lunes, 30 de agosto de 2010

La hora final y Señales del futuro


A la gente no se le puede ir diciendo que no hay futuro; te mandarán a hacer puñetas enseguida; y eso es lo que hace, con interpretaciones menos sutiles que La hora final (On the beach) de Stanley Kramer (1959), una película de Alex Proyas como Señales del futuro (Knowing), 2009, cuyo tema, así, en crudo, es el fin de todo, o del mundo, si se prefiere, sin ahorrarse espectacularidades, pero tampoco abusando de ellas, de forma triste y deprimente como la de Kramer, pero sin el consuelo de la resignación ni de la compañía. Porque si un consuelo tiene morirse uno es que al menos vendrán otros más o menos como tú y harán lo mismo y acaso guardarán tu memoria y en todo caso persistirá la raza humana (los últimos versos de Manrique: "Dejonos harto consuelo / su memoria"), pero esta película destruye incluso esa esperanza; el fin será súbito y no habrá tiempo ni siquiera a preguntarse por qué; por esta calidad higiénica debería verla todo el mundo, porque quita todo sentido posible al mal en abstracto y nos muestra con claridad, en su reducción al absurdo (porque la muerte es un absurdo inadjetivable) qué poco somos y lo poco que podemos hacer bien, dejando además bien claro cuán absurdo es el mal, cuánto domina la tierra y cómo ha fracasado la civilización.

sábado, 28 de agosto de 2010

Voltaire

Voltaire fue para el siglo XVIII un nuevo Luciano de Samosata, como en el siglo XVI lo había sido también Erasmo, pero lo que Erasmo hizo en latín entre los universitarios lo hizo Voltaire en vernáculo entre los burgueses. Se propuso, para provocar una mejora de su sociedad -no tanto una revolución social, aunque esto último no se le ocultaba- desterrar la credulidad ciega con pequeños folletos de precio pequeño, en estilo llano y castizo, pero llenos de malignísima ironía, su principal rasgo estilístico, porque estaba convencido de que su efecto disolvente era mucho mayor y más poderoso que los caros grandes tratados en decenas de volúmenes, y esparció esas semillas de racionalismo crítico por toda Europa, entremetiendo además en esos opúsculos aforismos que podían leerse como consignas; veía la causa de todos los males en la absurda insolencia de los gobernantes (mezcla de ambición de reyes e intolerancia de sacerdotes) y la imbecilidad y docilidad de los gobernados, y el único remedio en desengañar al pueblo; esta actitud no escapó a los reaccionarios conspiranoicos como el abate Barruel, quien se terminó inventando una Conjura de los filósofos que no era otra cosa que el espíritu de los tiempos. 

Su gran arma es la Historia, en la que ve dos males principales: la guerra y el fanatismo; inteligentemente, sabe que hay ideas que no tienen verdad, sino solo historia y se vale de este instrumento, la Historia, para hacer aflorar las contradicciones, estupideces y polémicas mezquinas que han vertebrado el origen y curso de las grandes ideas religiosas; estas polémicas disolvían completamente los principios del fanatismo; igualmente, al renunciar a centrar el eje de sus obras históricas en reyes y perseguir el protagonismo de las ideas y de los pueblos, al comparar unas civilizaciones con otras y al renunciar a "pueblos elegidos", desinflando el nacionalismo aún por nacer, y buscar causas racionales a los hechos, empezó a hacer historia moderna. Dice Voltaire: "Si queréis pareceros a Cristo, sed mártires y no verdugos"; "el Catolicismo persiguió después de ser perseguido" y, en sus Cartas filosóficas: "Si no hubiera en Inglaterra más que una religión, su despotismo sería de temer; si hubiera dos, se degollarían; pero como hay treinta, viven pacíficas y felices". Su folletito Las preguntas de Zapata, una especie de parodia de los catecismos de Ripalda y Astete, es la colección más grande de imbecilidades católicas, judías y calvinistas rigurosamente documentada que ha compuesto un autor profano. Y en Los viajes de Scarmentado la cárcel de la Inquisición aparece como un hotelito aburrido, frío e incómodo.

Publicaba todos estos folletos incendiarios bajo seudónimos que no ocultaban su marca congénita y, como vivía en la frontera con Suiza y tenía casas aledañas en ambos países, cuando le perseguían en Francia cruzaba la raya y vivía en su casa suiza, y cuando le perseguían en Suiza, calmados ya los ánimos en Francia por sus amigos, cruzaba a su casa de Francia. Hay quien dice que Inglaterra creó a Voltaire; yo creo que fue más bien la paliza que le dieron los sirvientes del señor de Rohan cuando ambos rivalizaron por una señorita y quedó desengañado de sus amigos los nobles cuando lo evitaron al pedir un duelo desigual entre un plebeyo burgués y un noble, de forma que le mandaron al exilio a Inglaterra. Desde entonces empezó a decir "todos somos iguales", lo que, sin embargo, no ejerció cuando se hizo rico con el comercio de esclavos y saboteando el procedimiento de la lotería, entre otras pillerías.

viernes, 27 de agosto de 2010

Los impuestos en España


JOSÉ MARÍA RUIZ SOROA "Debates imposibles", El País, 26/08/2010:
Supongamos, que ya es mucho suponer, que es posible un debate público sobre la fiscalidad en España con unos gobernantes socialistas que en menos de dos años han pasado de decir que se podía devolver a los ciudadanos parte de sus impuestos, porque sobraba recaudación, a afirmar ahora que los ciudadanos pagan pocos impuestos para financiar los servicios públicos. Supongamos, que ya es mucho suponer, que es posible un debate sobre la cuestión con unos gobernantes que utilizan como argumento el dato bruto de la presión fiscal comparada entre países distintos, cuando cualquiera sabe hoy que la única comparación válida entre países es la del índice de esfuerzo fiscal de la población, ese que tiene en cuenta la distinta capacidad para pagar impuestos en función de la renta disponible.

Pues bien, aun suponiendo lo anterior, resultaría que a los ciudadanos nos falta un elemento de juicio esencial para poder debatir razonablemente sobre la relación entre impuestos y servicios públicos, un elemento que se nos oculta con alevosía y premeditación por nuestros gobernantes de toda laya, sean los estatales, los autonómicos o los locales. Hablo de los datos económicos sobre la eficiencia del gasto público en la prestación de los diversos servicios, es decir, de los datos que nos muestren cuánto invierten nuestras Administraciones Públicas para lograr unos determinados servicios, cuál es el coste comparativo de un mismo servicio tal como una operación cardiaca concreta prestado en España o en Suecia, o en Bilbao y Sevilla. Porque hablar solo del volumen del gasto público, sin contar con los datos mínimos acerca de la eficiencia de ese gasto, es un diálogo de tontos.

