martes, 17 de noviembre de 2009
Enrique Urquijo
Este hombre, como muchos, llevaba escrito en la mirada su destino. Pero aparte de la tan famosa y memorable Déjame, escrita en unos impecables eneasílabos, dejó muchas otras canciones destrozadoras, como la que dedicó a su única hija María, Agárrate fuerte a mí.
lunes, 16 de noviembre de 2009
No.
Las imbecilidades y sus consecuencias, Javier Marías
jueves, 12 de noviembre de 2009
Pérez Reverte y Cádiz
Arturo Pérez-Reverte desvela el alma de su nueva novela, una historia de más de 700 páginas ambientada en el Cádiz de 1812 - "Es mi obra técnicamente más compleja"
JACINTO ANTÓN - Madrid - El País, 12/11/2009
Sssshhhh. El sable de coracero francés hace un ruido escalofriante al sacarlo de su vaina, como la piel de un demonio al rociarlo de agua bendita. "Cuidado con el filo", advierte Arturo Pérez-Reverte, algo inquieto ante el entusiasmo de su interlocutor, que blande el arma al estilo del general D'Hautpoul en Eylau. El sable, de bruñida lámina de acero, es muy largo, y pesa lo suyo. Es fácil imaginar su terrible efecto sobre la infantería, o los muebles. "Una herramienta hecha para matar", observa el escritor con una mueca, retirándolo de las manos del periodista.
"Podía haber elegido también el Madrid del 36 o el Sarajevo del 92"
"Mi tiempo como escritor está limitado: de cinco a siete novelas más"
El autor de La tabla de Flandes, El Club Dumas o El maestro de esgrima ha citado en su casa para hablar en primicia de su nueva novela, un pedazo de novela, de más de 700 páginas, llena de aventura, intriga y romanticismo, entre otras muchas cosas, que aparecerá el próximo 3 de marzo (Alfaguara). Se titula Asedio y transcurre en 1811 y 1812 en Cádiz, durante el sitio del Ejército francés en la Guerra de Independencia, pero no es propiamente, recalca el escritor, una novela histórica como Cabo Trafalgar o Un día de cólera. Tampoco bélica.
Imaginario
De camino hacia el estudio de Pérez-Reverte, uno puede ver objetos que forman parte ya del imaginario de sus lectores: su casco de corresponsal de guerra, la espada que utilizó Viggo Mortensen al encarnar al capitán Alatriste, un mosquete francés, la pintura de un húsar del 4º Regimiento -el de Frederic Glüntz-, unos clavos oxidados rescatados de los pecios de Trafalgar... De una cajita, extrae un tornillo: una nadería, hasta que te enteras de que pertenece a una de las torretas del Graf Spee, el acorazado de bolsillo nazi hundido, gracias a Dios y al Exeter, en la bahía de Montevideo.
El sanctasanctórum de Pérez-Reverte es casi un zulo y está abarrotado de libros. Junto al ordenador, sus preciados portulanos, tintines y cortos maltés, una placa con el recordatorio -como si hiciera falta- "donde hay patrón no manda marinero" y alrededor un formidable despliegue de libros de las más variadas materias que ha usado para la novela: botánica, ciencia, comercio, moda, armamento, taxidermia, esgrima de navajas... El escritor sirve dos vasos de limonada, a la que está enganchado. El original de Asedio -aún no lo ha librado a la editorial: está acabando de corregirlo- son dos gruesos cartapacios. El novelista deja hojearlo. La primera frase: "Al decimosexto golpe el hombre atado sobre la mesa se desmaya".
"No es una novela histórica ni sobre la guerra de Independencia. Transcurre en el Cádiz del asedio francés, pero es una novela de personajes, de varios personajes con distintas historias cuyas vidas se van cruzando y cuyas actitudes y conflictos enlazan directamente con ahora. Es en ese aspecto una novela contemporánea. La guerra, la Constitución, la parte histórica son sólo el telón de fondo, pero no el objetivo de la novela; no hay nada didáctico en ella". Como siempre que habla de sus obras, Arturo Pérez-Reverte se expresa con una pasión que raya casi en la ferocidad. Su entusiasmo es contagioso. "Hay una trama policiaca, de espionaje, y otra científica, y otra folletinesco-romántica, y otra marina, y otra aventurera". Vamos, todo Pérez-Reverte. "Cada tema tiene un personaje que representa una parte de la historia; se van cruzando, todos convergen. La novela transcurre en el Cádiz de esa época pero podía haber elegido el Madrid del 36 o el Sarajevo del 92".
El escritor dice algo que conmocionará a sus muchos lectores: "Mi tiempo como escritor está limitado, me pueden quedar con vigor narrativo diez o quince años como mucho; eso significan de cinco a siete novelas más, si no me muero antes". Y silencia la exclamación estirando un brazo. "Así que he de elegir mucho lo que hago y lo que descarto".
Asedio es como un compendio de todo lo que ha hecho Pérez-Reverte y de lo que quería hacer: ¿una forma de engañar al destino? "Me le adelanto", sonríe con cara de espadachín de estocada secreta. "Es mi novela técnicamente más compleja, de una arquitectura muy complicada. Han sido dos años de trabajo gozoso. Y ha sido un ejercicio personal de volver a mis viejas novelas pero con 20 años más de experiencia".
Es Asedio una novela llena de peripecias; hay un enigma central de tipo científico, un desafío que planea por toda la historia. "Hay ajedrez, que me sigue apasionando. Como si toda la bahía de Cádiz fuera un inmenso tablero en el que los personajes de la novela se mueven como en una partida". El enigma: "Tiene que ver con parábolas de artillería, y con ajedrez, y con lo más oscuro y peor del ser humano". Ahí estamos en El pintor de batallas... "Están todas mis novelas. Todos los libros que he escrito están aquí".
Y ahora, a por el séptimo Alatriste: El puente de los asesinos.
La España que pudo ser y no fue
¿Va a ser Asedio la gran novela sobre Cádiz? "Estoy intentando que lo sea. De la bahía de Cádiz. He hecho un trabajo de documentación muy exhaustivo, la cartografía, el cálculo de distancias, los vientos, la forma de hablar, las técnicas forenses de entonces; he reconstruido todo el mundo de la época". Dice haber disfrutado "como un gorrino en un maizal", que ya es imagen.
