jueves, 19 de junio de 2008

Ucronías y distopías

Escribo esto con algunos problemas de acentos y grafías derivados seguramente de los ajustes que van a hacer a Blogger, así que perdonad la falta de tildes y de eñes.

Imaginemos, ya que ese es el oficio del escritor, imaginar, y todavía esta actividad no ha subido de precio, imaginemos que los hermanos Castro piden el reingreso de Cuba en España ciento diez años después de la secesión. Después del presumible estupor de Zapatero y de las alarmas, jusfificadas, de Ibarretxe y Carod Rovira, que basan su política en todo lo contrario, después del esperable interés de Rajoy, del más que concebible cabreo estadounidense y de las bendiciones de Serbia y Rusia, que se miran en nuestro espejo, y sobre todo de Alemania, que vivió un proceso parecido con la República Democrática Alemana, se negocia crear una hoja de ruta y realizar, en primer lugar, un referéndum en Cuba y en la madre patria para plantear la cuestión, de forma que la Gran Antilla conserve su independencia como autonomía libre asociada, porque esta fórmula cabreraría a la vez a los norteamericanos a los nacionalistas, y que la Unión Europea negocie la rotura del embargo a cambio de la democratización total del régimen y de una transición a la alemana del este en vez de a la china, que es lo que en el mundo real se está pretendiendo hacer.

¿A que es alucinante? Pues estas son las quimeras que se nos suelen ocurrir a los fabuladores. Es que nos sobra imaginación, aquello que precisamente falta a los políticos. Ambos países ganarían estabilidad y presencia internacional, se reforzaría nuestra común infraestructura turística y nuestro prestigio en Hispanoamérica, Estados Unidos y el resto del mundo tendrían que plantearse en serio contar con nuestro país y nuestra economía se relanzaría creando todo lo que el estado socialista no ha podido crear en la isla. Pero eso serían los beneficios esperables si no existiera uno de los cocos y males de nuestro tiempo, ese espectro del siglo XIX llamado nacionalismo, que tanto mal hace tanto allí como acá. Ver que el nacionalismo posee demonios es difícil para quien no percibe las sístoles y diástoles de la historia, pero para hacer este tipo de suposiciones absurdas basta con prescindir de uno de los elementos ideológicos de nuestro tiempo para crear un universo alternativo, una ucronía o distopía, que es lo que crean escritores como Ursula K. Leguin o mi amigo el editor de Silente, Pedro García Bilbao. Seguro que, en tiempos de la Guerra Fría, concebir un universo como el nuestro en el que el Comunismo está desapareciendo debía parecer una distopía o ucronía. Y, sin embargo, ha pasado. Quizá en otro universo alternativo ha estallado la tercera guerra mundial y se han cumplido las profecías de Fátima.

Tranquilos, sólo es una broma.

Otro ejemplo podría ser la figura de Cristobal Colón. Siempre vi algo raro en su insistencia en ocultar sus orígenes, hasta que, cuando practicaba espiritismo con unos amigos, como es mi costumbre cada día quince del mes, tomó la palabra su espectro en el cuerpo de la medium y me lo explicó. Era un marinero italiano del siglo XXXII, bastante inculto, al parecer, porque en aquella época la ESO se había generalizado a todo el planeta, incluso a una Italia donde gobernaba una especie de Berlusconi cibernético; estafó a la mafia y quiso impedir que se enteraran viajando en el tiempo, pero algo salió mal y terminó en pleno siglo XV. Cuando se recuperó de la depresión, intentó sobrevivir lo mejor posible, para lo cual se le ocurrió explotar su conocimiento del futuro y lo que recordaba de sus mal aprovechadas clases de historia; no se le ocurrió otra forma que hacerse pasar por Cristobal Colón y crear un monopolio económico con las derivaciones de la desconocida existencia de América, un continente donde todo podría empezar de cero. Pero se vio muy desilusionado. En primer lugar, casi nadie se creía, salvo los muy cultos, lo de que la tierra era redonda, y mucho menos que había un continente lleno de oro, plata, perlas y piedras preciosas al alcance de un navío, así que tuvo que inventarse lo de Catay y Cipango y viajar mucho hasta que le hicieron caso. Como es lógico, si nadie ha descubierto los orígenes de Colón es porque no nació entonces; él siempre dio largas a la cuestión y dijo mentiras sin parar sobre ese tema, incluso a sus propios hijos. Murió muy desengañado, lamentando no haber prestado más atencion en la escuela, y nunca creyó necesario contar la verdad a nadie. La Inquisición le habría quemado o le habrían tomado por loco o, sencillamente, no le habrían creído. Después de todo, tampoco vosotros os creeríais esto que os estoy contando, aunque fuera verdad, ¿verdad?

Uno de las principales argucias de la imaginación creadora es la falta de respeto. Mirad por ejemplo a Prometeo, que considero el mito del creador por excelencia. Este titán desafió a los dioses y creó a los hombres a imagen suya. Quien quiera crear algo tiene que dejar de creer. Esta incredulidad proporciona el distanciamiento necesario para transformar a la realidad en un material modificable para el artista, no en un albergue protector e inalterable, que es lo que suele ser para la mayoría de la gente. Si alguien desea crear, necesita derribar las columnas del templo, como un Sansón. Pero no termina ahí su labor: luego debe levantar con los cascotes otra construcción; Prometeo usó el fuego destructor que ha robado a los dioses para modelar las imágenes de los hombres semejantes a él.

miércoles, 18 de junio de 2008

Junio Bruto, ¿tú también?


Junio, y retorna el problema fundamental: qué hacer con los dudosillos. Los juristas lo tienen claro: in dubio, pro reo, "en caso de duda, en lugar de (o en favor de) el reo". Pero, ¿qué es la duda? ¿Dónde está el fiel de la balanza que diga "esto es duda"? Dice el Quijote, que, "si alguna vez se ha de inclinar la vara de la justicia, ha de ser al lado de la clemencia". Los matemáticos tienen claro que en el sistema métrico decimal la mitad de diez es cinco, y no se aprueba por debajo de esa constante. Pero los alumnos recurren a todas sus argucias para transformar esa constante en una incógnita, una equis, un número tan imaginario como el pi, el e, el raíz de dos o el áureo, en una ecuación malabarista que ni Harry Potter podría descifrar. Los alumnos aparecen ante uno como los cuadros del pintor ese del Quijote, que era tan malo que tenía que poner letreros para que se identificaran sus figuras. Generalmente, uno tiene ya el retrato robot del alumno que aprueba en el cerebro; incluso diría, con sólo oír lo que dicen y leer un examen de los mismos, si vale para estudiar o no y si va a triunfar en la vida o no; posee los criterios nacidos de la experiencia y de más de veinte años de exámenes; aprueba a alumnos que no cometen errores, que estudian y se encuentran limpios de faltas de ortografía; sabe que sólo suspende el alumno que tiene la voluntad (o más bien, la falta de voluntad) de suspender; pero la realidad psicologicista de la ESO ha venido a subvertir esos principios y la experiencia también sabe reconocer que algunos alumnos, no se sabe por qué, rinden por debajo de su valor numérico, mientras que otros, tampoco se sabe por qué, sacan una nota superior a su mérito intrínseco; los alumnos que estudian mucho pierden entusiasmo, perspectiva y originalidad; los que estudian poco, sistema, orden y capacidad de sacar fruto óptimo de su trabajo. Coincido por completo con la teoría de la inteligencia múltiple. La conclusión, confrontada con muchos especialistas de la enseñanza, es que la materia prima del éxito académico verdadero, no siempre reflejada en las notas, es la pasión y la obsesión, y la curiosidad, voluntad y tenacidad que nacen de ella y se alían con su propósito insaciablemente hasta la tumba. El que es más estudioso que estudiante es víctima de una curiosidad perturbadora y obsesiva, no cesa de pensar en su obsesión, un tema o disciplina cualquiera, y le echa todo el tiempo que sea necesario, y aun sus sueños cuando duerme, si fuera preciso. Es una máquina consagrada a una pasión. Una locura estructurada y encaminada a sacar unas pepitas de oro tras procesar toneladas, montañas de información aparentemente inservible. ¿Cómo encontrar una aguja en un pajar? Queme la paja, pase un imán, o que un caballo se coma la paja y después se le haga una radiografía.