En uno de los pocos sectores en que existe una comparativa internacional continuada en el tiempo acerca de resultados del gasto público a nivel internacional, como es el sector de la enseñanza no universitaria, los sucesivos Informes PISA han puesto de manifiesto que no existe relación ninguna entre volumen total del gasto público por alumno y la competencia cognitiva o aprovechamiento obtenido por éstos (Julio Carabaña). Que hay países, como Dinamarca y Noruega, que obtienen peores resultados que otros que invierten mucho menos que ellos, como la República Checa. Que hay Comunidades Autónomas que invierten 8.858 euros anuales por alumno (País Vasco) y obtienen peores resultados que otras que invierten 5.791 (La Rioja). Que la enseñanza concertada obtiene los mismos resultados educativos que la pública con un coste inferior en más de un 40%. Vamos, que la calidad de los servicios públicos no depende en exclusiva del volumen global de la financiación a ellos destinada, sino también depende mucho de la eficiencia de la organización y gestión del servicio.

Y sobre este punto carecemos de datos: con lo que llegamos a la escasamente democrática situación de que a los ciudadanos se nos piden los impuestos, pero no se nos facilitan a cambio los índices de eficiencia comparativa de los Gobiernos en la gestión de esos impuestos. Se nos trata en esta cuestión (mejor dicho, nos dejamos tratar) como súbditos y no como ciudadanos.

En una reciente obra sobre la financiación de las autonomías, el hacendista Carlos Monasterio ha puesto de manifiesto la perversión a que ha conducido la falta de información contrastada y fiable sobre el grado de eficiencia en la gestión de los servicios públicos por los Gobiernos autonómicos, que son los que prestan la mayor parte de ellos (sanidad y educación, por ejemplo). Los ciudadanos carecemos de la información mínima para juzgar la gestión de nuestros respectivos Gobiernos, no sabemos si lo hacen peor o mejor, no podemos someterles a un verdadero juicio político en su gestión. Esa famosa democratic accountability que los políticos no se quitan de la boca en sus discursos, la hacen en realidad imposible en su práctica cotidiana.

Es más, nuestros gobernantes autonómicos han conseguido algo verdaderamente pasmoso: no solo que no podamos juzgar su gestión y corregirla en su caso en las urnas, sino que han logrado que el debate público se desplace siempre a la presunta cicatería de la Administración Central en la financiación. El mensaje que propalan y que ha calado en un público indefenso es el de que cualquier deficiencia de gestión se debe a una insuficiente provisión de financiación procedente del Estado, nunca a su gestión mejor o peor del dinero a su disposición. Con lo que el juego político permanente que presenciamos es el de la permanente renegociación de la distribución de recursos entre Estado y Comunidades, como si esa fuera la cuestión relevante y no la gestión que realmente se hace de los recursos disponibles.

Para poder establecer un debate público serio e informado sobre impuestos y servicios públicos es preciso que los gobernantes nos muestren la parte de la cuestión que sistemáticamente nos ocultan: la de sus índices de gestión y resultados. Sin ellos lo que tenemos no es debate, sino palabrería barata.

José María Ruiz Soroa es abogado.

La naranja mecánica y El triunfo de la voluntad



Son dos películas intensas y en cierta manera opuestas; de hecho, en la primera hay una pequeña cita de la segunda, durante uno de los momentos de collage en que suena la música de Beethoven. Kubrick hizo con la suya una reflexión sobre esa forma de libertad extrema que es la violencia; Leni Riefelstahl, por el contrario, construyó una aterradora apología del orden, una obra cumbre del cine conceptual donde todo se subordina y converge en la unidad, el idealismo fascista del Congreso del partido nazi (Nüremberg, 1934). Nada hay de violento en la alemana, pero la sombra que proyecta es negrísima, porque sugiere que de esa perfección está proscrito lo imperfecto; sin embargo, la ultraviolenta Naranja, dirigida por un judío, es el desahogo o alivio destructor de un creador tan ultraperfeccionista como Leni, y la sombra que proyecta es la de paz. La perfección y el control obsesivo están presentes en ambas películas, pero abordan temas opuestos: el desorden y el orden. Stanley ponía a su protagonista con los ojos abiertos "por una cosa así, como con alambres colgado" para que no pudiese cerrarlos y no lloraba por la violencia que veía ni por la molestia de los alambres, de forma que le tenían que suministrar lágrimas para que no se le secasen los ojos. El protagonista, o más bien los protagonistas del film de Leni (porque el protagonista es todos y es uno), sin embargo, no tienen cerrados los ojos, sino la mente. Ese orden y esa perfección son una jaula, de forma que si en Kubrick encontramos la libertad ruidosa y violenta y desagradable, en Leni encontramos la razón y la disciplina germánicas, un gigantesco secuoya reducido a bonsay. La sensación que me provocó el filme de Kubrick fue la de desahogo y alivio, me sentí curado por medio de la violencia, sufrí una catarsis. Constaté, sin embargo, que a las mujeres sobre todo les desagradaba profundamente la película, que era muy violenta; creo que no percibieron bien la intención y la estética elaboradísima de la misma. Creó un género, el de las películas ultraviolentas, de las cuales ni usa sola está a la altura de su predecesora (solamente, quizá, The Warriors, de Walter Hill). En cuanto a El triunfo de la voluntad, lo que sentí era cómo se elevaba peligrosamente en mí una sensación como de orgullo, de unidad, de pureza peligrosamente utilizable; Leni tenía más talento que Kubrick -lo que ya es mucho decir- y fue tal vez el primer genio de la publicidad que ha dado la historia; también tenía genio su personaje, porque, siendo un hombre mediocre, era, sin embargo, el mayor orador del siglo XX, capaz de enfervorizar a las masas y de conectar con su público de una forma increíble, siendo como era un vulgar genocida o asesino de masas.

Z contradice a Z


Un señor llamado Z. ha elegido a una candidata para el centro geográfico de España sólo porque queda bien en las encuestas; esto de gobernar por encuestas es muy propio de publicitarios o de políticos, que es lo mismo, esto es, gente sin escrúpulos que vive de la jeta y de la apariencia. Si Z. se oyera e hiciera caso a sí mismo y gobernara según la popularidad en las encuestas, debería dimitir ya mismo. Qué contradictorio es el señor Z. Si Z. contradice a Z. es que Z. es esquizofrénico o hace mester de tontería o divaga como una palomita tita tita; estas cualidades son incompatibles con quien debería gobernar una nación, aunque ya se sabe cuánto hay que mentir para poder llegar a la cúspide política de un país. Hay que mentir tanto, que uno ya ni sabe dónde queda la realidad y se cree sus propias mentiras y flota sobre nubecillas como un angelote barroco. Ese es Z. Por otra parte, un ministro de Z. monta un numerito para prestigiarse (prestigiar otra cosa de su partido es imposible ya) diciendo que paga terroristas para salvar a dos españoles; pan para hoy y hambre para mañana, esa es su política, ya que después de Z. el diluvio y vendrán otros que tendrán que aguantar otros secuestros financiados por el propio ministro de Z. Otra política hacedera, la que sigue Z.: casa para hoy e hipoteca para mañana.

Y los otros, lo mismo. ¿Qué se creen?

