I
Manuel Azaña, sus años de estudiante en 'El jardín de los frailes' agustinos de El Escorial que acabaron en Paracuellos, en El Mundo, por Fernando Palmero, 31/10/2026:
El programa aplicado por Manuel Azaña durante su actuación al frente de la Segunda República se fijó en los años en los que estudió con los padres agustinos en El Escorial, de donde salió anticlerical y antiespañol, según afirma José María Marco en su nueva edición de 'El jardín de los frailes'.
Como todos los debates que tuvieron lugar durante el otoño de 1931 en unas Cortes de las que saldría la primera (y única) Constitución republicana de la Historia de España, el de aquel 13 de octubre sería de los más acalorados. Se discutía el artículo 24 del texto constitucional (que luego sería el 26) y para defender la expulsión de los jesuitas del país y la prohibición de enseñar a las congregaciones religiosas, el entonces ministro de la Guerra y líder de Izquierda Republicana, Manuel Azaña, pronunció una frase que, después de la oleada anticlerical que había acabado con la quema de conventos en los primeros días de mayo, era toda una declaración programática en la que se jugaba la defensa de la República: "España ha dejado de ser católica".
Es cierto que el nuevo régimen llevaba apenas unos meses en pie, pero Azaña ya "asumió y promovió la defensa de la República en primera persona, con su experiencia vivida (o inventada, podemos añadir nosotros) en El Escorial", explica el especialista José María Marco. Aquel discurso fue acaso el más meditado que pronunció durante el proceso constituyente, porque sabía que sería el más importante de su vida. En lo personal, como en lo político.
Los 484 muertos de los meses más sangrientos de la Segunda República: "La izquierda llamaba fascistas a quienes sólo trataban de cumplir la ley"
La sentencia remitía a otra del filósofo Ernest Renan: "Los que salen del santuario son más certeros en sus golpes que los que nunca han entrado en él", frase, subraya Marco, "que sólo puede tener un sentido: el de una amenaza. Muy probablemente, Azaña la leyó, citada por el cardenal Dupanloup, en El Escorial. La confesión se había convertido en un desafío".
Y es que, el Azaña que terminaría transmutándose en símbolo por excelencia de la República, era fruto de la educación sentimental y de las diversas crisis de identidad que sufrió durante su paso por el Colegio de Estudios Superiores de María Cristina, una institución universitaria regentada por los agustinos y destinada a educar a la élite de la Monarquía constitucional de tiempos de Alfonso XIII. Azaña permaneció allí entre 1893 y 1897 estudiando la carrera de Derecho (que terminaría luego en Zaragoza) y sobre su experiencia intelectual y vital publicaría en 1927 un libro de recuerdos y reflexiones que titularía El jardín de los frailes, en referencia al jardín que se extiende al pie de la fachada sur del Monasterio.
José María Marco, que comisarió a principios de los años 90 del siglo pasado una gran exposición retrospectiva sobre la figura del intelectual y político republicano y le ha dedicado cuatro grandes obras históricas y ensayísticas, acaba de publicar en la editorial de la Fundación Universitaria Española (FUE) la más completa edición comentada y anotada sobre una obra que sitúa a la altura de las de Unamuno, Ortega, Ganivet, Gabriel Miró o Pérez de Ayala.
Tres crisis de identidad
Azaña, nacido en 1880 en una familia de clase media acomodada de Alcalá de Henares, decide conscientemente estudiar en un centro extremadamente elitista, religioso y conservador del que necesariamente saldría convertido en un hombre de Estado. Y cuando lo hace, ha pasado ya por una crisis religiosa que su convivencia con los padres agustinos no hará sino intensificar hasta el punto de hacerle perder definitivamente la fe.
Pero esa fue la primera de las grietas que sufre el joven Azaña en su identidad en formación. La segunda atañe a su concepto de lo nacional, ya que empieza a forjarse una idea de España y de ser español distinta a la ortodoxa, católica e imperial que se le ha inculcado en el colegio. Finalmente, con su actitud de rebeldía, que le lleva a abandonar el centro universitario antes de terminar sus estudios, el autor decide iniciar un proceso de desclasamiento al renunciar a ese futuro entre la clase dirigente que le estaba reservado. El autor de la obra, un trasunto del propio Azaña, acaba su experiencia en El Escorial instalado en un incierto nihilismo.
