lunes, 16 de junio de 2008

Educación del niño



La educación de los niños
GUSTAVO MARTÍN GARZO El País, 15/06/2008

En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".

domingo, 15 de junio de 2008

El Dragón Gardner

Es una maqueta de papel que te mira girando su cuello por obra pura y simple de una ilusión óptica tridimensional. Resulta muy convincente e impactante y en el mundo del Origami todos deberían conocerla; basta hacerse con el recortable y pegarlo en una base.

sábado, 14 de junio de 2008

Clases (las hay) de poesía


Como definía Antonio Gala, la poesía es algo que no tiene forma y adopta la del recipiente que la contiene, como los líquidos. Hay situaciones que tienen poesía, como hay textos, películas, músicas y personas que la poseen o son poseídas por ella, y otras que no. Algo parecido pero más matizado piensan Bergamín y Ángel Crespo. Entre las poesías que pueden encontrarse en las palabras, yo creo que los que somos más o menos poetas nos hemos encontrado fundamentalmente dos, como bien se ha sabido ver desde Bécquer hasta hoy; una es la que yo llamo diamantina: es deslumbrante, asombra; es una sensación casi física de belleza; yo la he sentido, por ejemplo, en Juan Ramón Jiménez; pero no deja huella permanente en el espíritu, más allá de ese instante de fantasmagoría; es demasiado autónoma y por eso es inhumana; otra, sin embargo, es la que podría llamarse transmutatoria: después de haberte encontrado con ella, eres diferente, distinto: te transforma, te descubres como nuevo, recién nacido a otra realidad mucho más amplia; el asombro que provoca es mucho mayor, permanente y enriquecedor. Es una poesía que remueve lo más hondo del espíritu, que transforma algo en el interior de uno mismo. Esa es la que a mí me implica. La sentí por primera vez en el Prometeo de Goethe , cuando lo leí en la edición bilingüe de Abiada, y la he sentido próxima en las Elegías duinesas de Rilke. Ese poder liberador, que cura y sana el espíritu haciéndote nacer otra vez, volviéndolo metamorfosis pura a la manera de Crespo, es para mí el valor fundamental de la palabra poética

Más allá de la puerta de Tannhäuser

Parafraseando el título de un famoso poema del plumífero Luis Antonio de Villena, que me leía Fernando José Carretero en los tiempos ya paleográficos de la Movida, cuando mangaba (él) libros de la librería Tartessos, escribí "Roy Batty muere", sumido en los compases neorrománticos del Country Lane de Walter, hoy en día Wendy, Carlos. De la librería Tartessos sacó él la irreberencia con "Be" de su Interior beige, en particular del "Dios, qué arcaico parece" del pobre y gangoso y judío Leonard Cohen, ese poeta y cantautor canadiense que escribía poemas en la mesa de la cocina y le daba rosas a Hitler. Nosotros bebíamos mucho de la Generación Beat, y yo en realidad bastante más de sus descendientes, la Escuela del cuarto cerrado; me compré una preciosa antología bilingüe de la agónica editorial Plaza y Janés que figura entre mis libros más queridos, me lo pasé pipa con la poesía de Mark Strand, los feminismos de Susan Griffin etcétera. Y, por supuesto, con la rabia del Ginsberg más salido de madre la noche de Walpurgis; una de las chavalas por entonces mis inalcanzables perseguidas, Manuela, me sorprendió una vez citándome el famoso Moloch de Ginsberg, y me sentí menos solo... Así que hay alguien en esta puñetera ciudad que lee también estas cosas. En realidad, el título de De Villena, Siegfried muere, correspondía a un famoso pasaje de El ocaso de los dioses de Wagner que malgastaba una grandiosidad de acorde infinito y montaña a lo Caspar David... No quiero ponerme pedantólico; las melancolías terminan siendo como tangos salidos del infierno, pero todos esos momentos se perderán, como lágrimas en la lluvia.

Elías Canetti y el ladino

Paseando por Internet deseando rescatar algo de lo mucho que escribía en los tiempos antañones de Internet por las listas de correo, he visto que algunos han colgado algunos de los mensajes que envié que les gustaron especialmente, por ejemplo en Opinatio; copio este, por ejemplo, sobre el ladino y Elías Canetti, de 1999:

Son amenísimas las memorias del premio Nobel de literatura Elías Canetti, pero en cuanto a los aspectos lingüísticos relacionados con el ladino (el texto está esmaltado de palabras en castellano del siglo XV) y los idiomas en general resultan ser de una sensibilidad excepcional, por lo que ofrezco aquí un centón de textos interesantes extraídos de La lengua absuelta, el primer libro de su autobiografía.Canetti es un apellido que proviene de la población manchega conquense de "Cañete". Tras la expulsión de 1492 pasaron a Italia, donde se italianizó su apellido, y luego a Adrianópolis, en la costa de Yugoslavia. Sus antepasados, que se dedicaban al comercio, se ubicaron por fin en Bulgaria. Allí, en Rustchuk, en el bajo Danubio,

Se podían escuchar en un mismo día hasta siete u ocho idiomas diferentes. Además de los búlgaros, que por lo general provenían del campo, había muchos turcos que vivían en su propio barrio, y colindando con este estaba el barrio de los sefardíes, el nuestro. Había griegos, albanos, armenios y gitanos. Los rumanos venían de la otra orilla del Danubio; mi nodriza, de la que no me acuerdo, era rumana. Ocasionalmente también había rusos (La lengua absuelta, Madrid: Alianza Editorial-Muchnik, 1983, p. 8).

Los sefardíes eran judíos creyentes para quienes la vida en la comunidad religiosa tenía significado; ocupaba, sin excesivo ardor, el centro de sus existencias. Pero se consideraban judíos especiales, lo que estaba estrechamente relacionado con su tradición española. En el transcurso de los siglos, el español que hablaban desde su expulsión había evolucionado muy poco. Habían incorporado algunas palabras turcas, pero se las reconocía como turcas y casi siempre tenían vocablos equivalentes en castellano. Las primeras canciones infantiles que oí eran españolas, se trataba de viejos "romances" españoles, pero lo que se grababa con más fuerza en un niño era la mentalidad de los españoles. Con ingenua arrogancia miraban por encima del hombro a los demás judíos, y utilizaban la palabra "todesco", cargada de sarcasmo, para designar a un judío alemán o asquenazi. Hubiera sido impensable casarse con una "todesca" y entre las muchas familias de las que oí hablar o conocí en Rustchuk de niño, no recuerdo ni un solo caso de matrimonio mixto. No tenía seis años de edad cuando ya mi abuelo me previno contra este tipo de alianza. Pero esta discriminación generalizada no era todo. Entre los mismos sefardíes existían las "buenas familias", por lo que se entendía las familias adineradas desde hacía mucho tiempo. Lo más arrogante que podía decirse de alguien era "es de buena familia" [en ladino del original]; cuántas veces, ad nauseam, le había oído decir esto a mi madre... (p. 10).

Una palabra, insistente y tierna a la vez, que a menudo escuchaba era "la butica" [en ladino del original]. Así se llamaba a la tienda donde el abuelo y sus hijos pasaban el día... (...) Entre ellos, mis padres hablaban alemán, idioma que no me estaba permitido entender. A parientes y amigos, como a nosotros los niños, nos hablaban en ladino. Era este el idioma vernáculo, castellano antiguo; posteriormente lo he escuchado a menudo y nunca lo he olvidado. Las campesinas de casa sólo hablaban búlgaro y fundamentalmente debo haberlo aprendido con ellas. Pero como nunca fui a una escuela búlgara y abandoné Rustchuk a los seis años de edad, lo olvidé rápidamente. Todos los acontecimientos de aquellos primeros años fueron en ladino y en búlgaro. Después "se me han" traducido en su mayor parte al alemán. Sólo los acontecimientos especialmente dramáticos, muertes y homicidios, y los peores terrores, se me han grabado en ladino, y de manera exacta e indeleble. El resto, casi todo, y en especial todo lo búlgaro, como los cuentos infantiles, lo tengo presente en alemán.Cómo tuvo lugar este proceso, es difícil de explicar. No sé ni la circunstancia ni la ocasión en que, dentro de mí, se me tradujo esto o aquello. Nunca he indagado al respecto, posiblemente por temor a destruir, mediante una inspección metódica y sistemática, mis recuerdos más preciados. Sólo puedo decir que tengo presentes aquellos años con toda su frescura y con todo su vigor -han sido mi alimento durante más de sesenta años- . Sin embargo, en su mayor parte están ligados a palabras que en aquel entonces no conocía. Hoy me parece natural ponerlos por escrito; no siento que con ello esté cambiando o distorsionando nada. No es como en las traducciones literarias de los libros en que se realiza un trasvase de una lengua a otra; se trata más bien de una traducción en el inconsciente, y aunque huyo de esta palabra como de la peste, palabra trivializada por su utilización excesiva, me gustaría reivindicarla para este único y exclusivo caso ( p. 17).


