lunes, 31 de enero de 2011

Jesús y Abdolreza

El miércoles pasado ejecutaron en Irán a un hombre que decía ser Dios y tenía varios discípulos. Se llamaba Abdolreza Gharabat y la mayoría de sus seguidores eran jóvenes de la provincia de Juzestán. Hace dos mil años creo que hicieron lo mismo con un tal Jesús, de oscuros orígenes, hombre (o Dios, como conjetura una antiquísima traducción siria de las Antigüedades judías de Flavio Josefo) admirable y que se hacía querer, formado entre los Esenios y discípulo de Juan el Bautista. Según ciertas dudosas genealogías, descendía de David.

¿Quién nos dice que este Abdolreza no es Jesús, es la Parusía o Apocalipsis y ha vuelto a la tierra para ser de nuevo ejecutado, esta vez en una horca? ¿No pasó este Abdolreza tan desapercibido como en su tiempo el mismo Jesús? Esto da que pensar. Quizá, como quieren los unitarios, Jesús fue un gran filósofo y todos los que lo imitan son un poco como él, incluso este Abdolreza de quien tan poco se ha hablado.
Una idea para una película laica. ¿Qué quedaría de Jesucristo y de su iglesia si no hubiese sido sacrificado? ¿Si Pilatos considerase necesario absolver a Jesús y a Barrabás o se conformase con una multa? ¿Si el pueblo no quisiera tirarle la primera piedra ni clavarle el primer clavo? ¿Si fariseos y saduceos pasaran y se desentendieran de Él, porque, después de todo, qué más les daba?

domingo, 30 de enero de 2011

Una supuesta mejor ortografía

Javier Marías, "Discusiones ortográficas I", El País, 30/01/2011

No sé si una de las funciones, pero desde luego uno de los efectos y grandes ventajas de la ortografía española era, hasta ahora, que un lector, al ver escrita cualquier palabra que desconociera (si era un estudiante extranjero se daba el caso con frecuencia), sabía al instante cómo le tocaba decirla o pronunciarla, a diferencia de lo que ocurre en nuestra hermana la lengua italiana. Si en ella leemos “dimenticano” (“olvidan”), nada nos indica si se trata de un vocablo llano o esdrújulo, y lo cierto es que no es lo uno ni lo otro, sino sobresdrújulo, y se dice “diménticano”. Lo mismo sucede con “dimenticarebbero” (“olvidarían”), “precipitano”, “auguro” y tantos otros que uno precisa haber oído para enterarse de que llevan el acento donde lo llevan: “dimenticarébbero”, “prechípitano”, “áuguro”. Del francés ni hablemos: es imposible adivinar que lo que uno lee como “oiseaux” (“pájaros”) se ha de escuchar más o menos como “uasó”. El inglés ya es caótico en este aspecto: ¿cómo imaginar que “break” se pronuncia “breic”, pero “bleak” es “blic”, y que “brake” es también “breic”? ¿O que la población que vemos en el mapa como “Cholmondeley” se corresponde en el habla con “Chomly”, por añadir un ejemplo caprichoso y extravagante, y hay centenares?
Este considerable obstáculo era inexistente en español –con muy leves excepciones– hasta la aparición de la última Ortografía de la Real Academia Española, con algunas de sus nuevas normas. Vaya por delante que se trata de una institución a la que no sólo pertenezco desde hace pocos años, sino a la que respeto enormemente y tengo agradecimiento. El trabajo llevado a cabo en esta Ortografía es serio y responsable y admirable en muchos sentidos, como no podía por menos de ser, pero algunas de sus decisiones me parecen discutibles o arbitrarias, o un retroceso respecto a la claridad de nuestra lengua. Tal vez esté mal que un miembro de la RAE objete públicamente a una obra que lleva su sello, pero como considero el corporativismo un gran mal demasiado extendido, creo que no debo abstenerme. Mil perdones.

Lo cierto es que, con las nuevas normas, hay palabras escritas que dejan dudas sobre su correspondiente dicción o –aún peor– intentan obligar al hablante a decirlas de determinada manera, para adecuarse a la ortografía, cuando ha de ser ésta, si acaso, la que deba adecuarse al habla. Si la RAE juzga una falta, a partir de ahora, escribir “guión”, está forzándome a decir esa palabra como digo la segunda sílaba de “acción” o de “noción”, y no conozco a nadie, ni español ni americano (hablo, claro está, de mi muy limitada experiencia personal), que diga “guion”. Tampoco que pronuncie “truhán” como “Juan”, que es lo que pretende la RAE al prohibir la tilde y aceptar sólo “truhan”. De ser en verdad consecuente, esta institución tendría que quitarle también a ese vocablo la h intercalada (¿qué pinta ahí si, según ella, se dice “truan” y es un monosílabo?), lo mismo que a “ahumado”, “ahuyentar” y tantos otros. O, ya puestos, y siguiendo al italiano y a García Márquez en desafortunada ocasión, ¿por qué no suprimir todas las haches de nuestra lengua? Los italianos escriben “ipotesi”, “orrore”, “eresia” y “abitare”, el equivalente a “ipótesis”, “orror”, “erejía” y “abitar”. Y dado que la Academia parece inclinada a facilitarles las cosas a los perezosos e ignorantes suprimiendo tildes, no veo por qué no habría de eliminar también las haches. (Dios lo prohíba, con su hache y su tilde.)

En cuanto a “guié” o “crié”, si se me vetan las tildes y se me impone “guie” y “crie”, se me está indicando que esas palabras las debo decir como digo “pie”, y no es mi caso, y me temo que tampoco el de ustedes. Hagan la prueba, por favor. Tampoco digo “guió” y “crió” como digo “vio” o “dio”, a lo que se me induce si la única manera correcta de escribirlas es ahora “guio” y “crio” (en la Ortografía de 1999 poner o no esas tildes era optativo, y no alcanzo a ver la necesidad de privar de esa libertad). En cuanto a “riáis” o “fiáis”, si yo leo “riais” y “fiais”, como ordena la RAE, me arriesgo a creer que he de pronunciar esas formas verbales igual que la segunda sílaba de “ibais”, lo cual, francamente, no es así. Y si leo “hui” en vez de “huí”, nada me advierte que no deba decir esa palabra exactamente igual que la interjección “huy” (tan frecuente en el fútbol) o que “sí” en francés, es decir, “oui”, es decir, “ui”. Si un número muy elevado de hablantes percibe todos estos vocablos como bisilábicos con hiato, y no como monosilábicos con diptongo, ¿a santo de qué impedirles la opcionalidad en la escritura? La RAE parece tenerle pánico a la posibilidad de elegir en cuestión de tildes (que es algo menor y que no afecta a la sacrosanta “unidad de la lengua”). Pero es que además es incongruente en eso, porque sí permite dicha opcionalidad en “periodo” y “período”, “policiaco” y “policíaco”, “austriaco” y “austríaco” (yo siempre las escribo sin tilde), lo mismo que en “alvéolo” y “alveolo”, “evacúa” y “evacua” y otras más. ¿Por qué no permitir que cada hablante opte por “truhán” o “truhan”, como aún puede hacerlo (por suerte) entre “solo” y “sólo”, “este” y “éste”, “aquel” y “aquél”? La posibilidad de seguirles poniendo tildes a estas palabras no es para mí irrelevante. ¿Cómo saber, si no, lo que se está diciendo en la frase “Estaré solo mañana”? Si se la escribe en un mail un hombre a su amante, la diferencia no es baladí: sin tilde significa que estará sin su mujer; con tilde que mañana será el único día en que estará en la ciudad. No es poca cosa, la verdad. Por menos ha habido homicidios.

Decálogo del bloguero

Lo ha escrito David Cantone, bajando la escabrosa raña del Sinaí internético:

1. Postearás sólo contenido de máxima calidad.

Se hace lo que se puede.

2. Serás constante

Eso, sí. Incluso demasiado.

3. No ignorarás a tu audiencia.

Leo todos los comentarios con curiosidad.