Pero El jardín de los frailes indica, según Marco, que todo lo que el autor ha dejado atrás no ha sido sustituido por nada. "Dios está ausente, pero no ha sido reemplazado; no sabemos qué ha ocupado el lugar de la falsa conciencia españolista, y el protagonista se limita a afirmar, al final, su condición de desclasado diletante. En realidad, el protagonista de El jardín de los frailes, y con él Azaña, se asoman a un mundo nuevo, para el que carecen de medios expresivos, como no sea el silencio. Si la obra no habla sólo de la crisis de fin de siglo, con sus enfrentamientos entre curas y republicanos clerófobos, es porque abre la puerta a un conflicto distinto. Y lo que está en conflicto aquí no es ya la separación de la Iglesia y el Estado, o la educación religiosa, o la supervivencia de las congregaciones, motivos todos del anticlericalismo decimonónico, sino algo que este no imaginaba, como es la llegada forzosamente violenta -pero ahora de una violencia masiva, inconcebible- de un mundo en el que Dios no existe o, más exactamente, del que Dios ha de ser evacuado. Sabemos el cariz que tomará este enfrentamiento durante la República y luego en la Guerra Civil".
Efectivamente, tras el golpe de Estado del 18 de julio, los primeros meses en la zona leal a la República estuvieron caracterizados por lo que muchos autores han denominado el Terror rojo. No sólo por el encarcelamiento de "desafectos al régimen" en las chekas (o cárceles del pueblo) organizadas por los partidos y sindicatos comunistas, socialistas y anarquistas, sino por el asesinato masivo y planificado de al menos 2.500 personas en Aravaca, Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, llevado a cabo desde finales del mes de octubre de 1936 (hace ahora 90 años) hasta principios del mes de diciembre. Sacados de las cárceles donde previamente habían sido conducidos sin juicio previo, fueron fusilados y enterrados en fosas comunes. Debido a que la República había adquirido desde su comienzo un carácter anticlerical y antirreligioso, entre los asesinados en aquellas jornadas se encontraban miles de religiosos y religiosas, entre los que estaban muchos de los padres agustinos con los que Azaña, para entonces ya presidente de la República, había coincidido en El Escorial.
Cuando entre los días 10 y 13 de mayo de 1931 comenzaron a arder iglesias, conventos y centros religiosos, Azaña, entonces ministro de la Guerra, vetó el uso de la Guardia Civil para evitar las destrucciones. Fue su primera decisión para que España dejara "de ser católica". Luego, la expulsión de los jesuitas, la prohibición a las congregaciones de dedicarse a la enseñanza y la incautación de sus centros, entre ellos los de El Escorial. De esta forma, los 106 padres agustinos fueron trasladados a la cárcel de San Antón, y el 28 de noviembre de 1931, 12 de ellos fueron fusilados en Paracuellos del Jarama. "Al día siguiente", termina Marco, "salieron otros 51. Fueron por tanto 63 los agustinos de El Escorial asesinados en las matanzas de la localidad madrileña, organizada por los socialistas y comunistas con Santiago Carrillo al frente. De estos hechos no queda ningún rastro en los papeles de Azaña". Lo que sí cuenta en sus 'Memorias' el ex presidente de la República es la visita que uno de los supervivientes le hizo en Valencia en 1937. "Adoptó una actitud distanciada", explica Marco, "carente de cualquier compasión ante los hechos que el P. Isidoro le debió contar. En el texto van aludidos con un eufemismo siniestro: 'han perecido'. Y como Azaña no está dispuesto a que la realidad varíe su proyecto ideológico y artístico, acaba aleccionando al P. Isidoro y le achaca la responsabilidad de lo ocurrido". Le dijo: "Sus amigos fervorosos, los apasionados de la religión y del orden, son los causantes, no sólo de la desventura personal de usted y de sus compañeros, sino de las instituciones a que pertenecen".
La escritura y publicación de El jardín de los frailes tuvo otro protagonista ineludible: Cipriano de Rivas Cherif (1891-1967), dramaturgo, poeta, crítico, periodista, amigo íntimo de Azaña y su cuñado desde que en 1929 se casara con su hermana, Dolores de Rivas Cherif, casi 25 años más joven que él y con la que nunca tuvo hijos. Fue Cipriano el que le animó a escribir sus recuerdos de El Escorial, que comenzó a publicar por entregas en La Pluma, la revista que fundaron juntos en 1920, y cuya finalización, mientras el director de teatro se encontraba de gira con la compañía de Margarita Xirgu, supuso la superación de una crisis honda y dolorosa en su amistad. "Lo que me desconsuela", escribió Azaña a su amigo, "es que el separarnos manifiesta un fracaso mío, principalmente y de los dos, en cuanto ninguna de las cosas que hemos soñado y proyectado ha venido a cumplirse. Además -aquí entra mi egoísmo- tú eras lo que me quedaba de la juventud". La posible relación homosexual entre los dos fue uno de los instrumentos de ataque que se utilizaron para desacreditar al entonces ministro de la Guerra y su polémica reforma del Ejército.