Además de la abuela Canetti había mucho de turco en Rustchuk. La primera canción infantil que aprendí, "Manzanicas coloradas las que vienen de Stambol", terminaba precisamente con el nombre de la ciudad de Estambul, de la que oí decir que era inmensamente grande y que relacioné inmediatamente con los turcos que se veían entre nosotros. "Edirne" -que así se decía Adrianopel en turco, la ciudad de donde provenían los dos abuelos Canetti- era nombrada a menudo. Nunca llegaba al final de las canciones turcas porque tenía dificultad para aguantar ciertos tonos particularmente largos; a mí me gustan mucho más las vehementes y apasionadas canciones españolas" (p. 25).

Todos los hombres se levantaban de repente y bailaban un poco en derredor, cantaban y bailaban juntos "jad gadia, jad gadia" -un corderillo, un corderillo-. Era una canción divertida en hebreo y yo la conocía muy bien, pero tan pronto como acababa, un tío mío me hacía señas para que me acercara y me la traducía al ladino, verso a verso.Cuando mi padre volvía del trabajo, se ponía a hablar con mi madre. En este tiempo estaban muy enamorados y tenían un idioma propio que yo no comprendía; hablaban en alemán, la lengua de su feliz época escolar en Viena. Lo que más les gustaba era hablar del Burgtheater; ya antes del conocerse habían visto las mismas obras y los mismos actores y nunca terminaban de hablar de sus recuerdos. Después me enteré de que habían llegado a enarmorarse uno del otro con este tipo de conversaciones, y así como no pudieron hacer realidad el sueño del teatro -ambos hubieran dedicado gustosamente su vida al teatro-, lograron imponer su matrimonio, pese a que hubo mucha oposición.

Fastidiado el niño Elías de que sus padres hablaran entre ellos una lengua incomprensible para él y se negasen a enseñársela porque era demasiado pronto, solía repetir párrafos en alemán a solas como si fueran sortilegios o ensalmos mágicos. Saludos a todos. Ángel Romera, moderador.

From palou@netrox.net Tue Jan 04 22:59:10 2000
Subject: Canetti, el ladino y la traducción inconsciente

Es tan hermoso lo que has mandado sobre Elias Canetti, que no se como agradecerlo. Te cuento que hay una tradicion sefardi segun la cual es bueno, para purificar espiritualmente una casa, limpiarla con agua caliente y luego echar esta por la ventana, pero existe el peligro de que se bañe (y escalde) con ella a los espiritus que vagan bajo las ventanas, por lo cual, antes de tirar el agua, la dueña de casa debe asomarse a la ventana y decir en voz alta:"Apartad la güena jente ke vo a echar agua kaente". Ya lo sabes, por si necesitais limpiar un dia la casa.....

viernes, 13 de junio de 2008

Mi mujer


Un antiguo profesor de filosofía de mi mujer dijo cuando presenté un libro que coordinaba que mi mujer valía mucho más que yo y yo le di la razón. Mi mujer vale muchísimo más que yo... Pero yo he sido el primero en darme cuenta, por eso me casé con ella.

Lo primero que destaca en mi mujer cuando la ves es su tamaño: es pequeña; lo segundo, sus enormes ojazos. Posee una piel de terciopelo. Pero sus virtudes más sobresalientes derivan de su carácter. Cualquiera que no la mirara dos veces la tendría por una mosquita muerta, pero mi mujer está hecha de un material que ya no se fabrica; su tenacidad, su voluntad, su constancia y su paciencia, virtudes que no son nada sin la adecuada proporción de prudencia, le hacen concluir con éxito las tareas más espinosas, difíciles, complejas y arriesgadas. Pondré un ejemplo; para superar un examen de latín, en vez de aprenderse la gramática, que la asustaba, se aprendió de memoria La guerra de las Galias en latín y en castellano, proeza bárbara que no logro ni siquiera imaginarme. Esta particular tenacidad la ha ejercido en favor de los demás y, últimamente, en su propio favor, por lo cual ha superado tres oposiciones seguidas y se ha sacado un par de licenciaturas. De su trato humano sólo cabe decir que, cuando enfermó de cáncer, paramos de contar las visitas al hospital en un mismo día cuando ya íbamos por 125. De ahí que los amigos que tenga lo sean a muerte, por no decir su propio esposo. Son incontables las personas que se han beneficiado de su buen hacer, pues toma como propia cualquier causa que exige proteger al desahuciado por la desgracia o el infortunio. Y es que mi mujer posee una empatía y un buen corazón que se señalan también protegiendo animales o soportándome a mí, que no soy nada fácil de soportar.

La vida

Hay un físico, Rohrer, que dice que la diferencia entre la vida y la muerte es más difusa de lo que se cree, y no le falta razón. ¿Qué es la vida? Una convulsión, un estremecimiento que sufre la materia inerte, y la forma mínima de esa convulsión es simplemente una sístole y una diástole. En su forma unicelular, una mínima vibración que puede transmitirse por vía hereditaria, igual que un contagio. Cuando determinen la expresión genética mínima de esa convulsión tendrán la fórmula de la vida, y cuando la superpongan al tren del ADN, responsable de su transmisión por el tiempo, tendrán el origen de la vida, aunque probablemente la vida orgánica se originó y se extinguió varias veces en nuestro planeta antes de desarrollarse tal y como la conocemos hoy. Curioso que la vida sea sólo eso, una convulsión que se transformó en una costumbre y más tarde en una herencia.

Pero la frase de Roher tiene quizá otro significado. ¿Quién nos dice que no estamos muertos? ¿Que no existe una vida muy superior? ¿Qué es la vida al margen de la conciencia? ¿Merece la pena? Un enfermo mental inmerso en una vida inauténtica, al menos para nosotros, ¿está vivo? ¿vive en un sueño? ¿Vive la vida alguien imposibilitado para sacar fruto a todas sus aptitudes humanas por causa de las coordenadas de espacio y tiempo en que le tocó nacer? ¿Por causa de la riqueza, sexo, nación, lengua, educación que ha recibido?

Esperando a los bárbaros


Aquí está, inequívoco, como siempre. Al cabo de un año, siempre me acomete cuatro o cinco veces. Lo cuestiona todo y podría destruirlo todo. Un pesimismo de entraña muy negra, psicótica. Pero que se nutre de pura realidad. Un crío de un colegio, J. J., llama vieja puta a su profesora y puta negra a una compañera suya adoptada, pero su madre le hace cumpleaños multitudinarios en restaurantes y todos sus compañeros acuden a celebrar al muy bestia y a hacerle regalos. Un angelito oscuro del que hay que esperar lo que hay que esperar. Ayer mismo un grupo de cuatro alumnos desesperanzados por su enorme bloque de suspensos hicieron coro para gritar "muérete" a un profesor cuando este no podía verlos. Angelitos. Y eso que están contenidos porque se acerca la evaluación final. Si no lo estuvieran...


Aprenden estos modelos de conducta de la televisión, que no prohíbe nada que les dé cuartos. En vez de esperando a los bárbaros podría escribirse algo inverso, esperando a los profesores. "Esos hombres eran una cierta solución", escribió Cavafis; pero "Mensajeros han venido de los confines del imperio y han contado que ya no hay profesores". Están demasiado ocupados realizando otras tareas, como contener el vómito, para poder enseñar. Comprendo a los misioneros en tierra extraña; yo, por lo menos, he perdido la fe, o "creo" haber perdido la fe. No siento la fuerza para convencer de lo que enseño; me la han quitado tantos cafres como hay haciendo ruido y concursos de bobos, también en el ministerio de educación. Se me va la sangre, pierdo el tiempo, la ilusión, la energía, la vida, la esperanza, todo. Sólo puedo resistir en frentes de batalla menos exigentes, no en asignaturas como Procesos de Comunicación, que no sirven para comunicar nada.

Parece mentira lo tontos que son algunos, cómo transmiten y amplían su incompetencia; sobre todos esos inspectorcillos que se quejan cuando hay una baja por "indisposición" de una hora indocumentada. Esos inspectorcillos había que empalarlos o tirarlos a un pozo. Cuando le cantan las cuarenta a un jefe de estudios por una idiotez por el estilo, lo único que provocan es que el jefe de estudios se cabree con el profesor de marras y que el profesor de marras se deprima más y, por lo tanto, baje más horas por "indisposición". Pero es que así son de idiotas algunos inspectores. Son uno de los principales factores de la Ley de Murphy en Educación.

Síndrome de Burnout o de estar quemado lo padecen muchos profesores y no se dan ni cuenta. No dan más de sí, o, mejor dicho, la sociedad no da más de sí en lo que a humanidad se refiere. Son demasiado humanos para sobrevivir a un mecanismo de trituración que lo transforma todo en un desecho y en una basura. Ese es el principal defecto del capitalismo que se está infiltrando en la educación: produce demasiada basura, no sólo material, sino humana, gente que en sí misma es basura.

