Otra vez en el derrubio mesetario. Cuando vas en coche a Madrid, lo primero que notas al aproximarte es una especie de boina morada sobre la dentadura del horizonte, causada por la contaminación. Después, el lío urbanístico-automovilístico y el estruendo. La presentación en AVE es mejor: nada más salir del gusano te recibe la cabeza cortada de un niño muerto y un reloj festina sin lente. Nos apresuramos, pues, hacia el médico, y llegamos al Hospital Ramón y Cajal a tiempo; nos asiste la doctora Denia, muy sabia ella. Mi hija, como siempre, con preguntas de geografía desconcertada. Luego, zumbando otra vez a la unidad de quemados del Hospital Universitario de Getafe; tomamos un cercanías que nos deja donde siempre, pero como salimos por otro respiradero nos despistamos y un urbanita que no quiere quedar mal nos termina de confundir; el paseo resulta muy bonito, sin embargo: llegamos a la fuente donde el Getafe celebra sus triunfos y pasamos por otra que me impresiona más, pues simula un diente de león muy conseguido; también me hace gracia un chollo, todoacién o tienda de oportunidades llamado El Corte Chino; vemos a esa hora del día a pintorescos jubilados paseando perritos de todo tipo y a amas de casa quintañonas haciendo la compra; pintadas y carteles de todo pelaje ofreciendo instrucción y rock duro junto a pancartas de protestas vecinales por unas vibraciones causadas por obras municipales eternas; pese a todo, es un lugar ideal para vivir, no una de esas grotescas ciudades dormitorio: todo está lleno de negocios familiares y pequeñas tiendecitas, con parques, avenidas, bancos y rincones agradables; está la típica mezcolanza multiuso franquista: arquitectura de buen gusto y respetuosa con el entorno y casas de chocolate estilo Hansel y Gretel, pero también con rosales como las de Jaén; hasta las cursiladas tienen su nosequé de humano y cordial; sopla el aire sano y alimenticio de las afueras y no hay edificios que superen las tres plantas, quizá por la proximidad del Aeródromo de Cuatro Vientos.
Tras reorientarnos mejor y tomar el Autobús 448, que nos deja en el puente, llegamos a nuestro destino; la doctora examina la manecilla de Paloma y resolvemos que podrá esperar todavía otro año la necesaria operación; salimos a través del lío de Metrosur, con billete independiente del resto de la red; venden zapatos de señora a cinco euros y la mía se compra un par; los cordiales y siempre caballerosos metrónomeros madrileños procuran hacer la vista gorda con quienes se les cuelan, sabedores de las sinrazones y estupideces del sistema, y nos permiten ahorrar seis euros, pero los aparatos automáticos son ajenos a esas humanitarias medidas e imparten a destajo la sinrazón de estado gallardonesco. Nos pillan ya las dos de la mañana y decidimos quedarnos la tarde visitando la gran ilusión de Paloma, Europarrot. Habíamos comido muy barato en el mismo hospital el menú del día, que era de cinco euros y sin sal, muy completo y majo comparado con otros que son el colmo de la explotación comercial. Nos posamos en la Plaza de Olavide, un rincón muy tranquilo donde se puede tomar un café con leche cercados de palomas y gorriones; les da pan nuestra pequeña hija mientras esperamos que abra Europarrot a las cinco de la tarde; nos condecoran las hojas caducas de los árboles en otoño.
Hay todo tipo de loros y un gentío indescriptible de petshop boys. Nuestra hija es la gran experta e identifica cada especie dejándonos "la boca abrida" con su saber; desde Ninfas mutadas de perla a Amazonas, Cotorras y Loros cubanos de frente blanca que tienen muy mala uva, pero que están encantados conmigo y se me suben dos veces, picoteándome la cartera como si me la quisieran robar (son discípulos de Fidel Castro). Los enormes Guacamayos, cejijuntos o de colores chillones, los Agapornis, los Periquitos, Eclectus, blancas Cacatúas, discretos Capuchinos y Yuyus de Senegal. Por supuesto, los grises, o Yacos de cola roja, que son los que más hablan, y los verdes, que hablan menos, pero son los que más le gustan a ella; hay jaulas que son un auténtico palacio; a estos animales hay que tratarlos con tanto afecto como a un gato o a un perro, porque tienen tanta inteligencia como ellos. Se les dice lo que hay que hacer "sube" y se les ofrece la mano, y así con cualquier intrucción, de lo contrario corres el peligro de llevarte un picotazo; y ojo, porque poseen unos picos como alicates, así que hay que andarse con cuidado, porque pueden cercenarte una falange sin apenas esfuerzo.
Sin embargo los de la tienda son papilleros y están acostumbrados al trato humano; los yacos son los que poseen repertorio más amplio de palabras; lo graban todo como auténticos magnetofones: no sólo reproducen la voz de su dueño o dueña, pueden silbar o toser o repetirr ruidos habituales de su ambiente, mientras que las cacatúas y otros tipos de loros lo hace con el tono de su propia voz, la característica y chillona del loro; su trato debe ampliarse a toda la familia, porque si su dueño llega a faltar el loro se deprime y se empieza a arrancar plumas hasta quedarse pelado y el dueño a su regreso lo encuentra desnudito. Hacen mucha compañía, incluso se te suben al hombro, y durante toda tu vida, pues la suya es muy larga, e incluso puede rebasar la de un ser humano. Todavía está vivo el loro de Churchill.
Salimos de Europarrot enamorados de los loros, con un libro sobre ninfas carolinas y con el deseo de comprarnos un yaco de cola roja cuando hayamos ahorrado lo suficiente, quizá para Navidades, pues son carísimos y hay que contar además la jaula, los permisos médicos etcétera. Le hará así compañía a nuestra ninfa, nuestros dos periquitos, nuestro canario y nuestro jilguero. Seis pájaros tendremos ya.
miércoles, 8 de octubre de 2008
lunes, 6 de octubre de 2008
Quinto centenario del Amadís de Gaula
Como Endriago, estoy de enhorabuena, porque en este año se celebra el quinto centenario de la edición del Amadís de Gaula (1508) donde yo salgo y hago un papel modestito y poco lucido, porque Amadís me mata.
Ya he dicho que soy la representación de todo lo desmesurado y ambicioso, lo que podríamos llamar con el nombre de otro monstruo menos guapo que yo, la Quimera.
Los demás me ven como feo y deforme y lleno de conchas, pero yo me veo muy hermoso y sin parangón en el mundo: Endriago sólo hay uno, que soy yo, y aunque suene un poco gilipollas, desechad las imitaciones.
Amadís es solamente una ficción. Yo soy inmortal. El pobre imbécil que me escribe insiste en matarme continuamente, pero nunca lo logrará; con esta ya van quinientas dieciséis lanzadas y todavía continúo vivito y coleando, para su desesperación. Ni siquiera podría conmigo un capitán Acab que desde el fondo del infierno me clavara "'¡el arpón!"; ese sí que era un monstruo; seguramente comenzó la novela siendo un ángel, encarnación del bien, pero fue transformándose en ángel vengador y terminó siendo un ángel caído. Inversamente, al principio de la novela Moby Dick, la ballena blanca, era un monstruo que personificaba el mal, pero al final de la misma sólo personificaba al bien, o a la justicia poética, si prefieren.
Así que, escriba, cuidadito conmigo, y las banderillas a los toros. O te pasará lo que al capitán Acab, que se acabó antes de tiempo.