En este sentido, El jardín de los frailes es, también, fruto de la historia de una profunda amistad entre dos hombres. Por eso, resulta cuanto menos inquietante cuando, en el último capítulo del libro, Azaña confiesa a uno de los frailes con los que coincide después de mucho tiempo, que de aquellos años le quedaba "un sabor de ceniza". Para José María Marco, esa expresión, que aparece en La Ciudad de Dios de San Agustín, en referencia al sabor de los frutos que por castigo divino se producían en la ciudad de Sodoma, y que utilizan también André Gide y Marcel Proust, es una clara alusión a la homosexualidad.
No existen en sus escritos evidencias de sus preferencias sexuales, aunque en su novela 'Fresdeval' y algunos escritos sobre 'Hipólito', que no llegó a publicar en vida, aparecen escenas y conversaciones homoeróticas entre los personajes. En el pasaje de El jardín de los frailes, concluye Marco, "Azaña seguiría, a su manera, nunca sencilla, la famosa recomendación de Proust, según la cual se puede contar todo, pero a condición de no decir nunca Yo. Hasta qué punto Azaña se retrata en el protagonista de su ensayo autobiográfico es algo que queda para el lector avispado".
El jardín de los frailes, Manuel Azaña. Estudio y edición a cargo de José María Marco. 480 páginas. Editorial: Fundación Universitaria Española, 2026.
II
Manuel Azaña, el malditismo del antimoderno que abrazó la República, en El Mundo por Iñaki Ellacuría, 22 noviembre 2021:
El último libro de José María Marco, 'Azaña, el mito sin máscaras', descubre la influencia de los reaccionarios franceses en el político republicano
El mito de Manuel Azaña como punto de encuentro entre las «dos Españas» y referencia de la actual democracia, una lectura generosa y abierta a los matices sobre el papel del presidente de la Segunda República que es más bien tardía, cobra fuerza en los 90 por la necesidad de PSOE y PP de actualizar sus referentes históricos y reaparece periódicamente ahora en el debate público. Constatando la primacía de la leyenda del personaje sobre una biografía repleta de claroscuros y a la que no dejan de añadirse libros.
Entre los más recientes, una pieza nuclear para la construcción de la leyenda, la reedición de Retrato de un desconocido. Vida de Manuel Azaña (Reino de Cordelia), que escribió Cipriano de Rivas Cherif, cuñado del republicano, amigo íntimo, confidente. Una biografía que arranca con un prólogo de José Luis Rodríguez Zapatero en el que sostiene que «más de siete décadas después de que se vislumbrara el corazón de una democracia social como esa, que hoy nos sigue pareciendo perfectamente reconocible, los ecos de esos anhelos y de esas frustraciones, unos y otras, llegan también hasta nosotros». El otro libro llegado a las librerías, Azaña, el mito sin máscaras (Encuentro), del ensayista José María Marco, rechaza que el presidente de la Segunda República pueda aún ser considerado un hombre cercano al liberalismo y principal referente de nuestra actual Monarquía parlamentaria.
Es la «pulsión revolucionaria» del ex presidente lo que, para Marco, le inhabilita como símbolo y mito. «Azaña se ha convertido en una referencia mitológica única, en la que se vuelca la necesidad de relacionar la democracia actual con la Segunda República, y eso da pie a una reflexión equivocada y sesgada acerca de lo que es la democracia española. Una monarquía parlamentaria no puede tener como referencia a un dirigente republicano que excluyó con sus políticas a más de la mitad de los españoles», subraya.
Autor de otros estudios sobre Azaña como La inteligencia republicana, La creación de sí mismo y El fondo de la nada, Marco sostiene que durante su mandato la República prevalece sobre la democracia. Un republicanismo de autor y a la medida. «Azaña tiene la voluntad de hacer una España nueva, de fundarla, su proyecto fue el de la republicanización de todos los estamentos, como el ejército, y un intento de secularización de la sociedad española que pasa por la supresión de la libertad de enseñanza y asfixiar económicamente a las órdenes religiosas».
La gran novedad que aporta la última investigación de Marco es el perfil de Azaña como un antimoderno, un nihilista imbuido del espíritu del 98 que encuentra en el republicanismo «una tabla de salvación». Más que un político vocacional, un proyecto de artista sin imaginación que a los 23 años abandona su carrera profesional en un importante despacho de abogados de Madrid para instalarse en la casa familiar de Alcalá de Henares y escribir una novela que quedará inconclusa, La vocación de jerónimo. «Es un texto típico de la época, muy influenciado por la literatura francesa y con el que Azaña busca una autenticidad que no encontraba en su etapa madrileña. Quiere ser un artista, no solo un buen escritor, que sin duda es, quiere ser un artista porque este es el único que tiene la capacidad para comunicarse con la esencia de pueblo, del paisaje, de esa España de verdad que él va buscando huyendo de la oligarquía madrileña», señala Marco.
