miércoles, 28 de octubre de 2026

La periodista de la familia real entrevistada

 Pilar Eyre, la cronista incómoda de la Familia Real: “Hacienda me hace inspecciones todos los años por hablar de los Borbones”, en El País, Martín Bianchi, Madrid - 25 oct 2026:

La periodista y escritora vuelve a las librerías con ‘Sucesión’, un retrato íntimo de la monarquía española en los últimos años. “Felipe y Letizia tendrán que retirarse antes de tiempo si quieren que Leonor sea reina”, asegura

A comienzos de la década de 1980, Interviú mandó a Pilar Eyre a cubrir un acto de los Reyes en Barcelona. La periodista nunca había tratado con el monarca y su consorte y estaba un poco nerviosa. Antes del encuentro, una experta en protocolo del palacio le explicó cómo debía comportarse. Tenía que hacer una genuflexión ante el jefe del Estado y su esposa, no debía tocarles ni mirarles fijamente a los ojos y, sobre todo, no podía comentar ninguna incidencia en su crónica. Eyre hizo exactamente lo contrario. No se agachó, les dio la mano, los miró a la cara y en la pieza que publicó al día siguiente en la revista reveló que Juan Carlos I había pedido un whisky en pleno besamanos.

“Fue la primera y última vez que hice de corresponsal de Casa Real. Nunca más me volvieron a acreditar. Fue la carrera más corta del mundo”, recuerda Eyre (Barcelona, 75 años) entre risas durante un almuerzo en el Café de Oriente, a pocos pasos del Palacio Real. “Pero, cómo yo, una tía de izquierdas que se había manifestado contra Franco durante la dictadura, iba hacer todo eso que me pedían. Cuando le di la mano a Sofía se quedó helada. Miró mi mano como si fuera un reptil peligroso”, recuerda.

Nunca más volvió a cubrir un acto real, pero desde entonces no ha dejado de escribir sobre los Borbones. Lleva más de 40 años ejerciendo de cronista extraoficial e incómoda de las cosas de palacio y ha escrito una decena de libros sobre la Familia Real. En sus exclusivas cuenta lo que otros no se atreven —desde el romance secreto de Iñaki Urdangarin y Ainhoa Armentia hasta las visitas a escondidas de Corinna Larsen al rey Juan Carlos en el hospital cuando fue operado de un nódulo pulmonar— y en sus libros tampoco se queda atrás. En La soledad de la reina: Sofía, una vida (2012), uno de sus mayores bestsellers, abrió la veda y fue una de las primeras en hablar públicamente sobre las infidelidades del padre de Felipe VI. Su último libro, Sucesión (La esfera de los libros), es un festín de confidencias: Borracha es el curioso nombre de la perrita de la reina Sofía con la que jugaba cuando se topó con Corinna en Zarzuela; el rey Juan Carlos estuvo dispuesto a comprarle un piso en la calle Velázquez a su amante alemana; la reina Letizia conserva la chaqueta salpicada de barro que lució en su accidentada visita a Paiporta tras la dana… “Soy un poco insensata. Me gusta contar los pequeños detalles. Algunos dicen que son cotilleos, pero los cotilleos son importantes. La Revolución Francesa estalló por un collar que, supuestamente, María Antonieta no había querido pagar”.

Pregunta. ¿Alguna vez intentaron censurar alguno de sus libros?

Respuesta. Hombre, sí. Cuando publiqué La soledad de la reina tuve muchos problemas. Primero, todos los medios querían entrevistas conmigo. Luego se fueron cayendo una a una. Incluso no me dejaron entrar en una cadena de televisión en la que solía colaborar. Tenía una entrevista y en la puerta de la cadena me dijeron: “No puede pasar”. Luego, muchos compañeros me dijeron que había sido Casa Real. Al final, terminé dando entrevistas en cadenas locales y presentando el libro en pueblos como Villaconejos y en encuentros sindicales de mineros. Pese a todo, es mi libro más vendido. Y se sigue reeditando. Incluso están interesados en adaptarlo a la televisión.

P. ¿Esa censura continúa?

R. ¿Contigo pueblo hablar libremente?

P. Por supuesto.

R. Hace un par de semanas di una entrevista muy larga a un medio muy importante y no se publicó. No decía ninguna barbaridad, pero me llamaron al día siguiente y me dijeron que no se podía publicar.

P. Entonces la prensa sigue siendo muy protectora con la monarquía.

R. Cuando voy a las teles, lo primero que me dicen siempre es: “Puedes decir lo que quieras de Juan Carlos y Sofía, pero a los otros ni tocarlos”. Esto me pasa en todas las televisiones. A Juan Carlos lo protegimos mucho en su día, y ahora hacemos lo mismo con Felipe. Los Reyes dicen que la institución está por encima de todo y han trasplantado esa idea a todos, incluidos los medios.

“Felipe y Letizia tendrán que retirarse antes de tiempo si quieren que Leonor sea reina”, afirma Pilar Eyre, autora de 'Sucesión'.

P. ¿España es monárquica o republicana?

R. España es republicana, por supuesto. Si hubiera un referéndum, ganaría la república. Se hacen encuestas secretas, sondeos privados, para ver cuál es la aceptación de la monarquía. Según me han dicho, en la última el personaje más querido de la Familia Real sigue siendo la reina Sofía. Luego viene la princesa Leonor, el rey Felipe y, por último, Letizia. Sofía sigue gozando de enorme popularidad.

P. Es verdad que la reina emérita recibe ovaciones allá donde va.

R. Es un aplauso contra Letizia, el enésimo intento de humillarla. Los monárquicos no perdonan que no sea como Sofía. Pero antes de casarse, ella le dijo a Felipe: “Yo no voy a ser como tu madre, no voy a aguantar cualquier cosa”. Y él le respondió: “Yo tampoco soy como mi padre”. No quieren repetir la historia.

P. ¿Y usted? ¿Es republicana o monárquica?

R. Ah…

P. Nadie puede estar 40 años escribiendo sobre la Familia Real y ser republicana.

R. El roce hace el cariño. Conozco mejor a la Familia Real que a mi propia familia. Podría escribir cuarenta libros más sobre ellos. Yo creo que sí, que al final seré monárquica para disgusto de toda la gente que me conoce.

P. Ya que conoce mejor a Familia Real que a su propia familia, ¿en qué estado se encuentra el matrimonio de los reyes Juan Carlos y Sofía?

R. Hay indiferencia total, al menos por parte de ella. Juan Carlos sigue divirtiéndose mucho. Él siempre ha querido hacer vida de hombre rico y lo ha conseguido: aviones privados, yates, mansiones… Y ahora no tiene que rendir cuentas de nada a nadie. Le gusta mucho la forma de vida de los árabes y está haciendo la vida que le gusta.

P. ¿Y los reyes Felipe y Letizia?

R. Yo no voy a hablar de la intimidad de Felipe y Letizia. Solo te digo que son grandes compañeros de trabajo. Son un buen equipo y funcionan cuando tienen que funcionar.

P. En su libro enumera el rosario de humillaciones que sufrió Letizia cuando llegó a la Familia Real. ¿Qué fue lo peor que le hicieron?

R. Cuando murió su hermana [Érika Ortiz, en 2007], tuvo que agacharse ante su suegro para pedirle perdón por un exabrupto de su cuñado [según Eyre, Antonio Vigo se enfrentó a Juan Carlos I en el funeral]. Esas imágenes son brutales. Era un día muy lluvioso y la princesa estaba embarazada y con los ánimos por el suelo. Fue su momento más bajo.

P. El rey Juan Carlos tiene fama de ligón. ¿Alguna vez intentó algo con usted?

R. ¿Juan Carlos? ¿Conmigo? No. A mí me llamaba “la mosca cojonera”. En La soledad de la reina fue la primera vez que se dijo que tenía amantes. Abrí muchas ventanas con ese libro. Le pregunté a un amigo íntimo de Juan Carlos cuántas amantes había tenido. Me respondió: “Tú pon que han sido 1.500 y aciertas”. Así que puse esa cifra. Luego me enteré de que al rey emérito le hizo mucha gracia eso.

P. Don Juan Carlos ha dejado de reclamar a Corinna Larsen los 65 millones que le regaló. ¿Ha perdido los ahorros de su vida?

R. No, hombre. Esos 65 millones son la punta del iceberg. La gente no tiene ni idea de lo que hay realmente, de la fortuna dispersa en diferentes paraísos fiscales.

P. Fortuna que heredarán sus hijas.

R. Cuando muera Juan Carlos, sus hijas serán dos de las mujeres más ricas de Europa. Las dos serán millonarias.

P. ¿Cree a Corinna cuando dice que recibió amenazas?

R. Sí.

P. ¿Alguna vez tuvo miedo por su propia integridad?

R. Sí. A mí Hacienda me hace inspecciones todos los años por hablar de los Borbones. Creo que tuve los teléfonos pinchados mucho tiempo y también he recibido algún bolsazo de alguna marquesa.