Para Pérez-Reverte, ese Cádiz, en el momento en que España, ocupada por las tropas napoleónicas, "se redujo prácticamente a una isla, desde donde luego debía relanzarse", es algo excepcional. De nuevo estamos en su discurso más sentido, en su personal "me duele España". Ese Cádiz, marco de la novela, "era un sitio fascinante, pero no por la guerra ni por la Constitución. Allí las mujeres de clase alta estudiaban inglés y contabilidad. Era una ciudad liberal y culta, abierta al mundo por el comercio con América. La España que pudo ser y nunca fue, la gran ocasión perdida". Aquello "fue un espejismo, un paréntesis, volvimos a lo de siempre, los aristócratas rapaces, los curas que ponían leña para quemar libros y personas y los reyes crueles y estúpidos". Ante sus personajes, ante la gente de aquel Cádiz que ha revivido con su pluma, de aquel "concentrado de España en miniatura", el novelista siente una gran melancolía: "Todo aquello que pudo ser resultó aplastado, aniquilado, malgastado. Con Constitución o sin ella los españoles continuaron siendo habitantes de un país históricamente enfermo y culturalmente plano"
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Fumar
Dicho esto, soy partidario de ser clemente con los que fuman; pienso que lo mejor que se puede hacer con ellos, la solución verdaderamente final, sería enviarlos todos en tren a los hornos crematorios para convetirlos en ceniza y humo, que eso es lo que son, después de todo. Hasta les dejaría liar un último pitillo antes de reducirlos a estado elemental.
martes, 10 de noviembre de 2009
Leo Strauss y los monstruos mitológicos
En Europa, la intrahistoria es un poco diferente. Observo a la juventud más nihilista que sus mayores y a la gente dentro de la prisión de sus "esperanzas cortesanas" y del metal de sus "doradas rejas", que decía Alonso Fernández de Andrada:
Fabio, las esperanzas cortesanas / prisiones son do el ambicioso muere / y donde al más activo nacen canas (...) / Aquel entre los héroes es contado / que el premio mereció, no quien lo alcanza / por vanas consecuencias del estado. / Peculio propio es ya de la privanza / cuanto de Astrea fue, cuando regía / con su temida espada y su balanza./ El oro, la maldad, la tiranía / del inicuo precede y pasa al bueno, / ¿qué espera la virtud o en qué confía?
No espera nada. Pero muchos pasan la vida estudiando interminablemente el escalafón, como los funcionarios del cuento de Unamuno, o aspirando al decanato de los viejos que van a dar al sepulcro, y en eso se pasan la vida, intentando obtener medallas de la incompetencia y del asco general. Parodiando a La Celestina, cabría decir que el que es interino desea ser fijo, y el que es fijo mejor postura, y el que mejor postura más sueldo, y el que más sueldo más aprecio, y nadie desea contenerse en los límites de su propio yo, nadie desea ser él mismo. Todo el mundo anda descentrado y hueco, descontento y deseando algo, nadie desea permanecer como está (salvo el que pretende huir del terror de estos tiempos, la Hipoteca, monstruo mitológico de mil cabezas que devora y consume la nómina). Se vende la primogenitura por un plato de lentejas, y por eso se es capaz de echar como un mal vómito la hidalguía, la entereza, la compostura y todas esas palabras viejas que se resumen en el anticuado y tan detestado honor o dignidad.
Un incorregible trata de corregir
Hospital general
Despues de arreglar las citas esperando y observando la fauna humana, tomo el autobús y aprovecho para recoger un paquete de correos. Se trata de mi esperada edición de los Ecos de un pensamiento libre, de Antonio Rodríguez García-Vao, el masón manchego amigo de Unamuno que fue asesinado en Madrid un infausto día y que se hallaba vinculado a la Institución Libre de Enseñanza. Como sospechaba, es la primera edición, que he conseguido a bajo precio de ese rácano librero catalán que es Farré; ha sido un milagro encontrarlo en su catálogo por sólo treinta euros; no debía conocer lo que yo sé sobre el autor, que es uno de los precursores, sí, de Antonio Machado, como demostraré en un estudio que está en prensa. De hecho, su abuelo publicó en las Dominicales del Libre Pensamiento, del que era García -Vao uno de los principales redactores. La edición está íntegra y bien encuadernada, con una sorpresa dentro: la hoja de promoción del libro, con el sello de la época de la librería barcelonesa que lo vendió. Tiene dibujado un libro abierto con las proclamaciones religiosas de todas las culturas, desde Cristo a Krause, pasado por Buda, Mahoma y Voltaire. Eso le da un interés suplementario a la edición, cuyo papel huele muy bien, no al ácido estomagante de ahora. Con el tiempo estoy llegando a acumular una apreciable biblioteca de anticuario manchego. Por otra parte un poeta sueco, Peter Ingestad, me escribe comentando una octava real en que he supuesto la poética de Espronceda.
lunes, 9 de noviembre de 2009
El valor de no quejarse
Mi actitud, nada original desde los estoicos, es contraria a la queja: si lo que nos ofende o preocupa es remediable debemos poner manos a la obra y si no lo es resulta ocioso deplorarlo, porque este mundo carece de hojas de reclamaciones.
Supongo que esa es la tarea del héroe. Ahora bien, un mundo sin quejas sería tan extraño como un mundo perfecto.
Lincoln
Yo ignoraba muchas cosas. Sabía leer, escribir y contar, y hasta la regla de tres, pero nada más. Nunca estudié en un colegio o academia. Lo que poseo en materia de educación lo he ido recogiendo aquí y allá, bajo las exigencias de la necesidad.
Era un lector voraz; desde luego, sabía elegir lo que leía: por ejemplo, las Fábulas de Esopo y el Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Desde luego, estas lecturas debieron aprovecharle mucho, porque son de aquellas que no tienen desperdicio: literatura de supervivencia. Fábulas escritas por un esclavo y una novela en la que el protagonista fue esclavo y tuvo a su vez una especie de esclavo, Viernes.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Entrevista a Edgar Morin
JUAN CRUZ - El País, Madrid - 06/11/2009
Pregunta. ¿Tiene la sensación de que vivimos una catástrofe nueva, o esto ya lo vimos antes?
Respuesta. El planeta Tierra conoció en el pasado catástrofes naturales, como el fin de la época primaria, que supuso la destrucción del 95% de las especies vivas... La novedad es que hoy está en camino una catástrofe que viene del desarrollo humano mismo. Para mí, el calentamiento climático no es lo más importante, aunque lo sea, es que estamos en un proceso combinado de destrucción del planeta que nos lleva a una catástrofe general o a varias catástrofes combinadas. El desastre. No se puede continuar mucho tiempo por esta vía.
P. ¿Cómo cambiar?
R. Es un problema difícil. No podemos cambiarlo con una decisión; debemos pensar cómo llegaron los grandes cambios del pasado. Todo gran cambio tiene un peso y una forma que en su inicio es muy humilde; piense en Jesucristo, en Mahoma... Una desviación crea una tendencia y esta tendencia puede cambiar el camino... Creo que las denuncias contra la mundialización del capitalismo son buenas, pero no basta con denunciar, hay que enunciar. La enunciación no es un programa, es una idea maestra. Por ejemplo, debemos insistir sobre la calidad de la vida, no sobre la cantidad; es una buena idea... Algunas de esas enunciaciones hice en mi libro La política de civilización... Y estoy escribiendo otro que llamo La vía en el que trato de demostrar que hay que buscar algunos caminos (incluido lo bueno que tiene la mundialización).