Ya he dicho que soy la representación de todo lo desmesurado y ambicioso, lo que podríamos llamar con el nombre de otro monstruo menos guapo que yo, la Quimera.
Los demás me ven como feo y deforme y lleno de conchas, pero yo me veo muy hermoso y sin parangón en el mundo: Endriago sólo hay uno, que soy yo, y aunque suene un poco gilipollas, desechad las imitaciones.
Amadís es solamente una ficción. Yo soy inmortal. El pobre imbécil que me escribe insiste en matarme continuamente, pero nunca lo logrará; con esta ya van quinientas dieciséis lanzadas y todavía continúo vivito y coleando, para su desesperación. Ni siquiera podría conmigo un capitán Acab que desde el fondo del infierno me clavara "'¡el arpón!"; ese sí que era un monstruo; seguramente comenzó la novela siendo un ángel, encarnación del bien, pero fue transformándose en ángel vengador y terminó siendo un ángel caído. Inversamente, al principio de la novela Moby Dick, la ballena blanca, era un monstruo que personificaba el mal, pero al final de la misma sólo personificaba al bien, o a la justicia poética, si prefieren.
Así que, escriba, cuidadito conmigo, y las banderillas a los toros. O te pasará lo que al capitán Acab, que se acabó antes de tiempo.
domingo, 5 de octubre de 2008
La moneda para el barquero
Los antiguos pagaban con un óbolo a Caronte para que les dejara pasar en su barcaza al otro lado de la Estigia, el río/laguna terrible por el que si juraban los dioses quedaban comprometidos, y en cuyas aguas todo se hundía salvo la nave que guiaba.
Creo yo que ese óbolo es tan simbólico como las monedas de la Biblia: representa lo que hemos ganado en este mundo: experiencia, o lo que sea. Incluso los Egipcios pesaban las almas de los muertos. Quien haya pasado por este mundo debe haber aprendido algo o se merece ir para abajo o quedarse en él otra vez, para que aprenda.
El lugar habitual para poner el óbolo era la boca, que era el bolsillo habitual cuando uno iba sin faltriquera o no se fiaba de los gatos o cortabolsas, incluso en tiempos del Lazarillo de Tormes.
¿Qué he aprendido yo? No sé, tendría que examinarlo detenidamente; es muy poco, casi una miseria; un centimillo de euro; creo que cualquier juez, Minos, Éaco o Radamante me enviarían al Averno, es más, al Erebo y tras las puertas de diamante. Así, a bote pronto, lo que los demás: a respetar a la gente, a los animales y a las cosas; a no subestimar la estupidez de los que mandan ni la inteligencia de los que obedecen; a pensar antes de actuar y equivocarme menos; a conocer a algunas personas que se repiten, pero con caras distintas: el gilipollas, el noble, el venenoso, el bondadoso -este es raro y escasísimo-, el manipulador al que todos manipulan, el paranoico, el maniático, el psicópata... A desconfiar de la cultura de peana y discursito. A no asustarme de tonterías. A despreciar el dinero, pero no demasiado. A empezar todas las reformas de los demás por la reforma de mí mismo. A amar y respetar la vida, por pequeña, difícil y complicada que esta sea. A valorar en lo mucho que valen a los pocos que me quieren: mis hijas, mi mujer. Y tengo que aprender más, a Dios gracias.
Creo yo que ese óbolo es tan simbólico como las monedas de la Biblia: representa lo que hemos ganado en este mundo: experiencia, o lo que sea. Incluso los Egipcios pesaban las almas de los muertos. Quien haya pasado por este mundo debe haber aprendido algo o se merece ir para abajo o quedarse en él otra vez, para que aprenda.
El lugar habitual para poner el óbolo era la boca, que era el bolsillo habitual cuando uno iba sin faltriquera o no se fiaba de los gatos o cortabolsas, incluso en tiempos del Lazarillo de Tormes.
¿Qué he aprendido yo? No sé, tendría que examinarlo detenidamente; es muy poco, casi una miseria; un centimillo de euro; creo que cualquier juez, Minos, Éaco o Radamante me enviarían al Averno, es más, al Erebo y tras las puertas de diamante. Así, a bote pronto, lo que los demás: a respetar a la gente, a los animales y a las cosas; a no subestimar la estupidez de los que mandan ni la inteligencia de los que obedecen; a pensar antes de actuar y equivocarme menos; a conocer a algunas personas que se repiten, pero con caras distintas: el gilipollas, el noble, el venenoso, el bondadoso -este es raro y escasísimo-, el manipulador al que todos manipulan, el paranoico, el maniático, el psicópata... A desconfiar de la cultura de peana y discursito. A no asustarme de tonterías. A despreciar el dinero, pero no demasiado. A empezar todas las reformas de los demás por la reforma de mí mismo. A amar y respetar la vida, por pequeña, difícil y complicada que esta sea. A valorar en lo mucho que valen a los pocos que me quieren: mis hijas, mi mujer. Y tengo que aprender más, a Dios gracias.
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Los falsos mensajeros de Dios
Sarah Palin, esa madre metida a vicejefa del universo, aunque no crea en la teoría de la evolución y piense que hay que quemar algunos libros indeseables, dice que la Guerra de Irak la ordenó Dios; pues si es así, tiene la cara de Bush hijo. Cuántos dirigentes no se habrán puesto la careta de Dios para autorizar matanzas de todo tipo, empezando por los mismos Reyes Católicos, por el mismo Franco, por el mismo Papa y sus cruzados e inquisidores. Con la cruz buena de la moneda justificarán siempre la cara dura del mal. Y la realidad es que sólo asumiendo que somos malos podemos serlo menos, quizá mejores y, quién sabe, algún día, con un poco de suerte, hasta buenos.
Sarah Palin será capaz de impedir la III Guerra Mundial, pero no que su hija menor de edad se quede embarazada.
Sarah Palin será capaz de impedir la III Guerra Mundial, pero no que su hija menor de edad se quede embarazada.
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Religión
El Demonio y la Publicidad
Uno de los pomposos títulos con que se adorna el monarca de las tinieblas es el de "Padre de la mentira". Si agregamos a ello que la única libertad de la que está dotado el Ángel caído es la de tentar, tendremos al publicitario perfecto, o imperfecto, si ustedes toleran.
Viene al caso porque he recibido una llamada telefónica en mi casa de este individuo; no me prometía una gozosa vida eterna exactamente, ni una terrenal llena de placeres y satisfacciones, sino un seguro de vida a mí y a mi mujer durante dos meses, gratis, en condiciones ventajosísimas, sólo por ser haber sido y seguir siendo socio del Círculo de Lectores. ¿Cual era el truco? Tuve que deshacer varias falacias verbales y tramposidades varias para apercibirme de que al cabo de los dos meses, me crecería la cuota de mi domiciliación bancaria, a no ser que declarara verbalmente mi oposición al trato, que ya se daba por sentado sin decir yo ni mu. Presuponen que somos tan dejados como para olvidarlo o que no nos importe un gasto más, con la excusa de su hipotética bondad, de la que no hemos sido debidamente informados.
Este capitalismo da ya por firmada la venta de tu alma al diablo si no declaras tu oposición por escrito: un avance más en las artes maléficas del Adversario: la letra pequeña para los viejos que no pueden leerla.
Y este mismo y cornudo señor es el mismo que me llena el correo electrónico de basura, de novias rusas, de anuncios de estiradores de pene y potingues que van desde el viagra hasta el peyote alucinógeno, de lavado de dineros negros varios y de tantos virus, gusanos y malware, que no podría exterminarlos ni un Panda de tres cabezas.