lunes, 16 de junio de 2008

Educación del niño



La educación de los niños
GUSTAVO MARTÍN GARZO El País, 15/06/2008

En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".

domingo, 15 de junio de 2008

El Dragón Gardner

Es una maqueta de papel que te mira girando su cuello por obra pura y simple de una ilusión óptica tridimensional. Resulta muy convincente e impactante y en el mundo del Origami todos deberían conocerla; basta hacerse con el recortable y pegarlo en una base.

sábado, 14 de junio de 2008

Clases (las hay) de poesía


Como definía Antonio Gala, la poesía es algo que no tiene forma y adopta la del recipiente que la contiene, como los líquidos. Hay situaciones que tienen poesía, como hay textos, películas, músicas y personas que la poseen o son poseídas por ella, y otras que no. Algo parecido pero más matizado piensan Bergamín y Ángel Crespo. Entre las poesías que pueden encontrarse en las palabras, yo creo que los que somos más o menos poetas nos hemos encontrado fundamentalmente dos, como bien se ha sabido ver desde Bécquer hasta hoy; una es la que yo llamo diamantina: es deslumbrante, asombra; es una sensación casi física de belleza; yo la he sentido, por ejemplo, en Juan Ramón Jiménez; pero no deja huella permanente en el espíritu, más allá de ese instante de fantasmagoría; es demasiado autónoma y por eso es inhumana; otra, sin embargo, es la que podría llamarse transmutatoria: después de haberte encontrado con ella, eres diferente, distinto: te transforma, te descubres como nuevo, recién nacido a otra realidad mucho más amplia; el asombro que provoca es mucho mayor, permanente y enriquecedor. Es una poesía que remueve lo más hondo del espíritu, que transforma algo en el interior de uno mismo. Esa es la que a mí me implica. La sentí por primera vez en el Prometeo de Goethe , cuando lo leí en la edición bilingüe de Abiada, y la he sentido próxima en las Elegías duinesas de Rilke. Ese poder liberador, que cura y sana el espíritu haciéndote nacer otra vez, volviéndolo metamorfosis pura a la manera de Crespo, es para mí el valor fundamental de la palabra poética

Más allá de la puerta de Tannhäuser

Parafraseando el título de un famoso poema del plumífero Luis Antonio de Villena, que me leía Fernando José Carretero en los tiempos ya paleográficos de la Movida, cuando mangaba (él) libros de la librería Tartessos, escribí "Roy Batty muere", sumido en los compases neorrománticos del Country Lane de Walter, hoy en día Wendy, Carlos. De la librería Tartessos sacó él la irreberencia con "Be" de su Interior beige, en particular del "Dios, qué arcaico parece" del pobre y gangoso y judío Leonard Cohen, ese poeta y cantautor canadiense que escribía poemas en la mesa de la cocina y le daba rosas a Hitler. Nosotros bebíamos mucho de la Generación Beat, y yo en realidad bastante más de sus descendientes, la Escuela del cuarto cerrado; me compré una preciosa antología bilingüe de la agónica editorial Plaza y Janés que figura entre mis libros más queridos, me lo pasé pipa con la poesía de Mark Strand, los feminismos de Susan Griffin etcétera. Y, por supuesto, con la rabia del Ginsberg más salido de madre la noche de Walpurgis; una de las chavalas por entonces mis inalcanzables perseguidas, Manuela, me sorprendió una vez citándome el famoso Moloch de Ginsberg, y me sentí menos solo... Así que hay alguien en esta puñetera ciudad que lee también estas cosas. En realidad, el título de De Villena, Siegfried muere, correspondía a un famoso pasaje de El ocaso de los dioses de Wagner que malgastaba una grandiosidad de acorde infinito y montaña a lo Caspar David... No quiero ponerme pedantólico; las melancolías terminan siendo como tangos salidos del infierno, pero todos esos momentos se perderán, como lágrimas en la lluvia.

Elías Canetti y el ladino

Paseando por Internet deseando rescatar algo de lo mucho que escribía en los tiempos antañones de Internet por las listas de correo, he visto que algunos han colgado algunos de los mensajes que envié que les gustaron especialmente, por ejemplo en Opinatio; copio este, por ejemplo, sobre el ladino y Elías Canetti, de 1999:

Son amenísimas las memorias del premio Nobel de literatura Elías Canetti, pero en cuanto a los aspectos lingüísticos relacionados con el ladino (el texto está esmaltado de palabras en castellano del siglo XV) y los idiomas en general resultan ser de una sensibilidad excepcional, por lo que ofrezco aquí un centón de textos interesantes extraídos de La lengua absuelta, el primer libro de su autobiografía.Canetti es un apellido que proviene de la población manchega conquense de "Cañete". Tras la expulsión de 1492 pasaron a Italia, donde se italianizó su apellido, y luego a Adrianópolis, en la costa de Yugoslavia. Sus antepasados, que se dedicaban al comercio, se ubicaron por fin en Bulgaria. Allí, en Rustchuk, en el bajo Danubio,

Se podían escuchar en un mismo día hasta siete u ocho idiomas diferentes. Además de los búlgaros, que por lo general provenían del campo, había muchos turcos que vivían en su propio barrio, y colindando con este estaba el barrio de los sefardíes, el nuestro. Había griegos, albanos, armenios y gitanos. Los rumanos venían de la otra orilla del Danubio; mi nodriza, de la que no me acuerdo, era rumana. Ocasionalmente también había rusos (La lengua absuelta, Madrid: Alianza Editorial-Muchnik, 1983, p. 8).