Pintores de fronteras. Salvator Rosa y Sandro Magnasco

A lo largo de la Historia del Arte pueden encontrarse figuras desclasificadas o que es muy difícil situar en un movimiento o en otro; estos personajes indefinidos poseen un temperamento aglutinador, que se abre por igual a lo viejo que a lo nuevo, y por ello su mirada y su vuelo suele ser más alta que la de sus contemporáneos. Goya es un ejemplo, pero en la Italia de transición entre el Barroco y el Clasicismo podemos encontrar figuras poco valoradas que anuncian el Romanticismo aunque se suelan asociar al Rococó; son por ejemplo Salvator Rosa y el algo posterior Alessandro Magnasco el Lissandrino; de este último pueden verse algunos buenos cuadros que representan escenas bohemias en el museo Lázaro Galdiano, que cuando los vi me dejaron muy impresionado; ahora acabo de descubrir también al napolitano Salvator o Salvatore Rosa, que es muy parecido, aunque de obra más extensa.

martes, 24 de agosto de 2010

Los toros

¿Los toros? Me gustan; y porque me gustan los toros no quiero que sufran. ¿Las corridas de toros? Me gustan las corridas de toros, y como me gustan los toros y además las corridas de toros, me encuentro en un dilema del que salgo de una forma no sé si imaginativa, pero en todo caso la única que rechaza el pensamiento dicotómico y bobón de los que se enfrentan sobre esto, única que creo posible: todos los toros deben indultarse, las banderillas han de ser sin cuchillo, de pintura o adhesivas, y los únicos muertos deben ser, si acceden a ello, los toreros, que bien harían si no quieren con apuntarse a jugar a los dardos o a la esgrima olímpica, deportes que también se hacen con banderillas y espada, aunque seguramente no generen tantas plusvalías. Después de todo, también todo el mundo va a la Fórmula I a ver si algún piloto se rompe la cabeza y ahora que no hay tanto muerto, siguen yendo a ver los mismos revolcones en las curvas que se ven en una plaza. Para financiarse, que se pongan como los pilotos publicidad en el traje de luces y en la capa (los toros embisten a lo que se mueve, no al color rojo). La matanza (otro espectáculo en decadencia) no aldeana ni industrial de bueyes cabreados era como una tragedia teatral (el teatro, otro espectáculo en decadencia) y de hecho vienen más o menos del mismo origen religioso (la religión, otro espectáculo en decadencia), un sacrificio purificador y propiciador cuando se prevee que pinte mal la uva de sangre o se presente escasa la siega de carne; en tragedia y toros siempre tenía que haber un muerto final, el toro o el torero. Pues como somos así de absurdos, que muera el hombre luminoso de luces y se salve el toro-dios negro y nocturno o, lo que ya parecería menos posible, que le pongan guantes en los cuernos al toro y dodotis blindado y protecciones ingo-abdominales al diestro, que ya no tendría que correr como Curro Romero al excusado (¿no llevan esas protecciones los hijos de la tierra del fútbol americano o del hockey?). O que legalicen el circo romano o que importen el rodeo americano, leñe. ¿Pues no quieren dejarnos sin las españolas costillas y arterias rotas estos catalanes de mantequilla que no aguantan nada?

Libertad, igualdad y poder.

Los tres principios de la revolución francesa eran libertad, igualdad, fraternidad; los dos primeros están bastante claros, el tercero, no. ¿Qué es eso? ¿Hermandad, que es lo que quiere decir en latín fraternitas? Además, la Declaración de derechos de 1789 afirma cuatro: libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión. Este último es el dudosillo que ha justificado polémicamente a lo largo de la historia el tiranicidio, la autodeterminación, el terrorismo, la revolución (u otras formas de rebelión e insurgencia que más o menos han sido criminalizadas por el procedimiento de la demonización -y sacralización de lo opuesto- por ser lucha social de muchos contra pocos; Marx escribió algo sobre esto), que todo es uno y según se mire. En realidad estos dos últimos derechos pueden ser vistos sutilmente como opuestos o complementarios, y de hecho algunos argumentan que el de propiedad se opone al primero y genera los dos últimos. En un anuncio de prensa leí una vez: "Libertad, igualdad, rentabilidad". Seamos hermanos, pero no primos.

El hecho es que el hombre es tan vario que ha establecido un diapasón que va de la libertad al principio de jerarquía llamado poder, que es un avance antropológico de nuestra evolución en cuanto a que divide el trabajo según los principios republicanos del mérito y la capacidad: el hombre cualificado para la tarea que hace mejor, pasando por un equilibrio entre esa libertad individual y ese sojuzgamiento colectivo que sería la igualdad, presuntamente "ante la ley". El derecho es de hecho un imperio, un poder, y la dificultad de señalar su jurisdicción es lo que provoca con frecuencia sus errores. Por ejemplo, el defensor del pueblo, ese payaso retribuido por el erario popular, no tiene imperio sobre nadie y sólo puede quejarse y escribir cada año unas Lamentaciones de Jeremías, ni siquiera puede realizar investigaciones ni acusaciones concretas (a ver qué pasa con el silencio administrativo positivo). ¿Con qué se conforma un hombre o todos los hombres? Que no se diga que el derecho nos afecta a todos porque somos racionales, porque, desde luego, el hombre no es sólo racional, sino también (y además) un animal, como cualquiera puede comprobar leyendo los periódicos todos los días, valga el insulto a nuestros compañeros de evolución; es más, si los animales poseen instintos, los hombres los encubren y los tapan y poseen algo mucho peor que no es consecuencia de la evolución: el recochineo, el sadismo, la retranca y la schadenfreude; eso no lo poseen los animales, que nunca matan por matar, sino para comer. Así que habremos de afirmar que hay hombres que se mueven por razones y otros que se mueven por pasiones, pulsiones o sentimientos, como quería Averroes. No se puede exigir que alguien sea un Aristóteles, como el manchego del Quijote no pedía a la mujer con la que quería acostarse que lo fuera, y no se puede juzgar de la misma manera a un gilipollas que a un depravado formado en Harvard o a un alcalde que se relame sus prebendas. Al propietario de la voluntad general hay que darle con la voluntad general en los cojones, y son muchas piernas las que darían la patada; los griegos, que sabían de eso, tenían algo que era el ostracismo. Al depositario de la voluntad general que se desvíe, como propugnaba el ciudarrealeño Félix Mejía en El Zurriago, hay que enviarlo a la hoguera (y perdón por la pulsión) y al gilipollas al establo, con sus iguales. Se ha de ser más duro con los políticos y los responsables, y más benigno con los otros; pero en la práctica eso se ha deturpado y se hace al revés. Vivimos en la dictadura del número: si matas a uno, te envían a la silla eléctrica; si matas a treinta, te llaman asesino en serie y ruedan una película; y si matas a cien mil te invitan a Ginebra, a negociar.