Voy a vomitar.
Viene al caso porque he recibido una llamada telefónica en mi casa de este individuo; no me prometía una gozosa vida eterna exactamente, ni una terrenal llena de placeres y satisfacciones, sino un seguro de vida a mí y a mi mujer durante dos meses, gratis, en condiciones ventajosísimas, sólo por ser haber sido y seguir siendo socio del Círculo de Lectores. ¿Cual era el truco? Tuve que deshacer varias falacias verbales y tramposidades varias para apercibirme de que al cabo de los dos meses, me crecería la cuota de mi domiciliación bancaria, a no ser que declarara verbalmente mi oposición al trato, que ya se daba por sentado sin decir yo ni mu. Presuponen que somos tan dejados como para olvidarlo o que no nos importe un gasto más, con la excusa de su hipotética bondad, de la que no hemos sido debidamente informados.
Este capitalismo da ya por firmada la venta de tu alma al diablo si no declaras tu oposición por escrito: un avance más en las artes maléficas del Adversario: la letra pequeña para los viejos que no pueden leerla.
Y este mismo y cornudo señor es el mismo que me llena el correo electrónico de basura, de novias rusas, de anuncios de estiradores de pene y potingues que van desde el viagra hasta el peyote alucinógeno, de lavado de dineros negros varios y de tantos virus, gusanos y malware, que no podría exterminarlos ni un Panda de tres cabezas.
Voy a vomitar.
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sábado, 4 de octubre de 2008
No es para tanto
Releo algunas de las cosas que escribo y me entra la preocupación de si no voy a deprimir a alguien; no, por Dios; lo que pasa es que soy un poco morboso y me gusta caminar por los bordes de las cosas, aunque no en pelotas, como Jim Morrison; es que desde ese lugar pueden atisbarse las simetrías; es cierto que este itinerario es afilado y rugoso, pero también es excitante. Lo negativo sirve de contrapeso para valorar lo positivo. Quizá porque toda la sociedad está montada sobre valores positivos, hay gente que, como yo, curiosea algo enfermizamente por esas zonas oscuras de la conciencia que tanto preocupaban a Luis Vives; también los rincones sombríos de la historia, en especial los de la historia que tengo más cerca, son una extensión de ese interés. Mi método consiste en volverme del revés y hacer preguntas incómodas, leer por pasiva toda información plana y cuestionar lo incuestionable hasta perder todo referente sensato; el peligro, por supuesto, es llegar a formular puras insensateces, pero para eso está el sentido del humor, que es el menos común de los sentidos. Poe escribió que la originalidad no era cuestión de creación, sino de negación, y a él ese método le funcionó de maravilla. Nosotros no tenemos su genio y tenemos que contentarnos con sucedáneos. A mí me ayuda mucho la Fenomenología: entrecomillarlo todo, descomponerlo en relaciones de sujeto, objeto y lenguaje, o lo que es lo mismo, yo, lenguaje y mundo; me ayuda a tomar distancia de todo. Pero esa distancia toma apariencia de tristeza, es verdad.
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La apuesta de Pascal
El Eclesiastés esbozaba el consuelo del pueblo, de la compañía, de la unión con los demás:
Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.
Esto último me recuerda a la fábula que cuenta como Temujín, más conocido como Gengis Jan (el nombre del personaje es lo de menos y difiere según las versiones de la historia) unió a las tribus mongolas: pidió al líder de cada una flecha, y luego se la devolvió indicando que la rompieran, lo que hicieron con facilidad; luego volvió a pedir una a cada tribu y las unió en un haz, y les dijo a cada uno que intentaran romperlo, y no pudieron. De ese modo les convenció de que era lo mejor para ellos estar unidos que enfrentados. Este ejemplo reaparece en un conmovedor filme de David Lynch, Straight Story , que aquí titularon Una historia verdadera (1999), aplicado a la familia. También Beethoven encontró consuelo en este tipo de argumentos en su Testamento de Heiligenstadt, que tanto gustaba recordar al poeta Carlos Álvarez, a quien tuve el gusto de conocer; él, poeta social y cinéfilo, encarcelado largos años por repartir octavillas, citaba las obras, no los autores, y se pasaba el tiempo silbando; adquirió una gran cultura en la cárcel, leyendo y dialogando con los presos políticos; la cárcel era una gran universidad donde se aprendía paciencia, que es la más difícil de las materias. Pero Leopardi, gran lector de este libro bíblico del Eclesiastés, iba más lejos en sus objeciones al mismo, como se ve en su Palinodia a Gino Caponi y sus Zibaldone: que no podía existir una masse feliz compuesta de individuos infelices y que por eso cualquier sistema político era ineficaz e inútil. En realidad, la única objeción que puede ponerse al argumento de Leopardi es la muy antigua de Pascal: la apuesta por todo: si apuestas por ganar, ganas todo o pierdes todo; si apuestas por perder, pierdes de todas las maneras posibles. Por eso hay que apostar siempre por la vida.
Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.
Esto último me recuerda a la fábula que cuenta como Temujín, más conocido como Gengis Jan (el nombre del personaje es lo de menos y difiere según las versiones de la historia) unió a las tribus mongolas: pidió al líder de cada una flecha, y luego se la devolvió indicando que la rompieran, lo que hicieron con facilidad; luego volvió a pedir una a cada tribu y las unió en un haz, y les dijo a cada uno que intentaran romperlo, y no pudieron. De ese modo les convenció de que era lo mejor para ellos estar unidos que enfrentados. Este ejemplo reaparece en un conmovedor filme de David Lynch, Straight Story , que aquí titularon Una historia verdadera (1999), aplicado a la familia. También Beethoven encontró consuelo en este tipo de argumentos en su Testamento de Heiligenstadt, que tanto gustaba recordar al poeta Carlos Álvarez, a quien tuve el gusto de conocer; él, poeta social y cinéfilo, encarcelado largos años por repartir octavillas, citaba las obras, no los autores, y se pasaba el tiempo silbando; adquirió una gran cultura en la cárcel, leyendo y dialogando con los presos políticos; la cárcel era una gran universidad donde se aprendía paciencia, que es la más difícil de las materias. Pero Leopardi, gran lector de este libro bíblico del Eclesiastés, iba más lejos en sus objeciones al mismo, como se ve en su Palinodia a Gino Caponi y sus Zibaldone: que no podía existir una masse feliz compuesta de individuos infelices y que por eso cualquier sistema político era ineficaz e inútil. En realidad, la única objeción que puede ponerse al argumento de Leopardi es la muy antigua de Pascal: la apuesta por todo: si apuestas por ganar, ganas todo o pierdes todo; si apuestas por perder, pierdes de todas las maneras posibles. Por eso hay que apostar siempre por la vida.
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Sociedad
La factura de la ESO.
Recorte de una Noticia de El País, periódico que apoyaba la ESO mientras una de las filiales de la empresa que lo edita, PRISA, conocida como Eductrade, podía vender los productos que necesitaba la reforma, entre ellos los de los proyectos Minerva y Mercurio:
El abandono escolar, una opción que se hizo fácil en la España del turismo y la construcción, empieza a pasar factura. El trabajo ya escasea, y los jóvenes se encuentran ahora sin empleo, y además sin cualificación.