Los sefardíes eran judíos creyentes para quienes la vida en la comunidad religiosa tenía significado; ocupaba, sin excesivo ardor, el centro de sus existencias. Pero se consideraban judíos especiales, lo que estaba estrechamente relacionado con su tradición española. En el transcurso de los siglos, el español que hablaban desde su expulsión había evolucionado muy poco. Habían incorporado algunas palabras turcas, pero se las reconocía como turcas y casi siempre tenían vocablos equivalentes en castellano. Las primeras canciones infantiles que oí eran españolas, se trataba de viejos "romances" españoles, pero lo que se grababa con más fuerza en un niño era la mentalidad de los españoles. Con ingenua arrogancia miraban por encima del hombro a los demás judíos, y utilizaban la palabra "todesco", cargada de sarcasmo, para designar a un judío alemán o asquenazi. Hubiera sido impensable casarse con una "todesca" y entre las muchas familias de las que oí hablar o conocí en Rustchuk de niño, no recuerdo ni un solo caso de matrimonio mixto. No tenía seis años de edad cuando ya mi abuelo me previno contra este tipo de alianza. Pero esta discriminación generalizada no era todo. Entre los mismos sefardíes existían las "buenas familias", por lo que se entendía las familias adineradas desde hacía mucho tiempo. Lo más arrogante que podía decirse de alguien era "es de buena familia" [en ladino del original]; cuántas veces, ad nauseam, le había oído decir esto a mi madre... (p. 10).

Una palabra, insistente y tierna a la vez, que a menudo escuchaba era "la butica" [en ladino del original]. Así se llamaba a la tienda donde el abuelo y sus hijos pasaban el día... (...) Entre ellos, mis padres hablaban alemán, idioma que no me estaba permitido entender. A parientes y amigos, como a nosotros los niños, nos hablaban en ladino. Era este el idioma vernáculo, castellano antiguo; posteriormente lo he escuchado a menudo y nunca lo he olvidado. Las campesinas de casa sólo hablaban búlgaro y fundamentalmente debo haberlo aprendido con ellas. Pero como nunca fui a una escuela búlgara y abandoné Rustchuk a los seis años de edad, lo olvidé rápidamente. Todos los acontecimientos de aquellos primeros años fueron en ladino y en búlgaro. Después "se me han" traducido en su mayor parte al alemán. Sólo los acontecimientos especialmente dramáticos, muertes y homicidios, y los peores terrores, se me han grabado en ladino, y de manera exacta e indeleble. El resto, casi todo, y en especial todo lo búlgaro, como los cuentos infantiles, lo tengo presente en alemán.Cómo tuvo lugar este proceso, es difícil de explicar. No sé ni la circunstancia ni la ocasión en que, dentro de mí, se me tradujo esto o aquello. Nunca he indagado al respecto, posiblemente por temor a destruir, mediante una inspección metódica y sistemática, mis recuerdos más preciados. Sólo puedo decir que tengo presentes aquellos años con toda su frescura y con todo su vigor -han sido mi alimento durante más de sesenta años- . Sin embargo, en su mayor parte están ligados a palabras que en aquel entonces no conocía. Hoy me parece natural ponerlos por escrito; no siento que con ello esté cambiando o distorsionando nada. No es como en las traducciones literarias de los libros en que se realiza un trasvase de una lengua a otra; se trata más bien de una traducción en el inconsciente, y aunque huyo de esta palabra como de la peste, palabra trivializada por su utilización excesiva, me gustaría reivindicarla para este único y exclusivo caso ( p. 17).


Además de la abuela Canetti había mucho de turco en Rustchuk. La primera canción infantil que aprendí, "Manzanicas coloradas las que vienen de Stambol", terminaba precisamente con el nombre de la ciudad de Estambul, de la que oí decir que era inmensamente grande y que relacioné inmediatamente con los turcos que se veían entre nosotros. "Edirne" -que así se decía Adrianopel en turco, la ciudad de donde provenían los dos abuelos Canetti- era nombrada a menudo. Nunca llegaba al final de las canciones turcas porque tenía dificultad para aguantar ciertos tonos particularmente largos; a mí me gustan mucho más las vehementes y apasionadas canciones españolas" (p. 25).

Todos los hombres se levantaban de repente y bailaban un poco en derredor, cantaban y bailaban juntos "jad gadia, jad gadia" -un corderillo, un corderillo-. Era una canción divertida en hebreo y yo la conocía muy bien, pero tan pronto como acababa, un tío mío me hacía señas para que me acercara y me la traducía al ladino, verso a verso.Cuando mi padre volvía del trabajo, se ponía a hablar con mi madre. En este tiempo estaban muy enamorados y tenían un idioma propio que yo no comprendía; hablaban en alemán, la lengua de su feliz época escolar en Viena. Lo que más les gustaba era hablar del Burgtheater; ya antes del conocerse habían visto las mismas obras y los mismos actores y nunca terminaban de hablar de sus recuerdos. Después me enteré de que habían llegado a enarmorarse uno del otro con este tipo de conversaciones, y así como no pudieron hacer realidad el sueño del teatro -ambos hubieran dedicado gustosamente su vida al teatro-, lograron imponer su matrimonio, pese a que hubo mucha oposición.

Fastidiado el niño Elías de que sus padres hablaran entre ellos una lengua incomprensible para él y se negasen a enseñársela porque era demasiado pronto, solía repetir párrafos en alemán a solas como si fueran sortilegios o ensalmos mágicos. Saludos a todos. Ángel Romera, moderador.

From palou@netrox.net Tue Jan 04 22:59:10 2000
Subject: Canetti, el ladino y la traducción inconsciente

Es tan hermoso lo que has mandado sobre Elias Canetti, que no se como agradecerlo. Te cuento que hay una tradicion sefardi segun la cual es bueno, para purificar espiritualmente una casa, limpiarla con agua caliente y luego echar esta por la ventana, pero existe el peligro de que se bañe (y escalde) con ella a los espiritus que vagan bajo las ventanas, por lo cual, antes de tirar el agua, la dueña de casa debe asomarse a la ventana y decir en voz alta:"Apartad la güena jente ke vo a echar agua kaente". Ya lo sabes, por si necesitais limpiar un dia la casa.....

viernes, 13 de junio de 2008

Mi mujer


Un antiguo profesor de filosofía de mi mujer dijo cuando presenté un libro que coordinaba que mi mujer valía mucho más que yo y yo le di la razón. Mi mujer vale muchísimo más que yo... Pero yo he sido el primero en darme cuenta, por eso me casé con ella.

Lo primero que destaca en mi mujer cuando la ves es su tamaño: es pequeña; lo segundo, sus enormes ojazos. Posee una piel de terciopelo. Pero sus virtudes más sobresalientes derivan de su carácter. Cualquiera que no la mirara dos veces la tendría por una mosquita muerta, pero mi mujer está hecha de un material que ya no se fabrica; su tenacidad, su voluntad, su constancia y su paciencia, virtudes que no son nada sin la adecuada proporción de prudencia, le hacen concluir con éxito las tareas más espinosas, difíciles, complejas y arriesgadas. Pondré un ejemplo; para superar un examen de latín, en vez de aprenderse la gramática, que la asustaba, se aprendió de memoria La guerra de las Galias en latín y en castellano, proeza bárbara que no logro ni siquiera imaginarme. Esta particular tenacidad la ha ejercido en favor de los demás y, últimamente, en su propio favor, por lo cual ha superado tres oposiciones seguidas y se ha sacado un par de licenciaturas. De su trato humano sólo cabe decir que, cuando enfermó de cáncer, paramos de contar las visitas al hospital en un mismo día cuando ya íbamos por 125. De ahí que los amigos que tenga lo sean a muerte, por no decir su propio esposo. Son incontables las personas que se han beneficiado de su buen hacer, pues toma como propia cualquier causa que exige proteger al desahuciado por la desgracia o el infortunio. Y es que mi mujer posee una empatía y un buen corazón que se señalan también protegiendo animales o soportándome a mí, que no soy nada fácil de soportar.