Ayer hubo un acto en homenaje al maestro. Me sentí mal, no por la buena intención del acto en sí, que estuvo muy bien y por las palabras dichas por altavoz y a todo el mundo, claro está. Las dichas en voz baja, aparte o al oído eran otra cosa. Es por eso que dije al principio, lo del pesimismo. Cuando tengo esa disposición de espíritu, me parece como si se hubiera vuelto de noche y el mundo sólo ofreciera su cara más nocturna y oscura. A todos los veo en los huesos, como a través de una radiografía.

Una cosa que oí por ese salón "¿sabes que cuando Clementina se casó con Barreda hubo dos bodas, una para ricos y otra para pobres?". Pues no, no lo sabía. Y si lo sabía lo olvidé, porque no me interesa. Ya queda inmortalizado aquí para la historia, aunque esas cosas me importan tan poco como "Aquí hay tomate", "El diario de Patricia", saber qué número calcen Shoemaker o Asnar o el color de los calzoncillos del Papa. En la sala de profesores se comenta lo de "miembra". A mí eso me parece una gilipollez, pero no por la gilipollez en sí misma, sino por la gilipollez que supone que eso se considere una noticia habiendo cosas más importantes que merecen conocerse. No me interesaba conocer lo de "miembra", pero, sí, por ejemplo, la corrupción administrativa o el esquema de la mafia del ladrillo en mi provincia o quiénes han seguido la gloriosa iniciativa de nuestro señor don Barreda de renunciar a su ostentoso subidón de sueldazo o la cantidad de alcohólicos que hay en el Congreso o las medidas que se van a tomar para conseguir que los bancos no nos desuellen a pura usura y moralizar y desprofesionalizar la vida política.

jueves, 12 de junio de 2008

Qué escribir

Como siempre que estoy en vísperas de algo, el subconsciente se me recarga y la creatividad se me desborda; tengo muchos temas para escribir: la reciente jubilación de mi antigua profesora Blanca, el desconcierto de quienes siempre han tenido claro su puesto ante quienes siempre se sitúan en los quicios de todas las puertas y en los ejes de todas las decisiones, la violencia y su manipulación, el cambio de rótulos como signo de los nuevos viejos tiempos, la soledad como atributo de toda creación original en estos tiempos de gregarismo insufrible, etcétera. Pero qué vieja es la modernidad.

miércoles, 11 de junio de 2008

Hacer lo que se sabe hacer

Escuchado en la película Shackleton: "Nosotros los balleneros no somos como los poetas y los artistas que pueden escribir y pintar para poder soportar la estupidez; nosotros los balleneros tenemos que alejarnos de la civilización y hacer lo que sí sabemos hacer, cazar ballenas"

lunes, 9 de junio de 2008

Dies irae, dies iram

Desprecio tanto algunas cosas que algunas personas podrían creer tener motivos para tener miedo. Nada más falso. Soy tan inofensivo como un bebé, incapaz de ver el mal en las personas que admiro y aprecio y absolutamente inocuo para hacer daño si no me lo hacen a mí. Si me lo hacen... Bueno, después hay quien realiza una colecta para pagar las flores de la corona y uno, encima, queda fatal cuando ni siquiera da un céntimo. A mí siempre me ha despreciado gente que valía menos que yo. Y ya no quedan; por lo menos, no los veo, no me llegan sus calumnias, están missing, desaparecidos; ¿por qué será?

El perfecto político

Decía Sherlock Holmes, el famoso personaje de sir Arthur Conan Doyle, que una cadena es tan fuerte como lo es el más débil de sus eslabones. Si es así, un partido político es tan honrado como lo es el más corrupto de sus miembros. Tendremos que votar al PSOE como si todos sus miembros fuesen Luis Roldán, o al PP como si estuviera lleno de Zaplanas. Esto es, tendremos que no votar. Si hubiera que proponer un presidente para este planeta, yo propondría que no hubiera un presidente, sino una asamblea transversal de antropólogos anónimos, pero si lo hubiera, con nombre e identidad específica, preferiría que fuera alguien como Mohamed Yunus o Nelson Mandela. Sólo esos tienen un currículum moral, que es verdaderamente más importante que el político para hacer política de grandes consecuencias. Sólo estos ilustran el ejemplo de lo que es una moral puramente kantiana. Ahora, los méritos que aducen los demás políticos, si es que aducen alguno, fuera de su sonrisa, su cara bonita y el dinero que se han gastado en publicidad y en ser sobornados por todo tipo de medios de presión, no son verdaderos méritos, son una mierda, y ni siquiera una mierda consistente, pura diarrea. A mí, al menos, ese tipo de méritos me hacen vomitar.