P. En su conferencia hablaba del clima de desesperanza que nos pesa. ¿La política nos puede quitar este peso de encima?
R. Quién sabe. Las viejas generaciones tienen la sensación de que fueron engañadas en su fe en el comunismo, en una sociedad democrática armoniosa, civilizada; en el progreso como ley de la historia... Todo eso se desintegró y hoy los jóvenes están totalmente desorientados... El análisis que hago es que hay posibilidades, no probabilidades, de esperanza. Y la esperanza no se encuentra en el corazón de la desesperanza. Hölderlin decía: "Donde crece el peligro crece también la salvación"; eso significa que el crecimiento del peligro nos remite a la conciencia de lo que pasa y nos enuncia lo que hay que hacer... Antes la esperanza era una fe; ahora es sólo esperanza. Es muy importante, porque si no hay esperanza no hay proyección en el futuro.
P. Decía usted que Heráclito hablaba de buscar lo inesperado. ¿Qué es lo inesperado ahora?
R. Lo inesperado es salir de esta vía mortal que seguimos; pero hay que buscar. Si buscamos encontraremos otra vía.
P. Y habla usted de la armonía, de su busca. ¿Dónde encuentra usted hoy armonía?
R. Si la buscamos es porque no la hay. Hay momentos de armonía en el ámbito privado, en el amor, cuando su equipo gana... Pedazos de armonía: la poesía de la vida... No pienso que la política sola pueda dar la armonía: la comprensión humana, la solidaridad, depende de nosotros, y de ahí vendrá la armonía. Todo ha de recomenzar. Es algo terrible, pero es también maravilloso, porque necesitamos una estimulación. Esta idea me ayuda a vivir. Soy optimista y pesimista, un pesioptimista, o viceversa. Cuando estaba en la Resistencia hubo un momento de grandeza. Había esperanza. La idea del No de la Resistencia era también un Sí a la libertad, a una esperanza de libertad. No fue la libertad que pensábamos, pero fue una cierta libertad.
P. Hablaba de la política. ¿Y los intelectuales, qué deben hacer?
R. Creo que hoy es más importante su papel que en el pasado. Pero se ha producido mucha esclerosis, academicismo... Deben poner sobre la mesa los problemas fundamentales, y no hacerlo de una manera superficial.
P. ¿Sigue siendo un resistente?
R. Sí, en mi alma lo soy; y seguiré resistente ante todas las barbaries que existen.
jueves, 5 de noviembre de 2009
Crítica manchega a la edición dieciochesca académica del Quijote
El editor de esta carta dice, que habiendo muerto en un lugar de la Mancha un Caballero bien conocido en toda la Provincia, y siendo llamado por sus herederos para algunas diligencias de su testamentaria, registró todos los papeles pertenecientes á la filiación, hidalguía y demás privilegios de la casa, entre los cuales halló un pliego cerrado cuya cubierta decía así:
A mi pariente guarde Dios muchos años, por Camuñas, mi lugar.
Registrado el contenido halló ser unas cartas de D. Quijote de la Mancha, á las que estaba unido un borrador de la respuesta dada á ellas.
Contiénese en esta carta que al salir D. Quijote de la cueva de Montesinos, encontró á un caballero español llamado D. Fulgencio encantado en aquel lugar, quien después de varias preguntas lo llevó á su albergue y le ofreció sus libros. Aceptando D. Quijote esta propuesta, sacó del estante el primer tomo de su historia, impreso en Madrid el año de 1782. Halló un Mapa que comprende los parajes por donde anduvo, y conoció estar muy defectuoso; pues los sitios que señala á las aventuras de D. Quijote son diversos del que debe dárseles siguiendo la historia. Pues la venta en que D. Quijote fue armado caballero se pone entre Almagro y Manzanares, y esto es falso. Saliendo D. Quijote de la venta vio atada á una encina una yegua y á otra un muchacho: en el Mapa está señalado este lugar entre la Membrilla y Argamasilla de Alba, lo cual no se puede conciliar con el texto. Igualmente padece error el Mapa cuando señala la aventura de los mercaderes en el camino que va desde la Membrilla á Argamasilla de Alba.
Entre Villarta y Argamasilla de Alba no hay ni ha habido molinos de viento, y en el Mapa están señalados. Añade que el acaecimiento de quedarse Quijote y Sancho Panza en las chozas de unos cabreros está señalado en el Mapa entre Villatrubia y Malagón, pero sin conocimiento del terreno. Tampoco puede estar la venta, en que se acogió el Manchego con su escudero después de la aventura de los yangüeses entre estas dos villas, como se señala en el derrotete. Estos son los defectos que pone la presente carta al Mapa.
1768. El historiador Enrique Flórez en Ciudad Real
485 De Almagro fue a Ciudad-Real, y se pasa por Miguelturra, y Peralvillo. Miguelturra dista media legua corta de Ciudad-Real, y es de la Orden de Calatrava. Rades en su Chronica dice que se poblaba esta Villa por los años de mil trescientos y dieziocho ; pero á mí me aseguraron que en el mil trescientos y trece siguió un pleyto muy reñido con el Consejo de la Mesta. El citado Rades refiere una batalla campal que se dio en un llano cerca de Ciudad-Real y Miguelturra, entre los Caballeros de Calatrava , y vecinos de Ciudad-Real , y que estos quemaron las casas de Migueíturra é hicieron otros insultos. Todo lo qual contrahe Rades á la Era mil trescientos y sesenta, diciendo, que fue año del Señor de mil trescientos y veintiocho; pero , ó bien la Era, ó bien la reducción que hace está errada.
Peralvillo es un lugar en donde de immemorial ha egecutado la Santa Hermandad de Ciudad-Real su justicia con los reos de pena de muerte. Ciudad-Real tiene mucha extensión, buenas calles, y mejor plaza. Dicese que en el año de mil doscientos y sesenta y dos la cimentó el Rey Don Alphonso el Sabio cerca de Alarcos, en un sitio llamado Pozuelo de Don Gil, y que le puso el nombre de Villa Real. Acaso ésta es traslación ó repoblación, si se supone que su Santa Hermandad tuvo principio quando la de Toledo. Lo que se sabe es, que el Infante Don Sancho, (después Rey Don Sancho IV) hijo mayor, y heredero del Rey Don Alphonso el Sabio, dio á Don Juan Gómez, Maestro de la Orden de Calatrava, la Villa de Villa Real , con todos sus derechos, &c. como consta de su Carta dada en Córdoba a siete de Agosto de la Era M.cccviii. (año mil doscientos y ochenta) en la qual aunque estaba declarado Rey por los disgustados del Gobierno, no quiso tomar el nombre, mientras vivió su padre, y solo se intitulaba hijo mayor y heredero del Rey Don Alphonso.