Crece el número de adultos que quieren estudiar ESO o FP o ir a la Universidad
Los datos se despachan rápido: El 31% de los adolescentes en España no aprueban la ESO. El otro 69% continúa, pero un 28% de ellos no conseguirá un título de bachillerato o FP de grado medio, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). La tasa de los que abandonan en esa etapa es más dramática en hombres (35,8%) que en mujeres (23,8%), y en total dobla la media europea. Sólo Portugal y Malta están por detrás de España.
En la Escuela de Adultos de Mazarrón, Murcia, no cabe un alma desde hace tres años. Este curso, 40 personas quieren asistir a la clase que prepara para la obtención del título de la ESO (el antiguo graduado escolar), pero diez tendrán que esperar un año más. No hay tantas plazas, ni otros centros para mayores en la zona. Esta invasión estudiantil no se entiende sin hablar de la crisis económica.
Esto me recuerda a Apocalipse Now, cuando, después de haber hecho la masacre en el pueblo vietnamita, bajan los americanos de sus helicópteros y empiezan a poner vendas y tiritas. La hipocresía es la fuerza económica que mueve al mundo.
El abandono escolar, una opción que se hizo fácil en la España del turismo y la construcción, empieza a pasar factura. El trabajo ya escasea, y los jóvenes se encuentran ahora sin empleo, y además sin cualificación.
Crece el número de adultos que quieren estudiar ESO o FP o ir a la Universidad
Los datos se despachan rápido: El 31% de los adolescentes en España no aprueban la ESO. El otro 69% continúa, pero un 28% de ellos no conseguirá un título de bachillerato o FP de grado medio, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). La tasa de los que abandonan en esa etapa es más dramática en hombres (35,8%) que en mujeres (23,8%), y en total dobla la media europea. Sólo Portugal y Malta están por detrás de España.
En la Escuela de Adultos de Mazarrón, Murcia, no cabe un alma desde hace tres años. Este curso, 40 personas quieren asistir a la clase que prepara para la obtención del título de la ESO (el antiguo graduado escolar), pero diez tendrán que esperar un año más. No hay tantas plazas, ni otros centros para mayores en la zona. Esta invasión estudiantil no se entiende sin hablar de la crisis económica.
Esto me recuerda a Apocalipse Now, cuando, después de haber hecho la masacre en el pueblo vietnamita, bajan los americanos de sus helicópteros y empiezan a poner vendas y tiritas. La hipocresía es la fuerza económica que mueve al mundo.
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Enseñanza
Mi pobre y querido conde Giacomo Leopardi
El 4 de dicembre de 1832 Leopardi escribe la página 4.526, la última, de su Diario. Dice así:
Hay dos verdades en que los hombres no creerán nunca. Una es el no saber nada. La otra es el no ser nada. Añadamos una tercera, que depende mucho de la segunda: no tener nada que esperar después de la muerte.
Qué tétrico, incluso para uno de los pesimistas más negros que ha dado la lírica, incluidos Job, Hardy, Feuerbach, Aleixandre, Neruda o Celan. A eso se reducen Hegesias, Mainländer, Schopenhauer. Incluso los pasajes existenciales, tan duros, del Eclesiastés, que algunos piensan son los más antiguos de este libro del siglo III a. de Cristo, antes de las adulteraciones optimistas posteriores:
¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. Sale el sol, y se pone, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. El viento tira al sur, rodea el norte; gira de continuo, y a sus giros vuelve una y otra vez. Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde vinieron vuelven para correr de nuevo. Todas las cosas fatigan más de lo que uno puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que ha de ser. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo bajo el sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: esto es nuevo? Ya lo fue en siglos precedentes. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después. Dediqué mi corazón a conocer y también a entender la locura y el desvarío; conocí que aun esto era tristeza. Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade sufrimiento. A la risa dije: "Enloqueces"; y al placer: "¿De qué sirves?" ¿Qué podrá hacer quien venga tras el que manda? Nada, sino lo que ya se hizo. El sabio tiene ojos en la cabeza y el necio anda a tientas; pero también entendí yo que un mismo suceso acontecerá al uno como al otro. Aborrecí todo el trabajo que había hecho bajo del sol, porque lo dejaré a otro que vendrá después. ¡Que el hombre trabaje con saber y rectitud, y que haya de dar su provecho a quien nunca lo trabajó! También hay en esto vanidad y mal grande. Todo tiene su tiempo, todo lo que se quiere bajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz. Vi más bajo del sol: en lugar del juicio, impiedad; y en lugar de la justicia, iniquidad. Los hombres son semejantes a las bestias, porque lo que les sucede un mismo suceso es: como mueren los unos mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho de polvo y todo volverá al mismo polvo. ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube al cielo y que el del animal desciende a la tierra? Alabé yo a los muertos más que a los vivientes y tuve por más feliz que unos y otros al que no ha sido aún, que no ha visto las malas obras que debajo del sol se hacen. He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu. De la mucha ocupación viene el sueño, y de la multitud de las palabras la voz del necio. Al hijo que se engendra nada les queda en la mano. Como salió del vientre de su madre, desnudo, así vuelve, yéndose tal como vino; todo el trabajo del hombre es para su boca, y con todo eso su deseo no se sacia. Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios. Porque la risa del necio es como el estrépito de los espinos bajo de la olla. Y también esto es vanidad. Ciertamente la opresión entontece al sabio y las dádivas corrompen el corazón. No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte? Más amarga que la muerte es la mujer cuyo corazón es lazos y redes y sus manos ligaduras. Un hombre entre mil he hallado, pero mujer entre todas éstas nunca hallé. Qué sea amor o qué sea odio, no lo saben los hombres; todo está delante de ellos. Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio; al que sacrifica, y al que no sacrifica; como al bueno, así al que peca; al que jura, como al que teme el juramento. Este mal hay en todo lo que se hace debajo del sol: que acontece igual a todos y que el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez durante la vida y después van a la muerte. Los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria se apaga y su amor y su odio y su envidia fenecieron ya y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace bajo del sol. Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados las de los maestros. El hacer muchos libros es tarea sin fin.
Hay dos verdades en que los hombres no creerán nunca. Una es el no saber nada. La otra es el no ser nada. Añadamos una tercera, que depende mucho de la segunda: no tener nada que esperar después de la muerte.