P. El bolsazo de una marquesa puede ser más peligroso que un coche con los frenos manipulados, como denunció Bárbara Rey en 1997.

R. Algunas marquesas me odian, otras me adoran. Alguna se ha enfadado conmigo porque no la he mencionado como amante del Rey.

P. El expresidente Aznar ha dicho que si Pedro Sánchez vuelve a ganar las elecciones, habrá Tercera República en España.

R. No entiendo las ínfulas monárquicas de Aznar, si todo el mundo sabe que se llevaba fatal con el rey Juan Carlos. “El tío del bigote”, le llamaba Juan Carlos. Aznar fue quien dio la orden de que se dejara de pagar a Bárbara Rey.

“Cuando muera el rey Juan Carlos, sus hijas serán dos de las mujeres más ricas de Europa”, sostiene Eyre.

P. En su libro cuenta que la reina Letizia ha guardado la chaqueta que llevó en Paiporta. ¿Los Reyes salieron reforzados de esa visita?

R. Yo creo que eso dio sentido a todo el tinglado de la monarquía. Fue su 23-F. Su reacción fue tan espontánea y salió tan bien. Echo en falta esa espontaneidad y cercanía en las hijas.

P. ¿La leonormanía es mito o realidad?

R. Es un invento. Cuando empezó a sonar la leonormanía hablé con un sociólogo y me dijo algo muy interesante: hoy, las chicas quieren ser como las futbolistas, no como la princesa de Asturias.

P. ¿Leonor será reina?

R. Eso dependerá de cuánto viva Felipe. Hoy la vida es tan larga que Felipe y Letizia tendrán que retirarse antes de tiempo si quieren que Leonor sea reina. Ahora la princesa se lleva muy bien con su padre, pero veremos dentro de 40 años. Habrá enfrentamientos. Una de las condiciones para que una monarquía perdure es matar al padre.

P. Es lo que nos gusta de las monarquías.

R. Es lo que nos gusta. Si la Familia Real fuera normal, no nos interesaría. Los Borbones son una familia disfuncional.

P. Hablando de disfuncionalidades, Ingrid Sartiau vuelve a afirmar que es hija del rey Juan Carlos.

R. Eso es mentira.

P. ¿El rey Felipe tiene algún hermano que no conozcamos?

R. Hombre, sí. Haberlos los hay, pero no quieren que se sepa. Yo conozco al menos a dos y nunca lo han querido reconocer públicamente. Una vez una aristócrata me dijo con mucho orgullo: “¿Has visto que mi niña no se parece nada al padre? Es que es hija del Rey”. Me quedé helada.

P. Jaime Peñafiel afirma que vale más por lo que calla que por lo que cuenta. ¿Y usted?

R. Yo valgo más por lo que cuento que por lo que callo [risas]. Y lo que callo no lo cuento porque no tengo ganas de morir en el destierro.

domingo, 25 de octubre de 2026

Anécdotas de Dámaso Alonso por Manuel Vicent

 Los paseos de Dámaso Alonso, en El País, por Manuel Vicent, 24 oct 2026:

El poeta, filólogo y académico de la RAE disfrutó de largas caminatas y de una vida de recogimiento, lejos de los fastos y la pompa de la fama artística

“Yo no tengo nada importante que contar; llevo una vida muy apartada”, me decía Dámaso Alonso, poeta, filólogo, director de la Real Academia. “Todas las mañanas, desde hace cinco años, doy un paseo. Me voy hasta la plaza de Castilla, bajo por la Castellana, rodeo el estadio de fútbol y vuelvo a casa por detrás. Este paseo ayuda mucho a la manera de ser de mi cuerpo. Pedro Sainz me quiso regalar un bastón, pero no lo necesitaba todavía. Pedro Sainz Rodríguez, ése sí que ha pasado de todo”, decía Dámaso Alonso, no sin un leve matiz de envidia.

El gusto de caminar le venía de lejos. Dámaso Alonso recordaba que Unamuno fue el presidente del tribunal de oposiciones cuando ganó la cátedra. Después de terminar cada ejercicio le decía: “Qué, Dámaso, ¿damos un paseo?“. Y le sometía a unas caminatas terribles. Le arrinconaba contra una pared y le hablaba en francés. Este joven opositor soñaba con ganar la cátedra solo para perder de vista a Unamuno.

En tiempos de estudiante, Dámaso Alonso vivía en la calle de Rodríguez San Pedro, en la misma casa que Gabriel Miró. Y estas eran las cosas que me contaba.

“De joven le veía entrar y salir, pero no lo traté hasta después. Él vivía en el segundo piso, yo en el sexto. Un día iba yo en un tranvía totalmente vacío por la calle de la Princesa leyendo un libro suyo. Era uno de aquellos tranvías que tenían dos asientos corridos bajo las ventanillas, uno frente al otro. Sucedió que en un momento dado subió Gabriel Miró en persona y se sentó delante de mí. Yo llevaba su libro en la mano, íbamos solos, los dos callados y él me miraba obsesivamente. Así todo el trayecto. Era una situación angustiosa, yo estaba muy preocupado. Como es lógico, nos apeamos en la misma parada y nuestro camino también era el mismo hasta llegar a casa. Él caminaba delante, yo iba detrás y observaba que a veces volvía con disimulo la cara para comprobar si yo aún le seguía. Llegó a su piso y yo subí al mío. Tiempo después, cuando ya éramos amigos, me dijo que aquel día había esperado detrás de la puerta un buen rato pensando que yo iba a llamar. Durante algún tiempo creyó que aquella escena tan surrealista había sido una aparición. Gabriel Miró era muy cordial, ameno, amistoso, simpático. Un día nosotros supimos que lo iban a elegir para la Real Academia. Rafael Alberti estaba en mi casa y yo le propuse que bajáramos a felicitar a don Gabriel por su inminente nombramiento. Lo encontramos muy alegre. Recuerdo que se puso a bailar de puntillas una jota chasqueando los dedos en el aire. Luego no entró. Resulta que una orden religiosa, bueno, sí, sí, creo que fueron los jesuitas, se opuso a su ingreso en la Academia, alegando que había tratado mal las figuras de la Pasión en una novela”.

Dámaso Alonso confiesa que no hizo amistad con ningún escritor famoso de aquel tiempo porque llevaba una vida muy apartada, además tenía cierta prevención. Al que más trató fue a Juan Ramón Jiménez. Le tuvo gran admiración, pero luego sucedieron ciertas cosas.

“Aquel era un hombre muy raro. Juan Ramón primero te recibía bastante bien. A los poetas jóvenes los acogía con simpatía, pero cuando uno destacaba un poco y empezaba a tomar fama, enseguida lo apartaba de su amistad. Era muy mordaz. Por ejemplo, decía que al ir a sentarse un día en casa de Antonio Machado se encontró con que había un huevo frito en la silla. O una tarde que iba por la calle de Alcalá entre un gentío enorme, y de pronto vio a lo lejos, sobre las cabezas de la multitud, una chistera gris, muy alta, elegantísima, y pensó: ‘Ese es Eugenio d’Ors’. Y, en efecto, era D’Ors. O cuando descubrió una vez a Ricardo León escribiendo en una alcoba bajo un gran tubo de chubesqui, en una mesa con tapete verde, frente a una copa de anís del Mono y con los calzoncillos largos atados en los tobillos. Él solía escribir esos insultos en unas hojas que mandaba imprimir y luego enviaba por correo a los amigos e interesados. Es curioso que nunca se habla de aquellas octavillas mordaces de Juan Ramón Jiménez, pero debe de haber gente que las conozca. A mí Juan Ramón me tomó una inquina terrible porque al publicar Gerardo Diego, en su Antología, un soneto mío que llevaba como lema un verso de Juan Ramón, este lema fue suprimido en la segunda edición por falta de espacio. Jorge Guillén le pidió una vez su colaboración para la revista Cuatro Vientos con la promesa de que su firma iría la primera. Luego sucedió que el número salió encabezado por un artículo de Unamuno. Juan Ramón mandó a Guillén un telegrama con estas palabras: ‘Retiradas mi colaboración y amistad stop’. En fin, no niego la importancia de Juan Ramón Jiménez. Tiene poemas muy buenos y también los tiene detestables, pero su orgullo literario estaba fuera de toda medida”.

Entrevista a Pedro Almodóvar

 Leer a Pedro Almodóvar: “El escritor es egoísta por naturaleza”, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Pablo Guimón, 24 oct 2026:

Desde niño soñaba con ser novelista. Tras una vida dedicado al cine, el director manchego publica a los 77 años ‘El hombre que solo escribía en los aviones’, una ficción tan libre como sus películas atravesada por su pasión lectora

Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

Pregunta. “Lo que tienes en tus manos”, dice en el prólogo del libro, “es una novela escrita con ansiedad”. ¿De dónde nace esa ansiedad?