Pero no será hasta la escritura de sus Memorias, décadas después, cuando Azaña, un hombre «muy burgués que se odiaba así mismo y que se sintió toda la vida como outsider en busca de reconocimiento», puede cumplir su ambición de artista. Para Marco el político republicano es un prosista de altura que bebe sobre todo de los escritores reaccionarios y nacionalistas franceses como Maurice Barrès. Seguramente porque en sus años de investigación existencial y de libros fallidos, Azaña sentirá un vacío que le llevará a un profundo nihilismo y de allí al republicanismo como tabla de salvación. «Si los nacionalistas que había leído hablan de la nación como un punto fijo en un naufragio, su respuesta de fin de siglo, Azaña se agarra no al nacionalismo sino a la República. Para él el republicanismo es casi una religión, lo que explica que durante su mandato se niegue a aceptar los hechos que anuncian el fracaso de este proyecto político. Pasa del culto al yo al culto del pueblo español», dice Marco.
Precisamente, es con la proclamación de la Segunda República y su llegada al poder cuando Azaña halla, al fin, la inspiración del artista, que plasmará en sus Memorias, una suerte de monólogo interior y el retrato más descarnado de ese sistema políticos y sus actores, a los que tanto desprecia. Sus años de presidente, pese a la tragedia que vive España o quizá por ello, son su gran obra. El momento en el que «el artista y el político se juntan, y con sus grandes discursos durante la Guerra Civil, que preconizan una política de reconciliación contraria a lo que había practicado anteriormente, Azaña se convierte en el artista puro».
III
Manuel Azaña y la II República: autopsia de un mito, en El Mundo, por Pedro Carlos González Cuevas, 22 de marzo de 2021:
Destaca el autor que de tanto criticar los 'mitos' del franquismo, la izquierda historiográfica ha desembocado en la construcción del 'mito' de la II República y de su hombre representativo, Manuel Azaña Díaz
En una semblanza de Voltaire, Roland Barthes definió al autor de Cándido como el último escritor «feliz», ya que nunca tuvo en su tiempo adversarios de altura. En ese sentido, quizá la izquierda española sea la última izquierda europea realmente «feliz». No porque sea excesivamente inteligente, que no lo es, sino porque casi nadie se atreve a contradecir sus opiniones, por muy discutibles que sean. Este hecho resulta evidente sobre todo en el campo historiográfico, cuando se tratan temas como la II República, la Guerra Civil o el régimen de Franco. De tanto criticar los mitos del franquismo, la izquierda historiográfica española ha desembocado en la construcción del mito de la II República y de su hombre representativo, Manuel Azaña Díaz. Dentro de poco se cumplirán noventa años del advenimiento del régimen republicano; de ahí que sea necesario someter a revisión este tipo de interpretaciones.
Para empezar, podemos preguntarnos si la II República fue realmente un régimen político dotado de legitimidad. En mi opinión, no. Sin duda, fue un régimen legal, pero nunca llegó a conseguir una legitimidad plena. Hace años, leyendo el célebre libro del historiador italiano Guglielmo Ferrero, liberal antifascista muerto en el exilio, El poder. Los Genios Invisibles de la Ciudad, me asaltó la duda. En una de sus páginas, Ferrero definía a la II República española como un régimen político «prelegítimo». Y es que para el historiador italiano la misión del poder político es la de acabar con el miedo, que es el sentimiento fundamental del hombre frente al mundo. A ese respecto, el requisito fundamental es la legitimidad, es decir, el ejercicio del poder según principios compartidos entre gobernantes y gobernados, a través de diferentes fórmulas políticas. Naturalmente, un principio de legitimidad no puede establecerse en frío. Solo es eficaz si está en armonía con los mores, la religión, la mentalidad y los intereses económicos de una determinada época; en definitiva, cuando es vivido como una creencia, que nadie puede poner en duda.