Las fuentes del derecho son la autoridad, la costumbre y la naturaleza o derecho natural. La autoridad en los pueblos antiguos era consultiva y se mantenía tanto tiempo cuanto era menos ejercida, y era de sesgo consultivo, por lo que no constituía fuente legítima o fija de derecho. La costumbre, nacida de tradiciones familiares (y por tanto de la intrínseca evolución histórica del antes y el después) y ampliada y establecida ulteriormente como regla fija más amplia, ya es otra cosa, porque constituye lo que llamaríamos los fundamentos del estado. Lo que pasa es que la costumbre se desnaturaliza con las epiqueyas de la autoridad, como creía Mejía, o reacciona contra su misma historicidad y tradición, porque el hombre cambia y con él sus costumbres. El derecho natural, cuya existencia se ha puesto siempre en tela de duda, incluso por el mismo Habermas, que en Teoría y praxis afirma que siempre se ha justificado de forma histórica, como anterior a la costumbre, incurriendo en falacia, tiene el carácter de presentar al individuo como armado de derechos anteriores a toda sanción y a toda ley política. No está libre de ese pecado Habermas, quien identifica una fuente anterior al derecho en el principio de equidad que presupone el acto comunicativo. Pero eso presupone que todos los hombres quieren comunicarse, y eso no es cierto, aunque la comunicología moderna afirme que la comunicación siempre exista.

lunes, 23 de agosto de 2010

Blas de Lezo

Arturo Pérez Reverte, "El vasco que humilló a los ingleses", en El Semanal:
Hace doce años, cuando escribía La carta esférica, tuve en las manos una medalla conmemorativa, acuñada en el siglo XVIII, donde Inglaterra se atribuía una victoria que nunca ocurrió. Como lector de libros de Historia estaba acostumbrado a que los ingleses oculten sus derrotas ante los españoles -como la del vicealmirante Mathews en aguas de Tolón o la de Nelson cuando perdió el brazo en Tenerife-, pero no a que, además, se inventen victorias. Aquella pieza llevaba la inscripción, en inglés: El orgullo de España humillado por el almirante Vernon; y en el reverso: Auténtico héroe británico, tomó Cartagena -Cartagena de Indias, en la actual Colombia- en abril de 1741. En la medalla había grabadas dos figuras. Una, erguida y victoriosa, era la del almirante Vernon. La otra, arrodillada e implorante, se identificaba como Don Blass y aludía al almirante español Blas de Lezo: un marino vasco de Pasajes encargado de la defensa de la ciudad. La escena contenía dos inexactitudes. Una era que Vernon no sólo no tomó Cartagena, sino que se retiró de allí tras recibir las suyas y las del pulpo. La otra consistía en que Blas de Lezo nunca habría podido postrarse, tender la mano implorante ni mirar desde abajo de esa manera, pues su pata de palo tenía poco juego de rodilla: había perdido una pierna a los 17 años en el combate naval de Vélez Málaga, un ojo tres años después en Tolón, y el brazo derecho en otro de los muchos combates navales que libró a lo largo de su vida. Aunque la mayor inexactitud de la medalla fue representarlo humillado, pues Don Blas no lo hizo nunca ante nadie. Sus compañeros de la Real Armada lo llamaban Medio hombre, por lo que quedaba de él; pero los cojones siempre los tuvo intactos y en su sitio. Como los del caballo de Espartero.

La vida de ese pasaitarra -mucho me sorprendería que figure en los libros escolares vascos, aunque todo puede ser- parece una novela de aventuras: combates navales, naufragios, abordajes, desembarcos. Luchó contra los holandeses, contra los ingleses, contra los piratas del Caribe y contra los berberiscos. En cierta ocasión, cercado por los angloholandeses, tuvo que incendiar varios de sus propios barcos para abrirse paso a través del fuego, a cañonazos. En sólo dos años, siendo capitán de fragata, hizo once presas de barcos de guerra enemigos, todos mayores de veinte cañones, entre ellos el navío inglés Stanhope. En los mares americanos capturó otros seis barcos de guerra, mercantes aparte. También rescató de Génova un botín secuestrado de dos millones de pesos, y participó en la toma de Orán y en el posterior socorro de la ciudad. Después de ésas y otras muchas empresas, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias, a los 54 años, y tras rechazar dos anteriores tentativas inglesas contra la ciudad, hizo frente a la fuerza de desembarco del almirante Vernon: 36 navíos de línea, 12 fragatas y varios brulotes y bombardas, 100 barcos de transporte y 39.000 hombres. Que se dice pronto.

He visto dos retratos de Edward Vernon, y en ambos -uno, pintado por Gainsborough- tiene aspecto de inglés relamido, arrogante y chulito. Con esa vitola y esa cara, uno se explica que vendiera la piel antes de cazar el oso, haciendo acuñar por anticipado las medallas conmemorativas de la hazaña que estaba dispuesto a realizar. Pese a que a esas alturas de las guerras con España todos los marinos súbditos de Su Graciosa sabían cómo las gastaba Don Blas, el cantamañanas del almirante inglés dio la victoria por segura. Sabía que tras los muros de Cartagena, descuidados y medio en ruinas, sólo había un millar de soldados españoles, 300 milicianos, dos compañías de negros libres y 600 auxiliares indios armados con arcos y flechas. Así que bombardeó, desembarcó y se puso a la faena. Pero Medio hombre, fiel a lo que era, se defendió palmo a palmo, fuerte a fuerte, trinchera a trinchera, y los navíos bajo su mando se batieron como fieras protegiendo la entrada del puerto. Vendiendo carísimo el pellejo, bajo las bombas, volando los fuertes que debían abandonar y hundiendo barcos para obstruir cada paso, los españoles fueron replegándose hasta el recinto de la ciudad, donde resistieron todos los asaltos, con Blas de Lezo personándose a cada instante en un lugar y en otro, firme como una roca. Y al fin, tras arrojar 6.000 bombas y 18.000 balas de cañón sobre Cartagena y perder seis navíos y nueve mil hombres, incapaces de quebrar la resistencia, los ingleses se retiraron con el rabo entre las piernas, y el amigo Vernon se metió las medallas acuñadas en el ojete.

Blas de Lezo murió pocos meses después, a resultas de los muchos sufrimientos y las heridas del asedio, y el rey lo hizo marqués a título póstumo. Creo haberles dicho que era vasco. De Pasajes, hoy Pasaia. A tiro de piedra de San Sebastián. O sea, Donosti. Pues eso.

Bernard de Kerraoul

Un autor injustamente olvidado; su prosa tiene una calidad de página formidable y algo de lo que suele carecer la literatura que por lo general presume de ella: hondura humana. Uno de los comienzos mejores que recuerdo, un poco proustiano, es el de su Sombras en Ardbury:

Sería maravilloso no tener ya recuerdos, despertarse cada mañana con la apasionante sensación de poder empezar todo de nuevo, de ser como una peña bruñida por la lluvia... Pero él nada podía olvidar, ni siquiera los pequeños, triviales, obsesionantes detalles, los que más hieren, aquellos que hacen revivir todo el pasado...