4. Conectarás y colaborarás con otros bloggers.

Eso, también.

5. Participarás activamente en las principales redes sociales

Esto me desconcierta. ¿Sirven para algo más que para asomar la jeta?

6. Tu pasión por el tema de tu blog debe ser puro fuego.

Pasión no tengo; sólo determinación.

7. Serás paciente como el gusano que espera convertirse en mariposa.

La paciencia me la he tenido que inventar; el tiempo no pasa en balde.

8. Serás completamente transparente.

Lo soy, pero no para mí mismo.

9. Serás tan entretenido y original como puedas.

Eso lo tendrán que determinar los demás, pero hago lo que puedo.

10. Tendrás un diseño de categoría

No soy un fanático de los colorines y del diseño. Eso sí, me gustan ciertos logos y personajes de dibujos animados e historietas; pero me decanto por las palabras y su contenido.

Preparar exámenes.

El tiempo que los estudiantes invierten en releer o revisar sus notas y material de enseñanza para aprender estaría mejor invertido en redactar resúmenes periódicamente, según un experimento reciente. Los estudiantes que leyeron un texto sobre un tema científico y luego se hicieron una prueba para recuperar de la memoria lo que habían leído recordaron una semana después un cincuenta por ciento más que los que utilizaron cualquiera de otros dos métodos distintos. Participaron un total de doscientos estudiantes y se utilizaron tres métodos: la lectura simple o repetida de un texto, la lectura con el complemento de elaborar mapas cpnceptuales (hacer diagramas de las conexiones de lo que se estudia) y la lectura y recuperación de los conceptos estudiados. Esto último consistió en que, sin el texto delante, los estudiantes escribieran lo que recordaban de este libremente en diez minutos. A la semana se les hizo a todos un corto test para comprobar lo que recordaban.

Otro de los descubrimientos pedagógicos, útil para que los alumnos se desbloqueen cuando van a estudiar, y que demuestra que facilita la recuperación de un cinco por ciento más de información en los exámenes, es redactar las preocupaciones antes del examen. Este exorcismo desbloquea la memoria flotante saturada antes del examen.

sábado, 29 de enero de 2011

Entrevista a Nicholas Carr

Bárbara Celis, "Un mundo distraído". El País, 29/01/2011

La tercera parte de la población mundial ya es 'internauta'. La revolución digital crece veloz. Uno de sus grandes pensadores, Nicholas Carr, da claves de su existencia en el libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? El experto advierte de que se "está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma".

El correo electrónico parpadea con un mensaje inquietante: "Twitter te echa de menos. ¿No tienes curiosidad por saber las muchas cosas que te estás perdiendo? ¡Vuelve!". Ocurre cuando uno deja de entrar asiduamente en la red social: es una anomalía, no cumplir con la norma no escrita de ser un voraz consumidor de twitters hace saltar las alarmas de la empresa, que en su intento por parecer más y más humana, como la mayoría de las herramientas que pueblan nuestra vida digital, nos habla con una cercanía y una calidez que solo puede o enamorarte o indignarte. Nicholas Carr se ríe al escuchar la preocupación de la periodista ante la llegada de este mensaje a su buzón de correo. "Yo no he parado de recibirlos desde el día que suspendí mis cuentas en Facebook y Twitter. No me salí de estas redes sociales porque no me interesen. Al contrario, creo que son muy prácticas, incluso fascinantes, pero precisamente porque su esencia son los micromensajes lanzados sin pausa, su capacidad de distracción es enorme". Y esa distracción constante a la que nos somete nuestra existencia digital, y que según Carr es inherente a las nuevas tecnologías, es sobre la que este autor que fue director del Harvard Business Review y que escribe sobre tecnología desde hace casi dos décadas nos alerta en su tercer libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus).

Cuando Carr (1959) se percató, hace unos años, de que su capacidad de concentración había disminuido, de que leer artículos largos y libros se había convertido en una ardua tarea precisamente para alguien licenciado en Literatura que se había dejado mecer toda su vida por ella, comenzó a preguntarse si la causa no sería precisamente su entrega diaria a las multitareas digitales: pasar muchas horas frente a la computadora, saltando sin cesar de uno a otro programa, de una página de Internet a otra, mientras hablamos por Skype, contestamos a un correo electrónico y ponemos un link en Facebook. Su búsqueda de respuestas le llevó a escribir Superficiales... (antes publicó los polémicos El gran interruptor. El mundo en red, de Edison a Google y Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva?), "una oda al tipo de pensamiento que encarna el libro y una llamada de atención respecto a lo que está en juego: el pensamiento lineal, profundo, que incita al pensamiento creativo y que no necesariamente tiene un fin utilitario. La multitarea, instigada por el uso de Internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión y contemplación, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en esa información y al hacerlo no solo nos deshumanizan un poco sino que nos uniformizan". Apoyándose en múltiples estudios científicos que avalan su teoría y remontándose a la célebre frase de Marshall McLuhan "el medio es el mensaje", Carr ahonda en cómo las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad: la creación de la cartografía, del reloj y la más definitiva, la imprenta. Ahora, más de quinientos años después, le ha llegado el turno al efecto Internet.

Pero no hay que equivocarse: Carr no defiende el conservadurismo cultural. Él mismo es un usuario compulsivo de la web y prueba de ello es que no puede evitar despertar a su ordenador durante una breve pausa en la entrevista. Descubierto in fraganti por la periodista, esboza una tímida sonrisa, "¡lo confieso, me has cazado!". Su oficina está en su residencia, una casa sobre las Montañas Rocosas, en las afueras de Boulder (Colorado), rodeada de pinares y silencio, con ciervos que atraviesan las sinuosas carreteras y la portentosa naturaleza estadounidense como principal acompañante.

PREGUNTA. Su libro ha levantado críticas entre periodistas como Nick Bilton, responsable del blog de tecnología Bits de The New York Times, quien defiende que es mucho más natural para el ser humano diversificar la atención que concentrarla en una sola cosa.

RESPUESTA. Más primitivo o más natural no significa mejor. Leer libros probablemente sea menos natural, pero ¿por qué va a ser peor? Hemos tenido que entrenarnos para conseguirlo, pero a cambio alcanzamos una valiosa capacidad de utilización de nuestra mente que no existía cuando teníamos que estar constantemente alerta ante el exterior muchos siglos atrás. Quizás no debamos volver a ese estado primitivo si eso nos hace perder formas de pensamiento más profundo.

P. Internet invita a moverse constantemente entre contenidos, pero precisamente por eso ofrece una cantidad de información inmensa. Hace apenas dos décadas hubiera sido impensable.

R. Es cierto y eso es muy valioso, pero Internet nos incita a buscar lo breve y lo rápido y nos aleja de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa. Lo que yo defiendo en mi libro es que las diferentes formas de tecnología incentivan diferentes formas de pensamiento y por diferentes razones Internet alienta la multitarea y fomenta muy poco la concentración. Cuando abres un libro te aíslas de todo porque no hay nada más que sus páginas. Cuando enciendes el ordenador te llegan mensajes por todas partes, es una máquina de interrupciones constantes.

P. ¿Pero, en última instancia, cómo utilizamos la web no es una elección personal?

R. Lo es y no lo es. Tú puedes elegir tus tiempos y formas de uso, pero la tecnología te incita a comportarte de una determinada manera. Si en tu trabajo tus colegas te envían treinta e-mails al día y tú decides no mirar el correo, tu carrera sufrirá. La tecnología, como ocurrió con el reloj o la cartografía, no es neutral, cambia las normas sociales e influye en nuestras elecciones.

P. En su libro habla de lo que perdemos y aunque mencione lo que ganamos apenas toca el tema de las redes sociales y cómo gracias a ellas tenemos una herramienta valiosísima para compartir información.