Respuesta. No sé. Desde luego es algo que está en mi carácter. Y no siempre es malo, porque la ansiedad que me ha empujado a escribir este libro ha sido totalmente positiva. Ha sido como quitarle un tapón a una tinaja. De pronto, todo el líquido ha salido a borbotones. En otros casos la ansiedad no es buena. De hecho, he estado dos veces en el hospital por culpa de la ansiedad. Yo creo que viene de mi carácter, y también de que en el cine casi nunca hay tiempo. Por muy holgada que sea la producción, siempre te quedas corto. Me funciona muy bien la adrenalina porque me despierta, pero te quedas después un poco bajo y yo tengo que tener cuidado. He tenido una vez una crisis de ansiedad muy aguda, la única vez que tuve que ir a un neurólogo, y debo cuidarlo porque me ocurre sin darme cuenta.

P. Esa ansiedad suya la comparten también Flavio, el protagonista de su novela, y Patty Diphusa, aquella estrella de fotonovelas porno, paradigma de la Movida, sobre la que escribía por entregas en la revista La Luna.

R. Totalmente. En Patty Diphusa, reconozco que me llamaban de La Luna para decirme que me enviaban ya al motorista para recoger el texto, y yo en esa media hora hasta que llegaba el motorista me escribía el capítulo, metiéndome antes unas cuantas rayas de coca. Patty Diphusa estaba muy muy drogada. Era el efecto de que yo lo escribía siempre en un estado alterado. Pero ahora ya no es así en absoluto.

P. Antes era la cocaína y ahora es la adrenalina.

R. Sí, sí, total. Pero siempre es buena señal eso de que empiezas a escribir algo, y por la noche estás leyendo otra cosa que no tiene nada que ver y te continúa la idea. Yo tengo que apuntarlo corriendo en el libro. Mis libros están llenos de notas.

“Cancelar a un autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero yo no soy mitómano de lo personal”

P. “Todo lo que me emociona o interpela en un libro o una película es mío, forma parte de mi propia experiencia”, dice Flavio, citando a Borges. ¿Podría aplicarse a usted?

R. Lo que le gustaba a Borges era que le contaran, y después ese recuerdo ya era suyo. Él ya podía manejar ese recuerdo como propio. A mí eso me pasa con las películas. Una vez que veo una película que me conmueve, esa conmoción y ese sentimiento ya me pertenece a mí. No le pertenece a la película, a pesar de que es la película la que me lo genera. Lo hago mío. Como si estuviera hablando de que he venido aquí y me he sentado a hablar contigo. Es decir, para mí es mío, esa experiencia es mía.

P. Eso se ve en Amarga Navidad, donde utiliza vivencias de personas cercanas.

R. La autoficción. Y los límites de la autoficción, si los hay. El autor se cree dueño de todo lo que ha experimentado en su vida, y ha experimentado muchas cosas que han sido corales. ¿Hasta qué punto tienes derecho a contarlo o a hacerlo tuyo todo? Es un problema moral que yo no sé cómo se resuelve. Creo que la clave es tratar de no hacer mal a nadie. Eso es lo que a mí me guía. Cuando tienes una idea, estás escribiendo y ese recuerdo te viene muy bien para lo que quieres contar, es difícil rechazarlo. Es difícil decir: tengo que respetar a mi amigo y no meterme en este fregado. El escritor es egoísta por naturaleza. Piensa en lo que está escribiendo y en ese momento no piensa en su amigo, su pareja o quien sea. El narrador es un ser egoísta. Y eso no es bueno, pero es la naturaleza de las cosas.

P. Se lo dice el personaje de Aitana al de Sbaraglia en Amarga Navidad: “Tú eres más sincero cuando escribes”. ¿Le sucede a usted lo mismo que a su alter ego?

R. Creo que en la escritura me expongo más. Hay algo en la escritura que, en mi caso, no es que me impida mentir pero me cuesta más. A la hora de escribir, tal vez por el respeto a la literatura, yo estoy dispuesto a sacrificarme y entrar en cosas en las que no me siento del todo cómodo. Me gustan para escribirlas, pero no me gustan cuando pienso que en el futuro tendré que hablar de ellas con periodistas. Porque entonces ahí sí te estás exponiendo ya directamente. Me siento más expuesto, de un modo más profundo, cuando escribo.

P. Escribe desde muy pequeño. ¿Se sintió antes escritor o cineasta?

R. Yo me sentía como esas actrices que empiezan siendo vedettes en una revista musical y, de pronto, las llaman para hacer un papel dramático y dan el salto a un género que es más difícil. Yo me veía como de revista, y no en un género más dramático. Tenía un poco ese complejo o, más que complejo, esa conciencia. Yo he escrito toda mi vida, desde los 11 años, pero no creo que sea una persona que tenga una cualidad extraordinaria para escribir. De eso te vas dando cuenta. Mi vocación era ser un gran novelista. Pero según pasaba el tiempo me daba cuenta de que no estaba capacitado.

P. ¿Por qué?

R. Pues porque veía la propia tosquedad del material que escribía. Pero lo que sí sentí desde muy pequeño es que tenía una imaginación muy grande. Una capacidad de fabular extraordinaria. Y eso afortunadamente no me ha abandonado. Pero también descubres con el tiempo que eso no basta, que la imaginación es solo un elemento más. Que necesitas un montón de otras cualidades para escribir una novela. A los 18 años me di cuenta de que yo lo que quería era narrar, contar historias. Y me pareció que tenía más facilidad para contarlas con imagen, es decir, en cine, que en literatura. Me compré una cámara de Súper 8 y empecé a hacer peliculitas, todas ya narrativas. Vocación narrativa he tenido siempre. Y llega un momento en que, para mí, el cine es una pasión. No es un trabajo, se parece mucho a una adicción.

P. ¿Adicción al cine?

R. Yo he tenido adicción al tabaco, sé lo que es una adicción, y esto se parece. Y ahora mismo, en la tercera etapa de mi vida, noto de un modo mucho más claro que antes que lo vivo de un modo adictivo. Yo no he tenido el problema de encontrarme con una época de sequía narrativa, afortunadamente, pero llegará en cualquier momento. Esas cosas llegan. Pero yo lo viviría también absolutamente como una agonía. Eso me convierte en director. En cambio, siempre he tenido la vocación de escribir una novela y no la he escrito hasta ahora. Con el tiempo he estado incluso dispuesto a escribir una que no fuera una gran novela, que era lo que yo quería de adolescente, sino que fuera una novela entretenida, amena y que te sirviera para un viaje de dos horas. Ya me había rebajado yo mismo mis aspiraciones (risas).

P. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

R. Nosotros nacimos toda la familia en Calzada de Calatrava [Ciudad Real] y después nos mudamos a Extremadura. Desde muy pequeño, yo empecé a leer con los catálogos de Galerías Preciados de mis hermanas. Eran unos catálogos preciosos. Bueno, para fetichistas era increíble porque, claro, estaba ahí toda la ropa interior femenina. Pues yo en ese momento pedía libros a mis hermanas, aunque no conocía nada.

P. ¿Qué tipo de libros?

R. Pues a Françoise Sagan, por ejemplo. Me recuerdo no solo leyéndola, sino sintiéndome muy identificado (risas). Hablaba de una adolescente, de gente bien, de gente intelectual de París. Pues yo la entendía a mi modo y me encantaba. Una cierta sonrisa. Buenos días, tristeza… Las recuerdo mucho porque eran las primeras novelas que leí. Después había una colección, muy de mi generación, que se llamaba Colección Reno. Estaban Mika Waltari, Jack London, Jonathan Swift... y alguien tuvo la buena idea de poner en esa colección a Hermann Hesse. Estos fueron los primeros libros que fui leyendo. Antes de eso, yo iba a dar clase a la casa de un señor, que no era maestro ni nada, pero que recogía a todos los niños de la calle. Esto era muy de los años cincuenta. Las madres nos llevaban cuando teníamos tres, cuatro y cinco años y así nos quitaban de casa. Él no tenía ninguna titulación, pero nos enseñaba a leer y a escribir. Tenía una enciclopedia, bastante gorda, y me la leí de cabo a rabo.

P. ¿Y qué empieza a leer cuando escapa del pueblo y llega a Madrid?

R. En Extremadura empecé a estudiar el bachillerato, pero duré un año en el pueblo. No resistía y me vine a Madrid. Me vine siendo menor de edad, y amenazado por mi padre, que me decía que me iba a mandar la Guardia Civil. Le dije: “Pues mándamela, pero yo me voy”. Y me fui. Una vez en Madrid, según iba creciendo, ya empecé yo a escoger autores de acuerdo con lo que iba leyendo en los periódicos.

P. ¿Siempre más ficción que ensayo?

R. Sí, sí.

P. ¿A qué lo atribuye?

R. Pues no sé. Yo creo que debería leer más ensayo. Leo en el periódico a muchos escritores de ensayos, sobre la época que estamos viviendo o sobre cualquier otra cosa, y me digo a mí mismo que debería estar leyéndolos. Creo que es simplemente que una novela me resulta más fácil, más entretenido.

P. Es curioso, porque parece como que disociara eso. En sus primeras películas apenas se habla del franquismo, no se habla casi de política. Tampoco en las más recientes. Y en cambio usted siempre ha sido un personaje muy comprometido con sus ideas en público.