Qué tétrico, incluso para uno de los pesimistas más negros que ha dado la lírica, incluidos Job, Hardy, Feuerbach, Aleixandre, Neruda o Celan. A eso se reducen Hegesias, Mainländer, Schopenhauer. Incluso los pasajes existenciales, tan duros, del Eclesiastés, que algunos piensan son los más antiguos de este libro del siglo III a. de Cristo, antes de las adulteraciones optimistas posteriores:
¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. Sale el sol, y se pone, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. El viento tira al sur, rodea el norte; gira de continuo, y a sus giros vuelve una y otra vez. Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde vinieron vuelven para correr de nuevo. Todas las cosas fatigan más de lo que uno puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que ha de ser. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo bajo el sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: esto es nuevo? Ya lo fue en siglos precedentes. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después. Dediqué mi corazón a conocer y también a entender la locura y el desvarío; conocí que aun esto era tristeza. Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade sufrimiento. A la risa dije: "Enloqueces"; y al placer: "¿De qué sirves?" ¿Qué podrá hacer quien venga tras el que manda? Nada, sino lo que ya se hizo. El sabio tiene ojos en la cabeza y el necio anda a tientas; pero también entendí yo que un mismo suceso acontecerá al uno como al otro. Aborrecí todo el trabajo que había hecho bajo del sol, porque lo dejaré a otro que vendrá después. ¡Que el hombre trabaje con saber y rectitud, y que haya de dar su provecho a quien nunca lo trabajó! También hay en esto vanidad y mal grande. Todo tiene su tiempo, todo lo que se quiere bajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz. Vi más bajo del sol: en lugar del juicio, impiedad; y en lugar de la justicia, iniquidad. Los hombres son semejantes a las bestias, porque lo que les sucede un mismo suceso es: como mueren los unos mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho de polvo y todo volverá al mismo polvo. ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube al cielo y que el del animal desciende a la tierra? Alabé yo a los muertos más que a los vivientes y tuve por más feliz que unos y otros al que no ha sido aún, que no ha visto las malas obras que debajo del sol se hacen. He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu. De la mucha ocupación viene el sueño, y de la multitud de las palabras la voz del necio. Al hijo que se engendra nada les queda en la mano. Como salió del vientre de su madre, desnudo, así vuelve, yéndose tal como vino; todo el trabajo del hombre es para su boca, y con todo eso su deseo no se sacia. Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios. Porque la risa del necio es como el estrépito de los espinos bajo de la olla. Y también esto es vanidad. Ciertamente la opresión entontece al sabio y las dádivas corrompen el corazón. No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte? Más amarga que la muerte es la mujer cuyo corazón es lazos y redes y sus manos ligaduras. Un hombre entre mil he hallado, pero mujer entre todas éstas nunca hallé. Qué sea amor o qué sea odio, no lo saben los hombres; todo está delante de ellos. Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio; al que sacrifica, y al que no sacrifica; como al bueno, así al que peca; al que jura, como al que teme el juramento. Este mal hay en todo lo que se hace debajo del sol: que acontece igual a todos y que el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez durante la vida y después van a la muerte. Los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria se apaga y su amor y su odio y su envidia fenecieron ya y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace bajo del sol. Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados las de los maestros. El hacer muchos libros es tarea sin fin.
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viernes, 3 de octubre de 2008
La Duquesa de Alba
Una de nuestras más incomparables bellezas tiene serias dificultades para caminar, padece isquemia cerebral e hidrocefalia y días atrás estuvo a punto de ahogarse al tomar un zumo, pero quiere casarse, Dios mío, a sus ochenta y dos años, con un hombre al que dobla en edad, que por algo es funcionario del Ministerio de Trabajo, y que se llama Alfonso Díez, aunque es presumible que de Sabio no tenga más que las ganas de heredar.
La Duquesa de Alba tiene más valor que su antepasado, el Duque de Alba.
La Duquesa de Alba tiene más valor que su antepasado, el Duque de Alba.
Manipulaciones informativas
Mientras arde tu casa, qué maravillosos son los debates Palin-Biden y McCain-Obama, tan impecablemente simétricos de los Rajoy-Zapatero, si no fuera porque te interesan menos que la subida del paro, la hipoteca de tu casa o el desastre educativo español. Que mires a otro sitio siempre es más distraído, pero al final, cuando acaba el espectáculo informativo, tu casa, ay, tu casa, ha sido reducida a cenizas.
jueves, 2 de octubre de 2008
Sospechosillos habituales
Que lo que menos interese a los políticos sea la Educación parece un chiste fácil. Aunque sí sea cierto que sean maleducados, que sí lo son; la mayoría, incluso, no pasaría la prueba de la inteligencia mínima, que es reconocerse en un espejo: "Yo no he dicho esto". "Yo no he hecho esto otro". "Todo eso son falsedades" etcétera. Estos prebendados parecen en realidad prevendidos o prebandidos, y cuando menos se prevendan los ojos con el prejuicio político ante la tozuda realidad que nunca, jamás de los jamases, afrontarán. Lo que menos podría pedirse es que haya una política educativa que sea eso, una, y educativa , porque lo único que se ha visto hasta ahora es lo de política. Los políticos lo único que saben hacer es lamerse las prebendas con un estusiasmo semejante al de un perro alsaciano de poco pedigree. Ha sido un pequeño gocecillo ver la pequeña histeria que se montaba cuando cierto político empezó su pequeña purga de enchufados; hasta que se volvieron a restablecer las conexiones algunos estaban que echaban chispas, pero los ladrones/roldanes volvieron a su lugar y la tranquilidad ya empieza a difundirse en las habituales redes de corrupción de mayores.
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Breviario de la desesperación
Resulta curioso observar las rutinas de la gente desesperada para sacar algo en claro sobre la naturaleza humana. Muchos arrasados por las ganas de dejar este mundo suelen ponerse a hacer listas de cosas agradables, para repasarlas como mantras en los momentos de caída libre en el pozo ciego de la depresión, a fin de resistir todavía unos días, semanas, meses y poder satisfacer algún tiempo más las responsabilidades contraídas con sus otros, por lo general familiares en diverso grado que podrían sentirse algo dolidos y molestos por su partida, y que saben les quieren.
Pero su dolor y angustia es mucha. Se les hace una montaña levantarse por las mañanas contra la fatalidad que les entierra y aborrecen y son capaces de resolver las tareas más complicadas para los otros, por más que no puedan, por ejemplo, ponerse un café a sí mismos, realizar una simple llamada telefónica para hablar con alguien o abrir una ventana para respirar un poco de aire... Son capaces de hacer estas cosas, pero no poseen fuerzas para hacerlo, y le dan vueltas compulsivamente a cualquier tontería de este tipo durante días e incluso semanas.
El peso formidable de una cósmica fatalidad les ha derribado por completo, arrebatándoles toda fe y toda esperanza, aunque no, curiosamente, toda caridad (no me refiero a aquellos que se llevan a toda una serie de familiares por delante antes de matarse ellos mismos, los cuales son sólo unos paranoicos convencidos). Quizá por ello la iglesia se ha arrepentido de su postura ante los suicidas y ahora deja en las manos de Dios su posible y discutible salvación.
Me imagino el itinerario que estos amargados recorren. Muchos podrán encontrarse en alguno de los lugares de ese trayecto y no pasarán más allá, no llegarán nunca por su propio pie al final, ese agujero o maëlstrom que Unamuno decía era imposible adjetivar; puedo imaginarme -la imaginación es lo único que posee un escritor- cuáles serán esas últimas paradas: las fantasías de autolesionarse (amputaciones, sangrados etc...); la efectiva realización de esas actividades y, por fin, el suicidio consumado. Al contrario de lo que se suele creer, siempre hay que hacer caso de un suicida; esos se encuentran en la fase previa al intento definitivo.
Porque una parte significativa de los suicidas no son sino enfermos: trastornados, neuróticos o psicóticos víctimas de algún desarreglo en la neuroquímica de su personalidad; otros son solamente enfermos vitales: gente que no sabe vivir, o que no ha sido educada para vivir, sino para morir, y que no ha sabido reprogramarse adecuadamente mediante un ejercicio de crítica racionalista absoluta; a veces, incluso, las dos cosas, que se apoyan mutuamente de forma ponzoñosa. A algunos determinadas experiencias en los primeros compases de sus vidas les han configurado la sensibilidad hasta el extremo horrible de que ya no es posible saber cuál es su cara y cuál es su careta: la camisa de fuerza es su propia piel. Otros, sin embargo, llegan al suicidio por mero cansancio, por mera fatiga y agotamiento: han vivido demasiado intensamente y están quemados: la vida les aparece ya como algo insustancial; como decía Feuerbach, "sólo una vez es todo verdadero". Los hay que entran con calzador y a la fuerza, esto es, llorando, en las estadísticas de este tipo de desgracias personales, porque lo disimulan con mucho arte, porque se sienten avergonzados de que puedan fallar y hacen pasar su muerte por un mero accidente; otros, impulsivos, se saltan las etapas y van directamente al nudo de la cuestión; otros lo disimulan sólo por los compromisos contraídos que ya se ha citado en el primer párrafo; no quieren crear un dolor suplementario a su familia, que podría preguntarse toda su vida qué ha hecho ella para que el familiar adoptara semejante resolución; estos serían un tipo especial de los que Durkheim llamaría los suicidas altruistas.