R. Es verdad, la capacidad de compartir se ha multiplicado aunque antes también lo hacíamos. Lo que ocurre con Internet es que la escala, a todos los niveles, se dispara. Y sin duda hay cosas muy positivas. La Red nos permite mostrar nuestras creaciones, compartir nuestros pensamientos, estar en contacto con los amigos y hasta nos ofrece oportunidades laborales. No hay que olvidar que la única razón por la que Internet y las nuevas tecnologías están teniendo tanto efecto en nuestra forma de pensar es porque son útiles, entretenidas y divertidas. Si no lo fueran no nos sentiríamos tan atraídos por ellas y no tendrían efecto sobre nuestra forma de pensar. En el fondo, nadie nos obliga a utilizarlas.

P. Sin embargo, a través de su libro usted parece sugerir que las nuevas tecnologías merman nuestra libertad como individuos...

R. La esencia de la libertad es poder escoger a qué quieres dedicarle tu atención. La tecnología está determinando esas elecciones y por lo tanto está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma. Google es una base de datos inmensa en la que voluntariamente introducimos información sobre nosotros y a cambio recibimos información cada vez más personalizada y adaptada a nuestros gustos y necesidades. Eso tiene ventajas para el consumidor. Pero todos los pasos que damos online se convierten en información para empresas y Gobiernos. Y la gran pregunta a la que tendremos que contestar en la próxima década es qué valor le damos a la privacidad y cuánta estamos dispuestos a ceder a cambio de comodidad y beneficios comerciales. Mi sensación es que a la gente le importa poco su privacidad, al menos esa parece ser la tendencia, y si continúa siendo así la gente asumirá y aceptará que siempre están siendo observados y dejándose empujar más y más aún hacia la sociedad de consumo en detrimento de beneficios menos mensurables que van unidos a la privacidad.

P. Entonces... ¿nos dirigimos hacia una sociedad tipo Gran Hermano?

R. Creo que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984. Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones.

P. Wikipedia es un buen ejemplo de colaboración a gran escala impensable antes de Internet. Acaba de cumplir diez años...

R. Wikipedia encierra una contradicción muy clara que reproduce esa tensión inherente a Internet. Comenzó siendo una web completamente abierta pero con el tiempo, para ganar calidad, ha tenido que cerrarse un poco, se han creado jerarquías y formas de control. De ahí que una de sus lecciones sea que la libertad total no funciona demasiado bien. Aparte, no hay duda de su utilidad y creo que ha ganado en calidad y fiabilidad en los últimos años.

P. ¿Y qué opina de proyectos como Google Books? En su libro no parece muy optimista al respecto...

R. Las ventajas de disponer de todos los libros online son innegables. Pero mi preocupación es cómo la tecnología nos incita a leer esos libros. Es diferente el acceso que la forma de uso. Google piensa en función de snippets, pequeños fragmentos de información. No le interesa que permanezcamos horas en la misma página porque pierde toda esa información que le damos sobre nosotros cuando navegamos. Cuando vas a Google Books aparecen iconos y links sobre los que pinchar, el libro deja de serlo para convertirse en otra web. Creo que es ingenuo pensar que los libros no van a cambiar en sus versiones digitales. Ya lo estamos viendo con la aparición de vídeos y otros tipos de media en las propias páginas de Google Books. Y eso ejercerá presión también sobre los escritores. Ya les ocurre a los periodistas con los titulares de las informaciones, sus noticias tienen que ser buscables, atractivas. Internet ha influido en su forma de titular y también podría cambiar la forma de escribir de los escritores. Yo creo que aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro.

P. ¿Cuánto falta para eso?

R. Creo que tardará entre cinco y diez años.

P. Pero aparatos como el Kindle permiten leer muy a gusto y sin distracciones...

R. Es cierto, pero sabemos que en el mundo de las nuevas tecnologías los fabricantes compiten entre ellos y siempre aspiran a ofrecer más que el otro, así que no creo que tarden mucho en hacerlos más y más sofisticados, y por tanto con mayores distracciones.

P. El economista Max Otte afirma que pese a la cantidad de información disponible, estamos más desinformados que nunca y eso está contribuyendo a acercarnos a una forma de neofeudalismo que está destruyendo las clases medias. ¿Está de acuerdo?

R. Hasta cierto punto, sí. Cuando observas cómo el mundo del software ha afectado a la creación de empleo y a la distribución de la riqueza, sin duda las clases medias están sufriendo y la concentración de la riqueza en pocas manos se está acentuando. Es un tema que toqué en mi libro El gran interruptor. El crecimiento que experimentó la clase media tras la II Guerra Mundial se está revirtiendo claramente.

P. Internet también ha creado un nuevo fenómeno, el de las microcelebridades. Todos podemos hacer publicidad de nosotros mismos y hay quien lo persigue con ahínco. ¿Qué le parece esa nueva obsesión por el yo instigado por las nuevas tecnologías?

R. Siempre nos hemos preocupado de la mirada del otro, pero cuando te conviertes en una creación mediática -porque lo que construimos a través de nuestra persona pública es un personaje-, cada vez pensamos más como actores que interpretan un papel frente a una audiencia y encapsulamos emociones en pequeños mensajes. ¿Estamos perdiendo por ello riqueza emocional e intelectual? No lo sé. Me da miedo que poco a poco nos vayamos haciendo más y más uniformes y perdamos rasgos distintivos de nuestras personalidades.

P. ¿Hay alguna receta para

salvarnos'?

R. Mi interés como escritor es describir un fenómeno complejo, no hacer libros de autoayuda. En mi opinión, nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad. La ciencia habla claro en ese sentido: la habilidad de concentrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad. Incluso las emociones y la empatía precisan de tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, nos deshumanizamos cada vez más. Yo simplemente me limito a alertar sobre la dirección que estamos tomando y sobre lo que estamos sacrificando al sumergirnos en el mundo digital. Un primer paso para escapar es ser conscientes de ello. Como individuos, quizás aún estemos a tiempo, pero como sociedad creo que no hay marcha atrás.

Ley Sinde y Savater

Fernando Savater, "Los colegas de 'Mad Max'", El País, 28/01/2011

Haciéndose eco de una aspiración eterna y universal, escribió Borges: "Creo que un día los hombres merecerán no tener Gobiernos". Y tampoco leyes, reglamentos y cortapisas de cualquier tipo a la libertad. Si todos tuviésemos buena voluntad, nos coordinaríamos sin coacción ni sanción. No hay generación que no haya apetecido ese día sin Gobiernos ni leyes. Después, hartos de esperar, esos mismos aprenden a contentarse con Gobiernos menos malos y leyes mejores. Les fuerzan a tal resignación los desmanes cometidos por quienes en cada momento saben aprovecharse del aplazamiento de esas beatas ilusiones.

Cada nuevo horizonte para la actividad humana reaviva el libertario sueño ancestral. Volvemos al origen, al paraíso intacto: ¡desoíremos a la serpiente y no comeremos de la manzana! Rechacemos por aguafiestas a los que quieren organizar lo inédito con instrucciones y prohibiciones. Que todo comience. Como pasó en el Oeste americano, esa tierra de promisión y por tanto sin ley cuya épica romántica tanto hemos disfrutado en el cine. Claro que hubo víctimas: aparte de los apaches y los sioux, padecieron la alegalidad los granjeros, los comerciantes, los hijos de quienes preferían los arados a las pistolas. Y se beneficiaron de ella terratenientes y ganaderos sin escrúpulos, los más rápidos en desenfundar, los propietarios de garitos y los asaltantes de diligencias. No prosperaron los creadores de lo nuevo hasta que viejas leyes y viejas instituciones reinventadas les libraron de los bandoleros.

Hoy el mundo casi intacto por explorar es Internet. Y vuelve a oírse reivindicar un paraíso no manipulado por Gobiernos, jueces ni agiotistas. Prometen libertad para todos pero no ven o minimizan a los bucaneros y hermandades teleoperadoras de la costa que se aprovechan del desmadre reinante. Los mismos que se niegan a que las instituciones estatales tengan secretos exigen que se borren sus datos personales de Google, anonimato para mí y transparencia para el resto del universo, intercambio libre de descargas... aunque ello perpetúe las redes de abuso de menores o de actividades terroristas que queremos combatir, etcétera... Es la anarquía, por fin, pero no aquella bendita anarquía del apoyo mutuo del príncipe Kropotkin, sino la del futuro desolador de Mad Max, hecha de pillaje, espectáculos brutales y gente asustada que huye de las bandas de matones depredadores. Todo virtual, claro... afortunadamente.