R. Sí, y me crea cierta… no es mala conciencia, no es tanto, porque yo lo que hago es entregarme absolutamente en cuerpo y alma a lo que escribo y creo que es lo más honesto que puedo hacer. Pero echo de menos no tener en mi filmografía más películas sociales, porque a mí me preocupan mucho los problemas de mi país y los problemas de la ciudadanía. Pero también creo que eso es una cuestión de capacidad. Tengo más capacidad para escribir sobre otros temas que sobre temas sociales, al menos al nivel que a mí me gustaría para no caer en tópicos ni en lugares comunes.

P. En la novela vuelve a verse cierta nostalgia del Madrid de los ochenta. “Nos creíamos renacentistas, pero no era cierto. Nadie se sentía aprendiz, sino estrella”. ¿Echa de menos esa actitud?

R. Era tal cual. Sobre todo al principio de los años ochenta. Nos creíamos estrellas y estábamos aprendiendo. Aprendiendo desde la nada. Creo que cuando eres joven ahora mismo resulta mucho más difícil. Lo que tienen los jóvenes ahora que no teníamos nosotros, y es malo para los de ahora, es que desde el primer momento forman parte del mercado. Nosotros no éramos parte del mercado, no éramos parte de nada excepto de nuestro propio placer. No sabíamos todavía nada, pero había ideas. A tener ideas no se puede aprender. Yo no quiero ser nostálgico. No, no lo soy. Pero echo mucho de menos mi juventud y mi juventud fue los ochenta.

P. ¿Para que le interese un libro, tiene que interesarle su autor?

R. No, no. Yo, por ejemplo, a Philip Roth no tenía el menor interés en conocerlo. De hecho, si hubiera querido lo habría conocido. Porque eso es muy americano. A mí, la primera vez que llegué a Nueva York, me dijeron los distribuidores: ¿a quién quieres conocer? Forma parte de la vida social de allí. Y me ha pasado al revés, por ejemplo, que cuando he ido a Nueva York o a Los Ángeles, yo tenía también mi corte de actores y actrices importantes que ya le habían pedido a mi asistente tener un encuentro con Pedro Almodóvar. Te lo piden como quien pide audiencia. Entonces yo no habría querido conocer a Philip Roth y, sin embargo, adoro absolutamente sus novelas. A mí no me resulta nada difícil separar la persona de su obra, pero alguna vez he caído también en eso. Yo era absoluto fanático de Vargas Llosa, pero cuando se metió en política dejé de leerlo. Y me parece que no se debe hacer. Cancelar al autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero no soy mitómano de lo personal.

P. Adaptó a Ruth Rendell en Carne trémula, a Thierry Jonquet en La piel que habito, a Alice Munro en Julieta, a Sigrid Nunez en La habitación de al lado, a Jean Cocteau en La voz humana... Pero sus adaptaciones de novelas no son exactamente fieles.

R. Es el único modo en que yo puedo acercarme a una obra de otro. Si no es con absoluta libertad, no lo haría. Y eso los autores tienen que tenerlo en cuenta. Yo he leído a algún autor español decir que dar tu libro para una adaptación cinematográfica es como dar tu hija para que la violen. Ese señor debería saber, y además lo sabe porque es mucho dinero, que hay una cosa que se llama derechos de autor, y que eso sirve para ponérselo en la boca al autor para que no hable. Este tipo de autor a mí me pone muy nervioso. Por ejemplo, Mujeres al borde… se ha puesto en varios sitios como musical o como obra de teatro. Lo primero que le he dicho al autor es que se sienta absolutamente libre.

“Pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine”

P. “Me siento superflua, perdida y (como los últimos cinco años) póstuma”, escribe Susan Sontag. Lo cita Flavio en el libro, y dice que podría haberlo escrito él. ¿Se empieza a sentir póstumo también usted, como Sontag o como Flavio?

R. A veces. No es un sentimiento continuado, porque si no ya sería una crisis. Pero hay veces que sí que me desespero. Fíjate que conocí mucho a Susan Sontag y puedo meterla en el grupo de amigas ilustres. Ella era la curiosidad personificada. No había nadie tan excitable como Susan Sontag. Si llegaba al lugar, quería conocer todo. La baja y la alta cultura, la gastronomía. Era una cosa increíble. Nunca me la hubiera imaginado en un momento de duda, pero fíjate si dudó.

P. En la última edición del festival de Cannes hubo una imagen como de relevo, que recordaba casi a Eva al desnudo. Era usted, con su musa Penélope Cruz, y Los Javis, que acaban de trabajar con ella y salían premiados del festival con La bola negra. ¿Siente que hay un relevo, un traspaso del legado?

R. Yo pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine. Pero evidentemente, con Los Javis, pertenecemos a una rama genealógica y ellos son la parte más fresca y recién llegada de ese árbol en el que yo estoy también. Sí, sí. No es que estén imitándome, sino que hay algo en el espíritu, en ese eclecticismo absoluto que tienen, la falta de respeto que tienen a los temas, en lo que nos identificamos y que yo espero seguir teniendo.

P. Dicen que está con un nuevo proyecto ya avanzado.

R. Muy, muy avanzado. Será muy distinto de lo último. No podría vivir si no estoy con algo entre manos. Me quedaría muy triste.

El hombre que solo escribía en los aviones, Pedro Almodóvar. Reservoir Books, 2026

256 páginas. 20,90 euros. A la venta el 29 de octubre

sábado, 24 de octubre de 2026

Opinión de Cervantes sobre los moriscos

BERGANZA:

[...] Saliéndome de Granada, di en una huerta de un morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor, pareciéndome que no me querría para más de para guardarle la huerta: oficio, a mi cuenta, de menos trabajo que el de guardar ganado. Y, como no había allí altercar sobre tanto más cuanto al salario, fue cosa fácil hallar el morisco criado a quien mandar y yo amo a quien servir. Estuve con él más de un mes, no por el gusto de la vida que tenía, sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de todos cuantos moriscos viven en España.

¡Oh cuántas y cuáles cosas te pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no poderlas dar fin en dos semanas! Y si las hubiera de particularizar, no acabara en dos meses; mas, en efeto, habré de decir algo; y así, oye en general lo que yo vi y noté en particular desta buena gente.

Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente en la sagrada ley cristiana; todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle trabajan y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a escuridad eterna; de modo que, ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas; todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos y que cada día ganan y esconden, poco o mucho, y que una calentura lenta acaba la vida como la de un tabardillo; y, como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia lo muestra. Entre ellos no hay castidad, ni entran en religión ellos ni ellas: todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación. No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje; róbannos a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos. No tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra que la del robarnos. De los doce hijos de Jacob que he oído decir que entraron en Egipto, cuando los sacó Moisés de aquel cautiverio, salieron seiscientos mil varones, sin niños y mujeres. De aquí se podrá inferir lo que multiplicarán las déstos, que, sin comparación, son en mayor número.

CIPIÓN.-   Buscado se ha remedio para todos los daños que has apuntado y bosquejado en sombra: que bien sé que son más y mayores los que callas que los que cuentas, y hasta ahora no se ha dado con el que conviene; pero celadores prudentísimos tiene nuestra república que, considerando que España cría y tiene en su seno tantas víboras como moriscos, ayudados de Dios, hallarán a tanto daño cierta, presta y segura salida. Di adelante.

BERGANZA.-   Como mi amo era mezquino, como lo son todos los de su casta, sustentábame con pan de mijo y con algunas sobras de zahínas, común sustento suyo; pero esta miseria me ayudó a llevar el cielo por un modo tan estraño como el que ahora oirás.[...] (Cervantes, El coloquio de los perros)

Personas diana

 [Tomado de Vicente Garrido, Personas diana, 2026]

 Introducción. Ensanchar el ojo del huracán

Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto.

(Charles Dickens, Historia de dos ciudades)

El mundo con frecuencia es difícil de comprender y manejar. El mal es un hecho real y radical de la existencia, como lo pueda ser una mesa o una montaña, aunque a veces hay que saber mirar para descubrirlo. No me ocuparé aquí de su manifestación más estruendosa o atroz, la que se ejerce contra gran número de personas (o contra todo un pueblo o nación) por parte de responsables políticos —cuando el mal es tan ominoso que, en palabras del filósofo George Steiner, «derrota al lenguaje», es decir, ni siquiera puede ser descrito—; ni tampoco de la que se da en la vida civil por asesinos múltiples que matan a varias (o muchas) personas en una sola secuencia, o bien cometen homicidio de forma serial.

En cambio, sí atenderé a la maldad derivada de la violencia que ejerce el psicópata, el manipulador por excelencia, pues representa al ser humano más preparado para desplegarla en el ámbito de las relaciones interpersonales y familiares. Tomado en conjunto, en todo su proceder potencialmente violento, constituye sin duda una amenaza global, hasta tal punto que considero que hoy vivimos en la era de la psicopatía y, por ello, urge denunciar el mal y defender la vida entendida como un proyecto con un profundo significado humano y, por consiguiente, espiritual. La violencia de la que hablo en estas páginas en ocasiones será constitutiva de delito, pero con mucha frecuencia, debido a la dificultad de probarla en los tribunales, o porque adquiera la cobertura de un «mal cotidiano», quedará en manos de la persona que la sufre —a la que llamo «persona diana»— el protegerse frente a ella y dar una cumplida respuesta.