Es famosa la Santa Hermandad de Ciudad-Real instituida para perseguir vandoleros y salteadores de caminos, de que se experimentó mucho después de la batalla de las Navas de Tolosa. Su fundación, juntamente con la de Toledo, y Talavera, se debe contraher al tiempo del Rey San Fernando III. del qual se sabe que dio principio a la de Toledo (y todas tres vienen á ser una) y, en el año de mil doscientos y veinte autorizando á todos los Colmeneros, para perseguir los vandoleros y salteadores; del término y montes de Toledo, que eran muchos con el abrigo de la vecindad de la frontera de los Moros. Aumetaronse estos vandidos con las disensiones civiles entre Don Alphonso el Sabio, y su hijo Don Sancho IV y la menor edad que se siguió de Don Fernando IV, llamándose todos ellos Golfines, y eligiendo entre sí una cabeza con nombre de Rey, llamado Carchena, con daño gravisimo de todo el Reyno de Toledo. Esto obligó á los Colmeneros, y Ballesteros de Toledo, Talavera, y Villa Real, (hoy Ciudad Real) á unirse en Hermandad, para perseguirlos. Los Reyes sostuvieron con grandes franquezas esta acertada resolución, y asi crecieron las tres Hermandades, hasta ser como son hoy, Tribunales compuestos de la primera Nobleza de estos Pueblos, y sus tierras. Llamase Hermandad vieja á distincion de las Hermandades nuevas que por la misma necesidad y fines establecieron los Reyes Cathólicos. El Papa Celestino V les concedió el titulo de Santa Hermandad, y exempcion de pagar diezmos de miel y cera, y el de Soldadas á sus criados, en el año de mil doscientos y noventa y quatro. El Rey Don Fernando IV les confirmó todos sus Privilegios, y les concedió el de usar de Sello. El Rey Don Pedro confirmó también todos sus Privilegios, y concedió uno, que trata de la ampliación de su jurisdicción, y fundación. Don Henrique II les concedió el que por todas las Justicias se le entregasen los Reos, que estuviesen procesados por la Santa Hermandad. Don Juan el I dio una Executoria para que la Santa Hermandad cobre el derecho de la Asadura mayor y menor. Ferran Alphonso, Caballero de Toledo , Regidor de la Santa Hermandad vieja de aquella Ciudad, y su Procurador en la Corte de Valladolid logró la Carta del Seguro para las tres Hermandades de Toledo, Talavera, y Villa Real, despachada en ventiseis de Febrero de mil quatrocientos y diez y siete por mandado de la Reyna Madre, y Tutora de Don Juan el II. Dicho Rey Don Juan , por súplica que le hicieron los Peones de la Hermandad, concedió el año de mil quatrocientos y veinte a VillaReal el titulo de Ciudad. Los Reyes Catholicos dieron Ordenanzas para el gobierno de la Santa Hermandad de Ciudad-Real. Y finalmente después han ido confirmando sus Privilegios todos los Señores Reyes hasta el presente , como se puede ver en el citado Quaderno de sus Ordenanzas.
El señor Don Bernardino de Loaisa (que de Dios goze) acompañó y dirigió al Mro. Florez él tiempo que estuvo en Ciudad-Real, y también le brindó con Monedas antiguas que tenia. De aqui pasó a Malagón, donde hay un Convento de Carmelitas Descalzas. La Posada es solo para arrieros. De Malagón fue a Puerto Lápiche, y al siguiente a Camuñas y Tembleque; el trece [de junio] a La Guardia y Aranjuez, y el catorce a Valdemoro y a Madrid.
Calle del Lirio
Salgo pelado y escandalizado, pues ¿no me he enterado del incesto de un vejete con su propia hija y en la misma cama en que se tiraba al mismo tiempo a otra? ¿No he oído los chantajes diversos que se cruzan entre unos y otros? Nada, que me voy por la pintoresca calle del Lirio al Instituto, entre las golfas y lumis del Compás, rodeado de pintadas anarquistas y de chungos y cutres barecillos de vino malo. En el Compás dominico encuentro a todo un señor árbol, del que mi ignorancia me impide concluir si es abedul o chopo siberiano, lugar pintiparado para citas. Por la calle de la derecha, que es la decente, una antítesis: un gimnasio para musculitos y el restorán de tragadumbre y comida rápida Obélix; por el ala izquierda, la calle Sancho Panza (otro gordo, como Obélix), con sus night clubs (ya será menos) y su siempre lamentable putiferio, para satisfacer otras necesidades corporales urgentes y desestructurar familias. Los bancos también lo hacen, pero algunos se quejan sólo de lo primero. El compás es como la Plaza Mayor, pero a pequeña escala: también tiene sus soportales tristes y sus soportales alegres. En La Mancha no hay medias tintas, aunque sí tintos medianos.
En el Torreón también se están pelando los árboles, porque el Otoño ha entrado de golpe y porrazo; me ungen suavemente de amarillo sus ramas, que no operan con la matemática primaveral del me quiere no me quiere; los operarios del ayuntamiento han iniciado también una poda salvaje que ha dejado la opulenta calle de árboles de cerca de mi casa reducida a un bosquejo en pelotas o frío croquis de rayas y esquemas, entre las cuales se deslizan las bombillas de la futura Navidad como una serpiente de frutos sin hojas o unas lágrimas de pena.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Educación hasta los 18 años
¿Se ha despertado completamente esta mañana? ¿Qué ha fumado este tío? ¿Por qué no cierran el bar del Congreso de Imputados? ¿Cree que no sabemos que eso es sólo por esconder entre cortinas la numerosa e inabarcable vista de los cuatro milloncitos de parados? Por supuesto que está bien ampliar la educación, por mala que sea, lo que no está bien es no solucionar los problemas que tiene de antes y sigue teniendo hoy, y, por lo que se ve, tendrá mañana y aún más graves, si es que no han tirado ya la toalla, que eso parece, cuando nos quieren hacer cargar a los profesores con su incompetencia y sus fracasos y quieren hinchar el globo del número sin atender a la calidad, que es lo que salva y ha salvado siempre a una civilización. Si quieren hacer algo, que empiecen echando a la educación el dinero que le han dado (gratis) a los banqueros, que se inventen si no la tienen la voluntad y que asuman criterios que vengan de los profesionales de la educación, en vez de criterios acomodaticios y políticos que sólo conducen adonde nos han conducido, a la mierda maloliente y pringosa y que ni siquiera es una mierda consistente, sino pura diarrea.
martes, 3 de noviembre de 2009
Ha muerto Francisco Ayala
Discurso pronunciado al recibir el premio Antonio de Sancha en 2005
He sido escritor público a lo largo de toda mi vida. Empecé a publicar textos de mi pluma en mis años de adolescente y casi me atrevería a decir que desde mi infancia, y en ello he perseverado hasta ayer mismo, aunque mejor dicho, en verdad, hasta el día de hoy, cuando tengo la esperanza de alcanzar a cumplir la edad de cien años. Sin embargo, soy un escritor anómalo, en el sentido de que esa principal e incesante actividad mía se ha desarrollado sin profesionalidad, esto es, sin que yo haya hecho de ella mi modus vivendi. Lo cual ha permitido que mis relaciones con la industria editorial, sin que faltaran a veces los desencuentros y algún enojo, hayan discurrido desde el comienzo de modo apacible y generalmente amistoso. A tal resultado ha contribuido sin duda un factor de buena suerte. En efecto, terminé de redactar una primera novela cuando sólo tenía diecinueve años y, siendo no sólo novato sino también totalmente impecune, carecía de perspectivas de verla publicada, una señora amiga de casa pidió a un su pariente, el exitoso autor teatral Guillermo Fernández-Shaw, que leyese el original, y este celebrado autor tuvo la generosidad de ofrecerse a pagar la impresión del libro; y enseguida, por si fuera poca mi fortuna, el libro fue comentado con benévolo aplauso en el diario El Sol por el más acreditado crítico de entonces, Enrique Díez-Canedo (era el año 1925); de esta manera el joven autor que era yo quedó ingresado de golpe en la república de las letras.