Pero su dolor y angustia es mucha. Se les hace una montaña levantarse por las mañanas contra la fatalidad que les entierra y aborrecen y son capaces de resolver las tareas más complicadas para los otros, por más que no puedan, por ejemplo, ponerse un café a sí mismos, realizar una simple llamada telefónica para hablar con alguien o abrir una ventana para respirar un poco de aire... Son capaces de hacer estas cosas, pero no poseen fuerzas para hacerlo, y le dan vueltas compulsivamente a cualquier tontería de este tipo durante días e incluso semanas.
El peso formidable de una cósmica fatalidad les ha derribado por completo, arrebatándoles toda fe y toda esperanza, aunque no, curiosamente, toda caridad (no me refiero a aquellos que se llevan a toda una serie de familiares por delante antes de matarse ellos mismos, los cuales son sólo unos paranoicos convencidos). Quizá por ello la iglesia se ha arrepentido de su postura ante los suicidas y ahora deja en las manos de Dios su posible y discutible salvación.
Me imagino el itinerario que estos amargados recorren. Muchos podrán encontrarse en alguno de los lugares de ese trayecto y no pasarán más allá, no llegarán nunca por su propio pie al final, ese agujero o maëlstrom que Unamuno decía era imposible adjetivar; puedo imaginarme -la imaginación es lo único que posee un escritor- cuáles serán esas últimas paradas: las fantasías de autolesionarse (amputaciones, sangrados etc...); la efectiva realización de esas actividades y, por fin, el suicidio consumado. Al contrario de lo que se suele creer, siempre hay que hacer caso de un suicida; esos se encuentran en la fase previa al intento definitivo.
Porque una parte significativa de los suicidas no son sino enfermos: trastornados, neuróticos o psicóticos víctimas de algún desarreglo en la neuroquímica de su personalidad; otros son solamente enfermos vitales: gente que no sabe vivir, o que no ha sido educada para vivir, sino para morir, y que no ha sabido reprogramarse adecuadamente mediante un ejercicio de crítica racionalista absoluta; a veces, incluso, las dos cosas, que se apoyan mutuamente de forma ponzoñosa. A algunos determinadas experiencias en los primeros compases de sus vidas les han configurado la sensibilidad hasta el extremo horrible de que ya no es posible saber cuál es su cara y cuál es su careta: la camisa de fuerza es su propia piel. Otros, sin embargo, llegan al suicidio por mero cansancio, por mera fatiga y agotamiento: han vivido demasiado intensamente y están quemados: la vida les aparece ya como algo insustancial; como decía Feuerbach, "sólo una vez es todo verdadero". Los hay que entran con calzador y a la fuerza, esto es, llorando, en las estadísticas de este tipo de desgracias personales, porque lo disimulan con mucho arte, porque se sienten avergonzados de que puedan fallar y hacen pasar su muerte por un mero accidente; otros, impulsivos, se saltan las etapas y van directamente al nudo de la cuestión; otros lo disimulan sólo por los compromisos contraídos que ya se ha citado en el primer párrafo; no quieren crear un dolor suplementario a su familia, que podría preguntarse toda su vida qué ha hecho ella para que el familiar adoptara semejante resolución; estos serían un tipo especial de los que Durkheim llamaría los suicidas altruistas.
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Aulas materia y ordenadores gratuitos
He atravesado el ecuador de mi vida laboral como profesor y vive Dios que ha sido singladura movidita. En las películas norteamericanas he visto aulas materia magníficamente montadas: bustos de escritores, posters, cañones, armarios de libros, estrados para el profesor, pizarras móviles, proyectores etcétera. En mi instituto vamos a adoptar esta distribución, que apoyo, aunque el problema va a ser cómo afectará a los alumnos con necesidades educativas especiales, en especial a los ciegos, pues no hay telelupas suficientes para ellos y no van a ir cargando con ellas -un mazacote mostrenco de unos veinte kilos y sin ruedas- de un aula a otra. Por otra parte, vamos a ver con qué materiales amueblamos cada aula y usamos la pizarra virtual y el cañón. Otro problema será guiar a los alumnos a los nuevos santos lugares prometidos y conseguir que no se queden pegados a las taquillas o descarriados por algún vericueto ignoto, entregados a la merced de algún maligno profesor de guardia. Los profes de francés y de inglés andan por ahí muy ilusionados al no tener que llevarse el caparazón de un lado a otro como hasta ahora, y eso al menos hemos logrado; otros se quejan de que los horarios están peor ahora y dicen aquello del Eclesiastés que repetía Jorge Manrique, "Cualquiera tiempo pasado, fue mejor". Pero está claro que esto había que hacerlo ya de una vez; veremos cómo resulta.
Otrosí. Parece ser que el tan cacareado ordenador personal que iban a regalar a cada profesor va a ser alquilado durante tres años, solamente, y luego podrá comprarse por el profesor si este lo desea. Ya vino el tío Paco con las rebajas. Pues vale, pues bueno, pues me alegro.
Otrosí. Parece ser que el tan cacareado ordenador personal que iban a regalar a cada profesor va a ser alquilado durante tres años, solamente, y luego podrá comprarse por el profesor si este lo desea. Ya vino el tío Paco con las rebajas. Pues vale, pues bueno, pues me alegro.
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Un talentoso director de cine ciudarrealeño, Daniel Chamorro
Aunque hay que ayudar a los jóvenes, algunos no se dejan ayudar y otros están más ayudados de lo que realmente merecen; no parece el caso de Daniel Chamorro, quien, con lo joven que es, pasa ya de los cien premios nacionales e internacionales, aunque sólo ha realizado nueve cortos; es además compositor de sus propias bandas sonoras, guionista y poeta, lo que ya es una garantía artística. Por eso le he compuesto una entrada en la Wikipedia para que se le vaya conociendo y para hacer patria manchega, aunque, como suele ocurrir entre los despabilados de este suelo, Daniel ya se está madrileñizando y transcurre más por Los Ángeles, Londres y Berlín que por estos polvorientos andurriales. No parece un falso cañí al estilo Pedro Amodólar, sino más bien un técnico friki bastante literaturizado, al estilo Amenábar.
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miércoles, 1 de octubre de 2008
Usura
"Ante una quiebra bancaria, España cubre sólo 20.000 euros a los clientes frente a los 100.000 de Italia o a los 170.000 euros que prevé el plan de Bush. La OCU pide aumentarlo hasta los 150.000 euros."
Qué buenos son los banqueros/usureros españoles. Qué entraña más blanda y compasiva tienen. Si se les aplicara la misma horma, habría que ahorcarlos dos veces.
Qué buenos son los banqueros/usureros españoles. Qué entraña más blanda y compasiva tienen. Si se les aplicara la misma horma, habría que ahorcarlos dos veces.