La vida

Hay un físico, Rohrer, que dice que la diferencia entre la vida y la muerte es más difusa de lo que se cree, y no le falta razón. ¿Qué es la vida? Una convulsión, un estremecimiento que sufre la materia inerte, y la forma mínima de esa convulsión es simplemente una sístole y una diástole. En su forma unicelular, una mínima vibración que puede transmitirse por vía hereditaria, igual que un contagio. Cuando determinen la expresión genética mínima de esa convulsión tendrán la fórmula de la vida, y cuando la superpongan al tren del ADN, responsable de su transmisión por el tiempo, tendrán el origen de la vida, aunque probablemente la vida orgánica se originó y se extinguió varias veces en nuestro planeta antes de desarrollarse tal y como la conocemos hoy. Curioso que la vida sea sólo eso, una convulsión que se transformó en una costumbre y más tarde en una herencia.

Pero la frase de Roher tiene quizá otro significado. ¿Quién nos dice que no estamos muertos? ¿Que no existe una vida muy superior? ¿Qué es la vida al margen de la conciencia? ¿Merece la pena? Un enfermo mental inmerso en una vida inauténtica, al menos para nosotros, ¿está vivo? ¿vive en un sueño? ¿Vive la vida alguien imposibilitado para sacar fruto a todas sus aptitudes humanas por causa de las coordenadas de espacio y tiempo en que le tocó nacer? ¿Por causa de la riqueza, sexo, nación, lengua, educación que ha recibido?

Esperando a los bárbaros


Aquí está, inequívoco, como siempre. Al cabo de un año, siempre me acomete cuatro o cinco veces. Lo cuestiona todo y podría destruirlo todo. Un pesimismo de entraña muy negra, psicótica. Pero que se nutre de pura realidad. Un crío de un colegio, J. J., llama vieja puta a su profesora y puta negra a una compañera suya adoptada, pero su madre le hace cumpleaños multitudinarios en restaurantes y todos sus compañeros acuden a celebrar al muy bestia y a hacerle regalos. Un angelito oscuro del que hay que esperar lo que hay que esperar. Ayer mismo un grupo de cuatro alumnos desesperanzados por su enorme bloque de suspensos hicieron coro para gritar "muérete" a un profesor cuando este no podía verlos. Angelitos. Y eso que están contenidos porque se acerca la evaluación final. Si no lo estuvieran...


Aprenden estos modelos de conducta de la televisión, que no prohíbe nada que les dé cuartos. En vez de esperando a los bárbaros podría escribirse algo inverso, esperando a los profesores. "Esos hombres eran una cierta solución", escribió Cavafis; pero "Mensajeros han venido de los confines del imperio y han contado que ya no hay profesores". Están demasiado ocupados realizando otras tareas, como contener el vómito, para poder enseñar. Comprendo a los misioneros en tierra extraña; yo, por lo menos, he perdido la fe, o "creo" haber perdido la fe. No siento la fuerza para convencer de lo que enseño; me la han quitado tantos cafres como hay haciendo ruido y concursos de bobos, también en el ministerio de educación. Se me va la sangre, pierdo el tiempo, la ilusión, la energía, la vida, la esperanza, todo. Sólo puedo resistir en frentes de batalla menos exigentes, no en asignaturas como Procesos de Comunicación, que no sirven para comunicar nada.

Parece mentira lo tontos que son algunos, cómo transmiten y amplían su incompetencia; sobre todos esos inspectorcillos que se quejan cuando hay una baja por "indisposición" de una hora indocumentada. Esos inspectorcillos había que empalarlos o tirarlos a un pozo. Cuando le cantan las cuarenta a un jefe de estudios por una idiotez por el estilo, lo único que provocan es que el jefe de estudios se cabree con el profesor de marras y que el profesor de marras se deprima más y, por lo tanto, baje más horas por "indisposición". Pero es que así son de idiotas algunos inspectores. Son uno de los principales factores de la Ley de Murphy en Educación.

Síndrome de Burnout o de estar quemado lo padecen muchos profesores y no se dan ni cuenta. No dan más de sí, o, mejor dicho, la sociedad no da más de sí en lo que a humanidad se refiere. Son demasiado humanos para sobrevivir a un mecanismo de trituración que lo transforma todo en un desecho y en una basura. Ese es el principal defecto del capitalismo que se está infiltrando en la educación: produce demasiada basura, no sólo material, sino humana, gente que en sí misma es basura.

Ayer hubo un acto en homenaje al maestro. Me sentí mal, no por la buena intención del acto en sí, que estuvo muy bien y por las palabras dichas por altavoz y a todo el mundo, claro está. Las dichas en voz baja, aparte o al oído eran otra cosa. Es por eso que dije al principio, lo del pesimismo. Cuando tengo esa disposición de espíritu, me parece como si se hubiera vuelto de noche y el mundo sólo ofreciera su cara más nocturna y oscura. A todos los veo en los huesos, como a través de una radiografía.

Una cosa que oí por ese salón "¿sabes que cuando Clementina se casó con Barreda hubo dos bodas, una para ricos y otra para pobres?". Pues no, no lo sabía. Y si lo sabía lo olvidé, porque no me interesa. Ya queda inmortalizado aquí para la historia, aunque esas cosas me importan tan poco como "Aquí hay tomate", "El diario de Patricia", saber qué número calcen Shoemaker o Asnar o el color de los calzoncillos del Papa. En la sala de profesores se comenta lo de "miembra". A mí eso me parece una gilipollez, pero no por la gilipollez en sí misma, sino por la gilipollez que supone que eso se considere una noticia habiendo cosas más importantes que merecen conocerse. No me interesaba conocer lo de "miembra", pero, sí, por ejemplo, la corrupción administrativa o el esquema de la mafia del ladrillo en mi provincia o quiénes han seguido la gloriosa iniciativa de nuestro señor don Barreda de renunciar a su ostentoso subidón de sueldazo o la cantidad de alcohólicos que hay en el Congreso o las medidas que se van a tomar para conseguir que los bancos no nos desuellen a pura usura y moralizar y desprofesionalizar la vida política.

jueves, 12 de junio de 2008

Qué escribir

Como siempre que estoy en vísperas de algo, el subconsciente se me recarga y la creatividad se me desborda; tengo muchos temas para escribir: la reciente jubilación de mi antigua profesora Blanca, el desconcierto de quienes siempre han tenido claro su puesto ante quienes siempre se sitúan en los quicios de todas las puertas y en los ejes de todas las decisiones, la violencia y su manipulación, el cambio de rótulos como signo de los nuevos viejos tiempos, la soledad como atributo de toda creación original en estos tiempos de gregarismo insufrible, etcétera. Pero qué vieja es la modernidad.

miércoles, 11 de junio de 2008

Hacer lo que se sabe hacer

Escuchado en la película Shackleton: "Nosotros los balleneros no somos como los poetas y los artistas que pueden escribir y pintar para poder soportar la estupidez; nosotros los balleneros tenemos que alejarnos de la civilización y hacer lo que sí sabemos hacer, cazar ballenas"

lunes, 9 de junio de 2008

Dies irae, dies iram

Desprecio tanto algunas cosas que algunas personas podrían creer tener motivos para tener miedo. Nada más falso. Soy tan inofensivo como un bebé, incapaz de ver el mal en las personas que admiro y aprecio y absolutamente inocuo para hacer daño si no me lo hacen a mí. Si me lo hacen... Bueno, después hay quien realiza una colecta para pagar las flores de la corona y uno, encima, queda fatal cuando ni siquiera da un céntimo. A mí siempre me ha despreciado gente que valía menos que yo. Y ya no quedan; por lo menos, no los veo, no me llegan sus calumnias, están missing, desaparecidos; ¿por qué será?