Nos dicen muy ufanos que quienes pretenden proteger la propiedad intelectual con la ley Sinde o cualquiera de sus variantes tienen perdida la batalla de la opinión pública. ¿Por qué será? En primer lugar, desde luego, porque nos gusta coger sin pagar: si los Rolex pudieran bajarse de Internet, nadie pisaría una relojería. Después, muchos guardan un inconfesable rencor a los artistas, gente que cobra por hacer lo que les gusta. ¡Que trabajen aperreados como los demás o que se jodan! Más complejos -y con mayores complejos- están los artistas no rentables, que prefieren renunciar a cobrar con tal de saber que Pérez-Reverte o Alejandro Sanz perderán millones. Y luego vienen los justicieros que denuncian la cultura establecida, como aquel iconoclasta que me dijo que en su época había muchos pintores mejores que Velázquez aunque este predominó porque contaba con el amparo de los reyes. En el Marat/Sade de Peter Weiss, el cruel marqués ya ironiza sobre los malos poetas o los pescadores sin capturas que confían en la revolución para cambiar su suerte y luego la maldicen al ver que tras ella siguen escribiendo ripios o sacando del mar latas y botas viejas. Ahora los hay convencidos de que en cuanto artistas y escritores reputados queden desprotegidos ellos alcanzarán por fin la gloria que merecen. Lo dudo mucho. Lichtenberg dice en un aforismo que "un libro es como un espejo: si un mono se mira en él, el reflejado no podrá ser un apóstol". Internet es el espejo donde se reflejan incontables apóstoles y todos ¡qué monos son!

Se pretende derogar las actitudes legalistas asegurando que son simple y puro miedo. Cierto temor es muy razonable en quien tiene algo que perder: los padres se inquietan porque sus hijos adolescentes desaparecen durante toda la noche, los obreros tiemblan cuando la multinacional anuncia que va a deslocalizar los puestos de trabajo y también el vendedor de discos en un mundo de la música bajada sin coste... No es tranquilizador que sea signo de los tiempos: muchas cosas cambian para peor. Es cierto que las neveras de barras de hielo y las farolas de gas han sido desplazadas por la electricidad o las máquinas de escribir por los ordenadores. Pero algo tienen en común los instrumentos y las fuentes de energía pasadas y presentes: ninguna es gratis. De modo que es normal que uno se pregunte quién va a beneficiarse de las posibilidades de Internet... y a costa de quién.

Pero los que se oponen a la ley antidescargas lo hacen también en nombre del miedo: miedo a la censura en la Red, miedo a la pérdida de libertades, miedo a la pérdida de "democracia" que es un eufemismo por la pérdida de beneficios: las empresas asociadas contra la ley Sinde son meros negocios y claman por la amenaza a sus ganancias. No veo en qué son mejores o menos timoratas que los autores que reclaman sus derechos... Unos temen por la pérdida del fruto de su trabajo, otros por un control que disminuya la irresponsabilidad de sus juguetes o su rentabilidad. Cuestión de intereses contrapuestos, para cuya regulación se inventaron las leyes. La edad tiene poco que ver con este asunto, aunque haya ingenuos o aprovechados que quieran convertirlo en un choque generacional. Aunque no hay dogma más antiguo que tener a la juventud por un mérito moral o una vía de sabiduría: todas las generaciones han creído sucesivamente en él.

La ley llegó al lejano Oeste y con ella la prosperidad y la civilización: ejemplo, Las Vegas. No cabe duda de que las leyes contra las descargas ilegales se abrirán paso también, gradualmente, junto a otras que impidan abusos autoritarios de los censores. Con el tiempo, desaparecerán los "internautas", esa autoproclamada vanguardia neoleninista que considera que Internet es su cortijo. Dentro de unos años, decir "soy internauta" resultará tan raro como decir hoy "soy telefonista" porque se habla por el móvil. Y los políticos que se oponen a la corrupción dejarán de apoyar bobadas oportunistas como la "neutralidad de la Red". ¿Seremos todos entonces artistas creadores, gracias a la democracia online? Malas noticias. Seguirá habiendo suspensos, aprobados y unos pocos sobresalientes. Como le decía el señor de negro de Mingote a la beata inquieta por las novedades conciliares: "Descuide usted que al cielo, lo que se dice al cielo, iremos los de siempre".

viernes, 28 de enero de 2011

Los verdes ya estarían maduritos y en edad de merecer

Juan López de Uralde preside un partido político, Equo, que por fin parece haber unificado el dividido mercadillo de verduleras que eran, hasta conseguir, incluso, que Los Verdes europeos los reconozcan. Igual, hasta me animo y voy a votarlos, aun sabedor de que, aunque presuman ya de ser opción política, más tienen forma de magma que de otra cosa y con el ninguneo que les hacen los siempre interesados y nada imparciales medios de comunicación y la ignorancia añadida del español medio, como mucho sacarían 0'5 de votos; mis coterráneos no ven más allá (ni tampoco les dejan) de Cánovas y Sagasta. Algo así como Egipto, pero en presunto democrático (cuando hablo de democracia española, lo mire como lo mire, me da una risa que me despanzurro, vamos a dejarlo). Nuestra evolución política podría resumirse en de la tiranía a lo egipcio a la bitiranía estilo Alfonso XII, (y aun con un retorno a la tiranía de cuarenta añitos y una indeterminada transición de preposfranquismo), que se podría decir; hasta que el poder se diluya completamente todavía hay mucho que esperar y trabajar.

King Küng

Es una de las pocas obras de teología que he leído, y me aburrí tanto que no he vuelto a leer más; era el Ser cristiano de Hans Küng, un teólogo postergado por otro, Ratzinger, que lo llamó hereje. Los teólogos no se ponen de acuerdo, lo que ya en sí mismo es postura teológica. Küng es muy plasta escribiendo, aunque no tanto como lo poco que pude soportar del segundo. Leo en El País que ha cogido, agarrado y dicho: "Creo en Dios y en su Cristo, pero no creo en la Iglesia. Rechazo toda equiparación de la Iglesia con Dios, todo infatuado triunfalismo y todo egoísta confesionalismo". Olé tus cojones; comparto esas ideas. Küng afirma además que la Iglesia es algo amplio no necesariamente cristiano ni católico, y que no debe confundir en una misma cosa Derecho y Moral, como hasta ahora mismo ha venido haciendo. Cierto: mezclar eso siempre ha provocado problemas, incluso en el Islam de hoy. Soy, somos muchos, partidarios de una ética habermasiana más que de una moral. Debe existir continuidad y contigüidad entre nosotros, no discontinuidad y aislamiento. Así pues, y para que haya paz en la Iglesia, si Küng es un hereje, Ratzinger también y lo somos todos, de forma que no lo es ninguno. Esa es la paz que nos ha dejado y nos ha dado quien dijo "la paz os dejo, mi paz os doy".

miércoles, 26 de enero de 2011

Clásicos

Boutades de Henry Hitchings, publicadas hoy en El Mundo.

Sobre James Joyce. "El despertar de Finnegan es uno de los pocos libros que, incluso a los eruditos más estrictos se le está permitido admitir que les parece impenetrable. Ulises, obra anterior, es otra cosa. Se trata de una abundante fuente de frases cortas que recuerdan vagamente no sólo los taxistas dublineses sino también los adolescentes precoces, los emigrantes raros, los pesados amodorrados a la barra de un bar (de la erudita y bravucona especie que se bebe el whisky de un trago), los hombres de mundo internacionales, los alocados hibernófilos, los libreros malhadados, los periodistas licenciados en filología inglesa y los ingratos estilistas literarios."