A lo largo de su efímera y precaria existencia, la II República nunca logró articular una fórmula política aceptada por la mayoría de la población. Y es que no debemos olvidar que los republicanos estuvieron dispuestos a instaurar su alternativa, como lo demuestran las intentonas de Jaca y Cuatro Vientos, mediante el golpe de Estado militar. Y que, finalmente, su advenimiento no fue producto de una transición pactada, sino producto de una movilización de carácter revolucionario. Sin duda, la Monarquía había perdido su legitimidad. La sociedad deferente de notables dejaba paso a una realidad mucho más conflictiva. La II República nació escorada a la izquierda. El liberalismo radical y el socialismo ocupaban el poder por vez primera en la historia de España. Sin embargo, las izquierdas se hallaban profundamente divididas en sus proyectos políticos y sociales. Las dos grandes tendencias del movimiento obrero, socialistas y anarquistas, tenían ideas muy distintas sobre la naturaleza del proceso sociopolítico. Como se demostró en octubre de 1934, un sector muy importante del PSOE, el liderado por Francisco Largo Caballero, tuvo un visión puramente instrumental del régimen republicano, que concibió exclusivamente como vía hacia el socialismo. La CNT fue una fuerza claramente disruptiva durante todo el período republicano. Los nacionalismos periféricos nunca renunciaron a la independencia. Por otra parte, las Cortes constituyentes de 1931 no fueron representativas del conjunto de la sociedad española y dieron lugar a un texto constitucional que nunca fue aceptado por un sector tan decisivo y numeroso como los católicos, por su contenido abiertamente secularizador y anticlerical. Sin duda, hubo unas derechas, como los monárquicos alfonsinos y los carlistas, irreductibles; pero no hay duda de que la Iglesia y un sector del catolicismo estuvieron abiertos al pacto. Ante la magnitud de la disidencia, no resulta extraño que una parte de la legislación republicana tuviera un carácter abiertamente represivo, como la Ley de Defensa de la República, la Ley de Orden Público y la Ley de Vagos y Maleantes, conocida como la Gandula.
Ramiro de Maeztu señaló que la II República, a diferencia de la francesa, no disponía de un Léon Gambetta, es decir, un líder flexible y oportunista capaz de mediar entre los distintos intereses sociales. No lo fue, desde luego, Manuel Azaña. El político alcalaíno goza hoy de buena prensa en nuestro campo historiográfico. Santos Juliá publicó una biografía canónica, Vida y tiempo de Manuel Azaña, donde nos lo presenta como un estadista incomprendido. Y fue el editor de sus Obras Completas, presentadas por Rodríguez Zapatero, para quien Azaña era el precursor de la España actual. Pedro Sánchez visitó su tumba en Montauban, dedicándole grandes elogios. En conmemoración de los ochenta años de su muerte, el Congreso celebró un homenaje, presentándole como un hombre de «consenso» y «reconciliación». En diciembre del año pasado se inauguró una exposición en la Biblioteca Nacional dedicada a su figura. Y de nuevo apareció como el forjador de la España actual.
¿Quién fue realmente Manuel Azaña?. No, desde luego, un gran escritor. Su novela El jardín de los frailes, es una obra carente de tensión narrativa y enormemente ingenua desde el punto de vista ideológico. Fue insensible a las vanguardias. En sus Diarios, Azaña se autodestruye, porque muestra su auténtica faz sectaria y sarcástica. Nadie, sobre todo sus más directos colaboradores, salen bien parados de sus testimonios. Despreció a Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset y Azorín, siendo como pensador y literato, muy inferior a ellos. Michael Oakeshott lo hubiese caracterizado como el típico «racionalista político», por su pretensión de emanciparse de la historia. No existen en su obras huellas de Marx, Weber, Schmitt o Keynes. El pensamiento económico le fue completamente ajeno. En su obra no aparece la menor reflexión sobre la revolución rusa, el marxismo, el fascismo o el New Deal. La crisis del capitalismo liberal y del parlamentarismo no pareció conmoverle. Su actitud ante la Iglesia católica careció de inteligencia, la desafió directamente y, por supuesto, perdió la batalla. Lo más grave de su discurso de octubre de 1931 no fue la frase «España ha dejado de ser católica», sino que el número de católicos españoles resultaba irrelevante para el nuevo régimen. No menos irresponsable fue su planteamiento del tema catalán, incluso en algún momento llegó a reconocer la hipótesis del reconocimiento del derecho de autodeterminación.
Dada nuestra perspectiva actual, hoy sabemos que la razón histórica estuvo de parte de Ortega y Gasset en las discusiones sobre el Estatuto de Cataluña. Su modelo de república supuso un claro intento de marginación del conjunto de las derechas, a las que no otorgaba papel alguno en el nuevo régimen. En su opinión, solo el Partido Radical, y no la CEDA, podía representar a la derecha en la República. De ahí su irresponsable posición ante el triunfo de los conservadores en las elecciones de 1933. No participó en la insurrección de octubre de 1934, pero consideró ilegítima la participación de la CEDA en los gobiernos republicanos. Como presidente de la República, la lucidez y la eficacia políticas brillaron por su ausencia. A lo largo de la Guerra Civil, no fue más que una marioneta. Por ello, su discurso pronunciado en Barcelona en julio de 1938 -el de «Paz, Piedad y Perdón»- carece de grandeza, ya que se pronunció ante el presagio de una inevitable derrota. Además, su contenido fue censurado por las autoridades republicanas, al considerarlo derrotista. El epitafio de su trayectoria política fue La velada en Benicarló, donde, al menos en parte, reconoce sus errores. En ese sentido, cualquier intento de convertirlo en ejemplo tan sólo puede ser concebido como fruto de una mente superficial. «Son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán al hoyo» (Mateo, XV, 12-14). O sea, en la III República confederal.