Vendría pronto la época de la renovación vanguardista. Fue ésta una época de gran brillantez para la cultura española. Todavía estaba en su actividad la espléndida generación innovadora del 98; Ortega y Gasset había irrumpido ya en la vida nacional acompañado por un nuevo grupo de literatos del más alto nivel; y por debajo, continuaba actuando un numeroso conjunto de escritores más o menos estimables que gozaban de popularidad, viniendo todo ello a coincidir con una profunda renovación de la vida nacional, sometida pronto a una crisis de sus instituciones políticas con el consiguiente cambio de régimen. Pero, según iba diciendo, surgió entonces un grupo de jóvenes poetas, narradores, músicos y artistas plásticos -la gente de mi grupo, que recibió el nombre de generación del 27-, dentro de la cual me fue dado desempeñar también mi propio papel personal, publicando varios escritos concebidos y redactados dentro del espíritu de la vanguardia. Fueron ediciones muy cuidadas, muy bien recibidas por el no tan escaso público minoritario de aquellos días, y hoy deseadas, buscadas y atesoradas por los coleccionistas; entre ellas, quisiera mencionar algunos de los títulos de los que yo mismo era autor: El boxeador y un ángel, Cazador en el alba e Indagación del cinema, exponentes claros, ya desde su propia cubierta, de una renovadora visión del mundo.
Conviene hacer notar aquí que el desarrollo de la actividad cultural española, así renovada, coincide de un modo muy significativo con movimientos parejos, simultáneos, surgidos en los diferentes países de la América hispánica, cuya historia intelectual no puede echarse en olvido. Fue una época de intercomunicación, de sintonía, entre los grupos intelectuales jóvenes y los de quienes en España nos esforzábamos por descubrir caminos estéticos todavía inéditos: un esfuerzo de apertura hacia el exterior y, mejor aún, de recepción recíproca desde todas partes. Cuando quiere entenderse bien lo que ocurre en el terreno de la cultura, no se puede prescindir del contexto político-institucional y, más ampliamente, del histórico-social, que imponen su marca y modulan las iniciativas de los grupos activos. Por supuesto, no es ésta la oportunidad de establecer alguna precisión que aclare lo dicho. Me limitaré, por tanto, a invocar el recuerdo de la famosa polémica sobre "el meridiano intelectual" suscitada por una imprudencia de Guillermo de Torre en La Gaceta Literaria en relación con la revista argentina Martín Fierro, tan fraternal ésta sin embargo para nosotros. Vivíamos los jóvenes en una atmósfera de felicidad cultural frente a un porvenir que se nos antojaba despejado y muy prometedor. Tal atmósfera estaba alimentada por un conjunto de iniciativas editoriales -conjugadas a ambas orillas del océano- en cuyo desarrollo participábamos con entusiasmo los nuevos escritores de mi generación. Por cuanto se refiere a España, baste recordar la mencionada Gaceta Literaria, para no hablar de la espléndida y por entonces muy respetada Revista de Occidente, debiéndose también hacer mención de la famosa CIAP (Compañía Iberoamericana de Publicaciones), empresa de dudosa catadura y de no menos dudosa gestión. Por cierto que mi buen amigo Esteban Salazar y Chapela tuvo la chance de participar en aquella manipulación editorial, y lo hizo con intención óptima y bien agradecida por sus amigos. En suma, quiero hacer notar también que durante aquel periodo de nuestra historia cultural traducíamos aquí en seguida todo lo más importante que aparecía publicado en el mundo, de modo tal que los lectores españoles podían estar al tanto de las novedades surgidas en diversos países, y ello con una apertura de intereses no igualada a aquella hora en ningún otro país europeo (y por cierto, el joven escritor que por aquellas fechas era yo fue traductor de muy importantes libros extranjeros, cuyo impacto sobre nuestra atmósfera intelectual de entonces fue evidentemente notable).
En resumidas cuentas, conviene notar que durante la primera fase de mi vida como escritor, esto es, desde los años de mi adolescencia hasta el comienzo de nuestra guerra civil, la industria editorial española había desempeñado un papel principal dentro del mundo hispánico, acogiendo a muchos de los más notables escritores hispanoamericanos, mientras que dentro del país se encontraba bien servido el conjunto de los productores literarios nacionales. Los nuevos, los de mi generación -la vanguardia-, promovimos por propia iniciativa la aparición de otros sellos editoriales de alcance minoritario que traían al mercado una fisonomía nueva, marcada por el gusto a lo distinto y con ciertas aspiraciones a la exquisitez. Y convendría notar que esta última manifestación de la actividad literaria española se había correspondido de un modo que pudiéramos calificar de fraterno con las actividades de los grupos de vanguardia simultáneamente aparecidos en diversos países de la América hispana. (Y empleo el calificativo de "fraterno" incluyendo en él las simpatías y los encontronazos como, por ejemplo, el de la famosa polémica del Martín Fierro).
Fue una floración maravillosa, pero ¡ay!, la turbulencia de aquella hora histórica habría de hacerla dolorosamente fugaz. Vino la guerra civil en España, destrozando el país y dejando a la población sobreviviente reducida a las condiciones más precarias. A mí me tocó formar parte del cuantioso número de quienes logramos salvar la vida emigrando, para caer en un exilio que parecía interminable y que de todos modos se prolongó por decenas de años, y que en muchos casos resultó ser definitivo y para siempre.
Ese exilio fue para mí en cambio relativamente suave. Mis circunstancias personales me permitirían recuperar de inmediato en Buenos Aires, ciudad que ya conocía y donde era conocido, y donde tenía muy buenas relaciones, tanto el papel de escritor como una posición social muy aceptable. Se me abrieron las páginas de las publicaciones argentinas más importantes: el diario La Nación, la revista Sur, otras revistas, entre estas una de especialidad político-jurídica: La Ley. Y comenzó asimismo mi implicación en una industria editorial como la de aquel país, allí renovada entonces a expensas de la decadencia peninsular, y favorecida por las aportaciones de tantos profesionales emigrados.