Sobre la poesía. "Las conversaciones sobre poesía suelen darse sólo con poetas. ¿Y con qué frecuencia te relacionas con ellos, a menos que tú también seas poeta? Hay tres cosas que debes saber sobre los poetas: todos están obsesionados con las epifanías, esos momentos de nítida y repentina revelación en que alguien encuentra sentido a su relación con el pasado, con un lugar o con otra persona; todos han sufrido daños; y su obra les sirve para resarcirse. Además, como dice un chiste muy viejo, nunca deberías fiarte de un poeta que sabe conducir".

Sobre Marcel Proust. "Lo que la gente nunca te dirá de Proust (supuestamente porque lo ignora), es que es divertido. Circulan creencias populares sobre los autores, pero gran parte de ellas son falsas [...]. Proust, un autor al que normalmente aprecian quienes no han leído más que el título de su obra maestra, es, según parece, uno de los que sale peor parado por esas creencias populares. Incluso sus admiradores hablan de él de un modo deprimente. Sin embargo, puede ser tan divertido como lo podría ser ese vil vecino tuyo en un banquete de boda, sacando a relucir los puntos débiles y las meteduras de pata sartoriales de los invitados de otras mesas".

Sobre Miguel de Cervantes. "Según comenta Martin Amis, 'aunque es sin duda una obra maestra inexpugnable, Don Quijote adolece de un defecto bastante grave, el de la más completa ilegibilidad'. A pesar de reconocer que el libro está repleto de encantadores y cómicos momentos, Amis considera que es 'durante largos pasajes [...] inhumanamente aburriddo'. En parte, se debe a que Cervantes creía que, si había algo que valiera la pena decir, valía la pena repetirlo".

Idiomas

Suele ser motivo de ostentación el saber idiomas, pero es una ostentación ridícula; los idiomas hay que aprenderlos cuando se es joven, porque entonces el hardware o soporte del cerebro está configurado para aprender habilidades lingüísticas; después es más difícil, porque ese hardware se bloquea en la mayoría de las personas; los idiomas hay que usarlos: leer en ellos, traducir de ellos, hablar con ellos. Un idioma inactivo no sirve de nada, sino de presunción y gilipollez. En España nos hemos acostumbrado a las películas dobladas: un resto de insuficiente autarquía franquista; debía haber un programa en la televisión pública que emitiera películas subtituladas, y, al menos, una película en cada ciudad grande tendría que ser subtitulada obligatoriamente, por ley. El poco inglés que sé se me ha adherido gracias a películas con renglones por debajo y por mi curiosidad filológica, no por asignaturas que haya cursado. El español es, en general, perezoso para leer, incluso subtítulos, y más suelto para hablar que para escuchar. Me defiendo en francés, entiendo el italiano y el portugués, pero eso es por el latín que unos profesores legionarios me insuflaron duramente en mi bárbara cabezota de ibérico por romanizar, por mi subsiguiente formación gramatical de profe de lengua y por mi curiosidad de lector de libros y visor de películas, no por otra cosa. Los niños deberían leer historietas (o cómics) en otros idiomas; Fernando Savater aprendió francés así, como cuenta en sus memorias; pero en nuestro país no se apoya la edición de tebeos económicos, de forma que ya no existen, siendo como son una auténtica garantía de que niños y jóvenes aprendan a leer y le cojan gusto a la lectura, e incluso de que aprendan idiomas. ¿Dónde están los mortadelos y los otros tebeos de mi infancia? En nuestro país los freaks o frikis van de culo. Eso sí, echadle jevis o heavys que no saben ni siquiera inglés.

Una evaluación de diagnóstico

Es un demonio el lenguaje, que delata frecuentemente lo que presupone quien lo usa. La educación es para quienes mandan una enfermedad, un cáncer, una molestia, un dolor, algo clínico. Sólo se hacen diagnósticos si hay enfermedad, pero lo importante es la cura. ¿Se hacen curas en la consejería de Educación o en la de Sanidad? ¿Podemos esperar, al menos, una tirita para la hemorragia del informe PISA? ¿Una gota mercromina? (*) ¿Se ha acabado el presupuesto con la compra de ordenadores Eductrade (PRISA) que se averían como el año antepasado, por falta de adecuado software humano? ¿Vamos a comprar nuevos procesadores de texto para gente que no sabe escribir a máquina, cuanto menos redactar o comprender el prospecto de un aparato mal traducido o traducido con un dispositivo trujimán sin filología?

No, curas no hay, ni siquiera en Religión, que ya no se enseña, como si el Cristianismo no fuese uno de los dos pilares centrales de la tradición occidental, junto con la cultura griega. Coño, pero si también quieren quitar el griego y su trasunto, el latín. Pues, ¿qué va a quedar de esas dos columnas a los de letras? ¿Qué dos cosas las van a sustituir? ¿El sujeto y el predicado? Pero eso de predicado suena a sermón religioso, hay que adecuarlo; pongamos asunto y comentario, que se entiende mejor... Aunque son términos generales, inespecíficos: así empobrezco el conocimiento, lo hago más inexacto... (¿más pedagógico?). Se reduce el léxico del diccionario, se reduce el pensamiento y se reducen las cabezas a tamaño jíbaro. La educación debiera ser un movimiento ascendente, no descendente (por descender, podemos darnos hasta un castañazo), y sólo a medias condescendiente. Para algunos los diccionarios tendrían que contar sólo dos palabras, y no, y los abecedarios tres o cuatro letras, las de y no, por ejemplo. Pues la realidad es compleja, y hay que aprender que lo es, qué se le va a hacer. Hay muchas combinaciones de números, pero sólo algunas expresan un sentido, y ese sentido es más entero cuanta más relación con el todo detenta; también muchas agrupaciones de letras, pero sólo algunas cuentan algo, y son siempre las más extensas, porque son las que más se ajustan a cada caso particular.

Se intenta atraer el futuro al presente demasiado deprisa, tanto que se precipita, que se abalanza sobre el pasado y lo fragmenta, lo hace añicos, lo hunde en el océano del olvido; pero el pasado pide su lugar y ejerce una fuerza para emerger como la del invariable principio de ese griego, Arquímedes, porque el pasado siempre fue más permanente, definido y auténtico que el futuro, que pocas veces descubre algo nuevo y, cuando lo hace, siempre suele estar conformado con trozos y facciones de pasado. Somos enanos a hombros de gigantes, que dijo ese humanista, Albertino Mussato, y no puede crecer ni sostenerse un árbol sin raíces. Nada nace de la nada, nada vuelve a la nada, escribió lapidariamente Lucrecio. Las humanidades aseguran que las ciencias sean entendidas y les dan sentido. La ciencia no es nada sin el arte, ya que aunque la ciencia pueda hacernos la vida más fácil y cómoda, sólo el arte y la cultura la harán digna de ser vivida.

*Postdata. Este texto se escribe en lengua oral, como recomendaba Juan de Valdés, así que el anglicismo de suprimir las preposiciones "de" es sólo un intento de calcar la lengua real.