Escribir y reescribir
Quizá tenga que advertir a quienes estén suscritos a mis post -ninguno, seguramente- que lo que leen en el correo es muchas veces distinto a lo que encuentran luego expuesto en el portal: retoco y comprimo la prosa y a veces prolongo los artículos con uno o dos párrafos más.
Incluso aunque hayan transcurrido años: matizo un concepto, añado una cita más a una entrega de hace meses, porque de alguna extraña manera recuerdo lo que he escrito como un asesino en serie sus obras de sangre. Acaso dentro de unos años refundiré toda esa prosa, enfriaré el magma y sacaré de molde uno, dos o tres títulos de todo esto: por un lado lo autobiográfico, por otro lo ensayístico y arrinconados otros grupos minúsculos. Varios caños para la misma fuente.
Incluso aunque hayan transcurrido años: matizo un concepto, añado una cita más a una entrega de hace meses, porque de alguna extraña manera recuerdo lo que he escrito como un asesino en serie sus obras de sangre. Acaso dentro de unos años refundiré toda esa prosa, enfriaré el magma y sacaré de molde uno, dos o tres títulos de todo esto: por un lado lo autobiográfico, por otro lo ensayístico y arrinconados otros grupos minúsculos. Varios caños para la misma fuente.
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Buenos ratos con los tebeos e historietas Bruguera
He pasado muy buenos ratos con los tebeos e historietas de la Editorial Bruguera. Tal vez, incluso, a ellos debo mi afición a leer. Desarrollaron no sólo mi imaginación, sino la de miles de niños en una época confusa, plana y huérfana como era la de los últimos años de Franco. Fui un auténtico perseguidor de historietas en mi infancia en Puertollano, a través de bibliotecas, amigos o tiendas donde se intercambiaban tebeos a cambio de poquísimo dinero. Ahora no hay cosas así y los jóvenes no tienen ni tebeos ni tiendas de esa clase, y ni siquiera pueden leerse novelitas de a duro: así les va. Ni tienen imaginación, ni afición a leer; al menos unos cuantos. Yo, y muchos otros como yo, pudimos por el contrario acceder a cantidades ingentes de lectura.
Los primeros tebeos que leí fueron los de Pulgarcito, luego DDT, Tiovivo, Mortadelo; los rivales TBO, Strong y Pumby tampoco estaban nada mal; recuerdo en especial las creaciones del genial y llorado Vázquez: su homónimo, el moroso que huía de los sastres, la abuelita Paz, Angelito, Anacleto, agente secreto; la familia Cebolleta, con el abuelo que contaba batallitas. También andaban por ahí Carpanta, Mortadelo y Filemón, el Capitán Trueno (que fue el primer español que se ligó a una sueca), acompañado del inefable Goliath y de Crispín, con guiones de Mora; el Corsario de Hierro, Dani Futuro, que estaba muy bien dibujado y tenía buenos guiones; Supernova etcétera; nunca comulgué con los comics extranjeros franceses: aborrecí a los Pitufos y no terminaban de gustarme del todo los Asterix; prefería los norteamericanos de la Marvel (el Spiderman de la pistola y el de Stan Lee, del que no me resigno a que no sea el viudísimo inconsolable de Gwen; los Cuatro fantásticos, los Vengadores, pese a toda la patriotería de Nick Furia y el Capitán América; la Masa, a quien insisten en llamar Hulk y en Sudamérica llaman La Mole; la Patrulla X, El motorista fantasma, Luke Cage, que hacía de Aquiles negro; Thor, que se las tenía tiesas con el maligno Loki y me hizo aprender mitología escandinava; El doctor Extraño, etc...), pero siempre aborrecí a Supermán y a Batman; también me iban los españoles vanguardistas de Trinca: Ventura y Nieto, Haxtur, el cómico Yago Veloz, etc; Mafaldas las leí todas, con sus inseparables Manolito, gallego emigrado devoto de la Virgen del puño; Miguelito, emigrantillo italiano fantasioso y ególatra; Felipe, acomplejado y timidísimo; Libertad, pequeña y bravucona; Guille, anarquista como un pequeño Guillermo Brown; Susanita, marujita y cotorrona, etcétera; siempre le tuve una especial devoción al belga Tintín y sobre todo al capitán Haddock, de poliédricos insultos, en su castillo del Loira. A Los cuatro ases, también, aunque no sean muy conocidos; me los leí todos en la Biblioteca Municipal de Puertollano. Por leer, incluso leí comics tan raros como los marcianos de Diego Valor, que hallé preguntándole a una ancianita de la Calle Santa Lucía del mismo lugar, si mal no recuerdo, o los del Guerrero del Antifaz y Roberto Alcázar y Pedrín, estos últimos sosísimos, mariconísimos e insoportabilísimos, (más de uno pensaba que la relación que existía entre Roberto Alcázar y Pedrín era la misma que entre Trueno y Crispín y entre Batman y Robin...) los de Flash Gordon -de los que prefería la versión moderna más que la antigua a todo color y en libro-, los del Espectro que camina, los de Mikros, y una lista interminable a que no puede bastar cuenta cierta.
Ya he perdido ese tren, y, por ejemplo, estoy, aunque no del todo, casi medianamente pez de lo que es la novela gráfica y sus autores, los últimos éxitos o hits del cómic (que prefiero llamar historieta) etcétera. No sabía quién coño era el autor de 300 ni de Sin City, ni conocía el comic en que se inspira la nueva y apocalíptica película de Hollywood que se está preparando.
Los primeros tebeos que leí fueron los de Pulgarcito, luego DDT, Tiovivo, Mortadelo; los rivales TBO, Strong y Pumby tampoco estaban nada mal; recuerdo en especial las creaciones del genial y llorado Vázquez: su homónimo, el moroso que huía de los sastres, la abuelita Paz, Angelito, Anacleto, agente secreto; la familia Cebolleta, con el abuelo que contaba batallitas. También andaban por ahí Carpanta, Mortadelo y Filemón, el Capitán Trueno (que fue el primer español que se ligó a una sueca), acompañado del inefable Goliath y de Crispín, con guiones de Mora; el Corsario de Hierro, Dani Futuro, que estaba muy bien dibujado y tenía buenos guiones; Supernova etcétera; nunca comulgué con los comics extranjeros franceses: aborrecí a los Pitufos y no terminaban de gustarme del todo los Asterix; prefería los norteamericanos de la Marvel (el Spiderman de la pistola y el de Stan Lee, del que no me resigno a que no sea el viudísimo inconsolable de Gwen; los Cuatro fantásticos, los Vengadores, pese a toda la patriotería de Nick Furia y el Capitán América; la Masa, a quien insisten en llamar Hulk y en Sudamérica llaman La Mole; la Patrulla X, El motorista fantasma, Luke Cage, que hacía de Aquiles negro; Thor, que se las tenía tiesas con el maligno Loki y me hizo aprender mitología escandinava; El doctor Extraño, etc...), pero siempre aborrecí a Supermán y a Batman; también me iban los españoles vanguardistas de Trinca: Ventura y Nieto, Haxtur, el cómico Yago Veloz, etc; Mafaldas las leí todas, con sus inseparables Manolito, gallego emigrado devoto de la Virgen del puño; Miguelito, emigrantillo italiano fantasioso y ególatra; Felipe, acomplejado y timidísimo; Libertad, pequeña y bravucona; Guille, anarquista como un pequeño Guillermo Brown; Susanita, marujita y cotorrona, etcétera; siempre le tuve una especial devoción al belga Tintín y sobre todo al capitán Haddock, de poliédricos insultos, en su castillo del Loira. A Los cuatro ases, también, aunque no sean muy conocidos; me los leí todos en la Biblioteca Municipal de Puertollano. Por leer, incluso leí comics tan raros como los marcianos de Diego Valor, que hallé preguntándole a una ancianita de la Calle Santa Lucía del mismo lugar, si mal no recuerdo, o los del Guerrero del Antifaz y Roberto Alcázar y Pedrín, estos últimos sosísimos, mariconísimos e insoportabilísimos, (más de uno pensaba que la relación que existía entre Roberto Alcázar y Pedrín era la misma que entre Trueno y Crispín y entre Batman y Robin...) los de Flash Gordon -de los que prefería la versión moderna más que la antigua a todo color y en libro-, los del Espectro que camina, los de Mikros, y una lista interminable a que no puede bastar cuenta cierta.