Instalado, pues, en Buenos Aires, y desde el mismo día de mi llegada, reanudé allí la tarea de creador literario que había estado suspendida en España durante los años de nuestro conflicto civil, publicando ahora en la revista Sur (diciembre de 1939) mi Diálogo de los muertos, a la vez que empezaron a aparecer en La Nación artículos míos sobre temas diversos. Debo mencionar aquí algo muy señalado desde el punto de vista editorial: en 1944 aparecería, publicado por iniciativa de Eduardo Mallea, en la refinadísima colección de Cuadernos de la Quimera, lujosa oferta de la editorial Emecé, mi relato El hechizado (una de las piezas que habían de componer luego el volumen Los usurpadores). A la editorial Emecé he de referirme más adelante, pues a partir de entonces tuve con ella una relación excelente. Si, como dije al comienzo, nunca a lo largo de toda mi vida fui un escritor profesional en el sentido de convertir en modus vivendi el fruto económico de mi creación literaria (soy, por notable excepción un escritor que nunca se ha valido de los servicios, al parecer sumamente útiles, de algún agente), he trabajado sin embargo, de vez en cuando, incluso como empleado a sueldo, para una casa editorial; pues es lo cierto, además, que durante esa breve etapa de mi vida los magros productos de mi pluma debieron servirme para atender en cierta medida a lo más indispensable del diario vivir. Trabajé para la editorial Losada, que publicaría varios de mis libros, algunos de ellos tan importantes como Razón del mundo, La cabeza del cordero y -sobre todo si se atiende a la magnitud de la empresa- mi Tratado de sociología. Traduje por su encargo obras, alguna de ellas de mi gusto y otras a disgusto mío, y ello me permitió avanzar en la carrera modesta pero grata de tratar con los libros y sobrevivir en un ambiente que me consentía hasta cierto punto elegir el terreno de mis actividades. Entre éstas he de mencionar de modo muy especial la creación y gestión de la revista Realidad, a la que, para matizar su carácter, subtitulé Revista de Ideas. Esta revista la habíamos planeado Francisco Romero y yo con la ayuda y el estímulo de Mallea. E insistí en que Romero apareciera como su director, comprometiéndome con él a no encomendarle ni hacerle responsable de ningún trabajo. La revista fue diseñada y, lo que es más importante, costeada a sus expensas por la Imprenta López, empresa que entonces servía a las publicaciones de las dos principales editoriales bonaerenses. No debo extenderme, como bien pudiera, en detalles interesantes. Invité a colaborar en ella a varios de mis amigos y colegas de España, como José Luis Cano y Ricardo Gullón; se publicó un comentario muy apreciativo de la recién aparecida novela Nada, de Carmen Laforet, y también hubo trabajos con la firma de diversas personalidades de relieve máximo, que son hoy figuras indispensables en la historia universal: Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre, Jorge Luis Borges, Martin Heidegger, Juan Ramón Jiménez, Arnold Toynbee, Pedro Salinas, T. S. Eliot, Alfonso Reyes... De Realidad se publicaron dieciocho números; y cuando -por razones diversas- decidí poner fin a mi residencia en la Argentina y trasladarme (año 1949) al norte del continente americano resolví, con gran contrariedad de todos los concernidos, cerrar su publicación, pues no quería que, abandonada por nosotros, pudiera caer en lamentable decadencia, según suele ocurrir en casos análogos, y según ocurriría más adelante con la revista La Torre, que yo mismo había de fundar en la Universidad de Puerto Rico.
En cuanto a mi relación con la Editorial Sudamericana, fue desde el comienzo, y siempre hasta el final, fácil y muy satisfactoria. Había entablado yo muy pronto una buena amistad con su promotor y dueño, Don Antonio López Llausás, un hombre a cuyo padre, dueño de un importante negocio librero en Barcelona, había tenido yo ocasión de saludar no mucho tiempo antes en aquella ciudad. Su hijo, López Llausás, era persona culta, discreta, prudente en sus negocios, y muy capaz de mantenerse siempre dentro de su papel marginal, aunque ciertamente decisivo, en la vida intelectual porteña. La Editorial Sudamericana publicó con complacencia y satisfacción de mi parte las primeras ediciones de mis libros Histrionismo y representación, Los usurpadores, Muertes de perro y El fondo del vaso. Mi familiaridad con el mundo editorial en aquellos años porteños me permitió ofrecer una mirada irónica, quizá divertida, sobre esa profesión que finalmente es la mía. Algunos de mis relatos, como El colega desconocido (recogido en el volumen Historia de macacos), pueden dar una idea de esa actitud mía -ligera, burlona y escéptica- acerca del pintoresco mundo de los escribidores, afanándose por entrar, a fuerza de publicidad, en el juego competitivo de los best sellers.
Luego, mi vida en el trópico, mi relación con la Universidad de Puerto Rico y con su editorial a cuyo cargo estuve, viene a completar esta fase de mi larga actividad de intelectual, pasando yo pronto, desde allí mismo, a reanudar mi verdadera profesión: la docente. Aquella universidad, como la isla misma, su régimen de gobierno y sus perspectivas culturales, se encontraban en una fase de gran plasticidad. Todo cambiaba rápida y profundamente; y esto permitió que mi colaboración, tanto como mi amistad, con el rector Jaime Benítez y con varias de las personalidades singulares, y muy interesantes, que componían aquella peculiar sociedad, fuesen para mí ocasión de experiencias bastante singulares de las que he dejado algún testimonio por escrito. Me referiré aquí tan sólo al aspecto relacionado con la actividad intelectual, que fue de todos modos bastante importante. Establecimos allí una relación muy fecunda con el mundo orteguiano (Benítez era, para así decirlo, un ferviente fan de don José Ortega), y de ahí vino un arreglo para imprimir y publicar en Puerto Rico varios de los títulos que llevan el sello de Revista de Occidente. Marginalmente, la gente de dicha revista en España (concretamente, Fernando Vela) imprimiría en Madrid (1955) la primera edición comercial de mi libro Historia de macacos -aunque seguro estoy de que dicho libro nunca pasó a las librerías-, reproduciendo una edición privada, en verdad clandestina, que previamente se había impreso gracias al entusiasmo amistoso de Ricardo Gullón.
A partir de allí mi actividad y mis iniciativas docentes en la Universidad de Puerto Rico abren una nueva etapa, ya definitiva, a mi carrera de escritor público. En fin, ahora, en la fecha de hoy (el 26 de septiembre de 2005), cuando he terminado de poner por escrito estas palabras, y ante la perspectiva de cumplir los cien años de mi vida, vuelvo la vista hacia el prolongadísimo camino de esta mi existencia sobre el deleznable planeta en que me fue dado abrir los ojos al mundo y encontrarme conmigo mismo y me doy cuenta de que la realidad en la que se desenvolvía mi existencia ha experimentado tan sustanciales cambios que apenas si acierto a reconocerla. Venía hablando hasta este momento de un siglo en el que los libros han constituido el panorama básico de la existencia humana, debiendo entenderse por tal la del hombre que se alza sobre su naturaleza material para contemplar un panorama superior apenas descifrable, y reconozco que los libros, y dentro de ellos lo que en sentido preciso debe llamarse literatura, que ha sido para mí la orientación y meta capaz de justificar dicha existencia sobre la tierra, han perdido ya su vigencia, y están siendo sustituidos por vehículos distintos de la expresión y de la comunicación sobre los soportes que nuevas tecnologías introducen y que anuncian maneras de vivir y de entender el mundo enteramente ajenas a aquellos que, como yo, han desarrollado su existencia temporal en un tiempo que ya hoy se ha hecho pretérito.