La lírica pírrica de Manolito

Manolito Juliano, horror de las Musas, infatigable, fecundo y facundo derramador de tinta ególatra, ha infamado nuevamente el buen gusto con tres atentados simultáneos contra la maltrecha literatura manchega que amenaza con divulgar en papel no higiénico a su coro de amiguetes interesados en sufrirlo, volumen próximo al de su presencia, que intenta hacerse espacio numeroso en el cerrado y explosivo cotillo hermanos Marx de eso que se pretendió lírica vecinal/bocinal/rocinal/orinal. El delito, que se supone literario y aun osa llamarse cultural, será pregonado, lo ha sido ya, a los cuatro vientos de la rosa a través de sus adosados compañeros de pelaje periodístico. Acudan las moscas a tropel, que no las melíficas abejas del Himeto, porque es de suponer más de lo mismo: pelusas de ombligo íntimo, aburrimiento de garrafón y las tres dimensiones cartesianas de un recital largo, grueso, pesado. Los afectados de insomnio pertinaz podrán acudir también a esta garantizada cura, mas no los amigos de las tapas, reservadas, como siempre, a una cohorte de bien avisados lameculos con la boca abrida... para comer que sean capaces de resistir sus largas parrafadas de tedio sin bostezo. He aquí alguien que puede envanecerse justamente en vano de ser vanidoso, aunque los impresores agradezcan como siempre que les dé... tanto trabajo, por más que no haya uno tan ímprobo, fatigoso y denodado como leer a un Monolito como Manolito.

martes, 25 de enero de 2011

Búfalos

Una tontada de la Wikipedia:

La frase "Buffalo buffalo Buffalo buffalo buffalo buffalo Buffalo buffalo" (literalmente: "Los búfalos de Búfalo que son molestados por búfalos de Búfalo molestan a búfalos de Búfalo") es una oración gramáticamente válida del inglés. Se usa como ejemplo de que se pueden combinar homónimos y homófonos para crear una oración complicada. La oración fue usada por primera vez en 1972 por William J. Rapaport, un profesor de la Universidad de Búfalo.

lunes, 24 de enero de 2011

Alemania y los jóvenes españoles

Conforta saber que Alemania busca mano de obra cualificada en España. Aquí, donde tanto se desprecia, los jóvenes se mueren de asco, víctimas como son de la estéril y castrante Generación tapón, de la demostrada mediocridad de la clase media española, que sólo sabe invertir en ladrillos y que lo único que ha aprendido del franquismo es a cortar las cabezas altas, y del universal, sospechoso y edípico desprecio de algunos mayores a los jóvenes. Se suele decir que los jóvenes españoles no abandonan sus familias para independizarse; lo que no se dice es que no se les deja independizarse. Escribía Gracián en El Críticon que los españoles "trasplantados, son mejores", y es verdad. El español necesita la soledad para descubrirse y definirse a sí mismo, sólo muestra su valía saliendo de este hornillo de rencillas y envidiejas. A los europeos les podemos dar excelentes enfermeras y médicos, licenciados y doctores en paro a porrillo. Ellos prefieren mano de obra europea a reformar la ley de inmigración; España, que ahora puede suministrar mano de obra cualificada, debe volver a exportar emigrantes legales. Tal vez así aprendamos de lo bueno que posee Alemania, como por ejemplo unos sindicatos no viciados por la política y que compiten entre sí, que saben encontar salidas a las situaciones laborales más difíciles y no desprecian la formación del trabajador cualificado. Todos hemos visto esa hermosa serie de Televisión Española, casi la única, por desgracia: Españoles en el mundo. El empleo exterior es una salida que, como siempre, sólo los más viejos e inútiles pueden renunciar a tomar (los enchufados ya se sabe que se quedan).

Dejemos al lado esas mentiras con que nos lavan el coco a diario y atengámonos a los hechos que aparecen en la encuesta de estructura salarial del INE, un informe cuatrienal que deja en cueros la pura y sencilla verdad: el sueldo medio en España en 2006 fue de 19.680 euros al año, y cuatro años antes era de 19.802; es decir, que en el periodo de mayor bonanza económica de España, los sueldos no sólo no crecieron, sino que descendieron, y más aún si se tiene en cuenta la inflación. Es más, si nos remontamos a 1995, el primer año que se hizo la maravillosa encuesta, el salario medio era de 16.762 euros, por lo que para adecuarse a la subida de precios de la última década ahora tendría que ser de unos 24.000 euros. ¡Menuda diferencia de poder adquisitivo! ¡Y se trata del sueldo medio, que incluye el de los que más ganan! Otro dato más esclarecedor: la mitad de los españoles gana menos de 15.760 euros, esto es, son mileuristas... Esperemos los datos de la encuesta cuatrienal después de las medidas del Gobierno, que se nos antojan más de lo mismo, pero aún peor. Y la culpa de esto se debe a una crisis de inteligencia, no a una crisis precisamente económica: la clase media española es mediocre, se atiene a lo fácil y no crea empleo.

domingo, 23 de enero de 2011

El no aniversario de Céline

Este año se celebra una fiesta de no aniversario. Hace cincuenta años que murió (o no) Louis Ferdinand Destouches, más conocido por su pseudónimo o pen name Louis Ferdinand Céline. Lo he leído y disfrutado mucho. Es el escritor francés más influyente y traducido desde Marcel Poust, pero es un cabrón antisemita. Por eso, tras pensarlo mucho, el cincuentenario no se celebrará en Francia, aunque se le leerá y estudiará como un espécimen raro y valioso, por su valor literario y humano intrínseco, que es mucho. Hay una enorme desesperación y tristeza, pero también sinceridad en la escritura de Viaje al confín de la noche, su obra mayor, una de las tres o cuatro que quedan de Francia en el siglo XX, junto a En busca del tiempo perdido de Proust, La peste de Camus y La vida instrucciones de uso de Pérec. Todavía recuerdo con pesar cuando me topé con una primera edición de la obra, en las tiendas de bouquinistes a la ribera del Sena, lastimosamente cara; para comprarla hubiera tenido que hacer penitencia el resto de la semana que iba a estar en París y resolví dejarlo para otra vez que ya nunca más volvió. Tengo además algún que otro autor preferido, pero son esos cuatro lo que decanta hoy el tiempo. En Céline hay un lenguaje ora sorbido directamente de la calle, una misantropía feroz y una conciencia humana desesperada y pacifista intentando sobrevivir a sus congéneres. No en vano era un médico especialista en higiene, como Baroja; pero lo que le falta a Baroja de experiencia vital le sobra a Céline, quien padeció en persona el suelo podrido de las trincheras, la malaria en el negro corazón de África, la soledad desnortada entre las masas de Estados Unidos, la felonía en la Francia de Vichy. Él lo fue todo: héroe de guerra y traidor colaboracionista. Es lo que Dostoievski no se atrevió a ser, su otra cara: un nihilista completo, pero también un genio de la escritura.

sábado, 22 de enero de 2011

Nuevo avance en Matemáticas

Una nueva teoría matemática revela la naturaleza de los números. Se ha desarrollado la primera fórmula finita para calcular las particiones de cualquier número

Abc, 21/01/2011 - 20.51h

Durante siglos, algunos de los matemáticos más importantes han tratado de dar sentido a las particiones de los números, la base para sumar y contar. Muchos matemáticos han añadido piezas importantes al puzzle, pero todos se quedaron cortos al tratar de ofrecer una teoría completa que explicase las particiones. Por el contrario, su trabajo ha generado más preguntas sobre esta área fundamental de las matemáticas. Ahora, Ken Ono, matemático de la Universidad de Emory, ha desvelado nuevas teorías que responden a los interrogantes. Ono y su equipo de investigación han descubierto que las particiones de un número se comportan como fractales. De esta forma, han desarrollado una teoría matemática para «ver» su súper estructura infinitamente repetida. Así, han ideado la primera fórmula finita para calcular las particiones de cualquier número. El trabajo ha sido patrocinado por el Instituto Americano de Matemáticas (AIM) y la Fundación Nacional de Ciencia.

«Nuestro trabajo trae ideas completamente nuevas a estos problemas», dice Ono. «Hemos demostrado que las particiones de números son ‘fractales’ para cada primo. Nuestro procedimiento de “aumento” resuelve varias conjeturas abiertas, y cambiará la forma en que los matemáticos estudian las particiones».

«Ken Ono ha logrado unos avances absolutamente sobrecogedores en la teoría de particiones», asegura George Andrews, profesor de la Universidad Estatal de Pennsylvania y presidente de la Sociedad Matemática Americana. «Ha demostrado propiedades (...) asombrosas. Es un fenómeno»

Un juego de niños

A primera vista, las particiones de números parecen un juego de niños. La partición de un número es una secuencia de enteros positivos que se suman para formar ese número. Por ejemplo, 4 = 3+1 = 2+2 = 2+1+1 = 1+1+1+1. Por lo que decimos que hay cinco particiones para el número 4. Suena simple, y aún así la partición de números crece a un ritmo increíble. La cantidad de particiones de 10 es 42. Para el número 100, la partición explota a más de 190 millones.