No puedo ahorrarte el dolor o el sufrimiento, y si pudiera, dudo de que fuera una acción inteligente. El mundo no es un lugar justo; ya tengas creencias religiosas o no, está claro que en la tierra que pisamos con frecuencia los malos son recompensados y los buenos escarnecidos. Los psicópatas son muy conscientes de esta realidad, solo que para ellos los «buenos» son los idiotas y los malos los «inteligentes», es decir, ellos mismos. Pero para los que aspiramos a ser personas decentes está claro que nuestro paso por la existencia no puede regirse por un mero cálculo utilitarista de quién obtiene bienes o privilegios. Si este fuera el caso, sería juicioso meterse en el crimen organizado o cometer delitos (con una buena cobertura ante la posible acción de la justicia). La persona con un criterio moral comprende que la principal satisfacción proviene de hacer las cosas adecuadas de forma correcta, porque es en el interior de nuestra conciencia respetada y en el efecto de nuestros actos en el cuidado de los otros donde encontramos nuestros momentos más felices. Así pues, frente a los reveses e injusticias de la vida, la mejor actitud para afrontarlos consiste en aceptar y abrazar en su plenitud el misterio de la existencia mientras luchamos por dar sentido a nuestro breve lapso de vida en un universo eterno e infinito.

La metáfora del ojo del huracán

En mi libro anterior, El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, presenté al filósofo Philip Hallie (fallecido en 1994), quien dedicó su vida a estudiar la violencia más cruel, fuertemente impactado por sus experiencias como artillero durante la Segunda Guerra Mundial. En sus investigaciones como profesor de Filosofía se obsesionó por poder comprender el extraordinario episodio sucedido en Le Chambon —un pequeño pueblo de Francia— en los años de la ocupación alemana, durante el cual toda la población contribuyó a salvar a 5 000 personas, la mayoría niños, de una segura deportación y muerte, aun a riesgo de sus propias vidas. ¿Qué sentido tenían acciones como estas en medio de una devastación global? Hallie opinaba que el Mal (en mayúsculas) solo podía ser contenido mediante una fuerza superior; a la violencia psicopática de los nazis únicamente cabía oponerle una violencia aún más letal para defender la vida de los inocentes. ¡Cinco mil vidas salvadas eran una gota de agua ante los millones de asesinados por los nazis! ¿Cómo podía servir una acción así, a pesar de su extraordinaria generosidad, para vencer al Mal?

Esta inquietud ante la cuestión de la utilidad de la bondad ante los malvados —más allá de la necesaria fuerza a utilizar para neutralizarlos— llenó las cavilaciones de Hallie a lo largo de varios años, hasta que llegó un momento de serendipia en que comprendió la enorme importancia de los gestos de bondad como el protagonizado por Le Chambon. El huracán Gloria atruena en el campo donde está su familia; se refugian en la cocina del hogar, en espera de escapar a la destrucción que reina en el exterior:

No se trataba de un mero sonido [...] era más bien un sentimiento masivo de un poder devastador tragándose el cuerpo y la mente de cualquiera [...]. Entonces, de modo súbito, vino la paz. Miré hacia arriba y el cielo estaba pálido, una palidez azulada que cubría toda la granja. Había pájaros volando plácidamente por ese cielo, e incluso las hojas de los árboles apenas se movían. ¡Estábamos en el ojo del huracán! Nosotros [...] nos mantuvimos unidos, cogiéndonos de las manos, pero ahora sentíamos una sorprendente calma. El terror de antes había dejado paso a una ternura que compartíamos los cuatro y parecía proyectarse hacia el mundo que estaba fuera de esa cocina. Fue en ese momento cuando comprendí el tipo de paz que había hallado en Le Chambon. La paz en ocasiones permanece como el ojo de un huracán en medio justo de toda la exhibición de poder. El poder indiferente y destructivo de la naturaleza o el que proviene de los seres humanos están siempre cerca; rodea la belleza azul de nuestra ternura y siempre amenaza con invadirla, como el viento del huracán rodea su propio ojo. En medio de los crímenes, en medio de la crueldad premeditada y el odio [...] hay un espacio para la paz y la ternura, en el mismo ojo del huracán.

Un propósito fundamental de este libro es destacar la necesidad de renovar nuestro compromiso con una conciencia moral en retroceso en el tiempo de los psicópatas en el que estamos inmersos; ese compromiso pasa necesariamente por adoptar como criterio fundamental de existencia en nuestra vida cotidiana expandir el ojo del huracán en el sentido descrito por Hallie. Hemos de ser capaces de contener la espiral psicopática que está tomando cada vez más fuerza, un huracán que se lleva a su paso nuestros valores más esenciales y nos condena a una vida espiritualmente miserable.

Mi creencia es que los principales responsables son psicópatas integrados o individuos con rasgos notables de psicopatía. Por «espiritualmente» entiendo nuestro sentido de trascendencia, que nos impulsa a otorgar un propósito a nuestra existencia más allá de satisfacer nuestras necesidades personales. (No hemos de confundirlo con el fanatismo religioso organizado, que puede llevar a tratos degradantes, a guerras o al terrorismo.) Hoy en día somos muchos los que pensamos que esa fuerza espiritual contiene las creencias y emociones más poderosas en el ser humano. En su interior se halla el impulso que nos lleva a perseverar frente a las dificultades de la vida y la maldad, las cuales pueden ser particularmente dolorosas o destructivas. Esa fuerza es la que expande el ojo del huracán: cuando la persona diana —que puede ser cualquiera de nosotros en esta era de la psicopatía— se rebela ante las maniobras del psicópata y se esfuerza por darle un sentido ético a su existencia, está combatiendo su fuerza destructiva ampliando la extensión de la concordia y el encuentro humano empático y profundo. A esa fuerza que expande el ojo del huracán la llamo la fuerza espiritual.

Las personas diana

La contención de la psicopatía ha de abordarse desde todos los planos de la convivencia y en cada ámbito social. En este libro voy a centrarme en lo más básico, porque es la primera etapa de un camino que, idealmente, debería alcanzar a todos los grupos, estratos e instituciones sociales: la convivencia con familiares y amigos. Pero conviene tener presente que todos los ciudadanos somos potenciales personas diana de sufrir la influencia del psicópata en nuestras vidas, ya sea de manera íntima (en las relaciones familiares y de amistad) o como miembros de una comunidad en la que estas personalidades puedan ostentar cargos de poder empresarial, institucional o de responsabilidad política.

Así pues, voy a ampliar y profundizar el capítulo que dediqué a este tipo de personalidad en el ámbito de la familia en mi libro El psicópata integrado. Para ello me serviré del detallado estudio que he llevado a cabo en mis archivos personales, nutridos por más de treinta años de análisis de casos. Lo que he hallado es, según mi criterio, muy valioso para quienes sufran o hayan sufrido una relación amorosa o de otro tipo en la interacción social con este grupo de personas, como vecinos o supuestos amigos, así como en el vínculo con padres u otros miembros de la familia.

A diferencia de la obra anterior, más orientada a perfilar la figura del psicópata integrado, la que tenemos ahora en nuestras manos pone el foco en las personas diana y en su empoderamiento mediante el aprendizaje de recursos que les permitan ensanchar el ojo del huracán que supuso su relación con el depredador, para así poder iniciar su curación espiritual.

Aunque todos somos susceptibles de convertirnos en una diana, en este texto nos ocuparemos sobre todo de aquellas personas que han mostrado ser supervivientes de estos individuos, es decir, cuando la persona y su depredador han establecido una relación significativa, más o menos intensa o prolongada, pero aquella ha logrado finalmente liberarse de su influencia. En cambio, reservaremos el término de víctima para subrayar el daño padecido por las acciones de estos. Por desgracia, si bien todos los afectados son —con diferente gravedad— víctimas, no todos llegan a ser supervivientes, porque no todos logran alejarse o descubren cómo hacerlo.

El concepto de «persona diana» es, no obstante, más amplio, pues abarca también a quienes evitan ser «captados» por un psicópata y rehúyen un contacto significativo, por lo que nunca llegan a ser una víctima.

Historias que alumbran el camino

Cuando acabé de revisar todos mis archivos comprendí, por una parte, que las personas diana que habían sobrevivido lo habían hecho con varios grados de éxito; en particular, algunas fueron más rápidas o precoces que otras. Me emocionó mucho pensar que estas últimas podían mostrar a quienes se enfrentan a los psicópatas cuáles son los pasos o medios más eficaces para neutralizar cuanto antes sus acciones destructivas. En sus testimonios hay una fuente de inspiración para quienes atraviesan una situación semejante; son historias de sufrimiento, sí, pero también de triunfo del espíritu.