El baronet protagonista, un usurpador de todo en la vida, inglés hasta la médula, sólo posee una ambición, la política, a la que llega a subordinar su propia humanidad; es el célebre autor de una pieza teatral que en realidad escribió otro, y oculta un crimen también de otro con la ambición de medrar, pero no llega a recoger la fruta de Tántalo de su ambición y siempre es designado ministro de agricultura. Está ciego, ni siquiera vislumbra su posible redención en la esposa que tiene, de la que ignora incluso que se muere de cáncer. La novela lo deja en la barandilla de una caída, desesperado ante una espera demasiado larga ante la muerte, y ante la ironía trágica de ignorar que heredará una fortuna enorme de su esposa que podría hacer posibles sus ambiciones.

domingo, 22 de agosto de 2010

Fogwill

Harold Bloom sugiere que la intensidad estética en literatura combina cinco valores: originalidad, poder cognitivo, sabiduría, exuberancia en la dicción y manejo de la metáfora. Ha muerto el escritor y cocainómano argentino Fogwill, autor reconocido de la que dicen es la mejor novela sobre la Guerra de las Malvinas, Los pichiciegos (el título, ausente del diccionario, resulta algo grosero y retinto para un castellano: en realidad designa a una especie de armadillo indígena) y reúne entre todas esas cualidades, que posee, al decir de quienes lo han leído de forma independiente, este, por ejemplo, sobre todo una: el esplendor del lenguaje, si se puede juzgar por lo que se cita aquí y acullá, a diestro y siniestro; no lo he leído, pero estos reseñeros me hacen la boca agua y deseo leerlo lo más pronto posible.

sábado, 21 de agosto de 2010

Sobre Majfud

No, Majfud no es Majfud; o sí, en cuanto que el nombre se lo dio mi subsconsciente, tal vez porque el pensamiento de Majfud tiene algo común con el del Majfud de ficción, por ejemplo el idealismo y el humanismo. El nombre sugiere magia, Taj-Mahal y misterios de mil y una noches, tal vez por eso lo eligió.

viernes, 20 de agosto de 2010

Nuestras penosas ciencias

A la luz del premio Fields de Matemática, concedido a numerosos franceses, se ha planteado una interesante cuestión. Villani, el último en ganar la prestigiosa medalla, es hijo de dos profesores de Humanidades. Francia goza de 32 premios Nobel en Física, Química o Medicina, mientras que España cuenta con uno solo (Ramón y Cajal, 1906), fruto de la I República del siglo XIX, o dos, si se me apura y se desea incluir a Severo Ochoa, que ya estaba nacionalizado estadounidense cuando se le otorgó el galardón. Creo adivinar el origen de esta inferioridad no ya en la conocida historia política y religiosa de España, sino en una de sus lacras heredadas, que compruebo a menudo instalada en las mentes de profesores y dirigentes que se supone debían ser un poco listos y menos mediocres: los científicos españoles consideran que las humanidades son una cosa y las ciencias otra, cuando son lo mismo, dos formas de conocer que empiezan por extremos opuestos y dos disciplinas que se necesitan mutuamente; las Humanidades son necesarias para poder explicar las ciencias y apreciar su belleza y sentirse estimulado por ella a descubrirla; inversamente, las ciencias se necesitan en las Humanidades para poder tratar las cuestiones con mayor rigor. Las Ciencias nos harán la vida más fácil, pero sólo las Humanidades harán que la vida merezca la pena ser vivida. Que los científicos sigan detestando las Humanidades para barrer hacia su ego y así, como han hecho hasta ahora en España, no llegarán a nada y en todo caso empeorarán (que es peor, como dice el verbo) las cosas. E, inversamente, que los que estudian humanidades olviden el rigor del pensamiento y del método científico en las ideas, barriendo para su ego, y llegaremos a lo mismo. ¡Panda de mentecatos!

Majfud el Suprahumano

Esta siesta, como siempre que no tomo las pastillas, se me ha despertado la creatividad y he soñado una quimera que probablemente daría para un cuento o una novela corta. Me ahorro los detalles visuales y narrativos y la resolución del enigma, pero en resumen es esto:

Majfud fue creado por medio de un consorcio árabe-ruso-chino de metanacionales por medio de ingeniería genética y teratología en el siglo XXI. Se trataba de un hombre, o más (o menos) bien una bestia, superior en todos los aspectos: salud, vida e inteligencia, el único éxito, entre miles y miles de intentos infructuosos de crear un ser como él; pero se les fue yendo de las manos; sus intereses derivaron hacia disciplinas que a sus padres (o, más bien, patrocinadores) no interesaban nada: la entomología, la psicología y la teología. Pronto abandonó los estudios de ingeniería y física que les interesaban principalmente, diciendo que le parecían demasiado materiales. Se liberó, y le dieron caza sin éxito; logró incluso algunos seguidores, quienes lo predicaron con fanatismo y hasta llegaron a sacrificarse por él; pero al final fue muerto, al ser encontrado en el doble fondo de una de las cortinas de una catedral que fue quemada. Antes de morir, sin embargo, ocultó la obra de su vida, un regalo a la humanidad al que bautizó como El Designio, en un lugar sin nombre de la Tierra, de la Luna o de Marte. Nadie sabía cómo hallar este fabuloso tesoro, y muchas leyendas se tejieron en torno a él. Esta narración trata sobre una de ellas, la única considerada algo cierta por los especialistas, ceñida a unas pocas palabras tomadas de una de sus últimas cartas: “El mensaje de la cruz”. Majfud había conseguido diseñar una máquina ultratelepática que funcionaba a manera de un enorme interferómetro y podía derribar todas las trabas y prejuicios culturales unificando todas las mentes racionales de la especie humana bajo una misma voluntad general y unos mismos principios éticos, que jamás podrían ser ignorados, incluso por los criminales más insidiosos y degenerados, de forma que todos los seres humanos colaborasen benéficamente como insectos en busca de la felicidad general y del conocimiento. Esto, como es de suponer, puso en pie de guerra a todas las metanacionales de la IA y sus esclavos gobiernos e iglesias; pero, como si la Máquina de Ultrahumanidad estuviera ya en funcionamiento, nada pudo impedir que todo el mundo buscase ese tesoro, el tesoro de Majfud, el Suprahumano. Y al fin lo encontraron.