Pedro Carlos González Cuevas es historiador y profesor titular de Historia de las Ideas Políticas en la UNED.
IV
Aventuras políticas. Romanones y Azaña: las fracasadas transiciones a la democracia en España, por Raúl Conde, en El Mundo, 17 marzo 2021:
La figura capital del régimen de la Restauración, y el presidente de la II República fueron dos gigantes de la política nacional que, aunque antagónicos, soñaron con modernizar el país y consolidar las bases de un régimen democrático. Dos libros recuerdan sus legados
La salida del poder del conde de Romanones, durante el reinado de Alfonso XIII; y de Manuel Azaña, cuando partió al exilio en el ocaso de la Guerra Civil, simboliza mucho más que la caída de dos gobiernos: ambos casos pusieron de manifiesto una crisis de régimen. El periodo entre 1919 y el 39 explica, en buena medida, el trauma nacional cainita que hubo que expurgar durante la Transición para alcanzar una democracia plena. La Restauración borbónica, junto a los partidos dinásticos, fracasó en su intento de integrar a los republicanos moderados en las instituciones. Azaña naufragó a la hora de lograr la permanencia de un sistema republicano inclusivo.
Estas dos figuras de la política contemporánea española, antagónicas en su ideología y trayectoria, saltan de nuevo al presente de la mano de dos obras apreciables, pero de enfoque contrapuesto. Guillermo Gortázar, profesor de Historia Contemporánea de la Uned y ex diputado del PP, publica Romanones. La transición fallida a la democracia (Espasa) una prolija biografía de Álvaro de Figueroa y Torres, epítome de la política de notables y oligárquica. Por su parte, Ángeles Egido, catedrática de Historia Contemporánea de la Uned y comisaria de la exposición Azaña: intelectual y estadista, que acoge la Biblioteca Nacional, presenta el próximo 23 de marzo una nueva edición de Manuel Azaña. Entre el mito y la leyenda (Guillermo Escolar Editor).
Tanto Gortázar como Egido se nutren de abundantes fuentes documentales, incluida correspondencia privada. El primero lo hace enhebrando un relato historiográfico que se lee a modo de novela y concebido desde una óptica liberal. La segunda pergeña un ensayo a través de una prosa vibrante y una panoplia plural de referencias bibliográficas, lo que ayuda a trazar un gran angular de quien personalizó las reformas para superar el caciquismo.
Ambos autores escarban en los éxitos políticos de Romanones y Azaña, pero no omiten sus pasivos. Gortázar define así al conde: «Era un hombre honrado, positivo y reformista, pero también empirista y tacticista. No creía en los programas a medio y largo plazo. Creía que el política debía enfrentarse a los problemas inmediatos y concretos».
Procedente de una familia acomodada con múltiples posesiones en Guadalajara y propulsado en política gracias a su suegro, el jurisconsulto Manuel Alonso Martínez, Romanones -cabeza del Partido Liberal y conspicuo representante del caciquismo- llegó a ser presidente del Consejo de Ministros en tres periodos interrumpidos entre 1910 y 1919, salpicados por su posición en favor de intervenir en la Primera Guerra Mundial junto a los aliados y por la lucha obrera en Cataluña. También presidió el Senado y fue alcalde de Madrid, y operó como éxito como empresario de la minería. Ejerció de diputado en las Cortes durante la Restauración y la Segunda República. Siempre en representación de Guadalajara. «Era su distrito electoral a la inglesa, representaba a 50 municipios alrededor de Guadalajara. En 1933 quintuplicó en votos al PSOE», explica Gortázar. Romanones en 1933 quintuplicó en votos al PSOE en su Guadalajara natal.
La tesis principal de su libro estriba en que el nudo gordiano que permite entender la evolución de España en el siglo XX no es tanto el periodo que abre la Guerra Civil, con sus 40 años de dictadura, sino lo que el historiador alavés califica como «espectáculo de inestabilidad» con movimientos revolucionarios de todo tipo entre 1923 y 1936.
«La Guerra Civil y la dictadura -asegura- fueron consecuencia de los años anteriores. No los circunscribo solo a la República, como hace la derecha autoritaria, ni tampoco al golpismo de la derecha, como hace la izquierda de los años 30. El problema se origina en la ruptura del orden constitucional en 1923 con el golpe de Primo de Rivera».
Zaherido por erigirse en conspicuo representante del caciquismo, Romanones es hoy, a juicio de Gortázar, «una figura que ha sido maltratada por la historiografía». El propio conde, en sus memorias Notas de una vida, confiesa que sus enemigos siempre fueron «multitud». Aunque fue acusado de maniobrero, no se le puede acusar de insensible: impulsó el primer decreto del mundo de la jornada laboral de ocho horas y se abrió a la descentralización administrativa del Estado.