Ya he perdido ese tren, y, por ejemplo, estoy, aunque no del todo, casi medianamente pez de lo que es la novela gráfica y sus autores, los últimos éxitos o hits del cómic (que prefiero llamar historieta) etcétera. No sabía quién coño era el autor de 300 ni de Sin City, ni conocía el comic en que se inspira la nueva y apocalíptica película de Hollywood que se está preparando.
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lunes, 29 de septiembre de 2008
Nota o post número 600... Me paso de rosca
¿Escribo demasiado? Es sano para civilizar la prosa. Escribir como escribo me ha costado muchos años de lectura y de escritura; y cualquiera que haya compuesto o leído en voz alta asiduamente endecasílabos sabrá a qué me refiero cuando digo que se nota cuándo el párrafo es redondo "de oído" y lo mide la respiración. Cuanto más cerca estás del punto y seguido, mejor. Bien lo sabía un maestro de la concisión/conclusión, Haro Tecglén. Pero estas palabras marchan hacia el mismo destino que las cartas de Bartleby, un funcionario que debía leer lo que debía quemar después:
Dead letters! does it not sound like dead men? Conceive a man by nature and misfortune prone to a pallid hopelessness, can any business seem more fitted to heighten it than that of continually handling these dead letters, and assorting them for the flames? For by the cart-load they are annually burned. Sometimes from out the folded paper the pale clerk takes a ring:--the finger it was meant for, perhaps, moulded in the grave; a bank-note sent in swiftest charity:--he whom it would relieve, nor eats nor hungers any more; pardon for those who died despairing; hope for those who died unhoping; good tidings for those who died stifled by unrelieved calamities. On errands of life, these letters speed to death.
¡Cartas muertas! ¿No suena esto a hombres muertos? Imagínense a un hombre por naturaleza y fatalidad caído en una lívida desesperación: ¿puede cualquier otro quehacer ser más propio para avivarla que manejar esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues son quemadas cada año a carretadas. Algunas veces el empleado saca del doblado papel un anillo; el dedo al que se destinaba quizá se deshace en la tumba; un billete de banco enviado con la más diligente caridad... aquel al que intentaba aliviar ya no come ni siente más hambre; perdón para aquellos que murieron desesperando; esperanza para aquellos que murieron sin esperar ya nada; buenas noticias para aquellos que murieron ahogados en calamidades sin solución. Con mensajes de vida, estas cartas van derechas hacia la muerte.
Preferiría hacer algo, al contrario que el pobre Bartleby. Escribí un cuento al respecto, "Pintar algo", donde veía al protagonista en la tesitura que todos tenemos que afrontar en la vida: qué hacer, que dijo Tolstoy, o qué no hacer, que diría Herman Melville, esa especie de preformación de Kafka; hay quien dice que la literatura norteamericana es la única enteramente moderna, la única que no se ha formado, al menos esencialmente, sobre precedentes previos, y alguna verdad hay en ello, si examinamos los casos de Edgar Allan Poe, de Melville, de Thoreau, de Whitman. El simbolismo europeo, la novela policiaca y la ficción científica están en Poe; las parábolas de Kafka y el existencialismo están en Melville; el ecologismo, el anarquismo libertario y el pacifismo de Tolstoy están en Thoreau; el versolibrismo, el futurismo y las vanguardias están implícitas en Whitman.
Por desgracia la actual no es heredera de esas grandes figuras: allí no se traduce ya casi nada de otras lenguas; es una cultura enquistada y muerta que se mira con una gorrina complacencia el ombligo.
Dead letters! does it not sound like dead men? Conceive a man by nature and misfortune prone to a pallid hopelessness, can any business seem more fitted to heighten it than that of continually handling these dead letters, and assorting them for the flames? For by the cart-load they are annually burned. Sometimes from out the folded paper the pale clerk takes a ring:--the finger it was meant for, perhaps, moulded in the grave; a bank-note sent in swiftest charity:--he whom it would relieve, nor eats nor hungers any more; pardon for those who died despairing; hope for those who died unhoping; good tidings for those who died stifled by unrelieved calamities. On errands of life, these letters speed to death.
¡Cartas muertas! ¿No suena esto a hombres muertos? Imagínense a un hombre por naturaleza y fatalidad caído en una lívida desesperación: ¿puede cualquier otro quehacer ser más propio para avivarla que manejar esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues son quemadas cada año a carretadas. Algunas veces el empleado saca del doblado papel un anillo; el dedo al que se destinaba quizá se deshace en la tumba; un billete de banco enviado con la más diligente caridad... aquel al que intentaba aliviar ya no come ni siente más hambre; perdón para aquellos que murieron desesperando; esperanza para aquellos que murieron sin esperar ya nada; buenas noticias para aquellos que murieron ahogados en calamidades sin solución. Con mensajes de vida, estas cartas van derechas hacia la muerte.
Preferiría hacer algo, al contrario que el pobre Bartleby. Escribí un cuento al respecto, "Pintar algo", donde veía al protagonista en la tesitura que todos tenemos que afrontar en la vida: qué hacer, que dijo Tolstoy, o qué no hacer, que diría Herman Melville, esa especie de preformación de Kafka; hay quien dice que la literatura norteamericana es la única enteramente moderna, la única que no se ha formado, al menos esencialmente, sobre precedentes previos, y alguna verdad hay en ello, si examinamos los casos de Edgar Allan Poe, de Melville, de Thoreau, de Whitman. El simbolismo europeo, la novela policiaca y la ficción científica están en Poe; las parábolas de Kafka y el existencialismo están en Melville; el ecologismo, el anarquismo libertario y el pacifismo de Tolstoy están en Thoreau; el versolibrismo, el futurismo y las vanguardias están implícitas en Whitman.
Por desgracia la actual no es heredera de esas grandes figuras: allí no se traduce ya casi nada de otras lenguas; es una cultura enquistada y muerta que se mira con una gorrina complacencia el ombligo.
Paradojas
Un billón para ayudar a los pobrecitos banqueros y nada para aliviar el hambre, el analfabetismo o la falta sanitaria del tercer mundo.
Nuestro mundo (no este mundo) da asco. El altermundismo debe interpretarse correctamente: no hay otro mundo posible que este, y no hace falta dividirlo ni fragmentarlo; cualquier fragmentación es una descomposición, una corrupción, un corte más en una herida que sangra y que mata.
Nuestro mundo (no este mundo) da asco. El altermundismo debe interpretarse correctamente: no hay otro mundo posible que este, y no hace falta dividirlo ni fragmentarlo; cualquier fragmentación es una descomposición, una corrupción, un corte más en una herida que sangra y que mata.
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