Google me devuelve el blog

Google lo suprimió porque un bot en prácticas había detectado la infiltración de spam entre los comentarios; por fin revisaron mi caso a petición mía y se han convencido de que cumplo con sus políticas. Fue un error de programación, ellos dirán que electrónico, pero imagino que compartido por muchos más usuarios-víctimas. Había empezado a sospechar de una de las directivas de Google, "no ser malvado", pero por fin mi confianza ha sido restituida, aunque a duras penas y ya no como antes, porque he visto que poder comunicarse con la responsabilidad que alienta ese engendro llamado Google está sumamente mecanizada e informatizada con todo tipo de formularios telefónicos, electrónicos, al fin y al cabo máquinas de dar excusas y ganar tiempo, como los mismos cajeros automáticos, de forma que ha sido casi imposible encontrar alguna cara humana tras el monstruo, cada vez menos hombre y más máquina. Así que procuraré tener copia de mis archivos (gracias a los que me han dado copia de las suyas), por más que la libertad de no tener que escribir me haya parecido algo tan insólito, nuevo y de agradecer que, lejos de haberme molestado demasiado, incluso me había hecho no poco feliz abriéndome otras puertas de actividad y dándome tiempo para volver a usarme como persona y no como escribiente. Pero el caso es que, habiendo reeído lo hecho hasta ahora, he comprobado que mucho de lo escrito posee algún valor, no digo para la literatura, si es que eso constituye algún valor, sino otro derivado del entretenimiento, del trabajo y del incluso esfuerzo y tiempo que me ha costado, un valor meramente subjetivo más que objetivo, común y monetario.

miércoles, 11 de agosto de 2010

España, el país de los hijos de papá


Ascensor social: fuera de servicio

La movilidad entre clases se ha estancado en España desde los años sesenta - El origen familiar es aún determinante y los cambios son de corto alcance

El País, RICCARDO IORI / JORGE BERÁSTEGUI 11/08/2010
Sergio acaba de cumplir 32 años. Cada mañana coge la bicicleta para llegar a su trabajo en la Universidad Centroeuropea, en Budapest. Es investigador, uno de los pocos que trabaja en Europa en el campo de la pobreza energética. Largo camino desde que terminó la carrera de Ciencias Ambientales en la Universidad de Alcalá. Pero más largo aún desde que su abuelo se marchara a trabajar en una fábrica de Baviera de gastarbeiter -como llamaban los alemanes a los jornaleros extranjeros- y su padre comenzara de ayudante de fontanero a los 14 años, mientras vivía en el Pozo del Tío Raimundo, un barrio madrileño de chabolas que acogió a muchos emigrantes que venían a buscarse la vida desde toda España.

Una sociedad abierta es aquella sociedad ideal en la que los orígenes de los padres no determinan el destino de sus hijos. La historia de Sergio podría ser un ejemplo del camino hacia este horizonte final. Pero la realidad es diferente. En España, las posibilidades de remontar de clase social son las mismas que durante la industrialización de los sesenta, según una reciente investigación de los sociólogos Ildefonso Marqués y Manuel Herrera, publicada en el último número de la revista del Centro de Investigaciones Sociológicas. Se trata del tercer gran estudio sobre la cuestión que se hace en el ámbito nacional y el primero que se centra en las generaciones que adquirieron su madurez laboral desde 1965 en adelante.

A pesar de los profundos cambios estructurales de las últimas décadas -paso de una sociedad agrícola a una industrial y luego a otra posindustrial- no hay un mayor grado de apertura: "Por supuesto que en la España de hoy en día hay un mayor número de directivos y funcionarios y menos campesinos y obreros que en la mitad del siglo XX. Pero, si en los ochenta había cuatro plazas de directivos, estas venían ocupadas por tres hijos de las élites y solo una por alguien de una clase más baja. Ahora hay ocho plazas y la relación es de seis a dos; en este sentido España es un país inmóvil, no ha aumentado la igualdad", explica Marqués.

En las antípodas de Sergio se encuentra Julián, que también tiene 32 años. Su padre dejó los abruptos barrancos de una zona agrícola de Tenerife para mudarse a La Laguna a buscar un futuro mejor. Ahí terminó de asalariado en una empresa de seguros y viviendo en uno de los barrios obreros de la ciudad. Julián, que acabó la secundaria, pasa ahora los días intentando lidiar con la crisis y trabajando de forma precaria en la compraventa de repuestos de coche. Su situación académica y laboral es muy similar a la de sus padres, como le ocurre al 32,9% de los españoles. "Si no tienes estudios universitarios no hay nada que hacer. Llevo trabajando desde los 16 años porque mis padres no podían pagarme nada y 15 años después las perspectivas son iguales o peores", según Julián.

El porcentaje de adultos que a los 30 años -la edad que los sociólogos consideran el principio de la madurez laboral- pertenece a una clase social diferente a la de sus progenitores es del 67,1 %. Los movimientos entre clases sí son frecuentes, pero no de largo recorrido y se producen en su mayoría entre clases limítrofes.

La situación en España se encuentra en el entorno de la media europea, según la European Social Survey sobre el periodo 2002-2006. Mejor que Italia o Portugal. Pero aún lejos de los países escandinavos o Gran Bretaña. En este último país, por ejemplo, la posibilidad de que el hijo de un obrero poco cualificado llegue a ser directivo es mayor que la que tiene el hijo de un trabajador español. "En España se produce un ejemplo marcado de lo que Max Weber llama cierre de clase. Las élites intentan mantener sus privilegios subiendo los requisitos para entrar en ellas", dice Marqués.

"Por mucho que estudies, los hijos de papá siempre lo tendrán más fácil. Ellos son los que pueden hacer una formación extra que les asegura un buen puesto. Para acceder a esto, nosotros tenemos que endeudarnos con un banco", afirma Carmen, madrileña de 26 años. En 2008 acabó la carrera de Filología Inglesa y desde entonces hace todo tipo de trabajos precarios. Su situación es un avance, si se piensa que sus padres empezaron a trabajar con 11 y 14 años y su abuela vivió parte de su vida en una cueva murciana con sus ocho hijos.

Con mucho esfuerzo, su madre ha conseguido llegar a ser administrativa, pero Carmen siente que hay un tapón social difícil de sortear. "La educación hace que la desigualdad no aumente, pero ella sola no puede disminuirla. Cuando hay una inflación de títulos universitarios, los representantes de las clases altas defienden su estatus mandando a sus hijos a MBAs [Master of Business Administration] o a estudiar al extranjero y los colocan gracias a su entorno social", señala Marqués.

Carmen es la mileurista paradigmática: joven universitaria que vive en una gran ciudad y cuyo salario mensual no supera los 1.000 euros. La pertenencia a una determinada clase social también influye en la configuración del mileurismo. "No es simplemente una cuestión de gente joven. Es sobre todo un problema de gente humilde", afirma José Saturnino Martínez, profesor de Sociología de la Universidad de La Laguna. Un estudio que presentó recientemente demuestra que entre los jóvenes de 25 y 35 años esta condición se da mucho menos en los universitarios tradicionales -varones hijos de universitarios- y más en los nuevos universitarios -mujeres y jóvenes de familias de bajo nivel de estudios-. En el primer caso, el porcentaje de mileuristas es del 26,1 %. En el de los varones hijos de no universitarios, del 42,3 %. En lo que se refiere a las mujeres, la diferencia es menor: 44,1% frente al 53,6%. "A las mujeres de orígenes populares, le pesan más sus orígenes, pero para las de clases altas, les pesa más el género", afirma Saturnino.

Para Julio Carabaña, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, el problema fundamental no es el entorno social sino el tipo de estudio que se elige: "Las carreras de Ingeniería y Medicina son frecuentadas más por hijos de las clases altas. La familia determina más el ingreso a la universidad, pero a la salida el título de estudio vale más que las diferencias de clase. Un médico hijo de obreros tiene en ese momento las mismas perspectivas cara al mundo laboral".