El perfecto político

Decía Sherlock Holmes, el famoso personaje de sir Arthur Conan Doyle, que una cadena es tan fuerte como lo es el más débil de sus eslabones. Si es así, un partido político es tan honrado como lo es el más corrupto de sus miembros. Tendremos que votar al PSOE como si todos sus miembros fuesen Luis Roldán, o al PP como si estuviera lleno de Zaplanas. Esto es, tendremos que no votar. Si hubiera que proponer un presidente para este planeta, yo propondría que no hubiera un presidente, sino una asamblea transversal de antropólogos anónimos, pero si lo hubiera, con nombre e identidad específica, preferiría que fuera alguien como Mohamed Yunus o Nelson Mandela. Sólo esos tienen un currículum moral, que es verdaderamente más importante que el político para hacer política de grandes consecuencias. Sólo estos ilustran el ejemplo de lo que es una moral puramente kantiana. Ahora, los méritos que aducen los demás políticos, si es que aducen alguno, fuera de su sonrisa, su cara bonita y el dinero que se han gastado en publicidad y en ser sobornados por todo tipo de medios de presión, no son verdaderos méritos, son una mierda, y ni siquiera una mierda consistente, pura diarrea. A mí, al menos, ese tipo de méritos me hacen vomitar.

domingo, 8 de junio de 2008

Mis comienzos como poeta

Empecé a leer poesía del Siglo de Oro desde pequeñito. Las lecturas en voz alta me hacían paladear un idioma que fue el de Lope, el de Bécquer... En otro lugar he contado ya cual fue la circunstancia biográfica que sirvió como llave para encerrar la palabra poética en mi conciencia para siempre. Pero el primer poeta que la hizo resonar, después del gusto poético que me inculcaron Jorge Manrique, Lope de Vega y José de Espronceda, algunas de cuyas obras memoricé, fue sin duda alguna Manuel Machado. Manuel, no Antonio; y algunas de las de greguerías de Ramón Gómez de la Serna, me hicieron mirar la realidad con unos ojos nuevos y deslumbrados, como si fuera un marciano. Lo que decía Novalis, de otorgar a lo cotidiano la diginidad de lo desconocido. Mirar las cosas como un marciano, esto es, a la cósmica distancia del asombro, es algo típicamente literario, esencialmente infantil y declaradamente lírico. Es el distanciamiento de la soledad, la materia prima de la literatura, que, después de todo, no es sino una forma de amistad entre un señor, el autor, y un lector lejano en el tiempo, en el espacio, en la cultura, en la psicología, en el sexo, en la vida, en las experiencias, en los viajes, en todo. Y un aprendizaje. Sin curiosidad no hay literatura.
Después, San Juan de la Cruz, Juan Ramón Jiménez, Borges, Luis Cernuda, José Ángel Valente, Ángel González, y la poesía anglosajona -Eliot, Mark Strand- y alemana -Rilke, Goethe, Celan-. Curiosamente, pero es algo explicable en una ciudad cainita como ésta, nadie nos habló jamás del gran Ángel Crespo en Ciudad Real, pero aquí llegaban sus primeras traducciones barcelonesas de la Divina comedia de Dante a través de la librería del hijo de su primer matrimonio, a quien llegué a conocer. En Bachillerato, mientras me partía el alma jugando interminables partidas de ajedrez en el Cafetín de San Pedro y hacía mis pinitos en las afueras del Grupo Cálamo, introducido por Fernando José Carretero Zabala, un poeta que iba siempre escoltado por su ligue y en busca siempre de otro, en mi mismo curso, por entonces en la órbita de Wilde, Salinas y Neruda; andaban por allí también Prado Lérida, una poetisa de versos que no me gustaban nada pero de unos ojazos preciosos que me he enterado ha muerto en Chile hace poco después de tener algunos hijos; también me paseaba por la taberna de Paco Carrión, con su gitarra y sus aceitunas, y depuraba mi extraña curiosidad por Borges, Quevedo y la novela picaresca en general, y me leí todo lo que pude del género, así como el consabido Quijote, del que mi padre era gran lector en una edición muy buena, la de Riquer, que de tanto sobarla tanto mi padre como yo mismo acabó hecha polvo y a medias remendada con esparadrapo; en la carrera leería todo Cervantes y casi todo el 27, todo Villamediana, todo Bocángel, todo Góngora, del que hice gran acopio de ediciones, toda la lírica de Lope, toda la de Quevedo, que sobé muchísimo, hasta el punto de dejar denegridas de apuntes las hojas, la del capitán Aldana, mi favorita del siglo XVI, cuyo anagrama, como bien supo ver Cernuda en un famoso verso, es La Nada; la de toda la escuela de Garcilaso, incluido Boscán, Hurtado de Mendoza, Acuña -del que me reí mucho con su contrafactum de la quinta canción de Garcilaso; no pude soportar los sonetos del Cetina, tan blandengues, pero sí su precioso madrigal, que me aprendí de memoria; también leí mucho al sevillano Herrera, que no me terminaba de gustar, y al que sólo admiré como poeta épico; a fray Luis de León, al que desde el principio aprecié y que para mí no hace sino ganar valor con los años, como un buen vino; la antología de Dámaso Alonso fue una buena guía; también las antologías baratas de Bruguera que podíamos comprar los chavales pobres; aprendí de memoria bastantes poemas de Garcilaso, fray Luis, de Quevedo, de San Juan, de muchos otros: se me quedaban sin esfuerzo, los repetía mentalmente, soñaba con ellos; había un ritmo en mi espíritu que enganchaba y enmadejaba sin esfuerzo el hilo del verso; la música del endecasílabo, el heptasílabo y el octosílabo se me quedaba en el oído hasta el punto de saber si un verso era correcto sólo oyéndolo, sin necesidad de contar las sílabas. Pero ese aprendizaje no fue sin esfuerzo: empecé un cuaderno donde bosquejé una treintena de sonetos malos, muchos de ellos a medio terminar, trabajosamente escritos para alcanzar el acentito en la sexta o en la cuarta y octava, y las rimas correspondientes. ¡Qué suplicio! Los romances, por el contrario, me salían con mucha naturalidad, a causa de la rima asonante, que es más libre y fácil. Participé en algunos concursos y gané uno con unos tercetos deplorables, aunque lo bastante buenos para que me dieran unos gallos de plata que aún conservo. Con el dinero está claro lo que hice: me compré unos libros carísimos que no podía costearme de otra manera, el Diccionario de literatura de Sainz de Robles, en dos tomos; luego me arrepentí; hubiera sido mejor comprar el de Revista de Occidente de Germán Bleiberg y Marías, pero es que por entonces era sólo un muchacho de erudición insuficiente y que no había empezado la universidad; ahora los tengo los dos, que son en cierta medida complementarios, el primero con sus errores en los años, su