, 1994.

Molta comèdia. Croniques de teatre 1987−1995 (críticas), Edicions La Campana, 1996.

Rancho aparte (novela), Ediciones Destino, 1997.

La bestia anda suelta: ¡Alex de la Iglesia lo cuenta todo! (biografía), Glenat Ediciones, 1997.

Puerto Ángel (novela), Ediciones Destino, 2000.

Tarzán en Acapulco (novela), Ediciones Destino, 2001.

Comedia con fantasmas (novela), Plaza & Janés, 2002.

con Nuria Espert: De aire y fuego (biografía), Aguilar, 2002.

A pie de obra: Escritos sobre teatro (críticas), Alba Editorial, 2003.

Beberse la vida: Ava Gardner en España (biografía), Aguilar, 2004.[8]

Detrás del hielo (novela), Bruguera, 2006.[3]

Ronda del Gijón: una época de la historia de España (biografía), Aguilar, 2007.

Alfredo el Grande. Vida de un cómico: Landa lo cuenta todo (biografía), Aguilar, 2008.

Turismo interior (relatos), Lumen, 2010.

Telón de fondo: Algunas cosas que aprendí en el teatro (memorias), El Aleph Editores, 2011.

Un jardín abandonado por los pájaros (memorias), El Aleph Editores, 2013.[9]

Big Time: la gran vida de Perico Vidal (biografía), Libros del Asteroide, 2014.[10]

Juegos reunidos (memorias), Libros del Asteroide, 2016.[11]

Una cierta edad (dietarios 2011−2016), Anagrama, 2019.

Una joven pareja (novela), Pepitas de Calabaza, 2021.[12]

Notas

1.  «Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años». El País. 21 de septiembre de 2026. Consultado el 21 de septiembre de 2026.

2. Perfil de Marcos Ordóñez, en la web Dialnet, consultada el 22 de mayo de 2022.

3. Ángel Basanta (29 de junio de 2006). «Detrás del hielo». El Cultural. Consultado el 8 de julio de 2016.

4. Xavier Moret (7 de enero de 1997). «Carlos Cañeque gana el Premio Nadal con un juego metaliterario a la sombra de Borges». El País. Consultado el 18 de diciembre de 2016.

5. PAÍS, Ediciones EL. «Artículos escritos por Marcos Ordóñez». El País. Consultado el 6 de marzo de 2022.

6. Iglesia (2013).

7. Álvaro Corazón Rural (mayo de 2015). «Gato Pérez, músico único que solo pudo darse en una Barcelona que ya no existe». Jot Down. Consultado el 25 de junio de 2016.

8. Moix, Ana María (20 de noviembre de 2004). Ha llegado una estrella. El País. Consultado el 3 de marzo de 2017.

9. «Marcos Ordóñez novela su autobiografía y la de la Barcelona de los 60». Eldiario.es. 1 de marzo de 2013. Consultado el 23 de octubre de 2016.

10. Mercedes Cebrián (26 de diciembre de 2014). «Cuando Rusia estaba en Soria». El País. Consultado el 24 de junio de 2016.

11. Toni Iturbe: «Las noches eternas de Marcos Ordóñez», Mercurio, panorama de libros, n.º 178, febrero de 2016, pág. 27.

12. «Una joven pareja | Pepitas de calabaza». www.pepitas.net. Consultado el 5 de septiembre de 2021.

VI

 Muere a los 69 años Marcos Ordóñez, escritor y crítico teatral que supo combinar la erudición y el entusiasmo, en elPeriódico, Rafael Tapounet, Barcelona, 21 SEPT 2026:

Cronista cultural de referencia por su mezcla de rigor, memoria y pasión, fue también autor de una amplia obra narrativa de carácter autobiográfico

Cuando en 2013 el escritor, crítico teatral y profesor Marcos Ordóñez participó en la segunda edición del festival Primera Persona, sacó para cerrar su intervención una botella de chinchón y, haciendo suyo el brindis irlandés favorito de John Huston, invitó a todos los presentes a beber "por el impulso". Nacido en Barcelona en 1957, a Ordóñez, autor de una veintena de libros y crítico de absoluta referencia para varias generaciones de aficionados al teatro, a la música y al cine, nunca le faltó el impulso. Su desmesurado afán por descubrir, por conocer y por compartir, siempre desde el entusiasmo, se tradujo en una obra de gigantesca erudición, a menudo con un fondo autobiográfico, que abarca diversos géneros y que refleja múltiples intereses. Una producción rica y generosa que la enfermedad interrumpió a finales de 2021 y que ha quedado ahora definitivamente truncada con la muerte de Ordóñez a los 69 años.

Que el primer libro publicado por Marcos Ordóñez fuera una semblanza literaria (y una lúcida reivindicación) del rumbero Gato Pérez ('Gato Pérez, la rumba como ética', 1987) ya da una pista sobre su determinación a la hora de derribar las barreras entre cultura académica y cultura popular. En su bibliografía se mezclan sin orden jerárquico las novelas, los libros de relatos, los volúmenes de memorias, los escritos sobre teatro, las crónicas de época, las biografías de personajes como Ava Gardner, Núria Espert, Alfredo Landa y Perico Vidal y hasta un libro entrevista con Álex de la Iglesia.

Una vocación precoz

Dueño de una precoz vocación escritora que adquirió consistencia al leer con 12 años las novelas de Somerset Maugham, Ordóñez dejó constancia en los dietarios reunidos en 'Una cierta edad' (2019) de los nombres de algunos de sus autores "más queridos": Bernard Frank, Patrick Modiano, Truman Capote, James Salter, Gabriel Ferrater, Raymond Chandler, Peter Handke, W. H. Auden… También Juan Marsé y Francisco Casavella, con quienes mantuvo una relación de amistad, y, por supuesto, Anton Chejov, a quien dedicó algunas de sus más brillantes páginas de crítica teatral.

Ordóñez tenía apenas 21 años cuando se estrenó como crítico teatral en las páginas de la revista 'Ajoblanco'. Después de pasear su firma por cabeceras como 'El Correo Catalán', 'ABC', 'El Observador', 'Avui' y 'Fotogramas', en el año 2000 empezó a escribir sobre teatro en el diario 'El País' y siguió haciéndolo durante más de dos décadas, imponiendo una personalísima mirada sobre las artes escénicas que combinaba el rigor, la memoria y la pasión.

VII

Reseñas de sus libros en Lecturalia.

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