El estancamiento de la movilidad social coincide sin embargo con el desarrollo del Estado de bienestar en España. Para Ildefonso Marqués, la familia y ciertos mecanismos de la economía de mercado determinan más los movimientos entre clases que cualquier política equilibradora: "El único caso en el mundo occidental donde se ha producido una auténtica movilidad ha sido Suecia, sobre todo entre los años treinta y setenta del siglo pasado, aunque ahora se ha estancado. Pero para ello se necesitaron varias décadas de Gobierno socialdemócrata que permitieron a la cultura de lo público hacer brecha en la sociedad. En España, esta mentalidad está aún muy poco madura y ha sido cuestionada desde sectores liberales desde su nacimiento".

No se pueden negar, sin embargo, los beneficios de muchas de las políticas públicas que ha habido en España. Solo en el ámbito educativo, el número de titulados universitarios entre 25 y 35 años ha pasado de 812.000 en 1991 a casi dos millones en 2008. Para Saturnino, no hay que reducir todo a una lógica monetarista: "Aunque un título universitario no se traduzca en una mayor riqueza, sí garantiza el acceso a la educación, a la cultura e, incluso, a mejor calidad de vida y salud".

Una de las cuestiones más curiosas es que EE UU, donde el modelo de políticas distributivas públicas europeas se mira con recelo, mantiene tasas de movilidad muy similares. "La tierra de las oportunidades no lo es más que Europa", afirma Marqués. Pero también se puede ver de otra manera; la ética de la autorrealización individual, la mística de la eterna frontera estadounidense es tan imperfecta como el espíritu social que nutre el modelo europeo, pero cumple las mismas funciones.

Para el sociólogo Luis Moreno, profesor de investigación del CSIC, lo que caracteriza al modelo estadounidense de movilidad social son los acusados itinerarios de "arriba-abajo". Es decir, los individuos con movilidad ascendente se dan más que en el viejo continente, pero también se empobrecen con más rapidez cuando la movilidad es descendente. El modelo europeo ofrece una mayor seguridad contra los riesgos sociales a los ciudadanos con rentas bajas, situación posibilitada por sus sistemas redistributivos de progresividad fiscal.

¿Cómo facilitar la movilidad y aumentar la igualdad? Para Carabaña la educación sigue siendo el verdadero determinante: "Lo único que hay que hacer es seguir apostando por ayudas al estudio y facilitar el acceso al mundo universitario". Para Saturnino, sin embargo, es necesario también profundizar en las políticas redistributivas: "No solo basta con una educación pública, porque la escuela es un reflejo de las desigualdades que hay en la sociedad. Hay que ir más allá y universalizar cuestiones claves en el ascenso social como el acceso a los idiomas". También es importante una política distributiva equilibradora; según datos del OCDE de 2007, el total de los impuestos sobre el PIB es del 48,9% en Dinamarca y del 20,5% en México. En España es del 37,2%. "La cuestión es si queremos ser daneses o mexicanos", zanja Saturnino.

Desde Budapest, Sergio no cree que su éxito profesional se deba exclusivamente a una cuestión de esfuerzo personal. Los procesos sociales y políticos que ocurrieron en el Pozo de Tío Raimundo cambiaron la vida de su familia: la llegada en los años cincuenta del cura José María Llanos , que luego fundó la Escuela Profesional 1º de Mayo, permitió que mucha gente sin recursos pudiera estudiar. De ayudante de fontanero, su padre pasó a trabajar en una pequeña imprenta y consiguió sacarse allí el graduado escolar. "Gracias a eso, mi padre no fue albañil, sino trabajador cualificado y a largo plazo yo también he salido beneficiado", relata Sergio. Para él, lo que ocurrió en su barrio durante los años sesenta y setenta fue mucho más allá de lo económico: "La educación siempre fue fundamental. Pero además, se formó un capital social y cultural para que la gente tuviera un aprecio por todo lo que va más allá de lo material e inmediato".

"El padre Llanos llegó al Pozo siendo franquista y queriendo adoctrinar a la clase obrera. Y se fue de este mundo cristiano y comunista", cuenta Carlos Méndez, director de la Escuela 1º de Mayo. Alrededor de mil personas acuden hoy a este mítico centro, entre ellas 500 chavales de entre 12 y 16 años que cursan la secundaria y otras 500 personas en cursos de formación ocupacional para intentar salir del paro. Méndez es maestro industrial y dejó su puesto en la compañía de teléfonos Ericsson para volver a trabajar por el barrio. Según él, la movilidad entre clases que se produjo aquellos años en El Pozo hay que enmarcarla dentro de un contexto de transformación política que impulsó otras aspiraciones sociales. Ellos tuvieron "la suerte, si se puede llamar así" de nacer en una dictadura y vivir el cambio hacia la democracia. Hoy quizá, esas garantías que da el Estado de bienestar adormecen ese afán de conquista: "La búsqueda de los intereses personales tiene mucho más sentido cuando se expresa dentro de la lucha de los derechos colectivos".

martes, 10 de agosto de 2010

Origen, de Christopher Nolan

Me entran ganas de hacer (de) chistes fáciles y borgesianos como "cuando me despertaron..." etcétera. Pero mi crítica ha de ser positiva, al fin y al cabo de la vela y de la mala noche pasada. Nolan es un prestidigitador ya desde Memento (2000); todas sus películas tienen algo de tramposo y de circense, incluso Insomnia (2002), las dos entregas de Batman y El truco final (El prestigio), (2006), que es sin duda su mejor película. No me gusta Nolan, no: lo que puede ser narrado, puede ser narrado claramente, podría decir el farragoso alemán; insiste en hacer cine conceptual, como algunos de sus compañeros de generación, pero va más allá, porque tiene más cojones que todos ellos; lo que ocurre es que el elemento humano superpuesto a ese cubo rubik no acaba de adherirse bien a él, aunque acaba por salvar la película in extremis; por otra parte, a Nolan le gusta ir contra natura, como los cangrejos, y ahora le da por ir contra natura de contra natura, con lo que el espectador medio se arma un pequeño lío estructural de cangrejo maricón, pese a lo cual la sensación general, al salir de la indigestión y del constractado estreñimiento que provoca este marisco de película, es de alivio indisimulado tras el larguísimo viaje en resumidos tiempos al WC final; a esta película le sobra metraje, niveles, personajes y tramas, de manera que falta el canto de un duro para que su tren descarrile como el del filme; pero no lo hace y el espectador medio conserva al final suficientes vías argumentales como para llegar a su destino y enterarse algo (después de tantas balas, persecuciones y peleas) de lo que se pretendía, y sacar provecho final de este delirio friki, al que uno le reputaba más efectos especiales que diálogo y estruendo y furia. La película es muy inteligente, muy pensada, incluso en sus indeterminaciones (cortes de principio y de final), pero está más hecha para cineastas y gente con referencias que para el público veraniego. Cierto que el plano levantisco de la ciudad impacta, y que lo hace también la agravitación in utero y la costa ruinosa edificada sobre las olas (es una imagen clásica de la poesía romántica, tomada aquí en sentido freudiano); abundan los símbolos aquí y allá: los mejores laberintos, que son los redondos; la escalera gallega de Escher, que ni sube ni baja; la perinola danzante, los dados cargados, el tren mortífero, la bañera de las Marianas, el agua bautismal y su pecado original, el vuelo Los Ángeles -Sidney como en Lost... Pero uno se pregunta si las cuatro acciones paralelas no podrían haberse hecho simultáneas mediante partición de pantalla, al menos en parte; sería así menos farragosa y más lineal la narración a pesar de la dilatación-contracción temporal del tempo divergente en cada recuadro. Por otra parte, se nota que el peso pesetil de contratar a Di Caprio y a tanto secundario no ha dejando mucho para gastar en bisutería visual, de lo que es consciente el propio Nolan, cuando un personaje dice que hay que tener imaginación para soñar, a lo que otro replica sacando... una pistola. Que nadie busque, pues, las mediocrillas fastuosidades imaginativas del autor de Avatar, sino más de lo mixmo, entendiendo por tal una sosa sopa soporífera compuesta por las coreografías flotantes de Matrix, los suicidáneos de Amenábar, Nivel 13 y, sobre todo, Philip K. Dick, padre disimulado y vergonzoso de todos estos sinvergüenzas . Por último, hay que señalar que, de no ser por el redondísimo final y las recetas del productor, seguramente esta película habría ido a aterrizar al Valle de Josafat, donde son el llanto y el crujir de dientes.