verbosidad sobrante y su bibliografía de derechas, el segundo con su posibilismo de izquierdas del 64, su lectura entre líneas y su preocupación por el dato fidedigno. En el antiguo Colegio Universitario de Ciudad Real aprendí sobre todo muchísimo latín con Virgilio y Cañigral y mucha gramática, y leí muchísimos clásicos; en la Complutense de Madrid, en una universidad rara y tomada a medias por el Opus y las mafias derechistas que concedían cátedras por méritos políticos tras la Guerra Civil, me di un atracón de lecturas, pero no siempre de lo que nos decían que leyésemos; guardo buen recuerdo de las lecciones de Antonio Prieto, a quien acusaban de difuso, pero que tenía la virtud de ser un semillero de ideas, intuiciones e inspiraciones en el terreno que dominaba, la poesía del Renacimiento; saqué una opinión muy mala sobre la grisura de esa universidad y la escasa humanidad tanto de sus alumnos como de sus profesores, contagiados de no sé qué desgana patológica y desconfianza desinformadora. No había allí verdadera sustancia para alimentar y hacer crecer una pasión filológica. Todo era demasiado poco cercano, gélido y frío, pese a lo cual uno pudo arreglárselas como siempre, por sus propios medios, como se hacen todas las cosas de mérito en España. Allí también en Madrid estuve sin embargo feliz, ya que yo siempre me desenvuelvo bien en entornos hostiles, pero pasé hambre, a veces hasta cuatro días sin comer y estuve muy solo, durmiendo mal en un camastro del que a veces me salían los pies, porque soy muy alto; desarrollé un sentido crítico como la copa de un pino; ese sentido crítico no dejó de crecerme todavía después y a veces noto incluso que, cuando todos los demás talentos han detenido ya en mí su crecimiento, este todavía sigue alimentándose y aumentando de tamaño, lo que parece increíble. Pero le pasa ahora igual que a mi curiosidad, que se ha vuelto muy abstracta.
Por entonces perseguía la sombra, la voz, el aroma y la sustancia de varias señoritas; por ejemplo, a una toledana llamada Olga Fernández, una dama experta en el siglo XVIII que andaba con bastón y me hizo ir a una pesadísima ópera de Haendel, el Xerxes, de lo que lo único que merece la pena es el oboe del Largo. Luego, una simpática rubia muy delgada, Paloma Gómez Campos, que no me hizo ni puto caso, pero a cuya boda, de magnífico menú, pues no en vano el novio era un reputado cocinero, asistí luego algo después en Valdepeñas; también de una tal María Luisa Utrero Ledesma, también compañera de carrera, pero de mi mismo curso; andaba sin embargo esta chica coladísima por un fotógrafo llamado Frank que la dejó preñada y con un niño antes de abandonarla. Una pena. Yo lo venía venir, intenté decírselo, pero creo que ella no estaba por la labor, tanto encoñan ese tipo de malos rollos. De otras damiselas me olvido porque no tuvieron ni siquiera la atención de distinguirme con su amistad. El caso es que dejé la universidad. Fue por entonces una época de desórdenes estudiantiles y vi a los caballos aporrear las calles de Moncloa espantando a los estudiantes, las sentadas al lado del arco y demás. Tierno Galván acababa de morir y la Movida se iba a pique, así como lo que quedaba de la primera fase del Guridi. Lo que antes eran meros ejercicios de literatura se habían transformado en otra cosa. Notaba en mí a veces una presión interior que necesitaba vaciarse sobre un papel; primero me rondaban versos sueltos, formados por fragmentos rehechos de frases oídas, leídas o compuestas per se; luego esos versos formaban marañas, y luego esas marañas se juntaban en estructuras semejantes a la de otros poemas que había leído en Cernuda o Borges, mis principales referencias por entonces, dos autores que dominaba al dedillo y había leído enteramente. También practicaba la escritura automática surrealista, ¡ya desde el instituto, es curioso, pero sin constancia! Así se formaron los primeros libros de poemas, los que no he publicado, los que he destruido y de los que no sé si quedará algo más. En esa época tuve que ejercer diversos oficios para sobrevivir y aprender algunas destrezas que me fueron muy útiles después: mecanografía, etcétera. De algunas oposiciones a las que me presenté sin estudiar y cuyos primeros ejercicios superaba con facilidad saqué la conclusión de que mi cultura general era bastante superior a la media y suficiente para superar con brillantez los test psicotécnicos; me tumbaban en las pruebas de mecanografía. Por eso aprendí mecanografía con el método ciego. Por entonces me ofrecieron trabajar en un modesto negocio de máquinas tragaperras y venta puerta a puerta para el que hacía varios trabajos, pero lo dejé, a pesar de que en ese oficio conocí a gente curiosa y me recorrí toda la provincia, alguna limítrofe e incluso llegué a Valencia. Hice un corto servicio militar en Infantería de Marina en Cartagena, y saqué la oposición en Madrid.
De mis primeros versos muy poco de ellos hay entre mis papeles, solamente lo más valioso; los restos de ese naufragio se contienen en Palabras acabadas. Por entonces finiquitaba la movida; yo iba por ahí con gabardinas, a veces una verde muy maja y larga y otras veces una azul corta. Mi siguientes libros, Zona tórrida y una colección de epigramas satíricos en prosa, Nadie lo diría, están aún inéditos, así como una novela satírica sobre un instituto de enseñanza, bastante graciosa, que creo que tendré que dejar como impublicable. El último, Contornos, todavía está terminándose. Proyecto algunos más que quizá nunca concluyan, Paradojas y Los cines de mi vida. Gané un premio de poesía en que tuve el honor de estrechar la mano sudorosa y tantas veces usada de José Bono, quien después de oír con resignación mi poema dijo algo en el sentido de que mi poesía era algo triste para que cambiara de derroteros. Se ve que a los políticos no les van las noticias tristes, ni siquiera en poesía. Qué se le va a hacer, soy un poeta elegiaco y siempre lo seré; cuando he tratado de escribir otra cosa no he podido, porque no era yo quien escribía. La verdad es que nunca he visto a políticos líricos sonando como ruiseñores. Me guardaré mucho de decir cosas gruesas contra señor tan simpático y político, tan cazurro e inteligente; solamente diré de don Pepito "pasó usted ya por casa" Bonito que cualquiera que lo heredara habría de ser sin duda alguna peor, y que no es el peor de los defectos que lo desmerecen su terrible narcisismo y su beatería insufrible de exseminarista confeso, pese a lo cual no puede aytisbarse mejor gobernante en el árido espacio de la submeseta.