No me ha sido dado a mí otro medio de realizarme en función del mundo en que me tocó vivir, si no es a través de la letra impresa. El espacio de la realidad acotado por los libros ha sido desde la infancia mi espacio natural, y en él se ha desenvuelto básicamente mi actividad sobre la tierra, en relación siempre con quienes, como yo, con los libros han vivido, y me refiero a quienes fueron mis compañeros escritores, o los muchos, incontables, aficionados a la lectura, pero, muy en particular, a los profesionales de la producción de tales objetos de cultura: bibliotecarios, editores y libreros, entre los que, ya en su mayor parte desaparecidos, he tenido y tuve tantos y tan buenos amigos a lo largo de esta dilatadísima permanencia mía sobre este cuerpo astral al que piadosamente he calificado de deleznable.
domingo, 1 de noviembre de 2009
La solución a todos los problemas del país
La situación del país exige que se tomen importantes medidas políticas; por ejemplo, cerrar el bar del parlamento.
El fabricante de enanos
El fabricante de enanos
El País, 1-XI-2009
Hay políticos que se han dedicado toda su vida a la política. Hay otros que también han hecho otras cosas. Ahí va la historia de uno de ellos.
Tom Major-Ball nació en 1879 en Walsall, una pequeña ciudad industrial del centro de Inglaterra. Sus padres emigraron a Estados Unidos cuando Tom tenía cinco años, y el crío aprendió a ganarse la vida desde muy joven. Se unió a un circo aún adolescente y se especializó en números de trapecio. Luego se pasó al vodevil. A los 17 volvió a Inglaterra y adquirió un cierto prestigio en el circuito del music hall. A los 24 hizo una gira por Suramérica e intentó crear un rancho de ganado en Argentina, pero la cosa duró poco. En cuanto pudo escapó de nuevo hacia el Reino Unido.
Hacia finales de los años veinte, el cine dejó desiertas las salas de vodevil. El espectáculo de Major-Ball dejó de tener clientes, y el hombre montó una fábrica de enanos de jardín. La cosa funcionó durante unos años, pocos. Major-Ball empezó a dedicar la mayor parte de su tiempo a la vida privada y se casó varias veces. Tuvo cinco hijos. En 1955 se estableció en Brixton, un barrio obrero del sur de Londres. Pronto fue conocido en los pubs de la zona: mientras los hijos hacían enanos de escayola, él contaba junto a la barra historias apasionantes.
Uno de sus hijos, John, nacido en 1943, estudió bachillerato e intentó conseguir un empleo como conductor de autobuses, sin éxito. Logró colocarse en una oficina de seguros, pero el trabajo era monótono y mal pagado. Volvió a la fábrica de enanos y cobró el subsidio de desempleo unos meses hasta que encontró un puesto en las oficinas de la compañía eléctrica londinense. Tom Major-Ball murió en 1962, a los 83 años, cuando su hijo John Major (le registraron sin el apellido Ball) tenía 19.
Por entonces, John se enamoró de Jean Kierans, una mujer de 33 años que, a través de un ex marido, había adquirido influencia en el minoritario movimiento político conservador de los barrios del sur de Londres. Kierans introdujo a John en el partido y le animó a presentarse como candidato a concejal por Lambeth, con sólo 21 años. Le aconsejó que lo hiciera por la vía difícil, subiéndose a un cajón y discurseando a los transeúntes.
John Major perdió. Kierans le convenció entonces de que estudiara banca por correspondencia y siguiera haciendo campaña por las calles. En 1967, el joven John consiguió un empleo bancario en una remota oficina de Nigeria, en la que trabajó poco tiempo. En 1968, de nuevo en Londres, Major ganó sus primeras elecciones y alcanzó el puesto de concejal. Poco después, rompió con Jean Kierans e inició una relación con Norma Johnson, una maestra que pertenecía también al Partido Conservador.
John Major duró tres años como concejal. Volvió a trabajar en banca hasta 1979, cuando el partido le presentó como candidato en las elecciones generales que cambiaron la historia británica. Margaret Thatcher se fijó en el diputado novato y un par de años más tarde le nombró segundo jefe del grupo parlamentario. La misión del jefe del grupo, más conocido como whipwhip (látigo) era más concreta: amenazar, físicamente si llegara a ser necesario, a los diputados rebeldes. La misión del segundo consistía en evitar que los diputados se escaquearan, votaran por libre o bebieran en exceso.
El resto es muy conocido. John Major fue ministro de Seguridad Social, de Exteriores, del Tesoro y, tras la caída de Margaret Thatcher, primer ministro.
En 1992, con los sondeos en contra, Major defendió su cargo con una campaña electoral aparentemente absurda: volvió a subirse a un cajón y a hacer la ronda de mercados. Se llevó algún tomatazo, pero ganó.
Era hijo de un bailarín equilibrista, carecía de estudios superiores, había fabricado enanos, había estado en el paro, había emigrado a Nigeria y había hecho campaña en los mercados. Podría parecer la biografía de un perdedor. A mí me parece una de las biografías más apropiadas para un político.
El profeta Isaías y el señor Barea
Todo eso es falso; deben estar mal informados, pues es evidente que la corrupción es mucho mayor. Si es que asoma el diez por ciento del iceberg, es que al menos hay que multiplicar por nueve esas cifras, consecuencia natural de un estado de las autonomías como el muestro, que multiplica el número de políticos mangantes y corruptibles hasta el infinito. En el pasado, todo el mundo se reía de un señor con barba y aspecto general de profeta Isaías que iba por ahí diciendo: "Arrepentíos: el fin de las pensiones está cerca". Ese señor era un economista llamado Barea, pero ha pasado el tiempo y lo que decía se está cumpliendo a rajatabla. Y, según los profetas que hablan hoy, está por venir una segunda recesión que va a ser mucho peor que esta.
viernes, 30 de octubre de 2009
She Works Hard For The Money
La guapísima Donna Summer cantando "Curra duro por la pasta" aquí. Qué recuerdos. La Mariah Carey de los 70, pero en feminista; seductora: véase su Last dance, aquí.
Curra duro por la pasta,
curra duro por la pasta
tiene fuerza para ello,
pero miel también.
Curra duro por la pasta:
pues entonces tratadla bien.
En la esquina todo el día
está de pie
y maravilla donde está;
y extraña que algunos tengan todo
a las 9 en punto
y ya espera la campana.
Ella mira con franqueza;
espera su clientela.
Curra duro por la pasta
curra duro por la pasta
tiene fuerza para ello,
pero miel también.
Curra duro por la pasta,
entonces tratadla bien.
Veintiocho años
vinieron y se fueron;
y ella ha visto muchas lágrimas
de las que duelen;
parecen necesitarla
de verdad allí.
Es un día laborable
de sacrificio hasta la mañana
por el justo dinero
que hay que devolver.
Pero lo vale todo, justo
por oírlos decir
que se preocupan.
Curra duro por la pasta;
tiene fuerza para ello
pero miel también.
Curra duro por la pasta
pues entonces tratadla bien.
Ha visto tu cara oscura
y esa es la cara buena.
Nunca va a por el éxito,
no por sólo un dólar;
curra duro por la pasta...
Curra duro por la pasta
tiene fuerza para ello
pero miel también.