Un mismo yo. Invictus, de Henley

Estos versos pertenecen a "Invictus", un poema del amigo de Stevenson, el poeta cojo William Ernest Henley (1849-1903), un escocés que sirvió de modelo al pirata John Silver, "el Largo", de La isla del tesoro. Enfermo de tuberculosis desde la infancia, perdió la pierna a causa de esta y escribió el famoso poema en el hospital donde se reponía y luchaba a diario con la muerte. Invictus es también el título de la última película de Clint Eastwod, inspirada en la historia de Nelson Mandela y Francois Pienaar, capitán del equipo sudafricano de rugby; en ella, Mandela afirma que fue este poema, digno de Job y de fray Luis de León, el que le proporcionó el coraje de resistir cuando todo su ser se derrumbaba; un poema escrito por un blanco que un negro estudiaba con el fin de conocer mejor al enemigo y con el cuál se dio cuenta de que, a la manera del poema de Víctor Hugo, que concluye con "El Cid y el león eran iguales", el amigo y el enemigo son una misma cosa, un mismo yo:


Out of the night that covers me,
Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be,
For my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance,
I have winced but not cried aloud.
Under the bludgeonings of chance,
My head is bloodied but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears,
Looms but the horror of the shade.
And yet the menace of the years,
Finds, and shall find me, unafraid

It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate,
I am the captain of my soul.

Fuera de la noche que me cubre,
negra como el pozo entre los polos,
agradezco a cuanto dios existir pueda
mi alma inconquistable.

Al caer en las garras de las circunstancias,
no he gemido ni he gritado
bajo los golpes del destino;
tengo la cabeza ensangrentada, pero erguida.

Más allá de este lugar de lágrimas e ira,
yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años,
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia;
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.

lunes, 9 de agosto de 2010

Una historia de fantasmas


No soy amigo de consejas de fantasmas, a pesar del gran número de historias que conozco y del interés que siento por ellas. Las colecciono, en especial aquellas de origen más o menos hispánico, y hasta en alguna ocasión abrigué el proyecto de escribir una colección de cuentos o leyendas de fantasmas hispánicos. Uno de los más curiosos es el de Guillermo o William (Bill) Sketoe, un madrileño nacido en 1818 que emigró a los Estados Unidos de América y luchó en el bando confederado durante la Guerra de Secesión. El apellido no debe llamar a error, porque lo tomó de su madre, Anna; su padre, Juan, era español; William era tan piadoso que llegó a hacerse ministro metodista en Newton, una ciudad del condado de Dale en el estado de Alabama donde vivía. Aunque destacó en los tres años en que estuvo luchando con los confederados, su mujer, Sarah Clemens Sketoe, enfermó gravemente, y como empeoró y no tenían parientes próximos que se encargasen de sus exigentes cuidados, tuvo que pagar a un hombre para que ocupara su lugar en el ejército, algo muy caro para alguien tan pobre como Sketoe, pues costaba unos mil dólares de los de entonces; los consiguió, sin embargo, y volvió al pueblecito de Newton, que en aquellos entonces rondaba los dos mil habitantes, como en la actualidad. Su esposa mejoró notablemente gracias a su diligencia, y eso empezó a desatar las habladurías en el pueblo, desconfiado de su condición de extranjero. 

El 3 de diciembre de 1864, cuando volvía de comprar una medicina para su esposa, los miembros de la Guardia Local lo rodearon para lincharlo, como traidor y desertor, porque no se creyeron esta historia; le concedieron su último deseo, que fue rezar; pero, como en vez de rogar por su propia alma, el muy metodista suplicó perdón para las de los que lo iban a colgar, porque no sabían lo que hacían, estos se apresuraron indignados a concluir la faena; y como Sketoe era un hombre fornido y corpulento, tuvieron que cavar bajo él un foso para que, ya que no podría romperse el cuello cayendo de más alto, al menos pudiera ahogarse completamente con la cuerda de cáñamo, y así murió.

Pero la historia no termina aquí. El agujero que cavaron nunca había manera de llenarlo; al día siguiente aparecía limpio. Es más, todos los personajillos que habían participado en el linchamiento fueron cayendo como moscas y de muertes no naturales; uno murió incluso cuando iba a caballo, golpeado por una rama de roble, la misma especie que el árbol en que fue ahorcado Sketoe. El agujero permanecía siempre hondo y sin llenarse, denunciando la brutalidad de los culpables, a pesar de todos los intentos que se hicieron. Hoy sigue encontrándose debajo de una autopista que se construyó en los alrededores de Newton. Sketoe está enterrado en el cementerio local, del que constituye una de las tumbas más famosas.

Leído por ahí

José Juan Toharia: "Hay dos países en el mundo en que, según datos recientes del Instituto Gallup, casi la mitad de la población (el 42% exactamente) piensa que los líderes religiosos deben tener un papel directo y relevante en la redacción de los textos legales básicos, incluida la Constitución. Uno es Irán; el otro, Estados Unidos. Por supuesto, no cabe dar más sentido que el meramente anecdótico a la aparente coincidencia en este punto entre la democracia más antigua y consolidada del mundo y una muy peculiar forma actual de democracia -pero democracia al fin- como la iraní. Tras ese coincidente porcentaje subyacen, en realidad, dos planteamientos radicalmente opuestos: en un caso, el empeño por respetar un pluralismo religioso extremo y, en el otro, en cambio, el de preservar el monopolio absoluto de una única confesión."