domingo, 8 de junio de 2008

Mis comienzos como poeta

Empecé a leer poesía del Siglo de Oro desde pequeñito. Las lecturas en voz alta me hacían paladear un idioma que fue el de Lope, el de Bécquer... En otro lugar he contado ya cual fue la circunstancia biográfica que sirvió como llave para encerrar la palabra poética en mi conciencia para siempre. Pero el primer poeta que la hizo resonar, después del gusto poético que me inculcaron Jorge Manrique, Lope de Vega y José de Espronceda, algunas de cuyas obras memoricé, fue sin duda alguna Manuel Machado. Manuel, no Antonio; y algunas de las de greguerías de Ramón Gómez de la Serna, me hicieron mirar la realidad con unos ojos nuevos y deslumbrados, como si fuera un marciano. Lo que decía Novalis, de otorgar a lo cotidiano la diginidad de lo desconocido. Mirar las cosas como un marciano, esto es, a la cósmica distancia del asombro, es algo típicamente literario, esencialmente infantil y declaradamente lírico. Es el distanciamiento de la soledad, la materia prima de la literatura, que, después de todo, no es sino una forma de amistad entre un señor, el autor, y un lector lejano en el tiempo, en el espacio, en la cultura, en la psicología, en el sexo, en la vida, en las experiencias, en los viajes, en todo. Y un aprendizaje. Sin curiosidad no hay literatura.
Después, San Juan de la Cruz, Juan Ramón Jiménez, Borges, Luis Cernuda, José Ángel Valente, Ángel González, y la poesía anglosajona -Eliot, Mark Strand- y alemana -Rilke, Goethe, Celan-. Curiosamente, pero es algo explicable en una ciudad cainita como ésta, nadie nos habló jamás del gran Ángel Crespo en Ciudad Real, pero aquí llegaban sus primeras traducciones barcelonesas de la Divina comedia de Dante a través de la librería del hijo de su primer matrimonio, a quien llegué a conocer. En Bachillerato, mientras me partía el alma jugando interminables partidas de ajedrez en el Cafetín de San Pedro y hacía mis pinitos en las afueras del Grupo Cálamo, introducido por Fernando José Carretero Zabala, un poeta que iba siempre escoltado por su ligue y en busca siempre de otro, en mi mismo curso, por entonces en la órbita de Wilde, Salinas y Neruda; andaban por allí también Prado Lérida, una poetisa de versos que no me gustaban nada pero de unos ojazos preciosos que me he enterado ha muerto en Chile hace poco después de tener algunos hijos; también me paseaba por la taberna de Paco Carrión, con su gitarra y sus aceitunas, y depuraba mi extraña curiosidad por Borges, Quevedo y la novela picaresca en general, y me leí todo lo que pude del género, así como el consabido Quijote, del que mi padre era gran lector en una edición muy buena, la de Riquer, que de tanto sobarla tanto mi padre como yo mismo acabó hecha polvo y a medias remendada con esparadrapo; en la carrera leería todo Cervantes y casi todo el 27, todo Villamediana, todo Bocángel, todo Góngora, del que hice gran acopio de ediciones, toda la lírica de Lope, toda la de Quevedo, que sobé muchísimo, hasta el punto de dejar denegridas de apuntes las hojas, la del capitán Aldana, mi favorita del siglo XVI, cuyo anagrama, como bien supo ver Cernuda en un famoso verso, es La Nada; la de toda la escuela de Garcilaso, incluido Boscán, Hurtado de Mendoza, Acuña -del que me reí mucho con su contrafactum de la quinta canción de Garcilaso; no pude soportar los sonetos del Cetina, tan blandengues, pero sí su precioso madrigal, que me aprendí de memoria; también leí mucho al sevillano Herrera, que no me terminaba de gustar, y al que sólo admiré como poeta épico; a fray Luis de León, al que desde el principio aprecié y que para mí no hace sino ganar valor con los años, como un buen vino; la antología de Dámaso Alonso fue una buena guía; también las antologías baratas de Bruguera que podíamos comprar los chavales pobres; aprendí de memoria bastantes poemas de Garcilaso, fray Luis, de Quevedo, de San Juan, de muchos otros: se me quedaban sin esfuerzo, los repetía mentalmente, soñaba con ellos; había un ritmo en mi espíritu que enganchaba y enmadejaba sin esfuerzo el hilo del verso; la música del endecasílabo, el heptasílabo y el octosílabo se me quedaba en el oído hasta el punto de saber si un verso era correcto sólo oyéndolo, sin necesidad de contar las sílabas. Pero ese aprendizaje no fue sin esfuerzo: empecé un cuaderno donde bosquejé una treintena de sonetos malos, muchos de ellos a medio terminar, trabajosamente escritos para alcanzar el acentito en la sexta o en la cuarta y octava, y las rimas correspondientes. ¡Qué suplicio! Los romances, por el contrario, me salían con mucha naturalidad, a causa de la rima asonante, que es más libre y fácil. Participé en algunos concursos y gané uno con unos tercetos deplorables, aunque lo bastante buenos para que me dieran unos gallos de plata que aún conservo. Con el dinero está claro lo que hice: me compré unos libros carísimos que no podía costearme de otra manera, el Diccionario de literatura de Sainz de Robles, en dos tomos; luego me arrepentí; hubiera sido mejor comprar el de Revista de Occidente de Germán Bleiberg y Marías, pero es que por entonces era sólo un muchacho de erudición insuficiente y que no había empezado la universidad; ahora los tengo los dos, que son en cierta medida complementarios, el primero con sus errores en los años, su verbosidad sobrante y su bibliografía de derechas, el segundo con su posibilismo de izquierdas del 64, su lectura entre líneas y su preocupación por el dato fidedigno. En el antiguo Colegio Universitario de Ciudad Real aprendí sobre todo muchísimo latín con Virgilio y Cañigral y mucha gramática, y leí muchísimos clásicos; en la Complutense de Madrid, en una universidad rara y tomada a medias por el Opus y las mafias derechistas que concedían cátedras por méritos políticos tras la Guerra Civil, me di un atracón de lecturas, pero no siempre de lo que nos decían que leyésemos; guardo buen recuerdo de las lecciones de Antonio Prieto, a quien acusaban de difuso, pero que tenía la virtud de ser un semillero de ideas, intuiciones e inspiraciones en el terreno que dominaba, la poesía del Renacimiento; saqué una opinión muy mala sobre la grisura de esa universidad y la escasa humanidad tanto de sus alumnos como de sus profesores, contagiados de no sé qué desgana patológica y desconfianza desinformadora. No había allí verdadera sustancia para alimentar y hacer crecer una pasión filológica. Todo era demasiado poco cercano, gélido y frío, pese a lo cual uno pudo arreglárselas como siempre, por sus propios medios, como se hacen todas las cosas de mérito en España. Allí también en Madrid estuve sin embargo feliz, ya que yo siempre me desenvuelvo bien en entornos hostiles, pero pasé hambre, a veces hasta cuatro días sin comer y estuve muy solo, durmiendo mal en un camastro del que a veces me salían los pies, porque soy muy alto; desarrollé un sentido crítico como la copa de un pino; ese sentido crítico no dejó de crecerme todavía después y a veces noto incluso que, cuando todos los demás talentos han detenido ya en mí su crecimiento, este todavía sigue alimentándose y aumentando de tamaño, lo que parece increíble. Pero le pasa ahora igual que a mi curiosidad, que se ha vuelto muy abstracta.
Por entonces perseguía la sombra, la voz, el aroma y la sustancia de varias señoritas; por ejemplo, a una toledana llamada Olga Fernández, una dama experta en el siglo XVIII que andaba con bastón y me hizo ir a una pesadísima ópera de Haendel, el Xerxes, de lo que lo único que merece la pena es el oboe del Largo. Luego, una simpática rubia muy delgada, Paloma Gómez Campos, que no me hizo ni puto caso, pero a cuya boda, de magnífico menú, pues no en vano el novio era un reputado cocinero, asistí luego algo después en Valdepeñas; también de una tal María Luisa Utrero Ledesma, también compañera de carrera, pero de mi mismo curso; andaba sin embargo esta chica coladísima por un fotógrafo llamado Frank que la dejó preñada y con un niño antes de abandonarla. Una pena. Yo lo venía venir, intenté decírselo, pero creo que ella no estaba por la labor, tanto encoñan ese tipo de malos rollos. De otras damiselas me olvido porque no tuvieron ni siquiera la atención de distinguirme con su amistad. El caso es que dejé la universidad. Fue por entonces una época de desórdenes estudiantiles y vi a los caballos aporrear las calles de Moncloa espantando a los estudiantes, las sentadas al lado del arco y demás. Tierno Galván acababa de morir y la Movida se iba a pique, así como lo que quedaba de la primera fase del Guridi. Lo que antes eran meros ejercicios de literatura se habían transformado en otra cosa. Notaba en mí a veces una presión interior que necesitaba vaciarse sobre un papel; primero me rondaban versos sueltos, formados por fragmentos rehechos de frases oídas, leídas o compuestas per se; luego esos versos formaban marañas, y luego esas marañas se juntaban en estructuras semejantes a la de otros poemas que había leído en Cernuda o Borges, mis principales referencias por entonces, dos autores que dominaba al dedillo y había leído enteramente. También practicaba la escritura automática surrealista, ¡ya desde el instituto, es curioso, pero sin constancia! Así se formaron los primeros libros de poemas, los que no he publicado, los que he destruido y de los que no sé si quedará algo más. En esa época tuve que ejercer diversos oficios para sobrevivir y aprender algunas destrezas que me fueron muy útiles después: mecanografía, etcétera. De algunas oposiciones a las que me presenté sin estudiar y cuyos primeros ejercicios superaba con facilidad saqué la conclusión de que mi cultura general era bastante superior a la media y suficiente para superar con brillantez los test psicotécnicos; me tumbaban en las pruebas de mecanografía. Por eso aprendí mecanografía con el método ciego. Por entonces me ofrecieron trabajar en un modesto negocio de máquinas tragaperras y venta puerta a puerta para el que hacía varios trabajos, pero lo dejé, a pesar de que en ese oficio conocí a gente curiosa y me recorrí toda la provincia, alguna limítrofe e incluso llegué a Valencia. Hice un corto servicio militar en Infantería de Marina en Cartagena, y saqué la oposición en Madrid.
De mis primeros versos muy poco de ellos hay entre mis papeles, solamente lo más valioso; los restos de ese naufragio se contienen en Palabras acabadas. Por entonces finiquitaba la movida; yo iba por ahí con gabardinas, a veces una verde muy maja y larga y otras veces una azul corta. Mi siguientes libros, Zona tórrida y una colección de epigramas satíricos en prosa, Nadie lo diría, están aún inéditos, así como una novela satírica sobre un instituto de enseñanza, bastante graciosa, que creo que tendré que dejar como impublicable. El último, Contornos, todavía está terminándose. Proyecto algunos más que quizá nunca concluyan, Paradojas y Los cines de mi vida. Gané un premio de poesía en que tuve el honor de estrechar la mano sudorosa y tantas veces usada de José Bono, quien después de oír con resignación mi poema dijo algo en el sentido de que mi poesía era algo triste para que cambiara de derroteros. Se ve que a los políticos no les van las noticias tristes, ni siquiera en poesía. Qué se le va a hacer, soy un poeta elegiaco y siempre lo seré; cuando he tratado de escribir otra cosa no he podido, porque no era yo quien escribía. La verdad es que nunca he visto a políticos líricos sonando como ruiseñores. Me guardaré mucho de decir cosas gruesas contra señor tan simpático y político, tan cazurro e inteligente; solamente diré de don Pepito "pasó usted ya por casa" Bonito que cualquiera que lo heredara habría de ser sin duda alguna peor, y que no es el peor de los defectos que lo desmerecen su terrible narcisismo y su beatería insufrible de exseminarista confeso, pese a lo cual no puede aytisbarse mejor gobernante en el árido espacio de la submeseta.

viernes, 6 de junio de 2008

Estoy cansado

Es lo que decía el compañero del Instituto de Andalucía en un post anterior; pero la frase tiene su abolengo, no sólo por el poema de Luis Cernuda "estar cansado tiene plumas... estoy cansado de estar cansado", sino por la simbólica frase del gigantesco indio de Alguien voló sobre el nido del cuco, esa famosa y oscarizada película de Milos Forman, que intentaba dar una visión de lo que era la América en crisis de la época. El indio del manicomio se pasaba toda la película repitiendo monótonamente esa frase hasta que al final rompía con furia una ventana y se escapaba: era la representación del alma de Norteamérica, dormida y sin ningún propósito que la condujera a ningún "Destino manifiesto". Algo parecido le pasa a España, que no tiene ningún norte fuera de sí misma y de hacerse la puñeta en rencillas interiores constantes y continuas; debería encontrar una serie de ejes que la articularan como nación, como ya intuyó Ortega en su famoso ensayo. Y esos ejes deberían ser una serie de valores, no una serie de rencillas, como las que continuamente nos dividen por cosas como el agua, los presupuestos, los idiomas, las competencias y las gilipolleces de siempre. Algo de lo que sentirnos orgullosos porque nos hace ser más nosotros mismos. Y el orgullo legítimo se obtiene solamente de una manera: con trabajo. Es algo que no veo ni percibo en televisión, en política, en prensa, en investigación, en arte, en literatura, en enseñanza, en periodismo, en nada. Se ve que, desde el sic transit gloria mundi barroco, nos hemos echado a morir. Vale, pero, después de la muerte, ¿qué? ¿No había una resurrección? Jolines, despertarnos de la siesta nos está llevando varios siglos. Se nos pide bien poco: una buena educación, una presencia en el mundo digna, un algo de que sentirnos orgullosos. Y hasta ahora sólo podemos sentirnos orgullosos de personas como Induráin, que, esas sí, trabajan y se esfuerzan.
Y, sin embargo, la respuesta que dio el indio es a veces la única, cuando no te dejan hacer lo que quieres: escaparse por una ventana hacia un lugar más libre. Es lo que hacen los que vienen en patera hacia nuestro país; pero, nosotros, ¿qué patera debemos tomar? ¿Irnos a los bosques, como Henry David Thoreau? Nuestros queridos antepasados los han dejado todos más pelados que el cráneo de la Ocasión.