Curra duro por la pasta
pues entonces tratadla bien.
Daimiel
Antonio ruiz de Elvira. El Mundo, 30 de octubre de 2009.- Para salvar Daimiel se va a sacar más agua del acuífero de La Mancha.
Vivimos, en realidad, en un mundo de locos. Daimiel era un afloramiento de ese acuífero. Daimiel no se salva por sacar agua de un sitio para ponerla en otro. Daimiel necesita que La Mancha vuelva a estar empapada de agua. Daimiel es el mejor ejemplo del error inmenso de las dos ideas económicas que subyacen, que colorean todo nuestro pensamiento del siglo XX y que, esperemos, cambiarán a lo largo del siglo XXI. Cambiarán por las buenas, o por las malas, y mucho me temo que sólo por las malas.
Esas dos ideas son que no existe el esfuerzo y que no existe el tiempo. El ser humano, y sobre todo, el español, piensa que el dinero cae del cielo y que el único problema es coger la parte más grande de la tarta. Y piensa que mañana es exactamente igual a hoy: Que seguirá cayendo dinero.
Pelotazos. Tengo un campo que solo produce pimientos. Vale 1 millón. Pero lo recalifico y me dan 100 millones. ¿De donde salen esos 100 millones? Está claro, pero no se quiere ver, que de mi mismo bolsillo a lo largo de los próximos 100 años. No hago negocio sino que me entrampo de por vida. Y una vez vendido, ¿qué más vendo? Los pimientos me daban 100.000 euros al año: Nada comparado con el pelotazo. Pero era riqueza de verdad, no hipoteca, y me los daban cada año durante cien años.
El mundo de hoy ha olvidado la ley básica de la naturaleza de que no hay comida gratis. Cuando encontró petróleo el ser humano decidió que las leyes naturales ya no le afectaban, y que podía dilapidar el capital sin proveer su recuperación.
Los emigrantes volvieron de Alemania con dinero. Hicieron pozos en La Mancha. Hoy ya no queda agua en el acuífero. Doscientos mil años de acumulación gastados en 40 años. Y hoy llueve un 30% menos que antes.
Hemos estrujado la esponja del petróleo. Se acabará, mucho antes de lo que pensamos. Pero seguimos estrujando. Sin invertir para el mañana.
Estos días he contactado con un inversor catalán para desarrollar un proyecto de ciudad que no gaste energía. Mi plan le ha parecido ambicioso. Me ha dicho que lo que él, o su grupo, financia, no es la reforma de una ciudad. No. Financia 20 coches eléctricos. 20 coches. Se trata, de nuevo, de hacer algo de dinero hoy. El mañana no existe. Me ha dicho que el mañana se le escapa. Que no es capaz de pensar en él.
He visitado una agencia de la Administración local. Me han dicho que, ¡quizás! podrían financiar unas casas solares, unos arreglillos. Que mi plan es demasiado ambicioso. Que hay que hacer cositas concretas. A ellos no se les va el tiempo, tienen todo el tiempo del mundo, mañana es igual que hoy.
En España desvestimos a un santo para vestir otro: Desecar aun más el acuífero para echar agua en Daimiel. Ganar tres años. Echar balones fuera.
Estamos como en la víspera de la Era Axial. Vemos como se acerca el desastre, pero estamos paralizados. La solución estriba en aceptar la realidad y fajarse y ponerse al tajo. Ya no hay más solares que vender. Y tenemos que pagar la hipoteca de lo que hemos comprado. La tenemos que pagar a lo largo de 100 años.
Podemos sobrevivir al desastre que hemos creado. Tenemos las herramientas para ello.
¿Las ponemos en marcha?
jueves, 29 de octubre de 2009
Días malos
hoc facias, sive id non pote, sive pote!
El dístico de Catulo me sirve para reconstruirme y consistir todos los días. También me ayudan, y bastante, los consejos de Marco Aurelio: "Pasar cada día como si fuera el último, sin convulsiones, sin entorpecimientos, sin hipocresías... es ridículo no intentar evitar tu propia maldad, lo cual es posible, y en cambio intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible... al despuntar la aurora, hazte a ti mismo estas consideraciones previas: me voy a encontrar con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable".
Geocities II
El Alcorcón como metáfora
Los príncipes de este mundo cagan, como todo el mundo. El Real Madrid sucumbe y fenece y acaba por los suelos corneado y muerto y vuelto a cornear por un modesto club con cuatro bajas de titulares y lleno de suplentes. Algo así le pasa al gobierno y a la oposición, que son mediocres, que no sirven, que cualquiera lo puede hacer mejor en su lugar. Confiemos en la gente común que tiene sentido común, ese sentido que dicen que es el menos común de los sentidos, porque los grandes de este mundo lo han perdido: por eso son grandes y no comunes.
martes, 27 de octubre de 2009
Los dos hombres invisibles
El hombre invisible de Wells es un loco que acaba perdiendo la chaveta; realmente no posee otro interés que el de los detalles que desasosiegan y atormentan al pobre portagonista, que va perdiendo su identidad y confundiéndose con un Dios también invisible. El segundo, escrito por un negro, sí que posee mayor interés, sobre todo en la actualidad, porque refleja un fenómeno bastante común, la marginación, el ninguneo que sufre un negro sin nombre en la sociedad norteamericana; y si hablamos de la norteamericana, podemos decir de cualquier parte, también de España. De los méritos de los demás no se suele hablar, por eso en esta sociedad sólo triunfan los que más se autopregonan, no necesariamente los que más valen, sino los que más se ven; como dice la seguidilla de Félix Mejía,
Vivimos en un tiempo
tan miserable,
que si uno no se alaba,
no hay quien lo alabe
Y el pobre protagonista no se ve, no luce, porque es oscuro, aunque sólo por el color de su piel. Y experimenta todas las formas de segregación que existen. Y la más importante: la ignorancia de los sentimientos y del valor de la palabra para romper todas las soledades y cadenas que nosotros mismos nos hemos puesto.
Libros
Subí por la Cuesta de Moyano y vi muchas cosas de interés, aunque, como siempre, tuve que hacer de bolsillos corazón y comprar sólo algunas. Por ejemplo, los tres tomos del extinto y ya raro Diccionario Sopena de Literatura, que estaban muy rebajados, los pobres, una traducción dieciochesca de las Vidas de Diógenes Laercio y la Historia de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo, que me interesa para mi edición del Jicotencal de Félix Mejía. Nada más, pero tampoco menos.
Geocities ha cerrado
Geocities ha cerrado sus portales gratuitos. El mío también; no estuvo mal: consiguió 13.300 visitas. Ahora hay que realizar otro, supongo.
lunes, 26 de octubre de 2009
Visita al Cementerio
Al salir me admiro de los muy vistosos edificios modernos que han construido en el entorno; mi hija Paloma dice que hay uno que lo llaman El Coño, porque siempre que lo ven por primera vez dicen: "¿Qué coño es eso?" Me mondo de risa como una patata, y nos vamos a comprar una comida a un restorán de unos amigos chinos, porque se nos ha hecho tarde.