viernes, 6 de junio de 2008

Estoy cansado

Es lo que decía el compañero del Instituto de Andalucía en un post anterior; pero la frase tiene su abolengo, no sólo por el poema de Luis Cernuda "estar cansado tiene plumas... estoy cansado de estar cansado", sino por la simbólica frase del gigantesco indio de Alguien voló sobre el nido del cuco, esa famosa y oscarizada película de Milos Forman, que intentaba dar una visión de lo que era la América en crisis de la época. El indio del manicomio se pasaba toda la película repitiendo monótonamente esa frase hasta que al final rompía con furia una ventana y se escapaba: era la representación del alma de Norteamérica, dormida y sin ningún propósito que la condujera a ningún "Destino manifiesto". Algo parecido le pasa a España, que no tiene ningún norte fuera de sí misma y de hacerse la puñeta en rencillas interiores constantes y continuas; debería encontrar una serie de ejes que la articularan como nación, como ya intuyó Ortega en su famoso ensayo. Y esos ejes deberían ser una serie de valores, no una serie de rencillas, como las que continuamente nos dividen por cosas como el agua, los presupuestos, los idiomas, las competencias y las gilipolleces de siempre. Algo de lo que sentirnos orgullosos porque nos hace ser más nosotros mismos. Y el orgullo legítimo se obtiene solamente de una manera: con trabajo. Es algo que no veo ni percibo en televisión, en política, en prensa, en investigación, en arte, en literatura, en enseñanza, en periodismo, en nada. Se ve que, desde el sic transit gloria mundi barroco, nos hemos echado a morir. Vale, pero, después de la muerte, ¿qué? ¿No había una resurrección? Jolines, despertarnos de la siesta nos está llevando varios siglos. Se nos pide bien poco: una buena educación, una presencia en el mundo digna, un algo de que sentirnos orgullosos. Y hasta ahora sólo podemos sentirnos orgullosos de personas como Induráin, que, esas sí, trabajan y se esfuerzan.
Y, sin embargo, la respuesta que dio el indio es a veces la única, cuando no te dejan hacer lo que quieres: escaparse por una ventana hacia un lugar más libre. Es lo que hacen los que vienen en patera hacia nuestro país; pero, nosotros, ¿qué patera debemos tomar? ¿Irnos a los bosques, como Henry David Thoreau? Nuestros queridos antepasados los han dejado todos más pelados que el cráneo de la Ocasión.

jueves, 5 de junio de 2008

Los funcionarios no lloran

Del Blog del profesor Cuyami:

Estoy cansado de escucharle a los compañeros: “Fulanito a mí me trabaja”. Estoy cansado de que no me hagan caso los alumnos, ni nadie. Estoy cansado de los dolores de garganta. Estoy cansado de escuchar que los profesores no trabajamos. Estoy cansado de que mi director tenga un horario donde no existen la mitad de sus horas. Estoy cansado de que siempre que escucho “don” sea con ironía. Estoy cansado de los consejos de muchos pedagogos, que no han entrado en un aula jamás. Estoy cansado de que los políticos se apunten tantos que no mete nadie, pero que si alguien los metiera, seríamos nosotros. Estoy cansado de solucionar robos de lapiceros y estuches. Estoy cansado de temer por la chapa de mi coche. Estoy cansado de planes absurdos como el proyecto de calidad, las ecoescuelas, los espacios de paz y todas esas sandeces que no arreglan nada. Estoy cansado de rellenar partes que no sirven y de que se critique Educación para la Ciudadanía habiendo quinientas cosas que están peor. Estoy cansado de pedirle a los alumnos que abran el libro. Estoy cansado de escuchar cómo me faltan al respeto. Estoy cansado de leer noticias de agresiones a docentes, sin que nadie haga nada. Estoy cansado de tener que coger el coche cada mañana y de conducir para llegar a mi puesto de trabajo, mientras muchos impostores aducen una comisión de servicio por enfermedades que no existen. Estoy cansado de la falta de medios, de las clases de más de treinta alumnos y de sentir que nadie me escucha mientras hablo. Estoy cansado de regañar a los hijos, de regañar a los padres y de que los segundos compren motos a los primeros para celebrar que los he suspendido. Estoy cansado de ver alumnos promocionar, sin aprobar ni el recreo. Estoy cansado de poner notas que no sirven de nada. Estoy cansado de corregir gratis pruebas extraordinarias que se inventa la Junta para engañar a la gente. Estoy cansado de perseguir a los camellos, de buscar droga en las mochilas, de descubrir a niñas embarazadas, de hacer de psicólogo, asistente social, esteticista y hombre de la limpieza. Estoy cansado de ver papeles por el suelo, de escuchar gritos en los cambios de clase, de la Ley del Menor, de las Leyes de Murphy, de ser mirado como un traidor por los alumnos y un mercenario por los padres. Estoy cansado de las promesas de la Junta, de los sindicatos, de las propuestas de los sindicatos, de las propuestas que nunca llegan a nada, de los aumentos de sueldo que nos “proponen”, de asistir al Centro por la tarde para perder mi tiempo, de los cursos del CNICE, de los cenizos cursos del CEP, de preparar actividades que los alumnos no aprecian, del lenguaje no sexista, los membretes de la Junta sobre cualquier cosa, los accidentes, las bibliotecas sin libros y los centros TIC sin demasiados ordenadores y con demasiados tics. Estoy cansado de los inspectores. Sí, estoy cansado de los inspectores. Estoy cansado de que todo el mundo le eche la culpa de todo a la educación, de que las familias se desmoronen, de llegar a punto del colapso a casa, de las ganas de matar a alguien, de no poder castrar químicamente a los futuros violadores que acosan ya a ciertas alumnas, de los padres que fuman porros delante de sus hijos, de los políticos, de todos los políticos, de absolutamente todos los políticos, de las leyes de Educación, reformas, contrarreformas, análisis e informes infumables. Estoy cansado de pasar frío en invierno, de pasar calor en verano, de la falta de corporativismo, de no ser ni tener autoridad, de que lo rompan todo, de no poder dar clases, de que los contenidos sean una anécdota porque son secundarios en Secundaria, de pedir perdón por explicar a última hora, de las programaciones y unidades didácticas, de colocar unos en vez de ceros, de ver cómo todos se cruzan de brazos, de sentir miedo, de ser engañado, de sentirme solo, de saberme sembrador en el desierto, de tantas mentiras, hipocresía, falta de educación en Educación, blasfemias, políticas e ira. Estoy cansado. Pero lo sé: son solo gajes del oficio. Los funcionarios no lloran, pero sí pagan impuestos.

Lenguajes animales

Los delfines son los únicos animales, junto con los humanos, que poseen nombres propios. Este principio de individuación ya sugiere que existe conciencia, psicología y comportamiento original en su sociedad. Y pensamiento abstracto o simbólico. Su lenguaje no es sólo vocal, también incluye signos coreográficos y todavía no ha sido adecuadamente descifrado; poseen otras capacidades cognoscitivas muy raras, como la empatía entre especies y la capacidad de imitarnos, que también tienen los simios, pero en su caso esta capacidad resulta aún más extraordinaria, porque su hábitat es completamente diferente, su físico no es antropomorfo y desde luego es absolutamente inconveniente para todo desarrollo instrumental. Su comportamiento, por lo demás, es social y organizado, poseen culturas diferentes, técnicas de pesca elaboradas, interrrelacionan fácilmente con especies inteligentes, aprenden con facilidad y su comportamiento deriva con frecuencia al humor y la ironía; más de una vez algún cuidador ha sospechado que los delfines se rien indulgentes de lo patosamente que nadan los seres humanos.