jueves, 5 de junio de 2008

Los funcionarios no lloran

Del Blog del profesor Cuyami:

Estoy cansado de escucharle a los compañeros: “Fulanito a mí me trabaja”. Estoy cansado de que no me hagan caso los alumnos, ni nadie. Estoy cansado de los dolores de garganta. Estoy cansado de escuchar que los profesores no trabajamos. Estoy cansado de que mi director tenga un horario donde no existen la mitad de sus horas. Estoy cansado de que siempre que escucho “don” sea con ironía. Estoy cansado de los consejos de muchos pedagogos, que no han entrado en un aula jamás. Estoy cansado de que los políticos se apunten tantos que no mete nadie, pero que si alguien los metiera, seríamos nosotros. Estoy cansado de solucionar robos de lapiceros y estuches. Estoy cansado de temer por la chapa de mi coche. Estoy cansado de planes absurdos como el proyecto de calidad, las ecoescuelas, los espacios de paz y todas esas sandeces que no arreglan nada. Estoy cansado de rellenar partes que no sirven y de que se critique Educación para la Ciudadanía habiendo quinientas cosas que están peor. Estoy cansado de pedirle a los alumnos que abran el libro. Estoy cansado de escuchar cómo me faltan al respeto. Estoy cansado de leer noticias de agresiones a docentes, sin que nadie haga nada. Estoy cansado de tener que coger el coche cada mañana y de conducir para llegar a mi puesto de trabajo, mientras muchos impostores aducen una comisión de servicio por enfermedades que no existen. Estoy cansado de la falta de medios, de las clases de más de treinta alumnos y de sentir que nadie me escucha mientras hablo. Estoy cansado de regañar a los hijos, de regañar a los padres y de que los segundos compren motos a los primeros para celebrar que los he suspendido. Estoy cansado de ver alumnos promocionar, sin aprobar ni el recreo. Estoy cansado de poner notas que no sirven de nada. Estoy cansado de corregir gratis pruebas extraordinarias que se inventa la Junta para engañar a la gente. Estoy cansado de perseguir a los camellos, de buscar droga en las mochilas, de descubrir a niñas embarazadas, de hacer de psicólogo, asistente social, esteticista y hombre de la limpieza. Estoy cansado de ver papeles por el suelo, de escuchar gritos en los cambios de clase, de la Ley del Menor, de las Leyes de Murphy, de ser mirado como un traidor por los alumnos y un mercenario por los padres. Estoy cansado de las promesas de la Junta, de los sindicatos, de las propuestas de los sindicatos, de las propuestas que nunca llegan a nada, de los aumentos de sueldo que nos “proponen”, de asistir al Centro por la tarde para perder mi tiempo, de los cursos del CNICE, de los cenizos cursos del CEP, de preparar actividades que los alumnos no aprecian, del lenguaje no sexista, los membretes de la Junta sobre cualquier cosa, los accidentes, las bibliotecas sin libros y los centros TIC sin demasiados ordenadores y con demasiados tics. Estoy cansado de los inspectores. Sí, estoy cansado de los inspectores. Estoy cansado de que todo el mundo le eche la culpa de todo a la educación, de que las familias se desmoronen, de llegar a punto del colapso a casa, de las ganas de matar a alguien, de no poder castrar químicamente a los futuros violadores que acosan ya a ciertas alumnas, de los padres que fuman porros delante de sus hijos, de los políticos, de todos los políticos, de absolutamente todos los políticos, de las leyes de Educación, reformas, contrarreformas, análisis e informes infumables. Estoy cansado de pasar frío en invierno, de pasar calor en verano, de la falta de corporativismo, de no ser ni tener autoridad, de que lo rompan todo, de no poder dar clases, de que los contenidos sean una anécdota porque son secundarios en Secundaria, de pedir perdón por explicar a última hora, de las programaciones y unidades didácticas, de colocar unos en vez de ceros, de ver cómo todos se cruzan de brazos, de sentir miedo, de ser engañado, de sentirme solo, de saberme sembrador en el desierto, de tantas mentiras, hipocresía, falta de educación en Educación, blasfemias, políticas e ira. Estoy cansado. Pero lo sé: son solo gajes del oficio. Los funcionarios no lloran, pero sí pagan impuestos.

Lenguajes animales

Los delfines son los únicos animales, junto con los humanos, que poseen nombres propios. Este principio de individuación ya sugiere que existe conciencia, psicología y comportamiento original en su sociedad. Y pensamiento abstracto o simbólico. Su lenguaje no es sólo vocal, también incluye signos coreográficos y todavía no ha sido adecuadamente descifrado; poseen otras capacidades cognoscitivas muy raras, como la empatía entre especies y la capacidad de imitarnos, que también tienen los simios, pero en su caso esta capacidad resulta aún más extraordinaria, porque su hábitat es completamente diferente, su físico no es antropomorfo y desde luego es absolutamente inconveniente para todo desarrollo instrumental. Su comportamiento, por lo demás, es social y organizado, poseen culturas diferentes, técnicas de pesca elaboradas, interrrelacionan fácilmente con especies inteligentes, aprenden con facilidad y su comportamiento deriva con frecuencia al humor y la ironía; más de una vez algún cuidador ha sospechado que los delfines se rien indulgentes de lo patosamente que nadan los seres humanos.

Lo que va de Lope a Shakespeare

Hay una égloga de Lope en sus Rimas intitulada Farmaceutria. Rimas es el primero de sus cancioneros petrarquistas y se encuentra muy imbuido de Manierismo, como se deja ver, al menos desde el punto de vista estilístico, por la abundancia de geometrías de diseminación y recolección y otros artificios. No abordaré el problema estructural que la denominación Cancionero petrarquista plantea, pues existen dos modos de considerar el cancionero, el italiano y el castellano, este último más atento a las estructuras métricas que a la narración de los episodios cristalizados de un solo amor. La misma heterogeneidad temática que constituye el torrencial temperamento de Lope lo hacía inclinarse por las estructuras descompensadas. Es otra cosa lo que me importa destacar en este ensayo.

Hay allí unos enigmáticos versos pronunciados ante la aparición de un espectro sobrenatural evocado por las artes de la adivinación:
Extraños y profundos / son, Tirsi, de los cielos los
secretos: / mil leguas yerra un hombre en dos segundos
La comprensión de esos versos tiene que ver con la astronomía: dos segundos de arco en la Tierra del Almagesto de Claudio Ptolomeo equivalen a un segmento de distancia muy reducido, pero cuando el ángulo se prolonga a los cielos, equivale a mil leguas. Lope experimenta un asombro ante la anomalía de la naturaleza (entendida en el sentido de entonces: todo lo sometido a corrupción, que es lo que está bajo la órbita o epiciclo de la Luna), que es la aparición de un espectro, y considera que la realidad es "más reducida" que el mundo superior divino y ultraterreno, supernatural, del que contemplamos un tenue reflejo.

Pero apenas dos o tres años antes, Shakespeare, en el Hamlet, había dicho algo muy parecido, y con igual motivo, esto es, ante la aparición de un espectro al principio de la obra, el del rey envenenado y padre del príncipe danés, por boca de este último:
Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas
las que pueda soñar tu filosofía
...
Las diversas versiones del texto difieren entre el teocéntrico "soñar" y el antropocéntrico "imaginar", que también tiene que ver con lo que añadiré, pero eso importa poco a lo que me propongo evidenciar: a diferencia de Lope, Shakespeare pone al mismo nivel de importancia el Cielo (o cielos, pues hay varios) y la Tierra: su asombro se reparte igual entre lo divino y lo humano, a diferencia de Lope, que es un cura asustado por los prodigios del cielo y que considera que la tierra es un débil reflejo del más allá. O al menos los sencvillos personajes pastoriles que en esta égloga logran evocar realmente el paganismo de Teócrito.

Pues bien, en los versos de Shakespeare, que ponen su asombro por igual en la tierra que en el cielo, está la reverencia de Inglaterra por el mundo material, el del comercio, el de la industria y el del dinero: la curiosidad científica, el progreso de Inglaterra, el empirismo, incluso Newton.