El Desastre de Annual acelera el desgaste de la Monarquía. Y republicanos y socialistas, que repudian los cambios de Gobierno del turno, cercan al monarca a raíz de las miserias de un sistema inmovilista. Gortázar tacha al ex presidente republicano de «soberbio» y añade que decidió «desde un principio la alianza con los socialistas en lugar de bascular hacia la moderación con un posible acuerdo con los radicales centristas de Lerroux».
Ángeles Egido tiene una opinión antagónica sobre el ex mandatario republicano. «Azaña sigue siendo una figura muy controvertida, pero lo que debería prevalecer es que intentó establecer una verdadera democracia en España, al estilo de las de los regímenes democráticos occidentales, aunque luego se le desbordar por los extremos. El recuerdo del proyecto reformista de la Segunda República estuvo implícitamente presente en la Transición. Narcís Serra, siendo ministro de Defensa, confesó en su momento que había tenido en cuenta la reforma militar azañista».
La derecha vio rápido, tras el advenimiento del 14 de abril, que estaba ante «el adversario más consistente», según Egido.
Sus detractores le acusaron de ser el culpable de la sublevación del 18 de julio de 1936 y le definían como un jacobino dispuesto a triturar el Ejército y laminar el catolicismo. «Engendro republicano», sicario de la «horda roja», compendio de la «antipatria masónica» fueron algunos de los epítetos repetidos en los libelos franquistas. Incluso Benavente contribuyó a propagar el rumor de la amistad interesada del dirigente republicano con su cuñado, Cipriano Rivas Cherif. La pugna entre azañófilos y azañófobos llega hasta nuestros días. Según Paul Preston, Azaña tenía suficiente talla para que se le considerase un enemigo verdaderamente peligroso».
Perteneciente a una familia burguesa, de posición económica desahogada, recibió una educación adecuada a su clase y condición, e incluso disfrutó de una beca en París. Se casó con Dolores de Rivas Cherif con casi 50 años, edad en la que despegó una carrera política que le llevó al poder tras haber desarrollado una intensa actividad intelectual no exenta de dardos malévolos por parte de sus coetáneos. «Escritor sin lectores», dijo de él Unamuno.
«Se hizo grande en el Parlamento, con sus argumentaciones y buscando soluciones en los debates sobre las grandes leyes de la República. Tenía una sólida formación jurídica», asegura Egido.
Para Azaña la República no era un paréntesis, sino la recuperación del "verdadero ser de España
«En lo personal, era reservado a primera vista. Pero una vez que se rompía la coraza con la que se protegía, se mostraba amable, culto, educado, irónico, divertido, sensible a la música y el arte». Políticamente, Azaña «fue antes un demócrata que un republicano». Para él, la República no era un paréntesis, sino la recuperación del «verdadero ser de España». Y de ahí deriva su concepción del Estado autonómico, plasmado en el trámite del Estatuto de Cataluña en 1932. «La Constitución republicana -recuerda Egido- se comprometía a negociar los estatutos pero acuñó la fórmula del Estado integral, que aunaba sin anular. Es decir, aseguraba la unidad de España, tal como consta en el primer artículo de la Constitución. Además, se renunció expresamente al federalismo al tener muy presente el modelo de la Primera República, que había fracasado por el cantonalismo. El artículo 13 decía: «En ningún caso se admite la Federación de regionales autónomas».
Romanones murió el 11 de septiembre de 1950. El dictador autorizó un cortejo fúnebre por la Castellana y fue enterrado en el panteón de sus padres, los marqueses de Villamejor, mientras su hijo Eduardo, conde de Yebes, terminaba la construcción del mausoleo de los Romanones en el cementerio de Guadalajara. Gortázar sostiene que Figueroa fue «un hombre que intentó, sin éxito, contribuir a la evolución del régimen liberal a otro democrático».
Azaña expiró en el exilio. Solo y sin una despedida solemne acorde con quien fue jefe de Estado. Alejado de su patria, desposeído de todas sus pertenencias, enfermo de ataques cerebrales, amenazado de secuestro por los agentes de Franco, alojado en un pequeño hotel de la localidad francesa de Montauban. Egido evoca una declaración de Azaña que resume su legado, aún vigente: «Concedió una entrevista al periodista Jon Gunther y cuando éste le preguntó que se definiera contestó con unas palabras que en España se tradujeron así: 'soy un intelectual, un liberal y un burgués'. En realidad, lo que dijo fue: 'soy un intelectual, un demócrata y un burgués'».