Lo que va de Lope a Shakespeare

Hay una égloga de Lope en sus Rimas intitulada Farmaceutria. Rimas es el primero de sus cancioneros petrarquistas y se encuentra muy imbuido de Manierismo, como se deja ver, al menos desde el punto de vista estilístico, por la abundancia de geometrías de diseminación y recolección y otros artificios. No abordaré el problema estructural que la denominación Cancionero petrarquista plantea, pues existen dos modos de considerar el cancionero, el italiano y el castellano, este último más atento a las estructuras métricas que a la narración de los episodios cristalizados de un solo amor. La misma heterogeneidad temática que constituye el torrencial temperamento de Lope lo hacía inclinarse por las estructuras descompensadas. Es otra cosa lo que me importa destacar en este ensayo.

Hay allí unos enigmáticos versos pronunciados ante la aparición de un espectro sobrenatural evocado por las artes de la adivinación:
Extraños y profundos / son, Tirsi, de los cielos los
secretos: / mil leguas yerra un hombre en dos segundos
La comprensión de esos versos tiene que ver con la astronomía: dos segundos de arco en la Tierra del Almagesto de Claudio Ptolomeo equivalen a un segmento de distancia muy reducido, pero cuando el ángulo se prolonga a los cielos, equivale a mil leguas. Lope experimenta un asombro ante la anomalía de la naturaleza (entendida en el sentido de entonces: todo lo sometido a corrupción, que es lo que está bajo la órbita o epiciclo de la Luna), que es la aparición de un espectro, y considera que la realidad es "más reducida" que el mundo superior divino y ultraterreno, supernatural, del que contemplamos un tenue reflejo.

Pero apenas dos o tres años antes, Shakespeare, en el Hamlet, había dicho algo muy parecido, y con igual motivo, esto es, ante la aparición de un espectro al principio de la obra, el del rey envenenado y padre del príncipe danés, por boca de este último:
Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas
las que pueda soñar tu filosofía
...
Las diversas versiones del texto difieren entre el teocéntrico "soñar" y el antropocéntrico "imaginar", que también tiene que ver con lo que añadiré, pero eso importa poco a lo que me propongo evidenciar: a diferencia de Lope, Shakespeare pone al mismo nivel de importancia el Cielo (o cielos, pues hay varios) y la Tierra: su asombro se reparte igual entre lo divino y lo humano, a diferencia de Lope, que es un cura asustado por los prodigios del cielo y que considera que la tierra es un débil reflejo del más allá. O al menos los sencvillos personajes pastoriles que en esta égloga logran evocar realmente el paganismo de Teócrito.

Pues bien, en los versos de Shakespeare, que ponen su asombro por igual en la tierra que en el cielo, está la reverencia de Inglaterra por el mundo material, el del comercio, el de la industria y el del dinero: la curiosidad científica, el progreso de Inglaterra, el empirismo, incluso Newton.

¿Y en los de Lope? Siento defraudar, pero en los versos de Lope la Tierra es mucho más pequeña e insignificante que el enorme Cielo, esa compleja y presuntamente perfecta máquina ptolemaica; en los versos de Lope sólo está la teología y la beatería del Siglo de Oro español, el meapilismo, la santería, la hediondez de los conventos de clausura, la Inquisición y las procesiones de disciplinantes. Qué le vamos a hacer: los españoles no creían que la Natura o Naturaleza de Lucrecio y Spinoza bajo la Luna fuera motivo de asombro, y no experimentaban curiosidad por ella, sino por el otro mundo tan temido: el error y errar del hombre en la Tierra se multiplica por un increíble factor en el Cielo, depende de él, mientras que los personajes de Shakespeare, mal que les pese, son libres para andar vagando por todo el asombro de lo humano y lo divino, con valor y sin el miedo que da el miedo que tienen los demás. La irrealidad del fantasma provoca en Lope temor, en Shakespeare asombro y curiosidad: Shakespeare penetra en el misterio catedralicio de lo irreal, Lope se queda a las puertas, santiguándose.

miércoles, 4 de junio de 2008

Dios

"Nada nace de la nada, nada vuelve a la nada", dice Lucrecio, uno de los pocos grandes poetas del ateísmo, junto con Thomas Hardy, Ludwig Feuerbach y Giacomo Leopardi. No se puede decir que leer a estos sujetos levante el ánimo, precisamente, pero también es cierto que sus palabras no defraudan si lo que se busca en ellas es la sustancia elemental de la verdad, sin la cual la vida no tiene sentido, porque entonces sería lo que decía Calderón, un sueño, o lo que querían ponerle ante los ojos a don Quijote, magia. No es ni sueño ni magia, sino un ser o no ser, una sístole y una diástole, o, más bien, esa pobre ramita de cerezo que le quedaba a Kurosawa en el primero de sus Sueños, humilde cosa, en verdad, pero algo a fin de cuentas. "los hombres mueren y no son felices", dice el Calígula de Camus. Uno va perdiendo las fuerzas, nota que las enfermedades se le tardan más en curar y va empezando a perder las cosas: la ilusión, el tiempo, el entusiasmo, la salud... Nota que los deseos son interminables o que, como dice sabiamente el Eclesiastés, "todo el trabajo de un hombre es para su boca y, sin embargo, este ansia no se sacia nunca". Muchos viejos consideran que el sentido de la vida es su pensión; yo no sé cuál es el sentido de la vida, ni siquiera de la mía; mi suegra opina que es ser querida por nosotros, lo que demuestra su grandeza de alma; yo pienso algo parecido y, como los griegos y los viejos guerreros castellanos, me gustaría morirme acompañado y sintiéndome querido, sin que nadie lamentase mi muerte, y que la gente me recordara con agrado. Es hermoso lo que hacen en Nueva Orleáns, entierros con música de jazz y banquete funeral; no sé por qué no puede ser así; las vejeces tampoco deberían ser tristes; los viejos deberían jugar con sus nietos... La pena es que los viejos de hoy se han pasado la vida siendo egoístas y de repente se encuentran sin hijos y sin nietos, porque les salía más divertido comprarse un coche deportivo o irse de juerga a Cuba. Peor para ellos: que vayan a pasárselo bien a un cementerio de automóviles o a un asilo ¿no les gustaba la soledad?

Cuando leo que Hardy describe el cielo del atardecer como una lápida de granito me siento aplastado por ella. Prefiero respirar hondo a leer mi traducción de El mundo como voluntad y como representación, que es la vieja de Eduardo Ovejero, un tomazo impresionante de mil doscientas páginas de papel biblia. ¡Y el señor Arturo tiene la jeta de decir que es "la expresión de un solo pensamiento"! La verdad es que, para decir lo que dice, podía formularlo en cien páginas, aunque sin tanta elegancia y con menos literatura y cultura. Estos alemanes no saben resumir.