¿Y en los de Lope? Siento defraudar, pero en los versos de Lope la Tierra es mucho más pequeña e insignificante que el enorme Cielo, esa compleja y presuntamente perfecta máquina ptolemaica; en los versos de Lope sólo está la teología y la beatería del Siglo de Oro español, el meapilismo, la santería, la hediondez de los conventos de clausura, la Inquisición y las procesiones de disciplinantes. Qué le vamos a hacer: los españoles no creían que la Natura o Naturaleza de Lucrecio y Spinoza bajo la Luna fuera motivo de asombro, y no experimentaban curiosidad por ella, sino por el otro mundo tan temido: el error y errar del hombre en la Tierra se multiplica por un increíble factor en el Cielo, depende de él, mientras que los personajes de Shakespeare, mal que les pese, son libres para andar vagando por todo el asombro de lo humano y lo divino, con valor y sin el miedo que da el miedo que tienen los demás. La irrealidad del fantasma provoca en Lope temor, en Shakespeare asombro y curiosidad: Shakespeare penetra en el misterio catedralicio de lo irreal, Lope se queda a las puertas, santiguándose.

miércoles, 4 de junio de 2008

Dios

"Nada nace de la nada, nada vuelve a la nada", dice Lucrecio, uno de los pocos grandes poetas del ateísmo, junto con Thomas Hardy, Ludwig Feuerbach y Giacomo Leopardi. No se puede decir que leer a estos sujetos levante el ánimo, precisamente, pero también es cierto que sus palabras no defraudan si lo que se busca en ellas es la sustancia elemental de la verdad, sin la cual la vida no tiene sentido, porque entonces sería lo que decía Calderón, un sueño, o lo que querían ponerle ante los ojos a don Quijote, magia. No es ni sueño ni magia, sino un ser o no ser, una sístole y una diástole, o, más bien, esa pobre ramita de cerezo que le quedaba a Kurosawa en el primero de sus Sueños, humilde cosa, en verdad, pero algo a fin de cuentas. "los hombres mueren y no son felices", dice el Calígula de Camus. Uno va perdiendo las fuerzas, nota que las enfermedades se le tardan más en curar y va empezando a perder las cosas: la ilusión, el tiempo, el entusiasmo, la salud... Nota que los deseos son interminables o que, como dice sabiamente el Eclesiastés, "todo el trabajo de un hombre es para su boca y, sin embargo, este ansia no se sacia nunca". Muchos viejos consideran que el sentido de la vida es su pensión; yo no sé cuál es el sentido de la vida, ni siquiera de la mía; mi suegra opina que es ser querida por nosotros, lo que demuestra su grandeza de alma; yo pienso algo parecido y, como los griegos y los viejos guerreros castellanos, me gustaría morirme acompañado y sintiéndome querido, sin que nadie lamentase mi muerte, y que la gente me recordara con agrado. Es hermoso lo que hacen en Nueva Orleáns, entierros con música de jazz y banquete funeral; no sé por qué no puede ser así; las vejeces tampoco deberían ser tristes; los viejos deberían jugar con sus nietos... La pena es que los viejos de hoy se han pasado la vida siendo egoístas y de repente se encuentran sin hijos y sin nietos, porque les salía más divertido comprarse un coche deportivo o irse de juerga a Cuba. Peor para ellos: que vayan a pasárselo bien a un cementerio de automóviles o a un asilo ¿no les gustaba la soledad?

Cuando leo que Hardy describe el cielo del atardecer como una lápida de granito me siento aplastado por ella. Prefiero respirar hondo a leer mi traducción de El mundo como voluntad y como representación, que es la vieja de Eduardo Ovejero, un tomazo impresionante de mil doscientas páginas de papel biblia. ¡Y el señor Arturo tiene la jeta de decir que es "la expresión de un solo pensamiento"! La verdad es que, para decir lo que dice, podía formularlo en cien páginas, aunque sin tanta elegancia y con menos literatura y cultura. Estos alemanes no saben resumir.

Bondad

He aquí el arma que desarma, la más brutal de todas las tácticas, la que tumba al púgil más pesado, al más bestia de todos los imbéciles y al más cínico de todos los quemados. Y la que me derrota a mí.

Somos lo que nos ponemos

Atenolol y Topamax para el corazón y la tensión, Vandral 150 para la ansiedad, Nolotil para el dolor de espalda que no deja dormir, Gelidina para que la cara no se te caiga a trozos... Eso es lo fácil; lo difícil, la sonrisa campanuda e ir vestido de alguien entre los patitos guapos, patitos, dicho sea de paso, que terminan por transformarse en pajarracos de mierda, y ni siquiera mierda consistente, pura diarrea, salvo algunos que otros, muchos más de lo que parece, majos y majas que más bien recuerdan a Bugs Bunny, a Piolín o al incansable y simpático Coyote, el de moral de Alcoyano, santo patrón animal o mascota de todos los profesores.
Quienes coleccionan mierda y se quedan con ella, estercoleros humanos, se quedan siempre con lo feo de lo que leen y manchan con esa mierda a otros; los que se quedan con lo hermoso, se quedan con ello y hermosean a los demás con esa belleza; estos son los que merecen la pena, no los otros; y estos, siempre, son los pocos, no los muchos. Y no siempre los pocos son tan pocos como parecen ni los muchos tantos como suelen parecer. Hay una hermosa expresión en el Evangelio de San Mateo para definir a esos malos en un ecológico discurso de Jesús que se ve era el favorito del poverello de Asís, "sepulcros blanqueados" .
Me dirán: no eres el único en sentir ni en pensar estas cosas. Pues claro que no, pero sí soy único en una cosa: en decir por escrito algo de lo que pienso en mi entorno cercano y en que ello me importe un pimiento. ¿O no?

Reconquistar las aulas

Reconquistar las aulas

FERNANDO SAVATER El País, 03/06/2008

Quienes sólo pretendan entretenerse con morbo y cotilleo pueden dedicarse a seguir la pugna por el poder en los partidos o deleitarse con el vaivén del chiki-chiki. Pero si usted desea conocer lo que pasa realmente en este país y sobre todo lo que va a pasar mañana mismo, tiene que leer El profesor en la trinchera (La Esfera de los Libros), de José Sánchez Tortosa. El autor es un profesor de bachillerato y cuenta en su libro -estupendamente escrito, que hace reír y llorar como las mejores novelas de Dickens- la batalla más noble, silenciada y solitaria de todas: la que mantiene el maestro contra la ignorancia consentida y mimada de los alumnos en una sociedad en la que cada cual es rey y todos esclavos, o sea donde se ha olvidado la exigencia liberadora del conocimiento. No exagero la metáfora bélica: "Un aula de secundaria -dice con humor el profesor Sánchez Tortosa- es una batalla campal en la que el profesor queda relegado casi siempre al papel de mero observador de la ONU sin la cobertura de los cascos azules, al menos hasta que los guardias jurados entren en las aulas, que todo se andará".

La batalla más noble es la del maestro contra la ignorancia consentida y mimada de los alumnos
Que nadie se equivoque: Sánchez Tortosa no es un derrotista ni uno de tantos confortables apocalípticos, aunque se niegue a integrarse en el desorden vigente. Su formidable libro está lleno de pertinentes reflexiones sobre la educación (inspiradas en los mejores maestros, de Platón a Alain) y de la convicción de que es urgente e imprescindible no rendirse ante lo evidente: está decidido a seguir en la trinchera, peleando contra sus alumnos porque está de su lado. Es el verdadero gran reto de nuestras sociedades, reflejado también en la película de Laurent Cantet que acaba de triunfar en Cannes: Entre les murs. ¿Hasta cuándo el resto de la ciudadanía dará la espalda a quienes defienden y conservan lo mejor de lo que somos? Desde luego, los medios de comunicación no siempre ayudan, si hay que juzgar por series como Física y química, de Antena 3. Hace poco, la asociación de profesores ANPE ha publicado un manifiesto en defensa de la dignidad de los educadores, ridiculizados por planteamientos "antiautoritarios" que en realidad no son más que amarillismo y afán de notoriedad lucrativa.

¿Y los padres? Pues tampoco siempre reman en la dirección debida. Lo peor ahora de cierta derecha clerical no es que apoye la privatización de la enseñanza sino que por lo visto quiere la privatización de los hijos. A su modo, claro: la religión, que es un asunto de creencias familiares, exigen que se curse en la escuela; y la educación cívica, que concierne a la comunidad, hay que darla en casa. Pura lógica episcopal. Aunque el capricho todavía no se ha extendido demasiado, ya existen familias que pretenden el derecho de no enviar a los hijos a la escuela y educarlos a domicilio. En el País Vasco ha habido algún caso que ha llegado a los tribunales y que ha despertado por lo visto el apoyo conjunto del PSE y del PP: mal asunto, nunca se ponen de acuerdo cuando de verdad hace falta pero si se trata de una insensatez allá van del brazo. Según una de las madres partidarias de este método "el mejor lugar de socialización es la familia. Sólo sales a buscar a la calle lo que te falta en casa". Opino lo contrario: creo que el aula -donde deben estar juntos los que vienen de familias distintas y hasta de etnias diversas- es más educativa en sí misma, como espacio compartido, que cualquier materia que se explique en ella. La primera lección de la escuela es enseñar a los neófitos que no todo es familia y que así tendrán que vivir en adelante.