V
Fresdeval. La pulsión homosexual de Manuel Azaña "está ahí", por Darío Prieto, en El Mundo, 3 diciembre 2021:
En 'Azaña, el Mito sin máscaras', José María Marco aborda, entre otros muchos aspectos de la personalidad del presidente republicano, el latido homoerótico que existía en sus novelas.
"El más guapo compañero de Bruno le confesaba una afición pegajosa y propósitos obscenos sobre su persona, que dichos en tono de chanza, delante de amigos, podían tomarse a broma pesada. Una tarde, solos Bruno y el amigo en la huerta, crecieron tan sofocantes las demostraciones, la risa que las acompañaba se heló tan de pronto en la faz ardorosa del mozo, que Bruno, súbitamente se desnudó y plantándosele delante le dijo en son de reto: '¿Qué quieres de mí? ¡Aquí me tienes! ¡Atrévete!' El amigo huyó. Bruno se bañó en el estanque". En 1930 Manuel Azaña (1880-1940) escribió una novela, 'Fresdeval', que no llegó a ver publicada y que incluía esta escena, con claras resonancias de la juventud de quien estaba llamado a ser el gran líder de la Segunda República.
La posible homosexualidad de Azaña fue, según el ensayista José María Marco, un asunto que apareció recurrentemente para intentar desacreditarle en su carrera política. Sin embargo, más allá del chisme, pocos se aventuraron a investigar el asunto en los testimonios escritos del propio Azaña, que trascienden sus famosos Diarios. Marco lo ha hecho en 'Azaña, el Mito sin máscaras', que acaba de editar Encuentro y donde se aproxima a aspectos no tan habituales en la bibliografía sobre el estadista alcalaíno.
Para Marco, más allá de la etiqueta, lo que deja entrever Azaña en sus textos forma parte de la tónica de la época. "El final del siglo XIX y el principios del XX es un momento de crisis muy profunda con todo", explica a LOC. "Y esa crisis conlleva una especie de cuestionamiento general de todos los valores y de todas las tendencias estéticas heredadas. También de la ciencia, de la nación... Es una puesta en crisis general. Y una de las cosas que hacen muchos escritores es un viaje interior, hacia el yo, de exploración de la autenticidad, de dónde estoy y qué es lo que soy realmente. Y ese tipo de literatura autobiográfica, confesional, de diarios y dietarios se cultivó muchísimo".
Azaña fue, abunda Marco, "un hombre que desde muy joven, desde los 23 años, siguió ese camino. Quería ser artista, escritor, y empezó una investigación sobre su propia primera persona, algo muy característico de ese momento". Es ahí "donde la homosexualidad o el amor entre hombres empieza a aparecer como una realidad que algunos no pueden esquivar". Unos lo sacan a la luz y otros no, apunta Marco. "Yo creo que no se puede hablar con claridad de que Azaña tuviera una atracción por los hombres. Pero el caso es que el tema está ahí".
El que fuera presidente del Consejo de Ministros de la Segunda República, amén de titular de varias carteras y último presidente de la República a la derrota de ésta en la Guerra Civil, "frecuentó mucho los círculos teatrales de los años 20 con su cuñado Cipriano Rivas Cherif, que tenía muy buenos contactos y estuvo muy relacionado con García Lorca", recuerda Marco. "Son unos años en los que hay una cierta efervescencia de presencia pública de la homosexualidad en ámbitos literarios y teatrales, con personajes como el propio Lorca o Jacinto Benavente. Años, también, en los que se traduce el 'Corydon' de Gide", relata el ensayista.
Por ese motivo, "aparecen habladurías sobre su relación con Rivas Cherif, que luego se utilizan durante la República, sobre todo cuando se producen sus reformas militares, y que suscitan una crítica muy dura. Pero los textos de Azaña sobre los que trata los temas homosexuales son textos que quedaron sin ver la luz, excepto uno, que se publicó durante la guerra".
En su libro, Marco analiza no sólo el 'Fresdeval', sino también algunos de sus apuntes sobre personajes masculinos para piezas narrativas. "Creo que a los historiadores españoles les falta imaginación", lamenta. "No se meten en terrenos que creen que los desbordan. Así que no se meten en la literatura, salvo alguno, como Jesús Ferrer-Solá, autor de 'Manuel Azaña: Una pasión intelectual'. Pero la gente de literatura tampoco: considera que Azaña era más político que literato. Así que se queda un poco entre dos aguas".
Esa indefinición encaja con la propia naturaleza de Azaña, hombre continuamente atormentado por diversas razones a lo largo de su vida. En cualquier caso, su orientación sexual no debería ser motivo, ni entonces ni ahora, para valoraciones de ningún tipo. "Yo no le reprocho absolutamente nada. Al contrario, me interesa muchísimo que fuera capaz de suscitar el tema y de encontrar algo ahí", sentencia Marco.
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