Creo firmemente en el poder de los relatos como camino hacia la sanación, por lo que concibo necesario contar historias que pongan de manifiesto el mal como origen de esa violencia que busca apoderarse de la vida ajena. Hay que explicar ese modo de actuar; hay que conocerlo, hay que narrarlo. Los psicópatas se ocultan entre las sombras de la normalidad para acecharnos y, si nada los detiene, explotarnos de las diversas maneras que tienen a su alcance. Por esa misma razón, también es necesario contar los relatos que nos infunden esperanza y nos enseñan el camino para derrotarlos. En todos los casos veremos que, para contener y superar ese mal, las supervivientes lograron expandir el ojo de sus huracanes particulares.

Por otra parte, al revisar los estudios sobre las estrategias de confrontación ante personas malvadas o violentas, pude incluir estos hallazgos en marcos más generales de comportamiento. De este modo, lo que hicieron mis supervivientes más «rápidas» para enfrentarse al depredador en cuestión (y liberarse de él) podía fundamentarse en explicaciones sólidas y bien construidas. He comprendido que estas enseñanzas complementan de una manera natural el sistema de alerta y de lucha contra el psicópata que describí en mi libro anterior, un modelo que presento ahora renovado a la luz de estos descubrimientos.

La revolución de la conciencia

Pero no basta con la contención individual ni con la lucha personal contra el psicópata al que podamos enfrentarnos ocasionalmente; no basta, en suma, con una mera respuesta reactiva o defensiva. Como señaló Hallie, el poder negativo ha de ser vencido por un poder positivo aún mayor. Eso exige que las leyes, y quienes las crean y las aplican, se comprometan a impedir que los psicópatas dirijan instituciones, empresas o gobiernos, o que medren en su interior corrompiéndolos. Y en esta observancia han de estar prestos en castigar severamente sus actos de destrucción. Cada vez que una persona así se infiltra en la policía, en los tribunales de justicia, en los equipos médicos hospitalarios, en los departamentos de gestión de las empresas, en los órganos de gobierno de las distintas administraciones..., alimentamos la violencia del huracán, es decir, la maldad en nuestra sociedad.

También es necesaria, por tanto, una respuesta proactiva, incluso ofensiva. Y aquí se sitúa el principio esencial de esta obra, la máxima de expandir el ojo del huracán o, lo que es lo mismo, hemos de lograr que las personas, tanto individual como colectivamente, comprendan que cuanto mayor sea el espacio de paz y solidaridad dentro del furioso vendaval, menor será su capacidad de destrucción. En otras palabras, cuanto más fuerte sea nuestro espíritu, más débil será el psicópata. Esta revolución de la conciencia exige, entre otras medidas, abjurar del modelo tecnológico-consumista exacerbado como único criterio de felicidad, como veremos en el primer capítulo.

Todo ello implica un serio trabajo personal que también nos exige negociar con éxito nuestro lado oscuro, nuestra sombra, nuestros demonios interiores, porque solo así podremos desarrollar un proyecto vital con sentido o propósito. Del mismo modo, supone crear vínculos estrechos con personas honestas, contar al menos con alguien capaz de comprometerse con nuestro cuidado (a quien denomino «persona refugio»), porque el ser humano pudo evolucionar gracias a la solidaridad de la tribu primero, de la comunidad después, y finalmente de la relación amistosa entre diferentes pueblos o naciones.

Ideas en las que se fundamenta esta obra

Como expliqué en El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, este es el ser humano más peligroso que existe. La razón es que encabeza el pelotón de quienes hacen del mal su proyecto de vida; son individuos que no han establecido una conexión emocional profunda con los demás, no sienten culpa por sus fechorías y poseen habilidades para manipular y aparentar decencia.

Vivimos, como dijo el pensador Antonio Gramsci, en «el tiempo de los monstruos», una época en la que el mundo viejo ya ha perecido y el nuevo aún está por conformarse. Este tiempo es propicio para que el psicópata prospere, por las razones que se exponen en el punto siguiente y más ampliamente en el primer capítulo.

La realidad de nuestra convivencia ofrece un panorama desolador, donde la desinformación, la mentira, la manipulación y la falta de moral se erigen en criterios de comportamiento. Todo ello constituye una negación del progreso espiritual impulsado por el humanismo y por las disciplinas que conforman las humanidades. Aquí aparece una paradoja. Si bien es posible que el progreso tecnológico haya reducido en términos absolutos las tasas de mortalidad por enfermedades o miseria, lo cierto es que asistimos a una degradación espiritual paralela al abandono de esos ideales humanistas, la cual supone una grave amenaza, como lo prueban el incremento constante de los problemas mentales en las sociedades avanzadas; el auge de los modelos autoritarios que emplean el lenguaje del odio como forma principal de comunicación y recuperan la figura del chivo expiatorio para movilizar a las masas; la adopción universal y acrítica del éxito centrado en la riqueza y el poder sobre los demás, con la consiguiente alienación existencial; y el retorno de la guerra como expresión de la diplomacia.

Por todo ello, estamos convocados al esfuerzo conjunto de volver a poner en valor los ideales del humanismo ilustrado que han iluminado nuestro progreso durante siglos —incluido el progreso científico derivado de ellos—, cuya idea fundamental es simple: todos los seres humanos, aunque diferentes en muchos sentidos, compartimos una misma esencia o naturaleza. Su ideario educativo contempla el desarrollo del pensamiento profundo o crítico, el cultivo de la imaginación y la creatividad, y el deseo de alcanzar la armonía entre el interés individual y colectivo.

Ese desarrollo humanista, tal y como se ha ido plasmando en la ciencia y las artes —el pensamiento en suma—, se concreta en la mejora espiritual de la persona y es fundamental, en palabras de Javier Gomá, «en la educación sentimental del ciudadano, sobre la que pende el edificio completo de la civilización». La dimensión espiritual del ser humano es la que contempla la idea de la trascendencia, del sentido o propósito de nuestra vida. Algunos de los interrogantes que la impulsan y moldean son: ¿qué quiero hacer de mi vida?, ¿qué legado quiero dejar tras mi breve existencia? Para desarrollar de manera plena ese proyecto de vida son necesarios valores humanistas como la justicia, la prudencia, la responsabilidad, el coraje, la libertad, el amor. Esos valores nos impulsan a actuar porque están anclados a nuestros sentimientos: siento indignación y por eso actúo contra la injusticia; siento compasión y busco ayudar a quien sufre; me siento orgulloso de mi esfuerzo y por eso persevero en mi empeño; estoy triste y busco consuelo en mis amigos. La fuerza espiritual se fundamenta en las emociones adecuadas, que nos llevan a dejar nuestra huella en el mundo mediante una inteligencia cultivada por ideales o valores morales, los cuales nos exigen responsabilidad con el modo en que gestionamos nuestra vida. Sin embargo, durante este periodo histórico de triunfo del humanismo que alcanza hasta comienzos del siglo xxi, cometimos un error muy grave, el error fundamental del pensamiento humanista: aunque el progreso del ser humano mediante el cultivo de ese ideal es imprescindible para mejorar nuestra vida en cuanto especie necesitada de la comunión de intereses y esfuerzos, por sí solo no es suficiente para combatir a quienes, por una razón u otra, eligen hacer de la maldad su proyecto vital, incluso cuando han recibido formación cultural. [...]

[Para ampliar: Entrevista con Vicente Garrido sobre este libro]

Orígenes judaicos de la nobleza española

 I 

 ‘El gran secreto’, la sangre ‘impura’ de la nobleza española, en El País, por Lola Galán, 23 oct 2026.

El historiador Enrique Soria Mesa afirma que los linajes reales españoles compartían el mismo “pecado capital”: tenían origen judío

La paradoja es notable. Despreciados por el pueblo, vigilados por la Inquisición y sometidos a las exigencias de una sociedad obsesionada por la limpieza de sangre, los judeoconversos lograron pese a todo alcanzar enorme poder en la España de los siglos XVI al XVIII, emparentando además con la nobleza. Durante generaciones se vieron obligados a afrontar condenas, sospechas y oprobios, pero las necesidades del imperio, tanto financieras como de servidores competentes, acabaron por encumbrarlos. La monarquía hispánica alentó esa integración convirtiendo a la sociedad española, contra lo que se cree, en una de las más dinámicas de Europa. Este es en parte El gran secreto al que alude desde su título el libro del historiador Enrique Soria Mesa, que destapa también otra realidad escondida: la del origen judío de lo más granado de la nobleza española.