«La partición de números es una loca secuencia de enteros que rápidamente se va a infinito», señala Ono. «Esta provocadora secuencia genera asombro, y ha fascinado desde hace mucho a los matemáticos». Hasta el avance del equipo de Ono, nadie había sido capaz de desvelar el secreto del patrón complejo subyacente a este rápido crecimiento.

A principios del siglo XX, Srinivasa Ramanujan y G. H. Hardy inventaron el método del círculo, el cual arrojaba la primera buena aproximación a las particiones de números por encima de 200. «Es como Galileo inventando el telescopio, permitiéndote ver más allá de lo que se ve a simple vista, aunque la visión es tenue», apunta Ono. En 1937, Hans Rademacher encontró una fórmula exacta para el cálculo de valores de particiones. Aunque el método era una gran mejora respecto a la fórmula exacta de Euler, requería sumar infinitamente muchos números que tienen infinitas cifras decimales. En las siguientes décadas, los matemáticos han seguido trabajando sobre estos avances, añadiendo más piezas al puzzle. Ono batalló con los problemas durante meses y su eureka llegó en septiembre, cuando estaba de excursión con sus colegas en las Cataratas Tallulah, en el norte de Georgia. Cuando andaban entre los bosques, notando los patrones en los cúmulos de árboles, pensaron que podría ser similar a «andar» entre las particiones de números. Se echaron a reír. Ya casi lo tenían. El trabajo de Ono y sus colegas ha dado como resultado dos artículos disponibles en la web de la AIM

Qué tejen las redes sociales

Cuando estaba en Madrid me fijé en que habían instalado nuevas máquinas para servir billetes de cercanías. Ya había visto algo así en el Metro de Barcelona, y nunca me gustó; había, de hecho, un funcionario que me separó de la cola ante el cajero humano y me enseñó (mejor sin duda que una máquina) a manecjar ese trasto, aunque yo ya sabía cómo hacerlo; me dio apuro decirle que se fuera a tomar por culo, porque era un ser humano; si hubiera sido una máquina habría tenido menos reparos en señalar mi disgusto. Me desagradan las máquinas tanto como las conductas repetitivas y maquinales. Tengo un temperamento ludita, aunque no soy neófobo, como las ratas. No aborrezco a las máquinas, sino, más bien, a las que no hacen cosas de máquinas o usurpan las funciones de lo humano. Isaac Asimov llamaba a eso complejo de Frankenstein, pero yo no estoy en absoluto en contra de la tecnología (¿por qué, si no, escribiría un blog?), sino en contra de la inhumanidad de cierta tecnología. No me gustan los teléfonos, ni siquiera los móviles, artefactos que usa Naomí Campbell para achichonar a sus asistentes y que tunea de pedrería preciosa gente tan pija como ella. No simpatizo con los cajeros automáticos, porque me parece que eso de que un cajero sea automático es un robo, aunque no de dinero, sino de humanidad; a un cajero de metal no se le pueden dar los buenos días ni pedirle explicaciones ni nada: él va a su rollo, que es solamente sacarte el dinero o dar excusas para no dártelo. Esto último se les da en especial muy bien; además, si hay problemas, el teléfono de ayuda no ayuda nada y lo único que hace es ponerte musiquita de fondo mientras te descuenta lo que vale la llamada. Eso son los cajeros, eso son las tarjetas, eso son todas las cosas mecánicas y asépticas que sirven para desconectarnos, deshumanizarnos y esclavizarnos.
Prefiero un cajero humano, aunque sea como lo era mi malogrado amigo Federico, un conductor suicida que terminó estrellándose contra el automóvil de una pobre familia, a la que causó una muerte injustificable. Conocía a mi amigo y sé que esas muertes provenían en realidad de otra parte, de su superior. Un director de Banco que le arruinaba la vida. La máquina que era el jefe de Federico era unidireccional. Pero eso no aparece en ese tipo noticias, eso nunca aparecerá, siendo como es lo que más interesa a la gente. Interesa ver ese mecanismo, el coche, estropeado por el choque, y el insulto al conductor y la incomprensión que delata. En esta sociedad hay gente que no es gente, son cosas; hay gente que en sí misma es basura. Si los matrimonios no duran es por eso, porque a veces usamos a nuestra pareja como un producto, como un bien de cosnumo de usar y tirar. Si no me sirves, te abandono y compro otro. Las relaciones humanas han sido sustituidas por relaciones de consumo. Del cajero humano al cajero automático. Las mujeres son ahora como los condones, pero más caras. Ese enorme respeto que se tiene al cuerpo en la actualidad es propio de ese materialismo consumista.

Yo quiero un cajero o cajera sindicado, con familia, con contrato fijo, de mal o buen humor ocasional y con ojos en la cara, no con una cámara. Los seres humanos son multidireccionales, son como el chicle, se pegan a todo; las máquinas no: son duras y cumplen su único cometido mientras no les falte sustento eléctrico; no se declaran en huelga ni rebeldía, sino que mueren o fallan. Federico se declaró en rebeldía, una mala rebeldía, pero su fallo era una enfermedad y murió también. Quien usa una máquina es alienado por ella. Algunos chicos de hoy están alienados por el móvil , la telebasura, los juegos de ordenador; ellos creen que los utilizan, pero pienso que muchas veces son ellos los utilizados. No se dan cuenta del tamaño monstruoso de su libertad, y restringiéndosela a esos adminículos a veces parecen reducidos a ser un mero apéndice o terminal de los mismos. Y el carácter inauténtico de las relaciones que sostienen por ese medio no deja de mosquearme: he observado que los críos de hoy en día son más disimulones y mentirosos de lo que lo éramos nosotros; a veces no saben ni siquiera cuál entre las mentiras que usan es la verdadera, y andan en una auténtica confusión respecto a lo que es su yo; o se creen más de lo que son o menos. Y eso da siempre problemas para ser felices.
Uso demasiado el ordenador, pero para mí es sólo un instrumento de trabajo y de comunicación. Prefiero el correo electrónico al viciado, sucio y público messenger, donde todo se hace en comunión, como una orgía. Los chicos de hoy están demasiado socializados; de vez en cuando recibo un aviso de que tengo a varios invitados, algunos indeseados y escogidos con criterios que no he preseleccionado, a mis redes sociales. Me doy cuenta, tarde, de que no quiero estar en ninguna red social que sea una colección de caras y caretas, de fantasmas sin cuerpo ni espíritu. Veo las fichas de todas esas personas, y la intención oculta y subyacente de la mayoría de todas ellas, y me diento entristecido y cansado por toda esa fachada ostentosa y repetitiva. Y sin embargo hay algo de humano en toda esa fila de manos tendidas. Una voz puede cruzar el Atlántico y saludarte graciosamente; es más, algunos de mis mejores amigos los he hecho mediante Internet, y nunca los he visto personalmente, aunque es como si los tuviera presentes ahora mismo. También hay humanidad en Internet, y eso es lo que me gusta, precisamente, de cierta tecnología: que sirve para unir a la gente, y no para separarla, como es el caso de los cajeros automáticos.

viernes, 21 de enero de 2011

Duvalier


A perro flaco, todo son pulgas; y el más gordo de los piojos, o pulgones, de Haití, es Duvalier. Se ha quedado sin dinero y necesita más, aunque sea a costa de volver a chupar de una nación arrasada por los terremotos, la pobreza y el cólera. Y otra calamidad más: Duvalier.

Encargos

Me escribe Calero diciéndome que la universidad ha aceptado imprimir mi nueva edición de la Autobiografía de Juan Calderón. Más trabajo: llamarle por teléfono, revisar el texto. Estoy muy satisfecho de esta segunda edición, a la que dediqué seis meses, porque no se va a parecer en nada a la primeriza; los años no pasan en balde, tengo más documentación, más experiencia y cometo menos errores; el texto está aún más depurado y compulsado con nuevas fuentes.