Las aulas no pueden entregarse a la desidia, al matonismo y a una indisciplina que no es creadora más que de fracaso escolar. Luchar por reconquistarlas -para empezar, reforzando la indispensable autoridad del maestro- es el principio de cualquier regeneración democrática verdadera.

lunes, 2 de junio de 2008

Dios del sufrimiento


PETER SINGER

¿El Dios del sufrimiento?

PETER SINGER El País, 01/06/2008


Vivimos en un mundo creado por un dios todopoderoso, omnisciente y absolutamente bueno? Los cristianos así lo creen. No obstante, todos los días nos enfrentamos a un motivo poderoso para dudarlo: en el mundo hay mucho dolor y sufrimiento. Si Dios es omnisciente, sabe cuánto sufrimiento hay. Si es todopoderoso, podría haber creado un mundo sin tanto dolor, y lo habría hecho si fuera absolutamente bueno.

Si Dios es bueno y todopoderoso, podría haber creado un mundo sin dolor
Los cristianos generalmente responden que Dios nos concedió el don del libre albedrío, y por lo tanto no es responsable del mal que hacemos. Pero esta respuesta no toma en cuenta el sufrimiento de quienes se ahogan en inundaciones, se queman vivos en incendios forestales provocados por un rayo o mueren de hambre o sed durante una sequía.

Los cristianos tratan de explicar este sufrimiento diciendo que todos los seres humanos son pecadores y merecen su suerte, por espantosa que sea. Pero los bebés y niños pequeños tienen las mismas probabilidades que los adultos de sufrir y morir en desastres naturales y parece imposible que lo merezcan.

Una vez más, algunos cristianos sostienen que todos hemos heredado el pecado original cometido por Eva, que desafió el decreto de Dios de no comer del árbol del conocimiento. Esta es una idea repelente por partida triple, ya que implica que el conocimiento es malo, que desobedecer la voluntad de Dios es el mayor de todos los pecados y que los niños heredan los pecados de sus antepasados y pueden ser justamente castigados por ellos.

Aun si aceptáramos todo esto, el problema sigue sin solución. Los animales también sufren a causa de las inundaciones, incendios y sequías y, puesto que no descienden de Adán y Eva, no pueden haber heredado el pecado original.

En tiempos pasados, cuando el pecado se tomaba más en serio que hoy en día, el sufrimiento de los animales planteaba un problema particularmente difícil a los pensadores cristianos. El filósofo francés del siglo XVII René Descartes lo resolvió mediante el drástico recurso de negar que los animales puedan sufrir. Sostenía que los animales eran simplemente mecanismos ingeniosos y que no se debían tomar sus chillidos y contorsiones como señal de dolor, de la misma manera que no se toma el ruido de un reloj despertador como señal de que tiene conciencia. Es poco probable que las personas que tienen un gato o un perro encuentren convincente ese argumento.
El mes pasado, en la Universidad de Biola, una escuela cristiana en el sur de California, debatí la existencia de Dios con el comentarista conservador Dinesh D'Souza. En los últimos meses, D'Souza ha insistido en discutir con ateos prominentes, pero a él también le costó trabajo encontrar una respuesta convincente al problema que he descrito.

Primero dijo que puesto que los seres humanos pueden vivir eternamente en el cielo, el sufrimiento de este mundo es menos importante que si nuestra vida en este mundo fuera la única que tuviéramos. Eso sigue sin explicar por qué un dios todopoderoso y absolutamente bueno lo permitiría. Por insignificante que sea este sufrimiento desde la perspectiva de la eternidad, el mundo estaría mejor sin él, o al menos sin la mayor parte de él. (Algunas personas afirman que necesitamos algo de sufrimiento para apreciar lo que es ser feliz. Tal vez, pero ciertamente no necesitamos tanto).

A continuación, D'Souza adujo que como Dios nos dio la vida, no estamos en condiciones de quejarnos si no es perfecta. Utilizó el ejemplo de un niño nacido sin una pierna. Dijo que si la vida en sí misma es un don, no se nos hace un daño si recibimos menos de lo que podríamos desear. En respuesta, señalé que nosotros condenamos a las madres que dañan a sus bebés mediante el uso de alcohol o cocaína durante el embarazo. No obstante, ya que le dan la vida a sus hijos, parece que según la opinión de D'Souza lo que hacen no tiene nada de malo.

Por último, D'Souza recurrió, como lo hacen muchos cristianos cuando se les presiona, a la afirmación de que no podemos esperar entender los motivos de Dios para crear el mundo tal como es. Es como si una hormiga tratara de entender nuestras decisiones, por lo insignificante que es nuestra inteligencia en comparación con la infinita sabiduría de Dios. (Ésta es la respuesta que se da de forma más poética en el Libro de Job). Pero una vez que abdicamos así de nuestra capacidad de raciocinio, bien podemos creer lo que sea.

Además, la afirmación de que nuestra inteligencia es insignificante en comparación con la de Dios presupone exactamente el punto que se está debatiendo: que existe un dios omnisciente, omnipotente y absolutamente bueno. Las evidencias que tenemos ante nuestros propios ojos indican que es más razonable creer que el mundo no fue creado por dios alguno. Si de cualquier forma insistimos en creer en la creación divina, nos vemos obligados a admitir que el dios que creó el mundo no puede ser todopoderoso y absolutamente bueno. O es malvado o no es muy hábil.

Peter Singer es profesor de bioética en la Universidad de Princeton. © Project Syndicate, 2008. Traducción de Kena Nequiz.

domingo, 1 de junio de 2008

Amy Winehouse

Pobre muchacha, fruto de la conjunción entre un taxista y una farmacéutica, tan joven, feúcha, judía, negra y frágil, y ya al borde del precipicio. Melosa y vulgar, fuma trescientos euros de marihuana a la semana, se hunde en un mar de crack, revuelto de droga, alcoholismo, sexo, anorexia y bulimia y, para colmo, la llaman heredera del soul y vende ocho millones de discos después de una trayectoria escolar de impecables expulsiones, magníficos desórdenes y jaleados suspensos, aun tocada por la gracia de una voz celeste y unas letras de calleja. La taladrada y tatuada Amy Winehouse llama vieja señorita a Madonna y da un concierto de una hora en Lisboa esquelética y como salida de Auchwitz, borracha y tambaleante. Le meten el marido en el saco y se deprime más, resacona, con la ropa puerca, suicidosa y automutilada, con cinco premios grammys en la bañera, necesita ayuda o se nos va, y muy deprisa, lo que sería una pena, porque parece ser que el duende ha herido a esta pobre chica en lo más profundo de su ser. Su disco: Retorno a lo oscuro.
Excerpta de sus cancionciejas:
"No aprendí demasiado en la escuela,
y sé que no aprenderé de un vaso de chupito"
"Me he desmayado, pero cuando recobro el sentido
ni me doy cuenta, ni me doy cuenta, ni me doy cuenta"
"No hay amor mayor
que el que yo siento para usted,
ningún más dulcemente"
"Tienes el tejano tan ajustado
que no te puedes sentar"
"Cómprese su propia cizaña y cáguese hacia abajo"
"Confuso entiendo a un hombre
si camino en sus zapatos"
"Me gustaría poder decir que mi corazón se rompe
como al principio hizo,
pero es que además creció:
ya no canta el ruiseñor"
"El amor es una carta mala
para un juego ya perdido,
más de lo que pude soportar"
"Todo lo que te seré
es la oscuridad que ambos conocemos
y la culpa a que me tengo que acostumbrar"
"Él se aleja,
el sol se pone
y se toma el día;
pero soy grande,
y en tu camino,
mi sombra honda,
mis lágrimas se secan solas.
Así que somos historia,
tu sombra me cubre,
el cielo arriba
es un incendio"
"Pronto seré la otra mujer del próximo hombre"
"Por lo menos no estoy bebiendo,
discurro y doy vueltas para no tener que pensar"
"Él me inunda con el miedo
empapado en el alma,
él nada en mis ojos por la cama
me vierte encima de él"
"Ya no tengo que preguntarme dónde está,
se ha puesto tan enfermo de grito últimamente..."
"Pongo el corazón en hora en el segundo que paro los sueños"
"cuando se apaga la luz no puedo encender el frío del funcionamiento de mi sangre"