Para empezar, este catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba y del Laboratorio de Estudios Judeoconversos afirma (pese a la imposibilidad de una demostración exhaustiva) que los linajes reales fundamentales compartían, por decirlo así, el mismo “pecado capital”, es decir, tenían sangre judía. Es el caso nada menos que de Fernando el Católico, un Enríquez por parte de madre, linaje creado en la Edad Media al adoptar ese apellido un sobrino del rey Enrique II de Castilla (hermanastro del depuesto Pedro I el Cruel) en honor a su tío. Este sobrino en cuestión, Alonso Enríquez, nació de la relación de su padre, Don Fadrique, con una judía llamada Paloma. Los Enríquez tuvieron una amplia descendencia y acabaron emparentando con lo más granado de la nobleza española. También hay mezcla de sangre judía en los Castilla. El vínculo parte del nieto bastardo de Pedro I el Cruel, llamado Pedro de Castilla. Aunque destinado al clero, fue padre de varios hijos ilegítimos, dos de ellos habidos de una amante judía llamada Isabel Drochelin. Lo mismo encontramos en la Casa de Aragón. En este caso, es un hijo ilegítimo del rey Juan II (padre de Fernando el Católico) llamado Alonso, que sería nombrado maestre de la Orden de Calatrava, quien introduce la mezcla al tener varios hijos con una joven judía llamada Estenga Conejo. En cuanto a la nobleza inferior, el libro dedica un apéndice de 15 páginas a enumerar uno a uno los centenares de títulos otorgados a cristianos nuevos.

A finales del siglo XVII, la nobleza estaba masivamente integrada por descendientes de judeoconversos

El gran secreto tiene notable interés también como fresco social de la España de ese “largo Siglo de Oro”, como lo denomina el autor, que recoge coplillas, dichos y costumbres que nos dan una idea de las dificultades a que se enfrentaban los judeoconversos por importantes que fueran. Desde danzas burlescas como las llamadas judiadas hasta insultos en público, que podían obligar al que los recibía a interponer pleitos por injurias. En estos casos, una sentencia favorable, cosa nada infrecuente, servía para establecer por vía judicial la limpieza de sangre del ofendido. Algo fundamental, porque estos señores de nobleza adquirida gracias a matrimonios de conveniencia, y apuntalada a veces con cambios de apellidos y genealogías falsas, ansiaban vestir los hábitos de las órdenes militares, o formar parte del corpus rector de las catedrales y hasta del Tribunal del Santo Oficio. Y lo consiguieron. A finales del siglo XVII, la institución estaba masivamente integrada por descendientes de judeoconversos. Para entonces, claro está, españoles católicos sin más.

El gran secreto, Enrique Soria Mesa. Ático de los Libros, 2026. 600 páginas. 31,95 euros.

 II

 La sangre judía de la nobleza española, en La Razón, por Jorge Vilches , 26.09.2026:

Tras más de treinta años entre archivos, Enrique Soria Mesa deshace el mito de la pureza genética de la aristocracia sacando a la luz y analizando una paradoja

Existe una imagen muy arraigada de una España del Antiguo Régimen como una sociedad dominada por una aristocracia cristiana vieja que marcó la identidad de nuestro país. Sin embargo, Enrique Soria Mesa, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba, la desmonta en su obra «El gran secreto. El origen judío de la nobleza española» (Ático de los Libros, 2026). Fruto de más de tres décadas de trabajo en archivos, el autor deshace el mito de la pureza de sangre para sacar a la luz una paradoja. La misma monarquía cristiana que decretó la expulsión de los judíos en 1492 estuvo, en realidad, gobernada y financiada por familias de ascendencia judeoconversa. Lejos de tratarse de un fenómeno secundario, la integración de los cristianos nuevos en la nobleza fue determinante para la conformación del propio Estado moderno.

El análisis de Soria Mesa comienza en la mismísima cúspide del poder: Fernando II de Aragón, el rey Católico. A través de su madre, la reina Juana Enríquez, el monarca descendía directamente de Paloma, una mujer judía que mantuvo relaciones con el maestre de Santiago, Fadrique de Castilla, fruto de las cuales nació Alonso Enríquez, primer almirante de Castilla. Lejos de ser un secreto en la época, la condición conversa de los Enríquez era una realidad expuesta abiertamente en la literatura satírica, en tratados como las «Instrucciones del Relator», de Fernán Díaz de Toledo, de 1449. De la estirpe de los Enríquez derivaron ramas de la grandeza de España, como los duques de Alba, Alcalá y Medina Sidonia.

En la alta nobleza, la nómina de linajes con varonía hebraica o con un denso entramado de alianzas conversas resulta abrumadora, como los duques de Escalona, los condes de Puñonrostro o los marqueses de la Mota. Es curioso, por ejemplo, que los condes de Cartagena derivaran de la conversión en 1390 del rabino mayor Salomón ha-Leví, transformado en el obispo Pablo de Santa María.

Ante este panorama, Soria Mesa se pregunta cómo un sistema obsesionado con la pureza sanguínea tuvo una penetración de conversos tan profunda en sus altas esferas. El autor responde que la construcción del Estado moderno bajo los Reyes Católicos y los Austrias requirió financiación para sostener la maquinaria bélica, así como un ejército de letrados, burócratas y administradores para gobernar un imperio global. La élite judeoconversa proporcionaba todo esto. Frente a la razón de Estado, los reyes olvidaron el dogma.

A esto se unieron las alianzas matrimoniales estratégicas, que Soria Mesa analiza en su obra. Por un lado, dice, las familias conversas adineradas buscaban protección y respetabilidad entregando a sus hijas y sobrinas a hidalgos o segundones de la aristocracia necesitados de liquidez. Por otro lado, los nobles arruinados acudían presurosos a reparar sus patrimonios aceptando dotes astronómicas que venían acompañadas de ascendencia hebraica.

Con las Leyes de Toro de 1505, los conversos enriquecidos en el comercio, el arrendamiento de rentas reales y la usura vincularon masivamente sus caudales en mayorazgos. Luego, aprovechando las continuas estrecheces financieras de la Hacienda de los Austrias durante los siglos XVI y XVII, compraron villas y señoríos jurisdiccionales, adquiriendo los símbolos exteriores de la dignidad aristocrática. De forma paralela, las familias conversas protagonizaron un asalto masivo a los cabildos municipales de las principales ciudades del reino, comprando e institucionalizando oficios de regidores, veinticuatros -como concejales- y jurados en Toledo, Sevilla, Córdoba, Granada, Burgos y Cuenca. De igual modo, poblaron las dignidades de los cabildos catedralicios y alcanzaron el episcopado mediante la promoción regia, garantizando rentas cuantiosas y poder social para sus linajes.

Otro pilar de la asimilación nobiliaria residió en la obtención de ejecutorias de hidalguía en los tribunales regios de las Reales Chancillerías de Valladolid y Granada, así como en la consecución de hábitos en las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa. Aunque las órdenes de caballería instauraron estatutos de limpieza de sangre severos, la penetración de caballeros de origen hebraico fue masiva. Los datos presentados por Soria Mesa sobre los caballeros de la Orden de Santiago en Granada son reveladores: durante el reinado de Felipe IV, de 35 mercedes concedidas, 28 fueron a judeoconversos, un 80% del total en una institución que exigía una pureza de sangre impecable.

El servicio a la administración civil y al Ejército permitió la promoción social de muchos. Casi la totalidad de los grandes secretarios y contadores mayores de los Reyes Católicos y de los primeros Austrias provenían de familias conversas. Figuras clave de la administración imperial como Miguel Pérez de Almazán o Pedro de Quintana, vieron cómo la Corona protegía sus patrimonios incluso tras tropiezos de sus parientes con la Inquisición. En el ámbito militar, mandos de los Tercios de Flandes de la talla de Sancho Dávila, conocido como «el Rayo de la Guerra» y los descendientes de Hernán Pérez del Pulgar fueron de origen judío.

Para lograr la supervivencia en una sociedad jurídicamente discriminatoria era imprescindible fabricar una memoria genealógica conveniente. Soria Mesa cuenta que entre estas estrategias destaca la usurpación masiva de apellidos ilustres, como Mendoza, Córdoba, Guzmán, Toledo o Enríquez, adoptando los denominativos de los padrinos de bautismo de sus antepasados o de las grandes casas señoriales a las que servían. En el caso del linaje Enríquez, los genealogistas llegaron al extremo de inventar madres ficticias o amas de cría para ocultar a la judía Paloma y atribuir a don Alonso Enríquez una cuna real o francesa.

Junto a la usurpación de apellidos, las familias de cristianos nuevos recurrieron a fingir que descendían de los guerreros visigodos de la Reconquista. Para ello contrataron a profesionales que confeccionaban árboles genealógicos apócrifos, mientras se sobornaba a párrocos, notarios y jurados para arrancar, coser o alterar partidas sacramentales y padrones. La pragmática de 1623, ideada para agilizar las probanzas exigiendo tres actos de nobleza en los antepasados inmediatos, fue aprovechada por los conversos para acelerar el reconocimiento.

La legitimación social se completaba con la arquitectura. La edificación de palacetes adornados con blasones ficticios y la fundación de suntuosas capillas funerarias en iglesias y monasterios, como la célebre capilla de los Benavente en Medina de Rioseco, funcionaron como eficaces instrumentos de persuasión visual. Ante la opinión pública, quien era enterrado en tumbas de mármol decoradas con escudos heráldicos quedaba consagrado como un noble de limpia estirpe, difuminando el recuerdo del antepasado vulgar.