Me escriben de Castalia, remitiéndome una copia del contrato para la edición de las fábulas de Iriarte y Samaniego. Pues estupendo, pero más agobio: tengo que escribirla de aquí a cinco meses y quizá deba pedir una prórroga.

Daniel me remite desde Estados Unidos las restantes cartas para que les revise el texto, que saldrá en Juan de la Cuesta, la editorial cervantista de Newark, creo. He convencido a mi mujer de que me las pase a ordenador a cambio de redactarle cinco folios de historia, instituciones y cultura manchega para un temario que tiene que dar a sus alumnos. Pues qué bien, pero ¿no empieza a ser demasiado?

Avisan de Cádiz de que me han publicado el artículo sobre Félix Mejía; pues qué bonito. Hay erratas, sin embargo, aunque ya me importan un pimiento. Ahora tengo que enviarles los estudios de Mejía sobre la Constitución de 1812. Están casi acabados, pero hay que darles otro repaso. Maravilloso.

Siguen los de Teruel sin sacarme la edición de mi tesis, aunque se la entregué hace dos años. Me consta que ya está en formato para la imprenta, pero como no estoy ahí me roban los fondos de edición y lo posponen sine die. Ad calendas graecas, como decía Augusto. Sin latín: paciencia y barajar; pero habría que mandarles otra admonitoria: tienen el compromiso de edición ganado con el premio Nifo.

El artículo sobre el vino está decantado: tengo los materiales y redactada buena parte del texto, pero hay que acoplar lo que falta y seguramente encogerlo; y en esto va Matías Barchino y me dice que tiene escrito un artículo de noventa páginas sobre el tema; me lo enviará y así podré descartar lo que tengamos en común y encogerlo más. Es un tema con mucha bibliografía, muy popular. Hasta Isidoro Villalobos ha escrito sobre él, y también un vallisoletano, no me acuerdo ahora de cómo se llama.

Anteayer, conversación con Matías Barchino: acepta coescribir la Historia de la literatura en La Mancha, con lo cual se cierra la empresa con tres redactores: Elena, Matías y yo. Le envío la nomenclatura de autores a Elena y Matías, y el formato de redacción. Para enero ya debemos tener un borrador; yo me encargaré de la Edad Media y el siglo XIX, Matías del XX y Elena del XVIII. En la segunda fase, despacharemos los siglos de oro. Qué maravilla; pero hay que seguir con lo que ya llevo redactado y corregir mi borrador del XIX, que han aparecido nuevas cosas.

Tengo ilusión en poder terminar mi edición del Jicotencal, que está a medias, y emprender la de los Retratos políticos de la revolución de España, de Félix Mejía, la Historia de la guerra carlista en la Mancha que he descubierto y tengo transcrita, y la Crónica de la conquista de la Nueva Castilla de Cristóbal de Mena. No sé si renunciar a la del Bernardo de Balbuena; creo que es lo único que ha podido conmigo.

Pero todas estas últimas cosas tendrán que esperar turno y mejor ocasión. Porque creo que trabajo anterior no me falta, si le sumamos el del instituto, que es lo que más me debe importar y me da de comer; ya es para andar, por lo menos, un poco estresado y estresante, sobre todo teniendo en cuenta que ayer solucionamos por fin el grotesco papeleo de mi operación, que parece será en verano. No es una tontería: hay riesgos, pero más me arrisco siguiendo a mi arregosto y como estoy. Me conformaría con ser tan eficiente como las inteligentísimas oficinistas del Ramón y Cajal, todo el día de carrerilla por los pasillos, a prueba de tribulación. Menos mal que tenía a mi mujer al lado, que me servía de Virgilio para guiarme por todo ese Purgatorio burocrático. Subimos y bajamos tantas repisas de escaleras que por poco me vuelven los vértigos. Necesito una fuente Eunoe.

miércoles, 19 de enero de 2011

La Dolores.

Ayer, que comienza con ay, y recostado en el chaflán o cantón del Guridi, miraba pasar a la gente mientras la niebla tendía sus harapos. De joven hacía lo mismo, pero embutido en una gabardina a lo Bogart; ahora lo que me deja vestir mi mujer es una chaqueta que hace las veces de cuero. Dentro estaba atestado y yo, harto de tanta ocupación extraña y miembro de lo que Cela llamaría "la vieja guardia del café", me mudé definitivamente y para siempre a otro mucho mejor y más cercano a casa, aunque es de Calatayud: La Dolores, donde todavía puede uno sentarse, leer periódicos, tomar notas y disfrutar de un té con limón. Está aledaño a la antigua carpintería de Santiago. Soy recibido con miradas ansiosas y decepcionadas; conozco bien esos ojos depredadores, por lo general en busca de ligue homosexual. Se ve que este lugar es un vergel tan recóndito y escondido como el Paraíso después de que la parejita y el Ángel de espada llameante lo dejaran. Pues lo siento, pollos, soy hetero, y tampoco es que tenga muchos encantos que ofrecer, fuera de mi barrigón de patricio romano. Si queréis de eso iros a la estación de autobuses, que es el desfiladero de los mascachapas.
Uno tiene amigos hasta en las cloacas, y cloacas hay por doquier. Ayer murió el gorrilla gordo que pedía en el aparcamiento del parque Gasset; debía estar entre los treinta y los cuarenta y nadie lo veló en el Tanatorio. No se sabe de qué murió, aunque se podía sospechar. Hace unos días vi a una familia entera de ecuatorianos arrojada a las puertas de un cajero automático de la calle de la Mata, cerca del tugurio de Obélix y la depravada calle Sancho Panza. Me imaginé que habían sido deshauciados por no pagar el alquiler; ni siquiera podían entrar dentro del cajero para no pasar frío. Sus miradas, ausentes, parecían mirar un horizonte de más relumbrón que este; pobrecillos. Por la calle andaba un alumno del Carlos Vázquez paralítico cerebral, con su dramático despliegue de manotazos y pisotadas; en todo ese desorden se adivinaba una voluntad férrea que dirigía su destino y arrastraba la mochila con precisión de estrella polar. A la mañana los leñadores del ayuntamiento hacían su particular matanza de Texas podando con estrépito la cabellera de los árboles y dejando el suelo lleno de alas cortadas. No se podía dar clase con todo ese fragor, y al salir uno tenía que saltar por encima de los miembros de cadáveres y las hojas. El viento estaba aromado de ceniza de sarmiento, gasoil y castañas asadas, y se vendían delicias de San Antón; las niñas llevaban sus pájaros y gatos a bendecir. En el pasado, cuando andaba por Almagro, siempre saludaba al hermano gorrino que garruleaba campeador por las calles como un vecino más, buscando agujero donde hozar. Ahora, todo lo más, lo único que se puede ver de vez en cuando por Ciudad Real es a la alcaldesa o a su antaño antagonista, Amador, al que le da por salir a la calle a la misma hora que yo con germánica regularidad.
Maltrato mi cuerpo con saña; es el amigo más fiel que he tenido, debía guardarle más consideración y respeto, pues de él pende mi vida; sin embargo lo deterioro con una tenacidad que necesitaría para mejores oficios. A veces el corazón me caracolea en el pecho, corcova, se agazapa o da un respingo; otras veces trastabilla, tropieza o hace renuncios, o agosta y reseca su ramaje a cualquier soplo. Soy un altibajo de pulso en el horizonte y me da por pensar en lo que cualquier manotazo duro o golpe helado podría hacer con mi familia; sin embargo, sigo maltratando mi cuerpo con saña bestial. No hay advertencia que valga, no hay razón que pondere: me dirijo a mi nicho obcecado como un kamikace. Mañana voy a Madrid a entrevistarme con el cirujano; veremos, dijo un ciego.
Si vas a Calatayud,
pregunta por la Dolores,
que una copla la mató
de vergüenza y sinsabores.