sábado, 31 de mayo de 2008

El Constitucionalismo de Pedro Estala

Las ideas constitucionales antiguas de los manchegos no son muy diversas entre sí: las de Arroyal, las de Mejía y las del ilustrado daimieleño Pedro Estala, un canónigo masón y afrancesado, son muy parecidas a las de Mejía. Cuando escribió El Imparcial en 1809 las divulgó a través de dos artículos principalmente, uno, incluido en el número primero, intentaba sentar la verdad de que la Constitución de Bayona había venido a restaurar las libertades perdidas por obra de las últimas dinastías de reyes españoles. Así, Jean Baptiste Busaal afirma en su "Le règne de Joseph Bonaparte: une expérience décisive dans la transition de la Ilustración au Libéralisme Modéré", en Historia Constitucional, número 7 (Septiembre 2006), párr. 28-30, que "l’afrancesado en abordant la question des origines anciennes de la liberté espagnole s’inscrivait pleinement dans le débat constituant de la crise de la Monarchie dont ce thème constituait un enjeu central". Como la mayor parte de sus contemporáneos favorables a las reformas, el excanónigo vuelto periodista consideraba que los españoles habían tenido ya una Constitución, «esto es, aquellos fueros o leyes fundamentales que ataban las manos a los príncipes». Gracias a los legendarios fueros de Sobrarbe, Aragón properó hasta que Felipe II, incitado por la Inquisición, impuso su tiranía. No quedaban más que unas migajas de la de Navarra, recuerdo antiguo de la de Castilla, perpetuado por el fantasma de las Cortes y si la "provincia" vasca estaba en calma, era porque la suya era la única aún en pie. Los Borbones terminaron de instalar la opresión y desde entonces la caída de España no pareció tener fin. Pero gracias «a la generosidad del gran Napoleón», las libertades se restablecieron y el buen gobierno no dependía ya de la personalidad del titular de la función real. El artículo termina con la promesa de un análisis, que no llegó a presentarse jamás, de los artículos de esta Constitución. El segundo artículo, sobre el Patriotismo, exponía las ventajas de la libertad de los modernos; la Patria que la nueva constitución había creado verdaderamente sería «aquel país nativo del hombre, que le proporciona todas las ventajas de una sociedad bien arreglada, y [le permite] gozar de sus derechos imprescriptibles ». La máxima política que guiaba en el pasado el poder hacía del rey el dueño de la vida y de los bienes, lo que volvía ilusorios todos los derechos individuales, sin contar que todo espíritu de protesta era extiguido por la ausencia de garantía jurídica para el goce de sus rentas. Los «prodigios de una constitución liberal» convencerían a los escépticos con una libertad individual asegurada, una justicia imparcial y el fin de las exacciones económicas.

viernes, 30 de mayo de 2008

Treinta de mayo

Hoy es treinta de mayo; he estado pensando de qué podría escribir en la bitácora hoy; volví a ver mi escena favorita de Mulholland Drive, de David Lynch, la del teatro de las sombras, donde se dice aquello de "No hay orquesta. Todo está grabado" y contemplé después lo que da a entender cuán frecuentemente nos olvidamos de que "todo está grabado" por el destino y que, por tanto, nada tiene sentido ni origen, y nada "merece la pensa", ni siquiera el sufrimiento, porque no es real, sino simulacro o ilusión. ¿Estamos separados de algo más auténtico o sencillamente distinto? La barrera puede ser, para los sentimientos, la juventud, que nos separa de la inocencia; puede ser, en abstracto, la muerte. He podido sacar algo en limpio de ese cine, tan lírico en su sustancia, de David Lynch, de sus símbolos (la luz, el sonido, los pájaros, los micrófonos, las carreteras, las casas en llamas, las filas de ventanas sombrías), sus alegorías, sus personajes intercambiables, sus aparentemente confusas estrategias narrativas etcétera. Los poetas nos leemos, bien o mal, unos a otros; y Lynch, pintor y cineasta, es sobre todo un poeta.
Luego recordé una frase que oí en una película mala: "El amor es lo que hacemos con él"; las frases así se me suelen quedar pegadas; a las cornejas y a los cuervos les pasa igual, llevan a sus nidos todo lo que ven relucir en sus largos vuelos por lo alto; los artístas plásticos también reúnen en sus estudios los cacharros cuyos brillos, colores o texturas les impresionan e intentan reproducir. Los adoptan como partes de su mundo; muchas veces, sencillamente, porque son bolos alimenticios que no han terminado de digerir, y necesitan más procesamiento: de algún modo han impresionado simultáneamente muchos niveles de atención, no necesariamente consciente, en la conciencia, y necesitan procesar el elemento extraño con cuidado para sacarle todo su jugo, toda la sustancia que puede añadir nuevos colores a su universo, aprovecharlo como material de algo más grande o hacerlo fructificar como una semilla en el jardín -o en la selva, si uno es muy desordenado- que constituye el propio mundo de uno. En consecuencia, pensé en glosarla un poco; pero tampoco me sentía con ganas; me parecía como un deber escolar poco emotivo.
Por fin vine a parar en mi madre, mater dolorosa, como la de la pieza inmortal de Pergolesi, en quien no suelo pensar, no ya por sufrimiento, sino porque siempre la he tenido presente -soy mis padres, pues de ellos vengo y con ellos me crié-. Nació en este día, en que fue quemada Juana de Arco. Y yo, emperador de siete pies de tierra manchega, o, ya que soy tan alto, un poco más, quise hacer el mismo ejercicio de honestidad que el emperador Marco Aurelio, quien, en sus Meditaciones, hacía la larga lista de todo lo que le debía a sus familiares genesíacos y adoptivos, así como a esos otros familiares, los educadores y los amigos; dones que no eran sólo positivos, si os fijáis, sino negativos: de algunos aprendía también lo que no debía ser, postura muy sensata, que ya recomendaban los egipcios: "Para saber no preguntes sólo al que sabe, sino también al que no sabe". El que no sabe también puede ser un magnífico profesor. No incluía anécdotas específicas, sino, a causa del prejuicio retórico de uno de los progymnasmata del que ya no me acuerdo, las virtudes abstractas que creía dignas de imitar y de que le habían sido ejemplo, aunque muy personalizadas. ¿Qué le debo a mi madre, qué a mi padre? ¿Qué soy ahora que ellos han sido? ¿De qué manera siguen viviendo en mí?He mascado esto antes, en mis largos pero furiosos silencios de giro interior. Mi padre construía casas y maquetas, yo construyo libros; mi padre se sintió toda su vida marginado por su padre; yo también; mi padre nunca recibió apoyos ni aprecios de su padre; yo tampoco, aunque sé que, un poco a su modo, me apreciaba, y me llevaba al campo con sus casetes de flamenco y su sábana de nicotina, a recoger setas, a ver pueblos, a pasear por el campo simplemente, recorriéndonos toda la provincia de esa manera, desde el puerto de Niefla a las Minas de Almadén o las tablas de la Yedra; respetaba los libros, de que me permitió tener larga cuenta, pero le seducían más los circuitos y las radios de galena que mi despabilado hermano le construía; yo era el raro, el niño fugitivo, el disgusto que di cuando me marché de casa en Jaén cuando tenía apenas unos años; no lo recuerdo, pero me lo han dicho; más de una vez me volví a perder y me volví a encontrar extraviado entre jardines de rosas giennenses, yo, el niño oculto en las montañas de leña de olivo que quemaban por San Antón; yo, el que dibujaba submarinos de tiza en la calle para que los borrara la lluvia cuando en la tele echaban Tierra de gigantes y Viaje al fondo del mar... El que leía todo lo que encontraba a su alcance, el que se extasiaba viendo a Zaqueo subido en una higuera en el libro de religión, el que escuchaba la voz de los monstruos en el viento y en el agua, y oía arañar a las sombras en los cristales de la escuela, el que paseaba por las arenas y las montañas de ladrillos de las obras a oscuras y se internaba en la oscuridad en busca de grillos misteriosos, o jugaba con chapas de cervezas El Alcázar en las aceras, el que dormía en el suelo y se iba a buscar renacuajos al río, el que escalaba pedruscos y se metía en las zanjas, el que combatía a pedrada limpia con los del barrio de Peñamefeci, el que cavaba tumbas a gatos muertos y curioseaba entre las botellas de cerveza y las barras de hielo de los bares, el que se quedaba a pasarle la mano a la perra Linda, el que se abrió la cabeza al caerse de la escalera, el que se escondía en cajas de cartón y corcho blanco, el que levantaba míseras cabañitas de vigas de madera el año en que vivió en Elizondo, entre bosques llenos de duendes y ortigas y cementerios pequeños con ataúdes blancos...
He saltado la valla de la infancia y me ha vuelto a salir el hilo lírico; no he podido cumplir con mi voto de analizar las versiones de mis padres que tengo en mí. En otra ocasión lo continuaré, mientras lo maduro más.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El cuestionario de Eulogia Montero

Eulogia Montero, una señorita de fines del XIX, tenía un álbum que hacía firmar a los hombres de mérito que visitaban su casa o iba a ver; en él había un cuestionario muy parecido al de Proust que tanto gustaba a Bernard Pivot. Se trata de escoger entre
1: Las virtudes:
2: Los personajes históricos:
3: Los poetas:
4: Los nombres propios:
5: Los colores:
5: Las diversiones:
6: Los manjares:
7: Las ocupaciones:
8: Las flores:
9: Los pueblos:
10: Las estaciones del año:
11: Los tipos de raza o provincia:
12: ¿Qué es lo que más te hace gozar?
13: ¿Qué es lo que más te hace sufrir?
14: ¿Cuál es tu proverbio favorito?