Como era de esperar en una sociedad conflictiva, este proceso acelerado de ascenso y ocultación generó golfos. Brotó la figura de los linajudos, chantajistas y genealogistas aficionados que memorizaban o registraban los sambenitos colgados en las iglesias para extorsionar a los nobles amenazándolos con revelar su filiación hebraica ante el Santo Oficio. Además, circularon libelos de difamación genealógica, entre los que destaca «El tizón de la nobleza española», redactado en 1560 por el cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla para demostrar que casi toda la aristocracia castellana estaba «contaminada» de sangre judía, así como el «Libro verde de Aragón» en el ámbito levantino.

A pesar de la dureza de los estatutos de limpieza de sangre y de la presión social, la clave de la asimilación conversa fue la complicidad de la Corona y del propio tribunal de la Inquisición. Los decretos reales acordados a lo largo del siglo XVII ordenaban a los tribunales inquisitoriales no aportar datos documentales si las probanzas orales del candidato resultaban favorables o si habían transcurrido más de cien años. Los reyes y los validos cortesanos, como los duques de Lerma y Olivares, priorizaron de forma sistemática la estabilidad política, el cobro de venias financieras y la fidelidad de sus servidores sobre el rigor de la pureza de sangre. En suma: la obra de Soria Mesa demuestra que, si bien los judíos conversos obtuvieron un ascenso social por las necesidades del Imperio, su labor coadyuvó a la grande de España durante su época de esplendor.

Lo mejor: El rigor documental con el que desmonta el mito de la aristocracia de sangre pura.

Lo peor: La cantidad de nombres, cargos y fechas que ralentizan el ritmo narrativo, aunque sea necesario.

 III

 [Resúmenes promocionales]

 La sangre judía de los nobles españoles

Durante siglos, la sociedad española se construyó sobre una ficción: la de la pureza de sangre. Mientras la Inquisición perseguía a los descendientes de judíos y los estatutos de limpieza de sangre condicionaban su acceso al poder, muchas de las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica ocultaban precisamente aquellos orígenes que despreciaban. En El gran secreto, Enrique Soria Mesa desvela los orígenes ocultos de las familias más poderosas de España.

A partir de una investigación monumental en archivos, genealogías y pleitos de nobleza, Soria Mesa reconstruye la trayectoria de linajes que ascendieron desde la condición conversa hasta ocupar la cúspide de la sociedad. Desde Fernando el Católico hasta los duques de Alba; desde las grandes familias de la antigua nobleza hasta los cargos más altos de la administración, la Iglesia y la propia Inquisición; desde las estrategias matrimoniales y los cambios de apellido hasta las complejas redes familiares que conectaban a la élite del Imperio, emerge un mundo de ascensos sociales, identidades ocultas y sorprendentes contradicciones.

El gran secreto es una obra fundamental para comprender la verdadera historia de la nobleza española y los orígenes de las élites que gobernaron la Monarquía Hispánica.

Críticas

«Cambiará para siempre nuestra comprensión de la nobleza española y de la propia España.» Gaetano Sabatini, Universidad Roma Tre

«Un libro que sacude sin concesiones las ideas preconcebidas y obliga a replantearse muchas de nuestras certezas.» Béatrice Perez, Universidad de La Sorbona

«La más novedosa representación de la sociedad española de la Edad Moderna.» Fabrizio D'Avenia, Universidad de Palermo

«Profundamente documentado y muy innovador en sus planteamientos.» Ofelia Rey Castelao, Universidad de Santiago de Compostela

«Una síntesis brillante y sólidamente documentada acerca de la limpieza de sangre que invita a reflexionar sobre los discursos y las prácticas de odio en el mundo contemporáneo.» Fernanda Olival, Universidad de Évora

Biografía del autor

Enrique Soria Mesa es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba y director del departamento de Historia, así como del Laboratorio de Estudios Judeoconversos. Autor de más de doscientas publicaciones, destacan entre ellas libros como El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una élite de poder; El origen judío de Góngora; Los últimos moriscos; Señores y oligarcas; La venta de señoríos en el Reino de Granada bajo los Austrias; La nobleza en la España Moderna o La realidad tras el espejo; Ascenso social y limpieza de sangre en la España de Felipe II. Dirige, junto con Gonzalo Herreros, el pódcast Historia y Genealogía y es el creador del canal de YouTube Genealogías Increíbles.

 IV

 El gran secreto de Enrique Soria Mesa, Ático de los libros, septiembre 2026

El gran secreto, de Enrique Soria Mesa. La sangre judía de los nobles españoles

El gran secreto, de Enrique Soria Mesa, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba, es una obra revolucionaria y seminal sobre los orígenes de la nobleza española, fruto de décadas de investigación en archivos de toda nuestra geografía.

El gran secreto es un ensayo revelador que demuestra que la nobleza española y las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica tienen un profundo origen judeoconverso, a partir de una investigación exhaustiva sobre fuentes primarias, pleitos de hidalguía, expedientes inquisitoriales y archivos de toda España. El autor desmonta de forma tajante el mito de una sociedad estática y homogénea formada por «cristianos viejos» en la Edad Moderna temprana, pues la nobleza española se configuró con un notable grado de mestizaje y movilidad social. La herencia judoconversa alcanzó a la propia dinastía real con Fernando el Católico, a los Almirantes de Castilla (los Enríquez), a la Casa de Alba (Álvarez de Toledo) y a familias nobles como Arias Dávila o Ahumada.

El libro detalla los mecanismos utilizados por las familias conversas para integrarse y construir una memoria aristocrática limpia: estrategias matrimoniales; cambio de apellidos y falsificación documental; desaparición de infamias, con sobornos a párrocos o robos para retirar los sambenitos que la Inquisición colgaba en las iglesias; falsas raíces hidalgas; y pleitos por injurias, demandar a quien los llamaran «judíos» para obtener sentencias que los ratificaran oficialmente como cristianos viejos. Ante las necesidades financieras para sostener el Imperio, la monarquía recurrió al capital comercial y a la liquidez de conversos acaudalados. A cambio de préstamos y servicios administrativos, la Corona les facilitó el acceso a cargos públicos, compras de señoríos y la concesión de más de doscientos cincuenta títulos nobiliarios.

Para alejar sospechas, muchos conversos exhibían un estilo de vida ostentoso, financiaban capillas e incluso se convertían en los más fervientes defensores de la limpieza de sangre, atacando públicamente a su propia comunidad de origen. Figuras clave e Inquisidores Generales como Tomás de Torquemada o Fray Diego de Deza tenían ascendencia conversa y vieron en el tribunal una vía para protegerse. Las leyes de limpieza de sangre fracasaron en la práctica debido al soborno, la corrupción y el favor político, convirtiendo un sistema represivo en una estructura permeable que terminó facilitando el ascenso de los conversos.

 V

 Actualidad Universitaria, Universidad de Córdoba, 7 Octubre 2026:

Tras décadas de investigación, el catedrático de Historia Moderna desvela los orígenes judeoconversos de las élites que gobernaron la Monarquía Hispánica. La obra aborda distintos casos que abarcan desde el reinado de Fernando el Católico a los duques de Alba o, en clave local, el linaje de los Fernández de Córdoba.

Durante siglos, la sociedad española se construyó sobre una ficción: la de la pureza de sangre. Mientras la Inquisición perseguía a los descendientes de judíos y los estatutos de limpieza condicionaban su acceso al poder, muchas de las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica ocultaban precisamente aquellos orígenes que despreciaban. Bajo esta premisa arranca la obra “El Gran Secreto: el origen judío de la nobleza española”, un ensayo publicado por el Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba Enrique Soria en el que el mito de la pureza de sangre de la aristocracia española se resquebraja por completo.

La obra, publicada por la editorial Ático de los Libros y presentada esta tarde en la librería Luque por su autor, en conversación con el historiador Ángel María Ruiz, cuestiona así uno de los pilares ideológicos de aquella sociedad y revisa la imagen arraigada por aquel entonces de una España dominada por cristianos viejos.

A partir de décadas de investigación en archivos, genealogías y pleitos de nobleza, el catedrático reconstruye la trayectoria de linajes que ascendieron desde la condición conversa hasta ocupar la cima de la sociedad. Desde Fernando el Católico hasta los duques de Alba. Así, desde las grandes familias de la antigua nobleza hasta los cargos más altos de la administración, la Iglesia y la propia Inquisición; desde las estrategias matrimoniales y los cambios de apellido hasta las complejas redes familiares que conectaban a la élite del Imperio, emerge un mundo de ascensos sociales, identidades ocultas y sorprendentes contradicciones.

En clave local, el libro también recorre el linaje más conocido de la provincia: los Fernández de Córdoba, y aborda algunos de los casamientos de varones de esta familia con ricas herederas judeoconversas. Tal y como solía ocurrir en buena parte de las familias nobles de la época, los judeoconversos adinerados buscaban reconocimiento social casando a sus hijas y sobrinas con segundones de la aristocracia, quienes a su vez encontraban en estas uniones una vía para sanear sus haciendas.